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miércoles, 7 de junio de 2017

El Valle Del Trigo (Zane Grey)

El Valle Del Trigo
Zane Grey

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Zane Grey
EL VALLE DEL TRIGO
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I
En los últimos días del mes de junio el vasto valle de trigo comenzó a adquirir por la parte del noroeste una tonalidad dorada que imprimió una austera belleza a aquel infinito, ondulante y liso mundo de colinas sin árboles en que millas de terreno inculto y millas cubiertas de granadas matas se elevaban hasta los hogares, muy separados unos de otros, de los heroicos hombres que habían triunfado a pesar de la salvia silvestre y la arena.
Estos sencillos hogares de los agricultores parecían como perdidos en una inmensidad de doradas y grises oleadas de tierra, y eran unas manchas tan insignificantes ante el fondo de las distintas colinas, que la Naturaleza tan sólo parecía haber creado allí aquellos anchos cuadrados, pardos y dorados, que se extendían hasta muy lejos en la quebrada línea del horizonte. Era una región heroica, dura, solitaria, donde no había flores ni aves, ni arroyos, ni prados verdes. Unos remolinos de polvo se elevaban sobre la esterilidad de una parte del suelo, y el trigo, seco y corto, se inclinaba por el impulso del viento; la neblina de la lejanía parecía humeante y tenía una tonalidad pardusca.
Un millar de cumbres desnudas se elevaba hacia el cielo, y cada una de aquellas colinas estaba constituida en parte por terreno inculto y en parte por terrenos cubiertos de trigo; y todas ellas, con los someros valles que se extendían a sus pies, parecían grandes, aisladas y extrañas. Poseían una belleza austera, como si la mano del hombre se hubiera visto imposibilitada de hacer que reverdeciese el punto de su residencia.
El paisaje resultaba heroico gracias al trabajo de manos callosas; era sublime porque ni trescientas cosechas, ni siquiera tres generaciones de hombres afanosamente dedicados a su cultivo podrían privar jamás a la Naturaleza de su ilimitado espacio, de su sol abrasador, de su polvo revuelto, de su insistente esfuerzo secular por convertirse de nuevo en el infructuoso desierto que había sido antiguamente.
Allí se producía el trigo más rico, el mejor, el más granado de todo el mundo. ¡Era extraño e incomprensible que una parte tan importante del pan de los hombres, el sustento de su vida, la esperanza de la civilización, en el año trágico de 1917, proviniese de aquel terrible desierto seco, sin árboles, sin agua, espectral y amedrentador!
Aquel maravilloso lugar formaba un inmenso valle situado a considerable altitud, llamado la Cuenca de Columbia, y estaba rodeado, al oeste, por las Montañas de la Cascada, por la de Coeur D'Aléne, y las de Bitter Root, al este; la llanura de Okazonan, al norte y las Montañas Azules, al sur. El suelo del valle era de basalto, que pro-I cedía de la lava derramada por los volcanes en siglos pasados. La lluvia era muy escasa, con excepción de los lugares situados al pie de las montañas. El río Columbia, que trazaba una curva prodigiosa y serpenteante, rodeaba por tres lados lo que era conocido por el nombre de región del Recodo.
Al sur de esta vasta área, más allá de la llanura, comenzaba la fértil zona dotada de agua que se extendía en pendiente gradual hasta llegar al Oregón. En tre las desiertas colinas de la región del Recodo, cerca del centro de la Cuenca, donde se producía el mejor trigo, yacían, separados por largas distancias, unos pequeños pueblos cuyos nombres evidenciaban la diversidad de su población. La región era naturalmente muy próspera, circunstancia que se manifestaba en la importancia de los pueblecitos, ya que no en la crudeza y en la sencillez de 1 los hogares de los agricultores. Las extensiones de cada uno de los terrenos de que disponían tales agricultores eran muy variadas y oscilaban entre los seiscientos cuarenta acres hasta varios millares.
Una mañana de los primeros días de julio, exactamente tres meses después de que los Estados Unidos declarasen la guerra a Alemania, un agricultor joven y robusto se se paró de su padre, mostrando su moreno rostro lleno de tribulación. Al final de una tormentosa escena, el joven había prometido a su padre renunciar a su deseo de alistarse en el Ejército.
Kurt Dorn se alejó de la casa vieja, gris, construida de maderas, y se acercó a la cerca, donde se apoyó en el portillo. Desde allí podía ver hasta una distancia de varias millas en todas direcciones, y hacia la parte del sur, lejos, en una pendiente larga y amarillenta, observó que se elevaba una nube de polvo producida por un automóvil.
«Debe de ser Anderson... Vendrá a importunar a mi padre», murmuró el joven Dorn.
Aquél era el día, según recordó, en que el rico ranchero de Ruxton había de inspeccionar los trigales del viejo Chris Dorn. Dorn debía treinta mil dólares, más los intereses de los años, la mayoría de ellos a Anderson. A Kurt le molestaba aquella deuda y le dolía la visita, pero no podía menos de reconocer que el ranchero se había portado de una manera amable y benigna. Hacia mucho tiempo que Kurt había comprobado con tristeza que su padre era ignorante, duro, avaro, y que empeoraba a medida que transcu— rrían los años.
«Si lloviera ahora..., o dentro de poco tiempo..., esos terrenos de Bluestem salvarían la situación de mi padre», monologó el joven Dorn mientras miraba con ansiedad el ancho campo de trigo corto, liso, que amarilleaba bajo el sol. Pero el cielo sin nubes y la neblina del calor anunciaban más bien una continuación de la sequía.
Había poderosas razones, ciertamente, para que Dorn tuviera una expresión sombría y disgustada al ver como el automóvil corría ante la cortina de polvo, desaparecía de la vista al pie de la colina y reaparecía prontamente para volver a llegar a la carretera principal y dirigirse hacia la casa. Era un automóvil grande, cerrado, cubierto de polvo. El conductor lo detuvo al llegar al portillo, y se apeó.
—¿Es ésta la granja de Chris Dorn? —preguntó. —Sí —contestó Kurt.
Apenas Kurt hubo contestado, la puerta del automóvil se abrió y salió de él un hombre bajo, ancho, con un guardapolvos.
—Sal, Lenore, y sacúdete el polvo —dijo mientras ayudaba a apearse a una joven.
La joven llevaba también un guardapolvos, y, además, un velo. El hombre se quitó el guardapolvos y lo arrojó al interior del automóvil; después, se despojó del sombrero y lo sacudió repetidamente para quitarle el polvo.
—¡Uf! El valle dorado no ha visto tanto polvo como ahora desde hace un millón de años... Estoy asfixiánDorne de sed. Y escucha cómo suena el motor. ¡Está ardiendo!
Luego, mientras se aproximaba a aquél, el joven pudo observar que el ranchero era un hombre bien conservado, de alrededor de cincuenta y cinco años, de robusta constitución, un poco cargado de espaldas a causa de la edad, de rostro bronceado por la dilatada exposición al viento y al sol. Tenía los ojos grises y su expresión era propia del hombre acostumbrado a tratar con sus semejantes, y siempre bien dispuesto hacia ellos.
—¡Hola! ¿Eres el joven Dorn?
—Sí, señor —contestó Dorn adelantándose. —Soy Anderson, de Ruxton, y vengo a ver a tu padre. Esta joven es mi hija Lenore.
Kurt correspondió a la ligera inclinación de la muchacha, y luego, dudando, añadió:
—¿No quieren ustedes entrar?
—No, todavía no; prefiero beber un poco de agua y respirar aire puro. Tráenos algo de beber —contestó Anderson.
Kurt se apresuró a traer un cubo de agua y un vaso de cinc. Mientras sacaba el agua del pozo pensaba de una j manera vaga que era en cierto modo desconcertante el hecho de que el señor Anderson hubiese ido acompañado • de su hija. Kurt temía a su padre. Pero eso ¿qué importaba? Cuando volvió al cercado encontró al ranchero sentado a la sombra de uno de los pocos manzanos que allí había, y a la joven a su lado, quitándose el sombrerito A y el velo. Antes había arrojado el guardapolvos sobre el asiento de un viejo carro que se hallaba próximo.
—El agua buena escasea aquí, pero me satisface poder ofrecerles un poco, puesto que tenemos algo —dijo Kurt; 1 y después, cuando hubo dejado el cubo en el suelo y ofreció a la señorita un vaso lleno de agua, al ver su rostro y que ella le miraba, dejó caer el vaso y la miró a su vez asombrado. Luego a toda prisa, con el rostro enrojecido, se inclinó para recoger y volver a llenar el vaso—. Per... perdóneme. Soy... muy desmañado —acertó a decir; y volvió la cabeza después de entregar el vaso a la muchacha.
Por espacio de más de un año el recuerdo de aquella señorita le había perseguido constantemente. La había visto dos veces la primera, al final del único curso que siguió en la Universidad de California; y la segunda, en una calle de Spokane. Una sola mirada le bastó para reconocer aquella figura esbelta y fuerte, aquel cabello rubio, el raro tinte dorado de su piel, sus azules ojos, cálidos y penetrantes. Y experimentó una conmoción que le aturdió momentáneamente.
—Agua buena, ¿eh? —dijo Anderson en tono irónico, después de haber bebido un segundo vaso de agua —. Muchacho, esto es humedad, pero no es agua para beber. Ven al pie de las colinas y te lo demostraré. Mi rancho se llama «Aguas mil», y no es posible en él tener los pies. secos.
—Querría tener un poco de esa agua —contestó fervientemente Kurt, al mismo tiempo que movía la mano para señalar la tierra, ancha y reseca. El cálido aliento que provenía de los trigales despedía olor a sequedad.
—¿Crees que sobrevendrá una temporada de sequía? —preguntó Anderson con un interés en el que había tanta curiosidad como amabilidad.
—Mi padre lo cree. Y yo también lo temo. Mi padre no se equivoca nunca cuando se trata del tiempo o de las cosechas.
—¡Una temporada de calor y de sequía...! ¿Este verano...? ¡Hum! Muchacho, ¿sabes que el trigo es en la actualidad la cosa más importante del mundo?
—Sin duda quiere usted decir que lo es a causa de la guerra. Sí, lo sé; pero mi padre no lo comprende.
Mi padre sólo ve... que si llueve tendremos una cosecha muy abundante. Ese campo grande que ahí vemos, producirá una cantidad que constituiría un record... a precios de guerra... ¡Y de este modo, no se arruinará!
—¿Arruinar...? ¡Oh! ¿Quieres decir que no le apremiará...? ¡Hum! Oye, ¿qué ves en una gran cosecha...? ¿Qué crees que te producirá si llueve?
Señor Anderson, me agradaría mucho poder pagar nuestra deuda; pero me preocupa más la situación de las gentes hambrientas. He... he estudiado esta cuestión del trigo. Es el asunto más importante de toda esta guerra.
Kurt se había olvidado de la muchacha e ignoraba que los ojos de ella estaban fijos en él. Anderson se había quedado absorto en el examen del interés que revestía el trigo y en un estudio más profundo del joven que tenía ante sí.
—Oye, Dorn, ¿qué edad tienes? —preguntó. —Veinticuatro años. Me llamo Kurt —contestó.
—¿Irán estas posesiones a parar a tus manos? —Sí, si mi padre no las pierde.
—¡Hum...! No. El viejo Dorn no las perderá, no lo temas. Producen el mejor trigo de toda esta región.
—Pero mi padre jamás ha sido propietario de las tierras. Hemos tenido tres años muy malos. Si el trigo fallase este verano.., perderíamos las tierras; eso es todo.
—¿Eres.... americano? —preguntó lentamente Anderson, como si creyese que pisaba un terreno peligroso.
—Lo soy —replicó Kurt—. Mi madre era americana también. Ya ha muerto. Mi padre es alemán. Es viejo.
Está rabioso desde que el Presidente declaró la guerra. Nunca cambiará.
—¡Eso es un infierno! ¿Qué harías si tu patria te llamase?
—¡Ir! —replicó Kurt con ojos relampagueantes—. Quise alistarme como voluntario. Mi padre y yo hemos discutido por esta cuestión, hasta que me vi obligado a ceder. Es un hombre duro..., es un hombre...
imposible... Esperaré hasta que mi quinta sea llamada... y espero que seré llamado con ella.
—Muchacho, ése es el espíritu que Alemania ha despertado en nuestra juventud con sus provocaciones;
y lo más favorable que puedo decir es: ¡Dios la socorra! ... ¿Tienes algún hermano?
—No, soy hijo único.
—Eso hace más difíciles las circunstancias para él y para ti también. Procura complacerle. Es viejo. Y cuando seas llamado, responde al llamamiento... y lucha. ¡Y volverás!
—Si lo supiera..., no sería tan dura la situación.
—¿Dura? Seguramente lo es. Pero esa dureza constituirá el crisol de una gran nación. Servirá para quitar la cizaña... Oye, Kurt, voy a hacerte una insinuación: ¿has tenido algo que ver con la I.W.W.? 1
—Sí, cuando recogimos la última cosecha, tuvimos algunos disgustos, pero carecieron de importancia, y,cuando estuve en Spokane, el mes pasado, oí hablar mucho de ella. Se han acercado a nosotros muchos desconocidos, la mayoría de ellos extranjeros. Nunca les he hecho caso, pero siempre han conseguido que mi padre los oiga. ¡Y ahora... I A decir verdad, estoy preocupado.
—No me sorprende que lo entes, joven —replicó vehementemente Anderson—. Todos estamos preocupados. Voy a dejarte esto para que leas las reglas de esa organización, la I.W.W. Recuerda que no has de decir nada a nadie. Pertenezco a la Cámara de Comercio de Spokane. Alguien ha conseguido apoderarse de las reglas ilegales de esa llamada unión de trabajadores. Hemos hecho imprimir unas copias, y todos los agricultores honrados del Noroeste van a leerlas. Pero el llevar una de ellas encima resulta peligroso en estos tiempos. Toma.
Anderson dudó durante un momento, miró cautamente a su alrededor y luego, sacando del bolsillo interior de la chaqueta unas hojas de papel dobladas, se dispuso a entregar una de ellas a Kurt.
—Lenore, ¿dónde está el chófer? —preguntó.
—Debajo del automóvil —contestó la joven.
Kurt se conmovió al oír su melodiosa voz. Ya era suficiente tormento para él haber estado perseguido por el recuerdo del rostro de una joven durante un año. Lo único que le faltaba era oír su voz.
—Es nuevo... ese chófer... y no tengo confianza en ningún servidor nuevo en estos tiempos —continuó Anderson—. Toma, Dorn. Léelo. Y si la cabeza no se te llena de imágenes rojas...
1 Industrial Workers of the World. Trabajadores industriales del mundo.
Sin terminar la frase que había iniciado en voz baja, abrió las hojas del escrito y las extendió ante el joven.
Curiosamente, y con un pequeño apresuramiento provocado por la excitación, Kurt comenzó a leer. La misma primera regla de la I.W.W. pretendía abolir el capital. Kurt continuó leyendo lentamente, con creciente sorpresa, consternación y enojo. Cuando hubo terminado, en su expresión, sin palabras, había una pregunta que Anderson se apresuró a contestar.
—Son unas reglas legítimas —declaró—. Son las reglas secretas de esa organización. Lo hemos comprobado antes de obrar. ¿Qué te parecen?
—¿Cómo? Eso no es una unión de trabajadores —contestó Kurt acaloradamente—. Es sólo una unión de forajidos, ladrones, chantajistas, piratas. No... no sé qué...
—Dorn, nos encontramos ante una mala cuadrilla; y el Noroeste va a ser teatro de algunas escenas infernales durante este verano. Han surgido complicaciones en Montana y en Idaho. Llegan de todas partes desconocidos a Washington. Es preciso que nos organicemos para hacerles frente, para evitar que se apoderen de todo esto. Es una unión de trabajadores compuesta principalmente por extranjeros con unos dirigentes faltos de escrúpulos y deshonestos, algunos de ellos americanos. Su objeto consiste en aprovecharse de la situación provocada por la guerra. Continuamente gritan en los periódicos pidiendo menos horas de trabajo, salarios más altos, el reconocimiento de la Unión. Pero hasta cualquier tonto podría ver, si leyera las leyes que te he mostrado, que la I.W.W. no es una cosa honrada.
—Señor Anderson, ¿qué medidas ha adoptado usted en su región? —preguntó Kurt.
—Hasta ahora todo lo que he hecho ha sido formalizar un contrato con mis obreros de un año de duración, conceder salarios altos y prevenirlos para que cuando se acerquen a mi rancho hombres desconocidos, les den de comer, se muestren respetuosos con ellos y los expulsen.
—Pero aquí, en el Recodo, no podemos hacer lo mismo —dijo Dorn con seriedad—. Necesitamos un centenar de hombres en el tiempo de la cosecha, y no nos son necesarios diez millares durante el resto del año.
—¿Estás seguro de que no podréis? Por lo menos tendréis que organizaros de un modo o de otro. Aquí, en este desierto, podríais tener muchas perturbaciones si esa unión se hiciera suficientemente fuerte. Harías bien si dijeses a todos los agricultores de las cercanías lo que sabes acerca de la I.W.W.
—Sólo tengo un vecino americano, y vive a seis leguas de aquí —contestó Dorn—. Olsen, que reside allá, es sueco, y no se ha naturalizado como ciudadano de los Estados Unidos; pero creo que se inclina a su favor.
Y allí...
—Papá —le interrumpió la muchacha—. Creo que nuestro conductor está escuchando lo que habláis, aunque —sea tan poco interesante.
Anderson refunfuñó; sin duda lanzaba en voz baja e ininteligible algunos insultos; su expresión estaba llena del espíritu característico del Oeste. Luego, se puso en pie.
—Lenore —dijo—, supongo que tu conversación será mucho más interesante que la mía —añadió secamente—. Voy a ver a Dorn y a hablar de negocios con él.
—Me gustaría ir con usted —contestó presurosamente Kurt; y, como si sospechase que sus palabras pudieran ser interpretadas como una descortesía, enrojeció y comenzó a tartamudear—: No he querido decir...
Mi padre está de mal humor... Hemos discutido con enojo hace unos momentos..., ya se lo dije..., a causa de la guerra... Y... y, señor Anderson..., temo... que él...
—Bien, joven, yo no temo nada —le interrumpió el ranchero—. Iré a buscar al león a su guarida. Entre tanto, habla con Lenore.
—Tenga la bondad de no hablar de la guerra —suplicó Kurt.
—No diré ni una sola palabra, sino en el caso de que él comience a rugir —declaró Anderson con un guiño de ojos, y se dirigió a la casa.
—No hay duda de que rugirá —dijo Kurt casi con un gemido. Sabía bien la dureza de la prueba que esperaba al ranchero, y que no había manera de evitarla. A continuación, Kurt se encontró confuso, sorprendido, enojado consigo mismo por lo equívoco de la situación que él no había provocado y que apenas era capaz de comprender. Se dio cuenta, entonces, de que tenía orgullo y vergüenza y algo que era tan negro y desesperado como el desaliento.
—¿No le he visto a usted antes de ahora? —preguntó la joven.
La pregunta sorprendió e intrigó a Kurt y le obligó a abandonar su actitud ensimismada.
—No lo sé. ¿Me ha visto usted? ¿Dónde? —contestó Kurt. Fue un consuelo para él descubrir que ella continuaba volviendo la cara en otra dirección al hablarle. —En Berkeley, California, la primera vez, y la segunda, delante de Davenport —respondió Lenore.
—¿La primera y la segunda...? ¿Recuerda usted...' las dos veces? —exclamó él incrédulamente.
—Sí. No comprendo cómo habría podido evitar el recordarlas. —Su voz era tenue y musical; había hablado un poco aprisa y, sin embargo, con frialdad.
Dorn no estaba acostumbrado al trato de las mujeres. Había trabajado con dureza durante toda su vida, allí, en— tre las montañas, y durante los pocos años que su padre le concedió para que estudiase y adquiriese un poco de ilustración. Conocía bien el trigo, mas nada sabía del «eterno femenino». De modo que, en consecuencia, le fue imposible comprender que la joven no se encontraba por completo tranquila. Sus palabras y la risita que las siguió hicieron comprender a Kurt repentinamente la inmensa distancia que le separaba de la hija de uno de los rancheros más ricos de Washington.
—Sin duda quiere usted dar a entender que... que fui impertinente —comenzó a decir él, que se hallaba en lucha entre la vergüenza y el orgullo—. La... la miré... con fijeza... ¡Oh, debí de ser descortés...!Pero, señorita Anderson..., no... quise serlo... Creí que no me habría visto usted... No sé qué fue lo que me impulsó a obrar como lo hice... Nunca lo había hecho hasta aquel momento. Le ruego que me perdone.
Un cambio sutil, indefinible, perfectamente perceptible para Dorn, aun en el estado de confusión en que se hallaba, se operó en la joven.
—No he dicho que fuera usted impertinente —replicó—. Recordé haberle visto..., que usted me vio... Esto es todo.
Segura de sí misma, un poco altiva y amable, la señorita Anderson se convirtió en un misterio para Dorn. Pero esto sirvió únicamente para acrecer la distancia que ella había parecido insinuar que los separaba.
Su amabilidad fue como un aguijón que hizo que Dorn recobrase la serenidad. Habría preferido que ella no hubiera sido amable. ¡Qué curioso era que hubiese ido a su casa... como hija del hombre que iba a pedir que se le pagase una cantidad que se le debía desde hacía mucho tiempo! ¡Qué desvanecimiento de aquella visión que sólo había sido un sueño! Dorn miró en dirección a la lejanía, a las amarillentas montañas, a la azulada neblina que se divisaba en los lugares por donde corría el Oregón. A pesar de sus colores, todo ello era gris..., lo mismo que el porvenir de él.
—He oído que decía usted a mi padre que había estudiado el trigo —dijo la joven con el evidente propósito 4 de reanudar la conversación.
—Sí. No he dejado de estudiarlo durante toda mi vida —replicó Kurt—. Lo he hecho bajo la dirección de mi padre. Míreme las manos. —Extendió las manos, fuertes, grandes, callosas y agrietadas, de palmas endurecidas, y rió—. Puedo estar orgulloso de ellas, señorita Anderson... Pero he pasado un año espléndido en la Universidad de California, y adquirí el título que concede la Escuela de Agricultura del Estado de Washington.
—¿Usted tiene cariño al trigo..., a la producción del trigo, quiero decir? —preguntó ella.
—Supongo que así debe de ser, aun cuando jamás lo he pensado. El trigo es maravilloso. Nadie que no lo conozca puede sospecharlo... El grano, limpio, redondo; la siembra, en terreno barbechado; la larga espera; el primer tierno verdor, el cambio gradual, día a día, que convierte los campos en masas ondulantes y profundas de oro; luego la recolección, cálida, ruidosa, polvorienta, las grandes máquinas agrícolas con veinticuatro caballos... ¡Oh, lo quiero! ... Trabajé en un molino de Spokane solamente para poder saber cómo se hace la harina. ¡No hay en el mundo nada tan blanco, tan limpio, tan puro como la harina que se hace con el trigo de estos altozanos!
—No me extrañaría que me dijera usted a continuación que también sabe hacer pan —comentó ella, y su risa fue leve y dulce al decirlo. Sus ojos brillaron con unos suaves relámpagos azules.
—¡Ciertamente que sé hacerlo! Yo mismo hago todo el pan que aquí comemos —exclamó él con firmeza—. Y me precio de saber hacerlo mejor que cualquier mujer a quien usted pueda conocer.
—Estoy segura de que podrá hacerlo mejor que el mío. Antes de ir a estudiar a la Universidad, lo cocía bastante bien. Pero aprendí demasiadas cosas en la Universidad. Ahora, mi madre, mis hermanas, mi hermano Jim, toda la familia con excepción de papá, todos se ríen del pan que hago.
—¿Tiene usted un hermano? ¿Qué edad tiene?
—Sí, un hermano. Le llamamos Jim... Tiene algo más de veintiún años—. Y tartamudeó al pronunciar las últims palabras.
Kurt pensó, entonces, que ambos pisaban un mismo terreno. El súbito temblor de su voz, el cambio de su expresión, el ensombrecimiento de sus azules ojos..., todo eso fue muy elocuente.
—¡Oh, es horrible...! ¡Esta necesidad de la guerra,.,! —exclamó Lenore.
—Sí —contestó él sencillamente—. Es posible que su ' hermano no sea llamado para el servicio militar.
—¡Llamado! Pero ¡si se negó a esperar hasta que su quinta fuese convocada! Se fue y se inscribió como voluntario. Papá le dio unas palmaditas en la espalda... Si le sucediera algo malo... ocasionaría la muerte de mi madre. Jim es su ídolo. Mi corazón quedaría destrozado... ¡Oh, cómo odio hasta el nombre de los alemanes!
—Mi padre es alemán —dijo Kurt—. Hace cincuenta años que está en América... y dieciocho en esta granja. Siempre ha odiado a Inglaterra. Ahora está amargado con los americanos... Yo puedo ver un aspecto de la cuestión que usted no puede ver. Pero no la censuro... por lo que ha dicho.
—¡Perdóneme! No he tenido intención de referirme a una persona que haya vivido aquí durante tanto tiempo... ¡Oh, debe de ser muy doloroso para usted!
—Quiero dejar a mi padre que crea que me veo obligado a alistarme en el Ejército. Pero voy a ir a luchar contra sus compatriotas. Verdaderamente, constituimos un hogar dividido contra sí mismo.
—¡Oh, qué lástima! —La joven suspiró y sus ojos expresaron compasión.
Un paso sonó tras los dos jóvenes. El señor Anderson apareció, con el sombrero en la mano, enjugándose el rostro, rojo y sofocado. En sus ojos brillaban destellos de enfado. Su boca y su barbilla se movían como si estuviera murmurando algo. Y se dejó caer, al mismo tiempo que exhalaba una bocanada, grande y casi explosiva, de aliento.
—Kurt, tu viejo es... es... una caballería —exclamó ruidosamente; resultaba claro que el haber pronunciado estas palabras constituyó para él una especie de liberación y desaho go.
El joven inclinó la cabeza asintiendo.
—Espero, señor, que no... que no...
—Pues... ¡sí! Puedes tener la seguridad. Me ha llama—. do todo lo que le ha parecido conveniente, desde luego en alemán. Pero conozco las maldiciones y los insultos siempre que oigo pronunciarlos... He intentado razonar con él...; le dije que necesitaba mi dinero..., que había venido para ayudarle a ganarlo con su granja, de un modo o de otro... Y juró que soy un capitalista..., un enemigo de los trabajadores del Noroeste..., que yo y los hombres de mi clase hemos desencadenado la guerra.
Kurt miró con seriedad el conturbado rostro del ranchero. La señorita Anderson tenía los ojos desorbitados por el asombro.
—No hay duda de que habría podido tolerar todos estos insultos —continuó Anderson, irritado—. Pero me ordenó que saliese de la casa. Me encolericé y repliqué que no quería hacerlo. Y entonces..., ¡por Satanás!
..., se burló de mí... en mis propias narices... y me dijo que soy un inglés sanguinario.
Kurt lanzó un gemido. Mas, sorprendentemente, la señorita Anderson rompió a reír con musicales carcajadas.
—¡Oh papá! ¡Qué bueno... es eso...! ¡Al fin... has hallado tu pareja...! Ya sabes que siempre... has alar-deado de tener en las venas unas gotas de sangre inglesa... Y siempre has sido muy sensible... en lo referente a tu hermosa nariz.
—Debe de tener más de sesenta arios —gruñó Anderson como si buscase algún pretexto que pudiese amortiguar su inquietud y su disgusto—. Estoy loco de rabia..., pero la escena ha sido divertida.
Y la severidad de su rostro se desvaneció lentamente, hasta dar paso a la risa.
El joven Kurt tuvo que realizar un esfuerzo para reprimir su propio regocijo; pero sucedió que, inadvertidamente, encontró ante los suyos los saltarines y azules ojos de la joven, llenos de juventud y de alegría; y todo esto fue demasiado para él; y rió con ellos.
—¡Las risas son a mi costa! —dijo Anderson—. Y puedo tolerarlo sin resquemores... Ahora, joven, por las palabras de tu amistoso y amable padre me ha parecido entender que si la cosecha es abundante obtendré mi dinero... En otro caso, podré hacerme cargo de las tierras. Por mi parte, jamás lo haría; pero otras personas interesadas podrían hacerlo, aun cuando solamente fuese por la pequeña cantidad que representan sus deudas. He intentado comprar su parte a esas otras personas, con el fin de poseer la totalidad de la hipoteca.
Mas no han querido vendérmela.
—Señor Anderson: usted es un hombre honrado, y yo... —comenzó a decir Kurt.
—Vamos afuera. Enséñame el trigo —le interrumpió Anderson—. Lenore, ¿quieres venir con nosotros?
—Sí —respondió la hija, y cogió el sombrero para ponérselo.
Kurt los precedió a través del corralillo, hasta más allá del granero, hasta el principio de la pendiente en que el trigo se extendía, de alto a bajo, hasta donde la vista podía alcanzar.


II
Tenemos más de mil seiscientos acres de terreno en barbecho; media sección, en centeno; otra media, en trigo»Turkey Red», y esta otra sección, de seiscientos cuarenta acres, con trigo «Bluestem» —explicó Kurt.
La aguda mirada de Anderson se paseó desde las cercanías hasta las lejanías, descendió por la suave pendiente ondulante y trepó hasta la distante montaña. El trigo tenía dos pies de altura y comenzaba a mostrarse pleno y redondo en las espigas, que parecían a punto de reventar. Un olor a trigo, fragante y seco, que se mezclaba al polvo, era transportado por la suave brisa del verano que producía un débil susurro. El color de las matas, de un verde casi azulado en las cercanas, se hacía más claro a medida que se alejaba, se trocaba en amarillo y tomaba finalmente una tonalidad de oro. Parecía haber un espíritu viviente en aquella vasta extensión de trigo.
—Dorn, ¡es el trigo más hermoso que he visto en toda mi vida! —exclamó Anderson, con la admiración del granjero que tiene grandes aspiraciones—. En realidad, es el único trigal que he visto desde que abandonamos nuestra residencia al pie de las montañas. ¿Cómo es eso?
—La primavera ha venido tarde, y el tiempo ha sido seco —contestó Dorn—. La mayoría de los informes de los demás agricultores hablan de un pobre resultado. Si lloviese en esta zona del Recodo, solamente obtendremos una cosecha mediana este otoño. Si no lloviese..., el fracaso sería completo.
La señorita Anderson demostró que el tema le interesaba y quiso saber por qué aquel terreno, igual a los quele rodeaban por espacio de varias millas, ofrecía la promesa de una magnífica cosecha cuando en los otros no la había de ninguna clase.
—Esta sección no ha sido cultivada durante mucho tiempo. La nieve ha permanecido durante largas temporadas sobre la tierra en esta parte de la pendiente —contestó Dorn—. Mi padre ha utilizado un procedimiento de cultivo destinado a conservar la humedad de la tierra. Las semillas del trigo fueron especialmente seleccionadas. Y si disfrutáramos de lluvias durante los próximos diez días, esta zona de «Bluestem» produciría cincuenta bushels2 de trigo por acre.
—¡Cincuenta bushels! — exclamó Anderson.
—¿«Bluestem»? ¿Por qué lo llama usted así, si está verde y amarillo? —preguntó la joven.
—Es su nombre. Hay muchas variedades de trigo. El «Bluestem» es el mejor que se produce en esta región del desierto, porque resiste la sequía, cunde mucho, no se quiebra y lo aprecian mucho en los molinos. El «Bluestem» no se cría bien en los terrenos húmedos.
Anderson caminó a lo largo del borde del trigal, mirando hacia abajo, agachándose acá y acullá para recoger una espiga de trigo con el fin de examinarla. La joven miró soñadoramente a través del ondulante mar. Y Dorn la observó.
—Tenemos un rancho... y millares de acres..., pero nada de todo ello es como esto —dijo Lenore.
—¿Qué diferencia hay? —preguntó Dorn.
Ella permanecía en actitud pensativa.
—Apenas lo sé. ¿Cómo llamaría usted a... este paisaje?
—Lo llamo el desierto de trigo. Pero nadie más lo llama así.
2 Bushel: Medida americana de capacidad equivalente a 35 litros.
—Yo puse el nombre al rancho de mi padre: «Aguas Mil». Creo que estos dos nombres explican toda la diferencia que hay entre uno y otro de los lugares.
—¿No es hermoso mi desierto?
—No, Tiene una constante igualdad..., una monotonía, que me haría enloquecer. Parece, al verlo, como si todo el mundo se hubiera convertido en trigo. Me obliga a pensar..., me angustia. Todo esto significa que vivimos sólo del trigo. ¡Esas montañas desnudas...! Están excesivamente abiertas al viento, al sol, a la nieve.
Parecen la obra de los siglos.
—Señorita Anderson, existe una cosa que es... que es el amor a la tierra..., a la tierra parda y desnuda.
Usted sabe que procedemos del polvo, y que al polvo volveremos. Estos campos son verdaderos seres humanos para mi padre. Y me hablan, me hablan con un lenguaje... que todavía no he llegado a comprender por completo. • Pero quiero decir... que lo que usted ve..., el trigo que aquí brota, aquel campo cubierto de terrones, el viento, el polvo y el resplandor y el calor, la eterna igualdad del espacio abierto..., éstas son las-cosas en las cuales se centra mi vida, y cuando me alejo de ellas no estoy satisfecho.
Anderson regresó al lado de la joven pareja con algunas espigas de trigo en las manos.
—¡Tizón! —exclamó, al mismo tiempo que mostraba en las abiertas manos trigo enfermo y trigo sano—.
He tenido que buscar mucho para conseguir hallarlo. Jamás he visto tan poco tizón como aquí. En realidad, sabemos muy poco acerca de esta plaga del trigo, y no conocemos nada respecto a su curación, si alguna existe. Este «Bluestem» no es trigo velludo como el «Turkey Red». ¿Guarda ese vello alguna relación con el tizón —Creo que no. El honguillo, o parásito, vive en el interior del trigo.
—No lo había oído hasta ahora. No es extraño, pues, que el tizón constituya el peor de los enemigos de los trigueros del Noroeste. Tengo campos que están literalmente plagados de tizón. Y no he conseguido librarlos de él. Un agricultor piensa de un modo, y el otro de modo diferente. ¿Qué puede ser de mayor importancia para un agricultor? Estamos en guerra. Los hombres que dicen que lo saben, afirman que el trigo ganará la guerra. Y perdemos millones de bushels a causa de este maldito tizón. Es una realidad terrible, con la cual es preciso enfrentarse. Me agradaría conocer tu opinión.
Dorn, que había mirado a la señorita Anderson, hecho que ya parecía haberse convertido en una costumbre, leyó en sus ojos curiosidad e interés. Y acaso algo más. Las circunstancias le turbaban, aun cuando le arrastraban precisamente a las puertas de sus conocimientos. Sabía hablar acerca del trigo, y le agradaba hacerlo. No obstante, allí estaba una joven de la que podría suponerse que se aburriría. Pero no parecía aburrirse. La cálida mirada que le —dirigió no fue sólo una mirada de cortesía.
—Sí, también me agradaría oír todo lo que usted pueda decirnos respecto al trigo —invitó Lenore, al mismo tiempo que se inclinaba alentadoramente.
—! Es cierto que le agradaría! —añadió Anderson poniendo con afecto una mano sobre el hombro de su hija—. Es hija de agricultor. Será esposa de otro agricultor.
Dorn rió brevemente al oír esta chuscada. La muchacha enrojeció. Dorn sonrió a continuación e inclinó la cabeza dubitativamente.
—Supongo que ningún agricultor tendrá esa buena suerte —dijo.
—Bien, en el caso de que la tuviera —replicó ella jovialmente—, imagine el modo como podría sorprenderle con mis conocimientos trigueros... Ciertamente, señor born, me interesa la cuestión. Nunca había estado hasta ahora en el Recodo, en su desierto de trigo. Nunca hasta ahora había advertido la grandeza que hay en el amor a la tierra, en su cuidado, en hacer que las semillas se truequen en frutos. Sí, es cierto, la Biblia nos lo enseña, y yo he leído mi Biblia. Tenga la bondad de hablarnos... Cuanto más diga usted, tanto más me agradará oírle.
Dorn no podía resistirse a la presión de estas elocuentes palabras. Y citó a dos de sus autoridades: a Heald y a Woolman, de la Estación Experimental Agrícola del Estado, en la que había estudiado durante dos años.
—El añublo, o tizón, es originado por dos especies de hongos microscópicos que viven como parásitos en las plantas trigueras. Ambos son esencialmente similares en sus efectos y en su vida. La Tilletia triciti, o sea, la variedad llamada espora áspera, es la variedad comúnmente conocida en las regiones del Pacífico, en tanto que la Tilletia ffoetans, o de espora suave, es la que se encuentra generalmente en el este de los Estados Unidos.
»Las «cerezas» o «bolas» de una espiga infectada contienen millones de diminutos organismos, las esporas o semillas del honguillo del tizón. Estos organismos reproducen el tizón de un modo similar al que una verdadera semilla tiene de convertirse en una nueva planta. Una sencilla «bola» de la medida corriente contiene el número suficiente de esporas para producir un tizón por cada grano de trigo que cabe en cinco o seis bushels. Son necesarias siete esporas para igualar con su tamaño el diámetro de-un cabello humano. Los granos normales de un campo infectado tienen en su superficie un número tal de tizones, que el grano cobra un color pardusco; pero otros granos, que a simple vista no muestran diferencia alguna de color, pueden contener un número de parásitos suficiente para estropear una cosecha, si no se aplica el tratamiento ade-cuado para impedirlo.
»Una cosecha puede infectarse de esporas de tizón o añublo por varios medios diferentes. El tizón, o su espora, fue plantado primitivamente con la semilla del trigo; y aun hay muchos agricultores que lo plantan todas las temporadas juntamente con la semilla del trigo. El trigo tomado de una planta infectada tiene un número incalculable de esporas adheridas a los granos, y también cierta cantidad de «bolas» sin romper. Y éstas siempre constituyen una fuente de peligro aun cuando las semillas sean tratadas con fungicidas antes de la siembra.
»Si todos los agricultores hubieran utilizado sólo semillas limpias o debidamente tratadas, jamás habría existido el problema de las esporas. Los tantos por cientos altos de esporas indican que ha habido un tratamiento imperfecto de las semillas o una infección del terreno. Los tratamientos químicos se basan en la utilización de un veneno que mata las esporas superficiales del tizón sin perjudicar el poder germinativo de la semilla. El tratamiento por agua caliente únicamente puede ser recomendado cuando los tratamientos químicos resulten ineficaces.
»Algunas prácticas conocidas resultan eficaces para reducir en todos los casos el volumen de la cantidad de tizón en tanto que el valor de otras depende hasta cierto punto de que se apliquen en la misma fuente de que nacen las esporas. Los factores que siempre influyen en la cantidad de tizón vivo son: la temperatura del terreno durante el período de germinación, la humedad del terreno y la profundidad de la siembra. Donde las esporas que viven en el interior de las semillas sean las únicas fuentes de infección, deberá prestarse atención a los tres factores mencionados, puesto que solamente combinando los tres podrá obtenerse una reducción de la infección.
»Muchos agricultores han practicado una siembra ternprana, y todos los ellos han dado cuenta de una reducción notable de la cantidad de tizón.
»El volver a arar durante el barbecho de verano, después de la caída de las primeras lluvias, suele generalmente resultar eficaz para el indicado fin.
»Una siembra retrasada, cuatro o cinco semanas después de la primera caída importante de lluvias, resulta también efectiva para el mismo objeto.
»No se conocen variedades de trigo que sean inmunes a los ataques del tizón, pero las variedades más corrientes muestran un grado de resistencia diverso. Las variedades de trigo primaveral suelen sufrir menos las consecuencias de la infección. Y esto no es debido a una resistencia superior, sino más bien a la circunstancia de que logran escapar del momento más favorable para la infección. Si solamente se cultivasen variedades de trigo primaveral, el problema de la infección por el tizón desaparecería hasta cierto punto; pero no es recomendable la readopción de esta clásica práctica, puesto que el trigo del invierno es mucho mejor. Parece muy probable que las condiciones que imperan durante la temporada de crecimiento puedan tener una influencia muy considerable en el tanto por ciento de tizón que se halle contenido en una variedad de trigo dada.»
Cuando Dorn concluyó sus explicaciones, y después de darle las gracias sus oyentes, todos volvieron a cruzar el corralillo en dirección a la carretera. El señor Anderson, que iba delante de los demás, se detuvo bruscamente.
—¡Hum! ¿Quiénes son esos hombres que están hablando con mi chófer? —preguntó.
Dorn vio una pareja de desconocidos que se hallaban cerca del automóvil, al parecer, en una animada conversación con el conductor del coche. Cuando los dos hombres vieron que el señor Anderson se acercaba, se separaron rápidamente de su colocutor. Dorn había advertido que en los últimos tiempos había muchos desconocidos por aquellas regiones, hombres que no tenían tipo de agricultores, cuyos rostros denotaban rasgos de extranjeros, y cuyas acciones eran sospechosas.' —¡Apostaría mil dólares a que son de la I.W.W.! afirmó Anderson—. No desdeñe mi suposición, Dorn.
Los desconocidos continuaron marchando en dirección a la carretera sin volver la cabeza.
—¿Dónde dormirán esta noche? —murmuró Dorn.
Anderson preguntó a su mecánico, de un modo casi brusco, qué deseaban los dos desconocidos. Y la respuesta que obtuvo fue que andaban en busca de trabajo.
—¿Hablan inglés? —continuó el ranchero.
—Lo suficientemente bien para hacerse entender —contestó el chófer.
Dorn no obtuvo una impresión favorable del modo como el chófer desviaba la vista cuando Anderson le hablaba, ni de su expresión taciturna. Y vio claramente que el impetuoso ranchero, realizaba un esfuerzo por contenerse. Anderson ayudó a su hija a subir al coche, y se puso su guardapolvos. A continuación, estrechó la mano a Dorn.
—Joven, me alegro mucho de haberte conocido; y ten la seguridad de que este conocimiento me ha sido tan provechoso como agradable —dijo—. ¡Tú contrapesas las imperfecciones de tu padre! Volveré en alguna otra ocasión a verte..., cuando se acerque la época de la recolección. Y me alegraré de que caiga la lluvia que deseas.
—Muchas gracias. En el caso de que llueva, me gustará mucho volver a verle —contestó Dorn con una sonrisa.
—Bien, en el caso de que no llueva, no vendré. Lo dejaré para otro año, e intentaré convencer a mis compañeros de que esperen también hasta el próximo año.
—Es usted muy amable. No sé cómo podría... cómo podría corresponder a su atención si lo consiguiera.
—¡No hables de eso! Oye, ¿qué distancia dijiste que hay hasta Palmer? Hemos de comer allí.
—Está a quince millas..., en aquella dirección —contestó Dorn—. Si no fuera por... por mi padre... me gustaría pedirles a ustedes que se quedaran a comer aquí... y probaran mi pan.
Dorn miraba a la joven en tanto que hablaba. La mirada firme de ella había estado fija en él casi desde que entró en el automóvil; y bajo la sombra del sombrero y del velo, sus ojos parecían más oscuros, dulces y pensativos. La joven inclinó cariñosamente la cabeza para darle gracias, y se apartó el velo del rostro.
—Le deseo muy buena suerte. ¡Adiós! —dijo; y volvió a colocarse el velo.
Dorn pudo continuar viendo sus ojos a través de él. Y le parecieron más dulces, y misteriosos, más suscitadores de torturantes pensamientos que nunca. El joven adquirió repentinamente la evidencia de que se había enamorado de ella. La sorpresa le dejó mudo. No pudo contestar a la cordial despedida del ranchero.
Después el automóvil se alejó levantando a su paso una espesa nube de polvo.


III
Con un extraño golpeteo del corazón, que parecía habérsele subido a la garganta, Kurt Dorn permaneció inmóvil observando la moviente nube de polvo, hasta que ésta se perdió detrás de la pendiente.
Su imaginación no albergó ninguna duda. La verdad, el hecho, tenía un año de antigüedad; era un estado soña-dor que se le había hecho familiar desde hacía mucho tiempo; pero su significado no le había sido revelado hasta unos momentos antes. Todo había cambiado desde que ella le dirigió aquella dulce y firme mirada mientras mantenía apartado el velo que dejó caer a continuación. Ella había cambiado. Había en Lenore un algo intangible, en aquel último momento, que resultaba sorprendente, obsesionante. Se inclinó contra una poyata medio derruida de la cerca, a la que había trepado _repetidas veces en su infancia, y le cruzó el pensamiento de que aquel lugar sería durante toda su vida un recuerdo vívido y agudo que estaría siempre presente en su memoria. La primera visión de aquella muchacha de ojos azules y cabello soleado, hacía poco más de un año, había producido una huella profunda en su corazón; la segunda visión había hecho de ella una inolvidable realidad; y la tercera le había aportado la comprobación de la existencia del amor.
Era triste, lamentable, incomprensible; y sin embargo, en su ser algo latía y palpitaba. El nombre de la mujer era Lenore Anderson. Su padre era uno de los hombres más ricos del Estado de Washington. Lenore tenía un hermano, Jim, que no había querido esperar a ser llamado para formar parte del ejército. Kurt tembló, y una cálida efusión de lágrimas le enturbió los ojos. En aquel momento su suerte le pareció insoportable. Una inconmensurable barrera se había levantado entre él y su viejo padre; una barrera que estaba constituida por una odiosa cuestión de sangre, de años, de imborrables diferencias; los múltiples acres de trigales, tan queridos por él, iban a serle arrebatados; el amor se había apoderado de él con ímpetu irre-frenable, un amor que jamás sería correspondido; y lo más cruel de todo era que había una guerra que le pedía que renunciase a su padre, a su hogar, a su porvenir, y que fuese allá para matar y para morir.
El sonido de la campana que anunciaba la comida de mediodía despertó de sus ensueños a Kurt, que regresó lentamente a la casa. Cuando pasaba junto a la puerta del granero vio que los obreros se aproximaban también y una segunda mirada sirvió para que descubriera que con ellos iban dos hombres desconocidos. Después de haberlos observado durante un momento, Kurt reconoció a los dos forasteros que habían hablado con el chófer del señor Anderson. Ambos parecían estar hablando con vehemencia en aquel instante. Kurt vio que Jerry, un trabajador digno de confianza, probado a lo largo de mucho tiempo, se separaba de una manera impolítica de los dos desconocidos. Pero éstos le siguieron, lo alcanzaron y parecieron discutir con él por medio de ademanes y gesticulaciones violentas. Los restantes obreros se acercaron también, evidentemente con la intención de escuchar. Finalmente, Jerry se separó con impaciencia de los dos hombres y caminó rápidamente en dirección a la casa. Los dos desconocidos le lanzaron unas palabras crudas, palabras que Kurt no pudo entender, aun cuando percibió el tono, de desdén que en ellas había.
Luego los dos individuos se dirigieron a los otros hombres; y en nutrido grupo todos ellos se perdieron de vista tras el granero.
Kurt entró pensativamente en la casa. Se proponía hablar a Jerry acerca de los desconocidos, pero antes quería reflexionar. Tenía algunas dudas. Su padre no estaba en el salón ni en la cocina. La comida se hallaba dispuesta sobre la mesa, y la única sirvienta, una mujer anciana que había servido en casa de los Dorn por espacio de varios años, parecía hallarse impaciente al apreciar la falta de presteza de los hombres.
Tanto el padre como el hijo, comían siempre con los obreros, excepto los Domingos. Kurt salió al exterior y descubrió que Jerry estaba lavándose.—Jerry, habla; ¿por qué no vienen los hombres? —preguntó Kurt.
—Están hablando ahí fuera con dos compañeros de la I.W.W. —contestó Jerry.
Kurt agarró la cuerda de la campanilla y tiró de ella con violencia. Después volvió a entrar para ocupar su lugar a la mesa, y Jerry le siguió inmediatamente. El viejo Dorn no se presentó, lo que no era desacostumbrado. Los restantes trabajadores se presentaron cuando Jerry y Kurt se hallaban a la mitad de la comida. Todos ellos parecían excitados y un poco alborotados, pensó Kurt, pero una vez que se hubieron sentado y comenzaron a comer del modo que lo suelen hacer los trabajadores hambrientos, tuvieron muy poco que decir. Kurt, que terminó prontamente su comida, salió para esperar a Jerry. Jerry tardó bastante en presentarse, y las fuertes voces que sonaron en la cocina dieron fe de que se habían producido ruidosas dis-cusiones. Al fin, Jerry salió y comenzó a llenar la pipa.
—Necesito hablarte, Jerry —dijo Kurt—. Alejémonos de la casa.
El obrero era un leñador fuerte y rudo, arrugado como un viejo roble. Tenía un rostro que denotaba su bondad y unos ojos expresivos llenos de honradez.
—Supongo que querrás que te hable acerca de esos compañeros de la I.W.W. —dijo mientras se alejaban.
—Sí —contestó Kurt.
—Ha habido, desde la semana pasada, un desfile muy numeroso de hombres de esa clase, que han cruzado esta región —replicó Jerry—. Hoy es la primera vez que uno de ellos se me ha acercado. Pero, antes había oído con versaciones acerca de ellos. El Domingo, cuando estuve en Palmer, el ambiente estaba lleno de rumores.
—¿Qué rumores? —preguntó Kurt.
—Rumores de todas clases —contestó Jerry con indiferencia en tanto que se rascaba la hirsuta barba—. Ha llegado del Oeste un verdadero regimiento de hombres de la I.W.W. En Idaho y Montana hay muchísimos.
Menos horas de trabajo; salarios dobles; adhesión a la Unión; sabotaje, que no sé lo que es; lucha entre el capital y el trabajo. Amenazas al que no se ajuste a las normas de la organización, y... solamente el Señor sabe qué más.
—¿Qué querían de vosotros esos hombres?
—Querían que nos afiliásemos a la I.W.W. —replicó el trabajador.
—¿Solicitaban algún empleo?
—Que yo haya oído, no. ¡Ah! Uno de ellos tenía un fajo de billetes que habría sido suficiente para ahogar;» a una vaca. Fue el que habló más de los dos. El otro, el —más pequeño, el de los ojos saltones y la cara cubierta de pecas, no dijo mucho. Es austríaco y hace poco tiempo que está en esta nación. El alto, que dice llamarse Glidden, debe de ser un hombre importante en esa I.W.W. Al principio, tenía un aspecto muy amable y habló con untuosidad y de modo persuasivo; pero cuando dije que no que ría afiliarme a la Unión, se mostró enojado y autoritario. , Eso me enfadó un poco, y le dije que se fuera a los infiernos. Entonces él dijo que la I.W.W. Dorninaría todo el Noroeste desde el próximo verano, lo mismo los campos de trigo, que los bosques, los campos frutales, los ferrocarriles..., absolutamente todo. Y que si algún trabajador no quería unirse a ellos, encontraría su merecido inmediatamente.
—Bien, Jerry, ¿qué piensas acerca de esa organización? —preguntó ansiosamente Kurt.
—No tengo un buen concepto de ella. No me parece una cosa justa. No creo en esos hombres. Lo que he oído hablar acerca de sus métodos amenazadores, es lo mismo que he oído decir a ese Glidden. Si yo fuera propietario' de una granja, arrojaría de ella a tales hombres a fuerza de latigazos. Sucederían muchas cosas muy desagradables . si adquirieran fuerza en el Recodo.
—Jerry, ¿estás satisfecho de tu trabajo?
—Por completo. No quiero unirme a la I.W.W. Y hablaré en contra de ella. Supongo que sólo unos cuantos de nosotros habremos de hacer toda la recolección. Y teniendo esto en cuenta, quiero cobrar un dólar más cada día.
—Si mi padre no accediera a ello, lo haré yo —dijo Kurt—. ¿Quieres hablarme de los otros hombres?
—Me parece que todos se inclinan en favor de esas promesas de poco trabajo y altas pagas —contestó riendo Jerry—. Morgan está a punto de afiliarse a la Unión. Pero Andrew ya lo ha hecho. Es holandés y tiene una cabeza de cerdo. Jansen se alegrará mucho de crear dificultades a su patrono. Todos ellos van a abandonar el trabajo durante el resto del día de hoy para hablar con Glidden. Todos ellos se han convenido para reunirse junto a la atarjea. Y por eso estaban discutiendo todos conmigo: querían que yo también fuera.
—¿Dónde está ese hombre, Glidden? —preguntó Kurt.
—Quiero decirle claramente lo que pienso.
—Supongo que andará por cualquier lado de la granja.., donde no pueda ser visto.
—Muy bien, Jerry. Vuelve a tu trabajo. No perderás nada permaneciendo fiel a nosotros; te lo prometo.
Ten bien abiertos siempre los ojos y los oídos.
Kurt regresó con toda rapidez a la casa, y su entrada en la cocina interrumpió, evidentemente, las conversaciones que allí se sostenían. Los trabajadores permanecían aún sentados a la mesa. Todos ellos bajaron las miradas hacia sus platos, y nada dijeron. Kurt dejó abierta la puerta del saloncito y, dirigiéndose a Marta le preguntó si su padre se había presentado a comer.
—No. Y lo peor de todo es que, cuando le llamé, comenzó a gritar y a mugir como un toro furioso —contestó la mujer.
Kurt cruzó la estancia y llamó a la puerta de su padre. La respuesta que obtuvo justificó plenamente las afirmaciones de la mujer, e hizo que los trabajadores abandonasen la cocina con presteza; el rugido que el viejo Chris Dorn dirigió a su hijo fue un rugido verdaderamente alemán y no contribuyó en modo alguno a ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m suavizar el creciente enojo del joven. Últimamente, el padre había adquirido la costumbre de hablar en alemán. Nunca había hablado bien el inglés. Y Kurt se aproximaba rápidamente a un estado de ánimo en que no querría hablar en alemán. La borrasca se anunciaba, y Kurt se preparó con severidad para enfrentarse con ella. De nuevo golpeó, esta vez con más fuerza, la cerrada puerta.
—Los hombres van a abandonar el trabajo —gritó. —¿Quién dirige esta granja? —preguntó con voz tonante el padre.
—La I.W.W. va a dirigirla muy pronto si tú continúas encerrado en tu habitación como has hecho últimamente —respondió Kurt. Supuso que estas palabras harían que su padre saliera atropelladamente, pero su suposición resultó equivocada. No se produjo ningún nuevo sonido. Dejando la habitación y del todo encolerizado, Kurt corrió en busca de los hombres que se hallaran más próximos para ordenarles que reanudasen el trabajo. Todos ellos se dirigieron remisamente hacia la cuadra.
Después Kurt fue en busca de los hombres de la I.W.W., y luego de haber mirado de alto abajo de la carretera ya todo su alrededor los encontró, al fin, tras un almiar. Hallábanse cómodamente sentados, con las espaldas apoyadas en la paja y consumiendo una comida muy abundante. Kurt estaba enfadado y no le importaba que estuvieran o no comiendo. Su presencia, sin embargo, no intimidó a los desconocidos. Uno de ellos, el americano, era un hombre de alrededor de treinta años, afeitado, de mentón cuadrado, con ojos claros y acerados y una expresión de inteligencia y de firmeza que no armonizaba con su abigarrada vestimenta. Su compañero era extranjero, de baja estatura, con ojos como los de un hurón y profundas depresiones en el cetrino rostro.
—¿Saben ustedes que están invadiendo un terreno aje-' no? —preguntó Kurt.
—¿Nos negará usted un poquito de sombra para que tomemos un bocado, eh? —dijo el americano.
Envolvió el resto de la comida en un papel, se levantó despacio y clavó la mirada de sus penetrantes ojos en el joven—. Eso es precisamente lo que he oído decir acerca de ustedes, los agricultores ricos del Recodo.
—¿Qué viene usted a buscar aquí? —preguntó Kurt acaloradamente—. Se esconde usted de la vista de los agricultores. Invade nuestros terrenos para acercarse a nuestros hombres y, con una gran cantidad de mentiras y de engaños, hace usted que sientan disgusto por su trabajo. Voy a despedir a todos esos hombres por haberle escuchado.
—Señor Dorn, queremos que los despida usted. Esa es precisamente mi misión aquí —contestó el americano. —Pero, ante todo, ¿quién es usted?
—Eso también es cosa mía.
Kurt pasó del calor al frío. No podía menos de ver la decisión de aquel hombre, su atrevida y amenazadora quietud.
—Mi capataz dice que usted se llama Glidden —continuó Kurt, que, a cada momento que transcurría, se hallaba un poco más seguro—, y que habla usted de la I.W.W. como si fuera uno de sus dirigentes; que no busca trabajo; que tiene usted muchísimo dinero; que primero pretende aleccionar, y después amenaza; que ha amenazado usted a tres de nuestros obreros.
—Ese Jerry de usted es un hombre señalado por la organización —dijo secamente Glidden.
—¡Es usted un granuja sinvergüenza! —exclamó Kurt. —Escuche lo que voy a decirle: es usted el primer miembro de la I.W.W. con quien me he encontrado; tiene usted aspecto de americano y habla como un americano. Pero si es usted americano, es un traidor. ¡Tenemos que vencer en una guerra! ¡Una guerra contra una nación poderosa! ¡Alemania! Y en tales circunstancias viene usted a sembrar el descontento en ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m los campos de trigo... ¡Cuando el trigo significa vida...!¡Váyase de aquí antes de que...!
—También le señalaremos a usted, señor Dorn, y a sus trigales —replicó agresivamente Glidden.
Con un rápido movimiento, Kurt derribó al hombre por medio de un violento golpe, y saltó para echársele encima y observar si hacía algún movimiento para sacar algún arma. El extranjero se puso fuera del alcance del irritado joven.
—Soy yo quien va a empezar a «señalar» —dijo severamente Kurt—. ¡Levántese!
Glidden se apoyó lentamente, primero sobre los codos, después sobre las rodillas; y, al cabo, se puso en pie. La mejilla se le estaba hinchando y de su nariz brotaba la sangre en abundancia.
—¡Todo eso es para su I.W.W.! —declaró Kurt—. La primera regla de su I.W.W. dispone la abolición del capital, ¿eh?
Kurt no se había propuesto decirlo; pero las palabras brotaron de su garganta impulsadas por el furor.
El efecto que produjeron fue sorprendente. Glidden se sobresaltó de modo violento y su rostro se tornó lívido. A continuación, Glidden se apresuró a alejarse. Su compañero le siguió. Kurt se quedó mirándolos y pensando que en el caso de que hubiera necesitado alguna prueba de los malos propósitos de la I.W.W., podría haberla adquirido sólo con ver la expresión de culpabilidad que se reflejó en el rostro de Glidden.
Este hombre había sido súbitamente atemorizado y sorprendido. Después Kurt recordó que Anderson le había insinuado que los secretos de la I.W.W. habían permanecido ocultos durante mucho tiempo. Kurt, inteligente y de rápida sensibilidad, comprendió que había un algo muy poderoso tras la astucia y la firmeza de Glidden. ¿Podría ser esto la fuerza de una nueva organización del trabajo? Podría ser una gran cosa, pero la idea no convencía a Kurt. Durante una presurosa y acelerada preparación por el Gobierno para la guerra, cualquier desorden que amenazase a la nación constituiría una verdadera calamidad, hasta podría convertirse en una fatalidad. Aquella llamada Unión de Trabajadores pretendía aprovecharse de las circunstancias creadas por la guerra para impulsar sus propios fines. Mas, aun de este modo, este hecho no explicaba por completo la presencia de Glidden y su sutileza. Sin duda, una fuerza innominada se elevaba oscura y siniestra tras de Glidden, y el peligro que representaba no lo era solamente para los campos trigueros del Noroeste.
Como un enorme perro, Kurt se agitó y se lanzó impetuosamente a la acción. Sentía un placer y una satisfacción en la actividad muscular, que anulaban sus preocupaciones. Muy pronto adquirió la certeza de que tan sólo Morgan había regresado a los campos para trabajar. Por ninguna parte podía verse a Jansen ni Andrew. Jansen había dejado cuatro caballos enganchados a un rastrillo. Kurt se dirigió al lugar en que se encontraban para hacerse cargo del trabajo abandonado.
Morgan, que se encontraba al otro extremo de aquella misma parcela, desarrollaba el trabajo más fácil, puesto que su arado era una nueva máquina que le permitía ir sentado mientras dirigía los caballos. Pero Kurt, que utilizaba un arado antiguo, se veía obligado a caminar. Los cuatro robustos caballos marchaban a una velocidad que le obligaba a realizar un esfuerzo para no quedar retrasado de ellos.
Dorn vio algunos peatones que pasaban en grupos de dos o de tres. Una vez, alguien le llamó, pero Dorn no respondió. No le habría sorprendido ver una multitud, aun cuando los viajeros escaseaban mucho en aquella región.. La vista de aquellos hombres, algunos de los cuales llevaban saquitos y maletas, era torturadora para el joven agricultor. ¿Adónde iban? Todos parecían marchar hacia el río; procedían, naturalmente, de los pueblecitos, delas casas que se amontonaban cerca del ferrocarril, de las ciudades; en aquella época, cuando se aproximaba el tiempo de la recolección, no había sido excepcional que se viese pasar, en años anteriores, hileras de trabajadores. Pero aquel año llegaban más pronto que nunca y en mayor número.
El viento le azotaba directamente el rostro, y Dorn no pudo ver sino los caballos y la línea parda que tenía ante sí; y. durante más de la mitad del tiempo todo esto quedaba borrado por una amarilla polvareda.
Comenzó a pensar en Lenore Anderson y a meditar acerca de la extraña y fija mirada de sus ojos; y entonces no le importaron el polvo, ni el calor, ni la distancia. Nadie podría arrebatarle sus pensamientos. Y los que se referían a ella, aun los dolorosos, daban nacimiento a un consuelo que sabía que habría de vivir con él para siempre en las horas de trabajo solitario, como aquélla, acaso en las guardias más solitarias de sus deberes de soldado. Ella se había mostrado curiosamente altiva en los primeros momentos; después, amable; la joven había observado atentamente el rostro de él; había escuchado con atención e interés su elocuente discurso acerca del trigo. Pero no había adivinado el secreto de Kurt. Y hasta que le lanzó aquella última mirada —extraña, profunda, firme —no había comprendido él mismo este secreto.
De este modo, con la imaginación ausente y ocupada, Kurt Dorn aró el terreno barbechado abandonado por sus hombres; y cuando el día concluyó, y el sol se ponía, caluroso y cobrizo, más allá de las oscuras y vagas llanuras, el joven guió los cansados caballos hacia la cuadra y marchó detrás de ellos, rendido y fatigado.
Supo por Morgan, que se encontraba en la cuadra, que el viejo había despedido a Andrew y a Jansen.
Y Jansen, dando libertad al veneno que recientemente había absorbido, amenazó con vengarse. Para ello, se cuidaría de ense ñar a todos los trabajadores una o dos cosas que aún no sabían, con el fin de que no firmaran ningún contrato de trabajo con Chris Dorn. Completamente enojado, el viejo había arrojado a Jansen y lo había perseguido hasta la carretera.
Tranquilo y calmoso, Kurt retiró los caballos y, lavándose la suciedad que el polvo habla acumulado en su rostro tostado por el sol y en sus manos, se dirigió a su habitación, donde se quitó las ropas que estaban húmedas y sudadas. Después bajó a las habitaciones inferiores para cenar, totalmente decidido a mostrarse silencioso y transigente con su padre.
Chris Dorn se hallaba sentado bajo la luz de las lámparas de la cocina. Era un hombre voluminoso y tenía la cabeza grande, redonda y conformada a la manera de una bala, unos mechones de cabellos grises y una barba áspera y cenicienta. Tenía el rastro ancho, duro, y parecía continuamente sumido en pensamientos obsesionantes. Sus ojos, bajo las pobladas cejas, semejaban relámpagos de fuego. Parecía inconmovible tanto en lo que se refería a su volumen como a su voluntad.
Nunca antes de aquel momento había percibido Kurt Dorn, de un modo tan preciso la naturaleza implacable y ruda de su padre: Nunca había sido tan grande la distancia que los separaba. Kurt se estremeció y suspiró al mismo tiempo. Luego, estando hambriento, comenzó a comer en silencio. Al cabo de unos momentos, el viejo retiró el plato y después de enjugarse el rostro, refunfuñó en alemán:
—He despedido a Andrew y a Jansen.
—Sí, lo sabía —contestó Kurt—. No me parece acertado. ¿Qué haremos para encontrar trabajadores?
—Contrataré otros nuevos. Vienen muchos hombres en la época —de la recolección.
—Pero todos ellos pertenecen a la I.W.W. —protestó Kurt.
—,Qué es eso?
Con ira apenas contenida, Kurt describió detalladamente hasta el punto que se lo permitían sus conocimientos, lo que era la I.W.W., y terminó declarando que la organización era traidora para los Estados Unidos.
—¿Por qué? —preguntó el viejo Dorn ariscamente.
En realidad, Kurt temía tener que decir a su padre, que jamás leía periódicos, que sabía muy poco de lo que sucedía, que si los aliados habían de ganar la guerra, el factor más ' importante para conseguirlo habría de ser el trigo. En lugar de esto, dijo que si la I.W.W. inauguraba una época de 'huelgas y desórdenes en el Noroeste, todo ello constituiría un contratiempo muy importante para el Gobierno.
—En ese caso, contrataré hombres de la I.W.W. —dijo el viejo Dorn.
Kurt logró contener la ira que le invadía. Aquel hombre viejo y ciego, era su padre.
—Pero yo no querré tener hombres de la I.W.W. en mis tierras —replicó Kurt—. Acabo de dar un golpe a lino de los propagandistas de esa organización.
—Soy yo quien dirige esta granja. Si no te gusta cómo lo hago, puedes marcharte —replicó el padre con severidad.
Kurt se recostó en el respaldo de la silla y miró fijamente la prominente y abultada frente y los duros ojos que tenía ante sí. ¿Qué podría haber detrás de todo ello? ¿Habría producido la guerra una perturbación en el cerebro de su padre? ¿Por qué serían los alemanes tan «imposibles»?
—¡Dios mío, padre! ¿Sería capaz de arrojarme de mi casa solamente porque estuviéramos en desacuerdo? —preguntó con desesperación.
—En mi patria, los hijos obedecen a los padres, o se alejan por propia iniciativa.
—No he sido un hijo desobediente —declaró Kurt—. Y aquí, en América, los hijos disfrutan de más libertad, su opinión tiene importancia.
—América carece del sentido de la vida familiar, no tiene 'gobiernos honrados. Odio a este país.
En el interior de Kurt pareció estallar de repente un fuego violento.
—Me subleva oír hablar de ese modo —dijo agresivo. —No me importa que sea usted mi padre. ¿Por qué diablos vino usted a América? ¿Por qué se quedó aquí? ¿Por qué se casó con mi madre..., que era una mujer americana...? Eso es repugnante..., despreciablemente repugnante. Le he oído decir cómo era la vida en Europa cuando usted era un chiquillo. Y usted se marchó de allá. Y se quedó en esta nación porque era mejor que la de usted... Ha estado usted cincuenta años en América... Muchos de ellos en esta granja. Y quiere usted a estas tierras... ¡Dios mío! Padre, ¿no puede usted, ni pueden los hombres como usted ver la verdad?
—Escucha, puedo verla —replicó sombríamente el viejo—. La verdad es que voy a perder mis tierras. Ese avaro de Anderson quiere expulsarme de ellas.
—No lo hará. Es bueno, es generoso —aseguró con fervor Kurt—. No quería más que ver las perspectivas que presentaba la cosecha y, acaso, ayudarle a usted. Anderson no ha percibido los intereses de su dinero durante los tres —últimos años. Tengo la seguridad de que hasta ha pagado los intereses exigidos por los demás accionistas del Banco que le facilitó a usted el dinero. ¡Es un verdadero amigo nuestro!
—He visto todavía más de lo que te he dicho —gritó el padre—. Anderson ha traído aquí a su hija para que haga carantoñas a mi hijo. La he visto hacerlas... ¡Demonio de bruja! ... Oye, ¡no te casarás con ella!
Kurt reprimió su creciente indignación.
—Ciertamente, jamás me casaré con ella —contestó con amargura—. Pero lo haría si ella me quisiera.
—¡Cómo! —tronó Dorn; sus blancos mechones de cabellos se erizaron y agitaron como la melena de un león—. ¡Con la hija de un banquero triguero! ¡Nunca! ¡Te lo prohíbo! ¡No te casarás con ninguna mujer americana!
—Padre, todo esto no es más que una serie de afirmaciones tontas e inmotivadas —dijo Kurt en tono de advertencia—. No he pensado en casarme..., pero si lo hubiera pensado..., ¿con quién podría hacerlo, no siendo con una mujer americana?
—¡Venderé el trigo..., la tierra! Volveremos a Alemania.
Estas palabras constituyeron una enloquecedora provocación para Kurt, que se puso en pie de un salto y derribó al suelo los platos ruidosamente. Se agachó para golpear la mesa con el puño cerrado, se ahogó al pronunciar unas palabras rápidas y violentas, y experimentó la sensación de que una capa blanca, fría y dura, se extendía sobre su rostro.
—Escuche —gritó—. Si yo fuera a Alemania, lo haría como soldado..., ¡para matar alemanes! ... Estoy harto... hasta del nombre de esa nación... Escuche las últimas palabras que le diré a usted en alemán, las últimas: ¡Que se vaya al infierno Alemania!
Y entonces, Kurt, ciego de ira, abrió la puerta violentamente, salió y se perdió entre las sombras de la noche. Y al salir, oyó a su padre:
—¡Mi hijo! ¡Oh hijo mío!
La noche era oscura y fría. Un débil viento soplaba en las alturas, y era seco, dulce. El cielo parecía un interminable dosel arqueado, de un color azul oscuro, en el que parpadeaban miríadas de estrellas.
Kurt salió tambaleándose hasta el corralillo; llegó al límite del trigal, se acercó a uno —de los almiares y allí se dejó caer sollozando.
—¡Oh, estoy perdido..., arruinado! —gimió—. Ha llegado... ha llegado la ruptura... ¡Pobre padre mío!
Se apoyó en la paja, temblando y, sollozando, mientras un sudor frío le inundaba el cuerpo y el rostro.
Tenía húmedas hasta las palmas de las manos. Su terrible ataque de enojo comenzaba a perder el Dominio que sobre él había ejercido. Su respiración estaba entrecortada por los sollozos y los gemidos. ¡Qué inexpresable era la estupidez de su padre...! ¡Qué horrible la crueldad de su situación! ¿Qué había hecho él en su vida para sufrir el castigo de una maldición como aquélla? Sin embargo, casi intentó incrementar su cólera, porque le había parecido justificada. Siempre tenía su padre el inconveniente de aquella obsesión que le atenazaba el cerebro. Cincuenta años había vivido el viejo en los Estados Unidos. ¡Qué sencillo era, entonces, comprender lo que había de malo en Alemania!
—¡Por los cielos! ¡Soy... americano! —dijo trémulamente; y fue como si lo dijera ante la tumba de su madre, que se encontraba allá, en la oscuridad, en la cumbre azotada por el viento.
Las cosas materiales —la vida, los éxitos —que hasta entonces habían inspirado a. Kurt Dorn, perdieron aquella tranquila noche toda su importancia y pudieron ser apreciadas por él claramente. Nada de esto podía durar mucho tiempo. Pero el trigo que tenía ante sí, las montañas, las estrellas, continuarían su labor a través de los tiempos futuros. La pasión era el aspecto más Dominante de los hombres, y esta pasión era sencillamente producto de una herencia. Pero el autosacrificio con su misericordia, con su piedad, con sus semillas tan fructíferas como las del trigo, era tan infinito como las estrellas. Kurt había tomado una decisión hacía mucho tiempo, que, sin embargo, no le había producido una calma perfecta. El mundo estaba lleno de hombrecitos, pero él se negaba a ser un hombre pequeño. Aquella guerra se había interpuesto entre él y su padre; había sido el alimento de las iras de los hombres egoístas, que se entregaban con infantil fatalidad a ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m sus avarientos deseos. Su pobre padre, ciego y viejo, podía ser excusado y perdonado. Había también otros hombres viejos, enfermos, tullidos, que debían sufrir dolores, pero cuyo dolor podía ser aliviado. Había también, recién nacidos, niños, mujeres que vivían para sufrir por los pecados de los hombres; pero estos sufrimientos no tendrían necesidad de producirse si los hombres se hicieran honrados y buenos.
Los campos de trigo que se agitaban ante él, todos y cada uno de cuyos terrones había pisado con los pies desnudos en sus años infantiles; el padre, cuya sangre inmutable había exacerbado con tanta violencia al hijo; la vida de esperanza, de libertad, de acción, de consecución de maravillosas posibilidades..., todo esto parecía perdido para Kurt Dorn, que hacía una renunciación necesaria cuando se rendía ante la llamada de la guerra.
Pero ninguna pérdida, ninguna herida de proyectil o de bayoneta, ninguna torturante victoria de la muerte próxima pudo equilibrar la balanza que tenía en el otro platillo el pensamiento de la imagen de una joven americana, una joven de labios rojos, de ojos azules, de cabello dorado, que pisaba, en un día impreciso del porvenir, una pradera vernal o un huerto florecido, que apoyaba los pies sobre una tierra libre.


IV
Hacía fines del mes de julio la región occidental de Washington sufrió la racha más terrible de calor que se recordaba.
Spokane, que era el único centro de hierro, acero, ladrillo y albañilería de toda la región, parecía una ciudad compuesta de hornos. La actividad amenguaba. El asfalto de las calles estaba lleno de las huellas exactas que en él marcaban los pies de los peatones. Abajo, cerca de la garganta, donde el ancho río verde se arrojaba ruidosamente desde la altura de las peñas, la gente se congregaba, se detenía y se mostraba remisa a abandonar el lugar, pues allí la moviente calígine y el aire puestos en movimiento por la caída del agua creaban una temperatura consoladora.
Los ciudadanos hablaban de la prolongada ola de calor, de las plantas abrasadas, del casi seguro desastre que se cernía sobre los trigales, y de las actividades de la I.W.W. Aun la misma guerra, en aquellas circunstancias, cedió su lugar en las conversaciones a las amenazadoras calamidades que se aproximaban.
Montana había adoptado severas medidas contra la invasión de la I.W.W. El gobernador de Idaho había enviado avisos a los directivos de las organizaciones en los que decía que sus individuos podrían disponer de cinco días para abandonar el Estado. Spokane comenzaba a despertar a la amenaza de las hordas de unos hombres celosos y desconocidos que llegaban en los trenes de carga que se dirigían al Oeste. Los ferrocarriles no podrían hacer frente a las dificultades que les esperaban. Resultaba muy difícil organizar y poner en movimiento los trenes. Los empleados de las Compañías ferroviarias que se negaban a unirse a la I.W.W. eran amenazados, maltratados, objeto de disparos, o intimidados por otros procedimientos parecidos.
La Cámara de Comercio envió un llamamiento urgente a los representantes de los trigueros, rancheros, madereros y granjeros, a quienes ordenó, que fuesen a Spokane para discutir la situación. Tales representantes se reunieron en el hotel Davenport, donde fue servido el banquete en uno de los magníficos comedores del hotel más espléndido de todo el Oeste.
El león de aquel grupo de capitalistas de Spokane era Riesinberg, un hombre de ascendencia alemana, pero cuyas simpatías se inclinaban del lado de los americanos, y uno de cuyos hijos formaba ya parte del ejército. Riesinberg presidía uno de los Bancos de la ciudad y la Cámara de Comercio. Sus primeras palabras a la numerosa reunión de hombres occidentales de ojos vivos, mentones cuadrados y limpios perfiles, fueron:
—Caballeros: nos hemos reunido para discutir la situación más desgraciada y amenazadora con que el Noroeste se ha visto obligado a enfrentarse.
Su discurso no fue muy largo, pero sí incitador. La Cámara de Comercio podía proporcionar medios ilimitados, podía influir sobre el Gobierno del Estado y vigilar las actividades de los perturbadores; pero los visitantes que habían sido invitados a acudir a la asamblea, los hombres de los distritos aislados que se encontraban amenazados, eran quienes habían de proporcionar pruebas objetivas de la necesidad de obrar con dureza indicar cuáles serian los mejores medios de combate habían de Los primeros hechos que se expusieron fueron que muchas plantaciones habían sembrado aquel año exactamente que los anteriores, podría esperarse una cosecha satisfactoria; el trigo que brotaba en el Recodo, sería un fracaso aquella temporada, aun cuando algunos agricultores podrían hacer bien la recolección; en los distritos madereros no se trabajaba por culpa de la I.W.W.
Fue entonces cuando la organización de hombres que se designaban a sí mismos como Trabajadores Industriales del Mundo, atrajo por completo la atención de la asamblea. Los daños que hasta entonces se habían ocasionado asombraron a los miembros de la Cámara de Comercio.
El presidente, Riesinberg, llamó a Beardsley, un destacado e inteligente ranchero de la zona triguera del Sur; Beardsley dijo:
—Es difícil hablar con calma y moderación de la ultrajante actuación de la I.W.W. ni menos que una rebelión,. y el medio más efectivo de suprimir las rebeliones consiste en la aplicación de esa «acción directa» que constituye el procedimiento favorito de los hombres de la I.W.W.
»La I.W.W. no se propone conseguir sus traicioneros fines por un procedimiento tan sencillo como es la palabra. Sus miembros se burlan de la urna electoral. Son enemigos de la guerra, y su método de dar a conocer su protesta consiste en quemar nuestro grano, destruir nuestra madera, volar trenes de mercancías. Buscan convertirnos en partidarios suyos, no por medio de la argumentación, sino por medio de la intimidación y las amenazas.
»Hemos leído que las ciudades del Oeste intentan deportar a tales rebeldes. Suponemos que en los tiempos pasados se habrían tomado contra ellos unas medidas mucho más radicales. Los occidentales eran hábiles en el manejo de las cuerdas y de los revólveres. No aconsejamos que se ponga en práctica la ley del linchamiento; pero creemos que la deportación seria un medio represivo excesivamente blando.
»Somos demasiado civilizados para que podamos aplicar la antigua ley romana. «Salvad a los vencidos y extirpad a los rebeldes», pero, por lo menos, debemos internarlos. Los ingleses han descubierto que resulta útil poner a los prisioneros alemanes al trabajo en alguna ocupación conveniente. ¿Por qué no hemos de hacer lo mismo con los miembros de nuestra rebelde I.W.W.?
Jones, un agricultor del valle de Yakima, dijo que los negociantes, las mujeres, los hombres de carrera y los muchachos y muchachas de la Universidad salvarían la cosecha de Washington para la patria en el caso de que se produjeran perturbaciones en el trabajo. Ya se habían dado pasos para movilizar a los obreros de las tiendas, de las oficinas, y a otros que lo hacían por su propia cuenta, para que trabajasen en las huertas y en los trigales si se daba la circunstancia de que la actuación de la I.W.W. amenazase seriamente las cosechas.
Helmar, maderero de las Montañas Azules, habló con voz conmovida, diciendo:
—Mi Compañía es propietaria de una gran cantidad de tierras boscosas y de maderas adquiridas al Estado y a los particulares. Hemos estado entregados a la tarea de hacer productiva esta tierra hasta el momento en que nuestras operaciones fueron paralizadas, así como nuestros negocios, por una organización que se llama a sí misma Unión de Trabajadores Industriales del Mundo, por miembros de tal organización, y por otras personas sin ley que actúan como simpatizantes de ella.
«Nuestros empleados han sido amenazados con la violencia física y la muerte.
»Nuestros trabajadores son acechados por unos individuos que acampan en las selvas y que amenazan e intimidan a nuestros empleados.
»Se han hecho amenazas abiertas de que nuestros talleres, nuestros utensilios y nuestras maderas serán incendiados.
»Como he indicado al sheriff de nuestra zona, la temporada actual es muy seca y los bosques se hallan, y se hallarán en el caso de que no llueva, en grave peligro de sufrir incendios desastrosos. La organización de que hablo y sus miembros han dicho abierta y repetidamente que quemarán los troncos e incendiarán los bosques . de esta Compañía y de otras similares antes de permitir que continúen realizándose las operaciones de embarque.
»Muchos individuos pertenecientes a la organización han acampado en terreno abierto o cubierto de árboles, y su sola presencia es una amenaza de incendio. No tienen ocupación de ninguna clase, como no sea entorpecer los trabajos de la industria, de esta Compañía y de otras que se dedican a las mismas actividades.
»Hemos hecho cuanto hemos podido de manera legal para continuar nuestras labores y para proteger a nuestros empleados. Ahora, nos encontramos sin ayuda de ninguna clase y ponemos la responsabilidad de la protección de nuestras propiedades y de nuestros empleados en manos de los comisionados del campo y de los oficiales de la justicia de esta región.
A continuación, el presidente Riesinberg llamó a un joven informador para que leyera los párrafos de un discurso que un miembro de la I.W.W. había pronunciado ante un grupo de trescientos trabajadores. Era significativo que diversos miembros de la Cámara de Comercio pidiesen que cierto párrafo fuese leído nuevamente. Decía así:
«Si los trabajadores os unieseis, podríais hacer en esta nación lo mismo que se ha hecho en Rusia.»
«Todos sabéis lo que los trabajadores hicieron allí con los perros serviles, los pistoleros y los esbirros de la clase capitalista; los arrojaron a patadas. Los enviaron a los cielos para que dijeran: ¡Buenos días, Jesús!»
Cuando se acallaron las murmuraciones y tras un momento de silencio, el presidente se dirigió de nuevo a los reunidos:
—Señores: tenemos a Anderson, del Valle Dorado, entre nosotros. Si alguno de vosotros no le conoce, por lo menos habrá oído hablar de él. Sus ascendientes fueron de los primeros colonizadores que llegaron a esta región. Anderson nació en Washington. Es un hombre de la clase de los que han creado el Noroeste.
Combatió a los indios en los primeros tiempos y llevó siempre un revólver para luchar contra los proscritos y los forajidos. Y hoy, caballeros, posee una granja tan grande como toda la región de Spokane. Nos agradaría conocer su opinión.
Cuando Anderson se levantó para hablar, pudo apreciarse que estaba pálido y sombrío. Miró lentamente a la asamblea que le rodeaba, se inclinó, y comenzó a decir de modo, impresionante —Caballeros y amigos míos: Me agradaría no tener que verme obligado a arrojar una bomba en medio de esta pacífica asamblea. Pero he de hacerlo. Todos vosotros habláis de la I.W.W. Se han citado hechos que demuestran el extraño y súbito desarrollo de esa falsa Unión de Trabajadores. Hemos estado tratando con ellos por espacio de varios años. Pero este año todo es diferente... De pronto, esa organización parece haberse multiplicado y fortalecido. Hay algo detrás de ella. Una mano invisible y poderosa mueve los muñecos... Y, convecinos, ese tremendo poder es el oro alemán.
La profunda voz de Anderson vibró lo mismo que el sonido de una campana. Sus oyentes permanecieron completamente silenciosos. Ninguno demostró sorpresa, pero los rostros adquirieron una expresión más seria y dura. Tras una pausa llena de tensión, durante la cual la denuncia de Anderson tuvo tiempo para ser interpretada por todos, el orador continuó:
—Hace pocas semanas, un hombre joven, un forastero, fue a verme para pedirme trabajo. Me dijo que podía servir para cualquier ocupación. Lo tomé para que guiase mi automóvil. Pero no era buen conductor.
Fuimos un día a la región del Recodo, y durante aquel viaje comencé a sospechar de él. Le sorprendí hablando con los que supuse que serían unos hombres de la I.W.W. Luego, cuando regresamos a casa, le vigilé estrechamente y tuve siempre despiertos los oídos. No tardé mucho tiempo en descubrir que el descontento cundía entre mis obreros del campo. Suelo tener alrededor de un centenar de empleados en mis ranchos durante todo el año, y cuando llega la época de la recolección, muchísimos más. Todos los que puedo encontrar en realidad... Pues bien: descubrí que mis obreros me iban abandonando poco a poco, 'lo que era desacostumbrado. Y lo atribuí a la actuación de aquel chófer.
»Un día, no hace mucho tiempo, lo encontré conversando íntimamente con el hombre desconocido con quien lo vi hablando cuando hicimos el viaje al Recodo. Pero mi hombre —Nash, dice que se llama —no me vio. Aquella noche encargué a un vaquero que lo vigilase. Y lo que aquel vaquero oyó, vino a decirnos, en resumen, que el tal Nash era ayudante de uno de los dirigentes de la I.W.W. llamado Glidden. Nash había avisado a Glidden para que fuera a ver mi rancho. Estos dos hombres de la I.W.W. tenían más dinero de lo que era natural que llevasen sobre sí. j Y muchísimo oro! El modo como hablaban de este dinero, demostró que no conocían su origen, sino solamente que la provisión era ilimitada.
»Al día siguiente no fue posible hallar a Glidden. Pero mi vaquero había averiguado lo suficiente para darnos a conocer sus métodos. Si esos catequizadores no podían Dorninar por medio de promesas o del miedo a los hombres dignos de confianza para que se unieran a la I.W.W., intentaban comprarlos con dinero.
Y en la mayoría de los casos lo conseguían. Todavía no he despedido a Nash. Pero no puede marcharse, y entre tanto, estoy seguro de saber mucho observándolo. Es posible que por medio de Nash me sea fácil atrapar a Glidden. Y de este modo, señores, tenemos aquí un caso clarísimo que nos demuestra que la amenaza es lo suficiente grande para llenar de temor el corazón de todos los ciudadanos juiciosos. De cualquier modo que lo examinéis, si la recolección no puede hacerse, si los trigales y los bosques son incendiados, si la milicia del Estado ha de ser llevada a otros lugares..., de cualquier modo que lo examinéis, llegaréis a la conclusión de que nuestro Gobierno se verá con dificultades en su labor, de que nuestras provisiones no podrán llegar a manos de nuestros aliados... y que de este modo la causa de Alemania recibirá una ayuda muy importante.
»La I.W.W. tiene a sus espaldas una potencia organizada y con unos propósitos perfectamente decididos. Apenas es posible dudar de que tal potencia es alemana. Los agitadores y los directivos de la organización en nuestra patria son gentes bien pagadas. Es probable que ellos mismos no sepan particularmente quién los paga. Sin duda alguna, una cuadrilla poco numerosa de hombres realiza las negociaciones y maneja y distribuye el dinero. Hemos leído que todos los abogados de los Estados Unidos se hallan investigando el caso de la I.W.W. El Gobierno ha decidido perseguirlos. Pero los abogados y las leyes son lentos en su modo de obrar. Y entre tanto, el peligro está junto a nosotros y nos amenaza constantemente.
»Señores: para terminar, permitidme que os diga que en mi región vamos a tratar a la I.W.W. del modo clásico y eficaz propio del viejo Oeste.


V
E1 Valle Dorado era el Jardín del Edén del Oeste. La pendiente meridional se elevaba hacia las Montañas Azules, de donde brotaban los innumerables arroyuelos que, uniéndose para formar riachuelos y ríos, regaban abundantemente el valle.
Las negras extensiones pobladas de árboles se extendían desde las cumbres hasta las altas tierras de pastos, y éstas bordeaban los dorados y pendientes trigales, que a su vez, contrastaban vívidamente con los terrenos interiores, cubiertos de verde alfalfa; luego veíanse la huerta con sus frutos maduros y rojizos, y finalmente las tierras inferiores donde los espacios destinados al cultivo de verduras daban fe de la maravillosa riqueza del suelo.
En el Valle Dorado no hacía nunca ni calor ni frío extremado. Spokane y la región del Recodo, situadas en una zona tórrida, podrían del mismo modo haberse hallado en el centro del Sahara, si se juzgaba por el efecto que su temperatura ejercía sobre la de aquel jardín del Imperio Interior.
No había habitantes pobres en aquella gran área de dos mil quinientas millas; y muchos eran ricos.
Unas ciudades pequeñas y prósperas moteaban el valle; y las carreteras, muchas, lisas, polvorientas, y muy frecuentadas, todas conducían a Ruxton, una ciudad hermosa y rica.
Anderson, el ranchero, había ido en su coche a Spokane. Cuando regresó, llevaba consigo a un detective, a quien esperaba emplear en las investigaciones referentes a la I.W.W., y a un ranchero vecino.
Habían salido temprano de Spokane y soportado un calor y un polvo casi insufribles. Un cambio placentero se produjo cuando, saliendo del desnudo desierto, entraron en el valle; y una vez cruzaron el río Copper, Anderson comenzó a respirar más hondamente y a experimentar la agradable sensación que siempre le producía la proximidad de su hogar.
Al llegar a Huntington descendieron del automóvil su vecino el ranchero y el detective, Hall, que había de introducirse disfrazado en los distritos en que más Dominio tenía la I.W.W. Una nueva carrera de cuarenta millas condujo a Anderson hasta sus propiedades.
Anderson poseía una serie de granjas y de ranchos que se extendían desde las tierras inferiores hasta la parte más alta de las montañas. Todo esto representaba su vida de rudo trabajo y de honrado comercio.
Muchas de aquellas huertas y de aquellos campos sembrados de verduras eran cultivados por agricultores que tenían una participación en los beneficios que producían. Las tierras altas, los trigales y los pastos eran explotados por él en persona; como quiera que había acumulado propiedades sucesivamente, cambió su lugar de residencia de tiempo en tiempo, y por último construyó un hogar permanente y hermoso, situado a mayor altura que cualquiera de los otros, en la vertiente del valle.
La casa era un edificio moderno, blanco, con tejado rojo. Estaba edificada sobre un alto bancal llano, donde nacían los campos dorados de trigo, que se elevaban hacia las alturas, y los verdes cuadriláteros de alfalfa y las huertas que descendían hacia la parte baja del valle. Desde la lejanía, parecía como un mojón que podía ser visto claramente desde Vale, la ciudad más próxima, que se hallaba a cinco millas de distancia.
Anderson había amado siempre el campo abierto, y quería residir en un lugar desde donde le fuera posible ver levantarse el sol sobre la lejana abertura del valle v observar su puesta tras la negra extensión del Oeste. Podía sentarse en el pórtico delantero de la casa, ancho y sombroso, y bajar la vista sobre dos millares de acres de tierra propia. Pero desde el pórtico posterior del edificio no había vista que pudiera alcanzar hasta el límite aquellas anchas y ondulantes pendientes cubiertas de grano y de hierba.
Desde la carretera principal ascendió hacia la derecha de la casa, donde, bajo un declive cubierto de árboles, inundado de graneros, cuadras, corrales y barracas llenas de máquinas, se hallaban los hogares de los trabajadores, que constituían por sí mismos todo un pequeño pueblo.
Los sonidos que oyó fueron como una bienvenida a su hogar: el correr del agua, a menos de treinta yardas del lugar en que detuvo el automóvil en el amplio corralón; el chocar de los cascos de los caballos contra el suelo de la cuadra; el agudo relincho de un caballo que le vio y le reconoció; la risa alegre de sus vaqueros y el chocar de sus espuelas cuando se dieron cuenta de su regreso.
Nash, el chófer sospechoso, se hallaba entre los que se apresuraron a salir al encuentro del automóvil.
La mirada disimulada de Anderson observó que en el rostro del chófer se reflejaba la preocupación y la ansiedad.
—Nash, será preciso repasar el coche —dijo Anderson mientras descubría los paquetes que llevaba en el asiento posterior y comenzaba a sacarlos.
—Muy bien, señor —contestó Nash.
—Oye, Jake, ven —llamó alegremente Anderson a un muchacho huesudo que iba vestido con ropas de vaquero.
—Patrón, me alegro mucho de que haya vuelto a su casa —replicó Jake mientras recibía paquete tras paquete hasta quedar completamente cargado. Después sonrió—. Acaso necesite usted un caballo de carga —añadió.
—Tú eres suficientemente caballo para mí. Vamos —dijo Anderson; y haciendo a los demás hombres una seña para que le hicieran paso, se volvió hacia la verde y sombreada elevación en que se erguía la blanca y roja casa.
Un puente atravesaba el rápido arroyo. Allí, Jake dejó caer algunos de los paquetes, y Anderson los recogió. Al mismo tiempo que se enderezaba, miró inquisitivamente al vaquero. Los ojos verdes y amarillentos de Jake sostuvieron su mirada. Y aquel cambio de miradas demostró que los dos hombres eran de la misma casta y que ambos estaban seguros uno de otro.
7-Nada he averiguado, patrón —dijo el vaquero—, pero me alegro de que haya regresado usted.
—¿Ha salido Nash de nuestros terrenos? —preguntó Anderson.
—Dos veces, ambas por la noche, y permaneció ausente durante mucho tiempo. No le seguí, porque vi que no llevaba ningún bulto, y estoy seguro de que ese hombre tiene algunas ropas buenas. Por esta causa, tuve la seguridad de que volvería.
—8Has vuelto a ver a su compañero, a Glidden?
—No. Pero ha habido más de un nuevo desconocido dando vueltas por estos alrededores.
—d Has tenido noticias de alguno de los muchachos: que fueron con el ganado?
—Sí, Bill Weeks ha venido. Me dijo que un grupo de hombres de la I.W.W. había acampado cerca del Manantial Azul. Eso significa que se han trasladado hacia el borde de los bosques y que se hallan cerca de nuestros trigales. Bill dice que han matado algunas de nuestras reses para tener comida.
—¡Hum! ... ¿Cuántos hombres componen la cuadrilla? —preguntó sombríamente Anderson. Sus antiguos encuentros con los cuatreros y ladrones de ganados no le habían dejado muy favorablemente inclinado a admitir la posibilidad de perder ni siquiera una sola ternera.
—Creo que no lo sé. Es posible que haya alrededor de quinientos en esta parte del valle. Después he oído decir que hay más hombres en la otra... Patrón, si las cosas toman mal aspecto, es seguro que vamos a perder reses, trigo y acaso un poco de sangre.
—8Tantos hombres?-exclamó el ranchero, sorprendido.
—Sabe usted que van y vienen. Y últimamente han venido más de los que se han ido.
—¿Cuándo comenzamos a cortar el grano?
—Mañana. Adams no quiso empezar hasta que usted viniera. Arrancaremos cebada y avena durante unos pocos días, y luego comenzaremos con el trigo... si podemos encontrar los hombres necesarios.
—¿Ha contratado Adams a algunos?
—Sí, a veinte sobre poco más o menos. Todos ellos han jurado que no pertenecen a la I.W.W., pero Adams dice, y yo también, que algunos de ellos son los mismos que antes dijeron a nuestros antiguos trabajadores que pertenecían a la I.W.W.
—¿De modo que hemos de correr un riesgo si vamos a hacer la recolección de dos millares de acres de trigo? —Así lo creo, patrón.
—¿Ha habido informes procedentes de Ruxton?
—Sí. Pero será preferible que cene usted antes de conocerlos.
—Jake, antes me dijiste que nada se había averiguado.
—Nada se ha averiguado referente a este lugar. Vamos, patrón; la señorita Lenore me ha dicho que no abra la boca.
—Jake, ¿quién es tu patrón? ¿Yo o Lenore?-Usted lo es, señor. Pero no quiero desobedecer a la señorita Lenore.
Anderson recorrió el resto del camino hasta llegar a la sombreada senda que conducía a la casa sin decir nada mas a Jake. La hermosa casa blanca se destacaba con claridad ante la arboleda, brillante bajo los rayos del sol poniente. Un coro de ladridos acogió a Anderson, y luego se oyó un ruido de pasos. Sus hijas aparecieron en el pórtico.
Kathleen, que tenía diez años, se dirigió a él, y Rose, que tenía catorce, corrió tras ella. Ambas muchachas gritaban alegremente. Su dorado cabello se movía agitado por la brisa. Lenore esperó a su padre en las escaleras, y cuando él subió al pórtico cargado con tres muchachas, su ansiosa esposa, de triste mirada, salió para hacer aun más perfecta la llegada del padre al hogar. No..., no era perfecta, pues la alegría de Anderson contenía una nota de amargura: la ausencia de su hijo único.
—¡Oh papá! ¿Qué me has traído? —exclamó Kathleen al mismo tiempo que se separaba de su padre para acercarse al cargado Jake.
—¿Y a mí? —preguntó Rose.
Hasta Lenore, absorta en la felicidad producida por el regreso de su padre, no pudo resistirse a la gran ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m atracción que ejercían aquellos envoltorios.
Todos penetraron en la casa, a través del vestíbulo, hasta llegar a una estancia amplia y cómoda. Las primeras palabras de la señora Anderson, tras una sonrisa de bienvenida, fueron pronunciadas de modo débil y tartamudeante:
—¿Hay... noticias... de Jim?
—¡Hum! ... Sí —respondió con voz vacilante Anderson.
Las tres hermanas enmudecieron repentinamente. ¡Cuán parecidas eran las tres! Lenore, una mujercita floreciente; Rose, una hermosa chiquilla; Kathleen, una niña radiante...
Lenore perdió una parte de su alegría.
—¿Qué noticias, papá? —preguntó.
—¿No habías recibido carta directamente de él? —preguntó Anderson.
—No, desde hace una semana... Escribió el mismo día que llegó a Spokane. Pero entonces sólo podía indicarnos que había sido inscrito.
—¡Me alegro de que Jim no haya esperado hasta que fuese llamada su quinta! —replicó el padre—. Bien, mamá y hermanas: Jim se había marchado cuando llegué a Spokane. Todo lo que he podido averiguar es que salió para Frisco, que estaba bien y que es muy probable que sea destinado al cuerpo de aviación.
—¡Eso quiere decir... que... será aviador! —dijo Lenore, temblorosa.
—¡Claro que sí..., en el caso de que sea admitido! Me parece muy bien su deseo. Jim es inteligente, conoce las máquinas, tiene afición a los motores... y valor. No ha habido jamás un joven más valiente que él. Será un gran aviador.
—Sí..., pero... ¡el peligro! —murmuró la madre del muchacho al mismo tiempo que se estremecía.
—Es cierto, habrá de correr algunos peligros, mamá —replicó alegremente Anderson—. Es preciso que nos resignemos, que nos hagamos a la idea de que ha de correrlos... De todos modos, podemos estar seguros de una cosa: si Jim se hubiera quedado en casa, ahora tendría que estar luchando contra la I.W.W.
El difícil momento pasó. La señora Anderson dijo que iba a ordenar que fuese servida la cena inmediatamente. Las muchachas más jóvenes comenzaron a deshacer los paquetes. Lenore inspeccionó el rostro de su padre durante unos momentos.
—Jake, vete —dijo al vaquero, que esperaba—. Aguarda hasta después de la cena para disgustar a mi padre.
—Así lo haré, señorita Lenore —respondió Jake—. Y si necesita más disgustos, los tendrá sólo con cuidarse de buscarme.
—Estoy únicamente cansado, no disgustado, muchacha dijo Anderson mientras el vaquero salía acompañado del vibrante sonido de sus espuelas.
—¿Ha sucedido algo grave en Spokane? —preguntó ella ansiosamente.
—No. Pero los hombres de Spokane van a encontrarse muy pronto con graves contratiempos —contestó el padre—. He hablado con los miembros de la Cámara de Comercio... Puedo decir que he hecho que estallase una bomba en ella. Luego celebré conferencias con diversos hombres. Lo cierto es que todo esto me ha tenido demasiado atareado. De todos modos, no habría podido dormir ni descansar mucho con aquel calor tan terrible... ¡Éste es un lugar ideal para vivir, muchacha! Antes preferiría morir aquí que vivir un solo verano en Spokane.
—¿Viste al gobernador?
—Sí. Y observé que no se interesa tanto por la situación del Valle Dorado como por la del Recodo. Y tiene razón. Nosotros, los que aquí residimos, somos viejos occidentales. Sabemos hacer frente a las complicaciones. Pero los de allá arriba, los del Recodo, no son americanos.
—Padre, allí encontramos a un americano —dijo soñadoramente Lenore.
—Es cierto, ¡diablos! ... Y eso me recuerda una cosa... Un oficial del Gobierno había ido de Washington a Spokane para investigar las condiciones en que se halla la localidad. He olvidado su nombre. Me pidió una entrevista, y se mostró ansioso por conocer las circunstancias que imperan en el Recodo..., su lealtad para los Estados Unidos... Le dije todo lo que sabía y lo que opinaba. Y él me dijo, después, que iba a visitar aquellos trigales para hablar con los americanos que allí encuentre y hacerles comprender que deben hacer tanto como los soldados por ganar la guerra. Trigo..., pan... ¡Esa es nuestra mejor arma en esta guerra, Lenore! ... Yo lo sabía ya; pero aquel oficial del Gobierno acabó de convencerme de que es cierto. Le dije que no deje de ir a Palmer y que celebre una entrevista con el joven Dorn. Estoy seguro de que lo que he dicho de él será beneficioso para ese joven. ¡Pobre muchacho! Es un americano fiel. ¡Y pensar que es hijo de aquel diablo de alemán! El viejo Dorn ha tenido siempre mala fama. Y esta guerra ha servido para revelar la maldad alemana.
—Papá, me alegro de que hayas hablado bien del joven Dorn —dijo, todavía soñadoramente, Lenore.
—¡Hum! Nunca me dijiste lo que pensabas... —replicó el padre mientras la miraba rápida e interrogativamente. Lenore se hallaba mirando al exterior de la ventana, los campos de trigo, las llanuras. Anderson la observó durante un momento, y luego continuó—: En el caso de que me sea posible iré muy pronto a ver de nuevo a Dorn. ¿Quieres ir conmigo?
Lenore se sobresaltó, como si la pregunta la hubiera sorprendido.
—Creo... que preferiría no ir —contestó.
—Me parece bien —opinó el padre—. El viaje es muy duro... Voy a asearme un poco para cenar.
Anderson salió de la estancia y mientras Kathleen y Rose disputaban alegremente a causa de los paquetes, Lenore continuó mirando siempre soñadoramente a través de la ventana.
Aquella noche, a pesar de la presencia de muchos jóvenes de un pueblecito cercano, Lenore se retiró temprano a su habitación, cerró la puerta y se sentó a oscuras ante la abierta ventana.
Una luna temprana plateaba las largas pendientes cubiertas de trigo y hacía que la alfalfa pareciese negra. Una brisa fresca y débil abanicaba las mejillas de la joven. Podía aspirar desde allí la fragancia de las manzanas y del heno recién segado, y oír el sordo murmullo del agua fugitiva. Un lebrel ladró en algún lugar de los campos. No se percibía ningún otro ruido. La escena era hermosa, apacible, pastoril. Pero, aun así y todo, no alegró a Lenore.
La joven parecía dudar de la sinceridad de lo que veía y que tanto amaba. Serenos, solitarios, hermosos, prometedores, blanqueados por la luz de la luna, los anchos campos de «Aguas Mil», las plateadas laderas y las oscuras montañas del fondo no decían la verdad. Lejos, más allá de las oscuras llanuras, una guerra horrible había extendido una mano roja sobre su patria. Su único hermano había abandonado el hogar para guerrear, y no podría decirse si volvería de los campos de batalla. Las fuerzas del mal trabajaban activamente bajo la luz de la luna. Había llegado la ocasión en que Lenore debía meditar.
Su padre, invitándola a que fuera con él a la región del Recodo, le había producido la ligera y extraña conmoción de una sorpresa. Lenore había soñado sin pensar. Y allá, sola, a oscuras, mientras observaba la, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m media luna que se hundía lentamente en el horizonte, pensó. Y esto le sirvió para llegar a la conclusión de que recordaba perfectamente la primera vez que vio al joven Dorn, y todavía más vívidamente la segunda; pero la tercera se le presentaba en la imaginación de una manera al mismo tiempo clara y vaga. Había habido muchos jóvenes heridos de amor por los encantos de Lenore; tantos, que no era difícil para ella reconocer los síntomas de aquellos enamoramientos fácilmente producidos y más fácilmente olvidados. En realidad,, tales amores la repelían. Pero había observado que la actitud del joven Dorn era sorprendente, turbadora, inolvidable. Y el porqué de estas circunstancias llenó de confusión su inteligencia.
En primer lugar, Dorn era inolvidable; lo fue desde antes de su encuentro en el Recodo, por dos razones: porque se sintió tan aturdido a la vista de ella, que la miró inconscientemente, con una expresión en el rostro y un brillo en los ojos similares a los de un poeta joven que se quedase absorto ante una inesperada y absorbente inspiración; y porque representaba físicamente el tipo de hombre que ella idealizaba: un gigante rubio, fuerte, de esbeltos miembros, con rostro hermoso y franco, de perfil limpio y puro, de mejillas encendidas y ojos azules.
«¿Podría ser... lo que se llama... amor a «primera vista?», murmuró para sí incrédulamente mientras miraba en dirección a los campos en que la oscuridad se intensificaba. «¿Yo? ¡Es absurdo..., es imposible...!
Solamente le recuerdo..., solamente le recordaba... como a un joven guapo, de ojos de fuego... Y ahora, siento lástima por él.»
El murmurar en voz baja su sorpresa, su asombro, su duda y su consternación, únicamente sirvió para aumentar su instintiva y avasalladora emoción. Experimentó un algo que no pudo definir... Y este algo apenas estaba relacionado con la difícil situación del joven que se hallaba entre el conflicto que originaban los deberes hacia su padre y su amor por su patria. Estaba relacionado con el fuego de sus ojos, con unas percepciones intangibles, soñadoras de él como de un ser irreal, con unas vagas y dulces fantasías que se retiraban cuando las examinaba escrutadoramente.
Entonó sus plegarias aquella noche —una costumbre infantil, reanudada cuando su hermano comunicó su decisión de marcharse a la guerra—, y a aquella antigua plegaria que su madre había rezado antes que ella, añadió una súplica propia, personal. ¡Qué extraño resultaba que el rostro del joven Dorn semejase surgir de entre las sombras! Estaba allí, no podía dudarlo, y el de su hermano comenzaba a desvanecerse.
¿Será posible... que él... y Jim... se encuentren allá... en los campos de batalla?»
Finalmente, una insidiosa somnolencia borró lo acerbo de sus sentimientos; y Lenore se durmió.


VI
Ante la mesa, a la hora del desayuno, Lenore fijó la mirada en su padre y dijo serenamente:
—Papá, he cambiado de pensamiento. ¡Quiero ir al Recodo contigo!
Anderson abandonó sobre la mesa el tenedor y el cuchillo y abrió los ojos sorprendido.
—¿Has cambiado de pensamiento? —exclamó..
—Ya sabes que tengo costumbre de hacerlo —replicó ella tranquilamente.
La señora Anderson pareció inquietarse más que sorprenderse.
—¡No vayas, querida! El viaje es horroroso.
—¡Hum! Me alegra mucho llevarte, muchacha —añadió Anderson, clavando en ella la mirada.
—¡Déjame ir a mí también! —suplicó Rose.
Kathleen estaba mirando con seriedad a Lenore, con la mirada profunda y penetrante propia de las personas extremadamente jóvenes.
Lenore: apostaría cualquier cosa a que tienes allí un nuevo pretendiente —declaró.
Lenore se ruborizó. Y se indignó menos con su hermanita que con el hecho incomprensible de que una palabra caprichosa hiciese que se le tiñese de rojo el cuello y el rostro.
—Kitty, olvidas la educación que te han dado —la reprochó.
—Kit es demasiado atrevida. Es una criatura temible —añadió Rose con aires de superioridad.
—¡No he dicho absolutamente nada! —gritó Kathleen, acalorada—. Lenore, si no es cierto, ¿por qué has enrojecido tanto?
—¡Chist! ¡Cállate, criatura imprudente! —le ordenó enfadada su madre.
Lenore se alegró cuando, concluida la comida, pudo salir al aire libre.
El estado de ánimo, grave y preocupado de la noche precedente se había disipado con el sueño.
Lenore había frecuentemente resuelto muchos de los problemas de su vida mientras se hallaba durmiendo.
En aquella fresca y dulcemañana de verano, con el sol brillante y cálido, que anunciaba un día caluroso y glorioso, Lenore habría deseado correr con el viento, revolotear entre la alfalfa, observar con extraño y renovado placer las ondas de sombra que se extendían sobre los trigales. Había conocido y amado durante toda su vida los ondulantes campos cubiertos de una masa dorada. Pero jamás habían significado para ella tanto como significaban desde la noche anterior. Acaso fuese esto debido a que había oído decir que el desenlace de la guerra, la salvación del mundo, su felicidad y su esperanza se cifraban en los millones de acres cubiertos de trigo dorado y dependían de ellos. El pan era el apoyo, el sostén de la vida. Lenore comprendió que se hallaba cambiando y creciendo. En el caso de que le sucediera algo a su hermano, Jim, sería heredera de millares de acres sembrados de trigo. Un dolor agudo le atacó el corazón. Debía alejar de sí aquel horrible pensamiento. Y debía aprender..., debería conocer la magnitud de esta cuestión. Las mujeres del país debían ser llamadas para que contribuyesen con su esfuerzo, para que desempeñaran su papel de colaboradoras de la victoria.
Corrió a través del prado y del puente, y se encontró inesperadamente con Nash, el chofer de su padre.
Nash había preparado el automóvil.
—¡Buenos días! —dijo sonriendo y destocándose. Lenore le devolvió el saludo y le preguntó si su padre se proponía ir a algún sitio.
—No. Voy a llevar unos telegramas a Huntington. —¿Telegramas? Pues ,¿qué le sucede al teléfono? —preguntó ella.
—El hilo está cortado desde ayer.
—¿Por hombres de la I.W.W.?
—Eso dice su padre. No lo sé.
—Debería tomarse alguna medida contra tales hombres —dijo Lenore con severidad.
Nash era un joven de frente ennegrecida, de cuadrado mentón, de ojos y cabello claros. Parecía ser inteligente y tenía cierta ilustración, pero su actitud cuando se hallaba a solas con Lenore —la había conducido a la ciudad en diversas ocasiones —no era la misma que cuando se encontraba en presencia de su padre. Lenore no se había tomado la molestia de pensarlo. Pero aquel día la mirada quo observó en los ojos de él le pareció ofensiva.
—Dicho sea en confianza, entre nosotros dos, Lenore, siento bastantes simpatías por esos pobres diablos —declaró Nash.
Lenore se retiró de una manera en cierto modo altiva al oír cómo se hacía uso de su nombre familiar.
—Es una cuestión que no me importa —dijo fríamente. Y se alejó.
—¿No querrá usted venir conmigo? Voy a ir en busca del correo —gritó el chófer.
—¡No! —replicó Lenore secamente. Y se apresuró a colocarse fuera del alcance de la voz de Nash. ¡Qué impertinente era aquel hombre!
—¡Buenos días, señorita Lenore! —saludó despacio una voz alegre y cariñosa. La voz y el tintinear de unas espuelas que sonaron tras ella hicieron que la joven volviese la cabeza y viese al más apreciado de todos los servidores de su padre.
—¡Buenos días, Jake! ¿Dónde está mi papá?
—Con Adams. Y no querría hallarme en el pellejo de Adams ni por todo el dinero del mundo —contestó el vaquero.
—¡Tampoco lo querría yo! —contestó riendo Lenore.
—Supongo que no va usted a cabalgar esta mañana, señorita Lenore. Está usted muy guapa, pero no puede cabalgar con ese vestido que lleva.
—Jake, sólo un aeroplano podría satisfacerme hoy.
—¿Quiere usted volar, eh? Bien, perdóneme que no me agraden esos pajarracos... He visto uno de ellos esta mañana, y ya es bastante para mí... Y, cambiando de tema, señorita Lenore, y con perdón de usted... No va usted mucho en el automóvil esta temporada.
—No, Jake. Es cierto —contestó ella; y miró al vaquero. Confiaba en Jake tanto como habría confiado en su hermano, Jim.
—Me alegro mucho. He oído que Nash la llamaba y le pedía que fuera con él. He visto los ojos con que la miraba al decírselo. Pero deseo advertirle de que no es un hombre bueno. Estoy seguro de que usted no mira nunca a los hombres como él, que no le agradan... Lo he observado y vigilado atentamente, por orden de su papá. Está complicado con esos hombres de la I.W.W. Pero no es eso lo que quiero decir. Es... Es...
Yo...
—Muchas gracias, Jake —contestó Lenore al ver que el vaquero vacilaba—. Te agradezco mucho que hayas pensado en mí. Pero no tienes motivos de preocupación.
—No me he preocupado ni siquiera lo más mínimo —dijo él—. Comprenda usted: conozco a los hombres mejor que su papá, y sé que el tal Nash es capaz de cualquier cosa...
—¿Por qué lo conserva mi papá a su servicio?
—Porque Anderson desea averiguar muchas cosas acerca de la I.W.W., y no puede aceptar el riesgo de intentar hacerlo de otro modo.
Los estableros y los vaqueros, a cuyo lado pasó, Lenore, le dieron cordiales los buenos días. Lenore se enorgullecía con frecuencia al decir a su padre que ella podía gobernar «Aguas Mil tan bien como él. En algunas ocasiones surgían dificultades en cuya suavización tomaba Lenore una parte no pequeña. Los encerraderos y las cuadras eran lugares familiares para ella, que insistía en sus deseos de mimar a todos los caballos, con gran complacencia de Jake muchas de las veces.
—Algunos de esos caballos son malos —insistía él.
—¡Claro que lo son... cuando los vaqueros malos se empeñan en maltratarlos! —respondía Lenore riendo.
—Bueno, en ese caso... yo soy uno de los malos. Me voy a ir a la guerra —replicó Jake, pensativo—. Esos alemanes me llenan de inquietud.
—Pero, Jake, todavía no estás en edad militar, ¿verdad?
—¿Qué edad cree usted que tengo?
—En algunas ocasiones, creo que no tienes más de catorce años, Jake.
—Muchas gracias. En realidad, es cierto que ya he pasado la edad militar; pero puedo esgrimir un arma y disparar como cualquier joven.
—No lo dudo, Jake. Pero espero que no vayas a la guerra. Nos sería posible continuar explotando este rancho sin tu ayuda.
—Lo sabía. Bueno, entonces supongo que deberé quedarme aquí hasta que usted se haya casado, señorita Lenore —dijo el vaquero lentamente.
De nuevo una ola de color escarlata cubrió las mejillas de Lenore.
—En ese caso supongo que tendremos que esperar hasta que hayamos recogido muchas cosechas, Jake, y hasta que hayamos hecho muchos viajes —replicó ella.
—No sé si... —comenzó él a decir.
Pero Lenore se alejó; de modo que no pudo oír más.
«¿Qué me sucede que todo el mundo..., que Jake dice...», se dijo; y terminó poniéndose una mano en cada una de las cálidas y suaves mejillas. Había en ella un algo diferente a lo habitual; esto parecía cierto. Y si sus ojos estaban tan alegres como el día, con sus profundas nubes azules y blancas y sus campos verdes y brillantes y dorados, en este caso podría pensarse que el vaquero habría tenido la prueba de los tormentos que la angustiaban y habría demostrado que estos tormentos le agradaban. «Pero casada... ¿yo? No es probable. ¿Acaso quiero un esposo que pueda ser muerto a tiros?»
La senda que Lenore recorría ligeramente se extendía a lo largo de un huerto poblado de melocotoneros y de manzanos.
Finalmente, Lenore llegó a los alfalfares.
La alfalfa, rica, espesa, suave y perfumada de madurez y florecimiento, le llegaba hasta las rodillas.
El caminar se le hizo penoso al cabo de poco tiempo; se acaloraba y se ahogaba y las piernas le dolían a causa de la espesura del heno. Al fin, se encontró casi al otro lado del campo, , y allí se dejó caer en tierra para mirar interrogativamente el profundo azul del cielo, como si intentase comprender sus secretos. Y luego escondió el rostro entre la fragante espesura que pareció arrancarle un murmullo.
«¡Oh, me pregunto..., cuáles serán mis sentimientos... cuando le vea... de nuevo...!»
Se levantó y continuó caminando. Otro campo se extendía entre una gradual pendiente, cubierto por una nueva vegetación de alfalfa. Tenía un verde claro, que contrastaba con la riqueza y la oscuridad del campo que había dejado tras sí. En el extremo de este campo corría rápidamente un arroyuelo claro y musical, abierto bajo el cielo en algunos espacios y en otros escondido bajo una arbolada pradera. Los pájaros cantaban en unos ocultos lugares; una codorniz lanzaba sus notas claras y aflautadas, y una calandria entonaba una canción.
Lenore se mojé los pies al cruzar el arroyo, y, trepando a la pequeña colina que se extendía sobre él, se sentó en una piedra para secárselos al sol. El sol producía con su calor una sensación agradable. Por muy calientes que fuesen los rayos del sol, a Lenore le agradaban. Siempre parecía haber entre ellos un aire puro que respirar, y siempre era deliciosa la sombra que en algunos lugares producía.
Desde aquel punto de observación, que era el favorito de Lenore, podía ver los florecientes campos de alfalfa, la colina coronada por la hermosa casa roja y blanca, la gran extensión del jardín y las millas y millas de huerto. Los terrenos de pasto comenzaban tras ella.
Los arroyos murmuraron a sus pies y los pájaros cantaron. Lenore oyó el zumbido de las abejas. El aire estaba allí libre del aroma de los frutos y del heno, y llevaba consigo un olor seco que no era tan dulce como aquél. Lenore veía a los trabajadores: delante, los que se encontraban en el alfalfar, y más allá, los hombres y las mujeres que se inclinaban sobre las huertas. En lontananza, ondulaban los dorados campos de trigo. Lenore pensó que cuando llegase a ellos, ya no desearía ir más lejos.
Había dos máquinas que se hallaban segando la ladera de avena, una de ellas arrastrada por ocho caballos y la otra por doce. Cuando Lenore cruzó el campo descubrió cierta cantidad de hombres que haraganeaban a la escasa sombra de una fila de bajos árboles que separaban los campos. Allí vio a Adams, el capataz, y él la vio en el mismo momento. Había estado sentado, hablando con los hombres. Al verla, se levantó y se acercó a Lenore.
—Viene su padre con usted? —preguntó.
—No, mi padre camina mucho más despacio que yo; no puede seguirme —contestó Lenore—. ¿Quiénes son esos hombres?
—Son forasteros que han venido en busca de trabajo. —¿,Hombres de la I.W.W.? —preguntó Lenore en voz más baja que anteriormente.
—Es probable que lo sean —contestó Adams. Adams no era un hombre joven, ni robusto, y parecía llevar consigo la carga de las preocupaciones y de las angustias—. Su padre dijo que vendría muy pronto.
—Espero que no vendrá —dijo Lenore en tono seco—. Mi padre procede siempre de un modo completamente personal; usted lo sabe.
—Sí, lo sé. Y ese es el modo de proceder que necesitamos aquí en el valle —replicó el capataz significativamente.
—¿Es ésa la nueva segadora-agavilladora que acaba de comprar mi padre? —preguntó Lenore señalando la enorme máquina, brillante y rugiente, que se encontraba tras los doce caballos.
—Sí, ésa es la máquina de McCormick; es muy buena —contestó Adams—. Con máquinas como ésta podemos continuar bien sin la interferencia de la I.W.W.
—Quiero subir a ella —declaró Lenore; y corrió en dirección a la máquina. Lenore hizo una seña con la mano al conductor, Bill Jones, otro antiguo empleado que llevaba mucho tiempo trabajando con su padre.
Bill tiró hacia atrás de las riendas de muchas ramas, y cuando los caballos se detuvieron, cesó también el rugido de la máquina.
—Buenos días, señorita. Supongo que esto representa uno de los habituales altos en el trabajo a que nos fuerza la I.W.W.
—Es algo peor que todo eso, Bill —replicó ella alegremente, al mismo tiempo que subía a la plataforma en que otro hombre se hallaba sentado sobre un saco de cebada. Lenore no lo reconoció. Parecía un hombre honrado y descuidado, y le dirigió una mirada alegre.
—Tenga cuidado con el vestido —dijo señalando con una mano grasienta las polvorientas ruedas y los engranajes que se hallaban cerca de ella.
—¿Me permitirá guiar la máquina, Bill? —preguntó ella.
—Lo haría si pudiera —contestó él secamente—. Es seguro que usted sabe conducir, señorita. Pero el guiar no es todo lo que hay que hacer para este trabajo.
—¿Qué he de hacer? Le aseguro...
—No he visto nunca a una mujer que sea capaz de llevar nada en línea recta. ¿La ha visto usted?
—No muy frecuentemente. Había olvidado el modo como guía usted los caballos... 'Continúe. No me permita que retrase la recolección.
Bill lanzó un grito estentóreo, dirigido a sus doce caballos, y cuando éstos se doblaron e hicieron un esfuerzo para reemprender la marcha, el zumbido de la máquina volvió a llenar el aire. Y una nube de polvo y de pajas finas y delgadas envolvió a Lenore. Los altos tallos de la cebada caían entre el cortador sobre una especie de mandil que los alimentadores llevaban al cuerpo de la máquina. La paja, desprovista de so grano, salía por su final y era arrojada, en tanto que el grano corría a lo largo de un tubo situado en el mismo costado junto al cual se encontraba Lenore, y caía en un saco abierto.
La recolección del grano era una labor hermosa, lo mismo si se hacía por el viejo y lento procedimiento de la hoz, que con una de aquellas máquinas modernas y rápidas.
Saltó a un lado, y la grande y poderosa máquina, casi provista de inteligencia, según creyó Lenore, continuó rodando con su rechinante zumbido.
Adams caminaba detrás de la máquina y se dirigió a la joven.
—¿Va usted a quedarse aquí hasta que venga su padre? —preguntó.
—No, señor Adams. ¿Por qué lo pregunta usted?
—No debería usted venir sola, ni volver sola a su casa... ¡Esos desconocidos! ... Algunos de ellos son poco recomendables. Perdóneme, señorita; pero esta recolección no es como las anteriores.
—Esperaré hasta que venga mi padre, y no me alejaré de la vista de ustedes —contestó Lenore. Dio gracias al capataz por su previsión, se retiró, y al cabo de unos momentos se encontró junto a uno de los trigales.
El grano no estaba todavía maduro, pero tenía un pálido color dorado. El viento procedente del Oeste ondulaba y agitaba las matas de trigo.
Un camino medio cubierto de hierba bordeaba el trigal y se retorcía antes de llegar a la casa. El padre de Lenore apareció montando el blanco caballo que acostumbraba, Lenore se sentó en la hierba para esperarle.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el chocar de los cascos del caballo de su padre y por el alegre saludo que llegó hasta sus oídos.
Anderson se apeó y, abandonando las bridas, se sentó al lado de su hija.
—Puedes utilizar el caballo para volver a casa —dijo.
Lenore comprendió que era amonestada por su vagabundeo, e hizo un movimiento para levantarse. La fuerte mano de su padre la contuvo, —Ahora, cuando estoy a tu lado, no es preciso que te apresures. ¿No es hermoso este día? Veo que la recolección continúa. Esos sacos me llenan de alegría.
Lenore esperó con cierta inquietud. Tenía sobre la conciencia el peso de una culpabilidad, y temía que su padre se propusiese interrogarla respecto a su repentino cambio de opinión en lo referente al viaje al Recodo. Por esta causa, no pudo levantar la mirada del suelo ni pronunciar una palabra.
—Jake me ha dicho que Nash ha intentado granjearse tus simpatías. ¿Es cierto? —preguntó el padre bruscamente.
—Sí..., hasta cierto punto. ¡Oh! He comprobado que Nash es... un poco... fresco, como dice Rose —contestó Lenore un poco consolada al oír la inesperada pregunta.
—Sí, sé que ha intentado hacer la rosca a Rose. Ella misma me lo ha dicho —afirmó Anderson.
—¡Despídelo! —dijo Lenore con energía. —Debería hacerlo. Pero he de decirte una cosa, Lenore:
espero poder comprobar la culpabilidad de Nash. —¿Que más necesitas? —preguntó ella.
—Me refiero a sus relaciones con la I.W.W.... Escucha, he aquí lo más interesante: hemos comprobado que Nash sostiene conversaciones secretas con hombres importantes de esta región, hombres de sangre extranjera, y, posiblemente, con simpatía por los extranjeros. Estamos en los principios de una era trascendental y probablemente mala para los Estados Unidos. Nadie puede decir cuán mala será. Bien, tú conoces perfectamente mi situación en el Valle Dorado. Todo el mundo me observa. Supongo que la I.W.W.
me ha señalado, como ellos dicen. Siempre llevo conmigo dos revólveres. Y puedes tener la seguridad de que Jake lleva otros dos. No viajaremos muy lejos de nuestra hacienda este verano.
Lenore comenzó a estremecerse, y su expresión manifestó un indescriptible temor.
—No hay necesidad de que se lo digas a tu madre —continuó explicando Anderson más íntimamente—.
Tengo confianza en ti, y... volvamos a Nash. Él y Glidden..., supongo que recordarás a uno de aquellos hombres a quienes vimos en la casa de Dorn... Bueno, ambos manejan mucho oro. Deben de tener barricas y más barricas llenas. ¡Si me fuera posible descubrir de dónde procede ese oro...! Probablemente ni ellos mismos lo saben. Pero yo podré averiguar si algunos compatriotas nuestros están tramando algún complot en unión de la I.W.W.
—¿Complot? ¿Para qué? —preguntó ahogadamente Lenore.
—Para destruir mi trigo, para obligar o sobornar a mis recolectores, para inutilizar la cosecha del Noroeste, para obstruir el reclutamiento de soldados; en resumen: para debilitar, desconcertar y entorpecer a nuestro Gobierno en sus preparativos contra Alemania.
—¡Eso es terrible! —declaró Lenore.
—Jake me ha hecho una insinuación... Se habla de 'un complot para eliminarme —dijo Anderson sombríamente.
—¡Oh Dios mío! ¿Es cierto? —exclamó Lenore.
—Es cierto. Pero ése no es el modo como una hija de Anderson debe reaccionar al saberlo. Nuestras mujeres están obligadas a luchar también. Todos tenemos que hacer frente a esos demonios de alemanes, que combatirlos con sus propias armas. Sabes, muchacha, que algún día serás propietaria de estas tierras. Así lo he dispuesto en mi testamento. Y lo he hecho porque, lo mismo que tu padre, siempre has amado el trigo.
Tú lucharás, ¿no es cierto?, para preservar el grano para nuestros soldados..., el pan para tu hermano Jim, y para conservar tus propias tierras.
—¡Luchar! ¿No he de querer hacerlo? —exclamó Lenore con un grito apasionado.
—¡Bien! ¡Así se habla! —exclamó su padre.
—Descubriré todo lo relacionado con ese Nash... si tú me lo permites —declaré Lenore en el mismo tono que si hubiera tenido una repentina inspiración.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, muchacha?
—Le animaré, le haré creer que soy una mujer alocada, voluble y enamorada de él. ¡Todo está permitido en la guerra! ... Y si se propone hacer algún daño a mi padre...
Anderson descargó un golpe sobre las matas doradas.
—En beneficio mío..., para ayudarme..., ¿animarás a Nash..., coquetearás con él y descubrirás todo lo que sea posible?
—¡Sí, lo haré! —exclamó ella con fervor. Pero experimentaba el deseo de cubrirse el rostro con las manos. Y tembló ligeramente, sentía frío y veíase acometida de repugnancia contra aquel extraño y nuevo yo que en ella se despertaba.
—Espera un minuto, antes de que digas demasiado —continué Anderson—. Tú eres mi hija más querida, mi Lenore. ¡Sería capaz de derramar la sangre de la persona que se atreviera a ofenderte! ... Pero, Lenore, hemos entrado a tomar parte en una guerra terrible. La gente de estas regiones, y especialmente las mujeres, no lo han comprendido todavía. Pero es preciso que tú lo comprendas, que te des cuenta de ello. Cuando dije adiós a mi hijo Jim, sentí..., experimenté la impresión de que jamás volvería a verlo... Y renuncié a él. Podría haberle retenido junto a nosotros, obtener una exención de servicio para él. Pero, no. ¡Dios mío! Renuncié a él... para que labre la seguridad, la felicidad y la prosperidad de..., digamos de tus hijos, de los de Rose, de los de Kathleen... Trabajo para el porvenir. ¡Así deben hacer todos los hombres y todas las mujeres leales!
Amamos a nuestra patria. Y te pido que veas la magnitud de los peligros que la amenazan. ¡Piensa en ti misma, en Rose, en Kathleen recibiendo el mismo trato que reciben esas pobres muchachas belgas! Bien, obtendrías el mismo trato, y acaso otro peor, en el caso de que los alemanes ganasen la guerra. Y lo importante para nosotros es ganarla, vencer; y para conseguirlo hemos de unirnos estrechamente...
Anderson se detuvo e hizo una profunda aspiración de aire en tanto que dirigía la mirada hacia los lejanos campos. Lenore se sintió arrastrada por una fuerza irresistible. El viento del Oeste corría a través de las inclinadas matas de trigo. Desde donde se hallaban podían oír el sordo zumbido de las máquinas. Y, sin embargo, todo parecía irreal. La vehemencia y la sinceridad del padre habían hecho de aquel lugar un mundo diferente.
—Eso en cuanto al aspecto general de la cuestión —continuó Anderson—. Por mi parte, estoy dispuesto a hacer todo lo que pueda. Es posible que cometa errores. Voy a jugar a ese juego con las cartas que me han dado... ¡Bien sabe Dios que me encuentro casi en tinieblas! Pero es la naturaleza del esfuerzo, el espíritu, lo que tiene imporancia. Voy a salvar la mayor parte del trigo de mis ranchos. Y siendo, como soy, hombre del Oeste, puedo prever que habrá de derramarse sangre... Daría muchísimo por saber quién ha enviado a Nash para que me espíe. Estoy convencido de que es agente secreto de alguien, espía, elemento integrante de una cuadrilla que me ha señalado. Todavía no puedo probarlo, pero lo siento, lo percibo. Es posible que jamás averigüemos por él nada que valga la pena de saberse; mas no creo que así suceda. Quiero jugar su propio juego, probablemente descubrirás todo lo relacionado con él. Lo malo de la cuestión es esto: ¿podrás ser lo suficientemente mañosa y taimada para conseguirlo? ¿Puede una joven tan sincera, tan noble, tan justa como tú engañara un hombre, aunque sea a un granuja como Nash? Supongo, si se tienen en cuenta los motivos, que podrías hacerlo. Las mujeres sois maravillosas... Bien, si eres capaz de engañarle, de hacerle creer que ha vencido, de adularlo hasta que se hinche como un sapo, de prometerle que te fugarás con él, de ser curiosa y mostrarte celosa, de obligarle a decirte adonde va y con quien se reúne, de hacer que te muestre sus cartas, todo sin permitirle que te ponga una mano encima, en ese caso daré mi consentimiento. Y formaré un juicio todavía más favorable de ti. Ahora bien; la cuestión es esta: ¿podrás hacerlo?
—Sí —susurró Lenore.
—¡Bien! —estalló Anderson totalmente satisfecho. Luego comenzó a enjugarse el húmedo rostro. Se levantó, con lo que pudo apreciarse el volumen de los pesados revólveres que llevaba en los bolsillos, y miró a lo largo de los trigales—. Ese trigo estará maduro dentro de una semana. Tiene un aspecto hermoso...
Vuelve a casa, Lenore. No permitas que Jake te haga preguntas. Tiene mucha curiosidad. Vamos a dar a esos ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m hombres de la I.W.W. una primera dosis de Anderson.
Se volvió sin mirar a su hija, dudó y se inclinó ante una mata curvada por el peso del fruto.
—Muchacha... Eres como tu madre... —dijo con voz vacilante—. Tu madre me ayudó a vencer en mi lucha de los primeros tiempos... Eres valiente..., eres grande...
Lenore quiso decir algo que mostrase la animación de su espíritu, que hiciese ver que su tarea era más fácil de lo que parecía, pero no pudo hablar.
—Ahora somos compañeros_ y entre nosotros no hay secretos —continuó él con voz en la que había un tono distinto al anterior—. Y quiero que sepas desde ahora que ni Nash ni Glidden tiene muchas probabilidades de salir con vida de esta región.


VII
Tres días más tarde, Lenore acompañó a su padre en su Viaje al Recodo. La joven se sentó en el asiento posterior del automóvil, al lado de Jake, lo que resultó del todo halagador para el vaquero y fue recibido con mal disimulado disgusto por el chófer Nash. Habían convenido partir en las primeras horas de la mañana, y pudo apreciarse de modo indudable que Nash esperaba que Lenore se sentase a su lado durante el largo desplazamiento. Sin embargo, fue el padre quien ocupó el asiento delantero y quien, a espaldas de Nash, guiñó repetidamente el ojo, como si con ello quisiera felicitarla por el buen resultado de su complot.
En la primera ocasión que se le presentó, Lenore dirigió al conductor una mirada que fue suficientemente cálida y elocuente. Jake había comenzado a mostrarse curioso e intrigado, y no podía preverse lo que haría.
La mañana era fresca, dulce; un sol rojizo anunciaba que el día sería caluroso. El gran automóvil zumbaba como una colmena de abejas y parecía devorar las millas como por arte de magia. Lenore, con el rostro descubierto, disfrutó de la frescura de la brisa y el multicolor panorama que corría a su lado, escuchó los divertidos comentarios de Jake e intentó reprimir el pensamiento del descubrimiento que podría hacer antes de que el día terminase.
Tras haber cruzado el río Copper iniciaron el ascenso de la larga pendiente; la temperatura comenzó a aumentar y el polvo a inundar el vehículo. Lenore se echó el velo y recostándose cómodamente en el respaldo del asiento, se resignó a la espera y al sufrimiento.
En línea recta habría unas cien millas desde el rancho de Anderson hasta Palmer; pero las vueltas y revueltas de la carretera hacían, necesariamente, que el camino que debía recorrerse fuese mucho más largo.
Lenore se dio claramente cuenta de la arribada al desierto, y llegó un instante en que creyó que se hallaba a punto de asfixiarse. Transcurrieron unas horas inaguantables durante las cuales nadie habló y en las que solamente llegó hasta sus oídos el zumbido del motor. Lenore no podía ver a través del velo, y no se lo quitó hasta el momento en que llegaron a Palmer y el automóvil se detuvo.
Su padre fue el primero en descender; y lo hizo escupiendo y sacudiéndose la espesa capa de polvo que se le había adherido al guardapolvos. Jake, que siempre decía que vivía entre el polvo y el calor, declaró que el día no era precisamente muy agradable. Lenore miró al exterior e intentó aspirar una bocanada de aire. Nash se ocupó en atender el caliente motor del automóvil.
Anderson y Jake entraron en el hotel rural para obtener unos refrescos. Lenore prefirió quedarse en el vehículo y dijo que deseaba tomar una bebida fresca. En el mismo instante en que los dos hombres se perdieron de vista, Nash se enderezó y miró sombría y ansiosamente a Lenore.
—; Nunca podremos encontrar una ocasión tan buena como ésta! —murmuró de modo vehemente y rápido.—,Para qué? —preguntó Lenore, espantada.
Para huir —replicó roncamente Nash.
Lenore había procedido de forma tan astuta para realizar su propósito, que al cabo de tres días solamente, Nash había comenzado a implorar y a exigir que se fugase con él. Había sido un incauto. Pero Lenore había logrado averiguar muy poco hasta aquel momento. El verdadero nombre de Nash era Ruenke.
Era socialista. Disponía de mucho dinero, e insinuaba que recibiría mucho más de fuentes misteriosas.
Al oírle, Lenore se ocultó el rostro y, mientras se inclinaba hacia atrás con fingido disgusto, realmente experimentó deseos de reír. Había aprendido algo nuevo en aquellos pocos días; a odiar.
—! Oh, no, no! —murmuró—. ¡No puedo pensar en eso... todavía!
—Pero, ¿por qué no? —preguntó él, con un chillido violento.
—Mi madre está tan afligida ahora... porque mi hermano Jim... se ha ido a la guerra... No..., no puedo ahora... Harry, ¡por favor!, concédeme tiempo. Todo ha sido tan... tan súbito... ¡Espera, por favor!
Nash parecía hallarse acometido por distintas emociones. Lenore le observó a través del velo. Se había asombrado al descubrir que, junto al intenso disgusto y a la repugnancia y a la vergüenza que le producía el papel que estaba desempeñando, había un intenso interés en la lucha. Su intuición de mujer la advertía que Nash abrigaba una secreta e irreductible enemistad hacia su padre. Por medio de ademanes involuntarios y significativos, y a través de revelaciones impremeditadas, Nash había mostrado más y más el espíritu alemán que en él residía.
—¿Esperar?-dijo quejosamente—. Las cosas se pondrán mal para mí aquí...
—¡0h! ¿Qué quieres decir?-suplicó ella—. Me asustas...
—Lenore, la I.W.W. va a encontrarse en circunstancias difíciles en esta región. Yo pertenezco a ella.
Ya te lo había dicho. Pero la Unión va a ser dirigida de una manera diferente durante este verano. Y tengo que realizar mucho trabajo... que no me agradará hacer, puesto que me he enamorado de ti. Ven, huye conmigo...
Lenore tembló al oír esta confesión. Creyó que se hallaba a punto de hacer nuevos descubrimientos.
—¡Cuán disparatadamente hablas, Harry! —exclamó. —Apenas te conozco. Me llenas de pavor con tus misteriosas palabras... Ten... ten un poco de consideración conmigo.
Nash dio un paso atrás para inclinarse hacia el interior del vehículo. Sus ojos brillaban de modo temible tras los enormes lentes. Y su mano enguantada se posó con fuerza sobre un brazo de Lenore.
—¡Es inmediato! Ha de ser súbito, necesariamente —dijo con voz baja y dura—. Es preciso que confíes en mí.
—Lo haré. Pero tú debes confiar en mí —replicó ella con vehemencia—. No soy tonta. Quieres precipitarme demasiado... demasiado...
Repentinamente, Nash levantó la mano y se dirigió con rapidez hacia la parte delantera del automóvil.
Jake se hallaba a la puerta del hotel y había visto la acción de Nash. Luego apareció Anderson seguido de un muchacho que llevaba un vaso de agua para Lenore. Se acercaron al vehículo. Jake iba detrás y no cesaba de mirar curiosamente a Nash.
—Vaya a tomar un bocado y una copa invitó Anderson al conductor—. ¡Dése prisa!
Nash obedeció. Jake lo siguió con la mirada hasta que lo vio entrar en el hotel. Luego subió al coche y se sentó junto a Lenore.
—No hay duda de que esa agua sabe a humedad —dijo con su acostumbrada calma.
—Tomaremos alguna bebida más fría en casa de Dorn —indicó Anderson—. Muchacha, ¿cómo marchan las cosas?
—Muy bien contestó sonriendo ella.
—Ya lo he visto —añadió intencionadamente Jake al mismo tiempo que la miraba.
Lenore pensó que debería poner en antecedentes a Jake si no quería correr el riesgo de que éste chocase violentamente con Nash. Por esta causa, inclinó la cabeza de modo significativo y guiñó un ojo. Y, aprovechando la oportunidad de que Anderson se hallaba subiendo al automóvil y no podía oírla, murmuró al oído de Jake —Estoy haciendo buenos descubrimientos. Más tarde te informaré.
El vaquero pareció hallarse muy lejos de estar convencido; y miró arrugando los ojos a Nash cuando éste regresaba en dirección al coche.
El automóvil arrancó bruscamente. El aire estaba tan caliente como el soplo de un horno. Lenore se humedecía frecuentemente los labios para paliar el escozor. A ambos lados del camino se extendían los campos de trigo, apergaminados y melancólicos. Anderson movió la cabeza con tristeza. Jake dijo:
—¿No es una verdadera lástima? Todavía no ha terminado de brotar, y... y es demasiado tarde...
Lenore vio cerca las matas de trigo todavía sin madurar, y observó que estaban perdidas.
—Es todavía peor de lo que supones, Jake —dijo Anderson—. La mayor parte de ese trigo no será cortado. Y lo que sea segado, no servirá para siembra. Veo una mancha amarilla acá y allá, sobre todo en las laderas del Norte; pero en líneas generales la cosecha del Recodo es un fracaso.
—Padre, ¿recuerdas aquella zona de Dorn que tenía un aspecto tan prometedor? —preguntó Lenore. —Si.
Pero solamente prometía... en el caso de que lloviese. No me sorprenderá que haya sucedido lo peor, lo más temible —contestó tristemente Anderson.
—Me parece ver nubes de tormenta a lo lejos —dijo Lenore, señalando ante sí.
A través de los velos de la calígine, más allá de las desnudas montañas y campos de trigo, se veían algunas nubes grandes, blancas, en agudo contraste con el color cobrizo del cielo.
—¡Por todos los diablos! ¡Es una nube de tormenta! —exclamó Anderson—. ¿Qué opinas, Jake?
—A mí me parece muy conveniente —respondió Jake, que siempre era optimista.
Cuando el automóvil se aproximó al final de una pendiente, la carretera se curvaba para desembocar en otra; y entonces vio Lenore que otro automóvil, envuelto en una nube de polvo, se adelantaba al suyo.
—Patrón, he visto que desde ese automóvil han tirado algo... que ha caído entre el trigo —dijo Jake, después de haberse inclinado repentinamente hacia delante.
—¿Eh?... Es posible que fuera una botella —contestó Anderson, mirando atentamente ante sí.
—No. No lo era... ¡Allí está! Vuelvo a verlo de nuevo. ¡Ponga atención, patrón!
Lenore aguzó la vista y experimentó una violenta sacudida nerviosa. La voz de Jake tenía un acento inquietante. ¿Resultaba extraño que Nash redujese un poco la velocidad del automóvil cuando no había necesidad aparente de hacerlo? Luego, Lenore vio que una mano asomaba por el costado del vehículo que precedía al suyo, y arrojaba entre el trigo un objeto brillante y pequeño.
—¡Mire! j Véalo de nuevo! —exclamó Jake.
—¡Lo he visto! Jake, toma nota del lugar... Nash, reduzca la marcha —gritó Anderson.
Lenore dedujo por la expresión de su padre y del vaquero que algo grave sucedía, pero no pudo comprender qué podría ser. Nash continuaba hoscamente entregado a su labor de guiar el automóvil.
—Creo que ha debido de ser por aquí —dijo Jake, moviendo la mano.
—¡Alto! —ordenó Anderson. Y cuando el coche se detuvo, bajó de él seguido por Jake.
—Supongo que ha sido aquí, porque me fijé en esa roca —dijo Jake.
—También yo —respondió Anderson—. Saltemos la cerca, y veamos qué es lo que se ha arrojado aquí.
Jake apoyó una mano sobre uno de los postes y traspuso la cerca por medio de un salto. Pero Anderson hubo de trepar laboriosa y lentamente sobre el obstáculo de alambre espinoso. Lenore se asombró al ver su silencio y su persistencia. Anderson despreciaba las alambradas. Cuando hubo pasado al otro lado, dividió el tiempo entre buscar a través de las matas y observar el coche desconocido que se alejaba.
Lenore observó que Jake recogía algo y lo examinaba. —¡Llévenme los diablos si sé qué es esto! —murmuró mientras se aproximaba a Anderson—. ¿Qué demonios es este chisme?
—Te autorizo a que me des una paliza si en mi vida he visto algo parecido —contestó Anderson—. Pero parece una cosa mala. ¡Corramos detrás de aquel automóvil!
Cuando volvió a subir al coche, Anderson tenía nuevamente una expresión sombría y triste.
—I Alcance a ese automóvil que va delante! —ordenó escuetamente a Nash. Y el conductor comenzó a hacer las maniobras para reemprender la marcha.
—Lenore, ¿qué te parece esto? —preguntó Anderson, volviéndose para mostrar a su hija una especie de pastel hecho de una sustancia blanda, húmeda y pegajosa.
—No sé qué es —contestó Lenore—. ¿Lo sabes tú?
—No. Y daría cualquier cosa para saberlo... ¡Oiga, Nash! ¡Dése prisa! ¡Alcance a aquel automóvil!
Anderson se volvió para ver por qué no había sido obedecida su orden. Estaba enojado. Nash hizo unos rápidos movimientos. El automóvil se estremeció, el motor comenzó a zumbar... y luego se produjo un tremendo chirrido, seguido de un violento temblor del vehículo y de una explosión. Luego, el silencio renació.
—¡Ha destrozado usted la transmisión! —gritó Anderson. La rojiza coloración habitual se desvaneció de su rostro.
—No, pero debe de haber algo que no responde bien —contestó Nash. Y bajó del asiento para examinar el motor.
Anderson tuvo que hacer un esfuerzo para Dominar su cólera. Lenore vio que Jake apoyaba una mano en el hombro de su padre.
—Patrón —susurró—, ya no podremos alcanzar a aquel automóvil.
Anderson se resignó, y volvió el rostro para no ver a Nash, que estaba hurgando el motor. Lenore creía que Nash había obstruido intencionadamente el motor para permitir que el otro automóvil huyese, y vio que este vehículo daba vuelta en la larga y recta carretera y desaparecía por uno de los ramales que nacían a su derecha.
Después de un retraso de varios minutos, Nash ocupó de nuevo su asiento y se puso el automóvil en marcha.
Desde la cúspide de la pendiente inmediata, Lenore vio la granja y el hogar de Dorn. Todo el trigo parecía estar apergaminado. Sin embargo, la joven recordó que la sección de grano más prometedora estaba situada en la vertiente norte y, por tanto, fuera de su vista desde el lugar en que se hallaba.
—Tiene tan mal aspecto como todos los demás trigales —comentó Anderson—. ¡Adiós mi dinero!
Lenore cerró los ojos y pensó en sí misma y en su estado interior. Parecía tranquila y alegre de que hubiera casi concluido aquella primera parte del viaje.
Cuando el coche redujo la marcha, Lenore oyó que su padre decía —Llévenos a la casa.
Después, al abrir los ojos, Lenore vio el portillo, la bien cuidada huerta con su escasa sombra, la vieja casa gris maltratada por los tiempos. El amplio pórtico ofrecía un aspecto invitador, puesto que había sombra, y una mecedora y un banco con almohadones azules. Una puerta se hallaba abierta completamente.
Parecía no haber nadie en la casa.
—Nash, toque la bocina, y luego dé una vuelta en torno a la casa para buscar a alguien —dijo Anderson—.
Ven, sal del automóvil, Lenore. Debes de estar medio muerta. —¡Oh, no! Estoy mitad polvo y mitad fuego-contestó Lenore, riendo y bajando del vehículo. Exactamente en aquel momento oyó un zumbido sordo y distante. ¡Un trueno! Este sonido la conmovió. Jake le trajo una bebida fría, refrescante, y ella le envió en busca de otra; luego humedeció el pañuelo y se lo pasó por el acalorado rostro. Era, ciertamente, muy agradable encontrarse allí después del largo y caluroso viaje.
—Señorita Lenore, he visto a Nash manosearla a usted —dijo el vaquero—, y ¡por todos los diablos!, no he querido dar crédito a mis ojos.
—No grites tanto, Jake; ese joven caballero se imagina que estoy enamorada de él.
—Bien, yo le haré abandonar esas disparatadas fantasías —replicó el vaquero fríamente.
—¡No harás nada de eso!
—¡Ah! Entonces ¿es cierto que está usted enamorada de él?
Lenore se vio obligada a explicar al fiel vaquero el significado de la situación. Y Jake comenzó a expresar su sorpresa por medio de juramentos, y dijo:
—Voy a darle una paliza, de todos modos, por vanidoso.
Y cogió el vaso de hojalata y se retiró.
En la senda sonaron unos pasos y unas voces, y al cabo de unos momentos aparecieron Anderson y el joven Dorn. —Mi padre ha ido a Wheatly —estaba diciendo Dorn. —Pero puedo decir a usted que le pagaremos veinte mil dólares de la deuda tan pronto como hagamos la recolección. En el caso de que llueva, pagaremos por completo nuestro débito y aun nos sobrarán treinta mil dólares.
—Bien, espero que llueva. Y ese trueno que ha sonado es muy esperanzador —contestó Anderson.
—Desde hace varios días hemos concebido esperanzas como las que ha motivado ese trueno; pero no ha llovido —dijo Dorn. Y luego, viendo a Lenore, pareció estremecerse y enrojeció ligeramente—. No... no había visto... que había traído a su hija.
Dorn saludó a Lenore avergonzado, y Lenore devolvió el saludo con calma y observó fijamente al joven, en espera de que se produjeran las indefinibles sensaciones que suponía que aquel encuentro habría de provocar. Pero, cualesquiera que fueran aquellas sensaciones, no la abrumaron. La alegría que hubo en la voz de Dorn mientras hablaba vehementemente con su padre acerca de la deuda, había hecho que ella se inclinase agradecida en su favor. Era un muchacho bueno. Lenore observó, mientras Dorn se sentaba, que una vez que la sonrisa y el rubor desaparecieron de su rostro, parecía un poco más delgado y más viejo de como ella lo imaginara. En sus ojos había una sombra de tristeza, y también la tristeza se asomaba a sus ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m labios. Evidentemente, estaba trabajando cuando los viajeros llegaron. Se hallaba vestido con un mono polvoriento y desgarrado; sus brazos, descubiertos hasta los codos, eran musculosos y fuertes; su delgada camisa de algodón estaba húmeda por el sudor y se adhería a sus potentes espaldas.
Anderson miró al joven con simpatía y amistad.
—¿Cuál es tu primer nombre? —preguntó con su habitual espontaneidad.
—Kurt. —Esta fue la respuesta que obtuvo.
—¿Es americano ese nombre?
—No. Tampoco lo es Dorn. Pero Kurt Dorn es americano.
—¡Hum! Comprendo. Y me alegro muchísimo... Y ¿has conseguido salvar aquella zona tan grande y tan prometedora de trigo?
—Sí. Hemos tenido suerte. Es el grano mejor y más hermoso que mi padre haya cultivado jamás. Si llueve, obtendremos sesenta bushels por cada acre.
—¿Sesenta? ¡Hum! —exclamó Anderson.
Lenore dirigió una sonrisa a los dos trigueros y dijo:
—Seguramente lloverá... y es muy probable que tengamos tormenta hoy mismo. Soy una profetisa que no se engaña jamás.
—¡Por Satanás, es cierto! Lenore no tiene rival cuando se trata de pronosticar el tiempo —declaró Anderson.
Dora la miró sin hablar, pero su sonrisa pareció expresar que Lenore no podía menos de ser una profetisa de bondad, de esperanza y de alegría.
—Oye, Lenore, ¿cuántos bushels hay en una sección a razón de sesenta por cada acre? —continuó Anderson. —Treinta y ocho mil cuatrocientos —contestó Lenore.
—Y ¿a cómo lo venderán ustedes? —preguntó Anderson a Dorn.
—Mi padre lo ha vendido a dos dólares y veinticinco centavos el bushels — contestó Dorn.
—Bien, pero debería haber esperado. El Gobierno fijará un precio más alto... ¿Cuánto importará todo ello, Lenore?
La sonrisa de Dorn mientras observaba cómo Lenore hacía unos cálculos mentales, demostró que él mismo ya había realizado la operación aritmética.
—Ochenta y seis mil cuatrocientos dólares —contestó Lenore—. ¿Me he equivocado?
—Y ¿tendréis treinta mil dólares sobrantes después de haber pagado todas las deudas? —inquirió Anderson.
—Sí, señor. Apenas acierto a comprenderlo. Es una verdadera fortuna para una sola sección de trigo.
Pero hemos tenido cuatro temporadas malas... ¡Oh. si lloviera hoy!
Lenore volvió una mejilla en dirección al leve viento occidental. Y luego miró rudamente las nubes que se extendían con lentitud, blancas y hermosas, muy altas en la línea del horizonte y oscuras y amedrentadoras ante ella.
—He conocido a una muchacha que podía percibir el movimiento de las cosas cuando nadie más podía hacerlo —dijo Lenore—. Yo soy tan sensitiva como ella..., al menos en lo que se refiere al viento y la lluvia.
En este mismo momento percibo que hay lluvia en el aire.
—Entonces me ha traído usted la buena suerte —dijo Dorn con vehemencia—. Ciertamente, creo que mi suerte ha cambiado. Me molesta la idea de marcharme sin haber pagado previamente esa deuda.
—¿Va usted... a marcharse? —preguntó sorprendida Lenore.
—Sí, creo que sí —replicó Dorn al mismo tiempo que se reía levemente. Metió la mano en uno de los bolsillos del mono y sacó de él un papel que desenvolvió inmediatamente; una llama quemó la serenidad de su rostro; sus ojos se oscurecieron y brillaron con la intensidad propia del orgullo—. He sido el primer hombre de esta región del Recodo que ha sido llamado para prestar servicio militar... Mi número fue el primero que se pronunció.
—¡Reclutado! —exclamó Lenore; y pareció hallarse detenida en el umbral de una sorprendente y terrible verdad.
—Muchacha, olvidábamos... —dijo su padre.
—¡Oh! Pero... ¿por qué? —exclamó Lenore. Había expresado la misma dolorosa súplica a su hermano Jim. ¿Qué necesidad tenía..., qué deber tenía de ir a la guerra? ¿Para qué? Y Jim había lanzado una amarga maldición contra los alemanes a quienes se proponía matar.
—¿Por qué? —contestó Dorn, mientras la sombra de tristeza y pesadumbre volvía a asomarse a sus ojos—.
¿Cuántas veces me he hecho esa misma pregunta?... En cierto modo, no lo sé... Todavía no se lo he dicho a mi padre... No lo hago por él..., pero cuando pienso profundamente..., cuando siento y veo..., entonces sé que voy a luchar por mi patria... Por usted y por sus hermanas...
Exteriormente, Lenore no pareció haber experimentado ningún cambio. Percibía que los ojos de su padre estaban fijos en ella, pero no experimentaba el deseo de ocultar el tormento tumultuoso de su corazón.
Aquel momento hizo de ella una mujer. Sus ojos hicieron frente con fijeza a los de Dorn, y experimentó la sensación de que un espíritu vital y autoritario pasaba de ella a él. Vio que el joven luchaba contra algo que no podía comprender. Lenore le amaba. Este amor no había tenido principio. Kurt había vivido siempre en los sueños de Lenore. Y lo mismo que su hermano, iba a marcharse para matar, para morir.
Luego Lenore dirigió la mirada hacia los trigales. Una brisa más fuerte que la anterior le acarició las mejillas. El cielo se oscurecía, y el sordo trueno rodó bajo la muralla de las grandes nubes.
—Oiga, Kurt, ¿qué supone usted que es esto? —preguntó Anderson. Al volverse, Lenore vio que su padre tenía en la mano aquella masa gris que Jake había encontrado en el trigal.
El joven Dorn la recogió rápidamente, la olió y la mordió.
—¿Dónde ha encontrado usted esto? —preguntó excitado.
Anderson relató las circunstancias en que se produjo el hallazgo.
—Es una preparación fosfórica —afirmó Dorn—. Cuando la humedad se evapore, se producirá una ignición que incendiará cualquier sustancia seca... Es una artimaña de la I.W.W. para incendiar los trigales.
—¡Pero es...!-Anderson terminó la frase con una iracunda maldición—. Jake y yo supusimos que aquellos hombres se proponían realizar algún mal. Pero no sabíamos cuál.
—He esperado que se realizaran malas acciones de todas clases —dijo Dorn—. Tengo cuatro hombres vigilando constantemente la región triguera.
—Bien, oiga: aquel automóvil dio la vuelta hacia la derecha a varias millas de aquí..., pero, ¡mala suerte!, los hombres de la I.W.W. pueden también trabajar de noche.
—Vigilaremos también de noche —replicó Dorn.
—Cuando caiga la lluvia, ¿no anulará la ignición de esa materia fosfórica? —preguntó ansiosamente, pues sabía que llovería muy pronto.
—Sólo durante un corto período. Mañana estará seca.
—Enonces el trigo va a incendiarse —declaró sombríamente Anderson—. Si esa maniobra ha sido realizada a lo largo de toda esta región, van a tener ustedes algo más temible que el fuego de la pradera. Lo primero que debe hacerse es salvar esta sección en la que se encierra una fortuna.
—Señor Anderson, esa tarea parece casi imposible de realizar después de haber visto la artimaña de esta maniobra incendiaria. ¿Qué podríamos hacer? Dispongo de cuatro hombres. No puedo contratar ninguno más, porque no confío en los desconocidos. Y ¿qué podrían hacer cuatro hombres, o cinco, contándome yo mismo, para vigilar una milla cuadrada de trigo día y noche?
La situación pareció desesperada a Lenore, que se llenó de angustia. ¿Qué destino tan cruel jugaba con aquel joven agricultor? Dorn parecía amilanarse bajo el peso de aquel golpe culminante. Arriba, en el cielo, rodando y rugiendo, se encontraba la tormenta durante tanto tiempo esperada, la tormenta que significaba la liberación de una deuda, y una fortuna, además. Pero, ¿de qué serviría la lluvia si su efecto había de ser sólo el de granar más las espigas de trigo para que cayeran calcinadas bajo el toque infernal del fuego?
Pero Anderson no era ya un chiquillo. Había tenido que contender en muchas ocasiones contra circunstancias adversas. Jamás se había entregado a la desesperación hasta después de que la crisis mortal había pasado. En su frente roja, fruncida y cubierta de arrugas, en la que se marcaban las hinchadas venas, se reflejó la dirección de sus pensamientos.
—¡Oh, es terrible!-dijo Lenore a Dorn—. ¡Cuánto lo lamento! Pero no se desespere. ¡Mientras hay vida, hay esperanza!
Dorn levantó hacia ella la mirada. Tenía llenos de lágrimas los ojos.
—Muchas gracias..., me había acobardado. Comprenda usted..., había concebido demasiadas esperanzas... en beneficio de mi padre. Por mí mismo, no me importa el dinero... ¡Dinero! ¿De qué utilidad podrá ser el dinero para mí... ahora? Todo ha concluido para mí... Cortar el trigo..., recogerlo..., eso es todo lo que esperaba... El ejército..., la guerra..., Francia... Tengo que irme.
—Chist!-murmuró Lenore mientras le ponía una de sus suaves manos sobre los labios e interrumpía el final de aquellas amargas palabras. La joven sintió que se sobresaltaba, y la mirada que percibió pareció traspasarle el alma—. ¡Chist! ... ¡Va a llover! ... Mi padre encontrará el modo de salvar el trigo... ¡Y usted volverá a su casa... cuando la guerra haya concluido!
Dorn oprimió la mano de ella contra sus cálidos labios.
—Me hace usted... avergonzarme. No me... rendiré... —dijo ahogadamente—. Y cuando haya concluido..., allá..., en las trincheras, pensaré...
—Escucha, Dorn —dijo sonoramente Anderson—. Vamos a frustrar a esa cuadrilla de la I.W.W... Va a llover. Es muy conveniente. Mañana cogerás este pastel de materia fosfórica y recorrerás con él toda la región. Muéstralo a los agricultores y diles que su trigo va a incendiarse. Y ofrece a aquellos cuyos campos estén arruinados y en los que el fuego ya no pueda causar daños..., ofréceles buenas recompensas si te ayudan a salvar la cosecha de tu sección. Medio centenar de hombres podrían apagar un fuego, en el caso de que se iniciase. Y esos vecinos tuyos, o por lo menos la mayoría de ellos, saltarán de alegría al poder disfrutar de una ocasión de derrotar a la I.W.W... ¡Podemos hacerlo, muchachos!
Y levantó en alto triunfalmente uno de sus enormes puños.
—¿Lo ve? ¿No se lo he dicho? —murmuró Lenore dulcemente. Y se conmovió profundamente al ver que Dorn reaccionaba ante la esperanza. Su rostro, triste y macilento, se animó de repente.
—Jamás lo habría pensado —exclamó radiante Dorn—. Podemos salvar el trigo... Señor Anderson... No puedo darle gracias suficientemente...
—No lo intentes —replicó el ranchero.
—¡Le digo que va a llover! —gritó alegremente Lenore—. Vamos hacia allá..., donde podamos ver cómo la tormenta se extiende sobre las colinas. Me gusta ver como las sombras cubren los trigales.
Lenore se dio cuenta, al pasar junto al automóvil, de que Nash la miraba de una manera cuyo significado era inconfundible. Se había olvidado totalmente de él. La vista de aquel rostro en que se exteriorizaban los celos, aumentó su extraño alborozo.
Cruzaron la carretera que nacía al pie de la casa y de cara al Oeste, pudieron ver más ampliamente las millas de laderas ondulantes y la magnífica armonía de las nubes de la tormenta. Los profundos y bajos murmullos del trueno parecían una música magnífica. Lenore miró de soslayo a Dorn, que tenía la cabeza descubierta, y —le vio extasiado. Una tormenta de agua se aproximaba. Abajo, en el valle, tales tormentas eran muy frecuentes en aquella estación, demasiado frecuentes para que su importancia pudiera ser apreciada debidamente. Allí, en el desierto de trigo, la lluvia era una verdadera bendición.
El filo redondeado, de un blanco amarillento, de las nubes que se aproximaban, se extendió y oscureció. Bajo ellas, el cuerpo de la tormenta tenía un color purpúreo, que se encendía de vez en cuando con el resplandor de un relámpago. Unas largas y oblicuas cortinas de agua, grises como la ligera niebla, permanecían colgadas entre el cielo y la tierra.
—Escuchen-exclamó Dorn.
Un viento cálido, cargado con el aroma seco del trigo, acarició el rostro de Lenore y agitó su cabello.
El viento produjo un susurro como de seda, un murmullo procedente de las grandes espigas. Este sonido emocionó a Lenore. Le pareció un dulce y esperanzador mensaje en el que se le decía que la espera había sido recompensada, que la sequía podía ser rota. Nuevamente, y de un modo mucho más hermoso que en cualquier otra ocasión de su vida, vio las ondas de las sombras que se extendían sobre el trigo. —Lenore percibió la caída de una dulce gota de agua sobre su rostro. Le pareció una caricia. Se produjo una especie de redoble a su alrededor. Repentinamente, se elevó un olor débil y húmedo de polvo. Más allá de la montaña, se veía un cúmulo gris de nubes de lluvia que avanzaba lentamente, acompañado de un sordo murmullo que apagó el susurrar del trigo.
Lenore permaneció inmóvil hasta que unas pesadas gotas cayeron espesa y rápidamente sobre ella y atravesaron la delgada tela de su vestido para morir sobre su carne; y luego, con una alegre llamada a aquellos dos hombres amantes del trigo y de las tormentas, corrió hacia el pórtico.
Los hombres se unieron a ella. Anderson, sonriente y contento; —Dorn, todavía con aquella expresión de éxtasis embeleso en el rostro. La lluvia avanzó un poco más y tamborileó sobre el tejado, en tanto que todo el ambiente se llenaba de unas rayas grises.
—¡Muchacho!!Aquí están tus treinta mil dólares de lluvia! —gritó Anderson.
Pero Dorn no le oyó. Una vez dirigió una sonrisa a Lenore, como si fuera el hada buena que hubiera obrado aquel milagro. En su expresión, Lenore percibió más profundamente su carácter, el de la naturaleza y el de la vida. Lenore gustaba de la lluvia, pero siempre, desde aquel momento en adelante, la reverenciaría.


VIII
E1 viaje de regreso al hogar produjo innumerables e incalculables modificaciones en las dudas y los temores que habían atormentado a Lenore durante el trayecto hasta la casa de los Dorn.
La joven experimentó durante largo tiempo la impresión que le produjo la mano cálida y fuerte de Kurt cuando éste estrechó la suya al despedirse de ella. Era evidente que Kurt creía firmemente que aquélla sería la última ocasión en que la vería. Lenore no habría de olvidar jamás la mirada que le dirigió, con la que pareció intentar grabar a fuego el recuerdo de su imagen en el fondo de su memoria para siempre. Pero ella, por su parte, experimentó la impresión de que habrían de volver a verse de nuevo.
La lluvia había asentado el polvo por espacio de muchas millas. No obstante, más allá de Palmer comenzaron a verse señales de que la tormenta había decrecido en intensidad o había tomado un rumbo diferente, puesto que la carretera se hallaba completamente seca. Cuando el polvo se levantó de nuevo, Lenore volvió a cubrirse el rostro, por más que obsesionada como se hallaba por el profundo cambio que en si se había operado, ni el polvo, ni el calor, ni la distancia podrían afectarla en gran medida. Los momentos volaban lo mismo que las millas. Lenore, a pesar de ir con los ojos cerrados, se dio cuenta de que se hacía de noche. Las paradas se hicieron más frecuentes después de haber cruzado el río Copper. El señor Anderson se dirigió a diversas personas de la población para hacerles diversas preguntas. La mayoría de ellas estaban relacionadas con la I.W.W. Y ni siquiera el excitado murmurar de su padre y de Jake pudo despertar el interés de la joven. Era medianoche cuando llegaron a «Aguas Mil», y Lenore sentíase fatigada.
Nash se adelantó a Jake cuando ella iba a descender del vehículo, y la ayudó a hacerlo. Le apretó con fuerza un brazo, y susurró ardientemente a su oído:
—¡Mañana!
Este susurro estaba cargado de significado y volvió a Lenore a la realidad. Pero no dio muestras de que así hubiera sido, y se alejó.
—He visto unos desconocidos que andan rondando por la oscuridad —dijo Jake en voz baja a Anderson.
—¡Ten los ojos bien abiertos! —contestó Anderson—. Voy a llevar a casa a Lenore, y volveré en seguida.
La senda se hallaba sumida en la más completa oscuridad a través de la arboleda, y Lenore tuvo que asirse al brazo de su padre.
—¿Hay... algún... peligro? —murmuró.
—Vamos a investigar si lo hay —replicó con calma Anderson.
—¿Lo haréis con precaución?
—No hay duda, muchacha. No quiero correr riesgos inútiles. Tengo a varios hombres dedicados a vigilar la casa y el rancho. Pero me gustaría que tuviéramos aquí a los vaqueros... Ahí viene Jake. Ha visto algunos coyotes humanos que rondaban por estos alrededores cuando llegamos.
Anderson abrió la cerrada puerta. El vestíbulo se hallaba oscuro y tranquilo. Encendió la luz eléctrica.
Lenore estaba quitándose el velo.
—Estás pálida —dijo solícitamente el padre—. No es extraño. El viaje ha sido muy fatigoso. Pero me alegro de que lo hayamos realizado. He salvado la cosecha de Dorn.
—También yo me alegro, papá.!Buenas noches!
Anderson contestó a su hija, salió y cerró la puerta. Sus rápidos pasos se perdieron en la lejanía.
Lenore subió cansadamente las escaleras y se dirigió a su dormitorio.
Lenore fue despertada de su profundo sueño por Kathleen, que daba tirones de ella y la movía como 1
podía.
—¡Creí que estarías muerta, Lenory! Tenías los ojos completamente cerrados, y no los abrías —dijo la niña—. El desayuno nos espera. ¿Me has traído algo?
—Sí, una hermana nueva —respondió Lenore, adormilada.
Kathleen abrió los ojos de un modo desmesurado.
—Dónde?
Lenore se puso una mano sobre el corazón.
—¡Aquí!
—¡Oh, estás bromeando!... ¡Levántate, Lenory! ¿Oíste el tiroteo de anoche?
Lenore se sentó en la cama instantáneamente y miró a su hermana con asombro.
No. ¿Lo hubo?
—¡Claro que sí! Pero no sé por qué causa.
Lenore salió de su somnolencia y, vistiéndose presurosamente, bajó al comedor. Su padre y Rose se hallaban ya sentados a la mesa.
—¡Hola, ojos grandes! —Éste fue el saludo de Anderson.
Y Rose, sin duda por no ser menos, añadió:
—¡Hola, cabeza durmiente!
La réplica de Lenore careció de su habitual espontaneidad. Se daba cuenta, aun cuando no pudo explicarse la causa, de lo muy abiertos que tenía los ojos. Su padre no parecía tener aspecto de preocupado. Sin embargo, siempre sucedía lo mismo; jamás podía saberse por su expresión cuándo se hallaba preocupado o en un estado de agitación. Lenore comió en silencio hasta que Rose salió de la estancia. Y entonces preguntó a su padre si durante la noche precedente había habido algún tiroteo.
—Así ha sido.—respondió el padre, sonriendo—. Jake disparó las balas de sus revólveres contra esos hombres que acechaban en la sombra. ¡Por Satanás! ¡Si los hubieras oído correr...! Uno de ellos chocó contra el portillo, saltó por encima de él y cayó al otro lado como si hubiera sido un leño. Otro cayó al arroyo, y armó más barullo que un caballo que estuviera ahogándose. Pero había tanta oscuridad, que no pudimos echarles el guante. Entonces, ¿Jake disparó para amedrentarlos? —preguntó Lenore.
—No por completo. Tocó a uno de esos hombres de la I.W.W. Eso es seguro. Oímos un grito, y esta mañana hemos descubierto sangre.
—¿Qué supone usted que se proponían esos... esos visitantes nocturnos?
—No lo sé. Jake cree que uno de ellos andaba del mismo modo y tenía el mismo tipo que el que se ha reunido en varias ocasiones con Nash. Creo que va a resultar peligroso para todos nosotros el tener a nuestro lado al chófer. Quiero que me lleve hoy a Vale y luego a Huntington. Puedes acompañarnos. Será la última ocasión de que dispondrás para sonsacarle un poco más. ¿Has descubierto algo?
Lenore le dijo el estado de sus relaciones con el chófer. El rostro de Anderson se tiñó de rojo.
—Eso no nos será de mucha utilidad —dijo enojado—, pero nos sirve para descubrir su naturaleza... ¿De modo que su verdadero nombre es Ruenke...? ¡No creo que sea un nombre americano! Ese hombre es un espía y un perturbador. Y antes de que haya transcurrido ni un solo día más, voy a ponerle en un aprieto.
Estoy seguro de que no me sería posible contener a Jake por más tiempo.
Estas palabras sirvieron para mostrar a Lenore cuál era el estado de ánimo de su padre. Y cuando ambos subieron al automóvil, el tono de Anderson al dirigirse a su conductor fue frío, indiferente. Lenore se estremeció al observarlo. Había oído referir historias de la conducta de su padre, en tiempos pasados, contra hombres peligrosos.
Jake se encontraba presente, seco, reservado, con la mirada tranquila y firme que cualquier hombre inteligente habría temido. Pero Nash no lo advirtió porque se hallaba preso de inquietudes obsesionantes.
Lenore ocupó el asiento delantero, junto al conductor. Nash reaccionó de modo inconsciente al verlo.
—Jake, ¿no vienes con nosotros? —preguntó ella al vaquero.
—¡Hum! Supongo que se aburrirá usted mucho sin mí, puesto que no tendrá nadie con quien hablar mientras su papá se halle dedicado a sus negocios. Pero no puedo ir. Los vaqueros y yo vamos a ahorcar esta mañana a varios hombres de la I.W.W., y no quiero perderme esa diversión.
Jake pronunció estas palabras lentamente y se rió con la misma calma apenas las lanzó. Estaba fanfarroneando, como siempre, pero no separó de Nash la mirada de sus ojos de águila. Y pudo apreciar de modo indudable que Nash se ponía pálido.
Lenore no pudo contestar. Su padre pareció perder la paciencia por culpa de Jake; pero tras unos instantes de duda, decidió no expresar su enojo.
Nash no era un buen conductor ni un hombre cuidadoso en ninguna circunstancia; mas aquella mañana pudo apreciarse fácilmente que no tenía puesta la imaginación en su trabajo. En la carretera inmediata a la huerta, por donde cruzaban las zanjas de riego, el coche saltó y traqueteó excesivamente.
—Oiga, guía usted como si llevara un carro cargado de trigo —dijo sarcásticamente Anderson.
Al llegar a Vale, Anderson ordenó que el automóvil se detuviera ante la oficina de correos, y diciendo a Lenore que sólo tardaría unos pocos minutos en regresar, se apeó de él. Nash lo siguió, y regresó al cabo de unos momentos con un paquete de cartas. Al volver a ocupar su asiento, sacó las cartas del envoltorio. Una de ellas, de sobre grande y grueso, le produjo un evidente alborozo. Se la guardó en un bolsillo y se volvió hacia Lenore.
—¡Ah! ¡Veo que recibes cartas... de una mujer! —dijo ella, fingiendo unos celos violentos y halagadores. —Ciertamente. Todavía no estoy casado —contestó él. —Lenore, anoche...
—¡Jamás te casarás... conmigo... mientras recibas cartas de otras mujeres! ¡Déjame ver esa carta...!
¡Déjame leerla..., leerlas todas!
—No, Lenore... Aquí, no. Y no grites tanto. Tu padre puede volver de un momento a otro... Tu padre sospecha de mí, Lenore. Y aquel vaquero sabe muchas cosas... No puedo regresar al rancho.
—¡Oh, es preciso que vuelvas!
—No. Si me quieres, deberás fugarte conmigo hoy mismo.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Lenore, suplicante.
—Porque las cosas presentan mal aspecto para mí. —¿Qué quieres decir? ¿Por qué no me explicas lo que sucede? Mientras te muestres tan sospechoso, tan misterioso, ¿cómo podré confiar en ti? Me pides que me fugue contigo, pero no tienes confianza en mí.
Nash se puso pálido. Las manos le temblaron.
—Pero, si confiase en ti..., entonces... ¿te irías conmigo?-preguntó con voz ahogada.
—No puedo prometer nada. Es posible que lo que hayas de decirme... demuestre que... que... no te importo nada. —Demostrará que me importas mucho-replicó él apasionadamente.
—Entonces, dime todo.
Lenore comprendió en aquel momento que no podría continuar desarrollando el juego que había iniciado. Pero Nash se hallaba tan agitado por sus propias emociones, que no se dio cuenta del cambio que en ella se había operado.
—Escucha, voy a decirte algo que es peligroso para mí —susurró Nash—. He sido colocado donde me hallo..., cerca de Anderson, para averiguar algunas cosas y cumplir unas órdenes. En los últimos días he descuidado mucho mis obligaciones, porque me he enamorado de ti. Anderson es tu padre. Si realizo lo que se me ha encargado..., si a él le sucediera algún mal..., jamás podría obtenerte. ¿Está claro?
—Sí, lo está —contestó Lenore, y experimentó una especie de angustia que le oprimió la garganta.
—No soy miembro de la I.W.W. —continuó él—. Como quiera que esta organización haya sido durante el año pasado... ahora se ha desgajado... Hay unas partes interesadas superiores que utilizan a la I.W.W.
como instrumento. Soy sólo un agente, y no de mucha categoría. Pero entre tanto, precisamente en estos momentos se traman unas conspiraciones contra ciertos hombres importantes, como tu padre. Tu padre será arruinado, sus cosechas destruidas, lo mismo que sus ranchos. Finalmente, Anderson deberá morir. Y es a causa de tratarse de un hombre muy conocido y disponer de mucha influencia por lo que ha sido señalado. Ya te dije que se utilizaba a la I.W.W. para crear alteraciones y causar males. Esta organización es manejada y estimulada por unos agitadores que han sido sobornados e inducidos con el propósito de provocar grandes desórdenes en el Noroeste.
—¿Por Alemania? —susurró Lenore.
—No puedo decirlo. Pero existen hombres de la organización por todas partes, y estos hombres trabajan en secreto. Hay ciudadanos americanos en el Noroeste, uno de ellos en este mismo valle, que conspiran para arruinar a tu padre.
—¿Sabes quiénes son?
—No, no lo sé.
—Tú te inclinas en favor de Alemania, naturalmente, ¿verdad?
—Antes, sí. Mi familia es alemana. Pero nací en los Estados Unidos.' Y si conviene, no tengo inconveniente en ponerme al lado de América. Si te decidieras a huir conmigo, abandonaría este sucio trabajo, aconsejaría a Glidden que en lugar de conspirar contra tu padre lo hiciera contra cualquier...
—Entonces, ¿se trata de Glidden? —exclamó ella interrumpiéndole.
Nash se mordió los labios y, por primera vez, miró a Lenore sin pensar en sí mismo. La sorpresa se reflejó en su mirada.
—Sí, Glidden. Tú misma lo viste hablando conmigo en el Recodo, la primera vez que fuisteis a visitar los trigales de Dorn. Glidden conspira a favor de la I.W.W., pero lo hace con fines particulares. Se propone salir de este asunto con una gran cantidad de dinero... Ahora bien: me comprometo a salvar a tu padre... si tú me eres fiel.
Lenore no pudo contenerse por más tiempo. Aquel hombre no era grande ni siquiera en su maldad.
Lenore adivinó que aquellas últimas palabras no contenían una verdad...
—¡Señor Ruenke; es usted un despreciable cobarde! —exclamó con tembloroso desdén—. Puede suponer... ¡Oh, no puedo decirlo...! Usted... usted...
—Bueno! ¡Me has engañado, te has burlado de mí! —exclamó él. Y abrió la boca con indescriptible asombro.
—1 Ha sido usted despreciablemente imbécil! Lo mejor que podrá hacer es saltar de este automóvil y huir a todo correr. ¡Mi padre le matará!
—¡Gata... traidora! —balbució él cuando la ira hubo vencido a su asombro—. Voy a...
La enorme figura de Anderson se irguió junto a Nash. Lenore emitió unos sonidos entrecortados al ver a su padre, porque los ojos de Anderson se dirigían rectamente a ella. Había adivinado lo sucedido.
—Oiga, señor Ruenke: el jefe de correos me ha dicho que recibe usted correspondencia bajo diversos nombres habló Anderson bruscamente.
—Sí..., las recibo... para un amigo —tartamudeó el chófer, al mismo tiempo que empalidecía.
—¡Maldito cachorro alemán y embustero...! ¡Quiero ver esas cartas, La fuerte mano de Anderson se adelantó para inmovilizar a Nash y sujetarlo mientras la otra se dirigía a sus bolsillos interiores para sacar de ellos un paquete de cartas. Después, Anderson soltó al chófer y retrocedió un paso.
—¡Salga del automóvil! —gritó con voz tonante. Nash hizo un lento movimiento, como si se dispusiera a obedecer; luego, repentinamente, puso en marcha el motor. El automóvil saltó hacia delante.
Anderson saltó a su vez para poner una mano en la portezuela del vehículo y sujetar a Nash con la otra. Casi sacó de su asiento al conductor. Pero Nash se aferró desesperadamente al coche, que ganó rapidez y arrastró a Anderson. El ranchero no pudo poner el pie en el estribo, y cayó a tierra.
Lenore lanzó un grito de angustia y agarró frenéticamente la manivela de la portezuela. Nash la golpeó, la obligó a caer sobre el asiento. Lenore luchó hasta que el vehículo hubo alcanzado su plena velocidad. En aquellos momentos, el saltar fuera significaba la muerte para ella. —¡Quédate quieta en el asiento, o te matarás tú misma! —gritó roncamente Nash.
Lenore cayó hacia atrás, medio desmayada, al comprender con rapidez lo sucedido.


XI
Kurt Dorn no tenía ninguna esperanza de volver a ver a Lenore Anderson y pareció experimentar un angustioso dolor que le dejó adormecido el corazón, aun cuando la oportuna visita de Anderson podría ser tan beneficiosa para él como la lluvia salvadora. El trigo ondulaba y susurraba como si estuviera dotado de una vida nueva y exultante. El arco iris todavía brillaba prometedoramente en el cielo. Pero Kurt Dorn no podía ser dichoso en aquel momento.
Aquel día, Lenore Anderson había parecido la encarnación maravillosa y asombrosa de la delicadeza que Kurt imaginaba que en ella latía. Y había dado a entender mucho más de lo que él acertaba a comprender. Le había puesto suavemente una mano sobre los labios para reprimir las amargas palabras que iba a pronunciar, y él había tenido el atrevimiento de besar aquellos dulces dedos. El encanto, la delicadeza, la incomprensible y acaso prevista reacción del pulso de Lenore no se separarían jamás de él. Kurt no cesó de mirar el enorme automóvil hasta el momento en que desapareció de su vista.
La tarde no había transcurrido sino en su primera mitad, y Kurt tenía que realizar aún innumerables trabajos. El joven llegó a la conclusión de que le sería posible pensar y formar proyectos mientras trabajaba.
Cuando se disponía a dar la vuelta, vio otro automóvil que llegaba de opuesta dirección a la que seguía el de Anderson. La vista de aquel automóvil recordó a Dorn la maniobra realizada por la I.W.W. al arrojar pastas fosfóricas entre los trigos. Sospechó de aquel automóvil. El coche redujo la velocidad al llegar ante la casa de Dorn, volvió hacia el patio y se detuvo cerca del lugar en que se hallaba Kurt. El polvo se había depositado en capas sucesivas sobre él. Alguien llamó al joven y le preguntó si aquélla era la granja de Dorn. Kurt contestó afirmativamente, y en seguida un hombre alto, con un largo guardapolvos abrió la portezuela. En el automóvil quedaron el conductor y otro hombre.
—Me llamo Hall —anunció el desconocido con ademanes corteses—. Vengo de Washington. Represento al Gobierno y formo parte de la Comisión de Defensa del Noroeste. El nombre de usted me ha sido indicado como el de uno de los más progresivos jóvenes trigueros del Recodo, y me ha sido recomendado principalmente porque usted es un americano que reside en una región en extremo importante para los Estados Unidos en estos momentos..., una región en la que predominan los habitantes de nacimiento extranjero.
Kurt, un poco sorprendido y amedrentado, acertó a ofrecer un saludo cortés a su visitante y le invitó a entrar en la casa. Pero el señor Hall prefirió sentarse en el exterior, bajo el pórtico. Se quitó el guardapolvos y el sombrero y, tomando una mecedora, sacó del bolsillo algunos cigarros.
—¿Quiere fumar? —preguntó al mismo tiempo que presentaba a Kurt uno de ellos.
Kurt rechazó y agradeció el ofrecimiento. Se dio perfecta cuenta del modo como aquel hombre le examinaba estrechamente, aunque no sin amabilidad, y comenzó a preocuparse. El que tenía ante sí no era un visitante corriente.
—¿Ha sido usted movilizado? preguntó de repente el señor Hall.
—Sí, señor. El mío ha sido el primer número —contestó un poco orgullosamente Kurt.
—¿Desea usted que se le declare exento de servicio? —Esta fue la segunda y rápida pregunta del recién llegado.
Kurt se estremeció.
—No —respondió con energía.
—Su padre simpatiza con los alemanes, según tengo entendido.
—Pues... no sé cómo lo interpretará usted, pero es cierto..., con dolor y vergüenza grandes para mí.
—¿Quiere usted luchar? —continuó el oficial.
—Desprecio y odio la guerra. Pero... creo que deseo luchar. Acaso sea porque comienzo a sentirme enojado por esas maniobras de la I.W.W.
—Dorn, la I.W.W. es solamente una de las muchas fases de la guerra a la que hemos de oponernos —afirmó el señor Hall; y luego durante un momento pensó intensamente mientras fumaba con nerviosidad el cigarrillo—. Joven, me agrada su modo de hablar. Y voy a revelarle mis secretos: mi nombre no es Hall. Mi nombre no importa nada ahora. ¡Para usted, soy el Tío Sam!
E inmediatamente, de una manera atrayente y fascinadora, que pareció a Kurt tan íntima como halagadora, comenzó a hablar sin interrupción acerca del significado de su visita y de la extraordinaria importancia que revestía. El Gobierno contemplaba muy profundamente el porvenir, preparándose para una tremenda y acaso larga guerra. El sustento de la nación debía ser conservado. El trigo era una de las cosas principales del mundo, y el trigo de América resultaba incalculablemente precioso; sólo el Gobierno conocía cuán precioso era. En el caso de que la guerra fuera corta, una crisis de trigo surgiría a continuación; si la guerra fuese larga, el hambre sobrevendría antes de que hubiera terminado. Todo esto era inevitable. Hasta el mismo desenlace de la guerra dependía principalmente del trigo.
El Gobierno esperaba que se realizase a través de toda la nación una propaganda en defensa de los intereses alemanes, que sería realizada secreta y atrevidamente, por todos los medios concebibles, para atraerse a las organizaciones de trabajadores, para sobornar o amenazar a los agricultores, para inutilizar las cosechas, y particularmente para poner obstáculos en lo referente a la recolección, el transporte y el ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m almacenamiento del trigo. Sería necesario emplear todo un ejército para proteger el grano de la nación.
El oficial encareció con vehemencia a Dorn que le acompañase a visitar su distrito con el fin de descubrir en quién podrían tener confianza los Estados Unidos y quién era enemigo de ellos, para grabar en el cerebro de todos sus vecinos la absoluta necesidad de intensificar más y más persistentemente el cultivo del trigo.
—Acepto. Haré todo lo que pueda —contestó Kurt sombríamente—. Podré comenzar a realizar esa labor dentro de las próximas dos semanas.
—Es muy deplorable que la mayoría del trigo de esta sección constituya un fracaso este año —dijo el oficial—. Pero es necesario que encontremos la compensación a esta escasez durante el año próximo. Veo que tiene usted un magnífico trigal; pero, en realidad, lo había oído decir mucho antes de llegar aquí.
—¿Sí? ¿Dónde? —exclamó Kurt, que percibió perfectamente y con rapidez el significado de las palabras que el otro hombre pronunciaba.
—Vengo directamente desde Weatly. Y lamento mucho que todo lo que he de decir a usted no sea halagador... Su padre vendió este trigo por ochenta mil dólares en dinero. El dinero había de ser pagado por un molinero de Spokane... y, según se dice, el padre de usted está sospechosamente relacionado con los, elementos de la I.W.W. que se encuentran en la actualidad en Wheatly.
—¡Oh! ¡Es horroroso! —exclamó Kurt con un gemido—. ¿Cómo lo ha averiguado usted?
—Me lo han referido algunos agricultores americanos, hombres a quienes se me ha indicado que me dirija, del mismo modo que a usted. La información ha llegado hasta mí, sin embargo, incidentalmente.
Mi padre no se ha mostrado sensato desde que el Presidente declaró la guerra. Es muy viejo. He tenido un gran disgusto con él. Mi padre sería capaz de cualquier cosa.
—Muchacho, hay una multitud muy grande de hombres insensatos en estos momentos, y su número crece constantemente... Le aconsejo que vaya a buscarlo a Wheatly y traiga a su padre inmediatamente. Se dice abiertamente que se ha buscado un compromiso a causa de esa gran cantidad de dinero.
—¡Compromiso! No puedo comprenderle. El trigo no ha sido recogido todavía, y mucho menos transportado a la ciudad, como es natural. Y hoy he sabido que la I.W.W. está utilizando todos los procedimientos, incluso el del empleo de materias fosfóricas, para quemar el trigo.
Kurt presentó al recién llegado la masa fosfórica que Anderson le había entregado y explicó al curioso oficial su objeto y su importancia.
—¡Astutos diablos! ¿Quién que no fuera un alemán podría haber discurrido un procedimiento de ese género? —exclamó el forastero—. ¡La ciencia alemana! ¡Para tales fines utilizan los alemanes sus supremos conocimientos!
—No sé lo que dirá mi padre cuando tenga noticias de este atentado por medio de materias inflamables.
No lo sé. Mi padre adora el trigo. Su trigo ha obtenido premios en tres ferias agrícolas mundiales. Es posible que cuando vea arder nuestro trigo se disipe el error que hay en su cerebro y se convierta en un verdadero americano.
—Lo dudo. Sólo la muerte cambia el verdadero estado físico, moral y espiritual de un alemán. Venga conmigo a Glencoe. Allí le dejaré a usted. Podrá alquilar un automóvil y llegar a Wheatly antes del anochecer.
Kurt corrió hacia el interior de la casa y meditó intensamente mientras se cambiaba de ropa. Dijo al ama de llaves que comunicase a Jerry que había recibido un aviso que le obligaba a ausentarse, y que regresaría al día siguiente. Después de guardarse el dinero y un revólver en los bolsillos, se dirigió al exterior, pero dudó y se detuvo. Había recordado que tenía mala puntería cuando utilizaba un revólver, y muy buena cuando empleaba el rifle. Por esta causa volvió sobre sus pasos para recoger el rifle, un arma pequeña y de gran potencia que podía llevarse fácilmente escondida debajo de la chaqueta. Cuando llegó al pórtico, el oficial miró primeramente el arma y luego el rostro de Kurt, y dijo:
—Me parece que ha tomado usted las cosas con la debida seriedad.
—Así es. Hay algo, no sé qué, que me ha aconsejado que lleve esto —respondió Kurt mientras desmontaba el rifle—. Ya he tenido un encuentro con uno de los hombres de la I.W.W. Conozco perfectamente a los malos «parroquianos» tan pronto como los veo. Esos extranjeros son de la clase que no quiero tener a mi lado. Y en el caso de que vea a alguno de ellos intentando incendiar el trigo, le dispararé rápidamente a las piernas.
—Me inclino a pensar que el Tío Sam no deploraría que disparase usted un poco más alto... Dorn, ¡es usted un joven admirable) ¡Es usted exactamente como me habían dicho que era! ¡Venga esa mano!
Kurt iba lleno de regocijo al seguir al oficial hasta el automóvil, donde ocupó el asiento que se hallaba vacante al lado del conductor.
Volvamos a Glencoe —indicó el que había dicho llamarse Hall.
Y después de esto, aun en el caso de que las circunstancias hubieran sido apropiadas para hablar, apenas le habría sido posible hacerlo. ¡Aquel conductor era un verdadero conductor! No experimentaba temores y conocía bien su automóvil. Kurt sabía también dirigir, pero pensó que si fuera un conductor tan bueno corn aquel hombre, habría decidido prestar servicio bajo uno de estos dos aspectos en el ejército: como conductor de ambulancias sanitarias en el frente o como piloto aéreo observador.
En su camino hacia Glencoe vieron pasar varios grupos de hombres ociosos, todos los cuales parecían llevar las marcas distintivas de la I.W.W. Al verlos, Kurt se apretó el arma contra el cuerpo. Jamás había sido un cobarde, pero tampoco un hombre que buscase deliberadamente pelea. Aquel distinguido oficial del Gobierno, el Tío Sam, según se había llamado a sí mismo, que había salido en busca de corazones fieles para la causa de la nación, obró poderosamente sobre el ánimo de Kurt, a quien le pareció percibir la proximidad de acontecimientos. Kurt examinó la necesidad de ser frío y decidido cuando hubiera de encararse con las circunstancias que con toda seguridad habrían de sobrevenir.
En llegando a Glencoe, lo que fue tan rápidamente que Kurt apenas pudo dar crédito a sus ojos, el oficial dijo:
—Recibirá usted noticias mías. Adiós, y buena suerte!
Kurt se puso de acuerdo con un joven a quien conocía para que le llevara a Wheatly. Durante todo el camino no dejó de pensar en el extraño comportamiento de su padre. El viejo había salido de la casa antes de que descargase la tormenta. ¿Cómo sabía que podría comprometerse a entregar tal cantidad de bushels de trigo al precio de venta indicado? Kurt adivinó que su padre había obrado por efecto de una de sus extrañas profecías respecto al tiempo, pues debía de haber estado completamente seguro de que la lluvia salvaría la cosecha del trigo.
Era ya de noche cuando Kurt llegó a Wheatly y dejó el automóvil en la estación del ferrocarril.
Wheatly era una pequeña ciudad de cierta importancia, en la que parecía haber un número desacostumbrado de hombres paseando por las oscuras calles. Unas luces amarillentas brillaban tenuemente acá y acullá. Kurt pasó indiferente en diversas ocasiones junto a grupos de hombres que conversaban, pero no oyó ninguna palabra significativa para él.
La mayoría de las tiendas estaban abiertas y llenas de hombres, pero Kurt creyó apreciar que éstos se ocupaban mucho más de murmurar que de hacer negocio. La ciudad no era tan atrasada y tan tranquila como solían serlo las del Recodo. Kurt intentó captar algunas palabras referentes a la guerra, mas no oyó ninguna.
De cada tres hombres a quienes oía hablar, dos no utilizaban el lenguaje inglés. El joven entró en el despacho del primer hotel que encontró. Nadie se hallaba allí presente. Kurt repasó un viejo libro de registro de viajeros que se hallaba sobre un pupitre y observó que ningún huésped se había inscrito durante los últimos días.
Después Kurt salió y se aproximó a un hombre que estaba apoyado en una barra de las destinadas a amarrar los caballos.
—¿Qué sucede en esta ciudad?
El hombre era apenas distinguible bajo la incierta luz. No obstante, Kurt pudo verle los ojos, y observó que éstos le miraban suspicazmente.
—Nada que no sea corriente —contestó.
—¿Ha comenzado en estos terrenos la recolección? —Se ha cortado un poco de cebada; pero no trigo. Su— pongo que se empezará la semana que viene.
—¿Cómo está el trigo?
—Lo hay bueno y lo hay malo.
—¿Está en esta ciudad la dirección de la I.W.W.? —No. Pero hay muy cerca de aquí un campamento de hombres de esa organización. Supongo que usted será uno de los que pertenecen a esa unión...
—No lo soy —declaró secamente Kurt.
—Pues lo parece usted, con esa arma tan grande que lleva debajo de la chaqueta.
—¿Contratará usted hombres de la I.W.W.? —preguntó Kurt sin hacer caso de la observación del otro.
—Soy sólo un obrero agrícola —contestó hoscamente el desconocido—. Y le digo que no me uniré a la I.W.W.
Kurt empleó unos momentos para dar a aquel hombre pruebas decisivas del hecho de que cualquier trabajador del campo obraría sensatamente adoptando la misma actitud que él contra aquella organización.
Dejando al hombre boquiabierto y mirándole, Kurt cruzó la calle para entrar en otro hotel. Era mucho más presuntuoso que el primero y tenía un amplio despacho muy bien iluminado. Junto a las mesas se habían movilizado algunos ociosos. Kurt se aproximó al mostrador, sobre el cual se apoyaba de codos un hombre que preguntó a Kurt si deseaba una habitación. El tal hombre, evidentemente el propietario, era alemán, aun cuando hablase inglés.
—No lo sé—. contestó Kurt—. ¿Quiere usted permitirme que vea el registro de viajeros?
El propietario le entregó el libro. Kurt no encontró en él el nombre que buscaba.
—Mi padre, Chris Dorn, está en esta ciudad. ¿Puede usted decirme dónde podría encontrarle?
—¿De modo que es usted el joven Dorn? —replicó el otro cambiando bruscamente su anterior actitud por otra de amistad—. He oído hablar de usted. Sí. El viejo se aloja aquí. Ha hecho una gran venta de trigo hoy mismo. Ahora está cenando.
Kurt se dirigió a la puerta indicada y, mirando al interior del comedor, vio en seguida la enorme cabeza de su padre, con la mata de cabellos grises. Parecía hallarse entregado a un vehemente coloquio con un hombre cuya corpulencia era igual a la suya. Kurt dudó unos momentos, y por fin regresó al mostrador.
—¿Quién es ese hombre tan grandote que está hablando con mi padre? —preguntó.
—Es un hombre, desde todos los puntos de vista. ¿No lo conoce usted? —contestó el propietario en voz baja.
—No estoy seguro —replicó Kurt. El hecho de que el propietario hubiese bajado la voz para hablar contenía una insinuación que obligó al joven a mostrarse prudente.
—Es Neuman, de Ruxton, uno de los más grandes negociantes de trigo de Washington.
Kurt reprimió un chillido de sorpresa. Neuman era el único rival de Anderson en aquel amplio y fértil valle. ¿Qué hacían Neuman y Chris Dorn, que tenían las cabezas juntas mientras hablaban?
—Pensé que sería Neuman —contestó Kurt cautamente—. ¿Es él quien ha hecho con mi padre ese trato tan importante?
—¿A cuál se refiere usted? —preguntó el propietario con ojillos astutos, mientras examinaba a Kurt—.
Usted conoce las dos cuestiones, claro es.
—¡Claro que sí! Me refiero a la venta del trigo, no al asunto de la I.W.W. —contestó Kurt, aventurando un paso con aquella mención que hacía de la I.W.W. Las palabras no habían terminado todavía de salir de sus labios cuando Kurt comprendió que se hallaba en la pista de siniestros acontecimientos.
—Su padre ha vendido todo el trigo a un molinero de Spokane. No, Neuman no tiene nada que ver con ese asunto.
—Me sorprendió oír decir que mi padre había vendido el trigo. ¿Ha sido una operación comercial o se trata solamente de una garantía?
—El viejo Chris se ha comprometido a entregar sesenta bushels por acre. Hubo algunos amigos suyos, aquí, que le aconsejaron que no lo hiciera. ¿Ha llovido por los terrenos de ustedes?
—Sí. El trigo superará los sesenta bushels ofrecidos. Lamento no haber venido antes.
—Cuando llovió, se apresuró usted a venir para ver si conseguía aumentar el precio, ¿verdad? Bien, ha llegado usted demasiado tarde.
—¿Está Glidden aquí? —preguntó Kurt aventurando otra suposición.
—No grite tanto para hablar —le advirtió el propietario—. Sí, acaba de llegar en automóvil, con otros dos hombres. Está en el piso de arriba, cenando en su habitación.
—¡Cenando! —Kurt repitió las palabras y volvió la cabeza para ocultar su excitación—. Eso me recuerda que tengo hambre.
El joven entró en el enorme comedor, que se hallaba débilmente alumbrado. Había un estante en uno de los lados de la habitación, y allí, vuelto de espaldas a los comensales, abandonó el rifle y el sombrero.
Varios periódicos próximos a él atrajeron su mirada. Los recogió y los colocó debajo y alrededor del arma, y a continuación ocupó un asiento en la mesa más cercana. Una camarera robusta, alemana, se acercó para recibir sus órdenes. Kurt escogió una cena mientras miraba el rostro severo de su padre y al voluminoso Neuman, y percibió en los oídos el zumbido que le producía la sangre al fluir rápidamente. La mano le temblaba sobre la mesa. Los pensamientos desfilaban por su imaginación casi con excesiva celeridad para que pudiera comprenderlos. Tuvo que hacer un gran esfuerzo sobre sí mismo para contenerse.
Una maldad de cierta naturaleza se estaba preparando. La presencia de Neuman era un hecho extraño y perturbador. Kurt había hecho dos suposiciones, ambas alarmantemente correctas. Su padre había sido ganado por aquel astuto conspirador de la I.W.W. Y, a pesar de la sordidez de su padre en lo que se refería al dinero, aquellos ochenta mil dólares, o una parte de ellos, se hallaban en peligro.
Kurt se preguntó cómo podría posesionarse del dinero. En el caso de que le fuera posible, lo devolvería al Banco y mandaría un telegrama de advertencia al comprador de Spokane diciendo que no era seguro que el trigo pudiera ser recolectado. Podría persuadir a su padre a que pagarael importe de la deuda que tenía contraída con Anderson. En tanto que pensaba y formulaba proyectos. Kurt no cesó de mirar a su padre, y hasta casi se olvidó de la cena. A continuación, cuando el viejo Dorn y Neuman se levantaron y salieron del comedor, Kurt los siguió. Su padre se hallaba dirigiendo unas palabras en voz baja al propietario del hotel, y cuando Kurt le tocó, se volvió y le miró sorprendido.
—¡Tú, aquí! ¿Para qué has venido? —le preguntó hoscamente en alemán.
—He venido para verte —contestó Kurt en inglés.
—¿Ha llovido? —Ésta fue la segunda pregunta del viejo, seca y severa.
—El trigo está granado, sólo falta que podamos recogerlo —contestó Kurt.
El resplandor de la alegría que se reflejó en el rostro del viejo Dorn produjo a Kurt un agudo dolor moral.
Venga, venga conmigo —murmuró, y arrastró a su padre hasta el lejano rincón de la estancia en que se hallaba la lámpara—. Tengo malas noticias. ¡Mire esto! —y le mostró la masa fosfórica evitando con cuidado que pudieran verla las otras personas, y con palabras rápidas y breves explicó su significado. Esperaba que su padre se entregase a un estallido de sorpresa y de furor, pero se engañaba.
—Tengo noticias de esas cosas —murmuró su padre roncamente—. No arrojarán nada de eso en mis trigales.
—¡Padre! ¿Qué garantías tiene de ello? —preguntó pasmado Kurt.
El viejo inclinó la cabeza. Lo sabía, pero no quería decirlo.
—¿Cree usted que esos conspiradores de la I.W.W. respetarán su trigo? —preguntó Kurt—. Se engaña. Le dirán mentiras y más mentiras. Pero le engañarán. La I.W.W. está respaldada por... por intereses que quieren crear dificultades al Gobierno.
—¿A qué Gobierno?
—¡Cómo! Al nuestro..., al Gobierno de los Estados Unidos.
—Ése no es mi Gobierno. Cuantas más complicaciones se le presenten, tanto más satisfecho estaré.
En la tensión de aquel momento, Kurt había olvidado el inmutable y amargo odio de su padre.
—Es usted... un estúpido —silbó furiosamente—. Ese Gobierno le ha protegido a usted por espacio de cincuenta años.
El viejo Dorn murmuró unas palabras en voz baja. Sus enormes ojos boyunos giraron con rapidez.
Kurt comprobó definitivamente cuán implacable y desesperado era el caso de su padre. No era sino un alemán íntegro. A continuación, Kurt le suplicó que devolviera los ochenta mil dólares al Banco hasta el momento en que tuviera la seguridad de que el trigo había sido segado y cargado en los vagones del ferrocarril.
—Mi trigo no arderá —replicó obstinadamente el viejo Dorn.
—Bien, entonces entrégueme los treinta mil dólares de Anderson, y se los llevaré inmediatamente. Es preciso que paguemos nuestra deuda, que nos quitemos esa preocupación de encima.
—No tenemos por qué apresurarnos —replicó su padre.
—Pero hay motivos para darse prisa —afirmó Kurt con un bajo susurro—. Anderson fue hoy a casa para verle a usted. Necesita su dinero.
—Neuman tiene una participación en esa deuda. Voy a pagarla. Anderson puede esperar.
Kurt no experimentó sorpresa alguna. Esperaba cualquier cosa de su padre. Pero apenas pudo contener su furor. ¡De qué modo había respondido aquel viejo, aquel padre a quien él tanto había amado..., de qué modo había respondido a las influencias que terminarían por destruirle!
—Anderson no esperará —declaró Kurt—. Es preciso que oiga usted mi opinión sobre este asunto. He trabajado durante mucho tiempo como un perro en aquellos trigales. Tengo derecho a pedir el dinero de Anderson. Lo necesita. Tiene entre las manos una cosecha grandísima.
El viejo Dorn movió la enorme cabeza y se hundió en sombríos pensamientos. Su ancho rostro, sus profundos ojos, parecieron enmascararse y ocultarse. Era una expresión que Kurt había visto muy raramente, y que siempre había odiado. Le parecía tan extraña, tan vieja, que no le parecía propia de su tiempo.
Anderson es un capitalista —dijo Chris en voz baja.
—Se propone obtener el Dominio sobre los agricultores y todo el trigo del Noroeste. Ha ido conquistando un rancho tras otro por el procedimiento de comprar hipotecas y apoderarse de las propiedades hipotecadas. Es enemigo del trabajo. Explota a los pobres. Ha estafado a Neuman más de cien mil bushels de trigo. Compró mi deuda. Se propone arruinarme. Y...
—Está usted repitiendo las porquerías que dicen los miembros de la I.W.W. —murmuró Kurt estremeciéndose bajo el esfuerzo que tuvo que realizar para Dominar sus impulsos—. Anderson es honrado, es grande, es justo..., es uno de los hombres que han contribuido a desarrollar el Oeste. ¡No es un enemigo!
¡Es nuestro amigo! ¡Oh! ¡Si pudiera ver usted las cosas con ojos americanos, aunque no fuera más que durante un minuto! ... Padre, quiero ese dinero que debe usted a Anderson.
—Hijo mío, soy yo quien dirige mis propios negocios —replicó adustamente Dorn mientras en sus opacos ojos se encendía una llamarada—. Eres un joven rebelde, infiel a tu propia sangre. Te has enamorado de una mujer americana... ¡Anderson dice que necesita el dinero...!-y negó el hecho con un movimiento de cabeza—.
¡Cree que hará la recolección! —De nuevo denegó con la cabeza—. Sé lo que sé... Me guardaré el dinero...
Tendremos otras leyes... ¡Guardaré mi dinero!
Kurt había vibrado al oír estas significativas palabras, y miró silenciosamente a su padre.
—¡Vete a casa! ¡Prepárate para la siega! —le ordenó de repente el viejo Dorn en el mismo tono que si se hubiera dado cuenta de súbito de la desobediencia de su hijo y de que estaba perdiendo el tiempo en lugar de hallarse trabajando.
—Perfectamente, padre —contestó Kurt, y dando media vuelta se encaminó al exterior.
Cuando traspasó la zona de luz, se volvió y retrocedió unos pasos para colocarse en una posición en medio de la oscuridad, desde donde le fuera posible vigilar sin ser visto. Su padre y el propietario del hotel se encontraban nuevamente entregados a una animada conversación. Neuman había desaparecido. Kurt vio que la voluminosa forma de un hombre pasaba tras la corrida cortina de una de las habitaciones altas. Luego distinguió unas sombras más pequeñas y unos brazos que se levantaban y movían con energía. Hasta las mismas sombras tenían un, aspecto siniestro. Varios hombres entraron en el hotel y otros salieron de él. El viejo Dorn se aproximó una vez a la puerta y miró a su alrededor. Kurt observó que el hotel poseía una entrada lateral, que se hallaba sumida en tinieblas. Al cabo de unos momentos, Neuman volvió junto al mostrador y dijo algo al viejo Dorn, quien movió la cabeza con energía y se dejó caer sobre una silla, en una postura que Kurt conocía bien. La había visto tantas veces, que sabía estaba relacionada con cuestiones de dinero. Su padre se negaba a acceder a demandas de cierto-género. Neuman abandonó nuevamente el despacho, esta vez en compañía del propietario. Ambos permanecieron ausentes por espacio de algún tiempo.
Durante este período, Kurt se apoyó en un árbol, escondido entre las sombras, sin dejar de vigilar atentamente y con la imaginación intrigada y ansiosa. Había tomado la determinación, en el caso de que su padre saliese del despacho en unión de Neuman, en una de aquellas significativas desapariciones, de entrar en el hotel a escondidas por la puerta lateral y subir al piso alto para escuchar a la puerta de la habitación que tenía la cortina del todo echada. Neuman regresó en seguida con el dueño del hotel, y entre los dos medio condujeron y arrastraron al viejo Dorn hasta la calle. Kurt los siguió a corta distancia por la acera opuesta de la misma calle. Bien pronto-dejaron atrás las tiendas con sus escaparates encendidos, las diversas casas que se hallaban a continuación, y, finalmente, llegaron a la estación del ferrocarril. Acaso fueran en busca del tren. Kurt oyó un sordo zumbido en la lejanía. Pero los hombres habían pasado ya de la estación, al otro lado de la vía, y torcieron hacia la derecha.
Kurt tenía el paso suave y la mirada aguda. Por ello pudo ver las sombras que se hallaban ante él. Se dirigían a unos vagones de mercancías que se encontraban detenidos en una vía secundaria. Las negras sombras se perdieron tras ellos. Luego una figura reapareció y volvió atrás. Kurt se agazapó. El hombre pasó a pocas yardas de distancia de él, e iba murmurando en voz baja para sí mismo. Cuando se halló a distancia tal que no podría ser oído, Kurt se deslizó cautamente hasta llegar al final de los vagones, donde se detuvo para escuchar. Le pareció oír unas voces bajas, pero no pudo ver a los hombres a quienes seguía.
Sin duda, debían de hallarse esperando entre las sombras la llegada del otro hombre, que aparentemente era necesario para la celebración de la secreta conferencia. Kurt no quiso hacer conjeturas. Era preferible para él intentar aplicar todas sus facultades a la tarea de deslizarse a hurtadillas, sin riesgo de ser oído o visto, hasta llegar cerca de aquellos hombres que habían envuelto a su padre en la maraña de una sombría conspiración.
No habría transcurrido mucho tiempo desde el momento en que Kurt se escondió cuando, al otro lado del vagón, sonaron unos pasos tenues y unas voces apagadas. Unas sombras salieron de entre las tinieblas. Kurt percibió las voces bajas y guturales de personas que hablaban en alemán. Aquellos hombres, tres en total, se hallaban apenas fuera del alcance de la vista cuando Kurt abandonó el rifle en el estribo de un vagón de mercancías y los siguió.
Inmediatamente llegó hasta una sombra aún más profunda, donde se detuvo. Las voces le guiaron nuevamente; luego una luz le hizo estremecerse. La luz aparecía y desaparecía al ocultarse tras las movientes figuras. Un objeto negro se elevaba ante él y le impidió ver ante sí. Era un montón de traviesas de ferrocarril, tras del cual se elevaba otro igual. Agazapado a su lado, continuó avanzando hasta que pudo ver de nuevo la luz, muy cerca de él. Al resplandor de esta luz, le fue posible divisar la voluminosa figura de su padre y reconocer al corpulento Neuroan y a Glidden, que contraía el moreno rostro y gesticulaba expresivamente mientras hablaba. Las tres personas se hallaban sentadas, con toda evidencia sobre algunas traviesas, y detrás de ellas permanecían en pie dos hombres más. Kurt no pudo entender lo que decían aquellas voces sofocadas, por lo que, apretándose contra el vagón, —avanzó silenciosa y cautamente.
Glidden estaba hablando. Movía con energía las manos y pronunciaba palabras rápidas e ininteligibles. Su rostro brillaba sombríamente, fuerte, duro, movido por unos músculos tirantes y temblorosos. Sus ojos parecían dos globos de fuego. Y hablaban en alemán.
Kurt decidió no acercarse más sino en el caso de que desease ser descubierto; y todavía no se hallaba preparado para ello. Le fue posible oír algunas palabras que le sirvieron para comprender las extrañas y elocuentes afirmaciones de su padre acerca de Anderson.
—...necesitamos.., tener„, , dinero-decía Glidden.
A Kurt le pareció apreciar que la traición se reflejaba claramente en todos los rasgos de aquel negro rostro. Neuman se inclinó para murmurar unas palabras hoscamente al oído de Dorn. Uno de los hombres que se hallaban en pie se frotó las manos. El viejo Dorn tenía la cabeza inclinada. Luego Glidden habló en voz tan baja y tan rápida, que Kurt no pudo entender ninguna frase entera; pero, horrorizado y traspasado, con la sangre encrespada y en tensión, continuó escuchando hasta que comprendió por lo que pudo oír que la suerte de Anderson, lo mismo que la de otros muchos hombres ricos del Noroeste, había sido decidida..., que se producirían incendios en sus trigales, en sus graneros, en los trenes que cargasen su trigo..., que la destrucción los esperaba por doquier.
—Daré dinero —dijo el viejo Dorn; y con lentos movimientos extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un voluminoso paquete envuelto en un periódico. Lo colocó bajo la luz y comenzó a desenvolverlo. Kurt pudo ver dos fajos de billetes: los ochenta mil dólares.
Kurt tembló de pies a cabeza. Su pobre padre era engañado y robado. ¡Un melancólico rayo de consuelo se apoderó de Kurt! Luego, a la vista de los ojos avarientos, el rostro gesticulante y las manos de presa de Glidden, tiró el sombrero lejos de sí, sacó el revólver de la funda, saltó hacia delante y gritó:
—¡Manos arriba!
Descargó plenamente el revólver contra los rostros de los aturdidos conspiradores y, agarrando los fajos de billetes, saltó sobre la luz derribando a uno de los hombres y se perdió en la oscuridad sin haber aminorado ni siquiera en lo más mínimo la rapidez de su paso.
Dio la vuelta en torno al vagón, corrió hacia atrás, con riesgo de tropezar y caer, y continuó corriendo a lo largo de otros vagones hasta llegar al primero, donde recogió el rifle y continuó corriendo. Oyó el rugido de su padre, parecido al de un toro furioso, y los agudos gritos de los demás hombres. Kurt rió tristemente, No podrían encontrarlo entre las tinieblas. Mientras corría, se llenó de billetes los bolsillos interiores de la chaqueta. Jadeaba, tenía el pulso excitado, la piel cubierta de sudor. Jamás había obrado tan activamente, tan esforzadamente como en aquel momento.
—Ahora... ¿qué voy a hacer? —se dijo en tono ahoga— do. Un tren de carga se aproximaba a él. La luz delantera del vehículo se encontraba casi en la estación. El tren parecía avanzar lentamente y que no se detendría en aquel punto. Kurt recorrió la vía hasta un poco más allá del lugar en que se hallaba. Y allí esperó. Subiría a aquel tren y se dirigiría hacia Ruxton, donde informaría a Anderson del complot que contra él habían tramado los conspiradores.


X
Kurt llegó hasta Adrián en aquel tren de mercancías, y al llegar a las cercanías de la estación saltó a tierra, sólo —con el fin de tomar otro tren que se dirigía al Sur. Se proponía viajar en tanto que fuese oscuro.
Por la noche no circulaba ningún tren de viajeros, y deseaba poner tanta distancia como fuese posible entre sí y Wheatly antes del amanecer.
Había subido a un vagón descubierto. Se hallaba vacío, por lo menos de carga, y sobre el suelo se extendía una delgada capa de heno. El tren avanzaba con un sordo zumbido. Repentinamente se sobresaltó al percibir un objeto más negro que la sombra que se aproximó a él. Kurt no pudo contener el estremecimiento que se apoderó de todo su cuerpo. Aquel objeto era un hombre, que llegó junto a Kurt y le ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m tocó con una mano huesuda.
—murmuró roncamente al oído de Kurt.
—Sí —contestó Kurt.
—¿Subiste al tren en Adrián?
—Así es.
—Entonces, ¿tú eres el compañero?
—¡Claro que sí! —replicó Kurt. Resultaba evidente que había topado con la aventura.
—¿Cuándo atacaremos este tren?
—Puedes tener la seguridad de que no lo haremos mientras estemos en él.
Otras formas surgieron de los rincones de aquella cavernosa oscuridad y se acercaron a Kurt. Kurt comprendió que se hallaba entre hombres de la I.W.W., quienes aparentemente le habían tomado por algún esperado mensajero o director. Fue importunado con peticiones de tabaco, dinero, bebidas, y llegó a la conclusión de que sus mendicantes compañeros eran un americano vagabundo, un austríaco, un negro y un alemán. ¡Buena compañía! Los ochenta mil dólares se convirtieron en una carga abrumadora para él.
—¿Cuántos hombres vienen en este tren? —preguntó Kurt, que creyó que se hallaba en condiciones de hacer preguntas más que de contestarlas. Y le respondieron que eran veinticinco, todos los cuales esperaban recibir dinero. Al oír estas manifestaciones, Kurt apretó una mano contra el revólver que llevaba en el bolsillo. Haciendo diversas preguntas y ofreciendo juiciosas respuestas a las que se le formularon, Kurt consiguió pasar «el examen» que en aquellas tinieblas le hicieron los hombres de la I.W.W. Finalmente, uno a uno, sus compañeros se separaron de él para volver a fundirse entre las sombras de los rincones, donde el frío era menos intenso que en el centro del va-gón. Kurt se quedó junto a la puerta. No le importaba el frío.
Quería hallarse allí, donde le fuera posible saltar del tren tan pronto corn observara que éste se detenía.
Con la mano sobre el revólver y apretándose contra el cuerpo los abultados bolsillos, Kurt se preparó y aguzó el oído y la vista para no dejarse sorprender por un posible ataque de la chusma de la I.W.W. que se hallaba escondida en los rincones del vagón. Y acaso fue ésta la causa de que le pareciese que había transcurrido muy poco tiempo cuando el tren redujo la marcha y anunció por medio de un ruido sordo del chocar de los topes la proximidad de una parada. Kurt saltó al suelo y se perdió entre las sombras de la noche. Una verja le obstruyó el paso. Miró en torno suyo, y apreció que se hallaba en una carretera, por lo que decidió apresurarse a correr hasta que se halló lejos del tren, donde ya no podía oír su estruendo. En el Este se encendía una débil claridad anunciadora del alba, que Kurt habría de acoger, seguramente, con alegría. Se sentó para esperar.
Casi se durmió mientras esperaba, sentado en el suelo, con la cabeza y la espalda apoyadas en la cerca.
Llegó el alba; luego, la rosada salida del sol. Y Kurt descubrió, a menos distancia de media milla, una ciudad de regular tamaño, donde supuso que podría alquilar un automóvil.
La espera se le hacía tan tediosa, que decidió arriesgarse a entrar en la ciudad a una hora tan temprana; y a ella se encaminó. En las afueras, encontró a un joven agricultor, que le dijo que la ciudad era Connell.
Kurt encontró otro madrugador en la persona de un herrero, que evidentemente era yanqui y estaba orgulloso de serlo. Este hombre poseía un automóvil que no tenía inconveniente en ceder en alquiler y si se le ofrecían las garantías precisas. Kurt satisfizo sus deseos y le preguntó qué camino debería seguir para ir al otro lado del río Copper y al Valle Dorado. La carretera marchaba junto a la vía del ferrocarril desde aquella ciudad hasta Kahlotus; allí, cruzaba la vía, y volvía hacia el Sur, en dirección al río.
Media hora más tarde, tiempo que Kurt dedicó a desayunarse, el automóvil estuvo dispuesto para emprender el viaje. Era un automóvil grande, más bien antiguo, de aspecto feo; pero su propietario aseguró a Kurt que le conduciría a donde desease, y que no debía experimentar temor por llevarlo a gran velocidad.
Tras estas alentadoras manifestaciones, Kurt se puso en marcha.
Llegó a Kilo antes de las diez de la mañana, mucho más allá del río Copper, a la vista de las Montañas Azules; desde allí era más fácil seguir la dirección necesaria. Kurt había tenido suerte. Había pasado junto a los restos del tren de carga en que había viajado desde Adrián; su automóvil fue rodeado por unos hombres toscos, de los que pudo librarse a fuerza de ingenio y habilidad; había sido detenido por más de un grupo de hombres de la I.W.W., que marchaban a pie por la carretera; y había pasado junto a campamentos en los que se congregaban innumerables vagos. Y, finalmente, vio, muy lejos, detrás del valle, una densa columna de humo procedente de un incendio del bosque.
Se hallaba cerca de «Aguas Mil». Tenía tiempo para advertir a Anderson de lo que se tramaba; y este hecho le producía un extraño regocijo. Cuando adquiriera la seguridad de que sus ochenta mil dólares eran depositados en algún Banco, tendría la certeza de que en su sombrío y gris porvenir habría algunos recuerdos felices. ¿Cuáles serían los sentimientos de Lenore Anderson respecto a un hombre que hubiera salvado a su padre? El pensamiento era demasiado rico, demasiado dulce para que Kurt pudiera insistir sobre él.
Antes de mediodía, Kurt comenzó a ascender gradualmente hacia las tierras fértiles en que interminables huertas e ilimitados jardines embelesaban su vista. Y los pue blos que encontró a su paso eran más pequeños cada vez y estaban separados por mayores distancias. Kurt se detuvo en Huntington para proveerse de agua, y cuando se hallaba a punto de reemprender la marcha, un hombre saltó presurosamente de un establecimiento, miró a uno y otro lado de casi desierta calle y, viendo a Kurt, corrió hacia él.
—¡Un mensaje telefónico! ¡I.W.W.! ¡Un caso desesperado!
—Qué sucede? Dígame el mensaje —contestó Kurt con calma.
—Acabo de recibirlo... de Vale. ¡Es de Anderson, el ranchero! Ha telefoneado para que enviemos hombres a todas las carreteras... para que detengan a su automóvil. ¡Su hija va en él! ¡Ha sido raptada!
¡Los hombres de la I.W.W....!
El corazón de Kurt saltó dentro del pecho. La sangre, repentinamente inflamada, pareció quemarle todo el cuerpo, y al fin le dejó frío. ¡Todo, todo podría sucederle a él aquel día! Estiró un brazo hacia el asiento posterior para recoger el desmontado rifle, y tres rápidos movimientos le bastaron para desenvolverlo y unir las tres piezas que lo componían.
—¿Qué más ha dicho Anderson? —preguntó ansiosamente.
—Que es probable que el automóvil se dirija hacia las montañas, donde acampan los hombres de la I.W.W.
—¿Qué carretera conduce a tal lugar?
—Tome la que se encuentra a mano izquierda, a la salida del pueblo —contestó el hombre, con más calma que anteriormente—. Cuando haya recorrido diez millas en sentido descendente, llegará a una bifurcación. Allí es donde los hombres de la I.W.W. salen de la carretera principal para dirigirse hacia las laderas. Anderson ha telefoneado hace unos momentos. Podrá usted adelantarse a su automóvil, si se halla en la carretera de la montaña. Pero tendrá usted que correr... ¿Conoce el coche de Anderson? ¿No quiere que vayan algunos hombres con usted?
—¡No hay. tiempo! —respondió Kurt al mismo tiempo que saltaba al asiento y ponía en marcha el motor del automóvil.
Corrió junto a campos sembrados de trigo, pasó junto a un carro contra el cual no chocó por una diferencia de una pulgada, encontró varios viandantes aislados en el camino; después, lejos, delante de sí, vio el poste indicador de la bifurcación. Al aproximarse a este punto, redujo la marcha del vehículo con el fin de poder detenerse al llegar al cruce. Una vez llegado, se apeo del coche con objeto de buscar en la carretera huellas del paso del automóvil de Anderson, hacia la derecha. No había ninguna. Si el automóvil de Anderson corría por aquella carretera, habría de encontrarse con él. Cuando la mirada del joven se hallaba fija en el Recodo, un automovil apareció avanzando hacia él a toda velocidad. Kurt reconoció el color rojo y la forma del automóvil.
«¡Es el de Anderson!», exclamó, experimentó nuevamente el mismo temblor en el corazón y el mismo aceleramiento en el fluir de su sangre. «¡No es un sueño! ¡Lo veo... y voy a detenerlo!»
Todas las ventajas estaban a su favor. Correría a lo largo de la carretera a una moderada velocidad hasta encontrar un lugar estrecho, detendría el automóvil para obstruir el paso, y se apearía armado de su rifle.
Aquella larga pendiente se extendía al pie de una colina, y su coche la cruzó lentamente, mientras el otro acortaba de modo gradual la distancia que los separaba. Kurt continuó avanzando a cada momento con mayor lentitud, cruzó el coche en la carretera y lo detuvo. Cuando se apeó, el otro automóvil se hallaba a una distancia de doscientas yardas o acaso un poco más. Kurt vio que el otro conductor aminoraba también la velocidad. Sólo parecía haber dos personas en el vehículo, las dos instaladas en el asiento delantero. Pero Kurt no pudo asegurarse de ello hasta que la distancia que los separó fue únicamente de cincuenta yardas.
Entonces preparó el rifle e hizo señales al conductor para que se detuviera. Pero no se detuvo. Kurt oyó un grito y vio un rostro pálido. Vio, también, que el conductor ponía una mano ante aquel pálido rostro y lo empujaba hacia atrás.
—¡Alto!-gritó Kurt tan fuertemente como le fue posible.
Pero el conductor se inclinó hacia delante y aceleró la marcha. El coche rojo saltó. Cuando pasó fugazmente a su lado, Kurt pudo reconocer a Nash y la hija de Anderson. La muchacha parecía horrorizada. Kurt no se atrevió a disparar por miedo a herirla. Nash se desvió, se lanzó contra el estrecho espacio que le restaba para pasar, chocó contra la rueda delantera del automóvil de Kurt y continuó corriendo.
Kurt se desvió y disparó rápidamente un tiro contra la rueda izquierda del automóvil de Nash. No hizo blanco. El corazón se le paralizó y se encontró tan frío como el hielo cuando se decidió a hacer un nuevo disparo. El pequeño proyectil de alta potencia hirió la cámara y la deshinchó. El automóvil de Nash se inclinó, patinó y se detuvo cerca del terraplén, a menos de treinta yardas de distancia.
Kurt se lanzó hacia él de un salto, y ya estaba a su lado cuando Nash empezaba a moverse del asiento y se inclinaba sobre la portezuela.
—¡Basta! No se mueva —le ordenó Kurt apuntándole con el rifle.
—¡Oh! Es... Kurt Dorn —articuló una quebrada voz.
Kurt observó que la muchacha intentaba abrir la puerta de su lado, que la abría finalmente, y que desaparecía de su vista. Luego, Lenore reapareció por detrás del automóvil. Con la cabeza descubierta, despeinada, tan blanca como el yeso, con los ojos encendidos y los labios ensangrentados, miró a Kurt como si intentara cerciorarse de su liberación.
—! Señorita Anderson! ... Si la ha herido a usted... —exclamó roncamente Kurt.
—¡Oh, no lo mate...! ¡Ni siquiera me ha tocado! —replicó ella ansiosamente.
—Pero tiene usted los labios llenos de sangre.
—¿Sí? —Lenore se llevó una mano temblorosa hacia la boca.
—Me... ha golpeado..., no es nada...; pero... usted... usted... me ha salvado... ¡Sólo Dios sabe de qué!
—¿La se salvado? —¿De él? —preguntó Kurt—. ¿Qué es ese hombre?
—¡Es un alemán! —contestó Lenore; y una rojiza coloración borró la palidez de sus mejillas—.
¡Agente secreto de la I.W.W.! ... Conspirador contra la vida de mi padre...!¡Oh, hizo caer a mi padre del coche, lo arrastró!... Se fugó con el automóvil... y conmigo..., me obligó a echarme hacia atrás..., me golpeó...
La cólera durante tanto tiempo reprimida, se apoderó de Kurt, que probó el sabor de su propia sangre, que brotaba del lugar en que se había mordido los labios. Nash parecía como envuelto en una pasión sangrienta y encolerizada. Kurt tuvo que poner las manos repetidas veces sobre aquel alemán, y cada vez que lo hacía, una extraña terrible alegría se despertaba en él. Ningún arma podría haber sido suficiente. Sin apenas darse cuenta de los golpes de Nash, Kurt lo atacó, lo zarandeó y lo apretó, lo condujo hasta la cuneta, y allí continuó castigándolo hasta convertirlo en una masa imponente de rostro ensangrentado y abotargado.
Solamente en aquel momento, un grito de angustia, que parecía provenir de muy lejos, llegó a los oídos de Kurt. La señorita Anderson se hallaba tirando de él frenéticamente.
—¡Oh, no lo mate! ¡Por favor, no lo mate! —gritaba—. Kurt, ¡por mí, hágalo por mí, no lo mate!
Este último y doloroso ruego hizo que Kurt recobrase el sentido y soltase a Nash. Y permitió que la muchacha le retirase, y resoplando ahogadamente, intentó aspirar profundamente una bocanada de aire.
—! Oh, no se mueve! —susurró Lenore mirando con ojos desorbitados a Nash.
—Señorita Anderson..., no está... ni siquiera desvanecido —dijo ahogadamente Kurt—. Pero ha recibido una paliza... buena y enérgica.
La muchacha se apoyó en uno de los costados del automóvil y hundió una mano en el agitado pecho.
Comenzaba a recobrarse. Su rostro iba adquiriendo el color natural. Sus ojos oscuros, todavía abiertos, comenzaban a resplandecer con otras dulces emociones y se posaron en Kurt.
—Usted... usted era el que «había de venir» —murmuró He rezado por ello. Estaba terriblemente asus— tada. Ruenke me llevaba... al campamento de la I.W.W., que está en lo alto de la montaña.
—¿Ruenke? —preguntó Kurt.
—Sí. Ése es su verdadero nombre alemán.
Kurt despertó a las exigencias de la situación. Después de rebuscar en el automóvil, encontró un cinturón de cuero, con el que ató prietamente las manos de Ruenke a la espalda, y luego obligó al chófer a volver a la carretera. —Es mi primer prisionero alemán —dijo Kurt, medio en serio, medio en broma—. Ahora, señorita Anderson, es necesario que hagamos algo. No nos convendría encontrarnos con muchos hombres de la I.W.W. en este lugar. Mi automóvil está inutilizado. Espero que el de usted no se hallará en el mismo estado.
Kurt entró en el automóvil y descubrió, con gran satisfacción, que no estaba estropeado, por lo que se refería a la parte mecánica. Después de haber cambiado la cubierta y el neumático reventado, volvió hacia atrás y se detuvo cerca del lugar en que Ruenke se encontraba tumbado en el suelo, de donde después de haber abierto la puerta posterior, recogió al alemán como si fuera un saco de trigo, y lo arrojó al interior del vehículo. A continuación, se apoderó del rifle que durante tanto tiempo había constituido ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m una pesada carga para él, y que al fin le había sido de tanta utilidad.
—Entre, señorita Anderson, y enséñeme el camino para llevarla a su casa.
La muchacha se sentó a su lado e hizo un gesto de disgusto al ver a Ruenke tumbado detrás de ella.
Kurt inició la marcha y pasó lentamente junto al coche inutilizado.
—Me ha arrancado una rueda. Tendré que enviar a buscarlo.
—10h, creí que todo había concluido cuando chocamos! —dijo la muchacha.
Kurt experimentó un aflojamiento nervioso que casi era agotador. Apenas podía manejar el volante, y su estado de ánimo se llenó de gozo.
—Mi padre sospechaba de Ruenke —continuó Lenore—. Pero quería averiguar más cosas por medio de él. Y yo... yo... me propuse... manejarle a mi antojo para conseguirlo. He armado un lío terrible...
Ruenke mintió. Yo no le hice quererme. Pero escuché sus protestas de amor, que fueron protestas verdaderamente alemanas, llenas de fanfarria y de arrogancia. Lamento mucho haber correspondido a sus insinuaciones y haberle permitido creer que me había enamorado... ¡Oh, y todo para nada! Estoy avergonzada... pero el alemán mintió.
Su confidencia, al mismo tiempo patética y humorística, y llena de desdén incrementó la sensación de alegría de Kurt, que entendió que ella no quería permitir ni siquiera por un momento que él tuviera una impresión equívoca de ella.
—Debe de haber sido una tarea muy dura y difícil —reconoció Kurt—. ¿No consiguió usted averiguar nada?
—No mucho —contestó ella; y le puso una mano sobre la manga—. Tiene usted los nudillos cubiertos de sangre.
—Es cierto. Es sangre de nuestro baqueteado amigo alemán.
—¡Oh, cómo lo ha golpeado usted! —exclamó ella—. No pude abstenerme de mirar. Yo también estaba encolerizada... No ha sido muy propio de una mujer..., de mí..., el gozar viendo aquel espectáculo.
—Pero usted gritó... y me separó de él —exclamó Kurt.
—Lo hice porque tenía miedo de que usted lo matase —contestó ella.
Kurt desvió un momento la mirada hacia el rostro de Lenore. Estaba a un mismo tiempo enrojecida y pálida, con el profundo azul de los ojos, medio cerrados, ensombrecido por las largas pestañas, grandemente dulce y hermosa, a juicio de Kurt. El joven volvió a dirigir la mirada hacia la carretera que tenía ante sí. La señorita Anderson experimentaba cariño y gratitud hacia él, lo que era natural. Pero en cierto modo, parecía una mujer diferente de la que había visto en otras ocasiones en que se entrevistó con él.
—Podría haberlo matado —dijo Kurt—. Me alegro... de que lo impidiera usted. Esa... esa cólera mía pareció desbordarse como el agua cuando se rompe la represa. ¡He estado represado durante mucho tiempo!
El obstáculo tenía que romperse. Soy desgraciado desde hace mucho tiempo.
—Lo había comprendido. ¿Cuál es la causa? —contestó ella.
—La guerra y lo que han hecho a mi padre. Un abismo nos separa. Odio todo lo que sea alemán. Quería a mi granja. La gran ocasión de mi vida, se ha perdido. La deuda del trigo, las preocupaciones por la I.W.W...., y esto no es todo.
Lenore puso de nuevo una mano sobre la manga de Kurt y la mantuvo en aquella posición durante un momento. El contacto de aquella manecita emocionó profundamente a Kurt.
—Lo siento mucho. Su situación es triste. Pero es posible que no sea del todo desesperada. Usted...
usted volverá cuando la guerra haya concluido.
—No sé si quiero volver —dijo él—. Pues, entonces... todo será tan malo como ahora, acaso peor...
Señorita Anderson, no ocasionaré ningún daño si le digo la verdad... Hace un año..., aquella primera vez que la ví..., me enamoré de usted. Creo que... cuando esté ausente, allá, en Francia, me agradará saber que usted lo sabe. No puedo ofenderla diciéndoselo. Y el recuerdo será más dulce para mí... He luchado contra esta... esta locura. Pero la suerte estaba en contra mía... Volví a verla... ¡y todo concluyó entonces para mí!
Kurt se detuvo y contuvo la respiración. Ella permaneció perfectamente quieta. Kurt continuó mirando delante de sí, hacia la serpenteante carretera. A lo lesos se elevaban unas nubes de polvo.
—Temo haberme hecho triste e irritable —continuó—. Pero las últimas cuarenta y ocho horas me han cambiado para siempre. He averiguado que mi pobre, mi viejo padre, ha sido seducido por esos malvados agentes alemanes de la I.W.W. Pero he salvado su nombre de la deshonra... he cogido el dinero que cobró por el trigo que es posible que jamás podamos cosechar. Pero en el caso de que lo hagamos podré pagar todas nuestras deudas... Después he tenido conocimiento de una conspiración para arruinar al padre de usted..., para matarlo... Me dirigía hacia «Aguas Mil». Lo hacía con el fin de ponerle en guardia... y por último la he salvado a usted.
La pequeña mano se retiró de la manga de la chaqueta. Un grito suave y medio ahogado se escapó de la garganta de Lenore. Kurt creyó que la muchacha se hallaba a punto de llorar a causa de su conmovedora piedad.
Señorita Anderson, preferiría... preferiría... que no me compadeciese usted.
—Señor Dorn, ciertamente, no le compadezco —replicó ella con un tono inesperado y extraño. Era un tono pleno, sincero, que pareció vibrar en los oídos de él.
Sé 'que jamás ha habido y que jamás podrá haber esperanza para mí. Y... y...
¡Oh, lo sabe usted! —murmuró la extraña y dulce voz de antes.
Pero Kurt no pudo conceder crédito a sus oídos y tuvo que apresurarse para terminar de hacer la confesión a que su locura y sus emociones le habían conducido. Y apenas oyó las palabras de ella.
—Sí... Lo he dicho porque quería que lo supiera usted... Y ahora olvídelo... Y cuando yo esté ausente..., si en alguna ocasión piensa usted en mí, que sea para comprender cuánto bien me ha hecho... el tener esta buena suerte... de ser útil a su padre y de salvarla a usted.
Las nubes de polvo que se extendían por la carretera provenían de una hilera de automóviles que volaban a la velocidad de un tren expreso. Kurt experimenté consuelo al verlos.
Ahí vienen los automóviles en busca de usted —dijo con voz serena—. Su padre vendrá en uno de ellos.
Kurt abrió la puerta del automóvil y descendió de él. No pudo abstenerse de experimentar la sensación de importancia y de orgullo que le asaltaba. Anderson, que se aproximó corriendo entre dos automóviles que se habían detenido, iba en mangas de camisa, sin sombrero, cubierto de polvo, pálido y con los ojos encendidos.
—Señor Anderson, su hija está sana y salva —aseguró Kurt.
—¡Mi hija! —exclamó el padre roncamente; y se apresuró a correr hacia el lugar en que ésta se inclinaba sobre su asiento hacia el exterior del coche.
—Estoy muy bien, papá —dijo ella mientras él la abrazaba—. Sólo me siento un poquito emocionada.
Fue conmovedor para Dorn el presenciar aquel encuentro a través del cual compartió una parte de su significado. El grueso cuello de Anderson se hinchó y se cubrió de rojo, y su exclamación fue ininteligible.
Su hija retiró el brazo con que le había rodeado el cuello y volvió el rostro en dirección a Kurt. Entonces, Kurt creyó ver dos estrellas azules que brillaban para él de una manera dulce y destellante.
—Papá, me ha salvado nuestro amigo del Recodo —dijo ella—. Vino por azar.
Anderson se trocó rápidamente en el hombre frío y sonriente que Kurt conocía.
—¡Hola, Kurt! —dijo mientras estrechaba la mano del joven—. ¿Qué ha hecho usted de él?
Kurt indicó con la mano la parte trasera del coche, y entonces Anderson miró detrás de los asientos.
Después de esto, abrió la portezuela y de un tirón vigoroso hizo que Ruenke se deslizase violentamente hasta la carretera. El ensangrentado y amoratado rostro de Ruenke constituía un espectáculo horrendo. Anderson miró amenazadoramente al alemán, mientras los hombres procedentes de los otros automóviles se reunían a su alrededor. Los ojos de Ruenke parecían los de una rata acorralada. La mandíbula de Anderson tembló y sus enormes puños se cerraron.
Bill, lleva a este diablo a tu automóvil y condúcelo a la cárcel. Yo presentaré la denuncia contra él —dijo el ranchero.
Señor Anderson, puedo economizar cierto tiempo muy valioso —le interrumpió Kurt—. Tengo que devolver un automóvil que se ha averiado. Y no puedo olvidar mi trigo. ¿Podría llevarme a mi granja a uno de estos compañeros suyos?
Sí. Pero ¿no quiere usted venir a nuestra casa con nosotros? —preguntó Anderson.
—Me gustaría mucho. Pero debo volver a la mía —contestó Kurt—. Por favor, permítame que le diga unas cuantas palabras al oído y a solas.
Se apartó a un lado en unión de Anderson y le refirió brevemente lo que se relacionaba con los ochenta mil dólares; se abrió la chaqueta y le mostró lo muy abultado de sus bolsillos. Después pidió consejo a Anderson.
Yo depositaría el dinero en el Banco y telefonearía al molinero de Spokane —replicó el ranchero—. Lo conozco. Estoy seguro de que dejará el dinero en el Banco hasta que el trigo haya sido recogido. Haga el depósito en el Banco Nacional de Kilo, y no deje de citar mi nombre.
A continuación, Kurt hablo a Anderson de la conspiración que se había tramado contra su fortuna y su vida.
—1Neuman! ¡La I.W.W.! ¡Una intriga alemana! —refunfuñó el ranchero—. Todas son cosas de la misma categoría... Dorn, estoy avisado anticipadamente, y, en consecuencia, armado. Seguiré la partida en la misma forma que la ha planteado esa cuadrilla, y estoy seguro de vencer.
A continuación, volvieron al coche de Anderson, donde Kurt recogió el rifle.
—¿No nos acompañará usted a nuestra casa? —preguntó Lenore.
—¡Oh señorita Anderson! ¡Lo siento mucho! Me entusiasmaría volver a ver»Aguas Mil» —respondió radiante Kurt—. Pero no puedo ir ahora. No hay necesidad de que vaya. Debo volver apresuradamente hacia... hacia mis angustias y mis dolores.
—Querría poder decirle algo... en-Mi casa —replicó ella con timidez.
—Dígamelo ahora —dijo Kurt.
Lenore le dirigió una mirada como él no había recibido ninguna en toda su vida. Kurt experimentó la impresión de que se convertía en cera ante aquellos ojos azules. Le-nore quería demostrarle su agradecimiento. Sería una cosa muy dulce, pero sólo serviría para hacer que la dura prueba a que se hallaba ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m sometido Kurt se hiciese más dura todavía.
—¿No vendrá usted? —preguntó ella sonriendo anhelante.
—No... Muchas gracias.
—¿Ira usted a verme antes de... de irse a la guerra?
—Lo intentaré.
—Es preciso que me lo prometa. ¡Ha hecho usted tanto por mí y por mi padre...! ¡Quiero... quiero que vaya usted a verme... a mi casa!
—En ese caso, iré —replicó él.
Anderson subió a su coche, se sentó junto a su hija y colocó las poderosas manos sobre el volante.
—¡Claro que irá! De otro modo, tendríamos que correr tras él —declaró cordialmente—. ¡Hasta la vista, hijo!


XI
Kurt llegó a su casa en las últimas horas de la tarde del día siguiente. Un cálido aroma de mies segada llegaba de los campos de trigo. La vista del cambio de color de aquella sección cultivada de «Bluestem», cuyo oro tenía un matiz pardo de madurez, llenó de alegría el corazón del joven.
Su padre le estaba esperando, con rostro sombrío y macilento, desgreñado y con los ojos hundidos.
—Fuiste tú quien me robó? —gritó roncamente.
—Sí —contestó Kurt. Había sorprendido la vehemente esperanza y el temor que expresaba el tono del viejo esperaba que aquella confesión incrementara la terrible furia de su padre y le pusiera en un estado de ánimo que siempre era de temer.
Pero el viejo Dorn expresó un inmenso consuelo, y se sentó rápidamente al verse libre de lo que debió de haber sido una torturadora obsesión. Kurt observó una sombra de cansancio en el rostro gris y arrugado, una sombra que jamás había habido en él.
—¿Qué has hecho del dinero? —preguntó el anciano.
—Lo he depositado en un Banco de Kilo —contestó Kurt—. Luego telegrafiaré al molinero de Spokane...
De este modo no habrá conflictos para usted en el caso de que no podamos hacer la recolección.
El viejo Dorn inclinó la cabeza pensativamente. Un cambio sutil se había operado en él.
Luego preguntó a Kurt si había contratado hombres para que hicieran la recolección.
—No. No he visto ninguno en quien poder confiar —contestó Kurt; y a continuación refirió brevemente el proyecto de Anderson para asegurar una rápida y segura recolección del trigo. El viejo Dorn puso inconvenientes a este proyecto a causa de los gastos que representaba. Kurt discutió con él e intentó demostrarle con toda paciencia la imperativa necesidad de ponerlo en práctica. En apariencia Dorn no estaba dispuesto a darse por vencido; sin embargo, se mostró notablemente sumiso en comparación con el modo como Kurt esperaba que reaccionase.
—¿No comprende usted, padre, que los hombres con quienes se entendía usted en Wheatly no son honestos? Quiero decir que no se portarán honradamente con usted, que le harán traición.
El viejo Dorn no respondió a estas palabras. Evidentemente, había experimentado alguna sorpresa y decepción, y no se hallaba dispuesto a reconocerlo.
—Oiga, padre —continuó Kurt en voz baja y en tono vehemente. Y habló en inglés, porque nada podría hacer que rompiese su promesa y le obligase a hablar ni una sola palabra en alemán. Y su padre no comprendía con rapidez el inglés—. ¿No ve usted que la I.W.W. se propone arruinarnos a los agricultores y destrozar nuestras cosechas?
—No —contestó tozudamente el viejo Dorn.
—Pues así es. Esos hombres no quieren trabajar. Siaceptan algún trabajo, ha de ser sólo el que les permita hacer algún mal. Todas esas bravatas de la I.W.W. acerca de salarios más altos y de una jornada de menos horas, son un engaño. Todo lo que dicen es una mentira. Lo que quiere la I.W.W. es destrozar los grandes trigales y los grandes centros de producción maderera del Noroeste.
No lo creo —declaró obstinadamente su padre—. ¿Por qué?
—No importa por qué. No importa para qué lo hacen. Lo cierto es que tenemos que hacer frente a una situación difícil para salvar nuestros trigales... ¿No quiere usted creerme? ¿No querrá usted permitirme que haga la recolección del modo como me parezca más seguro?
—No lo creeré —contestó acérrimamente—. Ahora hablemos de mi trigo. Sé qué se proponen destruir. Los hombres de la I.W.W. son enemigos de los ricos como Anderson. ¡Pero no míos ni de mi trigo!
—Se engaña usted. Se lo demostraré dentro de muy pocos días. Pero entre tanto me prepararé para hacerles frente y vencerlos. ¿Me lo permitirá usted?
—¡Adelante! —contestó el viejo Dorn ásperamente.
Fue una concesión que llenó de alborozo a Kurt por haberla obtenido. Y el joven se dispuso a ponerla en práctica inmediatamente. Se cambió de ropa, y satisfizo las exigencias de su apetito; luego, tras haber ensillado el caballo, se puso en camino para visitar a sus vecinos agricultores.
El día prometía ser rico en acontecimientos. Jerry, el capataz, hacía guardia a lo largo del extenso recorrido que le había designado junto a la carretera. Iba armado de una escopeta, y desempeñaba su papel con la seriedad de un verdadero centinela. Los hombres a sus órdenes se hallaban situados al otro lado de la sección dedicada al cultivo del trigo; y el terreno era tan ondulante, que no podían ser vistos desde la carretera. Jerry se mostró a todas luces contento y consolado al ver a Kurt.
—Han ocurrido algunas cosillas declaró mientras mostraba los dientes al sonreír con picardía—. Desde que te fuiste, han desfilado ciento dieciséis hombres de la I.W.W. por esta carretera.
—¿Has tenido algún incidente con ellos? —preguntó Kurt.
—¡Hum! Yo no lo llamaría incidente... Pero cada vez que vi que se acercaba por aquí algunos de esos vagabundos, comencé a sentir un sudor frío...
—,Disparaste contra ellos?
—Sí. Disparé siempre que observé que alguno se escondía en la oscuridad. Dos de ellos contestaron a mis disparos, y después de esto no puse mucho interés en apuntar alto... Estoy medio muerto de sueño.
—Yo te relevaré esta noche —contestó Kurt—. Jerry, acaso no está hermoso el trigo?
—¡Vaya si lo está! Y cuando se pasea por aquí en medio del silencio y el viento no sopla, puede oírse perfectamente el chasquido de los granos... El trigo madura con rapidez y estoy seguro de que constituye la mayor cosecha que jamás hayamos recogido... Pero he de decirte que... cuando pienso cómo haremos la recolección, me parece que una carga de plomo se me mete dentro del cuerpo.. .
Kurt expuso someramente el proyecto de Anderson, que fue recibido por el capataz con vehemente y sincera aprobación y con la seguridad de que los agricultores de las cercanías responderían al llamamiento que se les hiciera.
Kurt encontró a su vecino más próximo, Olsen, cortando la cebada, delgada y apenas madura. Olsen conducía una nueva segadora McCormick y se hallaba entusiasmado con la eficiencia de la máquina, mas decepcionado por la calidad y la cantidad del grano. No tenía el propósito de intentar cortar su trigo. No valía la pena.
—Dos secciones... ¡doce mil ochocientos acres! —repetía con tristeza—. ¡Y es el tercer año malo! Dorn, no podré pagar los intereses al Banco.
El rostro de Olsen, tostado por el sol y curtido por el viento, era tan áspero, tan arrugado y tan heroico como el terreno del desierto que le había sustentado por espacio de varios años. Kurt pudo ver bajo sus arrugas las huellas del esfuerzo y del dolor, de la imbatible esperanza que había hecho de Olsen un ejemplar físico de la clase de hombres que cultivaban aquel terreno.
—Le daré quince mil dólares si me ayuda a recoger mi cosecha —ofreció Kurt súbitamente, y expuso con brevedad su proyecto.
Olsen silbó. Y felicitó a Kurt por su buen sentido. Luego habló con entusiasmo de aquella magnífica producción de trigo, que debía ser salvada a toda costa. Prometió a Kurt la ayuda de todos los caballos y todos los hombres de su granja. Pero se negó a aceptar los quinientos dólares ofrecidos.
—¡Oh, no! Tendrá que aceptarlos —declaró Kurt. —Me has prestado muchísimos favores —aseguró Olsen.
—Pero ninguno ha sido tan importante como el que solicito de usted. Va a representar un trabajo muy grande, un trabajo que habrá de ser realizado a toda prisa con la ayuda de todos los hombres, los caballos y las máquinas que pueda conseguir. Costará alrededor de... de quince mil dólares la recolección de aquella sección. Aun de este modo y después de haber pagado a Anderson, nos quedarán veinte mil dólares, o algo más. Olsen, es preciso que acepte el dinero ofrecido.
—Muy bien. Lo haré, puesto que insistes.
Kurt cabalgó durante todo el día. Y cuando llegó a su casa, en las últimas horas de la noche, cansado y triste, se había asegurado la ayuda de treinta y cinco agricultores para recolectar el fruto de aquella sección triguera que ya se había hecho famosa en toda la región.
Su padre había dudado sinceramente de la voluntad y del entusiasmo de aquellos vecinos en lo que se refería al abandono de sus propios trabajos. Pues el Recodo exigía el empleo del esfuerzo afanoso durante todas y cada una de las horas de todas las estaciones. Y por esta causa se sintió hondamente conmovido por el resultado de las gestiones de su hijo. Su moreno y arrugado rostro se iluminó momentáneamente.
—Harán que nuestra recolección se haga prontamente —dijo en actitud meditativa.
—No puede dudarse —contestó Kurt—. Podremos recoger y cargar el grano en los vagones del ferrocarril sólo en tres días.
—¡Imposible! —exclamó Dorn.
—¡Ya lo verá usted! —añadió Kurt—. ¡Ya verá usted quién es el que dirige esta recolección!
No pudo reprimir esta pequeña expresión de orgullo. Por el momento, el triste presentimiento de las desgracias y las catástrofes anunciadas quedó relegado al fondo de su imaginación. Le pareció que no podía dudarse de la seguridad de que se recolectaría aquella espléndida cosecha de trigo. ¡Cuánto significaba para Kurt... respecto a la liberación de sus deudas, en lo referente a su amor por el fruto de las tierras, en lo que se relacionaba con la lealtad que experimentaba hacia el Gobierno de su patria! En aquel instante comprendió cuán fuerte y extraña era la necesidad que experimentaba de demostrar que era americano hasta en los más profundos repliegues de su corazón. No podía explicarse este afán, pero lo sentía.
Después de haber cenado. Kurt cogió el rifle y salió para relevar a Jerry.
—¡Únicamente nos quedan unas pocas noches y unos pocos días de hacer esto! —dijo a su capataz Luego tendremos a los recolectores de la región para recoger nuestro trigo.
—Conforme, pero antes de que eso llegue, pueden suceder muchas cosas —declaró con pesimismo Jerry.
Kurt hubo de despertar bruscamente a la realidad de la situación. Mas las respuestas que Jerry dio a sus preguntas no daban muestras de que hubiera motivos inquietantes por el momento. Jerry estaba agotado de cansancio.
—Vete a dormir —le dijo Kurt.
—Muy bien. Bill ha alternado conmigo en estas guardias nocturnas. Supongo que vendrá tan pronto como se despierte —replicó Jerry mientras comenzaba a alejarse.
Kurt se colgó el rifle del hombro y caminó despacio, a lo largo de la carretera; experimentaba la extraña sensación de que se hallaba prestando guardia en el ejército, de que cumplía un deber militar al proteger la propiedad que era tanto suya como de la nación.
De este modo meditando, recorrió Kurt la larga carretera, entre el silencio y la oscuridad, deteniéndose y reprimiendo sus sueños una y otra vez, para escuchar y vigilar.
Muy pronto se encontraría Kurt haciendo la instrucción militar en algún inmenso campo, con el sonido del cornetín en los oídos, entre el barullo de millares de soldados; muy pronto, también, se hallaría paseando sobre la cubierta de un barco, volviendo hacia atrás la mirada para contemplar la estela del barco blanqueada por la luz de la luna, escuchando el misterioso lamento del océano; y luego sentiría bajo los pies el suelo de una nación extraña y oiría el horrible e incomparable rugido de la guerra, el estallar de sus granadas, la angustia y los gritos de los hombres. Pero, por muy lejos que se encontrase, sabía que Lenore Anderson se hallaría siempre junto a él, del mismo modo que lo estaba en aquella carretera oscura y solitaria, de su patria.
El lento pasear de Kurt a lo largo de la carretera se interrumpió al llegar a este punto de sus pensamientos. No estaba seguro de haber oído ruido alguno. Pero se estremeció de pies a cabeza. La noche estaba muy avanzada; apenas hacía viento; el trigal estaba oscuro y quieto como el seno de un mar en calma. Kurt escuchó. Le pareció oír, muy lejos, el débil zumbido de un automóvil. Pero aquel sonido podría haber sido originado por el paso de algún tren. Algunas veces, en las noches tranquilas, oía sonidos parecidos.
Luego, un susurro en el trigo, un golpe suave, muy bajo; todo esto llegó de modo inconfundible a los oídos de Kurt. Volvió la cabeza en la dirección del viento para escuchar y volvió a oírlo nuevamente... Era un sonido que afectaba igualmente al trigo y a la tierra. Kurt comprendió de repente que alguien había arrojado algunos cuerpos de cierto volumen entre las matas del trigo. ¡Pastas fosfóricas! El joven contuvo la respiración en tanto que miraba entre las sombras de la carretera, con el corazón golpeteante, con las manos engarfiadas sobre el rifle. Y cuando pudo percibir una silueta que se acercaba furtivamente hacia él, gritó:
—¡Alto!
La forma se agitó al instante, se movió con rapidez, con un ruido de ágiles pasos. Kurt disparó una vez..., dos veces..., tres, y apuntó lo más precisamente que le fue posible. La forma debió de caer o perderse de vista en la oscuridad. Kurt contestó a los excitados gritos de sus hombres diciendo que se aproximasen a él. Luego avanzó cautamente por la carretera, en busca de alguien que pudiera hallarse tendido en el suelo.
Pero no pudo hallarlo, y hubo de reconocer que su puntería no había sido perfecta a causa de la oscuridad.
Bill llegó en aquel momento para relevar a Kurt, y los dos juntos recorrieron más de una milla sin conseguir ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m hallar en la carretera huellas de la forma que buscaban. Ya era casi completamente de día cuando Kurt se dirigió a su casa para dormir unas pocas horas.


XII
Al siguiente fue uno de aquellos escasos días asfixiantes durante el cual sopló un viento que parecía proceder de un horno y que rugía sobre los trigales. El cielo tenía un color acerado y el sol semejaba de cobre. Era un día en que el trigo había de llegar al límite de su completa madurez.
Jerry informó a Kurt que durante la noche precedente se habían marcado sobre la carretera nuevas huellas de automóvil, y que el polvo y el trigo de las márgenes del gran trigal mostraban señales de haber sido pisoteados.
Kurt supuso que se habría realizado un nuevo y deliberado intento de destruir los trigales de los Dorn.
Y ordenó a todos los obreros que buscasen las masas fosfóricas que a ellos pudieran haber sido arrojadas.
Resultó difícil encontrarlas. El trigo tenía casi la altura de un hombre y era muy espeso. El abrirse camino a su través sin pisotearlo y doblarlo requería el empleo de mucho tiempo y cuidado. Por otra parte, el terreno estaba blando, y los agentes que perpetraron el vil atentado imitaron perfectamente su color. Kurt casi pisó una de las masas antes de verla. Sus hombres carecían de la habilidad precisa para descubrirlas.
Pero el padre de Kurt pareció dirigirse inevitablemente a ellas, puesto que en el espacio de un corto centenar de yardas hallé tres. Estos hallazgos produjeron un profundo cambio en la sombría expresión del hombre.
No pronunció ni una sola palabra, mas se mostró repentinamente animado de una tremenda energía.
La búsqueda fue descorazonadora. Era como intentar buscar bombas de dinamita que pudieran estallar en cualquier momento. Los temores de Kurt, su pesimista visión de desgracias y calamidades, se centuplicaron. El intenso calor del día, que habría de madurar las granadas espigas, podría, del mismo modo, provocar la ignición de las pastas de fósforo. Y cuando Jake halló una de ellas, muy adentro del campo, lejos de la carretera, lo que demostró lo fuerte que debía ser el brazo que la arrojé y cuán imposible seria realizar una investigación completa, Kurt estuvo apunto de rendirse al desánimo y la desesperanza. No obstante, continuó su frenética búsqueda y animó a los trabajadores para que hicieran lo mismo.
Serían alrededor de las diez de la mañana cuando un excitado grito de Bill atrajo la atención de Kurt, quien corrió a lo largo del margen del campo. Bill estaba sudoroso y tenía el rostro muy negro, pero a través de aquella negrura Kurt creyó advertir cierta palidez. Bill señaló con temblorosa mano hacia la colina de Olsen.
Kurt sintió un estremecimiento. Vio una larga columna circular amarilla que se elevaba de la colina y se mermaba a impulsos del fuerte viento.
—¡Polvo! —exclamó espantado.
—¡Humo! —replicó roncamente Bill.
La catástrofe se había desencadenado. El trigo de Olsen estaba ardiendo. Kurt experimentó una profunda impresión de tristeza. ¡Qué lástima! ¡Incendiar el trigo..., destruir el pan..., cuando una parte del mundo se moría de hambre! Las lágrimas velaron su vista mientras observaba la creciente columna de humo.
Bill estaba lanzando maldiciones y Kurt supuso que predecía incendios en todos los alrededores. Era una cosa inevitable. Pero no significaba grandes pérdidas para los agricultores que no habían podido obtener una cosecha abundante. En cuanto a Kurt y su padre, si el fuego prendía en sus trigales, significaría la ruina. La tristeza de Kurt fue en parte sustituida por una cólera creciente.
—Bill, vete a enganchar los caballos a la segadora grande! —le ordenó Kurt—. Habremos de cortar el trigo de la parte exterior de nuestro terreno. Trae agua y todo lo que puedas hallar..., todo lo que pueda servir para apagar el fuego.
Bill corrió a trompicones sobre los terrones de tierra. Y entonces Kurt miró a su padre. El viejo estaba en pie, inmóvil, con las manos en alto, con el rostro vuelto hacia el trigo incendiado. Su trágico aspecto produjo angustia a Kurt.
Jerry llegó corriendo.
—¡Fuego, fuego! ¡Mirad! ¡Está ardiendo el trigo de Olsen! ¡Mirad! ¡Estoy seguro de que han sido esos puercos de la I.W.W. quienes lo han provocado! ¡Estamos expuestos a un infierno...!El viento sopla en esta dirección.
—Jerry, combatiremos al fuego mientras podamos tenernos en pie —contestó Kurt—. Di a mi padre y a los hombres que continúen buscando esas pastas incendiarias... Jerry, vete al terreno alto. Mira atento por si ves iniciarse algún fuego en nuestras tierras. Si lo vieras, no dejes de gritar con todas tus fuerzas y dirígete a donde se halle. El trigo comienza a arder despacio, y después lo hace con violencia...
Podremos apagar nuestros incendios si obramos con rapidez.
—¡Kurt, no hay esperanzas para nosotros! —gritó Jerry, que estaba pálido de enojo. Mientras hablaba no cesaba de agitar las enormes manazas—. Si se prendiese fuego, tendríamos que disponer de muchísimos hombres para apagarlo... ¡Por Satanás! ¡Me parece que me he vuelto loco! ...
—No desesperes, Jerry —dijo Kurt con energía—. Nunca se sabe lo que puede suceder... Todo parece una cuestión perdida. Pero no debemos renunciar, entregarnos. ¡Corre!
Jerry se alejó al mismo tiempo que el viejo Dorn se acercaba lentamente a Kurt. Parecía hallarse aturdido. Pero Kurt no quiso mirar a su padre en aquel momento. Necesitaba luchar consigo mismo para evitar que su ánimo decayese.
—¡No importa nada! —gritó Kurt señalando la colina de Olsen—. ¡Continuad buscando esas malditas pastas de fósforo!
Corrió a lo largo de una senda que se desenvolvía junto al inmenso trigal. La mitad de la longitud de aquella sección estaba constituida por terreno abandonado, y la otra mitad se hallaba cubierta de cebada madura, tan seca como la yesca; más allá, lindando con los campos incendiados, había un cuarto de sección cubierto de trigo marchito. Allí se encontraban los hombres. Kurt comprobó que con ellos se hallaban otros más en unión de caballos y máquinas, Entonces reconoció a Olsen y a otros dos vecinos.
Mientras subía la pendiente, se hallaba tan aturdido y tan fatigado, que apenas pudo hablar. El viejo Olsen estaba sentado, con la gris cabeza apoyada en las manos.
—¡Hola! —gritó Olsen. Su tiznado rostro se iluminó con una sonrisa—. ¡Incendios por todas partes! ¡El trigo arde como la hierba de la pradera! ¡Esas pastas incendiarias son un producto infernal! Hemos venido a ayudarte.
—¡Oh! ¿Sí? ¿Ha abandonado usted sus campos? —exclamó Kurt.
—Sí. No había mucho que abandonar. ¡Y vamos a salvar de la quema esta sección tuya! ... He mandado a mi hijo que vaya en su automóvil en busca de hombres, caballos, carros y máquinas.
Kurt se hallaba emocionado. Sólo pudo estrechar con fuerza la mano de Olsen. Allí tenía una respuesta a sus sombrías interrogaciones. Algo se ganaría, aunque se perdiera todo el trigo. A Kurt no le quedaban sino escasas esperanzas.
—¿Qué podremos hacer? —preguntó roncamente. Olsen pareció en aquellas circunstancias una fortaleza de energía. Aquel rudo agricultor era de la casta de Anderson, aun cuando fuese extranjero. Y había luchado contra los incendios en otras ocasiones.
—En el caso de que tengamos tiempo, segaremos una faja de tierra alrededor de tu trigo —contestó Olsen.
—Supongo que no tendremos tiempo —intervino Jerry mientras señalaba una columna de humo que se elevaba del lejano rincón del trigo deficiente—. Allí ha comenzado a prender el fuego.
—Comenzarán a brotar por todas partes —dijo Olsen, e hizo una seña para indicar a dos de sus hombres que se dirigieran a aquel lugar. Uno de ellos llevaba una guadaña y el otro un palo largo con un saco de arpillera húmeda atado a su final. Los dos comenzaron a correr hacia el punto indicado.
—He encontrado muchas masas incendiarias a lo largo de la carretera —dijo Kurt con la amarga seguridad de haber realizado a conciencia la labor de buscarlas.
—Han rodeado con ellas tu trigal —contestó Olsen—. Pero en el caso de que venga un número suficiente de hombres, salvaremos toda la sección... Es una suerte que tengas dos pozos y esa cuba. Necesitaremos utilizar toda el agua de que podamos disponer. ¡Es preciso que haya un hombre que no deje de manejar la bomba ni un solo instante! Busca todos los sacos, las escobas, las guadañas de que dispongas. Vamos a poner vigías a lo largo de esta senda para que sorprendan los nuevos incendios que puedan brotar. Cuando descubran alguno, correremos hacia él para aislarlo y apagarlo... No pasará mucho tiempo hasta que la mayor parte de esta sección esté rodeada por el fuego.
Unas delgadas nubes de humo flotaban sobre los campos, y el aire que las transportaba estaba cargado del olor del trigo quemado. A Kurt le pareció que tenía la fragancia del pan al cocerse.
—Por qué no comenzamos a recolectar? —preguntó Jerry—. El trigo está sazonado.
—Porque no debemos poner las máquinas en el trance de que queden destruidas. No las utilizaremos hasta tener la seguridad de que el peligro ha pasado —contestó Olsen—. ¡Mirad! Veo que vienen otros vecinos nuestros... ¡Vamos a hacer fracasar a la I.W.W.!
Estas palabras aguijonearon para lanzarse de nuevo a la acción a Kurt, que se encontró al cabo de un momento casi arrastrando a Jerry hacia las cuadras. Ambos engancharon dos caballos a un carro grande con una rapidez sin precedentes y comenzaron a cargar en él todo lo que creyeron que podría resultar útil para combatir el fuego. Cargaron una cuba y la llenaron de agua por medio de grandes cubos. Dejaron que Jerry guiase el carro. Kurt se dirigió nuevamente a los campos. Durante su corta ausencia habían llegado muchos hombres más con carros, caballerías y máquinas. El fuego había comenzado a prender en el trigo marchito y también, muy cerca, en la cebada. Kurt observó que su padre trabajaba tan esforzadamente como podría hacerlo un gigante. Olsen se había hecho cargo de la dirección de los hombres.
Había enviado tres segadores para que se movieran a lo largo del cebadal antes de que el fuego llegase a esta línea. Fue una medida prudente, y si de ella se obtenía algún fruto, podría servir para dar por bien empleado el trabajo del día. La llama, alta y delgada y de una milla de longitud, se curvó hacia tierra al llegar a las últimas matas de trigo firme y prendió en la cebada. Pero su velocidad fue contenida. El fuego ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m se arrastraba por tierra para devorar las mieses caídas.
Desesperadamente, con imbatible coraje, el reducido ejército de granjeros y agricultores, sin pensar para nada en obtener utilidad para sí mismo, lo que Kurt juzgó que era prueba de un espíritu noble y desinteresado, atacó la triunfante línea de fuego del mismo modo que podrían haberlo hecho unos hombres cuyos hogares, vida e ideales se hallasen amenazados. La imaginación de Kurt laboraba tan incansablemente como sus incansables manos. Aquello era, ciertamente, como hallarse en un campo de batalla. La escena resultaba fantástica, espectral, cambiante, a veces emocionante y a veces irreal. Aquellos vecinos suyos, muchos de ellos extranjeros, algunos alemanes, cuando se entregaban a aquella prueba decisiva demostraban quiénes eran en realidad. Habían mostrado poco afecto por los Dorn, pero poseían el amor al trigo y, como consecuencia, lealtad al Gobierno que lo necesitaba. ¡Ésta era la respuesta del.
Noroeste a la I. W. W.! Sin duda, si los perpetradores del ataque por medio de bombas incendiarias hubieran podido ser hallados, se habría producido un derramamiento de sangre. Kurt percibió en la férrea energía, en los rostros tiznados y morenos, húmedos de sudor, en los roncos gritos de llamada y en las roncas respuestas una fuerza indefinida que se encontraba a sí misma y se centraba en una causa común.
Su anciano padre se afanaba tanto como diez hombres. Aquel voluminoso gigante marchaba siempre a la cabeza de los demás, y sus gritos ásperos y su agotador esfuerzo revelaban algo más que el mercenario deseo de salvar su trigo.
El fuego no pudo cruzar la división trazada por la cebada. Fue detenido como si contra él hubieran luchado mil hombres. La sombra y la penumbra envolvían a los luchadores, que descansaban en el mismo lugar en que habían descargado los últimos golpes. Sobre las colinas, el débil resplandor de las llamas moribundas encendía las oscuras nubes de humo. La batalla parecía ganada.
Entonces se produjo el grito desgarrador:
—¡Fuego, fuego!
Uno de los observadores surgió de entre las sombras.
—¡Fuego! ¡Al otro lado! ¡Fuego! —gritó Olsen.
Kurt corrió, seguido de casi todos los hombres, a través de la oscuridad, subió a la ladera de cebada y vio la larga línea roja, del incendio que se manifestaba en un brotar de llamas y de humo rojizo. ¡Fuego en el gran trigal! La vista del incendio inflamó a Kurt, lo privó de sus facultades. Y el joven supo que se hallaba en el centro de una negra y revuelta confusión rodeada de llamas vivientes que saltaban para ser inmediatamente derribadas. Si aquel terrible caos de humo, fuego y trigo duró mucho o poco tiempo, no podría haberlo dicho; pero el incendio fue extinguido hasta la última chispa.
Volviendo sobre sus pasos con los cansados hombres, Kurt percibió que una brisa más fresca que la anterior le acariciaba el rostro. El humo no era tan denso como había sido. Sobre la colina occidental, a través de una abertura de la nube, brillaba una estrella. La otra luz que Kurt pudo ver parpadeaba a mucha distancia. Era la luz de una linterna. Unas formas negras la ocultaban de vez en cuando. Kurt recobró lentamente la normalidad de su respiración. Los hombres estaban hablando, y las cansadas voces expresaban la seguridad de que el incendio estaba vencido. —Alguien habló a Kurt. La voz que sonó fue la de Jerry. Parecía áspera, ronca. Kurt pudo ver la magra figura del hombre, que se hallaba en pie a la luz de una linterna. Un reducido grupo de hombres, silenciosos e impresionantes, se encontraba un poco más allá de él.
—¡Aquí estoy, Jerry! —respondió Kurt adelantándose. Y en aquel momento Olsen se unió a Jerry.
—¡Muchacho, hemos batido a la I. W. W.! Pero... pero —comenzó diciendo. Y se interrumpió bruscamente.
—¿Qué sucede? —preguntó Kurt, y un frío estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
Jerry le puso una mano sobre el brazo.
—Tu viejo... Tu padre... Se ha excedido en el trabajo... —murmuró Jery—. Es muy duro... Nadie pudo impedirlo...
Kurt experimentó la impresión de que su temor frío y horrible se había cumplido. El negro rostro de Jerry, la luz incierta..., todo tenía una trágica expresión.
Muchacho... El corazón le ha fallado... ¡Está muerto! —declaró solemnemente Olsen.
Kurt apartó de sí las amables manos de sus amigos. Unos pocos pasos más le llevaron hasta donde, bajo la luz de una linterna, reposaba su padre, pálido e inmóvil, con una extraña mitigación del férreo aspecto de su intolerancia.
—¡Muerto! —susurró Kurt con horror—. ¡Padre! ¡Oh, ha muerto... sin decir una palabra!
Jerry volvió a poner una mano sobre el brazo de Kurt. —Yo estaba con él —dijo Jerry—. Le oí caer y gemir...
Yo tenía la luz. Me incliné —sobre él y le levanté la cabeza. Y me dijo... hablando en inglés: «Di a mi hijo que estaba equivocado»... Y murió. Eso fue todo.
Kurt se separó tambaleante del compasivo capataz y se perdió en la oscuridad, donde levantó la cabeza para expresar el agradecimiento de su torturado corazón.
Había sido precisa la proximidad de la muerte para cambiar a su duro padre. «¡Oh, quiso decir... que si pudiera volver a vivir su vida... sería un hombre diferente al anterior! », murmuró Kurt. Éstas eran las grandes palabras precisas para que se operase la reconciliación de Kurt con su padre.
La noche estaba tranquila y silenciosa. Únicamente se oían las conversaciones de los hombres. El humo velaba el horizonte. Kurt experimentó una inmensa, una terrible soledad. Estaba, ciertamente, solo en el mundo. Una enérgica y prieta contracción de la garganta reprimió un sollozo. ¡Si él hubiera podido hablar una sola palabra, aunque sólo hubiese sido una palabra, con su padre...! Pero ningún dolor, nada podría privarle de la espléndida verdad que se encerraba en el último mensaje de su padre. En las negras horas que se aproximaban, Kurt tendría su recuerdo para sustentarse.


XIII
E1 brillante sol de la mañana reveló aquella región ancha y ondulante del Recodo como una desnuda y calcinada extensión que rodeaba el gran campo de trigo granado, sazonado y dorado.
El vecino de Kurt Dorn, Olsen, de la manera cariñosa y natural que era propia de él, haciendo que la obligación pareciese insignificante, se hizo cargo de las de Kurt y tomó las decisiones más necesarias y difíciles. Nada debía retrasar la recolección y el transporte del trigo. Las mujeres se encargaron de arreglar lo preciso para el entierro de Chris Dorn.
Kurt permaneció sentado o se movió como si se hallase hundido en una especie de enajenamiento durante día y medio, hasta que su padre fue llevado a descansar junto a la que fue su esposa, en el pequeño cementerio de la montaña. Después de esto su imaginación comenzó a aclararse lentamente. Se reservó para sí mismo el resto de aquel día, y evitó reunirse con la multitud de recolectores que acampaban en el patio y ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m en los campos cercanos; y a la hora del crepúsculo se dirigió a un lugar solitario al margen del valle, donde observó con mirada triste cómo los últimos rayos del sol se desvanecían sobre las ennegrecidas montañas.
Todas aquellas horas las había consagrado al recuerdo de su padre, a recordar los actos de cariño y de amor de aquel hombre que jamás volvería a existir. Los reproches y el remordimiento anidaron en su corazón hasta la llegada de la noche, cuando el peso del sueño le rindió.
A la mañana siguiente fue al trigal.
¡Qué maravillosa fue la escena de la recolección que acogió a Kurt! Nunca había habido otra igual en todo el Noroeste, ni acaso en ningún otro lugar. Una ancha cortina de polvo, pajas y humo se tendía sobre el ancho trigal, y el aire estaba cargado de sonidos. El oro resplandeciente del camino de trigo parecía estar atravesado por todas partes por las largas reatas de caballos, bayos, negros y rojos; por las grandes máquinas movientes, cuyos brazos se elevaban continuamente y arrojaban la paja al viento; por inmensos carros cargados hasta el límite de su capacidad de gavillas de trigo y que se arrastraban entre las máquinas humeantes y las segadoras que lanzaban grandes corrientes de humo y paja contra los almiares; por otros carros que seguían a las máquinas para recoger los macizos sacos pardos llenos de trigo; y por una hilera de carros descargados que llegaban de la carretera.
Olsen gobernaba treinta agavilladoras, tres máquinas automáticas, cuarenta tiros de caballos y alrededor de un centenar, de hombres a quienes conocía bien. Había una guardia en torno al trigal. Aquella recolección sin precedentes había atraído a muchos espectadores de las pequeñas ciudades, que habían llegado en automóviles, a caballo o a pie. Olsen no confié en ninguno de aquellos hombres.
Una vez, Kurt corrió a encontrarse con el incansable e implacable Olsen, que parecía un hombre hecho de polvo, de sudor y de furia.
—Está medio cortada, y más de veinte mil bushels han sido transportados al ferrocarril. ¡Y a cada momento vamos más aprisa!
—Olsen, no comprendo lo que sucede —replicó Kurt—. Todo esto es como un sueño.
—¡Despierta! Dentro de tres días estarás libre de deudas y serás rico —añadió Olsen; y continuó su camino.
Por la tarde, Kurt se entregó al trabajo como jamás lo había hecho en toda su vida. Había necesidad de sus manos fuertes en muchos lugares, pero no pudo escoger ningún trabajo y atenerse a él por espacio de mucho tiempo.
El final de la jornada de la recolección le llegó a Kurt como una sorpresa. Obsesionado y absorto en sus propias emociones, había ayudado efectivamente a cortar el trigo y a recogerlo; lo había visto convertirse en gavillas, había visto alejarse los grandes carros cargados, había visto cómo crecían los enormes almiares, sin comprender que las horas de aquella maravillosa recolección estaban numeradas.
La vista de Olsen, que se acercaba desde el centro del campo, y la súbita cesación de la acción y de los zumbidos, hizo saber a Kurt el final del trabajo. Le pareció una verdadera calamidad. Pero una sonrisa se extendía sobre el rostro manchado de polvo y sudor de Olsen. En este agricultor se expresaban claramente el descanso, la decisión y un vago orgullo.
—Hemos terminado —dijo—. Hemos recogido treinta y ocho mil setecientos cuarenta y un bushels. Es una lástima que el viejo no haya podido vivir para verlo.
Olsen se apoderó de la mano de Kurt y la apretó con firmeza.
—Muchacho, creo que deberías tomar las cosas más alegremente —continuó—. Pero..., bien; ha sido una jornada muy dura... Los hombres se retirarán ahora. Dentro de dos horas, los últimos carros serán descargados en la estación del ferrocarril. El trigo se encontrará en los almacenes. Y nuestra preocupación habrá concluido.
—Espero... espero que así sea —respondió Kurt. Parecía abrumado por el apasionado anhelo de demostrar la gratitud que experimentaba por Olsen. Pero las palabras se negaban a fluir de sus labios—. No sé... no sé cómo darle las gracias... durante toda mi vida...
—Hemos derrotado a la I. W. W. —exclamó el agricultor cordialmente—. Y ahora ¿qué vas a hacer, Dorn?
¿Qué voy a hacer? Iré a Kilo, recogeré el dinero, le enviaré un cheque, para usted y para los hombres, pagaré la deuda de Anderson, y luego...
Pero Kurt no concluyó la frase. Sus últimas palabras provocaron en él profundos sentimientos.
Todo ha tenido un feliz desenlace —dijo Olsen con satisfacción; y después de haber estrechado la mano de Kurt de nuevo, volvió junto a sus caballos.
Al fin, el ancho y pendiente terreno estaba desnudo, con excepción de los enormes almiares que lo cubrían. Un brillante desfile se alejaba por la carretera, abierto por las largas hileras de carros llenos de sacos oscuros. Un extraño silencio cayó sobre la granja. El trigo había desaparecido. Aquella ondulante extensión dorada había caído bajo las guadañas, y el trigo había sido transportado.—Los vecinos se habían ido, dejando a Kurt rico en bushels de trigo y más rico por los cordiales saludos y por los apretones de las callosas manos.
Era una de las primeras horas de la noche. Kurt había terminado de cenar. Ya había empaquetado algunas cosas que debía llevarse consigo al día siguiente por la mañana; y salió a la parte delantera de la casa. Las estrellas parpadeaban en el cielo. En el campo sonaba el sordo zumbido de los insectos. Kurt echaba de menos el crujido suave y sedoso del trigo. Y le pareció que entonces podría sentarse allá, en la tranquila oscuridad, en el lugar que le resultaba grato por la presencia de Lenore Anderson y pensar en ella y en el encuentro que muy pronto tendrían. Aquel sentimiento que se había apoderado de él debió de ser la felicidad, puesto que Kurt no estaba habituado a él. Sin merecer nada, había pedido muchísimo a su destino, y le era concedido. Todo está bien si bien termina. Kurt comprobó, entonces, la terrible profundidad de la desesperanza en la cual se había permitido hundirse a sí mismo. Había sido débil y egoísta, se había engañado.
Necesitó decirse todo esto, enérgica e insistentemente, con el fin de que cuando fuese a conceder a Lenore Anderson la ocasión de expresarle su gratitud, cuando volviese a ver nuevamente su hermoso rostro y de nuevo se encontrase bajo el calor de sus ojos azules, tan misteriosos y, sin embargo, burlones, pudiera ser un hombre capaz de Dominarse y contenerse, altivo, como la mayoría de los jóvenes a quienes conoció en el colegio, como cualquier americano. No era aquélla una ocasión apropiada para que un hombre abandonara a una muchacha que transportase la carga de un amor no solicitado, obsesionada quizá por el generoso reproche de que sería posible que ella misma tuviese una parte de culpa. Kurt había confesado la verdad a Lenore, y, al hacerlo, se había dignificado. Ahora, debía despedirse de ella sin dejarla apenada; y una vez que se hallase lejos de su inspiradora presencia, sucediera lo que sucediese. Entonces, podría amarla, podría atreverse a lo que jamás se había atrevido; podría rendirse al insistente e intenso dulzor de una pasión que era una bendición para él. Podía imaginar que besaba aquellos labios rojos que no habían sido hechos para él.
Un grito áspero, que sonó a espaldas de la casa, atrajo la atención de Kurt, que se detuvo a escuchar durante unos momentos. El grito se repitió. ¡Su nombre! Le pareció como una extraña llamada que proviniese del angustioso pasado que acababa de concluir. Kurt se dirigió presurosamente a la cocina, a través de la casa. La mujer se hallaba en pie, con una lámpara en la mano, mirando a Jerry.
Jerry parecía haberse derrumbado contra la pared. De su pálido rostro brotaban gruesas gotas de sudor y tenía temblorosa y distorsionada la mandíbula. No pudo mirar a Kurt, ni pudo hablar. Con mano temblorosa señaló la parte posterior de la casa.
Lleno de temor indefinido, Kurt se apresuró a salir. No vio ni oyó nada desacostumbrado. Cruzó rápidamente el patio, y de repente observó un resplandor que se elevaba al cielo, sobre los graneros.
Entonces corrió con el fin de poder ver plenamente el valle sin ningún impedimento. En el mismo instante que lo hizo, se detuvo y quedó como petrificado. El valle estaba inundado de una luz amarilla. Kurt abrió los ojos asombrado. ¿Cuándo se habían quemado los trigales? ¿Qué significaba aquella luz, cuál era su origen?
Aquel ancho resplandor tenía un centro que se extendía por la parte baja del valle. Cuando Kurt lo estaba mirando, una llama monstruosa se irguió, provocó colosales columnas de humo que se elevaron retorcidamente, y mostró más claramente que si fuese de día el enorme granero y las hileras de vagones de la estación del ferrocarril, situada a ocho millas de distancia, —¡Dios mío! —exclamó Kurt—. ¡El granero..., mi trigo... incendiados!
La horrible verdad era clara e inconfundible. Kurt oyó el restallar de las siniestras llamas. Permaneció inmóvil, estupefacto, incapaz de ver ni de comprender. El valle aparecía a través de una extensión de varias millas, cubierto de una claridad tan intensa como la del día. Una horrorosa belleza presidía el paisaje. ¡Cuán siniestro y terrible era el rojo corazón de aquel fuego! ¡Cuán fantástico, infernal e impresionante era el espectáculo de aquellas negras nubes de humo anunciadoras del desastre! Kurt vio los vagones desaparecer bajo aquel resplandor y aquella humeante cortina, y continuó observando durante los que le parecieron unos instantes infinitos. Vio los cambios terribles y rápidos de aquel fuego. Y hasta aquel momento no despertó Kurt a la realidad de la catástrofe.
—¡Todo aquel trabajo..., el sacrificio de Olsen... y el de los agricultores..., la muerte de mi padre..., todo para nada! —murmuró Kur—. ¡Sólo esperaban... esos demonios... incendiar el granero y los vagones!
La catástrofe se había producido. El trigo estaba ardiendo. Kurt se hallaba arruinado. Su trigal pasaría a manos de Anderson. Kurt pensó primeramente y del modo más afligido en los muchos agricultores que habían sacrificado lo muy poco que había en sus trigales para salvar lo mucho que hubo en los de él. No, jamás podría recompensarlo.
Y en aquel instante se vio acometido por un horrible calor que parecía provenir del granero incendiado y atacar todas sus venas.
Aquella infernal hazaña, como se había previsto, era obra de la I.W.W. Tras la I.W.W. se hallaba Glidden, y acaso se hallase detrás de Glidden el poder negro y avaro de Alemania. Kurt anhelé vivir, poser su furor y su fortaleza centuplicados, estar dotado de genio para el tiempo, el lugar y la hazaña sangrientos, que los dioses de la guerra le concediesen un millar de ocasiones, golpear con mazas de hierro y cortar con bayonetas agudas y desgarrar con duras manos..., de matar, matar y matar aquella odiosa cosa alemana.


XIV
Kurt regresó apresuradamente a su casa. Encontrando a Jerry, le ordenó que ensillase a toda prisa un par de caballos. Después, Kurt cogió su revólver y una caja de municiones, y poniéndose la chaqueta, se dirigió a la cuadra. Jerry estaba sacando los caballos. Tardaron muy poco tiempo en ensillarlos. Jerry se encontraba excitado y charlatán, y formuló a Kurt muchas preguntas, que obtuvieron muy pocas respuestas.
Cuando Kurt saltó a la silla, Jerry gritó —¿Por dónde?
—Por la parte baja del camino —contestó Kurt; y desapareció.
—Oye, me parece que vamos a partirnos la cabeza —replicó Jerry a grandes voces.
La marcha se convirtió pronto en una carrera, en la que Kurt llevó la delantera. Kurt podía ver la carretera, una cinta ancha y pálida, que separaba la negrura de ambos lados, y apremió al jaco para que corriera. El viento cortaba el aliento a Kurt, le batía los oídos y zumbaba en torno suyo. El rojo resplandor del moribundo fuego se encontraba a cada momento más y más próximo y proyectaba unos largos rayos de luz en los ojos de Dorn.
El caballo estaba casi reventado cuando Kurt llegó al círculo de rojizo resplandor. Kurt vio las ruinas enrojecidas de las grúas y una larga hilera de vagones quemados hasta las ruedas. Los hombres corrían y gritaban ante la pequeña estación de ferrocarril, y algunos de ellos se encontraban en el tejado, con escobas y cubos de agua. El almacén de carga había quedado destruido y, evidentemente, la propia estación había sufrido el incendio. Al otro lado de la ancha calle del pequeño pueblo, ardía el tejado de una casita. Los hombres se encontraban sobre él y descargaban golpes contra las tejas.
Unos gritos roncos acogieron a Kurt cuando desmontó. Kurt había oído voces de mujeres atemorizadas. Al otro lado de los carros incendiados se elevó una delgada y larga columna de chispas. Sobre las ruinas de las grúas se extendía una densa cortina de humo. Y exactamente en; aquél momento llegó Jerry galopando, con el rostro enrojecido por el resplandor del incendio.
—¡Escúchame, Kurt! ¡Esos canallas están incendiando el pueblo! —Y se apeó—. Dame las bridas. Voy a atar los caballos. Piensa lo que podemos hacer.
Kurt corrió de acá para allá poseído de un furor impotente. ¡El trigo había desaparecido! Esta evidencia le produjo un dolor agudo y acerbo. Encontró varios agricultores a quienes conocía. Todos ellos levantaron las manos al verle. Ninguno pudo hablar. Finalmente, Kurt encontró a Olsen. El triguero estaba lívido de rabia. Llevaba una pistola.
¡Hola, Dorn! ¿No es esto un infierno? ¡Se han ensañado con tu trigo! —dijo roncamente.
—Olsen! ¿Cómo ha podido suceder? ¿No se puso guardia en las grúas?
—Sí. Pero los hombres de la I.W.W. obligaron a alejarse a todos los guardianes, excepto a Grimm, a quien apalearon brutalmente. Nadie tuvo el valor necesario para disparar.
—Olsen: si encontrase a Glidden, lo mataría —declaró Kurt.
—También yo lo haría... Pero, Dorn, son una cuadrilla muy dura de pelar. Están allá, al otro lado, observando el fuego. Hay un grupo muy numeroso de ellos. Tan pronto como me sea posible reunir a los hombres, expulsaré del pueblo a esos miserables. Y supongo que habrá una pelea fuerte, si no me engaño.
—¡Prepare a los hombres! ¡Llámelos! ¿Tienen todos ellos sus pistolas? ¡Vamos!
—Todavía no, Dorn. Primero hemos de combatir el fuego. Ayudadnos tú y Jerry cuanto podáis.
Ciertamente, había peligro de que se quemase más de una casa. El tiempo excesivamente seco de las últimas semanas había hecho que las cubiertas de las casas tuviesen las características de la yesca, y dondequiera que caía una chispa, se declaraba en seguida un incendio. El agua, que escaseaba en aquella región, había sido utilizada hasta dejar las bombas y los pozos secos. Fue una suerte que la mayoría de los tejados del pueblecito estuviesen construidos de hierro galvanizado. El arrojar a golpes los rescoldos encendidos por medio de escobas mojadas no resultaba un procedimiento suficientemente eficaz. Cuando pareció que la única casa que se encontraba próxima a la lluvia de chispas habría de desaparecer, Kurt pensó en el tanque de agua que se hallaba al pie de la estación, condujo a cierta cantidad de hombres cargados de cubos hasta él y consiguió apagar muy pronto los lugares encendidos.
Entre tanto, las llamas de los carros se extinguieron y dejaron sólo un oscuro rescoldo procedente del informe montón rojo que antes habían sido elevadores. Sin embargo, esto producía la suficiente luz para que pudiera verse a una distancia de varias yardas. Las chispas habían cesado de caer, y no inspiraban ya temor alguno. Olsen había ido de hombre en hombre, enviando a sus casas en busca de pistolas a los que no estaban armados. Por esta causa, una media hora después de la llegada de Kurt, una veintena de agricultores, aldeanos y empleados del ferrocarril se reunió en un grupo para escuchar lo que les decía Olsen, que aparecía con el rostro pálido.
—Amigos, somos unos pocos, y es posible que haya centenares de hombres en esa cuadrilla de la I.W.W.; pero hemos de obligarlos a marcharse de aquí —dijo Olsen con energía—. No podemos saber lo que harían si los permitiéramos quedarse por más tiempo. Saben que somos débiles en número. Tendremos que hacer algunos disparos para amedrentarlos y ponerlos en fuga.
Kurt sucedió a Olsen.
—Han amenazado nuestros hogares —habló con voz sonora—. Han quemado mi trigo..., me han arruinado. Han ocasionado la muerte de mi padre... Os refiero solamente hechos. No podemos esperar la llegada de una ley o de una milicia. Hemos de hacer frente a esta invasión de la I.W.W. que se ha aprovechado de la situación creada por la guerra. La I.W.W. está respaldada por agentes alemanes. Ahora es para nosotros una cuestión de defensa de nues tras propiedades. ¡Tenemos que luchar!
La multitud dio una ruidosa y enérgica respuesta. La mayoría de los hombres disponían de pequeñas armas; algunos de ellos tenían pistolas o rifles.
—¡Vamos, amigos! —gritó Olsen—. Yo daré las órdenes. Y si os digo que disparéis, ¡disparad!
Fue necesario recorrer la larga línea de vagones quemados hasta su final. Olsen abría la marcha, y Kurt le seguía. Los hombres hablaban muy poco y únicamente en voz baja. En el extremo izquierdo de la hilera de vagones, la oscuridad era lo suficiente intensa para hacer indistintos los objetos.
Una vez que dieron vuelta y comenzaron a seguir la dirección contraria, Kurt pudo divisar claramente un grupo numeroso de hombres cuyos rostros se teñían de rojo al resplandor del enorme montón de rescoldos que era todo lo que restaba de los elevadores. Aquellos hombres no vieron a los de Olsen.
—¡Adelante! —murmuró Olsen—. Si hemos de entablar batalla, aquí estamos en un mal lugar, puesto que no hay nada que pueda ocultarnos. ¡Sigamos..., sigamos..., vayamos a la izquierda... y salgamos desde detrás de aquellos vagones de carga, que nos proporcionarán un abrigo y nos permitirán ver a los hombres de la I.W.W.!
Por esta causa, se dirigió hacia la izquierda, manteniéndose en la sombra, pasó entre varias hileras de vagones, todos vacíos, y finalmente salió detrás de los hombres de la I.W.W. Olsen se aproximó hasta cincuenta yardas de ellos, y fue detenido por algunos observadores de la cuadrilla que estaban sentados sobre una batea.
Un hombre gritó hasta que la ruda conversación y las risas de los demás cesaron.
—Qué pasa? —gritó autoritariamente una voz fría y clara.
Kurt creyó reconocer aquella voz, que le produjo una especie de caldeamiento y de salvaje sensación en la sangre.
—¡Aquí viene un grupo de agricultores con armas! —gritó el hombre que se hallaba en la batea.
Olsen detuvo su fuerza junto a una de las hileras de vagones, los cuales significaban una ventaja para él en el caso de que se entablase una contienda.
—Eh! ¡Oíd, los hombres de la I.W.W.! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Se produjo un corto silencio.
—¡Aquí no hay nadie de la I.W.W.! —respondió la voz autoritaria.
Kurt tuvo entonces la seguridad de haber reconocido la voz de Glidden. La excitación y el enojo de su ánimo dieron paso a un furor mortal.
—¿Quién es usted? —gritó Olsen.
—Somos unos vagabundos. Nos hemos detenido para ver el incendio. ¡No es cierto!
Kurt indicó a Olsen por medio de un movimiento que se callase; y, haciendo una profunda inspiración, dio un paso al frente.
—¡Te conozco, Glidden! —dijo en tono rápido, enérgico y potente—. Soy Kurt Dorn. Nos hemos encontrado en otra ocasión. Conozco tu voz... ¡Vete de aquí... con tu cuadrilla... o te mataremos!
Estas iracundas palabras provocaron un silencio completo. Luego viose un relámpago y sonó un estampido. Kurt oyó el impacto de un proyectil que hería a alguien situado cerca de él. El herido lanzó una exclamación, mas no cayó.
—¡Separaos y escondeos! —ordenó Olsen—. ¡Y disparad sin cesar!
El reducido grupo se dispersó para ocultarse entre las sombras, colocándose debajo y detrás de los vagones. Kurt se arrastró hasta situarse debajo de uno de ellos y entre las ruedas, desde donde pudo mirar a su alrededor ventajosa y seguramente. Los acompañantes de Glidden se hallaban iluminados por el rojo resplandor de los rescoldos, la mayoría de ellos en pie. El centinela que había dado la voz de alarma continuaba sentado en la batea, con las piernas colgantes. Los que se hallaban a su lado saltaron al suelo.
Kurt oyó que algunos hombres de su propio grupo se arrastraban y susurraban detrás de él, y vio unas formas oscuras y tumbadas bajo el extremo más lejano del vehículo.
—Patrón; los paletos se han marchado —gritó el hombre que se encontraba en la batea.
Unas risas y voces se tomaron a chacota esta salida.
Kurt llegó a la conclusión de que era el momento de comenzar a actuar. Apoyé el revólver sobre uno de los costados de una rueda, detrás de la cual se había tendido, y apuntó sosegadamente al centinela. Kurt no tenía buena puntería con el revólver, y la distancia debía ser mayor de cincuenta yardas. Pero, como si la suerte lo hubiera dispuesto, tan pronto como apretó el gatillo del arma el centinela lanzó un grito sordo, de dolor y de terror, y cayó desde el vagón al suelo. Moviéndose y arrastrándose como un polluelo herido, se introdujo tras el vehículo y se perdió de vista.
El disparo de Kurt constituyó la señal para los hombres de Olsen. Cuatro o cinco armas de fuego retumbaron simultáneamente. A continuación, se descargaron los segundos cañones de las mismas armas, a cuyo estruendo se unió el sonido de otras armas más cortas. Un infierno pareció desencadenarse entre los ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m hombres de Glidden. No pudo dudarse de la eficacia de las descargas. Una mezcla de gritos angustiosos, enojados, agudos, sonó ruidosamente como preludio a una desenfrenada huida. Pocos segundos más tarde, aquel lugar iluminado en que estuvieran los hombres de la I.W.W. hallábase solitario; y por todas partes se veían formas oscuras y fugitivas, unas lentas y otras rápidas. Por lo que Kurt pudo observar, nadie resultó fa-talmente afectado. Pero muchos de aquellos hombres se encontraban heridos, lo que constituía un buen augurio para las fuerzas de Olsen.
Inmediatamente sonó un disparo, producido, sin duda, por algún enemigo oculto. El proyectil se clavó en la madera del vagón bajo el cual se hallaba Kurt. Uno de sus acompañantes contestó al disparo, y un grueso proyectil que chocó contra el hierro, rebotó y silbó entre la oscuridad. A este disparo siguieron unos relámpagos que se produjeron acá y allá con el acompañamiento de estampidos y de silbidos de plomo.
Desde detrás y debajo y encima de los vagones se abrió un fuego que demostró lo bien armados que se hallaban los mal llamados trabajadores de la I.W.W. Su estruendo ahogó casi por completo el de las armas del pelotón de Olsen.
Kurt comenzó a anhelar poseer un arma larga. Había cien probabilidades contra una de errar el tiro contra los hombres de la I.W.W., en tanto que con una escopeta cuidadosamente apuntada se obtenía en general muy buenos resultados. Kurt dejó de malgastar proyectiles. Alguien, bajo el mismo vehículo que él, se hallaba herido, y Kurt se arrastró para verlo. Un hombre del pueblo, llamado Schmidt, había sido alcanzado en una pierna, no gravemente, mas sí lo suficiente para inutilizarlo para la lucha. Había estado utilizando una escopeta de dos cañones y llevaba una gran cantidad de cartuchos en la parte delantera del chaleco y en los bolsillos. Kurt se apoderó del arma y las municiones; y luego regresó a su puesto, ceñudo y seguro de sí mismo. Al pensar en Glidden, un acaloramiento se apoderó de él; y este acaloramiento se intensificó con la excitación producida por la batalla.
Con la pesada arma cargada, Kurt miró por entre la rueda protectora en espera de poder ver el relámpago de algún disparo o alguna figura que se moviese. Los miembros de la I.W.W. habían comenzado a reducir el fuego, a retirarse de sus posiciones y a disgregarse, según podía apreciarse por el ancho campo de donde procedían los disparos. Parecía como si se hubieran propuesto cercar a las fuerzas de Olsen. Era extraordinaria aquella seguridad, y lo era también la firmeza del propósito de la carroña que formaba parte de la cuadrilla de agitadores. En los años anteriores, una cuadrilla de hombres de la I.W.W. no resultaba cosa de importancia suficiente para preocupar a los agricultores o a los rancheros. Las cosas habían cambiado mucho. Tales hombres obraban lo mismo que si tuvieran a sus espaldas la gran guerra.
Kurt se arrastró hasta fuera de su escondrijo y marchó de vagón en vagón en busca de Olsen.
Finalmente, pudo hallar al ranchero en compaña de diversos hombres que se hallaban mirando desde detrás de un automóvil.
—Olsen, se han diseminado para rodearnos —susurró Kurt.
—Eso mismo me ha dicho Bill —contestó nervioso Olsen—. Si lo hacen, nos vamos a ver en un aprieto.
¿Qué vamos a hacer, Kurt?
—Desde luego, no debemos abandonar el campo y echar a correr —dijo Kurt—. En ese caso, nuestros enemigos incendiarían el pueblo. Di a nuestros hombres que economicen municiones... ¡Si pudiera hacer algunos disparos, ahora que tengo esta escopeta, contra un grupo de enemigos nuestros...!
—Oye, hemos estado observando aquel automóvil..., aquél de tamaño mediano..., el que está cerca del vagón alto —murmuró Olsen—. Está lleno de enemigos. En algunas ocasiones, hemos visto que salían de él ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m una docena de disparos al mismo tiempo.
—Tengo una idea, Olsen —replicó Kurt, excitado—. Vosotros continuad disparando para atraer su atención... Yo me arrastraré hasta salir de aquí treparé a lo alto de un vagón y dispararé contra esa cuadrilla.
—Es muy arriesgado, Dorn —dijo Olsen con vacilación. —Pero si pudieras hacer unos cuantos disparos..., que ese grupo se pusiera en fuga...
—Lo intentaré —replicó Kurt. Y retrocedió para terminar de introducirse entre las sombras. Le pareció observar que había más luz que cuando comenzó el ataque. El incendio se había reavivado, o acaso la I.W.W. había prendido otro. De todos modos y como quiera que fuese, la luz aumentaba; y, en consecuencia, el peligro también. Cuando cruzaba un espacio descubierto, un proyectil silbó junto a él, y otro más se clavó en tierra a su lado. No eran disparos hechos al azar, sino que demostraban que alguien había tomado puntería y disparaba contra él. ¡Qué furor provocaba el ser objeto de disparos hechos deliberadamente! ¡Qué experiencia más importante para un joven agricultor! El hecho de criar trigo en el Noroeste daba lugar a ciertas responsabilidades, creaba riesgos. Kurt se vio obligado a correr, y se enfureció más por esta causa. Otra bala zumbó a su izquierda antes de que consiguiera llegar al cobijo elegido en la parte delantera de la hilera de vagones. Al llegar allí se detuvo y vigiló. Todo el fuego parecía hallarse detrás de él. Y animado por esta circunstancia, avanzó un poco más y dio la vuelta al llegar al final. Un brillante resplandor hirió sus ojos. Un vagón aislado estaba ardiendo. Kurt continuó mirando atentamente para estar seguro de su situación y, al fin, halló la alta grúa que le había servido para conocer la colocación del vagón al que se proponía subir.
Kurt cogió cuatro proyectiles y los colocó, con la punta en alto, en el techo del vagón en que se hallaba. Luego, cargando la escopeta, se puso cautamente de rodillas y disparó ambos cañones simultáneamente. ¡Qué estampido y qué terrible coro de gritos! Rápidamente volvió a cargar la escopeta, disparó como antes, y volvió a hacerlo una y otra vez. Los dos últimos disparos fueron dirigidos contra los hombres que se apretaban frenéticamente contra el costado del vagón y lanzaban exclamaciones de miedo.
Kurt había oído el silbido retumbante de aquellos pequeños proyectiles. La cuadrilla de la I.W.W. corrió alocadamente a lo largo de la vía, alejándose de Kurt y aproximándose a la luz. Cuando estaba cargando de nuevo el arma, vio hombres que corrían procedentes de todos los puntos, para unirse a los fugitivos. Con una vieja escopeta había tenido Kurt suficiente para poner en fuga a los miembros de la I.W.W. Esto significaba una ayuda muy grande para los hombres de Olsen; pero Kurt no se sentía aún satisfecho y vengado por el incendio de su trigo, por la cruel conmoción que había matado a su padre.
—¡Venid, Olsen! —voceó con tanta fuerza como se lo permitieron los pulmones—. ¡Esos hombres son unos cobardes!
Después, arrastrado por su vehemente ansiedad, saltó del vagón. El alto salto le hizo tambalearse, pero no cayó ni soltó el arma. Después de haber recobrado el equilibrio, comenzó a correr. Había diversos cobertizos y vagones y algunos montones de leños a lo largo de la vía que constituían unos lugares apropiados para ocultarse. Kurt se vio paralizado por el descubrimiento de que se le habían agotado las municiones. Se detuvo respirando fatigosamente y comprobó que se encontraba con un arma descargada para combatir contra unos hombres que se hallaban demasiado cansados o demasiado furiosos, o demasiado desesperados para correr más.
—¡Se le han agotado las municiones! —dijo alguien con una voz baja y dura que hizo que Kurt se estremeciese. Kurt se alegró al ver el alud de oscuras formas que se aproximaba a él, y moviendo la escopeta en torno a la cabeza, se dispuso a partir el cráneo al primero de sus enemigos que se le aproximase. Pero uno de ellos saltó contra él desde detrás. El inesperado ataque le forzó a arrodillarse y, saltando furiosamente, consiguió ponerse en pie y rompió la culata del arma en la cabeza de su asaltante, que cayó al suelo como un guiñapo. Kurt acometió rabiosamente a éste y al otro de sus agresores. Le pareció reconocer a Glidden en un hombre que se mantenía fuera de su alcance y que daba unas voces de apremio y de orden a los demás. Kurt se le aproximó y por fin consiguió ponerle las manos encima. Esto fue fatal para Kurt, porque en su furor se olvidó de los compañeros de Glidden. En un solo segundo, su fuerte mano arrancó un grito de dolor mortal a Glidden. A continuación, el ataque combinado de todos los demás dejó indefenso a Kurt. Un golpe que recibió en la cabeza le aturdió... y todo se desvaneció para él.


XV
Parece ser que Kurt no perdió la conciencia por completo, puesto que tuvo una vaga sensación de ser arrastrado por tierra. Al cabo de unos momentos, la oscuridad de su cerebro se aclaró y pudo abrir los ojos.
Estaba tumbado de espaldas. Dirigiendo la mirada hacia lo alto, pudo ver las estrellas a través de las tenues y rotas nubes de humo. Un enorme montón de traviesas se elevaba junto a él.
Kurt intentó darse cuenta exactamente de la situación en que se encontraba. Tenía las manos atadas delante del pecho, no tan seguramente, según pensó, que no pudiera libertárselas. No le habían sido atadas las piernas. Tanto la cabeza como la espalda, en el lado izquierdo, le dolían seriamente. Mirando a su alrededor pudo percibir la forma borrosa de un hombre. Parecía estar vigilando atenta y rígidamente, pero esta vigilancia no semejaba guardar relación con Kurt. El hombre estaba escuchando y observando a sus compañeros. Kurt no oía voces ni disparos. Sin embargo, al cabo de poco tiempo oyó unos pasos lejanos que sonaban sobre las piedras. Apenas acertó a formar conjeturas sobre su situación. Si solamente había un guardián a su lado, la fuga no le parecía difícil, a menos de que el tal guardián tuviera algún arma de fuego.
—¡Oiga! —llamó.
—¿Qué hay? —contestó el hombre al mismo tiempo que se inclinaba con evidente sorpresa.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Kurt amablemente.
—Pues... no es J. J. Hill ni Anderson —replicó hoscamente el hombre.
Kurt rió.
—Pero usted querría ser uno de los hombres que llevan esos nombres, si fuera posible, ¿no es cierto? —continuó Kurt.
—Me llamo Denny —replicó con adustez el hombre.
—Lo creo. Ése es el nombre de todos los miembros de la I.W.W. —dijo Kurt.
—Oiga, ¿es usted el gachó que tenía la escopeta.
—Lo soy —contestó Kurt.
—Debería machacarle la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque tendré que comer en pie durante un mes.
—¿Cómo? —preguntó Kurt.
—El asiento de mis pantalones debió de ser una diana estupenda, porque me lo ha llenado usted de perdigonadas.
Kurt acertó a reprimir una carcajada. Después, sintió que el viejo furor se despertaba en él.
—¿No quemó usted mi trigo?
—¿Es usted el joven Dorn?
—Sí, lo soy —contestó Kurt furiosamente.
—Bien, pues yo no he quemado ni siquiera una maldita paja de su maldito trigo.
—¿No lo hizo usted? Pero ¿estaba usted con esos hombres? ¿Es usted de la I.W.W.? Y ¿ha luchado contra esos pobres agricultores?
—Si le interesa saberlo le diré que soy un vagabundo —explicó el hombre amargamente—. Hace varios años fui un próspero productor de petróleo de Ohio. Tenía muy buenos campos petroleros. Y llegó un hombre muy grande, intentó comprarme mis propiedades y, no pudiendo hacerlo, provocó unas descargas de dinamita en el terreno próximo a mi campo... ¡Y cegó mis pozos! ¡Y me arruinó! ... Vine al Oeste, y me dediqué a la agricultura, y llegó una corporación, que me robó mi agua para riegos; y mi tierra se convirtió en un desierto. Por esta causa abandoné el trabajo y mis deseos de ser honrado. He comprobado que no recompensa. Los ricos se hacen todavía más ricos a expensas de los pobres. Y por eso, ahora, soy un vagabundo.
—Amigo, ésa es una historia llena de mala suerte —dijo Kurt—. Y me hace pensar... Pero voy a decirle una cosa: usted no pertenece a esa cuadrilla de la I.W.W., aun cuando sea un vagabundo.
—¿Por qué no?
—1 Porque es usted americano! Por eso.
—Bien, ya sabía que lo soy. Pero puedo ser americano y hallarme afiliado a la Unión de Trabajadores, ¿no es cierto?
—No. La I.W.W. no es una unión de trabajadores. Jamás lo fue. Su primera regla consiste en abolir el capital. Son anarquistas. Y en la actualidad están apoyados por el dinero alemán. La I.W.W. es un enemigo de América. Todas estas catástrofes ferroviarias, la destrucción de los bosques y del trigo constituyen una ayuda a Alemania. ¡Los Estados Unidos están en guerra! Pero, ¡hombre de Dios!, ¿no ve usted que es toda nuestra patria quien sufre por esas hazañas tan despreciables como el incendio del trigo que se ha provocado esta noche?
—¡Qué cosas dice usted! —exclamó estupefacto el hombre.
—Ese Glidden es un agente alemán..., acaso un espía. No es un jefe de trabajadores. ¿Qué le importan los intereses de los hombres como usted?
—Oiga, joven, si no se calla, me va usted a inculcar el deseo de volver a trabajar de nuevo.
—Espero que lo conseguiré. Permítame que le dé un consejo: sepárese de esa cuadrilla de la I.W.W.
Vaya a Ruxton, vea a Anderson, el dueño del rancho «Aguas Mil», y dígale que le dé trabajo. Dígale quién es usted y que le he enviado yo.
—¿Anderson? ¿El dueño de «Aguas Mil»? Bien, acaso se sorprenda usted al saber que Glidden está operando allí, donde tiene muchos hombres, y que desde aquí va a ir allá.
—No, no me sorprende. Espero que vaya. Y lo espero, porque si va, lo matarán.
—¡Chist! —susurró el guardián—. Ahí viene alguien. Kurt oyó voces bajas y pasos suaves. Algunas siluetas se dibujaron cerca de él.
—Bradford, ¿ha vuelto en sí? —estas palabras fueron pronunciadas por la brutal voz de Glidden.
—No —replicó el guardián—. Creo que ha recibido un golpe muy fuerte. Ni siquiera se ha movido.
—Tenemos que marcharnos de aquí —añadió Glidden. —Es más de media noche. Hay un tren de mercancías allá abajo. Quiero que todos mis hombres suban a él. Vete a buscarlos, Bradford, y únete a los demás hombres.
—¿Qué va usted a hacer con este joven? —preguntó Bradford curiosamente.
—Eso es una cosa que no te importa —replicó Glidden.
—Es posible que no. Pero creo que tengo derecho a preguntarle. Usted quiere que yo me una a la I.W.W. y yo quiero hacerle unas preguntas. Huelgas de trabajadores..., defensa de los derechos..., eso es una cosa, y el quemar trigo, o el aporrear brutalmente a un joven agricultor son otras cosas distintas. ¿Va usted a permitir que este hombre se vaya?
Kurt pudo ver claramente el grupo de cinco hombres. Bradford se elevaba sobre Glidden, que era más bajo que él, y los demás estaban silenciosos y contemplaban curiosamente la escena.
—Voy a partirte el cuello —silbó Glidden.
Bradford se inclinó pesadamente hacia delante. El golpe que descargó con el puño cayó rectamente en el rostro de Glidden. Glidden habría caído al suelo si no hubiera sido por sus camaradas, que lo impidieron, y contra los cuales fue a dar. Sus compañeros lo sostuvieron. Glidden se tambaleó violentamente, sin duda atontado o inconsciente. Bradford se retiró cautamente para ponerse fuera del alcance de los demás hombres, y después, dando vuelta, comenzó a correr a grandes zancadas.
Los compañeros de Glidden le sostenían y le miraban ansiosamente, pero ninguno habló. Kurt creyó llegada la ocasión. Se libertó las manos por medio de un tirón violento y se las llevó al bolsillo para buscar el revólver; pero se desconsoló al ver que le había sido arrebatado. No tenía ningún arma. Mas no dudó.
Saltando ágilmente, se lanzó como un huracán contra el desprevenido grupo. Vio el pálido rostro de Glidden levantado hacia la luz de las estrellas. Comenzaba a recobrarse. Kurt se lanzó impetuosamente hacia él y dio al jefe de la I.W.W. un golpe cuya fuerza excedió en mucho al que anteriormente le había descargado Bradford. Glidden fue lanzado tan potentemente por este golpe contra uno de sus hombres, que ambos cayeron al suelo. Después, Kurt, golpeando a derecha e izquierda, consiguió derribar a los otros dos, y pasando sobre ellos se perdió a saltos en la oscuridad. Unos gritos agudos y penetrantes que sonaron detrás de él le prestaron alas.
Pero fue a caer exactamente en medio de otro grupo de —hombres de la I.W.W., un número formado por varias docenas, pensó, y a la luz de lo que había sido un fuego, aquellos hombres le vieron con la misma rapidez que él a ellos. Los gritos que sonaban no muy distantes, eran suficientemente expresivos. Kurt se vio forzado a retroceder a pesar del riesgo que suponía el encontrarse de nuevo con los hombres a quienes había derribado. Los miembros de la I.W.W. comenzaron a disparar contra Kurt. El silbido del plomo sonaba inquietamente cerca de Kurt, que jamás había corrido tan rápidamente en toda su vida. Cuando llegó al final de la hilera de vagones, lugar relativamente descubierto, se encontró bajo la luz de un nuevo incendio. Este incendio había prendido en un cobertizo situado a escasa distancia de la estación.
Alguien gritaba desde allá, y Kurt creyó reconocer la voz de Jerry, pero no se entretuvo para cerciorarse de ello. Los proyectiles chocaban contra el cascajo delante de él y cantaban en torno a su cabeza, y los roncos gritos que sonaban a sus espaldas, y el ruidoso correr de sus perseguidores, alentaban a Kurt en su carrera.
Corrió a través del embarcadero con el propósito de distanciarse de sus perseguidores, dar vuelta en torno a la estación y dirigirse al pueblo.
Una vez miró hacia atrás. La cuadrilla, muy desplegada, no se encontraba lejos de él, y se aproximaba a la luz del nuevo incendio. Ninguno de los que la componían podría alcanzarle jamás; de esto estaba muy ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m seguro Kurt.
Repentinamente, una súbita deflagración de aire, como una ráfaga de viento, pareció levantarle. Al mismo tiempo, un ofuscador resplandor amarillo iluminó el lugar. La tierra pareció temblar bajo los ágiles pies de Kurt, y después, un terrorífico estampido la conmovió. Fue arrojado de cabeza a través del aire, y todo a su alrededor semejó un conjunto de rayas, de líneas luminosas, de rayos y de explosiones de fuego.
Kurt se apresuró a dejarse caer entre el polvo hasta que el ímpetu de la fuerza se hubo extinguido. Y después permaneció quieto, resoplando y medio ahogado, casi ciego, pero perfectamente sensible a la lluvia de piedras y de cascotes, al terrible gritar de los hombres aterrorizados, al sabor del humo y del polvo y al áspero olor de la explosión.
Kurt se enderezó para alejarse entre la lóbrega oscuridad. Ya le era posible escapar. Si aquella explosión no había matado a sus perseguidores, seguramente los habría obligado a alejarse. Oyó que unos hombres corrían y gritaban hacia la izquierda. Desde el pueblo llegaba el zumbido de un tren. Finalmente, Kurt se vio libre del humo y descubrió que se encontraba en uno de los campos situados al otro lado de la estación. Allí se detuvo para descansar un momento y para reconocerse el cuerpo. Se sorprendió al ver que sólo tenía cardenales y arañazos, aun que todo le dolía. Había supuesto que tendría alguna herida de bala.
—¡Hum! Han volado el depósito de la gasolina —se dijo—. Pero sin duda, han calculado mal, puesto que, si no me engaño, había un grupo de miembros de la I.W.W. que se encontraba más cerca del depósito que yo... ¡Qué aventura...! He dado otro golpe bueno a Glidden. Me parece que he debido de partirle algún hueso. ¡Oh, cuánto daría por golpearle de nuevo...! ¡Y aquel Bradford...! Ese hombre me ha hecho pensar...
¡Qué mazazo descargó sobre Glidden! ¡Bien, bien! ¡Ese es el verdadero espíritu americano!»
Kurt se sentó para descansar y escuchar. Necesitaba un descanso. El único sonido que oyó fue el sordo rumor de un tren que se alejaba gradualmente. Una gruesa columna de humo se elevaba del embarcadero, pero ya no se veían resplandores de fuego. Acaso, la explosión habría extinguido las llamas.
Dorn cruzó el embarcadero. Una ruina negra, todavía en rescoldos, brillaba en el lugar en que habían existido unos elevadores. Aquella maravillosa cosecha de trigo había sido destruida. Era penoso comprenderlo a la luz gris del amanecer. Le pareció que tenía un nudo en la garganta. Algunas de las vías estaban cubiertas por los restos de los vagones incendiados. Cuando Kurt llegó a la calle, vio hombres que se encontraban ante las casas. Algunos de ellos le dirigieron la palabra, y otros algunos gritos. Casi todos salieron a unirse con él. Jerry y Olsen se encontraban en el grupo.
—Hemos experimentado mucho temor por ti —dijo Jerry.
—Muchacho, creíamos que la I.W.W. había dado buena cuenta de ti —añadió Olsen, al mismo tiempo que le pre-sentaba la mano.
—¡No ha sido así! ¿Dónde están ahora aquellos hombres? —preguntó Kurt.
—Se marcharon en el tren de mercancías, cuando Jerry voló el depósito de gasolina.
—Fuiste tú quien lo voló? —preguntó Kurt.
—Sí.
—Bien, estuviste a punto de borrarme del mapa. Iba corriendo, y llegaba exactamente al pie del depósito. Cuando se produjo la explosión fui levantado y arrojado a una distancia de una milla. Creí que nunca, volvería a tierra.
—Que nosotros sepamos, nadie ha muerto —explicó 01sen—. Algunos de nuestros compañeros tendrán que curarse las heridas que han recibido. Pero ninguna de ellas es grave.
—Me alegro. Me parece que hemos tenido suerte —contestó Kurt.
—Dorn —dijo uno de los hombres—, tú y Jerry habéis librado a este pueblo de ser incendiado.
—Todos hemos contribuido a conseguirlo. Me alegro mucho de que esos hombres hayan huido. ¿Qué daños han ocasionado?
Resulté que se habían producido pocos daños a las propiedades de los aldeanos. Algunos vagones de mercancías llenos de cebada que ya había sido cargada por los empleados de la compañía, habían ardido, y estas pérdidas de grano serían probablemente satisfechas por la sociedad que explotaba los ferrocarriles. La pérdida del trigo recaería sobre Kurt. En el apresuramiento para realizar la gran recolección y su transporte hasta el pueblo, no se había tenido en cuenta la posibilidad de la pérdida de lo recogido. La compañía del ferrocarril todavía no había aceptado el trigo para su transporte, ni se había hecho cargo de él, y, por lo tanto, no sufragaría las pérdidas.
—Olsen, según lo acordado en nuestro convenio, debo a usted quince mil dólares —dijo Kurt.
—Sí, pero olvídalo —replicó Olsen—. Tú eres el que más ha perdido.
—Quiero pagarle —replicó Kurt.
—Estás arruinado, muchacho —exclamó el agricultor—. Ya no puedes pagar esa gran cantidad. Y ninguno de nosotros lo esperamos.
—¿No abandonaron ustedes sus campos incendiados para acudir en socorro de los míos? —preguntó Kurt. —Sí, pero en el mío no había mucho que perder.
—Y lo mismo sucedía con la mayoría de los hombres que fueron a ayudarle. Le digo, Olsen, que eso significa mucho para mí. He de pagar mis deudas o... o...
—Pero ¿cómo podrás hacerlo? —le interrumpió razonablemente Olsen—. Ya nos pagarás más adelante.
Cuando hayas recogido otra cosecha como la de este año, estarás en condiciones de hacerlo.
—Las propiedades me producirán lo necesario para pagar a todos ustedes, después de haber pagado a Anderson.
—Vas a renunciar a tu granja? —preguntó asombrado Olsen.
—Sí. Quiero quedar en paz con todo el mundo.
—Dorn, no aceptaremos el dinero —insistió con firmeza el agricultor.
—Tendrán ustedes que aceptarlo. Les enviaré un cheque muy pronto..., acaso mañana.
—¡Renunciar a tu tierra! —repitió Olsen—. ¡Jamás oí cosa parecida! ¡La tierra que fue de tu familia durante tantos años...! ¿Qué vas a hacer?
—Olsen, a causa de mi padre, me he visto obligado a esperar el reclutamiento militar. Si no hubiera sido por él, me habría inscrito como voluntario. Como quiera que sea, iré a la guerra.
Estas palabras provocaron un profundo silencio entre los hombres, que, con triste rostro, escuchaban.
—Jerry, prepara los caballos, y nos iremos a casa —dijo Kurt.
El alto capataz se alejó. A Kurt le pareció percibir un algo emocionante en los sentimientos de aquellos hombres, especialmente en los de Olsen. Las fechorías de la I.W.W. habían unido estrechamente a todos aquellos vecinos. Y Kurt pensó que se encontraba en una situación favorable para pronunciar unas cuantas palabras acerca de los Estados Unidos, de la guerra y de Alemania. Por esta causa, se lanzó a una elocuente expresión verbal de sus convicciones, y permaneció hablando hasta que Jerry regresó con los caballos. Finalmente, se interrumpió de modo repentino, y diciendo adiós a sus compañeros, montó el caballo.
—Espera un momento, Kurt —le dijo Olsen, al mismo tiempo que se separaba del grupo y ponía una mano sobre el cuello del caballo y comenzaba a hablar en voz baja—. Me ha convencido lo que nos has dicho. Todo ello se aplica perfectamente a nosotros, los vecinos del Recodo. Siempre hemos sido agricultores, sólo agricultores, y nunca hemos pensado en la nación. Y esto ha sido porque abandonamos nuestra tierra natal para venir aquí. Ni soy alemán ni me he inclinado nunca en favor de Alemania. Pero muchos de mis vecinos y de mis amigos son alemanes. La guerra no se había acercado a nosotros hasta hace muy poco tiempo. Conozco a los alemanes que viven aquí. Abandonaron su tierra nativa, y son hombres perdidos para ella... Es posible que se tarde cierto tiempo en hacerlos despertar, en hacerles ver la verdad, pero ese día llegará... Cree en mis palabras, Dorn, los germano-americanos del Noroeste, cuando las circunstancias alcancen un punto crítico, se encontrarán a sí mismos y serán fieles a la patria que han adoptado.


XVI
El sol, ancho y luminoso, brillaba en las alturas y calentaba vivamente los ennegrecidos campos de trigo cuando Kurt y Jerry llegaron a su casa. Kurt jamás había visto la granja en un aspecto como aquél: feo, negro, inhóspito. Pero el terreno en barbecho, centenares y centenares de acres, ondulante, que se extendía en dirección al Sur, no había cambiado en cuanto al color o a la belleza. A Kurt le pareció que este terreno le dirigía una sonrisa, que le ordenaba que esperase la llegada de otra primavera.
Y este pensamiento era doloroso para Kurt, puesto que recordó que debía salir inmediatamente para «Aguas Mil».
Kurt descubrió, cuando fue a lavarse la sangre y la suciedad que llevaba encima, que sus contusiones eran muchas. Tenía un bulto en la cabeza y las manos despellejadas. Después de haberse cambiado de ropa y de empaquetar en una valija, junto a varios papeles, algunos objetos, descendió a la planta baja de la casa para tomar el desayuno. Aun cuando tenía la imaginación poblada de preocupaciones, pudo darse cuenta de que tanto la vieja ama de llaves como Jerry se sorprendieron y se acongojaron al verle dispuesto para partir.
Todavía no había indicado que ésta era su intención. Y le pareció que el hacerlo iba a resultar una tarea penosa para él.
Y así fue. Cuando llegó el momento, Kurt descubrió que le era muy difícil hablar y que su voz era forzada.
—Martha, Jerry..., me voy..., acaso para siempre —dijo roncamente—. Me propongo entregar la propiedad al señor Anderson. Os dejaré a los dos a su cuidado... y recomendaré al señor Anderson que os conserve a su servicio. He aquí el dinero que os debo hasta ahora... Me voy a la guerra..., y lo más probable es que no regrese nunca.
La vieja ama de llaves, que había sido por espacio de muchos años como una madre para él, comenzó a llorar, y Jerry se vio obligado a luchar contra el dolor, que casi le dificultaba el habla.
Kurt se separó de ellos repentinamente y se apresuré a salir de la casa. ¡Cuán extraños, cuán difíciles sentimientos habían despertado en él! Eran sentimientos y emociones en los que jamás había pensado. Pero lo cierto era que dejaba su casa para siempre. Esto explicaba todo.
En primer lugar se dirigió a las tumbas de sus padres, en la ladera Sur, donde siempre hacía viento y sol. El fuego no había invadido aquel sencillo cementerio, en el que no crecía hierba. Pero unos cuantos árboles y algunas matas impedían que pareciera completamente desnudo.
Kurt se sentó a la sombra, junto a la tumba de su madre, y miró a lo lejos, más allá de las colinas, con los ojos empañados por las lágrimas. Como una lejana inspiración, llegó hasta él la firme seguridad de que su madre aprobaba su ida a la guerra. Kurt la recordó en aquel momento: una mujer tranquila, apacible, paciente, dura para el trabajo y Dominada por su padre.
Cuando se separó de aquel lugar, comenzó a caminar a través de la tierra barbechada y de los terrosos campos que produjeran una cosecha tan abundante y efímera.
Regresó lentamente a la vieja casa y subió las escaleras. Sólo había tres habitaciones en el piso superior, y una de ellas, la de su madre, no había sido abierta desde hacía muchísimo tiempo. Se encontraba exactamente en el mismo estado que cuando él entraba en ella con sus agrietados pies y sus congojas. Su madre había muerto en aquella habitación. Y Kurt era un hombre, un hombre que iba a luchar en defensa de su patria. ¡Qué extraño! ¿Por qué? En la habitación de su madre no pudo contestar a esta desconcertante interrogación. Kurt se estremeció y tras una última mirada, una despedida y las palabras de una oración en los labios, se dirigió a su pequeño dormitorio.
La vida en aquella habitación había terminado para él. Sentíase Dominado por una indefinible tristeza. Sin embargo, no habría deseado que no fuese así. Otras cosas más grandes y desinteresadas le atraían. Estaba despidiéndose de su juventud y de todo lo que con ella se relacionaba. Un solemne desfile de hermosos recuerdos pasó a través de su imaginación, recuerdos de las noches que había pasado en aquella estancia en los días de su juventud, cuando el viento aullaba en los aleros y la lluvia tamborileaba en las lisas tablas. ¡Qué cuadros más vívidos y fuertes! Ningún dolor, ninguna congoja, ninguna guerra podrían arrebatarle aquélla que era la mejor herencia de su pasado.
Se puso en pie para salir. Y en aquel momento un cegador torrente de lágrimas le abrasó los ojos.
Aquella habitación le era más querida que todo el resto de la casa. Era doloroso tener que abandonarla. Su última mirada fue más lenta y melancólica que las anteriores. «¡Adiós!», susurró; y una opresión le agarroté la garganta. Kurt se detuvo un momento en lo alto de la oscura y vieja escalera, y después comenzó a descender despacio y con la cabeza inclinada.


XVII
E1 crepúsculo agosteño caía con suavidad sobre «Aguas Mil» en tanto que Lenore Anderson miraba soñadoramente desde la ventana hacia los campos oscurecientes, tan tranquilos después del duro trabajo del día de recolección.
En los últimos tiempos, en horas de meditación, como aquélla, había percibido una extraña sensación de anhelo. Había librado una dura batalla contra sí misma, y se había confesado su amor por Kurt Dorn. Y rindiéndose al encanto de esta verdad, advertía que su amor se hacía más grande cada vez que pensaba en Kurt y por cada vez que su pulso latía emocionadamente. A pesar de aquella ansiedad que casi se hacía tan fuerte como un dolor, y a pesar de un temor indefinible que experimentaba, no podía negarse que era feliz. Y con ese sentido presagiador de acontecimientos, propio de las mujeres, esperó. Sabía que se aproximaba un momento culminante en su vida.
Al cabo de unos momentos oyó a su padre en la parte baja de la casa; percibió el fuerte sonido de sus pasos y su franca voz. Aquellos agotadores días de recolección le habían dejado muy poco tiempo disponible para dedicarlo a su familia. Y Lenore; perdida en sus sueños, en los últimos días no había ido a buscarle a los campos. Lenore esperaba, y además, los ojos agudos de Anderson, tan penetrantes y tan cariñosos al mismo tiempo, la llenaband e confusión. Eran muy pocos los secretos que ella había guardado a su padre.
¿Dónde está Lenore? —oyó que preguntaba en el comedor.
—Lenory está soñando a la luz de la luna —contestó Kathleen riendo.
—¡Ah! Y ¿dónde sueña a la luz de la luna? —continuó Anderson.
En su habitación —replicó la criatura—. Y no puedes sacarle una palabra del cuerpo ni siquiera con una tranca.
La risa de Anderson resonó al mismo tiempo que las vibraciones de la vajilla. Anderson estaba cenando. Luego Lenore oyó a su madre y a Rose y Kathleen que comentaban las noticias contenidas en una carta que acababan de recibir de Jim, que se hallaba haciendo la instrucción militar. Fue Rose quien leyó la carta en voz alta para que lo oyera su padre, y aparte su rápida y dulce voz, el absoluto silencio que reinaba dio fe de la atención de los oyentes.
Después, Anderson rió sonoramente para demostrar la alegría que la carta le había producido, y golpeó sobre la mesa con los cerrados puños. Las muchachas hablaron excitadamente y al unísono. Pero la madre permaneció significativamente silenciosa, Lenore se olvidó de todos ellos y volvió a sumirse en sus sueños.
Su padre no tardó mucho tiempo en llamarla.
—¡Lenore!
—¿Qué quieres, papá? —contestó ella.
—Voy a subir —dijo él. Y sus fuertes pasos sonaron en el vestíbulo seguidos por el rápido taconeo de unos piececitos—. Vosotras, las chiquillas, volved al comedor. Quiero hablar con Lenore.
—Papaíto —dijo Kathleen en un tono en el que había puesto una expresión de culpabilidad—. Dije en broma... aquello de que estuviera soñando a la luz de la luna.
El padre volvió a reír y subió lentamente las escaleras. Lenore pensó con inquietud que raramente subía a su habitación. Y también que casi siempre que solía hacerlo era en las ocasiones que se hallaba preocupado.
—¡Hola! ¿Estás a oscuras? —saludó Anderson al entrar en la habitación—. ¿Puedo encender la luz?
Lenore asintió, aunque no con mucha convicción. Pero Anderson no encendió la luz. Tropezó con varios objetos colocados en el camino que había de recorrer hasta donde ella se hallaba sentada encogida ante la ventana, y se dejó caer pesadamente en el ancho sillón de Lenore.
¿Cómo estás, papaíto? —preguntó Lenore.
—Cansado como un perro, pero muy bien —contestó él—. He de asistir a una reunión a las ocho, y necesito descansar un poco. Me parece que me agradaría fumar un cigarrillo... mientras hablo contigo..., si 'no tienes inconveniente.
—Siempre me agradará mucho más oír a mi papaíto que a cualquier otra persona —replicó ella con dulzura. Lenore sabía que su padre llegaba impelido por el deseo de comunicarle noticias, o de darle a conocer sus preocupaciones o su necesidad de ayuda. Anderson siempre comenzaba de aquel modo. Lenore podía percibir claramente cuál era el estado de su ánimo a través de los preliminares de su conversación y antes de que él comenzase a exponer el objeto de su visita, y se preparó para ponerse a tono con la situación.
—¿No ha sido impresionante la carta de Jim? —comenzó diciendo Anderson en tanto que encendía un cigarrillo. A la luz de la cerilla Lenore pudo ver su moreno y franco rostro. Ciertamente, había hecho bien en fortificarse para la entrevista.
—¡Sí! ... Es a mí a quien ha escrito. Me he reído de satisfacción al leer la carta, y me hinché de orgullo.
Al leerla, la sangre se me excitó. Las palabras de mi hermano me han llenado de deseos de luchar... y subí aquí para llorar a solas.
—¡Ah! —exclamó Anderson al mismo tiempo que suspiraba ruidosamente. Después, y tras unos instantes de silencio, la punta de su cigarrillo resplandeció y se apagó alternativamente—. Lenore, ¿no has tenido...
alguna... alguna corazonada al leer la carta de Jim?
—No sé exactamente lo que quieres decir, papaíto—. replicó Lenore.
—¿No has experimentado un algo... extraño y diferente a lo habitual? —preguntó Anderson con voz vacilante, como si fuese difícil expresar con palabras lo que se proponía decir.
—Sí, claro que sí. He tenido algunos sentimientos desacostumbrados.
—La carta de Jim está escrita exactamente del mismo modo que él habla. Mas para mí, esa carta significa algo que no se propuso decir y que no conocía... ¡Jim no volverá jamás!
—Sí, papá..., eso mismo he adivinado —susurró Lenore.
—Es extraño que los dos hayamos pensado lo mismo —dijo abstraídamente Anderson mientras daba un chupetón a su cigarrillo.
Y se produjo un nuevo silencio. Lenore pensó en el tiempo transcurrido desde el momento en que su padre había hecho el sacrificio de su hijo. Parecía no haber necesidad de pronunciar más palabras acerca de Jim. Mas también parecía haber una grandeza excepcional en los lazos de comprensión que la unían con su padre. Una causa común los unía, y ambos se hallaban sostenidos por un valor indeclinable. Lo más grande de todo era aquella divina chispa que había brotado en el muchacho a quien nadie habría podido obligar a regresar a su casa. Lenore miró hacia las crecientes sombras. La noche era muy tranquila; sólo sonaba el zumbido de los insectos, y el aire fresco producía una agradable sensación en el rostro de la muchacha. Las sombras,. el silencio, la dormida atmósfera que rodeaba «Aguas Mil» parecían sobrecargados por una especie de tristeza, de lo inevitable del movimiento del gran mundo hacia su destino.
—Lenore, no has salido mucho los últimos días —continuó diciendo Anderson—. Todos te han echado de menos. Y Jake ha lanzado más maldiciones que habitualmente.
—Padre, tú me dijiste que me quedase en casa —contestó ella.
—Es cierto. Y creo que hice bien al decírtelo. Pero ¿cuándo te han importado mis órdenes?
—¡Cómo! Siempre te he obedecido —contestó Lenore con voz baja y reidora.
—¡Ah! Lo habrás hecho... Pero no me he dado cuenta de ello... Lenore, ¿has visto las grandes nubes de humo que se han extendido sobre «Aguas Mil» durante los últimos días?
—Sí. Y también he percibido el olor a humo... Supongo que provendría del incendio de algún bosque, ¿no es cierto?
—Hay fuego en algún bosque, es cierto. Pero el viento que transporta el humo no proviene de las laderas de las montañas.
—Entonces, ¿de dónde viene ese humo? —preguntó rápidamente Lenore.
—Sin duda ha ardido alguno de los trigales del Recodo.
—¡Ardido! ¿Quieres decir que se ha quemado el trigo?
—Sí.
—I Oh! ¿En qué parte del Recodo?
—Supongo que es en aquella parte que tú llamaste el desierto de trigo de Dorn.
—¡Oh, qué lástima! ... ¿Has recibido alguna noticia? —Sólo he oído rumores. Pero temo que haya sucedido lo peor, y lo sentiría mucho por nuestro joven amigo. Una aguda congoja invadió el pecho de Lenore y le dejó una estela de dolor.
—¡En ese caso, quedará arruinado! —murmuró Lenore.
—¡Ah! No tanto, no tanto —declaró Anderson; y en la oscuridad se destacó el fuego de su cigarrillo movido con rapidez y energía—. Sólo será una cosa amarga para él y bastante perturbadora para mí... y para ti. Ese muchacho tiene orgullo... Estoy seguro de que habrá armado un zipizape horroroso contra los hombres de la I.W.W. en el caso de que haya conseguido encontrarlos —y Anderson se rió con el placer que siempre produce a los occidentales la violencia sumaria cuando es aplicada justamente.
Lenore sintió que su corriente de indignación crecía. Aun cuando había heredado el carácter de su padre, siempre le costaba. Esto sucedía porque la dulzura y la paciencia de su madre habían contrarrestado el duro espíritu del padre. Pero en aquel momento su sangre se enardeció, golpeó e hinchó las venas de su garganta y de sus sienes. Y todo su cuerpo se vio acometido de un estremecimiento.
¡Bastardos! Papá, ¡esos diablos extranjeros de la I.W.W. deberían ser fusilados! —exclamó apasionadamente—. ¡Arruinar a esos pobres y heroicos agricultores!... ¡Arruinar a ese... a ese joven...! ¡Es un crimen! Y, ¡oh, quemar sus hermosos campos de trigo! ¡Oh, no sé cómo llamarlos!
—Es cierto, muchacha. Para definirlo haría falta emplear un lenguaje más duro que el que tú conoces —respondió Anderson—. Y yo lo estoy utilizando.
Lenore se sentó temblorosa, con los puños apretados tan fuertemente, que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos, mientras ardientes lágrimas rodaban por sus mejillas. El enojo sólo le sirvió para comprender cuán impotente era para evitar una catástrofe. ¡Cuán amargas y negras eran algunas pruebas!
Y tembló de aflicción al pensar en la desolación que debería de reinar en el alma de Kurt Dorn.
—Lenore —comenzó a decir Anderson con calma; su tono era más fuerte, más vibrante que en los momentos anteriores—, ¡tú quieres a ese joven Dorn!
Una violenta conmoción anuló las emociones de Lenore. Se estremeció como anteriormente; pero este nuevo estremecimiento fue más largo, más intenso. Lo que a sí misma se había dicho tímida, silenciosa y temerosamente cuando se hallaba oculta y a solas..., lo que le había parecido un maravilloso y prohibido secreto..., lo había descubierto y expresado su padre. Lenore se quedó boquiabierta. Su enojo se desvaneció tan intensamente como si jamás hubiera existido. En medio de la oscuridad, intentó ocultar el rostro y penetrar en el secreto atormentador de sus pensamientos y de sus emociones. Su padre no había preguntado nada, sino que había hecho una afirmación. Lo sabía. Lenore no podría engañarle aun cuando hubiera deseado hacerlo. Y durante un momento se sintió débil y a merced de corrientes encontradas.
—Sí, vi que Dorn estaba enamorado de ti —continuó diciendo Anderson—. Lo vi inmediatamente, y creo que no habría formado muy buen concepto de él si no hubiera sido... Pero no estuve seguro de que a tu vez estuvieras enamorada de él hasta aquel día en que Dorn te salvó de las garras de Ruenke y te devolvió a tu familia.
—No hay... nada... que decir —tartamudeó Lenore.
—Creo que lo hay —replicó su padre. Y se inclinó ante la ventana, arrojó el cigarrillo al exterior y agarró a su hija de las manos.
Lenore jamás lo había visto tan vehemente. No pudo resistir la cálida presión de su mano. Le pareció advertir en su apretón, como en los tiempos en que era sólo una niña, una seguridad firme y grande.
Aquella mano la arrastraba irresistiblemente. Lenore se dejó caer en los brazos de su padre, escondió el rostro en su hombro y experimentó la sensación de que si no pudiera aliviar su corazón, éste estallaría.
—¡Oh pa... pá! —murmuró con voz baja y dulce que llegó trémulamente hasta sus labios—. Le... quiero..., ¡sí que le quiero...! ¡Es terrible! Lo supe... la última vez que me llevaste a su casa..., cuando nos dijo que se iba a la guerra..., y ahora, ¡oh! , lo sabes tú.
Anderson la apretó contra su ancho pecho y la levantó en brazos.
—¡Ah! Eso me produce cierto consuelo. No estaba completamente seguro —dijo Anderson—. ¿Te ha dicho algo?
—¡Decir! ¿Qué insinúas, papá?
—¿Te ha dicho Dorn que te quiere?
Lenore levantó el rostro. Si su confesión había constituido un consuelo para su padre, había constituido otro mayor para ella. Lo que le había parecido una cosa terrible, comenzó a parecerle natural. Sin embargo, se sentía interiormente convulsa, vibrante, tensa.
—Sí, me lo ha dicho —contestó con timidez—. Pero, qué confesión? Me lo dijo como si con ello quisiera explicarme lo que consideraba que era un atrevimiento suyo. ¡Se enamoró de mí la primera vez que me vio!
... Y cada nuevo encuentro que tuvimos fue imposible de soportar para él. Quiso que yo lo supiera. Se fue a la guerra. No me ha pedido nada... Parecía excusarse y pedirme perdón por... por haber tenido el atrevimiento de quererme. No pedía nada. Y no tiene ni la más ligera idea de que yo le quiera a mi vez.
—¡Maldición! —exclamó Anderson—. ¿Qué diablos le sucede?
—Papá, es un joven orgulloso —replicó Lenore soñadoramente—. Ha luchado con dureza en aquel desierto de trigo. Siempre ha sido pobre. Cree que una distancia muy grande separa a la heredera de «Aguas Mil» del hijo de un agricultor. Y más que todo eso, a mi parecer, la guerra ha fijado una mórbida preocupación en su cerebro. ¡Dios sabe que debe de ser cierto! Una casa dividida: de este modo denominó a su hogar. Su padre es alemán. Él es americano. Kurt adoraba a su madre, que había nacido en los Estados Unidos, y ha sido extranjerizado por su padre. No lo sé..., no estoy segura..., pero me parece apreciar que se encuentra obsesionado por el pensamiento de que su sangre alemana constituye una calamidad para él.
Supuse que ésta era la gran razón de su ansiedad por ir a la guerra.
—Bien; Kurt Dorn no irá a la guerra-replicó su padre—. Yo he arreglado las cosas para conseguirlo.
Un sentimiento conmovedor y esperanzado se apoderó al instante de Lenore Anderson.
—¡Papá! —exclamó, saltando entre sus brazos—, ¿qué has hecho?
—He obtenido una exención de servicio para él; eso es todo —contestó Anderson con gran satisfacción. —¡Exención! —exclamó Lenore con entusiasmo.
—¿No te acuerdas de aquel oficial del Gobierno que vino de Washington? Lo conociste en Spokane.
Vino al Oeste para inspirar a los agricultores la conveniencia de cultivar más trigo. Hay muchos jóvenes agricultores que son mil veces más necesarios en los campos de trigo que en los campos de batalla. Y Kurt Dorn es uno de ellos. Ese muchacho conseguirá la cosecha más grande de trigo de todo el Noroeste.
Recomendé que se concediese a Dorn una exención de servicio militar. Y se le ha concedido, y él no lo sabe.
—¡No lo sabe! ¡Jamás aceptará ninguna exención! —declaró Lenore.
—Esa misma suposición me ha preocupado durante mucho tiempo, Lenore —afirmó Anderson—. La descripción que me has hecho de Dorn es muy acertada... Hay un algo extraño en ese muchacho..., pero es un hombre razonable al que pueden decirse y explicarse las cosas. Y, por esta causa, verá con claridad por qué se le necesita más para producir trigo que para matar alemanes.
Pero, papá..., ¿y si él quisiera matar alemanes? —preguntó Lenore ansiosamente. Era sorprendente el modo como sentía la reacción de Dorn y no podía explicarla.
—En ese caso, ¡por todos los diablos!, eres tú quien ha de encargarse de la cuestión-replicó su padre severamente—. Entiéndeme. No es una cuestión de sentimentalismo ni de cariño por Dorn. Un buen cultivador de trigo vale tanto como una docena de soldados. Para ganar la guerra..., para alimentar a nuestro país después de la guerra..., ¡oh! , solamente un hombre como yo puede conocer el esfuerzo que ha de realizarse..., serán necesarios millones de bushels de trigo... He enviado a la guerra a mi propio hijo.
Luchará junto a los mejores o a los peores de los que hayan ido. Pero Jim no es un hombre capaz de producir trigo. Y esa clase de hombres, los que son como él, son necesarios en los frentes de batalla. Por eso es justo que vaya a la guerra. Pero Dorn debe quedarse junto a sus trigales. Y quien ha de conseguirlo es Lenore Anderson.
—¡Yo...! ¡Oh! ¿Cómo? —exclamó con voz desmayada Lenore.
—Utilizando argucias y artimañas de mujer, hija mía —dijo Anderson con su franca risa—. Cuando venga Dorn, déjame que intente demostrarle cuál es su deber. En el Noroeste no podemos prescindir de jóvenes tan valiosos como él. Dorn lo comprenderá. En el caso de que haya perdido su trigo, vendrá para pedirme que me haga cargo de sus tierras como pago de la deuda, y yo lo aceptaré. Después, me dirá que se va a ir a la guerra, y yo le contestaré que no... Discutiremos un poco. Y le ofreceré una ocasión tan buena para él, aquí y en el Recodo, que necesitaría estar loco para negarse a aceptarla. Pero en el caso de que tenga una obsesión atormentadora..., si cree que está obligado a ir a la guerra a matar alemanes..., entonces eres tú quien habrá de obligarle a cambiar de modo de pensar.
—Pero, papá, ¿cómo podré hacerlo? —imploró Lenore, dividida entre la esperanza, la alegría y el temor.
—Ya eres una mujer. Y las mujeres son también parte interesada en la guerra. Contribuirás más a la victoria si consigues obligarle a quedarse aquí que si le permites marcharse. Está loco por ti. Puedes obligarle a quedarse. Y de ello depende tu porvenir..., tu felicidad... Muchacha, ningún Anderson quiere dos veces.
—¡No puedo arrojarme entre sus brazos! —susurró en voz muy baja Lenore.
—Me parece que no te he indicado que lo hicieras —replicó hoscamente Anderson.
—En ese caso..., si... si no me pide... que me case con él..., ¿cómo podré...?
—Lenore, ningún hombre de este mundo podría oponerse a tu bondad si eres cariñosa..., tan cariñosa como sabes serlo algunas veces. ¡Entonces Dorn no podría abandonarte!
—No estoy muy segura de eso, papaíto —murmuró ella.
—Ten pues fe en mis palabras —replicó él al mismo tiempo que se levantaba de la silla, aun cuando continuó abrazado a su hija—. Tengo que irme..., pero ya te he dado a entender cuál es mi opinión respecto a este asunto. Tu felicidad tiene más importancia para mí que todo el resto del mundo. Tú quieres a ese muchacho, y él te corresponde. Y jamás he conocido un muchacho más valioso que él. No es preciso que experimente escrúpulos por quedarse junto a sus tierras. Aquí puede ser más útil a la patria que en las trincheras. Y además, aparte que pueda ser útil a su patria y al ejército con sus conocimientos trigueros, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m puede serlo también para mí. ¡Estoy envejeciendo, muchacha! ... Aquí está el rancho más grande de todo Washington. Y este rancho necesita ser atendido. Y quiero que sea Kurt Dorn quien se encargue de atenderlo... Ahora, Lenore, ¿podría negarse que tú y yo nos entendemos perfectamente?
—¡Papaíto, querido viejo, eres el padre más maravilloso que jamás ha tenido ninguna mujer! Haré todo lo que esté a mi alcance... y te obedecería aun en el caso de que no quisiera a Kurt Dorn... ¡Qué dulce es... oírte hablar de él del modo que lo haces! ... ¡Cuánto me emociona! ... Ahora, ¡buenas noches! ... Vete antes de que...
Lenore le besó y le condujo suavemente hacia el exterior de la habitación. Después, antes de que el sonido de sus lentos pasos se hubiera desvanecido, se tumbó boca abajo en el lecho, con el rostro hundido en la almohada, estrujando nerviosamente la colcha, rendida a una tormenta de emociones. El amor por su alocado hermano Jim, ido a la guerra para expiar los errores de su juventud; el amor por su padre, que confesaba, al fin, el triste temor que le atormentaba; el amor a Dorn, aquel muchacho robusto que se dirigía tan valientemente hacia un destino trágico y desesperanzador..., todo esto constituía la carga del fluir de su pasión, y todos estos amores se fundían y mezclaban, la llevaban de la infancia a la madurez femenina súbitamente y la reclamaban con el imperio de sus deseos, de su imperecedera lealtad.


XVIII
Al día siguiente, Lenore no salió a los campos en que se hacía la recolección. Esperaba que Dorn llegase en cualquier momento, y quería hallarse en su casa para recibirle. Sin embargo, tenía miedo al encuentro. Se vio obligada a emplearse activamente durante el día en diversos trabajos para Dominar en lo posible sus pensamientos.
Anderson regresó aquel día de los campos muy temprano. Parecía un labriego con su camisa sudorosa, su polvorienta chaqueta, su tiznado rostro. Y cuando dio un beso a Lenore, dejó en su mejilla una extensa mancha.
—Éste es el beso de la recolección —dijo riendo ruidosamente—. El mejor de todo el año.
—Lo es, papá —contestó ella—. Pero prefiero esperar a que te hayas lavado la cara para devolvértelo—.
¿Cómo marcha la recolección?
—Hemos tenido algunas perturbaciones —contestó él.
—Qué ha ocurrido?
—No mucho, pero ha sido molesto. Se nos han estropeado algunas de las máquinas y hemos tenido que dedicar la mayor parte del día a repararlas... Tenemos alrededor de doscientos obreros trabajando. Algunos de ellos pertenecen a la I.W.W., con toda seguridad. Pero ellos juran que no es cierto, y no tenemos medio de demostrarlo, y, por otra parte, no nos ha sido posible sorprenderlos realizando actos de obstrucción... De todos modos, hemos hecho ya la recolección en la mitad de tu enorme campo. ¡Un millar de acres, Lenore!
... Algunos de los acres han dado un rendimiento de alrededor de cuarenta bushels, pero la mayoría no han llegado a ese límite.
—¡Es mejor que la última cosecha! —exclamó Lenore alegremente—. Tenemos suerte... Papá, ¿has recibido alguna noticia del Recodo?
—Sí —contestó él mientras acariciaba la cabeza de su hija—. Me han enviado un mensaje desde Vale... El joven Dorn ha telegrafiado desde Kilo diciendo que vendrá hoy.
—¡Hoy! —repitió Lenore; y su corazón mostró una tendencia clara a latir de un modo anormal.
—Sí. Estará aquí muy pronto —añadió Anderson alegremente—. Avisa a tu madre, porque es posible que se quede a comer con nosotros. Y he ordenado que se prepare una habitación para él.
—Sí, papá —contestó Lenore.
—Bueno, si Dorn te viera tal y como estás ahora, con las mangas recogidas hasta los codos, con un mandil puesto, con manchas de harina en la nariz..., como una verdadera hija de un agricultor..., y seguramente codiciable, como dice Jake..., no te costaría mucho trabajo convencerle de Io que quisieras.
—¡Qué manera de hablar! —exclamó Lenore con las mejillas enrojecidas. Y tras haberlo dicho corrió a su habitación y se apresuró a cambiarse de ropa.
Pero Dorn no llegó a tiempo de cenar. Las ocho de la noche dieron sin que se hubiese presentado, después de lo cual y con amargo desencanto, Lenore renunció a la esperanza de que llegase aquella noche.
Ya se encontraba en el despacho de su padre, ayudándole a tomar unas notas y escribir unas cifras, cuando Jake llamó a la puerta y entró.
—Ha venido Dorn —anunció.
—Bien, dile que suba —contestó Anderson.
—Papá, yo... preferiría marcharme —susurró Lenore. —Tú te quedarás aquí, al lado de tu papaíto —replicó Anderson—, y serás la verdadera Anderson.
Cuando Lenore oyó los pasos de Dorn en el vestíbulo, la agitación de su corazón cesó y la joven recobró la calma. ¡Cuánto se alegraba de volver a verle! Había sido la ansiedad de la espera lo que tantos estragos había causado en su ánimo.
Dorn entró acompañado de Jake. El vaquero depositó un saco en el suelo y salió. Dorn tenía un aspecto extraño para Lenore, un aspecto muy sugestivo con su traje de franela gris. Cuando avanzó para saludar a la muchacha, Kurt observó cuán pálida se encontraba, cuánta tristeza se reflejaba en sus ojos. Se había operado un cambio indefinible en el rostro del joven, y Lenore se dolió al verlo.
—Señorita Anderson, me alegro mucho de verla —dijo Dorn, y un rojo subido sustituyó a la palidez de sus mejillas—. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, muchas gracias —contestó ella al mismo tiempo que le presentaba una mano—. Me alegro mucho de verlo.
Y ambos se estrecharon las manos en tanto que Anderson gritaba:
—¡Hola, hijo! ¡Cuánto me alegro de acogerte en «Aguas Mil»
¡No podía dudarse de la cordialidad ni del caluroso saludo del ranchero! Esta cordialidad alteró un poco la serenidad que se reflejaba en el rostro de Dorn.
—Muchas gracias. Es muy agradable el venir aquí... Y, sin embargo, es... es doloroso.
Lenore observó que su garganta se hinchaba. Su voz parecía opaca y llena de emoción.
—Tienes malas noticias que comunicarme —dijo Anderson—. Bien, olvidémoslo por ahora... ¿Has cenado?
—Sí. En Huntington. Podría haber llegado antes aquí, pero se nos reventó un neumático. Mi conductor me dijo que los hombres de la I.W.W. arrojaban botellas rotas a las carreteras.
¿Dónde demonios he oído yo ese nombre? —preguntó Anderson enigmáticamente—. Rompiendo bo— tellas, ¿eh? Bueno, dentro de muy poco tendrán también rotas las cabezas... Siéntate, Dorn. Pareces encontrarte muy bien, aunque estás un poco pálido.
—Mi padre ha muerto. —dijo Dorn.
—¡Cómo! ¿Tú padre? ¿Ha muerto?... ¡Ah, eso es horrible!
Lenore experimentó un impulso casi incontenible que la obligó a aproximarse a Dorn.
—Eso es una sorpresa —exclamó Anderson roncamente—. ¡Dios mío, pero es cosa que puede suceder a cualquier hombre en cualquier momento! ... Vamos, cuéntanos todo lo referente a la muerte de tu padre, y comunícanos el resto de las malas noticias... Dínoslo. Entonces, es posible que Lenore y yo...
Pero Anderson no concluyó la frase.
Dorn comenzó a hablar con rostro dolorido, y sus profundos y oscuros ojos estaban cargados de tristeza.
—Malas noticias son, efectivamente... Señor Anderson, la I.W.W. nos señaló... Creo que recordará usted las sugestiones que me hizo acerca de que mis vecinos me ayudasen a recoger mi trigo rápidamente; fui a buscarlos y casi todos ellos acudieron a mis campos. Antes habíamos encontrado materias incendiarias por todas partes. Después, cuando llegó el calor del día, brotaron incendios a nuestro alrededor. Mis vecinos abandonaron sus propios campos incendiados para salvar el nuestro. Combatimos el fuego. Combatimos incansablemente hasta una hora muy avanzada de la noche... Mi padre se enfureció; casi había enloquecido al descubrir el modo como había sido traicionado por Glidden. Usted recordará el... el complot en el cual, hasta cierto punto, estaba complicado mi padre. Mi padre no quería creer que la I.W.W. quemara su trigo. Y cuando estallaron los fuegos, trabajó como un loco para extinguirlos... ¡Eso le maté! Yo no estaba a su lado cuando murió, pero sí Jerry, que dice que sus últimas palabras fueron: «¡Di a mi hijo que me equivocaba!»
... Doy gracias a Dios por haber permitido que me enviara aquel mensaje. Creo que con él mi padre comprobó la iniquidad que cometían los alemanes... Bien, mi vecino Olsen dirigió la recolección. Y consiguió que se hiciera con rapidez. Me habría gustado mucho que usted y la señorita Anderson hubieran visto aquel conjunto de grandes máquinas que se emplearon en un solo campo. ¡Fue magnífico! Recogimos sobre treinta y ocho mil bushels y llevamos todo el trigo hasta los elevadores de la estación... ¡Y aquella misma noche la I.W.W. incendió los elevadores!
El rostro de Anderson se cubrió de un color purpúreo. El ranchero parecía a punto de estallar. En el fondo de su garganta se produjo una especie de zumbido, que Lenore sabía que no era otra cosa que unas maldiciones reprimidas a causa de su presencia. En cuanto a ella misma, en sus sentimientos había una extraña mezcla de tristeza por Dorn y de orgullo por el furor que experimentaba su padre, y, además, algo inexpresablemente dulce relacionado con la revelación que había de hacer a aquel desgraciado joven. Pero no pudo pronunciar ni una sola palabra en aquel momento, y creyó ver que a su padre le sucedía lo mismo.
Evidentemente, el relato de la historia contribuyó a desahogar el pecho de Dorn. Se puso en pie, abrió la maleta y sacó de ella varios papeles.
—Señor Anderson, me agradaría arreglar en este mismo instante la cuestión que tenemos pendiente.
Quiero quitarme esa preocupación.
—Continúa, hijo —contestó Anderson. Exhaló un profundo suspiro y se dejó caer sobre una silla al mismo tiempo que buscaba una cerilla para encender el cigarro. Cuando lo hubo encendido, aspiró una gran bocanada de aire y, con ella, otra mayor de humo.
—Quiero que arreglemos la cuestión... de la tierra... y de la propiedad..., y pagar la hipoteca y los intereses —continuó Dorn ansiosamente, y se detuvo.
—Perfectamente. Lo esperaba —contestó Anderson mientras exhalaba una espesa nube de humo.
—Lo que sucede es... —al llegar a este punto Dorn dudó un momento; evidentemente, luchaba contra una dificultad de expresión—. Que la propiedad vale más que la deuda.
—Así es. Lo sé —dijo Anderson en tono animador.
—Prometí a nuestro vecino cierta cantidad de dinero por hacer la recolección de mis campos. ¿Recuerda que fue usted mismo quien me lo aconsejó? Pues bien: mis vecinos abandonaron sus campos de trigo y de cebada, que se quemaron, para salvar los nuestros. Y tras recoger el trigo, lo transportaron hasta la estación del ferrocarril... Debo a Andrew Olsen quince mil dólares para sí mismo y para los hombres que trabajaban con él... Si pudiera pagar esa cantidad... sería... casi feliz... ¿Cree usted que mi propiedad vale todo eso más que mi deuda?
—Creo que... ése debe ser el exceso de su valor —replicó Anderson—. Enviaremos el dinero a Olsen...
Lenore extiende un cheque a favor de Andrew Olsen por valor de quince mil dólares.
La mano de Lenore tembló al escribir lo que el padre le había ordenado. El cheque fue el más defectuosamente escrito de cuantos Lenore había extendido en toda su vida. En aquel momento le parecía que poseía un corazón demasiado grande para que pudiera caber en su pecho. ¡Cuán tranquilo, cuán frío estaba su padre! Jamás le había querido tanto como entonces. Cuando levantó la vista del trabajo que estaba realizando, vio que en Kurt Dorn se había operado un cambio, que llenó de tristeza sus ojos.
—Toma, envíaselo a Olsen —dijo Anderson—. Iremos a la ciudad mañana o pasado mañana para arreglar los papeles.
Lenore se vio obligada a retirar la vista de Dorn, y oyó que con ronco y estrangulado acento intentaba expresar su gratitud.
—¡Ah! ... ¡sí..., sí! —le interrumpió Anderson—.Ahora, escúchame: las cosas no están tan mal como parecen. Por ejemplo: aquí, en el valle, vamos a derrotar a la I.W.W.
—¿Cómo podrá usted hacerlo? Está compuesta de muchísimos hombres —contestó Dorn.
—Ya lo verás. Estamos esperando que se presente la ocasión.
—He visto centenares de hombres de la I.W.W. entre este lugar y Kilo.
—¿Eres capaz de distinguir a los miembros de la I.W.W. de cualquier otro agricultor? —preguntó Anderson.
—Sí, lo soy —contestó Dorn con tristeza.
—En ese caso, me parece que vamos a tener mucha necesidad de ti —dijo secamente el ranchero—. Dorn, tengo que hacerte una gran proposición.
Lenore se volvió de nuevo, como atraída por las palabras de su padre. Dorn parecía hallarse más tranquilo que anteriormente.
—¿Sí? —preguntó sorprendido.
Sí. Pero no hay necesidad de que nos apresuremos; podemos dejarlo para más tarde.
—Preferiría oírlo ahora mismo. Mi estancia aquí ha de ser muy corta. Yo... yo..., usted sabe...
—¡Hum! Sí, lo sé... Bien, he aquí mi proposición: ¿Quieres ser compañero mío de negocios? ¿Quieres trabajar aquel trigal del Recodo, aquel trigal tuyo, para mí... y que nos repartamos las utilidades?... Pero principalmente quiero que te hagas cargo de «Aguas Mil». Como ves, no soy tan... tan ágil ni tan activo como en mis buenos tiempos. Es un cargo muy importante, que representa mucho trabajo, y tengo una gran confianza en ti. Vivirás aquí, naturalmente, e irás de un lado para otro en alguno de mis automóviles. Tengo algunos proyectos para el mejoramiento de estas tierras y... para decirlo en dos palabras: te espera un gran porvenir en el Noroeste.
—Señor Anderson —exclamó Dorn con una especie de embeleso de sus mejillas—. ¡Eso es magnífico! ¡Es hasta demasiado bueno para que pueda parecer verdad! ¡Qué bueno es usted! ... Si tuviera la suerte de regresar de la guerra...
—Hijo mío, tú no irás a la guerra —le interrumpió Anderson.
—¿Cómo? —exclamó en tono inexpresivo Dorn. Y miró a Anderson interrogativamente, como si no hubiera oído bien.
Anderson repitió serenamente su afirmación. Estaba sonriente, tenía una expresión cariñosa; pero tras aquella expresión y aquella sonrisa afloraba lo que había hecho de él lo que era.
—Pero... ¡sí que iré! —exclamó rápidamente el joven con la entonación adecuada para desvanecer lo que suponía era una mala interpretación de sus palabras.
—Escucha, tú eres como todos los jóvenes; tienes la cabeza demasiado exaltada y eres en exceso súbito. Permíteme que hable unos momentos —continuó Anderson. Y comenzó a explicar lo que suponía que sería el porvenir del Noroeste. Habló de manera autorizada, propia del agricultor que conocía bien la cuestión; pero lo que predijo pareció casi un cuento de hadas. Luego pasó a exponer las necesidades del Gobierno y del ejército y finalmente las de la nación. ¡Todo dependía de los agricultores! ¡El trigo era verdaderamente el soporte de la vida y de la victoria! El joven Dorn era uno de los agricultores a quienes no podía renunciarse. El patriotismo era una cosa noble. El guerrear, sin embargo, no constituía el único deber y la única lealtad que podían guardarse a la patria. Aquélla era una guerra económica, una guerra de pueblos, y la nación que estuviera mejor alimentada podría sostenerse durante más tiempo. La aventura y el mal interpretado romanticismo de la guerra atraían a todos los fogosos jóvenes americanos... Y era conveniente que estos jóvenes fueran llamados para guerrear. Pero esto no significaba que también hubieran de ser llamados los jóvenes agricultores que tenían unos campos de trigo que cultivar.
—Pero yo he sido ya reclutado.
Dorn hablaba agitadamente. Parecía sorprendido por la seca e intencionada elocuencia de Anderson.
Su inteligencia aceptaba sin vacilaciones la argumentación del agricultor, pero su instinto se revolvía contra ella.
—Pueden hacerse exenciones, muchacho. Y conseguirla para ti es una cosa fácil —replicó Anderson.
—¡Exención! —repitió Dorn., y una cálida corriente de sangre se subió a las sienes—. ¡Yo no querría..., no podría pedirla!
—No es necesario que lo hagas —dijo el ranchero—.Dorn, ¿recuerdas a aquel oficial de Washington que te visitó hace cierto tiempo?
—Sí —respondió Dorn en voz baja.
—¿Te dijo algo acerca de tu exención?
—No. Me preguntó si yo la querría. Y eso es todo.
—Bien, pues en aquel mismo momento la obtuviste. Yo me cuidé de conseguirla para ti. Aquel oficial del Gobierno aprobó cordialmente mi recomendación de que se te eximiese del servicio militar. Y él mismo consiguió tu exención.
—¡Anderson!... ¿Usted... se cuidó... de ese asunto? —exclamó Dorn, al mismo tiempo que se levantaba.
Si anteriormente había tenido el rostro pálido, en aquel momento lo tenía cubierto de lividez.
—Así fue... ¡Dios mío! Dorn, no creas que he puesto en duda tu valor ni siquiera un instante... Lo que sucede es que no se te necesita... o, más bien, que se te necesita aquí... He permitido que mi hijo Jim fuese a ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m la guerra. ¡Ya era bastante para una familia!
Mas Dorn no comprendió el significado de las palabras de Anderson.
—¿Cómo se atrevió usted...? ¿Qué derecho tenía...? —preguntó enojado.
—No tenía ningún derecho, muchacho —replicó Anderson—. Me limité a recomendarlo al oficial, y el oficial aprobó mi recomendación.
—¡Pero yo me niego! —exclamó Dorn con creciente furor—. No aceptaré esa exención.
—Habla con sentido común, aun cuando estés loco —replicó Anderson al mismo tiempo que se levantaba—. Te he rendido un gran homenaje, muchacho, y te he ofrecido muchísimo. Me parece que más de lo que tú sospechas... ¿Por qué no quieres aceptar la exención?
—¡Quiero ir a la guerra! —fue la seca y firme respuesta.
—Pero eres necesario aquí. Aquí serás más que un soldado. Podrás hacer más por tu patria que si dieras cien vidas en los campos de batalla. ¿No lo comprendes? ¿No puedes comprenderlo?
—Sí, puedo comprenderlo —asintió Dorn a regañadientes.
—No eres tonto, y eres un americano leal. Tu deber consiste en permanecer en tus campos y producir trigo.
—Tengo un deber para conmigo mismo —replicó sombríamente Kurt.
—Hijo, la fortuna te mira cara a cara... aquí. ¿Te volverás de espaldas a ella?
—Sí.
—¿Quieres ir a la guerra? ¿Quieres luchar?
—Sí.
—¡Ah! ¡Ah! —Anderson levantó ambas manos como si con este ademán se propusiese reconocer su derrota—. Quieres matar algunos alemanes, ¿eh?... Entonces, ¿por qué no sales a mis campos para combatir contra esos alemanes de la I.W.W.?
Dorn no encontró respuesta adecuada a estas palabras.
—Bien, lo lamento mucho continuó Anderson—. Veo que esta región es un lugar desagradable para ti, aunque no puedo comprender por qué ha de serlo. Perdóname que me haya metido en tus asuntos... Y ahora, teniendo en cuenta que he podido serte útil en otras ocasiones, espero que no te negarás a permanecer en mi casa algunos días. Todos te debemos muchísimo. Mi familia quiere corresponderte.
¿Te quedarás?
—Muchas gracias... Sí... Por pocos días... —contestó Dorn.
¡Conforme! Siempre es un consuelo. Es posible que después de que hayas recorrido «Aguas Mil»
en compañía de Le..., de las muchachas..., comiences a mostrarte más razonable. Así lo espero.
—¡Cree usted que soy desagradecido! —exclamó Dorn, dolorido.
—No creo nada —replicó Anderson—. Te pongo en manos de Lenore.—Y se rió al pronunciar estas palabras que auguraban la futura derrota de Dorn. Y la mirada que dirigió a Lenore equivalía a decir que el resultado dependía enteramente de ella y .que él no tenía ninguna duda respecto a cuál habría de ser—.
Lenore, llévale a que conozca a tu madre y a las pequeñas, y atiéndele. Tengo algún trabajo que hacer...
Lenore se ruborizó y se alegré de que Dorn no la mirase. Kurt parecía sumido en sombrías meditaciones. Cuando ella le tocó y le indicó que la siguiese, el joven se estremeció. Luego caminó tras ella hasta el vestíbulo. Lenore cerró la puerta del despacho de su padre, y en el mismo instante en que se ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m quedó a solas con Dorn se vio asistida de una firme calma.
—Señorita Anderson... Preferiría no ver a su madre y a sus hermanas esta noche —dijo Dorn—. Estoy trastornado... ¿No sería conveniente esperar hasta mañana?
—Perfectamente. Por otra parte, creo que ya se han acostado... —contestó Lenore mientras dirigía la mirada hacia el gabinete—. Así es... Venga, vamos a la salita.
Lenore encendió las luces que se hallaban veladas por unas pantallas, de la bonita habitación. ¡Qué inexpresable era la emoción que experimentaba al hallarse a solas con él, libre del tormento que la había acometido anteriormente! Parecía haber adivinado la existencia de un obstáculo casi infranqueable en la voluntad de Dorn. La joven carecía de la seguridad, de la firmeza de su padre. Y temblaba al comprender su responsabilidad, al comprender que la realización de los vehementes deseos de su padre, que el porvenir de ella misma, de su amor, de su noviazgo dependían completamente de lo que hiciera y dijera. Pero al mismo tiempo se daba cuenta de que ya era una mujer. Y se hacían necesarios los encantos y la habilidad de una mujer, y un amor de mujer, para alterar la voluntad de aquel trágico muchacho.
—Señorita Anderson... —comenzó a decir.
—Hágame el favor de llamarme Lenore. Me siento tan... tan intimidada cuando me habla usted con tanta ceremonia... Mis amigos me llaman Lenore —dijo ella.
—¿Quiere usted decir que... que me considera amigo suyo?
—Ciertamente. Así es —contestó sonriendo Lenore.
—Creo que... Creo que interpreté mal su petición de que viniera a visitarla —dijo Kurt Muchas gracias.
Estoy orgulloso y alegre de que me llame amigo suyo. ¡Será muy dulce recordarlo... cuando esté lejos... allá!
—Me agradaría saber si podremos hablar de algo que no represente disgustos o guerra —dijo en tono de queja Lenore—. Si no podemos, entonces, miremos su aspecto más brillante.
—¿Hay un aspecto brillante? —preguntó él sonriendo tristemente.
—Todas las nubes lo tienen... Por ejemplo si fuese usted a la guerra...
—No si fuese. Voy a ir —la interrumpió Dorn.
—¡Oh, eso dice usted! —replicó con dulzura Lenore. Y experimentó en el fondo de su ser el nacimiento del eterno y tremendo antagonismo femenino, que aceleró el ritmo de su pulso—. Haga usted lo que mejor le parezca, pues. Pero repito que si fuese a la guerra deberá pensar cuán hermoso sería para mí el recibir cartas de usted, desde los frentes..., y contestarlas.
—¿Le agradaría tener noticias mías...? ¿Me contestaría usted? —preguntó él, sorprendido.
—Seguramente. Y haré calcetines para usted.
—Es usted... muy buena, ¡muy buena! —afirmó él con emoción.
Lenore vio que sus ojos se contraían. ¡Cuán sensitivo era aquel joven! Si de aquel modo exageraba lo que sólo era una pequeña amabilidad por parte de ella, si reaccionaba con tanta emoción, ¡qué haría cuando le descubriese la grande y maravillosa verdad de su amor? Lenore desfallecía sólo al pensarlo.
—Irá usted a un campo de instrucción —continuó Lenore—. Y, puesto que tiene una buena constitución física y es inteligente, obtendrá algún cargo... y luego irá... a Francia —Lenore tartamudeé un poco al imaginar aquella posibilidad—. Se encontrará usted en el corazón de las grandes batallas. Y dará y tomará... Y matará a algunos de... esos... alemanes. Será usted herido. Lo ascenderán... Y, después, los aliados ganarán la guerra. ¡El formidable ejército del Tío Sam habrá salvado al mundo...!
¡Glorioso! ¡Volverá usted..., volverá a nuestro lado... para ocupar el puesto que mi padre le ha ofrecido...! ¡Éste es el aspecto brillante de la cuestión!
Ciertamente, el brillo parecía iluminar el rostro de Dorn. —Jamás supuse que fuera usted como es —dijo soñadoramente.
—¿Cómo?
—No sé exactamente lo que he querido decir. Únicamente que es usted diferente... a mis fantasías.
No es usted fría... ni altiva.
—Ahora comienza usted a conocerme. Eso es todo. Y cuando haya permanecido aquí unos cuantos días...
—¡Por favor! No haga que la situación sea más dolorosa para mí —la interrumpió suplicante Dorn—.
No puedo quedarme.
—¿No quiere usted? —preguntó ella.
—Sí. Y me quedaré un par de días. Pero no más tiempo. Y entonces me será muy duro marcharme.
—Acaso... yo..., nosotros, ¿haremos que sea tan duro para usted que no pueda marcharse?
Y entonces él la miró fijamente, escrutadoramente, como si en aquel momento advirtiera la existencia de una voluntad opuesta a la suya, de una convicción que no armonizaba con la de él.
—¿Va usted a continuar... a continuar realizando intentos para obligarme a cambiar de modo de pensar?
—Ése es mi propósito —replicó ella tanto intencionada como anhelantemente.
—¿Por qué? Creí que respetaría usted mi concepto del deber.
—Su deber reposa aquí más que en los frentes. El representante del Gobierno lo ha dicho. Mi padre lo cree. Yo también... Es preciso que piense usted que acaso su deber... no sea el que supone.
—Usted me tiene lástima. Me compadece. Cree que sólo puedo ser carne de cañón para los alemanes.
Quiere mostrarse amable, cariñosa, atenta conmigo... Obligarme a que vaya acompañado de mejores pensamientos cuando me marche... ¿No es eso lo que se propone?
Kurt estaba impaciente, nervioso, casi enojado. Parecía como si pretendiera atravesar a Lenore con las miradas. Todo cuanto había en él; su rostro trágico, su tristeza, su actitud de derrotado, su lucha para mantener en alto su entereza y por continuar teniendo fe en pensamientos más nobles, todo esto constituía un llamamiento a la compasión de Lenore, a su amor, y a su espíritu misericordioso de mujer. La muchacha se estremeció de nuevo, a punto de descubrirse y hacer traición a su secreto. Y sólo fue el temor lo que impidió que lo hiciera.
—Kurt..., creo que voy a darle la sorpresa más grande de toda su vida —contestó mientras hacía un esfuerzo por sonreír.
—No me extrañaría que así fuera —dijo Kurt—. Ustedes, los Anderson, siempre reservan alguna sorpresa... Pero yo querría que no hiciera usted nada más en mi favor. Soy exactamente igual que un perro: cuanto más buena sea usted conmigo, tanto más la querré... ¡Qué terrible es el tener que ir a la guerra, a la violencia, al derramamiento de sangre, a la muerte, a todo cuanto es brutal... cuando llevo el corazón y la inteligencia llenas de amor de una mujer noble como usted...!
A Lenore le parecía un verdadero hombre, tan alto, tan esbelto, con el rostro tan pálido, con los ojos llenos de fuego, con su sencillez, con su trágica renuncia a todo lo que para la mayoría de los hombres constituía lo mejor de la vida. La ocasión de Lenore se presentó en aquel instante; pero la joven se sintió en absoluto incapaz de apreciarlo. La sangre le corría atropelladamente por las venas, cálida y fuerte. ¡Si Lenore hubiera podido tener confianza en sí misma...!¿0 acaso sería que todavía se cuidaba demasiado de sí? El momento no había llegado todavía. Y en el fondo de su agitación experimentó un furor fugaz al apreciar la ceguera de Dorn, al ver que la reverenciaba de un modo tan grande, que ni siquiera se atrevía a tocarle la mano. ¿Creería Kurt que ella era de piedra?
—Digámonos buenas noches —dijo Lenore—. Está usted muy cansado. Y yo... yo no estoy muy tranquila. Mañana seremos... buenos amigos... Mi padre le acompañará hasta su habitación.
Dorn oprimió la mano que ella le ofrecía y, después de haberse despedido, la siguió hasta el vestíbulo. Lenore dio unos golpecitos a la puerta del estudio de su padre y después la abrió.
—Buenas noches, papá. Me voy arriba —dijo—. ¿Quieres hacer el favor de atender a Kurt?
—Con mucho gusto. Entra, hijo —contestó el padre de Lenore.
Lenore se agitó bajo la sostenida mirada que Dorn le dirigió cuando pasó a su lado, y corrió escaleras arriba y se volvió al llegar a lo más alto. Las luces del vestíbulo estaban encendidas, y Dorn se hallaba bajo su resplandor, con el rostro hacia lo alto. Todavía había en él aquella dulce expresión de los últimos momentos de su entrevista. Lenore agitó una mano en señal de despedida y sonrió.
—¡Oh! ¿Dijo usted que no se iría? —preguntó Lenore. —Sólo he dicho buenas noches —contestó él. —Si no se fuera, nunca podría ser el general Dorn, ¿no es cierto? ¡Qué lástima!
—Iré. Y entonces seré «el soldado Dorn, desaparecido. Sin parientes» —contestó él.
Estas palabras atemorizaron a Lenore, cuyo corazón tembló. La joven le dirigió una mirada en la que puso toda sualma. Y lo supo y no le importó. Pero él no pudo verlo.
—Buenas noches, Kurt Dorn —dijo, y corrió a su habitación


XIX
Lenore despertó temprano. Los pájaros cantaban ante su ventana. La mañana parecía de oro. ¿Qué reservaría aquél día a Lenore? La joven se apretó fuertemente una mano contra el corazón, como si quisiera aquietarle. Pero el corazón continuó agitándose rápidamente, palpitando con una plenitud que casi era dolorosa.
Aun cuando se despertó pronto, era tarde ya cuando comenzó a bajar con desgana las escaleras que conducían al piso inferior. Habría acogido satisfecha todas las sugestiones y todos los trabajos que pudieran retrasar la dura prueba a que se hallaba sometida.
En el gabinete reinaba la alegría, y la risa de Dorn llenó de regocijo a Lenore. Las pequeñas se encontraban a su lado, y la voz agradable del padre se extendía sonora.
—¡Hola, Lenore! ¿Ya te has levantado? —saludó Anderson alegremente.
—Acabo de hacerlo... Papá, me ha costado trabajo, porque el día que se presenta ante mí es terrible —respondió ella.
—¡Ah! Levantarse en esas circunstancias es como levantarse para iniciar el trabajo... Lenore, la tarea más importante de la vida consiste en ocultar las angustias propias... Dorn parece un ser humano esta mañana. Las chiquillas lo han conquistado. Me parece que ese joven necesita que se le anime de ese modo.
Deja que las chiquillas continúen conversando con él. Luego, nuestra recolección está medio concluida.
Desde que comenzó, todos los días he esperado que se produjese algún acto de maldad. Pero todavía no ha sido así.
—¿Han sufrido algunos rancheros nuevos ataques? —preguntó ella.
—He oído rumores de algunos atentados que se han cometido. Pero los hechos que nos han referido los rancheros y los demás hombres que aquí han venido ayer, indican que los destrozos no han debido de ser importantes. Todos esos incendios de trigales, las destrucciones de máquinas y las huelgas de los obreros, no han llegado todavía al Valle Dorado. Aquí no va a ser necesaria la ayuda de la milicia. Es seguro.
—Padre, no conviene ser en exceso confiado —dijo con vehemencia Lenore—. Sabes que has sido sentenciado por la I.W.W., que cometerán actos de sabotaje en tus propiedades. Si no tienes cuidado..., en cualquier momento...
Lenore se detuvo y se estremeció.
—Muchacha, estoy exactamente en las mismas condiciones que en los antiguos días que se producían tantos robos de ganado. Y siempre me encuentro rodeado de vaqueros como Jake y Bill, y de antiguos obreros que no se separan de sus pistolas y saben vigilar con calma, como en los antiguos tiempos del Oeste.
Estamos esperando el momento en que los hombres de la I.W.W. se decidan a comenzar a obrar.
—Y entonces ¿qué? —preguntó Lenore.
—Pues entonces, expulsaremos y perseguiremos a esa cuadrilla con tanta rapidez, que se perderá entre el polvo.
—Pero si los expulsas, con ello sólo conseguirás que se vayan a algún otro Estado, donde ocasionarán perjucios a otros agricultores. Con ello, no habrás conseguido una buena obra.
—Me parece, querida, que has dicho algo muy sensato y muy fuerte —contestó Anderson seriamente; y salió.
Después, Kathleen entró saltando en el comedor. Sus hermosos ojos aparecían llenos de picardía y de animación.
—Lenore, tu nuevo pretendiente me gusta más que todos los demás —dijo.
Lenore no regañó a Kathleen, sino que se aproximó más a. ella y susurró:
—Quieres hacer lo que yo te diga? ¿Quieres que yo haga en tu favor todo lo que me pidas?
—¡Claro que sí! —contestó Kathleen al mismo tiempo que abría los ojos interrogativamente.
—Entonces, sé simpática, amable, buena, con ese joven... Oblígale a tomarte cariño... No le molestes hablándole de mis otros pretendientes. Piensa el modo cómo podrás conseguir que coja cariño a «Aguas Mil».
—¿Me prometerás... todo? — murmuró solemnementeKathleen. Resultaba evidente que las promesas de Lenore eran pocas y dignas de confianza.
—Sí. Te lo prometo, pero no has de decírselo a nadie.
Kathleen era una niña precoz que poseía todas las facultades de la juventud. No pudo comprender las razones de la petición de Lenore, pero advirtió que debía adoptar un modo de conducta nuevo y fascinante.
La vehemencia y la ansiedad de Lenore la desconcertaban.
—Trato hecho —dijo concisamente, lo mismo que si hubiera aceptado una prenda.
—Entonces, Kathleen, llévale a los jardines, a las huertas, las cuadras y los granos —indicó Lenore—. No dejes de enseñarle los caballos..., especialmente los míos... Llévale a los almacenes..., a todas partes, con excepción de los trigales. Quiero conducirle a ellos yo misma. Por otra parte, papá no quiere que vosotras, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m las pequeñas, vayáis a los campos en donde se hace la recolección.
Kathleen inclinó la cabeza en señal de asentimiento y regresó corriendo al gabinete. Lenore oyó que todos salían al exterior.
Antes de que hubiera concluido el desayuno, su madre se aproximé de nuevo a ella.
—Lenore, me gusta el señor Dorn —dijo pensativa—. Tiene unos ademanes anticuados que me recuerdan los de mis amigos cuando era joven. Quiero decir que es más cortés, más digno de lo que suelen serlo los muchachos de hoy. Y, además, es un joven muy guapo... Pero ¡tiene un rostro tan triste! Cuando sonríe parece un hombre diferente por completo.
—No es extraño que esté triste —contestó Lenore; y relató brevemente la historia de Kurt Dorn.
—¡Ah! —dijo la señora Anderson al mismo tiempo que exhalaba un suspiro—. Hemos tropezado con malos tiempos... ¡Pobre muchacho! ... Tu padre parece interesarse mucho por él. Y ¿tú también, hija mía?
—Sí, también yo —contestó Lenore dulcemente.
Dos horas más tarde, Lenore oyó la alegre risa de Kathleen y el ruido de sus ligeros pies. Lenore se quitó el sombrero de anchas alas y salió al pórtico. Dorn no era el mismo hombre sombrío que ella viera la noche anterior.
En aquel mismo instante Lenore advirtió que Kurt no se mostraba tan rígido ni preocupado. Kathleen le había transformado. Parecía más joven. En sus mejillas había reaparecido el color.
—Kathleen, yo me encargaré de atender al señor Dorn, si quieres concederme ese placer.
—Me molesta renunciar a él, Lenory. Nos hemos divertido mucho.
—¿Le ha agradado «Aguas Mil»?
—Si no le ha agradado, entonces habrá que creer que sabe fingir muy bien —contestó Kathleen—; pero le ha gustado. A mí no es posible engañarme. Creí que nunca conseguiría atraerle otra vez hacia la casa—.
Después, al mismo tiempo que subía los escalones del pórtico, apuntó a Dorn con un dedo—. No lo olvides.
—Nunca lo olvidaré —prometió Dorn; y lo hizo con tanta vehemencia como amabilidad había puesto Kathleen en sus palabras. Después, cuando la niña hubo desaparecido, Dorn dijo a Lenore—: ¡Qué chiquilla más adorable!
—¿Le gusta Kathleen? ¿La quiere usted?
—¡Quererla! —Dorn se rió de un modo expresivo—. Mi vida ha estado vacía hasta ahora. Ahora lo comprendo.
—Venga. Vamos al trigal —invitó Lenore—. ¿Qué le parece «Aguas Mil»? Ésta es la época de la recolección. Ha llegado usted a «Aguas Mil» en su época más espléndida.
—Apenas podré manifestarle mi impresión —contestó él—. He vivido durante toda mi vida en mis desnudas colinas. Me parece que he entrado en un mundo nuevo. «Aguas Mil» es un rancho como jamás creí que pudiera existir. Los huertos, el fruto, los jardines... y agua corriente por todas partes. ¡Todo tiene ese color verde, ese rojo, ese púrpura que se destacan ante el fondo de oro resplandeciente! ... «Aguas Mil» es lujuriante y fructífero. El Recodo es un desierto.
—Ahora, después del paseo, ¿le gusta más «Aguas Mil» que sus desnudas colinas?
Kurt vaciló.
—No lo sé —contestó despacio—. Pero es posible que aquel desierto en que siempre he vivido sea causa de que no me falte lo mucho que me falta.
—¿Le agradaría quedarse en «Aguas Mil»... si no fuera a la guerra?
—Preferiría «Aguas Mil» a cualquier otro lugar del mundo. Es un verdadero paraíso. Pero no querría «quedar me aquí.
Por qué? Cuando vuelva..., usted lo sabe..., mi padre le necesitará. Y en el caso de que a él le sucediese algo, habré de ser yo quien se encargue de dirigir el rancho. Y entonces, necesitaré la ayuda de usted.
Dorn se detuvo en seco y la miró fijamente, como si no hubiera comprendido bien las palabras que había oído.
—Lenore, si poseyera usted este rancho ¿querría que yo fuera... que yo fuera su administrador? —preguntó con brusquedad Kurt.
—Sí —contestó ella.
—¿,Lo haría usted, aun sabiendo que estoy enamorado de usted?
—¡Ah! Lo había olvidado —contestó ella riendo—. Sería un poquito desconcertante... y divertido, ¿no es cierto?
—Sí, lo sería —asintió él con tristeza; y reanudó la marcha. Luego hizo un gesto de amarga decepción—.
Sabía que usted no me había tomado en serio.
—Creí lo que me dijo; pero no podía tomarle muy en serio —murmuró ella.
—¿Por qué no? —preguntó él del mismo modo que si hubiera recibido un alfilerazo; y sus ojos lanzaron a la muchacha una mirada agresiva.
—Porque su declaración no fue acompañada de la usual... pregunta... que una muchacha espera en tales circunstancias.
—¡Dios mío! ¿Usted lo dice?'... Lenore Anderson, cree que no fui sincero, sencillamente porque no le pedía que se casara conmigo —aseguró él con amarga tristeza.
—No. Me he limitado a decir que usted no habló... muy seriamente —replicó ella. Era fascinante atormentarle de aquel modo; mas a ella le dolía también. Lenore estaba jugando al borde de un precipicio, sin miedo a dar un paso en falso, sino alegrándose ante la perspectiva de dar un salto hacia el abismo. Un algo muy profundo y muy extraño que brotaba de su interior ordenó a Lenore que obligase a Kurt a demostrarle cuánto la amaba. Y si con esto le conducía a la desesperación, ella misma le recompensaría.
—Me voy a la guerra —comenzó a decir con pasión Kurt —para luchar por usted y por sus hermanas...
Estoy arruinado... El único sentimiento noble y elevado que me queda, el único que me acompañará en las horas negras, es mi amor por usted. Si usted no lo cree, seré ciertamente el más desgraciado de los mendigos. Muchos jóvenes que van a los frentes dejan tras sí personas a quienes aman. Yo no tengo a nadie, sino a usted... ¡No me haga ser cobarde!
—Le creo. Perdóneme —rogó ella.
—Si le hubiera pedido a usted que se casase conmigo..., ¡conmigo! ..., entonces habría sido un tonto egoísta y ridículo. Usted está muy por encima de mí. Y quiero que sepa usted que lo es... Pero, aun si yo no poseyera... la sangre que poseo..., aun entonces, aunque me hallara en estado próspero en vez de arruinado, jamás se lo habría pedido, no siendo en el caso de que regresara de la guerra indemne y sano.
Habían estado paseando a través de la senda durante esta conversación, y llegaron hasta muy cerca del trigal. El día era muy cálido pero agradable, y el seco viento estaba cargado del aroma de las mieses. El zumbido de las maquinarias era parecido al que se produce en un molino harinero.
—¿Si usted fuese a la guerra... y regresase de ella...? —exclamó Lenore. Se proponía no experimentar piedad por él. ¡Cuán increíblemente ciego era! Y, sin embargo, ¡cuánto se alegraba ella de que lo fuera! Kurt ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m se parecía a sus desiertas colinas, desnudas de muchas cosas pequeñitas, pero ricas en oculta fortaleza heroica.
—En ese caso, sólo por el gusto de añadir una más a las conquistas del amor, voy a... voy a proponer a usted que se case conmigo —declaró Kurt bromeando.
—¡Cuidado, joven! Sería posible que lo aceptase —respondió ella.
La actitud de broma de Kurt fue de corta duración. Kurt no podía sentirse alegre, ni siquiera hallándose bajo la influencia de Lenore.
—¡Tenga la bondad de no burlarse! —rogó Dorn con el ceño arrugado—. ¿No es posible que hablemos de algo que no sea el amor o la guerra?
—Son dos temas que están de actualidad —contestó ella audazmente—. Por otra parte, no hay duda de que es justo que nos ocupemos de ellos.
—No, no es justo —replicó él con voz baja y vehemente—. Por esta causa, y de una vez para siempre, permítame que le ruegue que no traiga a colación esas cuestiones. ¡Oh, sé bien lo muy amable que es usted!
Es usted una mujer que prodiga palabras y miradas sorprendentes. No puedo comprenderlas... ¡Pero le suplico que no me ponga en una situación ridícula!
—Pero si me dedica tales cumplidos y... me agradan..., ¿qué he de hacer? Es usted muy original... y muy galante, señor Kurt, y... casi diría que le aprecio.
—¡Terminaré enfadándome con usted! —amenazó Kurt.
—¡No podría! ... Soy la única mujer a quien va a abandonar cuando se vaya a la guerra..., y si se enfadase conmigo no le escribiría jamás.
Lenore se conmovió y su corazón se vio acometido de una insoportable angustia al ver el modo como estas palabras afectaban a Kurt, que se encontraba a todas luces atormentado. El joven creía que ella había hablado con ligereza, frívolamente, tan sólo por el gusto de atormentarle, que Lenore era una mujer de corazón alegre, caprichosa y que se encontraba un poco orgullosa de la conquista que había realizado al esclavizarle.
—Me entrego. Diga lo que quiera —dijo resignado—. Estoy dispuesto a tolerarlo todo..., solamente animado por la esperanza de recibir cartas de usted.
—Si así fuera usted, le escribiría con tanta frecuencia como desease que lo hiciera —replicó ella.
Llegaban junto al trigal cuando Lenore terminó de pronunciar estas palabras. Las máquinas moteaban la dorada pendiente, y por todas partes podían verse almiares. Los caballos, los carros y los hombres se extendían en una larga línea que llegaban hasta donde la vista podía alcanzar. Unas masas de paja, de humo y de polvo se elevaban en el aire.
—Lenore, ¡hasta en el mismo aire hay perturbaciones! —exclamó Dorn—. ¡Mire!
Lenore vio un apretado grupo de hombres que se congregaba en torno a una de las grandes máquinas.
Alguien gritaba enérgicamente.
—Alejémonos de las perturbaciones y los disgustos —contestó Lenore ¡Ya son bastantes los nuestros!
—Voy a ver lo que sucede —dijo Dorn—. Acaso sea conveniente que me espere usted... o que vuelva a su casa.
—¡Eh! Es usted el primer joven que..:
—¡Vamos! —la interrumpió él con triste expresión que pretendía ser alegre—. Creo que me gustaría que viera usted el modo como me enfurezco y como procedo... en el caso de que se trate de alguna de las ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m maniobras de la I.W.W.
Antes de que hubieran llegado al lado del grupo, Lenore oyó y vio a su padre. Estaba terriblemente enojado, y no se dio cuenta de la presencia de su hija, Jake y Bill, los vaqueros, iban y venían junto a él.
Anderson se dirigía sucesivamente a uno y otro lado de la enorme máquina segadora. Lenore no conocía a ninguno de los trabajadores, ni siquiera al que guiaba la potente máquina. No constituían una reunión típica de agricultores del Oeste; esto era evidente. A la joven no le agradaron las hoscas expresiones de los hombres. Y las imprecaciones murmuradas de Dorn cuando ambos se aproximaban a ellos, sirvieron para confirmar su opinión.
El capataz de Anderson estaba pálido y gesticulaba con vehemencia.
—No, no te hago responsable —gritaba el ranchero—. Pero quiero que se haga algo... Necesito saber por qué se, ha estropeado esta máquina.
—Se hallaba en perfectas condiciones para el trabajo —replicó el capataz—. No sé por qué causa se habrá estropeado.
—Es la cuarta máquina que se inutiliza en dos días. Estoy seguro de que no ha sido por accidente —gritó Anderson. Y en aquel mismo momento vio a Dorn y le hizo una seña para que se aproximase—. ¡Ven, Dorn!
—dijo al mismo tiempo que daba unos pasos para salir del grupo de hombres—. No sé qué ha sucedido. La nueva segadora se ha estropeado. Es una máquina McCormick, y no la conocemos bien; pero ha trabajado admirablemente hasta ahora, y creo que alguien ha debido cometer un acto de sabotaje... ¿Conoces estas segadoras de McCormick?
—Sí. Son muy buenas —contestó Dorn.
—¡Ah! Entonces, quítate la chaqueta y mira a ver lo que le ha sucedido a ésta.
Dorn se quitó la chaqueta e iba a arrojarla al suelo, cuando Lenore extendió un brazo para recogerla.
—Desenganchen los caballos —ordenó Dorn.
Anderson transmitió esta orden, que fue cumplida inmediatamente. Después Kurt desapareció por detrás y debajo de la máquina.
—Lenore, estoy seguro de que antes de que haya pasado un minuto nos dirá qué ha sucedido —dijo Anderson a su hija—. Estas máquinas tan complicadas son un problema para mí. No sé nada de mecánica.
—Papá, no me gusta el aspecto de tus trabajadores —murmuró Lenore.
—Son una muestra de la clase de los que he contratado para hacer la recolección. No me parece que sean buena compañía para ti, querida.
—De todos modos, voy a quedarme —contestó ella.
Dorn debía de hallarse en algún lugar, debajo o detrás de la máquina, y armaba un gran barullo. Unos chirridos y chasquidos dieron fe de la impaciencia y de la actividad de la búsqueda.
Al cabo de unos momentos reapareció. Tenía la blanca camisa por completo cubierta de grasa, de polvo, de paja. La paja se le había adherido, además, al cabello. En una de las manos llevaba una llave de tuercas muy grande. Lo que más llamó la atención a Lenore fue la extraña firmeza de la mirada que dirigió a su padre.
—Anderson, en seguida supe dónde podría encontrarla —declaró con voz dura y vibrante—. Esta llave de tuercas fue arrojada a la plataforma, llevada hasta el elevador, que la condujo al trillo... ¡Su máquina está destrozada interiormente, inutilizada por completo para el trabajo!
—¡Ah! —exclamó Anderson en el mismo tono que si la verdad constituyera un gran consuelo para él.
—¿De dónde procede esa llave inglesa? —preguntó el horrorizado capataz—. No es nuestra. No tenemos ninguna de esa clase.
Anderson hizo un significativo gesto de llamada dirigido a los vaqueros. Todos ellos se alinearon a su lado, y, lo mismo que él, todos tenían una expresión amenazadora.
—Ven aquí, Kurt —rogó Anderson; y luego, poniendo a Lenore ante sí, se separó unos pasos, hasta llegar a un punto desde el cual las palabras que pronunciase no pueden ser oídas por los obreros contratados para hacer la recolección—. Oye, tú comprendiste que la máquina no se estropeó por accidente, ¿no es cierto?
—Anderson, he tenido una triste experiencia en mi última recolección —contestó—. Y tengo la seguridad de que me sería posible descubrir quién arrojó la llave de tuercas al interior de la máquina.
—No lo dudo, muchacho; pero ¿cómo?
—Ha debido de ser arrojada por uno de esos hombres que se encuentran cerca de la segadora. La máquina no ha podido recorrer más de veinte pies a partir del punto en que el acto se produjo... Permítame enfrentarme con esos hombres. Le prometo que descubriré al culpable.
—Espera hasta que Lenore se haya separado de nosotros —replicó Anderson.
—Patrón, yo y Bill respondemos de nuestros trabajadores; no hay riesgo para nadie —dijo fríamente Jake.
La respuesta que Anderson se disponía a pronunciar fue interrumpida por una seca explosión, que llenó de espanto a Lenore. La joven creyó que una de las máquinas de vapor había estallado.
Lanzando gritos y exclamaciones, los trabajadores corrieron hacia el escenario del nuevo suceso y dejaron tras sí a Anderson, su hija y el capataz. El humo brotaba en abundancia de la enorme segadora. Los trabajadores corrían desenfrenadamente de un lado para otro, gritando, maldiciendo, evidentemente incapaces de hacer nada. La hilera de carros cargados de gavillas de trigo se rompió, y los hombres sujetaban a los espantados caballos. Después, las llamas sucedieron al humo que brotaba de la segadora.
—He oído hablar de máquinas incendiadas; pero jamás había visto ninguna —confesó Anderson, completamente desconcertado...—. ¿Cómo demonios ha podido suceder?...
—Es otra jugarreta de la I.W.W., Anderson —replicó Kurt—. Sin duda, alguno de los hombres de esa cuadrilla ha introducido una caja de cerillas en algún haz de trigo... ¡O, acaso, una pequeña bomba!
—¡Ah! ... ¡Vamos, vamos a ver cómo arde mi dinero! ... Kurt, estoy aprendiendo mucho en estos tiempos.
Dorn parecía incapaz de Dominarse. Se apresuró a correr delante de los demás. Y Anderson murmuré al oído de Lenore:
—¡Ya veremos lo que sucede! ¡Me parece que se aproximan acontecimientos!
Estas palabras alarmaron a Lenore, y, sin embargo, la produjeron una indefinible sensación de dicha.
La máquina segadora ardía como un castillo de naipes. Llegaron trabajadores de todas partes del campo. Pero nada podía hacerse por salvar la máquina. Anderson, asido al brazo de su hija, observó con calma cómo las llamas devoraban la segadora. La excitación se extendía por doquier; pero, no obstante, no se había apoderado del ranchero. El hombre estaba pensativo. El capataz salió de, entre los grupos de espectadores; se hallaba visiblemente disgustado. Dorn se había perdido de vista. Lenore todavía tenía la chaqueta en su poder y se preguntaba dónde estaría y qué estaría haciendo el joven. Se encontraba terriblemente indignada y maravillada de la serenidad de su padre. La voluminosa máquina quedó reducida, en el transcurso de pocos minutos, a un montón informe de maderas y hierros enrojecidos o ennegrecidos y humeantes.
Dorn llegó a grandes pasos. Aparecía con el rostro pálido y la boca contraída.
—Señor Anderson, tendrá usted que proceder con energía... ¡y pronto! —dijo con severidad.
—Es cierto. Estoy dispuesto a hacerlo, si ha llegado el momento oportuno —contestó el ranchero—. Mas ¿qué podremos demostrar?
—He aquí una prueba —declaró Dorn mientras señalaba la destrozada segadora—. ¿Conoce usted a todos sus trabajadores honrados?
—Sí, y dispongo de los suficientes para derrotar en pocos minutos a esa cuadrilla. Pero hemos de esperar. —¿Para qué?
—Creo que sería conveniente ver el giro que toman los acontecimientos.
—¡No los permita llegar más lejos! ... Mire a esos hombres. ¿Podría usted distinguir a los de la I.W.W.
de los demás?
—No. Para hacerlo, sería necesario que conociera a todos los trabajadores del campo que no pertenecen a la I.W.W.
—Todos los que no son conocidos de usted, pertenecen a esa cuadrilla —declaró enérgicamente Dorn mientras señalaba con una mano los grupos de hombres. Su aguda mirada recorrió los de aquellos que se hallaban más cerca, a los cuales pareció atravesar.
En aquel momento, Jake y Bill, acompañados de otros vaqueros, se aproximaron a Anderson.
—Otro accidente, patrón —dijo Jake, sarcástico—. ¿No es hora de que acorralemos a esa cuadrilla de malhechores?
Anderson no contestó. Había imitado la actitud de Lenore, cuya mirada seguía la misma dirección que la de Dorn. Y el objeto que la había atraído no carecía de interés. Era un hombre perteneciente al grupo que se hallaba más próximo, un hombre de aspecto tosco, que llevaba el sombrero inclinado sobre el rostro, de modo que le ocultaba los ojos. Cuando Lenore lo miró, pareció que el hombre se daba cuenta de repente de que era objeto de la atención de Kurt, por lo que dio la vuelta con toda rapidez con el fin de alejarse.
—¡Alto! —gritó Dorn con voz autoritaria que obligó a detenerse a todas las personas que se encontraban en aquella parte del terreno. Después, Kurt saltó materialmente para recorrer la distancia que le separaba del grupo.
—Vamos, muchachos —animó Anderson—. Dorn ha visto a alguien, y por ahora no necesitamos mas...
Lenore, no te separes de mí. Jake, ponte al lado de ella.
Todos se movieron aprisa para acercarse a Dorn, que ya había alcanzado al trabajador a quien ordenó que se detuviera. Anderson sacó un silbato de un bolsillo y emitió con él un silbido tan estridente, que casi ensordeció a Lenore y que debió de ser oído desde las partes más lejanas del terreno en que se hacía la recolección. No sería improbable que fuese una señal previamente acordada por Anderson y sus hombres.
Lenore supuso que todo había sido previamente concertado para una acción conjunta, y que su padre suponía que el acto de Dorn había provocado la culminación de los acontecimientos.
—¿No te he visto en alguna ocasión antes de ahora? —preguntó agresivo Dorn.
El preguntado movió negativamente la cabeza, la inclinó, después, y se aproximó despacio a los que se hallaban más cerca de él, quienes se cerraron en compacto grupo a sus espaldas. El hombre parecía hallarse inquieto, nervioso.
—No sabe hablar inglés —dijo hoscamente uno de los que se hallaban tras él.
Dorn tenía un aspecto irritado y agresivo. De súbito, su mano voló hacia el sombrero que ocultaba el rostro del hombre. Y, de una manera sorprendente, al arrancárselo de la cabeza, una peluca lo acompañó.
Aquel hombre no era viejo. Tenía una cabellera espesa y rubia.
Dorn miró durante unos momentos el sombrero y la peluca gris. Luego, con impetuoso ademán, arrojó al suelo ambos objetos y estiró la mano, que parecía una garra, para coger al hombre. Éste pudo evitar ser agarrado, se inclinó, se enderezó a continuación e intentó sacar un arma. Pero Dorn cayó con ímpetu sobre él. En aquel mismo instante se produjo un ruido férreo y brotó un grito ronco. Un algo brillante resplandeció bajo el sol, trazó un círculo ancho y vomitó humo y fuego. El estampido aturdió a Lenore, que cerró los ojos, se apretó contra su padre, y oyó gritos, arrastrar de pies, retumbar de golpes.
—¡Jake, Bill! —tronó Anderson—. ¡Esperad! ¡No disparéis aún! Dorn está moliendo a golpes a ese miserable... Pero vigilad a los demás.
Y Lenore volvió a mirar. Dorn había retorcido al hombre y estaba arrancándole la máscara de una barba postiza, con lo que el rostro pálido y convulso de un hombre relativamente joven quedó al descubierto.
—¡Glidden! —exclamó Kurt. En su voz hubo una terrible expresión de furiosa sorpresa. Todo su cuerpo pareció concentrarse como un resorte para estirarse de nuevo. El hombre a quien había llamado Glidden cayó al suelo ante aquel asalto y su pistola voló por los aires.
Tres de los componentes del grupo de Glidden se dispusieron a recogerla. El vaquero Bill se adelantó con una pistola en cada mano.
—¡Quietos!! Atrás! —gritó. Y en el mismo momento, todos, con excepción de los dos que se encontraban luchando, se inmovilizaron.
Lenore experimentó la sensación de que el corazón, ardiente y abrasador, se le había subido a la garganta. Los movimientos de Dorn eran excesivamente rápidos para que pudieran ser apreciados. Pero sí pudo ver que Glidden era manejado como por un gigante, arrojado a lo alto, obligado a caer, con el rostro ensangrentado, los brazos oscilantes y lacios, mientras voceaba roncamente. La figura de Dorn se hizo más perceptible. Acometía y golpeaba con fiera energía. Lenore oyó gritos por todas partes y el ruido que producían muchos hombres al acercarse corriendo. Su padre había extendido ante ella los brazos, con lo que la obligó a agacharse para poder continuar viendo. Anderson dio un grito de advertencia. Jake tenía en la mano una pistola con la que apuntaba ante sí.
—Patrón, ¡va a matar a Glidden! —dijo el vaquero en voz baja.
La respuesta de Anderson fue incoherente; pero su significado era clarísimo.
—¡Oh! ... ¡No lo permitas...!
La multitud que se agolpaba detrás de los luchadores retrocedía o avanzaba, y los hombres cambiaban con frecuencia de lugar. Bill cruzó la distancia que le separaba de ellos, con las pistolas dispuestas para disparar. Evidentemente, su acto había sido motivado por los amenazadores movimientos de algunos de los trabajadores, quienes se agazapaban como si se dispusieran a saltar contra Dorn cuando éste giraba en su lucha con Glidden.
—¡Ha llegado la ocasión! —gritó Anderson cuando cierta cantidad de hombres duros y ágiles se hubo situado a los lados de Bill para formar un frente armado y amenazador.
Todas las miradas se centraron en Glidden y Dorn. Lenore, que veía claramente por primera vez desde el comienzo de la pelea, sufrió un extraño y avasallador ataque de emoción, como jamás lo experimentara.
—¡Por amor de Dios! ¡No permitas a Dorn que lo mate! —imploró a su padre.
—,¿Por qué no? —murmuré Anderson—. Ese hombre es Glidden. Mató al padre de Dorn, quemó su trigo, le arruinó...
—Papá..., hazlo por... por mí! —exclamó ella en tono ahogado.
—Jake, ¡detenlo! ordenó Anderson—. ¡Sepárale de su enemigo!
Como Lenore pudo ver, con ojos aún enturbiados, Jake no pudo separar a Dorn de su víctima.
—¡Déjalo, Dorn! —gritó Jake—. ¡Estás arrebatando al patíbulo lo que le pertenece! ... ¡Eh, Bill, parece un toro...! ¡Ayúdame..., pronto!
Lenore no pudo ver el conflicto que se originó; pero cuando observó que la multitud se aquietaba, comprendió que Glidden había sido libertado de su contrincante.
—1 Detened a esa cuadrilla! —ordenó Anderson a grandes voces a sus hombres—. Ven, Jake, tráelo aquí —. Jake se aproximé a él llevando agarrado fuertemente al desgreñado Dorn, cuyos ojos semejaban de fuego—.
Hijo, has llenado mi corazón de felicidad; pero había alguien junto a nosotros que no quería que se derramase sangre... Y me parece bien... Yo mismo comenzaba ya a ver todo rojo... Jake, acompaña a Dorn y Lenore hasta cerca de la casa, y vuelve en seguida.
Más tarde, Lenore advirtió que se hallaba oprimiendo uno de los brazos de Dorn, y escuchaba, sin entender una palabra, lo que Jake decía, aun cuando oyó perfectamente la voz de orden que su padre lanzaba:
—¡Alineaos ahí, vosotros, los de la I.W.W.!
Jake caminaba tan rápidamente, que Lenore tuvo que correr para no quedar rezagada. Dorn tropezaba, hablaba incoherentemente, e intentó detenerse. Al observarlo, Lenore le apretó el brazo y le dijo:
—¡Oh, Kurt, venga conmigo a casa!
Recorrieron con rapidez el camino descendente, y Lenore volvió en algunas ocasiones la cabeza para mirar hacia atrás. La multitud parecía haberse arracimado y casi no se movía. Esta circunstancia la tranquilizó. La lucha había terminado.
Al cabo de unos momentos, Dorn pareció hallarse más animado.
—Suéltame, Jake —dijo—. Estoy perfectamente... Este brazo me duele mucho.
—Perdóname, Kurt, que te haya tratado con brusquedad... Es posible que no recuerdes haberme golpeado cuando me metí entre tú y Glidden.
—No veía lo que hacía, Jake —replicó Dorn. Su voz era débil y había en ella el eco de una indignación ya disipada. Dorn no miró a Lenore, sino que mantuvo el rostro vuelto en dirección al vaquero.
—Me parece que no es necesario que continúe más adelante —añadió Jake al mismo tiempo que se detenía y mi-raba hacia atrás—. No viene nadie. Y creo que allá, en los campos, se va a armar un jaleo de todos los diablos. Vete a la casa con la señorita Lenore. ¿Lo harás?
—Sí —contestó Dorn.
—Continuad aprisa... Y usted, señorita Lenore, no se angustie por nosotros.
Lenore asintió y, apretando aún más el brazo de Dorn, caminó tan rápidamente como pudo a través de la ' vereda.
—Tengo... tengo su chaqueta... —dijo —aunque no había vuelto a darme cuenta de ello hasta ahora mismo.
¿Está usted... herido? —preguntó.
—Creo que... no. No lo sé —respondió Kurt.
—Pero la... sangre... —tartamudeé ella.
Kurt levantó las manos. Tenía los nudillos ensangrentados, pero no podía apreciarse si por efecto de alguna lesión que en ellos le causaran. En el antebrazo tenía una larga herida.
—Me corté con la pistola... Y Glidden, además..., me mordió —dijo Dorn—. Lamento mucho que estuviera usted presente... ¡Qué espectáculo más horrible para usted!
—¡No se preocupe por mí! —murmuró ella—. Estoy perfectamente bien... ahora... Pero... ¡oh!...
Y se interrumpió elocuentemente.
—¿Fue usted quien ordenó a los vaqueros que me separasen de él? Jake dijo, cuando consiguió apartarme: «¡Hágalo por la señorita Lenore!»
—Fue papá quien lo ordenó. Pero yo le había suplicado que lo hiciera.
—Aquel hombre era Glidden, el agitador de la I.W.W. y agente de los alemanes... Ese hombre... De todos modos, ha asesinado a mi padre..., quemé mi trigo... ¡Me ha arruinado por completo!
—Sí... Lo sé, Kurt —susurró Lenore.
—¡Tenía intención de matarlo!
—No era difícil comprenderlo... ¡Oh, doy gracias a Dios porque no lo hizo! ... ¡Vamos, no nos detengamos!
No se atrevía a hacer frente a la mirada penetrante y atenta de aquellos ojos que parecían querer traspasarla.
—¿Qué le importa a usted?... Alguien, uno u otro, tendrá que matar a Glidden.
—10h, no hable de ese modo! —le imploró ella—. Seguramente ahora se alegra de no haberlo hecho, ¿ver— dad?
—No me comprendo a mi mismo... Pero, es cierto, lamento que se hallase usted presente... En todos los hombres se encierra una bestia..., ¡en mí! ... Tenía la pistola en el bolsillo... ¿Por qué cree usted que no la utilicé?... Porque necesitaba sentir cómo desgarraba su carne, cómo se rompían sus huesos, cómo brotaba su sangre...
—¡Kurt!
—¡Sí! ... ¡Es la expresión del huno que se encierra en mí! —declaró con súbita y amarga indignación.
—¡Oh, amigo mío, no hable usted de ese modo! exclamó ella—. Me hace usted... ¡Oh, no hay un huno en usted!
—Sí, y eso es lo que me duele.
—No lo hay —gritó ella fervientemente—. Se ha desesperado usted y ha obrado del mismo modo que lo habría hecho cualquier hombre que estuviera en sus circunstancias. Luchó porque aquel hombre intentó matarle. Yo vi la pistola. Nadie podría censurarle a usted... Yo misma poseía mis propias razones para suplicar a papá que impidiera que usted lo matase..., unas razones egoístas de mujer... Pero debo decirle que estaba tan excitada, tan furiosa, que si hubiera sido cualquier hombre que no: fuese usted..., yo misma lo habría matado.
—Lenore, no puedo comprenderla —replicó emocionado Dorn—. Pero muchas gracias por su comprensión..., por haberme apoyado.
—Nada tiene que agradecerme... ¡Oh, cómo sangra usted! ... ¿No le duele la herida?.
—No tengo ningún dolor..., no tengo sensibilidad..., sólo experimento la sensación de que va desapareciendo un estado que ha sido terrible para mí.
Llegaron a la casa y. entraron en ella. No había nadie, lo que, constituyó un consuelo para Lenore.
—Me alegro de que mi madre y mis hermanas no le vean-dijo Lenore apresuradamente—. Suba a mi habitación. Le llevaré vendas.
Kurt obedeció sin hacer comentarios. Lenore buscó lo que necesitaba para vendar una herida y corrió escaleras arriba. Dorn estaba sentado en una de las sillas de su habitación, con un brazo en alto, del cual la sangre brotaba y resbalaba hasta el suelo.
—Podría ser usted una enfermera muy linda de la Cruz Roja —dijo sonriendo Dorn.
Lenore colocó una jofaina de agua en el suelo y, arrodillándose junto a Dorn, le cogió el brazo y comenzó a lavarlo. Kurt se estremeció. La sangre cubrió los dedos de Lenore.
—¡Mi sangre sobre las manos de usted! —exclamó con voz plañidera—. ¡Sangre alemana!
—Kurt, ha perdido usted la cabeza —replicó Lenore—. Si vuelve usted a decirlo nuevamente... —y. se interrumpió.
—¿Qué hará usted?
Lenore dudó. ¿Qué haría? Más pronto o más tarde habría de llegar la irremediable revelación, y el esfuerzo había comenzado a hacer efecto sobre ella, que se encontraba conmovida hasta lo más profundo de su ser, y cuyos instintos parecían dispuestos a manifestarse impetuosamente. Ni las amabilidades, ni las dulzuras, ni la compasión servirían para conseguir nada de aquel trágico joven. Kurt necesitaba ser arrastrado por una tormenta. Algo de .la violencia que había demostrado durante su lucha con Glidden parecía ser necesario para hacerle olvidarse de si mismo. Toda su alma y todos sus impulsos parecían encauzados en una sola dirección. Kurt no podía ver que ella le quería, aun cuando se lo había manifestado indirectamente y casi lo había visto. La ceguera de aquel joven era insoportable.
—Kurt Dorn, no vuelva..., no vuelva a atreverse a decirlo.
Lenore dejó de lavarle el brazo y levantó la mirada hacia él. Se había quedado repentinamente pálida.
—Perdón, estoy amargado —se excusé Kurt—. No tome en cuenta lo que diga en estos momentos... ¡Qué amable es usted... al hacer lo que está haciendo!
Luego, en silencio, Lenore le vendó la herida; y si su corazón latía con una violencia desacostumbrada, sus dedos se movían con pericia y seguridad. Kurt le dio las gracias mientras miraba con ojos húmedos a lo lejos.
—Cuando descanse... allá... con...
—¡Si va usted! —le interrumpió ella. Kurt era en realidad desesperante—. Le aconsejo que descanse un poco.
Me gustaría saber qué ha sido de Glidden —declaró Kurt.
—También a mí. Tengo curiosidad por saberlo.
—¿No había allí muchos vaqueros con pistola?
—Tantos, que no hay necesidad de que vaya usted a ayudarlos... y a iniciar una nueva pelea.
—Fui yo quien la inició, ¿no es cierto?
—Sí, usted fue.
Lenore se separó de él y retrocedió a la puerta para rogarle que permaneciese tranquilo y que dejase que transcurriese el día sin volver a unirse a aquellos excitados hombres. Kurt sonrió, pero no prometió nada.
Era cerca de la hora de la cena cuando Lenore oyó que los hombres regresaban. Llegaron formando un grupo compacto, ruidosos y lentos, como si les repugnase la idea de separarse unos de otros. Lenore oyó ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m también que los caballos entraban en las cuadras, y las voces rudas de los conductores.
Cuando descendió al piso bajo encontró a su padre. Su padre tenía un impresionante y triunfal aspecto.
Sus esfuerzos por fingir no engañaron a Lenore; pero la joven comprendió al instante que en aquellas circunstancias no podría arrancarle ninguna noticia. Anderson se limitó a decir que todo marchaba bien y que los hombres de la I.W.W. iban a ser desterrados de Washington. Pero no quiso cenar y celebró una significativa entrevista con Dorn, en la que ambos hablaron en voz baja. Lenore ansiaba saber los acontecimentos que se aproximaban. La voz de Dorn, cuando dijo desde la puerta: «Anderson, me voy», fue sonora, dura, enérgica. Aquella voz hizo que Lenore se estremeciese. Ir ¿adónde? Qué iban a hacer? Lenore pensó en el cuerpo de vigilantes que su padre había organizado. Después miró a su alrededor en busca de Jake, mas no pudo verlo.
La hora de la cena constituyó una dura prueba para todos. Dorn comió muy poco, y luego de haberse excusado, volvió a encerrarse en su habitación. Lenore cené desganadamente, y después, salió fuera y encontró a Jake. Tan pronto comenzó a interrogarle, comprendió que algo extraordinario había sucedido o se hallaba a punto de suceder. La joven suplicó y rogó. Por primera vez, Jake no se dejó convencer. Pero cuanto más grandes fueron los pretextos que puso, cuanto más grande fue su empeño por rehuir el interrogatorio, tanto más grande se hizo la necesidad que Lenore experimentó de conocer. Finalmente, consiguió cansar al vaquero, quien no pudo resistirse a la influencia de las lágrimas de la joven, que comenzaron a fluir a pesar de los esfuerzos que hizo por impedirlo.
—Oiga, señorita Lenore, me parece que usted..., con perdón sea dicho..., se interesa mucho por el joven Dorn —dijo Jake.
—¡Interesarme! ... Jake, le quiero.
—Entonces... siga usted mi consejo y procure retenerlo esta noche en casa..., junto a usted...
—¿Quiere mi padre que Kurt Dorn vaya con él... dondequiera que haya de ir?
—Yo diría que sí. A su papá le entusiasma el modo como Dorn se las entiende con los hombres de la I.W.W. —replicó Jake significativamente.
—¡Vigilantes! —susurró Lenore.


XX
Lenore esperó a Kurt medio escondida detrás de las cortinas. Había pensado que le esperaba una situación difícil. Su corazón palpitaba con violencia. Oyó pasos rápidos en las escaleras y habló antes de ser vista.
—¡Hola! ... ¡Oh, me ha asustado usted! —exclamó Kurt. Se había sorprendido también al encontrarla inesperadamente. En verdad, no había pensado en ella. Su rostro pálido, en el que se reflejaba la determinación, daba fe de lo rígido y excitable de sus pensamientos.
Kurt se detuvo ante ella.
—¿Adónde va usted? —preguntó Lenore.
—A ver a su padre.
—¿Para qué?
—Para una cuestión importante —contestó Kurt, vaci lante.
—¿Necesita mucho tiempo?
Kurt pareció disgustado.
—Yo..., él... Bien, estaré ocupado durante la mayor parte de la noche.
—¡Dios mío! ... Muy bien. ¿Y prefiere usted estar... ocupado a pasar la noche a mi lado?
Lenore le volvió la espalda afectando un ademán de desdén y de dolor.
—No es eso, Lenore —exclamó él—. Preferiría... preferiría pasar todo el tiempo al lado de usted mejor que junto a cualquier otra persona... o haciendo cualquier otra cosa.
—Eso es muy fácil de decir, señor Dorn —replicó ella alegremente.—Pero es cierto —contestó él.
—Salgamos del vestíbulo para impedir que nos oiga mi padre. —Y le condujo hasta el gabinete. No había tanta luz en aquel lugar, pero sí la suficiente para iluminar el rostro de Dorn, aunque el de ella quedaba en la sombra.
—Tengo... una cita para esta noche —declaró Kurt débilmente.
—¿No puede usted faltar a ella? —preguntó Lenore.
—No. Eso sería tanto como exponerme a que se me culpara de... de cobardía... e incurrir en el enojo de su padre.
—Kurt Dorn, es necesario tener valor para renunciar a hacer ciertas cosas... Y si fuera usted, incurriría en mi enojo.
—¡Ir!-exclamó él mirándola fijamente.
—¡Oh, lo sé! ... Y me encuentro... bien, no me encuentro precisamente satisfecha viendo que usted preferiría reunirse con los hombres de la I.W.W. que permanecer a mi lado...
Sus palabras sobresaltaron a Kurt.
—Entonces, ¿lo sabe usted?-preguntó Dorn.
—Sí.
—Lo siento mucho-contestó sombríamente Kurt, mientras se pasaba una mano por el húmedo cabello.
—Pero ¿se quedará usted en casa?
—¡No!-repitió él secamente y con dura expresión. —Kurt, no quiero verle complicado en ningún linchamiento-dijo ella con ansia.
—Soy un ciudadano de Washington. Me uniré a los vigilantes. Soy americano. He sido arruinado por la I.W.W. ¡Ningún hombre del Oeste ha perdido tanto como yo! Mi pare..., mi casa..., mi tierra..., mi gran cosecha de trigo... ¿Por qué no he de ir?
—No hay ninguna razón para que no vaya usted, no siendo... yo-replicó ella con voz balbuciente.
Kurt se enderezó de repente e hizo una profunda aspiración de aire, como si intentara fortalecerse.
—Es una razón muy poderosa... Pero sería usted mucho más amable si tuviera la bondad de retirar sus objeciones.
—¿No es usted capaz de comprender que debe haber una razón que me obligue a... suplicarle que no vaya?
—No puedo-contestó él mirándola fijamente. No había duda de que cada momento que transcurría estando Dorn al lado de Lenore incrementaba la influencia que la joven ejercía sobre él. Lenore lo apreció así, y esta seguridad reavivó su desfallecido valor.
—Kurt, ha cometido usted un lamentable..., un terrible error-dijo Lenore con un acento de desesperación que debió de ser interpretado equivocadamente por él.
—¡Dios mío! ¿Qué he hecho? —replicó Kurt en tono ahogado, al mismo tiempo que su palidez se intensificaba. ¡Cuán dispuesto se hallaba para ver nuevas calamidades! La expresión de él llenó de ánimo el corazón de Lenore y fortaleció su valor.
El momento había llegado. Aun cuando Lenore perdiera la facultad de hablar, podría, de todos modos, demostrarle cuál había sido su error. Nada de cuanto hiciera en toda su vida había sido ni siquiera una centésima parte tan difícil como aquello. Sin embargo, a medida que las palabras surgían, su corazón pareció situarse tras ellas, obligarlas a brotar. ¡Si Kurt no las 'interpretase falsamente...!
Después Lenore le miró directamente a los ojos y procuró hablar. El primer intento que hizo se tradujo en un sonido inarticulado; el segundo se convirtió en un susurro.
—¿No ha pensado usted nunca... que... que podría interesarme por usted?
Fue como si una corriente eléctrica hubiera traspasado al joven y lo hubiese dejado tembloroso. Pero Kurt no mostró tanta sorpresa como incredulidad.
—No, ciertamente, no lo he pensado jamás —dijo él.
—Bien, ése es su error..., pues... pues me intereso por usted:.. Nunca... nunca... me lo ha preguntado.
—¿Se interesa usted... por mí?... ¿Qué quiere usted decir?
Lenore se hallaba forcejeando contra varias emociones que la acometían, la más dolorosa de las cuales era un alocado deseo de huir, y que batallaba contra otro deseo igualmente enloquecedor de apoyar el rostro en el pecho de Kurt. No obstante, pudo apreciar cuánto había empalidecido el joven, cuyas manos se agitaban de un modo casi convulsivo y cuyos ojos parecían intentar traspasarla.
—¿Qué puede querer expresar una mujer... al decir que se interesa por un hombre?
—No lo sé. No comprendo a las mujeres —afirmó él, obstinado.
—Es cierto. Me he visto tan incomprendida..., que no he tenido otro remedio que hacer lo que he hecho.
—Lenore —exclamó él roncamente—, ¡habla usted por medio de acertijos! ¡Ha sido usted tan amable, tan dulce, tan cariñosa! ... Y ahora dice usted que se interesa por mí. ¿Interesarse?... ¿Qué significa eso? Una sola palabra puede ser suficiente para obligarme a enloquecer. Pero jamás me atreveré a esperar. La quiero..., la quiero..., la quiero... ¡Dios mío! ¡Es usted lo único que puedo amar! Yo...
—Cree usted que posee el monopolio de todo el amor del mundo? —le interrumpió Lenore, que volvía a adquirir su habitual presencia de ánimo. Aquella apasionada declaración de Kurt era todo lo que necesitaba.
Su dura prueba había concluido.
Kurt parecía negarse a conceder crédito a sus oídos y a sus ojos.
—¡Monopolio! ¡Mundo! —repitió—. ¡Claro que no!
Pero...
—Kurt, te quiero tanto..., ¡tanto como tú me quieres! ... ¡Ya lo he dicho!
—Estaba fuera de mí... y lo estoy todavía —replicó él en voz baja, como si se hallase asustado—. He sido elevado hasta los cielos... ¡No es posible que sea cierto! Lo creo, pero no estaré por completo seguro hasta que me beses... ¡Tú, Lenore Anderson, la mujer de mis sueños! ¿Me quieres? ¿Es cierto?
—Sí, Kurt, sí, te quiero... terriblemente —contestó ella al mismo tiempo que se volvía para mirar el rostro de Kurt, que parecía transfigurado. El corazón de Lenore se llenó de felicidad, y una profunda emoción se apoderó de ella.
—Entonces..., haz el favor de besarme.
Lenore levantó el rostro, que se hallaba enrojecido y había adquirido una tonalidad escarlata. Los labios de ambos se unieron. Luego, con la cabeza apoyada en el pecho de él y con las manos fuertemente ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m apretadas, Lenore contestó las mil y una preguntas formuladas por el sorprendido y exaltado joven, que no podía dar crédito a la verdad. Lenore rió ruidosamente, le ofreció pruebas elocuentes de su propia obsesión y le dijo cómo, cuándo y por qué se había enamorado.
Kurt no volvió a la realidad por espacio de varias horas.
—Me había olvidado de los vigilantes —exclamó de repente—. Ya es demasiado tarde. ¡Cómo ha volado el tiempo! ... ¡Oh, Lenore, el recuerdo de otras obligaciones nos interrumpe...!
Besó la mano a la muchacha y se puso en pie. Un nuevo cambio comenzaba a operarse en él. Lenore esperaba desde hacía cierto tiempo que llegara el momento en que la realidad de las circunstancias reclamase su atención, y estaba dispuesta para hacerle frente.
—Sí, olvidaste tu cita con papá y con los vigilantes. Te has perdido un poco de excitación y violencia.
El rostro de Kurt se había puesto nuevamente pálido, y reflejaba seriedad y disgusto.
—¿Puedo hablar con tu padre? —preguntó.
—Sí —contestó ella.
—En el caso de que vuelva de la guerra..., de que no regrese mutilado, quiero decir..., ¿me prometes casarte conmigo?
—Kurt, te lo prometo desde ahora mismo.
Esta afirmación pareció estremecerle violentamente.
—Pero, Lenore, no sería justo para ti. No creo que ningún soldado deba ligar a su suerte, antes de ir a la guerra, a ninguna mujer. La mujer debe ser libre en ese caso... Quiero que seas libre.
—Tú lo dices —replicó ella dulcemente—. Pero, por mi parte, no quisiera ser libre... en el caso de que fueras a la guerra.
—¡Si fuera! ... ¡Voy! —contestó sobresaltado—. ¿No quieres ser libre? Lenore, ¿querrás ser mi prometida?
—¡Claro que lo quiero, querido! ... ¿No lo ves? —replicó ella al mismo tiempo que reía del modo dulce y profundo que acostumbraba hacerlo.
Él la miró fascinado, acometido de avasalladoras emociones.
—¿Querrías casarte conmigo... antes de que me vaya?
—Sí —contestó ella rápidamente.
Entonces Kurt se inclinó bajo la tormenta. Acercándose a ella, casi arrodillado, expresó emocionadamente su gratitud, su asombro, su pasión y la terrible tentación a que había tenido que oponerse.
—Kurt, te quiero. Puedo ver las cosas a través de tus ojos, si es preciso. Quiero ser un consuelo para ti, no una fuente de amargura.
—Pero, Lenore, ¿qué consuelos puedo encontrar?... El abandonarte ahora va a ser horrible para mí...
¡Separarme de ti... no creo que pueda hacerlo!
En aquel momento, Lenore se decidió a abordar el tema que era tan importante y tan delicado.
—No es necesario que te separes de mí. Mi padre me ha pedido que intente hacer que te quedes, y ha obtenido una exención de servicio militar para ti. Eres más necesario aquí que en los frentes. Puedes producir el alimento para muchos soldados. Podrás cumplir tu deber... ¡con honor! ... Serías un soldado. El Gobierno va a escoger unos cuantos jóvenes para que se dediquen a la agricultura. ¿Por qué no has de ser tú uno de ellos? Hay muchísimas razones que indican que podrás cumplir tu deber en el —campo mucho mejor que la mayoría de los otros jóvenes, puesto que conoces el trigo, y el trigo se ha convertido en la ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m cosa más importante del mundo. Nadie duda de tu lealtad... Y seguramente comprenderás que los mejores servicios que podrás prestar a tu patria consistirán en realizar lo que mejor sepas hacer.
Kurt se sentó junto a ella, con la frente fruncida y con ojos sombríos.
—Lenore, ¿me pides que no vaya a la guerra?
—Sí, te lo pifio —contestó ella—. Lo he pensado detenidamente. He renunciado a mi propio hermano.
No te habría pedido que te quedases si aquí fueras menos necesario que en los frentes. He consultado esta cuestión con mi conciencia... Kurt, no creas que soy una chiquilla vana y sentimental. Los acontecimientos de los tiempos recientes me han convertido en una mujer.
Kurt agachó la cabeza hasta apoyarla en las manos de Lenore.
—Eso es lo más sorprendente de todo... Que tú..., Lenore Anderson, mi novia americana, me pida que no vaya a la guerra.
—Pero, querido, no es tan sorprendente como dices. Es razonable. Tu modo peculiar de apreciar la cuestión hace que te parezca diferente... No soy, una mujer débil, tímida, loca de amor y temerosa de dejarte marchar... Te he dado razones patrióticas, honrosas y buenas, que justifican tu exención del servicio. ¿No lo comprendes?
—Sí. Reconozco que tus alegaciones son ciertas. Conozco el trigo lo suficiente para saber que si no se produce mucho más que en la actualidad, el mundo se morirá de hambre. Y eso, la falta del trigo, sería suficiente por sí solo para arruinar a los Estados Unidos y sumirlos en la miseria por espacio de cuarenta años, sin necesidad de que hubiera ninguna guerra.
—Entonces, si comprendes la legitimidad de mis razones, ¿por qué te opones a ellas? —preguntó Lenore.
—Porque soy Kurt Dorn-replicó él amargamente.
Su tono y su sombría expresión hicieron que Lenore se estremeciese. Sería necesario que emplease toda su inteligencia, toda su astucia y su razón para comprenderle; y muchísimo más para cambiarle. Lenore pensó con rapidez. La prueba de que se hallaba amenazada iba a ser mucho más difícil de salvar que el escollo de la confesión de su amor. Era, ciertamente, una situación que empequeñecía la que anteriormente se había producido. Lenore advirtió en él una actitud extraña en relación con la guerra, una actitud por completo diferente a la adoptada por su hermano y por los demás muchachos a quienes conocía y que habían ido a luchar a los campos de batalla.
—Porque eres Kurt Dorn —dijo pensativamente Lenore—. Entonces es cuestión de nombre... Pero a mí me parece un nombre bonito.., un buen nombre. ¿No he consentido en aceptarlo para mí..., para toda mi vida?
Kurt no pudo contestar a tales palabras, y extendió temblorosamente una mano para oprimir la de ella, para apretarla con fuerza. Lenore percibió la agitación que había en el interior de él, y se estremeció. Una onda de ternura, dulce y maternal, se apoderó de ella.
—Queridísimo, ésta es una hora negra..., que tan brillante fue hace unos momentos... No debes ocultarme nada —replicó Lenore—. Quiero ser sincera contigo. Renunciaré a mis egoístas esperanzas de mujer... Dime por qué has de ir a la guerra, sólo porque eres Kurt Dorn.
—Mi padre era alemán. Odiaba a esta nación..., a la que es tu patria y la mía. Trabajó de acuerdo con la I.W.W. Odiaba a tu padre y quería aniquilarlo... Antes de morir comprendió su error, pues eso he podido deducirde las palabras que dijo a Jerry. Pero, de todos modos, fue traidor a la que es mi patria. Y yo llevo su mismo nombre. Y tengo sangre alemana en las venas... Y, ¡por todos los diablos!, quiero pagarlo.
Su tono, profundo y apasionado, conmovió el corazón de Lenore, quien tuvo que luchar contra un ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m creciente temor. La joven comenzaba a comprender a Kurt. ¡Cuán desalentada se sintió, cuán desamparada!
... ¡Cómo entonó una muda plegaria para pedir inspiración!
—¡Pagarlo! ... ¿Cómo? —preguntó Lenore.
—Del único modo posible. Haciendo que un Dorn vaya a la guerra..., que demuestre que posee, también,: sangre americana..., que luche y mate... y que muera.
—Kurt, ésta es una hora terrible para nosotros dos —dijo—; pero, gracias a Dios, me has confesado lo que hay en tu interior. Ahora, soy yo quien ha de hacerte una confesión.
—¡Confesión! ¿Tú? ¡Qué disparate! —exclamó Kurt. Pero, impulsado por la sorpresa, levantó la cabeza, que aún tenía apoyada en las palmas de las manos, para mirarla.
—Cuando entramos en la casa, hace poco tiempo, estaba firmemente decidida a obligarme a retenerte.
Mi padre me rogó que lo hiciera, y yo misma tenía un motivo propio, un motivo egoísta, que era el amor...
¡Oh, te quiero, Kurt, mucho más de cuanto puedes imaginarte... Este amor justificaba mi resolución. Ya te lo dije. Pero te quería... y te necesitaba. Necesitaba tu amor, tu presencia... Ansío un hogar contigo como esposo, como dueño..., como padre de mis hijos. Eso es lo que he soñado. Y el pensamiento de que habrías de ir a la guerra me llenaba de terror. Podrías resultar mutilado, tullido, muerto... ¡Oh querido, no podía soportar ese pensamiento! ... Por esa razón me propuse obligarte a modificar tu actitud. Todo lo había previsto y proyectado... Quiero decir que me proponía rogarte, suplicarte, demostrarte mi amor, besarte, obligarte a renunciar a tu deseo de partir...
—Lenore, ¿qué dices? —preguntó él con sorpresa. Ella le rodeó el cuello con los brazos.
—¡Oh, podría... podría haberte retenido! —contestó en voz baja y con acento triunfante—. Esa seguridad me llena de alegría... Dime que podría haberte retenido. ¡Dímelo!
—Si. No habría podido resistirme. Pero me habría despreciado...
—¡Chist! Todo eso es lo que podría haber sucedido... Y he conseguido elevarme sobre mí misma.
—Lenore, me llenas de angustia. Hace unos momentos» me encandilaste con tu amor y tu dulzura...
Ahora... me pareces un ángel o una diosa... ¡Oh! ¡Tener siempre tu rostro... cerca de mí...! Sí, me angustia...
¿Qué ibas a decir? Adivino algo...
—Escucha-le interrumpió ella—, me proponía aprovecharme de la debilidad que deseaba crear en ti.
Pero ahora te ruego que seas fuerte. ¡Debes ir a la guerra! Te suplico con toda mi alma y todo mi corazón que vayas con un espíritu cambiado... Estabas a punto de hacer una cosa terrible. Odiabas todo lo que de alemán hay en ti y te proponías aniquilarlo por la violencia. Odias tu sangre alemana y querrías derramarla. Habrías ido a luchar con la ceguera de un loco, a golpear y acuchillar, a matar..., y al hacerlo habrías dejado abierto el camino para que en tu pecho se clavase una bayoneta... ¡Oh, lo sé! ... Kurt, te engañas. No es ése el modo como debe irse a la guerra... La guerra es una cosa horrible, pero los hombres no la emprenden por motivos similares a los tuyos. Nosotros, los americanos, tenemos sangre de diferentes orígenes mezclada: sangre inglesa, francesa, alemana... Cada una de ellas es tan buena como las otras. Estás obsesionado... Has perdido la cabeza a causa de esa cuestión de tu sangre ale— mana... Es preciso que mates esa idea..., que la mates con la bayoneta del buen sentido, de la razón...
Debes ir a la guerra como mi soldado..., con mi ideal. Tu patria te ha requerido para que contribuyas a defender su honor, la palabra que ha empeñado... Debes luchar para vencer a un enemigo que amenaza destruir tu libertad... Debes ser valiente, fiel, clemente, limpio..., ¡un soldado americano! ... Eres sólo uno más entre el millón de soldados que te acompañará. No tienes ninguna necesidad personal de la guerra. Eres tan bueno, tan honrado, tan noble como cualquier otro hombre..., ¡y el que yo he elegido, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m señor, entre todos los hombres del mundo! ... Yo misma te mando a la guerra. Renuncio a ti... ¡Oh, querido, jamás podrás conocer cuán duro es para mí... Pero ¡vete! Tu vida ha sido triste. Has perdido muchísimo... Y siento en el fondo de mi corazón de mujer cuál ha de ser tu vida en lo sucesivo..., en el caso de que cambies..., de que veas, como yo veo a Dios en todo esto. ¡Prométemelo! Ama todo lo que odiaste. Prueba a creer lo que yo creo. Confía en mí... ¡Prométemelo! ... Y entonces..., ¡Oh! ..., sé que Dios te enviará de nuevo junto a mí.
Kurt cayó arrodillado ante ella y hundió el rostro en su regazo. Todo su cuerpo se estremeció. Sus manos se agarraron al vestido de Lenore. Un sollozo escapó de su garganta.
—Lenore —susurró con voz emocionada—, ¡no puedo ver por mí mismo a Dios en todo esto! ... ¡No puedo prometer!


XXI
Treinta hombres enmascarados se hallaban sentados en torno a una larga mesa. Dos linternas proyectaban la suficiente luz para que pudiera verse un granero de paredes desnudas, los conspiradores de oscuros ropajes, la dureza de su expresión, los labios apretados bajo las máscaras, y las largas manos extendidas, dispuestas para retirarse de ¡unto al sombrero que pasaba de unas a otras.
La conversación se mantenía en voz baja y en tono severo. No se pronunció ningún nombre. Un hombre corpulento, que se hallaba sentado a la cabecera de la mesa, dijo:
—Nosotros, treinta hombres escogidos, representamos a la nación. Que cada uno de los miembros que se hallan presentes escriba en su trozo de papel el castigo que escoge para los miembros de la I.W.W.: Muerte o deportación...
Los miembros de la reunión inclinaron las enmascaradas cabezas y escribieron. Un hálito silencioso recorrió la estancia. Las luces oscilaron; unas enormes sombras se movieron sobre las paredes. Tras entregar los papeles al jefe, éste los leyó.
—Deportación —anunció—. Eso en lo que se refiere a los hombres de la I.W.W... Ahora nos ocuparemos de su jefe... Pero antes de que votemos respecto a lo que deberá hacerse con Glidden, permitidme que lea un extracto de uno de sus discursos. Es un fragmento auténtico. Nos ha sido proporcionado por un detective que ha trabajado últimamente en nuestro favor. Y también ha sido publicado. Voy a leerlo, porque deseo llevar a vuestro conocimiento un propósito que va mucho más allá de nuestros intereses personales.
E inclinándose hacia la oscilante luz de la linterna, el jefe de la reunión leyó:
«Si las milicias fueran enviadas a estos lugares para entorpecer la labor de la I.W.W., crearemos una situación tan peligrosa, que el Gobierno no podrá mandar a Francia ni un solo soldado... No me importa un rábano por qué lucha esta nación... Yo lucho por los derechos del trabajo... Los soldados americanos son los esquiroles disfrazados del Tío Sam.»
La-voz impresionante y profunda, se extinguió. El enorme puño del jefe cayó con violencia sobre la mesa. El jefe paseó de un lado para otro la mirada, para ver a todas las enmascaradas figuras.
—¿Tenéis algo que decir?
—Pasad los papeles —dijo otro hombre.
Y entonces, un hombre, evidentemente de cierta edad, puesto que tenía el cabello gris y se curvaba hacia delante, se puso en pie.
—Vecinos —comenzó diciendo—. Vivo aquí desde hace muchísimo tiempo. Durante los últimos años, he recordado con nostalgia mi tierra natal. No volveré a acordarme más de ella.
Y se sentó. Y una corriente eléctrica pareció brotar de él y apoderarse del negro cuadro de figuras. El jefe carraspeó como si se dispusiera a hablar, mas nada dijo. En lugar de hacerlo, entregó el sombrero al hombre que se hallaba más próximo a él. Cada uno de los hombres extrajo del sombrero un trozo de papel y escribió algo. El acto se realizó aprisa. Al cabo de un momento el sombrero volvió a las manos del jefe, después de haber recorrido toda la mesa. El jefe volcó su contenido y, con mano firme, recogió el primer papel.
—¡Muerte! —leyó sonoramente; y abandonó el trozo de papel para recoger otro. De nuevo pronunció la funesta palabra. El tercer papel contenía la misma, y también el inmediato, y todos los demás, hasta que el veredicto fue pronunciado treinta veces.
—Nos reuniremos a la hora del amanecer —dijo el jefe con voz potente. Instruid a los guardianes de Glidden para que continúen en sus puestos... Ahorcaremos a Glidden en el puente del ferrocarril... Luego, cada uno de vosotros reunirá a sus hombres para conducir a los miembros de las I.W.W. a los patios de la estación. Después los embarcaremos en un tren de vagones vacíos. Y ese tren pasará bajo el puente en que Glidden estará ahorcado... Escoltaremos a esos miserables hasta más allá de nuestra frontera.
El amanecer de aquel día de agosto fue frío y gris. El oro y el rosa del crepúsculo rompieron la oscuridad de las cumbres orientales. La ciudad no había despertado todavía. Dormía sin tener conocimiento de las sombras que se deslizaban furtivamente por la plomiza carretera del lejano zumbido de motores de automóviles ni del repiqueteo de los cascos de los caballos.
El lugar en que Glidden se hallaba encerrado era un almacén vacío y cercano a las lindes de la población. Ante la improvisada cárcel, los guardianes paseaban arriba y abajo, extrañamente alertas.
La luz del sol había disipado las primeras luces grises del alba cuando un grupo de hombres enmascarados apareció como por arte de magia ante los guardianes. Se produjo una aparente resistencia, pero no hubo gritos ni disparos, lo que fue muy significativo. Los guardianes fueron vencidos y atados.
Las puertas de la cárcel se rindieron a los potentes golpes de un hacha. En un rincón oscuro de la desnuda estancia se encontraba Glidden tumbado, tan atado, que apenas podía moverse. Pero estaba despierto. Cuando seis hombres entraron, preguntó roncamente:
—¿Qué buscáis?... ¿Qué queréis... hacer?
Los hombres le obligaron a ponerse en pie por medio de un tirón, cortaron las ligaduras de sus piernas y lo arrastraron hacia la luz del día.
Cuando vio la fuerza armada y enmascarada, Glidden gritó:
—¡Dios mío! ... ¿Qué vais a hacer... conmigo?
En su rostro lívido, espectral y sudoroso, se reflejó el terror.
—Vamos a colgarte por el cuello —respondió una voz rotunda y solemne.
El hombre, Glidden, habría caído al suelo si no hubiera estado sujeto por unas manos fuertes que lo sostuvieron.
—¿Por... qué? —inquirió con voz apagada.
—Para que pagues los crímenes de la I.W.W..., por tu traición..., por tus discursos, que no puede tolerar ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m ningún americano en días como éstos.
Y la misma voz leyó a Glidden las palabras que él mismo había pronunciado.
—¿Recuerdas estas frases?
Glidden comprendió que había labrado su destino por medio de sus propias palabras.
—Sí. Yo las pronuncié. —Todavía le restaba el valor necesario para decirlo—. Pero... insisto en que se me detenga..., que se me encause..., que se me haga justicia... No soy un criminal... Tengo que defender unos grandes intereses que se hallan detrás de mí... Todos sufriréis...
El lazo de una cuerda que cayó sobre su cabeza, en torno a su cuello, seguido de un tirón, ahogó sus palabras. Y mientras los hombres, implacables y silenciosos, le arrastraban, Glidden exhaló unos gritos terribles y medio estrangulados.
El sol se elevaba sobre el fértil valle, sobre los campos en que se hacía la recolección, sobre los pastos y las huertas, sobre las muchas ciudades que parecían perdidas en la lujuriante, verde y dorada lejanía.
En los distritos recolectores, al oeste del río, todas las ciudades fueron visitadas por unos veloces automóviles que se detuvieron el tiempo necesario para lanzar un grito de advertencia a los ciudadanos:
—¡Retiraos de las calles!
Simultáneamente, fuerzas armadas, a pie o a caballo, demasiado numerosas para que pudieran ser contadas, se presentaban en las carreteras y en los campos de recolección y se acercaban a todos los hombres a quienes encontraban. Si tales hombres eran conocidos u ofrecían pruebas suficientes de poseer una honrada personalidad, se les permitía partir; en otro caso, eran conducidos bajo arresto. Aquellas fuerzas armadas realizaron una inspección completa y mostraron un decidido interés por los campamentos próximos a las ciudades, a las cuadras o situados junto a los almiares. En las ciudades no dejaron de reconocer todos los rincones que fuesen lo suficiente grandes para ocultar a un hombre.
Y así sucedió que muchos grupos de hombres abigarrados fueron conducidos a la estación del ferrocarril, donde se los retuvo hasta el momento en que llegó un tren de mercancías descargado. Este tren se detuvo el tiempo preciso para que los hombres de la I.W.W. fuesen embarcados en compañía de los armados guardianes, y después continuó la marcha en dirección a la siguiente estación. Como quiera que las estaciones eran muchas, las paradas fueron muchas también, y la noticia del paso de un tren cargado de una carga tan extraña corrió más que el propio convoy. Una gran muchedumbre se congregó junto a las vías.
Muchos de los chiquillos, de los jóvenes y de los hombres que la componían, llevaban pistolas y rifles, con los que apuntaban a los miembros de la I.W.W. a medida que el tren pasaba. Amenazas, burlas e insultos acompañaban la exhibición de armas.
Antes de que el tren llegase a la última estación de aquel distrito triguero, más de trescientos hombres de la I.W.W. o personajes sospechosos fueron cargados en los vagones. Al llegar a la última parada, el número había aumentado grandemente, y las fuerzas armadas quedaron reducidas a una pequeña cantidad de hombres, que debían acompañar a los desterrados hasta las fronteras de la región. En aquel punto fueron cargadas en los vagones agua y provisiones de boca. Y entre el ronco griterío de un millar de gargantas, el tren e puso en marcha lentamente con su extraña carga.
El convoy no alcanzó pronto una gran velocidad. La máquina lanzó un largo pitido..., una señal de advertencia que no dejó de ser percibida por muchos de los pasajeros.
Desde los vagones delanteros se elevó un tumulto de gritos que alarmó a quienes ocupaban los vagones posteriores.
La razón de tal gritería se puso de manifiesto muy pronto. Todos los brazos señalaron y todos los ojos ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m miraron la siniestra figura de un hombre colgado de una cuerda que estaba atada al centro de un ancho arco del puente por el que el tren había de pasar.
La forma se agitaba en el viento. Cuando se volvió casi de frente al tren, pudo verse un rostro horrible, distorsionado, y el enorme cartel que tenía sobre el pecho. Luego, el viento la volvió de nuevo de espaldas.
La máquina arrastró lentamente los vagones hasta que todos hubieron pasado ante la figura del hombre ahorcado. No se oyeron más gritos. Todos los ocupantes del tren se sumieron en el silencio. Todos los rostros estaban pálidos; todos los ojos, apagados.
El cartel que el muerto mostraba sobre el pecho, tenía trazadas en letras rojas y resplandecientes esta inscripción:
Última advertencia. 8-7-77 Las cifras eran las mismas que empleaban los vigilantes en los antiguos días de la frontera.


XXII
Un automóvil polvoriento subió la larga carretera que conducía al rancho Neuman. No estaba muy lejos de Wade, pequeño pueblo de la región triguera, y las cumbres de las colinas, desnudas y amarillentas, llenas de grano, tenían cierto parecido con las de la región del Recodo. Cuatro hombres —un conductor y tres vaqueros —ocupaban el vehículo.
Una gran puerta de piedra señalaba la entrada del rancho de Neuman. Carros y otros vehículos se alineaban en la carretera. Entraban y salían hombres. La casa de Neuman carecía de presuntuosidad, pero sus graneros, sus cuadras y sus almacenes eran muchos y bien construidos.
—Bill, ¿vas a venir conmigo en busca de ese compañero del Kaiser? —preguntó estirándose, al mismo tiempo que se detenía el automóvil. Luego abrió la puerta y salió—. A mí, que me den un caballo cuando tenga que ir a cualquier sitio.
—Jake, los respetos que me mereces como representante y capataz de Anderson me animan a seguirte —contestó Bill—. Pero he hecho demasiadas cosas durante las últimas cuarenta y ocho horas.
—Es cierto, Bill, no hay duda... Pero suponía que te agradaría asistir a la diversión.
—¡Diversión! ... Jake, ya será bastante divertido para mí el quedarme aquí sentado a la sombra, fumando un cigarrillo... Compañero, dicen que es un mal hombre-Sí. Lo sabía. Todos los alemanes son malos.
—Si el patrón no nos hubiera dado órdenes tan precisas para que no disparemos, me gustaría ir contigo —aria-dio Bill—. Pero a mí no me ha dado ninguna orden precisa. Tú eres el jefe de esta partida de vigilantes.
—Bill, en ese caso tendrías que recibir órdenes mías —indicó Jake fríamente.
—Así es. Por eso he venido con Andy.
El otro vaquero, llamado Andy, manifestó cierta intranquilidad y dijo:
—Oye, Jake, ¿no irás a pedirme que vaya contigo?... Recuerda que odio a los alemanes de una manera terrible. —No. Lo que voy a hacer es decir a Bill que entre en busca de Neuman —replicó Jake sonriendo, al mismo tiempo que hacia un ademán indicador de su intención de volver a subir al automóvil.
Bill se dejó caer en el asiento.
—Jake —dijo quejosamente—, ese trabajo que te han encargado, te lo han concedido a causa de tu habilidad diplomática... Yo no tengo nada de eso... Pero tú eres el más zalamero de todos los charlatanes ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m que han venido del Noroeste.
Evidentemente, Jake tenía un punto vulnerable. Se enderezó y levantó la cabeza con altanería.
—No dejes de fijarte en mí —dijo—. Vas a ver de qué modo convento a ese gran holandés... Y óyeme:
cuando hayamos conseguido meterlo en el automóvil y volver con él, ya verás el escarmiento que le damos.
—Eso estará muy bien; pero ¿cómo lo harás?
—Ya os he dicho que no dejéis de fijaros en lo que haga —contestó Jake. Y se alejó y comenzó a ascender por la senda que conducía a la casa ranchera.
Jake había sido el encargado de comunicar a Neuman que algunos acontecimientos recientes reclamaban su inmediata presencia en «Aguas Mil». En realidad, al vaquero no le agradaba esta misión, aun cuando no lo manifestó.
Neuman todavía no había comenzado a hacer la recolección. Jake advirtió, a través de diferentes señales, que los obreros que habían de hacerla deberían llegar aquel mismo día. Jake supuso que conocía la causa de que el ranchero hubiera aplazado su recolección. Y también sabía que los trabajadores extraordinarios que había contratado, no se presentarían. El vaquero fue contemplado con curiosidad por las mujeres de la casa de Neuman, lo que no dejó de producirle cierto placer. Entre dichas mujeres había diversas jóvenes de agradable aspecto, y Jake no parecía un capataz y trabajador del campo procedente del Noroeste. Con sus botas altas y sus espuelas, con la pistola ostensiblemente colgada, con el ancho sombrero y el vistoso pañuelo, parecía exactamente lo que era: un vaquero de las dilatadas llanuras.
Sus preguntas obtuvieron la respuesta de que Neuman se encontraba en los campos esperando la llegada de los obreros agrícolas.
—Bueno, si espera la llegada de esa cuadrilla de la I.W.W. no hará jamás la recolección —declaró Jake—, puesto que algunos de sus miembros han sido ahorcados, y los restantes expulsados del territorio.
Jake no esperó a ver el efecto que sus noticias producían, sino que caminó en dirección a los campos en tanto que examinaba de la manera típica de los agricultores los graneros, los encerraderos y los terrenos sembrados. Neuman cultivaba mucho trigo y la suficiente cantidad de alfalfa para mantener a su ganado. Su granja era muy grande y valiosa, aun cuando no pudiera comparársela con «Aguas Mil».
En los trigales se encontraban máquinas coronadas de vapor que arrastraban segadoras y agavilladoras; también había muchos carros cuyos conductores esperaban la orden de comenzar el trabajo.
Jake se divirtió al ver la curiosidad que su presencia despertaba. Neuman salió del grupo de hombres que se hallaban esperando. Tenía una constitución fuerte, el rostro rojizo, una larga barba y ojos profundos.
—¿Es usted Neuman? —preguntó Jake.
—Lo soy —contestó el otro ariscamente.
—Soy el capataz de Anderson. He sido enviado para avisarle que se le necesita urgentemente en «Aguas Mil». El hombre le miró con incredulidad.
—¿Cómo? ¿Quién me necesita?
—Anderson. Creo que es una cuestión muy importante..., pero no estoy informado.
Neuman murmuró una maldición. El estupor le Dominó.
—¡Anderson! ... Bien, no quiero verle —contestó. —Suponía que no querría usted —replicó fríamente el vaquero.
El ranchero le miró de pies a cabeza. Aun cuando Jake fuera uno de los más antiguos servidores de Anderson, era desconocido para Neuman. El vaquero daba una impresión de fuerza y de seguridad. El hecho menos significativo de los que componían su persona era aquella pistola que se movía a su costado.
Parecía un hombre frío y tranquilo, y tenía una mirada aguda y dura. El rostro de Neuman perdió una parte de su coloración.
—Pero voy a hacer la recolección hoy —dijo—. Voy retrasado. Espero la llegada de doscientos trabajadores. —No. No vendrá ninguno —afirmó Jake.
—¿Cómo? —exclamó Neuman.
—Me parece que son cerca de las nueve —manifestó el vaquero—. Hemos llegado aquí muy pronto.
—Sí, son cerca de las nueve —replicó Neuman a punto de encolerizarse—. ¡No viene ningún trabajador!
... ¿Qué quiere usted decir?
—Que alrededor de las ocho y media he visto a todos sus malditos obreros de la I.W.W., excepto a los que habían sido muertos a tiros o ahorcados, cargados en un vagón de ganado para ser expulsados de la región.
Un puñetazo no podría haber producido un efecto más contundente que estas palabras del vaquero.
La sorpresa y el temor hicieron presa en Neuman antes de que pudiera recobrar su dominio.
—En el caso de que eso sea cierto, a mí ¿qué me importa? —dijo con ronco acento.
—Neuman, no he venido a contestar preguntas —respondió secamente el vaquero—. Mi patrón me ha enviado a buscarle, y si usted accediera a hacer el viaje conmigo, entonces disfrutaría de la única oportunidad para evitar que el hecho fuera conocido y que fuera usted expulsado del territorio.
Neuman tenía el rostro lívido y temblaba de pies a cabeza.
—¡Anderson me amenaza! gritó—. ¡Anderson sospecha de mí! ... «Gott In Himmel! ...» ¡Siempre he sido engañado! Y ahora me ofende...
—Oiga, no es saludable hablar de ese modo acerca de mi patrón —le interrumpió enérgicamente Jake—.
Y estamos perdiendo el tiempo. Si no quiere usted ir conmigo, vendremos a buscarle todos nosotros, todos los que componemos la plantilla de trabajadores de Anderson... Anderson quiere ponerle frente a frente de aquel hombre.
—¿Qué hombre?
—Dorn. El joven Dorn, el hilo de Chris Dorn, el del Recodo... Dorn tiene que decirle a usted algunas cosas que seguramente no querrá usted que se hagan públicas... Anderson le concede un trato justo. ¡Si no fuera por eso, podría usted saber lo bien que dispara mi pistola...! ¿Comprende usted mi insinuación?
El nombre de Dorn hizo que el agresivo Neuman se encogiese visiblemente.
—Muy bien, iré —accedió enojado; y sin decir ni una sola palabra a sus hombres, se puso en marcha.
Jake le siguió. Neuman siguió un atajo en dirección a la puerta para evitar encontrarse con ninguno de los miembros de su familia. Sin embargo, cuando llegó a la carretera, algunos hombres que lo vieron le llamaron sorprendidos; pero él hizo que se retirasen.
—Bill, estrechaos un poco, tú y Andy, para que el señor Neuman pueda sentarse —los invitó Jake al mismo tiempo que abría la portezuela para que entrase el ranchero en el vehículo.
Los dos vaqueros cedieron a Neuman la totalidad del asiento posterior y ocuparon los dos pequeños asientos laterales. Jake ocupó su puesto junto al conductor.
—¡A toda prisa! —le ordenó.
La velocidad del automóvil hizo que la conversación fuera imposible hasta el momento en que llegaron a los límites de una ciudad, donde fue necesario reducir la marcha. Entonces los vaqueros hablaron. Juzgando por la escasa atención que prestaban al ranchero, podría haberse deducido que éste no se hallaba presente. Antes de que hubiera transcurrido mucho tiempo, el conductor llevó el coche hacia una carretera que seguía junto a las vías del ferrocarril por espacio de varias millas, y luego las cruzó para entrar en una ciudad de cierta extensión. Las calles estaban atestadas de personas, y el vehículo sólo podía avanzar a una velocidad muy moderada. En aquel momento, Jake sugirió:
—¡Vayamos por el puente!
—Sí —convinieron sus aliados.
El conductor viró para cruzar una calle en la que la concurrencia era mayor que en la anterior, que descendía un poco, y que con toda evidencia seguía la dirección de las vías del ferrocarril. Inmediatamente, se encontraron ante un puente, en torno al cual se reunía una multitud excitada y sobrecogida. Todos los rostros se dirigían hacia lo alto,, hacia la forma oscilante de un hombre colgado de una cuerda que estaba atada a la parte más alta del puente.
—Veo que Glidden está todavía colgado ahí —observó Jake alegremente.
Neuman se estremeció violentamente y se asomó a la ventanilla para ver la espectral figura; y luego se dejó caer con pesadez en el asiento. En apariencia, los vaqueros no hicieron ningún caso de él.
Durante todo el camino hasta «Aguas Mil», en los momentos en que se hacía posible hablar u oír, los vaqueros continuaron conversando del mismo modo. Y hasta que el conductor hubo detenido el vehículo ante la puerta —de Anderson, ninguno de ellos pareció darse cuenta de la presencia de Neuman.
—Salga del automóvil y entre en la casa dijo Jake al pálido y sudoroso ranchero.
Jake condujo a Neuman al vestíbulo y llamó a la puerta del estudio de Anderson. Dorn la abrió.
—Bien, aquí estamos —anunció Jake; y su indiferencia mostraba su satisfacción.
Anderson se encontraba en pie junto a la mesa. Comenzó a caminar hacia la puerta, y su mano se dirigió significativamente hacia atrás al ver a su enemigo y rival.
—Nada de disparos, patrón; ésas fueron sus órdenes —habló Jake—. Y Neuman no tiene pistola.
Estaba claro que Anderson hubo de hacer un gran esfuerzo para contenerse; pero no lo consiguió. Y acaso la evidencia de que no podía matar aquel hombre, hizo que su indignación se desatase. Luego, los dos grandes rancheros se miraron cara a cara: Neuman lívido y tembloroso; Anderson, tan hosco como una nube de tormenta.
—Neuman, usted tramó una conspiración con Glidden para asesinarme —acusó Anderson con amargura.
Neuman lo negó por medio de una respuesta ronca y breve.
—¡Claro! ¡Niéguelo! ¿Qué nos importa?... Le tenemos en nuestras manos, Neuman —gritó Anderson con voz que la indignación hacía más potente—. Pero no es su canallesco complot lo que me ha encolerizado.
Ha habido muchísimos hombres que han pretendido terminar conmigo. He sido más hábil que usted en muchísimas ocasiones. Por eso, el odio personal de usted hacia mí no tiene importancia. Lo siento mucho..., pero usted y yo no podemos vivir en el mismo lugar, porque usted es un maldito traidor, que vive aquí desde hace veinte años, que se ha hecho rico a costa de este territorio, y ahora quiere vendernos a su podrida Alemania. Y lo que pienso de usted por esta causa, voy a decírselo inmediatamente.
Anderson se detuvo para hacer una profunda aspiración de aire. Después, comenzó a lanzar maldiciones contra Neuman. Todos los ásperos años de su vida en la frontera, así como los otros más apacibles de sus días de ranchero, encontraron expresión en el rápido y tronitoso desarrollo de su terrible desprecio. Todos los insultos que habían sido utilizados por vaqueros, proscritos o jugadores, brotaron de la ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m boca de Anderson. Todos los epítetos duros y ofensivos que son comunes en los días actuales, fueron lanzados al rostro de Neuman. Y Anderson terminó con una maldición que era tan personal en cuanto a su carácter como intensa en cuanto a su acento.
—Le he llamado para mi propia satisfacción —terminó diciendo —y no me agradaría encontrarme ahora ni nunca en su piel.
Y se detuvo. Se limpió las gotas de sudor que le brotaban de la frente, tosió y se estremeció. Sus enormes puños se abrieron. La indignación cedió su puesto a la dignidad y a la calma.
—Neuman, es una lástima que usted y los hombres como usted no puedan ver la verdad. Eso representa un misterio para mí, un misterio que cualquiera que haya pasado la mitad de su vida y prosperado en este feliz y hermoso territorio despreciaría. Jamás lo comprenderé. Pero sí que comprendo que América jamás aguantará a hombres de esa naturaleza durante mucho tiempo. Supongo que usted debe tener sus propias razones, y no dudo que cree que tiene una justificación para su acto. Ésa es la tragedia de usted, que se escapó de una Alemania gobernada con puño de hierro. Usted no viviría aquí por su propia y libre elección; pero aquí ha triunfado y vive en paz y abundancia... Y, ¡por todos los diablos!, se ha unido a una cuadrilla de gentuza extranjera y ha engañado al pueblo al que tanto debe... ¿Por qué no puede usted ver las cosas con claridad?... Piénselo... Y éstas son las últimas palabras que le dirijo.
Anderson se encaminó hacia su mesa, cogió un cigarrillo y lo encendió. Estaba nuevamente tranquilo. En su rostro, antes invadido por el sudor, sólo había huellas de tristeza. Y luego, se dirigió a Dorn.
—Kurt, ahora te ha llegado la vez —dijo—. Como superintendente mío y como compañero en el porvenir, todo lo que digas será apoyado por mí... No sé qué es lo que para este hombre significará el ser justo.
Anderson se sentó pesadamente detrás de la mesa, y su rostro quedó oculto tras el humo del cigarrillo.
—Neuman, ¿me conoce usted? —preguntó Dorn al mismo tiempo que clavaba una enérgica mirada en el ranchero.
—No —replicó Neuman.
—Soy el hijo de Chris Dorn. Mi padre murió hace pocos días. Hizo un esfuerzo excesivo para su corazón al combatir el fuego que había prendido en nuestro trigal... Fuego provocado por los hombres de la I.W.W., por los hombres de Glidden... Esos hombres quemaron nuestro trigo y nos arruinaron.
Neuman se estremeció al oír tal noticia y al tener conocimiento de la súbita muerte de un íntimo amigo; pero no expresó con palabras estas emociones.
¿Niega usted estar complicado en la conspiración para matar a Anderson? —preguntó Dorn.
—Sí —contestó Neuman.
—Entonces, ¡es usted un embustero! —replicó Dorn. —Vi a usted con Glidden y con mi padre. Los seguí en Whealty... hasta llegar a la vía del ferrocarril. Me aproximé a ustedes y oí lo que decían. Fui yo quien arrebató el dinero a mi padre.
El valor de Neuman se había extinguido, pero, como efecto de su estúpida y obstinada situación, continuó negando de un modo incoherente.
—Glidden ha sido ahorcado —continuó Dorn—. Aquí, en el valle, se ha organizado una banda de vigilantes. Los hombres que gozan de las simpatías de usted no estarán seguros aquí, ni lo estarían aun cuando no se hubiera tramado la conspiración contra Anderson. Estoy seguro de que sólo la publicidad bastaría para causar la ruina de usted... Los americanos del Oeste no tolerarán a los traidores... Ahora la cuestión que hemos de decidir es ésta: ¿quiere usted aceptar los riesgos que le amenazan. o preferirá vender sus propiedades y abandonar el territorio?
—Las venderé —contestó Neuman.
—¿Qué precio pide usted por el rancho, tal y como está ahora?
—Cien mil dólares.
Dorn se volvió hacia Anderson y preguntó:
—Vale tanto como eso?
—No. Setenta y cinco mil dólares sería aún un precio demasiado elevado —contestó el ranchero.
—Neuman, le pagaremos setenta y cinco mil dólares por sus propiedades. ¿Acepta usted?
—No tengo posibilidad de elegir-contestó hoscamente Neuman.
—¡Elegir! —exclamó Dorn—. Sí, puede hacerlo. Y nadie le engaña. Le he presentado claramente la situación. Su vida en este valle ha terminado. ¡Ahora, está usted arruinado! Y la suerte de Glidden le está mirando cara a cara... ¿Quiere usted vender y abandonar el territorio?
—Sí. —Ésta fue la respuesta que el ranchero arrancó a viva fuerza de su obstinado pecho.
—Vaya a extender las escrituras, y avísenos cuando las tenga hechas —dijo Dorn con decisión.
Jake abrió la puerta. Estólida y lentamente, Neuman salió, precisamente del mismo modo que había entrado, como un hombre muy voluminoso que se hallase en declarado conflicto con unos ininteligibles pensamientos.
—Llevadle a su casa en el automóvil —ordenó Anderson.


XXIII
Durante dos fugitivos días Lenore Anderson fue feliz mientras olvidó; desgraciada, cuando recordó. Y amaneció el tercer día.
Ante la mesa del desayuno su padre había dicho alegremente a Dorn:
—Sería conveniente que te quitaras la chaqueta y fue ras conmigo a los campos. Puesto que sólo disponemos de la mitad de los hombres que necesitamos, tenemos mucho trabajo para hacer la recolección...
Pero, ¡por Júpiter!, mis angustias han concluido.
Dorn le miró inexpresivamente, como si las jubilosas palabras de Anderson le hubieran hecho volver a la realidad de la vida. Dio un pretexto incoherente y se levantó de la mesa.
—¡Ah! —La característica exclamación de Anderson podría significar en aquel caso mucho o muy poco —. Lenore, ¿qué le sucede a ese muchacho?
—Nada, que yo sepa. Ha sido tan... tan feliz como yo lo soy —contestó ella.
—Entonces, ¿todo está arreglado?
—Papá, yo... yo...
La alegre y estridente voz de Kathleen la interrumpió.
—¡Claro que todo está arreglado! ¿No has visto cómo se ha ruborizado Lenory?
Ciertamente, Lenore sintió que la sangre le abrasaba el rostro y el cuerpo. Sin embargo, acertó a reír.
—Vamos a mi habitación —dijo Anderson.
Lenore le siguió, y cuando él hubo cerrado la puerta de la estancia, contestó a su inquisidora mirada arrojándose en sus brazos y sepultando el rostro en su pecho.
—¡Llévenme los diablos! —exclamó el ranchero, emocionado, al mismo tiempo que apretaba contra sí a su hija y la golpeaba cariñosamente la espalda con una de sus enormes manos—. Dime lo que haya sucedido, Lenore.
—Hay muy poco que decir —respondió ella dulcemente—. Le quiero... y me quiere también... tanto..., que he sido locamente feliz, a pesar de... de...
—¿Eso es todo? —preguntó incrédulamente Anderson. —¿No es suficiente?
—Pero el hecho de que Dorn te quiera tanto, no significa que no haya de ir a la guerra.
Y entonces fue cuando la olvidada amargura volvió a envenenar la copa de alegría de Lenore.
—Ah!... —murmuró.
—¡Dios mío! Lenore, ¿quieres decir... que tú y Dorn habéis estado a solas durante los pasados días... y no habéis arreglado esa cuestión de la guerra? —preguntó con sorpresa Anderson.
—Sí... ¡Cuán extraño! ... Pero como... Bien, como ha sucedido algo, lo... lo olvidamos —respondió ella soñadoramente.
—Volvamos a ella —dijo Anderson con energía—. Necesito que Dorn me ayude... ¡Es una maravilla ese muchacho! ... Ha salvado nuestra situación en el valle. Todos los rancheros a quienes conozco le elogian sin tasa. Y ha tratado a Neuman de un modo indudablemente justo. Y aquí estoy, ahora, con tres grandes ranchos trigueros en las manos... Lenore, es necesario que le retengas a nuestro lado.
—¡Papá! ... No... no podría —contestó Lenore. La joven comenzaba a experimentar un indefinible cambio en sí misma—. No puedo intentar obligarle a que no vaya a la guerra. Jamás lo había pensado desde.., desde que nos confesamos nuestro amor... Pero es una cosa muy importante... Creo que el permitirle marcharse, me mataría... Pero preferiría morir antes que pedirle que se quedara.
—¡Ah! —suspiró Anderson; y después de haber soltado a su hija, comenzó a pasear por la habitación—.
Comienzo a no comprenderte, hija mía. Pero respeto tus sentimientos. ¡Es un lío infernal! ... Yo mismo me había olvidado de la guerra mientras me dedicaba a expulsar y perseguir a esos hombres de la I.W.W... Pero es preciso no olvidarse de ella... Di a Dorn que venga a verme.
Lenore encontró a Dorn jugando en compañía de Kathleen. La niña y el joven parecían dos hermanos.
—Kurt, papá quiere verte —dijo Lenore con seriedad. Dorn se estremeció, y la alegre expresión que había en su rostro dio paso a otra de seriedad.
—¿Se lo has dicho?
—Sí, Kurt. Le he dicho lo poco que tenía que decir.
Dorn le dirigió una mirada y se encaminó lentamente hacia el estudio de Anderson. Lenore hizo un inútil esfuerzo por aplacarse los nervios. Oyó la voz profunda de su padre, plena y vehemente, y oyó las rápidas, y apasionadas respuestas de Dorn, y se preguntó lo que aquella entrevista significaría.
Dorn estuvo conversando con Anderson por espacio de más de una hora. Cuando salió, aparecía pálido, pero aparentemente tranquilo. Lenore no había visto jamás que sus ojos mirasen de una manera tan penetrante como cuando en aquel momento se posaron en ella.
—¡Uf! —exclamó al mismo tiempo que se secaba el sudor del rostro—. Tu padre ha..., ¿cómo dice Kath— leen?..., despellejado al mío.
—Qué ha dicho? —preguntó Lenore ansiosamente.
—Muchísimas cosas..., como si yo no las supiera mejor que él —replicó Dorn con tristeza—. La importancia del trigo, los tres ranchos que posee y la necesidad que tiene de alguien que los dirija; sus años de prosperidad; mi porvenir y la gran oportunidad que se me presenta de convertirme en uno de los grandes trigueros del Noroeste; las necesidades presentes del Gobierno; la ida de su hijo único a la guerra, lo que es ya suficiente para su familia... Y después habló de ti..., la heredera de Aguas ¡Qué joven más noble y más encantadora eres..., lo mismo que tu madre! ¡Qué vergüenza sería el destrozar tu porvenir..., tu felicidad...!
¡Dijo que serías la más amante de todas las esposas..., la más amante de todas las madres...! ¡Oh Dios mío!
...
Lenore volvió el rostro en otra dirección; sentíase estremecida hasta el fondo de su corazón por la trágica actitud de Dorn.
—Y... después... me maldijo... duramente..., como sin duda merezco —añadió Dorn.
—Pero ¿qué dijiste tú? —susurró ella.
—Yo también dije muchísimas cosas —contestó Dorn, arrepentido.
—¿Sí?... ¿Sí? —comenzó diciendo Lenore; y se interrumpió, incapaz de terminar la frase.
—Llegué... hasta el estado en que me encuentro ahora..., completamente ofuscado —replicó él con una sonrisa que estaba al mismo tiempo llena de alegría y de pesar. Agarró a Lenore de las manos y la aproximó a sí—. Lenore...,en el caso de que vuelva de la guerra..., todavía con los brazos y las piernas..., entero..., ¿te casarás conmigo?
—Vuelve vivo, y no me importará lo que hayas perdido. ¡Sí, sí! —murmuró ella, emocionada.
—Pero ésta es una proposición matrimonial condicionada, Lenore —insistió él—. No debes casarte jamás con medio hombre.
—Me casaré contigo —exclamó ella con pasión.
A Lenore le parecía que a cada momento que transcurría le amaba un poco más, aun cuando aquel amor fuese tan penoso para ella. Después, a través de las nieblas que le empañaban la visión, vio que él sacaba algo del bolsillo, y notó que le ponía un anillo en el dedo.
—¡Te está bien! ¿No es una suerte? —dijo Dorn dulcemente—. Es el anillo de mi madre, Lenore.
Y le besó la mano.
Kathleen se encontraba al lado de ellos, con los ojos y la boca abiertos, inmovilizada por la sorpresa.
—Kathleen, tu hermana ha prometido casarse conmigo... cuando vuelva de la guerra... —explicó Dorn a la chiquilla.
La chiquilla grité por efecto del placer y, rindiéndose a una tentación sufrida evidentemente por espacio de mucho tiempo, le rodeó el cuello con los brazos y le apretó contra sí.
—¡Oh! ¡Es magnífico! —exclamó—. Pero ¡qué tonto eres al irte a la guerra... cuando podrías casarte con Lenory ahora mismo!
Éste era el punto de vista de Kathleen, que coincidía en cierto modo con el del señor Anderson.
—Kathleen, ¿verdad que no querrías que yo fuera un cobarde? —preguntó suavemente Dorn.
—No. Pero ya hemos permitido a Jim que se vaya—. Esta fue la argumentación de Kathleen.
y Dorn la besó se volvió hacia Lenore.
—Vamos a los trigales —dijo.
No era muy larga la distancia que hubieron de recorrer para llegar al alfalfar, pero la angustia que abrumaba a Lenore desapareció durante su recorrido. Dorn parecía hallarse extraordinariamente alegre y ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m expresivo de un modo desacostumbrado; en apariencia, había olvidado la nube de la guerra por efecto de la alegría de la hora. El hecho de que se hallase caminando por terreno descubierto, no parecía importarle mucho.
—Kurt, ten cuidado; podrían vernos —le reprendió Lenore.
—¡Hoy estás mucho más guapa que nunca! —dijo él a modo de respuesta, e intentó cerrarle el paso.
Lenore se escabulló y corrió. Era muy ágil y pudo escapar de su persecución. Pero él la alcanzó y agarró exactamente en el momento en que conseguía llegar a su anhelado refugio. Lenore tenía mucho menos temor de él quede los ojos burlones que pudieran verlos. Fatigada, se recostó en el almiar.
—¡Eres... un... caníbal! —dijo con voz ahogada.
—¡Y tú eres... una diosa! —replicó él.
—¡Yo...! ¿De qué?
—Pues... ¡La diosa de «Aguas Mil»...! ¡La diosa del trigo..., del trigo rico y dorado, dulce y ondulante...!El verdadero espíritu de la vida.
—Si alguien te viera... aporreándome de ese modo..., no le parecería una diosa... Tengo el cabello...
colgando hasta la cintura... ¡Oh, Kurt!
—¿Quién podrá vernos aquí, sino los pájaros? —dijo él; y sus fuertes brazos la retuvieron más prietamente—. Vas a besarme ahora mismo... lo suficiente... Y lo harías aun cuando todo el mundo nos estuviera mirando —aseguró Dorn sonoramente—. ¡Lenore, alma mía! ... ¡Lenore, te quiero!
No había manera de oponerse a su deseo. Y si ella lo hubiera deseado, su voluntad habría sido inútil.
Lenore se agarró a su cuello y le devolvió beso por beso.
—Lenore, tus ojos son ventanas... y a través de ellos puedo ver tu alma. Puedo leer en ellos... y' a veces me siento inmensamente feliz, y a veces me inundo de tristeza.
Había un encanto mágico en aquellas palabras..., el mismo encanto que hacía que las horas volasen.
Pasaron el resto del día en la ventosa pendiente cubierta de trigo, en la altura, solos, con la belleza y la riqueza de «Aguas Mil» a sus pies. Y cuando el sol envió sus últimos resplandores rojizos y dorados sobre las cumbres occidentales, y los cansados recolectores se encaminaron a su hogar, Lenore todavía se entretuvo, reacia a romper el encanto. Pues, según adivinaba, en el camino que había de llevarlos a la casa, él habría de decir que se marcharía muy pronto.
Recorrieron las veredas próximas a los trigales, mano con mano, cuando el crepúsculo ensombrecía el valle; y cuando llegaron a la casa, él dijo tímidamente que debía marcharse.
—Pero... ¿no te quedarás esta noche? —preguntó ella.
—No. Todo está preparado ya —contestó él roncamente—. Me llevarán a la estación... El tren llegará a las ocho de la noche. He esperado hasta... los últimos minutos.
Ambos entraron juntos en la casa.
—Llegamos tarde para la cena —dijo Lenore, pero no era esto lo que estaba pensando; y se detuvo e inclinó la cabeza—. Quiero... despedirme de ti... aquí —y señaló la oscura y acortinada entrada del gabinete.
—A mí también me agrada —contestó él—. Voy a subir a recoger mi maleta. Espera un momento.
Lenore se encaminó despacio hacia el sombreado lugar, detrás de las cortinas, en que había dicho a Dorn que le quería; y allí se inmovilizó, rezando y luchando por adquirir fuerzas para permitirle marcharse, por adquirir la presencia de ánimo suficiente para ocultar su dolor. La única tarea importante que podía realizar consistía en demostrarle que no se interpondría en el camino del cumplimiento de los deberes que él ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m mismo se había impuesto.
Lenore vio que Dorn bajaba las escaleras con su pequeño maletín de mano, que abandonó en el suelo.
Tenía pálido el rostro. Tenía los ojos abrasados. Pero el amor de mujer de Lenore le hizo comprender que la conmoción no era tan fuerte para el alma de él como para la de ella.
Dorn entró primeramente en el comedor, y Lenore oyó las voces de su madre y de sus hermanas en respuesta a la de él. En seguida Kurt salió del comedor para entrar en el estudio del padre de Lenore. Lenore escuchó, pero no pudo oír sonido alguno que saliera de la habitación. En el exterior, el motor de un automóvil zumbó al pie de la ventana, y el vehículo se detuvo delante del ancho pórtico lateral. Luego la puerta del estudio de Anderson se abrió y se cerró, y Dorn fue al encuentro de Lenore.
La joven hizo precisamente lo mismo que hiciera unas noches antes, cuando cambió el aspecto del mundo de Dorn. Pero, a continuación de su beso, sobrevino un terrible instante en que, con los brazos en torno al cuello de Kurt, experimentó una sensación de ceguera al comprender la pérdida que sufría y lo abrazó aún más apasionadamente. Era como renunciar a su propia vida. Lenore se dio cuenta en aquel momento, corno jamás se la diera, de que disponía de la fuerza necesaria para retener a Kurt a su lado. Pero un pensamiento la salvó del riesgo de aprovecharse de aquel influjo que sobre él ejercía: el pensamiento de que no podía hacer que Kurt fuera inferior a los demás hombres.
—Lenore, quiero que siempre pienses... en el modo como me has amado —dijo Kurt.
—¿Amarte? ¡Oh, querido! Todo parece haber sido penoso para ti. Trabajaste..., perdiste todo..., y ahora...
—Escucha —la interrumpió él; y ella no había oído nunca sonar su voz de aquel modo—, los millares de jóvenes que van a luchar lo consideran un deber. ¡Un deber con nuestra patria! ... Yo tenía ese mismo deber y algo más... Mi padre era alemán y fue un traidor. Lo más terrible de cuanto me sucede es que odio todo lo que de alemán hay en mí... Quiero matarlo. Pero tú me has ayudado a conseguirlo... Sé que soy americano.
Estoy dispuesto a cumplir mi deber. Podría haber ido a la guerra como una bestia irracional, con el alma muerta antes de llegar allá..., sin esperanzas..., sin posibilidad de volver... ¡Pero tú me quieres...!¿No ves...
cuán grande es la diferencia?
Lenore le comprendió y respiró su misma felicidad.
—Sí, Kurt. Lo comprendo... Gracias a Dios te he ayudado... Quiero que vayas a la guerra. Yo siempre rezaré por ti. ¡Dios mío! Tengo fe en que volverás a mi lado... La vida no puede ser tan cruel...


XXIV
Campamento de..., octubre...
«Queridísima Lenore:
»Si mi escritura no es muy clara ni legible, eso se debe a que la mano me tiembla cuando comienzo a cumplir ese dulce y sagrado privilegio de escribir a mi prometida. Mi carta anterior fue corta, y ésta es la segunda que te dirijo en el período de varias semanas que ha transcurrido desde que me separé de ti. ¡Qué tiempo más interminable! Es preciso que comprendas y me perdones si no te escribo más frecuentemente y no te indico una dirección mía definitiva.
»No quería pertenecer a un regimiento occidental, por razones difíciles de explicar. Me inscribí en Nueva York; intento con toda firmeza entrar a formar parte de la división del «Arco Iris», y tengo algunas ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m esperanzas de éxito. No aspiraba a pertenecer a un regimiento de primer orden, pero parece ser que éste entrará en acción antes que las demás unidades americanas. Tampoco quiero ser oficial,» ¿Cómo me será posible escribirte cartas como desearía que fueran..., que estuvieran libres de la plaga de mí mismo..., cartas que pudieras conservar como un tesoro en el caso de que yo no regresara jamás? Lo mismo dormido que despierto, no puedo olvidar la sorprendente verdad de tu amor por mí. No me parecía cierto cuando me encontraba a tu lado, pero ahora, cuando estamos separados, sé que es verdadero.
La mayor parte de mi imaginación está constantemente ocupada tan sólo por dos cosas: el imperecedero recuerdo tuyo, y aquella otra cosa terrible de la cual no quiero hablar. Todo lo demás que pienso o que hago me parece puramente mecánico.
»El trabajo y la instrucción no son difíciles para mí, aun cuando muchísimos jóvenes los encuentran desesperadamente complicados. Tú sabes que estoy acostumbrado a caminar detrás de un arado, lo que representa un verdadero trabajo, un verdadero esfuerzo. En este mismo momento me parece estar viendo las pardas colinas y los grandes rectángulos de tierra cubiertos de oro. Pero las visiones o los recuerdos de mi hogar son raros en mí. Y está bien que así sea, porque me duelen como una puñalada. No me es posible recordar ahora ni un solo detalle relacionado con mi instrucción que valga la pena de ser referido. Sin embargo, debo decirte algo acerca de ello. Por ejemplo, tenemos diversos instructores, y naturalmente algunos son más enérgicos que otros. Tenemos uno de quien todos los muchachos se ríen. Parece hacerles cosquillas. Todos le quieren, no obstante. Pero ese hombre constituye un tormento para mí. Y la razón es que la primera vez que hicimos ejercicios de bayoneta, cuando corrimos para atravesar un saco lleno de paja, nos hizo gritar: «¡Muere..., maldito alemán!» No creo que esto constituya una práctica general en los ejercicios militares, pero lo cierto es que de ese modo nos obligó a comenzarlo. No puedo olvidarlo. Cuando comienzo a iniciar una carga con una bayoneta, esas palabras saltan en silencio, pero terriblemente, a mis labios. Piensa en esto como en una realidad, Lenore..., como en una, triste verdad que resulta incomprensible en el año 1917. Todo lo que hay en mí de espiritual y de razonable, todo lo que antiguamente fue esperanzador, se rebela contra estas palabras y su significado. Pero hay otro aspecto en mí, el aspecto negro, que se refocila en ello. Y éste es el hombre de las cavernas que se oculta en mi interior, el hombre que se esconde entre la noche, y que espera, armado de un cuchillo, para matar. Comienzo a sorprenderme del cambio gradual que se está operando en mis compañeros. Creía que sólo yo había experimentado un retroceso. Recibo constantemente una profunda impresión de vileza que va a mantenerme apartado de ellos.
Parezco estar a solas con mi propia alma. No obstante, parezco ser anormalmente receptivo para ciertas impresiones. Percibo con claridad lo que sucede en las imaginaciones de los soldados, y esto me estremece, me hace sorprenderme, me obliga a dudar de mí mismo. No ceso de decirme que todo ello debe de ser un efecto de mi modo peculiar de observar las cosas.
»Lenore, no olvido nunca la súplica que me hiciste. ¿Podré olvidar jamás tu hermoso rostro..., tus tristes ojos..., cuando me dijiste que tuviera esperanza en Dios? Lo intento con firmeza. Ya comienzo a ver que en el interior del hombre se encierra una divinidad. En mi interior comienza a revelarse lentamente un algo divino. El renunciar al trabajo, a la propiedad, a los amigos, a la hermana, a la madre, al hogar, a la novia; el sacrificarlo todo para ir a luchar ppr la patria y por el honor..., eso es ciertamente divino. Es hermoso. Inspira al hombre y le yergue la cabeza. Pero, ¡oh!, pero si es un hombre meditativo, , cuando se pone en contacto con la preparación física para la guerra, descubre que la divinidad vive sólo en la hora del sacrificio, y que para convertirse en un buen soldado es preciso cambiar, olvidar, endurecerse, hacerse fuerte, implacable, brutal, duro, que es tanto como decir vil. He visto jóvenes que tienen un corazón sensible, que aman la vida, que nacieron para el sufrimiento, que no pueden infligir ningún daño. ¡Cuántos gritos silenciosos de protesta, de asombro, de angustia deben de elevarse en la noche sobre este campamento! La suma de todos ellos debe de ser monstruosa. El sonido de todos ellos, si fuera articulado, sería como un clarín que se oiría en todo el mundo. Lo divino es el sacrificio, no el convertirse en un soldado eficiente.
»Te escribiré sin cesar. El acto de escribirte me llena de consuelo. En este momento me encuentro aligerado de una parte de mis cargas. En algunas ocasiones no puedo soportar el peso de esta ininteligible conciencia. Mi imaginación no es lo suficientemente grande para interpretarlo. Algunas veces me parece sentir que voy a ser yo solo todos los soldados y todos los enemigos..., cada uno de ellos en su lucha, en su abandono, en su angustia o en su muerte. Pero a pesar de este sentimiento, creo encontrarme solo en medio de una multitud. No tengo amigos. No tengo otro medio de ocupar mi descanso que escribiéndote. Apenas puedo leer. Cuando no tienen trabajo, los muchachos se divierten de cien modos diferentes: yendo a la ciudad, a los teatros, a los cinematógrafos; persiguiendo a las muchachas (esto especialmente, si se juzga por sus conversaciones), jugando, boxeando y, lamento tener que decirlo, muchos de ellos bebiendo o encenagándose en juegos de azar. Pero yo no puedo hacer nada de eso. No puedo olvidar por qué ni para qué estoy aquí. Jamás puedo olvidar que muy pronto veré a la muerte cara a cara. ¡Qué terrible, qué extraño, qué vago sentimiento este que me llena de estremecimiento! Las diversiones y el olvido han terminado para Kurt Dorn. Me interesa mi alma. Y estoy luchando contra aquella negra pasión que hace de mí un insomne vigilante y pensador.
»Si esta guerra me permitiera vivir lo bastante para comprender su significado... ¡Acaso sea ese significado el significado de la vida, y en tal caso, únicamente estoy deseando conocer lo que no puedo conocer. Pero debajo de todo ello debe de haber un extraordinario movimiento de evolución, de desarrollo espiritual... o de regresión. ¿Quién sabe? Cuando me pregunto a mí mismo por qué voy a luchar, me contesto: «Por mi patria, como un verdadero patriota..., por mi odio particular.»
»Mi tregua se halla a punto de agotarse. Dentro de unos momentos estaré de servicio. La lluvia tamborilea en el fino tejado. ¡Cómo llueve en el Este! El agua cae incesantemente por espacio de muchos días y muchas noches. No puedo menos de pensar en mis desiertas colinas, siempre estériles y amarillas, siempre cubiertas de movientes nubes de polvo. Un solo día de esta lluvia, aquí inútil y perdida, podría salvar la cosecha de trigo del Recodo. La Naturaleza es casi tan inescrutable como Dios.
»Lenore, adiós por ahora. Piensa en mí, pero no a solas, ni angustiada entre la noche húmeda, negra, cruda y fría. Yo tampoco lloraré. Alguien —un espíritu —estará continuamente a mi lado mientras haga guardia. He abandonado detrás de mí la infelicidad. Y ni la lluvia, ni el barro, ni el frío me preocuparán jamás.
»Tuyo de todo corazón, » Kurt Dorn.» «Campamento de..., octubre...
»Querida hermana Lenore»Después de haber recibido tu última carta, no podía hacer otra cosa que adquirir un alfiler como el que envié a Kathleen. Va incluido en esta carta. Espero que lo usarás.
»Tengo mucha curiosidad por saber lo que contiene el paquete que me has enviado. No ha llegado todavía. El correo llega con mucho retraso. Esto entristece a los muchachos.
»El tiempo no es tan húmedo como cuando te escribí la última carta, pero es más frío. Créeme, ¡nuestras tiendas de campaña no tienen calefacción central! Pero aun cuando rechinamos los dientes, hacemos todo lo posible por parecer felices. No es una de las cosas más agradables del mundo oír todas las madrugadas la llamada de las cometas y tener /que salir bajo la luz fría y gris del alba. ¡Ah! Ahora tengo dos mantas. ¡Dos! Es hora de ir a misa; luego hemos de caminar por la carretera. Creo que seré destinado al cuerpo de Artillería. El servicio aéreo me seducía mucho más, pero cuando se hace el servicio militar no es posible obtener lo que se desea.
»Sábado. — Esta carta estará dividida en secciones. No vale la pena de enviarte una pequeñísima cantidad de noticias de vez en cuando. Te escribiré siempre que tenga tiempo disponible, y enviaré la carta cuando haya adquirido cierta extensión. Llegó tu paquete, que me entusiasmó. Creo que dormí mejor la noche pasada, con la pequeña almohada que me enviaste, que ninguna de las noches desde que me he incorporado al Ejército. Antes de ser almohada mía, esta prenda fue una manga de tu jersey.
»Son más de las tres de la tarde, y estoy de guardia, es decir, haciendo guardia de compañía, y debo estar levantado desde medianoche hasta el toque de diana, no en algún puesto exterior, sino en mi tienda, de modo que si alguno de mis hombres (ahora soy cabo), a quienes relevo cada dos horas, tuviera alguna dificultad, pueda llamarme. Esta guardia se repite cada seis noches. De modo que de cada seis noches, he de pasar una sin dormir.
»Se nos ha ordenado que nos deshagamos de todas las propiedades personales, con excepción del equipo de afeitar y los artículos más absolutamente necesarios. No podemos tener un baúl, una maleta, ni siquiera una jabonera en nuestras tiendas. Todo ello debe ser guardado en un saco, un saco exactamente igual a los que utilizan las lavanderas.
«Da gracias a las chiquillas por el pañuelo de seda y por los caramelos que me enviaron. Son seguramente las hermanas más simpáticas y buenas que cualquier muchacho pueda tener.
»Jamás las aprecié debidamente mientras estuve a su lado. Estoy aprendiendo muchas verdades amargas en la actualidad. Y di a madre que le escribiré muy pronto. Dale gracias por los pi:amas y por las servilletas. Dile que lamento mucho que un soldado no pueda utilizar ninguna de esas cosas.
»Esta mañana estuve lavando mis ropas de las dos últimas semanas, y me abstraje tanto en el trabajo, que no oí el toque de corneta, por lo que he sido inscrito en el «libro negro». Esto significa que no podré tener permisos de salida durante cierto tiempo.
»Antes de que se me olvide, permíteme decirte, Lenore, que he hecho un seguro de vida oficial por valor de diez mil dólares a tu favor como beneficiaria. Este seguro me cuesta sólo alrededor de seis dólares y medio cada mes, y en el caso de que muera... Bueno, ahora soy soldado. Dile a Rose que he comprado un bono de la libertad por valor de cincuenta dólares, de la nueva edición, para ella, y que lo estoy pagando a razón de cinco dólares semanales, y que este bono le será entregado al cabo de diez meses. Ambas cosas, como es natural, las pago con mi asignación oficial de soldado. El dinero que papá me envió lo he gastado como el agua; he prestado una parte a los muchachos, he dilapidado la otra. Dile que no me envíe más dinero. Dile que ha llegado el momento de ser bueno para Jim Anderson. Tengo un padre rico, que es el mejor padre de todos los que tienen un hijo atolondrado. Esta salida de casa me va a servir para aprender muchas cosas. Suena la corneta. Me llaman. Debo terminar. Mi cariño para todos.
»Hm.»
«Nueva York, octubre...
» Queridísima Lenore:
«Creo que ya es hora de que reciba alguna carta tuya. Estoy seguro de que alguna debe hallarse en camino, pero nunca llegan con rapidez. Los soldados se quejan del servicio de correos. ¿No es extraño que yo no tenga nadie que pueda escribirme, no siendo tú? Jeff, mi obrero del trigal, me escribiría siempre que recibiera carta mía; pero todavía no le he dirigido ninguna.
»Estoy prestando servicio, aquí, en Nueva York, en una especie de tómbola. ¿Por qué me eligió el oficial para prestar este servicio? Me gustaría saberlo. Pero hasta ahora no me he quejado de ninguna orden que se me haya dado, y estoy cumpliendo lo que se me ha mandado. Algunos de nosotros —y parecen haber escogido los más fuertes —hemos sido designados para este lugar, sin otra finalidad aparente, que la de que podamos lucir el uniforme. Es, como he dicho, una especie de tómbola organizada por Ias mujeres para recoger dinero con el fin de ayudar a las víctimas de la guerra, para trabajar y no sé qué más. La sala es casi tan grande corno el terreno que se halla en la parte posterior de tu casa, y todas las noches se llena materialmente de personas, la mayoría de ellas jóvenes. Mis compañeros se divierten mucho; pero yo me encuentro como un pez fuera del agua.
«De todos modos, Lenore, cada día aprendo algo más. Si no me encontrase tan disgustado, creo que esta ocasión sería muy provechosa para mí. En las circunstancias en que me hallo, aun así y todo, la considero únicamente como una experiencia sobre la cual no tengo Dorninio y que me interesa, a pesar de mi voluntad. Nueva York es una ciudad horrible: interminables calles y más calles, violen tas, atestadas de presurosas multitudes, de automóviles, de camiones, y llenas de ruido y de polvo. La falta de aire me asfixia.
Estas calles tienen humo en lugar de atmósfera. ¿De dónde vienen todas esas personas y adónde van? Todas parecen encontrarse ansiosas, como si tuvieran que llegar pronto a algún sitio y no supieran cuál es. No tengo el tiempo ni las ganas precisas para ver Nueva York, aun cuando creo que me agradaría hacerlo en circunstancias menos desgraciadas.
»Pero quiero hablarte de las mujeres y de las muchachas que veo, aquí, en Nueva York, en los campamentos y en las ciudades, en los trenes, en todas partes. Lenore, la guerra les ha hecho perder el equilibrio. He visto y observado de cerca a mujeres de todas clases. Créeme, como dicen los jóvenes, he dudado mucho respecto a la conveniencia de decirte o de callar la verdad desnuda. Pero, no sé por qué, me siento impulsado a hacerlo. Tengo la abrumadora convicción de que todas las jóvenes y las madres americanas deberían conocer cuál es la verdad. Jamás les será declarada, Lenore, y la mayoría de ellas no la creerían si la comunicaran. Y ésa es una de las cosas malas que tiene la gente.
»Creo que todos los soldados, desde el momento en que son inscritos hasta la terminación de la guerra, deberían ser alejados de las mueres. Esta afirmación es, acaso, demasiado radical, y no debes olvidar el tener en cuenta el estado de ánimo de quien la hace. Pero no quiero proceder con ligereza. Los soldados jóvenes se encuentran en un terrible peligro cuando se enfrentan con las mujeres antes de partir hacia las trincheras.
No todos, aunque casi todos los soldados serán afectados por la pobredumbre de las grandes ciudades o por los antros de vicio que brotan en las cercanías de los campamentos. Estos males existen, indudablemente, y son perseguidos por los militares, por el Gobierno, por la policía y por la Y.M.C.A. Pero jamás lograrán terminar con ellos.
»No quiero hablar con exceso acerca de las mueres de la vida social que asedian a los oficiales. Es posible que haya alguna de ellas, acá y allá, que tenga el corazón en el lugar debido; pero en la mayoría de ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m ellas existe sólo, en primer lugar, este algo relacionado con la guerra, que ha desequilibrado a las mujeres; en segundo término, un capricho, una novedad, un sentimiento falso, una moda lanzada por algún interesado. Del mismo modo quiero hablar muy poco acerca de la verdadera horda de muchachas vulgares, de cerebro atolondrado, que esperan a los soldados en las esquinas de todas las calles, por decirlo así.
Todas esas mujeres, no hay que dudarlo, pueden obrar impulsadas de manera inconsciente por razones que aparecen claramente en la superficie; y, en el caso de que esto sea cierto, sus acciones resultan menos crudas de lo que parecen.
»Sobre lo que quiero insistir es sobre mi opinión de que hay algo extraño, desequilibrado, incomprensible en la sincera conducta de tantas y tantas mujeres refinadas, bien educadas, buenas. Y sobre la ansiedad, la inquietud, la singular reacción de jóvenes decentes cuando se encuentran en situaciones que no son naturales.
»Esta misma noche, una mujer elegante, de alrededor de treinta años, se aproximó a mí con una radiante sonrisa y un brillo extraño en los ojos. Estaban bailando unas quinientas parejas, y el ruido de la música y el de los pies al arrastrarse hicieron que me fuese difícil oírla. Me dijo: «'0ye, soldado guapo!¿Quieres bailar conmigo?» Contesté amablemente que no bailo. Entonces ella me agarró y dijo: «Yo te enseñará a bailar.» Vi que en uno de los dedos de la mano que me puso sobre el brazo había un anillo de boda. Luego la miré directamente a los ojos. «Señora, dentro de muy poco tiempo aprenderé a bailar la danza de la muerte, en Francia; y esto es lo único que me interesa ahora.» Se puso roja de enojo. Pareció sorprenderse y asombrarse. Y replicó: «Bien, eres un soldado muy raro.» Más tarde, vi que estaba coqueteando y bailando con un oficial.
»Son muchísimas las insinuaciones que se me han hecho, y de varios géneros, entre los cuales se hallan, desde el ataque sincero y descubierto, como el de esta mujer, hasta otros más sutiles, menos abiertos, más para sentidos que para vistos, de una naturaleza más compleja y delicada. Y, Lenore, me da vergüenza decirlo; pero he sido acosado por las mujeres. ¡Tienen más de un millar de procedimientos diferentes para darlo a conocer a un soldado! Ni siquiera podría comenzar a contarlos. Pero, que yo sepa, no me doy cuenta de cuándo comienzan a ponerlos en práctica. Y estoy por completo seguro de que la mayor parte de los soldados no lo comprenden, tampoco, acertadamente. Por las noches escucho las conversaciones de mis compañeros, y... bueno, ¡si las mujeres los oyesen! En muchas ocasiones voy hasta donde no me sea posible oírlos; y si me es posible hacerlo, cierro los oídos.
»Lenore, te estoy hablando de muchachas buenas, ahora. Soy implacable. Hay muchas mujercitas como tú... Parecen como tú, aunque ninguna sea tan guapa. Quiero decir que existen algunos modales y distinciones que señalan de verdad a las muchachas buenas. Por espacio de un mes he ido de un lado para otro; de modo que creo haber visto tantas mujeres como soldados. He concurrido a diversas fiestas organizadas para los soldados. En una de tales fiestas una mujer se puso en pie y pidió a las jóvenes que invitasen a los soldados a bailar. En otra, se alineó una gran cantidad de muchachas. Cada una de ellas llevaba una cinta de color diferente al de las demás, y los hombres desfilaron ante ellas para buscar a la joven que tuviera la cinta que emparejaba con la de él. Y la que la tenía, era su compañera. Era interesante ver los ojos ansiosos, impacientes, maliciosos, de aquellas muchachas que observaban y esperaban. Exactamente tan interesante como ver el rostro del hombre cuando hallaba que su compañera era fea, o el gesto de orgullo del que había encontrado una «vencedora». Todo fue aventura para los hombres y las mujeres, todo azar.
Pero vi algo más que esto en todo ello. Siempre que no pude evitar el reunirme con alguna mujer, intenté mostrarme simpático y hablar de la guerra, de soldados y de lo que está sucediendo. No bailé, claro es, y ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m supongo que serán muchas las jóvenes que habrán pensado que soy un soldado muy raro.
»Siempre me ha conmovido, sin embargo, el ver y el sentir la gracia, la dulzura, la simpatía, la amabilidad y otras indefinibles cualidades de las muchachas que he conocido. ¡Cuánto me hacen pensar en ti, Lenore! No puede dudarse de sus corazones, de su lealtad, de su americanismo. ¡Cualquier soldado que vaya a Francia podrá luchar con el pensamiento puesto en una mujer! Es una cosa que se percibe claramente.
Creo que he profundizado más que muchos soldados, más que la mayoría de ellos, al examinar lo que llamaré «relación de guerra de los sexos». Si esto es normal, entonces, bajo todo ello existe un tremendo e inescrutable designio de la Naturaleza o de Dios. Y si esto es cierto, verdaderamente cierto, la guerra es justa e inevitable. ¡Qué horrible! Mis pensamientos me confunden, a veces. De todos modos, lo que quiero señalar es esto: he oído a un oficial decir a un padre iracundo cuyas dos hijas habían sido ofendidas por los soldados: «Queridos eñor, es lamentable. Esos dos hombres serán castigados; pero la culpa no es suya, puesto que son tantísimas las muchachas que se arrojan de cabeza contra los soldados. Sus hi as no lo hicieron, claro es; mas no deberían haber venido aquí.» Esto refleja la opinión de los militares de todas las graduaciones: «las mujeres se arrojan de cabeza contra los soldados». Y es cierto. Pero la idea es falsa, sin embargo, porque los actos de las muchachas son mal interpretados.
» ¡Mal interpretados! Voy a decirte por qué. Seguramente, la masa general de las mujeres americanas es buena, amable, pura, saludable. Esas mujeres son jóvenes. Las noticias de la guerra liberan en ellas un algo para lo cual no podemos hallar nombre. Pero ese algo debe de ser noble. ¡Un soldado! Sólo esta palabra, este nombre es suficiente para llenar de encanto y de emoción el alma de una mujer desde los días de su infancia. ¿,Qué ha de suceder, pues, cuando se halle en presencia del verdadero soldado, revestido de su uniforme y de cierta caballerosidad y cierto valor, del joven de rostro abierto y cuerpo atlético, sombrío y fascinante con sus ojos meditativos y su frente, cubierta de seriedad, o despreocupada galantería? Su presencia parece exhalar el sacrificio de la próxima partida hacia las privaciones, hacia las estrechas y peligrosas trincheras, hacia el infierno de la guerra, a la sangre, a las angustias, a la muerte... En una palabra: para luchar, luchar, luchar por las mujeres... Por esta causa, al ser apresadas por esta hermosa emoción, muchas mujeres pierden el equilibrio y son mal interpretadas. Las que no querrían y no podrían ser susceptibles a las insinuaciones que en tiempos normales se les hicieran, se atreven a admitirlas. La guerra otorga a los soldados una aureola de fascinación. El amor a primera vista, el flechazo, los coqueteos, las prematuras intimidades, las rápidas promesas, los casamientos inmediatos... El soldado que va a marcharse a guerrear, acaso a morir, llama con violencia al corazón de las jóvenes. Y, o la mujer deja de ser en el mismo instante quien es, pierde su personalidad habitual, o se encuentra súbitamente transportada a una madurez que es instintiva, elemental, universal para el porvenir. No sabe lo que experimenta. Se rinde por que se ha hecho un llamamiento imperativo a lo más recóndito de su naturaleza. Se sacrifica porque es la inspiradora del soldado, la recompensa por su pérdida, la salvadora de la raza. Si las mujeres son los botines de los conquistadores bárbaros, también son la fortaleza, la fibra, el alma de los defensores.
»Y así, de cualquier modo que se la mire, la guerra significa sacrificio para las mujeres, desilusión, desfallecimiento, angustia, sentencia. Lo comprendo tan claramente, que me encuentro abrumado. Me molesta la alegría de los juegos. Estoy lleno de temor, de asombro, de admiración, de desesperanzada piedad para ellas.
»Ningún hombre podría decir lo que sucede en el corazón de los soldados ni en sus almas cuando las mujeres les ofrecen amor y ternura, cuando se arrojan al ara de la guerra con la ciega esperanza de enviar la ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m grandeza de sus espíritus a los frentes de batalla. Es posible que el hombre que viva enteramente la guerra experimente un cambio en el fondo de su alma, aun cuando no lo advierta. Veo que ese cambio se opera día a día en mis camaradas. A medida que se hacen más fuertes físicamente, parecen empequeñecerse en espíritu. Pero es posible que sea sólo una suposición mía. He sorprendido actitudes de temor, de enojo, de mal humor, de melancolía, de vergüenza. Observo una creciente indiferencia para los trabajos, la fatiga y el dolor. A medida que estos jóvenes se endurecen físicamente, se endurecen mentalmente. Siempre, lejos, fuera de aquí, esta guerra, que parece íntimamente relacionada con el trabajo de aquí..., que es el preciso para la formación de un hombre. Estos hombres tendrán de los demás un concepto diferente después de sus experiencias con el sacrificio, el dolor, la obediencia, el trabajo. Y por ellos se engrandecen. Pero no creo que nada de esto sirva para estimular el cerebro humano. Se están operando algunos cambios en mí, algunos de los cuales soy incapaz de definir. Por ejemplo: físicamente soy mucho más fuerte que antes. ¡Peso ciento ochenta libras! En cuanto a mi imaginación, hay algo que siempre parece estarla perturbando. Creo que se fatiga. Quiere olvidar. A pesar de mi voluntad, mis agudos deseos de saberlo todo se borran y anulan; y a veces me sorprendo divagando, sin posibilidad de concentrarme. Veo, percibo y oigo sin pensar. Soy únicamente un animal, entonces. En tales ocasiones, la vista de la sangre, o de una pelea, o de un caballo desbocado, o de una pierna rota —y todas estas cosas son muy corrientes—, me afecta muy poco hasta el momento' en que recobro la sensibilidad y comprendo su significado. Y experimento una revulsión de sentimientos. Con el recuerdo llega a mí una especie de rebelión que me obliga a mostrarme disgustado, curioso, como siempre ha solido suceder. Me estremezco al suponer lo que la guerra podrá hacer de mí. El contacto efectivo con la tierra, los cartuchos explosivos, los compañeros en lucha, los enemigos, todo esto nos convertirá en brutos. Es un error el derramar sangre de otro hombre. Si la vida se ha hecho para eso, ¿,de qué nos sirve el progreso? Tengo algunas dudas y recelos respecto a mi imaginación. Si mis sentimientos son tan profundos aquí, en lugar seguro y cómodo, ¿qué sentiré cuando me halle allá rodeado de peligros y de angustias? Creo que me reiré de la muerte... ¡Oh, Lenore, piénsalo! ¡Reír ante el rostro espectral de la muerte!
»No repaso las cartas que te escribo. Me limito a escribirlas. Perdóname si no son más alegres. Pienso en ti a todas horas. Por la noche veo tu semblante entre las sombras de la tienda. Y te quiero inexpresablemente.
»Recibe el amor de »Kurt Dorn.» «Campamento de... noviembre...
»Querida hermana:
»Son malas las noticias que tengo para ti en esta ocasión. No sé qué es lo que me ordena que te las comunique, aun cuando hasta ahora he guardado para mí solo la relación de los hechos ingratos.
»El tiempo me ha vencido. Me he vuelto a enfriar y cada día me he sentido peor y peor. Hace tres días sufrí un escalofrío que duró quince minutos. Me agité y temblé como una hoja. Cuando el escalofrío pasó experimenté un terrible dolor en un costado. Pero no quise rendirme, lo que creo que ha constituido un error.
Permanecí en pie hasta que caí materialmente.
»Estoy en el hospital. Es un tinglado muy grande en el que hay tres estufas y muchos lechos con muchachos enfermos. Mi cama está muy lejos de la estufa más próxima. El dolor es muy fuerte todavía y tengo fiebre. Me encuentro muy enfermo, querida. Díselo a papá y mamá, pero no a las niñas. Recuerdos para todos. Y no te inquietes. Estoy seguro de que mejoraré. La culpa de todo la tiene este clima infernal.
»Más tarde. — Ha llegado la noche. Me interrumpieron cuando te escribía. Voy a escribirte sólo unas pocas líneas más. Espero que acertarás a leerlas. Hace frío. Todo está lleno de tristeza. El muchacho que se halla en la cama inmediata a la mía, está como loco. ¡Pobre diablo! Sc rompió una pierna, aplazaron la operación... ¡Hay demasiados enfermos y muy pocos médicos! Y, ahora, el muchacho perderá la pierna. No hace más que hablar de su hogar. ¡Oh Lenore! ¡Hogar! Jamás he sabido lo que es el hogar, la casa propia..., hasta ahora.
»Esta noche me siento peor. Pero todas las noches me encuentro mal. Sólo que esta noche noto no sé qué extraña sensación... Tengo un peso en el pecho, además del dolor. Ese lamento del viento me hace sentirme más solo. No hay nadie aquí..., tengo frío... He pensado muchísimo en ti, en las pequeñas, en papá y mamá. Di a papá que me he reformado.
«Jim.»


XXV
Los restantes miembros de la familia Anderson no concedieron gran importancia a la última carta de Jim. El padre movió la cabeza dubitativamente.
—Eso no es propio de Jim —dijo; pero no hizo ningún comentario más.
La señora Anderson suspiró. Las dos pequeñas no se enteraron de la novedad. Lenore, no obstante, se sintió atormentada por un significado no escrito en la carta de su hermano.
Lenore había escrito semanas antes a Kurt diciéndole que buscase a Jim. Dorn no había contestado a esta súplica. La intranquilidad de Lenore aumentaba cada día un poco más, hasta que no pudo soportar la angustia de esperar cartas que nunca llegaban. Todo ello la fortaleció para hacer frente a una posible desgracia. Y, corno un relámpago que surgiese del cielo, la noticia llegó bajo la forma de un telegrama procedente del campamento: Jim se estaba muriendo.
La conmoción postró a su madre. Jim había sido siempre su hijo predilecto. El señor Anderson partió inmediatamente en dirección al Este. Lenore hubo de encargarse de atender a su madre y de la dirección de «Aguas Mil», deberes que la mantuvieron misericordiosa y constantemente ocupada. No obstante, al cabo de un día, la señora Anderson se reanimó de modo sorprendente. Lenore advirtió en su madre la presencia' de un espíritu que se sacrificaba por una causa noble y universal. A la señora Anderson le parecía que Jim había sido herido de un tiro, o por accidente durante algunos ejercicios, o cuando menos, por algún caballo.
Lenore no compartía esta opinión de su madre, y se mostraba poco propicia a desvanecerla. Al quinto día de la partida del señor Anderson llegó un telegrama en el que decía que había llegado demasiado tarde para ver a Jim con vida. La señora Anderson soportó la noticia con valor, aun cuando desfalleció visiblemente.
La familia esperó nuevas noticias. No llegó ninguna. Transcurrieron los días lentamente. Después, un anochecer, cuando Lenore caminaba bajo la creciente oscuridad, Kathleen llegó corriendo para dar a gritos la nueva de la llegada de su padre. El señor Anderson había telefoneado desde Vale para que fuesen a buscarle en el automóvil.
Al cabo de poco rato, Lenore, que se había retirado a su habitación, oyó el ruido del automóvil, y reconoció la voz de su padre. Corrió escaleras abajo y llegó a tiempo de verle abrazado por las niñas y por ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m la madre, que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Sí, he traído... a Jim —dijo lentamente y en voz baja—. Todo está arreglado... Le enterraremos mañana.
—¡Oh papá! —exclamó Lenore.
—¡Hola, querida! —contestó él; y la besó—. Lamento tener que decirte que no pude encontrar a Kurt Dorn... ¡Ese Nueva York... y ese campo de instrucción...!
Anderson levantó las manos para expresar de este modo su disgusto. La aguda mirada de Lenore comprobó que su padre había adelgazado y que tenía el rostro macilento; y asimismo adquirió la dolorosa certidumbre de que el cabello de Anderson era más blanco que anteriormente.
—Me alegro muchísimo de encontrarme de nuevo en casa —dijo Anderson, acompañando las palabras de un suspiro—. Voy a lavarme y a tomar después un bocado.
Lenore sentíase tan decepcionada al no saber nuevas de Dorn, que no quiso pensar cuán extraño era que su padre no hablase más acerca de Jim. Más tarde, Anderson se reanimó un poco y dijo que Jim había contraído una pulmonía y muerto sin dejar mensaje alguno para su familia. Estas noticias postraron nuevamente a la señora Anderson.
Más tarde, Lenore buscó a su padre, al que encontró en su habitación. Éste no pudo ocultarle que tenía un algo obsesionante en la imaginación. En su expresión había una sombra de tragedia. Lenore se atemorizó al creer encontrarse ante lo que le parecía el oculto enojo de su padre. Le suplicó, le importunó.
Y entonces observó con más claridad que Anderson deseaba aliviarse del peso de una carga. Después, a fuerza de nuevas embestidas, consiguió hacerle hablar.
—Lenore, no hace mucho tiempo que aquí, en esta misma habitación, Jim me suplicó que le permitiera inscribirse como voluntario. No se hallaba todavía en edad militar. Pero ¿queríamos permitirle ir a luchar por el honor de nuestra patria, por la futura seguridad de nuestro hogar?... Todos observamos la ansiedad del joven, su anhelo, su patriotismo. Ha sido un muchacho díscolo, pero repentinamente todos estuvimos orgullosos de él y le permitimos marchar. Renunciamos a él porque era una parte de nuestra carne y de nuestra sangre, la parte que nosotros, los Anderson, enviábamos a la guerra para cumplir un sagrado deber.
La voz del señor Anderson tembló hasta tal punto, que hubo de interrumpirse para recobrar el dominio sobre sí. Lenore estaba horrorizada. Sentía en su interior un calor asfixiante.
—Déjame terminar —dijo Anderson con el rostro lívido y las venas hinchadas—. He de decírtelo: Estuve durante casi todo un día buscando a Jim. Al fin, encontré la tienda en que vivía. Era una tienda fría, húmeda, de barro. Los compañeros de Jim me hablaron elogiosamente de él. ¡Dijeron que era un príncipe...!
Todos ellos le debían dinero. A todos ellos había hecho muchos favores. Sólo disponía de una manta muy delgada, y cogió un enfriamiento. Todos los muchachos estaban enfriados. Cierta noche, Jim cedió su manta a otro chico que estaba más enfermo que él. Al día siguiente, empeoró...
La voz de Anderson se convirtió en un bajo susurro, y el padre miró compasivamente a Lenore, que estaba llorando.
—Aquel hospital era un granero. ¡No había doctores! Era demasiado pronto... No se veía ninguna enfermera. Más tarde pude hallar a una de ellas, y, ¡pobre muchacha!, parecía a punto de caer al suelo rendida de cansancio. Encontramos a Jim en una de las habitaciones pequeñas. ¡No había calefacción! En la habitación reinaba un verdadero invierno... y sólo había una cama... ¡Jim estaba en el suelo, muerto! Se había caído de la cama, o había sido sacado de ella. Únicamente tenía puestas las ropas interiores que llevaba cuando... cuando marchó de casa... Estaba rígido... y debió... morir... varias horas antes.
Lenore extendió las temblorosas manos.
—¡Muerto...! ¡Jim muerto... de ese modo! ... —tartamudeó.
—Sí. Murió de pulmonía —contestó roncamente Anderson—. En todo el campamento había muchos enfermos de pulmonía.
—Pero... ¡Dios mío! ¿No se... no se cuidaba nadie de atender a los pobres muchachos? —imploró Lenore débilmente.
—Estamos en una época terrible. ¡Se hizo cuanto se pudo!
—Entonces..., todo ello... ¿no ha servido de nada?
—¡Todo! ¡Todo! ¡Nuestro pobre muchacho, y muchos como él..., la sangre más pura de nuestra patria..., la sangre occidental..., muertos porque... porque...
La voz abandonó a Anderson.
—¡Oh Jim! ¡Oh hermano mío...! ¡Muerto como un pobre perro abandonado! ¡Jim..., que se inscribió para luchar... por...!
Llena de aflicción, Lenore salió presurosamente de la estancia.
La señora Anderson pudo ser reanimada a fuerza de grandes dificultades.
Los días siguientes al retorno de su padre, fueron días duros para Lenore, que tuvo poco tiempo para pensar en sí misma. Cuando, día tras día, llegaba el correo sin traer ninguna carta de Dorn, sentía que la angustia que le oprimía el pecho se hacía más intensa. Le parecía prever que contratiempos amenazadores e inmediatos habrían de hacer que pareciesen ligeros los sufridos hasta entonces.
La madre no tardó mucho tiempo en ir a descansar al lado de su hijo.
Cuando aquel día concluyó, Lenore y su padre se reunieron en el cuarto de ella, donde él solía ir generalmente en busca de consuelo. Ambos se miraron con miradas firmes y con ojos secos. La verdad desnuda..., la triste realidad..., la naturaleza de aquella catástrofe..., la evidencia de. la guerra..., todo esto se reflejó para cada uno de ellos en la mirada del otro. La brutal conmoción primera, y después aquella nueva y terrible desgracia, despertaron en sus imaginaciones la evidencia de la futilidad de la vida personal.
—¡Lenore..., todo ha concluido! —exclamó Anderson roncamente, al mismo tiempo que se dejaba caer sobre una silla—. ¡Ha sido como una pesadilla...!¿Para qué he de vivir ahora?
—Nos tienes a nosotras, tus hijas —contestó Lenore—. Y si no nos tuvieras, habría otras muchas personas para quienes podrías vivir; papá, ¿no lo comprendes... ahora?
—Creo que sí. Pero estoy envejeciendo, y probablemente renunciaré a la lucha.
—¡No, papá, jamás renunciarás! ¿Qué sucedería si todos los americanos lo hiciéramos? Significaría rae los alemanes obtendrían la victoria. ¡Nunca! ¡Nunca ¡Nunca!
—Es cierto. ¡Tienes razón! —exclamó él. La sangre y la vida afluyeron asomando a sus ojos. Se puso en .e lentamente y comenzó a pasear de un lado para otro ante ella—. Ves las cosas con más claridad que yo, Lenore. Siempre ha sucedido así.
—Comienzo a ver, pero no puedo decírtelo —contestó Lenore cerrando los ojos. Ciertamente, parecía haber ante ella una visión colosal, extraña y velada—. Suceda lo que suceda, no podemos desfallecer. Todo esto sucede por culpa de la guerra. Todos tenemos nuestros deberes... Más grandes que cuantos habríamos podido creer que pudieran ser arrojados sobre nosotros. El tuyo consiste en demostrar a los hombres la fortaleza de tu espíritu. ¡Producir trigo como jamás lo hiciste en toda tu vida! mío, es mostrar a mis hermanas y a mis amigas..., a todas las mujeres, cuáles son sus deberes. Debemos sacrificarnos, trabajar, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m prepararnos y luchar por el porvenir.
—Así es —afirmó él solemnemente—. La pérdida de tu madre y de Jim cambia por completo el aspecto de esta maldita guerra. Debo continuar haciendo todo cuanto esté a mi alcance, con el fin de que alguien pueda continuar mi labor cuando yo...
—Ésa es una gran concepción de la realidad, papá —añadió con vehemencia Lenore—. Hemos sido despertados trágicamente. Hemos sido sorprendidos..., baqueteados terriblemente en la oscuridad. ¡Ha sido una cosa horrible y monstruosa...! Percibo la amenaza que hay en ella para todos..., para toda la familia que vive en este amplio territorio.
—Lenore, una vez dijiste que Jim... Ahora, ¿cómo pudiste saber que todo había concluido para él?
—Papá, me lo dijo mi corazón de mujer. Cuando me despedí de Jim, supe que era una despedida eterna —¿Experimentaste esa misma impresión cuando te despediste de Kurt Dorn?
—No. Kurt regresará. Lo he soñado. Eso representa mi espíritu..., mi vida instintiva, la sangre y la carne de mi vida futura..., mi fe en Dios. La dura prueba de Kurt Dorn fue para él peor que la muerte. Pero creo..., del mismo modo que rezo por' ello..., que Kurt volverá vivo de la guerra.
—En ese caso, en medio de todo tienes esperanzas —dijo su padre—. Lenore, cuando estuve allá, en el Este, vi lo que hacen las mujeres. Las mujeres malas son buenas, y las mujeres buenas son magníficas.
Creo que las mujeres viven la guerra más que los hombres, aun cuando se queden en sus casas. Y esto debe de suceder porque las mujeres son madres... Lenore, me has confortado. Ahora, comprendo la necesidad de trabajar sin desfallecer. La necesidad del trigo durante el año próximo será superior a todos los cálculos. Compraré diez mil acres de aquellos terrenos trigueros próximos a la granja de Chris Dorn. Y dispararé contra los alemanes con trigo. ¡Voy a producir un millón de bushels!
A la mañana siguiente, entre la correspondencia, hubo un grueso sobre dirigido a manos de Lenore, que hizo que el corazón de la muchacha se agitase y la obligó a abandonar la reclusión a que se había entregado en su dormitorio.
«Ciudad de Nueva York, noviembre.
» Queridísima:
»Cuando recibas esta carta estaré en Francia.»
Lenore experimentó una violenta emoción. La escritura se desvaneció. Las gruesas hojas de papel cayeron al suelo y todo en torno a ella se hizo oscuro y se movió cuando la súbita alegría y la excitación provocadas por la carta se convirtieron en un angustioso dolor.
«¡Francia! Está en Francia —murmuró—. ¡Oh Kurt!»
Lenore se había convertido repentinamente en una mujer, y —su temor y su angustia eran más intensos por la inteligencia y por el espíritu con que habían rechazado el amor egoísta. ¡Kurt Dorn se encontraba en Francia, en la tierra de las trincheras! La violencia de la lucha se apoderó de ella, que vivió un momento de amargo triunfo. Lenore se mordió los labios y apretó los puños para reprimir el impulso que la obligaba a correr locamente por la habitación a gritar para expresar su odio y su temor. Imponiendo una enérgica disciplina a sus pensamientos, repitiéndose una y otra vez las antiguas y bien aprendidas razones, consiguió recuperar emociones más nobles. Pero cuando recogió de nuevo la carta con manos temblorosas, el corazón se le subió a la garganta acongojadamente, y vio las palabras a través de las lágrimas que le nublaban los ojos.
«Entregaré esta carta a un ordenanza que me ha prometido depositarla en el correo tan pronto como re— grese a Nueva York. Lenore, la carta en que me hablabas de Jim fue detenida en el correo. Pero, gracias a Dios, la recibí a tiempo. Ya había sido trasladado y esperaba que se me ordenase embarcar en el transporte en que ahora te escribo. Te habría escrito, o por los menos telegrafiado ayer, después de ver a Jim, si no hubiera esperado volver a verle hoy. Pero esta mañana se nos condujo al barco y ni siquiera he podido enviarte esta carta antes de hacerlo.
»Lenore tu hermano está muy enfermo. Perdí varias horas buscándole. No querían permitirme que le viera.
Pero supliqué, dije que era el prometido de su hermana, y finalmente conseguí que me autorizaran a visitarle. La enfermera se mostró muy compasiva. Pero no experimenté ningún aprecio por los doctores del hospital. Todos ellos parecían hombres duros, apresurados, bruscos. También deben de tener preocupaciones, es preciso reconocerlo. El hospital era una larga especie de barraca, y se hallaba lleno de heridos.
»La enfermera me condujo a una habitación pequeña y desnuda, demasiado húmeda y fría para un enfermo, y así lo manifesté. La enfermera se limité a mirarme.
»Jim se parece a ti mucho más que cualquiera de los otros Anderson. Lo reconocí al mismo tiempo que veía lo muy enfermo que estaba. Antes me había dicho que padecía una pulmonía, y me miró de un modo que aceleré los latidos de mi corazón.
«¿Quién es usted?», me preguntó. No podía hablar claramente. Cuando le dí a conocer mi nombre y le dije que era el prometido de su hermana, su rostro cambió hasta tal punto, que no parecía el mismo de antes.
Era hermoso. ¡Oh, en él se reflejaba la nostalgia de su hogar! Después hablé durante cierto tiempo de ti, de las niñas, de «Aguas Mil»..., de cómo perdí mi trigo, y de no sé cuántas cosas más. Se interesó profundamente por mis palabras, y cuando hube terminado murmuró que sospechaba que Lenore había tenido la suerte de encontrar un «vencedor». ¿Qué te parece esta opinión? Mostró mucha curiosidad acerca de mí, y no cesó de hacerme preguntas hasta que la enfermera le obligó a callarse. Jamás me ha llenado nada de alegría tanto como el ver la felicidad que evidentemente le produjo el conversar conmigo y oír noticias de su casa. Le prometí volver a visitarle al día siguiente, en el caso de que no embarcásemos. Entonces se apoderé de él lo que calificaré de decepción. Sin duda, estaba apasionadamente ansioso de ir a Francia. La enfermera me hizo salir de la habitación. Jim me dijo débilmente. «¡Adiós, Kurt! ¡Mata alemanes en mi nombre!» Jamás olvidaré el tono de su voz, ni su expresión... Lenore, tu hermano no espera poder ir a Francia.
»Pregunté a la enfermera y movió la cabeza dubitativamente. Parecía hallarse triste. Me dijo que Jim había sido el león de su regimiento. Pregunté a un doctor, y se mostró preocupado. Me despidió con una rotunda afirmación de que no había peligro para Jim. Pero creo que lo hay. Espero que mejorará y rezo por ello.
»Jueves. — Embarcamos ayer. Ha sido un acontecimiento para nosotros el partir de Hoboken. Nuestro barco de trasporte y el puerto parecían tener una enorme nube de abejas amarillas que se posase sobre todo.
Las abejas eran soldados. Una profunda emoción como jamás he experimentado —excepto la que experimenté cuando me dijiste que me querías —se apoderó de mí cuando el gran barco comenzó a alejarse del puerto, de los Estados Unidos, de nuestra patria. Sentí impulsos de arrojarme al agua verde y de nadar hacia los muelles y esconderme en ellos hasta que el barco hubiera desaparecido. Mientras avanzábamos entre barquichuelas y recorríamos el río, mi emoción aumentó hasta que hubimos pasado la Estatua de la Libertad...
»Viernes. —Cada vez se hace más difícil encontrar una ocasión de escribirte, y a cada momento se me hace más difícil expresar lo que quiero decir. Cuando quisiera escribir, he de trabajar o me encuentro de servicio; cuando tengo unos momentos de descanso, me encuentro aterido. Este viejo barco machaca las olas hora tras hora, durante todo el día y toda la noche. Percibo su vibración cuando estoy dormido. Suceden muchas cosas que acaso te interesarían, tales como las relacionadas con nuestros deberes y con los juegos de los soldados, y las historias que corren de boca en boca, y los accidentes que se producen. ¡Oh, suceden muchas cosas! Pero todas ellas se me escapan de la imaginación en el momento que me siento para escribirte. Parece estar actuando sobre mí un algo tan vasto y tan agitado como el Océano.
»Al principio experimenté temor y desdén por el mar. Mas ya han desaparecido. Es indescriptible la sensación que se experimenta al hallarse sentado sobre cubierta, durante la noche, mientras continuamos avanzando y avanzando.
»Este viaje resultará beneficioso para mí. La vida dura, incesante y objetiva, la vida física del soldado, se detiene en cierto modo cuando se halla a bordo de un buque. Todas las horas que pasan son ahora inconmensurables para mí. Cualquiera que sea el misterio de la vida, de la muerte, de lo que me impulsa, de la razón de que yo no pueda vencer al demonio que se encierra en mí, de esta cosaque se llama guerra..., existe una certeza: que estas noches extrañas y oscuras pasadas sobre el mar me han dado una esperanza y la fe de que la verdad no es absolutamente inaccesible.
»Sábado.— Nos encontramos en la zona peligrosa, rodeados de destructores y con un crucero ante nosotros. Soy todo ojos y oídos. Pienso tan intensamente, que no duermo por las noches. El médico del barco me detuvo el otro día y me miró fijamente al rostro: «Se concentra usted demasiado. Piensa con excesiva intensidad... ¿Tiene usted miedo?» Y me reí en su misma cara. ««De ningún modo», le contesté.
«Entonces, olvide todo lo que tenga que olvidar, y reúnase con sus compañeros. juegue, beba, pelee..., haga todo lo que hacen los demás..., excepto pensar.» El tal doctor es una buena persona; pero si cree que los alemanes pueden matarme a fuerza de hacerme pensar, entonces no ha comprendido a Kurt Dorn.
»Nos acercamos a Francia, y la atmósfera es muy pesada. Un aeroplano se acercó para acogernos, para darnos la bienvenida, y voló muy bajo. Los soldados dieron gritos como locos. Jamás he visto nada tan emocionante. Me gusta la aviación y me agradaría pertenecer a ella. Pero no sé nada de mecánica. Además, soy demasiado voluminoso y pesado. Mi puesto está en las líneas de combate terrestre, con una bayoneta 'en la mano. ¡Es extraño el modo como me fascinan las bayonetas!
»Me han dicho que no podemos escribir nada a nuestra tierra acerca de la guerra. Te escribiré algo, sea lo que sea, siempre que pueda. No te aflijas si no recibes noticias mías, o si mis cartas dejan de llegar. Tu recuerdo llena mi imaginación y mi corazón. Sucédame lo que me suceda..., durante mi instrucción, cuando vaya a las trincheras, cuando luche..., estaré a salvo si en tales momentos puedo acordarme de ti.
»Te quiere, » Kurt.»


XXVI
A través de la tenue oscuridad de una noche francesa, fresca, cruda, húmeda, con un perfume de primavera en su frescor, una hilera de soldados cruzaba los terrenos melancólicos y solitarios. Una pálida luz de estrellas asomaba entre las nubes. Ni oscura ni clara, la hora de medianoche parecía poner una sombra de irrealidad sobre la hilera de hombres que avanzaba; y su realidad, en los confusos y vagos límites, en los espectrales espacios, en los campos estériles.
La lluvia había dejado de caer, pero una niebla fina, penetrante y fresca llenaba el aire. El terreno se hallaba enlodado en algunos puntos y en otros era resbaladizo; y aquí y allá se encontraban charcos de agua que llegaban hasta los tobillos. El paso de los soldados era corto y penoso, sin que hubiera en él ritmo ni armonía. Era cansado, mas estaba lleno de la latente fortaleza de la juventud, de la vitalidad intacta. Los rostros juveniles, severos, se volvían hacia el Norte; estos rostros se levantaban hacia lo alto intensamente siempre que un extraño, profundo y sordo sonido llegaba desde allí. La noche ofrecía un aspecto tormentoso, pero el sonido no procedía de los truenos. Cincuenta millas más adelante, tras aquel negro y misterioso horizonte, unos formidables cañones entonaban su canción de guerra.
En ocasiones, cuando el ligero viento dejaba de soplar, la noche se tornaba silenciosa, apenas alterada por el lento ruido que producían los pasos de los soldados. En aquellos momentos las voces enmudecían.
Cuando el viento volvía a soplar, llevaba en su seno aquellas detonaciones significativas y profundas que, a medida que transcurrían las horas, se hacían más potentes y tronitosas.
Finalmente, una luz débil y gris apareció en la parte oriental del cielo y aumentó gradualmente en intensidad. Llegaba el alba de un día más. El alba nació como si lo hiciera a regañadientes, fría, gris y sin sol.
El destacamento de tropas de los Estados Unidos se detuvo para acampar en las cercanías de la ciudad francesa de A...
Kurt Dorn se encontraba entre los hombres que componían aquel escuadrón.
Los meses de estancia en Francia habían volado en alas de los trabajos de instrucción y de espera.
Dorn había cambiado muchísimo. Pero lo único que él podía observar era que pesaba ciento noventa libras y que creía haber vivido un centenar de vidas fugaces. Todo cuanto vio y percibió se convirtió en una parte de él. Sus camaradas le habían otorgado su amistad en virtud de la buena disposición que mostraba en todo: por su afición a la instrucción, por su aceptación silenciosa de la rudeza, las penalidades y los dolores que integran la formación de un soldado. El escuadrón vivía en buena armonía y muy unido, como una gran familia. Los compañeros de Dorn le habían atormentado, a veces, a causa de su nombre alemán, se habían reído de sus abstracciones y de su afición a escribir cartas, habían interpretado erróneamente su alejamiento.
Pero este estado de cosas duró poco y, más tarde, ante la naturaleza de los acontecimientos que se aproximaban, sus compañeros, regidos por la vida física de los luchadores, comprendieron que era un hombre verdadero.
Quizá fuera debido al acaso, o quizá porque todos los escuadrones americanos poseían la misma característica; pero el caso es que el de Dorn se componía de un conjunto de jóvenes muy diferentes unos de otros. Acaso fuese ésta la convicción adquirida por Dorn, cuando comenzó a vivir entre ellos. Formaban parte de la división número..., de Nueva York, puesto que se suponía que todos ellos pertenecían a aquel mismo Estado. En realidad, no era cierto. Dorn era natural de Washington. Sanborn era un muchacho robusto, de fuerte constitución, de ojos pardos, claros, y piel ligeramente curtida, nacido en California.
Brewer provenía de Carolina del Sur y era un muchacho zancudo y delgado, que tenía los ojos oscuros y profundos. Dixon era natural de Massachusetts, descendía de una familia de luchadores y había estudiado en ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m la Universidad de Harward, donde se había destacado como atleta. Era un joven fuerte, ágil, de rostro rojizo y cabello rizoso. Purcell era neoyorquino, y pertenecía a una rica familia, muy bien relacionada; sus modales distinguidos y sueltos, que poseían toda la elegancia de su persona, le hacían destacarse de todos sus compañeros, vestidos con trajes de color caqui, aun cuando él fuera vestido de idéntica manera. Rogers alegaba que era natural de Bronx, y estaba orgulloso de ello. Era menudo, puesto que apenas daba la talla, pero parecía ser todo músculos, y tenía sangre inglesa. Estos soldados del escuadrón eran los que más se relacionaban con Kurt.
El sargento, Bob Owens, llegó a toda prisa y se quitó rápidamente el sombrero.
—¿Qué órdenes tenemos, Bob? —preguntó uno de los soldados.
—Vamos a descansar aquí —contestó el sargento.
La noticia fue acogida con paciencia por muchos hombres, y con agrado por la mayoría. Todos ellos estaban fatigados por efecto del largo viaje. Dorn no hizo comentario alguno, pero en realidaddespreciaba los pueblos franceses. Todos ellos eran tan viejos, tan sucios, tan aislados, tan diferentes de los que estaba acostumbrado a ver... Pero le agradaba la pastoral campiña francesa, tan pintoresca y tan llena de calma. Y pensó que muy pronto vería las devastaciones ocasionadas por los hunos.
—¿Hay noticias de los frentes? —preguntó Dixon.
—Yo diría que sí —contestó el sargento con tristeza.
—Bien, abre el talego.
Owens contó rápida y seriamente lo que había visto. Los alemanes continuaban avanzando; era una noticia acostumbrada. Pero fue acogida de un modo muy diferente a lo habitual por los soldados que se encontraban ya cerca de los lugares en que se producía el sonido de los cañones. Dorn, observando a sus compañeros, se preguntó si las impresiones de ellos serían iguales a las suyas. No expresó ninguno de sus sentimientos, pero todos los demás tuvieron algo que decir. Palabras violentas, fieras, frías, duras, sonaron de un modo tan diferente unas de otras como diferentes eran quienes las pronunciaban; no obstante, la nota preDorninante en todas ellas era un afán de lucha.
Con gran disgusto por su parte, Dorn creía que no se comportaba debidamente con sus compañeros, en cierto modo, y por esta causa siempre se hallaba buscando procedimientos para compensarlos de lo que consideraba que era una falta de amistad. Pero, a pesar de toda su voluntad, Dorn estaba siempre silencioso, ensimismado, aleado, meditabundo, encerrado en el ámbito de la tremenda lucha de su espíritu y de su alma.
No podía evitarlo. A pesar de lo que adivinaba y veía en el sacrificio de sus camaradas sabía que la prueba de él era infinitamente más dura. Era natural que todos ellos esperasen lo mejor para sí. Kurt no tenía esperanza.
—Muchachos —explicó Owens—, hay un escuadrón de demonios azules que ha acampado allá, en un granero antiguo. Acaba de regresar del frente. Uno de ellos dijo que no hay ningún soldado en aquel conjunto que no tenga una docena de heridas, y que alguno de ellos tiene dos veces ese número. Es necesario que veamos a esos soldados. ¡Son los más valientes de todos los que han tomado parte en la guerra! Han luchado durante los tres años que hace que comenzó la guerra, han estado en Verdún, en el Marne, y ahora, en esa horrorosa batalla de Flandes. Ha llegado la hora de que vayamos a verlos.
Las noticias de este género emocionaban a Dorn. Durante los meses de su permanencia en Francia, las referencias a las hazañas y el valor de aquellos demonios azules habían llegado hasta él, y a todas partes, de vez en cuando. Dorn recordaba todo lo que había oído y lo creía, además, aun cuando algunas de las cargas ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m y de las glorias que se atribuían a aquellos famosos soldados parecieran increíbles. La ocasión de comprobarlo había llegado. Al acercarse hacia los frentes, habría de encontrarse con la realidad; y todo lo que había en su interior, la ansiedad extraña y viva, la curiosidad que llenaba de perplejidades el anhelo ininteligible, el calor de la pasión, todo se apresuró e intensificó en él.
Sin embargo, hasta las últimas horas de la tarde no pudo, al cesar en la guardia, encontrar la ocasión precisa para ir al pueblo. El pueblo era exactamente lo mismo que los que había visitado anteriormente, y sus habitantes, hombres viejos, mujeres viejas y niños, todos tenían los ojos azules, los rostros tensos y hambrientos, la expresión de tristeza que ya se había acostumbrado a encontrar por doquier. Pero, por muy tristes que estuvieran los habitantes de cualquier pueblo cercano a los frentes, en ninguno de ellos podía observarse la ausencia de una expresión de bienvenida para los soldados americanos.
Dorn encontró a Dixon y Rogers en la calle principal del pueblecito. Ambos habían ido para ver a los demonios azules.
—Creo que sería preferible que no nos acercásemos a ellos —dijo Dixon dubitativamente.
—¿No?... ¿Por qué? —preguntó Dorn.
Dixon continuó moviendo la cabeza con perplejidad.
—Son los soldados más grandes que jamás he visto. Pero creo que les dolió nuestra presencia. Pat y yo hemos estado hablando de ello. Es extraño, Dorn, pero creo que a esos demonios azules que han salvado a Francia, a Inglaterra y acaso a los Estados Unidos, no les agrada que estemos aquí.
—¡Imposible! —exclamó Dorn.
—¡Vete a comprobarlo tú mismo! —replicó Roger Creo que no debemos dejar de hacerlo.
Dorn se encaminó pensativamente en la dirección que le habían indicado, y al cabo de unos momentos llegó al otro extremo del pueblo, donde, en un huerto, encontró un granero medio derruido ante el cual unos grupos de soldados vestidos de azul se movían en torno a unas humeantes hogueras. Al acercarse más advirtió que la mayoría de aquellos hombres parecían sumidos en una especie de sombría —abstracción. Unos cuantos se encontraban entregados a la realización de diversas tareas, y otros se inclinaban ante los cacharros puestos al fuego. Dorn recorrió con la mirada toda la escena, y su primera impresión fue que aquellos soldados semejaban vampiros que hubieran vivido en agujeros cubiertos de fango.
Kurt se propuso adquirir cuantos conocimientos le fuese posible a través de aquella visita. El encuentro le parecía poseer una importancia mucho mayor que todo lo que hasta aquel momento le había sucedido en Francia. El soldado más cercano a él se hallaba sentado sobre un montón de paja, en torno al cual el terreno estaba cubierto de barro. A primera vista, el hombre le pareció africano: tan negro eran su rostro y su cabello. Nadie se cuidó de la proximidad de Kurt. El instante estaba lleno de emoción para él.
Kurt hablaba con bastante facilidad el idioma francés, de modo que fue más la emoción que la falta de dominio del idioma lo que hizo que sus primeras palabras fuesen casi ininteligibles. El soldado levantó la cabeza. Su semblante parecía un relámpago negro; sus ojos eran aún más negros, profundos; estaban llenos de terribles sombras. No pareció al ver a Dorn que apreciara la presencia de un hombre, sino solamente la del uniforme limpio y ajustado del ejército americano. Kurt repitió las palabras que había pronunciado anteriormente, con más claridad que en la primera ocasión.
El francés replicó hoscamente y se inclinó de nuevo sobre el descolorido y raído chaquetón que estaba rascando con un cuchillo. Entonces, Kurt se dio cuenta de dos cosas: de la figura grande, hundida, cansada ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m del hombre, y de la desgarrada camisa manchada de varios colores, rojo oscuro uno de ellos. Sus manos parecían las de un albañil, callosas y ásperas interiormente, y las de los pescadores en aguas saladas, con dedos anchos y nudillos despellejados, que jamás se curaban.
Dorn se vio precisado a escoger cuidadosamente las palabras a causa de su falta de familiaridad con la lengua francesa, mas también habló lentamente como consecuencia de su deseo de expresar con exactitud lo que quería decir. Su vehemencia hizo que el francés levantase de nuevo la cabeza hacia él. Pero en tanto que Dorn hablaba de las largas esperas y de las largas marchas, de la llegada a aquel lugar, y de la satisfacción de haberse acercado a los frentes, su oyente no daba muestras de oír lo que se le decía. No obstante, sí que lo oyó, lo mismo que otros varios de sus camaradas.
—Estamos llegando en grandes cantidades —continuó diciendo con voz vibrante Dorn—. ¡Un millón de hombres durante este año! No estamos instruidos militarmente. Tendremos que separarnos unos de otros y unirnos a las tropas francesas e inglesas para aprender a luchar como ellas. Pero hemos venido... ¡y lucharemos!
El francés se puso, entonces, el chaquetón. Kurt observó que era un oficial. Tenía algunas medallas de guerra. La mirada que dirigió a Kurt fue por completo distinta de la anterior. Aquella mirada produjo a Dorn un estremecimiento de vergüenza al mismo tiempo que otro de orgullo. El francés recorrió con la mirada el rostro de características teutonas de Dorn, y apreció, como oficial que era, las espléndidas posibilidades físicas del hombre que tenía ante sí.
—Tienes sangre alemana —dijo.
—Sí. Pero soy americano —contestó sencillamente Dorn; e hizo frente, con la plenitud de su impávido e intenso espíritu, a la inquisitiva mirada que se le dirigía.
—Me llamo Houn —dijo el oficial al mismo tiempo que presentaba a Kurt una de sus manos grandes y deformes.
—Yo me llamo Dorn —respondió Kurt en tanto que oprimía a aquella mano entre la suya.
Kurt Dorn fue prontamente bien acogido. Y se vio obligado a agotar sus conocimientos de la lengua francesa. Su figura fue minuciosamente inspeccionada por ojos que habían resplandecido en presencia de la muerte. Su mano fue oprimida por manos que habían sembrado la muerte. ¡Cuán terrible le pareció! E inmediatamente, cuando su emoción y su excitación se hubieron aplacado hasta el punto de que le fue posible distinguir lo que miraba, entonces obtuvo la recompensa de la realidad con su inextinguible significado, que se expresaba para él en las brillantes bayonetas, en las desgarradas vestiduras, en los casacones cubiertos de barro, en las manos que eran como garras, en los pies que vacilaban, en la extraña y prodigiosa presencia física de los hombres que daban tantas pruebas de valor, de la ilimitada capacidad humana de sufrimiento. En los rostros, ¡oh!, Dorn leyó una historia que le hizo estremecerse y le elevó por encima de sí mismo. Pues allí, en aquellos semblantes sombríos y rígidos, de muchachos que se habían hecho viejos en tres años, brillaba el terror de la guerra y el espíritu que a él se había opuesto.
Dorn podría haber parecido un chiquillo curioso y amigo de aventuras si se le hubiera juzgado por su manera de coger el rifle y por el modo como pasaba la mano sobre la brillante superficie de las bayonetas.
Pero era mucho más que un joven curioso; había comenzado a experimentar una sensación extraña, imprecisa, para la cual no encontraba nombre. La sensación de que había un algo que debía ser alcanzado por él. Un algo que, en el transcurso de una hora o de un solo momento, haría de él un luchador que no podría ser desdeñado.
Como quiera que fuese, lo cierto era que, a causa de su juventud o del imperioso vigor de su espíritu, ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m aquellos veteranos de los años sangrientos suscitaban homéricas visiones del sitio de Verdún, de la retirada hacia París, de la victoria del Marne y, finalmente, de la batalla del Káiser. la más terrible y horrible ofensiva de aquel temible enemigo tan fértil en recursos.
Brunelle le divo que era el único superviviente de un escuadrón de Verdún, a quien se había ordenado que mantuviese la defensa de una brecha abierta en un muro de piedra entre dos puestos. ¡De qué modo habían resistido un bombardeo de artillería pesada..., un rugido tronitoso y persistente, roto por el estallido de una bomba de humo y sulfuro de gas... y el hundimiento de los muros y el vuelo de las migajas de los shrapnells! Le habló también de que las vidas de los soldados eran, como las vidas de los mosquitos, arrebatadas por el viento y abrasadas por las llamas. La muerte tenía una diversidad espantosa y grande de forma. La cabeza de un soldado, con rostro lívido y ojos a los que se asomaba la conciencia, permaneció en cierta ocasión detenida casi por completo en el aire mientras el cuerpo desaparecía entre la explosión de una granada. Habló de hombres que reventaban, que eran atravesados por los disparos, o acribillados y perdían el cerebro o las entrañas en tanto que sus compañeros, severos e inconmovibles, sobre un arroyo de sangre, pervivían entre la lluvia de metralla y el fracaso de los muros defensivos, para luchar como locos y para, cuando el asalto seguía al bombardeo, matar a todos los asaltantes.
Mathle habló de la gran retirada, de cómo los hombres que habían luchado durante muchos días, invictos e impávidos, obedecieron una orden que despreciaban y no podían comprender, y caminaron día y noche, día y noche, comiendo mientras continuaban caminando; durmiendo mientras continuaban caminando; con los pies ensangrentados; desesperados, acosados por una sed abrasadora y la angustia del movimiento incesante; arrastrando pies y piernas; con los pechos fatigados, con los ojos cubiertos por una niebla roja; siempre caminando, con el inextinguible espíritu de Francia.
El sargento Delorme habló del cambio repentino y fiero en la batalla del Marne, de la acometida irresistible de aquellos hombres cuyos hogares habían sido destruidos, cuyos niños fueron asesinados, cuyas mujeres fueron esclavizadas, de una lucha implacable, rápida y mortal, y, finalmente, de una carga a la bayoneta realizada por su propia división, que se lanzó contra el enemigo, muy superior numéricamente, y lo forzó a aceptar una lucha cuerpo a cuerpo, fatal y virulenta, para obligar a los alemanes a correr sobre un terreno cubierto de sangre y muerte.
—Monsieur Dorn, ¿sabe usted cómo utilizamos los franceses la bayoneta? —preguntó Delorme.
—No —contestó Dorn.
—Allons! Voy a enseñárselo —dijo mientras cogía dos fusiles y entregaba uno de ellos a Dorn—. Venga aquí. Se hace así,., y así... Es una estratagema. Los boches no se atreven a hacer frente al acero frío... ¡Ah, monsieur, tiene usted la flexibilidad de muñecas de un prestidigitador! ¡Tiene brazos de gigante! ¡Tiene ojos de duelista! ¡Va a ser un gran machacador de alemanes!
Dorn sintió que su rostro perdía el color, la conmoción de sus nervios, el atirantamiento de sus músculos. Una fría e indeclinable decisión se apoderó de él, aun en el instante mismo en que temblaba ante aquel veterano francés de ojos llameantes que le lisonjeaba en tanto que le instruía. ¡Cuán fácilmente, pensaba Dorn, podría aquel soldado romper su guardia con la brillante bayoneta y perforarle de pecho a espalda! ¡Cuán horrible era la proximidad de la hoja acerada y siniestra, con su destello, su ligera curva, con su filo, todo ello hablando tan elocuentemente de su historia! Mientras Dorn esgrimía la bayoneta ante el inspirado francés, oyó decir a uno de sus compañeros que Delorme había hecho que la luz del día pasase a través de los cuerpos de catorce alemanes en aquella memorable batalla del Marne.
—Eres fuerte, rápido y ágil —dijo sencillamente el oficial Houn—. Cuando luches a la bayoneta, matarás a muchísimos alemanes.
En su charla y en su ejercicio y ayuda, en su deseo de alentar al joven americano, aquellos demonios azules, todos y cada uno de ellos, hablaron respecto a la muerte de forma cruda e inevitable. Tal era el significado de su vida. Y resultaba terriblemente espantoso para Dorn, porque parecía ser una confirmación de sus imaginadas visiones. Creyó, por un momento, ser como un niño entre los viejos salvajes de una tribu guerrera. No obstante, sintióse sugestionado por aquellas descripciones de las luchas cuerpo a cuerpo, hombre contra hombre, alemán contra americano, del materialismo contra el idealismo; y más allá de donde podía ejercer el dominio sobre sí, se encontraba el imperativo anhelo de su sangre. Los ejercicios que había realizado, las estratagemas que había aprendido, todo ello disfrutaba de un extraño poder que liberaba sus emociones.
El oficial Houn hablaba inglés; y al oír sus palabras, Dorn se quedó absorto.
—Vosotros, los americanos, tenéis el arrojo, el valor. Pe ro no habéis comprendido cómo es esta guerra. Moriréis a causa de vuestra dominante curiosidad por ver, o de vuestra ansiedad por luchar.
»La verdadera lucha es, para mí, un consuelo, un olvido, una exaltación; y lo es también para muchos de mis compañeros. Hemos sobrevivido al hambre, a las heridas, a las conmociones de las bombas, a los gases venenosos, a las enfermedades de la guerra, al horrible trabajo de las trincheras. Y todos los que hemos servido militarmente durante mucho tiempo llevamos en la imaginación este horror que nos obsesiona. Hemos visto veteranos que enloquecían al oír el estampido de las granadas. He visto soldados que se ponían en pie ante las trincheras llamando al fuego para que pusiera fin a su impaciencia. Para un hombre que espere salir de ella con vida, esta guerra es, ciertamente, el noveno círculo del infierno.
»Mis horrores propios, lo que temo, es: el barro, el agua, el frío. He vivido entre la oscuridad y entre el barro, en agujeros propios de ratas durante tanto tiempo, que mi imaginación no funciona correctamente cuando se relaciona con esas cosas. Lo comprendo más perfectamente en el momento en que me retiro para descansar. ¡Descansar!
Sabes que no podemos hacerlo? El bienestar que producen este granero viejo y sucio, esas hogueras, este desnudo terreno es tan grande, que no podemos descansar, no podemos dormir, no podemos hacer absolutamente nada. Cuando recuerdo el pasado invierno, no pienso en las heridas ni en la angustia para mí mismo, ni en 'los cuerpos mutilados y despedazados de mis camaradas. Recuerdo sólo el terrible frío, los siglos de interminable espera, la desesperada angustia de las cuevas, sucias como agujeros de ratas negras, en que habíamos de arrastrarnos sobre el pegajoso barro y el agua corrompida. ¡Barro, agua y frío, y el hedor de la muerte adherido a la nariz...! ¡Eso es la guerra para mí! ... Les Misérables! Vosotros, los americanos, no conoceréis nada de eso, gracias a Dios. Porque-nada de ello podría ser soportado por hombres que no pertenecen a esta tierra. En resumidas cuentas, el agua corrompida tiene una mitad de sangre, y el barro es una parte de los muertos de nuestra patria.
Houn continué hablando, hablando, hablando con la elocuencia de un francés que se libertase de una carga. Habló de las trincheras cavadas en terrenos pantanosos, de la vida y de las luchas que en ellas había, de que, después, las mismas trincheras eran utilizadas como tumbas para los muertos, de que varios meses más tarde había necesidad de volver a luchar, a vivir en las mismas trincheras. Por todas partes había cadáveres descompuestos.
Cuando se los cubría, las lluvias solían arrastrar las tierras y descubrirlos de nuevo. Éste era el estribillo de ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m las sombrías lamentaciones del soldado: la lluvia que caía, el barro que lo mantenía eternamente adherido a las rodadas de su desesperación. Habló de la noche y de la tormenta, de un abrumado escuadrón de hombres tumbados en el suelo, que intentaba abrir un refugio, bajo la cortina de agua y de oscuridad, en que guarecerse contra el infierno de cañonazos que estallaba sobre y junto a ellos. Habló de horas que agostaban las almas de los hombres, cuando la muerte era una bendición, una huida de la tortura y de los sufrimientos que eran superiores a la capacidad humana de resistencia. Y, coronando todo ello, aquella noche de horrores sobre horrores en que vio una docena de hombres enterrados vivos en el barro movido por una granada monstruosa, en que vio que otra granada similar abría y devastaba un refugio subterráneo y a continuación estallaba una tormenta que inundaba las trincheras y ahogaba a los soldados cuyas heridas y ropas cargadas de barro les impedían los movimientos, tormenta que hacía que la retirada fuese para los demás un trabajo infernal y espantoso, inexpresable e insoportable.


XXVII
La monstruosa posibilidad que durante meses y más me ses había consumido a Dorn, se hizo, al fin, realidad. Kurt había llegado a los frentes de guerra de Francia.
Durante toda la tarde, la compañía de soldados de los Estados Unidos marchó lejos y detrás del frente, se detuvo, al hacerse de noche, en un campamento de refuerzos para descansar, y después reanudó la marcha. El fuego de la artillería sonó invariablemente durante aquella jornada; los grandes cañones que habían rugido a lo largo de millas y millas de terreno, se encontraban silenciosos. Pero una inmensa actividad y un gran contingente de soldados situados detrás de las líneas pusieron una extraña opresión de plomo sobre el corazón de Kurt.
El tramo final del lento recorrido del escuadrón por negras y estériles tierras y a través de retorcidas sendas, profundas y estrechas, fue como el final de una pesadilla a la larga caminata. Dorn no había podido todavía apreciar claramente a Francia: era un extranjero en ella. A pesar de su gran interés y su impaciencia, todo cuanto observaba le parecía abstracto, producto de sus sentimientos, como si fuera una concreción materializada de la substancia de que se componían sus sueños. Aquel último día, culminación de meses de instrucción y de viajes, fue uno durante cuyo transcurso había observado, visto, oído, hablado y sentido con excitación nerviosa y febril. Pero creía que ya no recordaba nada de todo ello. Su conmovedora entrevista con los demonios azules había constituido una realidad que jamás podría ser olvidada; mas aquella cueva subterránea y lóbrega, aquella humedad, aquel repugnante olor a tierra, la presencia de aquellos hombres, las voces apagadas, los sonidos ahogados..., todo ello resultaba irreal. Aquella misma noche, a una hora determinada, debía prestar guardia. Debía dormir antes. No, era imposible. No podía cerrar los ojos. El esfuerzo que realizó por descubrir qué era lo que en realidad se hallaba haciendo le reveló el hecho de que estaba escuchando con todas sus potencias. ¿Qué esperaba oír? No pudo contestar a esta pregunta. Oía los lejanos y vagos sonidos, las voces bajas, más próximas, y el ruido de unos pasos. Sus camaradas se hallaban cerca de él; oía perfectamente su respiración, sentía su presencia. Todos se hallaban excitados y tensos, como él, todos se hallaban presos en la prisión de sus emociones.
En tiempos anteriores, en noches en que, como aquélla, se hallaba insomne, Dorn había pensado siempre en las dos cosas de este mundo que más quería: Lenore Anderson y las doradas colinas cubiertas de trigo de su tierra. Aquella noche acudió a su imaginación la imagen de Lenore, y se prendió a ella entre la negrura de las sombras, como un fantasma vago y pálido de rostro dulce, con sus hermosos ojos y sus labios ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m tristes. Y la imagen se desvaneció. Mas le fue imposible provocar una visión mental de sus queridos trigales.
De este modo, la sospecha de que en su imaginación se había transtornado algo se convirtió en una certidumbre que le enojó, que aguzó su sensibilidad. Dorn rechiné los dientes y apretó los puños y lanzó en voz alta unas maldiciones para comprobar su presencia allí, y para hacerse digno de las circunstancias, tan digno como su voluntad le dictaba desde hacía mucho tiempo.
De repente sintió que algo escurridizo y peludo le rozaba una muñeca; a continuación percibió un agudo mordisco. ¡Una rata! ¡Una rata de las trincheras, que vivía de carne humana! Levantó el brazo rápidamente y lo dejó caer con violencia sobre la blandura de la tierra. Aquel incidente, lleno de disgusto y de sorpresa, fue útil a Dorn, por lo menos en cierto modo. Su imaginación se había entregado a la suprema y extraña tarea de hacerle ver que se encontraba en aquel lugar, presa de una emoción que se hallaba a punto de vencer. La mordedura de una rata, al hacerle sangre, le reveló de modo fehaciente que era un soldado, que se encontraba en una cueva próxima a los frentes esperando entre tinieblas la llamada que daría principio a su guardia.
Comenzaba a perder el valor...? ¿Tenía miedo? Su negativa no llevó el convencimiento a su ánimo.
Entendía que el patriotismo y la pasión eran emociones, y que las realidades de la vida de un soldado no lo eran.
Dorn se esforzó por pensar en las realidades, con la esperanza de que de este modo podría recuperar su desvaneciente valor. Y el recuerdo le ayudó a conseguirlo. No muchos días, semanas o meses antes, era un hombre diferente. En Burdeos, cuando su escuadra puso por primera vez el pie sobre tierra francesa..., ¡aquélla fue una firme realidad! ¡Cuánto le había emocionado la acogida de los marinos franceses!
Después pensó en las agotadoras tareas militares, en la instrucción, en el viaje en unos fríos vagones de ferrocarril; en las interminables marchas, en los campamentos y los pueblos. Jamás olvidaría aquella mañana, que tan lejana le parecía, en que un oficial había ordenado al batallón que recogiese los bártulos.
—¡Vamos a los frentes! —anunció.
—¡Palabras mágicas! ¡Qué excitación! ¡Cuántos gritos, cuánta algazara y alegría entre los muchachos, qué apresuramiento y animación, qué notable actividad! Aquello había constituido una realidad, una experiencia cierta; pero su significado, su terrible significado, iba mucho más allá de donde podía alcanzar la imaginación de ningún americano.
«Estoy aquí..., en el frente..., ahora —murmuró Dorn para sí mismo—. A pocos centenares de metros están los alemanes...»
¡Era inconcebile! ¡No podía ser cierto! Dorn continuó su rápido recuerdo de los acontecimientos, con la imaginación despierta, con aquella extraña y creciente emoción que le inundaba y que se hallaba próxima a romper sus carreras. Cuando él y sus camaradas veían que sus trenes se alejaban..., mientras estuvieron esperando la llegada de sus propios trenes..., la idea de la realidad y del conflicto, ¿había prendido en ellos?
Dorn sólo podía contestar que no. Recordaba que se había labrado pocas amistades entre los habitantes de las ciudades y los pueblos en que se alojó. Todo el tiempo de que había podido disponer lo había dedicado a la búsqueda de marineros, soldados y hombres de todas las razas, con quienes se encontraba en satisfactorio contacto. ¡Los dos extremos del mundo unidos estrechamente por una guerra! ¿Cómo podría su memoria contener todo cuanto le había sucedido? Pero así fue. La pasión le liberaba. Vio en aquel momento que sus ojos eran como un objetivo fotográfico, su cerebro como una esponja, su corazón como un abismo.
¡Qué honor representaba el encontrarse comprendido en el batallón escogido entre los centenares de conjuntos americanos que se encontraban en Francia para ir a los frentes! Dorn vivía sólo con sus compañeros de escuadrón, pero percibía la envidia de todo el ejército. ¡Qué suerte! ¡Ser escogido entre tantos y tantos... para ir a los frentes y entrar en fuego muy pronto! En aquel momento comenzó a examinar la cuestión desde un punto de vista diferente. La suerte podía estar destinada a los soldados a quienes había dejado atrás. Siempre, bajo las meditaciones y las perplejidades de Dorn, bajo lo mejor de su espíritu y de su inteligencia, había habido un algo intensamente personal, un algo íntimo, un instinto egoísta. Este algo era la naturaleza del hombre, el instinto de conservación.
Como una tempestad, se presentaron a la imaginación de Dorn la prueba y la lección más elocuentes y más duras de su estancia en Francia; aquella maravillosa realidad constituida por su encuentro con los demonios azules y por la acogida que éstos le reservaran. Por mucho tiempo que viviese, su vida habría de hallarse necesariamente transformada como consecuencia del contado con aquellos grandes hombres.
La marcha nocturna bajo las desiguales carreteras, a través de la oscuridad y de la luz espectral de las estrellas, con los roncos sonidos del cañón, que le agitaban el corazón... Todo esto lo revivió de nuevo Dorn, y encontró singularmente que los más insignificantes detalles de observación y una veracidad exacta de sus sentimientos, se habían grabado con toda minuciosidad en su memoria.
Durante la tarde de aquel mismo día, en el campamento de fuerzas de reserva, un oficial había dirigido a los soldados un discurso que encerraba un firme y fuerte llamamiento al mismo tiempo que una orden: obedecer, cumplir los deberes, no correr riesgos inútiles, hallarse constantemente vigilante, creer que todos los hombres tenían todas las ventajas de su lado, aun en la guerra, en el caso de que no fuera un loco ni un irreflexivo. Dorn había absorbido todo el discurso. Recordaba cada una de sus palabras, pero todo le parecía inútil en aquel momento. Después había llegado la impresionante inspección de los equipos, el cuidadoso examen de las máscaras antigás, de los rifles, de las mochilas. Y tras esto, la orden de marcha.
Dorn creía que había recordado muy poco; pero había recordado todo. Acaso aquella sensación de extraña irrealidad fuera sólo una obcecación suya. Sin embargo, no sabía dónde se encontraba, en qué parte de Francia, qué distancia hacia el Norte o el Sur de la línea de los frentes, en qué sector. ¿No podría todo esto constituir la causa de aquella impresión que experimentaba de hallarse perdido?
No obstante, se encontraba ya ante el final de aquel incomprensible viaje. Un irresistible deseo de apresurarse se apoderó de él. Una vez más Dorn intentó dominar el vuelo de sus pensamientos..., intentó volver a afirmar los pies en tierra. La tierra estaba allí, bajo su mano, suave, pegajosa, blanda, olorosa.
Hundió los dedos en ella, hasta que el contacto de algo que parecía un hueso le hizo retirarlos. Acaso habría tocado solamente una piedra. Un estremecimiento frío, avasallador, le recorrió la espalda. Y entonces recordó, vio su pequeña habitación del viejo hogar situado entre los trigales del Noroeste. ¡A seis mil millas de distancia! Jamás volvería a ver aquel dormitorio. ¿Qué indefinible vagabundeo de la memoria había llevado aquel recuerdo hasta él? El recuerdo se borró de su imaginación.
Algunos de sus camaradas murmuraban; de vez en cuando, uno de ellos daba una vuelta; ninguno de ellos roncaba, puesto que ninguno dormía. Dorn se encontró más alejado de ellos que nunca. ¡Cuán aislado estaba cada uno de ellos, encerrado, en su propia preocupación! Todos y cada uno de ellos, como él mismo, tenían un alma solitaria. Acaso aquellos hombres estuvieran encarándose con ella. Dorn no podía comprender que fuese posible adoptar una actitud descuidada, irreflexiva, sin emoción, durante aquella primera noche de proximidad a las trincheras.
Dorn se hizo gradualmente más sensitivo para los muchos, débiles y susurrantes sonidos que se producían dentro de la cueva o en sus cercanías.
Un soldado se agachó para trasponer el opaco cuadrado de la puerta de la caverna. Su fusil, al golpear el marco de la puerta, produjo un sonido metálico. Este hombre exhaló un repentino y potente aliento, como si pretendiera librarse de una opresión.
—¿Eres tú, Sanborn?
Dorn reconoció en estas palabras la voz de Dixon. Estaba llena de contenida ansiedad.
—Sí.
—Me parece que ahora llega mi turno. ¿Cómo... cómo marchan las cosas?
En la risa de Sanborn hubo un singular y ligero temblor.
—Que yo sepa, hasta ahora todo va bien. Pero me parece muy extraño. Me habría gustado haber llegado aquí cuando hubiera luz de día... Pero es posible que no nos hubiera servido de nada.
—¡Hum! ... ¿Hay tranquilidad?
—Eso dice Bob; pero ¿sabe... algo más que nosotros? He oído cañonazos a lo lejos, y fuego de fusilería a no mucha distancia.
—¿Pudiste ver algún...?
—Absolutamente nada... y, sin embargo, todo —le interrumpió enigmáticamente Sanborn.
—Dixon —dijo Owens con voz baja y rápida desde la oscuridad.
Dixon no contestó. El pesado y repentino respirar, el roce de sus ropas contra la puerta, y después los pasos rápidos y suaves que se perdieron en la noche, atestiguaron su marcha.
Dorn intentó colocarse cómodamente para descansar, ya que no para dormir. Oyó sentarse a Sanborn, que permaneció aparentemente quieto durante cierto tiempo. De repente murmuró algo para sí mismo.
Dorn pudo percibir la palabra: infierno.
—¿Qué te sucede, compañero? —preguntó Brever.
Sanborn gruñó algo en voz baja, y cuando alguno de los que se encontraban en la caverna le interrogó curiosamente, estalló:
—¡Os apuesto el Estado de California contra un cardo a que cuando os llegue el turno, os ahogará el temor!
—Sufriremos lo que haya que sufrir —dijo Purcell con voz tranquila y baja.
No se habló nada más. Todos los hombres fingieron dormirse, porque todos se avergonzaban al pensar que sus camaradas pudieran creer que se-habían amilanado.
Un corto, ronco y duro rugido pareció reventar la tranquilidad exterior. Durante un momento la caverna estuvo tan silenciosa como una tumba. Nadie respiró. Después llegó hasta los hombres una conmoción de la tierra, un crujido de maderas removidas. Alguien abrió la boca invo luntariamente y emitió un suspiro. Otro hombre murmuró:
—¡Dios mío! ¡Eso es cierto!
Dorn se preguntó cuán lejos habría estallado aquella potente bomba. ¡No muy lejos! Era la primera vez que una bomba estallaba cerca de él. El rugido del cañón, el estallido de las granadas, esto había constituido diariamente una fuente de charla para sus compañeros. Pero la conmoción, el temblor de la tierra, tenían un horrible significado. Otro rugido, otra conmoción, no tan fuertes ni tan lejanas como las anteriores, y después unos cuantos disparos inmovilizaron a Dorn. ¡Disparos de ametralladoras! Dorn había oído muchos millares de disparos de ametralladoras, pero ninguno con la vida, con el despecho y con ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m la agudeza que aquéllos tenían. ¿Imaginaba él la diferencia? Aun cuando sentía frío, comenzó a sudar y continuamente, cada vez que se secaba las palmas de las manos, volvían a cubrírsele de humedad. Una singular sensación de ligereza y de debilidad parecía apoderarse de él. Las raíces de su voluntad parecieron aletargarse. Sin embargo, con todo ello, su imaginación pareció hacerse más activa.
El oficial, en sus discursos de unas horas antes, había dicho que el sector a que había sido designado el batallón estaba vivo. Con ello quiso decir que el bombardeo activo, el fuego de ametralladora, el lanzamiento de bombas de mano, de granadas de gases, o el ataque en masa podrían sobrevenir en cualquier momento, y que ciertamente se producirían tan pronto como los alemanes sospechasen la presencia de fuerzas americanas frente a ellos.
Y esto fue una sorprendente realidad para Dorn: la existencia efectiva de los hunos a una distancia de pocos centenares de metros. Pero esta evidencia no le había llevado a un vértice de temor. No vacilaría para enfrentarse con todo el ejército alemán. Ni creía tampoco que su vida valiera un precio muy grande.
Ni temía de un modo anormal los dolores. Ni las enseñanzas inolvidables de la Biblia perturbaban su espíritu. ¿Iba a ser un cobarde a causa de que un algo indefinible o alguna fuerza que hubiera en su interior laborasen contra él? Y se sentó, estremecido y sudoroso, con la carga de su peso más opresiva que antes, con todas sus potencias sensoriales agudizadas hasta un extremo límite.
El ruido de unos rápidos pasos interrumpió los latidos de su corazón. Provenían de lo alto, del exterior de la cueva, de las trincheras.
—Dorn, ¡sal! —dijo el cabo.
La reacción de Dorn fue instantánea. Pero estaba tan ciego como si no tuviera ojos, y tuvo que palpar la tierra para salir de la caverna. La forma indistinta y borrosa del cabo parecía medio fundida en la pálida oscuridad de la trinchera. Un viento frío azotó el acalorado rostro de Dorn. Cargado de emoción, cuya naturaleza temía, Dorn siguió al cabo, tropezando y resbalando sobre maderas húmedas, arrancando con los pies terrones de las paredes, experimentando una fría presión que le atenazaba las entrañas. Una luz desconocida resplandeció en lo alto y murió. ¡Otro trueno distinto, fuerte, vibrante! A la izquierda de Dorn, en un lugar ignorado, la tierra tembló. Dorn sintió que le azotaba el rostro una corriente que no era de viento.
El cabo guió a Dorn junto a unos hombres inmóviles que miraban sobre el borde de los muros hasta llegar a un ensanchamiento donde un montón de sacos llenos se elevaba sombríamente. Allí, el sargento trepó por las grietas del muro y se inclinó tras la defensa. Dorn le siguió. Las piernas no parecían pertenecerle. Algo suyo se había perdido. Después vio la pequeña forma de Rogers a su lado. Había llegado el momento de que Dorn relevase a su compañero. ¡Cuán pálida era la cara de Rogers ante la oscuridad de la noche! Cuando éste miraba, bajo la visera del casco, a Dorn, un bajo zumbido pasó sobre él; Rogers se sobresaltó ligeramente, un trueno sonó no muy lejos, e interrumpió al cabo, que había comenzado a hablar.
El cabo repitió la orden que daba a Dorn y se inclinó un poco para mirarle al rostro. Dorn intentó abrir la boca para decir que no comprendía, pero permaneció mudo. Luego el cabo se alejó con Rogers.
Aquel momento a solas, en campo abierto, bajo el extraño y ventoso palio de la noche, que todo lo envolvía con los resplandores, como relámpagos, que se encendían , en el horizonte, con un trueno acá, y un rugido allá, con diablos silbadores cabalgando en la oscuridad de las alturas, con una serie de estampidos que parecían provenir del frente, aquel momento produjo a Kurt Dorn una impresión de presente e inevitable realidad.
En aquel instante se elevó un cohete, o una bengala, que estalló para revelar con implacable nitidez lo que bajo él había. Con un suspiro, que fue un sollozo, Dorn dejóse caer aplastado contra el muro y miró el círculo desvaneciente, mientras experimentaba la sensación de hallarse atacado de parálisis. Debía de haber sido visto. Esperó las ráfagas agudas y silbadoras de una ametralladora o el estallido de una bomba. Pero nada de esto sucedió, y el resplandor se esfumó. Había brotado detrás de las líneas de Dorn. Casi había recobrado el dominio de sus músculos cuando un fuerte estampido provino del lado alemán, ¡Aquel estampido representaba una gran bomba que cumplía su horrible misión! La bomba pasaría sobre él. Dorn no escuchó. El viento procedía de aquel lado. Era frío, olía a pólvora quemada, transportaba sonidos que Dorn comenzaba a distinguir: disparos, rugidos, explosiones, silbidos de varias clases, todos ellos unidos, aislados. Después oyó un extraño y sordo zumbido. El zumbido aumentó de volumen, se aproximó rápidamente, se convirtió en un o-o-o-o-o-o ¡cada vez más cerca, más cerca! Su silbido se trocó en una especie de tonada monorrítmica. El proyectil estaba pasando... ¡No..., cayendo! ... Un potente golpe conmovió la tierra... Un temblor... Una turbonada que desgarró la oscuridad... Una onda de aire, que se expandió muy lejos... Y, después, el sordo golpeteo de la tierra volandera al caer.
Aquella granada había estallado cerca de donde se hallaba Dorn. Dorn se aterrorizó, se vio convertido en una ruina palpitante, incapaz de luchar contra su terror. No fue lo que había esperado. Pero ¿qué eran las palabras?. Las palabras, sólo las palabras, le habían hecho comprender lo que era una granada del género de aquélla. La muerte era también solamente una palabra. Pero ¡ser reducido a átomos...! Era una cosa que sucedía en todo momento a algún pobre diablo. Podría sucederle a él también. Pero aquello no era luchar.
En algún punto perdido e ignorado de la oscuridad, un enorme monstruo de hierro arrojaba las granadas contra unos hombres indefensos. ¡Verdad inconcebible y sublevadora!
Era una dura prueba que su mentalidad despojase a aquella hora de aventura y de novedad, que en tanto que su temor físico natural diese nacimiento al horror, al terror y a una horrible y convulsiva repugnancia, su exquisita y sensitiva mente, perfectamente organizada, parecida a la de la mujer en su capacidad para la emoción, padeciese al imaginar las infinitas agonías a que verdaderamente podría escapar.
Cada granada podría reducirlo a fragmentos; las angustias de todos los soldados debían, pues, ser suyas.
Pero sabía cuáles eran sus deberes y tan pronto como pudo moverse, comenzó a dirigirse hacia el corto atrincheramiento. Una vez llegado, aspiró estremecido una corta bocanada de aire, y luchando contra sus involuntarios instintos, miró por el borde. Una cosa invisible restalló cerca de él, sobre su cabeza. Era una cosa que no silbaba, sino cortaba. Frente a él, había solamente una difusa y neblinosa claridad entre la que unas formas espectrales se movían hacia el horizonte y donde unos resplandores semejantes a los relámpagos de una noche veraniega de tormenta se extendían y mostraban unos contornos recortados y accidentados. Luego se aproximé al otro lado para mirar desde allí. Dorn tenía una aguda visión ejercida a lo largo de muchos años de mirar en sus tierras a través de la oscuridad, y podía ver allí, donde la vista de un hombre corriente podría haber percibido el muro negro de la noche. El terreno plano situado ante él estaba desprovisto de objetos vivos o movientes. Ésta era su misión como centinela del puesto: adquirir seguridad de que ninguna patrulla enemiga se acercase por sorpresa. Y esta mirada sirvió para que Dorn comprobase que podría cumplir su misión, aun cuando el tormento de la angustia se hubiese adueñado de él.
Un enorme cañón retumbó. Dorn escuchó el gemido de las granadas de su frente con un sentido diferente al que había oído las del enemigo. ¡Qué natural y, sin embargo, qué irrazonable era! Las granadas de las otras líneas llegaban para destrozarle; las granadas de su propia línea partían para salvarle. ¡Pero ambas tenían la misión de matar! ¿Era él, el soldado encogido y desconocido que se hallaba situado aI otro ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m lado de la oscuridad? ¿Era justo? ¡Pero aquellos otros eran alemanes! Y estas palabras, tan frecuentemente repetidas, tan profundamente grabadas en su cerebro, no le parecieron convincentes en aquel momento, cuando se hallaba ante el espectro de la muerte.
¡Las cuatro! Con la luz, comenzó a llegar un número gradualmente creciente de granadas. La mayoría de ellas estallaban detrás de las líneas defensivas. Unas cuantas, pocas, a la derecha y a la izquierda caían cerca del frente. El alba rompió. Un alba como jamás podría haber imaginado Dorn que pudiera existir. Fue humeante y lluviosa. Los truenos se extendieron circularmente ante el horizonte.
Dorn fue relevado. Cuando regresaba a su dormitorio, pasó junto a Purcell. El elegante neoyorquino mostraba una admirable calma exterior. Pero bajo la gris luz del amanecer tenía un aspecto macilento y dolorido. ¡Era más viejo! Este pensamiento ardió en la imaginación de Dorn. Una sola y sencilla noche había contenido años, mucho más que años. Otros hombres del escuadrón habían cambiado del mismo modo. Dixon le dirigió una mirada inquisidora, como si Dorn llevase puesta una máscara bajola cual se escondiese un rostro engañoso y falso en contraste con el del soldado joven que se había desvanecido para siempre.


XXVIII
El escuadrón a que Dorn pertenecía tuvo que permanecer en continua guardia, porque el ataque parecía inevitable. Los alemanes estaban inspeccionando a distancia, probablemente con la intención de comprobar las noticias transmitidas por sus espías y referentes a la presencia de tropas americanas en uno de los sectores. Sin embargo, no tenían certeza de ello.
Una tarde, cuando el sector aparentaba la suficiente tranquilidad para permitir un pequeño descanso, Rogers estaba hablando a algunos de sus camaradas ante la puerta del refugio.
—Me emocionó el paso que dimos anoche hasta la tierra de nadie —dijo—. Habíamos recibido órdenes de llegar allí y detener una patrulla alemana que se suponía que intentaría llegar hasta nuestras líneas. Nos arrastramos panza al suelo sin dejar de mirar y de escuchar constantemente. Yo tenía el corazón en la boca.
No podía respirar. Y si en los primeros momentos hubiera encontrado a un alemán, no habría dispuesto de más fuerzas para luchar con él que las que habría podido tener un conejo. Pero todo me parece ahora claro.
La noche no era brillante, sino opaca y sombría; por todas partes había sombra. No se aproximaba ninguna patrulla. Pero el cabo Owens creyó oír a unos hombres que delante de nosotros construían una alambrada.
Nos arrastrarnos hasta un poco más adelante. Y debimos de llegar hasta muy cerca de las líneas enemigas —así era, en realidad —cuando cayó una de esas malditas bengalas. Todos nos aplastamos contra el terreno.
Quedé paralizado. Se produjo tanta luz, una luz blanco verdosa, como la que hay a mediodía. Esta luz aumentó. Tumbado en el suelo, pude ver las trincheras alemanas a menos de cincuenta yardas de mí. Me convencí muy pronto de que nuestra situación era desesperada. La luz se extinguió lentamente. Después, comenzó a sonar la ametralladora que vosotros oísteis. Es extraño el modo que los disparos de ametralladora parecen morder el aire. Oímos los proyectiles, que corrían a poca altura, exactamente sobre nosotros. Os digo, compañeros, que habría preferido ser herido y terminar de una vez con aquella situación...
Comenzamos a retroceder arrastrándonos. Experimenté deseos de correr. A todos nos sucedía lo mismo.
Pero Owens es un hombre valiente y nos contuvo. Otra ametralladora comenzó a disparar y los proyectiles llovieron sobre nosotros, cayeron como granizo delante y levantaron pequeñas nubes de tierra. Casi había-ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m mos llegado a nuestras líneas cuando Smith se puso en pie y comenzó a correr. Más tarde dijo que no había podido evitarlo. Nuestra ansiedad fue horrorosa, lo sé. ¡He sido empleado de un Banco! ¿Lo comprendéis?
Y, allí, me encontraba bajo una granizada de plomo alemán, sin poder comprender por qué ni percibir que había pasado algún tiempo desde que abandoné mi trabajo para venir a la guerra. ¡De qué modo más singular vi mi vieja mesa! ... Pues bien: así fue como Smith resultó herido. ¡Oh, como las balas golpeaban contra su cuerpo...
Owens y yo lo arrastramos, y conseguimos llevar a las trincheras. Un proyectil le había atravesado un hombro, y otro una pierna. Creo que vivirá... Muchachos, creed lo que voy a deciros: nadie puede decir lo que es una ametralladora. Un fusil, ahora, no es cosa de mucha importancia. Cuando disparan contra uno, se sabe que el hombre que hizo el disparo habrá de cargar nuevamente el arma y de apuntar. Eso requiere cierto tiempo. ¡Pero una ametralladora! ... ¡Uf! Es un peine..., un peine de dientes muy finos..., y uno se convierte en el piojo que el peine busca. Se oye el continuo moscardoneo, y después se oyen las halas por todas partes.
¡Pensad en lo que es un hombre frente a una ametralladora! No, no se encuentra en condiciones de igualdad...
Dixon, que era uno de los oyentes, se echó a reír.
—Rogers, me habría gustado ir contigo. Lo haré voluntariamente en la primera ocasión. Habéis tenido acción..., una acción que valió la pena de ser vivida. Ésa es la causa de que me inscribiera en el Ejército. El estar quieto..., el no hacer nada..., eso es lo que me pone loco. Los años que he dedicado a jugar al rugby hacen que la acción sea necesaria para mí. De otro modo, si no puedo moverme, correr, luchar, me encuentro enmohecido de cuerpo y alma... Anoche, antes de que vosotros hicierais la salida que nos has referido, estuve de guardia por espacio de dos horas. Era cerca de medianoche y el bombardeo había cesado.
Por todas partes reinaba tranquilidad. No había relámpagos, no había explosiones... Había una especie de resplandor luminoso en el cielo... Era la luna, que se asomaba a través de las nubes. Mi misión consistía en vigilar y escuchar; pero no me fue posible rechazar los pensamientos que me acometían. Y al pensar en mi casa, pensé también en mi novia. Hace cuatro meses que me separé de ella, estoy en los frentes desde hace siete días... (o, ¿serán siete años?), y anoche, entre las sombras, mi novia se me presentó. ¡Oh, sí, allí estaba!
Parecía hacerme reproches y dedicarme halagos, del mismo modo que lo hizo cuando me pidió que no me inscribiera en el Ejército. Mi novia no es una de esas mujeres que envían a su prometido a la guerra y juran que morirán solteras en el caso de que su novio no vuelva. La mía me pidió que me quedase en mi tierra, o, por lo menos, que esperase hasta el momento en que fuese llamado a hacer el servicio militar. Pero no soy hombre que pueda aceptar una sugerencia de tal naturaleza. Me inscribí como voluntario. Y anoche experimenté la amargura que suele llenar la copa del soldado. ¡Todas esas monsergas que nos suelen decir, son tonterías...! Mi novia es muy guapa. Tiene muchos admiradores y pretendientse, dos de los cuales me han inquietado siempre un poco. Uno de ellos tiene los pies planos. No puede venir a la guerra. El otro, es todo un cobarde. Es el que más aguardaba a mi novia. ¡La tenía encandilada, el maldito cobarde! .. Me gustaría poder creer que volveré a casa sano y salvo, después de haber matado a unos cuantos hunos y haber conquistado la Croix de Guérre, vestido con uniforme de oficial... ¡Sería una cosa magnifica! ¡Cómo podría, entonces, enorgullecerme ante aquellos hombres! ... Pero me matarán en la guerra..., es tan seguro que me matarán como que ahora estamos aquí todos nosotros..., y mi novia se casará con uno de los hombres que no vinieron a luchar.
Era aún media mañana, una mañana clara y fría en la que el sol brillaba con limpieza. Los cañones hablaban intermitentemente. Los soldados que no se encontraban de guardia tenían las caretas antigás en las manos. Todos ellos dirigían ansiosamente la mirada hacia lo alto.
Dorn se hallaba sentado, un poco separado de sus compañeros. También miraba a las alturas, y se hallaba tan absorto, que no oía el lejano gruñido del cañón. Estaba observando a los aviadores, a la aviación, que constituía el aspecto más maravilloso y famoso de la guerra. El espectáculo subyugaba a Dorn. En sus años infantiles le había gustado admirar el prodigioso vuelo de las águilas doradas; y, en cierta ocasión, vio cómo un cóndor de anchas alas se posaba sobre la cima de una montaña. ¡Cuánto había anhelado su libertad en las alturas, la soledad de que gozaban en las cimas inescalables, la compañía de las nubes! Y, cercano al frente, pudo observar la maravillosa libertad de los hombres-águilas en los cielos.
Los aeroplanos alemanes, volando a gran altura, se habían aventurado a cruzar las líneas aliadas, y los aviones ingleses se lanzaron a cortarles el paso. Uno de ellos se elevaba a no gran distancia, ascendía rápidamente, como un halcón que llevase una presa entre las garras. Su forma, su color, su hélice y su aviador se destacaban con claridad ante el cielo. El agudo y zumbante sonido de su motor flotaba sobre el campamento.
Los otros aeroplanos, a mayor altura y más lejanos, habían perdido su aspecto de máquinas mecánicas construidas y guiadas por los hombres. Eran como águilas en el cielo. Se elevaban, trazaban círculos, realizaban movimientos que Dorn se proponía seguir con la mirada. Pero no le fue posible comprender la finalidad de tales movimientos. La batalla del aire le parecía lo mismo que habría podido parecerle a un indio. ¡Aves de presa en combate! Dorn recordó poesías que había aprendido en su niñez, escritas por un poeta que cantaba las futuras batallas aéreas. Lo que el poeta había profetizado, se había hecho realidad. ¿No habría algún sabio que pudiera rasgar el velo del porvenir y cantar una cosa tan sagrada como es la vida humana? Dorn lo dudaba. Los poetas y los soñadores no parecían ser los hombres que pudieran detener la marcha del materialismo. Y, de modo singular, mientras miraba con amargura a aquellos fieros luchadores, Dorn recordó la historia de los tres reyes magos de Belén.
En aquel momento uno de los aeroplanos que iban en cabeza, que volaba a baja altura sobre las líneas enemigas, perdió la singularidad de su gracia de movimientos lentos, se detuvo en el aire, cambió de forma y se movió como si fuese arrastrado de onda en onda por el viento. Una débil columnita de humo brotó de él. Pequeñas partículas, visibles para la aguda mirada de Kurt, parecieron desprenderse del avión y caer; estas partículas fueron seguidas por el propio aeroplano, que descendió de modo rápido e irregular.
Dorn se puso en pie de un salto. ¡Qué espectáculo más emocionante y horrible! Sus compañeros se hallaban con las cabezas descubiertas y los enrojecidos rostros levantados hacia lo alto, con las bocas abiertas; presas de excitación, sin atreverse a desobedecer las órdenes recibidas y gritar con la plena capacidad de sus pulmones. Dorn experimentó una punzante sensación, como si se viese acometido interiormente de un borbotón de sangre; esta impresión se sobrepuso al hechizo que la embargaba, a los pensamientos de los momentos anteriores. Lo mismo que sus camaradas, comenzó a agitar los brazos, a patalear y a morderse la lengua.
El aeroplano sentenciado se perdió rápidamente de vista. ¡Había desaparecido! En un solo instante, lo que había parecido un ave se convirtió en una masa informe y rota. Los otros aeroplanos se dirigieron hacia el Oeste.
Dorn suspiró y salió de su abstracción. Estaba acalorado, inundado de sudor, temblando furiosamente.
¿Cuántos millares de soldados de las tropas aliadas habrían visto aquel vuelo declinante del avión alemán?
Dorn —sintió lástima del aviador vencido y muerto, se despreció a sí mismo, y experimentó el mismo furor de salvaje alegría que se había apoderado de sus compañeros.
Al ser relevado del servicio de guardia en la línea de fuego, Kurt Dorn volvió a refugiarse en la cueva.
Necesitaba la oscuridad de aquel agujero. Se arrastró al interior, y después de haber buscado el rincón más lejano y solitario, hurtado a todas las miradas, y especialmente a la suya propia, se tumbó, sudoroso y cansado, con un dolor frío, como una herida, en la boca del estómago. Cerró los ojos, mas no por ello pudo dejar de ver lo que veía. «¡Dios me ayude!», se dijo silenciosamente... ¡Seis meses enteros habían sido precisos para la preparación de un hecho que se había realizado en el espacio de muy pocos segundos! ¡Y esto le había transformado! Su vida en la tierra, su espíritu en el tiempo futuro, jamás podrían volver a ser lo que habían sido. Y exhaló unos sollozos a través de los rechinantes dientes al observar las fuerzas desintegrantes y angustiosas que actuaban sobre su alma, su espíritu y su cuerpo.
Por primera vez había volado los sesos a un alemán.
Un fuego infernal, desde dos largas líneas opuestas entre las cuales se extendía un terreno estéril, neblinoso y horrible, brotaba de la tierra. Desde los agujeros en que los hombres se escondían, surgían el trueno de los disparos, unas corrientes de humo y un estridor de hierros. Aquella inútil tierra que separaba a unos enemigos mortales temblaba corno si fuese agitada por una sucesión de terremotos. Surtidores de tierra negra o amarilla, parecidos a manantiales, seguían a las ruidosas y potentes explosiones, truenos roncos y quebrados, y un rápido encadenamiento de disparos, que sonaban como gritos metálicos; granizo de metralla desde el aire, un desierto desde el que surgían millares de bocanadas de humo que se elevaban y el aire desvanecía, el eco a lo lejos, el sibilante zumbido en lo alto... ¡Pum! ¡Uiiiii-iiiuuuu! , desde el Este. ¡Pum! ¡Uiiiii-iiiuuu!, desde el Oeste...
No hubo interrupción al llegar el crepúsculo. La noche resultó por ello más horrible. A lo largo del horizonte se encendían las hojas de los relámpagos, que no procedían de una tormenta de verano.
Coléricas, espeluznantes, roas, aquellas llamas ascendentes iluminaban el lóbrego cielo y mostraban, en espasmódicos y fugaces relámpagos, carros que se dirigían a los frentes, patrullas de soldados que corrían hacia algún lugar, grandes surtidores de tierra que se elevaban hasta gran altura.
El fuerte cañoneo cesó desde medianoche hasta una hora antes del amanecer, cuando recomenzó con renovada furia para no extinguirse hasta después del alba.
El alba llegaba desganadamente, pensó Kurt. Se alegró de ello. Todo hacía suponer que se produciría un ataque. Una noche más de infernal tumulto y estampido de proyectiles sería suficiente para matar a su espíritu, sino su cuerpo. Dorn prestó guardia en un puesto de observación. El sargento Owens estaba tumbado a sus pies, ligeramente herido, y se negaba a retirarse. Cuando los cañones dejaron de disparar se durmió. Rogers se encontraba a un lado. Dixon al otro. La escuadra había vivido una noche horrorosa.
Unos soldados llevaban alimentos y bebida. Todos parecían hallarse ceñudamente alegres.
Dorn no estaba alegre. Pero sabía que aquél era el día en que habría de reírse ante las garras de la muerte. Un fuego lento y soñoliento ardía en su interior, como una hoguera cubierta de cenizas, fiero y avasallador, en espera del viento que habría de agitarlo. Mientras vigilaba no movió voluntariamente ni un solo músculo, y, sin embargo, todo su cuerpo se crispaba como el de un atleta, para dar el salto de la gran carrera de la vida.
Un oficial llegó apresuradamente. Las conversaciones se apaciguaron. Los que se hallaban de guardia en las trincheras no apartaban la mirada de la línea del horizonte. El oficial habló. ¡Era de esperar ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m una carga, una embestida del enemigo! Los refuerzos se apelotonaban tras las líneas defensivas. El oficial dio las órdenes pertinentes y se alejó.
Entonces un cañón aliado inició los disparos. La granada zumbó en las alturas. Dorn pudo ver el lugar en que estallaba y levantaba una nube de polvo y humo. El disparo debía de ser la señal para bombardear al enemigo, puesto que a lo largo del frente los cañones grandes y pequeños comenzaron a vomitar pólvora y proyectiles.
El espectáculo que se ofreció a la mirada de Dorn le pareció maravilloso. Lejos, más allá de la tierra de nadie, que trazaba una ligera pendiente ascendente en aquella zona de la llanura, observó movimiento de tropas y cañones. Tenía una visión telescópica. El terreno era herboso en algunos puntos, con lomas verdes y zonas cubiertas de arbustos y de árboles aislados que se destacaban con claridad. Unos pelotones de soldados, vestidos de color, pasaron de un lado a otro con cascos que refulgían bajo el sol; los cañones eran arrastrados hacia delante; unos jinetes corrían en diversas direcciones, se perdían de vista, reaparecían; y por doquier, a lo largo de la vasta área plena de acción y de color, surgían surtidores de tierra negra coronados por el blanco humo que se mantenía en el aire hasta después de la caída de la tierra. Resultaban hermosas aquellas explosiones. Unas bolas redondas de humo blanco se presentaban mágicamente en el aire, se ensanchaban y desvanecían; largas columnas amarillas se levantaban acá y allá y saltaban en forma de abanico, como un nube siniestra, sucia y brutal.
Lo accidentado del terreno, la elevación que rompía la monotonía de la llanura, atrajo la mirada de Dorn. Manchas y puntos brillantes, engañosos, aparecieron sobre lo alto, más allá de los pequeños montículos; un grito, que semejó brotar de una sola garganta gigantesca, corrió a lo largo de la línea cuyo centro ocupaba el pelotón de Kurt. La vista de Kurt tenía una penetrante intensidad. Todo se hizo duro para la presión de sus manos: el rifle, las maderas y los sacos terreros en que se apoyaba... El sargento Owens se irguió a su lado, descubierto, para llamar enérgicamente a sus hombres.
Las manchas grises y los puntitos brillantes se convirtieron rápida y sobrecogedoramente en hombres. ¡En sol dados alemanes! ¡Boches! ¡Hunos que realizaban un ataque! Eran muchísimos, y estaban muy separados unos de otros. Todos realizaron el ataque avanzando agachados.
Matraca de ametralladoras, fuego de fusilería, gritos mezclados... Todo esto corrió a lo largo de la línea defensiva. De los hunos combatientes parecía proceder un ruido que no era un canto de guerra ni un grito, y que, sin embargo, fundía ambas cosas. La línea gris de hombres que avanzaba se aclaraba en los lugares situados ante las ametralladoras, pero se acercaba con rapidez.
Dorn lanzó una maldición contra sus torpes manos, que se atiesaron y pusieron rígidas por efecto de la ansiedad y del furor. Y estaban ardiendo, además, a causa de la fuerte presión que ejercían sobre el caliente fusil. Dorn cargó, oprimió el fusil con calma, apuntó a baja altura, en dirección a un cuerpo vestido de gris, y disparó. El huno cayó al suelo, ante la línea que avanzaba. Al verlo, Dorn casi se amedrentó.
Aturdido, con la visión nublada, se apoyó en el arma. El estómago y el pecho se le hincharon convulsivamente, y un algo indescriptible le oprimió la garganta. Estuvo a punto de desmayarse. Pero, en cierto modo, la violencia que se producía ante él, las grandes cantidades de polvo y de piedras que sobre él caían, los gritos roncos que llegaban hasta sus oídos..., todo esto le reanimó. ¡Los boches se hallaban ante la línea defensiva! Dorn se enderezó por medio de un salto, y vio, a través del polvo, las figuras grises, pesadas y rudas, que atacaban. Estas figuras semejaban obrar de concierto, como si fueran impulsadas por una sola voluntad. Hombres rubios y grandotes, de rostro ceniciento, con ojos de fuego azul y bocas brutalmente rígidas...
De las sombras de la trinchera brotaban bruscamente compañeros suyos a ambos lados de Dorn. ¡No eran ratas que pudieran ser fácilmente arrinconadas en su agujero! Dorn creyó que era arrastrado por unas potentes cadenas. ¡No necesité trepar, como los demás! Cuatro alemanes voluminosos aparecieron simultáneamente sobre el muro de sacos terreros. Todos ellos iban disparando. Uno de ellos llevaba un brazo estirado y gritaba como un demonio. Era un lanzador de bombas de mano. En aquel mismo instante, un proyectil alcanzó a Dorn, le hirió en la cabeza, le produjo un dolor agudo y picante, lo derribó con el rostro cubierto de sangre. La conmoción, lo mismo que si fuera un peso terrible, le derrumbó; pero no estaba aturdido. Un cuerpo vestido de color caqui cayó rodando junto a él, se apretó contra él convulsivamente. Dorn se puso de repente en pie con los oídos llenos de un estrépito ronco, con el corazón extrañamente exaltado.
Sólo uno de los alemanes se hallaba en pie sobre el muro de sacos: el que llevaba la bomba de mano.
Los otros habían caído: unas formas pardas forcejeaban contra otras formas grises. Dorn arremetió contra el granadero y, llegando ante él con la bayoneta calada, se la hundió en el vientre. El alemán se inclinó hacia delante al mismo tiempo que lanzaba un grito horrible y cayó pesadamente al otro lado del muro de sacos. La bomba estalló. En la corriente provocada por la explosión, Dorn pareció ser arrastrado como si fuera una hoja entre un remo lino de viento.
Rogers luchaba contra un soldado enemigo que se erguía sobre él. Ambos esgrimían sus armas, lo mismo que duelistas, pretendiendo abrirse paso hasta el cuerpo del otro hombre. Otro alemán, que surgió detrás de él, acuchilló a Rogers por la espalda. Rogers se arrancó la ensangrentada bayoneta y cayó junto a Dorn; su pálido rostro cambió de expresión durante el tiempo que duró la caída; los dolores le estremecieron convulsivamente, y sus ojos reflejaron las torturas de la muerte.
El espíritu de inhibición y de alejamiento de Dorn dejó instantáneamente de existir. Kurt saltó como un relámpago contra el alemán. Tanto la bayoneta como el cañón del arma se hundieron en el cuerpo; y tan terrible fue la arremetida, que el alemán cayó hacia atrás, como si hubiera sido derribado por el golpe de un carnero enfurecido. Dorn tiró de la bayoneta y dio rápidamente la vuelta en dirección al otro alemán. La hoja de su arma chocó con el fusil de su nuevo antagonista. No pudo ver el rostro del hombre, sino sólo su cuerpo voluminoso; y este cuerpo se abrió bajo el agudo filo de la bayoneta manejada con violencia. La vida del alemán se extinguió horriblemente.
Dorn saltó sobre aquella ensangrentada masa. Owens se hallaba muy cerca, con los ojos desorbitados, vivo, aunque malherido. Purcell utilizaba el fusil como si fuera una maza, en tanto que retrocedía ante varios enemigos. Brewer se hallaba a punto de ser vencido. Unas formas grises lo cercaban.
Dorn vio unas armas cortas asestadas contra él, vio relámpagos rojos, percibió el impacto de los proyectiles sobre su cuerpo; pero no oyó disparos. El rugido que sonaba en sus oídos era parecido al de un torrente.
Entre la revuelta confusión de sonidos, brotó su risa. Formas grises..., bayonetas..., balas..., muerte... De todo se reía. Había llegado su momento. Había llegado su ocasión. Su inmensa y terrible alegría salvó los siglos que separaban el pasado de aquel instante cuando saltó, rápida y ligeramente, con la agilidad de un gato, contra los enemigos. Los enemigos dispararon contra él e hicieron blanco, pero Dorn continuó saltando a la manera de un tigre, sin cesar de lanzar su risa ruidosa e indefinible. Las bayonetas se elevaban ante él; pero le parecían solamente pajas. Los enemigos, absortos y desconcertados, se apartaban de él. Con un rápido movimiento circular y un golpe. Dorn arremetió a uno de los soldados alemanes, y antes de que ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m éste hubiera caído al suelo, Kurt había partido ya el cráneo de otro. Un tercero fue levantado por el arma de Dorn como por la cornamenta de un toro furioso, y dejado caer cubierto de sangre. El cuarto y último de los que componían el grupo, gritando enloquecido, en una expresión de rabia y de furor, corrió para esquivar el arma amenazadora y colocarse a uno de sus costados. Y disparó en tanto que corría. Dorn lo interceptó, lo derribó al suelo, y apenas había caído cuando el brillante cuchillo le traspasó la garganta.
Brewer vacía tendido en tierra; pero Purcell había recibido ayuda y refuerzos. Soldados vestidos de color pardo se aproximaban corriendo, disparando, gritando, blandiendo las armas. Se acercaban a los alemanes, y cargaron contra ellos. Dorn se unió al grupo para acometer a todas las formas cubiertas de vestimenta gris que aparecían ante él.
Gritos, aún más estridentes que los anteriores, corrieron a lo largo de toda la línea: gritos americanos.
¡El enemigo se retiraba! Dorn oyó la baraúnda. Y vio como la línea gris se quebraba y como retrocedía y se rompía. Vio que llegaban refuerzos para ayudar a los hombres que componían su pelotón. Los alemanes serían perseguidos en su huida. En su cabeza imperaba un remolino negro, a través del cual le parecía ver.
Una risa ronca y seca brotó de su garganta. La sangre y el polvo la ahogaron.
Otra forma gris se interpuso en su camino. Dorn pudo ver solamente, mirando hacia tierra, el extremo de los brazos que sostenían una hoja de acero brillante, sin manchas de sangre. Su ensangrentada bayoneta chocó contra la otra. Y Dorn percibió claramente la debilidad de sus brazos, de los brazos que manejaban el arma que le servía de medio de ataque y de defensa. Un instante de pausa..., una poderosa sensación de agotamiento, de inmediato desfallecimiento..., un instante en que la pétrea maza del hom bre primitivo pareció reflejar una emoción humana.., y luego, con la boca cubierta de espuma sanguinolenta, Dorn se entregó a los dictados de su enloquecimiento.
Un lento desvío —la estratagema francesa—, y el potente impulso de Dorn, reforzado por el peso de su cuerpo, hizo que su bayoneta atravesase los pulmones del alemán. —¡Ka...ma...rad...! — gritó el alemán con voz estrangulada y rota.
Un peso arrastraba hacia abajo el arma de Dorn. Dorn no tiró de la bayoneta, mas, al inclinarse por el peso del cuerpo del enemigo, sus ojos, como desde una altura, llevaron a su percepción la cara de su enemigo.
¡Un muchacho... muriendo con la bayoneta clavada en el cuerpo! En aquel momento resucitó el alma de Dorn. Kurt observó la que, acaso, habría de ser su última hazaña como soldado... Su cerebro dejó de funcionar. Sólo pudo distinguir el horroroso rostro que tenía ante sí, los ojos en que esperaba hallar odio y sólo había amor a la vida, súbitamente renacido, súbitamente sorprendido al acercarse la muerte.
—¡Dios te salve, alemán! ¡Daría mi vida por la tuya!
¡Demasiado tarde! Dorn vio el último estremecimiento de los dedos del alemán, su engarfiamiento, la última expresión de conciencia en el rostro del vencido, su último estertor. El joven murió, y cayó hacia atrás, libre de la rígida bayoneta. ¡La guerra de los hombres!
Un trueno retumbante sonó a la izquierda de Dorn. Un resplandor espantoso ocultó el rostro de su víctima alemana. Una terrible ventolera, aguda y dura como clavos de hierro, levantó a Dorn y lo sumergió en una rugiente negrura.


XXIX
Aguas Mil» brillaba, blanca y azul, bajo el clar o sol del mes de mayo. Hacía calor en las alturas, donde Lenore And ers on vig ila ba y med ita ba . La bri sa le apo rta ba el fra gan te olo r de la alf alf a rec ién cor tad a y el rum or de las matas de trigo. La majestuosa casa resplandecía blancame nte en el esca lona do y verd e ote ro. Los caba llos y las reses pastab an en los prado s; los trabaj adores se mo vían como caraco les en los pardos huerto s; un autom óvil subió por la pendi ente de la carre tera, allá lejos, segui do de una nube de polvo.
Dos millas de trigales verdes separaban a Lenore de su casa. La jove n habí a expe rime ntad o la neces idad del silenc io, de la sole dad y del recu erdo de un punt o que no había visita do duran te varios meses. El invier no había pasado. Había llegado el verano, con su acompañamiento d aves y flores. Los trigales estaban nuevamente hermosos, nutridos, lujuriantes. Pero la vida no era ya para Lenore Anderson como había sido.
Kurt Dorn , soldado..., ¡mortalmente herido! Así lo declaraba la breve noticia, la noticia terrible publicada en un diario de Spokane que reproducía un despacho de la Associated Press en que aparecía la lista de bajas de las tropas de Pershing. ¡Nada más! Ést as habían sido las únicas nuevas de Kurt Dorn por espacio de mucho tiempo. Había transcurrido perezosamente un mes, un mes lleno de dudas, de esperanzas, de decepciones.
Has ta el mom ento en que con oció la fat al not icia , Le nore apenas se había dado cuenta del rápido paso de los días. Se había dedicado, con toda la energía y el espíritu feme nino s, al agru pami ento de las muje res del vall e en una organiza ción que laborase en benefici o de la causa de la guer ra. Se habí a cons titu ido en dire ctor a que no rega teó esfu erzo s, gasto s ni sacr ific ios para el cump limi ento de lo que consideraba que era un deber; conservación de abas teci mien tos, inten sifi cació n de la produ cció n agríc ola, labo res de punt o para los sold ados , dona tivo s y prés tamo s a la orga iza ción por la Libe rtad y la Cruz Roja ... Todas estas cuestiones habían sido estudiadas por ella. Y el resultado de sus empeños fue que las mujeres del valle rea liz aro n una lab or que obt uvo el apl aus o de tod o el país. Había habido alegría, entusiasmo y una sensación de ple nit ud y de rea liz aci ón par a ell a. Mas , des pué s de la conmoción ocasionada por la fatal noticia relacionada con Dorn, Lenore perdió todo el interés, aun cuando continuó trabajando con más ardor que antes.
Sólo hacía unas horas, la noche anteri or, que su padre la hab ía mir ado y dic ho a con tin uac ión que fue se a su despach o. Así lo hizo. Y cuando se present ó, Anderson le dijo:
—Trabajas demasiado. Es preciso que descanses, que abandones esa ocupación.
—¡Oh, no, papá! Estoy cansada, es cierto; pero es sólo en es te mo me nt o. Dé je me co nt in ua r. He pr oy ec ta do tantas...
—¡No! —dij o él al mis mo tie mpo que des carg aba un puñetazo en el tablero de la mesa I Te estás matando!
—Pero, papá, estamos en tiempos de guerra... ¿Podría hacer menos..., podría pensar en...?
—¡Ha s real iza do mar avil las! Has sid o la vid a y el es píri tu de toda la labo r que se ha real izad o.
Otra pers ona podrá ahor a ocup ar tu pues to. ¡Te mata rías si cont inua ras trab ajan do del mod o que lo has hech o hast a ahor a! Y la guerra y ha costado bastante a los Anderson.
—¿Debemos tener en cuenta el coste? preguntó ella.
Anderson lanzó una maldición.
—No, no debe ríam os ten erlo en cuen ta. Pero no quie ro perder mi hija. ¿Comprendes lo que quiero decirte...?
He comprado bonos del Estado con el producto de nuestro trigo. He entregado millares de tales bonos a tus sociedades de ayuda y caridad. He perdido a mi hijo Jim..., y la pérdida de nuestro hijo nos costó la de tu madre... Recogeré este año más de un millón de bushels de trigo, que pondré a la disposición del Gobierno. Y estoy medio muerto de hambre, porque no puedo comer lo que comía habitualmente... Luego ha surgido ese golpe final: Dorn! ... Ese joven agricultor, ese triguero, el mejor... ¡Ah, Lenore...!
—Pero, papá..., ¿no hay ninguna... esperanza? Anderson no contestó.
—¡Papá! —suplicó ella—. Si en realidad hubiera muerto... Si estuviera enterrado..., ¡oh! ..., yo lo habría percibido...
—Estás agotada por el trabajo. Es preciso que descanses —replicó su padre hoscamente.
—Pero papá...
—¡He dicho que no! ... Estoy muy orgulloso de lo que has realizado. Y creo que eres el mejor y más valioso de toda la familia Anderson. Eso es todo. Bésame y vete a la cama.
Y esto explica por qué Lenore hubo de refugiarse en la soledad de las alturas, sobre la vasta extensión de los trigales, donde observó y esperó, sin tener ningún trabajo en que ocuparse. El lento ascenso hasta aquellas alturas le demostró lo mucho que necesitaba del descanso. Mas el mismo trabajo, aun bajo el esfuerzo agotador o bajo el dolor, habría sido preferible a aquellas interminables horas de pensar, de recordar, de luchar contra el abatimiento.
¡Mortalmente herido! Lenore murmuró para sí la trágica frase. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿De qué modo había sido mortalmente herido su amor? Las palabras leídas en el periódico significaban muerte. Pero no había llegado ninguna nueva noticia, ni ninguna evidencia de muerte se había posesionado del alma de Lenore. Para ella era abso lutamente imposible aceptar las cosas del modo que su padre y sus amistades lo hacían. Sin embargo, resultaba igualmente imposible no sentirse influida por la manera de pensar de las personas prácticas. A causa de su nerviosidad, de su excesiva tensión, la joven había perdido una buena parte de su equilibrio mental; y comprendía que el único remedio contra su estado descansaba en tener una certidumbre respecto a la suerte de Dorn. Se creía capaz de soportar el más rudo de los golpes a condición de que encerrase una verdad firme. E inclinando la cabeza para apoyarla en ambas manos, mientras el viento le agitaba el cabello y le llevaba el susurro del trigo, rezó por adquirir el don de adivinar.
¡No hubo respuesta! No adquirió la conciencia mística de la muerte..., del fin de su amado en la vida.
En lugar de todo esto la rodeó una intensa presencia física de vida, que estaba en las ondulantes y agitadas pendientes cubiertas de trigo, en el vuelo de las hermosas mariposas, en la canción de las aves, en el correr de las águilas en las alturas del cielo..., una vida que latía y crecía en su corazón, en sus venas, de modo inextinguible, indomable, que daba un mentís a su estado de morbidez. Pero todo ello parecía ser sólo un reflejo del estado de su ánimo. ¿Podría Lenore encontrar en la realidad un asidero para sus convicciones?
La llegada del crepúsculo recordó a Lenore que no debía permanecer a solas en las alturas. Por esta causa, siguiendo el sendero cubierto de hierba que se extendía entre los trigales, recorrió con desgana el retorcido camino que conducía a su casa. La oscuridad comenzaba a reinar cuando llegó al patio de la casona. El fresco aire estaba impregnado de la fragancia de las flores recién regadas. Kathleen se hallaba al extremo del sendero, evidentemente esperándola. La chiquilla crecía mucho. Lenore recordó con dolor que sus preocupaciones apenas le dejaban muy poco tiempo para que fuera como una madre para su hermanita.
Kathleen se acercó a ella rápidamente, excitada, con los ojos muy abiertos.
—Lenore, creí que no vendrías jamás —dijo—. Sé una cosa... Pero papá me ha ordenado que no te diga nada.
—En ese caso, no me lo digas —replicó Lenore, un poco sobresaltada.
—Pero no podría guardar ese secreto —estalló Kathleen atropelladamente—. ¡Papá va a ir a Nueva York!
—¡A Nueva York! ¿Para qué? —preguntó Lenore.
—Dice que es por cuestiones de trigo... Pero a mí no puede engañarme. Me ha dicho que no te dijese nada...
La chiquilla hablaba con cautela. Quería preparar a Lenore, y, sin embargo, no quería despertar sus sospechas.
Lenore reprimió un impulso de curiosidad. Las dos jóvenes entraron en la casa. Lenore se apresuró a cambiarse de ropa y calzado, y descendió al comedor para cenar. Rose se hallaba ya sentada en la mesa, pero su padre no había llegado aún. Lenore lo llamó. Anderson contestó a su llamada y se presentó al cabo de cortos instantes, alegre y ruidosamente. No era una actitud natural, por lo que Lenore se desconcertó e intrigó. Una débil y vaga esperanza, a la que negó cabida en sus pensamientos, habría sido, ciertamente, infundada y disparatada. Pero el hecho de que su padre se mostrase, por primera vez desde hacía mucho tiempo, impenetrable y misterioso, hizo que la situación resultase notable y excepcional. Durante toda la cena, Lenore tembló y realizó un desesperado esfuerzo para poder comer.
—Lenore, me agradaría hablar contigo —dijo, al fin. el padre cuando, abandonando la servilleta sobre la mesa, se levantaba. Casi llegó con su actitud a convencer a Lenore de que en su actitud no habría nada que no fuese habitual, que no fuese corriente; y lo habría conseguido si su tono no hubiera sido demasiado espontáneo, excesivamente natural. Lenore se levantó para seguirle, y oyó las palabras que Kathleen le dio en voz baja:
—¡No le permitas que te deje a medias mieles!
Anderson encendió un cigarro grande, como solía hacer después de la cena todos los días; pero a Lenore le pareció advertir que se tomaba demasiado tiempo para hacerlo.
—Lenore, voy a hacer un viaje a Nueva York... Saldré esta misma noche, a las ocho..., y quiero hacerte algunos encargos antes de partir. He aquí una lista de los trabajos que necesito que realicen los hombres... Todo está anotado en este papel. Y quiero que te encargues de con testar a las cartas, de responder a las llamadas telefónicas y de algunas otras cosas. No es mucho trabajo, claro está; pero no deberás dejar de hallarte siempre preparada para realizarlo. Es posible que surja de pronto alguna cuestión importante.
—Sí, papá; me alegrará hacer todo lo que sea necesario —contestó Lenore—. ¿Por qué... por qué ese viaje tan repentino?
Anderson se volvió de espaldas y se retiró unos cuantos pasos. Luego comenzó a rebuscar algo entre los papeles que sobre su mesa había. ¿Era cierto, o sólo sería una suposición de Lenore? La mano de Anderson parecía temblar ligeramente.
Negocios y tratos trigueros... en primer lugar y de modo principal —respondió Anderson—. Y es posible que tenga que ir también a Washington.
Y se volvió en tanto que daba unas fuertes chupadas al cigarro e hizo frente con serenidad a la mirada de su hija. Si había algo más entre los motivos de su viaje, de su actitud se desprendía claramente que no se lo revelaría a Lenore. Lenore intentó aplacar su creciente emoción. En aquellos tiempos estaba ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m completamente dominada por la imaginación. La joven volvió el rostro en otra dirección.
¿Intentarás averiguar si Kurt Dorn murió a causa de la herida... y todo lo que sea posible respecto a él? —preguntó en voz baja.
Lenore, ¡no hay duda de que lo haré! —exclamó Anderson con explosivo énfasis. No podía dudarse de que la sinceridad de la respuesta constituyó un inmenso descanso, un alivio para Anderson—. Cuando esté en Nueva York, podré enviar radiogramas, en el caso de que sea preciso. Te prometo con toda solemnidad que descubriré... lo que..., todo lo que deseas saber.
Un día dorado, lleno de sol y de azul, brillaba en el mes de junio. «Aguas Mil» era un mundo de verdor lozano. Lenore hizo todo lo que pudo para frenar su anhelo de volar hacia las cumbres; mas como quiera que cada nuevo día que llegaba aportaba mayores esperanzas de recibir noticias de su padre, permaneció continuamente en la casa. A la mañana siguiente, cuando se hallaba sentada a la mesa de su padre, sonó el timbre del teléfono. Sonaba muchas veces cada mañana, pero aquella llamada pareció electrizar a Lenore, que contestó en seguida.
—¡Hola, Lenore, hija mía! ¿Cómo estáis? —dijo la potente voz que sonó a través del receptor.
—¡Papá! ¡Papá! ¿Eres... tú? —gritó excitada Lenore.
—¡Claro que sí! Acabo de llegar. ¿Estáis bien tú y las niñas?
—¡Muy bien, muy bien! ¡Oh papá...!
—No es preciso que envíes el automóvil. Puedo alquilar otro.
—Sí... sí... Pero, papa..., dime...
—¡Espera! ¡Llegaré dentro de cinco minutos!
Lenore oyó colgar el receptor, y se inclinó sobre la mesa, palpitante, con los singulares sonidos del teléfono resonándole en los oídos.
¡Cinco minutos!», murmuró. Dentro de cinco minutos sabría lo que deseaba saber. ¡Cinco minutos!
¡Una eternidad! Repentinamente una onda de pensamientos y de emociones la anonadó. Saliendo del despacho, corrió presurosa en busca de sus hermanas, y hasta que no las hubo buscado en todos los lugares imaginables, no recordó que habían salido para visitar a una amiguita suya. Después sus emociones continuaron esclavizándola; no pudo permanecer quieta, y fue continuamente a asomarse al pórtico para recorrer con la mirada la sombrosa senda. Por fin, un automóvil que corría a gran velocidad apareció a lo lejos. Lenore corrió al interior de la casa, sin fin ni objeto, y volvió a salir presurosamente. Cuando reconoció a su padre, todos sus temores y sus temblores se desvanecieron instantáneamente. El ancho, moreno y brillante rostro del padre era una realidad. Anderson descendió del vehículo de un modo excesivamente ligero para un hombre tan pesado, cogió la maleta y despidió al conductor. Su sonrisa estaba llena de alegría, y en su saludo hubo unas cordiales carcajadas.
—¡Hola, chiquilla! ¡Tienes la misma expresión que tenías antiguamente! —dilo al mismo tiempo que le ponía ambas manos sobre los hombros—. ¡Muy bien! ¡Ya eres toda una mujer! ¿Dónde están las pequeñas?
—Han salido —respondió Lenore.
—¡Qué manera de mirarme! —exclamó Anderson mientras, habiéndole pasado un brazo en torno a la cintura, se dirigía con ella al interior de la casa—. ¿Has visto algo raro en el hermoso rostro de tu padre?
Su tono alegre no fue suficiente para ocultar su profunda vehemencia. Jamás lo había visto Lenore tan impe tuoso. Su brusquedad contribuyó a asentar los nervios de la joven, que de nuevo habían comenzado a ceder. Anderson la llevó a su despacho, cerró la puerta y abandonó ruidosamente en el suelo la vali'a.
—¡Qué hermoso es encontrarse otra vez en el hogar! —exclamó respirando sonoramente.
Lenore se dio cuenta de que su rostro aparecía inexpresivo; y el intenso y tembloroso estremecimiento que la agitaba se aquietó repentinamente.
—¡Dímelo... pronto! —murmuró.
Anderson le dirigió una mirada intensa, y todo cuanto había en él pareció cambiar.
—¡Eres una Anderson! ¿Puedes resistir una conmoción?
—¡Cualquier conmoción... cualquier conmoción..., menos la ansiedad!
—Mentí cuando te hablé de unos negocios de trigo... acerca de mi viaje a Nueva York. Tengo noticias de Dorn. Tenía miedo a comunicártelas, —¿Cuáles son?
—Dorn está vivo —continuó Anderson.
Lenore extendió las manos; el ademán poseyó una elocuencia insuperable y muda.
—Ha recibido muchos disparos. No podrá vivir —dijo ronca y presurosamente Anderson—. Pero todavía está vivo.., y vivirá el tiempo suficiente para verte.
—¡Oh! ¡Lo sabía..., lo sabía! —susurró Lenore mientras trenzaba ambas manos—. ¡Oh, gracias a Dios!
—Tranquilízate, Lenore. Comienzas a alterarte. ¡Anímate, hija mía! ... Dorn vive... Lo he traído conmigo. ¡Está aquí!
—¡Aquí! — gritó Lenore.
—Sí. Lo traerán dentro de media hora a nuestra casa.
Lenore cayó en brazos de su padre, ciega y sorda a todo lo que representase al mundo exterior. La luz del día se anubló. Pero no se anubló su conciencia. Ante ella semejaba haber un brillo glorioso, que era la verdad perdida por el momento, que se agitaba ciegamente en un remolino de tinieblas. Cuando se repuso suficientemente, se encontró débil, aturdida, temblorosa, incapaz de continuar en pie. Su padre, alarmado, y probablemente enojado consigo mismo, estaba mimándola y lanzando maldiciones simultáneamente. Más tarde, súbitamente, la alegría que tanto había conmovido a Lenore, qué casi le había originado un desfallecimiento, rechazó la debilidad con sorprendente fortaleza. Y la joven comenzó a pronunciar palabras con excesiva rapidez para que pudieran ser comprendidas.
—¡Alto, contente chiquilla! —le interrumpió Anderson—. ¡Basta! ... ¿Quieres escucharme? ¡Déjame hablar! Bien, bien..., escucha. Todo es cierto, tienes razón... Pero no te apresures... Escucha. Disponemos de todo el verano para hablar. Déjame darte ahora unos cuantos detalles... Óyeme, Dorn se encuentra en camino hacia aquí. Han colocado su camilla —lo hemos trasladado en camilla —en un camión. Ha venido conmigo un enfermero. Creo que debemos instalar a Dorn en el dormitorio de tu madre. Es el más grande y ventilado. Vete a preparar en seguida la cama y abrir las ventanas... Y que la alegría no te haga perder la cabeza. Jamás habíamos esperado volver a verle con vida en nuestra casa... Pero está deshecho el pobre muchacho. ¡No podrá vivir! ... Y se encuentra en un estado tal, que no quiero que le veas cuando llegue aquí. ¿Entiendes, chiquilla? Quédate en tu habitación hasta que te llamemos. Y ahora, ¡date prisa!
Lenore paseó, se encogió y se tumbó en su dormitorio, esperando, escuchando con una dolorosa ansiedad. Cuando un lento conjunto de hombres, en voz baja y pasos silenciosos, llevó a Kurt Dorn a la casa y lo condujo al piso alto, Lenore tembló en alas de una tempestad de emociones. Sus antiguas inquietudes, el amor, la ansiedad, la angustia, todo fue como nada comparado con las emociones que en aquellos momentos experimentó. Ni siquiera la alegría de comprobar que Dorn estaba vivo ni el terror de su ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m esperada muerte habían oprimido su corazón con tanta fuerza como aquella terrible curiosidad, aquel anhelo de verle, aquella impaciencia.
Al fin, un paso, una llamada, la voz de su padre: ¡Lenore! ¡Ven!
La dura prueba de su espera había concluido. Todo lo demás podría ser soportado. En aquel mismo instante terminó su desfallecimiento. La sangre corrió vertiginosamente por sus venas impulsada por la vivificadora e irresistible corriente de su espíritu. Lenore abrió la puerta y salió de la habitación. Su padre se hallaba esperándola, y en su rostro comenzaban a borrarse las huellas de la preocupación. A la vista de su hija, las preocupaciones terminaron por desvanecerse completamente.
—¡Bien! Tienes valor. Ahora podrás verle a solas. Está inconsciente. Pero el viaje no le ha debilitado mucho. Tiene una vitalidad maravillosa. Se repone con una pasmosa facilidad. En algunos momentos recobra el uso de la razón, aun cuando durante la mayor parte del tiempo no puede utilizarla. Y su brazo izquierdo ha desaparecido. Anderson dijo todo esto rápidamente y en voz baja en tanto que ambos se dirigían a la estancia que había estado deshabitada desde la muerte de su esposa. La puerta se halla entreabierta. Lenore percibió el punzante olor de los antisépticos.
Anderson llamó suavemente.
—Salgan todos ustedes, amigos —dijo—, y permitan a mi hija que le vea.
El doctor Lowell, el médico del pueblo, a quien Lenore conocía desde hacía mucho tiempo, salió andando de puntillas, excitado y dándose importancia.
—Lenore, ¡es una verdadera lástima! —dijo moviendo la cabeza con tristeza.
Otro hombre salió de la estancia con los suaves movimientos de una mujer. No era joven. Aparecía con el rostro pálido y serio.
—Lenore, te presento al señor Jarvis, el enfermero... Ahora entra y no olvides lo que te he dicho.
Lenore cerró la puerta y se apoyó de espaldas en ella, conocedora de que se hallaba viviendo el momento más importante de toda su vida. El rostro de Dorn, extraño, aunque fácilmente reconocible, se destacaba ante el blanco fondo del lecho. Aquél era un supremo momento para Lenore, porque iba a ver a Dorn vivo, lo que significaba la fe que insistentemente se había albergado en el alma de la joven. Si en momentos de distracción Lenore había dudado de Dios, jamás volvería a hacerlo.
La amplia habitación lucía blancas cortinas que se curvaban hacia el interior bajo el soplo de la brisa que entraba por las ventanas. Al aproximarse al lecho, no muy firme sobre sus pies, todo pareció borrarse para Lenore; de modo que cuando se inclinó para besar el pálido rostro que reposaba sobre las almohadas, no pudo ver con claridad. Sus labios temblaron estremecidamente con aquel beso y con un sollozo de gracias, en tanto musitaba:
¡Mi soldado!»
Y rezó con la cabeza apoyada junto a la de él en la almohada; y por efecto de aquella plegaria y de la singular quietud de su amado, sintió una conmoción sutil. ¡Era dulce el tocarle al inclinarse sobre él con ojos que no podían ver! ¡Sería terrible el verle, el ver el modo cómo la guerra le había destrozado! E intentó entretenerse allí, trémula, llena de gratitud, toda mujer y enteramente madre. Mas una fuerza insospechada la obligó a enderezarse.
«¡Ah!», murmuró al verle con vista más perceptiva. La hoja de un cuchillo se clavó en su corazón.
Kurt Dorn reposaba bajo su mirada... Era un hombre, no el muchacho que se había sacrificado a los imperativos de la guerra. Era un hombre de cuerpo más voluminoso, de facciones más viejas, en el que se ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m había operado un cambio difícil de interpretar.
Aquellas facciones semejaban una máscara transparente, incapaz de ocultar el hermoso, triste, severo y enérgico rostro que reposaba bajo ellas. Y este rostro ofreció, a su vez, a la mirada de Lenore las líneas ascendentes del dolor, las sombras de la melancolía; y la rigidez de los músculos obligados a una prematura masculinidad, y la rojez producida por la fiebre, una impresión de angustia y de locura. Una cicatriz, lívida e inflamada, lisa aun cuando apenas cerrada, corría desde cerca de la sien izquierda del joven hasta donde ella podía ver, hacia atrás. Esta cicatriz afirmaba su identidad como soldado herido que había sido trasladado desde los campos de batalla hasta su patria. De otro modo, para Lenore aquel rostro podría haber sido igualmente el de un hombre que hubiese sido inesperadamente sentenciado por la maldición de la Humanidad y que muriese angustiosamente. Lenore había supuesto que vería un Dorn bronceado, macilento, flaco, débil, barbado y con los huesos a flor de piel, acardenalado y baqueteado, ciego y mutilado, con hebras grises entre los rubios cabellos. Mas nada de esto halló en él. Su agitado corazón se encogió al observar la silenciosa historia que se reflejaba en el rostro de Dorn. ¿Estaría más allá de los límites de la comprensión de ella cuál había sido la amarga experiencia de aquel soldado? ¿Jamás habría de sufrir ella una dura prueba como la de él? ¡Jamás! No podía dudarse. Una insoportable tristeza se aposenté en su alma. No era la vida de Dorn, pensó Lenore, lo que la guerra había destruido, sino su juventud, su nobleza, su esplendor. ¡No existe ninguna potencia tan profunda, ninguna intuición, ninguna adivinación tan penetrante como un amor de mujer! Y a la luz de este amor, Lenore vio al hombre transformado. Él lo sabía. Había descubierto cuanto pertenecía a la fuerza física. Su odio se había perdido juntamente con su sangre.
Hazañas... hazañas de terror habían grabado sus huellas en su frente, en las sombras que se extendían bajo sus ojos, que parecían dos muros negros cargados de un invisible significado. Lenore se estremeció a través de toda el alma al leer el implacable atestado de la muerte de que Dorn había sido presa, del apasionado y fuerte impulso que le obligara al cumplimiento del deber, del eterno remordimiento. Pero no creyó percibir la evidencia de que él hubiese hallado a Dios. Y, por muy singular que pudiera parecer, tampoco creyó que se hallase próximo a morir.
Este último y sobrecogedor pensamiento la dejó traspasada y emocionada, mirando rectamente a Dorn, hasta que su padre entró en la estancia, rompió el hechizo y la sacó fuera.


XXX
Había llegado la noche. Lenore debería haber dormido, pero permaneció sentada en la oscuridad, junto a la ventana. Abajo, en el pórtico, reunido con los demás hombres, su padre hablaba torrencialmente.
Y Lenore, oyendo lo que de otro modo jamás habría llegado a sus oídos, encontró que el escuchar resultaba en aquellas circunstancias una tentación irresistible. Unos pasos lentos y un arrastrar de pies, unidos a un tintinear de espuelas, dieron fe de la llegada de los vaqueros.
—Venid, muchachos. Sentaos, y permaneced completamente quietos. Ahí tenéis cigarrillos. Estoy lleno de cosas que decir, y tengo que decirlas para no reventar —explicó Anderson—. Bien, como iba diciendo, nosotros, los que vivimos en el Noroeste, ni siquiera sabemos que hay una guerra... Pero allá, en Nueva York, de donde acabo de llegar... ¡Dios Todopoderoso! ¡Hay que ver lo que sucede! Muchachos, nunca he sabido, hasta hace unos momentos, lo magnifico que es el ser americano. Nueva York tiene la gente, el dinero, y es el lugar en que entra y del que sale todo lo relacionado con esta guerra. El desfile del Préstamo de la Libertad se celebró cuando estuve allí. Las calles se encontraban materialmente atestadas de gente.
Bandas y desfiles, las estrellas de la ópera cantando en las esquinas, actores famosos vendiendo los bonos, banderas y cintas por todas partes... Y de cada tres hombres que se hallaban en la calle, uno de ellos iba vestido con este o aquel uniforme... Y las mujeres corrían de un lado para otro, como si fueran reses de dos años que se hubieran desbandado... Recorrí la Quinta Avenida en uno de esos autobuses que tienen asientos en el piso alto. ¡Y hablamos de la rapidez de nuestras diligencias...! Cualquiera de esos autobuses las dejaría atrás en un abrir y cerrar de ojos. He montado en automóvil muchas veces en toda mi vida; pero aquel paseo ha sido el más hermoso que nunca me haya dado. No me era posible ni siquiera oír mis pensamientos.
Música a toda potencia, el rumor del tránsito, voces que parecían susurros sin fin, resplandores rojos, azules y blancos, el brillo de millares de automóviles a lo largo de aquella calle maravillosa, que parece un desfiladero... Y en lo alto, un globo enorme, en forma de cigarro, y después un aeroplano corriendo a toda marcha y zumbando corno una abeja... Son las primeras naves del aire que he visto. No es extraño que Jim quisiera...
La voz de Anderson se quebró un poco al llegar a aquel punto, y cesó de sonar. Todo estaba quieto y silencioso Solamente sonaban el murmullo del agua y el cantar de los insectos. Anderson carraspeó, y continuó al cabo de un momento:
—Vi quinientos soldados australianos que acababan de llegar a Nueva York a través del Panamá. Son jóvenes delgados, fuertes, como los vaqueros de Arizona. ¡Cuánto me satisfacieron! Si hubierais oído los gritos y las aclamaciones... Los soldados desfilaban por todas partes, ufanos y altivos, entre vítores y exclamaciones. Vi marinos de los Estados Unidos, marinos de guerra, soldados, aviadores, oficiales ingleses y soldados escoceses, que me entusiasmaron. Luego vi el escuadrón de los demonios azules franceses, que fue enviado aquí para animar los preparativos del Préstamo de la Libertad. Y al verlos me quité el sombrero. He conocido a muchísimos hombres duros y hombres malos y hombres hábiles, y buenos luchadores en el curso de mi vida, pero creo que jamás he visto nada parecido a esos demonios azules. No podría deciros por qué, muchachos. Demonios azules es el nombre que los alemanes dan a un regimiento de soldados franceses.
»Mi joven amigo Dorn, que esté expirando en el piso alto..., tenía también un apodo. El diablo Dorn le llamaban, y obtuvo este apodo aun antes de llegar a Francia. Los muchachos de su propio pelotón le designaban de este modo a causa del modo como parecía enloquecer cuando hacía ejercicios con la bayoneta. No quiero que mi hija Lenore llegue a saberlo jamás.
»Un soldado llamado Owens me contó muchísimas cosas. Era el cabo del pelotón de Dorn, una especie de capataz, como si dijéramos. Como quiera que sea, vio a Dorn todos los días de los meses que han estado en servicio, y vio la granada que hizo de Dorn un lisiado.
»Owens me conté que fue herido exactamente en el momento que saltaba con sus compañeros para oponerse al ataque alemán. Cayó y se arrastró hasta llegar a un muro de sacos terreros, donde permaneció observando la lucha. Y de este modo pudo ver el escuadrón de Dorn, que fue acometido por unas fuerzas cuyo número las superaba en tres veces: Vio que Dorn era herido, le vio caer, creyó que habría muerto..., ¡pero no fue así! Se levantó con un lado de la cara completamente ensangrentado. Dixon lo alcanzó, y alcanzó a la bomba también en el mismo momento en que estallaba. El pequeño Rogers, un muchacho irlandés, luché contra tres alemanes al mismo tiempo y mató a uno de ellos antes de ser acuchillado por la espalda. Y entonces Dorn, a la manera de un demonio, según decían que era, se acercó con la rapidez de una ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m tormenta. Tenía un modo de luchar con la bayoneta diferente al de los demás soldados, según dice Owens.
Era fuerte, rápido, enérgico. Atravesó y levantó a aquellos dos alemanes, uno tras otro, con una rapidez..., con la misma facilidad con que vosotros levantaríais una pareja de gavillas de trigo con vuestro tridente.
Owens me lo refirió del mismo modo que si todo ello hubiera durado muchísimo tiempo, pero aquella lucha tuvo sólo la duración de un rayo, y no puede recordar exactamente cómo sucedió. Únicamente recuerda con exactitud que el diablo Dorn derribé a nueve alemanes antes de que se retirara. ¡Nueve! Owens le vio hacerlo, le vio pelear con el furor de un toro enloquecido. Y entonces cayó la granada que puso fuera de combate a Dorn y a Owens.
»Pues bien: Dorn tenía un brazo destrozado y el otro cubierto de heridas. Le amputaron un brazo en Francia, le vendaron y cuidaron, y le enviaron de nuevo a Nueva York en unión de otros muchos soldados heridos. Se esperaba que muriera hace mucho tiempo. Pero todavía continúa viviendo. Tiene el cuerpo lleno de plomo. Qué difícil resulta matar a algunos hombres! ... Mi hijo Jim habría sido lo mismo que él.
»Y de este modo, muchachos, sabéis un poco respecto al modo como luchan los americanos.
Lenore se retiró de la ventana y ya no pudo, por tanto, oír nada más. Comenzó a pasear en la oscuridad de su estancia de un lado para otro mientras se desnudaba para acostarse, temblando con una especie de frenesí, y sin saber apenas lo que iba a hacer, hasta que unos golpes descargados sobre unos muebles y la caída de una silla le dieron a entender que se encontraba agitada y nerviosa.
«¿Qué... estoy... haciendo?», se preguntó con voz sobresaltada al mismo tiempo que estiraba el brazo para encender la luz.
Como si despertase de una pesadilla, vio encenderse el brillante relámpago de la luz. Este relámpago cambió el estado de su ánimo. ¿Quién era aquella persona cuya imagen reflejaba el espejo? Al reconocerse, Lenore se sorprendió.
El relato de la tragedia de Dorn había conmovido sus fibras más íntimas. Que Dorn hubiera derribado a tantos enemigos, era glorioso para ella; y justo, puesto que aquellos enemigos eran iguales a los hombres de las cavernas que llegaban en busca de botín. Aun en aquel momento, las terribles emociones la envolvieron. ¡El diablo Dorn! ¡Qué hombre! Lenore supo anticipadamente lo que él haría... y cómo su vida espiritual discurría bajo sus hazañas. La mujer que había en ella se glorié en su lucha, y su alma se atribuló al comprender su significado. ¿No había esperanzas para ningún hombre, ni para ninguna mujer, excepto en Dios?
Anderson había mandado avisar a un gran médico, un especialista de fama mundial. Lenore, naturalmente, no estuvo presente cuando el ilustrado doctor reconoció a Kurt Dorn, pero se encontraba en el despacho de su padre cuando presentó su informe.
El doctor reveló que Dorn tenía nada menos que veinticinco heridas, algunas de ellas graves, la mayoría leves, y todas ellas combinadas, no inevitablemente fatales. Muchos soldados se habían restablecido de heridas peores. La vitalidad y la fortaleza de Dorn habían sido tan grandes, quelas enormes pérdidas de sangre y la casi completa falta de alimentación no le habían puesto hasta el momento en un estado de inquietante gravedad.
—No obstante, morirá, y será lo mejor para él —declaró el especialista—. Su caso no es extraordinario. He visto muchos hombres como él en Francia, durante el primer año de guerra, cuando estuve allí. Pero debo decir que ese joven debió hallarse tanto física como mentalmente en un estado muy superior al de la mayoría de los soldados cuando entró en lucha. Mi reconocimento se ha extendido a través de sus períodos de inconsciencia. En un momento vi como, brevemente, recobró el conocimiento, aparentemente de un modo normal. El enfermero me dijo que había observado en él diversos instantes de raciocinio durante las últimas cuarenta y ocho horas. Pero estas circunstancias y la prolongada vitalidad del herido no fundamentan ninguna esperanza.
De este modo resumió el hombre de ciencia el estado biológico de Kurt Dorn. Cuando se ausenté, Anderson tenía una expresión de disgusto propia de la persona que acaba de perder su última esperanza.
—He conocido algunos médicos indios que podrían dar. lecciones a ese doctorcillo —dijo con hosca firmeza.
Lenore comprendió perfectamente a su padre, y creyó comprender también al célebre especialista. El primero era sólo humano, y el segundo era, sencillamente, todo conocimiento. Ninguno da ellos poseía lo que la obligaba a ella a salir a solas entre las tinieblas de la noche y contemplar más allá de la montaña, las estrellas. A aquellos hombres, y principalmente al de ciencia, les faltaba algo. El doctor. poseía el maravilloso conocimiento del cuerpo y del cerebro, del metabolismo y de la química de los órganos físicos, pero no sabía nada de las fuentes de la vida.
Al día siguiente, la visita del especialista a Dorn sorprendió al médico de cabecera, al enfermero, a Anderson y a todos, con excepción de Lenore, al infundir una confianza que parecía levantar, al menos por el momento, la sombra de la muerte.
Kathleen fue la primera en comunicar a Lenore la sorprendente novedad. Lenore sólo pudo percibir su intensa ansiedad, y se sentó toda temblorosa, con las manos sobre el corazón, mientras la chiquilla parloteaba.
—He escuchado y he mirado por una rendija —afirmó reiteradamente Kathleen—. Kurt estaba despierto.
Y habló, también, pero en voz muy baja. Oye, sabe que está en «Aguas Mil». Le he oído decir: «Lenore» ...
¡Oh, me alegro tanto, Lenore..., de que antes de morir pueda conocerte..., hablarte!
—¡Cállate, criatura! —murmuró Lenore—. Kurt no se morirá.
—Todos lo dicen. Ese mediquillo tan pintoresco lo dijo ayer... Me enojé al decirlo. Le oí repetirlo cuando papá le acompañaba hasta el automóvil.
—Sí, Kathie, yo también lo he oído; pero no lo creo —replicó Lenore soñadoramente.
—Kurt no parece estar tan... grave —continuó Kathleen. —Sólo que..., no sé lo que es..., le encuentro diferente. Estoy muerta de impaciencia por entrar en su habitación..., por verle. Lenore, ¿crees que me lo permitirán?
La inesperada entrada del padre interrumpió la conversación. Estaba pálido, severo, lo mismo que cuando se hallaba empeñado en una dura lucha cuyo desenlace no podía prever.
—Kathie, sal —ordenó.
Lenore se levantó para aproximarse a él.
—Hija mía... Dorn ha recobrado el conocimiento... y ha preguntado por ti. Quiere verte. Yo me inclinaba a permitirte que lo visitaras, pero Lowell y Jarvis han dicho que no..., todavía no... Ahora Dorn podría morir en cualquier momento. Yo creo que debería verte. Está bien en este momento. Y si tú dices que...
—Sí —replicó Lenore.
—¡Por todos los cielos! Entonces, te verá —decidió Anderson respirando con fatiga—. Mi decisión tiene justificación... y la tendría aunque... aunque...
No terminó la frase, sino que se volvió y salió bruscamente de la estancia.
Lenore fue avisada al cabo de unos momentos. Cuando salió de su habitación se hallaba presa de una inagotable agitación, y al recorrer el largo pasillo hubo de hacer un verdadero esfuerzo para vencerla. Al llegar a la entreabierta puerta del dormitorio se detuvo y se apoyó en la pared. Allí recobró la energía suficiente para tranquilizar sus nervios, para pedir que su presencia y sus palabras fuesen infinitamente beneficiosas para Dorn.
No se dio cuenta de cuánto se movió, del modo como se aproximó al lecho en que Dorn reposaba.
Pero libre, aparentemente, de su verdadera personalidad, serena, con las emociones dominadas se encontró allí, a su lado, con la cabeza inclinada para mirarle.
—Lenore —divo él con voz tan apagada que apenas llegó hasta ella. La alegría brilló en sus sombríos ojos: —¡Bienvenido seas a tu patria, mi soldado! —contestó ella. Y después se inclinó más para besarle en la mejilla y apoyar en ella una de las suyas.
—No esperaba... verte... de nuevo —continuó él.
—I Oh, pero yo sabía que volveríamos a vernos! —murmuró Lenore levantando la cabeza. La mano derecha de Dorn, tostada, desnuda y áspera, yacía fuera de las ropas, sobre su corazón. La aproximaba lentamente a ella. Lenore la tomó entre las suyas en tanto que le miraba serenamente a los ojos. Parecía estar observando cómo era aquel rostro para compararlo con la imagen que de él se hallaba grabada en su memoria.
—Has cambiado..., pareces más vieja..., más guapa..., y sin embargo eres la misma —dijo Kurt—. Me parece que todo... sucedió hace mucho tiempo.
—Sí, hace mucho tiempo. Ciertamente, parezco más vieja. Pero... todo está bien cuando termina bien.
Ya has vuelto.
—Lenore, ¿no te han dicho que no podré vivir?
—Sí, pero es mentira —contestó ella; y creyó que por su boca hablaba la misma vida.
—Querida, algo... ha huido de mí. Un algo vital... que se fue con aquella granada... que me arrebató el brazo.
—¡No! —exclamó ella, sonriéndole. Todas las convicciones de su alma y de su fe se condensaron en aquella sencilla palabra y en aquella serena sonrisa; todo lo que era amor y era femenino se condensó en su oposición a la muerte. Un cambio sutil e indefinible se operó en la expresión de Kurt.
—Lenore, he pagado... las culpas... de mi padre —murmuró él—. ¡He matado hunos! ... He derramado la sangre... que había en mí... y que tanto odiaba... Pero todo ello fue un error..., ¡un error! ...
—Sí, pero ya no puedes remediarlo —dijo ella, conmovida—. Nadie podrá censurarte jamás. Fuiste sólo un... un soldado americano... ¡Oh!, lo sé, te has portado de un modo magnífico...; has cumplido tu deber de ese modo. Ahora te espera un deber más alto.
Los ojos de Kurt se dirigieron a ella triste interrogativamente.
—Ahora debes ser un gran sembrador de trigo.
—¿Sembrador de trigo? —susurró él; y una luz pareció encenderse en aquella interrogativa mirada.
—Cuando la guerra haya concluido, habrá millones de personas acosadas por el hambre. El trigo es el sustento de la vida. Debes reponerte... ¡Escucha!
Lenore vaciló y se dejó caer de rodillas junto al lecho.
—Kurt, el mismo día que estés en condiciones de sentarte, me casaré contigo. Y entonces te llevaré a tu ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m casa..., a tus colinas cubiertas de trigo.
Durante unos segundos, Lenore le vio transformarse completamente a causa del espíritu de ella, de su fe, de su amor; y por esto era por lo que había rezado. Lenore le había llevado hasta más allá de la desesperanza, más allá de la incredulidad. Una guía misteriosa le había inspirado. Y cuando se desvaneció el éxtasis de ambos, cuando él perdió la conciencia y una pálida sombra cubrió su rostro, Lenore ya no experimentó temor.
Desde aquel momento Kurt Dorn comenzó a mejorar de modo progresivo. El doctor Lowell hubo de reconocer que Lenore había sido la medicina capaz de derrotar a la muerte, que todos, con excepción de ella, creyeron que era inevitable.
Lenore obtuvo autorización para ver a Kurt por espacio de varios minutos cada día y durante los intervalos que separaban las fugaces entrevistas, se vio obligada a soportar el peso de muchas horas interminables. Pero descubrió que sólo se 1e permitía visitar a Dorn cuando se encontraba libre de dolores y en estado de razonar. ¿Cuál sería el estado de Dorn durante las restantes horas?... Esto era cosa que no podía conocer. Mas comenzó a comprender, a través de insinuaciones y frases sueltas, que debía ser muy malo.
—Papá, voy a insistir en mi deseo de permanecer junto a Kurt tanto... tanto tiempo como lo desee —afirmó Lenore tras haber tomado una firme resolución.
Esta petición desconcertó a Anderson, que pareció no encontrar palabras con que contestar.
—He dicho a Kurt que me casaré con él tan pronto como se halle en condiciones de sentarse —continuó Lenore.
—¡Diablos! ¡Ahora lo comprendo! —exclamó el padre—. Kurt está haciendo esfuerzos desesperados por sentarse, y nos ha resultado difícil la tarea de persuadirle de que no lo haga.
—Papá, estoy segura de que se recuperará por completo. Y cuanto más tiempo me sea posible permanecer a su lado, tanto más pronto sucederá. Me quiere. Creo que soy lo único que puede anular la...
sinrazón que hay en su cerebro y la... muerte que se alberga en su alma. Anderson hizo uno de sus violentos ademanes.
—¡Te creo! ¡No puedo dudarlo! ¡Es preciso ser mujer para...! Lenore, ¿qué es lo que te propones?
—Quiero... quiero casarme con él —murmuró Lenore. —Quiero cuidarle..., atenderle..., llevarle a su casa..., a sus trigales...
—¡Harás lo que deseas! —contestó Anderson mientras comenzaba a pasear rápidamente por la estancia—. De todos modos, no podría resultar perjudicial. Y podría salvarle Y, como quiera que sea, serás su esposa... aunque sólo sea por... ¡Por Satanás! ¡Lo haremos! No me has dado un consejo erróneo en toda tu vida... Pero, muchacha, será muy duro para ti el verle cuando... cuando sufra uno de sus ataques.
—¡Ataques! —repitió Lenore.
—Sí. Ya te hemos dicho que, a veces, se encoleriza y desvaría. Pero no sabes de qué modo... ¡Hasta me he acobardado al verlo! Me asustó la primera vez que lo vi; y creí que ya era bastante, que no tenía necesidad de volver a presenciarlo... No podría resistir el ver su rostro cuando los hunos se le aparecen.
—¡Los hunos! ¿Qué quieres decir? —preguntó estremecida Lenore.
—Los hunos a quienes mató vuelven a acometerle. Y lucha contra ellos. Entonces, se le ve hacer movimientos extraños, lo mismo que si no hubiera perdido el brazo izquierdo. Emplea el brazo derecho...
y repite los mismos movimientos que hizo cuando mató a los hunos con su bayoneta. ¡Es terrible el presenciarlo, el ver su rostro!... He oído decir en el hospital de Nueva York que en Francia le fotografiaron cuando se hallaba bajo los efectos de uno de tales ataques... No querría que lo vieras en esos momentos. Pero es posible que cuando le doctor Lowell te haya dado una explicación comprendas con más claridad lo que sucede.
—¡Pobre muchacho! ¡Qué terrible debe de ser para él revivir aquellos terribles momentos! Mas, cuando haya mejorado..., cuando sólo tenga en la imaginación sus campos de trigo... y a mí..., esos ataques desaparecerán.
—Es posible..., es posible... Así lo espero. ¡Bien sabe Dios que es una cosa que yo no podría conseguir!
Pero, de todos modos, harás lo que deseas.
El doctor Lowell explicó a Lenore que Dorn, como todos los soldados mentalmente trastornados, sufría pesadillas cuando se hallaba dormido, y se encolerizaba y desvariaba hasta perder la razón. Entonces tenía sólo una idea fija: sus enemigos. En sus pesadillas, Dorn había de ser sujetado enérgicamente. El doctor añadió que la indicación más importante y esperanzadora respecto al estado de Dorn era una gradual y diaria recuperación de su fortaleza y un acortamiento en la duración y la violencia de sus ataques.
Estas seguridades llenaron de felicidad a Lenore. La joven comenzó a substituir durante una parte del día al cansado enfermero, y se preparó para sufrir la primera dura prueba que para ella había de constituir la vista de uno de los peculiares ataques de locura de Dorn. Pero Dorn la miraba insistentemente por espacio de horas y más horas y no quería o no podía dormirse mientras ella se hallaba presente; y, más tarde, el décimo día de su estancia en «Aguas Mil», pasó sin que sucediera nada de lo que Lenore tanto temía. Entre tanto, Dorn mejoraba visiblemente.
Y llegó la tarde en que Anderson se presentó en la casa acompañado de un sacerdote. Y unos pocos minutos fueron suficientes para hacer de Lenore la esposa legítima de Dorn.


XXXI
Y sucedió lo extraordinario. Apenas había salido de la casa el sacerdote, cuando el asombro y la sonriente felicidad de Kurt Dorn sufrieron un rompimiento tan grande, tan frío, tan intenso como si la Naturaleza le hubiera transformado de hombre en bestia.
Su rostro se volvió repentinamente como el de un gorila. Haciendo un esfuerzo, Kurt adelantó el brazo derecho y lo extendió hacia los lados y ante sí con singular energía. ¡Un ataque a la bayoneta! ¡Y, para él, su brazo izquierdo estaba todavía intacto! Un grito de guerra salvaje e ininteligible, y, sin embargo, inconfundiblemente alemán, brotó de su garganta.
Lenore permaneció durante unos instantes como petrificada. Su padre, con los dientes rechinantes, intentó alejarla de la escena. Mas cuando Dorn se disponía a incorporarse en el lecho, Lenore se adelantó, lo asió, lanzó un grito agudo y le obligó a tumbarse de nuevo. Como quiera que fuese la influencia que sobre él ejerciera, lo cierto es que logró calmarlo, que cambió la expresión de su rostro y que Dorn se tranquilizó y se tumbó, pasivo y pálido. Fue posible conocer exactamente el instante en que recobró la razón, puesto que este cambio se reflejó en la mirada que dirigió a Lenore.
—¡He sufrido.., uno de... mis ataques! —dijo roncamente.
—¡Oh! No sabía lo que era —contestó Lenore con voz temblorosa. Su fortaleza comenzó a abandonarla.
Sus brazos, que tan firmemente le habían retenido y sujetado, pa recieron quedar privados de energía.
—Hijo, has sufrido un ataque muy malo —dijo Anderson respirando ruidosamente—. Es el primero que Lenore ha presenciado.
—Lenore, he vuelto a matar mis hunos —dijo Dorn con trágica sonrisa—. En los últimos tiempos me ha sido posible saber cuándo... cuándo volvían a acometerme.
—¿Lo supiste también ahora? —preguntó Lenore.
—Creo que sí... No he perdido la cabeza por completo... He sabido bien cuándo me sucedió... Es un sentimiento extraño... El pensamiento..., la acción..., lo... Y entonces me parece siempre experimentar el deseo... de volver a matar a mis hunos.
Lenore le miró con dolorida y apasionada ternura. ¿Recuerdas que nos hemos casado hace unos momentos? —le preguntó.
—¡Esposa mía! —murmuró él.
—¡Esposo!... Sabía que habrías de volver a mi lado... Sabía que no morirías... ¡Y sé que te repondrás por completo!
¡También comienzo a creerlo! Es posible..., es posible que esos ciegos ataques desaparezcan...
—¡Así ha de ser... o me perderás! —tartamudeó Lenore—. Si continúas matando a tus hunos... una y otra vez..., seré yo quien termine por morir.
Lenore regresó a su habitación llevando consigo una sensación obsesionante de la manera como Dorn había recibido sus últimas palabras. Por espacio de varios días se halló en un estado tal de tensión a causa del temor de que Dorn sufriera un desequilibrio mental crónico. Permaneció a su lado durante casi todas las horas del día, cuidándolo, observándolo cuando dormía, hablando un poquito con él de vez en cuando, viendo con alegría su mejoramiento gradualmente, comprendiendo que a cada día que transcurría se levantaba un poco más la sombra que sobre él se tendía; y, sin embargo, durante cada minuto y durante todas las horas que pasaban esperaba temerosamente el retorno de la locura de Dorn. No volvió a presentarse, o cuando menos, si sucedió durante la noche, nadie se lo comunicó. Después, al cabo de una semana, una mejoría más pronunciada y franca de Dorn señaló también la disminución de la tensión que apresaba a Lenore. Un poco más tarde se juzgó innecesaria la presencia del enfermero. Lenore se estremeció atemorizada al llegar su primera noche de vigilia, durante la cual permaneció tumbada o sentada en un sofá, en la habitación de Kurt, sin cerrar los ojos. Pero Dorn durmió y su sueño pareció tranquilo y normal en ocasiones, y a veces alterado y agitado. Habló incoherentemente, se lamentó, y en cierto momento en que juzgó que iba a verse acometido de una pesadilla, Lenore le despertó. Al día siguiente, Kurt se sentó en la cama y dijo que tenía hambre. Desde aquel mismo momento Lenore comenzó a perder los temores que la obsesionaban.
—Bien, hijo, hablemos del trigo —dijo Anderson alegremente al entrar en la habitación de Dorn durante una hermosa mañana del mes de junio.
—¡Trigo! —suspiró Dorn tristemente, al mismo tiempo que dirigía una patética mirada a su manga vacía —. ¿Cómo podría volver a realizar el trabajo de un hombre en los trigales?
Lenore le dedicó una alentadora sonrisa.
Ahora sembrarás más trigo que nunca, y recogerás también más.
—Lo mismo creo —afirmó Anderson.
—¿Pero cómo? Únicamente tengo un brazo —dijo Dorn.
—Kurt, me abrazas mejor ahora con un solo brazo que cuando tenías los dos —replicó Lenore con sublime firmeza.
—Hijo, has perdido —gritó Anderson—. Mi hija y yo estamos convencidos de que sembrarás más y mejor trigo que nunca..., más y mejor que el de cualquier otro hombre del Noroeste. ¿Comprendes lo que quiero decir?... Bueno; ya te lo diré más adelante... Ahora, permíteme que te indique cuál es mi situación respecto a ti. Te he visto preocupado a medida que avanzaba tu mejoría. Echas de menos el brazo bueno que te falta, y sientes el dolor de las balas que tienes alojadas en algunas partes del cuerpo, y crees que vas a ser un lisiado para siempre. Mira las cosas tal y como son. Es cierto que comparado con el Kurt Dorn que eras antiguamente, resultarás un lisiado. Pero el Kurt Dorn que pesaba ciento noventa libras, el soldado que se lanzó como un toro contra un grupo de alemanes, era un hombre excepcional. ¡Dios mío!.., Olvídalo, y olvida que jamás podrás volver a trabajar tanto como lo hiciste antes. Mira la realidad del mismo modo que lo hacemos Lenore y yo. Habíamos renunciado a la esperanza de recobrarte. Y estás aquí, entre nosotros, mejorando y restableciéndote con rapidez; y llegará el día en que puedas entregarte a trabaos duros... si tienes mucho interés en hacerlo. Piensa en la suerte que Lenore y yo hemos tenido... Ahora escucha lo que voy a leer.
Anderson desplegó un periódico y comenzó a leer una estadística sobre la continua mejoría, con favorables condiciones de tiempo, en el estado del trigo de invierno, así como unos animadores mensajes procedentes del Oeste que garantizaban un aumento del rendimiento de la producción triguera sobre los cálculos oficiales que se dieron a conocer hacía pocas semanas y que estaban basados en datos facilitados por el Gobierno.
Lenore observó atentamente el rostro de su esposo, con gran esperanza, mas con cierta ansiedad. El trigo era un tema del que se había hablado muy poco hasta aquel momento, y la guerra ni siquiera había sido recordada.
—¡Magnífico! —exclamó Dorn; y sus mejillas enrojecieron—. He estado impaciente por preguntar...
¡Trigo para los aliados y los neutrales! ... Anderson: los Estados Unidos nutrirán a todo el mundo.
—Así lo creo. Hijo, ahora estamos enviando diariamente millares de soldados..., estamos construyendo barcos rápidamente..., llegan los aeroplanos como enjambres de abejas... y no hay americano que no enloquezca de entusiasmo... Dorn, los alemanes no saben que están perdidos... ¿Qué dices?
Dorn tenía una expresión singular.
—Lenore, ayúdame a permanecer en pie —suplicó a su esposa.
—¡Oh, Kurt, todavía no debes hacerlo!
—¡Ayúdame! ¡Quiero que lo hagas!
Lenore cumplió lo que se le pedía, asombrada y atemorizada, y fascinada, al mismo tiempo. Le ayudó a salir del lecho y a ponerse en pie. Luego, le soltó; de modo que Dorn quedó en libertad.
—¿Qué digo? Anderson, he aquí lo que quiero decir: he matado alemanes que se habían desarrollado con una pasión y un entrenamiento para la guerra. He sido agricultor. No quería guerrear. El deber y el odio me obligaron a hacerlo. Los alemanes que encontré ante mí cayeron. Fui herido por las bombas, intoxicado con gases, acuchillado... Recibí veinticuatro heridas y, finalmente, una granada me dejó fuera de combate. Vi corno mis camaradas mataban y mataban antes de caer. Esto es netamente americano. Nuestros enemigos son ciegos, estólidos, brutales, obsesionados, desesperados. Son alemanes. Les falta.., no fuerza, ni eficiencia, ni valor,.., sino alma.
Pálido y agotado, Dorn se apoyó en Lenore y volvió a su lecho. Su excitación había conmovido a Lenore. Anderson replicó con un entusiasmo que hizo grandes esfuerzos por ocultar:
—Comprendo lo que quieres decir —dijo—. Si hubiera necesitado más seguridades, tú me las habrías ofrecido con esas palabras. ¡Al infierno los alemanes! No hablemos de ellos nunca más. Y volvamos a nuestro trabajo. ¡Trigo! Hijo, tengo unos proyectos que harán que los pelos se te pongan de punta.
Recogeremos en julio, en «Aguas Mil», una cosecha abundantísima. Y sembraremos dos mil acres de trigo invernal. Eso, en lo que se refiere a «Aguas Mil».., ¡Me he vuelto loco este verano! ¡Me he entusiasmado yo solo...! He comprado todas las granjas que rodean a la tuya en el Recodo. ¡Una gran cosecha de trigo se prepara para la primavera! Tú dirigirás esa cosecha, y yo dirigirá la nuestra aquí... Y sembrarás diez mil acres de terreno en tus ricas colinas este mismo otoño. ¿Lo has oído? ¡Diez mil acres!
—¡Anderson! —exclamó emocionado Dorn.
—¡Mi cultivador de trigo! —murmuró Lenore observando a través de sus lágrimas el éxtasis de Dorn.
—¡Los sueños se convierten en realidad! —dijo él dulcemente—. Lenore: exactamente en el mismo momento que te vi por segunda vez... y me enamoré tan irremediablemente de ti..., alimenté vagos sueños respecto a tu persona. Pero nunca, ni siquiera en mis momentos de delirio, pensé que pudieras ser la esposa de un cultivador de trigo, jamás creí que amases el trigo.
—¡Oh; pero es cierto! —repitió Lenore Cuando nací, papá compró «Aguas Mil» y sembró de trigo las pendientes. Recuerdo que solía llevarme allá, arriba, a los trigales, cubiertos de oro y de verdor. He crecido y he vivido junto al trigo. No podría vivir jamás alejada de él. ¡Oh! Es necesario que oigas algún día lo que sé... sobre la historia y el encanto romántico del trigo.
—Comienza —invitó Dorn con un resplandor de orgullo y de amor en la mirada.
—Dejadlo para otra ocasión —dijo Anderson—. Hijo, ¿te sorprendería el saber que he cambiado un poco mis puntos de vista respecto a la I.W.W.?
—No —contestó Dorn.
—Bien, así ha sido. Lo que más me ha hecho cavilar ha sido el modo como el Gobierno ha podido obtener buenos resultados de los hombres que trabajan en los campos madereros de la región. Como sabes, el Gobierno necesita una cantidad inmensa de madera para construir barcos, aeroplanos. Y necesita tenerla rápidamente. Y todos los leñadores y trabajadores de la madera pertenecían a la I.W.W..., o la mayor parte de ellos. Como quiera que fuese, hay un hecho indudable: todos los trabajadores que declararon la huelga el pasado verano, eran afiliados a esa organización. Aquellos hombres creían que bajo el régimen de trabajo capitalista los obreros y los patronos no tenían nada en común y que el Gobierno era uña y carne con los capitalistas. Llegó un oficial del Gobierno y convenció a los partidarios de la I.W.W. de que los intereses de ambos tenían una base común. Y consiguió que los hombres trabajasen, y el Gobierno obtuvo la madera que necesitaba. Y se comportó con ellos de una manera justa. A los que trabajaron fructíferamente les pagó salarios altos y tuvo en cuenta sus demandas. A aquellos que obraron con malicia los castigó con arreglo a la importancia de sus faltas. Y los inocentes no sufrieron las culpas de los delincuentes.
»Esta cuestión me demostró que es posible entenderse con muchos de los hombres de la I.W.W. El verano próximo concederé a los trabajadores honrados lo que pidan, aunque para mí signifique la retractación de antiguas ideas y opiniones. Pero me negaré a tolerar la presencia o la intromisión de los desorganizadores del trabajo. Si los hombres quieren trabajar, tendrán trabajo y salarios altos. Te aconsejo que sigas esta misión táctica en la región del Recodo. Nos adelantaremos para encontrar a las uniones de trabajadores a mitad de camino. Es probable que surjan dificultades entre el trabajo y el capital cuando la guerra haya concluido. Ha comenzado a ocurrírseme de una manera indudable que es justo que los buenos trabajadores participen en los beneficios. Si esta proposición no sirviera para resolver las dificultades, sabremos que nos hallamos ante una cuadrilla de directores socialistas y anarquistas. Entonces será la ocasión de recurrir a procedimientos represivos que lamento que hayan sido utilizados durante el verano pasado.
—Anderson, es usted muy bueno... ¡Es tan grande como esas montañas! —exclamó Dorn—. Pero usted sabe bien que aquí hubo muy mala sangre el verano pasado. ¿No obtuvo pruebas convincentes de que la I.W.W. estaba respaldada por el dinero alemán con el fin de que provocase huelgas que creasen dificultades a nuestro Gobierno?
—No. Pero lo creo, o, de otro modo, que los dirigentes de la I.W.W. aprovecharon la ocasión que les brindaban las circunstancias para realizar sus propósitos. Ahora me creo obligado a afirmar que muchos millares de trabajadores adheridos a la I.W.W. son fieles a los Estados Unidos; y eso es lo que me ha hecho cambiar de modo de pensar.
—Yo me entenderé con ellos del mismo modo que usted —respondió fervorosamente Dorn.
Y Lenore interrumpió la conversación en aquel momento alegando que Dorn estaba completamente agotado por efecto de la conversación y que le convenía descansar. Y rogó a su padre que saliese de la estancia.
Durante los días siguientes, Lenore se entregó a la dichosa y absorbente tarea de preparar y empaquetar lo que deseaba llevar a la casa de Dorn. Ya había fijado la fecha del traslado, mas se había reservado el placer de comunicárselo a Kurt. Anderson estuvo de acuerdo con su proyecto, y decidió acompañarlos.
—Llevaré a las niñas —dijo—. El viaje será muy agradable para ellas. Nos quedaremos a pasar la noche en el pueblo, y regresaremos a la mañana siguiente... Lenore, me parece un poco repentina tu marcha... ¿Qué será entonces de mí?
En aquella coyuntura, se reflejaron en su actitud los estragos del dolor y el efecto de las sensibles pérdidas que durante el año precedente habían coronado su vida de lucha. Lenore le abrazó cariñosamente.
—No te abandonaré, papá —prometió—. Kurt debe ir allá, a su casa... recuperar el equilibrio, lo que conseguirá más pronto en aquellos desiertos campos y aquellas colinas... Dividiremos el tiempo entre las dos casas. Recuerda que podrás ir a vernos siempre que lo desees. Tus intereses se encuentran representados allá ahora. Papá, no pienses en ello corno en una separación. Kurt ha entrado a formar parte de nuestra familia...
y nos limitamos a ausentarnos por un corto período.
Y de este modo consiguió que una sonrisa de agrado se dibujase en el cansado rostro de su padre.
—Todos tenemos algún punto débil —dijo soñadora mente—. El mío es éste, el temor a hacerme viejo y quedarme solo. Es egoísta. La vida es una mezcla de impresiones extrañas. En ocasiones, creo que todo es egoísmo. Pero he vivido, y creo que no tengo derecho a pedir más.
Lenore no pudo menos de entristecerse aun cuando se hallaba poseída de una creciente felicidad. ¡La alegría de algunos solamente representa tristeza para otros! La vida es sol brillante, y tormenta, juventud y vejez.
Aquella mañana encontró a Kathleen cuando se hallaba conversando con Dorn. Lenore había prohibido a la chiquilla que le preguntase nada relacionado con la guerra. Kathleen no rompió en ningún momento la promesa que hizo, pero resultaba claro que Dorn había leído en los ojos de la chiquilla cuando ht tp :/ /w ww .l ib ro do t. co m se posaban sobre la vacía manga de la chaqueta, una angustiosa pregunta, y que evidentemente había correspondido refiriéndole algunas cosas. Kathleen aparecía pálida y hermosa, tenía los ojos completamente abiertos, y su imaginación infantil estaba exaltada.
—He estado refiriendo a Kathleen cómo perdí el brazo —explicó Dorn.
—¡Odio a los alemanes! Odio la guerra! —exclamó apasionadamente Kathleen.
—Querida, ódialos siempre —dijo Dorn.
Cuando Kathleen se separó de ellos, Lenore preguntó a Dorn si creía que era correcto decir a la chiquilla que odiase siempre a los alemanes.
¡Correcto! —exclamó Dorn al mismo tiempo que se reía. A cada día que transcurría ofrecía nuevos síntomas del desarrollo de una personalidad más fuerte—. Lenore, lo que he vivido ha revuelto mis impresiones respecto a lo que es y a lo que no es correcto. Es posible que algún día, más adelante, consiga aclarar todo esto. Pero, Lenore, durante toda mi vida, incluso si vivo más de noventa años, odiaré a los alemanes.
—¡Oh Kurt! Es demasiado pronto para que puedas ser... menos apasionado —replicó Lenore—. Lo com— prendo, llegará un día en que no condenarás a todo un pueblo por culpa de una forma de gobierno... de una clase militar. En nuestros días los alemanes se han rebelado, y a los ojos de la mayor parte del mundo su fuerza brutal tiende a detener la civilización y matar el idealismo. Pero todo eso es sólo aparente, tan sólo temporal. Saldremos de esta época negra mejores, más bondadosos, más sabios. Ten confianza en mí, esposo mío, créeme! Hay un algo que no puede ser expresado: la esperanza del mundo.
—La madre... —exclamó Dorn—. Pienso en ella... al verte. Supongamos que tuviéramos un hijo, y que hubiera otra guerra. Supongamos que nuestro hijo muriera en ella..., del mismo modo que yo maté a otros...
¿De qué modo podría yo entonces armonizar ese hecho con... ese algo que percibes de una manera tan hermosa?
Lenore tembló bajo el influjo del delicioso dolor que le producía la fe que le parecía que comenzaba a iluminar el alma trágica y oscura de Dorn.
Si tuviéramos la bendición de poseer un hijo... y ese hijo hubiera de ir a la guerra, para matar o para morir..., podrías armonizar ese hecho con la fe en Dios porque nuestro hijo habría recibido las enseñanzas que tú deberías haber recibido, las que deben recibir todos los hijos del futuro.
—¿Cuáles son? —preguntó Dorn.
—El significado de la vida..., la verdad de la inmortalidad —replicó Lenore—. Vivimos... y progresamos.
Esto es suficiente para justificar la fe.
—¿Servirá eso para terminar con las guerras?
—Servirá para ello, en un tiempo futuro. Las madres cuidarán de que sus hijos aprendan desde la infancia a conocer las consecuencias de la lucha..., de la guerra. Los chiquillos aprenderán que si el significado de la guerra para ellos es lo sorprendente de una carga, el trueno de los cañones, las medallas y las distinciones, para sus madres ese significado es solamente pérdida y angustia. Aprenderán a conocer la terrible diferencia que hay entre tu furor y tu ansiedad por luchar con la bayoneta y el horror de la consecución cuando la víctima sucumbe ante tu acometida. La gloria de una estatua a los grandes generales representa innumerables e innominados sepulcros de soldados olvidados. La alegría de los ejércitos triunfantes contrasta terriblemente con el dolor, la pobreza y el implacable destino de los vencidos.
—Comprendo lo que quieres darme a entender —replicó Dorn Esas enseñanzas de los niños cambiarán a los hombres del porvenir. Significarán, la paz para las generaciones venideras. Pero en cuanto a mi hijo.:. sólo servirán para hacer de él un mal soldado. No sería el luchador. Caería fácilmente, víctima del hijo de un padre que no le hubiera enseñado ese hermoso significado de la vida ni el terror de la guerra. Y me gustaría que mi hijo fuera un hombre.
—Esas enseñanzas, harían de él... un hombre más com. pleto —opuso Lenore, que comenzaba a rendirse.
—Pero no en el sentido físico de fortaleza, valor, resistencia. Antes preferiría que jamás hubiera paz que tener un hijo que fuera inferior a otro hombre.
—Mis esperanzas para el porvenir se fundan en que todos los hombres enseñen a sus hijos el error que representa la violencia.
—Jamás llegará ese día, Lenore —replicó Dorn.
Lenore comprobó en él la indomable firmeza propia de las actitudes varoniles, la diferencia entre el hombre y la mujer, la preponderancia de la sangre y la energía sobre otros motivos más elevados. Sentíase como una mujercita débil que se enfrentaba contra toda la Humanidad. Pero no podía desanimarse. El fuego que había en ella era tan inextinguible como el sol.
—Pero ¿podría llegar? —insistió suavemente, aunque con inflexible espíritu.
—Sí, podría... si los hombres cambiasen.
—Tú has cambiado.
—Sí. No me conozco.
—Si tuviéramos un hijo ¿me permitirías enseñarle lo que creo que es justo? —preguntó dulcemente Lenore.
—¡Lenore! ¿Cómo no habría de permitírtelo? —exclamó él—. Intento ver las cosas desde tu punto de vista, pero el hecho de que no pueda lograrlo no significa que piense en oponerme a tus propósitos.
¡Enséñame... si puedes!
Lenore le besó y se arrodilló junto a su lecho, afligida al observar que se le ensombrecía el rostro, y sin embargo esperanzada al ver que ante ella se abría el camino que podría conducirla a la recuperación y al fortalecimiento de su esposo.
—¿Me quieres? —susurró Lenore.
—¿Si te quiero?... Nada en este mundo podría cambiar mi amor por ti.
—Sabes que soy tu esposa.
Las sombras desaparecieron del rostro de Dorn.
—¿Es cierto? ¿Verdaderamente? Lenore Anderson...
—Lenore Dorn. Es un nombre muy bonito.
—Suena muy bien. Pero tú... ¿eres mi esposa? ¡Jamás podría creerlo!
—Habrás de creerlo... muy pronto.
—¿Por qué?
Un resplandor cálido y alegre brilló en los ojos de Kurt. Lenore advirtió en él una interrupción de extraño alejamiento, una a modo de suave e inconcreta aceptación del parentesco que ya los unía.
—Mañana te llevaré a tu casa, a tus colinas cubiertas de trigo.


XXXII
Dos automóviles remontaron lentamente la suave pendiente del valle, junto al brillante río, para llegar a la altura de lo que parecía una tierra solitaria y desnuda de verdor.
Era un día del mes de junio, lleno de una luz rica, saturado de un viento fragante que procedía del Oeste.
En cierto punto de la carretera, donde los Anderson siempre se habían detenido, paró el automóvil para esperar la llegada del otro, en que viajaban Lenore y Dorn.
La alegría que el viaje produjo a Lenore se reflejaba plenamente en su rostro.
Miró en primer lugar el rostro de Dorn, cuya mirada recorría rápidamente la anchura y la largura de aquella tierra. ¿Podría aquel terreno significar tanto para él como antes de su marcha a la guerra? Lenore apreció que significaba mucho más, y se alborozó al observarlo. Su fe comenzaba a convertirse en realidad.
Después se maravilló al ver la vasta perspectiva que tenía ante sí.
Era un paisaje que Lenore sabía bien que no tenía par en todo el mundo. Valles y cumbres con menos terreno arado que nunca; grupos de árboles y las manchas de las casas perdidas en una gris inmensidad. Un millón de sombras procedentes del Oeste se extendían ondulantemente sobre el trigo. Estas sombras eran las espigas de un Océano de grano. ¡No había nubes de polvo, no había carreteras blanquecinas, no había colinas amarillentas! Un millar de elevaciones parecían correr hacia la neblina azul de las diversas montañas, donde rodaba el Oregón.
Todo estaba verde, fresco y esperanzador, extrañamente sereno y dulce; todo parecía infinito bajo el azul del cielo.
—¡Trigo, trigo, trigo! Nada más que trigo: la manifestación visual de una necesidad vital y de una noble promesa.
—Allá... allá... —murmuró Anderson al mismo tiempo-que agitaba la gruesa mano, como si las palabras fuesen inútiles para expresar su pensamiento—. ¡Esto es sólo un rinconcito de los grandes Estados Unidos...!
¿Qué dirían los alemanes si pudieran verlo?... ¿Qué tienes que decirme, Lenore?
—¡Hermoso! —respondió ella dulcemente—. Es como un arco iris en el cielo... ¡Es una promesa de vida hecha por Dios!
—Y tú, Kathie, ¿qué dices? —continuó Anderson.
—¡Qué hermosos trigales! —contestó Kathleen con femenina serenidad—. Vete a buscar a tus jóvenes sembradores de trigo, papá, para que pueda escoger un marido.
—¿Y tú, hijo? —terminó Anderson con el ademán y el gesto del hombre que jugase su última carta.
Estaba recordando en aquel instante a su hijo, Jim..., el alocado. pero querido hijo..., el soldado muerto.
—Como siembres... así recogerás —ésta fue la respuesta de Dorn, enérgica y conmovedora. Y Lenore percibió la alegría y el contento que inundaron el corazón de su padre. Luego se inclinó sobre Dorn. En su animadora presencia, en el tierno contacto de sus cariñosas manos, en el susurro de su amor de mujer, Dorn se sintió elevado sobre el presente, con su guerra y sus dolores y con su mente ensombrecida, hacia el trigo..., hacia los fértiles campos de la dorada edad que había de nacer.

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