VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

miércoles, 7 de junio de 2017

El Policía Rural (Zane Grey)

El Policía Rural
Zane Grey

Resultado de imagen de El Policia Rural Zane Grey


Esta obra reúne tres novelas breves: El policía rural, El alud y De Missouri. Son extraordinarios relatos de un Oeste cuya conquista cuesta sangre, donde abundan las caravanas, los ranchos, los salteadores de caminos y los hombres solitarios. El alud recoge el heroico episodio de dos hermanos que se disputan la misma muchacha y se encuentran cercados por la nieve en un estrecho valle durante todo un invierno De Missouri es la historia, llena de suspense, de un vaquero, y El policía rural presenta la figura, brava y enteriza, de un agente que desafía todos los peligros para seguir la pista de una joven mejicana, al parecer raptada por unos forajidos.

EL POLICÍA RURAL
CAPÍTULO PRIMERO
CAPITULO II
CAPÍTULO III
CAPITULO IV
CAPITULO V
CAPÍTULO VI
CANYON WALLS (EL REFUGIO)
CAPITULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPITULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPITULO VI
EL ALUD
CAPITULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPITULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
DE MISSOURI
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
Zane Grey

EL POLICIA RURAL
© ZANE GREY, INC., 1960
© EDITORIAL JUVENTUD, Barcelona (España), 1967

COLECCION «Z OESTE» NUM. 1

Titulo original: THE RANGER AND OTHER STORIES
Traducción de ANTONIO TOMAS
Segunda edición, junio 1975
Depósito Legal, B. 20.787-1975
ISBN. 84-261-0622-6
Núm. de edición de E. J.: 5,576
Impreso en España — Printed in Spain
CAG.S.A. — Avda. José Antonio, 719. Barcelona

EL POLICÍA RURAL

CAPÍTULO PRIMERO

En un pasado próximo, singularmente después de alguna que otra escaramuza sangrienta, Vaughn Medill, de los rurales de Tejas, se veía sometido con periodicidad a leves crisis depresivas, y anhelaba ser dueño de un rancho y tener esposa e hijos. El hecho de que muy pocos de sus compañeros llegasen a ver realizadas tan acariciadas esperanzas no mermaba el atractivo que sentía por ellas. Durante esos períodos, los abnegados servicios prestados al gran Estado de Tejas, que tanto debía a sus rurales, quedaban casi relegados al olvida Vaughn estaba sentado en el soportal de una casa de adobes, en las afueras de Brownsville, junto a la ribera de Río Grande, de cansinas y fangosas aguas. Se hallaba solo en el edificio que les hacía las veces de cuartel general, por la sencilla razón de que el jefe del puesto, capitán Allerton, junto con otros dos rurales, guardaban cama en el hospital. Vaughn, con su proverbial buena estrella, había salido indemne de la pelea con los cuatreros de Cutter.
Necesitaba unos días de reposo e internarse en las montañas, solitario, para liberarse de cierta desazón que las muertes siempre le habían originado. No era, pues, de extrañar «que se sonrojara y sus labios musitasen imprecaciones cada vez que algún visitante curioso de la región le preguntaba por el número de hombres que habían caído bajo sus balas. Vaughn llevaba mucho tiempo al servicio de los rurales, lo mismo que otros jóvenes téjanos que se habían alistado en el afamado y sin par cuerpo antes de cumplir los veinte. Muchas veces se resistía a enumerar las fechas transcurridas desde su inscripción. Tenía toda la apariencia del tejano autóctono: rostro de rasgos enérgicos, de piel curtida a la intemperie, labios firmes y apretados, excepto cuando se entreabrían en tenue sonrisa, y ojos pequeños y grises, de mirada fría. El ligero tono blanquecino que le ornaba las sienes no indicaba aún con certeza la verdad acerca de sus años.
Vaughn contemplaba las amarillentas aguas que dividían Méjico de su Estado natal. Tenía excelentes motivos para sentir odio hacia esa inmunda corriente acuática y por la ardiente tierra allende la misma, en la que pululaban los mosquitos y donde parecía que el cacto era la planta soberana. Le agradase o no, un día no lejano tendría que volver a esa demarcación para proceder al arresto de algún renegado, recobrar ganado robado o luchar con Quínela y su pandilla de forajidos, a quienes se suponía merodeando por territorio tejano. Vaughn compartía con sus coterráneos el enorme desdén hacia todos aquellos que habían tenido la infortuna de nacer al otro lado de la divisoria. Su padre había luchado en dos guerras por el Estado de Tejas, y el hijo heredó la convicción de que los mejicanos eran sus enemigos naturales. No obstante, reconocía que ello era cierto sólo en parte; Villa le era conocido de antiguo, y además Vaughn había peleado codo a codo con gentes a quienes debía mucho, tal vez la vida en más de una ocasión, como a Martiniano, por ejemplo, considerado como uno de los mejores vaqueros de Tejas.
A Vaughn le constaba que sus meditaciones no le conducirían a ninguna parte, salvo a sumirle en la más honda melancolía. En ese día veraniego, singularmente canicular, el curso de sus pensamientos le había llegado muy dentro de su alma. Lamentó amores pretéritos con distintas muchachas, con alguna de las cuales — según llegó a figurarse — hubiese podido dirigirse al altar. Sin embargo, todo quedaba ya muy lejos. Aunque ya desde el principio se sintió imbuido del fogoso espíritu que animaba a los rurales, jamás hubiera sometido a mujer alguna al tormento de vivir en continuo sobresalto en espera del marido ausente, quien con toda probabilidad no regresaría nunca más al hogar. Sus aventuras sentimentales fueron espaciándose; la más reciente, tanto que podía considerarse actual, se refería a Rosita Uvaldo, hija del capataz del rancho propiedad del viejo Big Glover, grandiosa finca situada aguas abajo de Río Grande.
Uvaldo era un aborigen mejicano, y decía ser descendiente de un soldado español de dicho apellido. Su esposa era yanqui. Uvaldo poseía numerosas reses y, en participación con Glover, intervenía en multitud de transacciones ganaderas. Su hija Rosita, doncella de preciosos ojos negros, había nacido en tierra tejana y gozaba de las ventajas que le proporcionaba el haber disfrutado de buena educación y del contacto con gente distinguida, cosa infrecuente en la mayoría de las señoritas de su clase.
Vaughn reflexionaba acerca de todos esos pormenores, tal vez como pretexto para acallar su pasión por la muchacha. Para un rural de Tejas, enamorarse de cualquier chica mejicana era algo inconcebible. Claro que ello había acontecido en muchas ocasiones, aunque Vaughn prefería no recordarlo ahora. Rosita, no obstante, era una excepción; se trataba de una mujer extraordinaria. Era muy hermosa, aunque de estatura más bien baja, tanto, que a Vaughn, pese a lo que sentía por ella, le invadía una sensación de ridículo cuando bailaba con la muchacha. Si el rural hubiese extendido uno de sus largos brazos y la mejicanita hubiese pasado por debajo, se hubiera visto obligado a bajar la mano un buen trecho para rozar el lustroso cabello azabache de Rosita. Ésta era muy vivaracha y un tanto coqueta, con el altivo donaire de sus antepasados españoles. Además de joven y bonita, era muy rica; estaba considerada como la primera beldad de Las Ánimas y era la desesperación de los vaqueros de ambas orillas.
Cuando Vaughn hubo llegado al final de sus especulaciones, descubrió que, al igual que le había acaecido en otras circunstancias parecidas, las perspectivas que tenia de conquistar para sí a la bella Rosita eran bien poco fundadas. Todo llevaba trazas de quedar reducido a un sueño maravilloso, sólo que en esta ocasión parecía mucho más serio por su parte. Se repetía una y otra vez que no debió haberse dejado llevar por sus sentimientos hasta el borde de lo que parecía iba a ser una catástrofe irreparable. Aunque su ánimo estuviese dolido y lamentase su celibato en más de una ocasión, no podía por menos que recordar las dulces sonrisas que le prodigaba Rosita, ni los bailes que le reservaba cuando una multitud de admiradores de la muchacha ansiaban ser los favorecidos. Tampoco podía olvidar las frases con que le distinguía la joven mejicana. «Es un gran señor — había dicho en una ocasión —. Un gringo muy apuesto.» Y otra vez, con una mirada inescrutable en sus negros ojos, dijo: «¡No es usted sino un pobre rural, pistolero sediento de sangre y verdugo de mejicanos!»
Naturalmente que Rosita era una joven muy digna de ser galanteada, aunque su carácter, en razón de su sangre mestiza, la ascendencia hispánica y su educación yanqui, era muy tornadizo. Se decía que Uvaldo, su padre, jamás consentiría en que contrajese matrimonio con un mejicano; cierto que estaba dispuesto a conceder la mano de su hija Rosita al heredero de algún rico propietario. Acaso el joven Glover sería el afortunado mortal. Era, pues, una locura el que Vaughn se imaginara que algún día la muchacha podría ser para él. No obstante, sentíase lo bastante joven todavía como para luchar por ella.
El traqueteo cercano de ruedas de carreta y el ruido de cascos de caballo le sacaron de su abstracción. Se incorporó con presteza y escuchó alerta. No tardó en detenerse un calesín ante la puerta de la casa. Vaughn se dispuso a echar una ojeada alrededor de la vivienda; era costumbre en él andar oblicuamente y con la mano cercana a la culata del revólver. Un rural que conoce bien el oficio no ofrece nunca el cuerpo de frente, pues constituye mucho mejor blanco a un posible disparo. Artimañas de gente ducha en toda suerte de lances.
Vio como un hombre auxiliaba a otro a apearse del vehículo, y Vaughn no tardó en reconocer al segundo como su camarada Colville, renqueando y con un brazo en cabestrillo.
—¿Qué tal te encuentras, Bill? — inquirió Vaughn en tono solícito, a la vez que ayudaba al cochero a trasladar a Colville hasta el interior de la bien enjalbegada pieza.
—Bien, excepto que se me va algo la cabeza — jadeó el interpelado —. He debido de perder un río de sangre.
—Eso parece. Creo que hubieras hecho mejor quedándote en el hospital.
—Medill, no disponemos ni de la mitad de los efectivos que nos hacen falta para cubrir el servicio — repuso Colville —. El capitán Allerton está herido de algún cuidado, pero creo que pronto se restablecerá. Quiere que yo, en tanto pueda moverme, esté aquí en el puesto.
—¡Ya! ¿Ocurre algo, Bill? — demandó Vaughn con calma. En realidad, la pregunta era del todo inútil.
—Te aseguro que sé bien poco, Vaughn. Creo que tiene que ver con el tal Quínela — manifestó Colville —. Quítame la chaqueta, ¿quieres? Y dame un poco de agua fría. Hace mucho calor aquí dentro, y ese maldito polvo...
—Bill, si deseas fresco, podías haberte quedado en el pueblo — dijo Vaughn de mal talante, mientras llenaba un cazo con el cubo—. ¿Acaso no llevo bastante tiempo metido en todo esto para que andes con rodeos?
—Medill, me parece que has sido designado para ir al otro lado del río, al mando de un pelotón de los nuestros. Tengo motivos para creer que mi conjetura es acertada.
—¡Vete al cuerno! ¿Y he de ir solo?
—Así es, a menos que el resto de nuestros muchachos regrese a tiempo de Los Brazos... De todos modos, ¿no te apodan «el rural solitario»? ¡Ja, ja!
—¿De veras que no tienes idea de lo que se trata?
—preguntó Vaughn nuevamente.
—Palabra que no sé nada. Allerton espera más informes, y entonces te enviará sus instrucciones. Sabemos que Quínela anda suelto por ahí, con alguna fechoría metida en la mollera.
—Bill, esa cuadrilla se muestra muy activa de un tiempo acá — dijo Vaughn, pensativo—. Y me pregunto por qué.
—Nos lo imaginamos, aunque Allerton jura que Quinela está loco por vengarse de alguien. López era pariente suyo, según hemos oído decir a los mejicanos de este lado. Cuando acabamos con López y su cuadrilla, Quinela se puso frenético. Te achaca la faena, Vaughn.
—¡Tonterías! —profirió Vaughn con brusquedad—. Quinela tendrá algún trabajo especial entre manos, o uno de esos golpes habituales en él.
—Pero ¿no mataste a López? — preguntó Colville.
—Te aseguro que no — declaró Vaughn con insolencia —. Admito que no andaba muy lejos cuando sucedió, pero, ¡cielos!, había otros rurales conmigo.
—Sí, pero te has llevado la medalla, y eso es tan malo como si en realidad hubieses sido el autor. No es que eso importe demasiado, pues estás acostumbrado a que te imputen muchas cosas que no has hecho. Me parece, pues, que el capitán considera que eres el más indicado para llevar a cabo esta misión...
—Está bien, Bill. Escúchame — interrumpió Vaughn inclinando la cabeza—: empiezo ya a estar fatigado de jugar a los rurales.
—¡Dios mío! ¿Quién no lo está? — suspiró Colville—. Pero, Vaughn, supongo que no vas a hacerle esto ahora al capitán Allerton.
—Desde luego que no, pero tengo la intención de dimitir en cuanto se reponga, o tal vez tan pronto como los muchachos retornen de Los Brazos.
—Harás muy bien, Vaughn, aunque créeme que todos sentiremos tu partida — apuntó Colville con gravedad —. Todos sabemos, es decir, aquellos que conocen de cerca el historial de los rurales, que tienes bien merecido el puesto de capitán desde hace largo tiempo. ¡Si no fuese por esos cabezudos jefazos que tenemos en Houston! Vaughn, tus proezas con el revólver y la fama de que gozas en todo el territorio han hecho de ti uno
de nuestros mejores elementos, pero también esa aureola te ha sido perjudicial.
—Estás en lo cierto, Colville, aunque he de confesarte que jamás deseé la distinción, por lo menos en estos últimos tiempos — dijo Vaughn, pensativo —. Estoy harto de permanecer vigilante, en espera de ser atacado desde cualquier esquina o matorral. Ya sabes lo terrible que es eso, Bill. En una ocasión estuve a punto de acabar con uno de mis mejores amigos, sólo porque emergió de repente de un portal a la vez que sacaba un pañuelo del bolsillo.
—Es el precio que pagamos, Vaughn. El territorio de Tejas no hubiera sido colonizado jamás a no ser por los cazadores de búfalos, primero, y por nosotros los rurales, después. Me consta que no gozamos de muchas simpatías, Vaughn, pero creo que algún día nuestros desvelos serán tenidos en cuenta... Por lo que a ti respecta, todo adquiere proporciones gigantescas. Supongamos que dejas el cuerpo. ¿Crees que no vas a correr idénticos riesgos dondequiera que vayas? ¿No tendrás que estar siempre al acecho, tanto en el sueño como en la vigilia?
—Puede que así sea, al menos durante algún tiempo, pero creo que por lo menos me sentiré algo más aliviada
—Vaughn, los hombres que ahora te buscan lo seguirán haciendo hasta que mueran.
—Es posible, Bill, pero esos tipos no viven lo bastante para lograrlo, por lo menos aquí en Tejas.
—¡Demonios, Vaughn! No te olvides de Wes Hardin, de Kingsfisher, de Poggin, afamados pistoleros a los cuales fue muy difícil cazar. Y en la actualidad tenemos a Cortina, Quinela, Villa... Por más que opino que es de ciertos poco conocidos parientes o amigos de aquellos que has suprimido de quienes has de temer, pues ignoras su identidad y su paradero. Barrunto que vivirás más tiempo quedándote con nosotros.
—¿No podría casarme y echar raíces en cualquier lugar? — lanzó Vaughn en actitud belicosa.
Colville emitió un silbido de pura sorpresa, y riose a continuación.
—¡Vaya, vaya! Conque ésas tenemos, ¿eh? ¡Una chica! Me parece magnífico. Si los rurales de Tejas han de sufrir en sus filas una baja tan importante, sea por lo menos por una causa muy digna.

Al atardecer llegó al puesto un enviado, portador de un mensaje del capitán Allerton, en el que informaba a los suyos que había sido avistada una manada de caballos vadeando el río al oeste de Brownsville, en las cercanías de Rock Ford. Iban guiados por un grupo de jinetes mejicanos, y con toda probabilidad habían sido robados en algún rancho del interior. Tal vez fuese Quinela el autor de la hazaña, si bien no existía prueba de ello, por el momento. No obstante, la forma de llevarla a cabo tenía todas las características del conocido cuatrero mejicano. Medill recibió la orden de ponerse al frente de una patrulla de rurales y tratar de recuperar los caballos sustraídos.
—Es posible que el capitán suponga que los nuestros están de vuelta de su tarea en Los Brazos — comentó Colville—. Me agradaría poder cabalgar; al menos no perderíamos tiempo.
Vaughn ojeó la escueta misiva y acto seguido la dejó donde se amontonaban otras.
—Peregrino trabajo el nuestro — musitó sentenciosamente Medill—. ¿Desaparecen caballos...? Pues a encontrarlos para que sean devueltos a sus legítimos dueños. Lo mismo si se trata de ganado mayor. ¿Que unos vaqueros borrachos se lían a tiros por las calles de la población...? Pues hay que intervenir y reducirlos. La diligencia de San Antonio ha sido asaltada por unos bandidos; procedan acto seguido a su busca y captura. Se ha extraviado un niño, llámese Tom, Dici o Harry; a buscarlo sin demora, para acallar a los atribulados padres. Un granjero ha sido asesinado; ¡atrapen al homicida, y a la horca con él!
—Bien mirado, Vaughn, no te falta la razón — respondióle Colville —, pero no olvides que los rurales llevamos haciendo lo propio desde hace treinta o cuarenta años, y todos estamos muy orgullosos de nuestro trabajó Medill. La mitad de la labor está prácticamente hecha en cuanto uno de esos malhechores sabe que uno de los nuestros se halla sobre su pista, y eso merced a nuestra reputación. Sin embargo, me inclino a pensar que todo esto es bastante complejo, y de seguro que no puede suceder más que en Tejas.
—Creo que será mejor que me acerque por Rock Ford y dé un vistazo al lugar.
—Aguarda a que amanezca, Vaughn. Es posible que nuestros compañeros estén de vuelta para entonces. No vale la pena recorrer dos veces el mismo camino.

A la mañana siguiente, después de ingerir el desayuno, Vaughn se encaminó al alfalfar en busca de su caballo. Después del arma, el caballo es la pertenencia más importante de un rural; más de una vez el noble bruto había salvado una vida, en ocasiones en que las armas no servían de gran cosa. Estrella era un enorme zaino, de no muy bella estampa si se tenía en cuenta su corpulencia, pero excelente animal en cuanto a resistencia y velocidad. Él y su amo habían salido airosos de duras pruebas. Vaughn condujo a Estrella bajo el cobertizo y se dispuso a ensillarlo.
Vaughn oyó de pronto un grito que lanzó Colville, y seguidamente divisó a un jinete que se alejaba de la casa a todo galope. Colville se encontraba junto a la puerta, haciendo señas a Vaughn. Éste no tardó en reunirse con su amigo.
—¿Quién era ese individuo?
—Uvaldo, el capataz del rancho de Big Glover. Ya le conoces.
—¡Uvaldo! — exclamó Vaughn, sorprendido—. Al parecer, llevaba mucha prisa. ¿Qué andaba buscando?
—Pues quería hablar con el capitán Allerton o con cualquiera de los rurales de Tejas. Le dije que te mandaría, y pronto. Por lo visto, no quiso esperar; estaba sumamente excitado.
—¿Pues qué le ocurre?
—Su hija se ha marchado de casa.
—¿Que se ha ido, dices?
—Así parece. Por el momento, no sabe si lo ha hecho por voluntad propia o si ha sido secuestrada. Buen trabajo para ti, viejo. ¡Ja, ja!
—Sí, Bill. Puede que lo sea, si es que en realidad ha huido — repitió Vaughn con voz forzada —. De todos modos, no creo que sea cosa nada agradable, amigo.
—Manos a la obra, pues — dijo Colville volviéndose para entrar en la casa.
Vaughn montó su caballo y picó espuelas, dirigiéndose al sendero principal.

CAPITULO II

La opinión que se formó Vaughn antes de llegar al rancho de Glover era que Rosita Uvaldo se había — fugado, probablemente con alguno de los muchachos con el cual su padre le hubiese prohibido salir. En ciertos aspectos, Rosita se parecía a la ostentosa hija de un orgulloso caballero español; en esencia, había nacido y recibido instrucción en tierras yanquis, pero tenía esa predisposición heredada que bien pudiera haberla inducido a romper con los lazos del convencionalismo. El propio Uvaldo había sido peón en su juventud; cualquier tejano podría haberlo adivinado viéndole montar a caballo.
En la casa de Uvaldo reinaba gran consternación. Vaughn no pudo sonsacar nada de los afligidos familiares, excepto que Rosita había dormido en su cuarto aquella noche y que se levantó por la mañana muy temprano para salir a dar su cotidiano paseo a caballo. Los mejicanos suelen tener un temperamento altamente excitable, y Uvaldo no era una excepción. Vaughn no pudo obtener gran cosa de él. Rosita no tenía permiso para pasear a caballo sola, cosa que asimismo extrañó a Vaughn. La chica no podía ir a ninguna parte sin compañía; eso era, ciertamente, muy distinto a la libertad que se concedía a las muchachas tejanas. Sin embargo, ninguna joven yanqui con buen sentido se atrevía a ir al otro lado del río.
—¿Se fue sola? — preguntó Vaughn en su vacilante español, pensando que podría llegarle mejor a Uvaldo hablando su propia lengua.
—Sí, señor. Pedro ensilló su caballo. Nadie más la vio partir.
—¿A qué hora?
—Antes de la salida del sol.
Vaughn preguntó al enjuto y moreno peón acerca de los vestidos que llevaba la chica, qué aspecto tenía y de cómo se comportaba. La respuesta fue que Rosita salió ataviada con traje campero, que tenía muy buen semblante y que parecía llena de júbilo. Vaughn pensó que todo eso era muy difícil de creer. Después interrogó a los mozos de la caballeriza y a otros peones que había cerca de allí. A continuación salió a caballo con destino al rancho Glover y consultó con los vaqueros; por último, habló con el joven Glover. Nada pudo sacar en limpio de todos ellos, excepto que eso ya había ocurrido en ocasiones anteriores. Vaughn se apresuró a regresar a la hacienda de Uvaldo.
Vaughn llevaba unos quince años de rural, y eso significaba poseer una vasta pericia en lo concerniente a la vida a lo largo de la frontera. Gran parte de su trabajo consistía en hacer preguntas a gente de toda índole. Vaughn no se había equivocado demasiadas veces cuando habían recaído en alguien sus sospechas. Con las mujeres, no obstante, todo era distinto. El propio Uvaldo fue el único que le hizo surgir una duda en la mente. Este mejicano americanizado tenía un pánico horrible, que le era imposible ocultar por más que se esforzaba en disimularlo. Vaughn sospechaba que Uvaldo tenía algún implacable enemigo y que bastaba con preguntarle si sabía algo de las andanzas de Quinela para aparecer en los ojos del hacendado una mirada de inquietud. Probablemente, Uvaldo mentía al manifestar su temor de que Rosita se hubiese fugado.
—¿Cree usted que puede haberse ido con un gringo o con algún muchacho del pueblo? — inquirió Medill.
—No, señor. Con un vaquero o con algún peón, creo yo — fue la sorprendente respuesta.
Vaughn dejó de insistir en el acto, pues se percató de que era perder el tiempo.
—Pedro, muéstrame las huellas del caballo que montaba Rosita — solicitó el rural.
—Señor, le daré a usted diez mil dólares si me devuelve a mi hija... sana y salva — imploró Uvaldo.
—Los rurales no aceptamos dinero por los servicios prestados — respondió Vaughn secamente, más desconcertado por el ofrecimiento del mejicano que por la idea de que Rosita estuviese en peligro o envuelta en un feo asunto —. Se la traeré, de un modo o de otro — prosiguió—, a menos de que en realidad se haya fugado con un hombre. Si ha contraído matrimonio, ya no podré hacer nada por ayudarle.
Pedro indicó al rural las señas dejadas por los cascos del caballo de Rosita. Las estudió durante un momento y luego, haciendo un gesto para indicar que nadie le siguiera, tomó su caballo de las riendas y atravesó el patio. Una vez fuera de la casa, montó y salió a todo galope por la alameda, y de allí a plena campiña.
Cualquier mozalbete nacido en las inmensas llanuras tejanas era capaz de rastrear pisadas de caballo desde que comenzaba a caminar. Vaughn era un maestro consumado en dicho arte de vaquero mucho antes de que se uniera a los rurales. Luego, los años dedicados a la caza del hombre le habían perfeccionado en grado sumo. Podía decirse que era capaz de leer en la mente del fugitivo a tenor de las impresiones que dejaba su montura en el polvo o en la arena.
Cabalgó a través de la extensa hacienda del viejo Glover y de sus boscajes de pacanas hasta donde el rancho lindaba con el páramo. Rosita no había salido para efectuar un simple paseo sin un fin determinado, según creía el rural.
Allí, bajo unos árboles, alguien la había estado esperando. Vaughn bajó del caballo y se puso a estudiar las impresiones. Un brioso corcel estuvo atado a un árbol cercano. En el suelo descubrió las marcas de unas botas de montar, y no de la clase que utilizan los vaqueros; el tacón y la puntera eran demasiado anchos. Encontró la colilla de un cigarrillo, arrojada allí aquella misma mañana. El amigo incógnito de Rosita no era mejicano, y mucho menos peón o vaquero. Había indicios de que el desconocido estuvo aguardándola en otras ocasiones.
Vaughn montó de nuevo en su caballo, afirmándose en la creencia de que la muchacha se había fugado, aun cuando no estaba enteramente convencido de ello. Tal vez Rosita quiso divertirse un poco, o acaso tenía un pretendiente que no era muy del gusto de su padre. La idea tomó cuerpo en la mente de Vaughn cuando observó que las pisadas de ambas cabalgaduras corrían muy juntas, como si los jinetes hubiesen andado cogidos de la mano, o posiblemente más próximos todavía. El absurdo pensamiento de Vaughn se extinguió con la misma rapidez con que había brotado. Maldijo mil veces sus vanas y ridículas ilusiones. Ya tenía suficiente con la pretensión de considerarse lo bastante joven como para prendarse de Rosita Uvaldo, pero el abrigar la esperanza de conseguirla era algo como para descoyuntarse riendo. Una sonrisa amarga asomó a sus labios; los celos le consumían angustiosamente. ¡Era una criatura tan adorable y vehemente esa mejicanita! Algún perro con suerte la había conseguido. Confundida con los sueños románticos de Vaughn había una cierta sensación de desahogo.
«Creo que haría mejor en dedicarme a mi trabajo, en lugar de galantear a la chica», pensó, frunciendo el entrecejo.
Las señales le llevaron hasta una senda que cruzaba los mezquitales, hasta llegar a la que discurría junto al río. El lugar distaba algo más de un par de millas de los límites del rancho de Glover. El camino era amplio y estaba bordeado de árboles. Era un sitio muy poco frecuentado, ideal para que una pareja de enamorados diera un paseo a caballo. Rosita y su compañero iban al paso de sus respectivos caballos, aunque el magnifico sendero invitaba a lanzarse a una buena galopada o, por lo menos, a marchar a un trote sostenido; sólo el hecho de conversar amorosamente podía inducir a caminar con deliberada lentitud. ¡Y había que tener en cuenta los posibles peligros! Quienquiera que fuese el amante de Rosita, o estaba loco de remate o desconocía el miedo, Vaughn se deshizo en imprecaciones al comprobar que el rastro se adentraba en la zona boscosa que festoneaba el Río Grande.
De súbito, Vaughn se irguió en la silla, ahogando una exclamación. Se apeó de un salto y se inclinó en el punto preciso en que se producía un sensible cambio en la pista que iba siguiendo. Allí ambos animales se habían encabritado, dejando caer luego las patas delanteras con fuerza, para retrechar después, como espantados.
—¡Dios mío, han sido asaltados!-gruñó, repentinamente preocupado.
En el polvo destacaban huellas de abarcas. Algún bandido nativo había estado al acecho, amparado en un matorral. Vaughn no tardó en descubrir fuera del sendero las marcas de las caballerías, que se orientaban hacia un calvero cercano a la ribera, donde se unían a otras muchas, así como pisadas humanas. Vaughn no tuvo que observar demasiado para percatarse de que esas nuevas estampas habían sido hechas por botas mejicanas.
Así, pues, Rosita fue conducida hasta el lugar de la emboscada por el hombre que la escoltaba, o ambos habían sido sorprendidos por tres bandoleros mejicanos. No era raro que en la zona fronteriza los merodeadores raptaran muchachas nativas. Los casos de secuestro de jóvenes yanquis eran relativamente infrecuentes. Vaughn recordaba alguno de ellos en los que tuvo que intervenir, logrando resolver los que se le confiaron. La mala suerte se había cebado en las infelices, y una de ellas llegó a perder la razón. Rosita, por ser la hija de Uvaldo, rico propietario, sería retenida con el propósito de conseguir por ella un fuerte rescate, y acaso podría eludir el horrible trato a que eran sometidas. El amor que Vaughn sentía por ella era honesto y sincero, y le llenaba de furor el irresponsable comportamiento de la joven; asimismo, sentía celos del desconocido que se había citado con ella, y temía por lo que pudiera ocurrirle a la muchacha.
—Me llevan unas tres horas de ventaja — murmuró mientras consultaba el reloj —. Creo que podré alcanzarlos antes del anochecer.
El rural prosiguió por la amplia y recién abierta vereda que atravesaba el bosque y la maleza hasta el cauce del río. En una barra arenosa se veían matas de carrizo.
De improviso, permaneció inmóvil unos instantes y luego se revolvió en la silla, como si fuera a desmontar. Pero no fue necesario; podía ver las huellas desde su puesto, y lo que vio impreso en la arena era la imagen de la tragedia. En el suelo había una depresión circular y con manchas rojas, sin duda alguna de sangre; muchos tallos estaban quebrados y habíase formado un surco profundo, indicio de que un cuerpo había sido arrastrado hasta la orilla. Todo ello era muy fácil de colegir y ponía una nota siniestra al rapto de Rosita Uvaldo. Vaughn consideró que el compañero de la muchacha estaba exento de toda suspicacia, y lo único que había en su contra era su evidente negligencia en permitir que la muchacha corriera un riesgo innecesario. Todo parecía señalar que Quinela no era ajeno a lo sucedido. El rural se preguntaba si el bandido, cuya simple mención provocó un destello de terror en la mirada de Uvaldo cuando Vaughn lo nombró en su presencia, no comenzaba a constituir una amenaza mayor de la que creían sus superiores. De ser ello cierto, que Dios tuviera piedad de Rosita.
Vaughn tomose bastante tiempo antes de decidirse a bajar de su montura y seguir por entre los jarales la ruta por donde los asesinos habían arrastrado al posible cadáver; habían procedido con audacia e incuria. Vaughn recogió una pitillera, un guante y un reloj, y tuvo el presentimiento de que por medio de este último podría identificar al acompañante de Rosita en la trágica correría. Había un lugar en el sablón de la orilla que conducía a un pozo, y allí fue arrojado el cuerpo al agua. Transcurrirían varios días antes de que la corriente devolviese los despojos, y ello ocurriría a muchos kilómetros de distancia, agua abajo.
La urgencia del caso impidió a Vaughn regresar en busca de alimento y bebida. Más de una vez se había encontrado en parecidas circunstancias. Disponía solamente del caballo, el revólver y de buen acopio de municiones, y era más que suficiente para poder llevar a término el cometido que tenía ante sí.
Regresó con premura junto a Estrella y lo condujo paralelamente al sendero hasta el paraje donde los mejicanos habían penetrado en el río. Éste era muy traicionero y de peligrosas arenas movedizas, pero lo más prudente en estos casos era seguir a los mejicanos, pues conocían perfectamente el álveo palmo a palmo. Vaughn espoleó a Estrella y lo obligó a vadear la corriente. Llegó muy a tiempo a aguas profundas; la rápida avenida, sin embargo, no era obstáculo para el poderoso animal, que se enfrentaba victoriosamente con ella. Vaughn salió del agua en el mismo lugar en que lo hicieron los facinerosos. Con objeto de ayudar a Estrella, se levantó de la silla y, agarrándose a unas jaras, trepó por la escarpada ribera. Estrella tanteó el suelo y por fin pudo pisar terreno firme.
El rural volvió a montar y enfiló la senda de nuevo, sin la menor preocupación ante una posible celada. Un trío de bandoleros mejicanos metidos en semejante brete no solían andar rezagados en el camino, en espera de posibles perseguidores. En cuanto alcanzaron el llano poblado de mezquites, Vaughn observó claramente que se habían lanzado a un trote brioso. El tejano hizo galopar a Estrella en pos de las huellas de los cinco caballos. Al paso que llevaba, tenía la certeza de andar unos dos kilómetros por cada uno que recorrían los bandoleros. Calculó que los separaba una distancia de unos veinticinco kilómetros, a menos que cruzaran por un terreno escabroso que los obligara a aminorar la cadencia de la marcha; a primera hora de la tarde ya iría pisándoles los talones. Si el camino seguido por los bandidos los hubiese llevado río abajo, en dirección a Rock Ford, Vaughn podría haberlos relacionado con los mencionados en la carta del capitán Allerton; sin embargo, la ruta que tomaron los conducía directamente al sur de Río Grande e indicaba que los secuestradores tenían una meta prefijada.
Vaughn cabalgó durante dos horas antes de que el nivel del sendero iniciase un ascenso en relación con el valle fluvial. Alcanzó una zona de colinas rocosas, cubiertas de cactos y separadas por cañadas secas y profundas. No tenía dificultad en seguir la senda, si bien su marcha se iba haciendo más lenta. En modo alguno quería que Rosita se viera obligada a pasar una noche en las garras de aquellos desalmados. Hacia el mediodía, el sol quemaba la tierra, y Vaughn comenzó a padecer sed. Estrella estaba empapado en sudor, pero no mostraba síntomas de agotamiento.
Había llegado a un lugar umbroso, donde era obvio L, que los raptores se habían detenido, probablemente para comer y descansar. Los restos de una fogata estaban circundados por unos pedruscos. Vaughn desmontó y metió los dedos en las cenizas, que estaban aún calientes.
Esto podía significar algo, aunque no demasiado, pues la madera de mezquite ardía con lentitud y sus cenizas retenían el calor durante largo tiempo. Vaughn observó también que las pisadas de los caballos eran tan recientes que en ellas no había trazas de haberse acumulado partículas de polvo. Poco más o menos databan de un par de horas.
Se dispuso a reanudar la persecución, ganando terreno donde le era posible, o limitando la marcha a un vivo trote en los tramos que no permitían más veloz carrera.
El paisaje seguía presentando idéntica monotonía; las mismas breñas, iguales colinas y pedregosas y secas barrancas, si bien el paisaje ofrecía menos anfractuosidades. Vaughn no conocía esta región; en ella no había senda alguna. Se percató de que el rastro de los mejicanos se desviaba insensiblemente del Sur al Oeste. Más pronto o más tarde tomarían el camino que conducía a Rock Ford. Vaughn sentía ansiedad. ¿Se vería obligado a forzar a Estrella hasta comprobar que se hallaba muy cerca de los secuestradores? No era conveniente dejar que notaran que alguien les seguía los pasos. Si pudiera sorprenderlos, tanto mejor. Mientras analizaba mentalmente los pormenores de la situación, viajaba a todo el correr que le permitía la zona que atravesaba.
Franqueaba ahora unos maizales y pasó a corta distancia de una cabaña de adobes y musgo. Las huellas de la cabalgata seguían en línea recta, y de la zona desértica pasaron a un ancho camino, que no era el que conducía a Rock Ford. Vaughn hizo que Estrella forzara el galope, y media hora más tarde desembocaba en una senda bien definida. No tuvo necesidad de apearse para ver sin lugar a dudas que los cinco caballos que le precedían pasaron por allí aquella misma mañana. Y, además, estaba bien claro que no se hallaba a muchos kilómetros por delante de él.
Vaughn sostuvo el galope durante un buen trecho y luego se apartó del sendero, manteniendo a Estrella a la misma celeridad, con la intención de dar un gran rodeo. Cruzó un arroyuelo, que tal vez llevara agua algo más arriba de su curso. Tomó nuevamente la senda, y se sintió decepcionado al ver los indicios del paso reciente de la pandilla de bandidos y su prisionera. Confiaba haberlos podido adelantar y esperar su paso a escondidas.
Era ya bien mediada la tarde, y decidió, por el momento, no forzar los acontecimientos. Por aquellos alrededores no había ni rancho ni poblado en cuatro o cinco horas a caballo a la redonda. Cerca de la puesta del sol, los mejicanos harían alto para reposar y tomar algún alimento. Y no dejarían de encender fuego.
Vaughn descendió por una riscosa cañada y encontró en ella la tan codiciada agua para él y su caballo. La tortuosa senda que se extendía ante él no acabó de gustarle demasiado; seguía garganta arriba y, aunque era sombrosa y fresca, ofrecía demasiados recovecos desde los cuales era muy fácil tender una emboscada a alguien. Pero no cabía la elección: tenía que avanzar por ella. No le importaba demasiado que los bandoleros le preparasen una trampa; también ellos, a su vez, podían muy bien ser víctimas de otros asesinos. El rural pensaba solamente en la seguridad de Rosita.
Vaughn se aproximó a la rocosa ladera; estaba avezado al peligro y su fortuna era ya notoria. Al volver un recodo se halló frente a una hilera de hombres que le apuntaban con sus rifles.
—¡Arriba las manos, gringo!

CAPÍTULO III

Vaughn se desconcertó tanto por el encuentro inesperado con más de una docena de mejicanos como por el hecho de que la frase conminatoria le fuera dirigida en un inglés decente. Conocía muy bien la identidad de aquellos hombres: eran los bandidos que operaban a las órdenes de Quinela.
Vaughn puso los brazos en alto. Por el momento, escapaba a su entender por qué el que parecía capitanear la pandilla respetaba su vida en vez de acabar con él sin más dilación. Los mejicanos comenzaron a chillar y gesticular como un enjambre de monos enfurecidos. Si Vaughn había visto la muerte tan de cerca alguna vez fue en ese instante; estaba decidido a desenfundar el revólver y a emprenderla a tiros con los forajidos, para terminar como lo hiciera antaño más de un rural. Una voz autoritaria y penetrante le disuadió de su intento. De entre la fila de hombres armados se adelantó uno, de baja estatura, rostro moreno y enjuto y ojos vidriosos, que se interpuso entre los suyos y el prisionero. La vociferante cháchara de sus secuaces cesó de pronto.
—¡Es ese gringo famoso, el rural llamado Tejas Medill! — gritó en español—. ¡El hombre que mató a López! No disparen, muchachos; Quinela dará mucho oro por él vi vito. Le despellejará las plantas de los pies y le obligará a caminar por la choya achuchándole con un hierro candente.
—¡Pero es ese rural tan temido, señor! — protestó uno de los bandidos, tuerto y de cara ceñuda —. El modo más seguro de acabar con él es atravesándole el maldito corazón de un balazo.
—Tengo orden de llevarle al lado de acá del río — replicó el jefe con dureza—. Quinela conoce bien a ese nombre y sabe esperar. La chica de Uvaldo le trajo hasta acá, y ahorita lo agarramos... y con vida. García, el haber matado a ese rural te hubiera costado muy caro...
—Pero le prevengo, Juan, que tal vez no ande solo
—insistió García —. Es uno de los cabecillas entre los rurales; lo mejor es agujerearle sin perder tiempo y caminar todos como alma que lleva el diablo. Ya le dije antes que nos andan sobre la pista muchos de esos vaqueros gringos. Llevamos demasiados caballos; no podemos viajar de prisa y la noche se nos viene encima. Mejor que matemos a Tejas Medill, jefe.
—No, García. Ya dije que tengo instrucciones res— recto a él — dijo Juan con aspereza —. He de llevárselo a Quinela, pero vivo.
Vaughn observaba con mirada calculadora al abigarrado grupo de bandoleros. Confiando en su buena suerte y dada la escasa puntería de los mejicanos, cosa bien frecuente, podría arremeter contra ellos y acabar con media docena, a lo sumo, y luego dejar a su fiel caballo el camino de una posible salvación. Vaughn sopesaba fríamente las posibilidades de éxito de su plan, y reconocía que las que tenía para salir indemne del trance eran bien exiguas. Aun cuando ya había corrido riesgos parecidos en más de una ocasión, esta vez todo era muy distinto: aquellos hombres tenían presa a Rosita, y mientras él estuviese con vida cabía la esperanza de salvarla. Con un esfuerzo tremendo de su voluntad, desechó el impulso inicial y se concentró en analizar concienzudamente la situación.
El cetrino Juan le apuntaba con el revólver amartillado. Vaughn leyó la incertidumbre en la mirada de aquel hombre. El rural conocía muy bien a los mejicanos; al no haberle suprimido en el acto, cabía siempre la perspectiva de salir airoso del apuro. Vaughn pasó una de sus largas piernas por encima de la grupa de su caballo, en obediencia a una señal que le hizo el jefe de la pandilla. Siempre con los brazos en alto, se apeó de su montura. El llamado Juan le interpeló en español.
—No sabe español — respondió el rural.
—¿Habla nuestra lengua? — repitió el mejicano, esta vez en inglés.
—Un poquito. Comprendo algo vuestra jerga mejicana.
—¿Persiguió a Manuel usted solo?
—¿Quién es Manuel?
—Uno de mis hombres. Fue el que trajo a la señorita Uvaldo al lado de acá del río.
—Después de asesinar al acompañante de la señorita, ¿verdad? Sí, fui tras él y de otros dos, creo yo. Eran cinco los caballos, y la chica montaba uno de ellos. El quinto lo montaba su compañero.
—¡Ah! Así que Manuel quitó de en medio a alguien, ¿no? — exclamó el mejicano. Al parecer, eso constituía una novedad para él.
—Así es. Ahora tendréis que responder por asesinato y rapto.
—¿Dónde se encuentran ahora vuestros rurales?— continuó el bandido, después de mascullar algo que Vaughn no pudo entender.
—Regresaron de Los Brazos ayer por la noche, y ya tienen noticias de vuestra incursión — dijo Vaughn con soltura—. Esta mañana se unió a ellos una partida de vaqueros que dieron con el rastro de los caballos que habéis robado.
Vaughn se percató entonces de que algo no había salido bien en los planes de Quinela. La parte de la operación concerniente al rapto de Rosita y el hacer que Vaughn les siguiera la pista salió a pedir de boca, pero, a juzgar por la expresión del moreno y flaco semblante de Juan y por la andanada de imprecaciones — ininteligibles para el rural — que dirigió a sus hombres, Vaughn dedujo que existía algún serio revés en algún punto de la maquinación. ¡Qué tropa de locos formaban aquellos harapientos facinerosos! Juan dejó de apuntar a Vaughn con el arma en tanto increpaba a su segundo, García. El desgraciado sujeto se puso lívido. Algunos de los bandidos seguían apuntando a Vaughn con el rifle, sin perder de vista la escena que se desarrollaba entre el jefe y su lugarteniente. Vaughn vio una magnífica oportunidad para entrar en acción; en verdad que su diestra, con la que solía empuñar el revólver, le cosquilleaba de puras
ganas de hacer gala de su habilidad. Un par de disparos de su enorme Colt, y Juan y García caerían sin vida, apenas dándose cuenta de lo ocurrido; dos balazos más en dirección al resto de la banda, y la sorpresa provocaría la deserción general. Pero hasta el presente, Vaughn no había visto a Rosita, y ello le hizo abandonar su torvo y frío designio.
Juan siguió con su regañina hasta lograr que García se aviniera a razones, lo que hizo con gesto hosco.
—Voy a llevarlo ante Quinela — terminó Juan, inflexible.
Comenzó a vocear órdenes, y Vaughn fue despojado del cinturón y del revólver. Le aseguraron las manos a la espalda y le obligaron a montar en uno de los caballos mejicanos, los pies atados a los estribos. Juan se apoderó de los trofeos y se los puso, con ese gesto arrogante que tanto agrada a los mejicanos. Cabalgó Luego a Estrella, el corcel de Vaughn, a quien no le satisfizo demasiado el relevo de jinetes. El caballo acusó de inmediato el trato duro y cruel del forajido. A Vaughn le hirvió la sangre de cólera al verlo, y tuvo que entornar los párpados y bajar la cabeza para que ninguno de sus captores descifrase su mirada, ávida de sangre. Al levantar el rostro de nuevo, dos de aquellos rebolludos y desastrados mejicanos, tocados de sombreros picudos y de amplísimas alas, estaban a su lado; el segundo llevaba de la rienda un caballo en el que iba montada Rosita Uvaldo.
La muchacha iba sujeta a la silla, pero tenía las manos libres. La joven volvió el rostro hacia él. ¡Con qué ansiedad la miró Vaughn! Sólo tuvo necesidad de contemplar el pálido rostro de ella y adivinar la mirada de gratitud de sus negros ojos para darse cuenta de que no sufría ningún daño. Rosita mantenía erguida la menuda y altiva cabeza, y su espíritu se mostraba incólume. Por lo demás, ¿qué importaba su cabello desgreñado y que el atuendo de vaquero que vestía estuviese salpicado de barro y cubierto de polvo? Vaughn la miró de un modo que encendió de rubor las albas mejillas de la muchacha.
—Andando, gringo — ordenó Juan empujando a Vaughn por la espalda.
A continuación dio las últimas instrucciones a García con su ruda y autoritaria voz. No bien Vaughn hubo iniciado la marcha en pos de Rosita y sus dos guardianes por el cauce del arroyo, cuando se oyó un fuerte griterío entre los mejicanos que habían quedado rezagados. Todo terminó con un trepidante batir de herraduras, que se fue apagando en la distancia.
—Juan, fuiste muy listo al hacer que se marcharan por otro lado esa banda de tus jóvenes cuatreros — dijo Vaughn con frialdad—. Pero en estos momentos una patrulla de gente ruda dispuesta a todo les va a la zaga, y algunos de tus hombres, o acaso todos ellos, habrán muerto antes del amanecer.
—¿Quién sabe? Lo seguro es que Tejas Medill caminará mañana por la choya con los pies desnudos — replicó el jefe de los bandidos mejicanos.
Vaughn no cesaba de reflexionar. Por lo visto, la guarida de Quinela no estaba a muchas horas de marcha a caballo. Viajando por la pedregosa garganta, la cadencia del andar sería necesariamente lenta. Era probable que el camino que seguían no permitiera el recorrido más que en unos pocos kilómetros adelante, y entonces Juan enfilaría el desierto otra vez, donde hallaría medios para ocultar las huellas de su paso. Por lo que atañía a Vaughn, no le importaba gran cosa que tal hiciera o no. Lo que dijo de la partida que acosaba a los bandoleros no fue más que un ardid suyo para tratar de confundir a los mejicanos. Sabía muy bien el modo de influir en sus primarias mentes. Con su profunda sagacidad, Vaughn se hacía cargo de lo delicado de su posición y del poco tiempo de que disponía.
—Juan, tienes mi revólver — habló Vaughn. Su ágil cerebro no cesaba de funcionar—. Dices que tengo las horas contadas y que tal vez no pasaré de mañana. Entonces, ¿qué me va a costar tener las manos desligadas para que pueda cabalgar más cómodamente?
—Señor, si trae algún dinero encima, mañana será mío, de todos modos — dijo el mejicano, con sorna.
—No llevo dinero, pero tengo un cuaderno de cheques y en él podrás ver que hay un saldo a mi favor de
algunos miles de dólares, en un Banco de El Paso — explicó Vaughn.
El bandido sonrió con expresión burlona, mostrando un par de hileras de blancos dientes al hacerlo.
—¿Y qué es eso para mí?
—Unos miles de dólares en oro, Juan, que puedes obtener con facilidad. La noticia de mi muerte tardará algún tiempo antes no cunda al otro lado de la frontera. Te daré los cheques y una carta, que puedes llevar tú mismo a El Paso, o puedes mandar un mensajero, si quieres.
—¿Cuánto oro, señor? — inquirió Juan.
—Más de tres mil dólares.
—Señor, es posible que me tiendas una trampa. No; Juan ama mucho el brillo y el tintineo del oro gringo, pero no es ningún imbécil.
—Nada de eso, Juan. Sólo trato de comprar un poco de comodidad para mí en las pocas horas que me restan de vida. Y, si es posible, una pizca de amabilidad para la señorita. Creo que vale la pena que lo pienses, Juan; puedes enviar a alguien en tu lugar. Al cabo, ¿qué te importa si no regresa? Nada pierdes con ello.
—No hay que fiarse de los gringos, y mucho menos del rural Tejas Medill — respondió el mejicano.
—Seguro, pero mira antes mis cheques. Tú conoces los números, ¿verdad?
Espoleado por la curiosidad, el bandido situó su montura muy junta a la de Vaughn. Sus vidriosos ojos brillaban de codicia.
—Revuelve en el bolsillo del chaleco — indicó el rural —. Y no te dejes caer el lápiz.
El mejicano hizo lo que le dijo Vaughn y curioseó el talonario.
—Señor, yo conozco ese Banco — manifestó con orgullo, como indicando que sabía leer, aunque, a juzgar por las trazas, se notaba que sus conocimientos eran asaz rudimentarios.
—Bien. ¿Cuánto dinero hay en la cuenta, Juan?
—preguntó Vaughn.
—Tres mil cuatrocientos dólares, señor.
—Magnífico, Juan. Ahora puedes ganarte ese dinero; no tengo a quién dejárselo y deseo algún bienestar para mí y buen trato para la señorita.
—¿Como cuánto, señor? — quiso saber el mejicano. La inflexión que dio a su voz denotaba cierta ironía.
—Pues quiero que tus hombres no la maltraten y que tan pronto como llegue a vuestro poder el rescate que habéis pedido, la dejéis regresar a su casa, sana y salva.
—Señor, ya cuidé de que se cumpla lo primero. En cuanto a lo demás, no es a mí a quien corresponde decidir. Quinela quiere una buena suma por ella, pero la señorita no será nunca devuelta a su padre.
—Pero yo creía que... — comenzó el rural.
—Quinela recibió una dura ofensa de Uvaldo — interrumpió el bandido.
Vaughn silbó entre dientes ante la sorprendente revelación. Se alegró de haber interpretado correctamente el miedo que había mostrado Uvaldo a la sola mención de Quinela. Así, pues, la situación para Rosita era mucho más crítica de lo que había supuesto al principio. La muerte sería piadosa en comparación con el horroroso destino que le aguardaba en manos del mestizo Quinela. Vaughn se devanaba, los sesos con desesperación. ¿Por qué no siguió su primer pensamiento y atacó a tiros a aquellos cobardes forajidos? Pero la ira que lo dominaba no era mucha ayuda para la causa de Rosita.
Mientras, los caballos ascendían en fila india, chapoteando en el rocoso y húmedo suelo del angosto desfiladero, cuyas escarpadas laderas aparecían sembradas de maleza, que mitigaba un tanto los ardores del sol. Rosita miró hacia atrás en busca de Vaughn, y en la mirada de sus negros ojos había una muda súplica y algo más que no dejaba de torturar al rural. Éste sintió que le faltaba valor para resistir la mirada de aquellos ojos; ni siquiera el amago de ternura que descubrió en ella le infundió coraje. Era natural que su ánimo estuviese muy deprimido; jamás en su prolongada y azarosa carrera se había visto en situación tan desesperada. Tenía la convicción de enfrentarse con lo que parecía una muerte inevitable, de la que no cabía el menor atisbo de evasión. Vaughn no era de esos temperamentos que pronto se dan por vencidos; permanecería alerta hasta el postrer instante, en espera de la más nimia oportunidad de intentar la salvación. Sufría por Rosita; ya había tenido ocasión de ver los mutilados cuerpos de las jóvenes que habían sido víctimas de los bandidos.
Al cabo de un rato de marcha alcanzaron un lugar donde la garganta se estrechaba hasta quedar reducida a una mera fisura en la colina; allí, el terreno estaba completamente seco. Juan ordenó entonces a sus hombres el ascenso por el declive lateral cubierto de breñas. No existía allí rastro de sendero, y Vaughn dedujo que si el arroyo cuyo curso había remontado se desviaba del camino que conducía a Rock Ford, transcurrirían muchos días antes de que los rurales pasaran por aquel lugar. Juan demostraba poseer la astucia de un zorro.
La escarpada falda no era nada fácil de coronar; los dos mejicanos bajaron de sus caballos y tomaron de la rienda al de Rosita. Si Vaughn no hubiese ido amarrado a la silla, tal vez hubiera sufrido una peligrosa caída. Por fin alcanzaron la cima y dieron con una zona de frondosa vegetación, compuesta de mezquites y cactos. Poco tiempo después tropezaron con un sendero que discurría— según pudo observar Vaughn — por entre el camino principal y la vereda que bordeaba el río, sin cruzar ninguna de ambas. Los mejicanos se orientaron hacia el Este, como si no abrigasen el temor de que alguien pudiera toparse en su camino.
De pronto apareció un peón montado en un mustang, seguido de un borrico. Al pasar junto a los dos rufianes que custodiaban a Rosita, éstos trataron de empujarle hasta la maleza, pero Juan mandó al peón que se detuviera y se apeó de Estrella para reconocer lo que llevaban las alforjas del jumento. Prorrumpió en interjecciones de inmensa alegría al extraer de ellas lo que a Vaughn le pareció una damajuana de forro mimbreño. Juan le quitó el tapón y oliscó el contenido.
—¡Mezcal!-manifestó con énfasis, y sus blancos dientes lucieron al abrirse los labios en amplia sonrisa.
Bebió un sorbo y se relamió. Cuando la pareja de custodios, que se había detenido a contemplar la escena, hizo ademán de desmontar, su jefe les gritó e insultó, diciéndoles que no lo hiciesen. Con gesto compungido, los hombres volvieron a acomodarse en sus sillas respectivas. Juan guardó la damajuana que contenía el aguardiente de mezcal en la alforja derecha que había junto al borrén trasero de la silla de Estrella. El peón lanzaba sus lastimeras protestas en una jerigonza comprensible apenas para Vaughn. Juan pateó con rabia los pies del hombre, calzados con ruinosas abarcas, y le conminó a que montara en su caballo y desapareciese sin demora, señalando al mismo tiempo el enorme revólver de Vaughn que pendía de su cinturón y que tan ostentosamente exhibía el bandolero. El pobre diablo no perdió un instante en cumplir lo que se le dictaba, y Juan volvió a montar a Estrella y dispuso que la caravana iniciase de nuevo la marcha.
Cuando el caballo que transportaba a Vaughn echó a andar, el rural volvió la cabeza y su mirada tropezó otra vez con la de los intensos ojos negros de Rosita, que parecían querer transmitirle por telepatía el mensaje de inefables promesas. Ella había interpretado el pensamiento del rural: si algo ejercía pleno dominio en la naturaleza de un mejicano era el mezcal, el licor extraído de cierta especie de cacto. De ordinario, el mejicano es de un natural versátil, inflamable un instante y dúctil como la cera al siguiente, pero si el mezcal le quema la garganta, se le nubla entonces la razón.
Vaughn sintió que el corazón le danzaba locamente en el pecho. Había rogado en silencio para que tampoco en este percance le abandonase su hado bienhechor, y, ¡oh sorpresa!, aparece en forma de peón mejicano acarreando en las alforjas de su asno una bombona de aguardiente de mezcal.

CAPITULO IV

El mezcal se obtiene por destilación del líquido que fluye del maguey, planta parecida al agave. Los peones mejicanos son muy diestros en su elaboración. A veces, los nativos se limitan a practicar una incisión en la planta para sorber el jugo que mana de ella. Vaughn vio una vez a un mejicano tendido de bruces en medio de un gigantesco maguey, con la cabeza hundida en el meollo, y las piernas fláccidas, inertes. A simple vista le pareció que estaba ebrio, pero un examen más atento le permitió comprobar que el hombre era cadáver.
El mezcal era, pues, fuego latente; la falta de esa bebida los volvía ariscos y su posesión los convertía en gente alegre y bulliciosa. Un solo trago cambiaba su mundo mental y físico. Después del primer sorbo, Juan se puso a silbar, y al terminar el segundo comenzó a tararear el corrido «La Paloma». Ambos subordinados no cesaban de volver la cabeza, mirándole con ojos sórdidos y codiciosos.
La rápida andadura que sostuvieron hasta entonces menguaba de modo perceptible. Vaughn comenzó a sentirse más confiado; hasta creyó que podría romper las ligaduras que le atenazaban las muñecas. De la misma manera que había invocado a su buena estrella, lo hacía ahora para que ocurriese algo que retrasara la marcha de la caravana.
Juan, el cabecilla, o bien deseaba el mezcal en exclusiva o era demasiado astuto para compartirlo con sus hombres; tal vez ambas cosas. Para los bandidos, el móvil de su vigilancia dejó de ser la hija de Uvaldo y el gringo Tejas Medill; ahora no tenían ojos más que para la damajuana que estaba en la alforja de Estrella. Si del interior del recipiente acechaba un demonio para los secuestradores, para los prisioneros, en cambio, era una especie de ángel tutelar.
La tarde no estaba tan avanzada como para que los rayos del sol hubiesen dulcificado su intensidad. Los trechos de sombra del trayecto eran muy bien recibidos por los jinetes, aunque, por desgracia, no eran demasiado /recuentes. Enormes conglomerados de gigantescos cactos de forma tubular comenzaron a animar un tanto la pesada monotonía del paisaje. Vaughn divisó ciervos, conejos, correcaminos y alcaudones. La región era inhóspita y despoblada, y la senda, raramente transitada; a buen seguro que se trataba de un ramal que conducía a la red de caminos principales. Vaughn confiaba en que el término del sendero que recorrían estuviese a muchos kilómetros de distancia todavía.
La vía que seguían confluía en una cañada umbría y pedregosa. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, los caballos hicieron alto sin que — según pudo observar Vaughn — ninguno de los jinetes hubiera dado la señal de hacerlo. Eso era indicio cierto de que los que iban en cabeza se habían detenido, con la única idea de sostener una marcha más uniforme. Vaughn respiró hondamente, cual si quisiera dominar sus alterados nervios, que presagiaban la proximidad de críticos acontecimientos. Nadie podía predecir la amplia gama de efectos que el mezcal puede ocasionar en un semejante, pero era indudable que algo iba a acontecer, y muy pronto.
Juan estaba de un humor excelente. En su actitud se había operado un cambio sutil, si bien continuaba siendo el atento celador de siempre. Vaughn consideró que el mejicano tal vez era más peligroso que antes de probar el mezcal. Sin embargo, su incertidumbre no se prolongó por mucho tiempo; el rural podía esperar, alerta y pensativo. Su suerte estaba cercana a modificarse; lo presentía, y así lo iba creyendo, con esperanza cada vez mayor.
Ambos guardas bloquearon el sendero con sus bestias, impidiendo el paso a la que montaba Rosita, en tanto que Vaughn llegaba al lugar de la reunión. Si el rural hubiese extendido el brazo al pasar junto a la joven, no le hubiera sido difícil alcanzarla. Vaughn sintióse azarado y nervioso ante ella en más de una ocasión, e incluso sin poder articular palabra, pero jamás experimentó lo que ahora. Rosita se las ingenió para rozar con el pie el estribo derecho de Vaughn, el cual se puso a temblar de emoción ante el deliberado acto de la joven. Con todo eso, no osó cruzar su mirada con la de ella.
Para Vaughn, la maniobra de los mejicanos tenía la transparencia del cristal. No una vez, sino cientos de ellas vio pelear a los nativos por unos sorbos de mezcal. El más adulto de los pistoleros bajó pausadamente de su montura; el amplio sombrero casi le ocultaba el rostro, excepción hecha del mentón, agudo y de piel amarillenta, oculta a duras penas por barba negra y rala. Las ropas que llevaba eran puros harapos; del hombro izquierdo, en bandolera, pendía una canana repleta de cartuchos. Había dejado el rifle en el arzón, y su única arma consistía en un machete con puño de hueso, cuya vaina colgaba del cinturón.
—Juan, tenemos mucha sed, y no disponemos de agua — manifestó a su jefe.
El otro compinche, ladeado en la silla, asintió con la cabeza en señal de aprobación.
—Está bueno, González. Un trago no más — le respondió Juan.
Extrajo la damajuana y se la tendió al bandido.
El hombre la acercó a sus labios con una expresión de codicia en la mirada, y no cesó de beber hasta que su jefe se la arrebató de las manos. A continuación su compañero se bajó del caballo e imploró a Juan que le dejase probar aunque fuesen unas gotas. Juan accedió a ello, pero esta vez la garrafa no salió de sus manos.
Vaughn notó una leve presión en la rodilla; era Rosita, que puso allí su enguantada mano. El rural apartó por unos instantes la mirada de los mejicanos.
—¡Oh Vaughn, sabía que iba a venir a rescatarme!
—susurró ella—. ¡Lástima que también lo agarraron a usted...! ¡Haga algo, por el amor de Dios!
—Rosita, por el momento creo que no puedo hacer gran cosa — repuso Vaughn con tierna sonrisa —. ¿Se encuentra usted bien?
—Sí, excepto que me siento muy fatigada y me duelen las piernas. Antes de aparecer usted estaba muy asustada, pero ahora... ¡Vaughn, es terrible! Nos van a llevar ante Quinela; es un monstruo, según me contó mi padre. Si no puede salvarme, Vaughn, le suplico que me mate.
—La libraré de ellos, Rosita — murmuró el rural, encomendándose a esa buena estrella que nunca le había abandonado.
La muchacha le obsequió con una mirada que hizo que su corazón latiera con más fuerza. Dio gracias al cielo, pues estaba enamorado de ella y le había sido deparada la oportunidad de poder ayudarla merced a pertenecer a los rurales.
La dulce mirada de Rosita tropezó con la de él, y notó cómo aumentaba la presión de la mano de ella en su rodilla. No obstante lo inefable del momento, sustraído a la observancia de los mejicanos, Vaughn no había dejado de prestar atención a la porfía que había surgido entre los tres hombres. Percibía con nitidez el vocerío, que revelaba furor y malas intenciones. No pasaría mucho tiempo sin que se lanzaran uno contra otro cual perros rabiosos. Vaughn se esforzaba en pensar alguna frase de consuelo para dirigir a Rosita, pero el rural había cedido el puesto al hombre amante y tierno que ponía el corazón al contemplar la menuda y pálida faz de la mujer adorada, cuyos temblorosos labios y lánguida mirada reflejaban fe ciega en el hombre que tenía a su lado.
Todo aconteció en pocos instantes: el rumor de la rauda pelea, golpeteo de herraduras y alguien que gritó: «¡Santa María!» Un golpe sordo siguió al tremendo estampido de un disparo de revólver.
El caballo de Vaughn se encabritó, y el rural pudo ver que el que llevaba a Rosita retrocedía asustado hasta la maleza; su jinete gritaba, presa de pánico. Estrella emergía de una nube de humo azulado. Vaughn se sintió como arrastrado sendero abajo, atado a la silla como estaba. Pese a su indefensión, se las arregló para detener a su alocada montura, oprimiendo salvajemente los flancos del animal con sus robustas rodillas, mientras gritaba: «¡So, caballo!»
El bruto no pudo detener su carrera hasta unas cien pérticas de distancia. Fue un respingo para Vaughn el oír ruido de cascos tras él; al volver la cabeza vio que Juan le seguía a todo galope, Primero se adentró en las breñas y luego, por una vereda lateral, adelantó a Vaughn, volviendo otra vez al camino para detener al caballo del rural. Juan lo golpeó con tanta saña en la cabeza, que la montura se enfureció y por poco desmonta a Vaughn.
—¡Basta ya, hombre! — gritó Vaughn —. ¡Ni el pobre bicho ni yo tenemos la culpa de lo sucedido! ¿Por qué no me dejas libres las manos, si quieres que domine a este jamelgo tuyo?
Juan hizo salir de entre las matas a la asustadiza caballería y la situó otra vez en el camino, empujándola hacia el lugar donde había sonado la detonación. Antes de llegar a él, Vaughn vio a uno de los canallas acompañado de Rosita y de un caballo sin jinete. Juan dio un gruñido de satisfacción y los dejó pasar, sin proferir palabra.
Rosita se mostraba mucho más serena de lo que Vaughn se había imaginado. Tenía los ojos bien abiertos, como pudo comprobar el rural, lo que indicaba con mayor claridad que las palabras que se sentían satisfechos, tanto la muchacha como él, toda vez que ahora tenían un enemigo menos del que ocuparse.
Por fin se reanudó la marcha. Vaughn realizó una profunda inspiración y trató de poner en orden sus ideas. El sol se hallaba todavía a medio camino hacia poniente. ¡Quedaban aún bastantes horas de luz! Y tenía, además, un aliado más mortífero que las balas, más sutil que las argucias del más sagaz de los humanos y más afilado que el colmillo de una serpiente venenosa.
Acaso habían transcurrido quince minutos cuando Vaughn ladeó un tanto la cabeza. Por el rabillo del ojo vio que Juan ingería otro sorbo de mezcal; fue en verdad uno muy prolongado. Vaughn estaba tan nervioso, que tenía mucha dificultad en dominarse. En el momento presente, el cerebro de Juan era incapaz de recordar el pasado: el mezcal lo había borrado-por entero de su mente.
—Juan, me parece que voy a caerme del caballo
—dijo Vaughn.
—Muy bien, señor. Puede hacerlo si quiere — replicó el mejicano en tono amable.
—Tengo los pies amarrados a los estribos, y este animal tuyo es muy espantadizo. En cualquier momento % puede volver a encabritarse y hará que me rompa la cabeza en mil pedazos. Si quieres llevarme vivo ante tu jefe y queréis celebrar la fiesta en tanto que yo camino sobre la choya, es mejor que no dejes que me caiga.
—Señor rural, si usted lo hace, seguro que no va a pasar del suelo. ¿Cómo voy a evitarlo? — comentó, divertido, el mejicano.
—Me siento muy mal con las manos atadas; no puedo mantenerme erecto en la silla y tengo los miembros anquilosados. Sé buen chico, Juan, y desátame.
—Señor Tejas Medill: si ahora no se halla a gusto, ¿qué tal estará entonces al sentir la caricia del terrible cacto en las plantas de los pies?
—Pero eso dura muy poco; nadie resiste la tortura mucho tiempo, ¿verdad, Juan?
—La choya mata en seguida, señor.
—Atiende, Juan. ¿Has pensado en el oro que tengo en el Banco de El Paso? Puede ser tuyo si vas a buscarlo. Pasará mucho tiempo hasta que la nueva de mi desaparición rebase la línea fronteriza, y, mientras, puedes ir a El Paso con el cheque y la carta. Puedo escribirla en una hoja de papel de mi libro de notas. Es probable que tengas alguna amistad en El Paso o en Ciudad Juárez que pueda identificarte ante el director del Banco como Juan... como te llames.
—Tengo nombre, señor. Me llamo Juan Mendoza.
—¿Has pensado lo que puedes hacer con tres mil cuatrocientos dólares, Juan? No se trata de pesos mejicanos, sino de oro gringo auténtico.
—No lo he pensado, señor, porque no me gusta vivir de sueños.
—Escúchame bien, Juan. Eres un loco. Sé que es mejor para ti que yo esté bien muerto. ¿Para qué crees que he servido en los rurales durante todos estos años?
Bien vale ese oro si hace que me sienta libre de los malditos calambres y que logre unas pocas atenciones para la señorita. Ella lleva vuestra sangre, Juan; no lo olvides... Al fin y al cabo, eso no sería traicionar a Quinela, y podrías ser rico. Tendrás mi caballo y la silla, si eres lo bastante listo y no dejas que los vea Quinela. Podrás comprar unas buenas espuelas de plata, con enormes rodelas a la española, y dispondrás de buenas piezas de oro sonando en los bolsillos. Te procurarás un estupendo sombrero, como el más rico hacendado. Y piensa en tu chata, Juan... ¡Ah, ya sé! Tú tienes una chata. Piensa en lo que podrás regalarle: una hermosa mantilla, un crucifijo de oro macizo y unos preciosos botines con hebilla de plata, para calzar sus lindos pies. ¡Y cómo va a quererte por todas esas cosas, Juan! Y lo mejor, amigo, es que puedes irte muy’ lejos, al Sur, y tener una buena hacienda, caballos y ganado, y vivir tranquilo y feliz con tu chata. Si continúas trabajando con Quinela, lo más probable es que no tardes en caer, y sólo por unos cochinos pesos... Cultivarías el maguey en tus campos y podrías prepararte tu propio mezcal... ¡Y todo por tan poca cosa, Juan!
—El señor tiene también oro en el pico, además de tenerlo en el Banco — lisonjeó el bandido —. Y es cierto que no es mucho lo que pide, y yo no arriesgo gran cosa.
Juan avanzó hasta colocarse a la par con Vaughn. Re—, buscó en sus bolsillos el libro de cheques y el lápiz, que antes olvidó devolver al representante de la ley. Éste expresó su agradecimiento con una mueca. El mejicano se había transformado en un sujeto muy sociable
—Vaughn sabía con certeza que el mezcal le produciría un efecto semejante —, pero consideraba que el hombre no tenía los sentidos lo bastante embotados aún para que el rural se aventurase a la acción sin demasiado riesgo. Así que decidió que si el sujeto le dejaba las manos libres y le concedía la menor oportunidad, trataría de arrojarle de la silla. Vaughn no olvidaba el detalle de que sus pies seguirían ceñidos a los estribos. Había calculado exactamente lo que tenía que hacer en cuanto la actitud expectante de Juan se viese mermada por causa de la bebida.
Cuando el mejicano hizo detener a su caballo a la vez que el de Vaughn, la muchacha volvió el rostro y se percató de la maniobra. Vaughn no dejó de captar el brillo significativo de sus grandes ojos negros, cuya mirada no se apartó de la suya hasta que Rosita desapareció en un recodo del camino. Vaughn estaba satisfecho por dos razones: la primera porque ella les había visto pararse, y porque tanto ella como su guardián no podrían presenciar lo que pudiera acontecer.
En esos momentos de angustiosa expectación, el mejicano escrutaba el libro de cheques. Si en realidad era capaz de leer inglés, seguro que sus conocimientos se limitaban a unas pocas palabras de uso corriente. A Vaughn le asaltó la idea de redactar la nota para el banquero de una forma muy diversa a como había pensado al principio. Era muy probable que cuando su mensaje llegara a manos del banquero de El Paso, él no figurase ya en el mundo de los vivos; y era algo muy dentro del ámbito de la realidad el que sus líneas fuesen leídas por el destinatario.
—Señor, puede firmar el cheque para que yo pueda obtener su oro en El Paso — decidió por fin el mejicano.
—Está bien, Juan. Veo que eres hombre práctico; pero no puedo sostener el lápiz con los dientes.
El salteador sonrió; cada vez se conducía con mayor afabilidad. Una hora más, y otras libaciones del terrible mezcal acabarían por impedirle pensar con rapidez y utilizar plenamente su agudeza visual. Vaughn tendría entonces una coyuntura mucho más favorable; así que estimó prudente aguardar. No estaría muy lejano el momento en que el rural podría intervenir con mortífera eficacia. Por de pronto, necesitaba de toda su férrea voluntad para reprimir su ansia incontenible de hacerlo cuanto antes.
Juan empujó con el pie el caballo que montaba Vaughn, que quedó situado oblicuamente al sendero, de forma que el rural presentaba la espalda al bandolero.
—Ahí tiene, señor — pronunció el mejicano.
Su huesuda y morena mano deslizó el libro de cheques y el lápiz en el bolsillo del chaleco de Vaughn.
«¡Ladino pordiosero!», pensó el rural, con gran desencanto. Confiaba en que Juan le hubiese despojado antes que nada de las ligaduras, y después le entregaría en mano ambos objetos. Por lo visto, su legendaria ventura no le era aún del todo propicia.
Pero Vaughn no tardó en notar que el mejicano tiraba de las correas que le mantenían sujetas las muñecas. Las ligaduras estaban muy prietas, circunstancia de la que el rural podía dar prueba fehaciente. Le oyó mascullar y asimismo olfateó la vaharada de aguardiente de mezcal en cada una de las violentas aspiraciones del bandolero.
—Juan, ¿me culpas ahora de querer librarme de esas malditas lazadas? — manifestó Vaughn.
—Eso no es nada; el señor Medill es muy resistente
—replicó el mejicano.
La presión dolorosa que Vaughn sentía en las muñecas comenzó a relajarse. Advirtió cómo se desprendían las ligaduras que le sujetaban las manos.
—¡Muchas gracias, Juan! ¡Ah, qué bien se siente uno así!-comentó el rural, con un suspiro de alivio.
Vaughn comenzó a frotarse alternativamente las muñecas, que tenía muy hinchadas y amoratadas por las correas, y durante ese tiempo medía bien sus energías, cual tigre presto a caer sobre su víctima. ¿Había llegado ya el momento crucial?
—Juan, ese pequeño trabajo te ha convertido en un hombre rico, ¿verdad? — dijo Vaughn de buen humor.
Y, con gran parsimonia pero prestos todos los músculos del cuerpo, se volvió para encararse al mejicano.

CAPITULO V

El rufián se hallaba fuera del alcance de las codiciosas manos de Vaughn. El mejicano se irguió en la ' silla con una expresión de curiosidad en su trigueño rostro. El rural no estaba muy seguro, pero podía apostar que Juan no se había percatado de sus intenciones. Estrella era un animal muy brioso y a Vaughn no le agradaba el caballo del mejicano, al que subieron contra su voluntad y ensogaron los pies en los estribos.
Entre ambos hombres mediaban algunos pasos de distancia. Si Vaughn hubiese estado en condiciones de arrojarse sobre su rival, sin duda lo hubiera llevado a cabo sin tardanza.
Tuvo que reprimir su impaciencia, y de nuevo se puso a frotarse las muñecas. Luego extrajo del bolsillo el lápiz y la libreta de cheques. No era simulación el esfuerzo que hizo para extender el documento a nombre de Juan Mendoza por la cantidad de tres mil cuatrocientos dólares, balance a su favor de la cuenta con el Banco de El Paso.
—Helo aquí, Juan, y ojalá que algún día un gringo trate a tu chata como tú lo haces ahora con la señorita Uvaldo — dijo Vaughn, haciendo entrega del cheque al mejicano.
—Gracias, señor — respondió Juan sin apartar sus negros ojos del papel coloreado—. ¿La hija de Uvaldo es su chata?
—Sí, y te maldeciré si Rosita sufre algún daño.
—Señor rural, sabe que he recibido órdenes de Quinela; no tendría que haberme pedido tanto...
—¿Qué tiene tu jefe contra Uvaldo? — terció Vaughn.
—Los dos trabajaron juntos como peones, hace ya muchos años, pero ignoro qué motivos tiene Quinela para odiar al padre de la señorita. Pero sé que la causa es grave y justa... Y ahora, señor, venga esa carta para su banquero.
Vaughn arrancó una hoja en blanco de su libro de cheques. Lo pensó mejor y decidió escribir el mensaje en el mismo talonario, que serviría a la vez para su identificación. En el caso extremo de que la carta fuese entregada al director del Banco en El Paso, quería que el hecho significara algo para las autoridades. Después be le ocurrió hacer una prueba con el mejicano, y para ello esbozó unas pocas líneas.
—Lee esto, Juan — solicitó el rural tendiéndole la libreta.
El hombre leyó el escrito, que para él era tan ininteligible como si estuviese en chino.
—Tejas Medill no escribe tan bien como dispara
—comentó el mejicano.
—Dame la libreta, Juan; voy a hacerlo mejor. Creo que olvidé algo.
Al recibirla, Vaughn hizo pedazos la hoja y separó otra, en la que redactó una nota concebida en los siguientes términos:
«Estimado señor Jarvis: Si estas líneas llegan a sus manos, puede tener la certeza de que habré sido asesinado por las huestes de Quinela. Haga arrestar inmediatamente al portador y cablegrafíe al capitán Allerton, de los rurales de Tejas, en su cuartel de Brownsville. Actualmente soy prisionero de Juan Mendoza, lugarteniente de Quinela. La señorita Uvaldo se halla asimismo en poder de esos bandidos. La retienen con el propósito de pedir rescate, pero no tienen intención de restituirla a su padre. El lugar de emplazamiento de la guarida se encuentra en algún punto al sudeste de la senda que conduce a Rock Ford. Firmado, Medill.»
Vaughn leyó en voz alta una carta imaginaria en la que presentaba al mejicano y en la que solapadamente aludía al dinero.
—Así es mucho mejor, Juan — aseguró el rural al hacerle entrega de la libreta —. Es preferible que esto no llegue a oídos de Quinela ni de ninguna otra persona. Ve tú mismo a El Paso sin demora.
Tal como lo sospechó Vaughn, el mejicano no se tomó la molestia de leer el mensaje. Puso el cheque en el interior de la libreta y guardó ambos en el bolsillo interior de su andrajosa chaqueta. Luego, sin articular palabra, recondujo al caballo de Vaughn al sendero, donde no tardaron en aparecer Rosita y su inseparable vigilante, que los seguían de cerca.
La muchacha ladeó la cabeza, y Vaughn se las ingenió para hacerle notar — sin que los demás se dieran cuenta de su gesto — que tenía ya las manos libres. La pálida faz de Rosita cobró una expresión radiante. La fatiga y la expectación comenzaban a hacer mella en el ánimo de la joven, y su figura se encorvaba en la silla, en señal de abatimiento.
Por lo visto, Juan se esforzaba en recuperar el tiempo perdido, pues obligó a emprender un ligero trote a los caballos. Pero esta maniobra no estaba destinada a prolongarse por mucho tiempo, pues Vaughn, escrutando el suelo, veía la negra sombra del mejicano, que de vez en cuando empinaba la damajuana para sorber su buena ración de mezcal. ¡Qué imagen tan siniestra la de ese hombre! En vista de ello, Vaughn meditaba cuál sería su actuación futura. Tarde o temprano tendría que intentar alcanzar el* revólver que Juan llevaba en la cadera, en la funda que pendía del cinturón. Cuando ese momento se presentara, sería el fin para el bandolero. Vaughn no olvidaba que el caballo del mejicano, que ahora era su propia montura, se había espantado a causa del disparo anterior. El rural se arriesgaría ahora mucho más, al hacer fuego desde atrás y sin olvidar que quedaba a merced del otro mejicano, que se encargaba de la vigilancia de Rosita. Los pies de Vaughn estaban sujetos a los estribos y unidos por una cuerda que circundaba el vientre del caballo. Si el animal, al brincar, hacía que el jinete se ladease en la silla, sería muy peligroso para éste, por no decir que podría provocarle un accidente mortal. Resolvió, pues, que en el instante crítico oprimiría con todas las fuerzas de sus piernas los flancos de la cabalgadura, al objeto de evitar ser desmontado, y luego concluiría lo que había que hacer para hacer frente al otro bandido.
Después que Juan hubo ingerido uno más de sus incesantes tragos, Vaughn disminuyó adrede el paso de su caballo, hasta que el mejicano se colocó a su lado. Vaughn tuvo buen cuidado de mantenerse a la derecha del sendero.
Una mirada al sujeto hizo que el pulso del rural apresurase su ritmo: el mezcal no había producido en el rudo hombrecillo un efecto demasiado fulminante, pero al fin parecía ponerse en evidencia.
—Juan, me muero de sed — suplicó Vaughn.
—Señor, ya andamos muy cerquita de una fuente— respondió el mejicano con voz pastosa.
—¿No podrías ofrecerme un traguito de mezcal?— suplicó Vaughn de nuevo.
—Eso es muy malo para los gringos, señor.
—No importa, Juan; me arriesgaré — insistió el rural —. Eres un buen muchacho, y me has caído simpático. Diré a tu jefe que luchaste con los otros para conservarme con vida, y le informaré que García te provocó. Ya ves, Juan, que puedo serte útil.
El abigeo se aproximó a Vaughn y se detuvo. El rural tiró de las riendas a su jaco, y las cabezas de ambas monturas se unieron al mismo nivel. El mejicano estaba empapado en sudor; el labio inferior le colgaba y su cuerpo se mantenía en la silla un tanto inseguro. Sus ojos habían perdido aquel brillo vidrioso y estaban ahora ligeramente velados.
El mejicano aguardó a que la joven Rosita y el hombre que la escoltaba se hubieran ocultado en un recodo del camino, y sacó la garrafa de las alforjas para ofrecérsela al rural, que pudo notar que estaba semivacía.
—Solamente un sorbo, señor — le ordenó.
Vaughn simuló beber de ella. La fuerte bebida era cual vitriolo en sus labios. Devolvió al mejicano la vasija que contenía el mezcal, fingiendo que empezaba a surtirle efecto, cuando lo que hacía en realidad era medir bien la distancia que les separaba. Por poco cedió a la tentación de inclinarse y alargar el brazo para atacar, pero se detuvo al pensar que un rural no puede permitirse el lujo de cometer el más leve error. ¡Si el caballo de Juan estuviese un poco más cerca! Vaughn expelió con violencia una bocanada de aire de su respiración contenida.
—¡Ah!, excelente bebida, Juan — exclamó Vaughn, y de nuevo se distendió en actitud de expectante reposo.
El mejicano prosiguió el avance, pero se produjo un cambio en la situación. Ahora era Vaughn quien rompía la marcha, bien porque el bandido olvidase situarse al frente o porque considerase innecesaria tanta precaución. La senda era lo bastante espaciosa para que circularan por ella dos jinetes a la vez. El flamante pañuelo rojo de Rosita destacaba en el verde-gris de las matas. La chica volvía la cabeza de vez en cuando, al igual que su guardián, que no la perdía de vista un solo instante. Sus caballos iban al paso, cosa que Juan parecía ignorar. Por lo visto, hacía un buen rato que sus facultades habían menguado, y no paraba mientes en cuestiones de detalle. Minutos después bebía otro trago de mezcal.
Vaughn inició la conversación y agradeció a Juan sus atenciones, loando con léxico florido las excelencias del brebaje: el mezcal era la más dulce y poderosa bebida de cuantas existían. Su fortaleza hacía desvanecer el cansancio, suprimía las penas y convertía el monótono erial poblado de mezquite y rocas en policromo paraíso de gran belleza y melodía, y hasta tenía la potestad de hacer que un rural olvidase la proximidad de su implacable y fatal sino.
—¡Ay, señor! El mezcal es una gracia que la Virgen bendita ofrece a los pobres peones — decía Juan mientras acompañaba sus palabras con otra generosa ración del ardiente licor.
De nuevo emprendieron la marcha. En su interior, Vaughn sólo pedía que restaran aún tres o cuatro kilómetros de camino solitario, exento de obstáculos.
—¿Falta mucho para llegar, Juan? — preguntó —. No puedo resistir mucho más con los pies atados a los estribos.
—Hasta la puesta del sol, señor, que será la última que vea — respondió el mejicano.
El astro rey estaba aún a bastante altura de los enormes cactos, parecidos a gigantescos tubos de órgano. ¡Dos horas, o más, y el sol transpondría el horizonte! Juan hablaba todavía de modo inteligible, pero su cuerpo, agobiado, y el rostro, bañado en sudor, y sobre todo los ojos, muy agrandados en sus cuencas, reflejaban la acción del contenido de la damajuana. Después del desmadejamiento físico vendría el embotamiento cerebral, el cual, a su juicio, estaba ya en sus comienzos, dado que la actitud del mejicano era menos avizora.
La jornada continuaba, y Vaughn hizo señas a Rosita para darle a entender que no se volviese para mirar. Tal vez la chica interpretó que Vaughn le sugería algo más que eso, pues de inmediato se puso a platicar animadamente con el bandido que la custodiaba; Vaughn había observado que la muchacha no le había dirigido la palabra con anterioridad. El mejicano no tardó en emplazar su caballo junto al de Rosita; era un peón y había bebido un buen trago de mezcal, lo que hizo que se aguzara su escaso ingenio. Vaughn vio como el bandido se doblaba en la silla y liberaba el pie izquierdo de Rosita de la atadura que lo sujetaba al estribo. Juan no se dio cuenta de tan destacada acción, pues su mirada no se alejaba del sendero y sus labios desgranaban la canción «¡Ay, mi querida chata!»
El guardián de Rosita volvió el rostro y estudió largamente el dúo que le seguía. Era obvio que la apostura de Juan le sorprendió de modo desagradable, aunque no se dio perfecta cuenta del repentino interés que la chica mostraba por él al hablarle como lo hacía. Cuando el bandido le dio una palmadita amistosa en el hombro, ella se la devolvió. El hombre tomó una mano a la muchacha, y ella no se apresuró a rechazarla; al hacerlo desplegó sumo tacto, y propinó al mejicano un descocado manotazo. El bandido se disponía a seguir el juego, cuando se perdieron de vista en una curva del camino, circundado de vegetación, y el rural ya no alcanzó a verlos.
Vaughn, de modo gradual e imperceptible, guiaba a su caballo cada vez más cerca del de Juan. En ese momento se oyó el ladrido de un perro a cierta distancia. No es que ello importase gran cosa a Vaughn, exceptuando que era claro indicio de que había estado en lo cierto al deducir que no le quedaba ya mucho tiempo que perder.
—Juan, lo malo del mezcal es que, una vez lo pruebas, tienes que repetir o mueres — murmuró Vaughn, contrito.
—Así es, señor — replicó el mejicano.
—Todavía te queda mucho, Juan. Podrías darme otro trago... ¡Será el último de mi vida! No te lo conté, pero eso fue la causa de mi ruina. Mi padre era un rico propietario, pero me repudió a consecuencia de mis malos hábitos. Y así fue como no tuve otro remedio que meterme a rural.
—Tómelo, señor; ya no podrá hacerlo más — dijo Juan, compungido.
Vaughn puso en alerta todas las fibras de su ser. Se inclinó un tanto y su mano izquierda avanzó con lentitud, mientras sus ojos arrojaban destellos acerados sobre el confiado mejicano. Entonces, con la celeridad de una serpiente, su mano hizo presa en la nacarada culata del revólver, que reposaba en su funda. Vaughn oprimió el gatillo, pero el martillo dél arma percutió un cartucho vacío. Juan se volvió de repente y el revólver crepitó.
—¡Dios mío! — gimió el hombre, con exclamación ahogada.
Los caballos, asustados, iniciaron una serie de corcovos, y Vaughn se precipitó con su montura a sujetar a la del mejicano, para sostener al inerte cuerpo de éste en la silla.
—¡Quieto, Estrella!-tronó con sequedad—. ¡Quieto!
El animal obedeció, pero el que montaba el rural seguía sin calmarse; se lanzó senda adelante, en loca carrera. Vaughn tenía el revólver en la mano y se aferraba al arzón de la silla, en tanto que con la otra sostenía el exánime cuerpo de Juan. De no haber tomado precauciones, el caballo, desbocado, le hubiera arrojado de la silla.
El rural tuvo buen trabajo en dominar a ambas cabalgaduras; tenía que ocuparse, además, del enemigo que quedaba, el cual no tardó en comparecer a todo galope, blandiendo el rifle como un energúmeno.
Vaughn soltó a Juan unos segundos; tomó el revólver con la derecha, mientras que con la otra mano seguía manteniendo erguido en la silla al mejicano muerto. El rural se agachó en la suya para hacer creer al bandido que era su compañero quien seguía con vida y que el rural había sido la víctima del disparo. Entre tanto, aumentaba la furiosa presión de sus rodillas en los costados de la montura. Estrella ya se había sosegado y era arrastrado por el otro animal.
El mejicano acudía a todo galope, sin dejar de emitir imponentes alaridos. Cuando estuvo a una veintena de pasos, Vaughn apuntó el arma e hizo fuego; el proyectil perforó el corazón de su adversario, que dejó caer el rifle, se encogió en la silla y se precipitó al suelo con golpe sordo. Su caballo se espantó y emprendió veloz carrera, entrando en colisión con el de Vaughn, circunstancia que favoreció al rural, pues la bestia que montaba comenzó a dar señales de nerviosismo. En el embrollo que siguió, el inerte cuerpo de Juan cayó de la silla y fue pisoteado por un frenético mar de cascos. Vaughn se aferró a las riendas con todas sus fuerzas, pero no pudo dominar a su cabalgadura; llegó a temer que se partieran las riendas. El caballo salió disparado a través de la maleza, y Vaughn tuvo mucha dificultad en mantenerse en la silla. Por fin logró reducir al animal y pudo encaminarlo de nuevo al sendero.
Rosita estaba a pocos pasos del mismo, a salvo a lomos de su caballo, con la cabeza inclinada y el rostro oculto entre las manos. A la vista de la muchacha, Vaughn volvió a experimentar el temor que se había apoderado de él minutos antes.
—Todo ha terminado, Rosita; puede decirse que estamos a salvo — dijo con impaciencia en cuanto hubo llegado muy cerca de la joven.
—¡Oh Vaughn! —murmuró ella, los ojos arrasados en lágrimas y alzando el rostro, blanco y convulso—. Sabía que los mataría..., pero, ¡Dios mío!, fue horrible...
—Tenga calma, muchacha — dijo él con sequedad. Acto seguido sacó el cuchillo de la vaina y con unos hábiles cortes se libró de las ligaduras que le inmovilizaban los pies. Se plantó en tierra de un salto. Tenía los pies entumecidos, como si estuviesen helados.
Pasó luego a cercenar las correas que aún sujetaban el pie derecho de Rosita. La muchacha giró en la silla y se precipitó en sus brazos, entornando los párpados.
—No hay tiempo ahora para desmayos, jovencita
—manifestó Vaughn con cierta aspereza, llevándola fuera del camino para depositarla en el suelo.
—Descuide; no lo haré — susurró la mujer abriendo los ojos, en cuya lánguida mirada se pintaba la fatiga —; pero téngame así unos instantes, por favor.
Vaughn rodeó el cuerpo de ella con los brazos, y el fugaz instante que le pidió era tan dulce y precioso para él, que casi llegó a quebrar la firme voluntad de un rural todavía en situación delicada.
—Rosita, ya estamos libres, mas no seguros — insistió el hombre — Nos hallamos cerca de una hacienda, quizá donde Quinela nos aguarda... Vamos; conviene salir de aquí cuanto antes.
Ayudándola a caminar, anduvieron por la maleza que |R bordeaba el sendero. En cuanto la muchacha fue capaz de sostenerse en pie, el rural murmuró a su oído:
—Espere aquí, Rosita.
Corrió por la senda, revólver en mano. Estrella esperaba inquieto, con el hocico levantado. Los otros dos caballos habían desaparecido. Vaughn oteó a uno y otro lado del sendero. Estrella emitió un relincho; Vaughn se inclinó para registrar el cadáver de Juan, que estaba tendido de bruces. Vaughn le despojó del cinturón que Juan le había arrebatado y se lo puso. De inmediato recuperó la libreta de los cheques y seguidamente volvió el arma a la funda. Tomó a Estrella de las riendas y lo llevó del camino a las matas de mezquite, donde esperaba Rosita.
La joven parecía haberse serenado, aunque seguía estando muy pálida. Vaughn evitó la insistente mirada de sus negros ojos. Lo primero que urgía era desaparecer de allí sin perder un minuto y no permitir que ningún sentimiento se interpusiera en el cumplimiento de su deber.
El rural subió a la grupa de Estrella.
—Vamos ya, Rosita — le dijo —. Suba detrás de mí.
Ayudó a la chica a acomodarse en la silla, a su espalda.
—Así — prosiguió —. Ahora coloque los brazos alrededor de mi cuerpo; sujéteme fuerte, pues vamos a partir.
Cuando lo hubo hecho, él le oprimió el brazo izquierdo. En el mismo instante se oyeron unas voces y ruido de cascos de caballo más allá, en el sendero. Rosita no dejó de percibirlos; Vaughn se dio cuenta del ligero temblor que sacudía el cuerpo de la muchacha.
—No tema, Rosita. Agárrese bien; aquí es cuando Estrella hará honor a su fama — musitó el rural.
Dirigió al nervioso caballo hacia el sendero y añojo las riendas. Estrella no necesitaba del acicate de los estridentes chillidos de los peones para entrar en acción.

CAPÍTULO VI

Cuando los peones divisaron al escurridizo rural estalló entre ellos una barahúnda de sonidos guturales. ¡Pero ni un solo disparo rasgó el aire! En media docena de zancadas, Estrella aceleró su andar, y en pocos segundos se perdía por una curva del sendero, a cubierto de un posible tirador. La preocupación de Vaughn por la muchacha cesaba paulatinamente.
Al término de un largo tramo rectilíneo, Vaughn se volvió para mirar; si los peones les seguían a caballo, la situación podría llegar a ser muy comprometida. Ni siquiera un animal de las cualidades de Estrella podía zafarse del acoso de cualquier hábil jinete de un rancho mejicano. Con intensa satisfacción comprobó que por el momento no había perseguidores a la vista. Sin embargo, no retuvo la rápida marcha de su cabalgadura.
—Falsa alarma, Rosita — tranquilizó a la muchacha.
Volvió la cabeza para contemplar el rostro de ella, cuya mejilla reposaba en el hombro del jinete. Éste sentíase maravillado ante la realidad de la presencia de la mujer, que no era obstáculo para él ni para su fiel caballo. La muchacha era una amazona consumada, y aun sin apoyar los pies en los estribos se mantenía muy bien en la silla.
—Deje que se acerquen — dijo, y sonreía al rural.
Su rostro estaba desvaído, pero la mirada de sus ojos no reflejaba señal de temor, sino más bien afán de lucha.
Vaughn rió de puro sorprendido. No esperaba tanto de ella, y eso le proporcionó tal emoción como jamás había sentido en su vida. Deslizó la mano por el brazo de Rosita hasta tropezar con la de ella, agarrada a su chaqueta. Al tocarla la oprimió con tal efusividad, que parecía significar algo más que un mero deseo de infundirle valor. La respuesta que recibió fue inequívoca, y Vaughn se sintió invadido de un gozo singular que le inundó el corazón.
No obstante, eso no le hizo descuidar su atenta vigilancia. Cuando Estrella dobló una vuelta del camino, la penetrante mirada de Vaughn vio que éste se hallaba bloqueado por la misma muchedumbre de mejicanos tocados de enormes sombreros: era el mismo grupo de cuatreros de los que se había separado en el mismo día, no hacía muchas horas.
—¡Agárrese con fuerza! — ordenó a Rosita, a la vez que obligaba a Estrella a torcer a la izquierda.
Desenfundó el arma e hizo un par de rápidos disparos. No tuvo necesidad de verlo para adivinar que surtieron efecto, a juzgar por el salvaje griterío que se oyó, seguido de improperios furiosos.
Estrella burló los disparos de rifle que siguieron sin hacerse esperar, internándose rápidamente en la maleza. Vaughn oía los silbidos de los proyectiles, así como el desgajarse de las ramas de mezquite a causa de aquéllos, lo cual pareció poner alas en las patas de Estrella. Esa situación era muy familiar al noble animal. Para Vaughn era un esfuerzo agotador el cabalgar en tales circunstancias, y doblemente peligroso, por causa de la muchacha. Ésta, montada detrás de Vaughn a la grupa del sufrido Estrella, se pegaba a la espalda del hombre como un tábano a la piel de una caballería. Vaughn, luego de guardar el revólver, tuvo que dejar de sostener a la mujer, pues una mano la tenía ocupada con las riendas y la otra en apartar las ramas de mezquite que se interponían en su camino. Estrella hacía caso omiso de la preciosa carga que llevaba, además de la de su jinete habitual, y hendía materialmente el aire, devorando el terreno entre sus poderosos remos, sorteando los matorrales que le salían al paso. Vaughn se agachaba y ladeaba, pero jamás lo suficiente, y se ayudaba con la mano por miedo a que una rama lastimase a Rosita.
Al atravesar un calvero entre los mezquitales, a lo largo de un pasillo entre los cactos, Vaughn se volvió para explorar el terreno, por si avistaba a eventuales acosadores. Por el momento no divisaba a ninguno, aunque no tardó en percibir ruido de cascos de caballo no muy lejos de él, hacia su derecha. Y poco después otro caballista adverso lo hacía por el lado opuesto. Vaughn sostuvo las riendas con los dientes y se puso a cargar el arma. Con la finalidad de estar preparado para efectuar disparos a derecha e izquierda, aprovechaba todos los claros que se le ofrecían para echar una rápida inspección. Al parecer, Estrella ponía gradualmente mayor distancia entre ellos y los bandoleros. El desierto se iba ensanchando ante ellos y el terreno era llano y pedregoso. Entonces Vaughn forzó a su caballo hasta el límite máximo de sus posibilidades.
La carrera era alocada y ciega, y el noble animal elegía el camino a seguir. Las ramas espinosas de los mezquites no ofrecían gran riesgo; el muro verde de la vegetación lucía a ambos lados, a prudente distancia. Vaughn no volvió la cabeza ni una sola vez. En tanto que Estrella no diera señales de fatiga, Vaughn seguiría con el propósito de alejarse a prudente distancia; después ya habría tiempo de aminorar la marcha para conceder un descanso al caballo y reservar sus energías. En poco menos de una hora se haría de noche, demasiado tarde, incluso para un rastreador experto, para seguir sus huellas hasta la llegada del nuevo día.
Rosita se aferraba al jinete como una sanguijuela, y el rural añadió una gran admiración a otros sentimientos que tenía por la muchacha. Vaughn rodeó la espalda de ella con un brazo, para asegurarla mejor a la silla. Las poderosas zancadas del caballo no consumieron mucho tiempo en cubrir rápidamente algunos kilómetros más, y por fin Vaughn le hizo acortar la marcha, hasta convertirla en discreto galope.
—¿Te encuentras bien, chata? — preguntó, tuteándola por vez primera y temeroso de volver la cabeza y mirarla a los ojos, ante el calificativo que empleó.
—Sí, pero no podré resistir mucho más — jadeó la chica —. Antes que nos agarren, prefiero que me mates.
—Jamás lo harán, Rosita — prometió con firmeza el rural, feliz al comprobar que ella había salido de su reserva.
—Pero prométeme que lo harás, si nos cogen — suplicó.
—Te juro que nunca nos atraparán vivos. Pero no te alarmes, chiquilla. Pronto se ocultará el sol, y en la oscuridad nos pondremos fácilmente al amparo.
—No tengo miedo, Vaughn; es odio lo que siento hacia ellos. No quiero verme de nuevo en sus manos, pues sería mucho peor que la muerte.
—¡Bah! Conserva la calma, muchacha — expresó el rural.
Echó atrás su largo brazo y, sujetando bien a la mujer por la espalda, gritó a su caballo:
—¡Vamos, Estrella, al galope!
Lo espoleó con suavidad, y nuevamente estaban en marcha por las áridas llanuras, en línea recta y dirección norte. Cabalgaba en busca de parajes despejados, al objeto de evitar los golpes del ramaje; ahorraba fuerzas a Estrella, disminuyendo un poco la velocidad, cuando notaba el resollar del animal. Éste resistía bien la desenfrenada carrera, pero Vaughn hacía todo lo posible para ahorrarle esfuerzos innecesarios. Apartó el brazo con el que sujetaba a la mujer, pues lo tenía como dormido a consecuencia de la presión sobre la espalda de ella.
—Ya les hemos tomado una buena delantera — resopló—. Pero creo que nos seguirán hasta que oscurezca.
Exploró el terreno en todos sentidos; el desierto gris amarillento se sumergía lentamente en las sombras.
—Estamos casi salvados, gracias a Dios — concluyó el rural.
—¡Oh, qué cabalgada tan maravillosa! — exclamó Rosita entre suspiros—. He llegado a la conclusión, Vaughn, ahora que he visto la muerte tan de cerca, de que soy un poco cabeza loca. Quería emociones, y de no haber sido por ti... Pero ya recibí suficiente castigo.
—No te aflijas, querida. Tal vez tengamos precisión de correr de nuevo. Luego, cuando la noche sobrevenga, podrás hablar y descansar.
La muchacha guardó silencio. Vaughn hizo que Estrella marchase con lentitud hasta que el animal se recuperó, y poco después le permitía seguir un suave trotecillo, que era el paso más corriente del animal.
El sol, con destellos rojizos, se perdía ya por el horizonte; el crepúsculo se adueñaba de los mezquites y el palo verde; la oscuridad les iba ya pisando los talones y la temperatura refrescó merced a la ligera brisa reinante. Cuando las estrellas hicieron su aparición, Vaughn se orientó por ellas y siguió idéntico camino durante unos cuantos kilómetros. La luna creciente, esbelta y plateada, iluminaba débilmente el desierto.
Aunque incipiente, la claridad del astro nocturno era suficiente para hacer visibles los claros de la maleza. Vaughn hizo detener al incansable caballo en un lugar que, a la luz de la luna, dejaba ver una sabrosa hierba.
—Vamos a reposar un poco — dijo, saltando a tierra pero reteniendo a la muchacha en la silla —. Baja ahora, Rosita — murmuró.
Ella se dejó caer en sus brazos, y cuando, por fin, la hizo descender hasta el suelo, ella se apoyó en el hombro del rural.
—¡Oh Vaughn!-exclamó, emocionada.
Él la retuvo unos instantes, tentado de no dejarla salir del abrazo. Pero pensó que debía ser fuerte y dejar las debilidades para otra ocasión.
—¿Puedes tenerte en pie? — le dijo —. Creo que será mejor que camines un poco.
—Parece que no tenga piernas — se quejó la mejicana.
—Voy a retroceder un trecho y escuchar. La noche es tranquila y podría oír el retumbar de cascos de caballo a muchos kilómetros de distancia.
—No te alejes demasiado — rogó la mujer.
Vaughn se alejó lo suficiente para no verse estorbado en su tarea por el resuello de su caballo. Su aguzado oído escuchó en todas direcciones. La brisa soplaba levemente desde el Sur, cosa que le favorecía. Contuvo la respiración y escuchó atentamente. ¡Ni un sonido extraño turbaba la paz de la noche! Aun en la eventualidad de que los sabuesos de algún jinete enemigo lograran descubrir su pista, la considerable ventaja que les llevaba le daba un buen margen de seguridad. Todo lo que necesitaba ahora era un poco de asueto para Estrella, que había demostrado ser capaz de transportarle a él y a la muchacha. En el camino de vuelta intentaba ver las huellas que Estrella había dejado anteriormente. Comprobó que un hábil explorador podía hacerlo, pero sólo yendo a pie.
La última duda seria que abrigaba terminó por disiparse, |S¡ y regresó junto a Rosita.
—Ni el más leve ruido, como imaginé. La noche ha sido nuestra salvación — aclaró Vaughn.
—La noche y el mezcal — añadió ella —. ¡Ya te vigilé, rural!
—Tú ayudaste mucho, Rosita. Aquel mejicano que te custodiaba procedía con mucha cautela, pero cuando le miraste, se olvidó de todo. Milagros que puede hacer una mujer... ¿Has estirado ya las piernas?
—Lo intenté; he paseado algo, pero me he sentado acá... ¡Oh, cuánto me agradaría dormir un poco!
—Me temo que eso no sea posible, pero podrás descansar algo mientras cabalgamos sin prisa.
Se despojó de la chaqueta y la colocó en la parte anterior de la silla, disponiéndola en cómodo asiento. Estrella se entretenía mordisqueando la hierba. Vaughn aseguró la cincha y montó, atando las mangas de la chaqueta al arzón.
—Dame la mano y pon un pie en el estribo. ¡Ahora!
La ayudó a montar y la puso delante de él, en el mullido asiento improvisado. Le rodeó el talle con el brazo izquierdo. De esta guisa había trasladado a muchos de sus camaradas heridos.
—¿Qué tal va eso? — inquirió con timidez.
—De maravilla — replicó la muchacha clavando la inescrutable mirada de sus negros ojos en el terreno, débilmente iluminado por la luz de la luna. Reclinó dulcemente la cabeza en el pecho del rural.
Vaughn hizo que su caballo tomase rumbo norte, a paso ligero. Avanzando en línea recta, el río se hallaría a unas seis horas de marcha, a menos que las quebradas y los pedregales le obligasen a disminuir el ritmo de su progresión. De todos modos, pensaba avistar Río Grande antes del amanecer. Entonces, y solamente entonces, se rendiría a la presencia de Rosita Uvaldo y al hecho incuestionable de que él la había salvado. Habría llegado el momento de proyectar hacia el futuro sus inquietos pensamientos. Contempló el pálido rostro que tenía tan junto al suyo; aun al débil resplandor del astro de la noche pudo ver en la mirada de los grandes ojos negros de la muchacha una muda promesa de indecibles venturas.
—Vaughn, ¿fuiste tú o aquel bandido quien me llamó chata? — preguntó la muchacha, como en sueños.
—Aquí tienes al atrevido — confesó el rural, con voz ligeramente enronquecida.
—¿Que te atreviste, dices? Luego ¿no lo dijiste inducido por la situación del momento?
—No, Rosita. Debo admitir que me sentía tan audaz como aquel pobre diablo — respondió el rural.
—Pero, Vaughn, ¿sabes lo que significa «chata»?
—inquirió la joven, con gravedad.
—Es la palabra que emplean los mejicanos para designar a su novia.
—¿Y el señor lo dice en serio? — demandó, imperiosa, la chica.
—¡Dios me proteja, Rosita! Lo dije y lo sostengo... ¡Te he querido desde siempre, Rosita! —afirmó Vaughn con vehemencia.
—¡Pero no me lo dijiste jamás! — se quejó ella, con un acento entre de admiración y reproche —. ¿Por qué?
—¿Qué esperanza podía abrigar? ¡Un pobre rural..., Tejas Medill! ¿No me llamaste en cierta ocasión «asesino de mejicanos»?
—Admito que lo hice, pero precisamente por eso estoy con vida, gracias a Dios. Vaughn, siempre me agradaste, y te he respetado y admirado en todo momento como a uno de los más grandes rurales de Tejas; pero también me inspirabas un poco de miedo, ¿sabes? Jamás pude conocer mis auténticos sentimientos..., pero ahora estoy segura de que te amo, Vaughn.

La noche avanzaba con paso inexorable, y la luna, sobrenatural, fría y brillante, se recortaba en la oscuridad de la bóveda celeste. Rosita estaba dormida en los brazos de Vaughn. Éste, en vela durante horas, no dejaba de escrutar las tinieblas en todos sentidos, siempre a la escucha, sin olvidarse de su oficio de cazador de hombres. No por eso dejaba de mirar aquel blanco rostro recostado en su pecho. La quietud de la noche, el escaso fulgor de la luz blanquecina, el solitario viaje y las sombras fantasmagóricas de los cactos, todo ello era real, si te bien Vaughn apenas quería dar crédito a lo que percibían sus sentidos. A veces tenía la impresión de que todo eran simples quimeras de un abnegado rural, aunque el dulce fuego de los besos de Rosita le quemaba todavía los labios.
Al cabo de un rato mudó la cabeza de la muchacha de un hombro a otro, pero ella, en su duermevela, no lo advirtió. En los años que llevaba en los rurales, la mayor parte de cuyo tiempo había transcurrido en duras jornadas por inhóspitos caminos, siempre en acto de servicio, nada hubo comparable a la aventura presente. Sus anhelos habían abocado a una magnífica materialización.
El objetivo de sus desvelos no había sido dedicado a sus orgullosos y olvidadizos jefes, sino al gran Estado de Tejas y a su pueblo, a la tierra que le había visto nacer.
Y el arriesgado deber, de tan parca recompensa, tan terrible y sangriento muchas veces, le había deparado el premio, como por arte de encantamiento, de una bella muchacha de la frontera, una noble y honesta mejicana, cuya sangre hispana tenía mucho del fuego y el espíritu de los gloriosos adelantados que tuvieron a Tejas bajo su dominio.
A la tenue luz del alba gris, Vaughn se apeó del caballo y dejó a Rosita en la orilla sur de Río Grande.
—Ya hemos llegado, Rosita — dijo con manifiesta satisfacción—. Pronto será lo bastante claro como para que podamos vadear el río. Estrella nos ha llevado justamente hasta los aledaños de Brownsville. Es un animal de inapreciable valor, Rosita. Nunca volveré a forzarlo tanto otra vez... Ya dentro de unas horas estaría con los tuyos.
—¿En casa? ¡Oh, qué bien! Pero ¿qué voy a decirles, Vaughn? — replicó ella.
Era evidente que reconocía la comprometida posición en que se encontraba.
—¡Mi querida Rosita!-demandó Vaughn, intrigado—. ¿Quién era el individuo con quien querías huir..., bueno, con el cual saliste a caballo ayer por la mañana?
—¿No te lo dije? — rió la chica —. Esa mañana fue Elmer Wade... ¡Oh, tuvo mala suerte! Los bandidos le azotaron con sus látigos y lo arrancaron a la fuerza de la silla. Luego me obligaron a seguirlos y no lo volví a ver.
Vaughn no quiso informar a Rosita del trágico destino que se había cebado en su joven acompañante.
—¿De modo que te fugabas con él, Rosita?
—¡Pero, Vaughn, si lo hice con la única idea de dar un paseo y divertirme un poco...! — protestó la muchacha.
—Pues tu padre está convencido de que huiste, Rosita. Estaba furioso, como loco.
—¡Al diablo con él! — exclamó la joven, en tono de rebeldía—. Vaughn, ¿y tú qué creíste?
—Querida, yo... solamente pensaba en seguir tu pista e intentar encontrarte — replicó el rural.
Aun a la escasa luz del crepúsculo matutino, aquellos ojos negros hicieron que su corazón latiera más de prisa.
—Vaughn, no olvides que llevo en mis venas sangre de peón — dijo, y el orgullo con que lo confesó parecía ser el de una princesa—. Mi padre siempre tuvo miedo de que me fuera de casa con algún mestizo. ¿Estás temeroso de tu chata, Vaughn?
—En modo alguno, querida.
—Pues entonces voy a castigar a mi padre... ¡Voy a fugarme con un hombre!
—¡Rosita! — exclamó Vaughn, alarmado.
—Escúchame bien —dijo la chica, rodeando con sus brazos el cuello del rural, cosa que la obligó a ponerse de puntillas —. ¿Quieres dejar el servicio? No podría soportar que continuases en él, Vaughn. Creo que ya te ganaste el retiro en esa labor en la que tan orgullosos se sienten los téjanos.
—Sí, Rosita, lo abandonaré — respondió Vaughn con alegre e infantil timidez —. Tengo algún dinero, lo bastante para adquirir un buen rancho.
—¿Apartado de la frontera? — interrogó ella.
—Sí, Rosita, muy lejos. Ya tengo idea del lugar: un valle hacia el Norte, allá por Llano Estacado. Pero creo que por el momento tendré que seguir llevando revólver, hasta que me olviden...
—Está bien; no tendré tanto miedo... si vamos muy al Norte — dijo ella. Luego su dulce seriedad se trocó en expresión de graciosa travesura—. Vamos a castigar a papá. Vaughn, nos fugaremos ahora mismo; cruzaremos el río y nos casaremos al otro lado. Después, a la mañana siguiente, iremos a casa a desayunarnos, ¡Cómo se enfurecerá mi padre! Pero en realidad me habré fugado de casa, aunque él jamás se hubiera imaginado que elegí a un rural por esposo.
Vaughn la montó a la grupa de Estrella y se inclinó para mirarla intensamente, como para comprobar una vez más la autenticidad de la dicha que le había caído en suerte. Vacilaba en pedírselo, cuando la mujer levantó el rostro para ofrecerle el tesoro de sus ardientes y amorosos labios.

CANYON WALLS (EL REFUGIO)

CAPITULO PRIMERO

Desde su puesto en la silla de la cabalgadura, Monty reconocía el paisaje que le circundaba.
«Bien, be aquí otra encrucijada — se dijo —. Aquel zagalejo mormón me indicó el buen camino. Pero, ¡demontre!, me desagrada la idea de defraudar a alguien, aunque sea mormón.»
El panorama que se le brindaba a los ojos pertenecía al Estado de Utah, al norte del Gran Cañón. La agreste fragosidad y magnificencia de la región eran patentes en todas partes. Monty distinguió claramente las róseas colinas que enclaustraban ranchos y praderas hacia el septentrión de esta comarca pletórica de contrastes. Le parecía provenir del abismo, a través del desierto entre Monte Trumbull y la depresión de Hurricane Ledge; ni una sola vez volvió la mirada atrás. Kanab quedaría a sesenta o setenta kilómetros en línea recta, enfilando el valle, moteado de pastizales. Monty no conocía Utah ni cualquier otro distrito al norte de este territorio limítrofe.
Se dispuso a liar el último cigarrillo. Estaba agotado y famélico, lo mismo que su caballo. ¿Llegaría hasta Kanab y trataría de encontrar ocupación en una de las grandes empresas ganaderas al norte de la zona, o mejor encaminaría sus pasos a uno de esos desfiladeros solitarios, en busca de algún rancho aislado que tuviera necesidad de contratar un vaquero? La elección no parecía fácil; Monty estaba ahíto de tiroteos, robo de caballos, juego y otras acciones deshonrosas con las que se las había compuesto para vivir durante su permanencia en Arizona. El hombre no abrigaba la menor idea de ganarse el sustento al margen de la ley. Poseía esa elasticidad de criterio propia del vaquero errático, siempre a punto de justificar su hazaña postrera, aunque una o dos más como aquella de Longhill le convertirían en auténtico forajido. Consideró que si le imputaban la faena de Green Valley, lo cual no sería nada improbable, quizás estuviera ya considerado como un bandido, le gustase o no la idea.
Si se resolvía por los ranchos del Norte, más pronto o más tarde podría comparecer alguien procedente de Arizona; por otra parte, si lo hacía por una de esas haciendas recogidas en el desfiladero, tal vez encontraría trabajo y un refugio donde permanecer a cubierto hasta que pasara la tormenta y se olvidasen de él. En lo sucesivo tendría buen cuidado de no meterse en nuevos embrollos. Las malas compañías y el mal uso de la bebida le habían conducido a la crisis actual, que Monty consideraba inmerecida.
El vaquero cabalgaba sentado en la silla; deslizó una pierna por encima del cuerpo del animal y puso el pie en el estribo. Se decidió por el sendero que se abría a su izquierda y se sintió confortado por haber resuelto la alternativa. Esto significaba eludir poblados, ranchos, cuadrillas de vaqueros curiosos y otras gentes que pudieran sentir el deseo de fisgonear en las andanzas de un vaquero advenedizo.
En poco menos de una hora — como le había dicho el rabadán —, arribó al sendero que discurría por el cantil de la garganta. Monty oteó el escenario con mirada aprobatoria. La ladera era alta y escarpada, tanto que apenas permitía ver el valle al fondo, en el que había huertas feraces, sembrados de alfalfa, pastos, un bosque— cilio de álamos y una cabaña de troncos grises. Alcanzó a divisar algunas cabezas de ganado vacuno y caballos, diseminados al extremo norte del valle. La senda iniciaba el descenso, y Monty no tardó en perder la perspectiva de conjunto. Desmontó y echó a andar por el sendero, sinuoso y en declive, llevando de la rienda a su caballo.
Al fin vio que el desfiladero se perdía, a lo lejos, en un amasijo de riscos y maleza, de donde brotaba un arroyo de buen caudal. Allí había muchos acres de excelente tierra, susceptible de ser roturada. Monty recorrió la vereda, paralela al arroyo, que le guiaba por donde el valle se hacía más espacioso y ofrecía sus ricos cultivos de hermosa alfalfa. Así continuó por tres o cuatro kilómetros, hasta alcanzar el bosquecillo de álamos. Al emerger del mismo se encontró muy próximo a la cabaña, y desde allí le fue dado contemplar la garganta en toda su plenitud, con sus laderas de tonalidad áureo-rojiza, y, más allá, a gran distancia, el inmenso páramo. Esto era un buen escondrijo, solitario y apartado del mundo, lejos de las rutas holladas, apartado de la zona de pastos. Parecía una hornacina en las magnas paredes coloradas del cañón.
Los álamos esparcían en el suelo sus vellosas semillas, que lo cubrían cual nevisca. El agua de una acequia llenaba el patio de su suave murmullo. Gallinas, pavos y terneros correteaban de uno a otro extremo. El olor seco del ambiente parecía sobreponerse aquí a la fragancia de humo de madera de pino y de pan recién sacado del horno.
Monty renqueó senda arriba, hasta el porche de la cabaña, que era espacioso y acogedor. No le cabía duda de que las gentes que habitaban la casa pasarían en él muchas horas en días de bonanza. Distinguió la esbelta figura de una muchacha a través de la puerta. Llevaba un vestido de estameña gris, viejo y remendado. Una segunda ojeada le hizo notar que el cuerpo de la chica era soberbio. Iba descalza, tenía los brazos muy tostados por el sol y unos ojos que con sólo la mitad del poder de penetración de su mirada era suficiente para leer en la mente del vaquero como en un libro.
—¿Qué tal, señorita? — aventuró Monty.
Sabía que era difícil tropezarse con una mujer soltera en territorio mormón, en el cual estaba permitida la poligamia.
—Bienvenido, forastero — respondió la chica en tono amable, tanto, que Monty dejó de simular que buscaba un perro imaginario para ocultar su turbación.

—¿Puede un jinete sediento beber algo en estos alrededores?
—Allá abajo hay un arroyo; la mejor agua de todo Utah.
—¿Y hay algo con que matar el hambre?
—Afirme el caballo y dé vuelta a la casa, hasta el cobertizo de atrás.
Monty se ocupó de la montura, no sin dejar de mirar con insistencia a la muchacha, que no hizo el más leve movimiento. Cuando el vaquero rodeaba la cabaña oyó que la joven gritaba:
—¡Madre, ahí llega un vaquero errante, gentil y que quiere comer!
Cuando Monty alcanzó el porche trasero, un enorme recinto bajo los álamos, se topó con una mujer corpulenta, de aspecto dominante, pero de carácter afable y rostro simpático.
—Buenas tardes, señora — balbució Monty destocándose —. Supongo que es usted la madre de esa chica que vi en la casa, al otro lado. Se parecen mucho, y ambas son muy bonitas. Pero no me gusta que me tomen por pagano, y menos por un vago.
—¿Eres mormón, muchacho? — inquirió la mujer, obsequiándole con una dulce sonrisa.
—No, señora; no lo soy; pero, sobre todo, nada tengo de vaquero vagabundo — replicó Monty con calor. En aquel preciso instante apareció la joven que había provocado la reacción del recién llegado. Su mirada y sus labios reflejaban indicios de curiosidad —. Me perdí; estoy extenuado y me muero de hambre. Eso es todo.
Por respuesta la mujer indicó una jofaina y un cubo de agua que estaban en un poyo cercano; una toalla limpia colgaba de la barandilla. Monty no vaciló en aceptar la sugerencia, aunque efectuó las abluciones con deliberada parsimonia. Cuando por fin hubo terminado, fresco y radiante el rostro, la mujer tenía ya dispuesta la mesa y le invitó a que tomara asiento.
—Señora, yo sólo pedí un poco de comida.
—No te preocupes, joven. Tenemos bastante de ella.
Monty se vio ante la mesa atacando unos manjares que superaban los de cualquier banquete al que había asistido en su vida. Era su primer contacto con la cocina mormona, cuya fama era conocida en todos los ámbitos. Tuvo que admitir que la distancia y la exageración no menoscababan el placer de comprobar que dicha notoriedad era más que merecida. Sin reparo alguno siguió comiendo hasta que el estómago no le admitió más, y al levantarse dedicó a la anfitriona una graciosa reverencia.
—Señora, jamás probé comida tan excelente en toda mi vida — dijo con admiración —. Creo que no me importaría gran cosa el que nunca se me ofreciese otra parecida; el solo recuerdo de ésta me bastaría.
—Zalamerías, muchacho — protestó la viuda, halagada —. Vosotros los gentiles poseéis el don de la locuacidad. Siéntate y descansa un poco.
Monty tuvo mucho placer en obedecerla, y lentamente acomodó su cuerpo, largo y delgado, en una silla confortable. Dejó el sombrero en el suelo, junto a sí; se soltó el cinturón, del que pendía el revólver, y alzó la vista, consciente de que dos pares de ojos le observaban minuciosamente.
—Encontré un pastor allá en la cima, y me encaminó al rancho de Andrew Boller. ¿Es éste, tal vez?
—No. La hacienda de los Boller está unas millas más adelante. Es la primera de gran extensión que se halla al otro lado de la frontera de Arizona.
—Pues le aseguro que no me di cuenta. Bien, fue una suerte para mí. ¿Queda muy lejos la divisoria?
—Estamos precisamente junto al otro lado.
—¡Oh, ya veo! Así que esto no es Utah — dijo Monty, pensativo—. ¿Vive algún hombre con ustedes?
—No. Soy la viuda Keetch, y ésta es mi hija Rebeca. Monty atendió la presentación con suma cautela, y se abstuvo de mencionar su nombre, omisión que no escapó a la sagacidad de la atenta señora Keetch. Monty no tardó mucho en darse cuenta de que la mujer tenía vasta experiencia en el trato de personas. La muchacha, sin embargo, tenía una expresión indiferente y un tanto desdeñosa.
—Esta propiedad no es de las más chicas; sólo con los alfalfares dispondrá de un centenar de acres — apuntó Monty —. ¡No irá usted a decirme que dos mujeres solas son capaces de llevar el rancho!
—Puede decirse que así es. Ajustamos gente para las tareas del arado y el acopio de la madera, y casi siempre disponemos de algún mozalbete que nos ayuda, pero desde hace tiempo hacemos nosotras la mayor parte de las labores.
—Bien. ¡Que me aspen si lo entiendo! — exclamó Monty—. Perdone usted, pero es algo que me cuesta creer. El rancho parece que no marche del todo mal; es más, si me permite decirlo, señora Keetch, podría ser uno de primer orden, quizás el mejor de estos contornos. Todavía queda una buena cantidad de acres por cultivar.
—Mi difunto esposo solía decir lo mismo — comentó la viuda, exhalando un profundo suspiro —, pero desde que nos dejó cultivamos solamente lo más indispensable para nuestro sustento.
—Bien, bien. Ahora ya sé qué me hizo tomar la senda verdadera. Señora Keetch, creo que podría utilizar los servicios de un joven vaquero, serio, honrado y muy buen trabajador, que sabe todo lo que hay que hacer en un rancho.
Monty habló a la mujer con palabra fácil y átona, haciendo gala de gran deferencia. Luego dirigió la mirada al indeciso rostro de la hija. Descubrió en él muestras de forzada amabilidad. La joven prorrumpió en franca risa, como si quisiera darle a comprender que ella sabía que era un solemne embustero. Esto tuvo la virtud de desconcertar a Monty e hizo que se sintiera invadido por un arrebato de ira. ¡Vaya con esa descarada y desenvuelta jovencita mormona!
—Quizá podría emplear a un joven de tales cualidades — respondió secamente la señora Keetch, sin desviar su penetrante mirada de la del joven.
—Bien, pues en este mismo instante lo tiene ante usted — manifestó Monty con vehemencia —. Y este joven no desea otra cosa, y en ello ve la mano de la Providencia, que le ha conducido hasta aquí.
—Trac tu caballo — ordenó la mujer levantándose de su asiento con presteza.
Salió al porche y esperó que el joven cumpliera su mandato. Monty no ando remiso en hacerlo, mientras que la cabeza le daba vueltas. ¿Qué le ocurriría ahora? ¡Esa chica! Pensó que lo mejor sería abandonar inmediatamente el lugar; y cierto que pensaba hacerlo al doblar la casa para ir al porche posterior de la misma y ver que la muchacha estaba apoyada en la veranda. Sus grandes y negros ojos no se apartaban del caballo del forastero. Éste no necesitaba que le dijesen que la muchacha sentía enorme pasión por los caballos. Tal vez eso pudiera servir de algo. Ella parecía ignorar la presencia de Monty.
—Tienes un magnífico ejemplar — declaró la señora Keetch—. ¡Pobrecito animal! Parece cojear, y debe de estar exánime. Mejor que lo sueltes en el pastizal, muchacho.
Monty la siguió hasta la umbrosa alameda, de cuyos bordes llegaba el susurro del agua que transportaba el límpido y saltarín arroyo. El hombre se agitó interiormente ante las últimas palabras de la viuda. Había oído hablar mucho de las virtudes de buen samaritano que abundaban entre los mormones. Monty meditó mucho durante aquel breve paseo. Llegaron a un viejo establo, junto al que había un prado de rico pasto y una hermosa huerta, en la que melocotoneros en flor conferían un delicado tono rosado al reciente follaje primaveral.
—¿Cuánto pides por quedarte a trabajar con nosotras?— preguntó la mujer, adoptando una expresión seria.
—Bien, deje que lo piense... Por de pronto, me bastará con las comidas y el alojamiento; en cuanto al dinero, será mejor que lo dejemos hasta que el rancho esté en plena marcha — fue la respuesta del joven.
—Me parece bien, forastero; el trato es aceptable. Desensilla el caballo y quédate — decidió entonces la mujer.
—Un momento, señora — intervino Monty, con su típico modo de hablar que parecía arrastrar las palabras—. Tengo que enmendar algo acerca de lo que dije de mí poco antes... Es cierto que entiendo de tierras y ganado, pero creo que es mejor que sepa que soy un tipo bastante pendenciero, y muy diestro en el manejo del revólver. Me he visto obligado a huir de Arizona y...
—¿Por qué? — atajó la señora Keetch
—Bien, porque muchos de nosotros somos así, en gran parte a causa de la bebida. En aquella ocasión, sin embargo, no estaba tan ebrio como para no darme cuenta de que estábamos robando ganado.
—¿Por qué me cuentas todo eso? — solicitó la buena mujer.
—Bien, parece divertido, pero le aseguro que me es imposible engañar a una señora tan simpática como usted. Eso es todo.
—No tienes aspecto de bebedor empedernido — observó la viuda.
—Eso no, señora; jamás dije que lo fuera. De hecho, quizá soy de los vaqueros que menos beben.
—¿Llegaste a través del desfiladero?-pidió la señora Keetch.
—Sí, y por Dios que fue una terrible travesía: troté, caminé y hasta llegué a nadar como jamás lo había hecho. Después de eso, creo merecer un cielo como éste, señora.
—¿Existe el riesgo de que algún comisario te siga la pista?
—Bien, ya he pensado en ello, y creo que hay una posibilidad entre un millar.
—De todos modos, sería el primer agente de la ley que llegase por estos lugares, que yo recuerde — explicó la viuda—. Éste es un sitio solitario, apartado de los caminos transitados, y si no merodeas por los poblados y ranchos mormones...
—Vamos, señora — interrumpió Monty —. ¿Está segura de que va a tomarme a su servicio?
—Desde luego que sí. Serás una novedad bien recibida. Dio$ sabe que he contratado a toda suerte de sujetos, pero ninguno de ellos se ha quedado demasiado tiempo. Tú puede que sí lo hagas.
—¿Qué había de malo en esos hombres? — quiso saber Monty.
—No lo sé. En verdad creo que nunca vi en ellos nada fuera de lugar, excepto que descuidaban su trabajo para mosconear a Rebeca. Lo malo es que no lograba congeniar con ninguno, y terminaban por marcharse.
—¡Ah, ya veo! — exclamó Monty, pese a que no entendía gran cosa de todo ello—. Le aseguro que yo no soy de esa clase de hombres, señora, y voy a quedarme por algún tiempo.
—Está bien, joven, aunque opino que es noble advertirte que existe cierto riesgo. Por lo visto, aún no ha nacido el hombre capaz de dejar tranquila a Rebeca. Si ese alguien existiera, sería como un regalo de Dios para esta atribulada viuda.
Monty sacudió, meditabundo, su destocada cabeza, mientras hacía correr entre sus dedos el ala del sombrero.
—Bien, creo que he hecho en mi vida muchas cosas que están lejos de merecer la bendición de Dios, pero seguro que me agradaría intentarlo.
—¿Cómo te llamas? — preguntó la mujer, sin dejar de mirarle con sus agudos ojos grises.
—Monty Bellew, y de apodo «Humo»; soy de sobra conocido (por desgracia, bastante mal) en gran parte del Estado de Arizona.
—¿Tienes parientes?
—Sí, allá en Iowa. Padre y madre, ya entrados en años, y una hermana crecidita.
—Naturalmente, les enviarás algún dinero todos los meses.
—Bien, señora — profirió Monty, bajando la cabeza—; el caso es que no lo he hecho con la regularidad acostumbrada. Últimamente, las cosas no han rodado demasiado bien para mí.
—¡Nada de eso, jovencito! Tú eres quien se ha metido en asuntos que no debías. Inquieto, dado a la bebida, al juego, a las peleas. Dime: ¿no es cierto que has hecho todo eso?
—Lo siento, señora, pero he de confesar que es verdad.
—Debieras avergonzarte. Conozco a los jóvenes muy
bien, pues he criado nueve. Ya va siendo hora de que escribas una nueva página en tu vida; supongamos que empiezas por borrar ese nombre de Monty Bellew.
—Así lo deseo, y se lo agradezco, señora.
—Entonces, trato hecho. Cuida bien del caballo; podrás alojarte en una pequeña cabaña que hay bajo aquel álamo gigantesco. La hemos conservado para nuestros posibles braceros, pero recientemente no ha sido habitado por mucho tiempo.
Dejó a Monty y regresó a la casa. El joven quedó largo rato inmóvil, pensativo e irresoluto. ¡Qué vorágine de ideas bullía en su mente! Quitó la silla y demás arreos al caballo y lo condujo al pastadero. «Baldy, viejo amigo, fíjate en esa alfalfa.» El noble bruto estaba muy cansado, y al ver la hierba no pudo resistir la tentación de revolcarse en ella a placer.
Monty tomó sus bártulos y los dejó en la diminuta cabaña al pie del enorme álamo. Sacó de las alforjas los escasos objetos que constituían sus avíos y se tendió un rato en el camastro.
«¡Demontre!», musitó para sus adentros. Sus sentidos parecían querer jugar con él. Las hojas susurraban mecidas por el viento, y las blancas semillas flotaban hasta el suelo; las abejas emitían su monótono zumbido y el agua tintineaba alegremente en el arroyuelo cercano a la cabaña; en alguna parte, el cencerro de alguna oveja o ternero alteraba la quietud de vez en cuando. Monty jamás había experimentado una sensación parecida de bienestar, y su alma sentíase rebosante de gratitud.
De pronto, una voz cristalina restalló allá en la casa.
—¡Madre! ¿Cómo se llama nuestro nuevo vaquero?
—Pregúntaselo, Rebeca; lo he olvidado — contestó la madre.
—Eso es muy propio en ti, madre.
Monty estaba ya camino de la casa, y de pronto suspiró a la vista de la joven, que se hallaba en el porche. El corazón del joven latió con más fuerza y se hizo mentalmente ciertas promesas que juró cumplir.
—¡Hola, vaquero! ¿Cómo te llamas? — saludó la muchacha.
—Sam — fue la respuesta.
—Sam... ¿qué más?
—Sam Hill.
—¡Por la Tierra Prometida! ¡Ése no es tu verdadero nombre!-exclamó la joven, estupefacta.
—Pues llámeme «Tierra Prometida», si le parece bien.
—¿Que si me parece bien? — dijo ella.
Asintió gravemente con la cabeza, de cabello rizado, y miró a Monty con un aplomo que le hizo prometerse echar por tierra los propósitos de ella o morir en el empeño.
—¿Sabes ordeñar? — inquirió Rebeca señalando una herrada que había cerca de allí.
—Hasta la fecha no he encontrado a nadie que me aventaje — aseguró Monty.
—En ese caso, no precisas ayuda — dijo ella —, pero iré contigo para encorralar las vacas.

CAPÍTULO II

La aparente sumisión de Monty databa de aquel preciso instante. Aceptó la apreciación que de él hizo
Rebeca: la de un simple gañán alquilado. Monty creía tener un método especial para tratar a las mujeres, pero era evidente que dicho sistema jamás había sido utilizado con aquella arrogante joven mormona.
Monty hizo honor a su alardeo de ser muy ducho en el arte de ordeñar vacas. Ello constituyó una gran sorpresa para Rebeca, aunque no adivinó que él se dio cuenta de su asombro. Por otra parte, Monty nunca la miraba cuando sabía que ella lo hacía a su vez; tampoco le dirigía la palabra ni parecía percatarse de que se hallaba en presencia de una digna representante del sexo femenino.
Monty sabía perfectamente que su porte no correspondía al del dócil vaquero que quería representar. La muchacha se daba cuenta también de dicha circunstancia y se mostraba perpleja; era notorio que para ella eso era una novedad. Primeramente le pareció a Monty un caso habitual de antagonismo entre una persona de credo mormón y un gentil; pero, con respecto a la señora Keetch, él jamás lo había notado, y ahora cada vez menos por lo que a la chica se refería.
Persistía en Monty el sentimiento de hallarse inmerso en algo similar a un trance, y no podía explicarse a conciencia la causa. Se inclinaba a achacarlo al natural hechizo del solitario lugar, al rancho «Canyon Walls», añadido al del singular atractivo de su joven y bella propietaria. Apenas transcurridos tres días de estancia, Monty se dijo que no tardaría mucho en quedar prendido en el conjuro, y entonces más dura sería la caída. Desde luego que no le dañaría en lo más mínimo tener un serio disgusto por causa de Rebeca, y en su fuero interno se resignaba a su destino. Nada extraordinario podría derivarse, excepto que tal vez saldría más purificado. Cierto que él nunca permitiría a la muchacha soñar tal cosa; de todos modos, Rebeca impresionaba a Monty de modo gradual e imperceptible. Nada de particular había en ello, pues dondequiera qué estuvo Monty siempre existió una chica que le había conmovido el corazón. Bastaba cualquier campesina con figura de espantajo, flacucha, pelirroja, pecosa; nada de eso le importaba. Sus camaradas le apodaban «Humo» Bellew, a causa de su propensión a provocar mucho humo donde no era capaz de provocar un incendio verdadero.
La llegada del domingo introdujo una variedad en el hogar de los Keetch. Rebeca lucía un precioso vestido blanco, que tuvo la virtud de hacer que Monty contuviese el aliento. El joven se limitó a contemplar a distancia tan bella aparición, atisbando entre el ramaje. En aquel momento llegó frente al porche de la cabaña un calesín de cuatro asientos. Rebeca no perdió ni un minuto en subir al vehículo, en el que la esperaban tres jóvenes bulliciosos, buenos amigos de la casa. No tardaron en emprender la marcha, y Monty dedujo que se dirigirían a la parroquia de White Sage, situada a unos diez kilo— metros al otro lado de la frontera. Monty extrañó que la señora Keetch no les hubiese acompañado.
En la azarosa existencia del joven vaquero hubo varias etapas en las que la paz que reinaba al pie de las fantásticas paredes del cañón le hubiera parecido enloquecedora. Ahora, en cambio, Monty encontraba entre ellas una extraña calma y solaz: acababa de inaugurar una nueva era en el curso de su vida. Odiaba la simple idea de que esta situación no durase mucho; lo único que podría impedírselo era que las sombras de su pasado se cerniesen sobre «Canyon Walls».
Rebeca y sus amigos, a bordo del calesín, regresaron a casa cerca de la una del mediodía. Y Monty, de súbito, fue llamado a la mesa, nada menos que por la voz autoritaria de la señora Keetch. No esperaba tal distinción; así que dedicó unos minutos a cepillar sus ropas y acicalarse un poco, encaminándose acto seguido a la cabaña. En el portal de la misma le aguardaba la señora Keetch, que apareció cuando el joven se disponía a ascender los peldaños del porche.
—Mis amados convecinos — anunció la dueña de la casa—, permitid que os presente a Sam Hill, nuestro nuevo empleado. Sam — prosiguió la viuda—, he aquí a Lucy Card, su hermano Joe y el joven Hal Stacey.
Monty saludó a todos con una inclinación de cabeza y unas breves palabras, y se colocó en el lugar que le fue indicado por la señora Keetch. La mujer estaba espléndida; la mesa crujía prácticamente por el peso de los suculentos manjares acumulados en su superficie. Monty reprimió un deseo incontenible de mirar a Rebeca. No tardó en percatarse de que el nerviosismo que le hacía comportarse con timidez estaba fuera de lugar. Aquellos jóvenes mormones eran de un natural pacífico, y estaban muy lejos de pertenecer al tipo de gente curiosa. La presencia del joven forastero en la mesa de la viuda Keetch era más normal para ellos de lo que le parecía a él. Pronto se recobró, y entonces tuvo ánimos para mirar a Rebeca. La muchacha aparecía encantadora; Monty se preguntaba cómo hasta entonces no se había dado perfecta cuenta de la espléndida belleza de la joven. Tenía el aspecto de un capullo de rosa en floración. Monty no quiso arriesgar una segunda mirada; creyó sentir la necesidad de salir a dar un paseo por el desfiladero y esconderse en cualquier agujero. Sin embargo, disfrutó de la comida e hizo justicia a las habilidades culinarias de la señora de la casa.
Una vez terminada la colación, acudió más gente a la casa, la mayoría a caballo. Era obvio que el domingo era día de visita en casa de las Keetch. Monty intentó alejarse discretamente en varias ocasiones, pero una vez bastó una simple mirada de Rebeca para hacerle volver sobre sus pasos, y en otras la causa de su fracaso se debió a la atenta vigilancia de la viuda. Se dijo que era muy torpe al tardar tanto en comprender que ambas mujeres deseaban hacer que se sintiera como en su propia casa. Finalmente, al caer la tarde, Monty dejó a Rebeca con algunos de sus admiradores, que se habían quedado en la casa después de ausentarse el resto de los visitantes, y salió a pasear bajo las laderas del desfiladero, al esplendor del sol poniente.
Monty no se consideraba exactamente un zote, pero le era difícil interpretar sin lugar a dudas las experiencias de aquella tarde. Había, no obstante, ciertos extremos acerca de los cuales no le cupo la menor vacilación. Evidentemente, la viuda Keetch había conocido días mejores; no había cruzado la frontera con Utah, y seguía habitando en los propios confines de Arizona; Rebeca era requebrada por varios de los jóvenes mormones, ante los que se comportaba con absoluta indiferencia un instante y seductora y coqueta al siguiente. Monty opinó de ella que estaba muy consentida. No pudo descubrir la menor animosidad hacia él por parte de los jóvenes visitantes, y el hecho de ser mormones y él gentil hizo que mudaran algunas ideas preconcebidas que él tenía de aquéllos,
A la mañana siguiente, el nuevo vaquero se afanó en la ingente labor que era necesario emprender en el rancho. En pocas horas duplicó el caudal de agua en las acequias, para delicia de la viuda Keetch. El primer día de actividad transcurrió como por ensalmo. Sin embargo, no terminó sin que Rebeca se cruzase adrede en el camino de Monty y le dirigiera un grato cumplido tocante al hecho de que pronto se vería convertido en auténtico vaquero.
Los días pasaron raudos, y llegó un nuevo domingo, muy parecido al anterior en acontecimientos, y así hasta que vino junio. A partir de entonces, las semanas parecieron a Monty tan breves como los días. El joven se extasiaba ante la multiplicidad de las tareas en las que podía poner a contribución su capacidad y eficiencia. Aunque ya en su tiempo supo lo que era el trabajo en un rancho, y lo relativo a los rodeos, en este paradisíaco lugar había fértiles tierras con agua abundante que podrían constituir una hacienda modelo, y el joven forastero ponía alma y corazón en el empeño. El estío fue tórrido, especialmente por las tardes, a causa del calor que por convección emitían las laderas del cañón. Recolectó varias cosechas de alfalfa; la de frutas y grano estaba ya en sazón. Había unas calabazas de tamaño tal que Monty apenas las podía mover; los racimos de uva tenían casi el alcance de su brazo, y los dulces y globosos melocotones resplandecían como el oro a la luz del sol. Otros productos alcanzaban dimensiones poco comunes, cual correspondía a tan ubérrima tierra.
Las mujeres ocupaban el tiempo en la preparación de conservas y adobos. Monty se desviaba a veces de su camino para acercarse a oler la fragancia de la madera de pino al arder en el patio trasero de la cabaña, bajo los álamos; sobre la lumbre pendía un gran caldero de cobre, en el que se cocía la mermelada de melocotón.
«Cuando llegue el invierno, me hartaré de ella hasta reventar», dijo Monty para su coleto.

Entre los mozos que cortejaban a Rebeca había dos hermanos, Wade y Eben Tyler, muchachos de rostro delgado y mirada tranquila, cuya ocupación habitual consistía en la captura de potros salvajes. La parte sur del Estado de Utah estaba infestada de rebaños de indómitos caballos que, al decir de algunos colonos, eran una seria amenaza para la comarca. Los Tyler sintieron tan gran simpatía por el nuevo vaquero de las Keetch, que solicitaron a su patrona le permitiese unirse a ellos en una salida de caza, en octubre siguiente, a la región conocida por Siwash. La viuda dio su consentimiento, a condición de que Monty trajese a su vuelta cierta provisión de venado para el invierno. Y Rebeca añadió, de su parte, que le dejaría partir si Monty prometía traerle uno de aquellos salvajes mustangs de poblada crin y larga cola que llegase al suelo.
Así que cuando por fin corría el mes de octubre, Monty salió de caza con los hermanos Tyler. Después de tres jornadas de viaje llegaron al confín de una región boscosa denominada Buckskin Forest. Les tomó un día completo el atravesar los frondosos bosques de abetos y pinos hasta alcanzar el borde del cañón. Desde allí, Monty pudo admirar el paisaje más agreste y maravilloso que jamás vieron sus ojos. La demarcación de Siwash era muy abrupta, y había en ella hendeduras que ofrecían excelente refugio a los venados y a los caballos salvajes, lo mismo que a los pumas y jaguares, que se alimentaban a costa de aquéllos. Monty vivió la partida de caza más memorable de su existencia, y, al término de esas fugaces semanas, él y los hermanos Tyler se habían convertido en entrañables amigos.
Monty regresó al rancho «Canyon Walls» satisfecho al comprobar que ambas mujeres le encontraron a faltar, amén de necesitar mucho de sus servicios. Monty no carecía de intenso deseo de reintegrarse a sus menesteres. Poco a poco iba olvidando la última aventura en Arizona, que le había convertido en un fugitivo. La corta estancia en aquel territorio escabroso le inducía a pensar que las cosas pretéritas se perdían en la bruma del tiempo. Dejó de esconderse cada vez que jinetes foráneos aparecían a la entrada del desfiladero. Todos ellos eran ovejeros y ganaderos mormones que al pasar por las proximidades de «Canyon Walls» acudían a saludar a las Keetch. De todos modos, Monty continuaba llevando revólver, lo que la señora Keetch le hizo notar en varias ocasiones. Monty alegó que se trataba de un hábito que le era difícil abandonar desde la época en que tomaba parte en rodeos.
Se puso a trabajar de firme en la tala y desmonte de la parte alta del cañón. Los álamos, las encinas y los matojos desaparecían bajo el hacha implacable de Monty. En su adolescencia había ejercido como leñador en la granja de sus padres, en Iowa. ¡Cuántas habilidades útiles volvían ahora a su memoria! Todos los días, Rebeca, la señora Keetch y Randy, el chico que les ayudaba en diversos quehaceres, iban al lugar recién ganado a la maleza y acarreaban la leña hasta la cabaña. Cuando se consiguió un buen acopio para el invierno, la señora Keetch expresó su contento por la considerable suma de dinero que con ello se había economizado.
Las hojas no mudaron de color hasta bien entrado noviembre; sólo entonces comenzaron a caer, a regañadientes, como si dudasen que el invierno hiciera su aparición en «Canyon Walls». Incluso Monty casi dudaba de que tal cosa sucediera, pero no tardaron en sobrevenir las clásicas heladas matutinas y la formación de las finísimas capas de hielo en la superficie de las charcas que anunciaban la llegada de la estación fría. Monty solía montar hasta la entrada del desfiladero, para contemplar desde allí el inmenso páramo y la capa de inmaculada blancura que se extendía sobre Buckskin Forest y el monte Trumbull, que ya ceñía su alba corona. Pero el crudo invierno y sus rigores eran desconocidos en «Canyon Walls»; las resplandecientes laderas del cañón parecían haber absorbido en verano suficiente calor para dulcificar las inclemencias invernales. Monty se pasaba las horas diurnas fuera de la cabaña, ocupándose en las varias faenas, que se multiplicaban a sus ojos. Después de cenar se retiraba a su habitáculo y, sentado ante el minúsculo hogar de piedra que se había construido, contemplaba, pensativo, el danzar de las llamas y reflexionaba acerca del tiempo que duraría el presente intermedio en su vida. Se preguntó por qué no podía prolongarse para siempre; tan lejos fue en sus cavilaciones como para decirse que consideraba cancelada su deuda para con la sociedad, aun cuando se apoderó de unas reses que no eran suyas, en aquel pasado turbulento que ahora le parecía tan distante o más que el tiempo que se había deslizado definitivamente. Al fin y al cabo, no había sido más que un joven vaquero irreflexivo, bebedor y siempre escaso de dinero, al igual que tantos otros. Al principio sólo deseaba que dicho pasado fuese olvidado y enterrado, pero ahora pensaba en la conveniencia de saldar la deuda que tenia pendiente, y así lo deseaba con toda su alma.

Acabó el invierno, y los denodados esfuerzos de Monty ganaron para el cultivo casi tantos acres de buena tierra como los que fueron colonizados al principio. El rancho «Canyon Walls» atrajo la atención dé Andrew Boller, que hizo una excelente oferta a la viuda Keetch para adquirir la propiedad. La viuda rechazó amablemente la proposición y pronunció, riendo, una frase que tuvo desconcertado a Monty durante varios días. Fue algo así como que «Canyon Walls» sería en un futuro no lejano un rancho tan grande y próspero como el que la iglesia le había arrebatado.
Monty preguntó a Wade Tyler lo que quiso significar la viuda con sus palabras. El joven le explicó que tiempo atrás oyó decir que John Keetch debía una buena cantidad de dinero al obispo de su parroquia mormona, y que, en compensación a dicha suma, le fue confiscada una rica hacienda a la viuda Keetch. Ésa era una de las pocas cuestiones de las que Monty jamás había hablado a la señora Keetch. Los entresijos y misterios de la secta mormona nunca habían despertado su curiosidad. Se sorprendió, no obstante, al enterarse de que dos de los visitantes domingueros que cortejaban abiertamente a Rebeca estaban ya casados.
«¡Por Dios que haría yo bien en contraer matrimonio con esa muchacha!», se dijo con énfasis el joven, al meditar en su soledad, al amor de la lumbre. Luego se puso a reír ante su desbocada fantasía. Por el momento no era más que un simple bracero a las órdenes de Rebeca.
¡Cómo le complacía ver el alegre estallido de los verdes brotes de los álamos y los rosados capullos de los melocotoneros!
Monty llevaba ya un año en el rancho «Canyon Walls». Le parecía algo increíble; era el período más extenso que nunca permaneció en lugar alguno. Podía apreciar en la hacienda un cambio substancial en la situación, y, mejor todavía, la inmensa transformación que se había operado en él durante ese año de noble y esforzada labor.
—Sam, vamos a necesitar más brazos en esta primavera — le dijo la señora Keetch una mañana —. Un par de hombres, por lo menos, y otro mocitos..., además de una carreta nueva.
—Bien, seguro que sí, señora — aprobó Monty—. Creo que hemos de pensarlo muy en serio.
—Sam, este rancho rebosa de leche, miel y muchas cosas más, y tú has sido el que lo ha hecho reverdecer. Hemos de llegar a un acuerdo; he querido hablarte de ello muchas veces, pero siempre lo has aplazado. Opino que tendríamos que explotar este rancho conjuntamente, Sam.
—No hay prisa, señora — respondió Monty—. Me siento feliz aquí, y muy atareado en mi propósito de convertir la hacienda en la más productiva de toda la región, tanto que no puedo pensar en otras cosas. Es curioso cómo ninguno de esos rancheros de los alrededores se dio cuenta exacta de sus posibilidades. Bien, ahí está nuestra buena suerte.
—Boller quiere adquirir toda mi cosecha de alfalfa de este año — continuó la señora Keetch —. El rancho de Saunders, el poderoso ganadero, que, por cierto, no es mormón, linda con nuestras tierras del Sur; por eso Boller quiere acaparar la mayor cantidad de pienso posible, para luego especular con él. ¿Cuánta alfalfa calculas que podremos segar en la presente estación?
—Si añadimos las tierras nuevas, algo más de doscientas toneladas.
—¡Sam Hill! — exclamó la buena mujer, con expresión incrédula.
—Bien, señora; no tenía necesidad de pronunciar mi nombre de ahora. Bastante tengo ya con su hija Rebeca para nombrarme así. En adelante puede usted confiar en el mejor rendimiento de sus tierras; son de buena calidad y el sol es aquí dos veces más intenso para nosotros que lo es en otros lugares para los demás rancheros. Y tenemos, además, agua en abundancia. Señora, haremos grandes cosas en «Canyon Walls».
—Esto es como una bendición del Altísimo — dijo la viuda con gran fervor.
—Bien, señora; no entiendo mucho de esas cosas, pero sí le garantizo resultados. Vamos a abrir nuevas perspectivas para esta primavera. Allá arriba, en el extremo V norte, hay una pequeña garganta lateral que acabo de desbrozar; justamente el lugar ideal para una piara de cerdos. Usted sabe la cantidad de fruta que se perdió el otoño pasado; pues a partir de ahora nada será desperdiciado. Dispondremos de alimento en abundancia para criar pavos, gallinas y cerdos.
—Sam, eres un mago. Estoy segura que Dios me iluminó el día que te tomé a mi servicio — manifestó, gozosa, la señora Keetch—. Ya no dependemos de nadie, y al fin veo que la prosperidad se halla al alcance de la mano. Cuando Andrew Boller quiso comprar mi rancho me pareció leer en la pared el divino presagio.
—Ni que lo diga; ahora el rancho vale dos veces más de lo que él estaba dispuesto a pagar.
—Sam, yo también fui muy terca, en cierto modo, y ahí reside en parte la causa de mis malos tiempos. Todo esto será un buen alivio en mi cáliz de amargura.
—Bien, señora; aunque usted jamás me ha hecho confidencias, siempre creí que era la mujer más dichosa del mundo — declaró Monty con viveza.
A todo esto, Rebeca Keetch, que, como era su costumbre, había estado escuchando la conversación, intervino con tacto:
—Madre, deseo una colección de vestidos nuevos. No tengo nada decente que ponerme, y ¡mira!-exclamó sacando un exquisito pie del interior de un viejo zapato —. Quiero ir a Salt Lake City y comprar algunas cosas. Y si en adelante ya se ha terminado la pobreza para nosotros...
—Mi querida hija — terció la madre con un dejo de tristeza en la voz —, sabes que me es imposible ir a Salt Lake City.
—¡Pero yo sí puedo, madre! ¡Sue Tyler va acompañada de su mamá! — protestó Rebeca con impaciencia — ¿Por qué no he de ir con ellas?
—Naturalmente que si, hija mía; tienes que com prarte unos cuantos vestidos decorosos. Hace tiempo que había pensado en ello, pero... ¡ir a Salt Lake City! No sé qué decirte, hija. Eso me preocupa... Sam, ¿qué opinas acerca de la idea de Rebeca?
—¿De cuál? — inquirió Monty con sorna.
—Pues sobre ir a Salt Lake City a comprar ropa.
—Es perfectamente ridícula — dijo Monty con suavidad.
—¿Por qué? — estalló Rebeca, fijando en él sus grandes ojos, que parecían arrojar chispas.
—Bien, en primer lugar, porque no necesita los vestidos...
—¿Que no me hace falta esa ropa? — interrumpió Rebeca con energía—. Di mejor que eres tú quien no precisa nada. Ni siquiera te has fijado en mí; creo que podría andar por ahí en cueros y no te darías cuenta.
—En segundo lugar — prosiguió Monty con imperturbable arrogancia —, porque es usted demasiado joven, atolondrada y coqueta para que haga sola tan largo viaje.
—Hija mía, creo que Sam está en lo cierto — aseveró la madre.
—Tengo ya dieciocho años — impugnó Rebeca alzando la voz—. Y, además, no voy a ir sola.
—Sam quiere decir que debiera acompañarte un hombre— medió la viuda.
La muchacha permaneció unos instantes sin pronunciar palabra, por impedírselo la sorda ira que la dominaba. No pudo más y estalló.
—¿Y por qué ese maldito imbécil no se ofrece a llevarme?
—¡Rebeca! —exclamó la señora Keetch, horripilada.
Entre tanto, Monty experimentó un cambio notable.
—Señora, si yo fuera el padre de esa niña...
—Por fortuna, no lo eres — cortó Rebeca, anegada en sollozos.
—Y es una gran suerte para usted, señorita, pues, de otro modo, le daría una tanda de azotes que la ayudarían a reflexionar... Pero iba a sugerir escoltarla desde Kanab; creo que puede ir a esa ciudad con las Tyler, sin ningún percance.

—Vamos, hija... Quizás el año próximo podrás ver Salt Lake City — intervino la señora Keetch, en actitud consoladora.
Rebeca aceptó tan pobre componenda, pero ya no le importaba gran cosa el viaje, como pudo advertirse por la furiosa mirada que dirigió a Monty al abandonar la estancia con recias pisadas.
—¡Oh, querido muchacho! — suspiró la señora Keetch—. Rebeca es una chica encantadora, pero desde hace algún tiempo se irrita con suma facilidad. Y hasta diría que se comporta de un modo excéntrico. ¡Si decidiera poner su corazón en algún hombre!

CAPITULO III

Monty titubeaba acerca de la contingencia a la que se había obligado, pero, por otra parte, iba a cumplirla gustoso, por cuanto la señora Keetch sentiríase encantada y desahogada. Evidentemente, la buena mujer recelaba de su revesada hija.
—así vino el día en que Rebeca se fue a Kanab en compañía de las Tyler, madre e hija, en la inteligencia de que regresaría al hogar de camino con Monty, en la carreta de éste.
El recorrido le ocupó a Monty un día entero, y era abundante en desniveles. El joven no creía poder efectuar los cincuenta kilómetros aproximadamente a cubrir en la jornada de retorno, desde luego, en horas diurnas, a menos que abandonara Kanab muy de madrugada. Y ya en este momento tenía la certeza de que Rebeca Keetch jamás consentiría en partir a tan insólita hora. No obstante, la etapa prometía ser pródiga en lances, tanto, que la sempiterna osadía de Monty se regocijaba ante lo que parecía ser un azaroso y divertido acaecimiento.
Acampó en los arrabales de la población, y a la mañana siguiente se encaminó a ella gobernando la vieja carreta, con intención de dejarla en el taller del carretero para que procediese a su restauración. El tronco de cuatro caballos que la remolcaba fue abandonado a sus anchas para que los animales pastasen. Monty corrió a cumplir los encargos que le había hecho la señora Keetch, entre los que figuraban como principales la contrata de braceros para las labores del rancho y la adquisición de numerosos efectos para el mismo. Aquella precisa tarde había frente a la manufactura del constructor una carreta flamante, repleta de harina, cereales, quincallería, víveres de todo género y atalajes para las caballerías, amén de otras muchas y heterogéneas materias. El jovial botiguero que atendía a Monty afirmaba que la señora Keetch había logrado recobrar el legado de su difunto esposo, a juzgar por el volumen de las compras que Monty realizaba por cuenta de su ama. En las comunidades mormonas se tenía a Monty en gran estimación, y la ímproba labor ejecutada en el rancho «Canyon Walls» por el joven gentil era tema obligado de conversación en toda la periferia. Eran gente muy benévola, salvo unos pocos ancianos de barba gris, cuya mentalidad se remontaba muy atrás en el pasado. Monty no dejó de notar la presencia de unas pocas muchachas mormonas de singular belleza; el hecho de que las jóvenes acusaran también la aparición de su persona le satisfizo en gran manera, y muy especialmente cuando Rebeca se encontraba lo bastante cerca para reparar en lo que acontecía.
Casi siempre se encontraba Monty con la joven Rebeca al poner los pies en una tienda. Ella iba consumiendo todos sus ahorros y, además, el dinero que había recibido de su madre. No contenta con eso, pidió prestados al vaquero los pocos dólares que aún le quedaban a éste en los bolsillos.
—No tiene usted que agradecerme nada, señorita— respondió Monty ante las reiteradas muestras de gratitud de la joven —, pero ¿no cree que pierde un poquito la cabeza?
—Bueno, con tal que no la pierda por ti, ¿qué puede importarte eso? — repuso ella con procacidad, envolviéndole en una de aquellas miradas de sus negros ojos que tanto confundían a Monty.
Éste se limitó a informarle de que recibió orden de su madre de que procurase que Rebeca no incurriera en deudas de ninguna especie.
—Sam Hill, no pretendas hacerte el amo conmigo
—le advirtió, si bien no dejaba de notarse que sentíase demasiado feliz para enojarse de veras.
—Rebeca, no tengo pizca de interés por lo que usted haga — manifestó Monty con adustez.
—Conque no, ¿eh? — dijo ella en son de burla—. ¡Muchas gracias, hijo! Siempre tan galante.
A Monty le asaltó entonces la idea de que ella sabía algo al respecto de él o de sí misma que él no compartía.
—Mañana abandonamos este lugar poco antes del amanecer — anunció él con brevedad—. Es mejor que me entregue ahora todos sus paquetes, para que los lleve a la carreta y los disponga en ella esta misma noche.
Rebeca aparecía indecisa, pero no dio razones, pues las únicas lógicas que podía aducir no eran otras que pretextar la contemplación de sus adquisiciones. Por fin la opinión de Monty prevaleció y, con la ayuda del nuevo chico que había contratado para trabajar en el rancho, efectuó un par de viajes a la carreta, que seguía frente al taller del carretero, solamente para transportar hasta ella los voluminosos envoltorios que contenían las compras de Rebeca.
«¡Dios mío, si nos llega a sorprender la lluvia!», se dijo Monty. Recordó que no disponía de lona en cantidad suficiente, por lo que volvió sobre sus pasos y penetró en la tienda que le vino más a mano, donde se surtió de la que precisaba. Ocultó el rollo en un rincón de la carreta, con la idea de solazarse un poco a costa de la muchacha, en caso de que la tormenta los sorprendiera en el camino de vuelta al rancho.
Luego de cenar, Rebeca y unos amigos se llegaron hasta donde estaba el campamento de Monty, a quien dijo con altivez:
—No es que me importe demasiado el que hayas decidido quedarte aquí, pero opino que hubieras hecho mejor alojándote en la fonda del pueblo.
—Bien, ocurre que tengo la vieja costumbre de acampar— explicó él, arrastrando las palabras más que de ordinario.
—Sam, esta noche se celebra una fiesta en mi honor— anunció Rebeca.
—Magnífico; en tal caso, ni siquiera tendrá necesidad de acostarse, y de ese modo podremos ponernos en marcha antes de la amanecida.
Los jóvenes llegados en compañía de Rebeca prorrumpieron en estrepitosas carcajadas, y la muchacha quedose un tanto confusa.
—¿No podríamos retrasarnos un día? — tentó ella.
—Lo lamento, pero es en absoluto imposible — repuso Monty con firmeza inusitada —. Si no partimos muy temprano, no llegaremos a casa antes de la noche de mañana. Así que tiene usted que estar aquí sin falta alrededor de las cuatro de la madrugada.
—¿A las cuatro de la madrugada?
—Eso es lo que dije. Tendré listo el desayuno.
Cuando la bulliciosa y juvenil cabalgata emprendió la marcha en dirección a la villa, el finísimo oído de Monty creyó captar los lamentos de Rebeca: «... no hay nada que hacer con ese terco vaquero de Arizona».
El comentario de la muchacha proporcionó a Monty cierta satisfacción, pues al menos le concedía algún crédito y constituía, además, prueba indubitable de que no había traicionado su promesa de mostrarse indiferente con Rebeca. Estaba muy recio en su intención de caminar por idéntica línea de comportamiento.
Aquella noche hizo algo muy fuera de lo corriente, teniendo en cuenta su idiosincrasia. Se llegó hasta el pueblo y preguntó por la casa donde se celebraba el baile. Al llegar a ella se acercó cautamente y se puso a atisbar por una de las ventanas. Pudo contemplar a Rebeca en todo su esplendor, aunque no dejó de notar que había otras muchas jóvenes cuya hermosura corría parejas con la de su joven patrón a. Monty tuvo que reprimir un deseo que no le había inquietado desde hacía bastante tiempo.
«¡Demontre! No soy precisamente un vejestorio, y estoy por entrar ahí y enseñar a esos mormones cómo se baila de verdad.»
Se concedió un intervalo a las parejas, y Monty observó que algunos jóvenes mormones salían apresuradamente al exterior y de inmediato se enzarzaban a puñetazo limpio. No tenía idea del motivo que les impulsaba a hacerlo, y ello le divertía doblemente.
«¡Dios mío! Me pregunto si eso será cosa frecuente entre esos hombres. Es posible que se deba a la insuficiencia de chicas allá dentro... ¡Cielo santo! ¡Cuánto me agradaría tener conmigo a mis dos inseparables colegas! ¡De qué modo nos lanzaríamos al asalto de ese gallinero! No sé qué habrá sido de Slim y de Cuppy, y si todavía se acuerdan de mí. ¡Demontre!»
Monty suspiró, nostálgico, y emprendió el regreso al campamento. Despertó un buen rato antes de alborear, aunque, por lo visto, no tenía prisa alguna. Parecía intuir lo que en realidad iba a suceder. Por fin rompió el nuevo día al apuntar el sol naciente en la inmensidad del páramo, y Monty se dispuso a disfrutar de la primera colación del día con toda calma. Jake, el jovencito recién contratado, radiante el rostro ante la perspectiva del viaje, hizo su aparición a la hora establecida, y poco después lo hizo uno de los gañanes destinados a las ocupaciones del rancho de la señora Keetch. Monty, entre tanto, se había ocupado ya en recoger al par de troncos de caballos de donde pacían solazadamente, y procedió a uncirlos a las respectivas carretas, la vieja, desconocida por lo bien compuesta, y la nueva unidad, que daba envidia verla.
Al fin y al cabo, era para él motivo de satisfacción el que Rebeca se retrasase, pues los arreos destinados a los animales encargados de tirar de la carreta nueva no ajustaban bien y requerían cierto hábil retoque de mano experta. Pero Monty no se lo diría a Rebeca; en cuanto llegase, y a más tarde mejor, más aguda sería la regañina por parte del vaquero.
A eso de las nueve de la mañana compareció la joven, formando parte del alegre grupo de jóvenes que ocupaban una calesa a punto de rebosar, de puro abarrotada. Iba rezumando júbilo por todos los poros, con sus ropas nuevas y gallarda la apostura de su cuerpo. Monty tuvo que confesarse que, de seguir sus más recónditos impulsos, no la hubiera regañado, pero lo cumplió sin remedio y de forma enérgica, que hizo que la muchacha se sintiese ante sus amigos como una criatura sermoneada. Monty se sintió complacido por la actitud de la joven, y ello hizo que reemprendiese la filípica con nuevo vigor. Pero esta vez fue demasiado lejos.
—¡Basta, basta, basta! —chilló Rebeca, mientras sus camaradas estallaban en risotadas alegres y estentóreas.
—Becky, veo que te has procurado una carabina de primerísima calidad — observó con malicia un joven mormón de rostro franco y agradable.
No cesaban de menudear chanzas y comentarios de cierto tono subido, que no podían disimular el alcance de que al menos un joven vaquero no había sucumbido al hechizo que como un halo rodeaba a Rebeca.
—¿Se puede saber dónde me acomodo? — inquirió ella con cierta sequedad.
Monty le indicó el alto pescante con un gesto rápido de la mano.
—A menos que prefiera compartir la carreta vieja con los nuevos braceros — terminó Monty, ampliando el gesto con las palabras.
Rebeca renunció a discutir, pero no tardó en trepar hasta el elevado pescante.
—Amigos, nunca estuve tan cerca del cielo como hasta ahora — dijo con alborozo.
—¿Qué quieres decir con eso, Becky? — articuló una linda muchacha de picaros ojos—. ¿Lo dices por la altura, o te refieres a...?
—Ya no podías contenerte — cortó Rebeca, abochornada—. Sólo piensas en los hombres. Me agradaría que tuvieras... Bueno, ¡adiós a todo el mundo! Os juro que me divertí muchísimo.
Monty ocupó su puesto al lado de Rebeca y se dispuso a ir en pos de la otra carreta, que se alejaba ya camino del desierto. Por lo visto, Rebeca sentía cierta verbosidad que pugnaba por demostrar.
—¡Oh, en verdad que ha sido una experiencia maravillosa e inolvidable! ¡No te puedes figurar de qué modo
me divertí! Ahora hasta creo que me alegro de que no me dejaseis ir a Salt Lake City. Quizás eso me hubiera destrozado el corazón, Sam.
Tanta sutileza acabó por halagar a Monty, pero el joven optó por continuar en su postura reservona y condenatoria.
—No es eso exactamente, señorita Rebeca. Hace ya mucho tiempo que está usted perdida — musitó con calma el joven.
—Déjate de «señorita» — vociferó ella —. Mira, Sam Hill: ¿por qué nos odias tanto a los mormones?
—Estoy lejos de detestarlos; antes bien, los tengo en mucha estima, al menos a todos los que he encontrado hasta el momento. Todos son buena gente, en particular su madre de usted, que a mi modo de ver es la más estupenda mujer que jamás me tropecé en la vida.
—Así puede que acaso sea yo la única persona de nuestra secta que no te importe en absoluto — objetó Rebeca con amargura—. No lo niegues; es mucho mejor así. Deja de sumar la falsedad a tus... otros defectos. Es una pena, sin embargo, que no congeniemos. Madre depende mucho de ti al presente, y cierto que has logrado sacarnos del atolladero en que andábamos atascadas. Por mi parte, pienso que hasta me llegarías a agradar, si me permitieras probarlo. Pero te empecinas en mostrarme que soy una chica perversa y que no tiene remedio. Te aseguro que no hay tal... ¿Por qué no viniste al baile anoche? Todo el mundo estaba ansioso por verte, y sobre todo las muchachas, que te aguardaban impacientes.
—Nadie me invitó, y aun así dudo que hubiese asistido— repuso Monty, compungido.
—De sobra sabes que siempre eres bien recibido en cualquier pueblo u hogar mormones — afirmó ella —. ¿Qué querías? ¿Tal vez que me agarrase a las solapas de tu chaqueta para mirarte con ojos de novilla y murmurar: «¡Sam, acompáñame, por favor!»
—¡Dios mío, señorita! ¡Eso de ningún modo! — protestó Monty con decisión —. Ni en sueños pensé que usted hiciese nunca cosa parecida.
El joven advirtió que el diálogo se orientaba por alarmante derrotero. Principiaba a recelar de su destreza en enunciar las frases propicias a la situación.
—¿Y por qué no? — terció ella con vehemencia —.
¿Soy acaso un monstruo? ¡Creo que soy un ser humano, y una joven más que aceptable...!
Monty se quedó perplejo unos instantes, cual si se propusiera dar respiro a su embotado cerebro para disponer S a respuesta pertinente.
—Bien, no niego que en realidad tiene mucho de ser humano y que acaso sea la joven más atractiva que hasta el momento me fue dado admirar, pero es usted un caso perdido, y eso es lo terrible. Nadie la aventaja en el arte de coquetear, y es de escándalo el modo que tiene de manejar a esos bravos jóvenes mormones. Ni usted misma sabe lo que va a apetecer al minuto siguiente, y en cuanto consigue lo que ambiciona, se hastía de ello sin tardanza.
—¡Ah! ¿Eso es todo? — exclamó la joven.
Y a sus palabras siguió una catarata de risa sin freno. Luego, sus pupilas no se posaron más en el hombre, y se encerró en hermético mutismo durante varias horas.
Monty prefería el silencio. Tenía ya bastante con la turbación que le producía la presencia de ella, para soportar por añadidura el desasosiego que le provocaba su plática. En los arcanos de su pensamiento pugnaba por abrirse camino la idea de que la muchacha no le era del todo indiferente. Con brutalidad hizo abortar semejante pensamiento.
Hacia el mediodía hicieron alto en una depresión del terreno cercana a la senda, en cuyo pedregoso suelo el agua humedecía y llenaba las oquedades. Rebeca se bajó del pescante y decidió descansar a la sombra de un cedro.
—Me agradaría comer algo — solicitó con imperio.
—Lo lamento, pero no tenemos nada — fue la respuesta de Monty.
Lo dijo sin vacilar y de nuevo subió a su puesto.
La otra carreta rodaba ya por la rugosa senda, quebrantando pedruscos con sus pesadas ruedas.
—¿Es que vas a matarme de hambre para someterme?
—protestó la joven.
—Bien, creo que si alguien agarrase un buen varapalo y le atizase en las piernas — rió Monty, jocoso —, tal vez sería posible domarla un poco.
—¡Eres peor que un mormón! — bramó ella, indignada, como si ello fuera el peor insulto.
—Vamos, muchacha — dijo Monty, con simulado aburrimiento —. Si no continuamos la ruta a buen tranco, no llegaremos al rancho esta noche.
—Entonces haré lo imposible para que nos demoremos todo lo que podamos... Sam, me invade un pánico horroroso cada vez que pienso que no tardaré en estar en presencia de mi madre — rió entre dientes.
—¿Por qué motivo?
—Adeudo mucho dinero, pero no he perdido la cabeza, como afirmaste. Lo he meditado muy bien; al fin y al cabo, sabe Dios cuándo volveré a salir de casa. Trabajaré con ahínco para ahorrar. Fue el cambio repentino de nuestra situación lo que me trastornó un poco, y acabó por tentarme.
—Bien, creo que no es preciso que se lo contemos todo a su madre — titubeó Monty.
—¿De veras que no vas a descubrirme, Sam?-inquirió ella con sorpresa, con un malicioso destello en la mirada. Se levantó y subió para instalarse en el pescante.
—Naturalmente que no diré nada a su madre. Es más: si quiere, puedo prestarle más dinero... en este mismo momento.
—Muchas gracias, Sam, pero creo que elegiré hablar sinceramente a mi madre.
La marcha se prorrogaba a tumbos por el roquizo camino, y la mujer volvió a enmudecer por algún rato.
A Monty no le afectaba el hecho de avanzar silenciadas las bocas. El lugar que cruzaban no invitaba a conversar, pues su belleza era tal que las palabras parecían ajenas al sortilegio del ambiente. Kilómetro tras kilómetro de breña, riscos ennegrecidos y ciénagas de rojiza superficie, y en lontananza, gigantescos puntos de referencia que se perdían en la lejanía cual la ilusión de un espejismo. A su espalda, el macizo de Pink Buckskin se agrandaba a medida que crecía la distancia; a su izquierda, el lindero de Buckskin Forest se perdía gradualmente en las sombras; al frente se extendía el policromo desierto, que parecía un enorme cuenco que se hinchaba, lleno del caos purpúreo de la lejanía. Región de las más abruptas, saciada de desfiladeros.
Monty no informó a su acompañante que en la jornada no alcanzarían a recorrer la mitad del trayecto que les separaba de su meta y que deberían acampar donde les cerrase la noche. Observó que arriba de Buckskin Forest nacía una turbonada, y comunicó a la muchacha que muy probablemente descargaría una fuerte tormenta.
—¡Oh Sam! —se quejó ella—. ¡Si se estropean mis vestidos!
No le garantizó lo que pudiera ocurrir con sus bultos, para rabieta de ella. Mediada la tarde, cuando el camino se elevaba con lentitud en dirección a un cerro divisorio, comprobó que la borrasca no les respetaría. No obstante, contaba con alcanzar el frondoso pinar, donde se guarecerían del aguacero.
Antes de ocultarse el sol por poniente tocaron el punto más alto en el camino a repecho, desde cuya cima pudo admirar Monty, en dirección oeste, el más sublime panorama que sus extasiados ojos contemplaron nunca.
Ladeó ligeramente la cabeza y vio que Rebeca tenía la mirada fija en él. Entonces Monty advirtió su abstracción. Por fin, la muchacha emitió un hondo suspiro y musitó, como si hablara consigo misma:
—Una de las razones por las cuales nunca me casaría con un mormón, si es que algún día llego a matrimoniar, es porque así no abandonaré de por vida este hermoso Estado de Utah.
Se detuvieron en el pinar, en su extremo sur, el más alejado del cerro que servía de divisoria. Corría allí un arroyuelo de rumorosas aguas, límpidas y saltarinas, que se perdían en la espesura. Allí les sorprendió el aguacero, o más bien la cellisca, y Rebeca se puso frenética, pues ignoraba el lugar de la carreta en que estaban ubicados sus efectos.
—¡Oh, Sam, jamás te perdonaré esto!
—¿Pero qué tengo yo que ver con todo esto? — protestó el joven, con asombro.
—¡Hace rato que sabías lo del chubasco! — te dolió ella —. ¡Si fueses un hombre cabal y no me tuvieras tanta inquina, habrías tenido buen cuidado de mis cosas!
—Bien, si eso es lo que piensa usted de mí, veré lo que puedo hacer — profirió el joven vaquero con su peculiar modo de hablar.
Y en un santiamén desplegó el rulo de lona nueva que adquirió en una tienda de Kanab y la colocó, solícito, en el lugar de la carreta donde descansaban los preciados tesoros de la mujer. Y en aquel fugacísimo instante, el rostro de ella, compungido, mudó en expresión de luminosa satisfacción. Por un momento, Monty creyó que le iba a otorgar un beso como recompensa. La sola idea de eso hizo que se pusiera rígido como un cadáver.
—Madre tiene mucha razón, Sam. Eres el hombre más encantador que existe en el mundo — dijo la joven, con entusiasmo—. Mas ¿por qué no me lo dijiste?
—Creo que olvidé decirle que me surtí de la tela en el pueblo. Por lo demás, esa cellisca no va a durar mucho; lo único notable será el fresco que nos dejará al oscurecer. He dispuesto algo de paja y unas mantas, de modo que podrá descansar pasablemente.
—¡Pero, Sam! ¿Es que vamos a pasar aquí la noche?
—Desde luego, señorita. Esta carreta es nueva, y será necesario aguardar a que desgarróte un poco; y la otra va repleta. Tenga en cuenta que hemos tenido la fortuna de alcanzar este sitio para acampar.
—Sam, considera que no podemos quedarnos aquí; hay que proseguir a pesar de todo. No importa el tiempo que podamos consumir hasta llegar a nuestro destino; el caso es no detenernos.
—Y agotar de muerte a los caballos, en cuyo caso jamás volveríamos a casa. Lo siento mucho, Rebeca; si usted hubiese sido puntual, evitándonos un retraso de cinco horas, es posible que hubiéramos logrado llegar al rancho esta misma noche. Ya sabe que se progresa muy rápidamente en las primeras horas de la mañana.
—¡Pero, Sam! ¿Acaso quieres que mi buena reputación quede en entredicho? — exclamó la muchacha, brillantes las pupilas con expresión de reproche.
Bien. Escuche, Rebeca Keetch, pero antes prométame que no va a pegarme por lo que voy a decirle. Allá en mi tierra, cualquier hombre puede sentir de pronto un deseo incontenible de zurrar a una chica atolondrada, sin que por ello sea acusado de abrigar aviesas intenciones para con ella.
—Venga, pues, esa paliza, si lo quieres, pero antes te pido que me lleves a casa, Sam.
—De ningún modo. Ya lo dispondré todo con su madre, aunque no veo que eso pueda importarle mucho.
—Sam, entre nosotros, cualquier chica que haya pasado la noche en el desierto con un gentil está perdida
—declaró ella, lastimera.
—¡Pero es que no estamos solos! — bramó Monty, fuera de sí y teñido el rostro de cólera y sorpresa —. ¡Con nosotros viajan dos hombres y un chiquillo!
—Un buen mormón no lo creerá jamás — sollozó la muchacha.
—Bien, ¡pues al diablo con los mormones que desconfíen! — clamó Monty, exasperado hasta lo indecible.
—Madre hará que te cases conmigo — aseveró Rebeca.
Su mirada y el tono con que pronunció la frase trascendían su creencia de que tan infausto destino era algo mucho peor que la muerte.
—¡No se aflija por tan poca cosa, señorita Keetch!
—respondió Monty con herida dignidad —. Nadie en este mundo va a obligarme a que me case con usted, ni para salvar de la quema a su condenada secta mormona ni para redimir a todo el mundo maldito de los gentiles.

CAPÍTULO IV

Amaneció una nueva jornada, la segunda desde que salieron de Kanab, y Monty condujo a la caravana en dirección a White Sage. A mediodía abandonaron la población, y ya mediada la tarde estaban de vuelta al rancho «Canyon Walls», fin de un viaje que le quitó las ganas de reemprenderlo en parecidas circunstancias. Se apresuró a descargar las carretas, ante la mirada aprobatoria de la señora Keetch.
—Bien, señora, me parece que he cumplido con todo lo que me encargó. Sólo que ayer por la mañana nos fue imposible salir temprano, y hemos tenido que acampar una noche.
—¿Cuál fue la causa? — inquirió la mujer, preocupada al parecer.
—Bien, son varias, aunque la más importante fue que los nuevos arreos no ajustaban bien.
—No debiste permitir que Rebeca pasara una noche fuera de casa — insistió la viuda, con severidad.
—No veo el modo como pudo evitarse — se defendió Monty, con suavidad—. Supongo que no deseaba usted que reventase a las bestias.
—¿Encontraron a alguien en el camino? — demandó la viuda Keetch.
—Ni a un simple pastor, señora.
—¿Se pararon en White Sage? — insistió.
—Lo justo para proveernos de agua, y tampoco nos tropezamos con alma viviente allí — explicó Monty.
—Así puede que consigamos que nadie sepa lo ocurrido-dijo la señora Keetch, confortada—. Me pondré al habla con los nuevos gañanes, y tengo la certeza de que guardarán silencio. Los mormones son como estatuas si en ello va su interés.
—Bien, señora. Aquí tiene los comprobantes y la nota de los gastos — dijo Monty haciendo entrega de los papeles —. Mi pobre cabeza está a punto de estallar a causa de tantas cuentas. De todos modos, logré las mercancías a los precios que usted me fijó. Supe, además, que es muy saludable seguir el consejo de un mormón y noté que ningún tendero permite que acudas a la competencia si está en sus manos evitarlo.
—Seguro que no... Y bien, hija mía: ¿qué opinas tú de ese viaje? Confiaba que al regreso traerías mejor semblante, pero observo que tu aspecto es idéntico al que tenías cuando te sorprendí un día atracándote de dulce de membrillo que guardaba en la alacena. Presumo que eres culpable de que Sam tuviera que hacerte pasar la noche en descampado.
—Es verdad, madre; ha sido por mi causa — admitió Rebeca.
Pese a decirlo con entera franqueza, se notaba que temía incurrir en la ira materna.
—Está bien. Y Sam no te dijo nada, ¿verdad?
—No, aunque no sé por qué iba a hacerlo. Si quieres saberlo, nada que revelara sus sentimientos hacia mí... Vamos dentro, madre, pues he de confesarte algo. No sea que luego me falte valor para ello.
La señora Keetch se sentía inquieta. Monty presentía que la irritación de aquella mujer podría ser terrible una vez desatada.
—Señora, le suplico que no sea demasiado severa con la muchacha — sonrió Monty, con su peculiar estilo de hablar —. Piénselo bien y comprenderá que hacía mucho tiempo que faltaba de Kanab, un par de años, según me dijo. ¡Dos años! Y es ya toda una mujercita. Kanab es curioso como pueblo; le aseguro que me dejó sorprendido. Y su hija se comporta como cualquier otra chica a la que se le sueltan un poco las riendas.
—¡Sam Mili! —profirió la madre, con asombro—. ¡Al fin veo que tú has caído como los otros!
La muchacha lanzó a Monty una furtiva mirada, cargada de gratitud.
—Señora, ignoro lo que quiere decir con eso — terció Monty con firmeza —, pero siempre he logrado caer simpático, y por eso soy...
—No importa, Sam — cortó la viuda con presteza. Monty se sorprendió que la señora Keetch no le permitiese confesar sus flaquezas en presencia de la hija —. Ordena que cada cosa sea colocada en su lugar; los aperos nuevos los guardáis en el granero.

Monty ayudó a los hombres en el cometido. Los bultos que contenían las compras de Rebeca quedaron en el porche. Durante la ejecución de la tarea pudo vivir la violenta discusión que se producía entre madre e hija en el interior de la casa. Al parecer, Rebeca estaba deshecha en un mar de lágrimas, y no por eso la madre dejaba de increparla. Monty se encaminó al granero, turbado aún por los entrecortados sollozos de la muchacha.
«¡Cáspita! — pensó el joven —. ¡La vieja es como una arpía cuando se enfurece! Me pregunto a qué vendrá tanto alboroto. Si porque Rebeca gastó su dinero y parte del mío, o por causa de esas facturas o por haber tenido ella la culpa de que hubiéramos de pernoctar en el campo..., o por algo de lo que no tengo maldita idea. ¡Vaya! Por lo visto, se ha ensañado con la pobre Rebeca. ¡Diablo con la vieja mormona! Será bueno para ella que no se atreva a meterse conmigo...»
La hora de la cena se retrasó más de lo ordinario, y la pieza no estaba demasiado alumbrada. La señora Keetch recuperó pronto su compostura normal, pero el semblante de Rebeca mostraba aún señales de angustia a causa de las lágrimas vertidas. Monty se sentía violento, y su nerviosidad aumentó al notar la mano de la muchacha que buscaba las suyas por debajo de la mesa. El refrigerio transcurrió en el más absoluto silencio, y pronto tocó a su fin. Rebeca se apresuró a volver a disponer la mesa para el resto de la gente. La señora Keetch llamó a Monty e hizo que éste la siguiera hasta el porche. El joven se sintió aliviado al amparo de las sombras de la noche.
—Estoy realmente contenta de la forma que has cumplido mis encargos — comenzó la viuda —. Dudo que yo misma lo hubiese hecho mejor. Mi difunto John era una nulidad en estas cosas. Eres una persona sagaz y muy de fiar, muchacho. Si la cosecha de este año se presenta tan bien como vaticinas, no puedo por menos de convertirte en socio en la explotación de este rancho. Nada hay que nos impida fundar otra hacienda en el cañón. Mi esposo tenía una hipoteca sobre una finca situada más al Oeste; el terreno es más extenso que éste y se halla por roturar.
Si lo crees conveniente, acometeremos la empresa, y opino que podemos llegar muy lejos. No creas que soy de esa clase de personas que se ciegan ante el dinero; lo único que deseo es mostrar a esa gente que... Bueno, {tú qué dices, Sam?
—Bien, pues que estoy de acuerdo en todo, excepto
en lo de ser su socio, señora Keetch — manifestó el joven— No obstante, si todo se produce como espero, y apuesto a que así será, estoy dispuesto a hacer un trato para los cinco o diez años venideros, o quizá para siempre.
—Gracias, Sam. Eso me parece excelente. Tengo asegurada la vejez, y el futuro de mi hija... Oye, Sam, ¿aciertas a comprender a Rebeca?
—¡Dios mío, no! — repuso Monty, impulsivo.
—Lo suponía. ¿Te das cuenta de que eres muy de fiar en todo cuanto a ella se refiere?
—¿Qué quiere decir, señora? — preguntó, estupefacto.
—Pues que me parece que te hace bailar a su capricho.
—¡Vaya! Ni remotamente, señora — declaró Monty, esforzándose en aparentar cierto enojo. Temía que la viuda preguntase algo a continuación que le fuese muy difícil responder,
—Es posible que no lo sepas con exactitud, aunque nada tiene de particular. A primera vista te creí un hombre muy dueño de sí, un vaquero inteligente, de esos que vuelven locas a las mujeres, aunque teniendo buen cuidado de no comprometerse. Supuse que serías el hombre adecuado para dar una lección a Rebeca, pero veo con disgusto que tienes demasiado blando el corazón y que eres de fácil manejo. Y hasta diría que tienes muy buena pasta y eres algo tonto en lo tocante a mujeres.
—¡Oh, gracias, señora!-exclamó Monty, picado por lo que acababa de oír. Las palabras de la viuda sublevaron su natural espíritu rebelde —. Le aseguro que jamás pasé por eso entre las muchachas gentiles.
—Rebeca no es diferente de las demás — continuó la señora Keetch —. Espero que habrás notado la forma en que los mormones cortejan a las mujeres, y que disgusta mucho a Rebeca. Son demasiado simples y respetuosos, y sus métodos tienen algo de religioso que no se adapta al modo de ser de mi hija. Creo que nunca elegirá a un mormón por esposo, a menos que yo la impulse a ello. Yo misma me vi obligada, y no pienso hacer otro tanto con mi Rebeca.
—Bien, señora. La aprecio y respeto como a nadie— aseguró Monty —, pero ¿qué hay en toda esa charla sobre Rebeca? Admito tener buen fondo, pero le confieso que no veo qué tiene eso que ver conmigo.
—Sam, tú eres tal vez el único amigo de veras que tengo ahora.
—Bien, ya sabe que me tiene a su disposición. Si es su deseo, hasta puedo casarme con usted y convertirme en el padre de esa muñeca que la tiene tan preocupada.
—¡Bendito seas, muchacho! Pero... no es necesario. Ya no tengo edad para esas cosas, ni tampoco consentiría que te sacrificases de ese modo. Aunque, ¿no crees que sería algo divertido?
—Bien, creo que lo sería, en efecto — rió Monty — hasta cierto punto una venganza...
—Sam — interrumpió la viuda—, acabas de darme una buena idea. Voy a sorprender a Rebeca con eso de mi casorio contigo, cosa que la transformaría en hija tuya.
—si no conseguimos doblegarla..., ¡que Dios tenga piedad de nosotros!
—Lo más probable es que se ría de usted — concluyó Monty, desolado.
—Es probable, pero se asustará horrores. Nunca se me olvidará la cara que puso el día que me contó lo que tú le dijiste acerca de que alguien debería darle un buen escarmiento... Debió de ser digno de verse, si es cierto que le hablaste de tal modo.
—Así es, señora — aseguró Monty.
—Bien, vamos a hacer nuevos planes desde hoy
—terminó la viuda, cavilosa —. ¡Empezaremos como si nada hubiera ocurrido! Sigue con tus labores, hijo mío; sabes que tengo plena confianza en ti. Mis temores disminuyen día a día, y de ahora en adelante te prometo no hablarte más de Rebeca.
—No entiendo que me haya dado algún consejo al respecto, señora, pero tal vez sea algo duro de mollera. Gracias por todo, señora Keetch. Buenas noches.
Las horas transcurrieron lentas y dolorosas para Monty, sumido en tribulaciones. La noche le sorprendió vagando a la luz de la luna al pie de la ladera norte del cañón. El pobre vaquero no salía de su sorpresa. Acabó por admitir que en realidad estaba enamorado de Rebeca de un modo mucho más intenso de lo que jamás lo estuvo de otra mujer. La buena señora no dejaba de tener razón al decir que Rebeca podría hacer de él lo que quisiera. ¡Si ella lo supiese! Monty se juró que no le permitiría descubrirlo jamás.

El nuevo día trajo consigo una nueva faceta en la normal evolución de la existencia en el rancho «Canyon Walls». El feraz predio había recibido de Monty un ímpetu vivificador, como el que comunica el agua al irrumpir en las tierras sedientas de ella. Las horas de Monty rebosaban quehacer. Rebeca, en el porche, repetía sin cesar la graciosa tonada de «Al anochecer, oh cariño mío». La melodía portaba nostálgicos recuerdos para Monty, semblanzas de su granja de Iowa y sus tortuosas cercas.
La muchacha no estaba lejos cuando Monty se afanaba en ordeñar las vacas, labor que requería más tiempo cada vez. También sentía su presencia en pleno campo, lejos del rancho. Monty comunicó un día a la señora Keetch que su hija no tardaría mucho en reponerse de sus despilfarros del día de compras en Kanab, tal era el fervor que ponía en las faenas a su cargo.
Desgranábanse los domingos, que traían consigo la periódica visita de los festivos admiradores de la muchacha. Ni un solo comentario brotó de ellos que diera lugar a la sospecha de que eran conocedores de la permanencia nocturna de Rebeca con un gentil en pleno desierto. El fantasma del miedo se evaporó del ambiente, y sólo alguna que otra mirada burlona y furtiva de la joven Keetch parecía indicar que ella se reservaba el derecho de echarlo todo a rodar narrando lo ocurrido, si ello le venía en gana.
En junio tuvo lugar la primera siega de alfalfa en los cincuenta acres que de ella se sembraron. La cosa fue extraordinaria. La rica y fragante hierba rebasaba la altura de la rodilla; Monty tenía que esforzarse para reprimir su inmensa satisfacción. Parecía irreal que tan leves modificaciones en la explotación hubiesen provocado tan óptimos resultados.
Monty estuvo ocupado hasta bien tarde, y el segundo campanillazo que le llamaba a la cena no consiguió distraerle de su tarea. No quería abandonarla hasta dejar listo un imponente almiar de alfalfa. De pronto vio a Rebeca correr hacia él, llamándole a grandes voces. Monty no hizo el menor caso a los gritos de la muchacha. Había algo en su interior que le instaba a prestar oídos de mercader. La chica siguió su carrera, adentrándose en el alfalfar, y pronto llegó junto al vaquero.
—¿Eres sordo, Sam? Madre te llamó varias veces, y, en vista de que no la oías, me ha hecho venir.
—Bien, lo siento, pero créame que me extasío al ver tamaña cantidad de alfalfa — exclamó Monty.
—¡De veras que es maravillosa, Sam! ¡Tan verde y fresca! ¡Y qué aroma tan delicioso! Casi me dan ganas de subirme y deslizarme hasta el suelo...
—No se atreverá — protestó Monty, alarmado.
La joven ya había partido en busca del lugar más accesible para coronar la cima del almiar. Su rostro rezumaba picardía y regocijo y un evidente propósito de hacer rabiar al vaquero.
—Por favor, Rebeca; no haga eso. Se va a descomponer, y me llevará horrores volver a apilarlo.
;-Lo siento, Sam, pero no lo puedo remediar. Lo haré, como cuando era niña.
—Y no ha dejado usted de serlo, Rebeca. Ande, baje con cuidado.
La muchacha dejó escapar una exclamación de gozo y se deslizó por el verde almiar, a expensas de atentar contra la modestia. Monty estaba fuera de sí, pero temía traslucir otros sentimientos muy distintos.
—¿Lo has visto, Sam? ¡Para que luego digas que no me doy maña! De pequeña, ninguna amiguita me podía... ni tampoco los muchachos.
—Bien, como guste — gruñó Monty.
—¡Otra vez, Sam! — suplicó la muchacha riendo.
El vaquero dejó caer la horca y corrió hasta Rebeca, aunque en vano, pues sus manos agarraron el vacío. ¡Qué rápida era la endemoniada! Contuvo el deseo repentino de lanzarse en pos de la fugitiva, que pronto se encaramó a la cima. El rostro de la muchacha irradiaba una extraña expresión, mezcla de alegría y perversidad.
—Rebeca, si se atreve a hacerlo de nuevo, lo va a sentir — advirtió él con firmeza.
—¿Y qué me harás, Sam? — retó la muchacha.
—¡Le daré una buena azotaina!
—¡Sam Hill! ¡No te atreverás a tanto!
—¡Vive el cielo que sí lo haré!
Rebeca no creía que el vaquero hablaba en serio, pero la posibilidad de que la amenaza no fuera vana añadía mayor excitación al juego. Por lo menos cabía esa contingencia.
—¡Mira, Sam! ¡Voy a subir otra vez! — desafió ella.
Su risa era como un trino, con dejo dulce y fiero a la vez.
Tan pronto como la muchacha empezó a resbalar, Monty arrancó de un salto con la idea de interceptarla en la caída. La garganta de Rebeca soltó un grito al comprobar que la falda le subió ligeramente. El joven no se detuvo por eso. La sujetó poco antes de tocar el suelo, y la mantuvo así, en el aire, oprimiéndola contra su cuerpo.
Cualesquiera que hubieran sido las intenciones de Monty al proceder como lo hizo, no podía hallar ahora razones para explicarlas. Todo su ser vibraba de pasión. La joven tenía los brazos abiertos, y Monty tuvo que reunir todas sus energías para sostenerla sin que ella rozase el suelo con los pies. Rebeca no parecía estar asustada de la íntima proximidad del hombre; de sus grises ojos salía una mirada llena de maravillosa expectación.
—¡Ya me has atrapado, Sam! ¿Qué vas a hacer ahora?
—exclamó en son de reto.
Por toda respuesta, Monty la besó en plena boca.
—¡Oh!-profirió ella, petrificada. Una oleada de rubor le invadió el rostro, desde la fina garganta hasta la raíz de los cabellos. Forcejeó por desasirse —. ¡Suéltame, pagano!
Monty la besaba una y otra vez, más duradera la caricia y oprimiendo con mayor intensidad los labios contra los de ella. Al tratar la muchacha de lanzar otro alarido de protesta, el vaquero le selló los labios con otro beso.
—¡Chiquilla mormona, diablillo! — jadeaba Monty—. ¡Supongo que... era eso lo que querías!
—¡Te mataré!-vociferó la muchacha.
—Bien, será algo grande morir por esto.
—el joven no dejaba de besarla, y Rebeca pugnaba por respirar a fondo. A poco se quedó sin fuerzas, inánime en brazos del hombre, que le prodigaba sus besos en las mejillas, en los ojos, en el cabello, con el ardor tanto tiempo retenido. Volvió a unir sus labios a los de ella, que los esperaban entreabiertos, excitados, prometedores.
De pronto, la claridad del atardecer pareció ennegrecerse a sus espaldas, y una mano invisible los derribó al suelo. No era otra cosa que el enorme cúmulo de alfalfa que se había venido abajo, medio sepultándolos. Monty se incorporó sin tardanza y arrastró consigo a la muchacha, y ambos emergieron de la ingente masa de forraje verde. Ella se quedó inmóvil; tenía cerrados los párpados. Con mano temblorosa se liberó el rostro de la hierba, pero no pudo hacer lo propio con el cabello, que tenía lleno de briznas.
—¡Dios mío! — murmuró el joven —. ¡Creo que me he excedido un poquito!
Se sintió abatido por la enormidad de su falta. No obstante, al encontrarse sus ojos con los de ella, su desolación se trocó en entusiasmo. En el rostro de ella, lo único con vestigios de color eran sus labios. Y cuando de súbito se abrieron de nuevo sus grandes ojos, Monty echó a correr en dirección a su cabaña, tan grande era la sensación de puro éxtasis que leyó en la mirada de Rebeca.

CAPÍTULO V

Cuando Monty se apartó a toda prisa de la muchacha, su primer impulso fue el de abandonar el rancho para siempre. A veces quería sustraerse a esos poderes misteriosos que producían gran desolación en su ánimo. La segunda idea que tuvo fue la de ir en busca de la señora Keetch y contárselo todo, antes que lo hiciera Rebeca y perjudicase para siempre la excelente consideración en que lo tenía la buena señora. Después, al llegar a su habitáculo, tumbado en su camastro, ambos pensamientos habían cedido ya el puesto a otros varios. El quietismo era algo ajeno al natural de Monty; así que no tardó en incorporarse y quedar sentado en el jergón, rezumando sudor y tembloroso aún.
«¡Ah! ¿Por qué había de pasarme a mí todo esto?», lamentose, respirando con dificultad.
Pero de pronto vino a cuenta que, al fin y al cabo, nada le había ocurrido. Un simple e innocuo altercado con Rebeca, cuyo atrevimiento quiso sancionar. Sin embargo, se reconocía culpable de haberlo olvidado todo al apresarla entre sus brazos, tan junto a sí, con aquellos ojos retadores y los hermosos labios tan próximos a los suyos; todo desapareció, excepto la turbadora realidad del ser amado. Estaba perdidamente enamorado de la joven, y nunca como entonces adivinó la verdadera magnitud de su estimación. Con esto creía tener justificación ante la señora Keetch, cuya comprensión esperaba, y que seguiría con su ocupación en el rancho. Aunque, como era lógico, ahora merecería el desprecio de la muchacha. Aceptó con dolor su triste destino, si bien su espíritu se hallaba absorto por la índole voluble de aquella muchacha mormona; se imaginaba lo que pensaría de él en aquellos instantes.
La oscuridad no tardó en posesionarse del lugar. Monty salió al porche y divisó en la alameda, todavía a cierta distancia, una figura que se aproximaba, y hasta le pareció notar que el desconocido personaje murmuraba una canción. No pensó en que fuera Rebeca, pues seguro que la joven estaría en su cuarto, llorando a lágrima viva.
—¡Rebeca! —llamó la señora Keetch desde el porche de la casa. Su voz sonó melodiosa y potente en la quietud de la noche.
—¡Voy, madre! — repuso la muchacha.
Monty se adentró en la penumbra de su reducida cabaña. Sentíase tan insignificante como para ser invisible, pero no se atrevió a exponerse. Desde la puerta de la cabaña vigilaba con temor y expectación. De súbito, la suave voz de contralto de Rebeca hendió la queda y sofocante atmósfera:

- En la anochecida, ¡oh cariño!,
cuando palidece la débil luz
y aparecen las inmotas sombras,
en sigilo llego y así me voy...

El vaquero sintió que el corazón estaba presto a estallar. ¿Intuía lo que sentía él y por eso se burlaba? El pobre Monty estaba simplemente aturrullado. ¡Cómo saturaba el desfiladero el son de tan armoniosa voz, cuyo eco era rechazado por las pétreas laderas!
Al atravesar la zona comprendida entre la huerta y los álamos, la muchacha miró con insistencia en dirección a la cabaña del vaquero.
—¿No está Sam contigo? — voceó la señora Keetch desde el porche.
—¿Sam? No, no está aquí.
—¿No tienes idea de dónde pueda estar? ¡Llámale! La cena se enfriará.
—Ignoro por dónde ande, madre. La última vez que le vi corría como un poseído — terminó Rebeca, ahogando una risita.
Esto último hizo que Monty se librara de sufrir un síncope.
—¿Dices que corría, Rebeca? ¿Por qué? — preguntó la madre cuando ya Rebeca pisaba el porche.
—Madre, ha sido lo más divertido que he visto en la vida. Llamé a Sam, como dijiste, pero, al parecer, no me oyó. Salí y me acerqué a decirle que la cena estaba dispuesta. Con la alfalfa recién segada había formado un almiar de colosales proporciones, tanto que, naturalmente, no pude resistir la tentación de encaramarme y resbalar hasta el suelo. Sam se puso como un loco, y quería impedir que repitiera la hazaña. Y ya comprenderás, madre, que precisamente por eso tenía yo que insistir; así que subí de nuevo y me deslicé hasta tierra firme. ¡No puedes figurarte cómo se enfureció! Tiene un genio terrible, madre. Me ordenó que no volviera a las andadas, y, al preguntarle yo qué haría si reincidía, me contestó que me ganaría una soberana paliza. ¿Te imaginas? Lo único que quería era hacerle rabiar; en realidad, no quería hacerlo por tercera vez, pero, ante su actitud, tenía que hacerlo..., y lo cumplí. ¡Oh, madre, al llegar al suelo, todo el cúmulo de alfalfa se nos vino encima! Y cuando al fin nos libramos de tan sofocante catarata de hierba, vi que Sam echaba a correr como alma que lleva el diablo.
—¡Por el amor del cielo, hija! —exclamó la señora Keetch, perpleja. A poco echose a reír—. Creo que le vuelves loco con tus diabluras. Rebeca, ¿cuándo piensas comportarte como una chica formal?
Dicho esto, la mujer se acercó a la barandilla del porche y asomose por ella.
—¡Sam! — gritó con toda la energía de que fue capaz.
Monty se levantó de su asiento en el camastro y abrió la puerta de su cabaña, para responder a la llamada en un tono que le pareció normal.
—¡No te demores para la cena! — dijo la viuda.
El vaquero se lavó cara y manos, arreglose los cabellos y se cepilló las ropas. La cabeza le daba vueltas como» un tiovivo. Volvió a sentarse, confuso e inquieto.
«¡Por todos los diablos!-dijo para sí—. ¿Quién entiende a esa mujer? No me ha delatado... Claro que dijo la verdad, pero omitió decir a su madre lo que ocurrió en realidad. Por lo visto, no piensa hablarle de ello; quizá fue muy jocoso para ella. Apuesto a que nunca la besó nadie de ese modo hasta la fecha... A decir verdad, me cuesta trabajo creerlo.»
Se encaminó a la casa para cenar, dando gracias a la escasa luz que remaba en la estancia. Le parecía sentir la mirada de la muchacha, que no se apartaba de él; a no dudar, ahora ella no vacilaría en considerarlo como a un auténtico vaquero de Arizona, con su fama de mujeriego. El joven pretextó hallarse fatigado, y con tal motivo se recogió sin demora a su cabaña, donde pasó en vela la mayor parte de la noche, sumido en sus cavilaciones. Lo único que quedaba extinto en su mente era el remordimiento que pudo sentir; quedó olvidado para él en cuanto hubo escuchado la versión que hizo Rebeca a su madre de lo sucedido.
Con la llegada del alba, y con ella fa tan anhelada labor que le absorbería por entero, Monty se sintió desahogado, alegrándose de permanecer alejado del rancho.
Durante un par de semanas apenas cruzó unas palabras con Rebeca. La señora Keetch no dejó de notar tan extraño silencio, tanto, que no pudo por menos que reprender a su hija por su actitud.
—¿Dices que le hable, madre? — dijo Rebeca, soltando un bufido —. Es posible que lo haga, si me lo viene a pedir de rodillas.
—Pero, hija, comprende que sólo quiso atemorizarte un poco, y has de reconocer que le incitaste. Debes perdonar siempre, Rebeca. Aquí más que en ninguna otra parte conviene vivir en paz con todo el mundo. Sam es una excelente persona, y le debemos muchísimo... Sam
—prosiguió, encarándose ahora hacia el joven —, no sé si sabrás que Rebeca acaba de cumplir dieciocho años, aunque creo que exagera al tenerse por una mujer hecha y derecha. Tal vez si te arrepintieses en su presencia de lo que dijiste...
—¿De qué he de sentirme pesaroso, señora? — preguntó Monty al ver que ella dudaba.
—De lo que pudo ofender a Rebeca.
—Bien, en ese caso, lo siento infinito — dijo Monty, y, fijó su penetrante mirada en la joven—. Lo lamento eh el alma, pero de no haber dicho y hecho mucho más, y de no haberla zurrado encima.
La señora Keetch se quedó de una pieza al oír la parrafada del vaquero. Rebeca, conteniendo la risa, se apresuró a salir de la pieza. La pobre viuda no sabía qué pensar, tan grande era su asombro.
—Bien, señora — pronunció por fin el joven vaquero—. Ya vio que la chica está un poco furiosa conmigo, pero eso carece de importancia. Me parece — dijo bajando la voz — que es preciso que me confíe a usted, y luego, si lo desea, me iré de este sitio... No sé si recordará que en cierta ocasión me acusó de haber perdido el seso por Rebeca. Pues bien, he de admitir, ni más ni menos, que ésa es la pura verdad. Me he comportado de un modo extraño en ocasiones, pero ya sabe ahora el motivo. Pero no crea que eso me quita el sueño. Soy muy feliz aquí, y mi único deseo es que usted me comprenda.
—¡Sam Hill!-murmuró la viuda, sorprendida—. ¡Conque ahí te duele! Ahora es cuando empiezo a creer que todo marchará bien.
—Me congratulo de que lo piense así, señora — repuso Monty con parquedad —. Así lo creo yo también, una vez me haya repuesto de mis zozobras.
—Hijo mío — dijo la mujer, acercándosele —, ahora entiendo. Rebeca anda enamorada de ti desde hace tiempo. Déjala, por el momento, y verás como todo se resuelve.
Monty la miró incrédulo, y acto seguido se retiró. En las tinieblas de su solitaria cabaña recapacitó acerca de la absurdidad de la pretensión de la sentimental señora Keetch. Aquella noche, Monty pudo conciliar el sueño, y al despuntar el nuevo día descubrió que su tormento había desaparecido. Le pareció flotar en una especie de quimera, en la que Rebeca figuraba de modo perenne.
De inmediato comenzó a hacerse algunas revelaciones. De modo progresivo, la muchacha dejaba a un lado su actitud reservada. Desempeñaba su cometido como de costumbre, y al parecer con mayor voluntad que antes, especialmente en las mañanas, en las que incluso sacaba tiempo para consagrarlo a la costura, sentada en el porche. Al mediodía se encargaba de llevar la comida a los hombres que trabajaban en el campo. Monty comprobó un par de veces que la joven se había montado en uno de los almiares de alfalfa, pero evitó insistir escudriñando en aquella dirección. La muchacha salía con frecuencia a recoger flores silvestres, y prestaba ayuda donde a veces no era reclamada.
Cada domingo por la mañana acudía a la parroquia de White Sage para asistir al servicio divino, y por la tarde atendía las visitas. Era obvio que el número de sus admiradores mormones disminuía a medida que progresaba el verano. Monty añoraba en ella su característica arrogancia, su coquetería franca y aquel aire retador tan notorio hasta entonces en la joven.
Todo ello dio a Monty mucho que pensar, pero nada podía compararse al hecho de averiguar que Rebeca le espiaba, ora de lejos, ora de cerca. Monty apenas daba crédito a sus ojos. ¡Más leña para la infernal vorágine de su cerebro! Sin embargo, los penetrantes ojos que hicieran de Monty «Humo» Bellew uno de los rápidos y certeros tiradores y un experto en seguir huellas, no podían decepcionarlo en esta ocasión. Un buen día sorprendió a Rebeca en sus asechanzas, y entonces supo la pasmosa realidad.
Mañana y tarde, en tanto que él andaba atribulado en sus quehaceres cerca del granero, o cuando reposaba en el poyo del porche de la cabaña, Rebeca le observaba, en la creencia de que no era vista su acción. La joven curioseaba asimismo por entre los visillos de la ventana de su alcoba, a través de la enramada; lo hacía también mientras cosía, alzando la mirada de vez en cuando, y por la puerta entreabierta... Por doquier buscaba al hombre con sus grandes y grises pupilas, ávidas de la figura del vaquero. La revelación obró en los nervios de Monty. ¿Por ventura era tan intenso el odio de la muchacha, que todo formaba parte de un plan maquiavélico para vengarse de él? Aquellos ojos que le observaban en secreto pocas veces cruzaban ahora sus miradas con los suyos. A veces recordaba él las palabras de la señora Keetch, raramente plácidas, y tenía que luchar intensamente consigo mismo para reponer su ecuanimidad. La última tontería que «Humo» Bellew cometiera en este mundo sería imaginarse que Rebeca le amaba.
Un día, al término de la comida, Monty regresó a su cabaña, como de costumbre, y se sorprendió ante el cambio mágico que se había operado en la única pieza de que se componía. Apenas era capaz de reconocerla. Su mirada la recorrió con asombro, y todo era limpieza, orden, colorido. El arcilloso suelo estaba oculto por policromas alfombras indias; las paredes de troncos ofrecían bellos adornos también indios; las ventanas lucían preciosas cortinas; la tosca mesita, un tapete, y la cama, una colcha de vivos colores. En la mesa había un jarroncito indio, con un ramillete de doradas margaritas y purpúreas jarillas.
—¿Qué ha ocurrido en mi cabaña esta mañana?
—preguntó él cuando se reunieron para la cena —. Está engalanada como un salón.
—En efecto, es muy bonita-repuso la señora Keetch, complacida —. Hace tiempo que Rebeca lo tenía pensado.
—Bien, ha sido muy amable de su parte — se limitó a decir Monty.
—¡Tonterías!-manifestó Rebeca, enrojeciendo ligeramente —. Madre quiere que te encuentres a gusto; eso es todo.
Por el momento, Monty pudo escabullirse de lo que se avecinaba, como siempre conseguía zafarse cuando la catástrofe era inminente. Pero una noche de agosto de luna llena, blanca y enorme silueta contra el perfil de una de las laderas del cañón, el vaquero tuvo un extraño presentimiento que le impedía salir del porche y acostarse en su lecho. La jornada había sido agotadora; una de aquellas en que la cantidad de alfalfa segada había sido ingente. El rancho «Canyon Walls», con sus fértiles tierras, y agua y sol en abundancia, era una auténtica mina de oro. En todo el sur de Utah, los granjeros no hablaban sino de la máxima cosecha de alfalfa registrada en toda la comarca.
Era tarde ya. En la habitación de Rebeca, la luz se había extinguido hacía un buen rato. Ranas, lechuzas y chotacabras dejaron de emitir sus solitarias voces. Sólo el zumbido de los insectos turbaba la paz bucólica de la noche serena.
Un suave ruido alertó a Monty. ¿Sería el de una hoja caída del gigantesco álamo? Salió de la cabaña y vio que una forma oscura atravesaba la huerta, bañada por la luz de la luna. ¡Rebeca! La muchacha pasó muy cerca del porche, y el vaquero notó la blancura de su rostro. Ella alcanzó la alameda a buen paso, y de pronto se detuvo para mirar atrás.
«¡Cáspita! —pensó Monty—. ¿Estoy borracho o me he convertido de repente en lunático? ¿Qué busca esa chica? — se preguntó, levantándose —. ¡Claro que me ha visto! ¡Seguro!»
Echó a andar en dirección al bosque de álamos, y, al emerger de las sombras, vio que ella emprendía veloz carrera con la agilidad de un gamo. Monty se lanzó en su persecución. Estaba ya excitado, y quería ver en qué terminaba el juego. ¡Si se tratase de alguna de las diabólicas jugarretas de la muchacha! Aunque parecía haber algo insólito y misterioso en el nocturnal paseo por el desfiladero, bajo la luna llena.
Monty la perdió de vista cuando ella rebasó el bosquecillo de álamos. Al llegar él al mismo lugar, se internó en los alfalfares y la vio a poca distancia; ella parecía aminorar la marcha, y de vez en cuando volvía la cabeza para mirar atrás. Monty veía su blanco rostro iluminado por la luna. La mujer reemprendió la carrera y él la siguió.
La parte del cañón que ahora recorrían estaba a plena luz de la plateada luna. En el extremo opuesto, la imponente ladera oscura se elevaba con majestad, bañada su cima por la claridad. La verde alfalfa aparecía brillante, y la fragancia de la hierba se diluía en el cálido ambiente con empalagosa dulzura.
Rebeca corría en dirección al haz de alfalfa recién segada en aquel mismo día. Consintió que Monty llegara muy cerca de ella, y de pronto, con sonora carcajada, torció hacia un informe almiar, reluciente a la luz lunar, y comenzó a trepar por él.
Monty dejó de correr; su paso era ya normal. No podía explicar lo que le ocurría, pero creyó hallarse al borde de la locura. ¡Quizás era una de sus muchas pesadillas! Pero estaba seguro de hallarse bien despierto, y además allí estaba la resplandeciente figura de la mujer, subiendo al almiar por la empinada falda. Aquella precisa tarde había terminado él la ímproba tarea de amontonar la hierba, contemplando luego el inmenso montón con la complacencia del artista.
Cuando llegó cerca del almiar, Rebeca estaba ya en la cima, tendida en ella y apoyados los codos en la mullida superficie. Monty se aproximó hasta la base, justamente frente a donde estaba ella. Ahora podía distinguirla a la perfección, pues se hallaba a cinco metros escasos de su cabeza. La luna confería a la yacente forma de la mujer un hechizo singular. Pero lo que en verdad obsesionaba al joven era el embrujo de la mirada de Rebeca. ¿Por qué había corrido en su seguimiento? Nada pudo hacer para impedirlo. Su antigua amenaza no era más que un recuerdo inútil. Sabía que no iba a poder enojarse con ella. La mujer haría que revelase su secreto, y entonces, ¡ay!, el rancho «Canyon Walls» dejaría de ser un refugio para él.
—¡Hola, Sam!-saludó la muchacha, en un tono que él no acertó a comprender.
—¡Rebeca! ¿Qué haces por aquí a estas horas? — tuteó el joven.
—La noche es espléndida, ¿no te parece?
—Sí, pero debieras estar en cama. Además, podrías contemplarla desde tu ventana.
—¡Oh, no! Tenía que salir..., y, por otra parte, quería obligarte a que me siguieras.
—Bien, ya lo has logrado. Y confieso que al principio estaba inquieto. Me... me alegro de que sólo haya sido por diversión... Pero ¿por qué has deseado qué te siguiera?
—Por una cosa: quería que me vieras ascender hasta tu nuevo almiar de esta tarde.
—¿Es por eso? Bien, ya te he visto; así que puedes bajarte. Si tu madre nos sorprende aquí...
—Y una vez arriba — siguió ella —, quería que me vieses resbalar por él.
Al mirarla comprendió que se hallaba indefenso en manos de tan extraña mujer. No apartó su vista de ella, sin saber qué iba a hacer instantes después.
—Y era mi intención, lo he deseado con todas mis fuerzas, saber lo que harías tú después — terminó ella, con gravedad que tenía mucho de burla.
—Rebeca, cariño; sabes que no voy a hacer nada
—protestó Monty, apesadumbrado.
Se puso ella de rodillas, asomándose para verle mejor. Se sentó de nuevo, junto al mismísimo borde. Sus manos se crisparon, hundidas en la alfalfa.
—¿No vas a pegarme, Sam? — preguntó, sonriendo con ironía.
—No. Aunque me gustaría hacerlo, y confieso que lo mereces, no podría...
—¡Fanfarrón! ¡Pagano! ¡Eres un tonto..., un diablo con el corazón de mármol!
Ella parecía luchar por librarse de algo de lo cual el montón de alfalfa era solamente el símbolo. El esfuerzo físico de Rebeca para mantener el equilibrio no era suficiente para explicar su postración y la extraña mirada de sus ojos. Esto añadido al encanto de «Canyon Walls» y a la fascinación de la noche, que aleteaban en tomo a ella.
—¡Sam, dime que no lo haga! —se burló ella.
—No-repuso él tercamente.
—¡Cobarde!
—Está bien. Ya me has lastimado bastante.
Siguió luego un corto silencio. Monty notó que ella temblaba ligeramente. La muchacha se movía, aunque de modo muy lento. Sus ojos, agrandados por el contraluz, tuvieron la virtud de transfigurar a Monty.
—¡Gentil! ¡Pídeme que me deslice... hasta tus brazos! — provocó ella, estremecida.
—¡Cócora mormona! ¿Querrías...?
—¡Atrévete, anda!
—Bien; te desafío, Rebeca..., pero Dios es testigo que no respondo de lo que pueda ocurrir.
La risa de la muchacha parecía el gorjeo, dulce y fiero a la vez, de un ave nocturna, aunque ahora rebosaba júbilo, confianza, sumisión. Y Rebeca se dejó resbalar, y mientras lo hacía extendió los brazos en cruz, yendo a parar en los del hombre, en tanto los envolvía un alud de hierba verde, que fulgía a los rayos de la luna.

CAPITULO VI

A la mañana siguiente, Monty encontró insoportable el quehacer en el campo. Vagaba de un lado para otro como un poseso, y al fin determinó aislarse en su cabaña. Faltaba muy poco para la comida del mediodía. Rebeca canturreaba mientras se preparaba a disponer la mesa. La señora Keetch, sentada en su mecedora, se ocupaba en labores de aguja. El ambiente parecía sereno, apacible.
Monty respondió a la tímida mirada de Rebeca, tomándola de una mano y conduciéndola ante su madre.
—Señora — comenzó, aclarándose la garganta antes de hablar —. Ya sabe lo que siento por Rebeca desde hace algún tiempo. Al parecer, ella también me quiere. Si me pregunta cómo ha ocurrido todo esto, le diré que no puedo explicarlo. Lo que sí sé es que me parece la cosa más maravillosa del mundo... Y ahora le pregunto, más bien porque atañe a Rebeca, qué hemos de hacer para solucionar este embrollo.
—¿Es eso cierto, hija mía? — inquirió la viuda Keetch mirando a la pareja con rostro sereno y sonriente.
—Sí, madre — contestó Rebeca.
—¿Quieres a Sam, entonces?
—¡Desde luego que sí, madre!
—¿Cuánto hace que le amas?
—De siempre, creo yo, aunque no lo supe con certeza hasta junio.
—Me alegro muchísimo, Rebeca — exclamó la madre, levantándose para abrazar a su hija —. Ya que, por lo visto, no podías o no querías enamorarte de Un hombre de tus mismas creencias, me congratulo que ames a este joven forastero que un día apareció en nuestras tierras. Es fuerte y honrado, y no importa cuál sea su religión.
La mujer sonrió bondadosamente a Monty y continuó:
—Hijo mío, nadie puede decir quién guió tus pasos hasta «Canyon Walls›, pero, por mi parte, siempre creeré que ha sido obra de la Providencia. Rebeca y tú podéis casaros.
—¡Oh madre! —murmuró la joven, llena de júbilo, y ocultó el rostro en el hombro de su madre.
—Bien; soy muy feliz, y de veras la quiero — tartamudeó Monty—; pero creo que no la merezco, señora; usted sabe que este...
La mujer le hizo señal de que guardase silencio.
—Debéis ir a White Sage y casaros inmediatamente.
—¡En seguida! ¿Cuándo? — inquirió Rebeca.
—¡Vamos, señora Keetch! Yo que usted no atosigaría a la muchacha. Deje que se tome algún tiempo.
—No. ¿Por qué esperar? Ella ha sido una joven inquieta, deseosa... Mañana la llevas al altar, Sam.
—Bien, si es que Rebeca lo quiere así — dijo Monty con ansiedad.
—Sí — susurró ella —. ¿Estarás con nosotros, madre?
—Desde luego-exclamó de pronto la señora Keetch, como inspirada—. Iré; quiero cruzar la raya de Utah una vez más antes de ausentarme de este mundo... Pero no iremos a White Sage, sino a Kanab. Quiero que os case el propio obispo.
En la agitación del momento, madre e hija dominadas por la emoción propia de las circunstancias, Monty intuyó algo más que la tremenda importancia de una boda en puertas. Algún motivo íntimo y poderoso inducía a la señora Keetch a elegir Kanab para la celebración de la ceremonia de la boda de su hija Rebeca con un gentil, y precisamente oficiada por el propio obispo. Monty parecía navegar en las nubes. No podía creer en su buena suerte. Nunca en su vida había tenido tan cerca la felicidad como ahora.
Las mujeres se demoraron una hora en servir la comida. Durante la misma, la gran emoción que sentían trascendía a cada uno de sus gestos y palabras. Casi no probaron las viandas que abundaban en la mesa.
—Bien, parece que estemos en domingo — comentó el joven luego de ingerir rápidamente su ración—. He hecho algo esta mañana, pero me parece que esta tarde terminaré unas cosas...
—¡Oh Sam! No lo hagas — interrumpió Rebeca con timidez—. Ten en cuenta que hemos de partir...
—¿Cuándo será eso, Rebeca?
—Mañana por la mañana, temprano.
—Bien; de todos modos, recogeré la alfalfa. Puede que llueva, ¿sabes? Rebeca, ¿te parece que puedes estar lista al rayar el día para emprender la marcha?
—Sería capaz de permanecer en pie toda la noche, Sam.
La señora Keetch presenciaba la escena con satisfacción y les sonrió.
—No hay prisa, hijos míos. Saldremos luego de desayunarnos, y alcanzaremos Kanab con suficiente antelación para disponer los preparativos de la ceremonia para el día siguiente. Eso dará tiempo a Sam para comprar un buen equipo de trajes, y en especial uno adecuado a la trascendencia del acontecimiento.
—¡Cáspita! De veras que no había caído en eso
—admitió Monty, pesaroso.
—¡Sam Hill! ¡No irás a casarte conmigo ataviado con sombrero aludo, camisa encarnada, pantalón azul y botas de montar! —se asustó Rebeca.
—¿Y qué hay del revólver? — añadió Monty.
—¡El revólver! — exclamó Rebeca.
—Es cierto. Te has olvidado de que solía llevarlo siempre. Y puede que lo necesite para batirme con esos mormones que están locos por ti.
—¡Por el amor del cielo, Sam! ¡El revólver se quedará en casa! — terció la joven.
A la mañana siguiente, Monty apareció ante el porche con el calesín dispuesto para el viaje. La señora Keetch y su hija Rebeca no tardaron en aparecer, risueño el semblante y precioso el atuendo. De no ser por la diferencia en la edad, cualquiera hubiese tomado a la madre como a la futura desposada.
Con los Caballos descansados y ligera carga, el trayecto hasta Kanab se redujo a seis horas solamente. Las nuevas de la boda se esparcieron por la villa como un incendio en bosque sediento. Los agudos ojos de Monty no captaron ni una sola mirada de envidia, ni sus oídos frase que pudiera ser ofensiva para él. Esto le disipó para siempre el resto de duda que abrigase acerca deí predicamento que gozaban las Keetch entre los mormones. Los hermanos Tyler no faltaron a la celebración, y se esforzaron en que Monty se sintiera como uno de ellos. Planearon una nueva expedición de caza para el otoño, tras la pista de los caballos salvajes y los venados. En esta ocasión, Monty prometió que traería un potro salvaje para Rebeca. Las horas transcurrieron fugaces, y las dedicadas al sueño fueron muy pocas. Sin saber lo que ocurría, Monty se encontró a presencia del obispo mormón.
—¿Quieres entrar en el seno de la secta mormona?
—preguntó el obispo.
—Bien, señor; creo que no podría ser un buen mormón— repuso Monty, confuso—, pero le aseguro que siento gran respeto por su pueblo y su secta. Admito que jamás he tenido religión alguna, pero puedo decir que nunca me interpondré en tal sentido en el camino de Rebeca, ni en nada que pueda afectar a ella.
—En el caso de que le dé hijos, ¿no tratará que sean educados como gentiles? — demandó el obispo.
—Lo dejaré a la elección de Rebeca — repuso Monty quedamente.
—Y la denominación de Sam Hill, ¿es sólo un apodo?
—Sí; así me conocen los vaqueros.
La boda se celebró inmediatamente. Monty pensó que nunca escaparían a la multitud de amigos y curiosos— que habían acudido a presenciar la ceremonia. Por fin pudieron esquivar la muchedumbre y no tardaron en estar a salvo en el calesín, que corría de regreso ai hogar. Monty ocupaba solo el asiento delantero, y Rebeca y su madre se acomodaron en el de atrás. La faz, radiante de dicha, de su mujer conmovió a Monty, quien se juró hacer lo imposible para ser digno de su amor. Evidentemente, la señora Keetch acababa de vivir uno de los escasos grandes eventos de su vida. Monty no se sentía capaz de adi-
vinar qué era lo que dominaba en la mente de su madre política, aunque, a juzgar por su aspecto, parecía el de alguien que no iba a pedirle más a la vida. En algún lugar, y en un pasado ya lejano, se había cometido una tremenda injusticia en la persona de la viuda Keetch. Recordando ahora la extraña mirada que el obispo dirigió a Rebeca — mirada no exenta de avidez —, Monty se puso a meditar seriamente en ello.
El camino de regreso, en declive y al amparo de la fresca brisa del desierto, pareció muy breve a Monty, que no se cansaba de ponderar el hermoso paisaje, parecido a un mosaico multicolor.
Al llegar a la entrada del rancho «Canyon Walls», bajo el bosquecillo de álamos, hicieron alto, que Monty aprovechó para volverse y decir a Rebeca:
—Bien, esposa mía, henos aquí en casa. Creo que tendríamos que haber hecho un viaje de bodas mucho más largo.
En la cena que celebraron aquella noche, Monty vio por primera vez a la viuda Keetch inclinar la cabeza y elevar una plegaria al Señor por la felicidad de los recién casados, reunidos de modo tan peregrino; por la eterna prosperidad del rancho, abundante en leche y miel, y por un futuro de halagüeñas perspectivas.

En septiembre recogieron la quinta cosecha de alfalfa, que era un auténtico acontecimiento. Acudieron a «Canyon Walls» los hermanos Tyler, a prestar su colaboración. Sue Tyler llegó con ellos, con objeto de visitar a Rebeca. Se produjeron escenas de singular regocijo. Rebeca subía a todos los montones de alfalfa que había, dejándose caer profiriendo gritos de alegría. En una ocasión dijo a Monty:
—Joven, deberías orar ante cada almiar de alfalfa que formas.
—¡Vaya! ¿Y por qué he de rezar, Rebeca? — pidió él.
—Para agradecer todo lo que te ha traído esa hierba verde y olorosa.
La fortuna tendió su manto bienhechor sobre «Canyon Walls»: la cosecha de otoño fue soberbia. Tres carretas viajaron sin interrupción durante tres semanas, entre el rancho y Kanab, transportando para su venta los productos sobrantes. Mientras Monty, en compañía de los hermanos Tyler, se ausentó para su proyectada excursión cinegética, las mujeres de la casa, junto con las invitadas y las contratadas al efecto, se dedicaron con gran diligencia a una de las labores que el agricultor considera como más placentera: la de preparar cuanta conserva de fruta pudiese de la ubérrima cosecha de la estación.
Monty volvió a un hogar que no se había imaginado ni en sus sueños más optimistas. Rebeca estaba desconocida, y tan dichosa, que Monty se estremecía al oírla cantar y al seguirla en su diario trajín. La intriga parecía no tener solución para él, ni siquiera cuando ella susurró un día a su oído que posiblemente recibirían la visita de un angelito para la próxima primavera. Por fin se esfumaron las postreras vacilaciones del vaquero, que se daba con tenacidad al trabajo, a su adorable esposa y a recorrer en todos sentidos las tierras del desfiladero a la luz crepuscular. Por la noche, solo a la luz de la lumbre, fumaba su pipa, pensativo y dichoso.

Al invierno siguió la primavera, que trajo consigo la reanudación de la actividad plena. Se dedicaron a la tarea de ganar al desfiladero cinco kilómetros de terreno cultivable, en dirección oeste, que, una vez limpio de cactos y maleza, prometía buena recompensa. El único problema consistía en el riego, pero Monty lo solucionó construyendo una acequia que se alimentaba de la misma fuente que surtía las tierras de la hacienda principal. La buena suerte acompañaba todas sus acciones.
A mediados de abril, cuando los álamos y los melocotoneros comenzaron a echar vástagos, Monty sentíase intranquilo a consecuencia del acontecimiento en cierne. Era algo que le tenía en vilo, con estados de ánimo alternos. En un pasado que ya le parecía remoto, se había reído de la vida. ¡El joven y bravo «Humo» Bellew!
Y ahora, por algún intrincado designio de esa misma vida, él estaba próximo a ver una nueva existencia en cuya generación había tenido parte.
El 17 de mayo, unas horas después del desayuno, Monty fue llamado con urgencia. El corazón le latía de manera violenta.
La señora Keetch salió a su encuentro en el porche. Estaba tan cambiada, que Monty apenas la reconoció.
—Hijo mío, ¿recuerdas esta fecha?
—No — respondió el vaquero, extrañado.
—Hoy hará dos años que llegaste a nuestro hogar...
Y Rebeca acaba de darte un hijo.
—¡Dios mío! ¿Cómo se encuentra ella? — balbució.
—Ambos están bien. No podríamos pedir más. Todo es como una bendición de Dios. Ven, hijo.

A los pocos días se suscitó la importante cuestión del bautizo del neófito.
—Madre quiere uno de esos enrevesados nombres bíblicos — dijo Rebeca, compungida —, pero yo quiero que se llame Sam.
—Bien, no deseo que haya disputa por eso. ¡Es un chico estupendo, Rebeca!
—Le pondremos Sam. Es tu nombre, y me agrada
—decidió Rebeca.
—Rebeca, creo que olvidas que Sam Hill es más bien un apodo. No es mi verdadero nombre.
—¡Oh, sí! Ahora me acuerdo — repuso Rebeca. Sus grandes ojos brillaron —. En Kanab, el obispo preguntó por Sam Hill. Madre le explicó que era un apodo.
—Querida, antes tuve otro apodo — confesó con angustia.
—¡Vaya! Mi marido, con un pasado oculto. ¿Cómo te llamaban?
—Monty «Humo» Bellew; «Humo», de apodo.
—¡Qué divertido! Es posible que sea la señora Monty «Humo» Bellew ante la ley y ante la Iglesia, pero para mí, mi querido esposo, siempre serás Sam Hill.
—¿Y el muchacho? — preguntó Monty, ufano.
—Sam Hill, por supuesto.
Pasó una semana, plena de inquietud, y todo iba a bien tocante a la madre y al recién nacido. Monty dejó de andar de puntillas de un lado para otro, y ya no despertaba de pronto en la plenitud de la noche.
Y entonces, un sábado, al salir al amplio porche, oyó que alguien le saludaba. Vio cuatro jinetes que se aproximaban a la puerta de la cabaña. Le pareció que un grueso cerrojo era descorrido, dejando abierta de par en par la puerta de su pasado. ¡Eran jinetes de Arizona! Lo distinguía muy bien en sus enjutos rostros y en sus largos y delgados cuerpos, en el modo de llevar sus armas y en el porte de sus monturas.
—¡Quietos, muchachos! — dijo el que iba delante cuando Monty bajó lentamente del porche.
El instinto de defensa actuó en el cerebro de Monty con la celeridad del rayo. Siguió un imperceptible movimiento de la mano diestra en busca de la culata del arma, pero se dio cuenta a tiempo de que, por fortuna, iba desarmado. La antigua costumbre era demasiado poderosa todavía. Sus penetrantes ojos percibieron el lento moverse de cuatro manos al separarse de las caderas. La primera reacción de Monty fue seguida de un sentimiento de impotencia y desesperación.
—¡Hola, «Humo»! — dijo el hombre que abría la marcha.
—Bien. ¡Que me maten si no es el propio Jim Sneed en persona! — respondió Monty al reconocer al comisario.
Descendió los peldaños del porche y se encaminó hacia el recién llegado para ofrecerle la mano. Sintió que unos ojos avizores le recorrían de arriba abajo.
—El mismo — dijo el hombre —. Sabía que me reconocerías, aunque no fui demasiado listo en despejar la cortina de humo que tendiste alrededor de ti.
—¡Ajá! ¿Qué les ha traído por aquí, Jim? — inquirió Monty contemplando a los tres vigilantes jinetes.
—Lo más importante que tengo que hacer es comprar unas cabezas de ganado para Strickland, que me dijo que te llevara de regreso, si no me pillaba demasiado lejos de mi camino. Tuvimos noticias de que habías sido

visto en Kanab. Hice unas pesquisas en White Sage, y no tardé en saber quién era en realidad Sam Hill.
—Ya veo. Mala suerte que se tratara de Strickland precisamente. Mi buena estrella no podía durar tanto.
—«Humo», tienes muy buen aspecto — manifestó el comisario mirándole con beneplácito —. Seguro que dejaste la bebida a un lado, y he comprobado, además, que no llevas revólver.
—Todo eso se acabó para mí, Jim.
—¡Maldición!-exclamó el comisario, sacando un cigarrillo y prendiéndole fuego —. Bellew, no sabía nada.
—Lo comprendo. Jim, me gustaría saber si mi nombre se mezcló con lo de Green Valley, hará cosa de un par de años y pico.
—De ningún modo, «Humo», y me alegro de ello. Fue obra de tus compinches Slim y Cuppy. Y Slim murió al cubrir la retirada a Cuppy.
—¡Ajá! Así que Slim... Bien, bien — asintió Monty. Se detuvo y por unos instantes su mirada quedó inmóvil en el vacío.
—«Humo», cuéntame lo que haces por aquí — dijo Sneed.
—De acuerdo. ¿No le importa entrar?
—Está bien, aunque creo que no debiera. Pero todavía sigo viendo en ti al vaquero.
—Bien, sea bienvenido. Baje del caballo y venga conmigo.
Monty condujo al comisario hasta la alcoba donde se encontraba Rebeca. Estaba despierta, jugueteando con el pequeñín que tenía a su lado en el lecho.
—Jim, te presento a mi esposa y a nuestro hijito
—dijo Monty, orgulloso —. Y éste es Jim Sneed, un antiguo amigo de Arizona.
Aquel instante debió de ser muy duro para el comisario ante la bienvenida cordial de la ruborizada esposa, la sonrisa del bebé, que retozaba con un dedo de su padre, y el ambiente de dicha que respiraba aquel hogar.
AI salir de nuevo al porche, el comisario Sneed se enjugaba la frente, que tenía humedecida de sudor.
—Escucha, vaquero — tronó a Monty —. Espero que no habrás engañado a esa dulce muchacha.
Monty le refirió los puntos más destacados de su noviazgo, y suplicó al comisario que creyese palabra por palabra.
—¿Así que te has convertido en mormón? — dijo el visitante.
—No, pero permaneceré siempre fiel a las dos mujeres... Y otra cosa, Sneed. No permita que aquí o en White Sage se sepa por qué me voy con usted... Puedo mandar recado a mi mujer que me ha sido preciso volver a Arizona... y que ya regresaré algún día.
—«Humo», creo que necesito un buen trago — respondió'Sneed—, pero barrunto que no tienes nada que ofrecerme.
—Sólo agua y leche.
—¡Por el amor de Dios! ¡Agua y leche para un buen nativo de Arizona!-dijo Sneed deteniéndose en el portal.
Hizo un gesto de disgusto con la mano. La acerada mirada de sus ojos se dulcificó.
—«Humo», ¿puedo comunicar a Strickland que le mandarás algún dinero de vez en cuando, hasta que la deuda quede saldada?
Monty le miró con asombro, y por unos instantes se quedó mudo.
—Jim..., seguro que puedes hacerlo.
—Muy bien, pues — repuso el comisario en voz alta. Descendió los peldaños y de un salto se encaramó a la silla de la montura—. Adiós, vaquero. Pórtate bien con esa mujercita.
Monty apenas pudo hablar. Contempló absorto a los jinetes que atravesaban la alameda para salir al encuentro de la senda que los llevaría allende la entrada del cañón, hacia el grandioso desierto. Su corazón no cabía en sí de gozo. Pensó en Slim y en Cuppy, los compañeros de correrías en su época de violencias. Ahora podía evocar el pasado sin alarma alguna. El fantasma del pretérito no le incomodaría en el porvenir. En adelante, si llegaba la oportunidad, podría alegrarse de ver a jinetes de Arizona acudir a «Canyon Walls».

EL ALUD

CAPITULO PRIMERO

Pocos años después de que las tropas del general Crook desalojasen de sus ancestrales territorios los residuos de la levantisca tribu de los apaches, la antigua ruta india que enlazaba la demarcación de los Mogollones con la de Cuatro Picos, cruzando la cuenca del río Tonto, se había transformado en una vía frecuentada por caravanas de colonos ganaderos y ovejeros que acudían a instalarse en la región.
Un buen día, Jacob Dunton y su familia acamparon en las proximidades del cruce del camino con el río Verde. El paisaje había cautivado al esforzado campesino de Kansas. Desde el reborde de la prominente mesa, sus penetrantes pupilas habían distinguido el caudaloso arroyo que discurría en frecuentes meandros por los herbosos calveros del frondoso bosque que dominaba el valle, que ponía en escena su ramaje verde oscuro. Su esposa Jane y el hijo de ambos, Jake, de seis años de edad, estaban agotados por el prolongado viaje, y el granjero consideró que unos días de reposo serían bien acogidos por todos ellos. En canto que su familia recuperaba sus energías en la paz del campamento, Jacob Dunton recorrió a caballo la faz de la mesa, explorando la magnífica espesura, los escarpados desfiladeros que la rodeaban y los pastos naturales que salpicaban el territorio. Había en él caza abundante y mucha agua, tanto, que Jacob lo consideró apropiado para establecer en él su hogar.
Al regreso de su incursión vio que su hijo Jake jugaba con un bello muchachito de rizado cabello, que acaso contaría un año más que su vástago.
—¡Hola! ¿Quién es ese jovencito? — preguntó el colono a su esposa.
Esta era una mujer joven todavía, de aspecto frescachón y muy bien parecida.
—No lo sé — respondió ella, inquieta —. Hoy han pasado por aquí muchas caravanas, que se detuvieron a repostar agua.
—Por lo visto, este niño se ha extraviado y no han acudido aún por él — comentó el granjero —. Seguro que no tardarán mucho en venir a recogerlo.
Pero aquel día nadie se presentó en el campamento de los Dunton reclamando al niño abandonado, ni al día siguiente, ni al otro.
—Jake, ¿cómo se llama tu nuevo compañero? — preguntó Dunton a su hijo.
—No lo sé, papá. No me lo ha dicho — repuso Jake.
Por lo visto, eso no preocupaba al pequeño Dunton; se sentía demasiado feliz por tan inesperado camarada para adentrarse en detalles sin importancia para él.
La señora Dunton pudo sonsacar la palabra «Dodge» al niño desconocido, pero no estaba segura de si el nombre correspondía a su apellido o se refería al lugar de su procedencia. El rapazuelo era tímido y algo raro. Su comportamiento parecía revelar cierto temor a las personas adultas.
Dunton resolvió afincarse en el hermoso valle situado aguas arriba, si bien no tenía ninguna prisa por hacerlo. Por mediación de las caravanas y viajeros solitarios que aparecían por su campamento envió noticias de Dodge, el niño perdido; sin embargo, nadie compareció para llevarse al niño.
—Jane, tengo el presentimiento de que sus padres, si viven, no quieren tenerlo con ellos — dijo Dunton a su esposa, afectando tono grave.
—¡Oh, no! ¡Un chiquillo tan encantador! — objetó ella.
—Bueno, no puede decirse nada en concreto. Quizá no tiene parientes próximos. No sé qué hacer en este asunto, de veras; no voy a recorrer toda la región en busca de los familiares de ese niño perdido. Ya es hora de que procure un lugar adecuado para fundar nuestro nuevo hogar.
—Podemos tenerlo con nosotros hasta que alguien venga por él — propuso Jane—. Él y nuestro Jake se avienen mucho, y ya sabes que nuestro hijo es un tanto retraído; así que la compañía del niño forastero le hará mucho bien.
—Estoy de acuerdo contigo — repuso el colono.
En seguida compuso un tosco letrero, tallando en la madera las palabras «niño perdido», y con una flecha indicaba arroyo arriba. Lo clavó en un árbol que había junto al vado, en espera de que surtiese efecto. Una vez arreglado lo que le pareció deber elemental, se consagró a la penosa tarea de trasladar a su familia y enseres al sitio elegido para fijar su cabaña.
El pequeño Jake escogió el nombre de Verde para designar a su compañero de juegos, y la denominación fue aceptada. Pasaba el tiempo, y ningún padre angustiado se presentó para recoger a Verde. Al correr de los días, el burdo indicador presentaba la señal implacable del tiempo, y el lugar donde la cañada atravesaba el camino fue bautizado con el nombre de «Vado del Niño Perdido».
Se sucedían los años, y los ranchos iban moteando la extensa y boscosa cuenca del río Tonto. No eran en verdad demasiado abundantes en relación con la inmensidad del espacio disponible; las superficies de tierra cultivable estaban muy diseminadas, y la traída de aguas requería ímprobos esfuerzos para su canalización. Más allá del valle existían otras haciendas mucho más espaciadas, lógicamente ubicadas en las zonas más idóneas. Las caravanas dejaron de transitar por la mesa y sus bosques ubérrimos, para circular por los anchos espacios allende la llanura; los colonos procedentes del Medio Oeste no comparecieron más por la demarcación.
El valle del Tonto quedó tan solitario como antes de que se viera concurrido por el paso de las caravanas. En cierto modo ofrecía un aspecto tan desolado como en los días heroicos de Jerónimo y sus briosos apaches. La causa de ello había que buscarla en la presencia de los cuatreros, cuyas pandillas encontraban seguro refugio en los poco accesibles desfiladeros que bordeaban la mesa. Estos abigeos depredaban a los ganaderos instalados en el territorio, constituyendo un serio obstáculo a su prosperidad. No obstante las cuantiosas pérdidas, los perjudicados veían acercarse el día en que semejante latrocinio tocaría a su fin. En realidad, el sangriento conflicto conocido por la «guerra del Valle Feliz», cuyo eco resonó en todo el Oeste como la querella entre vaqueros y ovejeros, no fue otra cosa que la cruenta batalla que libraban de continuo vaqueros y ladrones de ganado. El dogal que amenazaba con asfixiar a los honrados ganaderos acabó por romperse, y de modo paulatino la cuenca del Tonto recobró la tranquilidad y la certeza de un brillante futuro para sus moradores.
Jake y Verde crecieron juntos en una espaciosa cabaña de troncos, acunada por la fragosa y escarpada ladera áurea de la mesa que dominaba el valle. La cañada que corría por las proximidades de la cabaña retumbaba en primavera a causa de la impetuosa corriente que formaba la nieve fundida, y se tornaba en melodía suave en las restantes estaciones.
Los chicos maduraban con los venados, osos y pavos silvestres que pululaban al borde de los pastizales, en los que tascaban multitud de terneros y potros. Los muchachos aprendieron el arte de rastrear animales, al igual que otros mozalbetes de sus años se ejercitaban en los juegos apropiados a su edad. Antes aprendieron la caza y demás artificios inherentes a ella que los rudimentos de la cultura. De hecho, los escasos veranos en que pudieron asistir a la escuela fueron los transcurridos entre los doce y los dieciséis años.
Ambos se desarrollaron de conformidad al tipo larguirucho característico de la región. El ejemplar humano corriente en el valle del Tonto era una mescolanza de jinete y cazador, vaquero y talador, con un sello más destacado de habitante de bosque que de llanero.
Jake, a los veintidós años, era un gigante de más de un metro ochenta de estatura, un tipo esbelto, de caderas estrechas y amplios hombros. Su rostro era de facciones ordinarias, de piel tan rugosa como la corteza de uno de aquellos pinos entre los que había llegado a alcanzar la edad adulta. Su cabello era una masa ingente e hirsuta, las cejas prominentes y la nariz algo desproporcionada. De su boca no podía decirse que era pequeña, pero, al mirar de cerca sus ojos, desaparecían sus múltiples defectos en la conformación de su semblante. Eran de un gris claro, de mirada aguda y penetrante, hermosos pese a su brillo incipiente.
Verde, un año mayor que Jake, medía tres o cuatro centímetros menos que éste, pero era de constitución más recia, aunque de idéntica esbeltez y flexibilidad. Su pelo era rubio y ensortijado, las mejillas coloradas y los ojos de azul intenso; tenía el aspecto de un joven semidiós de los bosques.
Los dos jóvenes, desde el día de su encuentro fortuito en el «Vado del Niño Perdido» hasta sus años mozos, formaron un dúo inseparable. Era incluso difícil que dos hermanos de la misma sangre hubiesen mostrado mayor afinidad.
Jake amaba la caza más que cualquier otra tarea o diversión, en tanto que Verde prefería los caballos. Como jinete nato que era, se inclinaba, naturalmente, por las cabalgadas a campo abierto. Jake era más diestro con el rifle y con el revólver, así como en todo lo relacionado con la captura de animales salvajes utilizando trampas para ello. Verde no tenía rival en el empleo del lazo. Era capaz de lacear, derribar y amarrar un novillo en un tiempo mínimo insuperable. El padre de Jake tenía a Verde por el máximo «laceador» de toda la cuenca del Tonto. Verde no era tan hábil como Jake manipulando el hacha, pero dejaba muy atrás a Jake en la importante ocupación de segar forraje verde para el ganado.
Así que ambos jóvenes, con sus capacidades y preferencias encontradas, componían un equipo al servicio de Jacob Dunton sin parangón en toda la cuenca del Tonto. El granjero había abandonado ya la esperanza de averiguar el linaje de Verde, y el joven había olvidado también desentrañar el enigma de su procedencia. Los Dunton no tenían otro hijo que Jake; así que el gran hato de ganado que algún día pensaban reunir pertenecería a Jake y a Verde, a partes iguales.

En primavera, después del rodeo, la tarea era ardua y prolongada por demás, atendiendo a la selvatiquez de loe bosques y a la fragosidad de las gargantas en los que pastaba el ganado. Se añadía a ello las labores de arado y siembra, la roturación de nuevos predios y la erección de cercas. Y por fin la recolección en la época otoñal, la más estimada entre los rudos colonos. En ella celebraban sus concursos de habilidad en la cosecha de fríjoles y en la siega de plantas forrajeras; también en los bailes, que eran para esa gente el suceso capital en sus sencillas y laboriosas vidas. Al fenecer el otoño sacrificaban cerdos y bueyes para su sustento durante el invierno, así como animales silvestres, como el venado. Y hasta la aparición de la siguiente primavera no se ocupaban más que en comer y partir leña para el hogar, ante el que permanecían tanto tiempo que las piernas se les llenaban de cabrillas.
También el otoño era la estación elegida por los colonos de la zona superior de la cuenca del Tonto para reunirse y danzar una vez a la semana. En alguna ocasión, el festejo tenía lugar en alguna cabaña lo bastante espaciosa; otras, en el barracón de madera que servía de escuela, pero mucho más a menudo ocurría en Tonto Fiat, el poblado más cercano.
La solemnidad tan esperada constituía el magno acontecimiento social. En el pueblo no había parroquia, ni casa consistorial, ni lugar adecuado para que se congregaran viejos y jóvenes, y por tal motivo el sarao era tenido por asunto serio e importante. En la fiesta, los robustos mozos labriegos descubrían y cortejaban a sus futuras consortes; acaso fuese esta Tazón el fundamento de las galas semanales. Para los jóvenes en edad núbil, no existía otra oportunidad de entablar relaciones.
Era inusitado que en esas fiestas no surgiesen desavenencias entre los mozos, que eran saldadas con los puños; en alguna ocasión, la cosa había sido más seria de lo que cabía esperar. La pelea era innata en los jóvenes rústicos del valle. ¿Acaso sus progenitores no lucharon a muerte con los cuatreros por espacio de veinte años? Esos rudos colonos arreglaban sus desavenencias sobre cuestiones de ganado, tierras y riego con el frío acero o de ardiente plomo; sus enemistades se resolvían siempre con efusión de sangre.
Jake y Verde no faltaban a ninguna de esas fiestas. Incluso cuando su proximidad les sorprendía en plena cacería en los abruptos cañones o en la frondosidad de los bosques que ocupaban la extensa mesa, hacían lo imposible para acudir a tiempo al máximo acontecimiento de la semana. Y ambos jóvenes eran muy afamados entre las jovencitas del valle. Raras veces cortejaban a la misma muchacha en una de las celebraciones, y cuando llegaba el caso se comentaba como hecho muy exclusivo. A veces intercambiaban las parejas — cosa que causaba asombro y regodeo entre la mocedad masculina —, aunque siempre era causa de inquietud en los mayores. Jake y Verde no correspondían satisfactoriamente al verdadero móvil a que obedecía la intencionada diversión. Ninguno de los dos jóvenes se interesaba en serio por alguna de las muchachas casaderas, aunque los dos eran un buen partido para cualquiera de ellas. Esto, añadido a su cortés indiferencia y a la fraternal dedicación que se profesaban, era fuente inagotable de sordas rencillas.
—Bien — exclamó Jacob Dunton un buen día —. Espero que mis muchachos lleguen a cansarse alguna vez de pavonearse de ese modo ante las chicas.
—Te digo, padre — repuso la mujer—, que no se trata de eso precisamente. Ambos tienen ya edad para actuar más seriamente. Lo que ocurre es que Jake y Verde están demasiado encariñados uno del otro para fijar su atención en una de esas jovencitas que buscan marido. Quiero a Jake y a Verde tal como son, pero créeme que a-veces me preocupan.
—Creo que no hay motivo para eso — dijo el colono meneando la cabeza, poblada de espesa melena —. Alguna de esas picaras acertará a separarlos algún día como una cuña metida en un grueso taco de madera.

CAPÍTULO II

Con motivo de la incorporación de la señorita Kitty Mains a la colonia se celebró una noche en Tonto Fiat un baile extraordinario en honor de la recién llegada.
Jake y Verde supieron las nuevas con retraso; así que se presentaron a la fiesta sin su pareja correspondiente, estando la danza en su apogeo. Tuvieron tiempo sobrado para observar a la señorita Mains antes de tener ocasión de que les fuera presentada. Antes de que tuviera lugar el encuentro, la tormenta había fraguado ya en el ánimo de ambos jóvenes.
Éstos tuvieron la oportunidad de saber todos los pormenores relacionados con la muchacha; la información f les fue dada por otros pretendientes tan subyugados por la joven como ellos lo estaban. Kitty era hija de un conocido tratante en caballos, oriundo de St. Louis, que llegó a Arizona por razones de salud, el cual tenía el propósito de adquirir la vacada de los Stillwell e iniciar negocios ganaderos en gran escala. Se le tenía por hombre en extremo pudiente.
Pero estas circunstancias eran innecesarias para estimular el interés hacia Kitty Mains. La joven poseía una rara belleza, de una factura totalmente inédita para los galanes del valle del Tonto. Su estatura era más bien reducida, aunque plena de gracia, y sus formas eran armoniosas y bien modeladas. Su rostro fascinaba a hombres y mujeres por su hermosura y picardía; era de esos semblantes que cautivan a todos por igual. Tenía el cabello castaño, crespo y abundante, y muy indómito. Sus finos labios estaban arqueados por una sonrisa que parecía no querer abandonarlos jamás, y tenían la dulzura de una cereza en plena sazón. La apostura de la joven la diferenciaba en gran manera de las muchachas de la comarca, que con su garbo y colorido parecían rústicas muñecas en comparación con la forastera. Presentaba sobre ellas la tremenda ventaja de su atuendo, elegante y a la última moda; su vestimenta al estilo del Este ponía al descubierto sus bien torneados brazos y la blancura de su cuello de cisne. Pero el mayor encanto de Kitty residía en sus ojos, que poseían la rareza de ser de diferente tonalidad, azul uno y castaño el otro; esta propiedad ofrecía un contraste de singular belleza. Era una realidad el que Kitty Mains pudiese mirar a un joven con dos ojos distintos, lo que le confería cierta dualidad en su modo de ser, tierno, inquieto y cautivador uno, y diabólico el otro.
Era indudable que la muchacha, aun antes de trabar conocimiento con Jake y Verde, conocía la vinculación existente entre ambos. Menos vacilación cabía acerca de la curiosidad y el interés antagónico que sentía hacia ellos. No había ángel tutelar que rondase a los jóvenes para prevenirlos que Kitty Mains no era más que una coqueta inconsciente, una alma de insaciable avidez que vivía para el amor, aunque sin devolverlo por su parte. Su singular naturaleza no consentiría nunca que en su derredor existiese un lazo tan hermoso como el cariño fraternal que unía a Jake y a Verde de modo indisoluble. La joven poseía el instinto del animal carnicero, que o caza por saciar su apetito o por el puro placer de matar.
De entre la infinita variedad de sus admiradores, escogió a varios con los que podía sustituir, a su voluntad, a Jake y Verde. A aquéllos, de vez en cuando, les tocaba la suerte de bailar con ella. Las demás muchachas ya se habían dado cuenta de lo que ocurría, pero Jake y Verde estaban ignorantes de ello.
Kitty se mostraba a cada uno de los dos jóvenes tan opuesta como la disparidad en el color de sus ojos y en la de su carácter. Torturaba a Verde con el lado demoníaco de su personalidad, tentándole de continuo, seduciéndole con la inagotable catarata de su palabrería retadora, nueva y poco menos que irresistible para él, eludiendo el abrazo ardiente del joven, aunque atrayéndole hacia sí a cada instante. A Jake le tenía encandilado como una serpiente a un tierno e inocente pajarillo. Parecía no tener vocablos para ese tranquilo, taciturno y rústico mozo. Para él reservaba la timidez y la ternura de la mirada de su pupila azul, y muchas veces la perfumada cabellera de Kitty rozaba los encendidos labios del joven.
Jake y Verde salieron de la fiesta al nacer las horas grises de la amanecida y sólo cuando perdieron la esperanza de conseguir una nueva danza con Kitty. Cabalgaban bajo la oscura bóveda del firmamento, aclarada m únicamente por un manto de blancas y fulgentes estrellas. No sentían en su carne el mordiente del viento, gélido y punzante. Parloteaban como un par de simples acerca de los encantos de la joven, y siempre terminaban por alabar sus desiguales ojos — el azul y el castaño—, tan dulces, hermosos y exóticos.
Se apartaron del camino para internarse en el sendero que los llevaba por el bosque solitario, bajo el oscuro ramaje de los pinos, y su charla seguía tan viva como al partir, comentando los atributos de la muchacha de Saint Louis, y cada uno se esforzaba en superar al otro en la excentricidad de sus alabanzas. Al fin cayeron ambos en cerrado mutismo.
Se adentraban cada vez más en la espesura ascendente de la región boscosa que atravesaban, cuando la rosada aurora apareció por el cantil del desfiladero donde tenían sus lares, tomando el puesto que antes ocupaba el frío y fosco cielo acerado. El tono rosáceo tornose áureo, hasta que al fin se resolvió en la gloriosa refulgencia del sol naciente.
La Naturaleza se repetía en el súbito y violento renacer en sus propios corazones.
Así prosiguieron las cosas entre Jake y Verde hasta la culminación de septiembre, justamente al iniciarse la dorada estación otoñal.
En los comienzos siempre encontraban oportunidad para hacer juntos el camino hasta Tonto Fiat. Poco después, Jake pretextó un día ir por su cuenta, aprovechando la coyuntura de que Verde se hallaba en alguna zona alejada de sus tierras. A la semana siguiente, en el día fijado para la fiesta, Jake se convirtió en el compañero constante de Kitty Mains.
Verde no sabía qué partido tomar ante la extraña situación, en especial por lo complejo de sus sentimientos.
Le dolía que Jake hubiese dejado de sincerarse con él por primera vez en su vida. Acudió al baile solo, huraño y confuso. Kitty accedió a bailar con él mayor número de veces que el que reservó para Jake. Tal proceder era contrario a la norma reinante entre los naturales; el acompañante de turno atendía el carnet de baile de su protegida, o bien se asignaba el derecho de ser la pareja permanente de la misma. Jake, por su parte, hubiera deseado ser generoso, pero no tenía alternativa; se consideraba dichoso de aceptar los bailes que ella se dignaba otorgarle. Así que, teniendo Jake el privilegio de ser la escolta asidua de tan cautivadora y gentil damisela, fue Verde el principal beneficiario en compartir las danzas con ella y en recibir sus más deslumbradoras sonrisas.

A la semana siguiente surgió la primera grieta en la perfecta camaradería que había existido hasta entonces entre ambos jóvenes, más unidos que muchos hermanos de carne y sangre. No acertaban a explicarse lo que acontecía entre ellos. Ya no compartían cacerías, ni labores, ni las interminables cabalgadas por los vericuetos de la agreste región. Verde se ausentó de casa por un par de días, y regresó de Tonto Fiat con buenas razones, al parecer, de mostrarse satisfecho. Y fue él quien actuó de acompañante de la desconcertante señorita Kitty en el festival siguiente, aunque su victoria fue más bien efímera, pues tuvo que soportar idéntico trato que el acordado a Jake en la semana anterior.
La incierta situación que implicaba a los tres era la comidilla de todos en la cuenca del río Tonto. Nunca como entonces se vieron tan concurridas las fiestas, y cualquier muchacha de la colonia se regocijaba en secreto de aquel estado de cosas, ante la pasión que Kitty Mains había sabido inspirar a los jóvenes Dunton.
Éstos descuidaron las tareas propias de la estación cosechera por excelencia, hasta el punto que el viejo Jacob Dunton se vio obligado a llamarlos al orden. Sin embargo, su escaso tacto en la reconvención no hizo más que añadir leña al fuego que consumía a los muchachos. La señora Dunton era demasiado cauta para pronunciarse de algún modo, pero su inquietud iba en aumento. Los jóvenes del valle aguardaban con furiosa impaciencia el momento inevitable de la pelea. Las muchachas, aparte del natural resentimiento y celos que las corroían, no participaban de la alegría que tal situación originaba entre los varones.
Dos semanas más, con sus bailes correspondientes, llevaron la situación al paroxismo. Ambos fueron catastróficos para los fogosos pretendientes, pues Kitty no hizo acto de presencia en uno de los saraos, y en el otro se hizo acompañar del joven Stillwell.
Jake y Verde se iban malquistando de modo paulatino, sentimiento que se tradujo en el deseo de aislarse más bien que de entrar en abierto conflicto. El rehuir mutuamente la compañía creó en ellos un profundo vacío espiritual que se agigantaba por momentos. A juzgar por la entrañable amistad que reinaba entre ellos, cualquiera hubiera podido’ imaginar que los jóvenes hablaran sincera y varonilmente de sus diferencias, y acaso comparecer ambos ante Kitty y someterse a su decisión terminante. Pero la misma intensidad de sus emociones eliminaba dicha posibilidad; estaban inmersos en la vorágine de algo que rebasaba su capacidad de comprensión.

Al decir de los viejos colonos del valle del Tonto, todo en el ambiente hacía vaticinar que se avecinaba un otoño prolongado, tardío y persistente. El veranillo de San Martín era muy bien recibido por los colonos; convertía en menos penosas las tareas conducentes a la preparación para la llegada del invierno, y era además signo evidente de que la estación fría sería de mayor brevedad. Pero casi siempre un otoño abreviado acostumbraba llevar como epílogo una de esas terribles tormentas de funestas consecuencias. Dichas borrascas solían provocar serios daños en las mejoras introducidas en el verano precedente, sin mencionar las cuantiosas pérdidas que originaban entre el ganado.
Las intensas y benefactoras heladas no se produjeron a su tiempo; las lluvias escasearon, y las hojas mudaban de color con tal lentitud, que la maravillosa coloración amarillo-purpúrea que adquiría el paisaje no se produjo en toda su plenitud hasta finales de octubre. Los salvajes moradores del bosque no daban indicio de la inminencia del invierno. Por lo general, ya era tiempo de que los venados y pavos silvestres abandonasen sus moradas en la espesura; que los maizales ofrecieran su óptima madurez; que los senderos se alfombrasen de hojas desprendidas de sus ramas y que los osos estuvieran bien cebados y convenientemente «localizados», como decía el viejo Dunton. En el ámbito de la agreste naturaleza flotaba un sereno y adormecido compás de espera. El céfiro quejumbroso e intenso se filtraba por entre el espeso ramaje de los pinos. Las ardillas retardaban su afán en recoger las aovadas pinas; la proximidad de las primeras nieves era indicada por el apagado rumor de las pinas al golpear el suelo, tupido de finas agujas. Nada turbaba la insólita quietud de la serena Naturaleza. El alce, el dañino arrendajo y el lobo no dejaban sentir todavía sus voces características.
Pero la llama que ardía en los corazones de Jake y de Verde, una vez prendida, y conscientes al fin ambos jóvenes de la pasión que los devoraba, no esperó a producir sus efectos en aquella perezosa aparición de la época más fructífera del año.
Ninguno de los jóvenes del valle esperaba a que las hojas caídas rebasaran la altura de sus altas botas, provistas de grandes espuelas, para dirimir los problemas del amor. Se lanzaban al asalto de la plaza asediada, sin cuidar demasiado en los procedimientos. Jake y Verde agrandaban en ellos los mismos elementos de primitiva rusticidad, en la que superaban, si cabe, a sus coterráneos. Ya nunca comparecieron juntos por Tonto Fiat, pero no transcurrió siquiera un solo día de aquel mórbido octubre sin que acudiesen a rendir pleitesía a Kitty Mains. La joven se vio prendida en las mallas de su tortuoso proceder. La enconada rivalidad entre los bravos jóvenes era algo desusado en su experiencia, y se sentía atemorizada.
En el decurso de varias semanas, la celebración del máximo acontecimiento social se celebró en Tonto Fiat o en Green Val ley, lugares ambos los más accesibles para los pobladores del valle del Tonto; a veces, el enorme barracón de troncos que servía de escuela fue el marco de la fiesta. Estaba emplazado en el bosque, en la falda de la colina. En él, durante muchos años, tuvieron lugar las reuniones más sobresalientes que jalonaban los fastos de la comarca; y allí se celebraba también la última solemnidad al término de cada estación.
Arribó noviembre, y con él las serenas y caliginosas mañanas, seguidas de cálidos, indolentes y dorados atardeceres. Algo parecía aletear en el ambiente, sostenido por la gélida brisa que hería el bosque silente. El venado rondaba el llano, desertando de las alturas.
Jake y Verde requirieron el honor de acompañar a Kitty Mains en la fiesta que pondría digno colofón a la temporada otoñal. Esta vez concedieron a la joven la oportunidad de opción entre ambos, y ella demoró largo tiempo la decisión. Tal vez le fuera penosa la elección, pues con ella mostraría a todos su preferencia. O acaso era incapaz de tomar providencia por su reparo en sonreír a uno y zaherir al otro. Cabía también su temor ante una situación que ella misma había originado, y cuyas riendas escapaban a su dominio. Por fin, a punto ya de expirar la jornada anterior a la señalada para la fiesta, rechazó la sugerencia de ambos. Probablemente, ésta fue la primera ocasión, desde su llegada a Tonto Fiat, que dio pruebas de poseer cierta fortaleza de carácter.
El mismo día de la fiesta, por la mañana, Jake volvía del bosque y encontró a Verde sentado al sol, en actitud indolente, junto al establo.
—Verde — le dijo —, Kitty me ha enviado mensaje y dice que no me acompañará esta noche.
—Lo mismo te digo, Jake — respondió Verde, desolado*
—Creo que Ben Stillwell será su pareja — apuntó Jake.
—¡No!
—Es cierto. Me enteré esta mañana.
—¿Quién te informó?
—Estaba allá en la mesa y me tropecé con los Brown; siempre están al corriente de las últimas noticias. Tuck acababa de venir del pueblo.
—¿Qué opinas de este desaire de Kitty?
—¿Yo? Pues no lo tomo en cuenta — manifestó Jake en tono sombrío—. Me parece que se trata de un doble juego por parte de ella. Kitty es demasiado taimada para lastimar a uno de nosotros.

—Todo esto es muy extraño — murmuró Verde.
—¿Te das cuenta de cómo nos ha lacerado a ambos?— dijo Jake, desviando la mirada.
—Sí, pero no hemos de reprochárselo. En fin de cuentas, la culpa es nuestra.
—¡Vaya enredo! — musitó Jake.
Estuvo un rato allí, en silencio expectante, como si tuviera de qué hablar, sólo que no acertaba el qué o acerca de qué. Los dos jóvenes parecían ignorarse desde unas semanas a esta parte. Se comportaban como un par de extraños.

CAPITULO III

Un crepúsculo frío y melancólico se había enseñoreado aquella tarde del valle del río Tonto cuando llegaron a la enorme cabaña de troncos que servía de escuela los primeros jinetes y caravanas. El viento otoñal ululaba entre los bosques, poniendo lúgubre nota en el ambiente. El intenso murmullo de la torrentosa corriente bramaba sin cesar desde el lecho de la cañada. En la espesura resonaban voces, risas juveniles y el choque de las herraduras en la pedregosa senda.
En el lugar lucían dos enormes fogatas, una en el exterior, junto a una gran pila de leños dispuestos para alimentar la lumbre, y otra en una gigantesca estufa de hierro ubicada en un ángulo de la inmensa aula, vacía aún, que semejaba a un granero. Los bancos de madera habían sido adosados a las paredes de troncos, y media docena de lámparas de petróleo emitían una luz pálida y amarillenta.
Pronto se congregaron en el lugar las gentes del valle, muchas de ellas a caballo y otras en carretas y calesas. Un enjambre de revoltosos chiquillos alegraban con sus correrías la amplia crujía. Alrededor de las siete había algo más de cien personas, de pie, esperando el comienzo de la fiesta. El vocerío crecía por momentos, en tanto no cesaban de llegar nuevos concurrentes.
A cada grupo recién venido que ponía pie en la sala se alzaba un fuerte murmullo, seguido de ruidosos saludos de bienvenida. Al hacer su entrada el joven Stillwell, enfundado en su flamante terno oscuro, pálido el semblante por la emoción mal contenida, del brazo de una esbelta y menuda joven envuelta en una capa de pieles, se produjo en la sala un repentino silencio.
Nadie inició los parabienes a la pareja hasta que llegaron al rincón donde ardía la estufa. Recibieron las frases de rigor y de nuevo amainó el zumbido de las conversaciones. La gente mayor parecía sumida en grave silencio y expectación.
Kitty se hallaba ligeramente resfriada, como explicó a los presentes con su atiplada y dulce voz. Stillwell la ayudó a despojarse de la capa, que puso al descubierto el precioso y elegante vestido blanco de la joven, que atraía las ávidas miradas, para regalo de aquellos rudos varones, y a quien las mujeres contemplaban con significativos movimientos de cabeza.
Poco tardó en hacer su aparición el viejo violinista encargado de amenizar el baile con su inseparable instrumento, y la fiesta dio comienzo al fin, e iba a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Los bulliciosos rapaces, correteando entre las parejas entregadas a la danza, ponían la única nota divertida a la conmemoración anual de la época de la recolección, librándola de su aíre solemne y envarado. Los jóvenes tomaban muy a pecho la ceremonia; no había en ellos el menor asomo de timidez, ni ramplonería, ni conversaciones en voz alta, ni atrevimientos de ninguna especie, pero hasta un ciego hubiese adivinado que todos se entregaban abiertamente a cortejarse. Las parejas evolucionaban en círculos, no sin cierto donaire, siguiendo bien el ritmo de las melodías, pero los jóvenes conservaban impasible el rostro, aunque las miradas de sus ojos denotasen sentimientos muy diferentes. Las muchachas estaban arrobadas y ajenas a todo lo que no fuera el baile, en tanto los mayores seguían, complacidos, los alocados juegos de la chiquillería, que, casi exhausta, buscaba el calor de la lumbre para caer, rendidos por el sueño y el cansancio, sobre el cobijo de unas mantas dispuestas al efecto.
Jake y Verde llegaron juntos a caballo, aunque tan silenciosos y distantes como si los separasen muchos kilómetros de camino. La fiesta estaba en su plenitud, y desde el exterior percibieron el dulce rasgueo del violín y el continuo rumor de innumerables pisadas. Despojaron de las sillas a sus monturas y cubrieron a éstas con sendas mantas. Se dirigieron a la inmensa hoguera, donde desentumecieron las manos, ateridas por el frío; la música cesó en aquel momento, y el ruido de pies se amortiguó, seguido de alegre algarabía de voces. Docenas de parejas salían al aire libre, pese a lo desapacible del tiempo, para detenerse unos instantes ante la lumbre, y otras, caminando muy juntas y cogidas de la mano, se alejaban platicando como en un susurro.
Fue Jake quien se presentó el primero a Kitty, en solicitud de una pieza. La muchacha se ruborizó; estaba nerviosa y deslumbrante, y no disimuló su contento por la presencia del joven Dunton.
—He reservado tres bailes, Jake — dijo mirándole con sus enigmáticos ojos—. Uno para ti y otro para Verde, y el tercero para que vosotros...
—Quieres que luchemos para decidirlo, ¿eh? — murmuró él—. Bien, quizá no lleguemos tan lejos. Kitty, en lugar de bailar me gustaría tener unas palabras contigo.
—¡Oh, no, Jake! —protestó la joven —. Eso me estropearía la velada.
—Espero que no. De todos modos, esperaré.
Cuando le correspondió el turno, Jake se aproximó al grupo que rodeaba a la joven y la separó sin mucha ceremonia. La envolvió en su capa y la condujo fuera, bajo las frías y albas estrellas, a la sombra de los pinos. Tomó una de sus manos y la atrajo junto a sí.
—Kitty, esto no puede seguir así — manifestó el joven.
—¿Qué? — inquirió ella, tratando de apartarse.
—¿Por qué todo ese tira y afloja? Tú me has besado, ¿no es cierto?
—Bueno..., no así, precisamente — desvió ella.
—Sí, lo hiciste. De todos modos, dejaste que lo hiciera yo, lo cual es tan cierto como que Dios nos está viendo desde las alturas. Y me juraste, además, que me amabas, Kitty.
—¡Naturalmente que te quiero, Jake!-murmuró la muchacha.
De nuevo era la mujer casquivana de siempre, aunque un poco más firme esta vez.
—Eso es como repetirlo, Kitty adorada. Tus palabras lo confirman, aunque, por otra parte, me has escarnecido, lo has negado y me has lastimado mucho. Y eso no es lo correcto... En fin, que ya no puede durar más.
—¡Pero, Jake, no puedo ser de otra manera! — dijo ella, en actitud rebelde.
—Admito que no me gustaría que fueras distinta
—continuó él —. Te adoro locamente, Kitty, y si juegas conmigo de ese modo, yo...
Se interrumpió y guardó silencio. Instantes después continuó el diálogo, sencillo y elocuente, proclamando su pasión. Ella no se movió, fijas las pupilas en el moreno rostro del hombre, embelesada por la intensidad de aquel amor. Siempre había soñado en algo parecido, y sentíase transportada y confusa por el apremio y la ingenuidad de tan intenso cariño.
—Después de lo hablado, Kitty, voy a decirte algo que jamás pronuncié hasta la fecha — terminó, su voz reducida a un tenue susurro.
—Sí, Jake — murmuró ella.
—¿Piensas quedarte en esta región para el resto de tus días?
—Claro que sí. Mi padre se encuentra bien, y a madre le gusta la paz de los bosques. Y también a mí.
—Entonces, ¿te casarás conmigo? — preguntó él con voz ronca.
—Sí, Jake. Creo que siempre lo he deseado.

Más tarde, Verde reclamaba el baile que le había sido prometido por la joven. ¡Era tan diferente de Jake! Kitty estaba temblorosa. ¡Qué apuesto era! Y esta noche su rostro era más bien pálido, y los azules ojos tenían un extraño fulgor.
—Kitty, no me importa gran cosa el baile que me has concedido.

—¡Verde! No eres muy cortés, que digamos. Yo estoy ansiosa por bailar contigo — repuso Kitty.
La inquieta pupila maligna no se apartaba del joven.
Verde ni siquiera se tomó la molestia de pedir permiso a la muchacha para que le acompañase a dar un paseo: se limitó a tomarla por el brazo y la condujo fuera. Ella insistía en no salir sin la capa, pero el joven le respondió que no iba a necesitarla.
—Ja... Jake y yo hemos llegado a un acuerdo — tartamudeó ella.
—Me alegro muchísimo — respondió Verde —. Tú y yo también tenemos que hablar.
—¡Oh! — exclamó ella, asombrada.
El joven la agarró con firmeza por el brazo, hasta el pie del mismo pino bajo el que poco antes ella acababa de comprometerse con Jake. Kitty comprendió al fin que había sido víctima de su propia indiscreción. ¿Por qué tuvo que hablarle de Jake? El remordimiento y una extraña congoja hicieron mella eh su ánimo. Tenía razón: esos jóvenes atrevidos, que se adoraban como hermanos, cual modernos Daimon y Pitias, necesitaban una buena lección. Pero algo se había malogrado: Verde era muy diferente de Jake, aunque ¡cuán maravilloso era también!
—¡Ver... de! —balbució ella—. ¡Me muero de frío aquí!
De pronto se dio cuenta de que los escalofríos que le recorrían el cuerpo no eran producto de la baja temperatura imperante.
Por todo comentario, Verde la estrechó entre sus poderosos brazos y la levantó del suelo, oprimiéndola contra el pecho con un abrazo casi brutal. Ella contemplaba aquel rostro albino, hermoso y radiante a la luz de las estrellas, aunque un tanto severo de gesto. Kitty sentía que su pecho se henchía contra el del hombre.
—Kitty, querida, éste es nuestro compromiso — susurró-w Confieso que he sido demasiado sencillo para ti. Jamás me atreví como hasta ahora a tenerte así, ni a besarte como voy a...
—¡Verde! ¡No... no debes! —protestó ella, trémula en sus brazos.
Él la besó en los labios. La muchacha reprobó su conducta, aunque sentía en su interior que no podía ni quería resistir. Y miraba fijamente al joven, muy abiertos los ojos, fascinada, buscando en su mente palabras adecuadas. Sus labios iban a entreabrirse para hablar, cuando él los selló con sus besos, y después lo hizo con los hermosos ojos de la joven.
—¡Kitty, amor mío, te quiero tanto! — le decía con ternura, y la miraba profundamente a los ojos. Su voz estaba ronca por la emoción—. ¡Di que me amas..., o te ataré a un caballo y nos perderemos en el bosque!
Pero Kitty no era capaz de pronunciar palabra.
—¡Dilo de una vez!-ordenó él, sacudiéndola sin cesar, hasta que ella le rodeó el cuello con un brazo.
Kitty se sentía aún aturdida cuando nuevamente se encontró en la sala, perdida entre la multitud. Su joven compañero, el hijo de Stillwell, la invitaba a bailar, pero ella le rechazaba. La danza se convertía en auténtica pesadilla para ella; toda la exaltación por la fiesta había desaparecido en el ánimo de la muchacha.
La noche trajo la inevitable refacción que ella sabía organizada en su honor. Justo a medianoche fue servida una espléndida cena; era la ocasión que todos esperaban para conducirse con mayor desenvoltura. Por el momento, la vaga inquietud que se había apoderado de Kitty se había disipado, y volvió a sentirse a su gusto. No se atrevió, sin embargo, a mirar a Jake ni a Verde, aunque a veces la acometía un deseo incontenible de hacerlo, mientras compartía un hueco con el joven Stillwell en uno de los bancos arrimados a la pared.
Por fin llegó el momento en que Jake y Verde se presentaron a reclamar el tercer baile, que sería para uno de los dos. Kitty se dio cuenta de que el rumor de las voces disminuía y que los rostros de los presentes estaban todos pendientes de ella. Una ola de terror hizo que su cuerpo se viera sacudido por repetidos escalofríos.
—Mi baile, Kitty — dijo Jake.
—Bien, Kitty; creo que es mío — corrigió Verde.
—Lo... compartiré con los dos — titubeó ella, con la mirada ausente.
—No será conmigo — replicó Verde lanzando chispas con sus azules ojos.
—Kitty, lamento decirlo, pero me niego a ser parte en algo con Verde — se limitó a decir Jake.
—Pero no prometí nada a ninguno — dijo ella, apenas un susurro su voz.
—Basta ya de palabras — intervino de nuevo Jake, intentando coger de la mano a la joven.
Aquello fue la chispa que prendió la hoguera. Verde se encaró con Jake.
—¿Vas a poner en duda la palabra de la señorita?
—inquirió en actitud belicosa.
—Desde luego que sí — respondió fríamente Jake.
Verde avanzó y abofeteó al otro, no de modo violento,
pero sí con lo que pareció deliberada lentitud.
Con la celeridad de un puma, Jake derribó a Verde de un fuerte golpe. Kitty lanzó un grito. La multitud, perpleja, guardó silencio. Verde se apoyó en el suelo con un codo; extendió el otro brazo en dirección a Jake, y la mano le temblaba. Su sonrosada faz palidecía con rapidez.
—¡Jake!
—¡Levántate y pide perdón a la señorita! rugió Jake imperativamente.
—¡Me has golpeado, Jake! —decía Verde, incrédulo.
—No; un mojicón sin importancia, nada más — respondió Jake.
Verde se puso en pie de un salto. Se quitó la chaqueta y el lazo y se enfrentó con el hombre que siempre fue como un hermano para él.
—¡Sal fuera! — retó, y su voz reflejaba la cólera que le inflamaba. El círculo de curiosos comenzó a disolverse lentamente.
Pocos instantes después se hallaban frente a frente, junto a la crepitante hoguera que había a la puerta de la escuela. Hombres y muchachos, y unas pocas mujeres, salieron en pos de ellos.
Como dos toros salvajes, Jake y Verde cargaban uno contra otro. Cada golpe era replicado por otro; se movían alrededor del fuego, estudiando cada uno a su adversario, en busca de un descuido que permitiera asestar golpes que lastimasen seriamente. Las peleas entre la gente del valle eran, por lo general, coreadas por la hilaridad
de los espectadores. En ésta no ocurría nada parecido; era un suceso jamás visto, algo insólito y execrable, el ver a dos íntimos amigos, hermanos casi, contender tan fría y salvajemente, con intenciones asesinas en cada uno de sus embates.
Sus semblantes y la blancura inmaculada de sus camisas se vieron pronto maculados de sangre. Lucharon mucho rato, erguidos y en silencio, derribándose, levantándose del suelo y volviendo a la carga. Después lo hicieron cuerpo a cuerpo, rodando por el polvo, machacándose sin compasión.
La contienda entre los Dunton fue, con mucho, la más cruel que se librara jamás frente a la vieja escuela. Duró casi dos horas, y el final vio a Jake inconsciente, tendido en el barrizal, y a Verde con el rostro desfigurado y la ropa tinta en sangre. Se incorporó con gran esfuerzo y con paso vacilante se perdió en la tenebrosidad del bosque.

CAPÍTULO IV

Jake había encajado tan duro castigo, que se vio obligado a guardar cama durante una semana, en cuyo transcurso solamente toleró la visita de su madre. En verano y otoño, él y Verde dormían siempre en el desván, encima del porche. Verde no había descansado en él desde hacía varios días.
Durante esa semana de dolor y de bochorno, la mente de Jake estaba como paralizada; no era más que un caos negro y siniestro. Era incapaz de pensar en nada que no fuese el hecho de haber sido terriblemente vapuleado ante una muchedumbre de sus paisanos y, sobre todo, en presencia de Kitty Mains. Ella le había visto tendido en el lodo, derrotado a manos de Verde. Su desfigurado rostro ardía por el simple recuerdo. Sus manos, repletas de cicatrices, se abrían y cerraban, en impaciente y nerviosa crispadura.
Cada vez que su madre entraba en la pieza, Jake volvía el herido rostro hacia la pared de troncos. La solícita mujer le llevaba alimento y bebida, que él muchas veces rechazaba, hasta que al fin se hacía el propósito de probar. La madre había dejado ya de importunarle con sus alusiones a Verde. Eran perfectamente inútiles.
Por fin, Jake pudo salir de su agujero, aun cuando se sentía tan débil como lo indicaba su aspecto. Quería correr a ocultarse en el bosque antes de que alguien tuviese la oportunidad de verle. Era ése, y no otro, el único pensamiento que ocupaba su mente.
En tanto que disponía sus pertrechos, su padre llegó inesperadamente.
—Tu madre me dijo que es inútil hablar contigo
—comenzó el hombre, con el ceño fruncido.
—Así lo creo, padre — repuso Jake volviendo el rostro, que temía mostrar.
—Bien, de todos modos, voy a decirte algo — siguió el padre —. De ahora en adelante, ¿crees que el valle del Tonto es lo suficientemente espacioso para Verde y tú?
—¡Demonios, no!
—¡Vaya! Lo que temía, y te aseguro que es una verdadera lástima — dijo Dunton, pensativo.
—¿Dónde está Verde? — demandó Jake.
—No lo sé; no le hemos visto desde entonces. Dejó un recado para ti: dice que si quieres alguna explicación, ya sabes dónde encontrarle.
Jake guardó silencio. La llamarada de odio que le consumía apenas le daba fuerzas para seguir conversando con aquellos a quienes más amaba. El viejo Dunton no se alejó de allí; ayudó a su hijo a preparar sus cosas.
—Bien, hijo, veo que vas a tender unas trampas— dijo al fin, en voz forzada—. Es una buena idea; el trabajo está casi terminado, y puedo prescindir de vosotros. Y acaso sea mejor que vayas solo; no hay nada como la soledad de los bosques para hacer que un hombre se reponga de sus heridas y vea las cosas de otro modo. Pero, Jake, no me agrada el estado del tiempo. Si no recuerdo mal, tenía el mismo aspecto de ahora hará unos quince años: no llovía, las heladas aparecieron tarde, y el invierno parecía no querer llegar nunca. Pero, ¡Dios mío, cuando vino! ¡La tormenta se llevó consigo la cabaña!
—Eso no me importa, padre — manifestó Jake, insensible.
Y, cogiendo de la rienda la acémila, Jake se alejó del rancho sin molestarse en decir adiós a sus padres.
El día se ajustaba al humor de Jake. El cielo estaba cubierto, de un gris plomizo, lúgubre y amenazador. El disco solar, empañado por las nubes, enrojecía en su ocaso. El viento otoñal plañía entre los pinos; era frío y punzante, y racheaba con intermitencia, para cesar a veces de súbito. La cañada iba tan escasa de caudal que apenas producía rumor en su descenso hasta el valle. Jake dejó atrás los pinos y cruzaba ahora el bosque en que predominaba el cedro, la encina y el sicómoro. En las tranquilas charcas sobrenadaban gran cantidad de hojas pardo— amarillentas.
Por último, Jake alcanzó el punto donde el sendero desembocaba en el camino principal, y, siguiendo éste, no tardó en llegar al vado en que atravesaba Verde Creek. ¡El Vado del Niño Perdido! En estas amargas semanas, jamás había olvidado la importancia y significación del lugar. Por unos instantes, una lucha tremenda se libró en su pecho, pero no tardó demasiado en acallarla. Los celos y la vergüenza que sentía eran tan poderosos que no había nada capaz de combatirlos. Kitty le amaba mucho, pero, por lo visto, también se sentía atraída por Verde, o, de otro modo, éste no se hubiera comportado como lo hizo. ¿Quién tendría que dejar el campo libre? Eso habría que decidirlo, aunque tanto él como Verde jamás cederían en beneficio del otro. Así, pues, sólo quedaba la muerte como árbitro incuestionable de la querella. Jake se daba perfecta cuenta de que no era enemigo para Verde en la modalidad de lucha que imperaba entre los oriundos de la región, método cruel y sanguinario. De otra parte, sabía que en lucha armada, que habría de decidir la contienda con la muerte de uno de los dos, él mataría a Verde. Tan violento y tenebroso era su deseo de venganza, que gozaba con antelación brutal del poder que tenía sobre su rival en el manejo de las armas, circunstancia que le permitiría salir triunfante en la confrontación.
Pronto dejó atrás el camino para adentrarse en la maleza, compuesta por encinas y pinos enanos, acerolos y mezcales, en busca de una senda poco transitada que ascendía por la falda de la mesa, poblada de cedros, pinos piñoneros y enebros. Después de un breve recorrido se encontró de nuevo en pleno bosque sombrío.
En su interior reinaba el crepúsculo, frío, sereno y solitario. La paz de la espesura ensayó penetrar en los amargos pensamientos que bullían en la mente de Jake, y por primera vez había fracasado en su empeño: una muralla ciclópea parecía envolver el ánimo del jinete.
El sendero era muy empinado; durante varios kilómetros cabalgó por multitud de recodos y trechos sinuosos, a cientos de metros sobre la cuenca. Las laderas eran muy escarpadas y ásperas; en muchos lugares tuvo que desmontar y proseguir a pie. ¡Cuán secos estaban la maleza y el suelo! Los matojos de hierba aparecían marchitos y parduscos, y las ramas muertas de la manzanita se quebraban como si fuesen carámbanos.
Al fin llegó al pie de la imponente pared en cuya cima se hallaba la enorme mesa. Era tan alta, que parecía desafiar al cielo. A lo largo del repecho fragoso e irregular había un sendero, que presentaba huellas recientes de herraduras. Jake las examinó y supo que fueron hechas por el caballo de Verde un día o dos antes, o quizás un poco más. Si Jake había albergado alguna duda, allí terminó; Verde había sabido, sin duda, acudir al lugar a propósito para saldar la disputa que tenían pendiente.
Jake arribó a un lugar donde el tajo formaba un ángulo; desde allí, la senda iniciaba un descenso súbito. Se ofrecía a la contemplación un espacioso anfiteatro, que se extendía hasta perderse en la distancia. En su derredor erguíanse promontorios y riscos gigantes que descollaban en la profunda sima.
El paisaje tenía el aspecto de un campamento en el que hubieran multitud de fogatas agonizantes. El áureo terroso de los álamos palidecía en contraste con la grana de los arces, el encarnado del zumaque, con las negruzcas encinas, la tonalidad magenta de las ajonjeras y ante toda una gama de verdes oscuros. Los amarillentos riscos asomaban al vacío sus enormes lajas roquizas. Por doquier fulgían peñascos de tenue color rosado, con huecos parecidos a cuencas vacías de ojos. Al fondo, en la zona inedia de la sima, se abría una negra garganta. ¡La Garganta Negra!
Ésa era la meta de Jake. Se detuvo unos instantes y contempló la escena entornando los ojos, que agrandaron la imagen de modo singular. Diez años atrás, Verde y él descubrieron por azar un paso hasta el abismo casi inaccesible que se abría al pie de la mesa. Ningún cazador, trampero o jinete lo había hollado con sus plantas. De muchachos, aquél era uno de sus puntos de reunión favoritos, donde Jake solía cazar y poner sus trampas, y Verde encorralar sus potros salvajes. Visitaban el lugar varias veces al año, juntos de ordinario, en ocasiones por separado. El paraje significaba mucho en sus vidas, y le tenían gran afición.
«Verde estará ahí abajo esperándome», musitó Jake para si. La tétrica sombra que envolvía su mente pareció interponerse entre su retina y la maravillosa belleza del panorama.
Un súbito ramalazo de viento, silbando entre los imponentes peñascos, hizo que Jake concentrara su pensamiento en considerar el estado del tiempo. El hábito de observar era congénito en él; así que dedicó su atención a escudriñar el firmamento y la cuenca que se extendía a sus plantas. De repente se quedó atónito por el espectáculo que se le ofrecía a los ojos.
No le eran ajenos los múltiples contrastes que la luz y las nubes producían en el extenso valle, pero jamás le fue dado contemplar una visión de tan fantástico y siniestro aspecto. El sol caía por el ocaso, trasponiendo la sierra de Mazatzal, mientras dejaba escapar un rayo de tímido encarnado por entre la mortaja que formaban las nubes. Del Sudoeste llegaban conjuntos de pálidas nubecillas, que se deslizaban velozmente hacia la cumbre: eran los funestos heraldos de la gran tormenta que se avecinaba. Por el momento, todo respiraba serenidad, rota sólo por el alarido del viento al batir la pedregosa ladera. El valle, al fondo, yacía envuelto en la bruma. Las tonalidades grises, abundantes ahora; el rojo efímero del sol que declinaba; la espantosa soledad que nacía del paisaje; el borde dentado que coronaba la mesa; los oscuros con-
tornos de la Garganta Negra; el día crudo de noviembre que iba a señalar el fin de la estación otoñal; la calma que presagiaba un terrible despertar de la Naturaleza en cambio brusco, pasando del susurro al caos, de la paz a la guerra sin cuartel, de la reciente recolección de ubérrimos frutos a la aciaga seguridad de la tempestad y con ella la destrucción. Todo ello calaba en —el ánimo de Jake, sojuzgándole y precipitándole senda abajo, sordo al susurro suplicante de la vocecilla interior que llamaba leve y persistente a la atrancada puerta de su corazón.

CAPÍTULO V

Sólo existía un acceso a la Garganta Negra que Jake fuera capaz de descubrir. Aquel sendero de cabras, tortuoso, que recorría diversas laderas en sus cinco kilómetros de longitud, estaba al alcance de un piel roja o de un joven blanco de gran agilidad y probado coraje. El resto era muy difícil de transitar, y poco menos que inabordable. Prueba evidente de ello era que la Garganta Negra acogía sólo algún que otro venado y que jamás oso alguno se había aventurado en ella.
En tanto que la ascensión duraba varias horas, en esa senda que Jake conocía, la bajada ocupaba un tiempo relativamente mínimo en comparación. Yendo a pie, Jake era capaz de llegar hasta el fondo en menos de quince minutos. Eso, naturalmente, recurriendo al arriesgado ejercicio de hacer el trayecto deslizándose por la ataluzada ladera. Pero ahora, con la montura y la bestia de carga, Jake tomaba sus precauciones, procurando que él y sus animales no se distanciasen en demasía. Por fin, el caballo de silla tomó la delantera; la acémila resbaló varias veces, y ello le supuso una pérdida de tiempo para reajustar los atalajes y las alforjas.
La Garganta Negra hacía honor a su nombre. De todos modos, hubiera sido negra sin la presencia del crepúsculo, sombrío y desvaneciente. Las laderas estaban cubiertas por manchas negruzcas, y en los lugares en que
se formaban pequeñas mesetas, gradas o tajos de escasa superficie, casi cortados a pico, aparecían numerosos abrojos y líquenes que le conferían un aspecto sombrío. Al extremo inferior de la barranca, en la zona que Jake alcanzó al término de su rápido descenso, la corriente no tenía aliviadero. El álveo estaba seco, pero cuando el agua fluía por él se filtraba por aquel amasijo de rocas envueltas de musgo. No cabía duda de que alguna vez existió un desagüe, pero, al parecer, había sido-cegado por la precipitación de tierra y cascotes.
Jake recorría ahora un angosto desfiladero. Por el momento, lo que más le importaba era el agua. La Garganta Negra, según sus observaciones, jamás estuvo completamente seca. En algún lugar de su curso superior había un manantial vivo todavía. No obstante, ya comenzaba a sentir sobre el rostro las primeras gotas de fría llovizna.
En un instante, su pensamiento volvió a centrarse en Verde. En la penumbra dominante, apenas era capaz de adivinar el sendero, pero estaba seguro que habría en él huellas del paso de Verde. Tiró de las riendas e hizo un breve alto, para detenerse a poner en orden sus pensamientos. No había mucho que pensar acerca de ello; todo lo tenía bien decidido. Cuando se enfrentase con Verde, no serían precisas más que unas pocas palabras; el resto sería consagrado a la acción. Jake adivinaba una mano descomunal que le impelía hacia algo que deseaba con fruición y delirio verdaderos, aunque en algunos momentos su aliña se rebelase contra ella.
La barranca se ensanchó, y sus empinadas laderas dejaron de hacer sentir la impresión de hallarse preso entre ellas; al poco trecho estaban ya lo bastante separadas como para dar paso a un poco de luz que disipara en gran manera las grises sombras. La senda trepaba desde el seco cauce hasta una amplia terraza de superficie regular y poco accidentada. En el extremo norte de dicha terraza emergía un boscaje de pinos y abetos. Jake divisó el enorme y cónico abeto a cuyo pie se levantaba la cabañuela que Verde y él habían construido unos años atrás. ¡Parecían tan lejanas ahora esas épocas tan felices.
El instinto parecía ordenar a Jake apearse del caballo y sacar el revólver. Quería evitar verse sorprendido en una celada. Desechó la idea con fuertes imprecaciones; no era ése el modo de proceder de su actual contrincante.
Su impaciencia le hizo desear la visión de una fogata, o la vacilante luz que saliese del interior de la minúscula cabaña, como tantas veces le había acontecido, poniendo un brillo de alegría en su mirada. Pero, al parecer, el refugio tan querido estaba desierto y oscuro. Jake descabalgó y soltó las riendas, avanzando con cautela hacia la cabaña. Como supuso, no había nadie en ella, y su interior olía a moho y sequedad. Hacía mucho tiempo que en ella no había lucido un fuego; percibió el chillido de los ratones y sintió en el rostro el aleteo de los murciélagos, que huían de la presencia del intruso.
Verde llegaría a la cabaña tarde o temprano, mas no lo había hecho todavía. De pronto, Jake se sintió invadido por una sensación de alivio. Se sentó al borde del único peldaño formado por el reducido porche, a la entrada de la cabañuela. El sombrero se deslizó hasta la nuca, y la llovizna fresca le humedecía el rostro. El corazón le latía como si hubiese realizado un esfuerzo sobrehumano. Estaba allí, en su asiento improvisado, al fondo de la solitaria y silenciosa barranca, vagamente consciente de la honda agonía oculta en algún lugar recoleto de su ser, agobiado por la carga de otras muchas y dispares emociones. Se serenó a los pocos minutos, y se aprestó a dedicarse a las tareas necesarias del momento.
Desensilló su cabalgadura y quitó los avíos de lomos de la acémila; luego soltó a los animales, en la idea de que era lo mejor que podía hacer ante la tormenta en cierne. Seguidamente acarreó los bultos y la silla al interior del refugio, y se dispuso a encender fuego en el tosco hogar de piedra. Sus movimientos eran perezosos y desmañados. Los dedos parecían rígidos y se agitaban de un modo incomprensible para él.
«Tal vez sea porque tengo hambre y frío», pensó.
Muy a menudo, en tanto cocinaba la cena, que sin pensarlo preparó para dos, se detenía para acechar el posible rumor de cascos de caballo o el tintineo de un par de espuelas. Todo en vano; el único ruido dominante era el triste quejido del viento, cada vez más intenso.
Introdujo en la hoguera una rama seca de pino tea,
y con ella a guisa de antorcha salió de la cabaña para explorar sus alrededores, en busca de posibles señales en el polvo. Solamente vio las suyas y las dejadas por sus caballerías. Insatisfecho aún, realizó una segunda pesquisa. ¡Todo fue en vano!
«Verde no ha estado aquí», musitó al fin para sí. Se puso a ponderar el estado de cosas. No le cabía la menor duda de que las huellas que había visto arriba en el sendero correspondían al paso de Verde y que las mismas eran frescas. ¿Qué le había demorado en su recorrido? Jake recordó el arrojo y temeridad de Verde cuando caminaba por sendas peligrosas.
Jake volvió a la cabaña, donde, como lo hiciera antaño en tantas ocasiones, reservó comida y bebida calientes, para el caso de que Verde se retrasara. Luego preparose el lecho sobre una yacija compuesta de ramas secas de abeto. Terminados los preparativos, salió de la cabaña. Estaba oscuro como boca de lobo; en las alturas de la negra cima, el viento tañía una sorda, lúgubre y retumbante melodía. Jake no quitaba los ojos de la franja de cielo gris comprendida entre las majestuosas laderas de la barranca.
Se apresuró a retornar junto al calor de la lumbre, a cuyas llamas aproximó sus nerviosas manos. Se quedó unos instantes con las pupilas inmóviles en el fuego. Ésa había sido de siempre una de sus costumbres favoritas, pero hoy no encontraba ningún placer en hacerlo. El esbozo de un rostro apareció de pronto entre las pavesas, y poco a poco se le hizo reconocible: era el de una muchacha, atrevido y picaresco, de dulces labios rojos y ojos enigmáticos, desiguales, tentadores. Jake tuvo que desviar su mirada de la de ellos.
Le extrañó singularmente el hecho de que la imagen del semblante de Kitty Mains no se le hubiese aparecido entre las llamas en anteriores visitas a la cabaña. Era algo nuevo para él; la joven no formaba parte del significado que para él tenía esa cabaña. El mero pensar en ella estaba asimismo fuera de lugar; ni siquiera deseaba acordarse de ella en aquellos instantes.

El fuego estaba por extinguirse cuando Jake se acostó para conciliar el sueño. Se sentía muy fatigado y le dolían los ojos. No tardó mucho en quedarse profundamente dormido.
A media noche despertó inopinadamente. La lluvia batía de continuo el techo de la cabaña. El viento había amainado ligeramente. A juzgar por el estado de sus músculos, notó que había descansado algunas horas y que estaba próximo el amanecer. Poco a poco adquirió plena consciencia. El golpeteo de la lluvia había cesado unos minutos, reanudándose a poco a leves ráfagas, para interrumpirse y volver de nuevo a su incesante y monótono goteo. Jake recordaba que su padre les había prohibido acampar en la Garganta Negra a fines de otoño, pues esta época era la más propicia a las celliscas, que podrían inmovilizarlos todo el invierno. Jake lo había olvidado por completo, y lo mismo Verde, que, si recordaba las advertencias del viejo Dunton, hizo caso omiso de ellas y llegóse hasta la cabaña, a riesgo de tener que invernar en ella. La Garganta Negra era un escondrijo seguro, y resultaba improbable que apareciese alguien para turbar la tranquilidad. Jacob Dunton sabía que los jóvenes seguían merodeando por el recóndito lugar, y por más que lo intentó no fue capaz de dar con él.
La lluvia seguía su continuo golpeteo, algo más intenso ahora, y el viento azotaba los pinos y los abetos que protegían la cabaña. De pronto, un retumbo sordo y distante aguzó su atención. ¡Un trueno! Se incorporó en el lecho, escuchando alerta. Una tronada al morir el otoño era cosa infrecuente y, de producirse, era síntoma inequívoco de una horrenda tempestad. Tal vez estaba en un error; a veces, los peñascos se desprendían y rodaban hasta el fondo en lejanos desfiladeros, dejando oír un sordo murmullo similar al trueno.
Con gran sosiego, Jake se arrebujó de nuevo en las mantas, disipada ya su inquietud. La lluvia aumentaba su intensidad de modo gradual e inexorable; media hora después redujo su poder y frecuencia. El viento tornaba a ser como un suspiro; la quietud y la negrura abrumaban los sentidos de Jake cual penoso yugo.
Y entonces la densa negrura pareció desgajarse; una luz cegadora atravesó el umbral de la abierta puerta de la cabaña, y ésta se iluminó con la claridad del mediodía a pleno sol. Fuera, los oscuros pinos se recortaron contra el fucilazo encandilador, y las negras mandíbulas de la barranca parecían querer cerrarse sobre el furioso firmamento, como si intentaran hincarle los dientes. No tardó en producirse el trueno ensordecedor, como corolario a tan inesperada refulgencia. La cabaña se estremeció; la repentina detonación se contraía en arrastrado bramido, inundando la ceñida barranca de mil ecos que incidían I en las escarpadas laderas en interminable lamento, sordo y prolongado, hasta acabar en sepulcral silencio.
Jake Dunton dejó a un lado la incertidumbre. El magnífico verano de la región, tan dilatado, rico en matices de colorido, y sobre todo tan fructífero, se saldaba a veces con pérdidas cuando la agreste Naturaleza presentaba cuentas al valle del Tonto. Jake llegó a olvidar el motivo de su presencia en la Garganta Negra, para ceñirse a la dura realidad: el destino Te había preparado una encerrona al acorralarle allí en víspera de una tempestad. Por el momento, el lance no ofrecía inmediato riesgo; el joven reaccionó como lo hiciera en sus otras estancias en la solitaria barranca. Pensó en Verde, extraviado tal vez en algún lugar en plena negrura.
«¡Maldito Verde, de todas formas! — se quejó Jake—. ¿Por qué se empeña en no hacerme caso?»
La lluvia reanudaba su tenaz labor, y ahora parecía no querer desistir en sus esfuerzos. Ni el viento perdió su potencia devastadora. Ambos fenómenos iban aumentando su furor, pero de forma insensible, como si quisieran demostrar al solitario habitante de la cabaña que ellos dirían la última palabra. Mansamente, le arrebataban una esperanza tras otra.
Hasta que al fin la tempestad estalló con furia infernal y destructora. La tronada se esfumó en la lejanía, o tal vez Jake no distinguía su retumbar, a causa del tremendo rugido del viento y el horrísono estrépito del diluvio que se derramaba del cielo. Jake tuvo que recurrir a toda su energía para cerrar la puerta de la cabaña, en pugna con el huracán. Volvió a su yacija, agradeciendo la precaución que tuvieron Verde y él en impermeabilizar el techo con tela embreada y en la acertada elección del emplazamiento de la cabaña.

Sus oídos se habituaron al fragor demoníaco; la barranca parecía el campo donde se hallaban en liza los elementos desde tiempo inmemorial. Jake jamás vivió tamaño vendaval ni la precipitación torrencial, que parecía querer anegarlo todo. En la comodidad de su lecho, se olvidaba de su persona y no pensaba más que en Verde, errante tal vez en medio de la tempestad. ¡Verde, el muchacho otra vez extraviado! Y hora a hora, la borrasca ganaba en violencia, decayendo un tanto a veces, como si cobrase aliento para cargar de nuevo con pujanza mayor, hasta alcanzar magnitudes de auténtico cataclismo.
Al amanecer, que Jake adivinó por el gris que dominaba la negrura, el diluvio y la ventolera fueron disminuyendo paulatinamente sus furores.
Fue una suerte el que la cabaña fuese erigida en una terraza a bastante altura del lecho de la corriente. Donde la noche anterior había un pedregal relativamente escaso y una hondonada con el fondo cuajado de guijarros, se había formado una laguna. Lo que más sorprendía a Jake era el hecho de no apreciar corriente alguna. Quizás era a causa del enorme caudal líquido que rezumaba fuera de la barranca, o que la salida subterránea no fuera lo bastante holgada para dar paso a la ingente masa líquida. Sin embargo, esta explicación no satisfizo mucho a Jake.
Delgadas láminas de agua amarillenta descendían por las peñas, y acá y acullá impetuosas torrenteras asaltaban en tropel las grietas y resquebrajaduras de las laderas.
Jake no dejaba de escrutar el oscuro y plomizo cielo; la tempestuosa cargazón se había arracimado en la cúspide, y allí permanecía, inmóvil. Sólo en algunos claros pudo ver las empinadas murallas pedregosas, con su fondo gris, y arriba la orla de los oscuros pinos. El aire era aún cálido, pero alguna que otra ráfaga traía un soplo fresco y punzante. Durante el día, o quizás al anochecer, la lluvia se convertiría en nieve.

CAPÍTULO VI

Jake penetró en la cabaña con objeto de preparar el desayuno. La situación estaba fuera del alcance de sus posibilidades. Toda su pericia en el conocimiento de la Naturaleza, que dominaba como pocos, le gritaba que saliese cuanto antes de la barranca antes de que la nieve se lo impidiera. De no ser por las huellas de Verde que había reconocido en el sendero, Jake hubiese intentado abandonar la barranca de inmediato. Pero sabía muy bien que Verde no abandonaría tan fácilmente la partida, aunque pudiera. Jake no tenía otra alternativa. ¡Cuán vano le parecía todo, después de unas horas de olvido proporcionadas por el sueño, que tuvieron la virtud de devolverle a la normalidad! La suerte estaba echada. La catástrofe de una nueva borrasca no haría que la situación suya y de Verde se hiciera más desesperada. El estado de las cosas le hizo pensar; y tuvo que denegar el motivo por el cual comenzaba a disiparse la pasión que se había adueñado de su voluntad en las últimas semanas.
Jake seguía metódicamente en la confección del desayuno. Era un excelente cocinero, y siempre estuvo orgulloso de su destreza en el arte del guiso, pero, en estas circunstancias, su indudable maestría en tantas cosas prácticas de la vida en campo abierto se centraba en lo que ocurría fuera de la cabaña: en el rugir del viento, cada vez más agudo; en los intensos chubascos, y en el creciente bramido de las cataratas que producía la lluvia. Por alguna razón que no acertaba a explicarse no aguardaba la llegada de Verde, pero seguía escuchando, en espera de captar el choque de cascos de caballo o el campanilleo de unas espuelas.
Se sirvió una segunda taza de café. Al acercársela a los labios para tomar el primer sorbo, algo nuevo aconteció, enteramente desconocido para él. Quería beber, pero no podía.
En el trayecto hacia sus labios, la taza se estremecía.
Jake la miraba con asombro. El humeante líquido se agitaba levemente.
—¡Dios mío!-exclamó—. ¿Tan nervioso estoy?
Dejó la taza en un escabel, pero el café continuaba su temblor. Y, al parecer, éste iba en aumento. Observó la superficie detenidamente y vio que en ella se formaban ondas concéntricas.
—Creo que voy a volverme loco — murmuró.
Sin embargo, hizo todo lo posible por reunir sus facultades; algo no marchaba bien. En él, por supuesto, pero también en torno a él. Seguía con la mirada fija en la taza de café, y de pronto oyó el crujido de las ramas secas de abeto bajo su lecho. ¡Ratones! Pensó que era algo intempestiva la aparición de los roedores. Después hirió sus tímpanos el débil chasquido de las gruesas estacas que sostenían el techo de la cabaña.
La casuca entera se agitaba; Jake se puso en pie de un salto y corrió a la puerta. El temblor iba en aumento; los enseres de cocina percutían los estantes, y las latas iniciaban una danza en los mismos. El suelo bajo la cabaña vibraba con insistencia.
Un rumor sordo llenó los oídos de Jake. ¡Truenos! La tempestad se aprestaba a romper en su segunda fase, más terrible acaso que la anterior. Era un murmullo prolongado, monótono, que cobraba intensidad a su fin, en lugar de extinguirse con lentitud. ¿Se trataba de truenos, realmente?
—¡Un alud!-gritó Jake mientras salía de la cabaña a todo correr.
Ya fuera, se detuvo; su miedo era absurdo, pues la cabaña estaba en una posición tal que no podía ser alcanzada por desprendimientos de tierras o por aludes de rocas.
Entonces su mirada se dirigió al tramo de barranca que se extendía a sus plantas. Distinguía perfectamente el estrecho pasadizo entre las foscas laderas por el que llegó la noche anterior. El agua chorreaba por todas partes; la barranca aparecía cuajada de saltos de agua, clamorosos y espumantes unos, finos y de aguas terrosas otros; había regueros parecidos a cintas deshilachadas.
El fragor que alarmara tanto a Jake no había cesado todavía; antes crecía en intensidad. ¡Las rocas de las grandiosas laderas comenzaban a desmoronarse! La penetrante mirada de Jake escrutaba las alturas.
La silueta del cantil de ambas escarpaduras había variado de contorno. ¿Estarían acaso medio ocultas por los nubarrones? La misma envoltura gris lo cubría todo; en su seno, todo era movimiento: ora el de una racha de lluvia azotada por el viento, ora el deslizar de una masa de pedruscos. Jake consideraba la posibilidad de que su vista le jugase una mala pasada. ¿Sería posible que su amor por Kitty Mains y por Verde, los celos, la pelea y el odio, unidos a la terrible tensión bajo la tormenta, hubiesen desquiciado su mente? ¿Iba a volverse loco?
¡No! Su vista de lince le reveló al fin la verdad. Un tramo del borde se había desprendido y deslizábase hacia la parte de la Garganta Negra.
Jake estaba inmóvil y enmudecido por el terror. El filo de la ladera, con su rimera de oscuros y erectos pinos, se movía en descenso con ímpetu irresistible. El estrépito crecía, hasta adquirir el retumbo del trueno.
Una nube de polvo amarillento comenzó a invadir la pared vertical, elevándose al plomizo cielo y llenando el espacio hasta privar la visión de los accidentes naturales.
La fija mirada de Jake captaba lo que parecía una quimera en su asombrada mente. La erguida hilera de pinos se deshacía en ángulos rectos, hasta que sus fusiformes copas apuntaban al fondo de la barranca. Después se agitaban y comenzaban su descenso. Las filas se rompían, y los árboles cedían en espiral, para ser engullidos por el alud. El sordo estridor, grave y continuo, confirió autenticidad a la perspectiva que se ofrecía a la vista de Jake.
La franjea superior de la pared, al ceder, hizo que siguiera ladera abajo en tremendo y henchido alud. ¡Era un espectáculo capaz de paralizar el corazón! La zona de la escarpadura, poblada de cedros y pinos piñoneros, de acerolos y encinas, junto con lajas amarillentas y rojizas tierras, todo aumentaba en el descenso cual ondeante catarata. Era un bello cuadro, dantesco, sobrecogedor, del cual el estruendo perturbador probaba su fuerza destructora.
Pero a los pocos segundos el ritmo armonioso del movimiento se tradujo en caos; enormes peñascos salían disparados, adelantando al grueso del alud. Riscos del tamaño de una cabaña normal llegaban al barranco casi desmenuzados, llenando la estrecha garganta con sus deyecciones. En todos los tamaños se estrellaban en las paredes rocosas de la negra barranca.
En el preciso instante en que la masa verde-oscura de los pinos llegaba al margen, la absorta mirada de Jake vio la hendedura de la barranca salpicada de incontables rocas de todas dimensiones. Y luego el alud, parecido a una inmensa catarata sólida, plagada de riscos y deyecciones, precipitándose, henchía el extremo norte de la barranca.
El fuerte huracán que ascendía por la garganta hizo que Jake se tambalease. El rumor aumentaba hasta convertirse en horrible fragor. Jake no pudo oír más.
La zona baja de la Garganta Negra había desaparecido bajo el alud, oculta por una masa informe de residuos de rocas, vegetación y tierra, todo ello amparado en espesa capa de polvo. La laguna formada en aquel lugar de la barranca se desplazó a consecuencia del fenómeno, retrocediendo rápida y henchida cual río desbordado rompiendo cauces, y las aguas alcanzaron un nivel muy próximo a la terraza donde se asentaba la cabaña.
Al recobrar la audición, lo primero que Jake percibió fue el chapoteo de las aguas refluyentes. El contraste entre el pavoroso estrépito anterior y el suave latir de las ondas le produjo un molesto zumbido en los tímpanos.
El alud se había consumado, dejando tras sí una polvareda que parecía elevarse hasta el cielo.
Jake abandonó el amplio bancal y se lanzó a correr por el sendero a tanta distancia como le fue posible. A través de la tenue cortina de polvo que lo envolvía todo distinguió el cauce de la barranca, relleno de tierra roja y fresca, troncos resquebrajados y desprovistos de corteza y rocas de todos tamaños. El alud había terraplenado la barranca hasta más allá del desfiladero. Su asoladora potencia habíase extendido allende el espacio limitado por sus laderas. Jake tuvo que descubrir un nuevo acceso entre peñascos que rebasaban su altura, sorteando troncos y gruesas láminas rocosas.
Los riscos seguían rodando aún, acompañados de un tenue velo polvoriento. Jake creyó oportuno regresar a su refugio. Y fue en el momento de hacerlo cuando oyó un grito que le heló la sangre en las venas.
Escuchó inmóvil, conteniendo la respiración, mientras el corazón le latía alocadamente. No era la primera vez que llegaba a sus oídos el angustioso relincho de un caballo espantado por alguna calamidad o herido de muerte. Ésa fue la interpretación que Jake dio al sonido que acababa de llegarle. El corazón le saltaba en el pecho, y reanudó su agitada respiración. El relincho se repetía a intervalos y era de mayor intensidad cada vez.
Jake comenzó a trepar con frenesí en dirección de donde parecían venir los espantosos relinchos. El camino era intrincado a causa de los restos de todo género liberados por el alud. A poco alcanzó un bosquecillo que restaba incólume, y el terreno se allanó un tanto. Reinaba la humedad y todo estaba resbaladizo. El agua de la lluvia, mezclada con los primeros copos de nieve, seguía cayendo en derredor de él.
De repente, a corta distancia, se elevó un grito humano, ronco y estremecedor. Jake creyó reconocer en él el timbre de voz de Verde. Aceleró la marcha a través de la húmeda maleza y bajo las chorreantes ramas de los árboles.
Instantes después desembocó en un claro de pocas dimensiones, atravesado por el grueso tronco de un pino caído. Al lado de acá, que se ofrecía a su vista, Jake divisó un par de botas dotadas de grandes espuelas, pegadas a la húmeda tierra. Jake las reconoció al momento. Estaban inmóviles. ¡Las piernas que enfundaban estaban atrampadas por el voluminoso tronco y medio enterradas en el suelo!
Jake rebasó el tronco de un salto felino y dio en tierra al otro lado. Al dirigir la mirada al suelo tropezó con la faz lívida y agonizante de Verde. El hombre no había perdido aún el conocimiento, y sus ojos se clavaron en los de Jake con expresión de incredulidad. Al reconocerle exclamó, con un hilo de voz:
—¡ Jake!
—¡Dios mío, Verde! —profirió Jake, y cayó de rodillas a su lado para tomarle las manos, que se agitaban convulsivamente.
—Me atrapó, Jake — susurró Verde—. Anoche... el caballo se me vino encima y me rompió una pierna... Me arrastré hasta aquí..., y luego el alud...
—Te sacaré de aquí, Verde — afirmó Jake, mientras le agarraba por los sobacos y comenzaba a tirar de la inerte figura.
Verde maldijo entre dientes en tanto forcejeaba con su salvador, hasta que éste cesó en su empeño de rescatar al caído de la presión del enorme tronco que le tenía sujeto a tierra.
—No lo hagas, Jake — musitó el caído, pálido el semblante, humedecido de gruesas gotas de sudor y trémulas las mandíbulas—. No me toques... Estoy listo, Jake. Gracias a Dios que has venido para poner fin a mí tormento...
Y entonces Jake tuvo conciencia de la horrible realidad. Verde estaba materialmente aplastado por el tronco, que le apresaba las piernas hasta la altura de las caderas. Jake inspeccionó el cuerpo de su hermano y vio una blanquecina tibia que sobresalía de los zahones; la apófisis del hueso estaba ennegrecida y cubierta de suciedad.
Si el cuerpo presentaba otras heridas, y no cabía la menor duda de que así sería, Jake no pudo, de momento, percatarse de ellas. Los brazos de Verde gozaban de libertad de movimiento, y en el tronco no tenía lesión alguna, pero la cabeza ofrecía un corte profundo, de mal aspecto.
De nuevo la garganta de Verde emitió un angustioso lamento, y aquella voz sobrenatural hizo mella en la fortaleza y en los nervios de Jake, hasta sacudir la postrera fibra de su ser. Prosiguiendo el examen, descubrió otro hueso, blanquecino y ensangrentado, que emergía de la otra pierna de Verde.
—¡Por el amor de Dios, hombre! —jadeó Verde—. No consientas que muera de este modo lento y desgarrador.
Sus pupilas semejaban dardos lanzados a los ojos de Jake, quien no podía resistir su torva y punzante mirada.
—¡Jake, muchacho, por el amor de Dios! — decía,
y había un dejo de energía en su suplicante voz—. ¡Acaba con mis penas, te lo ruego!
Jake se limitaba a mover ligeramente la cabeza, en ademán negativo.
—¡Dispara, Jake! No puedo más... ¿Para qué seguir con vida? Estoy destrozado...
—¡Verde!
—¡No pierdas el tiempo! — rogó Verde. Sus azules ojos llamearon un instante, nublados por la angustia —. Cada segundo de vida es peor que los tormentos del fuego eterno. Si sientes algo de piedad, te suplico que me remates...
—¡No!
—¡Pero, Jake, querido hermano...,, ¿es que no entiendes?! — continuó el moribundo, en tono áspero y suplicante—. ¡Bendeciré tu memoria por ello! Te lo ruego, Jake... Una vez, cuando éramos niños, me salvaste. Ya sabes, Jake, allá en el Vado del Niño Perdido. Fuiste como un hermano para mí en aquella ocasión, y siempre lo has sido... Pero lo importante es que ahora me evites esto, que ya no soporto... ¿No ves, Jake? ¿Por qué no, muchacho? Yo lo haría por ti... Jake, si de veras me estimas en algo, pon fin a mis sufrimientos...
La nerviosa mano de Jake apresaba la culata del revólver. Parecía aturdido. La dicha de antaño le acudió rauda a la mente, en un instante supremo, insoportable ahora en su penosa turbación.
Verde rogaba con insistencia por el fin de su agonía. La idea de la muerte ponía una pátina de regocijo en su rostro, como presintiendo el más allá que tanto ansiaba. Esa faz ofrecía un aspecto sobrenatural y bello, y resplandecía en ella una voluntad de dominio que parecía provenir de ultratumba. Por unos instantes pareció que iba a dominar la resistencia de Jake, pero éste, en un alarde de energía superior a la de la reciente y terrible catástrofe, que galvanizó al joven en cuerpo y alma, se sobrepuso y logró romper el hechizo.
Cuando Verde se percató de que había fracasado en su intento, trató de apoderarse del arma, emitiendo a la vez un grito furioso y aterrador. Jake se anticipó y arrojó el revólver lejos de sí.
El herido se desvaneció, y Jake desenvainó el cuchillo y dedicóse afanosamente a excavar la blanda tierra bajo as piernas de Verde.
Logró abrir un hueco a un lado, y después hizo lo mismo en el opuesto. A continuación llegó hasta el tronco y siguió cavando. En pocos minutos consiguió sustraer a Verde del peso que le atenazaba, retirándolo con suavidad.
Se arrodilló junto a la inerme figura, sin osar dirigir la vista al demudado rostro. Con mano vacilante, que tenía manchada de fango, palpó el pecho de Verde, cuyo corazón latía aún, si bien débilmente. La certeza de que su hermano seguía con vida imprimió a Jake una fuerza de titán.
Volvió su cuchillo a la funda y tomó en brazos el inmóvil cuerpo de Verde, caminando despacio sendero abajo.
La lluvia había cedido, y el polvo flotaba lento, hasta posarse en tierra. El cielo recobraba su diafanidad, espejismo que suelen producir las tormentas en su breve descanso. Al llegar a la cabaña notó que la llovizna se transformaba en blancos copos de nieve.

CAPÍTULO VII

Verde abrió los ojos, y el humo que flotaba en la cabaña hirió su olfato. Su oído percibió el chisporroteo de la lumbre que ardía en el enorme hogar de piedra. Arriba limitaba la estancia un techo de troncos a medio desbastar, embardados con ramaje seco. Reconoció la cabaña, y en un instante le vino al recuerdo la serie de circunstancias que le habían llevado allí.
Descansaba en una yacija de pinocha, en un rincón de la cabaña. Su cuerpo estaba cubierto por una pesada manta. Paseó la mirada por la pieza y vio que Jake no estaba en ella. Verde notaba que la parte inferior de su cuerpo parecía no existir. En su pecho anidaba una sensación fría y acongojante. Comprobó que podía emplear los brazos y mover la cabeza sin esfuerzo. Jake le había despojado de las botas, una de las cuales fue cortada a tiras. En un tosco asiento de madera vio la destrozada y sangrienta pernera de su pantalón.
La puerta de la cabaña estaba abierta de par en par, y Verde se entretuvo en la contemplación de los vaporosos y arremolinados copos de nieve que se precipitaban al suelo. Éste desaparecía bajo una cubierta sin mácula; los abetos parecían espectros, siluetados contra el cielo gris. Llegó hasta la cabaña el rumor de agua que se estrellaba en tierra.
Seguidamente, el ruido de rápidas pisadas llegó a sus oídos; el dintel se oscureció, y apareció la esbelta figura de Jake, tambaleante por la enorme brazada de hornija que transportaba. Venía empapado y emanaba un vaho inconfundible de pino húmedo. No se percató de que Verde había recobrado el conocimiento hasta después de arrojar la carga de leña en el rincón cercano a la enorme hornacina de piedra que servía de hogar.
—¡Por Dios, muchacho, ya has vuelto en ti! —exclamó.
Su oscuro y macilento rostro se ensanchó en amistosa mueca.
—Eso parece — repuso Verde.
Tenía cierta dificultad en hablar, y su voz era muy frágil.
—Has tardado mucho-dijo Jake con satisfacción—. Creí..., estaba preocupado, muchacho. ¿Sufres mucho, Verde?
—No puedo explicarte. No siento las piernas, y noto algo raro aquí — pronunció el herido, señalando el pecho.
—Me alegro de que te encuentres mejor esta mañana.
—¿Qué hora es?
—Bien entrada la tarde, Verde.
—¿Así que estuve sin sentido casi todo el día?
—En efecto, muchacho.
Se miraron fijamente un buen rato. Verde se recuperaba con rapidez; observó que Jake se consagraba a sus tareas con gran ardor, aunque de modo atropellada ¡Qué extraño! De ordinario, siempre actuaba de modo reposado y sereno, muy dueño de sí mismo.
—Jake, muchacho: ¿qué tal me ves?

—Mal, muy mal — respondió Jake, tragando saliva con gran esfuerzo.
—Bien, dime el alcance de las lesiones.
—Tienes un corte en la cabeza, hasta el hueso... La pierna derecha, rota por debajo de la rodilla. Un hueso convertido en astillas. Pero la otra...
—Hecha polvo, ¿no? — inquirió Verde al ver que Jake movía la cabeza y engullía con dificultad.
—Aplastada, Verde; y los huesos triturados de modo infernal.
—¡Ajá! Habré perdido mucha sangre...
—Como un cerdo degollado, muchacho; pero logré contener la catarata.
—¿Eso es todo, Jake? ¿No me engañas ahora?
—Estoy seguro. Al principio sangrabas por la boca, y eso me asustó. Hace varias horas que no te ha salido una gota.
—¡Ajá! Y bien, muchacho: ¿cuál es el problema ahora?
Los brazos de Jake se alzaron en gesto impotente, signo de desaliento y temor.
—¡Verde! Si el alud no ha taponado la salida, la nieve nos tendrá encerrados todo el invierno.
—Me lo figuraba — dijo Verde quedamente, abatiendo los párpados.
Era incapaz de sostener la mirada de Jake. Éste se sentía aplastado por la magnitud de la tragedia. El yacente consideraba la situación y pugnaba por hallar un medio de salir del trance.
—Verde — intervino Jake, vacilante —. Me has pedido que hable sin rodeos. Pues bien: sólo un milagro puede salvarnos.
Verde advirtió que Jake pluralizaba; tal vez fuese un desliz verbal, dada la gravedad del momento. Sentía la necesidad imperiosa de musitar una plegaria para implorar ese milagro salvador. Entre los párpados a medio ocluir, Verde reparaba en la febril diligencia con que Jake atendía los enseres culinarios y cuidaba el fuego. Cualquiera que hubiese conocido al joven Dunton notaría el cambio operado en él. Parecía inquieto y nervioso; a ratos llevaba su ritmo de acción al límite máximo, y a poco se sumía en profunda abstracción. Ignoraba la comida que preparaba, y de pronto se acordaba de ella; deambulaba por la pieza sin objeto, emprendía tareas que no requerían premura, para dejarlas de lado al poco tiempo, en súbito arrebato, sin concluir ninguna. Salió de la cabaña, para entrar de nuevo al cabo de unos momentos, al parecer sin razón justificada. Hasta lo hizo para acarrear una brazada de leña, desandando luego el camino para arrojarla lejos de la cabaña. El único acto consciente que ejecutaba era el de volver con frecuencia la angustiada mirada de sus ojos al lugar donde Verde descansaba.
Finalmente logró tener dispuesta la cena.
—Verde, ¿quieres comer o beber algo? — le preguntó.
—Me muero por un sorbo de agua fría. Pon un poco de nieve — repuso Verde.
Jake cumplimentó el deseo del herido y tomó asiento a su vera.
La tarde cedió a la llegada de las tinieblas. El blando choque de la nieve, que caía con languidez, aumentaba su cadencia por la mayor espesura y caudal de la precipitación. El viento ululaba quejoso al resbalar por el alero de la cabaña y entre el ramaje de los abetos. El suave tremor de la borrasca llegaba desde las alturas.
Jake se levantó y fue a sentarse junto al calor de la lumbre, en tanto que Verde le acompañó con la mirada.
El infortunado tuvo la vista fija en la forma de Jake durante largo tiempo. A menudo, aquél avivaba el mortecino fuego, que crepitaba y volvía a caldear e iluminar la cabaña en virtud del nuevo soplo de vida que inyectaba en él la leña añadida. Verde presentía que su hermano no quería rendirse a la evidencia de una situación que sabía desesperada y con remota posibilidad de salvación. En primer lugar, la lógica conmoción que le causó el infortunado accidente de Verde, y ahora la casi seguridad de verse atrapados juntos, para acabar para siempre tal vez.
Jake tenía la idea de vengarse de él. ¡Había deseado su muerte! Jake había sucumbido al diabólico atractivo de matar para mitigar la humillación sentida por la derrota ante los amigos, por los celos que se apoderaron de él y por último por causa del íntimo convencimiento de que Kitty Mains no amaba a ninguno de los dos.
Cuando dejó mensaje a Jake de que si deseaba encontrarse con él ya sabía el lugar adonde encaminar sus pasos, Verde sabía que la rotura entre ellos era definitiva e inapelable, salvo que Kitty se decidiera por cualquiera de los dos. Así lo creyó, pero con cierta reserva. Y ahora ambos estaban juntos otra vez, prisioneros sin esperanza, condenados al mismo fin trágico a causa del terrible alud. El pobre Jake había llegado demasiado tarde para evitar las fatales consecuencias de su rencor. Era suya la culpa de que se hubiesen reunido en la Garganta Negra en una época que era impropia y peligrosa, y suya la responsabilidad de la horrible mutilación que sufría, y también del trágico fin que no tardaría en llegar.
En las oscuras y solitarias horas de la noche, cuando las vacilantes llamas jugaban a sombras en el atormentado rostro de Jake, el herido meditaba cuán terrible sería el remordimiento de su hermano. Verde no sentía la menor preocupación por sí mismo; aun cuando conservaba la vida, no era precisamente un obsequio demasiado valioso para él. ¿Qué clase de existencia le esperaba, lisiado como estaba? Sólo por causa de Jake quería seguir viviendo, deseo que crecía a medida que se arrastraban las horas.
Hacia la madrugada, Jake, de puntillas, se aproximó a Verde para contemplarle, y, en la creencia de que estaba dormido, se dejó caer a su lado con el mayor sigilo.
Pero Verde estaba lejos de poder conciliar el sueño. Los alfilerazos de dolor renacían en su pierna medio inútil. Las llamas vacilaban, dibujando caprichosos arabescos en las rústicas paredes de la cabaña; por fin, la lumbre, en un estertor, se extinguió, cediendo el cetro a las tinieblas. Fuera, la nieve caía en fofo torbellino, golpeando con suavidad sedeña el techo y las paredes de la cabaña. A veces, unos copos erráticos, mecidos por el viento, trasponían el ventanuco y tocaban el rostro de Verde con su húmeda y fría caricia. El viento no cesaba en su lúgubre lamento, y Verde creyó percibir el furioso aullido de un lobo solitario.
El cuerpo de Verde parecía lastrado con plomo; le acometía una ansia inmensa de moverse, pero no podía hacerlo. El menor movimiento producía en los músculos de la parte inferior de su maltrecho cuerpo la sensación de que innúmeros puñales al rojo laceraban sus palpitantes carnes. Pero su espíritu permaneció incólume, en pugna con la rara lasitud que allanaba la mente.
Quería asirse a la vida, sólo por causa de Jake. Por él, que deseaba su muerte. ¡Qué situación tan singular el creer Jake que alcanzaría plena dicha apartando de su camino al viejo amigo de la niñez!

Rompió el alba, y Verde tuvo cuidado de aparecer bien despierto y hasta con buen talante cuando Jake se le acercó.
—¿Qué tal te encuentras, Verde?
—Con ganas de salir de aquí, si es que podemos
—respondió —. Vete a lo tuyo, Jake, y en cuanto esté listo el desayuno quiero hablar seriamente contigo.
—¡Verde! ¡Nada es capaz de abatirte!
—¿Querías verme camino del cielo? No me han nacido alas todavía — fue la respuesta de Verde.
Jake se movía con prisa estudiada, que en circunstancias menos patéticas hubiera resultado risible. En todos sus gestos se leía que la gravedad que deseaba imprimirles era por demás vana.
—Abre la puerta y escrutemos — dijo Verde.
La Garganta Negra era ahora completamente blanca, con la única excepción de la enorme charca formada al borde de la terraza donde se alzaba la cabaña.
—Me parece que no nevará muy copiosamente aquí abajo — comentó Jake.
—¿Es fresco el viento? Desde dentro no me lo parece
—apuntó Verde.
—Así es; aún es poco cálido, lo que indica más nieve. Ya tenemos el Invierno encima.
—Bien, Jake, hablemos — dijo Verde entonces —. Deja la puerta abierta para que entre la luz.
Jake tomó un escabel y se colocó junto a Verde, mirándole con ojos de can apaleado..
—Está bien, Verde; te escucho — balbució. En su voz no se reflejaba el menor indicio de esperanza.
—¿Qué vamos a hacer? —inquirió Verde, sonriente. Jake movió las manos con gesto decepcionado.
—Jake, tú lo has pensado así — contestó Verde por él —. Aun cuando supieran que nos hallamos aquí, nadie puede llegar hasta nosotros y rescatarnos. Tampoco nos es posible salir, derrotando a la nieve; por último, yo no tardaré en morir, y tú me seguirás sin tardanza, desfallecido por el hambre.
—Tal vez no, Verde — dijo Jake con voz enronquecida.
No obstante, estaba de acuerdo con Verde en el cuadro de la situación. Ocultó el rostro entre sus robustas manos, y las lágrimas forzaron su paso entre los dedos.
—A veces ocurren milagros, Jake.
Jake hizo otro gesto de desesperación con las manos.
—Sí. Padre puede encontrarnos, pero, aun así, no podrá sacarnos del apuro.
—Muchacho, ¿es eso lo que tanto te importa? — preguntó Verde quedamente.
—Me parece que es todo... lo que importa — tartamudeó Jake.
—Bien, en tal caso, pon manos a la obra.
—Verde, te confieso que mi cerebro se ha atascado.
—Pues el mío no, y tenlo presente — repuso Verde—. Justo acaba de comenzar a ponerse en marcha... Jake, sabes que una de mis piernas, la que está destrozada» será invadida por la gangrena, y eso me matará bien pronto.
—¡Diablos, hombre! No hace falta que me lo digas
—respondió Jake.
—Pues tienes que cortármela — articuló Verde con. toda calma, como si se tratase de algo intrascendente.
—¡Dios Santo, Verde! ¡Creo que no voy a poder!
—farfulló Jake.
—Sí lo harás. Piensa con sentido, Jake; es la única oportunidad. Vas a cortarme la pierna (te diré el modo de hacerlo), v, claro, si es que puedo soportarlo...
Jake estaba pálido y sudoroso. Sus recias manos se abrían y cerraban con creciente nerviosismo. El rostro, vulgar y curtido, mostraba la grave tensión interior en que se debatía el hombre.
—Posiblemente lo haría, pero esa idea es la que me destroza el espíritu... ¡Podrías morir mientras lo hiciese. Verde!
—¡Claro que podría! Ése es el dilema, pero piensa que también puede salir bien. Lo que es seguro es que moriré sin remedio si no lo intentas. Vamos, pues, a aprovechar esta oportunidad..., mi única oportunidad.
—¡Dios mío! ¡Me falta valor! —susurró Jake, desesperado.
Se incorporó de un salto y se paseó por la pieza, nervioso y angustiado.
—Vuelve a tu sitio, muchacho, y atiende — prosiguió Verde, inspirado por su plan —. Te digo que es una excelente idea, y seguro que puedes ponerla en práctica.
—¿Y qué me dices de las arterias? — apuntó Jake con timidez—. Tuve un trabajo endemoniado en contener la hemorragia.
—Pues ahora no debes permitir que sangre.
—¿Y ese hueso hecho migas?-siguió Jake.
—Lo aserrarás por encima de la rotura.
—¿Aserrarlo? ¡No tenemos otra cosa que la sierra abrazadera! Sería imposible hacerlo con ella...
—Hay por ahí una lima triangular, y con ella puedes afilar los dientes. Después, con la sierra grande, puedes improvisar otra adecuada con tu gran cuchillo de monte.
—¿Cómo? — estalló Jake, incrédulo.
—Utiliza la lima y conviértelo en serreta de agudos y bien triscados dientes.
—Es posible que lo consiga — musitó Jake con dejo dudoso. La idea penetraba en su mente con cierta dificultad—. Pero aunque yo... Verde, olvidas el riesgo más importante.
—Muchacho, se trata de mi pierna y de mi vida, y ten por seguro que no lo olvido ni un momento.
—Pero, ¿y la gangrena? No podríamos evitarla; no tenemos nada para...
—Estás equivocado, Jake — cortó Verde —. Tenemos fuego, ¿verdad?
Jake clavó en él la mirada de sus pupilas, subyugado por la inagotable energía de Verde.
—¿Fuego? — repitió como un eco.
—Escúchame con atención, pues te veo algo torpe. Todo lo que hay que hacer es disponerlo bien y luego ponerlo en práctica con rapidez. Mi parte consiste en aguantar, y la tuya en actuar con presteza y decisión. Afilarás nuestros cuchillos de monte, hasta el punto de las navajas barberas. Después, con la lima, convierte ambos lomos en aguda sierra. Llena un caldero con agua hirviente y mete en él los cuchillos. A continuación pondrás en las brasas el hierro de marcar; tiene que estar al rojo. ¿Te olvidas de lo diestro que eres con el carimbo? Pues bien; primero señala el lugar exacto por donde amputarás la pierna; haces torniquete, para impedir que me desangre, y, una vez todo dispuesto, cortas rápidamente músculo y tendones, hasta topar con el hueso, y luego sierras éste. Y entonces, sirviéndote del hierro, chamuscas el muñón; axial cauterizarás la herida. Después quitas el torniquete y pones una toalla o camisa limpia... Eso es toda
—¡Dices que eso es todo! — voceó Jake —. ¡Dios mío, Verde! ¿Crees poder resistirlo?
—Puedo y quiero, muchacho, y te diré que no es tan terrible como imaginamos. Además, la pierna está poco menos que insensible.
—¿Cuándo empezamos? — murmuró Jake.
La audacia del plan le cautivaba. La idea de que hubiese todavía una posibilidad de salvar la vida de Verde ejercía honda atracción en él.
—¡Ahora! — repuso Verde.
¡Había convencido a Jake a aceptar la tremenda responsabilidad! Le persuadió al fin, aunque mintiéndole con piedad, pues, con el calor de la discusión, la pierna embotada despertó y le dolía de modo punzante. Pero Verde se juró soportar la operación para tratar de conservar la vida.
Jake bullía ahora con suprema, optimista y electrizante expectación. Era un nombre fundamentalmente distinto. Con gran celeridad, maña y entusiasmo se aprestó a la ejecución de las tareas preparatorias. Hizo un buen fuego, y se puso a limpiar un perol de cobre hasta que brilló como un espejo; lo llenó de agua y lo puso al fuego. Rascó la herrumbre del hierro de marcar, lo pulimentó y después lo introdujo entre las brasas. Ya no le quedaba más que afilar los cuchillos y convertir en serrucho el lomo del más grande de ellos. Jake era hábil e imaginativo, y se entregó en cuerpo y alma a su tarea. Le ocupó bastante tiempo el formar los dientes de sierra en el lomo del cuchillo, y aguzarlos a continuación, pero al fin quedó satisfecho de su obra.
—Deja que vea, Jake — demandó Verde.
La hoja tenia unas diez pulgadas de longitud y estaba algo desgastada por el uso. Verde tentó los amados dientes.
—Bien, Jake; espero que eso hará el trabajo pronto
—dijo con la misma serenidad que si se tratara de cortar la pierna de un caballo o de un ternero.
—Es una suerte que tenga algunas camisas de tejido suave — comentó Jake —. Madre las incluyó en mis avíos.
—Bien; rompe a tiras una de ellas.
—¿Ahora qué hacemos? — dijo Jake arremangándose la camisa.
—Coloca la pierna en un lugar sólido. Mira, quita las patas a esa banqueta; creo que nos servirá.
Así lo hizo Jake, quien, apartando la manta que cubría el cuerpo de Verde, deslizó la tabla bajo la pierna destrozada de su hermano.
—Verde, ¿quieres que te ate? — preguntó Jake con solemnidad.
—De ningún modo, Jake; no voy a armar un escándalo. No te ocupes de mí; disponlo todo como te dije, y actúa con rapidez. Haz un buen trabajo, ¿entiendes?
—Voy a hacerlo tan aprisa que no te dará tiempo a pronunciar tu propio nombre — respondió Jake.
Aquella expresión de sus años de niñez, empleada de modo instintivo, trasladó a Verde al ayer lejano.
Una densa y oscura nube parecía flotar lentamente ante la mirada de Verde. La cabaña era una realidad confusa, parecida a la vaciedad de un sueño.
Yacía rígido en su camastro, sin poder moverse, aunque su cuerpo se retorcía en tremenda convulsión; parecía que millones de agujas laceraban sus carnes. Una rugiente marea parecía invadir su médula, cual ígneo gusano que labrase su camino hasta el cerebro.

CAPÍTULO VIII

Era ya de noche, y fuera la tormenta gemía con doloroso lamento. Las sombras danzantes que producían las llamas se iban diluyendo; el brillo encarnado de las ascuas agonizantes iba perdiendo su fulgor, hasta la oscuridad total.
Jake se sumió en el letargo que proporciona el cansancio, pero Verde rondaba las puertas del sueño eterno. Sabía que la muerte no andaba lejos; le parecía que el gélido céfiro de la nada le rozaba el rostro. Veía la vasta y desnuda antesala del más allá, el reino místico y lejano del espíritu. Extrañas vocecillas parecían llamarle; sólo tenía que abandonarse v seguir. Todo su ser reclamaba la liberación de tan maltrecha envoltura mortal. Verde, sin embargo, resistió.
Las escenas se sucedieron miles de veces, con la presencia fantasmal de los espectros que combatían la voluntad inquebrantable de Verde. Hasta que un día ya no comparecieron.

Un día por la mañana, Verde despertó de un sueño profundo, después de una de esas noches traspasadas de agonía.
La tempestad se había alejado del territorio, y desde la entrada de la cabaña se ofrecía un maravilloso espectáculo: la nieve cubría el paisaje con lo que semejaba una capa de albo mármol, de brillo deslumbrador. Verde no cesaba de escuchar el rítmico golpear de un hacha, no muy lejos de la cabaña. En un rincón de ella había buena cantidad de leña, cuidadosamente apilada. En el hogar lucía un alegre y crepitante fuego.
Verde sintió que el hálito de la vida tornaba con fuerza a su maltrecho cuerpo. La crisis estaba vencida; sentía aún fuertes dolores en muchas partes de su persona, pero la horrible tortura de los primeros días había desaparecido.
Jake penetró en la cabaña y le saludó con una exclamación de inmensa alegría.

Al cabo de pocos días más, Verde empezó a tomar algún alimento, que Jake preparaba solícito, aunque lo administraba con parquedad.
—Comprendo que estés hambriento — asintió Jake con sonrisa impaciente—, pero no puedo dejar que comas cuanto desees. Por el momento, me parece que ya tendremos tiempo de pasar hambre antes de que las nieves se derritan.
—Admito que lo había olvidado-respondióle Verde con voz débil —. ¿Qué tal andamos de provisiones?
—Hemos tenido una suerte endemoniada, al fin y al cabo — terció Jake con fervor —. Siempre teníamos más conservas de las que solíamos necesitar, y disponemos de buena cantidad, verduras en su mayor parte, y alguna lata de fruta y leche. Tenemos, además, un saco de harina y un par de ellos repletos de judías. La provisión de café no es demasiado abundante, pero tenemos gran cantidad de azúcar. Quedan unas cien libras de sal, que guardaba para curar pieles. ¡Hemos tenido mucha suerte! Maté tres venados y uno de mis animales. La carne está congelada y se conservará bien. Y creo que eso es todo.
—Muy afortunados, en verdad — repuso Verde—. Pero está lejos de ser suficiente para nuestras necesidades de todo el invierno. ¿En qué día estamos?
—No lo sé con exactitud, pero creo que andaremos por la mitad de noviembre. De ahora en adelante llevaré cuenta de los días.
—Estaremos bloqueados por las nieves durante cinco meses, al menos.
—Bien, Verde; me pareció terrible al principio, pero me sentí más seguro cuando apareciste. Ahora, sin embargo, no estoy tan tranquilo.
—Es lo mismo, muchacho; de todos modos, es el trabajo más grande que hayas llevado a cabo en tu vida
—respondió Verde.
—Creo que sí, aunque no me asusta la perspectiva
—dijo Jake en tono tranquilizador —. No nos faltará la pitanza; ya sabes que siempre he preferido la carne, y puedo alimentarme sólo de ella. Trataré de hallar a mi otro animal y le daré muerte. Además, vi huellas de alces arriba en la mesa, pero no me detuve a seguirles la pista; creo que pronto lo haré. No; me inquieta más la escasez de leña que la de comida. Hay más de medio metro de nieve por todas partes, y la madera adecuada es difícil de encontrar.
—El alud habrá acarreado mucha más de la que podamos necesitar — intervino Verde.
—Tienes razón — dijo Jake dándose una palmada en la rodilla —. No había caído en ello. Admito que llegué a pensar que el salir con bien del alud sería el fin de nuestro encierro. De todos modos, con abundancia de madera podríamos ganar mejor la partida.
Verde advirtió que en lo sucesivo Jake estaba fuera de la cabaña la mayor parte de las horas diurnas, aunque éstas no eran demasiadas. No obstante, Verde tenía el convencimiento de que la madera seca y la carne fresca eran más difíciles de obtener de lo que Jake se había imaginado.
Jake atendía a la comodidad y cuidado de Verde con las ternuras de una madre. Desde luego que al correr los días ponía mayor esmero en sus atenciones. Los dolores de Verde iban disminuyendo paulatinamente, y, cuando manifestaba con evidencia un renovado vigor, la muda tristeza de Jake cedía a una dicha en constante aumento.
Posteriormente, Verde tuvo la impresión de que Jake era más feliz que nunca, incluso más que cuando Kitty Mains se cruzó en sus vidas. En la primera etapa de esa sensación, Verde creyó que la dicha de Jake era motivada por el hecho de haberle salvado la vida y por la cotidiana ayuda, que la situación convertía en imperativa. Mas, poco después, Verde modificó su primer pensamiento, y llegó a la conclusión de que el origen de tan favorable cambio se debía al renacer del afecto que Jake siempre sintió hacía él. De todas maneras, el trato que recibía ahora de Jake era genuino y sublime. Verde no cesaba de loar a Díos por ayudarle en su esfuerzo sobrehumano de conservar la vida. Al principio sólo fue a causa de Jake, pero ahora se alegraba por sí mismo. Presentía que, de uno u otro modo, se las arreglaría para cabalgar de nuevo.
Una noche, acabada la cena, Jake se sentó junto al fuego, con la mirada fija en las llamas, como embelesado. El interior de la cabaña gozaba de una temperatura benigna, y el vivó fuego ponía una nota de apacibilidad en el ambiente. De vez en cuando, Jake añadía unos tacos para mantener el ritmo de la fogata. Por fin volvió el rostro y miró a Verde. En su semblante se había producido un cambio: lo iluminaba una expresión sonriente, y había calor en sus pupilas.
—Verde, creo que no exagero al decir que estás fuera de peligro. La pierna se ha curado, y pronto te recuperarás.
—Sí, gracias a ti, muchacho — respondió Verde, agradecido.
—Bueno, tú puedes darme gracias a mí, pero yo se las doy a Dios. Y... Verde, ¿te olvidas de la causa por la que viniste hasta este lugar y por la que te hallas en este estado?
—Lo sé, ahora que me haces pensar en ello.
Jake hizo una pausa para humedecerse los labios, mientras con su gigantesca mano se alisaba el cabello.
—Espero que me perdones algún día, Verde.
—No hay nada que perdonar. Soy tan responsable como tú, o tal vez más.
—Bien; es mejor que no discutamos eso ahora... ¿Piensas en Kitty Mains alguna vez?
—Desde luego que sí, y mucho. No puedo evitarlo.
—Verde, amabas mucho a Kitty, ¿no es cierto?
—Temo que así es.
—¿Y la sigues queriendo? — inquirió Jake con vehemencia, como si cualquier insinuación en otro sentido hubiese constituido un sacrilegio.
—Está bien; la amo todavía — repuso Verde con presteza, como para ayudar a Jake a disipar su ansiedad por la respuesta, cualquiera que fuese.
—Me alegro, Verde. No sería correcto que nuestras... diferencias y todo eso hubieran enfriado tu amor por ella. Porque ahora comprendo que Kitty te quería a ti mucho más.
—¿Cómo sabes eso? — curioseó Verde.
—Pues pensando un poco acerca de la situación. Algo se me vino a las mientes en mis largas e incontables noches de insomnio. Y fue así: Kitty tiene dos caracteres distintos, como tiene diferente el color de sus ojos. Tú sabes que acaso peco de blando con las chicas, y a veces hasta pienso que existe un algo de femenino en mi carácter. De todos modos, mis atenciones y el tierno amor que siento por ella atrajeron el lado dulce de su personalidad; pero esa faceta no era la más acusada en ella. Kitty es más demonio que ángel y necesita ser dominada. Yo creo que jamás lo hubiese conseguido, y barrunto que pronto se hubiera cansado de mí... Siempre adiviné el cambio que se operaba en ella cuando tú estabas cerca. De haber sido fiel a mí mismo, hubiera reaccionado de otro modo, pero nunca quise darme cuenta de la realidad hasta la noche del último baile. Me moría de cólera y celos, Verde, aunque ahora estoy contento de que todo haya pasado. Muchacho, quizá Kitty no sea en verdad tal como la hemos soñado, pero ella es como es, y ambos la queremos. Desde que estamos aquí he tenido mucho tiempo de pensar en todo eso. Tal vez te quiera más a ti, y creo que debe ser así, pues eres muy atractivo, Verde. Así que te cedo mi parte de ella.
—Pero Jake... — empezó Verde, con un hilo de voz.
—No hay pero que valga — cortó Jake —. Para mí, asunto concluido. Me siento tranquilo como nunca lo estuve. Y creo que eso hará que te repongas con más rapidez, más que cualquier otra cosa en el mundo.
Verde cerró los ojos. Sentíase turbado y nervioso, pero contento al ver que cualquier reproche por su parte fue rechazado por su hermano en forma expedita. Pero en su fuero interno no había aceptado la voluntad de Jake; además, un tremendo interrogante se abría para él en forma de incierto porvenir. Acababa de descubrir cuán débil se sentía, tanto física como espiritualmente. Era muy agradable tenderse en el lecho sabiendo que por fin podría conciliar el sueño. ¡Buen muchacho Jake! Verde creyó retroceder a la infancia, caminando solo por el desierto sendero. Llegó junto a un arroyuelo de rápida corriente, en la que flotaban gran número de hojas y ramitas. Los sicómoros blanquecinos se alzaban como fantasmas. Él no quería volver a la carreta, pues su padrastro le odiaba y golpeaba... Se había extraviado y empezaba a sentir miedo, y de pronto un rapaz, más o menos de su misma edad, con los pies desnudos, le dijo, saliendo de los arbustos: «Me llamo Jake; ¿y tú?» Pero él, ladino, no quiso decírselo, pues quería quedarse en aquel lugar.

CAPÍTULO IX

El frío invierno envolvía la Garganta Negra en blanco sudario. Los días eran muy breves, y las noches, largas e interminables. Verde dormía la mayor parte del tiempo, y Jake andaba atareado en sus labores, que eran muchas y variadas. A veces, después de cenar, jugaban a las damas en un tosco tablero que Jake había construido. Muchas veces discutían sobre la importante cuestión de cuándo y cómo intentarían la salida de la barranca. Y también era tema principal el modo de combatir el frío y procurarse más alimento. Nunca mencionaron a Kitty Mains. La serenidad de Jake influía ahora en gran manera en el ánimo de Verde.
Fue una solemne circunstancia para ambos el día que Verde salió de su lecho y cojeó por la pieza ayudado por la muleta que Jake construyó para él. Desde ese día, el progreso de Verde fue rapidísimo, y aguardaba con impaciencia la prueba suprema: la tan esperada partida de la prisión a que se hallaban sometidos. Verde quería volver a valerse por sí mismo. Jake se había convertido en un flaco gigante barbudo, fuerte como un roble.
Y era cierto que podía vivir con una dieta a base de carne exclusivamente. Pero las reservas disminuían, y, de no haber tenido Jake la fortuna de hacer provisión a tiempo, la situación hubiera llegado a ser bastante comprometida. A diario salía Jake de cacería por los escondrijos de la barranca. Muchas veces estuvo a punto de dar caza a un alce, pero la llegada de la noche y la nieve caída durante ella hacían desaparecer las huellas, y con ello sus fundadas esperanzas.

Al correr del tiempo, las horas solares aumentaban progresivamente. La nieve se derretía en el techo de la cabaña, y pronto se iba fundiendo en la ladera sur de la barranca. La helada garra del invierno soltaba su presa. De vez en cuando, una ráfaga de aire cálido y perfumado invadía la negra cañada.
Con la llegada de la primavera, justo se disponían a consumir la última libra de carne y galleta que les quedaba. Jake, largo como era, parecía ahora mucho más alto y delgado. Recientemente sacrificaba a Verde parte de su ración; pero éste lo descubrió, y rehusaba la comida hasta asegurarse de que Jake tenía idéntica porción que él. Y llegó el día en que asaron el último pedazo de carne congelada.
Y entonces Jake salió en busca de alimento, armado con el rifle. Verde se las componía bien con la tosca muleta; hasta podía atender a los distintos quehaceres en tanto Jake cazaba. El cielo de aquel atardecer poseía una belleza singular. Verde observó el cielo arrebolado, contra el que se recortaban las nevadas crestas. La primavera estaba al llegar. ¡Qué invierno tan espantoso habían soportado Jake y él! Aunque por su parte no lo hubiese deseado distinto, inclusive la recuperación de la pierna. Los esfuerzos realizados por Jake corrían parejas con sus sufrimientos. Juntos conquistaron y vencieron algo mil veces peor que la muerte, y unidos lograron ganar cimas más altas y hermosas que la misma vida.
Antes de que el rosado crepúsculo tocara a su fin, desapareciendo tras las elevadas montañas, Jake llegó tambaleándose a consecuencia de una voluminosa carga de carne. Arrojó al suelo una enorme pierna de alce, que al chocar produjo un sordo golpe. Pronto cundió en la cabaña el acre olor de carne fresca y la fragancia típica de los bosques, exhalados por la persona del recién llegado.
—He tenido la suerte de matar un alce adulto y su pequeño — gritó con alegría, en tanto que la mirada de sus hundidos ojos resplandecía al posarse en Verde —. Todo el invierno han podido eludir mis esfuerzos, pero al fin han caído en mis manos. Y escucha, Verde; voy a construir un trineo para llevarte a casa.
—¡Oye, pelagatos! — chilló Verde con inmensa satisfacción, comparable a la que experimentaba el otro —. ¡Yo he de llegar a casa con una sola pierna!
Jake poseía ese ímpetu que arranca de improviso, pero Verde se distinguía por esa especie de valor y prudencia que permite esperar un poco más. Las piezas recién cobradas les mantendrían en pleno vigor, y cuanto más demorasen la marcha, menor cantidad de nieve dificultaría su avance.
En el curso de los últimos días, Jake abrió un camino sinuoso, que arrancaba del fondo de la barranca y ascendía por la ladera, siguiendo la trayectoria del alud. Esta cara, orientada hacia el Norte, no recibía los rayos del sol más que unas pocas horas al día. El único inconveniente serio con el que iban a tropezar era la espesa capa de nieve que cubría la mesa. Jake alcanzó suficiente altitud en su incursión exploratoria para advertir que todas las laderas que daban al Sur presentaban grandes espacios negruzcos donde comenzaba el deshielo. Estaba radiante de júbilo.
—Verde, ardo en deseos de salir de aquí. Una vez arriba, todo será más fácil.
La noche anterior al día en que proyectaban emprender la marcha, de la cual dependía todo, Verde dijo algo que atormentó su mente durante mucho tiempo, algo que le obsesionaba y que contribuyó en buena parte a su propia tranquilidad.
—Bien, Jake; ha llegado la hora de echar algo que llevo en el pecho — dijo con toda la serenidad de que fue capaz.
—¡Ajá! — exclamó Jake secamente.
Era obvio que no aprobaba la mirada de Verde.
—No te lo he dicho antes, pero jamás estuve de acuerdo con tu propuesta acerca de Kitty Mains.
—¿No? Oye, ¿no eres que ya es demasiado tarde?
—Sí, pero vale más tarde que nunca... Jake, muchacho, no puedo aceptar, compréndelo. Jamás estuve de acuerdo contigo en ese punto. Y no quiero que renuncies a Kitty por mi causa.
Jake se ruborizó; se notaba a pesar de la tupida barba que le ocultaba el rostro. Dejó lo que estaba haciendo y se encaró con Verde.
—¿No amas a Kitty tanto como yo? — preguntó.
Verde tenía bien estudiada la respuesta, y el hecho de que en cierto modo su argumentación partiese de la más estricta veracidad no le inquietaba demasiado.
—Bien, creo que la quise, pero ya no es lo mismo ahora. Este invierno se ha llevado buena parte de mí. No olvides que soy un hombre tullido, Jake, y las mujeres no se preocupan gran cosa de ellos, excepto para mostrar su compasión. No puedo trabajar como antes, y dependeré de tu padre... Jake, ha sido en verdad un padre para mí, lo mismo que tú has sido como un hermano. ¡Dios te bendiga! Pero, al fin y al cabo, mi apellido no es Dunton; así que no tengo nombre que dar a una futura esposa... Pues todo eso, ahora, me ha ayudado a cambiar de idea. Lo primero y lo último, sin embargo, la razón más importante, es que, a pesar de lo que tengas que objetar, es que creo que Kitty te prefiere a mí.
—¡ Verde, eres un maldito embustero!-dijo Jake ásperamente.
—Bien, si no te quería más entonces, habrá tenido tiempo de pensarlo durante todo el invierno. Piensa que soy medio nombre ahora, Jake... Estrechémonos la mano y zanjemos la cuestión.
—¿Y qué pasará si no lo hago?
—No me agrada decirlo, Jake, pero de veras no lo sé. O tal vez mi pensamiento no ha sido capaz de ir más allá. Pienso que no debería salir de esta cabaña contigo. Míralo desde mi lugar, Jake. ¡Tienes que hacerlo! Hemos vencido un verdadero infierno, y nos sentimos dichosos pese a ello, o tal vez a causa de ello; no lo sé exactamente. De lo que sí estoy seguro es de que, si no lo consideras desde mi punto de vista, nunca volveré a ser feliz.
Jake estrujó la mano a Verde y volvió la espalda, silencioso y emocionado, gacha la cabeza.
A la mañana siguiente, al despuntar la aurora, emprendieron el viaje de retorno. Verde llevaba la muleta por toda impedimenta. Jake se cubrió las espaldas con una manta; llevaba en el bolsillo unos trozos de carne asada, y una soga en la mano. Había dejado el trineo en la cima, para emplearlo en el caso de que la nieve no se hubiese derretido en la ladera sur de la mesa o en la misma cima.
El plan consistía en escalar lentamente, pie a pie, para economizar las energías de Verde. En las primeras horas de la penosa ascensión, dos cosas se evidenciaron: primera, que las dificultades eran mayores de lo que calcularon, y segunda, que Verde tenía una fortaleza y una resistencia asombrosas.
Pero se agotó antes de alcanzar la cumbre, después de lo cual Jake tuvo que transportarlo a hombros, como si fuese un costal de harina. Todo el invierno, Jake se vio precisado a acarrear gruesos troncos hasta la cabaña, donde con el hacha los reducía a tamaño conveniente. Su dureza no tenía límites. Sin embargo, tal vez fue demasiado optimista al querer salvar la tremenda ascensión y salir de la Garganta Negra. No cabía duda de que era un titán; Verde le admiraba cada vez más por ello. Por otra parte, era tan cauto como fuerte y resistente. Conducía a Verde por breves trechos, reducidos a veces a unos pocos metros, y luego le dejaba con su muleta en alguna eminencia, para luego no tener que agacharse e izarlo desde el suelo.
Jake se esforzaba como un galeote. Su ímproba y hercúlea tarea comenzó al llegar al final de la senda que había abierto en la nieve. Verde estaba desesperado, pero no era capaz de ceder ante el invencible y magnífico valor de Jake. Y éste había venido dispuesto a matarle, mientras que ahora hacía lo imposible para salvarle. Estaba escrito; Verde lo presintió. Y aun cuando su razón le hacía pensar que Jake no tardaría en caer agotado, por lo que veía no parecía existir obstáculo físico que ese hombre no fuera capaz de vencer.
La tarde se iba desvaneciendo, y la aparición del crepúsculo los sorprendió atravesando un tramo nevado. Pese a todo, Jake consiguió alcanzar la cima y dar principio al descenso, ya por terreno deshelado. Finalmente cayó, jadeante y sin fuerzas para hablar.
Verde reunió unas cuantas ramas secas, que amontonó al socaire de una enorme roca. Jake no tardó en ayudarle en la tarea de encender un buen fuego. Calentaron en las brasas lo» trozos de carne que les quedaban y los engulleron con verdadera fruición. Jake se procuró más ramas de abeto e hizo con ellas una yacija, que puso entre la fogata y la voluminosa peña. Verde sentíase cómodo al amparo de la manta, pero no consiguió dormirse de inmediato. Jake se acurrucó junto al fuego. Su corazón se encontraba en exceso fatigado para que sintiera deseos de hablar o de intentar dormir. No obstante, Jake se sentía henchido de la realidad de la liberación y felicidad que le embargaban.
El sol, al asomar por el horizonte, los sorprendió ladera abajo, a través de la breña, parda y grisácea, que presentaba aún manchas blancas de nieve por deshacer. La bajada era fácil, auque lenta; sólo tenían que abrirse paso entre pequeños ventisqueros y tupida maleza. La lejana imagen del rancho paterno representaba para ellos el oasis hacia el que se sentían atraídos como por un imán, aunque a primera vista era sólo un exiguo punto verde perdido en 1 a distancia, pero que se aproximaba con lentitud.
Otro crepúsculo de tarde coloreó el cielo de púrpura y oro. Verde volvió la cabeza para contemplar la ingente mesa, con su cenefa de relucientes riscos colorados y su orla de oscuros pinos.
Jake y Verde, el primero con un brazo alrededor del hombro de éste, atravesaron, vacilantes, los sembrados del rancho, hasta que vieron al viejo Dunton salir de la cabaña. El hombre dejó caer un balde que llevaba.
—¡Jane, sal corriendo! — gritó.
Jake agitó una mano cansina.
—¡Padre, somos nosotros, Verde y yo!
—¡Dios mío! ¡Parecéis un par de espantapájaros! Acudió la madre, pálida, que les dio la bienvenida entre risas y sollozos, de puro éxtasis.
El viejo Dunton miró a los jóvenes, contento por la feliz vuelta de los hijos perdidos al hogar, pero algo apenado por la noticia que debía darles.
—Así que eso es lo que ocurrió — dijo —. Bien, jamás en este valle se habló de nada parecido. Estoy orgulloso de vosotros, hijos míos... Pero, |por Dios, muchachos/ ¡Todo por nada! Todo por la veleidad de una chica de ojos saltones que no valía lo que un dedo vuestro, y mucho menos una pierna. ¡Seguro! Apenas la gente dejó de comentar lo de vuestra pelea, ella se casó con el hijo de Stillwell

DE MISSOURI

CAPÍTULO PRIMERO

UN vaquero de elevada estatura salió a grandes zancadas de la oficina de Correos, con gran estrépito de espuelas, y se dirigió en derechura hacia sus tres camaradas que cruzaban la ancha calle después de abandonar la taberna que había enfrente.
—Mirad — dijo, agitando una carta bajo sus narices— ¿Quién de vosotros, cuernilargos, ha escrito a la muchacha otra vez?
El trío de oyentes, apático y festivo, se quedó turbado de repente, trocando el desconcierto en pronta y vehemente curiosidad. Miraron con asombro la caligrafía del sobre.
—¡Tex! — exclamó Andy Smith, mientras su delgado rostro apuntaba una sonrisa—. ¡Soy un pillastre si esa carta no viene de Missouri!
—Pues es cierto — declaró Nevada.
—¡De Missouri! — repitió Panhandle Ames como un eco.
—¿Y bien? — inquirió Tex, casi resoplando.
Los tres vaqueros pasearon la mirada desde Tex a los otros compañeros, y de nuevo a Tex.
—Es de ella — prosiguió Tex. Su voz subió de tono en el pronombre —. Todos conocéis la letra. ¿Qué hay del trato? Prometimos no volver a escribir a esa maestra de escuela, pero alguno de nosotros ha engañado a los demás.
Sus camaradas prorrumpieron en un coro de fuertes protestas, alegando inocencia, pero era obvio que Tex no
se fiaba de ellos, y que ellos, a su vez, tampoco creían en él ni en cada uno de los demás.
—¡Oídme, chicos! — dijo Panhandle de repente —¿ Acabo de ver a Beady, y me parece que nos miraba con malos ojos. Será mejor que nos larguemos a alguna parte del bosque.
—Mejor es volver a la taberna — repuso Nevada — Me parece que todos tenemos necesidad de un buen trago.
—¡Beady! — exclamó Tex al tiempo que todos repasaban la calle —. Puede ser tan culpable como uno cualquiera de nosotros.
—Es verdad; hay muchos como Beady — respondió Nevada—. Pero, Tex: tu mente no funciona. Nuestra
—amiga de Missouri ha escrito antes de recibir noticias I nuestras.
—¿Cómo sabes eso? — preguntó Tex con recelo—. De acuerdo; la máquina de escribir del jefe es un galimatías, pero sirve para ocultar alguna pista. ¿Entienden, compinches?
—¡Maldición, Tex!-intervino Panhandle con mal humor—. ¡Tú necesitas un trago!
Hicieron su entrada en el salón y se fueron rectamente al mostrador, donde, a juzgar por la concurrencia, parecía evidente que Tex y sus amigos no eran los únicos que ansiaban procurarse energía artificial. Vieron una mesa libre en un rincón, y allí se encaminaron. Tex dejó la carta encima de la mesa, y todos la miraron de hito en hito.
—Pues viene de Missouri —aseguró Panhandle, comprobando el matasellos —. Kansas City, Missouri.
—Y no hay duda de que es letra de ella — añadió Nevada con horror —. La reconocería entre un millón de cartas.
—¿No vas a leérnosla? — demandó Andy Smith.
—«Señor Frank Owens...-pronunció Tex, empezando por leer el sobre —. Rancho de Springer, Beacon, Arizona...» Muchachos, ese Frank Owens puede ser uno cualquiera de nosotros.
—¡Huy! Quizá sea un maldito más — añadió Andy.
—Parece que alguien de nosotros ha jugado una mala pasada a la maestra — reanudó Tex, moviendo su aquilino rostro con gesto grave —. Leemos un periódico de Kansas City, en el que aparece un anuncio referido a una maestra que desea empleo en la desierta Arizona. Y le escribimos, y ella contesta que está decidida a venir. Nos dice que no tiene más de cuarenta, y nosotros nos asustamos como coyotes; de cualquier modo, hicimos trato de no volver a escribir. Pues bien; por lo visto, alguien ha debido de hacerlo, y todos me creéis un gran embustero, lo mismo que pienso yo de vosotros. Pero eso no es lo más importante; aquí hay otra carta dirigida al señor Owens, y apuesto mis arreos que significa apuros.
—Oye, dámela — pidió Andy—. No temo a ninguna mujer.
Tex arrebató la carta de manos de Andy.
—Vaquero, eres demasiado palurdo para leer cartas de señoritas — advirtió Tex —. A ver, uno de vosotros: un cuchillo... Oíd, la carta huele a perfume.
El vaquero puso la carta sobre la mesa con ademán solemne y empezó a leer, con visible esfuerzo:
—«Kansas City, Missouri, Quince de junio. Apreciado señor Owens: Su última carta ha sido mucho más explícita que las anteriores, en las que se notaba cierta vaguedad y confusión.
Sus líneas me han llenado de esperanza y expectación. No voy a perder tiempo en hacerle saber que la estoy muy agradecida; de inmediato iniciaré los preparativos para trasladarme al Oeste. Saldré mañana y llegaré a Beacon el diecinueve de junio, a las cuatro y media de la tarde. Advierta que he consultado el horario. Sinceramente, Jane Stacey.»
Después de la lectura de la carta, se produjo un profundo silencio entre los presentes. Los vaqueros parecían anonadados. De pronto, Nevada estalló:
—¡Dios mío, muchachos! ¡Hoy es diecinueve!
—Bien; Springer necesita una maestra en el rancho
—dijo Andy por fin; al parecer, era el de mayor sentido práctico —. Hay allí media docena de chicos que carecen de escuela, sin contar con los de otros ranchos. Oí que el jefe lo decía.
—¿Quién diablos lo dijo? — tronó Tex, furioso consigo mismo y con sus colegas.
—¿Qué ganamos con disputar sobre eso? — manifestó Nevada—. Está hecho; la maestra se halla en camino y va a llegar en el expreso. Tenemos cinco horas y creo que son pocas. ¿Qué vamos a hacer?
—En ese tiempo puedo agarrar una melopea sensacional — intervino Panhandle, indiferente.
—¡Ya! Y dejarnos en la estacada — replicó Tex, desdeñoso—. Pues nada de eso; en este asunto tenemos que apechugar todos. ¿No sabéis que hoy es sábado y que Springer vendrá al pueblo?
—¡Dios mío! ¡Nos va a echar a todos del rancho!
—declaró Panhandle —. Lo tenemos bien merecido, por hacerte caso, Tex. Apostamos todos que esta magaña ha sido urdida en tu magín.
—En el mío o en el de cualquiera de vosotros — replicó Tex con calor.
—Escuchadme, vaqueros chiflados — intervino Nevada—. Basta de porfía. ¿Qué vamos a hacer?
—Hay que decírselo a Springer.
—Pero, Tex: el jefe no querrá creer que no hemos mantenido correspondencia. Nos pondrá a todos de patitas en la calle.
—Algo hay que explicarle-repuso Panhandle.
—Es cierto — continuó Tex—, Se me ocurre una idea; ya es tarde para hacer que la pobre maestra regrese al lugar de partida; así es que alguien tendrá que ir a recibirla. Habrá que pedir prestado un calesín y conducirla al rancho.
—¡No cuentes conmigo! —exclamó Andy.
Y asimismo, Panhandle y Nevada le imitaron.
—Yo os seguiré a caballo para asegurarme de que vais a recibir a la señorita — se burló Andy.
Tex había dejado de poner mal gesto, pero no delató aún que la idea de Andy le gustara.
—¡Al diantre todos! — prorrumpió con acaloramiento—. Basta de pullas; deberíais poneros en el puesto de la maestra. ¡Bonita faena para una mujer! Alguien debería pagar por este embrollo. ¡Si llego a saber...!
—Sigue con tu gran idea — interrumpió Nevada.
—Vosotros me acompañaréis; yo me encargo del calesín. Saldré al encuentro de la dama y hablaré; creo que podré deshacerme de ella fácilmente. Si no logro convencerla de que vuelva a Missouri, la llevaremos hasta el rancho y dejaremos que Springer resuelva. Lo único que no revelaremos a ella, ni a Springer, ni a nadie, es la identidad de Frank Owens.
—Tex, eso no está nada mal — expresó Andy con admiración.
—Lo que yo quiero saber, muchachos — inquirió Panhandle —, es quién va a ser el guapo que le hable al jefe. Puede que ahora no parezca difícil, pero ¡llevar una mujer al rancho! Ya sabéis que Springer es muy esquivo; joven y rico como es, y soltero además, siempre está tan atrafagado que parece temer a las chicas. ¡Y vosotros le lleváis una maestra madurita, romántica y sensiblera! ¡Dios mío...! Digo que lo mejor será que la reexpidáis en el próximo tren.
—Pan, eres muy hábil tratándose de caballos y ganado— replicó Tex—, pero no conoces la naturaleza humana, y además estás muy equivocado con respecto al jefe. Confieso que nos encontramos en un aprieto, pero me inclino por hacernos cargo de la dama en cuestión antes que hacer que se vuelva. Alguien puede enterarse de todo esto, o tal vez la maestra hable, y desde luego que no le faltaría motivo. Además, suponed que Springer se entera que alguno de nosotros ha jugado una mala pasada a una mujer; se va a encolerizar mucho más que si llevamos a la maestra al rancho. Es probable que el patrón intente hallar una solución razonable. Puede que Springer sea tímido con las mujeres, pero es la persona más íntegra de todo Arizona. Mi idea consiste en negar que alguien de nosotros sea Frank Owens, y salir al encuentro de la señorita... señorita..., ¿cómo se llama...?, señorita Jane Stacey, llevándola a presencia de Springer y dejar que ella lo explique todo.
En las horas siguientes, mientras Tex recorría el pueblo en busca de un calesín y su correspondiente tronco de caballos, los otros muchachos errabundeaban de la taberna a la oficina de Correos, y viceversa; después, para variar, hacían lo propio entre la tienda, la fonda y la taberna. El pueblo se abarrotaba poco a poco con los habituales visitantes de todos los sábados.
—Muchachos, ahí viene el jefe — dijo Andy de pronto, señalando a Springer con el dedo índice.
El vaquero se ocultó en el primer portal que le vino a mano, que resultó ser otra taberna. Estaba bastante concurrida; había vaqueros, rancheros y mejicanos, y sobre todo mucho humo de tabaco y mucho ruido.
Los compinches de Andy le siguieron con gran alboroto; y hasta que todos se colocaron frente al mostrador de esa taberna, ninguno se percató de que era el lugar de reunión de vaqueros que no estaban en términos amistosos con la cuadrilla de Springer. Nevada fue el único que se mostró indiferente ante los hechos.
—Bien; ya estamos dentro — manifestó, elevando la voz para que pudieran oírle otros que no fueran sus compañeros—. Además, ¿quién demonios se preocupa de Beady Jones?
Se alinearon en el mostrador, cosa nada decente para unos jóvenes que tenían una cita importante y en quienes' era necesaria la más estricta naturalidad; el alcohol era un mal compañero para eso. Después de varias rondas, hablaban en voz baja y haciendo muecas sobre la posibilidad de que Tex se topara con el jefe.
—¡Si al menos le perdiera de vista hasta que Tex pueda meter en el calesín a esa maestra cuarentona de Missouri y conducirla hasta el rancho! — exclamó Panhandle, que mostraba gran regocijo.
—Es verdad. Tex, ese bonito patán, e9 el culpable de todo este enredo — añadió Nevada —. Ese vaquero no se atreverá a cortejar a Jane, si cree que nosotros andamos cerca. Pero, muchachos, nosotros vamos a estar presentes.
—¡Ni por un millón me pierdo yo el encuentro de Texas con el patrón! — dijo Andy.
En aquel momento, un vaquero alto y llamativo, de rostro cetrino y ojos pequeños y brillantes, que parecían dos cuentecillas negras, se alejó de un grupo de bulliciosos colegas y salió al encuentro del terceto, dirigiéndose a Nevada:
—¡Hola, muchachos! — saludó —. ¿Qué estáis haciendo por aquí?
Su tono era frío e impertinente, y su arrogante ademán y pregunta hizo que algunos parroquianos guardasen silencio, picados por la curiosidad. Andy y Panhandle se recostaron de nuevo en el mostrador; ya estaban habituados a tal situación y sabían quién sería el encargado de hablar por ellos.
—¡Hola, Jones! — respondió Nevada con aire negligente —. Hemos caído por aquí de casualidad. Nosotros, sabes, tenemos por norma elegir la compañía de gente que nos es grata.
—¡Ajá! La gente de Springer es muy poco escrupulosa— voceó Jones con risa burlona—. Tan poco, que no se molesta en respetar las cercas ajenas.
Nevada mudó de posición ligeramente.
—Beady, llevo algunos tragos y mi cabeza no está demasiado clara — dijo Nevada entre dientes —. ¿Te importaría hablar de manera que pueda comprenderte?
—¡Bah! Me entiendes bien — pronunció el otro en tono sarcástico—. Te digo lo que hace tiempo intento hacer comprender a tu rubio compinche, a ese Texas.
—Ahora empiezas a hablar claro, Beady. Texas y yo somos compinches, es cierto. Me gustaría que fueras tan amable como para llevar esta conversación fuera de tus métodos habituales. Parece como si algo te rebosara en el cuerpo.
—Puedes apostar a que sí y que no tardaré en reventar— chilló Jones, cuyo violento genio no estaba acostumbrado a soportar mucho tiempo el dejo lento y sereno con el que recibía respuesta.
—Bien; antes de que estalles, dime lo que significa eso de que los muchachos de Springer no respetan las cercas de los demás.
—Muy sencillo; os limitáis a cortarlas y pasar — repuso Jones.
—Beady, no me agrada llamarte ruin embustero, pero eso es lo que eres.
—Y tú también — gritó Jones—. Yo mismo vi a ese tipo, Texas, cortar los alambres.
Nevada asestó un golpe con notable rapidez y potencia, que derribó a Jones sobre una mesa de juego, con la cual dio en el suelo. Jones estaba tan perplejo, que no acertó a recuperarse hasta que algunos de sus camaradas

corrieron hacia él y le ayudaron a levantarse. Inmediatamente, encendido en cólera y renegando con furia salvaje, echó mano al revólver. Lo sacó de la pistolera, pero, antes de que pudiera apuntar, sus amigos le sujetaron, hablándole con gravedad y temerosos de lo que pudiera ocurrir. Jones forcejeó unos minutos.
—¡Maldito loco! — le dijo al fin uno de ellos, a grandes voces—. ¡No lleva arma! ¿Quieres que te acusen de homicidio?
Esta advertencia devolvió la razón a Jones, aunque no ciertamente la serenidad.
—Señor Nevada, la próxima vez que venga a este pueblo, vale más que lo haga prevenido — dijo entre dientes.
—Seguro, y será de mal agüero para ti, Beady — atajó Nevada.
Panhandle y Andy sacaron a Nevada de la taberna, y una vez en la calle prorrumpieron en exclamaciones mitad de excitación y mitad de cólera. Sus rápidos pasos los llevaron otra vez a cruzar la calle en dirección a la taberna que había frente a la oficina de Correos.
Al salir de ella iban cogidos del brazo, y su paso estaba lejos de ser firme. Deambularon por una de las principales calles de Beacon, aunque sin que su porte sobresaliera en un sábado por la tarde, pues como no andaban dando grandes voces ni se comportaban de modo peligroso, nadie paró atención en ellos. Springer, su jefe, se cruzó en su camino, y los miró al azar, alejándose sin dar señales de haberlos reconocido. De haberlos curioseado más de cerca
o con mayor atención, habría sacado la conclusión de que sus muchachos parecían andar del brazo de algún misterio, tanto como iban enlazados entre sí.
A la hora convenida, el trío llegó a la estación del ferrocarril. Tex estaba ya allí, midiendo el andén con paso nervioso, consultando el reloj muy a menudo. El expreso de la tarde estaba al llegar. En el amarradero de la estación había un calesín nuevo y un tronco de caballos muy briosos.
Los muchachos, al atravesar la anchurosa explanada, vieron el flamante carruaje y los inquietos animales, e hicieron cábalas sobre la sagacidad de Tex.
—¡Dios mío! ¡Material nuevo de las cuadras de alquiler! — suspiró Andy.
—¡Que me aspen si no! — añadió Panhandle con una mueca amplia.
—Ese Texas tira el dinero con la esplendidez de un gran señor — admitió Nevada.
Texas los vio llegar y los estudió detenidamente, y de pronto arrancó hacia ellos. Caminó a grandes zancadas por el borde del andén, encendida la faz como una amapola, y al llegar junto a sus camaradas los increpó con dureza.
—¿Qué ocurre, compinche? — dijo Andy, que parecía un poco más sobrio que los otros dos.
La respuesta de Tex llegó en forma de una andanada de obscenidades. Por fin terminó:
—!... cerdos remolones, que habéis cogido una cogorza y me dejáis solo en la estacada! ¡Pero ya os estáis largando de aquí! ¡No quiero ver a ninguno por aquí cuando llegue el tren!
—Tex, el jefe está en el pueblo y ha preguntado por ti — dijo Nevada.
—¡Me importa un rábano! — respondió Tex con mirada furiosa.
—¡Espera a que te encuentre, y verás! — manifestó Andy tragando saliva.
—Tex, la verdad es que pasó junto a nosotros y no dijo una palabra, como si tuviera a menos el hablarnos
—añadió Panhandle —. Ni siquiera nos vio.
—No me extraña, pandilla de vaqueros borrachos— dijo Tex con disgusto—. Repito que os esfuméis.
—Pero, compinche, sólo queremos estar aquí cuando recibas a nuestra querida Jane, de Missouri — repuso Andy.
—¡No sois más que unos vulgares fanfarrones! ¡Que me maten si no es cierto! — tronó Tex con rabia.
En aquel preciso instante, un agudo pitido anunció la llegada del tren.
—Ahora es el momento de largaros — prosiguió — y dejarme a solas con la fiesta. Siempre supe que era el único tipo con modales en la cuadrilla de Springer.
Los tres vaqueros no reaccionaron ante el comentario irónico de Tex, sino que lentamente comenzaron a retroceder, mirándose entre sí con expresión estúpida, con gran regocijo por la comicidad de la situación.
El largo y polvoriento convoy entró en la estación resollando hasta que se detuvo frente al edificio con un chirrido de frenos. Llevaba un solo pasajero con destino a la población — una mujer —, y ésta se apeó del vagón muy cerca de donde aguardaban los vaqueros. La mujer vestía una larga chaqueta de lino e iba tocada con un lindo sombrero, cuyo espeso velo marrón le ocultaba el rostro. No era demasiado alta, y parecía frágil en comparación con las pesadas maletas que el mozo le tendía desde el vagón.
Con sus ínfulas de galán, Tex se encaminó hacia ella.
—¿La señorita... Stacey? — preguntó quitándose el sombrero.
—Sí — respondió ella —. ¿Es usted el señor Owens?
El acento de la recién llegada no correspondió a las esperanzas de Tex, y eso le desconcertó.
—No, señorita... No soy el señor Owens — dijo—. Permita que la ayude, por favor... Me llamo Tex Dillon, y soy uno de los vaqueros del señor Springer. He venido a darle la bienvenida y a conducirla al rancho.
—Muchas gracias, pero en verdad esperaba encontrar aquí al señor Owens — repuso la mujer.
—Señorita, ha habido una equivocación; he de confesarle que no existe ningún señor Owens — profirió Tex en un arranque de hombría.
—¡Oh! — exclamó ella con ligero sobresalto.
—Mire usted, señorita, la cosa ocurrió así — continuó el vaquero, turbado —Uno de nuestros muchachos, no yo, fue quien le dirigió las cartas, firmando con el nombre de Owens. Por cierto que no existe nombre semejante en toda la comarca. Su última carta de usted, aquí la traigo, cayó en mi poder por pura casualidad, así como le cuento, señorita. A mis amigos aquí presentes les puse al corriente de todo esto, y decidimos venir a recibirla.
Ella meneaba la cabeza en tanto escrutaba al curioso terceto de vaqueros que Tex indicó como a sus camaradas. Éstos avanzaron arrastrando los pies, no con demasiada premura, pegados casi uno a otro. La condición en que

se encontraban, así como su confusión, no podían pasar inadvertidas incluso para una recién llegada de Missouri.
—Devuélvame la carta, por favor — dijo ella volviéndose a Tex. Tendió la mano, diminuta y enguantada, para tomar la misiva —. Entonces, ¿no hay por aquí un tal Frank Owens?
—No, señorita; así es — respondió Tex, abatido.
—Así es que nada de eso es cierto. ¿No necesitan aquí una maestra? — titubeó ella.
—Creo que no, señorita — replicó el vaquero —. Pero Springer requiere los servicios de una, y eso es lo que nos indujo a contestar al anuncio. Puede usted hablar con el patrón y contárselo todo. Estoy seguro de que el asunto terminará bien. El señor Springer es una excelente persona, y no toleraría que nadie se burlara de una pobre y madurita maestra de escuela.
En su atolondramiento, Tex había manifestado su íntimo pensamiento; su lamentable desliz le hizo parecer más confuso que nunca, y los otros vaqueros tuvieron que hacer un esfuerzo para contenerse.
—¡Una pobre y vieja, maestra de escuela! —repitió la señorita Stacey—. Tal vez la decepción no ha sido privativa de ninguna de ambas partes.
Diciendo esto, apartó el velo y puso al descubierto un semblante pálido pero de extraordinaria belleza. Era una mujer muy joven. Tenía los ojos grises y unos labios dulces y bien dibujados. Bajo el velo pugnaban por escaparse unos rizos de cabello castaño. Su cara estaba moteada por débiles pecas.
Tex se quedó mirando a la exquisita aparición con ojos muy abiertos.
—¡Pero usted manifestó en su carta que no tenía más de cuarenta años! — exclamó.
—Y es verdad — asintió la señorita Stacey con brevedad.
Y entonces se hicieron patentes el cambio de actitud y de estado de ánimo de los vaqueros. De súbito, la aparición de un hombre hizo que los jóvenes se quedaran como paralizados. El recién llegado era de gran talla; caminaba hacia el grupo a buen paso, y al llegar ante él miró con detenimiento a los componentes del grupo y luego a la joven forastera, para volver a posar sus pupilas en los muchachos. Por unos instantes, éstos le miraron como atontados.
—¿Es usted el señor Springer? — preguntó la señorita Stacey.
—Sí — replicó, y se quitó el sombrero.
Tenía el rostro muy moreno, de penetrantes ojos azules y expresión franca.
—Me llamo Jane Stacey— dijo ella precipitadamente —. Soy maestra de escuela, y escribí en respuesta a un anuncio. He venido a Missouri porque recibí unas cartas de un tal señor Owens, del rancho Springer. Este joven ha venido a recibirme y no ha sido demasiado... explícito. Creo comprender que no existe ese señor Owens y que he sido víctima de una broma... Él me ha dicho que el señor Springer no consentiría que una pobre y vieja maestra de escuela fuera el blanco de una burla semejante.
—Me alegro mucho de haberla conocido, señorita Stacey — respondió el ranchero, haciendo gala dé una cortesía muy del Oeste, que reconfortó a la joven—. Muéstreme esas cartas, por favor.
Ella abrió su bolso y, rebuscando en él, extrajo varias cartas. Springer no miró una sola Vez a sus confusos vaqueros, y cogió los papeles que le entregó la muchacha.
—No, ésta no — dijo la señorita Stacey, ruborizándose —. Ésa es una que escribí al señor Owens, pero que no llegué a echar al correo. Es innecesario que la lea.
La joven no apartaba la mirada de Springer en tanto que el ranchero leía las otras cartas. Cuando hubo terminado, pidió a la joven le hiciera entrega de la misiva que ella le pidió. La señorita Stacey dudó unos instantes, pero al fin rehusó. El ranchero tenía un aspecto grave, frío, de hombre práctico. Sus agudos ojos escrutaron los rostros de los cuatro preocupados jóvenes.
—Tex, ¿eres tú ese Frank Owens? — preguntó con rudeza.
—No; yo... no — tartamudeó Tex.
Springer formuló a los demás idéntica cuestión, y recibió la misma contestación, torpe pero negativa. Se encaró con la muchacha de nuevo.
—Señorita Stacey — dijo —, lamento decirle que alguien le ha jugado una mala pasada. Me hubiera disculpado mucho antes, de haberlo sabido. Ahora, todo cuanto puedo decir es que lo lamento muchísimo.
—Entonces..., entonces, ¿no hay sitio para mí, una escuela donde pueda enseñar? — titubeó ella, suplicante. Parecía que las lágrimas iban a resbalarle por las mejillas.
—Ésa es otra cuestión — repuso el hacendado, sonriendo agradablemente —Claro que hay sitio para usted; hace tiempo que deseo una maestra de escuela. Algunos de mis braceros tienen hijos, lo mismo que otros de los alrededores, y le aseguro que necesitan una maestra con urgencia.
—¡Oh! ¡Estoy tan contenta!-murmuró ella, aliviada —. Temía verme obligada a volver a mi casa. Sabe usted, no me encuentro muy bien, y el médico me dijo que un cambio de clima me sentaría bien. Por eso decidí venir al Oeste...
—No parece usted una enferma — cortó el ranchero, mirándola con sus sagaces ojos —. Personalmente, la encuentro muy bien.
—¡Oh! ¡Eso sí! ¡Pero no soy muy fuerte!-protestó ella rápidamente—. Y he de admitir que no fui sincera en lo de la edad.
—Me estaba preguntando sobre eso — dijo él, circunspecto. En su mirada centelleó un brillo malicioso —. Desde luego, menos de cuarenta.
Ella se tiñó de arrebol por segunda vez, y ahora con muestras de confusión.
—En realidad, no puede decirse que mintiera; tenía miedo de decir que era simplemente... joven. Y deseaba lograr ese puesto con verdadero afán. Soy una maestra competente, a menos que los presuntos alumnos sean gente adulta.
—Los discípulos que tendrá en el rancho son todos niños — repuso él —. Bien, es mejor que emprendamos la marcha antes de que oscurezca. El camino es largo. ¿Es ése todo su equipaje?
Springer la ayudó a subir al carruaje y luego colocó las maletas bajo el asiento posterior.
—Deje que le ponga esta manta — dijo—. El sendero está lleno de polvo, y cuando lleguemos a la sierra refrescará la temperatura.
Al llegar a este punto, Tex pareció volver en sí y avanzó unos pasos, pero Andy, Nevada y Panhandle quedáronse inmóviles, sin apartar la mirada de la hermosa y sonrojada faz de la joven maestra. Tex desató los caballos, que comenzaron a trenzar cabriolas, y tomó las riendas como si fuera a montarse en el calesín y conducirlo.
—Ya tengo las provisiones y el correo, señor Springer
—manifestó alegremente —. Puedo partir cuando usted quiera.
—Yo llevaré a la señorita Stacey — respondió secamente el ranchero.
Tex se quedó atónito por unos instantes. Los claros ojos de la maestra parecían alterar su serenidad, y un leve tinte de rubor ensombreció el cetrino rostro del vaquero.
—Tex, puedes utilizar mi caballo — díjole el ranchero.
—¡Ese garañón cerril...!-exclamó el vaquero—. Tengo pánico a ese animal, señor Springer.
¡Eso decía el mejor jinete de todo el contorno!
El ranchero optó, al parecer, por tomarle en serio.
—De veras que es una bestia difícil, Tex, y ya sé que no eres de lo mejor en cuanto a caballos. Si te hace saltar de la silla, siempre te queda tu propia montura.
La señorita Stacey desvió la mirada; había en sus labios un amago de sonrisa. Springer se acomodó a su lado y, empuñando las riendas, azuzó a las bestias, y éstas emprendieron la marcha, sin que el ranchero se molestara en mirar a sus desconcertados vaqueros.

CAPÍTULO II

En pocas semanas cambiaron mucho las cosas en el rancho Springer. Los vaqueros francos de servicio ofrecían gran pulcritud en su atuendo y una mayor corrección en sus modales. La chiquillería tampoco fue ajena a la sutil transformación: acudían a clase limpios, con rostros alborozados, y prestaban más atención a las lecciones de la gentil maestra. Había que contar también con la presencia de un ranchero taciturno y solitario entregado a sus meditaciones y sueños y cuya perspicaz mirada se posaba a menudo en la reducida cabaña de adobe, bajo los álamos, que servía de escuela. Y, por último, el rostro de Jane Stacey tenía esa lozanía y el bronceado que indica vida al aire libre, en contraste con la palidez habitual del morador de las grandes urbes.
Ocurría pocas veces que Jane terminara su labor en la escuela sin encontrarse con algunos de los vaqueros de Springer. Tex era el más asiduo, y, al decir de Andy, era a causa de ser el capataz, y tenía la potestad de enviar a sus hombres hasta los confines del rancho cuando así le venía en gana.
Una tarde, Jane dio con el capataz. Iba bien rasurado, y su porte era magnífico; un soberbio ejemplar de hombre. Tex tuvo la fortuna de llevar revólver un día que la maestra se asustó a la vista de un crótalo, y el vaquero acabó con el reptil de un disparo certero. La señorita Stacey, en su temor, se apoyó en el capataz; le estaba muy agradecida, admiraba su destreza con el arma y hasta murmuró que una mujer se sentiría muy amparada a su lado. Desde entonces, Tex llevaba siempre el revólver en la funda, sin parar mientes en las chanzas de sus camaradas.
—Señorita Stacey — dijo el vaquero, anhelante —, ¿quiere venir a dar un paseo conmigo?
Los muchachos ya la habían adiestrado en el arte de montar a caballo; y si todo cuanto decían acerca de su habilidad en la silla era cierto, pensaba que sería, en efecto, muy digna de admirar.
—Lo siento — respondióle Jane —. He prometido a Nevada salir con él hoy sin falta.
—Pues creo que Nevada está ahora a muchos kilómetros de aquí, valle arriba — repuso Texas —. Y no estará de vuelta hasta bastante después de la anochecida.
—¡Pero si estaba citado conmigo! — protestó la maestra.
—Y también tiene que cumplir con sus obligaciones. No olvide que trabaja para el señor Springer y que soy el capataz de este rancho — dijo Tex»

—Le mandó a propósito a perseguir reses — aseguró Jane con severidad —. ¿Es eso cierto?
—Así es. Andaba pavoneándose entre sus compañeros de barracón de que hoy tenía una cita con usted y de que ninguno de nosotros tiene nada que hacer con usted.
—¡Oh! ¿Conque dijo...? Y ¿qué le respondió usted?
—Pues le dije: «Nevada, creo que hay un novillo atascado en el cenagal allá en Cedar Wash. Ve y sácalo.»
—¿Cuál fue su reacción? — inquirió Jane con curiosidad.
—No me agradaría repetir lo que dijo, señorita Stacey. No creía que fuese tan... malo. Empleó el peor lenguaje que jamás se oyó en este rancho, y luego salió a caballo como alma que lleva el diablo.
—¿Es verdad que había un ternero atrapado en la ciénaga?
—Creo que sí — repuso Tex, un. tanto avergonzado—. Eso ocurre muchas veces.
Jane miró al capataz un poco desdeñosamente.
—Fue un ardid de pésimo gusto — dijo ella.
—Peores me los jugó él, señorita. Y no olvide que en el amor y en la guerra todo está permitido... ¿Quiere usted cabalgar conmigo?
—¡No!
—¿Por qué?
—Porque prefiero hacerlo sola hasta Cedar Wash y ayudar a Nevada a encontrar el ternero perdido.
—¡Señorita Stacey! ¡Usted no va a ir sola hasta ese lugar, ¿entiende?!
—¿Quién me lo va a impedir? — preguntó Jane en actitud retadora.
—Yo mismo, o uno de mis muchachos. Son órdenes del señor Springer.
Jane iba a hablar, pero se contuvo, sorprendida, mientras su rostro se cubría de rubor. Tex, asimismo, parecía confuso después de su declaración.
—Señorita Stacey, supongo que no debiera haber dicho eso; se me fue la lengua. El jefe dijo que no era necesario que usted lo supiera, pero nos mandó vigilarla y cuidar de su persona. Éste es un lugar agreste, y podría extraviarse o caerse del caballo.
—El señor Springer es muy atento y piensa en todo
—murmuró Jane.
—Este rancho ha cambiado mucho desde que llegó usted — continuó Tex, repentinamente alentado—, y a mí esos requilorios no me agradan. Los muchachos andan de cabeza por usted.
—¿De veras? ¡Eso es muy halagador! — repuso Jane en son de mofa.
Sentía cierto aprecio por sus admiradores, pero había cuatro de ellos a quienes no había perdonado todavía.
El gigantesco capataz no carecía de ingenio.
—Es verdad, y no tardará en darse cuenta de ello
—replicó el hombre —. Si los ojos le sirvieran de algo, notaría que la crianza de ganado en este rancho está casi paralizada, hasta que se haga algo para impedirlo. ¡Hasta el propio Springer se muestra tierno con usted!
—¡Cómo se atreve!-protestó Jane, enrojeciendo intensamente.
—Yo no temo decir la verdad — declaró Tex, resuelto—. Él le tiene afecto; así lo creen los muchachos, y en verdad que está más gruñón que nunca. Y hasta diría que celoso. ¡Dios mío! ¡Celoso! No la pierde a usted de vista...
—Suponga que le digo que usted se atrevió a hablarme de este modo — cortó Jane, estremecida, al filo de una extraña sensación.
—¿Por qué habría de hacerlo? El patrón se moriría del susto; no tiene el coraje de decírselo en persona.
Jane meneó la cabeza, y su rostro conservaba todavía el rubor. Aquel vaquero, como todos sus camaradas, no tenía remedio. Ella intentó desviar el tema de la conversación, cuando de pronto Tex la tomó en sus brazos. La muchacha forcejeó con todas sus energías, pero el vaquero consiguió besarla en la mejilla y en el lóbulo de la oreja. Por fin, la maestra pudo zafarse del acoso.
—Ya... — jadeó — lo ha hecho usted... ¡Me ha ofendido gravemente, Tex! Ya no volveré a pasear a caballo con usted, y ni siquiera le dirigiré la palabra.
—Le aseguro que no era ésa mi intención — repuso Tex—. Jane, ¿quiere casarse conmigo?
—¡No!
—¿No quiere ser mi novia... hasta que me quiera 10 bastante para...?
—¡No!
—¡Pero, Jane! ¿Podrá perdonarme, al menos? ¿Volveremos a ser buenos amigos?
—¡Jamás!
Jane no era del todo veraz en sus palabras. Comenzaba a comprender a aquellos hombres de la pradera, su soledad y sus ansias de amar. A despecho de la simpatía y afecto que les profesaba, sentía a veces el deseo de mostrarse esquiva y severa con ellos.
—Jane, no olvide que me debe muchísimo, mucho más de lo que pueda figurarse — dijo Tex seriamente.
—¿Cómo así?
—¿Nunca se ha detenido a pensar en mí?
—Ni mis ideas más descabelladas podrían hacer que usted cambiara, Tex Jack.
—Usted nunca hubiera llegado hasta este lugar, de no haber sido por mí — dijo él con solemnidad.
Jane no pudo menos que mirarle con extrañeza.
—Hace tiempo que quería decírselo, pero me faltó valor. Jane..., yo fui quien escribió la carta, y las que siguieron. Yo soy Frank Owens.
—¡No! —exclamó Jane.
Se sorprendió en gran manera; el asunto Frank Owens nunca se puso en claro a su entera satisfacción. Dejó de ser para ella motivo de inquietud desde hacía algún tiempo, pero no lo había olvidado por completo. Clavó sus pupilas en el rostro del hombretón; era como una máscara, pero Jane pudo calar en ella y cerciorarse de que mentía. El vaquero era osado, por supuesto, pero la maestra leyó una chispa de hilaridad en lo más profundo de su mirada.
—Sí; soy el hombre que le encontró ocupación en estas tierras, cuando usted se sentía delicada y buscaba mudar de ambiente... Y si ahora se encuentra tan lozana me lo debe a mí, sólo a mí.
—Tex, si fuese usted realmente Frank Owens, la cosa cambiaría muchísimo; admito que le debo a usted mucho, puede que todo. Sería muy distinto, pero... no creo qua lo sea usted.

—¡Es tan cierto como el Evangelio! — manifestó Tex —. ¡Que me muera si no lo es!
Jane cabeceó con tristeza, compungida ante tan monstruosa prevaricación.
—Sigo sin creerle — dijo, y se alejó, dejándole solo.
Tal vez no fuese mera coincidencia que, en el transcurso de los días que siguieron, Nevada y Panhandle asediaran a la bella maestra e intentasen convencerla con ingeniosos y patéticos argumentos del hecho portentoso de ser cada uno Frank Owens. O mejor, no obstante, podía atribuirse tan insólito proceder a que ellos, con ese instinto inherente a todo enamorado, intuyeran la importancia y significación del papel que el misterioso corresponsal tuviera en la ventura y salubridad de la señorita Stacey. Ella atendió con una mezcla de cólera y regocijo a la decepción de sus galanteadores, y a entrambos respondió de idéntico modo: «No lo creo.»
Gracias a esas burdas maquinaciones de los vaqueros, Jane comenzó a entrever una vaga, dulce y turbadora sospecha acerca de la verdadera identidad del misterioso vaquero que usaba el nombre de Frank Owens.
Andy tenía originalidad y bravura, y habría decepcionado a Jane, de no haber averiguado ella, por pura casualidad, la conexión entre él y ciertas amorosas misivas que venía encontrando en su escritorio. Se apesadumbró al principio, pues el mecanografiado de las cartas parecía idéntico al de las que recibió ella, firmadas por el enigmático Frank Owens. Jane se sobresaltó al descubrir la emoción que la embargaba al leer el primero de los solícitos mensajes; con ello se percató con entera franqueza de la precaria postura en que se encontraba su propio corazón. Cuando supo que Andy era el autor de los románticos billetes, sus sueños se quebraron en fragmentos; era indudable que el vaquero no se avendría a servir de mensajero librando cartas de amor que no escribiera. Por lo visto, se limitó a ejercitarse en el manejo de alguna máquina de escribir y, aprovechando la coyuntura, había deslizado los escritos en su pupitre. La maestra sentía nacer en su intimidad un brote romántico y recoleto que ni ella misma se atrevía a formularse.
Cada una de las cartas procedentes del fructífero «Frank Owens» la conturbaba en gran manera, aun cuando sospechaba el origen de ellas. No obstante, convino en comprobar el entretenimiento de Andy en sus horas libres, y le dirigió un papel concebido como sigue: «Mi querido Andy: ¿Se acuerda usted del día de mi llegada, cuando usted creía que yo era una pobre y añosa maestra, en cuya ocasión aseguró que no era Frank Owens? ¡Y ahora jura que es ese hombre! Si fuera de esas personas que saben lo que es la verdad, tal vez le concediese una oportunidad; ahora, en cambio, no estoy dispuesta a hacerlo. Es usted un monstruo de iniquidad. ¡No creo una sola palabra de cuanto me dice!» Y dejó el escrito en lugar bien visible, justo donde ella encontraba las misivas en su mesa de trabajo. A la mañana siguiente, la nota no estaba allí, y tuvo la certeza de que Andy era el autor. El vaquero no se dejó ver durante tres días.

Y aconteció que se celebraba una fiesta en Beacon todos los años, a fines de estío. Los vaqueros trataron de convencer a Jane de que el acontecimiento era algo que de ningún modo habría de perderse. La maestra no había acudido a ninguno de los bailes que organizaron las gentes del lugar desde que ella había llegado al rancho de Springer. El que estaba en puertas era algo diferente: la solemnidad más sobresaliente del año, en cuya ocasión se daban cita los habitantes que poblaban los ranchos en muchos kilómetros a la redonda. En realidad, Jane ardía en deseos de asistir a la fiesta, y sin embargo le constaba que no podría aceptar la compañía de uno cualquiera de sus admiradores sin exponerse a desairar a los demás. Anticipaba mentalmente escenas de tan maravillosa celebración, que tal vez le sería imposible presenciar, cuando un buen día Springer la abordó.
—;Quién será el feliz vaquero que la lleve al baile?
—Esa parece ser una cuestión tan encubierta y problemática como la personalidad de Frank Owens — replicó Jane.
—¡Oh! ¡Veo que todavía recuerda ese nombre!
—dijo el ranchero.
Su perspicaz mirada la examinó de un modo extraño.
—¡Pues claro que sí! —suspiró la maestra.
—¡Malo, malo! ¡Ese hombre es un malvado...! Pero ¿no irá a decirme que nadie la ha invitado?
—Lo malo es que me lo han pedido todos.
—Ya veo. De todos modos, no deje de ir. Le agradará conocer a algunos de los rancheros y a sus esposas. ¿Qué le parece si la escolto yo?
—¡Oh, señor Springer! ¡Aceptaré... encantada!-repuso Jane.
—Muchas gracias. Así, quedamos en eso. He de ir al pueblo por asuntos de ganado; será el viernes próximo, y estaré allí todo el día. La fiesta comienza al oscurecer, pero dispondré que los Hartwell pasen a recogerla, y ellos la llevarán al pueblo en su carruaje.
El ranchero se mostraba sereno e interesado, como de costumbre, si bien Jane creyó notar en sus pupilas algo que alteró el ritmo normal de su corazón. No podía olvidar lo que dijeran los vaqueros, aunque ella no se atreviese a creerlo.
La maestra dedicó buena parte de sus horas de asueto a componer un vestido que se proponía lucir el día de la fiesta, que prometía ser interesante. A causa de su quehacer, poco había de ver a los vaqueros. Tex estaba enojado con ella, y parecía ignorar su presencia. Jane se preguntaba qué iba a ocurrir en el baile; abrigaba sus temores, además, pues había aprendido a conocer a aquellos hombres, de carácter violento y fogoso. Soñaba y se deshacía en conjeturas, ora alborozada, ora pensativa, en espera de la noche memorable.
Los Hartwell eran gente simpática, cuya hija menor asistía a las clases de Jane, y la evidente satisfacción con que acogieron el donaire de la joven añadió más emoción y ansia por la aventura. La muchacha temía confiar en su propia opinión en cuanto a su aspecto. Durante el largo trayecto hasta la población, en aquella fresca anochecida del caer otoñal, y mientras escuchaba el parloteo de la chiquillería y la conversación de los Hartwell, la maestra no pudo sustraerse a pensar lo que Springer opinaría de ella y de su atuendo.
Según dijeron sus acompañantes, invirtieron más tiempo del normal en el recorrido. Éste era de tinos veinticinco kilómetros, pero a Jane le pareció un paseo.
—De veras que es mejor para usted y para los niños — comentó la señora Hartwell—. Esos bailes duran de siete a siete.
—¡No! — profirió Jane.
—Así es, señorita Stacey.
—Bien, ya sabe usted que soy una forastera de Missouri, pero eso no va a impedir el pasarlo lo mejor que pueda.
—Y lo hará, querida, a menos que esos vaqueros se peleen por usted, lo que parece más que probable. Pero por lo menos no habrá disparos; mi marido y el señor Springer forman parte de la junta organizadora, y se negará la entrada a los vaqueros armados.
Las palabras de la señora Hartwell confirmaron a la maestra lo que ella había comenzado a sospechar. Aquellos atolondrados y enamoradizos vaqueros podían llegar a ser peligrosos. Este pensamiento la hizo estremecer, a la vez que le repelía.
Una rápida ojeada al salón la dejó atónita. Era una enorme estancia, con muchas trazas de granero, de paredes y techo compuestos de rústicos troncos, y cuya decoración consistía en cintas multicolores que disimulaban su cruda desnudez. Unas lámparas de petróleo, dispuestas en sendas repisas, proporcionaban luz suficiente, pues había buena copia de ellas distribuidas por la sala. La sorprendió el bullicio que reinaba en el ambiente: la música, el pisar de recias botas, las alegres risotadas, mezcladas con recias voces masculinas y la algarabía de la muchachada, todo ello fundido en infernal y confuso alboroto. Una tropa de bailarines se arremolinaba a corta distancia de la maestra. No tuvo tiempo de recrearse en la contemplación del espectáculo, pues inmediatamente Springer se plantó ante ella. El ranchero tenía un aspecto bien distinto al que ella conocía; acaso fuera por la ausencia del habitual pantalón de pana y sus recias botas de montar. Si Jane necesitaba ver materializado lo que ella soñaba en cuanto a despertar admiración, ahí lo tenía en forma de admiración sincera por parte del ranchero.
—Le aseguro que es algo maravilloso para el viejo Bill
Springer el tener aquí a la más hermosa de las invitadas— dijo el hacendado.
—Muy agradecida, señor Springer — respondió ella con picardía—, pero no me es difícil adivinar que ha sido vaquero antes que propietario.
—Así es, señorita, y tenga la seguridad de que no tardará mucho en comprobarlo — rió él—. Claro que jamás podré competir con ese... Frank Owens. Pero bailemos; poco podré hacerlo después, con tanto rival.
La arrastró al torbellino de la danza; Jane le consideró dócil como pareja de baile, aunque estaba lejos de ser un bailarín consumado. La muchedumbre en movimiento tenía la devastadora potencia de un alud, y pronto adquirió la convicción de que, si bien su vestido soportaría quizá la tremenda embestida, sus delicados pies no saldrían victoriosos del lance. Springer se concentraba en la danza, y se mostró muy parco en palabras. Ella sentíase alejada e inquieta en sus brazos. De pronto, el intenso ronroneo se apagó y con él todo movimiento.
La música había cesado.
—Le aseguro que nunca me había divertido de este modo — admitió Springer con un destello de excitación en su moreno rostro —. Y ahora la dejo en manos de esa turba que viene a nosotros.
Era obvio que se refería a sus muchachos. Tex, Nevada, Panhandle y Andy, los cuatro en cabeza, en apretado haz, avanzaban a su encuentro, emperifollados y con la faz radiante.
—Buena suerte — susurró el ranchero—. Si se encuentra en algún apuro, no dude en llamarme.
La joven no tardó en comprender el significado de las palabras de Springer. No tardó en darse cuenta de que era inútil negarse a las solicitudes de aquellos rudos vaqueros; lo más prudente y seguro era rendirse a la evidencia, que es lo que ella hizo.
—Muchachos, no hablen todos a un tiempo; no olviden que sólo puedo bailar con uno a la vez. Así, pues, lo haré por orden alfabético; ¿saben?, soy una pobre y vieja maestra de escuela, oriunda de Missouri. Primero, Andy, y después, Nevada, Panhandle y Tex.
A pesar de las vehementes protestas de los jóvenes, ella siguió inflexible en lo dicho. Cada uno de ellos aprovechó escandalosamente su turno; la estrujaron de forma violenta, y Tex fue el peor de todos ellos. La joven trató de alejarse para tomarse un respiro, pero el vaquero la manejaba como si se tratase de una muñeca. Parecía en trance, aunque se adivinaba algo diabólico en él.
—¡Tex! ¿Cómo se atreve? — resolló la maestra, al terminar la pieza.
—Bien, señorita; confieso que haría cualquier cosa tratándose de usted — replicó él, engallándose.
—¡Debería avergonzarse de su comportamiento!
—prosiguió ella—. Hará que no baile de nuevo con usted.
—¡Vamos, señorita! — suplicó el vaquero.
—De veras que no, Tex, si no se refrena un poco. No es usted un hombre cabal.
—¡Vaya! — añadió él, poniéndose rígido —. Está bien; saldré de aquí y me emborracharé, y cuando regrese limpiaré esta sala tan aprisa, que se va a marear sólo de verlo.
—¡Tex! ¡No haga eso! — dijo ella con cierta precipitación, mientras él se alejaba ya—. Retiro lo dicho, y voy a darle otra oportunidad, si promete portarse con mesura.
El pronto ofrecimiento hizo que, por el momento, se librase de él. La señora Hartwell vino en su ayuda y la condujo hasta un grupo de rancheros y sus respectivas consortes, a quienes presentó a la joven forastera. A continuación hizo lo propio a diversas jóvenes y sus parejas. La maestra se vio convertida en el blanco de la admiración de muchos pares de ojos, y aceptaba más invitaciones de las que podía cumplir o simplemente recordar.
Su siguiente acompañante fue un vaquero, alto y apuesto, llamado Jones. Jane no sabía en realidad lo que hacer con respecto a ese hombre, pero era un experto bailarín y no la sujetaba de modo que tuviese dificultad en respirar, como hacían los demás. Derramaba abundante verbosidad, y su ingenio era chispeante y agudo, de sutil adulación. La maestra no podía dejar de percibir que aquel bello mancebo acaso fuera más descarado que el propio Tex, pero al menos su modo de conducirse lo implicaba la violencia física. Jane gozó mucho de su compañía, y hasta hubo de admitir que aquel señor Jones era hombre de singular atractivo. Quizá su apostura denotaba al hombre descarado y primitivo, demasiado confiado en sus encantos, pero eso quedaba sumergido en la excitación del momento y en la certidumbre de que Missouri se hallaba muy lejos de allí. Jones le pidió, más que suplicó, otro baile, y aunque ella, sonriente, le hizo ver que tenía otros muchos admiradores que aguardaban su turno, el vaquero le dijo que, de todas formas, vendría por ella al poco rato.
Siguieron a continuación varias piezas, con sendas parejas distintas; Jane iba convirtiéndose cada vez más en el centro de la reunión. Todos los varones bebían los vientos por la joven maestra de escuela, que se divertía horrores. Sin darse cuenta apenas, bailó dos veces con Jones antes de la cena de medianoche; la joven no lograba comprender cómo el vaquero lo había conseguido. Éste se limitó a arrancarla del corro de admiradores y la arrastró al torbellino de la danza. La muchacha no reconoció tan imperdonable proceder hasta que de pronto se acordó de que minutos antes había prometido a Tex un segundo baile, y que luego lo acordó a Jones, o que al menos lo había compartido ya con él. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podía hacer en medio de tanta confusión? La mirada de Tex, que sorprendió en una de las turbulencias del bañe, la llenó de remordimiento.
Por fin llegó la hora del tan ansiado refrigerio; era la ocasión esperada por la gente menuda, que reprimía el sueño con gran estoicismo. Jane gustaba mucho de los niños, y tomó asiento entre la numerosa prole de los Hartwell, quienes se mostraban muy afectuosos con la maestra. Ésta se preguntaba por qué Springer no hacía acto de presencia en la sala; posiblemente a causa de sus deberes como miembro del comité organizador.
Servido el opíparo banquete, las gentes se aprestaron a volver al salón, donde los músicos afinaban ya sus instrumentos. Jane vio a Andy, muy pálido, con semblante de no andar muy sobrado de salud. La joven intentó llamar su atención, y al no lograrlo resolvió ir al encuentro del vaquero.
—Andy, por favor; vea de encontrar a Tex. Le debo un baile, y le concederé el primero, a menos que venga el señor Springer y me pida que lo haga con él.
Andy la miró con tal indiferencia, que era una novedad para ella.
—Bien, se lo diré, aunque Tex no está muy presentable que digamos. Por lo que hace al baile, esta noche ha terminado para nosotros.
—¿Ha ocurrido algo? — inquirió Jane, poco remisa en husmear dificultades.
—Hubo una pelea.
—¡Oh, no!-exclamó Jane—. ¿Quién? ¿Por qué? Vamos, Andy; dígamelo.
—Bien; cuando dejó a Tex por Beady Jones, usted puso en ridículo a los nuestros — respondió Andy con frialdad—. De todos modos, nada habría ocurrido si Beady Jones no se hubiera precipitado; pero Tex le golpeó, y eso hizo que comenzara el jaleo. Beady devolvió el porrazo, y, siento decirlo, hizo que Tex mordiera el polvo. Ese Jones es un mal sujeto, y más bruto y corpulento que Tex. Bien; tuvimos buen trabajo en apartar a Nevada, pues la cosa hubiera empeorado. ¡Ésa sí que iba a ser una buena pelea! ¡No me la hubiese perdido por nada del mundo! Pero los mantuvimos alejados hasta que apareció el patrón, y lo que éste dijo fue suficiente, se lo aseguro. Beady Jones siguió con sus baladronadas (antes trabajó para Springer como capataz), hasta que el jefe se puso fuera de sí y le espetó: «Jones, una vez te despedí porque eras demasiado pendenciero para contarte entre mis hombres, pero escucha bien esto: si vuelves a armar camorra, te voy a dar la zurra más imponente que jamás haya recibido vaquero alguno...» ¡Demontre! ¡El patrón estaba hecho un basilisco! Le aseguro que me sorprendió, tanto que llegué a sonrojarme. Puede apostar que Beady Jones cerró su pico de oro con más rapidez de lo que se cuenta.
Una vez terminada su larga perorata, Andy se alejó de ella sin mucha ceremonia. La maestra no estuvo sola demasiado tiempo, el suficiente para que la invadiera una sensación amarga de disgusto para consigo.
Jane trataba de encontrar a Springer, deseando que acudiera a su lado, aunque temiendo al mismo tiempo la presencia del ranchero. Éste no aparecía por ninguna parte. La maestra se vio nuevamente sometida al continuo tormento de la danza, hasta notar que casi se agotaban sus fuerzas. A las cuatro de la madrugada apenas podía andar; su precioso vestido estaba roto y arrugado, y tenía los pies como insensibles. A duras penas llegó a la silla vacía que estaba a la vera de la señora Hartwell, donde tomó asiento con verdadera delicia. Para no caer rendida por el sueño, no perdía de vista el centro de la sala, donde el baile estaba en su cénit. La maravillosa fiesta, que se inició bajo los mejores augurios, acabaría triste para ella.
Al poco tiempo, el éxodo se iba produciendo, pese a que a la maestra le parecía que los danzarines nunca abandonarían el local. Ella salió acompañada por los Hartwell, y, ya fuera, tropezó con Springer, quien por lo visto lo había dispuesto todo para la marcha. La actitud del ranchero hacia la compungida maestra fue cortés, pero indiferente.
Durante el prolongado trayecto de regreso al rancho, Springer no le dirigió la palabra ni una sola vez, y tampoco volvió el rostro para mirarla. Al despuntar el alba, que a Jane le pareció fresca y gris, sintió unas ganas tremendas de romper a llorar.
La hermana de Springer y la solícita ama de llaves aguardaban su llegada, dándoles la más cordial bienvenida e indicándoles la mesa donde esperaba un desayuno confortador.
Terminada la colación, Jane se encontró unos momentos a solas con el taciturno ranchero.
—Señorita Stacey — dijo el hacendado con un tono de voz desconocido para la joven —. Su abierto coqueteo con Beady Jones fue causa de dificultades para mis muchachos.
—¡Señor Springer! — exclamó la maestra, alzando el rostro.
—Le ruego me disculpe — respondió el ranchero. Su incisivo tono no difería gran cosa del de Tex. Al fin y al cabo, aquel rudo hombre del Oeste seguía siendo un vaquero, idéntico a los que trabajaban para él, aunque con algunos años más, y por ello más reservado de carácter y cuidadoso en el lenguaje—. Si no fue de ese modo, quiere decir entonces que el señor Beady Jones le causó muy grata impresión.
—Si á alguien le importaba eso, ya se habrá enterado — replicó ella, luchando por reprimir un sentimiento que le era difícil sujetar.
—De acuerdo, pero ¿niega que eso sea cierto? — demandó él en actitud serena, mirándola con el ceño fruncido y reprobadoramente.
Eso, más que la pregunta en sí, fue lo que encendió la ira y la contrariedad de la maestra.
—Siento gran admiración por el señor Jones — manifestó ella en tono altanero—. Es un bailarín maravilloso, y además no me rodea el talle con la furia de un oso. De veras que tuve la oportunidad de recuperar el aliento mientras bailaba con él. Además, es un hombre que sabe hablar; todo un caballero, vamos.
Springer inclinó la cabeza en un gesto de dignidad. La morena piel de su semblante palideció; y Jane tuvo la impresión de que el estado de cosas iba agravándose por momentos para todos. Comenzó a sentirse culpable por su orgullo temerario.
—Gracias — dijo el ranchero —. Le ruego disculpe mi impertinencia; veo que encontró al fin a ese Frank Owens en la persona del vaquero Jones. Por lo que a mí se refiere, ya no me queda nada por decir en esta cuestión.
—Pero... pero, señor Springer... — balbució la maestra, aturdida por las asombrosas palabras del ranchero.
Éste se limitó a inclinar la cabeza de nuevo y se retiró seguidamente. Jane se sentía demasiado débil y angustiada para nada que no fuera un buen descanso y el deseo incontenible de estallar en sollozos. Subió a su cuarto y se despojó de su lindo vestido, que ahora odiaba con toda su alma; se dejó caer en el lecho y ocultó la cabeza bajo la almohada.
Jane despertó a media tarde, con la sensación de haber reposado a placer. Sentía un gran alivio, y parecía extrañar su arrepentimiento. Procedió a vestirse con gran esmero y salió del dormitorio, insegura e insatisfecha de sí misma. Al llegar al espacioso porche, púsose a caminar por él de un lado a otro, atisbando la roja pradera hasta la oscura franja del bosque que coronaba las lejanas colinas. ¡Cuán bello era aquel territorio de Arizona! Se sentía encantada aquí. ¿Tendría que abandonarlo alguna vez? Confiaba en que nunca llegaría el momento en que tuviera que hacer frente a esa posibilidad. De pronto irrumpió en la cocina, donde la bondadosa ama de llaves, que tenía en gran estima a la maestra, le ofreció emparedados de pavo, dulces y riquísima leche. Mientras Jane aplacaba el hambre, la buena mujer cotilleaba acerca de Springer y de los muchachos; la información que obtuvo del ama de llaves renovó su inquietud respecto a los acontecimientos de la noche pasada.
Al abandonar la cocina se fue en derechura al patio, y, naturalmente, enfiló los establos y los graneros. Springer apareció en compañía de un ranchero a quien Jane no conocía; esta vez, sin embargo, Springer no se detuvo a saludarla con frases amables, como era su costumbre, sino que se limitó a rozar el ala del sombrero al cruzarse con ella. Jane consideró el hecho como un desaire, y eso la hirió en gran manera.
En tanto proseguía vereda abajo, iba sumida en profundas cavilaciones. Le pareció que una negra nube empañaba de pronto el horizonte feliz de su existencia en el rancho de Springer. La maestra no creía haber hecho nada que provocara semejante cambio de actitud entre los vaqueros. La senda desembocaba en una ancha explanada, limitada por los corrales, diversos establos, graneros y el taller de forja. A un lado se alzaba un espacioso y cómodo barracón, que servía de alojamiento a los vaqueros.
La aguda mirada de la maestra se paseó por los muchachos antes de que éstos notasen su presencia. Al hacerlo por segunda vez, tropezó con un bosque de anchas espaldas. La dejaron pasar sin dar el menor indicio de que ella existiera; era evidente que tal proceder era inusitado en ellos. El grave desaire la ofendió amargamente; sabía que no se mostraba muy razonable, pero no podía o no quería hacer nada por impedirlo. Rebasó las dependencias y encaminó sus pasos hasta la cerca que contorneaba los pastos, y se puso a contemplar los potros y los terneros que retozaban en la hierba. De regreso al rancho, pasó más cerca de los vaqueros, pero la actitud de éstos no varió: la dejaron caminar sin nacer ademán de advertir su proximidad. La queda vocecilla interior la seguía atormentando, acusadora. La maestra corrió a su aposento con intención de leer un poco y arreglar su ropa, o repasar las labores escolares de sus pupilos, pero en vez de esto sentose en una silla y se echó a llorar.
Springer no hizo acto de presencia a la hora de la cena, y eso constituyó para ella la gota que colmó el vaso. Comprendió que había malogrado su magnífica oportunidad. ¡Esos estúpidos y apasionados vaqueros! Y entre ellos iba incluido Springer. ¡Cuán quisquilloso era aquel hombre! ¿Cómo iba ella a saber la manera de tratarlos? Lo peor de todo era que sentía por ellos auténtica admiración. En cuanto al ranchero, ella no estaba muy segura de sus sentimientos para con él, ni acababa de comprender su verdadero carácter, aunque tuvo que confesar que le aborrecía.

El día siguiente era domingo, y hasta la fecha había sido una jornada muy atareada para la maestra. Éste, sin embargo, tenía trazas de ser una festividad vacía, si bien acudieron los visitantes habituales, rancheros de las haciendas vecinas. Los vaqueros estaban libres de sus obligaciones, y otros camaradas llegaron de otros ranchos para departir con ellos.
La atención de Jane se centró en un imponente jinete que se dirigía a la casa a todo galope, levantando densa polvareda en el umbroso sendero. Su figura le parecía familiar, aunque de momento no cayó en la cuenta de quién podía ser. ¡Qué cuadro tan maravilloso compuso al apearse de su montura, vestido con sus mejores galas, relucientes las botas y las espuelas, y destocándose! Jane pudo oír que el recién llegado preguntaba por la señorita Stacey, y entonces supo quién era el forastero. ¡Nada menos que Beady Jones! La pobre maestra se quedó horrorizada, y, sin embargo, muy a pesar suyo, sentíase atraída por el gallardo vaquero. Recordaba ahora que el joven le pidió permiso para ir a saludarla el domingo, y por lo visto ella no había rehusado. ¡Pero el vaquero habíase atrevido a presentarse, después de la pelea con Tex y el duro altercado con Springer! Eso era de un cinismo sin precedentes. ¿Cómo era en realidad ese Jones? Desde luego que no carecía de audacia, pero lo que más importaba a la joven maestra era la opinión que de ella se había formado el vaquero. Jane se dispuso a hacer frente a la situación; ya que así se presentaban las cosas, vería el mejor modo de salir airosa del lance. La inminencia de una catástrofe le infundió valor. ¡Ya verían los vaqueros, tan indolentes, ardorosos e intrincados como eran, de lo que una joven del Este era capaz! Dejaría que Springer creyese que había visto al misterioso Frank Owens en la persona de Beady Jones.
Con la mente ocupada en ese pensamiento, Jane descendió al porche para salir al encuentro del visitante. Se armó del mejor encanto y donaire y se dispuso a afrontar los acontecimientos — pues Springer estaba presente — como si se tratara de la cosa más natural del mundo. Después de los saludos de rigor, condujo a Jones hasta uno de los rústicos bancos de madera adosados a la pared de troncos, al extremo del porche.
Jane quería calibrar al vaquero en el menor tiempo posible, si ello estaba a su alcance. Mantenía la conversación poniendo a prueba toda la habilidad y discernimiento de que era capaz, y en este terreno la postura era favorable a ella.
Jones no era distinto de los demás vaqueros que ella conocía; no en vano se había criado en la misma región y llevado idéntico género de vida. Pero no dejó de advertir que su vehemente adorador carecía de virtudes que tanto apreciaba ella en Tex y en Nevada sobre todo. Ese Jones era un soberbio ejemplar de varón, un bruto bizarro y cautivador, y tuvo que admitir, a su pesar, que la atraía su inmenso atrevimiento al enfrentarse con una situación que no era ciertamente cómoda para él. Aunque, pensándolo bien, acaso él comprendió que la maestra era su escudo, pero no por eso dejó de tomar precauciones, pues Jane adivinó el bulto de un revólver bajo el recamado chaleco.
Por cierto que era bien patente en todas sus acciones que el joven vaquero creía haber hecho una conquista. Beady Jones era el hombre más fuerte y osado con quien la maestra se había tropezado jamás, y acaso el único incapaz de apreciarla como mujer. No pasó mucho tiempo sin que mostrase un ardimiento poco común. Jane se había habituado a la palabrería sentimental de los vaqueros, pero este sujeto no era interesante ni divertido; era peligroso. Cuando la maestra, casi por la fuerza, arrebató la mano a la opresión de las de él, diciéndole que no estaba acostumbrada a conceder a los hombres tales privilegios, él la miró con una mueca que evidenció el apuesto demonio que llevaba en su cuerpo.
—Bien, cariño; pues te has perdido ratos muy buenos — dijo —. Veo que tendré que compensártelos.
Jane no podía sentirse realmente injuriada por aquel lunático vano y desvergonzado, pero sí furiosa consigo misma. Su primer impulso fue disculparse y dejarle bruscamente, pero Springer estaba allí; la joven no dejó de captar las furtivas e inquisidoras miradas de sus negros ojos. Y, por si fuera poco, los muchachos formaban grupo en el extremo opuesto del porche. Jane temía el estallido de un nuevo conflicto. Pero ella, o por su causa, había conducido la situación hasta el extremo presente, y, por tanto, debía aceptar las consecuencias. La hora siguiente fue un creciente tormento para ella, hasta que al fin la precaria posición se le hizo insostenible; cuando Jones la importunó de nuevo requiriéndola para un paseo a caballo en una venidera ocasión, ella se sometió hasta la humillación, con el solo objeto de poner fin a la entrevista. En verdad, no centró su atención a las insinuaciones del vaquero, o realmente se daba cuenta de lo que hacía, el caso es que pudo librarse de su compañía con soltura y dignidad, en presencia de Stringer y los demás. Después de lo ocurrido, carecía de entereza para quedarse allí y afrontarlos. ¡Con qué amargura les habría desilusionado a todos! Jane prefirió el amparo de la soledad y las tibias sombras de su alcoba, pero una vez en ella no pudo resistir el deseo de atisbar a los vaqueros a través de la ventana; los muchachos habían merecido su más infinita estimación, pero, ¡ay!, ahora, a no dudarlo, la joven maestra de escuela oriunda de Missouri ya no contaría con su afecto.

CAPÍTULO III

La actividad en la escuela siguió como antaño, y los vaqueros mudaron de actitud hacia la joven maestra de modo perceptible; Springer también recuperó parte de su habitual cortesía, pero Jane echaba algo de menos, tanto en su ocupación como en el trato de ellos. Su corazón se entristecía por el modo en que se había transformado todo a su alrededor. ¿Volverían las cosas a su antiguo cauce? ¿Qué había ocurrido? Ella sólo era una chica de la ciudad, quizás un poquitín sentimental y poco habituada a esas rústicas gentes del Oeste. Al fin y al cabo, creía no haberlos defraudado, al menos en cuanto a gratitud y afecto, aunque al parecer ellos jamás lo advertirían.
Un buen día, Jane decidió salir sola a caballo en dirección a las colinas. Se olvidó del riesgo que entrañaba la excursión y de las advertencias de los vaqueros. No quería más que estar a solas y meditar, pues sentíase muy desgraciada. El trabajo en la escuela, los niños, los amigos que se había procurado, incluso su caballo, por quien sentía gran devoción, todo esto era ya insuficiente para ella. Algo extraño le había acontecido. En vano intentó persuadirse de que acaso sintiera nostalgia o simplemente que su salud no fuese tan buena como imaginaba; de todos modos, no era fiel a sí misma, y lo sabía.
El otoño tocaba a su fin, pero el sol era cálido en los atardeceres; era todavía la estación en que dominaban los vientos suaves. Ante ella se extendía el hermoso valle, inmensa superficie verde claro con manchas móviles constituidas por las reses. En lontananza alzábanse suaves colinas, cuyas faldas vestían pequeños bosques de cedros, y, dominando el horizonte, la silueta del imponente macizo montañoso. Su caballería era muy veloz y estaba habituada al peso de su jinete; éste adoraba a su montura y a la abierta campiña, el aire que batía su rostro, y, por encima de todo, el mundo vasto, sereno, silente y solitario que la rodeaba. Nunca volvería a encontrarse a gusto en una gran urbe, entre una turba de gentes quejumbrosas. Aquí estaban la salud y la vida plena..., y algo más que había acelerado los latidos de su corazón y hecho renacer el color en sus mejillas.
Cabalgó a todo galope hasta que el caballo acusó el rápido ritmo de la marcha y ella quedose sin poder respirar con facilidad. Lentamente aminoró la velocidad; las montañas parecían muy cercanas, aunque en realidad no fuera así, pero ya llegaba a su olfato el perfume seco y penetrante de los cedros.
—entonces, por primera vez desde que partió del rancho, volvió la cabeza atrás. Había recorrido un largo trecho — unos quince kilómetros—, y la hacienda era un punto verde en la gris lejanía. De pronto descubrió la figura de un jinete que se aproximaba; pensó que se trataría de alguno de los vaqueros que, habiéndola visto salir a caballo, dejaban que creyera haber pasado inadvertida, para salir luego en su persecución. Tal proceder, normal hasta la fecha, irritó ahora a la maestra; quería estar sola, para poner en orden sus pensamientos. Contra su costumbre, utilizó la vara para fustigar al caballo, que arrancó a todo galope. La maestra estuvo un buen rato sin mirar tras sí, y cuando lo hizo comprobó que el jinete desconocido no sólo había ganado terreno, sino que estaba cerca de ella, aun cuando no podía reconocerlo todavía. Por un momento pensó en Tex, o en Andy tal vez; de todas formas, no importaba mucho que fuera uno u otro de los vaqueros. Jane estaba furiosa, y si el atrevido pretendía acercarse a ella, lo iba a sentir.
Fue la carrera más sostenida y veloz que había efectuado en su vida. No tardó en llegar al pie de las colinas, y, sin parar mientes en que no pasaría mucho tiempo sin que errase el camino, se perdió entre los cedros e inició el ascenso por el escaso declive de la ladera. Al coronar la colina siguió luego falda abajo, trotó un trecho barranca arriba y enfiló la siguiente colina. A veces, el noble bruto se veía obligado a marchar al paso, y ella aprovechaba el respiro para escuchar con atención. A su oído llegaba el rumor del perseguidor, que atravesaba por entre los cedros; el jinete seguía las huellas dejadas por la montura de la maestra, y ésta podía así mantener la ventaja que le llevaba. No tardó demasiado en percatarse de que se había extraviado, pero no le importaba gran cosa. Siguió cabalgando por las colinas y dando rodeos por espacio de una hora, hasta que llegó al límite de sus fuerzas. Por fin, en la cima de una empinada colina, refrenó su cabalgadura y esperó, mientras pensaba en la identidad de su posible perseguidor.
Pero ¡cuál no sería su asombro al oír rumor de herraduras y crujir de ramas en dirección opuesta a la en que esperaba la llegada del enigmático caballista! De súbito surgió de entre los cedros un jinete que se aproximaba al trote, y Jane no tuvo que esforzarse demasiado para reconocer en él a Beady Jones. Estaba segura de que este encuentro era puramente casual, y asimismo de que éste no podía ser el vaquero que la seguía desde que salió del rancho y que había provocado su cólera. El caballo de Jones era albo, y este descubrimiento reprimió un tanto tu furia.
Jones se encaminaba hacia ella, y cuando estuvo lo bastante cerca, Jane pudo observar el rostro, moreno y de expresión cínica, y los ojos brillantes de codicia; se percató al instante de que había cometido una locura al adentrarse en la fragosidad y exponerse a algo que los vaqueros del rancho habían tratado siempre de evitar.
—¡Hola, cielo! — saludó Jones alegremente, con una mirada diabólica en sus ojos—. Me parece que has tardado mucho en decidirte a venir a verme, tal como me habías prometido.
—No he venido a su encuentro, señor Jones — respondió la maestra, con valentía —. Creo que, en efecto, quedamos en algo parecido, mas es cierto que no tenía la menor intención de cumplirlo.
—Claro; ya me figuraba que estabas jugando conmigo— declaró él con acritud.
Acercó su blanca cabalgadura hasta pegarla a la de ella.
El jinete alargó una de sus enguantadas manazas y aferró del brazo a la maestra.
—¿Qué quiere decir con eso? — inquirió Jane, tratando de poner su brazo en libertad.
—Te aseguro que mucho, preciosa — dijo, ceñudo —.

Te defendiste muy bien de esos palurdos de Springer pero ahora vas a probar algo que no te será tan fácil.
—¡Suélteme, rufián! — gritó Jane, pugnando por desasirse.
Estaba furiosa y asustada; parecía una criatura en las garras de aquel gigante.
—¡Diablo! ¡Tu forcejeo hará esto más interesante! ¡Vamos, gatita, ven acá!
La levantó de su silla y la trasladó hasta su montura, junto a sí. El caballo de la joven, espantado, desapareció entre los cedros. Jones rodeó a la maestra con sus hercúleos brazos; ella consiguió mantener los labios alejados de los del hombre, pero éste la besaba en la cara, en el cuello, y esas caricias la llenaban de oprobio y disgusto.
—Jane, me largo de esta región — dijo —, y sólo he esperado esta oportunidad. Apuesto a que siempre te acordarás de Beady Jones.
Jane comprendió que el vaquero no se detendría ante nada y se aprestó a defender su pudor. Luchó con gran ardimiento para desprenderse de su atacante y ver de deslizarse hasta el suelo; gritaba de puro coraje, mientras le golpeaba y arañaba. La piel del rostro varonil manaba sangre a causa de los rasguños. La joven parecía cobrar nuevas energías a medida que aumentaba su temor, hasta que logró resbalar entre el cuerpo del hombre y el arzón, quedando con la cabeza a una parte y las piernas en la opuesta. Tal postura era difícil y penosa, pero infinitamente más tolerable que verse estrujada entre sus brazos. Jones cabalgaba como si llevase un saco semivacío en la silla. De pronto, las manos de Jane tocaron la culata del arma del vaquero; la maestra, en su afán por encontrar algún punto sólido en que poder asirse y mitigar la tremenda incomodidad de su posición, tropezó con la pistolera. ¿Se atrevería a sacar el arma de la funda y matar a Beady? Y fue entonces cuando percibió con claridad el ruido de otros cascos de caballo. Vuelta como estaba, reconoció a Springer, que se acercaba a galope tendido, en línea recta hacia ellos y lanzando roncos alaridos.
La maestra notó que Jones intentaba sacar el revólver, pero ella hacía presa en el arma y sus dedos parecían pequeños garfios de acero. La furiosa energía que empleaba Jones para poder usar el revólver provocó la caída de la joven, que al mismo tiempo arrastró el arma con ella.
—¡Arriba las manos, Beady! — oyó decir a Springer.
Por unos instantes, la maestra quedó tendida en el polvo, hundido el rostro en él. Se esforzó en arrodillarse luego se arrastró para alejarse del peligro de los caballos. Todavía agarraba con fuerza la culata del enorme revólver, hasta que, segundos después, casi sin aliento, se tendió en tierra, sin dejar de mirar a Jones, que estaba con las manos en alto, en tanto Springer le apuntaba con su pistola.
—¡Estate quieto, vaquero! — ordenó el hacendado, en tono áspero—. ¡Me costaría muy poco agujerearte la piel!
Sin dejar de vigilar a Jones, que evidentemente esperaba un descuido para atacar, Springer habló de nuevo.
—Jane, ¿vino usted para encontrarse con este vaquero? — inquirió.
—¡Oh, no! ¿Por qué me pregunta eso? — dijo Jane, ahogada en sollozos.
—¡Es una mentirosa, patrón! — dijo Jones, con absoluta sangre fría—. Dejó que la cortejara, y quedamos en reunimos en este lugar. Bien, le tomó algún tiempo decidirse, y ahora que ha venido no quería saber nada de mí. Yo quería asustarla un poco para hacerla entrar en razón, y en esto llegó usted.
—Beady, conozco tu modo especial de tratar a las mujeres. Ahorra tus fuerzas, porque barrunto que vas a necesitarlas.
—Señor Springer — titubeó Jane arrodillándose —. Yo... me sentía tontamente atraída por ese vaquero, al principio. Entonces..., aquel domingo que siguió a la fiesta en que vino a verme al rancho, pude conocerle mejor; llegué a despreciarle con toda el alma. Para librarme de su presencia, le prometí salir a caballo en su compañía, pero sin el menor deseo de hacerlo. Lo había olvidado por completo, y hoy he salido sola por primera vez desde que estoy en estas tierras. Me di cuenta de que alguien me seguía, y pensé que era Tex o alguno de los muchachos; esperé un momento, y a poco apareció Jones a mi espalda... Y, señor Springer, me arrancó de la silla...
y me trató brutal e ignominiosamente. Me defendí con todas mis fuerzas, pero ¿qué podía hacer?
La faz de Springer cambiaba de expresión a medida que la extensa explicación de Jane tocaba a su fin. El ranchero arrojó su arma al suelo, junto a la maestra.
—Jones, voy a propinarte una paliza de muerte
—dijo el ranchero, frunciendo el entrecejo.
De un salto se arrojó sobre el vaquero y lo derribó de la silla, quedando éste tendido de bruces en tierra. Entre tanto, Springer se despojó del sombrero, el chaleco y las espuelas, pero conservó puestos los guantes. Jones se apoyó en una rodilla y midió la distancia entre Springer y él, y luego su mirada se posó en el revólver que había en el suelo. De un salto felino intentó alcanzarlo, pero Springer se lo impidió con un soberbio puntapié que derribó a. Jones.
—Jones, eres tan ruin como dice la gente — murmuró el ranchero, disgustado —. Voy a contentarme con una buena tunda, cuando debiera acabar contigo.
—¡Vaya! Bien, jefe; no es probable que pueda lograr ninguna de las dos cosas — repuso Jones, sombrío, incorporándose.
Mientras ellos se embestían, Jane tuvo la ocurrencia de coger el revólver de Springer y, junto con el de Jones, se alejó a prudente distancia. Su primera intención fue echar a correr y esconderse en alguna parte, pero era más fuerte la fascinación que ejercían sobre ella ambos contendientes. Aun en su lamentable condición, la muchacha se percató de que el vaquero, joven y fuerte como era, no conseguía hacerse con Springer. Rodaron entrambos por el claro, peleando entre los cedros y de nuevo en el calvero.
Llegó un momento en que Jones tan pronto estaba en el suelo como en pie; estaba cubierto de sangre, desgreñado, molido a golpes, y se las veía y deseaba para contener el terrible golpeteo.
De repente, el vaquero desgajó una rama seca de cedro y, blandiéndola, arremetió contra el ranchero. Jane dejó escapar un grito de horror, cerró los ojos y se abatió al suelo. Desde allí podía oír las fuertes imprecaciones de ambos luchadores y el sordo ruido de los golpes que cambiaban. A poco abrió los ojos, temerosa de ver algo terrible, y en vez de ello divisó a Springer de pie, restregándose el semblante con el dorso de la mano, y a Jones, que yacía en tierra, inmóvil.
—Vamos, Jane — dijo—. Creo que todo ha terminado.
Tomó de la brida al caballo de Jones y lo aseguró al tronco de un cedro. Después, conduciendo su propia montura, volvió al encuentro de la maestra.
—Quiero darle las gracias por haber arrebatado el arma al vaquero — dijo en voz cálida —. De no ser así, hubiera ocurrido algo grave; habría matado a Jones, probablemente... Vamos, déme los revólveres... La pobre muchachita de Missouri...; no, ya no es la forastera; pertenece al Oeste desde hoy.
El rostro del ranchero estaba cubierto de rasguños y cardenales, la ropa sucia y con manchas de sangre, pero su aspecto no era el que cabía esperar después de tan desesperada lid. Jane sintió que le flaqueaban las piernas, y hasta su voz quedó reducida a un tenue hilo.
—Le acomodaré en mi caballo hasta que demos con el suyo — dijo el ranchero.
La levantó del suelo como si fuese una pluma y la sentó en la silla; hecho esto, echó a andar guiando a su cabalgadura, que llevaba de la brida.
Jane le vio escrutando el suelo, por lo visto a la busca de pisadas de caballo.
—¡Ah! ¡Ahí están! —exclamó.
Torció el rumbo entre la arboleda, y Jane no tardó en hallar su querida montura, pastando en la mustia hierba. Poco después, la maestra montaba su caballo, recobrada en parte de su amarga experiencia. Pero ahora parecía presentir que, conforme se recuperaba de una serie de emociones, iba sumergiéndose en otras, aunque de índole muy distinta.
—Hay un fresco y limpio manantial cerca de aquí, en las rocas — destacó Springer—. Creo que necesita beber un poco, lo mismo que yo.
Descendieron por la soleada ladera cubierta de cedros, hasta alcanzar una sombría barranca festoneada de pinos. Remontaron el curso, y a poco, entre unos riscos húmedos y cubiertos de musgo, vieron el cristalino chorro de una fuente.
Jane estaba ahora en el umbral de confusas emociones, de esperanzas y temores encontrados, de un futuro emocionante y turbador. ¿Por qué la había seguido Springer? ¿Por qué razón no había enviado a uno de sus muchachos? ¿Por qué se sentía ella tan temerosa y alocada? ^ El ranchero siempre se portó muy correcto con ella; al menos hasta que la ofendió tan injustamente. ¡Y ahora estaba junto a él! Springer habíase batido por su causa; ¿acaso no podría olvidar? Su corazón latía con furia; cuando él desmontó para ayudarla a bajar del caballo,
Jane sintió en su rostro el calor de la sangre que se agolpaba en él.
—Señor Springer, yo... creía que era Tex, u otro de los muchachos... —acertó a decir la maestra.
Él se echó a reír y se quitó el sombrero. Su rostro ardía, y las heridas que lo cubrían sangraban aún ligeramente.
—Monta usted muy bien — dijo —. Además, ese caballito es una maravilla.
El ranchero descinchó ambos caballos. Jane consiguió ocultar un poco su confusión.
—¿No quiere caminar un poquito? — preguntó el hacendado—. Eso la aliviará. Sólo nos encontramos a unos veinticinco kilómetros de la casa.
—¿Tan lejos?
Springer la ayudó a incorporarse y permaneció junto a la mujer, con una mano apoyada en la grupa de su pequeña montura. Los ojos del ranchero la miraban llanamente; las pupilas parecían brillar más dulces que de costumbre. La apostura del hombre era tan viril, fuerte y espléndida, que ella sentía que se le escapaba el aliento. Temía traicionar su estado de ánimo y desvió la mirada del rostro del ranchero.
—Cuando los muchachos descubrieron que usted había salido a caballo, todos ensillaron el suyo para salir en su búsqueda — dijo —. Pero les pregunté si el patrón no merecía el honor de hacer algo por la señorita, y entonces me dejaron.
—en aquel preciso instante algo imprevisto aconteció en el ánimo de Jane; se sentía invadida por una oleada extraña de felicidad, que luchaba por ocultar, aunque sin lograrlo. Casi le era imposible hablar; el silencio imperaba entre ellos. La maestra notaba la presencia de Springer, mas no tenía fuerzas para mirarle a los ojos.
—¿Le agrada a usted vivir aquí en el Oeste? — inquirió de pronto el ranchero.
—¡Oh, muchísimo! Jamás me iría de este lugar
—respondió ella impulsivamente.
De nuevo enmudecieron ambos. Springer se aproximó a la joven maestra, y se apoyó más en su montura. Jane se preguntaba si el hombre notaría los fuertes latidos de su corazón, que pugnaba por estallar.
—¿Querrías ser mi esposa y quedarte aquí para siempre? — dijo el ranchero, sin más preámbulo —. Estoy enamorado de ti, Jane; me encuentro muy solo desde que murió mi madre... Además, tendrás que casarte con alguno de nosotros. Como dice Tex, aquí ya no se trabaja como antes, y esto no puede continuar. Esos muchachos parece que no logran interesarte del todo. ¿Puedo yo alentar alguna esperanza?
El ranchero cogió la mano enguantada de la maestra y la acarició. El gesto era tan suave, que Jane apenas lo notó; pero, con todo, su fuerza era irresistible, y ella se vio subyugada por tan leve caricia. Al instante acudió a los brazos del hacendado, quien sonrió complacido a la maestra.
—Jane, todos me llaman Bill, para abreviar, o también «jefe», pero mi nombre completo y verdadero es Frank Owens Springer.
—¡Oh!-exclamó Jane, asombrada—. ¡De modo que tú...!
—En efecto; aquí tienes al culpable — confesó el hombre, feliz—. Ocurrió así: mi cuarto está junto a la oficina, y algunas veces oía a los muchachos andando en la máquina de escribir. Barrunté que algo estarían tramando, así que me puse al acecho y descubrí lo de Frank Owens y la maestra de Missouri. La empleada de Correos de Beacon me dio tu dirección, y, naturalmente, intercepté algunas de tus cartas. Desde luego que la cosa prometía ser divertida.
—Yo... no acierto a comprenderos ni a ti ni a tus terribles muchachos — admitió Jane, perpleja —. ¿Y cómo se les ocurrió eso de Frank Owens?
—Ahí está el enigma, aunque opino que su idea era jugármela a mí.
—Dime, Frank — inquirió ella, suplicante —. ¿Escribiste tú las cartas de amor? Porque había dos tipos de ellas; eso es algo que me tenía intrigada.
—Admito que fueron obra mía — confesó—. Fue algo en tus líneas que hizo que me enamorase de ti sin conocerte personalmente, cuando todavía eras una desconocida residente en Missouri. ¿No te parece que así queda todo aclarado?
—Sí, Frank; me parece que ahora sí — repuso ella.
—Regresemos a casa e informemos a los muchachos— dijo Springer alegremente —. Ahora la bromita será para ellos. Yo, por mi parte, ya acorralé a «la maestra de Missouri que no rebasa los cuarenta».

No hay comentarios:

Publicar un comentario