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martes, 13 de junio de 2017

El Pescador De Islandia (Pierre Loti)

El Pescador De Islandia
Pierre Loti

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La joven Gaud, cuyo padre, tras haber hecho fortuna, acaba de regresar al puerto bretón de Paimpol, asiste por primera vez desde su infancia a la vuelta de los pescadores de Islandia. Entre todos ellos se distingue Juan Gaos, el más alto y fuerte y el mejor amigo de su primo Silvestre. Juan es objeto de burla por parte de sus compañeros, pues tiene 27 años y no está casado, pero él contesta riendo: mi boda la celebraré con el mar. Todos tienen la esperanza de que Juan y Gaud se casen, pero él se muestra indeciso, y mientras, Gaud espera cada regreso de los marineros de la mar, esa devoradora de pescadores.Pierre Loti ("Loti", rosa en tahitiano) seudónimo de Louis Marie Julien Viaud (Rochefort, 1850 - Hendaya, 1923). Escritor francés, autor de una obra de peculiar romanticismo, basada en las experiencias recogidas en sus múltiples viajes como oficial de la armada francesa que duraron más de cuarenta años, y de la que se retiró con el grado de capitán. El pescador de Islandia (1886), se convirtió en su mayor éxito.
PIERRE LOTI
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
FIN
PIERRE LOTI

EL PESCADOR DE ISLANDIA

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I

Cinco eran los hombres, de anchas espaldas y elevada talla, que bebían en una especie de sombrío tugurio de madera, impregnado de un acre olor de salmuera y agua del mar. Aquel camaranchón, de techo demasiado bajo para sus altas estaturas, se estrechaba por un extremo como el cuerpo de una gaviota, y oscilaba débilmente, exhalando un plañido monótono, con una lentitud de sueño.
Fuera de allí adivinábanse la noche y el mar, pero nada se distinguía desde dentro; la única abertura recortada en la techumbre estaba cerrada por medio de una trampa de madera, y no había más luz que la vacilante que irradiaba de una vieja lámpara suspendida.
Varias ropas mojadas se veían puestas a secar en un hornillo, y el vapor que de ellas se desprendía, iba a mezclarse con el humo de las pipas de barro que los bebedores no se quitaban de los labios sino para llevar a ellos sus vasos de hoja de lata.
La maciza, mesa, en torno de la cual se hallaban sentados, ocupaba casi totalmente el ancho de la reducida habitación, salvo un estrechísimo espacio que llenaban unos arcones, que a la vez servían de bancos, atornillados a las paredes de roble. Sobre sus cabezas, casi tocándolas, cruzábanse gruesas vigas, y a sus espaldas había unos huecos a modo de nichos, excavados en los muros de madera, como se ven en los de un cementerio, aguardando a los muertos. Aquello eran las camas. Todo este maderamen era grosero y basto, saturado de sal y de humedad, gastado, pulimentado a trechos por el contacto de los cuerpos.
Nuestros hombres habían hecho copiosas libaciones de vino y sidra: así, pues, el regocijo de vivir iluminaba, sus semblantes, que revelaban el valor y la franqueza. Su conversación, en el dialecto de la Bretaña, versaba sobre cosas de mujeres y de casamientos.
Contra un tabique del fondo y sólidamente sujeta, veíase una. Virgen de barro pintorroteado, ocupando el sitio de honor. La estatuita debía ser ya bastante antigua, y la pintura de que estaba revestida era propia de la infancia del arte. Detalles eran éstos que escapaban por completo a la fe ciega de los rudos marinos, para quienes aquel símbolo, modesto y todo, era la incomparable patrona, la venerada Estrella de los Mares. La túnica y el manto de la Virgen, pintados de azul y bermellón respectivamente, hacían el efecto de una nota linda, y fresca, en medio de los tonos grises de aquella, pobre habitación de madera.
La estatuita de barro había debido escuchar más de una ardiente plegaria en las horas de angustia. A sus pies, y por único adorno, había dos ramos de flores artificiales y un rosario.
Los cinco marineros vestían de una manera uniforme: camiseta, de grueso paño azul, cuyos extremos desaparecían en la. cintura del pantalón: sobre la cabeza, la montera o casco de tela embreada, que la gente de mar designa por el nombre de sudeste o sueste, derivándolo del viento SO., que trae las lluvias en nuestro hemisferio. Sus edades eran diversas: el patrón parecía tener unos cuarenta años; los otros tres aparentaban de veinticinco a treinta. El último a quien llamaban Silvestre o Lolón, sólo contaba diecisiete. Por su estatura y por su fuerza era ya un hombre enteramente formado, y una barba negra, rizada y fina cubría sus mejillas; pero sus ojos, de un gris azulado, sobremanera dulces y cándidos, habían conservado intacta esa expresión de inocencia, peculiar a los ojos de los niños.
Apretados unos contra otros, a causa de la escasez de espacio, parecían gozar de un agradable reposo así acurrucados en su exiguo retiro. Allá fuera debían imperar el mar y la obscuridad; la infinita desolación de las aguas negras y profundas. Un reloj de cobre, colgado de un clavo a la pared, señalaba las once, y en los intervalos de silencio se oía el ruido de la lluvia al caer sobre las tablas.
Hablaban alegremente, de matrimonios y de amores, pero sin proferir una palabra, inconveniente: ya eran proyectos sobre los que todavía estaban solteros, ya historietas graciosas ocurridas en el país durante algunas fiestas de boda. Verdad es que a veces uno de los marineros arriesgaba, acompañándola de sonora carcajada, tal cual alusión demasiado franca al placer de amar y ser amado; pero el amor, tal como lo entienden los hombres del temple de nuestros héroes, es siempre una cosa honesta que conserva cierta castidad hasta en su misma crudeza.
El buen Silvestre, empezaba a enojarse por la ausencia de Juan, que no acudía a la reunión. ¿Qué diablos podía estar haciendo Juan allá arriba? ¿Por qué no venía a tomar parte en el bienestar de sus compañeros? De pronto, irguióse el patrón, y asomando la cabeza por la trampa de madera, cuya cubierta había levantado, gritó con voz estentórea:
—¡Juan, Juan! ¡Ah del hombre! Es ya cerca de la media noche. El hombre contestó desde fuera. —¡Ahora bajo!
Una claridad pálida y extraña, que podía confundirse hasta cierto punto con la del día entraba entonces por el hueco de la escotilla. "Cerca de media noche", había dicho el patrón, y, sin embargo, aquella claridad parecía un rayo de sol velado; algo como un destello crepuscular, reflejado desde lejos por espejos misteriosos.
No tardó en oírse el ruido de los toscos zapatones del hombre que bajaba la escala de madera. Cerró tras de sí la escotilla, volviendo a reinar en la camareta la obscuridad apenas rasgada por la amarillenta luz de la lámpara.
Juan entró encorvado en dos como un gran oso, porque su estatura de gigante no le permitía estar de pie, derecho, en un local de tan reducida altura. En efecto; su cuerpo sobresalía considerablemente de las proporciones ordinarias de los hombres, y ostentaba una vigorosa musculatura, que de señalaba en relieve bajo su camiseta de paño azul. Tenía unos grandes ojos pardos, dotados de extraordinaria movilidad y animados por una expresión de fiero orgullo.
Silvestre abrazó a Juan, estrechándole con ternura a la manera de los niños; el chico era el prometido de la hermana del gigante, a quien trataba con el cariño que hubiera tenido por un hermano mayor. Juan se dejaba abrazar con un aire de león domesticado, y correspondía, con una bondadosa sonrisa, a las demostraciones de su joven camarada.
Llenáronse de nuevo los vasos así que Juan se hubo sentado, y se llamó al grumete para que pusiera más tabaco en las pipas y las encendiera. El objeto real de semejante maniobra no era otro que el de proporcionar al chico una ocasión para que fumase un poco a sus solas. Era un muchacho robusto, con una cara muy redonda, y pariente más o menos lejano de los demás tripulantes del barco. Por lo tanto, aparte de su trabajo bastante rudo, era el niño mimado de a bordo.
Juan le hizo beber en su vaso, y luego lo mandó acostar.
Entretanto continuaba la gran conversación de los casamientos.
—Y bien, Juan —interrogó Silvestre,— ¿cuándo festejaremos tus bodas?
—Verdaderamente —dijo el patrón,— debía darte vergüenza de pensar que un hombre tan grande como tú no esté todavía casado a los veintisiete años. ¿Qué dirán de ti las muchachas cuando te ven?
El interpelado, encogiéndose de hombros, con un gesto desdeñoso para las mujeres, contestó de este modo: —¡Bah! Yo no me caso más que por horas.
Juan acababa de cumplir sus cinco años de servicio en la marina del Estado. Allí había aprendido a ser escéptico tratándose del bello Sexo.
Las teorías de Juan en este punto hacían daño a Silvestre, llenándole de sorpresa. El era un muchacho casto, educado en el más absoluto respeto hacia los sacramentos por su anciana abuelita, viuda de un pescador de la aldea de Ploubazlenec. De pequeñito llevábale con ella cada día a rezar una parte de rosario sobre la humilde tumba de su madre. Desde el pequeño cementerio, situado sobre la muralla de rocas que domina, el mar, divisaba a lo lejos las aguas grises del canal de la Mancha, donde su padre halló la muerte en un naufragio. Como la abuela y el nieto eran pobres, desde tierna edad tuvo Silvestre que navegar a la pesca, y su infancia habíase deslizado en la soledad del mar; pero ni una sola noche dejaba de rezar sus oraciones, y su mirada había conservado su candor religioso.
También Silvestre era guapo, y después de Juan, la mejor figura de a bordo. Su voz dulce y sus entonaciones infantiles contrastaban un poco con su alta estatura y su barba negra. Había, crecido tan pronto, que casi experimentaba cierto embarazo al contemplarse súbitamente tan alto y tan fornido.
En la estrecha camareta no había más que tres literas para dormir, siendo seis los tripulantes; lo que obligaba a tres de ellos a velar en tanto que los tres restantes se entregaban al sueño. Así, pues, cuando hubieron puesto fin a la pequeña fiesta celebrada en honor de la santa patrona del barco que fue ya, cerca de la media noche la mitad de los marineros ocuparon los pequeños nichos negros que allí hacían oficio de cama, mientras sus compañeros subieron sobre cubierta piara continuar la interrumpida faena de la pesca. Estos últimos eran Juan, Silvestre y un paisano de ambos, llamado Guillermo.
Una vez arriba volvieron a la claridad, pero a aquella claridad pálida que no se parecía a ninguna otra, y que arrastraba sobre las cosas unos reflejos como de sol extinto. En torno de los pescadores comenzaba sin transición un vacío inmenso, que no era de ningún color: más allá del los costados de su barco, todo parecía diáfano, impalpable, quimérico.
La vista apenas se daba cuenta de lo que debía ser el mar: al pronto, aquello revestía el aspecto de una especie de espejo tembloroso que no tuviese imagen alguna que reflejar; más lejos, al prolongarse, parecía convertirse en una llanura de vapores, y después, nada más... allí no se divisaba horizonte ni contornos.
La frescura húmeda del aire era más intensa, más penetrante que el verdadero frío, y al respirarla se sentía un fuerte gusto a sal. Todo estaba en calma y había cesado de llover: en lo alto, unas nubes informes e incoloras parecían contener aquella luz latente que no se explicaba; se veía claro, y, sin embargo, se tenía conciencia de la noche, y todas aquellas palideces de las cosas carecían de una tinta que pudiera ser designada con un nombre conocido.
Los tres hombres que presenciaban semejante espectáculo vivían desde su infancia, en aquellos fríos mares, en medio de sus fantasmagorías, vagas y opacas como visiones: sus ojos estaban bien acostumbrados a contemplar los extraños cambios de aquel infinito indefinible, sucediéndose perpetuamente en derredor de su estrecha habitación de tablas.
La embarcación seguía meciéndose lentamente sobre sus anclas, repitiendo siempre su mismo crujido plañidero, monótono, como una canción bretona murmurada por un hombre dormido. Juan y Silvestre habían preparado rápidamente sus anzuelos y sus cordeles de pescar, mientras su compañero abría un barril de sal, y afilando un gran cuchillo se mantenía detrás de los otros dos aguardando el momento de ejercer su cometido.
No tardó en tener ocasión para ello. Apenas habían echado sus cordelillos en aquella agua tranquila y fría, los retiraron con pesados peces de un luciente color gris de acero.
Y siempre, siempre, los bacalaos vivos se dejaban coger con los anzuelos, sin que hubiera intervalos en aquella, pesca rápida é incesante. El tercer marinero abría el vientre de los pescados con su gran cuchillo, los aplastaba, los contaba, los salaba, y los tres contemplaban entusiasmados toda aquella salazón cuyo producto debía ser la recompensa de su trabajo.
Las horas transcurrían monótonas, y con ellas la, luz iba cambiando lentamente, haciéndose más real. Lo que había, sido un crepúsculo lívido, una especie de noche, de verano hiperbórea, tornábase, sin intermedio de obscuridad, en algo a manera de, una aurora reflejada por todos los espejos del mar en vagas ráfagas de color de rosa.
—Ten por seguro que debías casarte, Juan —dijo súbitamente Silvestre, con gran seriedad, sin separar la vista de los corchos de su cordelino.
—¿Yo? En efecto, pienso celebrar la boda un día de éstos, pero no con ninguna muchacha del país mis bodas serán con el mar, y os convido a todos al baile.
Juan acompañó su respuesta con la desdeñosa sonrisa que se dibujaba en sus labios siempre que le hablaban de matrimonio.
Nuestros marinos continuaron pescando, porque no había que perder el tiempo en fútiles conversaciones; el barco ocupaba, en aquel momento el centro de una innumerable tribu de pescados, de un banco viajante que llaman ellos, y cuyo desfile duraba desde hacía cerca de dos días. Todos los que componían la tripulación habían velado la noche antes, y en treinta horas habían atrapado más de mil gruesos bacalaos; sus brazos estaban fatigados y se caían de sueño. Puede decirse que sus cuerpos eran los que se mantenían en vela, y continuaban por impulso maquinal las operaciones de pesquería, mientras que por instantes sus espíritus flotaban en pleno sueño. Pero aquel aire del lago que respiraban era puro y virgen como en los primeros días del inundo, y de tal modo vivificante que, a pesar del cansancio, sentían dilatados sus pulmones y frescas sus mejillas.
La luz matinal, la verdadera luz, había concluido por hacer su aparición; como en los tiempos del Génesis, habíase separado de las tinieblas, que se mantenían allá en el lejano horizonte, formando pesadas masas. Al ver aquella claridad era cuando se daba uno cuenta de que se salía de la noche, y que aquella dudosa claridad de antes, había sido vaga y extraña como la de los sueños. En el cielo, muy cubierto, muy espeso, había, a trechos desgarraduras, como brechas abiertas en la cúpula de una catedral, por las que penetraban grandes rayos plateados teñidos de rosa. Las nubes inferiores estaban dispuestas en una faja de sombra intensa, que formaba el circuito de las aguas, llenando los términos lejanos de indecisión y obscuridad. Daban aquellas nubes la ilusión de un espacio cerrado, de un límite; eran como a modo de cortinas corridas sobre el infinito, como velos tendidos para ocultar misterios demasiado gigantescos, que habrían turbado la imaginación de los hombres.
Aquella mañana en torno del pobre barco que servía de casa flotante a Juan y a Silvestre, el mundo exterior había tomado un aspecto de inmenso recogimiento: se había dispuesto como un santuario, y los haces de rayos que penetraban por las aberturas de la bóveda. del templo se alargaban en reflejos luminosos sobre el agua inmóvil como sobre un pavimento de mármol. Luego, poco a poco, se vió destacarse a lo lejos otra quimera; una especie de recorte elevado color de rosa, que no era sino un promontorio de la sombría tierra de Islandia.
¡Las bodas de Juan con el mar! Silvestre no cesaba de pensar en ellas, sin dejar por eso de atender a su pesca ni atreverse a despegar los labios. Había sentido una tristeza al oír a su hermano mofarse así del sacramento del matrimonio, y sobre todo, como era supersticioso, aquella burla le había causado miedo.
¡Cuántas veces había pensado el buen Silvestre en el casamiento de Juan! Soñaba que había de casarse con Margarita Mével, una linda rubia de Paimpol, y que él tendría el júbilo de bailar en la fiesta antes de partir para el servicio, para aquel destierro de cien años, de donde no siempre se vuelve, y cuya inevitable cercanía empezaba a oprimirle el corazón.
Eran las cuatro de la mañana cuando otros tres marineros llegaron para relevarlos. Medio dormidos todavía, aspirando en pleno el aire frío, subían acabando de calzarse sus grandes botas, y cerraban los ojos deslumbrados por la impresión súbita de todos aquellos reflejos de luz pálida. Entonces Juan, Silvestre y sus compañeros de cuarto tomaron su desayuno de galleta durísima aun para mandíbulas tan fuertes como las suyas. La idea de que iban a poder dormir bien abrigados en sus camastros los había puesto muy contentos, y cogiéndose unos a otros por la cintura, emprendieron el camino de la escotilla meciéndose al compás de una canción antigua.
Antes de desaparecer por la boca de escotilla, se detuvieron a jugar con Turco, el perro de a bordo, joven cachorro de la raza de Terranova, que principió por tirarles pequeños bocados en las manos, y concluyó por hincarles los dientes en serio. Juan, entonces, con un fruncimiento de cólera en los ojos, lo rechazó de un puntapié que le hizo prorrumpir en lastimeros quejidos.
Juan tenía el corazón bueno; pero su naturaleza había conservado algo de salvajismo, y cuando sólo era su ser físico el que tomaba parte en las cosas de la vida, una suave caricia solía en él ser precursora de una brutal violencia.

II

El barco se llamaba la María, y su patrón, Germeur. Cada año llevaba a cabo su peligrosa expedición de pesca en aquellas frías regiones donde los veranos no tienen noches.
Un barco antiguo, como su protectora la Virgen de barro. Sus macizos costados, con vértebras de roble, estaban rugosos, resquebrajados, impregnados de humedad y de salmuera; pero sanos todavía y robustos, exhalando el vivificante olor del alquitrán. Cuando estaba inmóvil sobre sus anclas, tenía un aspecto pesado; pero cuando soplaban las grandes brisas del Oeste, la María hacía alarde de su vigor ligero, como las gaviotas despertadas por el viento. Entonces tenía una manera particular de elevarse con la ola y de balancearse sobre ella con más desembarazo que muchos barcos nuevos construidos con la finura moderna.
En cuanto a los tripulantes, los seis marineros y el grumete, eran todos islandeses; es decir que pertenecían a esa valiente raza de marinos que habitan en Paimpol y en Treynier, y que de generación en generación vienen dedicándose a la pesca en Islandia.
Casi nunca habían visto el verano de Francia. Al finalizar el invierno, recibían con los demás pescadores, en el puerto de Paimpol, la bendición de la partida. Para la celebración de la ceremonia levantábase en el muelle un altar, todos los años el mismo, figurando una gruta de rocas: ocupando el centro, entre trofeos de anclas, de remos y de redes, veíase, en su dulce impasibilidad, a la Virgen, patrona de los marineros, sacada con tal objeto de la iglesia parroquial, mirando inalterablemente con sus ojos sin vida, lo mismo a los afortunados, para quienes la temporada debía ser próspera como a los infelices que no habían de volver a ver las costas patrias.
El Santo Sacramento, seguido de una lenta procesión de madres y de esposas, de prometidas y de hermanas, daba la vuelta al puerto, y todos los barcos pescadores, empavesados con banderas y gallardetes, le saludaban a su paso con el pabellón. El sacerdote, deteniéndose ante cada uno de ellos, les echaba la bendición.
Y luego dábanse a la vela todos juntos, a manera de una flota, dejando al país casi vacío de maridos, de amantes y de hijos. Al alejarse, los tripulantes de los barcos entonaban en coro, con sus voces robustas y vibrantes, los cánticos en honor de María, la Estrella del Mar.
Y todos, todos los años tenía lugar el mismo ceremonial de la partida, con las mismas despedidas y los mismos cánticos.
Después volvía a empezar la vida de alta mar (del largo, como dicen los navegantes); la vida del aislamiento con media docena de rudos compañeros sobre movedizas tablas en medio de las frías aguas de la región hiperbórea.
La María había regresado siempre con felicidad de sus expediciones anuales: la Estrella del Mar había cubierto con su manto al viejo barco que llevaba su nombre excelso.
Generalmente los barcos expedicionarios regresaban a fines de agosto; pero la María, a ejemplo de otras naves pescadoras, no hacía más que tocar en Paimpol y bajar luego al golfo de Gascuña, donde se vende bien la salazón y se compra en buenas condiciones la sal para la próxima campaña.
En esos puertos del Mediodía, calentados por el sol, se desparraman por algunos días las tripulaciones robustas, ávidas de placer, embriagadas por un resto de verano, por un aire más tibio; por la tierra, y por las mujeres. Pero las primeras brumas de otoño les hacen tomar el camino del hogar, donde por algún tiempo se ocupan de amor y de familia; de matrimonios y de bautizos. Casi siempre se encuentran allí con pequeños recién nacidos, concebidos el precedente invierno y que aguardan padrinos para recibir el sacramento del bautismo. Esas razas de pescadores que la Islandia devora, necesitan multiplicarse mucho.

III

En Paimpol, y en una hermosa tarde de un domingo de junio de aquel mismo año, dos mujeres estaban sumamente ocupadas en escribir una carta.
La escena tenía lugar delante de una ancha ventana abierta, adornada con una fila de tiestos de flores.
Inclinadas sobre la mesa, ambas mujeres parecían jóvenes; la una llevaba una cofia extremadamente grande, a la moda antigua; la otra tenía puesta una cofia pequeñita, de la nueva forma adoptada por las paimpolesas. Hubiérase dicho que eran dos enamoradas, redactando juntas un tierno mensaje para algún gallardo marino islandés.
La que dictaba, la de la cofia grande, levantó la cabeza como para buscar ideas. Entonces pudo verse que era vieja, bastante vieja, no obstante su aire juvenil, así, vista de espaldas, cubierta con su chal pardusco. Debía tener unos setenta años; pero sus ojos, de una expresión dulce y bondadosa, y sus mejillas sonrosadas, prestaban a su rostro venerable cierto aspecto de frescura y se adivinaba que había sido bonita en sus buenos tiempos.
Verdaderamente, en todo el país de Paimpol, no se encontraba otra mujer de su edad capaz de decir cosas tan graciosas a propósito de unos y de otros, y hasta a propósito de nada. En la carta que en aquel momento dictaba iban ya tres o cuatro historietas burlescas si bien desprovistas de malicia, porque era un alma sin hiel la de la buena viejecita.
La otra, viendo que el curso de la carta quedaba interrumpido, entretuvo el tiempo escribiendo cuidadosamente el sobre, que decía de este modo: Al señor Silvestre Moan, a bordo de la "María", patrón Germeur, en el mar de Islandia. —Por Reickawick.
Terminado que hubo, levantó la cabeza para preguntar: —¿Hemos concluido ya, señora Moan?
La que hacía de secretaria de la señora Moan, sí que era joven: un adorable rostro de veinte años. Muy rubia, color de cabellos bien raro en un rincón de Bretaña donde la raza es morena; con hermosos ojos grises, adornados de largas pestañas casi negras. El perfil, algo corto, era muy noble, y la nariz prolongaba la línea de la frente con una rectitud absoluta, como en las estatuas griegas. Un hoyito muy marcado, debajo del labio inferior, acentuaba deliciosamente el relieve de éste, y de cuando en cuando, si acaso la preocupaba mucho un pensamiento, se mordía aquel labio con sus blanquísimos dientes, cuya presión hacía correr bajo la piel fina, pequeñas ráfagas más rojas. Había en toda su esbelta persona algo de orgulloso, algo también de un poco grave, heredado de sus antepasados, atrevidos marinos de Islandia. La expresión de los ojos era a la vez obstinada y dulce.
Llevaba una cofia en forma de concha, que se ceñía a su frente, casi como una venda, y se levantaba mucho por los lados, dejando ver espesas trenzas de cabellos enrolladas encima de las orejas en forma de caracol, peinado cuyo uso data de tiempos muy remotos y que presta todavía un aspecto arcaico a las mujeres paimpolesas.
A primera vista comprendíase que la joven había sido educada de muy distinto modo que la anciana, a la que solía llamar "abuela", por más que no fuese sino una parienta lejana que había experimentado muchas vicisitudes en su vida.
Su padre, el señor Mével, era un antiguo islandés enriquecido por audaces empresas marítimas.
La habitación que ocupaban las dos interlocutoras era la propia habitación de la señorita Mével. Veíase allí una cama moderna, con sus colgaduras de muselina ribeteadas de encajes, y sobre las gruesas paredes, un papel de color claro atenuaba las irregularidades del granito. El techo, sostenido por enormes vigas, revelaba la antigüedad de la morada, que era una verdadera casa de gentes acomodadas de la clase media, y las ventanas daban a la vieja plaza gris de Paimpol, donde se celebran los mercados y las fiestas populares.
—¿Hemos terminado, abuela Ivona,? ¿No tenéis nada más que decirle?
—No, hija mía; agrega solamente que le dé expresiones de mi parte al chico de Gaos.
Al oír este apellido, que era el de Juan, a quien ya conocen nuestros lectores, la bella joven orgullosa se puso muy colorada.
Concluida la carta, se levantó para asomarse a la ventana, como si algo muy interesante ocurriera en la plaza.
De pie, era tal vez demasiado alta; pero su talle estaba modelado, como el de una dama elegante, en un corpiño que no hacía el menor pliegue. Todo su ser respiraba distinción y finura. Sus manos, sin tener esa excesiva pequeñez que ha llegado a ser convencionalmente una belleza, eran blancas y finas, como manos nunca empleadas en trabajos groseros.
En honor a la verdad, había empezado por ser una chicuela, bastante descuidada, como lo son generalmente. Las que no tienen madre que vele por ellas, y su primeros años transcurrieron en el abandono en que su padre la dejaba durante sus largas expediciones marítimas. En aquella época se criaba despeinada, voluntariosa, obstinada, linda siempre, creciendo vigorosa al áspero soplo del viento de la Mancha, sin recibir otros cuidados que los pocos que podía darle la tía Moan, quien ocupada constantemente en Paimpol, le confiaba la custodia del pequeño Silvestre, año y medio más joven que ella.
Nuestra joven tenía presente aquel rudo comienzo de su vida, como persona a quien no habían podido perturbar ni las riquezas ni la posición: en su espíritu había siempre como un sueño lejano de libertad salvaje; como una reminiscencia de una época vaga y misteriosa en que la, arenosa, playa tenía más espacio; en que las rocas que la dominaban eran más gigantescas.
Contaba cinco o seis años cuando su padre, que empezaba a enriquecerse comprando y vendiendo cargamentos de buques, la llevó consigo a Saint-Brieuc, y más tarde a París. Entonces dejó de ser la pequeña Gaud para convertirse en una señorita Margarita, persona seria y de mirada grave. Siempre algo entregada a sí misma, si bien con otro género de abandono que el de la playa bretona, había conservado su naturaleza obstinada de niña. Lo que sabía de cosas de la vida, le había sido revelado por acaso, sin discernimiento alguno; pero una dignidad ingénita, excesiva, le había servido de salvaguardia. De vez en cuando se daba aires atrevidos, diciendo a las gentes en su cara cosas sorprendentes por lo demasiado francas, sin que sus ojos se bajasen siempre ante las miradas de los jóvenes. Solamente que aquellos ojos tenían una mirada tan honrada, tan indiferente, que no había medio de equivocarse: todos comprendían al momento que hablaban con una muchacha juiciosa, tan sana de corazón como de rostro.
Con el hábito de las grandes ciudades, su modo de vestir había sufrido más modificaciones que ella misma. Por más que permaneció fiel al uso de la cofia, que las bretonas abandonan difícilmente, bien pronto aprendió el arte de ataviarse de otra suerte, y su talle de pescadorcita, antes enteramente libre, al formarse, al adquirir la plenitud de sus bellos contornos germinados al viento del mar, se había afinado y modelado dentro de largos corsés de señorita.
Todos los años iba a pasar el verano con su padre en Bretaña, donde volvía a encontrar por algunas semanas sus recuerdos de otros tiempos y su nombre de Gaud, que en lengua del país quiere decir Margarita. Tal vez experimentaba algo de curiosidad por ver aquellos Islandeses, de quienes se hablaba tanto, que nunca estaban allí, y de los cuales, unos cuantos dejaban cada año de volver a sus hogares.
Y un día, cuando menos lo esperaba, se encontró reinstalada de una vez y para siempre en su país de pescadores, a consecuencia de un capricho de su padre, que deseaba terminar allí su existencia, y habitar lo que le restara de vida, como un ciudadano acomodado, en la gran plaza de Paimpol.
La anciana, con su equipo pobre y aseadito, se marchó dando las gracias, tan luego como la carta quedó del todo concluida y encerrada en su sobre. Vivía bastante lejos de la población, a la entrada del país de Ploubazlenec, en una aldea de la costa, habitando todavía la misma cabaña donde ella había nacido y donde nacieron sus hijos y sus nietos.
Muchas gentes la saludaban a su paso por las calles: era una de las personas de más edad de la comarca, y procedía de una familia honradísima y generalmente estimada.
A fuerza de milagros, de orden y de esmero, llegaba al resultado de aparecer casi bien vestida con pobres trajes mil veces compuestos y remendados, que se desmoronaban de vejez. No andaba como la inmensa mayoría de las viejas, sino muy derecha, y verdaderamente, a pesar de la curva de su barba, la dulzura de los ojos y lo fino del perfil hacían dé ella una anciana muy presentable.
Aquel día, la buena señora Moan se sentía más fatigada, más abrumada que de ordinario por su vida de trabajo incesante. Además, pensaba mucho en el más pequeño de sus nietos, que al regreso de la pesca de Islandia, debía partir para el servicio de la marina. ¡Cinco años! ¿Lo enviarían quizá a China, a tomar parte en la guerra? ¿Estaría ella viva todavía cuando el muchacho volviera? A este pensamiento no podía menos de angustiársele el corazón... No; decididamente la pobre vieja no se sentía con su alegría habitual; por momentos su rostro tenía esas horribles contracciones provocadas por la explosión del llanto.
¡Luego era posible, luego era verdad que pronto habrían de arrebatarle a su último nieto! ¡Ah! morir tal vez sola, sin volverlo a ver. Es cierto que ella, había dado pasos y hablado a personas de alto valimiento para ver si el chico podía quedarse como sostén único de una pobre abuela, casi indigente, que pronto no podría trabajar; pero las diligencias no habían dado resultado a causa del mal precedente, del otro, Juan Moan el desertor, un hermano mayor de Silvestre, al que nadie mentaba ya en la familia, pero que sin duda existía escondido en algún rincón de América, arrebatando así a su hermano menor el beneficio de la exención militar. Y luego, le habían sacado a relucir su pequeña pensión de viuda de marino: en fin, no la habían encontrado bastante pobre.
De regreso en su vetusta morada, recitó largas plegarias por todos sus difuntos: luego rezó también, con una confianza ardiente, por su amado nieto Silvestre, y trató de dormir.
La otra, la hermosa joven, se había quedado sentada junto a su ventana, contemplando los reflejos amarillentos que el sol poniente trazaba en el granito de las paredes, y en el cielo las golondrinas que volaban en giros concéntricos. Paimpol en aquellas largas tardes de Mayo tenía un aspecto de ciudad desierta; apenas si se veían algunas muchachas que se paseaban de dos en dos o de tres en tres, sin tener siquiera, quien les hiciese la corte, soñando con los galanes que estaban en el mar de Islandia.
... "Que le den expresiones de mi parte al chico de Gaos"...
Mucho la había turbado esta frase de la carta dictada por la anciana: aquel nombre de Gaos no la dejaba. en paz.
A menudo pasaba las tardes en la ventana, como una señorita, a causa de que su padre era poco partidario de verla pasear con jóvenes de su edad, pero de distinta condición. Y luego al señor Mével le gustaba mucho, cuando al salir del café daba sus paseítos por la plaza fumando su pipa en unión de otros antiguos marinos, ver a su hija en aquella ventana de casa, rica, embellecida con tiestos de flores.
¡El chico de Gaos! A pesar suyo, Margarita Mével volvía a cada momento la cabeza hacia el lado del mar, que no veía, pero que sentía cerca de ella, al extremo de las callejuelas por donde subían los barqueros. Y su pensamiento se marchaba, a lo infinitos de esa cosa que siempre atrae, fascina, y devora: se iba allá a lo lejos, a las aguas polares, donde navegaba la María, patrón Germeur.
¡Qué extraño era el tal chico de Gaos! como le llamaba la abuela. ¡Un enamorado que ahora huía y se ocultaba, después de haberse adelantado de una manera a la vez tan osada, y tan dulce!
Su ensueño versaba en aquel momento sobre los recuerdos de su vuelta a Bretaña que databa del año anterior.
Cierta mañana de Diciembre, después de una noche de viaje, el tren procedente de París les había dejado, a su padre y a ella, en Guinyamp, cuando rayaba el alba. Entonces se sintió presa de una impresión desconocida, aquella población, pequeña y antigua, que nunca había atravesado sino en verano, le hacía un efecto completamente distinto al de antes. ¡Un silencio tan profundo a las pocas horas de haber salido del nido de París! ¡Aquel método tranquilo de vida de gentes del otro mundo, que andaban por entre la bruma, ocupándose en sus pequeños asuntos! ¡Aquellas casas viejas, de granito sombrío, ennegrecidas por la humedad y por un resto de noche!
Todas estas cosas esencialmente bretonas, que la encantaban al presente porque amaba a Juan, le habían parecido, la mañana aquella, de una desoladora tristeza. Las mujeres madrugadoras abrían ya las puertas de sus casas, y al pasar echaba una mirada a las vetustas cocinas de enorme chimenea, donde se veían sentadas en tranquilas actitudes a las abuelas que acababan de dejar el lecho y tenían ya sus grandes cofias encasquetadas. Así que fué un poco más de día, entraron en la iglesia para rezar sus oraciones. ¡Cuán inmensa, pero cuán tenebrosa, le había parecido la magnífica nave del templo, y qué diferente de las iglesias de París!
Y no era, seguramente, que la joven sintiese en demasía haber dejado el bello París, aun cuando hubiese en él tantas cosas hermosas y divertidas. Por de pronto se encontraba en París muy poco a sus anchas, efecto de la sangre de marinos que corría por sus venas: además se consideraba allí como una extranjera; como si dijéramos, fuera de su sitio. Las parisienses eran para ella unas mujeres cuyo fino talle tenía una curva artificial; que tenían un modo de andar especial y de contonearse, embutidas en estuches emballenados, y era ella demasiado inteligente para haber tratado jamás de remedar servilmente aquellas cosas. Con sus cofias bretonas, encargadas cada año a la modista de Paimpol, se encontraba como encogida en las calles de París, sin darse cuenta de que si las gentes se volvían para mirarla, era sencillamente porque estaba encantadora.
Entre tantas parisienses, habíalas de una distinción que la atraía, pero inaccesibles para ella. En cuanto a las otras, las de condición más inferior, con quienes le hubiera sido fácil trabar relaciones, se mantenía apartada de ellas desdeñosamente, no considerándolas dignas de su amistad. Por lo tanto, había vivido sin amigas, casi sin otra sociedad que la de su padre, cuyos negocios lo tenían casi siempre ausente, y estaba bien acostumbrada a la soledad y al aislamiento.
Pero de todas suertes, se había sentido impresionada de una manera penosa por la tristeza de aquel regreso a Bretaña en pleno invierno. Y la idea de que todavía tendría que pasar cuatro o cinco horas más en carruaje, para hundirse más aún en aquel país lúgubre, antes de llegar a Paimpol, le causaba una opresión inquieta.
Toda la tarde de aquel día gris y sombrío viajaron, en efecto, su padre y ella en una pequeña diligencia, por cuyas numerosas rendijas penetraba el viento, pasando por tristes aldeas, bajo fantasmas de árboles que trasudaban la bruma en finísimas gotas.
Bien pronto hubo necesidad de encender los faroles, y a su luz no tardaron en verse dos fajas de un verde intenso, que parecían correr delante de los caballos a ambos lados del camino.
¿Cómo, de pronto, aquella verdura de tan bello matiz en el mes de Diciembre?
Asombrada, Margarita, sacó la cabeza por una de las ventanillas, para ver mejor; no tardó en reconocer los juncos, los eternos juncos marinos de los senderos, que en el país paimpolés no se agostan nunca. Al mismo tiempo se levantó una brisa más templada, que al momento comprendió era la brisa del mar.
Hacia el fin del camino se lo ocurrió esta reflexión:
—¡Calle! puesto que nos hallamos en pleno invierno, ahora sí que voy a ver a esos famosos pescadores de Islandia, de quienes tanto he oído hablar.
Los vió, en efecto, y su corazón quedó prendado por uno de ellos.

IV

La primera vez que vió a Juan fué el día siguiente al de su llegada, en la función de iglesia de los islandeses, que se celebraba el 8 de Diciembre, día de Nuestra Señora de la Buena Nueva, patrona de los pescadores. Fué un poco después de la procesión, cuando todavía las ventanas de las casas estaban adornadas de colgaduras blancas, ilustradas con ramos de hiedra y flores invernizas.
En aquella función la alegría era pesada y un tanto salvaje, bajo un cielo triste. Alegría ruidosa, pero no del todo sincera, formada de vigor físico y de alcohol, sobre la cual pesaba, más que sobre otras la universal amenaza de la muerte.
Por lo demás, gran ruido en Paimpol; tañido de campanas y cantos de sacerdotes en la iglesia: canciones rudas y monótonas en las tabernas; viejas cantinelas venidas del mar o de no se sabe dónde, en la profunda noche de los tiempos. Grupos de marineros dándose el brazo haciendo zig-zags de una a otra, acera, tanto por la, costumbre del balance, como por un principio de embriaguez, y echando a las mujeres ojeadas tanto más vivas, cuanto más largas habían sido las abstinencias forzadas de la vida del largo. Antiguas casas de granito encerrando aquel hormigueo de gentes; techos antiquísimos denunciando su lucha de muchos siglos contra los vientos del Oeste, contra las lluvias, contra todo lo que el mar lanza sobre la tierra, pero que también contaban en su mudo lenguaje las historias de amor o de audacia a que habían servido de abrigo.
Y sobre todo aquello flotaba un sentimiento religioso, una impresión del pasado, con un respeto del culto antiguo de los símbolos que preservan del mal; de la Virgen purísima e inmaculada. Al lado de las tiendas de bebidas, la iglesia con su pórtico, sembrado de verdes hojas, con sus puertas abiertas, por las que salía olor de incienso; con sus cirios brillando en el fondo de la nave, y sus ex votos de marineros, colgados de la sagrada bóveda. Al lado de las jóvenes enamoradas, las prometidas, de los pobres pescadores desaparecidos; las viudas de los náufragos, saliendo de las capillas, con sus largos mantos de luto y sus cofias lisas, los ojos bajos, silenciosas, discurriendo por en medio de aquel rumor de vida como una sombría advertencia,. Y allí, bien cerca, la mar anchísima, la gran nutridora y la gran devoradora de aquellas generaciones vigorosas, también agitándose, también haciendo su ruido, tomando también su parte en la fiesta.
Margarita recibía la impresión confusa de todas estas cosas juntas. Excitada y risueña, con el corazón oprimido en el fondo, sentía que una especie de angustia se apoderaba de ella, a la idea de que tal país había de ser el suyo para siempre. Paseábase por la playa, en la que había cucañas y volatineros, en compañía de unas amigas que le decían los nombres de todos los jóvenes de Paimpol o de Ploubazlenee que se encontraban a su paso. Entre un grupo de islandeses que estaban muy entretenidos oyendo las canciones de unos músicos ambulantes, distinguió a uno que le llamó la atención por su estatura de gigante y sus hombros excesivamente anchos, y no pudo reprimirse de exclamar con cierto tonillo burlón: —¡Ese si que es grandote! Se sobreentendía, que había querido decir:
—¡Qué estorbo un marido tan grande para la que se case con ese hombre!
Como si la hubiese estado escuchando, el aludido se volvió de pronto hacia ella, y la envolvió de pies a cabeza, en una rápida ojeada, que parecía significar:
—¿Quién será ésta que lleva tan elegantemente la cofia de Paimpol, que es tan guapa, y a la que nunca he visto?
Sus ojos se desviaron en seguida, por política, y de nuevo pareció muy ocupado de los cantantes.
Margarita, que había preguntado sin avergonzarse el nombre de otra porción de jóvenes, no se atrevió a preguntar el de éste. Aquel hermoso perfil apenas entrevisto, aquel mirar orgulloso y un poco salvaje, emanando de unas pupilas pardas, que se movían en unas órbitas de azul ópalo, la habían impresionado intimidándola.
El joven de quien se trata era precisamente "el chico de Gaos", a quien la señora Moan le había pintado como un gran amigo de Silvestre. Aquella misma tarde encontraron a éste del brazo de su gigantesco amigo, y recibieron el saludo de ambos.
El pequeño Silvestre de antes, en el acto tornó a ser para la joven, como en tiempos atrás, una especie de hermano. A fuer de primos lejanos que eran, continuaron tuteándose. Cierto que ella, al principio, vaciló en autorizar esa Intimidad a un muchachón de diez y siete, años que ostentaba poblada barba negra; pero como Silvestre seguía conservando en sus ojos la misma suave expresión de la niñez, ella acabó por hacerse la ilusión de que nunca se habían perdido de vista. Cuando subía a Paimpol, Margarita, o Gaud, como él la llamaba, le convidaba a comer, y por cierto que lo hacía con envidiable apetito. El pobre Silvestre no comía en su propia casa, todo lo que podía admitir su robusto estómago.
A decir verdad, Juan no se mostró muy galante con ella en aquel primer encuentro. Habíase limitado a quitarse el sombrero con un ademán tímido, aunque lleno de nobleza, y después de haberla envuelto en una de las rápidas ojeadas que le eran peculiares, había mirado hacia otro lado, pareciendo muy contrariado por semejante encuentro, y sentir deseos de continuar su camino.
¡Qué cambio tan profundo se había operado en Margarita desde aquella época, y qué diferencia entre el ruido de la fiesta de entonces y la tranquilidad de ahora! ¡Qué silencioso, qué vacío estaba Paimpol en aquellargo crepusculo de Mayo que la retenia en su ventana, sola, pensativa y enamorada!
V

La segunda vez que se vieron fué en una boda, en la que "el chico de Gaos" había sido designado por los padrinos para darle el brazo. Al pronto, ella se sintió contrariada al reflexionar que se vería obligada a desfilar en público del brazo del joven, en quien todo el mundo se iría fijando a causa de su elevada estatura, y que probablemente no sabría decirle nada por el camino. Decididamente, el tal Juan la intimidaba con su aire de pocos amigos.
A la hora marcada, todos los que debían formar el cortejo estaban reunidos, salvo Juan Gaos, que no parecía. La concurrencia se impacientaba, y hablaban ya de no aguardarlo. Entonces fué cuando ella se dió cuenta, a sí misma de que si se había esmerado en su toilette había sido por él solo; que con cualquiera otro de los demás, la fiesta, el baile y todas las diversiones hubieran resultado para ella exentas de todo placer.
Por fin se presentó Juan, asimismo vestido con esmero, y sin torpeza ni embarazo presentó sus excusas a los novios y a la familia por haberles hecho aguardar tanto. He aquí lo que había ocurrido, según sus explicaciones; de la costa inglesa se había recibido aviso de que grandes bancos de pescados, que nadie esperaba, debían pasar por la tarde un poco al largo de Aurigny, y a tal noticia, todo cuanto barco existía disponible en Ploubazlenec había aparejado sin pérdida de momento. Gran emoción en las aldeas de pescadores. Las mujeres buscando a sus maridos por las tabernas, empujándoles para hacerles correr, trabajando ellas mismas para ayudar a izar las velas; por fin, un zafarrancho general en todo el país.
Juan relataba todas estas cosas con extremada facilidad, en medio de los concurrentes, que le oían con atención; acompañaba sus frases con gestos y guiños que le eran peculiares, y no abandonaba una sonrisa plácida, que dejaba entrever su brillante dentadura. En cuanto a él, para poder asistir a la boda, había tenido que buscar otro marinero que lo substituyera provisionalmente y hacerlo aceptar por el patrón del barco, a trueque de perder su parte en la pesca. De ahí su tardanza involuntaria.
Un motivo de esta índole estaba perfectamente al alcance del público de pescadores y pescadoras que le escuchaba: todos ellos sabían que las circunstancias de su existencia estaban más o menos sometidas a las cosas imprevistas del mar, a los cambios de tiempo y a las migraciones misteriosas de los peces. Lo que sentían la mayor parte de los que estaban allí, era no haber sido avisados a tiempo para aprovecharse, como los de Ploubazlenec, de aquella fortuna, que iba a pasar al largo.
Ya era tarde para pensar en pesca: lo más del caso era dar el brazo a las muchachas y ponerse en camino, como lo hicieron al son de los violines que abrían la marcha.
Al principio Juan no dirigió a su pareja más que esas galanterías sin alcance, como se les dicen en tales fiestas a las jóvenes bonitas con quienes no se tiene confianza. Entre los que asistían a la boda., ellos solos eran extraños el uno para el otro: los demás todos eran primos y primas, prometidos y prometidas. Pero a la noche, mientras se bailaba, habiéndose suscitado entre los dos la conversación sobre el gran paso de pescado, él le disparó bruscamente esta declaración inesperada:
Sólo por vos, señorita Gaud, ¡por vos sola! hubiera yo dejado de asistir a la pesca con mis compañeros.
No poco asombrada de que el marino se hubiera atrevido a hablarle así, ¡a ella, que había condescendido asistir al baile como una reina se presta a ir a la casa de un vasallo! pero deliciosamente lisonjeada en el fondo, concluyó por contestar:
—Muchas gracias, señor Juan; yo también prefiero vuestra compañía a la de cualquier otro.
Y aquello fué todo. Pero a partir de este cambio de frases significativas, no cesaron de hablar de cosas indiferentes, es cierto, pero en voz más baja y más dulce.
Juan refería ingenuamente su vida de pescador, sus fatigas, los salarios que ganaba, las dificultades con que sus padres lo habían criado, cuando tenían que mantener nada menos que a quince pequeños Gaos, de los cuales él era el mayor. Ahora los viejos vivían en una abundancia relativa, sobre todo, desde que su padre había tenido el feliz hallazgo de un casco de buque abandonado, cuyo maderaje y clavazón, después de pagado al Estado lo que de derecho le correspondía, le produjo diez mil francos. Esta pequeña fortuna les había permitido ensanchar con un piso más su casita, la cual estaba situada al extremo del país de Ploubazlenec, en la aldeíta de Pors-Even, dominando el mar.
—Es muy duro —decía— el oficio de pescador de Islandia; partir así en cuanto llega el mes de febrero para un país tan triste y tan frío, con una mar tan mala... A pesar de todo, hay otras profesiones peores; un ejercicio que reporta, en cada temporada, de mil a mil doscientos francos, no es tan ingrato. Todas las penalidades pueden darse por bien empleadas, con tal de entregar a la vuelta ese dinero a la mamá.
—¿Todo se lo dabais a vuestra madre, señor Juan?
—Todo, siempre todo: es la costumbre de nosotros los pescadores, señorita Gaud. Así es que, podéis creerlo, yo nunca tengo dinero, salvo el poco que me da mi madre los domingos cuando bajo a Paimpol, y si no fuera porque mi padre me compró este traje nuevo que tengo puesto, no hubiera podido venir a la boda.
Juan decía estas cosas sonriendo y fijándose con atención en la fisonomía de Margarita, como para tratar de sorprender el efecto que hacían sus frases. Parecía quererle dar a entender que no era rico como ella.
Ella también sonreía y le miraba, contestándole en muy pocas palabras, pero escuchándole con toda su alma, cada vez más admirada v más atraída hacia él. ¡Qué mezcla, de rudeza salvaje y de niñez cariñosa! Su voz grave, que cuando hablaba a otras personas era brusca y decidida, tomaba, cuando se dirigía a ella, un tono suave y acariciador, a manera de una música velada de instrumentos de cuerdas.
¡Y qué cosa tan singular y sorprendente aquel hombrón tan grande, con su aire desenvuelto y su aspecto terrible, a quien en su casa continuaban tratando como a un chico y que lo encontraba natural; que había corrido el mundo, todas las aventuras y todos los peligros, y que conservaba una sumisión tan respetuosa, tan absoluta por sus padres!
Ella, como para colocarse en cierto modo a su nivel, le refería que no siempre estuvo su padre bien acomodado como ahora; que el señor Mével también había sido en su juventud pescador de Islandia, y que profesaba la mayor estimación hacia los islandeses; que se acordaba muy bien de que cuando murió su pobre madre, también ella anduvo bastante tiempo corriendo por la playa con los pies desnudos.
¡Ah, la inolvidable noche, del baile, decisiva y única en su vida! Seis meses habían transcurrido desde entonces, y cada día la tenía más fija en su memoria. ¡Como que no pensaba más que en ella! Todos los bailarines de entonces pescaban a la hora presente, diseminados por el mar de Islandia, en la claridad del sol pálido que alumbra aquella inmensa soledad, mientras las sombras de la noche iban cayendo tranquilas y lentamente sobre la tierra bretona.
Las ventanas se habían ido cerrando unas después de otras; pero Margarita continuaba asomada a la suya. Los pocos transeúntes que pasaban por la playa, al distinguir en la obscuridad de la noche el blanco contorno de su cofia, debían decir para sus adentros: "He, ahí una joven que con seguridad piensa en su novio." Y era verdad que pensaba en su novio, y que tenía ganas de llorar, y que sus ojos permanecían obstinadamente fijos en la sombra, sin ver nada de las cosas reales. Pero ¿qué extraña mutación había experimentado Juan después de la inefable noche del baile? ¿Por qué no había vuelto? ¿Por qué, cuando la casualidad les había hecho encontrarse, parecía como que huía de ella y apartaba sus ojos de los suyos?
Algunas veces habían hablado de semejante rareza Silvestre y ella, sin que tampoco el excelente muchacho se la explicara.
—Lo único que sé, Gaud, es que si tu padre lo consintiera, con ése era, con quien tú debías casarte. A buen seguro que no había de encontrar en todo el país yerno más juicioso, más honrado, ni que mejor entendiera su oficio. No, no puedes formarte idea de lo bueno. que es Juan por todos conceptos.
¡El permiso de su padre! Bien confiada estaba en obtenerlo, porque el señor Mével no había contrariado nunca a su hija en sus voluntades. ¿Que no era rico? A ella no le importaba nada: tratándose de un marino tan bueno, sería suficiente adelantarle algún dinero para que, durante seis meses hiciera los estudios necesarios para la navegación de cabotaje, y en ese tiempo se convertiría en un excelente capitán a quien todos los armadores querrían confiar sus buques.
Con su fina diplomacia de mujer, había interrogado discretamente a las muchachas que sabían todas las historias de amor que corrían en el país, y había adquirido la convicción de que Juan no estaba comprometido con ninguna: sabía que andaba mariposeando de derecha a izquierda en Lezardrieux como en Paimpol, pero sin mostrar preferencias marcadas.
Cierto domingo, bastante tarde, le había visto pasar muy amartelado con una tal Jenny Curof, a la que no se le podía negar que era bonita, pero cuya reputación era detestable. Aquello le había hecho un daño cruel.
Le habían asegurado que tenía un genio muy iracundo; que habiéndose emborrachado una noche en el café de Paimpol, donde los islandeses acostumbraban a celebrar sus fiestas, había echado abajo con la tapa de una mesa de mármol, una puerta que no querían abrirle.
Todo eso le perdonaba ella de buen grado todos los marinos gustan de las chicas bonitas y amables, y todos son violentos cuando se emborrachan. Pero una vez que las gentes que le conocían estaban de acuerdo en concederle un buen corazón y buenos sentimientos, ¿a qué había ido a sacarla de su tranquila indiferencia? ¿qué necesidad había tenido de estarle hablando durante toda una noche con aquella cariñosa franqueza, y de hacerle confidencias que solamente se hacen a la persona por quien se tiene mucho interés?
En vano había mantenido durante lo que restaba de invierno la esperanza de que volverían a hablarse; ni siquiera había ido a despedirse de ella cuando llegó el momento de la partida a Islandia.
Ahora que él estaba ausente, nada existía para Margarita: ¡nada más que el tiempo, que transcurría con suma lentitud para ella que deseaba la vuelta del otoño, época del regreso de los Pescadores, para salir de sus crueles dudas!
Daban las once en el reloj de la alcaldía.
En Paimpol las once de la noche es muy tarde; la joven cerró, pues, la ventana y encendió su lámpara para acostarse, sin dejar de pensar en la extraña actitud de Juan. ¿Era huraño en demasía, o le retraía el temor de verse rechazado porque carecía de bienes de fortuna? Ella estuvo por habérselo preguntado sencillamente; pero Silvestre, a quien dió cuenta de su proyecto, le hizo observar con mucha cordura que semejante cosa parecería mucho atrevimiento en una joven soltera, y que ya se murmuraba en Paimpol de su aire distinguido y de su manera de vestir.
Margarita iba despojándose de sus ropas con la lentitud distraída de la mujer que sueña despierta: primero se quitó su cofia de muselina; luego su traje de corte elegante al uso de las ciudades, que arrojó de cualquier modo sobre una silla. A estas prendas siguió el largo corsé de señorita, que daba bastante qué decir a las gentes de Paimpol a causa de su corte parisiense. Entonces su talle, ya libre, apareció aún más perfecto con sus líneas naturales, que eran a la vez llenas y suaves como las de las estatuas de mármol, y que, cambiando de aspecto a cada uno de sus movimientos, prestaban a las posturas de la joven indefinible encanto.
Luego deshizo las dos trenzas que en figura de caracoles se enrollaban por encima de sus orejas, y dos robustas matas de pelo cayeron sobre su espalda como gruesas serpientes muy pesadas: en seguida se las arregló a modo de corona, en lo alto de la cabeza, por ser el tocado más cómodo para dormir. Con aquel sencillo peinado y su perfil recto, la bella bretona parecía una virgen romana. Por fin la venció el sueño...
En su cabaña de Ploubazlenec, la vieja abuela Moan había concluido también por dormirse con el sueño helado de los ancianos, soñando con su nieto y con la muerte.
Y a aquella misma hora, a bordo de la María, sobre el mar boreal, que estaba aquella noche un poco inquieto, Juan y Silvestre se cantaban canciones el uno al otro, sin abandonar un punto su pesca a la luz del día sin fin.

VI

Había pasado un mes: estamos en Junio. Alrededor de la Islandia reinaba ese tiempo raro que los marinos llaman calma chicha, es decir, que nada se movía en el aire, como si las brisas todas estuviesen aniquiladas.
El cielo se había cubierto de un gran velo blanco, que allá abajo, hacia el horizonte, pasaba a los grises plomizos, a los reflejos pálidos del estaño. Espejo de aquella bóveda triste, las aguas inertes tenían también una brillantez lívida que fatigaba los ojos y daba frío.
Noche eterna o eterna mañana: he aquí lo que era imposible de discernir. Allí estaba el sol siempre, para presidir a aquel resplandecer de cosas muertas, muerto él también, casi sin contornos, agrandado hasta lo inmenso por un halo velado.
Juan y Silvestre, a la vez que pescaban el uno al lado del otro, se entretenían en cantar el Juan Francisco de Nantes, la canción que no se acaba nunca, cuya monotonía misma les distraía y les hacía mirarse con el rabillo del ojo para reírse de la especie de travesura infantil con que ensartaban coplas y más coplas del Juan Francisco, como si cantasen en competencia.
La María proyectaba sobre la superficie del mar una larga sombra, que parecía verdosa en medio de aquella extensión pulimentada que reflejaba las blancuras del cielo. En todo lo que ocupaba aquella sombra, se podía distinguir por la transparencia del agua lo que pasaba bajo las ondas: miríadas y miríadas de peces, todos iguales, se deslizaban suavemente en la misma dirección, como persiguiendo un mismo fin de su perpetuo viaje. Eran los bacalaos, que ejecutaban sus evoluciones, guardando en su marcha notable paralelismo. A veces, con un coletazo brusco, se volvían todos a un mismo tiempo, mostrando su brillante vientre plateado, y a poco, el mismo coletazo, la misma vuelta, se propagaban en el banco entero por ondulaciones lentas, como si millares de láminas de metal hubiesen despedido entre dos aguas un pequeño relámpago cada una.
El disco solar, ya muy bajo, iba descendiendo más todavía, indicando la proximidad de las horas que en nuestras latitudes corresponden a la noche. A medida que se aproximaba a las zonas de color de plomo que avecinaban el mar, tornábase amarillento, y su círculo se dibujaba más claro, más real. Se le podía mirar, como se mira a la luna, sin que la vista se sintiese ofendida lo más mínimo.
Alumbraba, sin embargo; pero hubiérase dicho que no se hallaba situado muy lejano en el espacio: creeríase que yendo en un barco nada más que hasta el extremo del horizonte, se tropezaría con aquel gran globo triste, flotando en el aire a algunos metros sobre las aguas.
La pesca iba bien y de prisa; mirando a través del agua se veía perfectamente a los bacalaos morder el cebo con un movimiento de glotonería, y sacudirse en seguida al sentirse pinchados por el anzuelo, con lo que sólo conseguían clavárselo mejor. Y de minuto en minuto los pescadores tiraban de su cordel, arrojando el animal palpitante al encargado de abrirle el vientre y sepultarlo en el barril de sal con sus congéneres.
La flotilla de los barcos paimpoleses estaba esparcida sobre el tranquilo espejo, animando con su presencia aquellas soledades. Aquí y allí se divisaban a lo lejos las velas, desplegadas nomás que por la forma, pues ya hemos dicho que no se sentía el más leve soplo de brisa.
—¡Oh! Aquel día el oficio de pescador en Islandia era agradable y fácil; casi un oficio de mujer. Juan Francisco armaba un cisco, ¡Juan Francisco! ¡Juan Francisco!
Así seguían cantando, Juan y Silvestre, los dos niños grandes.
Debajo de la cubierta, en la camareta descrita al principio de este relato, ardía siempre el fuego del hornillo, y la boca de escotilla permanecía cerrada para procurar la sensación de la noche a los que tenían necesidad de sueño. Cada cual, concluido su cuarto, se acostaba, cuando le parecía, porque la cuestión de horas no tenía importancia en aquella claridad perpetua,. Con sus matas de lentisco, ¡Juan Francisco! ¡Juan Francisco!
Sin dejar su monótona cantinela, de Juan Francisco, los dos amigos miraban atentamente en el fondo del horizonte gris, un punto apenas perceptible; un penachito de humo de un tono algo más obscuro que el del cielo.
Su vista, ejercitada en sondear las profundidades, no tardó en discernir lo que era aquello. —¡Un vapor a la vista!
Tengo idea —dijo el patrón después de mirar a su vez atentamente,— de que es un crucero de guerra que viene a hacer su visita a nuestra flota.
El vago penachito de humo traía a los pescadores noticias de Francia; entre otras, cierta carta de una abuelita, escrita por la mano de una bella joven que no habrán olvidado nuestros lectores.
El buque, en tanto, seguía acercándose; bien pronto se divisó distintamente su casco negro, y se vió que en efecto era el crucero que daba una vuelta por los fiords del Oeste. Al mismo tiempo levantóse una ligera brisa que empezaba a rizar las aguas, muertas hasta entonces, trazando sobre el luciente espejo dibujos de un verde azulado, que se extendían como abanicos o se ramificaban en forma de madréporas; algo como un signo de que se acercaba el fin de la laxitud inmensa de la atmósfera. El cielo, desembarazado de su crespón de nubes, ostentaba ahora tintas más claras. El tiempo experimentaba un cambio rápido, pero que parecía, deber ser poco agradable.
Así que divisaron el crucero, de todos los puntos del mar empezaron a llegar barcos pescadores, que hacían estación en aquellos parajes; barcos bretones, normandos, boloñeses o dunkerqueses. De todos los rincones del horizonte salían velas que iban a reunirse al crucero aprovechando la brisa.
El buque de guerra, que se había parado sobre su máquina, no tardó en hallarse rodeado de barcos pescadores. De cada uno de éstos veíase salir la lancha, llevando a bordo del crucero a hombres rudos, de luengas barbas, ataviados, de una manera, salvaje.
A todos ellos se les ocurría algo que pedir a los tripulantes del crucero: unos querían medicinas, otros necesitaban algún suplemento de víveres; muchos reclamaban utensilios para practicar una pequeña, reparación; los más, preguntaban si había, cartas para, sus barcos respectivos.
No faltaban, en efecto, cartas para los islandeses. Había entre, otras muchas, dos para la María: la una para Juan Gaos y la otra para Silvestre Moan, esta última venida por la vía de Dinamarca a Reickavick, donde la había recogido el crucero. El contramaestre iba distribuyendo las cartas, que sacaba de una valija de lona, no sin que le costara bastante trabajo leer los sobres, generalmente escritos por manos nada hábiles en la caligrafía.
El comandante gritaba, sobre el puente:
—¡Vivo, acabar pronto, que baja el barómetro! Juan y Silvestre, sentados en un rincón del puente de la María, leían sus cartas al resplandor del sol de media noche, que les enviaba desde lo alto del horizonte su luz de astro muerto.
En la carta recibida por Juan, halló Silvestre noticias de su prometida, María Gaos, así como en la destinada a Silvestre, leyó Juan las historias graciosas relatadas; en ella por la vieja abuela Moan, que no tenía igual en lo de distraer a los ausentes, sin que se le pasara por alto la última línea, que decía: "Expresiones de mi parte al chico de Gaos".
Luego de leídas las cartas, Silvestre enseñaba tímidamente la suya a su amigote, encomiándole lo elegante de la letra:
—Mira, mira qué escritura tan bonita, ¿es verdad, Juan?
Pero, Juan, que sabía divinamente de quién era aquella letra tan bonita, volvió la cabeza encogiéndose de hombros, como dando a entender que ya empezaban a aburrirle las constantes alusiones de Silvestre a la bella Margarita Mével.
Viendo aquel ademán, el buen muchacho dobló cuidadosamente su carta y la guardó en el bolsillo de su camiseta, diciendo para sus adentros:
—Decididamente, nunca se casará con ella. Pero ¿qué diablos de prevención ha tomado éste contra Gaud?
Ambos permanecieron una porción de tiempo abismados en sus reflexiones, pensando en el país, en los ausentes, en mil cosas.
El eterno sol de aquellas regiones, que había tocado un poco las aguas con su disco, volvió a elevarse lentamente. Era la mañana.

VII

También el sol de Islandia había cambiado de color y de aspecto, y abría el nuevo día con un amanecer siniestro.
Hacía demasiado buen tiempo de algunos días a aquella parte, y claro era que semejante estado de la atmósfera no podía durar siempre. El viento soplaba sobre aquel conciliábulo de naves como si experimentase la necesidad de dispersarlas. En efecto, comenzaban a desparramarse por el mar como un ejército en derrota sólo ante aquella amenaza escrita en los aires.
El viento arreciaba por momentos haciendo estremecer a hombres y barcos. Las olas, pequeñas todavía, empezaban a correr las unas tras las otras, a agruparse, a cubrirse en sus crestas de espuma blanca, con un rumor de hervidero continuo. No se pensaba ya en la pesca, sino en la maniobra. Cada barco, por su parte, se apresuraba a escapar; unos tratando de llegar a tiempo para buscar abrigo en los fiords otros preferían remontar la punta Sur de Islandia, encontrando más seguro para ellos tomar el largo y tener delante el espacio libre, para huir viento en popa. Todavía se divisaban los unos a los otros; por doquiera, surgían velas de la sima de las olas, como otras tantas cosas débiles, fatigadas, fugitivas, pero sosteniéndose, sin embargo, a la manera de esos monigotes con que Juegan los niños, y que se tumban al menor soplo, pero que siempre se vuelven a poner derechos por sí solos.
El crucero había marchado en busca de los abrigos de la costa de Islandia, dejando solos a los barcos pescadores sobre aquel mar alborotado, que a cada momento tomaba peor aspecto. Las distancias íbanse aumentando entre ellos, y pronto debían perderse de vista.
Algunas horas habían bastado para trastornarlo todo en aquella región poco antes tan tranquila; al silencio de antes oponía ahora la Naturaleza un espantoso ruido. ¿A qué semejante agitación, inútil, inconsciente, sobrevenida con tal rapidez? ¡Qué misterio de ciega destrucción!
Las nubes acababan de desplegarse en el aire, viniendo siempre del Oeste, apresuradas, invasoras, obscureciéndolo todo. Sólo algunos desgarramientos del toldo gris dejaban entrever todavía algún rayo de sol, y el mar, de color verdoso, se esmaltaba más y más de espumas plateadas.
Al mediodía, la María había concluido de tomar sus disposiciones de mal tiempo, cerrando sus escotillas y cargando sus velas mayores. Elevándose flexible y ligera sobre las olas, tenía un aspecto juguetón, como los grandes pescados a quienes divierten las tempestades. "Huía, delante del tiempo", como dicen los marinos, sin más vela desplegada que la mesana.
También el tiempo huía delante de no sabemos qué cosa misteriosa y terrible. El viento, el mar, la María, las nubes, todo parecía dominado por el mismo pánico y el mismo afán de fuga velocísima. El viento sobre todo. Luego, las masas de olas, más pesadas, más lentas, corriendo tras de él; después, la María, arrastrada en el movimiento de todas las cosas. Las olas la perseguían con sus crestas lívidas que rodaban en una caída perpetua: ella, siempre alcanzada, rezagada siempre, conseguía escaparles por medio de una hábil estela que dejaba por la popa; de un remolino en que se quebrantaba su furor.
Aquello no cesaba; antes bien iba siempre en aumento, y las olas se sucedían unas tras otras en largas cadenas de montañas, interrumpidas por sombríos valles. Era un tiempo bien duro, que reclamaba toda la vigilancia de los tripulantes de la María.
Juan y Silvestre estaban a la barra del timón, atados por la cintura para no ser arrebatados por una ola. Todavía seguían cantando el Juan Francisco, a voz en grito, contrariados de no poder oírse a sí mismos a causa del formidable ruido de los elementos.
—¡Ah de los muchachos! —gritó el patrón Germeur, pasando su cara barbuda a través de la boca de escotilla.— ¿Huele, ahí a moho?
No olía, por cierto, a moho sobre la cubierta barrida a cada instante por las olas.
Los dos timoneles contemplaban aquel espectáculo, sin miedo, como gentes que tienen confianza en su vigor propio y en la solidez de su barco, no menos que en la poderosa protección de la Virgen de barro pintado que, en treinta años de viajes a Islandia, había asistido a las luchas de la María con el mar siempre risueña entre sus ramos de flores contrahechas. Subido encima de un risco, ¡Juan Francisco! ¡Juan Francisco!
Y sin dejar su monótona canción, Juan y Silvestre trataban de mantenerse bien asidos a la barra: revestidos con sus trajes de tela embreada, eran duros y relucientes como la piel de los tiburones.
A cada masa de agua que caía sobre ellos, los dos compañeros se miraban, sonriéndose a la idea de que iban teniendo las barbas en salmuera como sus bacalaos.
Pero a la larga, tanto resistir a aquel furor de los elementos, que no se apaciguaba nunca, que siempre tenía el mismo grado de paroxismo exasperado, se les hacía extremadamente fatigoso. La cólera de los hombres y de las bestias se calma y desaparece pronto; pero la de las cosas inertes, sin causa y sin objeto, es inacabable,. ¡Juan Francisco! ¡Juan Francisco!
Todavía no abandonaban la vieja copla, que salía ahora de sus labios, cárdenos por el frío, como una cosa afónica, murmurada de vez en cuando inconscientemente. El exceso de movimiento y de ruido les había puesto como ebrios: fuertemente agarrados a la barra, como atornillados a ella, hacían con sus manos crispadas y lívidas los esfuerzos que exigía el gobernalle, casi sin pensar en ello, por simple hábito de los músculos. Ya no se veían; solamente tenían la conciencia de que estaban el uno junto al otro. En los instantes de más peligro, cada vez que detrás de la popa se erguía una nueva montaña, de agua ruidosa, amenazadora, atropellando su barco con un gran rumor sordo, una de sus manos se agitaba, haciendo involuntariamente la señal de la cruz.
No se acordaban ya de nada; ni de Gaud, ni de mujer ni matrimonio alguno. Ya no eran más que dos Pilares de carne rígida que sostenían la barra de un timón; dos animales vigorosos que se sujetaban allí, por instinto, para no morir.

VIII

Estamos en Bretaña, a mediados del mes de septiembre.
Margarita, completamente sola, caminaba por la landa de Ploubazlenec, en la dirección de Pors-Even.
Hacía más de un mes que los barcos de la pesca en Islandia habían regresado a sus puertos respectivos, a excepción de dos que perecieron en la tempestad que también puso en peligro a la María. Esta se contaba entre los que habían escapado a sus furores, y Juan, con sus demás compañeros, descansaba tranquilamente de las fatigas de su expedición.
Gaud, puesto que por este nombre era conocida en el país, se sentía muy turbada a la idea de que iba a casa de Juan, a quien sólo había visto una vez desde su vuelta de Islandia, con motivo de la partida de Silvestre para el servicio de la marina. Todos, parientes y amigos, habían acompañando al quinto hasta dejarlo en la diligencia: él, llorando un poco; la vieja abuela Moan, llorando mucho. Juan figuraba entre los circunstantes; pero como había muchas otras familias que iban con igual objeto, ni él pareció fijarse en Gaud, ni ella encontró medio de hablarle.
He aquí por qué tomó al fin la gran resolución de ir en persona a casa de Gaos, aprovechando un pretexto oportuno que la casualidad le deparara.
Su padre había tenido, hacía tiempo, algunos intereses comunes con el de Juan: uno de esos negocios complicados que entre pescadores, como entre campesinos, no se acaban nunca, y como consecuencia del cual le estaba adeudando unos cien francos.
—Deberíais —había dicho Margarita a su padre,— dejarme llevar ese dinero a Pors-Even en primer lugar, me alegraría de ver a María Gaos, y además ese largo paseo me serviría de distracción.
En el fondo, sentía una gran curiosidad por aquella familia de Gaos en la que tal vez entraría ella un día, como la experimentaba por la aldea y por la casa que habitaban.
En una de las últimas conversaciones que tuvo con Silvestre antes de la partida de éste, el chico le había explicado a su manera la hurañez de su amigo.
—Mira, Gaud —le decía,— es que él es así; no quiere casarse con nadie, porque es un raro. No quiere de veras más que al mar; hasta recuerdo que una vez nos dijo por broma que quería casarse con las olas.
Tales explicaciones influían en que ella lo perdonase su brusquedad, y evocando en su memoria el recuerdo de las amables atenciones que Juan le guardó la noche del baile, volvía a su corazón la esperanza.
Si por feliz coincidencia le encontraba en su casa, nada pensaba decirle, seguramente no tenía la intención de mostrarse tan atrevida; pero tal vez él, al verla tan de cerca, se decidiera a hablar.

IX

Hacía una hora que marchaba apresuradamente, respirando la saludable brisa del mar.
De trecho en trecho atravesaba una de esas pequeñas aldeas de marinos, perennemente combatidas por el viento y que toman a fuerza de años el color de las rocas que les sirven de asiento. En una de ellas, en que el sendero se estrechaba bruscamente entre paredes sombrías y techos pajizos, puntiagudos como chozas célticas, la hizo sonreír la muestra de una taberna, en la que había pintarrajeados dos chinos, vestidos de verde y rosa, con sus sendas, trenzas colgando, y bebiendo sidra. Debajo se leía, este letrero: A la sidra de China
Sin duda una fantasía de algún marinero que había visitado los puertos del Celeste Imperio.
Todo lo iba mirando al paso. Las gentes a quienes preocupa mucho el objeto de su viaje, se entretienen más que las otras con los mil detalles del camino.
Después de la pequeña aldea, a medida que Gaud avanzaba sobre aquel último promontorio de la tierra bretona, iba viendo menos árboles, y el campo cobraba un aspecto más triste. El terreno era quebrado, roquizo, y desde todas las alturas se divisaba el mar.
Un poco más allá, los árboles faltaban por completo; no había más que la landa, pintada a trechos por el verde de los juncos, y aquí y allí los divinos crucifijos elevados por la piedad de los pescadores, recortando sobre el cielo el contorno de sus grandes brazos en cruz, que daban a aquel trozo, de comarca el aspecto de un inmenso patíbulo.
Al llegar a una encrucijada, guardada por uno de aquellos Cristos enormes, vacilaba entre dos senderos que le deslizaban entre vallados de espinas, cuando apareció una niña que le dirigió este saludo:
—¡Buenos días, señorita Gaud!
Era precisamente una hermanita de Juan Gaos. Después de haberla besado, Margarita le preguntó si sus padres estaban en casa.
—Papá y mamá, sí están —contestó la niña— Mi hermano Juan es el que no está, porque ha ido a Loguivy; pero no debe tardar mucho.
¡No estaba en casa! Continuaba aquella especie de conjuro que los alejaba al uno del otro, siempre y en todas partes.
De buena gana hubiera diferido su visita para otra ocasión; pero aquella niña que la había visto, hablaría de seguro, y ¿qué comentarios harían en Pors-Even? Esta reflexión la decidió a proseguir su camino, aunque con toda la lentitud posible, para dar tiempo a que Juan regresara.
A medida que se aproximaba a la aldea en que habitaba la familia Gaos, el aspecto del terreno era más rudo y desolado. El gran aire del mar, que hacía a los hombres más fuertes, también hacía a las plantas más bajas, más cortas, más aplastadas contra el duro suelo.
Gaud solía encontrarse en el camino con algunos transeúntes, gentes de mar, a quienes se divisaba desde larga distancia en aquel terreno llano, destacándose sobre la línea alta y lejana de las aguas. Pilotos o pescadores, todos parecían estar siempre vigilando los lejos, velando sobre el largo. Al pasar, le daban los buenos días.
¿Qué haría, Juan Gaos en Loguivy? Tal vez cortejaba a las muchachas.
¡Ah! ¡Si Margarita hubiera sabido cuan poco le preocupaban a él las muchachas! No; no tenían los devaneos parte alguna en la excursión de Juan a Loguivy era, sencillamente que había ido a encargar tinas nasas de las que se usan en Bretaña para pescar la langosta. Ningún pensamiento amoroso ocupaba su imaginación en aquel momento.
Caminando siempre en la dirección de Pors— Even, llegó a una capilla que, se divisaba desde lejos sobre una altura. Era una capillita muy pequeña y muy vieja, a la que formaban como una corona algunos árboles, grises y viejos como ella, y cuyas ramas estaban todas inclinadas hacia el mismo lado, como doblegadas por el impulso de una mano invisible.
Aquella mano era la misma que sumergía las barcas de pescadores; la mano eterna de los Vientos del Oeste.
Gaud tocaba ya, al término de su viaje, puesto que la capilla era la que servía de iglesia a Pors-Even, Y decidió entrar en ella, con objeto de tardar un poco más.
Un pequeño muro, medio derruido por los años, formaba en torno de la capilla un cercado, encerrando varias cruces. Todo aquello tenía el mismo tono gris sombrío; la capilla, los árboles, las tumbas: el sitio entero parecía uniformemente empañado, roído por el viento del mar. Un mismo liquen plomizo, con manchas de un amarillo pálido de azufre, cubría las piedras, las nudosas ramas, los santos de granito encerrados en las hornacinas del muro.
Sobre una de las cruces de madera se leía este nombre, escrito en gruesas letras blancas: Gaos (José), ochenta años.
Margarita había oído hablar alguna vez de aquel Gaos, el abuelo de Juan, viejo marino a quien el mar había desdeñado. Sin duda alguna, varios antepasados y parientes de Juan debían dormir el sueño eterno en aquel recinto: era una cosa natural, que no tenía para qué haberla sorprendido, y, sin embargo, aquel nombre, leído sobre una sepultura, le causó una impresión penosa.
Con el objeto de entretenerse algún tiempo más, entró a rezar una oración bajo el antiguo pórtico, pequeño, carcomido, embadurnado con cal blanca. Pero una vez allí volvió a detenerse, sintiéndose de nuevo el corazón oprimido.
¡Gaos! ¡aún seguía persiguiéndola aquel nombre, que ahora veía grabado sobre una de esas lápidas funerarias que se colocan en los muros de los templos, para conservar el recuerdo de los que han perecido en alta mar. La inscripción de la lápida decía de este modo:
A la memoria de GAOS (JUAN LUIS),

de edad 24 años, marinero a bordo de la Margarita,

desaparecido en Islandia, el 3 de agosto de 1877.

¡Descanse en paz!


¡La Islandia, siempre la Islandia! Todo el muro a la entrada de la capilla, estaba lleno de lápidas, con nombres de marinos muertos en naufragios; un panteón de los náufragos de Pors-Even. Es cierto que en la iglesia de Paimpol también había visto inscripciones análogas; pero en aquella capillita de la pobre aldea, la tumba vacía de los islandeses parecía más miserable, más desolada, más salvaje. Había a cada lado del pórtico un banco de granito donde se sentaban las madres, y las viudas para llorar a sus anchas, y el todo formaba como una especie de gruta, baja de techo, guardada por la imagen de una Virgen groseramente tallada y pintada de un rosa chillón.
La joven siguió leyendo las pavorosas inscripciones:

En recuerdo de GAOS (FRANCISCO), esposo de Ana María Goaster,

capitán del Paimpolés, perdido en Islandia, del 1al 3 de abril de 1877,

con 23 hombres que componían su tripulación.

¡Descansen en Paz

!
Al pie de esta lápida, había pintadas dos tibias en cruz y un cráneo con ojos verdes, pintura ingenua y cómicamente lúgubre, que tenía el perfume de barbarie de la edad antigua.
Otra de las lápidas estaba destinada, a guardar la memoria de Gaos (Santiago), arrebatado de su barco por las olas y desaparecido en las inmediaciones de Norden-Fjord, en Islandia, a la edad de veintidós años. La tal lápida parecía colocada allí desde hacía muchos años. ¿Quién se acordaba, ya de Santiago Gaos?
A la vez que, leía las sombrías inscripciones, Margarita sentíase asaltada de indefinibles ternuras por Juan, mezcladas con algo de desesperación. ¡Jamás le pertenecería! ¿Cómo había de disputárselo al mar, cuando en él habían hallado su tumba tantos otros Gaos antepasados o cercanos parientes suyos que debían tener con él íntimos puntos de contacto?
Entró, por fin, en la capilla, apenas iluminada por la débil luz que dejaban penetrar sus ventanas. Allí, con el corazón henchido de lágrimas que pugnaban por asomar a los ojos, se arrodilló para orar ante los santos y las santas, rodeados de groseras flores contrahechas, que casi tocaban la bóveda con sus cabezas. Fuera del sagrado recinto, el viento que se levantaba comenzaba a gemir, como llevando al país bretón la última queja de los marinos muertos.
Declinaba la tarde, y cualquiera que fuese la repugnancia de Margarita a cumplir el objeto de su viaje, le era preciso decidirse a hacer su visita a los Gaos vivos y ejecutar su comisión. Tornó, pues, a emprender el camino y después de haber preguntado en la aldea, encontró la casa de los Gaos, a la que daban acceso doce escalones de granito. Un poco temblorosa a la idea de que Juan podría estar ya de vuelta, atravesó un jardincito donde, brotaban crisantemas y verónicas.
Al entrar en la habitación que servía de recibimiento, sus ojos buscaron a Juan entre la gente que la ocupaba, pero no lo vió.
Con gran cortesía rogáronle que tomara asiento hasta que llegara, el viejo Gaos, jefe de la familia, que le firmaría el recibo del dinero.
Todo el mundo estaba muy ocupado en la casa. Sobre una gran mesa de pino había medio extendida una pieza de tela, en la que cortaban trajes de marinero, que después de ser embreados, debían servir para la próxima temporada de pesca en Islandia.
—Ya veis, señorita Gaud —le decían;— cada pescador necesita tres trajes de éstos para la temporada.
Y le explicaban la operación de encerarlos y embrearlos, para hacer impermeable la tela. Mientras tanto que le referían el modo de proceder, con toda clase de detalles, los ojos de Margarita recorrían atentamente la habitación.
Hallábase ésta amueblada a la manera tradicional de las cabañas bretonas: ocupaba el fondo una inmensa chimenea, y a los lados estaban las camas, que afectaban la forma de armarios superpuestos unos sobre otros. Sólo que no había allí la obscuridad y la melancolía propias de los alojamientos de jornaleros del campo, sino la claridad y limpieza peculiares a las casas habitadas por gentes de mar.
Había allí, además de varios pequeños Gaos, niños y niñas, sin contar otros dos mayores que estaban navegando, una rubita, triste y muy ataviadita, que no se parecía a los demás.
—Esta niña la hemos adoptado el año último —explicó la mujer del viejo Gaos;— no son niños lo que a nosotros nos faltan; pero, ¡qué queréis, señorita, Gaud! Su padre era marinero de la María amada de Dios, que se perdió en Islandia, como sabéis, y entre los amigos nos hemos repartido los cinco huérfanos.
Oyendo que hablaban de ella, la pobre rubita bajó la cabeza con una sonrisa de rubor, escondiéndose detrás del pequeño Lorenzo Gaos, que era su preferido.
Todo el mundo se esmeraba por recibir bien a Gaud, como una visita que hacía honor a la casa, y la hicieron subir a la habitación del piso superior, que era, como si dijéramos, el orgullo de la familia.
La habitación era linda y alegre en su blancura inmaculada. Había en ella dos camas, a la moda de las ciudades, con sus cortinas de reps color de rosa, y en el centro una gran mesa cubierta con un hule. Desde la ventana se divisaba todo Paimpol, con su rada, donde estaban anclados los barcos pescadores, y el canalizo, por donde emprendían anualmente su viaje a Islandia.
—No se atrevía Gaud a preguntar; pero de buena gana se hubiera informado en dónde dormía Juan. Evidentemente, cuando niño había debido dormir en el piso bajo, en uno de aquellos lechos antiguos que tenían la forma de un armario; pero, sin duda, ahora su cama debía ser una de las dos modernas, con vistosas colgaduras rosa. ¡Cuánto hubiera ella deseado estar al corriente de los detalles de su vida, saber, sobre todo, en qué pasaba las largas noches del invierno!
Los pasos de alguien que subía por la escalera de madera, la hicieron estremecer.
—No; no era Juan, sino un hombre que se le parecía mucho, a pesar de sus cabellos blancos, y que, como él, tenía una estatura elevada: era Gaos el padre, que volvía de sus quehaceres.
Después de haberla saludado atentamente y haberse informado de los motivos de su visita, le extendió su recibo, en cuya operación tardó no poco tiempo, porque ya no tenía el pulso muy seguro. Hizo la salvedad de que no aceptaba, los cien francos como la cancelación definitiva del asunto pendiente por la venta de la barca, y sí en concepto de cantidad recibida a cuenta, pero, en fin, ya hablaría él de ese negocio con el señor Mével. Gaud, a quien las cuestiones de dinero interesaban poco, sonrió imperceptiblemente: bien sospechaba ella que el negocio no se daría por terminado; pero se alegraba, por que así tendría nuevos pretextos para volver a casa de los Gaos.
El viejo creyó del caso excusar la ausencia de su hijo, pensando para sus adentros que hubiera sido más decoroso que la familia entera hubiese estado reunida para recibir aquella visita, para ellos ceremoniosa. Tal vez había adivinado, con su malicia de antiguo marino, que su hijo no era del todo indiferente a la bella heredera de Mével, porque se notaba que hablaba de él con cierta insistencia.
—Me asombra, —decía,— que mi hijo Juan esté todavía fuera de casa. Ha ido a Loguivy a comprar unas nasas para coger langostas: ya sabéis, señorita Gaud, que ésa es nuestra gran pesca de invierno.
Margarita se hacía la distraída para prolongar por más tiempo su visita, no obstante tener la conciencia de que se estaba demasiado tiempo; pero ¡le era tan duro irse sin verle, después de haberle costado un paseo tan largo!
—Un muchacho tan juicioso como él —continuaba diciendo el padre,— no sé qué diablos puede hacer por ahí fuera. En la taberna estoy seguro de que no está: mi hijo no la frecuenta. No digo que no vaya alguna vez los domingos, con sus amigos... Ya sabéis, señorita Gaud, los marinos gustan de un rato de broma, sobre todo cuando son jóvenes. Pero de todos modos; es una cosa rara en él; podemos lisonjearnos de tener un hijo muy juicioso.
Entretanto la noche se echaba encima; la —pieza de algodón había vuelto a ser doblada, y el trabajo de costura había concluido por aquel día. Los pequeños Gaos, entristecidos por la proximidad de la noche, se apretaban unos contra otros, sentados en un banco, y miraban a Gaud, como diciendo:
—Ya que ha desempeñado su comisión, ¿por qué no se marcha?
La leña encendida de la chimenea empezaba a iluminar la habitación con su llama roja, en la tinta gris del crepúsculo que caía.
—Deberíais, quedaros a cenar con nosotros, señorita Gaud —le dijo la madre.
¡Ah, no! no podía; hasta le daba vergüenza de haberse estado de visita tanto tiempo. Y levantándose se despidió de la familia.
El señor Gaos se levantó también, con objeto de acompañarla una parte del camino; hasta más allá de cierto barranco aislado, donde viejos árboles formaban un pasaje obscuro y medroso.
Mientras caminaban al lado uno del otro, Margarita, se sentía poseída de respeto y de ternura hacia el antiguo marino; tenía ganas de hablarle como se habla a un padre; pero las palabras se le quedaban detenidas en la garganta, no osaba decirle nada,.
¡Qué lejos estaba Pors-Even de su casa, y cuánto había tardado!
De vez en cuando se cruzaban con gentes que volvían de Paimpol o de Loginvy: siempre que apercibía a lo lejos una silueta de hombre, pensaba en Juan, y cada vez sufría una decepción.
Llegados a la cruz de Plouezoch, saludó al viejo, rogándole que no se molestara más. Distinguíanse ya las luces de Paimpol, y no había motivo alguno para que tuviese miedo.
Decididamente, no tenía ya que abrigar esperanza de ver a Juan... ¡quién sabe cuándo volvería a tenerla!...
Ciertamente, no habían de faltarle pretextos para volver a Pors-Even; pero sería demasiado desairado para ella el hacer tantas visitas; debía ser más animosa y tener más orgullo. Si al menos hubiera estado allí su buen Silvestre, le hubiera encargado de proporcionarle discretamente una entrevista con su amigo, a fin de que cesaran aquellas nebulosidades; pero Silvestre estaba ausente, ¡sabe Dios por cuánto tiempo!

X

¿Casarme yo? decía Juan a sus padres aquella misma, noche. —¿Y para qué había yo de casarme? ¿Con quién había de vivir tan dichoso como aquí con vosotros? Aquí no tengo cuidados ni discusiones con nadie, y cuando vuelvo de la mar, me lo encuentro todo hecho. Por supuesto, que comprendo perfectamente que si me habláis de casamiento, es a causa de la visita que habéis tenido hoy; pero la verdad, una joven rica como esa, querer emparentar con pobres cómo nosotros, no lo veo claro... y en fin, ni con ésa ni con ninguna. Yo no quiero casarme.
Los dos viejos Gaos se miraron en silencio profundamente, contrariados, puesto que después de bien madurado el asunto, para ellos era más que probable, que la bella Margarita no rehusaría a un muchacho honrado y guapo como Juan. Conocían la obstinación de éste, y por lo tanto sabían que era inútil insistir. La madre, sobre todo, inclinó la cabeza, y no volvió a pronunciar una palabra, acostumbrada como estaba a respetar las voluntades del hijo mayor, a quien consideraba como el futuro jefe de la familia, por más que constantemente se mostrase tierno y afectuoso para ella, y sumiso como un niño para las pequeñas cosas de la vida, pero no ignoraba, la buena señora, que para las grandes no se reconocía otro dueño absoluto que él mismo, y que sabía escapar a toda presión, con un espíritu de independencia tranquilamente feroz.
Juan nunca se acostaba tarde, habituado, como los demás pescadores, a levantarse antes del alba. A las ocho, después de haber cenado y echar una última ojeada de satisfacción a sus nasas de Loguivy y a sus redes nuevas, subió a acostarse en la cama con colgaduras de reps color de rosa, que compartía con el más pequeñito de sus hermanos.

XI

Quince días hacía ya que Silvestre, el confidente de Margarita, estaba en el cuartel de Brest. El muchacho se encontraba completamente fuera de su centro, pero continuaba haciendo una vida ejemplar. Daba gusto verle con el traje de marinero del Estado, que sentaba perfectamente a su alta estatura.
No estaba descontento de su suerte, si bien, en el fondo, echaba muy de menos a su vieja abuelita, y a pesar del continuo roce con marineros de suyo dados a divertirse, seguía siendo el mismo muchachón inocente de siempre.
Una sola noche se emborrachó con otros paisanos suyos, porque tal era la costumbre establecida; aquella noche regresaron al cuartel cogidos del brazo y cantando a grito herido.
Otro domingo, sus paisanos y él habían ido al teatro, a las galerías altas. Hacíase un drama donde figuraba un traidor repugnante, a quien los marineros acogían cada vez que se presentaba en escena, con un ¡huúú! que resonaba con rumor profundo, como el del viento del Oeste. Silvestre tenía allí demasiado calor, y hasta intentó quitarse la chaqueta, lo cual le valió una reprimenda del oficial que les acompañaba. Antes de finalizar la representación, ya se había quedado dormido.
A veces, cuando volvía de noche al cuartel, solía encontrarse con ciertas damas, que le decían con voz aguardentosa: —¡Oye, muchacho!
Pero Silvestre, acordándose de su vieja abuelita y de su novia, María Gaos, no les contestaba más que con una mirada desdeñosa.
En Brest, como en su país y como en Islandia, Silvestre permanecía casto. Sin embargo, sus compañeros no se mofaban de él, porque tenía fuerzas hercúleas, cosa que inspira respeto a los burlones.

XII

Cierto día, fué llamado a la oficina del cuartel era para anunciarle que le habían destinado a la China, a la escuadra que operaba delante de la isla Formosa.
Ya había él sospechado que las cosas acabarían por ahí, porque oyó decir a los que leían periódicos, que la guerra con la China no llevaba trazas de concluirse. También lo previnieron los jefes que, siendo urgente la partida de los marineros destinados a la escuadra de Formosa, no podrían darle la licencia temporal que es costumbre conceder a los que van a campaña, para despedirse de, su familia: había que ponerse en marcha dentro de cinco días.
El chico se sintió extremadamente turbado aquella noticia, para, él, era el encanto de los grandes viajes, de lo desconocido, de, la guerra; pero era, también la angustia. de abandonarlo todo, con la vaga inquietud de no volver.
Mil cosas daban vueltas en su cabeza. En torno suyo se multiplicaba el ruido, porque un gran número de marineros de los alojados en el cuartel habían sido designados, como él, para formar parte de la expedición a China.
Y sin perder un momento escribió a su pobrecita abuela, diciéndole que quería verla antes de partir.

XIII

Dos días después, los compañeros de Silvestre sonreían de ver a éste paseándose por las calles de la población con una mujer del brazo, inclinándose hacia ella, con aire de ternura, para decirle al oído cosas que parecían ser muy dulces, a juzgar por la complacencia con que ella las escuchaba.
Vista de espaldas, aquella mujer tenía un aspecto bastante juvenil y despabilado, con su falda corta, su chal obscuro y su gran cofia de paimpolesa.
—¡Un poquillo vieja es la novia de Silvestre! —decían los marineros.
La apreciación de éstos estaba exenta de toda malicia: bien veían que se trataba de una anciana que iba a despedirse de su nieto.
La buena señora se había apresurado a marchar a Brest, sobrecogida de espanto por la noticia de la próxima partida de Silvestre, porque aquella maldita guerra de China había costado ya no pocos marinos al país de Paimpol. Había, pues, reunido sus pobres economías, arreglado en una cartonera su traje de los domingos y una cofia nueva, y puéstose en camino para abrazar una vez más al nieto de su corazón.
La señora Moan se quedó maravillada viendo a Silvestre tan guapo con su uniforme, su barba negra cortada en punta a la moda de los marinos de guerra, su cuello, abierto que dejaba ver la limpia camiseta, y su gorra adornada con dos largas cintas que llevaban estampadas en su extremidad unas anclas de oro.
Por un instante imaginóse tener delante a su hijo Pedro, que veinte años antes había sido también gaviero de la escuadra, y el recuerdo de aquel remoto pasado, de todos aquellos muertos, proyectaba sobre el momento presente una sombra triste.
Pero la alegría de verse juntos no tardó en desvanecerla.
La señora Moan, queriendo hacer las cosas grandemente, convidó a comer a su nieto en un figón cuyos dueños eran paimpoleses, y que le había sido recomendado por la modicidad de sus precios. Después de comer, siempre cogidos del brazo, se fueron a dar un paseo por Brest, recreándose en contemplar los escaparates de las tiendas, en los que se veían cosas que sugerían a la señora Moan las más ingeniosas ocurrencias.

XIV

Tres días permanecieron juntos; tres días de fiesta sobre los cuales pesaba un después bien sombrío. Como quien dice, los últimos tres días de vida de un condenado a muerte.
Llegó, por fin, el momento en que fué preciso a la buena viejecita separarse del nieto, para volverse a Ploubazlenec, primero y principalmente porque se le había concluido el poco dinero que había conseguido reunir, y luego, porque Silvestre debía embarcarse dentro de dos días, los cuales tenía que pasar precisamente en el cuartel, del que no saldría sino para ir a su barco. Tal es la precaución generalmente, adoptada en vísperas de un largo viaje, contra la tendencia de los marineros a emborracharse antes de emprender la campaña.
¡Cuán amargo fué aquel último día para la pobre abuela! En vano rebuscaba en su imaginación cosas graciosas con que distraer a Silvestre; en lugar de dicharachos y cuentos, eran sollozos los que a cada instante pugnaban por salir de su garganta. No cesaba de hacerle mil recomendaciones, que también a él le hacían sentir ganas de llorar. Por último, concluyeron por entrar en una iglesia para rezar juntos sus oraciones.
La señora Moan tomó el tren de la tarde para regresar a su aldea. Para no gastar dinero inútilmente, fueron a pie hasta la estación: él, cargado con el cartón de viaje de la abuelita; ella, suspendida de su brazo. Estaba fatigada, muy fatigada la pobre anciana, de tanto como había andado en aquellos días. Ya no se sentía con fuerzas para andar derecha y con aire juvenilla vencía el peso de sus setenta y seis años.
Ante la idea de que dentro de algunos momentos tendría que separarse de su nieto, tal vez para siempre, su corazón se desgarraba de una manera horrorosa. ¡Iba a la China, allá, muy lejos, a donde se mataba la gente! Todavía le tenía a su lado; todavía podían tocarle sus manos temblorosas... Y sin embargo, no tendría más remedio que dejarle partir; toda su voluntad, todas sus lágrimas, toda su desesperación, no podían impedir que partiera.
Entorpecida por su billete, por su cesta de provisiones, por sus mitones de lana, agitada, temblorosa, le reiteraba sus últimas recomendaciones, a las cuales contestaba él con un sí muy sumiso, sin dejar de contemplarla con sus ojos dulces de mirar candoroso como los de los niños.
El silbato de la locomotora dejaba oír su ruido estridente, anunciando que el tren iba a ponerse en marcha,. Sobrecogida del temor de quedarse en tierra, arrancó de las manos de Silvestre la cartonera de viaje, que casi a la vez dejó caer de las suyas, para colgarse del cuello de su nieto en un supremo abrazo.
Por fin, empujada por los empleados, aniquilada, sin conciencia de sus actos, subió al primer vagón que se presentó ante su vista, mientras él echaba a correr a fin del dar la vuelta a la estación, y poder llegar a la empalizada exterior a tiempo todavía de verla al paso del tren.
Escuchóse un silbido más estridente que los otros; luego el ruido sordo de las ruedas al ponerse en movimiento. Silvestre, encaramado en la empalizada, agitaba su gorra, y ella, asomada a la ventana del coche, hacía señales con el pañuelo para que él la reconociera. Durante tanto tiempo como le fué posible, mientras pudo distinguir la silueta de su nieto, le siguió con los ojos, gritándole con toda su alma ese hasta la vista, siempre incierto que se les dice a los marinos que parten. Y cuando la sombra querida se perdió en la distancia, la abuela desolada, se dejó caer sobre su asiento, sin cuidarse de que se arrugaba su cofia bien planchada, llorando a lágrima viva, presa de mortal angustia.
En cuanto a Silvestre, se volvió al cuartel, marchando lentamente con la cabeza baja, mientras gruesas lágrimas silenciosas se deslizaban por sus mejillas. Había cerrado la noche, y los mecheros de gas alumbraban la fiesta de los marineros que se despedían de la tierra. Sin hacer caso de nada, atravesó Brest y el puente de la Recouvrance, dirigiéndose a su alojamiento.
—Escucha, niño — murmuraban a sus oídos las voces enronquecidas de aquellas mujeres que había encontrado la noche del teatro.
El buen muchacho apretó el paso, y lloró toda la noche en su humilde coy de marinero.

XV

Navegaba al largo sobre mares para él desconocidos, mucho más azules que el de Islandia.
El buque de vapor que le conducía al extremo Oriente, tenía orden de apresurar su viaje, deteniéndose el menos tiempo posible en los puertos de escala, Silvestre tenía conciencia de estar ya muy lejos de la patria, arrastrado por aquella velocidad igual, incesante, que ni mar ni viento contrario podían amortiguar. Como era gaviero, vivía en la arboladura del barco, evitando así el contacto de los soldados que se amontonaban en el puente.
Dos veces habian hecho escala en la costa de Túnez, para embarcar zuavos y mulos, lo que le permitió contemplar desde lejos varias poblaciones blancas, edificadas unas sobre arenales y otras sobre montañas. Una vez se tomó el trabajo de bajar de la cofa que le servía de observatorio para mirar curiosamente a unos hombres de atezado rostro, envueltos en largas vestiduras blancas, que habían venido a bordo para vender fruta: un compañero le hizo saber que aquellos individuos eran beduinos.
Bastantes días después llegaron a una ciudad que le dijeron llamarse Port-Said, y sobre la cual flotaban todos los pabellones de Europa al extremo de largos mástiles, comunicándole un aspecto de Babel en fiesta.
El buque había fondeado muy inmediato al muelle, en medio, casi, de las casas de madera, que formaban largas calles. Como era la primera vez, desde su partida, que se comunicaba tan de cerca con el mundo exterior, el espectáculo de aquella muchedumbre de gentes y de barcos le distrajo sobremanera.
Todos, aquellos barcos iban enfilando uno tras otro un larguísimo canal [El canal de Suez] estrecho, que corría en línea plateada en lo infinito de las arenas. Subido en lo alto de su cofa, Silvestre los contemplaba marchar en interminable procesión, hasta perderse en la perspectiva del arenal inmenso.
Por los muelles veíanse circular hombres con trajes de todas clases y de todos colores, ocupados, gritando, gesticulando, en la gran actividad del tránsito mercantil. Y llegada la noche, al ruido constante del silbido de las máquinas vino a mezclarse el de una porción de orquestas ambulantes, que tocaban cosas ensordecedoras, como para adormecer la pena de todos los desterrados que pasaban.
Al amanecer del siguiente día, el buque de Silvestre entró a su vez por el estrecho canal que corría entre las arenas, seguido de una larga fila de barcos de todas las naciones. El desfile duró dos días, al cabo de los cuales, otro nuevo mar se abrió ante ellos, y volvieron a ganar el largo.
Continuaban marchando a toda la velocidad de la máquina por aquel mar, más caliente, en cuya superficie había vetas rojas [El Mar Rojo] como también a veces la espuma de la estela tenía color de sangre. Casi todo su tiempo lo pasaba encaramado en la cofa, cantándose a sí mismo el Juan Francisco para evocar el recuerdo de su querido amigo Juan, de la Islandia, del tiempo feliz.
A veces, en el fondo de las lejanas perspectivas llenas de espejismos, veía aparecer alguna montaña de un tono de color extraordinario. Los que dirigían el derrotero del buque conocían sin duda, a pesar de la lejanía y de la vaguedad, aquellos cabos avanzados de los continentes, que son como eternos puntos de mira sobre los grandes caminos del mundo. Pero un gaviero es un ser que va arrastrado como una cosa, que nada sabe, que ignora las distancias y no tiene noción del camino que recorre sobre aquella extensión que parece no debe acabarse nunca.
Debajo del observatorio de Silvestre, sobre el puente del barco, una muchedumbre de hombres, amontonados unos sobre otros, jadeaban aniquilados, buscando la sombra de las velas viejas extendidas a guisa de toldos. El agua, el aire, la luz, habían adquirido un esplendor pesado, abrumador; la fiesta eterna de las cosas parecía una ironía hacia los seres, hacia las existencias organizadas, que son efímeras.
En una ocasión le distrajo muchísimo una extensa nube de pajaritos, de especie para él desconocida, que vinieron a precipitarse sobre el buque, como un torbellino de polvo negro. Los pajarillos se dejaban coger y acariciar sin oponer resistencia, a fuerza de fatigados que estaban, y se posaban hasta en los hombros de los marineros. Bien pronto, los más cansados empezaron a morirse.
Expiraban a millares sobre las vergas y sobre cubierta, abrasados por el sol terrible del Mar Rojo. Un viento de tempestad les había arrastrado hasta allí, cruzando grandes desiertos: de miedo de caer en el fondo de aquel infinito azul que no tenía límites, habíanse abatido, en un último esfuerzo, sobre el buque que les ofrecía un refugio. Sin duda allá lejos, en el fondo de alguna región de la Libia, su raza había pululado en amores exuberantes. Habían pululado sin medida; ¡eran demasiados! Entonces, la madre ciega y sin alma, la madre naturaleza, había diseminado de un soplo la excesiva turba de pajaritos, con la misma impasibilidad que lo hubiera hecho con una generación de hombres.
Y morían todos sobre el herraje abrasado del buque, cuyo puente estaba cubierto de sus cuerpecillos, que un día antes palpitaban de vida de cantos y de amor... Ya no eran más que harapillos negros, que Silvestre y sus compañeros recogían, extendiendo en sus manos abiertas, con un aire de conmiseración, aquellas alas finísimas de un negro azulado, arrojándolos luego a sendos escobazos al gran infinito del mar.
Algunas horas después pasó otra nube de langostas, hijas de las que cayeron sobre el pueblo egipcio en los tiempos bíblicos, y el puente quedó cubierto de ellas.
Continuaron navegando por espacio de bastantes días en el azul inalterable, donde ya no se veía ningún ser viviente, como no fuera alguno que otro pez que volaba rasando las olas.

XVI

Caía la lluvia a torrentes, de un cielo obscuro. y pesado. Estaban en la india.
Silvestre acababa de poner el pie sobre aquella tierra, designado por la suerte para completar la dotación de una ballenera.
Todo en aquel país era magníficamente verde las hojas de los árboles tenían la forma de gigantescas plumas, y la lluvia se tamizaba a través del follaje espléndido. El viento venia cargado de un aroma de almizcle y de flores.
Veíanse por allí mujeres tentadoras, cuyos pechos se redondeaban suavemente bajo la transparencia de las muselinas en que iban envueltas; su cutis tenía el reflejo y el pulimento del bronce.
Algunas de ellas hicieron a Silvestre signos inequívocos. El buen muchacho vacilaba entre su honradez ingénita y la fascinación, para él desconocida, que ejercían sobre sus sentidos juveniles aquellas hembras provocativas.
Pero de pronto, el silbato del contramaestre, que llamaba a los tripulantes de la ballenera, le arrancó a la que, a pesar suyo, iba dominándole.
¡Adiós las hermosas mujeres de la India! Cuando, por la tarde volvió el buque a coger el largo, Silvestre seguía en posesión de su honestidad de niño.
Una semana duró la navegación antes de volver a tocar tierra. Esta, vez era un país habitado por hombres amarillos, que trajeron carbón a bordo en sendos canastos.
—¿Estamos ya en la China? —preguntó Silvestre, viendo que todos aquellos individuos tenían las narices aplastadas y llevaban trenzas colgando de la nuca.
Le contestaron que todavía aquello no era la China: estaban sencillamente en Singapore. Entonces tornó a refugiarse en lo alto de su cofa, huyendo del polvo negro del carbón que el viento iba llevando a todas partes.
Por fin, un día. llegaron a un puerto llamado Turana, donde se encontraba el buque de guerra Circe, que sostenía el bloqueo. Silvestre pasó acto continuo a formar parte de la dotación de aquel buque en el que había varios paisanos suyos, pescadores de Islandia como él, que eran artilleros a bordo.
Por las noches, templadas y tranquilas, se reunían sobre el puente, y gozaban evocando los recuerdos de la Bretaña.
Cinco meses de inacción y de destierro tuvieron que pasar en aquella bahía triste, antes de que llegara para ellos el deseado momento de ir a batirse con los chinos.

XVII

Transportemos a nuestros lectores en la imaginación a Paimpol, en el último día de febrero, víspera de la partida de los pescadores para su campaña de Islandia.
Gaud, muy pálida, se mantenía inmóvil a la puerta de su alcoba.
Era que Juan estaba abajo hablando con el señor Mével. Le había visto venir, y oía vagamente el sonido de su voz.
No habían vuelto a encontrarse en todo el invierno como si una fatalidad les mantuviese alejados el uno del otro.
Después de su visita a Pors-Even, fundó algunas esperanzas en la función religiosa conocida en el país con el nombre de perdón de los islandeses, la cual daba ocasión a verse y hablarse en la plaza, donde se formaban numerosos grupos. Pero la mañana misma de la fiesta, cuando los balcones ostentaban ya sus colgaduras adornadas de guirnaldas verdes, la lluvia empezó a caer a torrentes, empujada por la brisa del Oeste: los habitantes de Paimpol no recordaban haber visto nunca sobre su ciudad un cielo tan negro.
—¡Qué fastidio! —decían las muchachas que esperaban sacar novio— Los de Ploubazlenec no vendrán a la fiesta.
Y en efecto, los más se abstuvieron de ir, y a los pocos que se determinaron a hacer el viaje, les faltó tiempo para encerrarse en las tabernas. Ni hubo procesión ni paseo: Margarita más triste que de costumbre, había permanecido toda la noche tras de los vidrios de su ventana, escuchando el rumor del agua que caía de los canalones y los cantos ruidosos de los pescadores, inspirados por copiosas libaciones.
No había dejado ella de prever la visita de Juan, figurándose que el señor Gaos, que no gustaba de ir a Paimpol, enviaría a su hijo para arreglar definitivamente el consabido negocio de la barca.
Habíase propuesto jugar el todo por el todo, con tal de salir de la incertidumbre que la atormentaba; echarle en cara que había turbado su tranquilidad para no hacerle caso después, portándose como un hombre poco delicado. ¿Era la actitud de Juan obstinación, hurañez, amor exagerado a su profesión de marinero o temor de una negativa?
Si no era más que cualquiera de esos obstáculos, como pretendía Silvestre, era posible que desaparecieran, mediante una explicación franca por una y otra parte. Aquella esperanza le devolvía el valor, llenándola de dulce impaciencia.
Desde lejos, todo parece tan fácil, tan sencillo de hacer y de decir!
Y precisamente, parecía que Juan había elegido para su visita la hora que mejor cuadraban a los planes de la joven, pues era cosa segura, que el señor Mével, que en aquel momento fumaba su pipa, no se molestaría en levantarse para, ir a despedirle; por lo tanto, el corredor que conducía a la puerta de la calle, estaría desierto, y podrían tener sin testigos importunos la explicación que ella proyectaba.
A medida que veía acercarse el momento decisivo, íbale pareciendo más atrevida, y audaz su determinación. La sola idea de encontrarse sola, frente a frente, con él, la hacía temblar, y su corazón palpitaba con violencia inaudita...
No; decididamente, jamás se atrevería: antes se dejaría morir de desesperación, que arriesgarse a hacer semejante cosa... Cuadraba mejor a su dignidad volverse a su cuarto, a continuar la labor interrumpida... Ya había dado algunos pasos para alejarse, cuando de nuevo la hizo detenerse, vacilante, el pensamiento de que al día siguiente, tendría lugar la partida de los pescadores para Islandia, y que había de pasar largos meses antes de tener ocasión tan favorable como la que se le presentaba para salir de su cruel incertidumbre.
El ruido de una puerta que se abría, vino a sorprenderla en su lucha consigo misma. ¡Juan se marchaba! Y adoptando bruscamente una resolución suprema, bajó corriendo la escalera, para encontrarse con él antes de que llegara a la puerta.
—Quisiera hablaros, si no os molesta, señor Juan —dijo con voz temblorosa.
—¿A mí, señorita Gaud? —contestó él, llevando la mano a su sombrero.
La miraba con un aire huraño que comunicaba a sus ojos una expresión dura: hasta parecía dudoso de si detenerse o no ante la inesperada aparición de la hija del señor Mével, y arrimaba a la pared sus anchas espaldas, como tratando de estar menos cerca de ella en aquel corredor estrecho donde se veía cogido como en una ratonera.
Margarita sentía helársele, la sangre al ver la actitud del hombre por quien sacrificaba su dignidad. No podía recordar una sola frase del discurso que había preparado: todo lo había, previsto, excepto la glacial indiferencia, el desdén, mejor dicho, con que era acogida su presencia. —¿Os da miedo nuestra casa, señor Juan?
Y su voz tomaba a pesar suyo un timbre opaco y estridente, bien distinto por cierto del que ella hubiera querido imprimirle.
El, mientras tanto, dirigía su vista hacia una de las ventanas, con la visible preocupación de no fijarla en Gaud, y se notaba que la sangre acudía en tropel a sus mejillas, revelando la contrariedad que experimentaba.
La joven comprendió que debía continuar diciendo algo, aun cuando no fuese más que por no prolongar aquella situación violenta para ambos.
—La noche que estuvimos juntos en el baile, os despedisteis de mí como no se despide uno de la persona que le es indiferente... ¿Habéis perdido quizá la memoria, señor Juan? ¿Qué os he hecho yo?
Después de pronunciadas estas frases, que salían como estranguladas de su garganta, Gaud enmudeció, sintiendo que su cabeza daba vueltas, sin que una idea salvadora acudiese a su imaginación.
En tanto que tenía lugar esta escena, habían ido acercándose poco a poco hacia la puerta, por la que entraba a bocanadas el viento del Oeste. Una vecina de enfrente se entretenía en mirarles, como preguntándose qué diablos tendrían qué decirse el uno al otro en aquel corredor desierto y con semejante aire de turbación.
—No, señorita. Gaud —dijo Juan al fin, adelantándose siempre hacia la puerta. —Ya hablan de nosotros en el país más de lo que convendría... —No, no, señorita Gaud... vos sois rica, no pertenecemos a la misma clase. Yo no estoy en condiciones de ocuparme de vos. Pasadlo bien, señorita Gaud. Y se marchó sin más cumplimientos.
Margarita se quedó como clavada en su sitio, acometida de un vértigo que hacía dar vueltas a las cosas en torno suyo. Ni siquiera había podido decir lo que tenía pensamiento de haber dicho en aquella entrevista, cuyo único resultado había sido hacerla pasar a los ojos de Juan por una descarada.
¿Qué clase de hombre era aquel Juan, con su desdén de las mujeres, del dinero y de todo?
Súbitamente su imaginación se vió asaltada por una idea que le causaba indecible tormento: ¡si Juan contaría el suceso a los compañeros que le aguardaban reunidos en la plaza, y serviría de mofa a los pescadores! Perseguida por este temor, se apresuró a subir a su alcoba, para observar a los islandeses a través de los visillos.
Delante de la casa había en efecto un numeroso grupo de hombres; pero se ocupaban sencillamente en observar el tiempo, que se ensombrecía más a cada momento, y hacían conjeturas sobre la lluvia que amenazaba, diciéndose unos a otros:
—No es más que una racha; entremos a beber mientras pasa.
Y luego prorrumpieron en ruidosas bromas a propósito de Jenny Curof y otras muchachas paimpolesas, pero ninguno de ellos miró siquiera a la ventana de la hija de Mével.
Todos los marineros parecían contentos y alegres, excepto Juan, que no tomaba parte en sus bromas, permaneciendo grave y triste. No entró a beber con los demás, y sin ocuparse de ellos, ni de la lluvia que empezaba a caer, atravesó lentamente la plaza como un hombre que va abismado en sus reflexiones, en dirección a Ploubazlenec.
Entonces ella, en su fuero interno, se lo perdonó todo, y un sentimiento de ternura sin esperanza, sucedió al amargo despecho que moentos antes le había invadido el corazón
Gaud se sentó, apoyando la frente en sus manos. ¿Qué debía hacer en vista de lo ocurrido?
¡Oh, si hubiera podido hacerse escuchar de él con tranquilidad! Su amor hacia Juan era bastante intenso, bastante casto para poder ser confesado frente a frente y sin rubor. Ella quisiera haberle dicho: "Me has buscado cuando yo no te conocía ni pensaba en ti; ahora, mi alma toda es tuya. No me asusta la idea de ser la mujer de un pescador, sin embargo de que mi posición me permite elegir un marido entre los jóvenes más ricos y más gallardos de Paimpol; pero te amo a ti, porque te creo mejor que los otros; sé que soy rica, y que soy linda, y soy honrada a pesar de haber habitado en las grandes ciudades; ¿por qué, pues, no hemos de entendernos?" Pero todo aquello no se lo diría ya nunca, ¡oh, nunca! La ocasión había pasado, y en cuanto a tratar por segunda vez de verle, demasiado sabía que no era posible. ¿Qué pensaría entonces de ella?... Preferiría morir con su pena.
Sola, en su hermosa alcoba, bien amueblada, transida de frío, le parecía que el mundo se desplomaba con las cosas presentes y las venideras, en el fondo de un vacío lúgubre que se iba formando en torno suyo.
Deseaba verse desembarazada de la vida, estar ya acostada, bien tranquila bajo una losa funeraria, para no sufrir... Pero en el fondo le perdonaba, y ni un átomo de odio se mezclaba a su amor desesperado por el que iba a ausentarse al día siguiente.

XVIII

El mar; el mar gris.
Sobre la gran ruta, no trazada, que conduce cada año a los pescadores a su campaña de Islandia, Juan navegaba prósperamente desde hacía veinticuatro horas.
Parecía más silencioso y preocupado que de costumbre. Quejábase del viento, que impulsaba la nave con harta lentitud, y se le veía agitarse como para desechar de su espíritu algo que le inspiraba disgusto. Lo malo era que no había nada que hacer a bordo; nada más que dejarse deslizar suavemente en medio de cosas tranquilas. Si miraba, no veía más que profundidades grises; si escuchaba, no oía más que el silencio.
De pronto sintióse un rumor sordo apenas perceptible, pero inusitado, y que venía de abajo con una sensación de rozamiento, como se siente en un carruaje cuando se aprietan los frenos de las ruedas. Y la María, interrumpiendo su marcha, se quedó inmóvil.
Sin duda habían encallado. ¿Pero dónde y sobre, qué? Probablemente en algún banco de la costa inglesa, que las brumas habían ocultado a su vista hasta entonces.
Los marineros corrían, se agitaban, y su excitación de movimiento contrastaba con aquella tranquilidad del barco, que parecía retenido por una poderosa mano invisible.
¿Quién no ha visto un pobre pájaro adherido por las patas a la traidora liga? Así estaba la María en medio de la inmensidad de las cosas fluidas.
Para el profano a la navegación, tal situación de un barco no ofrece aspecto de gravedad: un poco inclinado estaba el casco, es cierto; pero el tropiezo tenía lugar en pleno día y el tiempo estaba en calma.
Había que ser marino para comprender bien lo serio del caso.
El patrón estaba muy apurado, echándose a si mismo la culpa del riesgo que corrían la nave y sus tripulantes, por no haberse ocupado lo bastante de vigilar el derrotero. Agitaba sus brazos en el aire, exclamando con desesperación: —¡Madre de Dios, Madre de Dios!
No lejos de ellas, perdido entre la bruma, distinguíase vagamente un cabo, que no podían reconocer bien. Por lo demás, ni una vela, ni un penacho de humo en el horizonte.
Hasta el mismo Turco, el perro de a bordo parecía muy emocionado por el accidente; aquellos ruidos que venían de abajo, aquellas recias sacudidas al paso de la ola, seguidas de aquellas inmovilidades, se le alcanzaba perfectamente que no eran naturales, y andaba ocultándose por los rincones con el rabo entre las piernas.
Las gentes de la María pusieron en práctica. todos los medios acostumbrados en semejantes circunstancia para zafarse y trabajaron rudamente por espacio de diez horas; pero llegaba la noche, y el barco, sacudido de todas maneras y en todos sentidos, permanecía allí sujeto, siempre agarrado por la mano potente y misteriosa que le había detenido en su camino.
Con la llegada de la noche, el viento se hizo más fuerte y la ola más altas: la situación iba inspirando serios temores, cuando súbitamente, a cosa de las siete, el barco arrancó, rompiendo las amarras que habían echado para precaverse. Entonces vióse a los tripulantes correr como locos de la popa a la proa y viceversa, gritando: —¡Estamos a flote!
¡Cómo explicar aquella alegría de flotar de nuevo, de sentirse deslizar de nuevo sobre la superficie de las olas, de volver a sentirse sobre una cosa ligera, viviente, en lugar de ocupar una boya, como un momento antes!
Y al propio tiempo, la tristeza de Juan desapareció también como por encanto. Libre ya su imaginación, como el buque; curado del mal del espíritu por la fatiga del cuerpo, había recuperado su aire indiferente y desechado los recuerdos que le asediaban.
Al día, siguiente, mientras continuaba su viaje hacia el mar de Islandia, su corazón, en apariencia, estaba tan libre como en sus primeros años.

XIX

Allá, a bordo de la Circe, al otro extremo de la tierra, en la rada de Ha-Long, se distribuía un correo que acababa de llegar de Francia.
Ocupando el centro de un compacto grupo de marineros, el contramaestre iba llamando en alta voz a los marineros para quienes había cartas.
La escena tenía, lugar por la noche en la batería, a la luz de un fanal.
—¡Silvestre Moan! —gritó la voz del contramaestre.
El joven gaviero se apresuró a tomar la carta que le venía destinada y que traía el timbre del correo de Paimpol; pero con sorpresa suya, notó que la letra del sobre no era de Gaud. ¿De quién sería, entonces aquella carta?
Por último se decidió a abrirla, no sin cierto temor.
La. carta empezaba así: "Ploubazlenec, 5 marzo de 1884. "Mi queridísimo nieto...
Era de la abuelita inolvidable. Entonces, Silvestre respiró con más libertad, sobre todo cuando vió al pie la firma de la anciana, única cosa que sabía escribir la pobre.
Silvestre, por un movimiento irresistible, llevó el papel a sus labios, besando la firma como se besa un amuleto. Era que la misiva llegaba a sus manos en un momento crítico de su vida: en efecto, al amanecer del siguiente día debían bajar a tierra para combatir al enemigo.
Mediaba el mes de Abril: Bac-Ninh y Hoang-Ho acababan de ser tomados por los franceses. En vista de la tardanza de los refuerzos pedidos para el Tonkin, los jefes tomaban cuantos hombres podía, facilitar la escuadra, para completar las compañías de infantería de marina que operaban en tierra. He aquí por qué Silvestre, que había estado languideciendo una porción de meses entre cruceros y bloqueos, acababa de ser designado, en unión de otros compañeros suyos, para reponer las bajas de una compañía.
Habiendo arreglado sus mochilas, terminado sus preparativos y despedídose cada cual de sus amigos, los que habían de partir se pasearon toda la noche por en medio de los que se quedaban, sintiéndose engrandecidos y orgullosos respecto de estos últimos, porque iban a medir sus fuerzas con las del enemigo. Cada cual manifestaba a su manera las impresiones que le causaba la proximidad de la lucha; unos se ponían graves; otros charlaban por los codos.
En cuanto a Silvestre, estaba silencioso y sentía una impaciencia reconcentrada. No se hacía una idea completa de la guerra y del combate, pero estas cosas terribles le fascinaban, porque era de raza de valientes. La carta le preocupaba mucho.
Al principio de ella, la abuela Moan explicaba por qué había tenido que recurrir a la mano inexperta de una vecina: suya.
"Mi querido nieto —le decía:— Esta vez no me sirve Gaud de secretaria, porque está en una situación bien penosa. Su padre ha muerto repentinamente, hace dos días, y parece que ha perdido toda su fortuna en ese demonio de juego que llaman la Bolsa, al cual se aficionó en París el invierno último. Los acreedores van a poner en venta todo cuanto poseía el difunto. Supongo, mi querido nieto, que esta desgracia te causará tanta pena como a mí y a todas las gentes del país.
"Tu amigo Juan Gaos me encarga que te salude de su parte: ha renovado su contrato con el patrón Germeur, de la María, y está ya en camino para Islandia, desde el primero de este mes, dos días antes de suceder el infortunio de nuestra pobre Gaud: es decir, que no sabe nada de este triste suceso.
"Excuso decirte que ahora, Gaud es una pobre como nosotros, que tendrá que trabajar para ganarse la. vida"...
Silvestre se sintió aterrado por esta lectura, que le disminuía el placer de ir a batirse.

XX

Una bala que silba en el aire... después otras... Silvestre se detiene, aplicando el oído...
Era una llanura extensísima, de un verde tierno y aterciopelado de primavera. El cielo, de un gris pesado.
Seis marineros armados practican un reconocimiento en medio de los frescos arrozales, en un sendero fangoso.
¡Otra bala, con el mismo ruido agrio en el aire, el mismo dsssin prolongado que tan bien da la impresión del pequeño objeto malvado y duro que pasa derecho, velocísimo, inconsciente mensajero de la muerte!
Silvestre oía aquella música desagradable por la primera vez de su vida.
Cinco minutos después, no eran ya balas aisladas, sino una lluvia de ellas las que caían cerca del sitio que ocupaban los marineros, hundiéndose en el terreno inundado del arrozal, con una pequeña salpicadura de agua. Ellos se miraban sonriendo como si viesen alguna pantomima bien ejecutada, y se decían unos a otros: —¡Los chinos!
Para los marinos, los annamitas, los tonkinenses y los piratas llamados pabellones negros, todos son chinos.
Al cabo de poco tiempo cesó el aguacero de plomo, y el silencio volvió a reinar en la gran llanura verde, donde nada se movía.
Los marinos divisaban a lo lejos un bosquecillo de bambúes, que formaba como un islote de plumas verdes en la llanura, y detrás del cual se veían unos techos puntiagudos. De allí, sin duda, habían salido las balas. Entonces echaron a correr en dirección al bosquecillo, yendo Silvestre delante, impulsado por su amor juvenil y por la extraordinaria agilidad de sus piernas.
A medida que se iban aproximando, los bambúes acentuaban mejor la delicadeza exótica de su follaje, y los hombres amarillos, que ahora empezaban a divisarse, escondidos tras de los árboles, asomaban sus rostros aplastados, contraídos por la malicia y el miedo.
De súbito, abandonando el bosquecillo con estridente gritería, se desplegaron en campo raso en larga línea, algo temblona, pero decidida y peligrosa.
—¡Los chinos!— volvieron a exclamar los marineros, con la misma sonrisa despreciativa de antes.
En aquella jornada, Silvestre estuvo hecho un valiente: la vieja abuela Moan se hubiera enorgullecido de ver a su nieto convertido en bravo guerrero.
Parecía estar en su elemento. En un instante de suprema indecisión, cuando los marineros, agobiados por el número, iban a comenzar el movimiento de retirada que hubiera sido la muerte segura de todos ellos, Silvestre había continuado avanzando, y cogiendo su fusil por el extremo del cañón, hizo cara a todo un grupo menudeando a diestro y siniestro culatazos, cada uno de los cuales derribaba un hombre en tierra. Gracias a él, el combate cambió rápidamente de aspecto, la indecisión pasó del lado de los chinos, quienes, a su vez, emprendieron la retirada hasta declararse en precipitada fuga.
Los marineros no hacían más que cargar y descargar sus armas de tiro rápido, cazándolos como si fueran conejos. Había en la hierba charcos rojos, cuerpos desvencijados y cráneos agujereados que vertían masa cerebral en el agua del arroyo.
Los chinos huían encorvados como leopardos. Silvestre corría tras ellos, herido ya por dos veces con un lanzazo en la ingle y un profundo corte en el brazo, pero sin sentir nada más que la embriaguez de batirse; esa embriaguez que proviene de una sangre vigorosa; la que da a los pusilánimes el valor sublime; la que hizo los antiguos héroes.
Uno de los chinos a quien perseguía, se volvió para apuntarle en una inspiración de terror desesperado. Silvestre se detuvo sonriente, desdeñoso, magnífico de serenidad, para dejarle descargar su arma, aunque, cuidando de inclinarse un poco a la izquierda viendo la dirección del tiro que iba a salir; pero en el movimiento que se produce al oprimir el gatillo un pulso poco seguro, el cañón del fusil, por funesta casualidad, se desvió en el mismo sentido. Experimentó entonces una conmoción en el pecho, y comprendiendo bien lo que era, movido por un relámpago del pensamiento, y aun antes de empezar a sentir el dolor de la herida, volvió la cabeza hacia los camaradas que le seguían, para decirles, como lo hubiera hecho un veterano, la frase consagrada: —¡Creo que me han dado la cuenta completa!
En la aspiración que hizo fatigado de correr, para llenar de aire sus pulmones, sintió que también penetraba aire por el agujerito que llevaba en la tetilla derecha, con un pequeño ruido como un fuelle roto. Al mismo tiempo se le llenó la boca de sangre, y empezaba a sufrir en el costado un dolor agudo que se exasperaba por segundos, hasta convertirse en poco tiempo en algo atroz o indecible.
Dió dos o tres vueltas sobre sí mismo, con la cabeza perdida de vértigo y tratando con mil penas de recobrar la respiración en medio de todo aquel líquido rojo, cuya subida le ahogaba, hasta que no pudiendo ya conservar el equilibrio, cayó pesadamente en el suelo fangoso.

XXI

Habían pasado quince días, Silvestre, a quien enviaron a Hanoi con otros heridos, fué transportado a la bahía de Ha-Long y dejado a bordo de un buque-hospital que regresaba a Francia.
Había hecho un doloroso viaje en varias camillas, deteniéndose en todas las ambulancias del tránsito. Los cirujanos lo trataron lo mejor que pudieron; pero operado, en tan malas condiciones, su pecho se había ido llenando de agua, del lado herido, y el aire continuaba entrando con un ruido siniestro, por aquel agujero que no podía cerrarse.
Sus jefes le habían condecorado con la medalla militar, honor que había procurado un momento de alegría al pobre herido. Pero ya no era éste el bravo marinero de unos días antes, de aspecto marcial y decidido, de voz breve y vibrante. No; el largo sufrimiento y la fiebre habían trocado aquel ser vigoroso en un niño débil, que echaba de menos la cabaña natal y los solícitos cuidados de su abuelita. Sentirse tan malo y estar lejos, ¡muy lejos! pensar que habían de pasar tantos días antes de que pudiera llegar a la patria... ¿duraría hasta entonces su vida? Esta noción de espantoso alejamiento abatía su ánimo y le oprimía el corazón al despertar, cuando después de las horas de modorra cansadas por la fiebre, volvía a sentir el dolor intolerable de las heridas y el ruidito incesante del aire penetrando por el agujero de su pecho. Así, pues, había suplicado con empeño que le embarcasen a todo trance para Francia.
Penoso por demás fué el traslado del herido a bordo del transporte. Como pesaba tanto, le daban sin querer unas sacudidas que le hacían prorrumpir en desconsolados gritos de dolor.
Acostáronle en una de las pequeñas camas de hierro alineadas, en el entrepuente, habilitado a modo de hospital, y volvió a empezar, pero esta vez en sentido inverso, su largo paseo a través de los mares. Sólo qué ahora, en lugar de vivir como un pájaro, en el libre ambiente de las cofas, vivía en medio de la pesada atmósfera interior, respirando exhalaciones de heridas, de medicinas y de miserias.
Los primeros días, la alegría de verse en camino de la patria le había procurado cierto alivio. Hasta podía incorporarse en el lecho, sostenido por almohadas, y de vez en cuando pedía su caja; un cofrecito de madera blanca comprado en Paimpol, que le servía para guardar sus Cosas Preciosas. Había, allí las cartas de la abuela con las de Juan y las de Gaud; un cuadernito en el que había copiado canciones aprendidas a bordo y un libro de Confucio en chino, encontrado en una aldea abandonada, y al respaldo de cuyas hojas, que estaba en blanco, había ido escribiendo de manera, sencilla e ingenua una especie de diario de la campaña.
El mal, sin embargo, no mejoraba de aspecto, y al cabo de una semana de viaje los médicos, desesperaron de salvarlo.
Hallábase ahora cerca del ecuador, en el excesivo calor de las tormentas. El transporte seguía imperturbable su rumbo, sacudiendo sus camas y sus enfermos sobre las olas agitadas.
En el tiempo que llevaban de singladura, más de una de las pequeñas camas habían quedado vacías, por fallecimiento de los desgraciados que las ocupaban, y a quienes el inmenso abismo había servido de sepulcro.
Reinaba una obscuridad casi completa en el hospital movible. A causa de lo agitado del mar, habían tenido que ¿errarse los manteletes de las portas, lo que hacía más horrible la permanencia en aquel lugar, sin luz y sin aire, donde se asfixiaban los enfermos.
Silvestre iba peor; su fin se acercaba. Echado del lado de la herida, se comprimía el pecho con todo lo que le quedaba de fuerza, tratando de inmovilizar en su pulmón derecho aquella descomposición líquida, y de respirar solamente con el otro. La angustia suprema había comenzado para él.
Por su cerebro de moribundo cruzaba toda especie de visiones del país ausente: parecíale que en la obscuridad caliginosa, figuras amadas o antipáticas venían a inclinarse sobre su lecho; estaba en un perpetuo sueño de alucinado, que le transportaba de Islandia a Bretaña, y de Bretaña a Islandia, sin transición alguna.
Por la mañana había llamado a su cabecera al capellán de a bordo, hombre sexagenario, habituado a ver morir a los marineros: el sacerdote había quedado sorprendido al encontrar dentro de aquel cuerpo tan viril, la pureza y la candidez de un niño.
Pedía aire, necesitaba aire; pero no lo había en la calma pesada de la atmósfera, ni podían darlo, por consiguiente, las mangas de ventilación. El enfermero, que no cesaba de abanicarle con un abanico chino pintarrajeado de flores, no conseguía, más que agitar sobre su cabeza emanaciones malsanas, olores ya cien veces respirados, que los pechos rechazaban con repugnancia.
A veces, sentíase acometido por arrebatos de rabia que le impulsaban a salir de aquel lecho, hacia el cual sentía venir la muerte; de irse allá arriba, al aire libre, para escapar a sus garras. ¡Oh, cuán felices eran aquellos que subían por los obenques y se encaramaban en las cofas! Pero todo su gran esfuerzo para marcharse, no le llevaba más que a levantar un poco su cabeza debilitada; algo como esos movimientos incompletos que se ejecutan durante el sueño, ¡Ah! No podía escaparse: volvía, a caer en los mismos hoyos de su cama deshecha, enfriada ya por la proximidad de la muerte, y a cada tentativa, después de la fatiga de tal sacudimiento perdía por un instante la conciencia de todo.
Para darle un poco de consuelo, el enfermero concluyó por abrir una porta, por más que semejante maniobra no estuviese exenta de peligro, agitado como estaba el mar todavía. Eran las seis de la tarde. Cuando la porta estuvo abierta penetró en el entrepuente una deslumbradora claridad rojiza. El sol poniente, aparecía en el horizonte con esplendor extremo, en el desgarramiento de sombrío velo de nubes: su luz vivísima se paseaba al movimiento de balance, e iluminaba el hospital, vacilando, como una gran antorcha que se moviera en el espacio.
En cambio no entraba aire. En todo aquel infinito del mar ecuatorial no había más que humedad caliente; pesadez irrespirable. Nada de aire por ninguna parte; ni aun siquiera para los moribundos jadeantes.
Una última visión le agitó sobremanera: era la vieja abuela Moan, que atravesaba un camino, muy de prisa, con una expresión de ansiedad desgarradora: la lluvia caía de unas nubes que parecían fúnebres crespones tendidos en el cielo. Iba a Paimpol llamada por el comandante de marina, con objeto de informarla de su muerte.
No tardó en entrarle el estertor de la agonía. El enfermero secaba solícitamente con una esponjita los espumarajos de sangre y agua que le subían del pecho en los movimientos convulsivos de su cuerpo. Y el sol magnífico continuaba iluminándole: hubiérase dicho el incendio de todo un mundo, por la abertura de la porta penetraba una ancha faja de fuego, que venía a morir sobre el miserable lecho, rodeando de un nimbo refulgente al moribundo.
En aquel mismo, Instante, el sol alumbraba también las playas de Bretaña, donde era cerca de mediodía. Era el mismo sol, en el mismo minuto preciso de su duración sempiterna; pero allí tenía un color muy diferente, manteníase más alto, en un cielo azulado, e iluminaba con una suave luz blanca a la abuela Moan, que cosía sentada, delante de su puerta.
En Islandia, donde en aquel momento era de mañana, el sol ostentaba su palidez muerta, derramando una claridad dudosa sobre un fiord en cuyas aguas navegaba la María, y el cielo aparecía de una de esas purezas hiperbóreas que despiertan ideas de planetas enfriados y sin atmósfera. Juan pescaba, como de costumbre, iluminado también por aquella luz extraña.
En el instante en que se extinguía la banda. de fuego rojo que entraba por la porta, del entrepuente del transporte de guerra, en que el sol desaparecía por completo, en el seno de las aguas doradas, los ojos de Silvestre se convirtieron hacia su frente, como si quisieran desaparecer en la cabeza. Entonces el enfermero cerró piadosamente sobre ellos los párpados terminados por largas pestañas, y el cuerpo adquirió la belleza tranquila de un mármol yacente.

XXII

Y ahora, no puedo resistir al deseo de referiros el entierro de Silvestre, que presidí yo mismo, autor de este libro [Téngase Presente que Pierre Loti es un oficial de la marina francesa de guerra], allá abajo, en la isla de Singapore. Muchos otros muertos habían sido arrojados al agua durante la travesía; pero como esta vez nos hallábamos próximos a aquella tierra malaya, se decidió guardar el Cadáver algunas horas más, para darle en ella cristiana sepultura.
El acto se efectuó por la mañana muy temprano, a causa del horrible calor del sol. Colocóse el ataúd en una canoa, cubierto con la bandera francesa. Dormía aún la gran ciudad extraña, cuando tocamos tierra. Un pequeño furgón, enviado por nuestro cónsul, aguardaba en el muelle; en él pusimos el cuerpo, así como la cruz de madera, hecha por el carpintero de a bordo, en la cual se leía el nombre del difunto, pintado con letras blancas sobre el fondo negro, húmedo todavía.
Atravesamos aquella Babel con nuestra lúgubre procesión, y todos nos sentimos profundamente emocionados al encontrar, a dos pasos del inmundo hormiguero chino, la calma de una iglesia católica. Bajo aquella alta nave blanca, donde estábamos solos mis marineros y yo, el Dies iræ cantado por un sacerdote misionero, resonaba como una dulce evocación mágica. Por las puertas abiertas se veían cosas que parecían jardines encantados, verdores admirables, palmas inmensas; el viento sacudía los grandes árboles floridos, arrancándoles una lluvia de pétalos carmíneos que caían hasta dentro del templo.
Terminados los rezos religiosos, emprendimos nuestra marcha hacia el cementerio, allá, muy lejos. Tuvimos que atravesar barrios chinos, arrabales indios y malayos, donde toda especie de gentes amarillas, asiáticas, nos miraban pasar con ojos asombrados.
Salimos, por fin, al camino sombreado por árboles, por entre cuyas copas volaban admirables mariposas con alas de terciopelo azul. Un gran lujo de flores, de palmeras; todos los esplendores de la savia ecuatorial.
Llegamos a la mansión de los muertos, llena de tumbas mandarinas con inscripciones multicolores, pintarrajeadas de dragones y fantásticos monstruos, medio perdidas entre asombrosos follajes de plantas desconocidas. El sitio donde depositamos el cuerpo parecía un florido rincón de los jardines de India.
Sobre la tierra que cubría el ataúd plantamos la cruz de madera, hecha y pintada a toda prisa, durante la noche, en cuyos brazos redentores se leía:

SILVESTRE MOAN

19 AÑOS


¡Y allí le dejamos al pobre, volviéndonos a cada paso para verle, bajo las vistosas flores, bajo los árboles maravillosos, que daban sombra a la humilde sepultura del obscuro marinero, muerto por la patria!

XXIII

El transporte continuaba, su ruta a través del Océano Indico. En el fondo del barco seguía habiendo enfermos y heridos que sufrían. Arriba, sobre el puente, la juventud y la alegría de vivir. En derredor, sobre el mar, una verdadera orgía de sol y aire puro.
Durante aquel hermoso tiempo de alisios, los marineros, extendidos a la sombra de las velas, se entretenían en jugar con las cotorras adquiridas en Singapore. Todos habían comprado cotorras pequeñas, lindísimas, de un verde admirable. Los papás y las mamás de las cotorritas habían sido de aquel verde, y ellas habían heredado inconscientemente el vistoso color de su plumaje: posadas sobre la limpia tablazón de la cubierta, semejaban hojas frescas, caídas de un árbol de los trópicos.
También había monas, a quienes sus amos enseñaban a hacer habilidades. Habíalas que eran tiernamente amadas y besadas con transporte, y que pasaban el tiempo acurrucadas contra el pecho de sus propietarios, mirándoles con sus ojos mitad grotescos, mitad conmovedores.
Al dar las tres de la tarde, los furrieles trajeron sobre el puente, dos sacos de tela, precintados con grandes sellos de lacre rojo, y marcados con el nombre y apellido de Silvestre. Era para vender en subasta, como previene el reglamento de la marina, las ropas y efectos que habían pertenecido al difunto. Los marineros, para quienes todo constituye una distracción, se apresuraron a agruparse en derredor de los sacos, a cuyo dueño ninguno de ellos había conocido siquiera.
Las chaquetas, las camisas, las elásticas de rayas azules, fueron palpadas, miradas y remiradas, y adjudicadas por último a un precio cualquiera. Llegó la vez al cofrecito de madera blanca, que fué adquirido por un marinero en tres francos. Habían sacado previamente las cartas y la medalla militar, para entregar estos objetos a la familia, del muerto; pero quedaban él cuadernito de las canciones, el libro de Confucio, el hilo, los botones, las agujas; todas las pequeñas cosas dispuestas por la previsión de la abuela Moan para las reparaciones y las costuras.
Después, el furriel que exhibía los objetos sacados a subasta, presentó dos pequeños ídolos cogidos por Silvestre en una pagoda para regalárselos a Gaud, de un tipo tan gracioso en su fealdad de chinos, que todos se echaron a reír en cuanto los vieron. Por último, se vendieron los sacos de tela, y el comprador emprendió en seguida la faena de raspar el nombre de Silvestre para poner el suyo. Luego pasaron una escoba por el sitio donde había tenido lugar la venta, y los marineros tornaron a sus juegos con las cotorras y las monas.

XXIV

Un día de la primera quincena de junio, cuando la señora Moan regresaba a su casa, unas vecinas le dijeron que habían estado a buscarla de parte del comisario de la inscripción marítima.
Sin duda sería para algo relativo a su nieto pero no sintió ningún presentimiento funesto. Las familias de gente de mar siempre tienen algo que ver con la oficina de la inscripción marítima, y ella, en su calidad de hija, viuda y abuela de marinero, conocía aquella oficina desde sesenta años atrás.
Supuso, pues, que se trataba de cobrar algún dinero que le mandaba Silvestre, y para presentarse decorosamente al señor comisario, vistióse su traje de los días de fiesta, púsose una cofia limpia y emprendió el camino de Paimpol.
El mes de junio sonreía alegremente en torno suyo. Sobre las alturas pedregosas no había como siempre, más que los juncos de florecillas amarillas; pero en las cañadas al abrigo del recio viento del mar, se ostentaba la hermosa vegetación verde, la hierba alta y bien oliente. Las casuchas viejas desaparecían entre las matas de rosas y claveles, y hasta en los techos de musgo y cáñamo había mil pequeñas florecillas que atraían a las primeras mariposas blancas.
Era una primavera tibia, suave, embriagadora, poblada de ligeros zumbidos de insectos y de aromas de plantas nuevas.
Y todas estas cosas sin alma sonreían a la anciana, que marchaba con un paso cada vez más rápido para saber la triste noticia. Tocaba al momento terrible en que iban a contarle la escena cruenta que había pasado allá lejos, en el mar de China; hacía aquel viaje siniestro que Silvestre había presentido en sus visiones de moribundo, y que le había arrancado sus últimas lágrimas de angustia.
A medida que se acercaba a Paimpol, sentíase más inquieta, y apresuraba más el paso.
Llegó, por fin, a la población grisienta con sus estrechas calles de granito bañadas por el sol, saludando a las viejecitas, contemporáneas suyas, que hacían calceta sentadas a sus ventanas. Las buenas se decían, para sus adentros:
—¿A dónde irá tan de prisa, en traje de domingo, un día de trabajo?
El señor comisario de la inscripción marítima no estaba en su despacho, ocupado en aquel momento por un muchacho muy feo, que ejercía las funciones de escribiente. La endeblez física, de aquel engendro había impedido a sus padres hacer de él un pescador, y por eso pasaba sus días sentado en la misma silla, emborronando pliegos de papel.
Cuando supo el objeto de la visita de la señora Moan, el escribiente, tomando un aire de importancia, se levantó para coger de un casillero unos papeles con timbre del Estado, y los puso delante de la anciana.
Esta empezó a temblar y a ver turbios los objetos. Era que había reconocido entre los papeles dos cartas dictadas por ella a Gaud para su nieto Silvestre, y que no habían sido abiertas. Lo mismo exactamente había acontecido veinte años antes, cuando la muerte de su hijo Pedro: las cartas habían sido devueltas desde China., sin abrir, y el señor comisario se las había entregado. El escribiente leía con una voz doctoral:
—Silvestre Moan, inscrito en Paímpol, folio 213; número de matrícula, 2091: muerto a bordo del Ben-Hoa, el 14... —¿Qué? ¿Qué es lo que le ha pasado a mi nieto? —interrumpió la señora Moan ansiosamente.
—Que ha muerto, señora, ha muerto —respondió el escribiente. —¡Ha muerto!
—Sí, ha muerto —insistía el escribientuelo de una manera brutal, no porque fuese de carácter avieso, sino porque carecía de tacto, como un ser incompleto que era de imaginación y de cuerpo.
La vieja balbuceaba, aquella horrible frase "ha muerto", como un eco repetiría una cosa indiferente.
Diríase que la terrible nueva no la conmovía. Y era que su facultad de sufrir se había embotado con la edad, y el dolor no se despertaba de súbito. Era también que en aquel momento las ideas se desvanecían y entrechocaban en su cabeza, y confundía la muerte del nieto con otras muertes. ¡Había perdido tantos seres queridos en la marina! Así es que le fué preciso un rato de reflexión para hacerse bien cargo de que había perdido al nieto que le quedaba; al más querido, a aquel a quien convergían todas sus plegarias, toda su vida, toda su esperanza, todos sus pensamientos, obscurecidos ya por el peso de la edad.
Y luego experimentaba, también cierta vergüenza de dejar estallar su desesperación delante de aquel hombrecillo feo que la causaba horror. ¡Pues qué! ¿Era así como debía anunciársele a una pobre abuela la muerte de su nieto? Y permanecía rígida, delante de aquella mesa cubierta de papeles, torturando las franjas, de su chal con sus pobres manos agrietadas de lavandera.
¡Y cuán lejos se sentía de su casa! ¡Dios mío, qué largo era, aquel trayecto que necesitaba hacer decorosamente antes de alcanzar la cabaña donde estaba deseando encerrarse como los animales heridos que se esconden en su madriguera para morir! Por eso trataba de no pensar mucho, de no comprender demasiado bien, temerosa de lo que podría pasarle en aquel camino tan largo.
Entregáronle un libramiento para poder cobrar, como heredera, los treinta francos que había producido la venta del saco de Silvestre, así como las cartas, los certificados y la cajita que contenía la medalla militar. Maquinalmente cogió aquellos objetos, pasándoselos de una mano a otra, sin saber lo que hacía, no acertando a encontrar los bolsillos para guardarlos.
Atravesó Paimpol sin mirar a nadie, con el cuerpo inclinado como el que va a caer, aturdida por la afluencia de la sangre hacia las sienes, y apresurándose, excediéndose en su marcha como una vieja máquina desvencijada que hubiese sido puesta en marcha a gran velocidad por la última vez, sin inquietarse de que se rompieran sus resortes.
Al tercer kilómetro iba ya totalmente encorvada, abatidísima; a veces daba algún tropezón, que le producía en la cabeza una conmoción dolorosa. ¡Y andaba, andaba sin reposo, la pobre vieja, deseando llegar a su cabaña, de miedo de caerse y tuvieran que recogerla, en el camino!

XXV

—¡Mirad a la vieja Moan, que va borracha! —gritaban los chiquillos, viéndola que se había caído al suelo.
Era justamente a la entrada de la aldea de Ploubazlenec. Sobreponiéndose a su aniquilamiento moral y físico, había encontrado fuerzas para levantarse y seguir su marcha, cojeando, como Dios lo daba a entender.
—¡La vieja Moan, que ha pillado una borrachera! —seguían gritando los chiquillos insolentes, riéndose de ver que llevaba la cofia puesta al revés.
Pero cuando los chicos la miraron de cerca y observaron aquella mueca de desesperación senil, se volvieron sobrecogidos, no atreviéndose ya a perseguirla con sus burlas.
Ya en su casa, y con la puerta cerrada, pudo dar rienda suelta al dolor que la abogaba, y se dejó caer en un rincón con la cabeza apoyada contra la pared.
Gaud, que había venido a informarse, la encontró tirada en el suelo, con el blanco cabello colgando y perdida en sollozos quejumbrosos de niño pequeño. Casi no podía llorar; las viejecitas de su edad no tienen ya lágrimas en sus ojos. La pobre anciana no supo más que decirle: —¡Mi nieto ha muerto!
Y le echó sobre las rodillas las cartas, los certificados y la cajita con la medalla.
Gaud recorrió con la vista los papeles, y se arrodilló para orar.
Las dos mujeres permanecieron allí juntas, enmudecidas, abismadas, en su dolor, hasta entrada la noche.
Aquel largo silencio fué sólo interrumpido por estas palabras de Gaud a la señora Moan.
—Yo me vendré a vivir con vos, abuelita; traeré mi cama, que es lo único que me han dejado, y velaré por vos, os cuidaré, no estaréis sola...
A su verdadera pena por la pérdida del compañero de su infancia, se mezclaba a su pesar el recuerdo de otro ser querido; del que aquella misma hora pescaba en Islandia, en el crepúsculo sin fin.
¿Lloraría Juan también la muerte de Silvestre, cuando llegara a su conocimiento la infausta nueva? Debía creerlo así, puesto que los dos se amaban... Y en medio de sus propias lágrimas, se preocupaba mucho de esto, tan pronto sintiéndose indignada contra aquel hombre de carácter duro e indómito, tan pronto enterneciéndose a su recuerdo, a causa de aquel dolor que él iba también a experimentar, y que ella consideraba como una especie de aproximación entre los dos: en fin, con el corazón lleno de él.

XXVI

Era una tarde de agosto, cuando llegó a bordo de la María la carta que anunciaba a Juan Gaos el fallecimiento de su amigo. El día había sido de ruda maniobra y excesiva fatiga, y los marineros estaban deseando bajar a la camareta para cenar y acostarse.
En aquel reducido zaquizamí de tablas, a la luz amarillenta de la lámpara, fué donde Juan leyó la funesta misiva. La impresión que en el primer momento le produjo fué de insensibilidad, de aturdimiento, como de no haber comprendido bien lo que le decían. Muy reservado en las cosas que afectaban a su corazón, por su carácter orgulloso, escondió la carta en su camiseta azul, contra su pecho, sin decir nada a los compañeros.
Juan era de las personas en quienes, el dolor se reconcentra, y carece de manifestaciones exteriores. Así, pues, sin dar siquiera explicaciones a los demás, dijo que no tenía ganas de cenar, y se acostó, cayendo a poco en un profundo sueño.
Una pesadilla, en la que veía desfilar el entierro de Silvestre, turbó las horas de su reposo...
A la aproximación de la media noche, cuando se encontraba en ese estado de espíritu peculiar a los marineros, que tienen conciencia de la hora cuando están sumidos en el sueño, y que sienten venir el momento en que han de despertarles para hacer su cuarto, asistía todavía con la imaginación al fúnebre acto del entierro. Una voz recóndita le decía que soñaba, y sentía un vago deseo de despertarse para librarse de aquella visión obstinada.
Pero cuando sintió el contacto de una ruda mano que se posaba sobre sus espaldas, y que una voz varonil le decía: —¡Arriba Gaos, que es tu hora! — oyó sobre su pecho un ligero ruidito de papel arrugado, pequeña música siniestra que afirmaba la certeza de la muerte. Era la carta, cuyo contenido, por desgracia, no dejaba lugar a duda. ¡Luego era verdad! Y entonces su dolor fué más vivo, más cruel, al encontrarse frente a frente con la penosa realidad.
Juan se vistió silenciosamente, y abriendo la escotilla, subió sobre cubierta para reanudar sus faenas de pescador.
Cuando estuvo arriba, miró en torno suyo, con ojos todavía algo adormilados, el círculo familiar de las aguas.
—No era completamente de noche: el mar estaba débilmente iluminado por un resto de luz difusa que no parecía venir de ninguna parte. En lo alto había nubes que se confundían las unas con las otras, para no formar más que un gran velo. Pero allá abajo, en un punto del cielo cercano de las aguas, fingían una especie de fantasmagoría, que se destacaba más distinta; algo como un dibujo informe trazado por una mano distraída, combinación casual, fugitiva, destinada a desaparecer en un momento. Y sin embargo, ella sola parecía significar alguna cosa en todo aquel conjunto gris sin expresión; hubiérase dicho que el pensamiento melancólico, intangible, del triste vacío que abarcaba la vista, estaba allí inscrito.
Juan, a medida que sus pupilas móviles se habituaban a la obscuridad exterior, iba mirando con más fijeza aquella desgarradura única de las nubes, que afectaba la forma de un hombre que se deja caer al suelo con los brazo en cruz.
Su imaginación le hacía ver una realidad humana, en aquel accidente casualísimo. Cuanto más contemplaba la nube, más se sentía invadido por una angustia profunda, lleno de lo desconocido y de lo misterioso, que le helaba el alma: ahora comprendía mucho mejor que antes, que ya no volvería a ver nunca a su hermano adoptivo, y la pena que con tanto trabajo había ido penetrando en su corazón, hundía en él su puñal como si penetrara en blanda cera. Creía ver el rostro bondadoso y simpático de Silvestre, con sus cándidos ojos de niño; fingíase que le abrazaba, y sentía entonces como un velo que caía súbitamente entre sus párpados, a pesar suyo, sin que pudiera explicárselo; porque nunca le había acontecido llorar en su vida de hombre. Pero esta vez las lágrimas se deslizaban por sus mejillas a la par que profundos sollozos levantaban su pecho en convulsivo hipo.
Y continuaba pescando sin perder su tiempo ni proferir una palabra, mientras sus otros dos compañeros, que le escuchaban en silencio, hacían como que no le oían, por temor de irritarlo, conociendo la altanera reserva de su carácter.
En su fuero interno, Juan opinaba que la muerte ponía fin a todas las cosas.
Cuando se presentaba la ocasión, se asociaba a las plegarias que se hacen en familia, por el repose de los difuntos; pero lo hacía por respeto a sus padres, y no porque él creyese de modo alguno en la inmortalidad de las almas.
En sus conversaciones entre marinos, todos ellos afirmaban la misma opinión, de una manera breve y segura, como cosa bien conocida de cada cual; lo que no les impedía sentir una aprensión vaga de los fantasmas, un miedo supersticioso de los cementerios, una confianza. extremada en los santos e imágenes que protejen, y sobre todo, una veneración innata hacia la tierra bendita que rodea las iglesias de su país.
He ahí por qué Juan temía por sí mismo perecer en el mar, como si en sus abismos la muerte fuese más la desaparición de todo, y por qué se desesperaba más sombríamente a la idea de que Silvestre reposaba en aquella tierra lejana que él nunca había pisado.
Aquel día no se veían por parte alguna tonos rosados de aurora: todo era lívido y triste.
Las lágrimas de su desgraciado amigo, y la gran melancolía de las cosas, eran el aparato de duelo desplegado en honor del pobre héroe obscuro, sobre aquellos mares de Islandia, donde había pasado la mitad de su vida.
Cuando vino el pleno día, Juan enjugó bruscamente sus ojos con la manga de su camiseta de lana, y cesó de llorar, pareciendo absorberse por completo en el trabajo de la pesca, en el vaivén monótono de las cosas reales y presentes.
Los brazos de todos los tripulantes bastaban apenas para recoger la multitud de peces que picaba en los anzuelos.
En torno de la María, en los fondos inmensos del cuadro, verificábase ahora una nueva mutación rápida, como en los teatros donde se hacen funciones de magia. El gran desarrollo de infinito del amanecer había terminado, y ahora, por el contrario, los términos lejanos parecían estrecharse, replegarse sobre sí mismos. El horizonte, poco antes desmesurado, veíase ahora muy cerca, limitando considerablemente el espacio. Llenábase el vacío de velos tenues que flotaban, vagos los unos como vapores; de contornos franjeados los otros. Veíaseles caer flojamente en un gran silencio, como muselinas blancas sin peso alguno, que por todos lados iban cerrando el espacio como una inmensa cortina.
Era la primera bruma de Agosto que se levantaba. En algunos minutos el blanco sudario se hizo uniformemente denso, impenetrable; en derredor del barco no se distinguía ya más que una palidez húmeda, en la que casi se perdían los perfiles de la arboladura.
Los tripulantes de la María, como todos los pescadores islandeses, conocían de antiguo la bruma, compañera inevitable del segundo período de la estación de pesca, que les anunciaba la época del próximo retorno a Bretaña.
La pesca marchaba superiormente; nadie hablaba para atender mejor a sus anzuelos. A cada instante sentíase caer a bordo gruesos bacalaos, que se agitaban rabiosamente sobre las tablas de la cubierta, golpeándolas con la cola; todo estaba salpicado de agua del mar y de finas escamas plateadas que se desprendían del cuerpo de los peces en sus movimientos desordenados. El marinero encargado de abrirles el vientre con su gran cuchillo se cortaba los dedos en su precipitaci6n de dar abasto al trabajo, y su sangre roja se mezclaba a la salmuera de los barriles.

XXVII

Por espacio de diez días estuvieron envueltos en la bruma espesa, sin ver nada. La pesca continuaba siendo buena, y la actividad del trabajo no dejaba paso al aburrimiento.
De vez en cuando uno de los marineros soplaba en una trompa de cuerno, de donde salía un bramido análogo al de un animal salvaje. A veces, del fondo de las brumas blancas salía otro bramido lejano, que respondía al de la María. Entonces se redoblaba la vigilancia. Si el ruido se aproximaba, todos los oídos se tendían hacia aquel vecino desconocido, que no podían distinguir en la cerrazón de la niebla, pero cuya presencia cerca de ellos constituía un peligro. Hacían entonces conjeturas sobre él; convertíanlo en una ocupación, en algo que les distraía, y los ojos de todos se esforzaban ansiosamente por penetrar las impalpables muselinas tendidas en el aire.
Luego, sentíase que el vecino desconocido se alejaba; los bramidos de la trompa se extinguían poco a poco hasta perderse, y volvían a encontrarse solos, en el silencio de aquel infinito de vapores móviles.
Cada mañana se echaba una sonda para conocer la altura de las aguas, por temor de que la María se aproximase demasiado a los bajos de la Isla de Islandia; pero todos los cordeles de a bordo, atados unos a otros, no conseguían tocar el fondo del mar. Estaban, pues, al largo, flotando en aguas profundas.
Juan había recobrado sus maneras habituales de ser, como si no le hubiera pasado nada: hasta se mostraba comunicativo alguna que otra vez, y aun solía acontecerle, por la noche, cuando estaban sentados a la mesa en la estrecha camareta presidida por la Virgen de barro, reír de las cosas graciosas que referían los otros.
Pero eran raros estos casos. Tal vez pensaba un poco en aquella Gaud, rica antes, pobre y abandonada ahora; quizá también le pesaba el recuerdo del amigo querido, cuyo luto llevaba en el fondo de su corazón... Aquel corazón de Juan era una región virgen, difícil de gobernar, poco conocida en la que pasaban cosas que nunca se revelaban al exterior.
Una mañana, hacia las tres de la madrugada, mientras soñaban tranquilamente bajo su sudario de bruma, oyeron como un rumor de voces humanas, cuyo timbre parecióles extraño y desconocido. Los que en aquel momento estaban sobre el puente, se miraron unos a otros, preguntándose con la vista: —¿Quién es el que ha hablado?
Nadie había pronunciado una palabra: era indudable que las voces venían del exterior.
Entonces, el encargado de tocar la trompa de aviso, que había descuidado sus funciones desde una hora antes, se precipitó sobre su instrumento, en el que se puso a soplar con toda la fuerza de sus pulmones.
Y como si aquel sonido salvaje hubiera sido una evocación, una gran sombra imprevista se dibujó amenazadora delante de ellos en el denso cortinaje de brumas, y pudo verse que la sombra tenía arboladura, vergas, jarcias: todo un contorno de buque que se había dibujado súbitamente en el aire, como esas fantasmagorías que crea la reflexión de una linterna mágica sobre un lienzo extendido. Y a bordo de aquel barco, inclinados sobre la obra muerta, casi tocándoles, había otros hombres que les miraban con ojos muy abiertos, en un brusco despertar de espanto y de sorpresa.
Los tripulantes de la María se apresuraron coger remos, bicheros, palos de repuesto, todo lo que hubieron a mano, para tener a distancia a aquel peligroso visitante que se les echaba encima. Y los otros, presa del mismo temor, alargaban por su parte análogos utensilios para rechazar el casco de la María. Pero no hubo más que un ligero crujido en las vergas, encima de sus cabezas, y los aparejos, un instante enganchados, se desprendieron instantáneamente el uno del otro por sí mismos, sin que se produjera la menor avería. El choque había sido tan suave, tan débil, que hubiérase creído que aquel otro barco no era una masa sólida, sino desubstanciada y sin peso.
Entonces, pasada la primera impresión de temor, los marineros de ambas embarcaciones prorrumpieron en risas, reconociéndose unos a otros. —¡Ah de la gente de la María! —¡Ah de vosotros! —¡Hola, Gaos, Lanmec, Germeur!
La aparición era la Reina Berta, capitán Lawoer, también de la matrícula de Paimpol, y todos los que la tripulaban eran amigos y conocidos de la María; gente de Ploudariel, del Ploures o de Plounerin.
—¿Porqué diablos no tocabais vuestra trompeta, hato de brutos? —decía Lawoer.
—¿Y por qué no tocabais vosotros, la vuestra banda de piratas? —contestaba Germeur, bromeando con su colega de la Reina Berta.
—¡Ah! en cuanto a nosotros... es diferente nos está prohibido hacer ruido.
Lawoer dió esta contestación con un aire de misterio, y acompañándola con una sonrisa tan extraña, que más de una vez los de la María hicieron comentarios sobre ella.
Y enseguida, como si temiese haber dicho demasiado, agregó esta otra broma:
—La trompa nuestra la ha reventado este animal, a fuerza de soplar en ella.
Y señaló a un marinero que parecía un tritón puesto de pie, demasiado bajo y demasiado ancho, con unas piernas muy cortas, y un aspecto a la vez grotesco y siniestro en su forzuda deformidad.
La conversación se generalizó entre los tripulantes de los dos barcos, mientras llegaba un soplo de brisa que los apartase uno de otro. Se veían como a través de gasas blancas y hasta el ruido de las voces, con estar tan cerca, llegaba a sus oídos como lejano y amortiguado.
Mientras tanto, Juan no podía separar sus ojos de uno de aquellos pescadores, un viejecillo pequeño, a quien estaba seguro de no haber visto jamás en ninguna parte, y que sin embargo, le había dicho en seguida con un aire de antigua intimidad: —¡Hola, Juanote!
El viejecillo aquél tenía la fealdad irritante de los micos, con sus guiños de malicia en sus ojos de mirada penetrante.
—A mi me escriben —decía Lawoer, el patrón de la Reina Berta,— la muerte del nieto de la vieja Ivona Moan, de Ploubazlenec, que estaba en la escuadra de China. ¡Qué lástima de muchacho!
Al oír esto, los de la María se volvieron hacia Juan, como preguntándole si tenía conocimiento de la desgracia.
—Sí —contestó con voz sorda y afectando un aire altanero e indiferente;— me lo decían en la última carta que recibí de mi casa.
Le irritaba la curiosidad de los otros por saber hasta qué punto le había hecho impresión la muerte de su mejor amigo.
—También me dice mi mujer —continuaba Lawoer, que la hija del señor Mével ha dejado la ciudad para habitar en Ploubazlenec y cuidar a la vieja Moan, su parienta lejana: ahora trabaja, y va a coser a las casas para ganar su vida. Siempre he tenido la opinión de que era una muchacha honrada y animosa, a pesar de sus mohos y de sus humos de señorita.
Nuevamente se dirigieron todas las miradas a Juan, que se puso muy encarnado.
La apreciación de Lawoear sobre Gaud terminó la conversación con la gente de la Reina Berta, a quienes ningún ser viviente, debía volver a ver jamás. Un soplo de la brisa alejó los dos barcos, y la Reina Berta desapareció bruscamente entre la bruma, como se borra una sombra chinesca cuando se apaga la lámpara del transparente. Los de la María se despedían de ellos a grandes voces, pero nada respondía, a sus gritos más que una especie de clamor burlón, terminado por un gemido que les hizo mirarse con sorpresa.
Aquella Reina Berta no regresó al puerto con los demás barcos islandeses. Y como quiera que otro barco, el Samuel Azénide, encontró en un fiord su castillo de popa con un pedazo de quilla, renunciaron a esperarla más: en el mes de Octubre, los nombres de todos los que la tripulaban fueron inscriptos sobre placas negras, incrustadas en las paredes de la iglesia.
Pero lo extraño era que desde aquella última aparición, cuya fecha retuvieron bien los pescadores de la María, hasta la época del regreso, no había reinado en los mares de Islandia ningún mal tiempo peligroso, mientras que, por el contrario, tres semanas antes, una borrasca del Oeste había arrebatado varios marineros y hecho zozobrar dos barcos. Recordaron entonces los extraños incidentes del encuentro y la sonrisa misteriosa del patrón Lawoer, cosas que dieron materia a muchas conjeturas. Más de una noche, Juan creyó ver en sueños al marinero que guiñaba los ojos a la manera de los micos, y todos los navegantes de la María tuvieron por cosa cierta que aquella mañana estuvieron hablando con apariciones del otro mundo.

XXVIII

Avanzaba el estío, y las brumas de fines de Agosto trajeron consigo el regreso de los islandeses a sus puertos de Bretaña.
Tres meses hacía ya que las dos pobres mujeres abandonadas habitaban juntas, en Ploubazlenec, la cabaña de los Moan. Gaud había ocupado la plaza de hija en aquel pobre nido de marinos difuntos, y trasladado a su nueva morada todo lo que había quedado exento del embargo: su cama, colgada y arreglada a la última moda, y sus Vestidos. Ahora iba de negro, con un traje que se había hecho ella misma, más sencillo que los de antes, y usaba, como la abuela Ivona, una cofia de luto.
Diariamente iba a coser a las casas de las gentes ricas de Paimpol, y regresaba por la noche a Ploubazlenec, sin que nadie se atreviera a molestarla en el camino con galanteos; no había perdido por entero su altivez, y las gentes continuaban considerándola con el respeto y la cortesía de antes.
Cada vez que atravesaba la ruta que de Paimpol conducía a su aldea, pensaba, con cierta satisfacción en que Juan se encontraba pescando en Islandia: allí, al menos sabía que el mar los guardaba, en su profunda clausura, y que no podía pertenecer a mujer alguna... Verdad era que estaba próxima la época de su regreso; pero ahora pensaba en ese acontecimiento con más calma que antes. Comprendía, por instinto, que su pobreza actual no sería un motivo para verse más desdeñada, porque Juan era un joven que no se parecía a los demás. Y luego, había la circunstancia de la muerte del pobre Silvestre, con cuyo motivo era fácil de prever que Juan a su llegada de Islandia, no podía dejar de ir a hacer su visita de pésame a la abuela, de su cariñoso amigo. Gaud había decidido in pectore hallarse presente a aquella visita, lo que no le parecía en modo alguno una falta de dignidad: proponíase hablarle con la mayor naturalidad, como si nada absolutamente hubiera pasado entro ambos, y ¿quién sabe? no sería imposible que él llegara a otorgarle una afección de hermano, ahora que se hallaba tan sola en el mundo.
¿Qué impresión experimentaría Juan, que la había conocido rica, al volverla a encontrar ahora en una pobre cabaña ruinosa?
Ya era de noche cuando llegaba a su humilde morada, casi escondida bajo el espeso techo de paja ennegrecido por la intemperie, que parecía el lomo de alguna enorme bestia. Las paredes tenían el color sombrío y la rudeza de las rocas, y en sus intersticios crecían musgos y coclearias.
En la gran chimenea ardían ramas olorosas de pino, que la anciana Ivona iba recogiendo en sus largos paseos a través de los caminos solitarios: a aquella hora, la pobre vieja estaba siempre acurrucada en la chimenea, cuidando de la cena. Cuando sentía entrar a Gaud, la miraba con sus ojos pardos y vivos antes, ahora turbios y extraviados y le dirigía estas frases, siempre las mismas:
—¡Dios mío, mi querida niña, qué tarde vuelves esta noche!
—Os equivocáis, abuelita —respondía dulcemente Gaud, que ya estaba habituada a los desvaríos de la anciana;— es la misma hora que todos los días.
—¡Válgame Dios! A mí me había parecido que era más tarde.
Luego, cenaban en su antigua mesa de roble, desgastada por los continuos fregados.
Uno de los lados de la cabaña estaba ocupado por inmensos armarios, groseramente esculpidos, que al abrirse, daban acceso a unas especies de camarotes de barco, sucesivamente habitados por muchas generaciones de pescadores, que en ellos habían nacido y habían muerto, cuando el mar de Islandia no los había tragado en su abismo.
De las negras vigas del techo veíanse colgados antiquísimos utensilios de cocina, paquetes de hierbas, tocino ahumado y viejas redes que dormían allí desde el naufragio de los últimos Moan. La cama de Gaud, instalada en un ángulo de la habitación, con sus cortinas de muselina blanca, hacía el efecto de una cosa elegante y fresca, en aquel conjunto de cosas viejas y carcomidas.
Las noches de verano se acostaban muy temprano para economizar luz, y si el tiempo estaba bueno, se sentaban un rato en el banco de piedra que había junto a la puerta, y allí se entretenían en mirar los transeúntes que pasaban por el camino.
En seguida, la vieja Ivona se acostaba en uno de aquellos camarotes antes descritos, y Gaud ocupaba su bonita cama de señorita. Se dormía pronto, como una persona que ha trabajado y andado mucho durante el día, no sin pensar antes un poco en que no debían tardar en estar de vuelta los islandeses; pero sin que jamás cruzara por su mente una idea que no fuera digna de una joven honesta y recatada.
Pero un día, habiendo oído decir en Paimpol que acababa de llegar la María, se sintió acometida de una especie de fiebre. Toda su calma de antes la abandonó de pronto, y no pensó más que en concluir pronto su obra de costura para ponerse en camino de Ploubazlenec más temprano que de costumbre.
No la engañó su presentimiento: cuando ella marchaba, con paso apresurado, en dirección a la aldea, divisó de lejos a Juan, que venía camino de Paimpol.
Gaud, ante aquel encuentro súbito que no había previsto, sintió que las piernas se le doblaban, al extremo de temer si tendría que pasar por la vergüenza de que la viera caer al suelo. Y luego creía que estaba mal peinada, que todo su tocado revelaba el sofocón que se había tomado por acabar pronto su costura. Hubiera dado cualquier cosa por poderse esconder detrás de los juncos. Por su parte, él también había hecho un movimiento como para volverse atrás; pero era ya demasiado tarde, y hubieron forzosamente de cruzarse al atravesar el estrecho sendero.
El, para dejarla más franco el paso, se arrimó al vallado, mirándola de una manera furtiva y salvaje, Gaud levantó también los ojos, y durante medio segundo lo cubrió con otra mirada que, a pesar suyo, expresaba la angustia. Y en aquel involuntario cruzamiento de miradas rápido como el relámpago, las pupilas de Juan parecieron ensancharse, iluminarse con la llama de un pensamiento, mientras su rostro se teñía hasta las sienes de un vivo color rosado.
—Buenos días, señorita, Gaud —dijo Juan llevándose la mano a la gorra. —Buenos días, señor Juan —contestó ella.
Y todo se redujo a aquel cambio de saludos. Cada cual continuó su camino, ella temblando un poco, pero sintiendo, a medida que se alejaba, que la sangre recobraba su curso normal y le volvían las fuerzas.
Cuando llegó a su casa,, encontró a la vieja Moan acurrucada en un rincón, llorando, toda despeinada y hecha una lástima.
—¡Ah, mi buena Gaud! me he encontrado al chico de Gaos del lado de Ploulierzel, cuando yo volvía de recoger una poquita de leña: ya te figurarás que hemos hablado del pobre Silvestre. Ya había venido esta mañana a verme, en cuanto saltaron en tierra, pero yo no estaba en casa. ¡Pobre muchacho! también él lloraba mucho. Se ha empeñado en acompañarme hasta la puerta, mi buena Gaud, para traerme mi hacecito de leña.
Margarita oía esta relación de pie, y a cada palabra de la vieja, sentía que se le oprimía más el corazón. Es decir, que la visita de Juan, en la que había fundado tantas esperanzas y que había pensado aprovechar para decirle tantas cosas, estaba ya hecha, sin duda para no renovarse nunca. No tenía ya nada que esperar...
Entonces la cabaña le pareció más desolada, la miseria, más dura, el mundo más vacío, y bajó la cabeza agobiada, bajo el peso de las vicisitudes, con un deseo de encontrar la redención en la muerte.
Vino el invierno poco a poco, extendiéndose como una mortaja que se dejase caer con gran lentitud desde lo alto. A los días grises sucedieron otros más tristes, todavía sin que Juan volviese a aparecer por la cabaña. Las dos mujeres vivían bien abandonadas.
Con el frío, su existencia era más costosa y más dura.
Y luego, la vieja Ivona se iba haciendo difícil de cuidar. Tenía la cabeza perdida; se incomodaba por cualquier cosa y prorrumpía en injurias e impertinencias. Aquello le daba una o dos veces por semana, a propósito de cualquier tontería, como a los chiquillos.
¡Pobre vieja! Era todavía tan buena y tan cariñosa en sus días de lucidez de espíritu, que Gaud no cesaba de respetarla y de quererla. Pero cuando estaba de malas se hacía insoportable: hasta se ponía a cantar canciones obscenas, ella, que siempre había sido pulcra en hablar como en todo.
Un día, su chochez llegó al extremo de perder el recuerdo de su nieto.
¿Silvestre? ¿Silvestre?... —¡ah! ya comprendes, mi buena Gaud: he tenido cuando era joven tantos hijos y tantos nietos... ¡vaya, que no me acuerdo!
Y al otro día se acordaba perfectamente de todo el mundo, y contaba mil conversaciones, mil incidentes, hasta que concluía por echarse a llorar sin consuelo.
¡Oh, qué largas, qué duras eran aquellas noches de invierno cuando no tenían leña para encender la chimenea! ¡Qué triste trabajar con tanto frío, dar puntadas menudas para ganar la vida, tener que concluir antes de acostarse la obra de costura traída cada noche de Paimpol, para comer al día siguiente!
La vieja Ivona se quejaba, de que no le daban conversación.
—¿No me dices nada, mi buena Gaud? ¿Por qué? En mi tiempo conocí muchas jóvenes de tu edad que no sabían estar calladas. Me parece que no estaríamos tan tristes si tú quisieras hablarme un poco.
Entonces Gaud se ponía a referir las noticias de cualquier clase que había oído en la ciudad, o decía los nombres de las gentes a quienes había encontrado en el camino, o hablaba de cosas que le eran del todo indiferentes, hasta que la anciana se dormía.
Nada viviente, nada joven en torno de ella, cuya fresca juventud llamaba a la vida. Su belleza iba a consumirse, solitaria y estéril.
El viento del mar agitaba la llama de su lámpara, y el ruido de las olas se escuchaba en la cabaña, como a bordo de un buque. En la mente de Gand mezclábase a aquel rumor siniestro el recuerdo de Juan, en quien pensaba con angustia en las noches de borrasca, cuando los elementos desencadenados bramaban en las tinieblas del exterior.
Y luego, sola, siempre sola, con aquella pobre anciana que dormía, sentía miedo algunas veces y miraba con pavura a los rincones obscuros, pensando en los marinos que habían dormido largos años en los camarotes a manera de armarios, y perecido en noches lóbregas y tormentosas como aquélla. Veníanle a la imaginación narraciones de fantasmas y almas aparecidas, sintiéndose poco protegida, contra la visita de aquellos muertos, por la presencia de una vieja que casi no pertenecía ya al mundo de los vivos.
La lluvia caía sin intermisión con un ruido incesante de fuente. El vetusto techo de paja y musgo tenía goteras que se filtraban, siempre en los mismos sitios, infatigables, monótonas, constantemente con el mismo gotear triste, formando charquitos en el suelo de la cabaña, que era de rocas y tierra apisonada, con arena y despojos de mariscos.
Sobre todo, las noches de los domingos eran las más tristes para Gaud, a causa de cierta alegría y esparcimiento que reinaba fuera de la casa de las dos pobres mujeres; noches de regocijo en aquellas humildes chozas, perdidas en la costa, de muchas de las cuales se oían salir cánticos pesados de marineros borrachos. En el interior veíanse mesas alineadas para los bebedores, marineros secándose al calor de la llama, viejos devotos del aguardiente, jóvenes cortejando a las muchachas; todos cantando para aturdirse. Y cerca de ellos el mar, su tumba de mañana, cantaba también llenando la obscuridad con su voz inmensa...
Ciertos días de fiesta, bandadas de jóvenes que salían de las tabernas, o regresaban de Paimpol, pasaban por delante de la cabaña de lo Moan con dirección a Pors-Even. Por lo general, eran los más aficionados a correr tormentas, dándoseles un ardite del frío y de la lluvia cosas de que estaban acostumbrados, a mofarse toda su vida. Gaud, cuando los sentía pasar, tendía el oído a sus canciones y a sus gritos, tratando de discernir si a aquellas voces de hombres ebrios se mezclaba la de Juan, y sintiéndose presa de una turbación extrema cuando creía reconocerla.
La joven encontraba muy criticable, por parte de un muchacho, pundonoroso como Juan, aquello de no haberlas vuelto a visitar, y el traer una vida alegre y divertida, estando tan reciente la muerte de Silvestre. No; tales cosas no le parecían propias del carácter de Juan, tal como a ella se lo habían pintado. Y sin embargo, no podía decidirse a creer que fuese un hombre de malos sentimientos.
La verdad era, que desde su regreso de Islandia, Juan hacía una vida disipada que no le era habitual.
Desde luego, habían hecho en Octubre la acostumbrada expedición al golfo de Gascuña, expedición que para los pescadores islandeses es siempre una partida de placer, porque los capitanes de sus respectivas embarcaciones les adelantan algún dinero para divertirse, a cuenta de las partes de la pesca que han de cobrar en el invierno. Fueron, pues, como todos los años, a hacer provisión de sal, y Juan aprovechó la ocasión para reanudar relaciones con cierta morena de San Martín de Rel, con la que ya había andado en galanteos el precedente otoño. Habíanse paseado juntos, a los últimos rayos del sol alegre, por las viñas llenas de cánticos de alondras y embalsamadas por los racimos maduros: juntos habían cantado y bailado hasta perder el juicio en las veladas de la vendimia, y embriagádose de amor y de vino dulce.
De allí la María navegó hasta Burdeos, donde Juan empleó ocho días en adorar a una rubia de formas opulentas, que hacía las delicias de un café cantante muy concurrido por marineros.
De vuelta en Bretaña en el mes de Noviembre, había asistido a la boda de varios de sus amigos, muy engalanado con su vestido nuevo, y en todas ellas bailó como un descosido y bebió como un odre. No transcurría para él una semana sin alguna aventura nueva, que las muchachas de Paimpol y de Pors-Even referían a Margarita, exagerándolas.
Tres o cuatro veces lo había visto venir desde lejos, por el camino de Ploubazlenec, pero siempre a tiempo de poder evitar el hablarle: él, por su parte, en cuanto la veía, tomaba por la landa, con el mismo objeto. Huían el uno del otro, como obedeciendo a una especie de convenio tácito.

XXIX

Había en Paimpol una mujer muy gruesa, llamada la señora Tressoleur, dueña de una taberna famosa entre los pescadores, y a la que armadores y capitanes iban a escoger sus tripulaciones y a contratar los marineros más hábiles y fuertes, bebiendo en su compañía.
Esta señora, Tressoleur había sido guapa, y todavía coqueteaba con los concurrentes a su establecimiento, a pesar de cierto abundante vello que ornaba su labio superior, prestándole un aspecto de cantinera bajo su gran cofia blanca de religiosa. En su cabeza, como en un registro, estaban inscriptos los nombres y circunstancias de todos los marinos del país; conocía a los buenos como a los malos; sabía con exactitud lo que ganaban y lo que valía cada cual.
Un día del mes de enero, Gaud, llamada por la señora Tressoleur para hacerle un traje, estaba cosiendo en una habitación que comunicaba con el local ocupado por los bebedores por una puerta de cristales. La sala común era espaciosa y baja de techo, y en las paredes había muchos cuadros representando naufragios, abordajes y otras escenas marítimas. En un ángulo se veía la indispensable Virgen de barro pintado, con sus correspondientes ramos de flores contrahechas.
Gaud, sin abandonar un punto su costura, aplicaba el oído a una conversación que tenía lugar sobre las cosas de Islandia, entre la señora Tressoleur y dos parroquianos que bebían delante del mostrador.
Los tres discutían a propósito de un hermoso barco nuevo que se estaba aparejando en el puerto, y aseguraban los parroquianos no ser posible que la Leopoldina estuviese lista para la próxima campaña.
—¿Pues no ha de estar lista?-decía la tabernera.— Os aseguró que ayer quedó completa su dotación: todos los que tripulaban la María, patrón Germeur, van a la Leopoldina, porque el otro barco lo van a vender por leña, a causa de que es tan viejo que no podría resistir otro viaje. Vuelvo a aseguraros que ayer mismo, aquí con mi propia pluma, han firmado el contrato cinco muchachotes, y de primer orden, Podéis creerme: Laumec, Carof, Ivan Duf, el hijo de Keraez y Juan Gaos el de Pors-Even, que vale él solo por tres marineros.
¡La Leopoldina!... el nombre del barco que iba a ser el de Juan quedó fijo desde aquel instante en la memoria de Gaud como la incrustación queda fija al hierro.
Cuando volvió por la noche a Ploubazlenec, para proseguir su obra de costura a la luz de la pequeña lámpara, no tenía en la cabeza más que aquel nombre, cuya sola consonancia la impresionaba de una manera triste. Los nombres de las personas, y los de los barcos tienen una fisonomía por ellos mismos: casi un sentido. Y aquella Leopoldina, nombre nuevo, inusitado en la matrícula del país, la perseguía con una persistencia que no era natural: se convertía en una especie de obsesión siniestra. ¡Ah! ella esperaba que Juan haría su próxima expedición de pesca en aquella María que conocía desde largo tiempo, y a cuyo bordo recordaba haber estado una vez: tenía confianza en el viejo barco, cuyos peligrosos viajes había protegido la Santa Virgen tanto tiempo, y el cambio de la María por la Leopoldina la llenaba de inexplicable angustia.
Pero reflexionaba que, después de todo, nada de lo que a Juan se refería le importaba, ni debía importarle nunca. ¿Qué tenía ella que ver con que se embarcara en este o en el otro buque? ¿Se sentiría por eso más ni menos desgraciada cuando él estuviera en Islandia, o cuando la venida de un nuevo otoño trajera a los pescadores a sus hogares? Todo aquello debía serle indiferente, sin alegría como sin esperanza. No había entre ellos ningún lazo; ninguna mancomunidad de pensamientos, puesto que él ni parecía siquiera acordarse del pobre Silvestre; érale necesario, por consiguiente, desprenderse de toda idea relacionada con él, desechar los pensamientos a que se mezclaba su nombre, convencerse, en una palabra, de que su sueño había concluido para siempre.
Y cubría con una dulce mirada a aquella pobre vieja dormida, que todavía tenía necesidad de su amparo, pero que no tardaría en dejarla sola en el mundo. Y entonces, ¿a qué vivir ni trabajar? ¿con qué objeto?
Allá fuera rugía el viento del Oeste; las goteras del techo habían vuelto a empezar su monótono ruidito intermitente. Y las lágrimas de Margarita empezaron también a caer de sus ojos, deslizándose tristes y silenciosas por sus mejillas: lágrimas de huérfana abandonada que pasaban sobre sus labios, dejando en ellos un gusto amargo, y caían sobre la costura como esas lluvias de estío que no son traídas por brisa alguna, y que caen súbitamente de las nubes demasiado llenas. Entonces, cegada por el llanto, quebrantada de cuerpo y de espíritu, poseída de vértigo ante el vacío de su vida, plegó el amplio corpiño que estaba confeccionando para la señora Tressoleur, y trató de dormir en su linda cama de señorita, que cada día encontraba más fría, más húmeda, como todas las demás cosas de la cabaña.
Estamos en los primeros días de febrero. El tiempo, de duro y lluvioso, se había trocado en templado y seco.
Juan Gaos salía de casa de su armador, donde había cobrado los mil quinientos francos que le correspondían por su parte de pesca de la temporada última, e iba a entregárselos a su madre, según su costumbre inveterada.
El año había sido bueno para él, y se encontraba muy satisfecho.
Cerca ya de Plouzbalenec, vió un grupo de gente a orillas del camino: una vieja que gesticulaba agitando su palo, y muchos chiquillos alborozados que se reían de ella...
¡Era la abuela Moan! La buena viejecita, a quien tanto había querido Silvestre, era ahora una de esas viejas imbéciles y desarrapadas que sirven de diversión a las gentes en los caminos públicos. Esto causó a Juan una verdadera pena.
Los pilluelos de Ploubazlenec habían matado al gato de la señora Moan, quien llena de cólera y desesperada les amenazaba con un palo.
—¡Ah, si hubiera estado aquí mi pobre nieto, bien seguro que no os hubierais atrevido a matar al animalito, grandísimos bribones!
Se había caído, al salir corriendo tras de los chicos para vengar la muerte del gato, y la vista de su cofia, puesta del revés, y de su vestido lleno de barro, inspiraba a aquéllos la firme creencia de que la vieja Moan estaba borracha.
Pero Juan sabía muy bien que la pobre anciana no había bebido nunca más que agua, y se sintió indignado de que se mofaran de ella.
—¿No os da vergüenza de insultar así a una señora de edad? —dijo a los chicos con su voz sonora, cuyo tono imponía aun a los hombres como él.
En un abrir y cerrar de ojos todos los pilluelos desaparecieron, porque no ignoraban que Gaos el grandote, como le llamaban ellos, tenía muy mal genio.
Gaud, que en aquel momento regresaba, de Paimpol trayendo costura para la velada, había apercibido desde lejos el grupo y reconocido en él a la abuela. Echó a correr para ver lo que le pasaba, y comprendió el suceso viendo, el cadáver del pobre gato.
Alzó entonces sobre Juan sus ojos de mirada franca, y el pescador esta vez no apartó los suyos ni trató de esquivarse. Los dos se pusieron muy encarnados, él tan súbitamente como ella, de una misma subida de sangre a sus mejillas, y se quedaron mirándose, un poco asombrados de verse tan cerca el uno del otro; pero sin rencor, casi con dulzura, como reunidos en un pensamiento común de piedad y protección.
Largo tiempo hacía que los chicos de la escuela, de Ploubazlenec acechaban al gato de la vieja Moan, porque tenía el cuerpo y la cara negros, lo que les hacía suponer que era el diablo: la verdad era que el pobre animal no podía ser más inofensivo, y cuando se le miraba de cerca, se le notaba por el contrario una fisonomía tranquila y cariñosa. Le habían sacrificado a pedradas, y tenía un ojo colgando. La triste anciana, siempre balbuceando amenazas, oda conmovida, tomó el camino de su casita sin abandonar a su gato, a quien llevaba arrastrando por la cola.
—¡Ah, pobre nieto mío, pobrecito Silvestre! Si tú hubieras estado aquí, no se habrían atrevido esos pillos a hacerme esta infamia.
Y sus ojos derramaban lágrimas que caían por entro las arrugas de su rostro.
Gaud le había enderezado la cofia, tratando de consolarla con frases de cariño. Juan estaba muy indignado. ¡Cómo era posible que hubiese chiquillos bastante malvados para causar un disgusto así a una pobre vieja! Y casi se le saltaban también las lágrimas. No era el gato lo que sentía, porque no los podía ver; pero se le encogía el corazón andando detrás de aquella anciana que arrastraba el cadáver del animal querido. Y pensaba en el buen Silvestre, que tanto había amado a su abuelita, y que tanto hubiera sufrido si le hubiesen predicho que la que le sirvió de madre iba a concluir por servir de befa y escarnio a los muchachos traviesos.
Gaud, como encargada que era de cuidar a la vieja, sentía la necesidad de excusarse por el estado en que la encontraban, y se dirigió a Juan en estos términos:
—Por fuerza se ha debido caer al suelo para estar tan sucia: su vestido no es nuevo ni mucho menos, porque somos pobres, señor Juan pero ayer mismo se lo estuve cosiendo, y cuando yo salí esta mañana, estoy segura de haberla dejado tan limpia y tan arregladita.
Juan clavó en la joven una mirada intensa, más impresionado tal vez por esta pequeña explicación, que lo hubiera sido por frases hábiles o por reproches y llantos. Gaud era linda, como ninguna otra del país, y Juan lo sabía perfectamente; pero le parecía que lo era ahora mucho más, desde que había caído en la pobreza y se veía abandonada en el mundo. Le notaba ahora un aire más serio; sus ojos, de un gris azulado, tenían una expresión más reservada, pareciendo, sin embargo, que penetraban más en el fondo del alma. Iba a cumplir veintitrés años; su talle había acabado de formarse completamente, y se hallaba en toda la plenitud de la belleza de la mujer.
Y luego, vestía ahora como la hija de un pescador: traje negro sin adornos, y una cofia lisa, sin dejar por eso de ser distinguida ni de tener un aire de señorita que no tenían las demás que vestían como ella. ¿De dónde procedía aquel aspecto fino y elegante? De algo oculto en ella misma, e involuntario por su parte; tal vez sencillamente, de que su traje estaba mejor hecho y su tallo más ajustado que los de las otras, por un antiguo hábito, y dibujaba mejor su redondo pecho y el nacimiento de sus brazos... Pero no; la distinción residía más bien en su voz dulce y tranquila, y en la serenidad de su mirada.

XXX

Decididamente, Juan se proponía acompañarlas hasta su casa.
Casi era un espectáculo que provocaba a la risa aquella extraña procesión de tres personas que escoltaban el cadáver de un gato: en el centro, la vieja Ivona, que llevaba arrastrando al animal; Gaud a su derecha, ruborosa y turbada, y a la izquierda Juan Gaos, todo pensativo, aunque sin dejar su aire orgulloso de siempre.
La abuela Moan se había ido calmando poco a poco, y ya no sollozaba, ni decía una palabra; en cambio, observaba alternativamente a los dos jóvenes.
Gaud, por su parte, tampoco se atrevía a desplegar los labios por temor de que Juan aprovechase la menor ocasión oportuna para despedirse: quería prolongar cuanto pudiera aquel delicioso sueño, antes de llegar a la morada vacía y obscura, en cuyo umbral iba a desvanecerse.
Llegado que hubieron a la puerta de la cabaña, hubo uno de esos minutos de indecisión durante los cuales parece que el corazón suspende sus latidos. La abuela entró sin volverse; detrás de ella, Gaud, titubeando, y Juan... Juan entró también.
El pescador se quitó respetuosamente su sombrero y paseó una mirada por la habitación. Al distinguir el retrato de Silvestre, suspendido de la pared en su modesto marco, se aproximó a él lentamente, como quien se acerca a una tumba.
Gaud permanecía de pie, apoyada con las dos manos en la mesa. Juan contemplaba todo silenciosamente en torno suyo, y ella le seguía en aquella especie de revista muda que pasaba de su pobreza. Bien pobre, en efecto, a pesar de su orden y de su limpieza, el nido de las dos infelices mujeres abandonadas. Tal vez, al menos, Juan experimentaría hacia ella un poco de compasión honrada, al verla descendida a aquella miseria, desde su riqueza de poco antes. Sólo quedaba de la pasada opulencia el primoroso lecho de señorita, en el cual se fijaron involuntariamente, más de una vez los ojos de Juan Gaos.
Este no pronunciaba una palabra. ¿Por qué no se iba? La abuela, que era todavía muy lista en sus raros momentos de lucidez, fingía no ocuparse de los jóvenes. Así, pues, éstos permanecían de pie, el uno delante del otro, mudos y ansiosos, concluyendo por mirarse fijamente como en una interrogación suprema.
Pero los instantes pasaban, y a cada segundo que transcurría el silencio se hacía más penoso, más difícil de sostener. Y se devoraban con la vista, como en la espera solemne de algo inaudito que tardaba en venir.
—Gaud —le preguntó él con grave acento— si continuaseis pensando lo mismo.
¿Qué iba a decir?... Adivinábase que tomaba alguna gran decisión, brusca como eran todas las suyas, pero que apenas osaba formular.
—Si seguís en la misma idea... la pesca se ha vendido muy bien este año, y tengo un poco de dinero disponible...
Gaud dudaba si había oído bien: no se atrevía a creer lo que escuchaba.
Y la anciana, acurrucada en su rincón, aplicaba el oído a la conversación que tenía lugar, sintiendo que un rayo de felicidad iba a descender sobre la cabaña.
—Pues bien, señorita Gaud; si queréis, podríamos hacer nuestra boda...
Y se quedó mudo, aguardando una respuesta que no le daban. Juan se asombraba de aquel silencio; temía una negativa. Ella, estaba muy pálida, muy conmovida, muy linda, con sus ojos velados por la emoción.
—Pero, hija, ¿por qué no contestas? —interrumpió la vieja Ivona, que se había levantado, comprendiendo que era necesaria su intervención.
—Ya veis, señor Juan, es natural que la chica se sobrecoja; debéis dispensarla y dejarla que reflexione un momento. Sentaos, señor Juan, y tomad un vaso de sidra con nosotras.
Gaud estaba sumida en una especie de éxtasis que no la dejaba contestar: no se le ocurría una palabra. ¿Con que era cierto que Juan tenía buen corazón? Así era como ella se lo había figurado siempre en su fuero interno, a pesar de su dureza aparente, de su brusquedad afectada, a pesar de todo... Había huido de ella cuando era rica, y la solicitaba ahora que era pobre: sin duda la desigualdad de posición era la que había motivado la extraña actitud de Juan, que tanto la había hecho sufrir; pero ¿a qué pensar ya en los sinsabores que por espacio de dos años habían amargado su existencia? Todos aquellos recuerdos tristes habían sido arrebatados en un segundo por el delicioso torbellino que pasaba sobre su vida. Silenciosa siempre, no sabía confesarle su adoración más que con la mirada profunda de sus ojos, en tanto que una lluvia de lágrimas comenzaba a resbalar por sus mejillas.
—¡Dios os bendiga, hijos míos! —dijo la abuela Moan.— Yo le doy muchísimas gracias al Señor, porque me ha permitido ver vuestra felicidad antes de morir.
Los dos jóvenes continuaban cogidos de las manos, sin que el uno ni el otro encontrasen palabra alguna, que fuese bastante dulce, bastante expresiva para las circunstancias.
—Abrazaos al menos, hijos mios. ¿Pero cómo no os decís nada? ¡Qué diantres de muchachos éstos! Vamos, Gaud, dile algo a tu novio... En mis buenos tiempos, creo que no estaba mal visto que los jóvenes se abrazaran cuando estaban prometidos el uno al otro.
Juan besó en la frente a su prometida, poseído de un respeto desconocido para él. Parecíale que aquel era el primer beso que había dado en toda su vida. Ella también le devolvió su casta caricia, apoyando con todo su corazón sus frescos labios de virgen sobre la frente del marino, tostada por la brisa del mar.
Y todo parecía haberse vivificado y rejuvenecido súbitamente en la pobre cabaña. Hasta el retrato del buen Silvestre tomaba, un aire risueño en el fondo de su mareo negro. El silencio se llenaba de inauditas melodías, y el pálido crepúsculo del invierno que entraba por la ventana, les formaba en derredor como una bella aureola encantada.
—Es decir, que haréis vuestra boda al regresar de la temporada de Islandia, ¿no es eso, mis buenos hijos? —interrumpió la abuela, Moan. Gaud bajó la cabeza. La Islandia, la Leopoldina... y se le habían olvidado aquellos obstáculos espantables que se erguían amenazadores en su camino. ¡Al regreso de Islandia!... ¡Cuán largo sería todo aquel verano de pavorosa espera!
Juan ajustaba cuentas mentalmente, para formarse idea de si sería posible, activando las cosas, que tuviera tiempo de casarse antes de su partida: tantos días para sacar los papeles necesarios; tantos otros para las amonestaciones; todo aquello podría prolongarse hasta, el 20 o el 25 del mes, y había lugar de hacer la boda, y de estar juntos lo menos una semana, antes de la partida... —Voy corriendo a avisárselo a mi padre —dijo.
Y se marchó con tanto apresuramiento como si los segundos mismos de su existencia estuviesen ahora medidos y contados.

XXXI

Constantemente han gustado los enamorados de sentarse juntos, en los bancos de piedra a la puerta de las casas, cuando empieza a caer la tarde.
Juan y Gaud participaban de esta costumbre. Todas las noches se hacían el amor sentados en el carcomido banco de granito que había a la puerta de la cabaña de los Moan.
Otros novios tienen la primavera, la sombra de los árboles, las noches templadas, los rosales floridos. Ellos, sólo tenían los crepúsculos de febrero descendiendo sobre un país marino, donde todo eran juncos y piedras. Ni una rama de verdura sobre sus cabezas ni en torno suyo; nada más que el cielo inmenso, por el que pasaban lentamente sombras de nubes errantes. A guisa de flores, algas del mar, que los pescadores llevaban hasta el sendero al arrastrar sus redes desde la playa.
Los inviernos no son muy rigurosos en el país bretón, templado por las corrientes del mar; pero sin embargo, los crepúsculos vespertinos traían a menudo humedades heladas y pequeñas lluvias imperceptibles, que caían sobre sus hombros. Pero ellos no hacían caso, encontrándose perfectamente en el viejo banco, que había escuchado en el espacio de más de un siglo, bastantes coloquios amorosos.
De vez en cuando, la abuela Moan se asomaba a la puerta por el placer de verlos, y también para ver de conseguir que entraran.
—¡Pero Dios mío, cómo podéis estar ahí fuera con tanto frío y tanta humedad! ¡vais a poneros malos!
¡Qué habían de tener ellos frío! Ni siquiera tenían conciencia de la vida, aparte de la dicha de estar juntos.
Las gentes que atravesaban el sendero a la entrada de la noche, oían un ligero murmullo de dos voces que se mezclaban al rumor que el mar hacía debajo, al pie de las rocas. La voz fresca y argentina de Gaud, alternando con la de Juan, que tenía sonoridades suaves y acariciadoras en las notas graves, formaban una música armoniosa. Distinguíanse también sus dos siluetas destacándose sobre el granito del muro, al cual estaban adosados; al pronto, la cofia blanca de Gaud; luego, toda su forma esbelta en su traje negro, y a su lado, el corpachón gigantesco de su novio. Encima de ellos, la masa informe del techo de la cabaña; detrás, los infinitos crepusculares, el vacío incoloro del cielo y de las aguas.
Al cabo de una hora, concluían por entrar y sentarse en la chimenea, para continuar su conversación en voz baja. Hablaban mucho, para desquitarse de dos años de silencio.
Habíase convenido en que los novios habitarían la cabaña, de la señora Moan, quien se la legaba por testamento. Todos se volvían proyectos de reparaciones y de embellecimiento en el viejo nido de pescadores, para cuando estuvieran más tranquilos, a la vuelta de la campaña de Islandia.
Una noche, Juan se entretuvo en referir a su prometida mil pequeñas cosas que ella había hecho o que le habían sucedido después de su primer encuentro: hasta le explicaba con todos sus detalles los trajes que le había visto puestos, y las fiestas a que había concurrido.
Ella le escuchaba con grata sorpresa, reconociendo la exactitud de los tales recuerdos. ¿Pero cómo sabía él todo aquello? ¿Quién había de figurares que se fijaba en tantas circunstancias insignificantes, y que fuera capaz de retenerlas en la memoria?
Juan sonreía, haciéndose el misterioso, y amontonaba, detalles sobre detalles, aun de cosas que ella había casi enteramente olvidado. La joven le dejaba hablar, sin interrumpirle, presa de un encanto que invadía todo su ser: empezaba a adivinar que Juan también la había amado siempre... Ella había sido su preocupación constante desde hacía dos años, y ahora se lo confesaba ingenuamente.
Pero entonces, ¿qué móvil oculto había tenido aquel hombre para afectar una indiferencia que le había costado tantos sacrificios?
Siempre aquel misterio que le había prometido explicarle algún día, pero cuyo esclarecimiento aplazaba él sin cesar, con un aire de embarazo y una sonrisa indefinible.
Fueron un día a Paimpol, en compañía de la vieja Ivona, para comprar el traje de novia.
Entre los lindos trajes de señorita que le habían dejado cuando el embargo, los había que hubieran podido servir muy bien para la circunstancia, arreglándolos un poco, sin necesidad de incurrir en un nuevo gasto; pero Juan se había empeñado en hacerle ese regalo, y ella no se había resistido demasiado: tener un traje regalado por él, pagado con el dinero de su trabajo, le parecía como que anticipaba, en cierto modo el momento de llamarse su esposa.
Eligieron el traje negro, porque Gaud llevaba todavía el luto de su padre. Juan no encontraba nada bastante bueno entre las telas que el comerciante iba desplegando. El, que por nada del mundo hubiera entrado antes en una de aquellas tiendas de Paimpol, donde se vendían cosas para mujeres, ahora quería ocuparse de todo; hasta de la hechura que había de tener el traje: exigía absolutamente que le pusieran anchas tiras de terciopelo en la falda, para que estuviera más vistoso.

XXXII

Una noche que llovía, estaban sentados al lado uno del otro a la chimenea, mientras la abuela Moan dormitaba, sentada enfrente de ellos.
Hablaban en voz baja, según costumbre inveterada de los enamorados: pero aquella noche había en su conversación períodos embarazosos de silencio. Juan, especialmente, hablaba poco y evitaba las miradas de Gaud.
Era que ésta menudeaba sus preguntas sobre aquel misterio que no había medio de aclarar, y esta vez el pescador se sentía cogido en las redes: ella era demasiado lista, y estaba demasiado decidida a saberlo todo: no sabía Juan cómo esquivarse.
—¿Os habían hablado mal de mí? —preguntaba Gaud.
El trató de agarrarse a aquel recurso, contestando en términos vagos. Sí; habían dicho no sabía qué cosas en Paimpol. —Pero ¿qué cosas eran ésas?
Juan no supo qué decir: la joven se persuadió de que seguía ocultándole la verdad.
—¿Me criticaban tal vez porque gastaba demasiado lujo?
En efecto, la tachaban de presuntuosa, de querer eclipsar a las demás con su elegancia de parisiense. Pero en fin, Gaud se convencía más y mis de que tampoco aquél era el verdadero Motivo.
Hubo un nuevo silencio, durante el cual sólo se escuchó el gemido del mar.
Una idea empezó a surgir en el espíritu de Margarita, mientras observaba atentamente a su prometido. A medida que aquella idea iba tomando cuerpo en su cerebro, iba cambiando L expresión de su fisonomía.
—Pues si no era nada de eso, ¿qué era entonces, vamos a ver? —dijo ella mirándole fijamente, con la sonrisa de inquisición irresistible de la persona que ha adivinado.
Juan volvió la cabeza, pero no ya para escapar a las miradas inquisitoriales de su prometida, sino para reírse franca y abiertamente.
No había engañado a Margarita su presentimiento: Juan no podía dar la razón de su actitud hacia ella, porque no había tenido ninguna. Había obrado así, simplemente por obstinación, y porque sus amigos y hasta su familia le habían aburrido demasiado con hablarle constantemente de la heredera del señor Mével. Ante las indirectas y las bromas, se había obstinado en ocultar a todo el mudo sus verdaderos sentimientos, sin perjuicio de guardar en el fondo de su corazón la idea de que el día en que ya no se acordara nadie del asunto ni le hablaran de Gaud, él sería quien hablara.
¡Y por una niñería, semejante había estado la joven languideciendo durante dos años y desesperando de la vida!
Después del primer movimiento, que había sido de risa para ocultar la confusión de verso descubierto, Juan explicó gravemente a su novia que reconocía haber hecho mal en dejarse llevar por su carácter orgulloso, y le pidió perdón por haberla hecho sufrir, bien a pesar suyo.
—Es mi genio —decía;— podéis creerme Gaud, lo mismo exactamente me sucede en mi casa: a veces, porque me contradicen en cualquier cosa, me llevo ocho días sin hablar a mis padres, como si estuviese enojado con ellos. Y sin embargo, los quiero muchísimo y los respeto, y acabo por obedecerles en todo, como si continuase siendo un chiquillo. Vuelvo a rogaros que me perdonéis.
Ella le perdonaba en el fondo de su corazón. Lágrimas de ternura acudieron a sus ojos, que concluían de borrar lo que quedaba en su alma de los pasados disgustos: casi se regocijaba ahora de haber conocido aquellos tiempos de ruda prueba.
No había ya entre ellos nube alguna: sus dos almas formaban una sola. Seis días faltaban a Islandia.
El cortejo de la boda de Juan y Margarita regresaba de la iglesia de Ploubazlenec, molestado por un viento furioso, bajo un cielo cargado de negros nubarrones.
Los novios, ambos arrogantes figuras, marchaban a la cabeza del cortejo, figurándoseles todo aquello un sueño. Tranquilos, recogidos, graves, parecían ajenos a lo que pasaba en torno suyo: diríase que dominaban la vida; que estaban por encima de todo lo de la tierra.
Excusado es decir que la vieja Ivona formaba parte del cortejo, del brazo de un tío de Juan, de casi tanta edad como ella, y que le decía galanterías aprendidas en sus buenos tiempos. Llevaba una cofia, nueva y un trajecito negro que Gaud le había arreglado para la circunstancia.
Y el viento sacudía indistintamente a los numerosos invitados: se veían trajes levantados, descubriendo fornidas pantorrillas, y sombreros y cofias que se escapaban de la cabeza de sus dueños.
Delante de todos caminaba un violinista, que arrancaba una música endiablada de las cuerdas de su instrumento.
Todo Ploubazlenec había salido a la calle para ver a los novios. Era aquel un matrimonio que apasionaba a las gentes de todo el contorno, y no se veían a los lados del camino más que grupos estacionados, que aguardaban el paso de la alegre comitiva. Casi todos los islandeses amigos de Juan estaban apostados para saludarlos al paso. Gaud contestaba a los saludos inclinándose ligeramente, como una señorita bien educada que era, con su gracia seria, y por todos eran admiradas su distinción y su belleza.
¡Y cuánto pobre había acudido al olor de la boda! Había cojos, mancos, sordomudos, una nube de mendicantes con acordeones, con flautas, con violines; una orquesta como no hay idea. Unos tendían sus manos, otros sus platillos o sus sombreros, para recoger las limosnas que Juan les echaba con su gran aire noble, y Gaud con su agradable sonrisa de reina. Entre aquellos indigentes, habíalos muy viejos, con cabellos blancos en sus cabezas que jamás habían contenido una idea, que vivían escondidos en las zanjas de los caminos y tenían el mismo color de la tierra, de donde parecían salidos de una manera incompleta, y a la que pronto habían de volver, sin haber tenido en su vida un pensamiento: gentes cuyos ojos inquietaban como el misterio de sus existencias abortadas e inútiles. Miraban desfilar el nupcial cortejo sin darse cuenta siquiera de aquella manifestación de la vida en pleno.
La comitiva marchó hasta más allá de la aldea de Pors-Even, donde habitaba la familia Gaos, para cumplir la costumbre tradicional de los recién casados del país de Ploubazlenec, de orar en la capilla de la Trinidad, que es como el fin del mundo bretón, situada sobre unas rocas batidas por el mar.
Imposible llegar hasta la capilla, a causa de las olas que embestían furiosas contra el estrecho arrecife de piedras que daba paso hasta ella. Juan, que era el que más se había adelantado, llevando del brazo a Margarita, tuvo que volverse atrás, para evitar que las oleadas de espuma les inundasen de pies a cabeza.
Al volverse vió al del violín, acurrucado en una roca gris, que trataba de reanudar entre dos ráfagas de viento su interrumpida contradanza.
—Guarda para luego tu música —le dijo:— el mar nos da una serenata que suena mejor que la tuya.
Y en el mismo instante empezó a caer la gran lluvia que amenazaba desde por la mañana. Todo el cortejo subió corriendo y chillando para, refugiarse cuanto antes en la casa de los Gaos.

XXXIII

El banquete de bodas se celebró en la casa de los padres de Gaos, mucho más espaciosa y cómoda que la pobre cabaña de los Moan.
En la gran habitación nueva, del piso superior se instaló la mesa de preferencia, en la que tomaron asiento, además de los novios y de la familia, una porción de parientes cercanos; el primo Gaos el piloto, Germeur, Keraez, Ivon Duff, todos los de la María, que ahora componían la tripulación de la Leopoldina; cuatro doncellas de honor, muy lindas, con sus trenzas de cabellos enrolladas en forma de caracol por encima de las orejas, como antiguamente las llevaron las emperatrices de Bizancio, y sus cofias blancas, que imitaban la hechura de una concha marina, y cuatro mancebos de honor, pescadores islandeses los cuatro, gallardos y bien plantados.
También en el piso bajo se cocinaba y se comía: toda la parte más secundaria del cortejo se había amontonado allí en desorden, y varias guisanderas, alquiladas expresamente en Paimpol, perdían la cabeza ante la gran chimenea obstruida de cacerolas y marmitas.
Los padres de Juan hubieran deseado seguramente una mujer más rica para su hijo; pero Gaud era, unánimemente tenida por una joven juiciosísima y animosa, y a falta de su perdida fortuna, era la más bonita y la más elegante del país, lo que no dejaba de lisonjear a los viejos.
El señor Gaos padre, algo animado ya después de la sopa, decía del nuevo matrimonio:
—¡Pronto irán saliendo al mundo nuevos Gaos; y eso que no faltaban en Ploubazlenec!
Y contando por los dedos, explicaba, a un tío lejano de la novia, cómo era que había tantos que llevaban este apellido: su propio padre, que era el más joven de nueve hermanos, había tenido doce hijos, los cuales se habían casado con primas suyas, lo que había dado lugar a que hubiera por ahí un enjambre de Gaos, a pesar de los desaparecidos en Islandia.
—Por mi parte, yo me casé también con una Gaos, y hemos tenido la friolera de catorce hijos.
Y el viejo se regocijaba, sacudiendo su cabeza blanca, a la idea de ser el jefe de aquella tribu.
También estaba alegre Germeur, el antiguo patrón de la María, que contaba sus travesuras y calaveradas de cuando estaba en la marina de guerra. Todo se le volvían historias de China, de las Antillas y del Brasil, que hacían abrir grandes ojos a los jóvenes que estaban en vísperas de partir para el servicio.
Fuera de la casa, el tiempo continuaba siendo duro: el viento y la lluvia azotaban furiosamente los cristales, y a pesar de las precauciones tomadas, algunos se inquietaban por su barca o su falucho, amarrados en el puerto, y hablaban de levantarse para ir a ver si la embarcación se mantenía sólidamente sobre sus anclas.
Mientras tanto, otro ruido, pero mucho más agradable de oír, subía del piso bajo, donde la gente más joven cenaba en pintoresco desorden: eran los chillidos y las carcajadas de las primas y de los primos Gaos, que comenzaban a sentirse muy regocijados por las frecuentes libaciones.
Se habían servido carnes cocidas, carnes asadas, gallinas en pepitoria, pescados de muchas clases, tortillas y buñuelos de viento. Todo el mundo contaba aventuras de las que había sido héroe o testigo en lejanos países.
—Cuando yo era cabo de cañón a bordo de la Cenobia —refería uno de los parientes,— estábamos fondeados en Adén, cuando un día veo a unos comerciantes de plumas de avestruz que subían a bordo...
Pero he aquí que uno de los hermanos pequeños de Juan, un futuro islandés, se puso malo por haber bebido demasiada sidra, lo que produjo la emoción consiguiente, quedándose los circunstantes sin saber el desenlace de la aventura de los mercaderes de plumas.
El viento bramaba en el cañón de la chimenea como un condenado que sufre.
—Parece que el viento se incomoda porque nos estamos divirtiendo —dijo el primo piloto.
—No —replicó Juan; —es la mar la que se enfada, porque yo le había dado palabra de casarme con ella.
Los novios tomaban poca parte en la conversación general: hablaban entre ellos en voz baja, aislados en medio del regocijo de los otros. Juan se abstenía cuanto podía de beber, comprendiendo que aquélla no era noche de emborracharse, y se ruborizaba como una jovencita cuando alguno de los concurrentes se permitía una broma un poco arriesgada sobre las dulzuras de una noche de novios.
El recuerdo de Silvestre asaltaba por momentos su imaginación, entristeciéndole. A causa de aquella muerte, y de lo reciente que estaba la del padre de Gaud, se había convenido en que no habría baile.
Estaban en los postres, y bien pronto iban a empezar las canciones, según es uso y costumbre del país bretón en tales casos; pero también lo es que a los cánticos precedan las oraciones por los difuntos de la familia, y así, pues, cuando vieron levantarse al viejo Gaos y descubrirse, se hizo un profundo silencio entre los comensales.
—Por Guillermo Gaos, mi padre —dijo gravemente.
Y comenzó a recitar, por el alma del muerto, la clásica oración latina Pater noster, qui es in cælis, sanctificetur nomen tuum...
Y terminada la plegaria, que todos los circunstantes repitieron devotamente, emprendió una serie de ellas, en las que nadie quedó olvidado.
—Por Ives y Juan Gaos, mis hermanos, perdidos en el mar de Islandia...
—Por Pedro Gaos, mi hijo, naufragado con la Zelia...
—Por el pobre Silvestre Moan, muerto de sus heridas en el campo del honor...
Juan derramó entonces abundantes lágrimas por la memoria de su amigo. —Sed libera nos a malo. Amen.
A poco empezaron las canciones; coplas aprendidas en alta mar, sobre el castillo de proa de los barcos de guerra, donde, como es sabido, abundan los cantadores finos: Un noble cuerpo, el de los zuavos; mas también aquí los bravos nos burlamos del destino: ¡Viva el mar! ¡viva el marino!
Uno de los mancebos de honor era el que entonaba las coplas, y los demás repetían a coro el estribillo, con hermosas voces de bajos profundos. Pero los nuevos esposos no cantaban ni se ocupaban de los cantantes; cuando se miraban, sus ojos brillaban con un brillo opaco, como resplandor de lámparas veladas. Continuaban hablándose, cada vez en voz más baja, la mano del uno en la del otro, y Gaud inclinaba frecuentemente la cabeza, poseída poco a poco de un delicioso temor, ante su señor y dueño.
El primo piloto daba ahora la vuelta, a la mesa para servir a los convidados un cierto vino que él sólo poseía; lo había traído con muchas precauciones, y refirió la historia de cómo había llegado a ser poseedor del precioso néctar: era una barrica que se habían encontrado en alta mar, procedente sin duda de un buque náufrago. A él le habían correspondido por su parte cuarenta botellas; pero suplicaba a los convidados que guardasen el secreto, porque no habían presentado su declaración a la comisaría de marina.
El vino fué declarado excelente, y se vaciaron de él un buen número de botellas.
Las cabezas no estaban demasiado firmes: el eco de las voces se hacía más confuso, y los jóvenes abrazaban a las muchachas. Seguían las canciones, pero la verdad era que nadie sentía el espíritu tranquilo en aquel banquete de bodas, y que los hombres cambiaban frecuentes signos de inquietud a causa del tiempo que se guía empeorando.
El ruido siniestro de los elementos desencadenados era ahora como un solo grito continuo amenazador, arrojado a la vez por miles de bestias rabiosas. También sonaban a lo lejos detonaciones sordas, como disparos de gruesos cañones de marina: eran los furiosos embates del mar contra la costa de todo el país de Ploubazlenec. No; el mar no estaba contento, como Juan había dicho. Gaud sentía una angustia en el corazón por aquella música espantable que nadie había encargado para su fiesta de bodas.
Hacia la media noche, el mal tiempo pareció calmarse un poco: Juan, que se había levantado sin hacer ruido, hizo seña a su mujer de que viniera a hablarle. Era para que se fueran a su casa. Ella se ruborizó pudorosa: objetó que sería una falta de cortesía el marcharse enseguida, dejando a los otros.
—No —contestó Juan;— no hay falta de cortesía, porque mi padre ha dicho que podíamos marcharnos.
Y salieron los dos furtivamente, sin que se apercibieran los invitados.
Hacía mucho frío en aquella noche obscura y tormentosa. Juan tomó en brazos a su esposa para que no se llenara de barro el vestido ni pusiera sus bonitos zapatos bajos en aquel agua que empapaba el suelo. ¡Cuánto la amaba! ¡Y decir que ella tenía veintitrés años y él iba a cumplir veintiocho, y que hacía ya dos años que podían estar casados y ser felices como aquella noche!
Llegaron, en fin, a su pobre casa, y encendieron una vela que el viento apagó por dos veces.
La abuela Ivona, a quien habían llevado a su cabaña antes de que dieran principio las canciones, estaba acostada hacia dos horas en su lecho en forma de armario. Los jóvenes miraron por los calados de las puertas, con intención de darle las buenas noches, si por acaso estaba despierta; pero vieron que el venerable rostro de la anciana estaba inmóvil y que tenía los ojos cerrados: estaba dormida, o fingía estarlo para no perturbarlos.
Entonces se sintieron solos, el uno del otro. Ambos temblaban, cogidos de las manos.
El se inclinó hacia Gaud para besarla en la boca; pero ella apartó sus labios, y con la misma castidad que la noche en que se dieron palabra de casamiento, los apoyó en la mejilla de Juan, helada por el viento de la noche.
Fuera de la cabaña, la misma orquesta invisible y discordante de los elementos continuaba entonando su salvaje serenata para celebrar la noche de novios.
Y la gran tumba de los marinos estaba allí cerca, inquieta, devorante, embistiendo contra las rocas de la costa con los mismos golpes sordos. Una noche u otra había que caer en el abismo profundo; debatirse en él, en medio de las rocas negras y heladas: ellos no lo ignoraban.
¡Qué importa! Por el momento, estaban en tierra firme, al abrigo del furor del viento y de las olas. Entonces, en la morada pobre y sombría eternamente azotada por la tempestad, se entregaron el uno al otro, sin preocupación ninguna de la muerte, embriagados, mecidos deliciosamente por la magia incontrastable del amor.

XXXIV

Fueron marido y mujer por espacio de seis días. En vísperas de la partida, las cosas de la expedición a Islandia, ocupaban a todo el mundo.
Mujeres jornaleras estibaban la sal en los sollados de los barcos; los hombres disponían los aparejos, y en casa de Juan, como en la de los demás pescadores, toda la familia trabajaba en los preparativos de la campaña. El tiempo era sombrío, y el mar, que sentía la aproximación del equinoccio, estaba picado y turbulento.
Gaud sobrellevaba con angustia estos preparativos inexorables, contando las horas rápidas en que, concluido el trabajo, tenía a su marido para ella sola.
¿Tendría que verle partir así en los años sucesivos? Ella esperaba poderle retener, pero no se atrevía a hablarle todavía del asunto; le parecía prematuro. Y, sin embargo, él también la amaba mucho: experimentaba hacia su mujer una ternura tan confiada y tan nueva para él, que los mismos besos, las mismas caricias, con ella le parecían otra cosa, y cada noche sus embriagueces de amor iban aumentándose la una por la otra, sin que la llegada del día las encontrase calmadas.
Lo que constituía para Gaud una sorpresa encantadora era encontrar para con ella tan dulce, tan afable a aquel Juan a quien varias veces había visto en Paimpol afectar un supremo desdén con las muchachas. Con ella, por el contrario, no abandonaba un momento la cortesía cariñosa que parecía innata en él, y nunca se encontraban sus ojos sin que los labios de Juan se entreabriesen con aquella plácida sonrisa que la recompensaba de sus pasados disgustos. Y es que en las naturalezas sencillas y honradas como en la de Juan Gaos hay el sentimiento y el respeto innato de la majestad de la esposa, sentimiento que establece un abismo entre ésta y la amante, mero objeto de placer a quien siempre se trata con desprecio.
Su felicidad la inquietaba: parecíale algo demasiado inesperado; instable como los sueños.
Por de pronto, ¿duraría siempre el cariño que Juan le demostraba? A veces, le venían a la memoria sus queridas de Paimpol sus aventuras ruidosas y sus arrebatos de cólera y entonces temía por su felicidad. ¿Le guardaría siempre la misma ternura infinita, el mismo cariñoso respeto?
Verdaderamente, seis días de vida matrimonial no eran nada para un amor como el suyo; nada más que un pequeño adelanto percibido a cuenta del tiempo de la existencia, que podía ser tan largo para ellos. Apenas habían tenido tiempo bastante de hablarse, de hacerse cargo que se pertenecían mutuamente: todos su proyectos de bienestar moral y material habían tenido forzosamente que ser aplazados para la vuelta.
¡Oh! Era necesario impedir a toda costa que continuase, en aquel duro oficio de pescador de Islandia. Pero ¿qué hacer para conseguirlo? ¿Cómo vivirían entonces, siendo pobres el uno y el otro? Y después, ¡él amaba tanto su profesión!
Ella, a pesar de todo, se proponía emplear toda su voluntad, todo su corazón y toda su inteligencia en hacerle adoptar otro medio de vivir. Ser esposa de un marino islandés; ver aproximarse con tristeza todas las primaveras; pasar todos los veranos en una dolorosa ansiedad... no; la idea de aquel porvenir de alejamiento y de zozobra le causaba demasiado espanto.
La víspera del día en que debían darse a la vela hizo un tiempo primaveral. Juan lo pasó todo entero con su mujer, y los dos esposos se pasearon del brazo por los caminos, como hacen los enamorados, muy cerca el uno del otro, y diciéndose mil cosas tiernas. Las gentes de los alrededores sonreían al verles pasar.
—¡Es la bella Gaud, con Juan Gaos, el de Pors-Even! —¡Cómo se conoce que son recién casados!
¡Hermoso día aquél! Era particular y extraño el ver de pronto aquella gran calma de la Naturaleza, y sin una sola nube aquel cielo, habitualmente tormentoso. Ni un soplo de viento. El mar estaba manso y tranquilo en su uniforme matiz azul pálido. El sol resplandecía con un intenso brillo blanco, y el rudo país bretón se impregnaba de aquella luz como de una cosa fina y rara, pareciendo alegrarse y revivir hasta en sus lejanías más profundas. El ambiente, deliciosamente tibio, estaba cargado de aromas primaverales; hubiérase dicho que se inmovilizaba para siempre; que ya no podría haber nunca días sombríos ni tempestades. Los cabos, las bahías, sobre los cuales no pasaban ahora las grandes sombras cambiantes de las nubes, dibujaban al sol sus largas líneas inmutables, como descansando también en el seno de tranquilidades sin fin. Todo parecía concurrir a hacer más suave y duradera la fiesta del amor. Y cuando Gaud preguntaba: —¿Cuánto tiempo me amarás?
Juan le respondía, como asombrado por la pregunta, mirándola fijamente con sus hermosos ojos de franca expresión:
—¿Cuánto tiempo? Siempre, Gaud, siempre. Aquella sencilla frase en los labios del pescador tenía su verdadero sentido de eternidad.
Ella se distraía contándole las cosas maravillosas de aquel París donde había habitado algunos años, pero que no lograban entusiasmar al rudo marinero.
—Tan lejos de la costa y rodeado de tantas tierras, tu París debe ser muy malsano —contestaba Juan— Debe haber muchas enfermedades asquerosas en esas ciudades tan grandes de tierra adentro; no, lo que es yo, no querría vivir en un agujero semejante.
—Gaud sonreía, asombrándose de ver la candidez de un niño en un hombre tan grande
A su vez, él refería cómo era la Islandia; los veranos pálidos Y sin noches; los soles oblicuos que no se ponen nunca. Gaud se hacía explicar las cosas que no comprendía bien.
—El sol da toda la vuelta, toda la vuelta —decía pasando su brazo extendido sobre el círculo lejano de las aguas azules. —Está siempre muy bajo, porque, ya ves, no tiene fuerza bastante para subir; a media noche, arrastra un poco la orilla de su disco sobre el mar, pero en seguida se levanta y continúa dando su paseo en redondo. Hay veces en que también aparece la luna al otro extremo del cielo, y pasean los dos, cada uno por su lado, sin que se les distinga demasiado al uno del otro, porque, el sol y la luna se parecen mucho en ese país.
Gaud quería saber también qué cosa eran los fiords, porque había visto escrita muchas veces esa palabra, en las lápidas conmemorativas de los naufragios; los tales fiords le hacían el efecto de una cosa siniestra.
—Los fiords —explicaba Juan,— son grandes bahías como, por ejemplo, la de Paimpol; solamente que allí están completamente rodeadas de montañas tan altas, que no se ve nunca donde acaban, porque sus cimas están escondidas entre las nubes. Te aseguro que es un país triste. Figúrate que no se ven más que piedras sobre piedras, y que las gentes de la isla no saben lo que es un árbol. A mediados de agosto, cuando hemos concluido nuestra pesca, hay que tomar el camino del regreso, porque comienzan las noches y la obscuridad dura todo el invierno. También hay allí sobre la costa, en un fiord, un pequeño cementerio por el estilo del nuestro, donde son enterrados los del país de Paimpol que han muerto durante las temporadas de la pesca, o que se han ahogado en el mar y luego se han encontrado sus cadáveres. Sobre las sepulturas hay cruces de madera, como aquí, con los nombres de los difuntos. Allí reposan los dos hermanos Goazdiou, de Ploubazlenec, y también Guillermo Moan, el abuelo de Silvestre.
Gaud creía estar viendo aquel pequeño cementerio al pie de los cabos desolados, bajo la pálida luz sonrosada de los días sin fin, y se representaba en su imaginación a aquellos muertos durmiendo el sueño eterno bajo el hielo, cobijados bajo el sudario negro de las noches largas como los inviernos.
—¿Y todo el tiempo estáis pescando, no descansáis nunca?
—Todo el tiempo. Y además hay que atender a la maniobra, porque el mar no siempre está tranquilo por allí. ¡Diantre! Lo que es cuando llega la noche, te respondo de que está uno bien fatigado, y se tiene un apetito de salvaje. —Pero ¿no os aburrís nunca?
—¡Nunca! —contestó Juan con un aire de convicción que hizo daño a su mujer;— cuando estoy a bordo, te juro que se me pasa el tiempo sin apercibirme.
Margarita, inclinó la cabeza, sintiéndose más triste, más vencida por el mar de Islandia.

XXXV

Al desaparecer el sol de aquel hermoso día de primavera que habían pasado juntos, la caída de la noche tornó a traer el sentimiento del invierno, y entraron en casa para cenar al calor de la chimenea, donde ardía un gran fuego de ramaje.
Después salieron para que Juan se despidiera de sus padres, y luego de cumplir el deber filial, se fueron a acostar muy temprano, con intención de estar levantados cuando rayara el alba.
A la mañana del día siguiente, el muelle de Paimpol estaba animadísimo. Quince barcos debían salir con la Leopoldina, y las familias de los que los tripulaban iban a despedirse de ellos, para estar juntos hasta el último momento. Gaud se asombraba de verse mezclada a aquellas mujeres, mujer también de un islandés y traída allí por la misma causa fatal que las otras. Desde hacia unos días su destino se precipitaba de tal manera, que apenas había tenido tiempo de representarse bien la realidad de las cosas; deslizándose por una pendiente irresistiblemente rápida, había llegado a aquel desenlace inexorable, que ahora le era necesario soportar, como lo hacían las otras; las que ya estaban acostumbradas.
Nunca había asistido de cerca a semejantes escenas de despedida; todo le era nuevo y desconocido. Entre tantas mujeres, no había ninguna a quien pudiera considerar como su igual: sentiase aislada, entre la multitud, diferente de ellas. Su pasado de señorita rica, que subsistía a pesar de su nueva posición, le creaba como una plaza aparte.
Y no faltaban en torno de Gaud otras jóvenes lindas como ella, bien interesantes con sus ojos llenos de lágrimas: habíalas también distraídas o risueñas, que no tenían corazón para sentir, o que por el momento no amaban a nadie. Algunas viejecitas, que se sentían amenazadas por la muerte, lloraban al separarse de sus hijos: los amantes se abrazaban estrechamente, y varios marineros cantaban para alegrar la partida, mientras otros subían a bordo de sus respectivos barcos como a un calvario.
También se veían allí escenas salvajes: desgraciados a quienes habían hecho firmar su contrata por sorpresa en cualquier taberna y a quienes ahora embarcaban a la fuerza, entre sus propias mujeres y los gendarmes. Otros, que eran temibles por su gran fuerza muscular, habían sido embriagados por precaución; los traían en una camilla, y los depositaban en la bodega de los barcos, como unos muertos.
Gaud se asustaba de ver pasar aquellas siniestras comitivas. ¿Con qué clase de, gente iba a vivir su Juan? ¿Qué terrible cosa era, aquel oficio de pescador de Islandia para anunciarse de aquel modo é inspirar a los hombres tales espantos?
Sin embargo, veíanse también marineros que estaban conentos,y sonrientes; que sin duda, a ejemplo de Juan Gaos, amaban la vida de alta mar. Aquellos eran los buenos, como lo denotaba su exterior reposado y tranquilo; si eran jóvenes solteros, se marchaban indiferentes, echando una última mirada, a las muchachas; si eran casados, abrazaban a sus mujeres y a sus pequeños con una dulce tristeza, templada por el deseo y la esperanza de regresar a su casa con los bolsillos llenos de dinero. Gaud se sentía un poco más tranquila viendo que aquellos marineros honrados y decentes formaban parte de la tripulación de la Leopoldina, y que, por consiguiente, Juan iba en buena compañía.
Los barcos salían del canalizo de dos en dos, o de cuatro en cuatro, a remolque de unos vaporcitos. Apenas se ponían en movimiento, los marineros, descubriéndose la cabeza, entonaban a voz en grito el cántico a la Virgen "!Salve, Estrella del Mar!" Sobre el muelle, las mujeres agitaban sus pañuelos en señal de despedida, y las lágrimas corrían bajo la muselina de sus cofias.
Así que la Leopoldina hubo salido del canalizo, Gaud se encaminó con paso rápido hacia casa de los Gaos. En efecto, la Leopoldina debía fondear en la gran rada, delante de PorsEven para, darse definitivamente a la vela aprovechando la marea de la noche, y por eso Juan y ella se habían citado en casa de los padres del primero, para darse el último abrazo.
Fiel a la cita, Juan bajó a tierra, en la lancha de su barco para pasar al lado de su mujer las tres horas que le quedaban libres antes de aparejar.
Seguía haciendo el mismo tiempo primaveral, el mismo cielo tranquilo. Salieron de paseo cogidos del brazo, y fueron hasta su casa, para que Juan se despidiera, también de la señora Moan, que se puso contentísima al verle.
Juan refirió que a bordo de la Leopoldina habían sorteado los puestos, y que a él le había tocado uno de los mejores. Margarita pidió explicaciones sobre aquello, en su ignorancia del tecnicismo del oficio.
—Mira, Gaud —le decía él,— sobre la cubierta de nuestros barcos hay unos agujeros abiertos a cierta distancia unos de otros, que sirven para plantar pequeños soportes de rodetes, en los cuales pasamos nuestros cordelillos. Antes de partir, jugamos estos agujeros a los dados, o bien se echan suertes poniendo papelitos numerados que cada cual va extrayendo del gorro del grumete. A cada cual le toca el suyo, y durante toda la campaña de pesca, ninguno tiene derecho a plantar su cordelillo en otro sitio que en el que le ha correspondido en suerte. Pues bien: el que a mí me ha tocado está a popa del barco, que es, como debes saber, el sitio más favorable para coger muchos pescados; además, es un sitio que tiene la ventaja de estar cerca de los grandes obenques, donde siempre se puede colgar un pedazo de lona embreada, un capote de hule, en fin, cualquier cosa que lo proteja a uno de la nieve y de las grandes lluvias y le permita ver un poco más claro en la superficie de¡mar.
Se hablaban en voz baja, como si temiesen hacer huir más de prisa los instantes que quedaban. Su conversación tenía ese carácter aparte de todo lo que va, a concluir inexorablemente; las cosas más insignificantes que se decían, parecían en aquel momento misteriosas y supremas.
Cuando llegó el último minuto, Juan cogió a su mujer entre sus brazos, y se estrecharon el uno contra el otro sin decirse ya nada, en un largo abrazo silencioso.
Se embarcó en su bote, cuya vela gris se tendió a un viento muy ligero que se levantaba del Oeste.
El agitaba su gorro, y ella, le seguía con la vista mientras pudo divisar la silueta obscura, erguida sobre el azul ceniciento de las aguas.
A medida que la Leopoldina se alejaba, Gaud, como atraída por un imán, seguía a pie a lo largo de la playa el camino que recorría el buque. Pronto tuvo que detenerse, porque había llegado al límite de las tierras; entonces se sentó al pie de una cruz plantada en lo último de la costa, entre las piedras y los juncos marinos. Todavía divisaba la Leopoldina. Las aguas tenían grandes ondulaciones lentas, como los últimos latidos de alguna tormenta formidable que hubiera habido allá lejos, detrás del horizonte, pero todo permanecía pacífico.
Gaud miraba con avidez, tratando de fijar bien en su imaginación la fisonomía del barco, su silueta de velamen y de carena, a fin de poderla reconocer desde lejos cuando llegara el día de esperar su regreso, desde aquel mismo sitio.
Bien pronto la Leopoldina no fué más que un pequeño punto gris; no iba a tardar en llegar a la extrema orilla de las cosas visibles, para entrar en los senos infinitos de la obscuridad que empezaba a envolverla.
A la caída de la tarde, el barco desapareció por completo, y Gaud tornó a su casa, en realidad bastante animosa a pesar de las lágrimas que no podía contener. ¡Cuánto más penoso, en efecto, hubiera sido el vacío de su alma si Juan hubiese partido como las veces anteriores, sin despedirse siquiera de ella! Ahora todo había cambiado en sentido altamente consolador; Juan era tan suyo, se sentía tan amada a pesar de aquella separación, que al volverse sola a casa sentía al menos el consuelo y la deliciosa esperanza de aquel hasta la vuelta, que se habían dicho al abrirse el largo paréntesis de la ausencia.

XXXVI

Pasó el verano, triste y ardoroso. Gaud empleaba su tiempo acechando las primeras hojas amarillentas, las primeras reuniones de golondrinas que partían, el primer brote de las crisantemas.
Había escrito cartas a Juan por los paquetes de Reickawick y por los cruceros, y a fines de julio tuvo la inmensa alegría de recibir una de Juan, en la que le informaba de que su salud era excelente, que la temporada de pesca se presentaba muy bien y que él solo había cogido 1.500 bacalaos.
Todas estas cosas estaban dichas en el estilo sencillo y uniforme que sirve de modelo a las cartas de los islandeses a sus familias. Los hombres que, como Juan, no han recibido más que una educación primitiva, ignoran completamente la manera de escribir las mil cosas que piensan, que sienten o que sueñan. Ella, con su espíritu muchísimo más cultivado, supo tener en cuenta esta circunstancia, y adivinar la ternura profunda que había dictado aquella misiva, laboriosamente escrita por una mano ruda. En las cuatro páginas de la carta, la palabra esposa se hallaba repetida muchas veces, revelando la fruición con que se complacía en escribirla. El sobre, por sí solo, era una cosa cuya lectura regocijaba a Margarita: A la señora Margarita Gaos, casa de Moan, en Ploubazlenec. Hacía tan poco tiempo que se llamaba la señora Margarita Gaos!
Había tenido mucho trabajo en aquellos meses de verano. Las paimpolesas, que al principio habían desconfiado de su talento de obrera improvisada, bajo el pretexto de que no estaba acostumbrada a trabajar para nadie, habían tenido que convencerse, por el contrario, de que poseía una capacidad superior para hacerles trajes que las favorecían, con lo que Gaud se había convertido en la modista de más reputación de aquellos contornos.
Lo que ganaba con su habilidad de modista, lo iba dedicando a embellecer su casita, para que Juan, a su regreso, la encontrase de mejor aspecto. Los armarios, las viejas camas en forma de camarotes de barco, iban siendo reparados, barnizados, y los antiguos herrajes reemplazados por otros nuevos y relucientes. Las colchas habían sido también substituidas, y el mobiliario se había aumentado con una mesa nueva y varias sillas.
Todos estos gastos los había hecho sin tocar para nada al dinero que su Juan le había dejado antes de partir, y que guardaba intacto en una cajita de la China.
En las tardes de verano, a las últimas claridades del día, sentada delante de la puerta, en compañía de la abuela Moan, cuyas ideas eran mucho más claras en la estación calurosa, hacía a la aguja una elástica de lana azul, destinada a Juan. Los bordes del cuello y de las mangas, ostentaban calados y labores complicadisimos.
A medida que la estación avanzaba, se iba teniendo conciencia del decrecimiento de los días. Ciertas plantas que habían llegado en julio a su mayor lozanía, tomaban ya un tinte amarillento y un aspecto lánguido, seguro precursor de su cercano fin, mientras las escabiosas violetas tornaban a florecer al borde de los caminos, más pequeñas que antes, sobre tallos más largos. Llegaron, por fin, los últimos días del mes de agosto, y un primer barco islandés se presentó una tarde a la vista, a la altura de la punta de Pors-Even. Comenzaba la fiesta del regreso.
Era el Samuel-Azénide; el primero en regresar todos los años.
—Es seguro —decía el padre de Juan,— que la Leopoldina no se hará esperar. Conozco lo que pasa; cuando uno da la señal de la partida, los otros no pueden estarse tranquilos.
Volvían, pues, los barcos que habían salido a la pesca de Islandia. Al siguiente día de la llegada del Samuel, entraron otros dos barcos, cuatro un día después, y doce en la semana que siguió a aquélla. Con ellos volvía la alegría a todo el país, y había fiesta, y regocijo en casa de las esposas y de las madres; fiesta también en las tabernas, donde las hermosas muchachas paimpolesas servían de beber a los pescadores.
La Leopoldina figuraba entre los que tardaban, que eran en número de diez, los cuales eran aguardados de un día a otro. Gaud se sumía en esa deliciosa embriaguez de la esperanza de una dicha cercana, y todo se le volvía limpiar y arreglar las cosas, para que la casa estuviera reluciente y en orden a la deseada llegada del ausente.
Tres barcos más hicieron su entrada en la rada, de los diez que se estaban esperando todavía, y dos días después, fondearon juntos otros cinco. Faltaban dos solamente.
—Vamos, Gaud —le decían riendo las gentes, —este año, o la Leopoldina o la María Juana van a ser las encargadas de barrer el camino de la vuelta.
Y Gaud también se reía, más animada y más linda en la alegría que veía tan inmediata.

XXXVII

Iban pasando días.
Gaud continuaba, esmerándose cotidianamente en su tocado, hablando alegremente con las personas conocidas, yendo cada día al puerto para ver si se tenía noticia de aquellos dos barcos. Ella encontraba natural la tardanza. ¡Qué! ¿Acaso no sucedía lo mismo todos los años? Y luego ¡unos barcos tan hermosos, tripulados por tan buenos marinos!
Pero cuando entraba en su casa, llegada la noche, no podía reprimir ciertos estremecimientos de ansiedad y de angustia.
Pero en fin, ¿de qué se sobrecogía? ¿Había motivo para alarmarse? Margarita se asustaba de tener ya miedo.
El 10 de septiembre... ¡Con qué rapidez pasaban los días!
Una mañana en que había ya una bruma fría sobre la tierra, el sol naciente la encontró sentada bajo el pórtico de la capilla de los náufragos, en el sitio adonde van a llorar las viudas: sus ojos estaban fijos, y sentía sus sienes oprimidas como por un anillo de hierro.
Dos días hacia que el alba se levantaba velada por tristes brumas, y aquella mañana se había despertado Gaud con una inquietud más punzante, a causa de aquella impresión del invierno. ¡Qué tenían aquel día, aquella hora, aquel minuto, más que los precedentes? Se ven barcos que tardan quince días, un mes más de lo que se había previsto.
Pero sin darse bien cuenta, por un movimiento irresistible, había encaminado sus pasos al pórtico de la capilla que guardaba la memoria de los muertos.
Donde quiera que dirigía sus ojos, divisaban éstos las fúnebres inscripciones de las paredes. A la memoria de GAOS (IVON) perdido en el mar cerca de Norden-Fjord...
En esto, una gran ráfaga de viento que se levantó del mar, hizo rodar con un ruido siniestro las hojas secas de los añosos árboles que rodeaban la capilla. ¡Parecía el anuncio del invierno! Gaud seguía leyendo maquinalmente:
... cerca de Norden-Fjord en el huracán del 4 al 5 de agosto de 1880.
Otras ráfagas siguieron, que arrastraban nuevos montones de hojas marchitas hasta el interior del pórtico, como si el viento del Oeste, que había sembrado aquellos muertos sobre el mar, quisiera saciar su furia en las lúgubres inscripciones que recordaban sus nombres a los vivos.
Margarita, contemplaba con involuntaria persistencia un sitio vacío, sobre el muro, que parecía aguardar una nueva lápida... Era aquélla una obsesión terrible, que en vano luchaba por desechar. Y a pesar suyo, seguía leyendo el triste letrero.
... del 4 al 6 de agosto de 1880, a la edad de 23 años. ¡Descanse en paz!
La Islandia se le aparecía con el pequeño cementerio que Juan le describió antes de su partida: la Islandia lejana, desolada, débilmente iluminada como desde abajo, por el sol del mediodía.
Y de pronto, siempre en aquel mismo sitio vacío del muro que ya había atraído su mirada con su fatídico aspecto, tuvo con una claridad horrible la visión de la lápida nueva en que momentos antes había pensado: una lápida flamante, con una calavera y dos huesos en cruz, y en el centro un nombre; el nombre adorado: ¡Juan Gaos!
Entonces se puso en pie, como movida por un resorte, arrojando un grito estridente como una loca.
Allá fuera, la bruma gris de la mañana continuaba extendida sobre la tierra, y las hojas muertas seguían haciendo irrupción bajo el pórtico, ejecutando fantásticas danzas a impulsos del viento.
De pronto, Gaud sintió pasos en el sendero que conducía a la capilla. Entonces se levantó, reparó en un momento el desorden de su tocado, y trató de serenar su fisonomía. Los pasos se aproximaban. La joven hizo un esfuerzo sobrehumano para afectar el aire de una persona que estaba por pura casualidad en aquel triste sitio, no queriendo por nada del mundo que la tomaran por la viuda de un náufrago.
La que se acercaba era precisamente Fante Floury, la mujer del segundo de la Leopoldina. Fante comprendió en seguida a qué había ido allí Margarita; era inútil fingir con ella. Las dos mujeres permanecieron mudas, al encontrarse en presencia la una de la otra, cada cual más asustada que antes; casi encolerizadas de encontrarse allí juntas en un mismo sentimiento de terror.
—Todos los pescadores de Treynier y de Saint-Brieuc han regresado hace ya ocho días —dijo Fante por fin, con una voz sorda y como irritada.
Traía en la mano un cirio para dejarlo en el altar de la Virgen.
Gaud no había querido apelar a aquel recurso extremo de las mujeres desoladas. Pero sin decir nada, entró en la capilla detrás de Fante, y las dos se arrodillaron juntas, como dos hermanas.
Empezaron sus plegarias, ardientes, dichas con toda el alma, a la Santa Virgen, Estrella del Mar. Y bien pronto no se oyó más que el ruido de sus sollozos confundidos, y sus lágrimas regaron abundantemente el suelo de la capilla.
Levantáronse al cabo de una hora, más tranquilas, más confiadas. Fante ayudo a Gaud, que vacilaba, y ambas se abrazaron estrechamente.
Y luego, después que hubieron enjugado sus lágrimas, arreglado sus cabellos y limpiado un poco sus faldas llenas de polvo, las dos tristes mujeres se marcharon sin decirse una palabra, cada una por distinto camino.

XXXVIII

Aquel final de Septiembre se parecía a otro verano, aunque más melancólico. Hacía tan buen tiempo, que sin las hojas secas que tapizaban los caminos, hubiérase dicho que era el alegre mes de Junio. Los esposos, los prometidos, todos estaban de vuelta en sus hogares, y por doquiera reinaba la alegría de una segunda primavera de amor.
Un día, en fin, el vigía anunció que se divisaba al largo uno de los barcos de Islandia que estaban en retraso. ¿Cuál sería?
No tardaron en formarse; grupos de mujeres, mudas, ansiosas, sobre las rocas que dominan el mar.
Gaud, temblorosa y pálida, estaba allí también, al lado del padre de Juan.
—Creo que son ellos —decía el viejo pescador; —estoy casi cierto de que son ellos. Si no son, es un barco que se parece muchísimo. ¿Qué opinas tú, Gaud? Pero no —prosiguió al cabo de unos instantes, con marcado desaliento; — la proa, de ese barco no es como la de la Leopoldina, y la mesana tampoco me parece la misma. Debe ser la, María Juana. Pero ellos no deben tardar, hija mía; los tendremos aquí de un día a otro.
Y los días venían después de los días, y las noches sucedían a las noches con una tranquilidad inexorable, sin que se supiera de la Leopoldina.
Gaud continuaba cuidando su tocado, más por el constante miedo de parecerse a la viuda de un náufrago, exasperándose cuando las otras mujeres tomaban con ella un aire de compasión y de misterio; apartando los ojos cuando se las encontraba, para no tener que soportar aquellas miradas que la helaban.
Ahora había tomado la costumbre de irse desde por la mañana a lo último de la costa, sobre las rocas de Pors-Even, pasando por detrás de la casa paterna de Juan, para no ser vista por la familia de éste. Allí se pasaba la mayor parte del día, sentada al pie de una gran cruz aislada, que domina los lejos inmensos de las aguas.
Hay allí por todas partes esas enormes cruces de granito que se erigen sobre las rocas avanzadas del país, como pidiendo perdón; como para apaciguar a la gran cosa movible, misteriosa, que atrae a los hombres a su seno y no los devuelve, guardando para ella con preferencia los más valientes y los más jóvenes.
En derredor de aquella cruz de Pors-Even había las landas eternamente verdes, tapizadas de cortos juncos. A aquella altura, el aire del mar era muy puro, y estaba deliciosamente impregnado de los olores de las hierbas marinas.
El mar tenía a lo lejos el brillo y la tersura de un espejo. Del fondo de todas las bahías subía un rumor de caricia, una sensación de lejanías tranquilas, de profundidades suaves. El gran sepulcro azul, tumba de los marinos, guardaba su misterio impenetrable, mientras las débiles brisas paseaban el perfume de las florecillas nacidas al calor del último sol de otoño.
A ciertas horas regulares el mar bajaba formando grandes manchas como si lentamente se vaciase, para volverse a llenar con la misma lentitud en el eterno vaivén de las aguas, sin curarse para nada de los muertos.
Y Gaud, sentada al pie de la cruz, permanecía en medio de aquellas inmensas tranquilidades, hasta que la caída de la noche le impedía ver a lo lejos. Septiembre llegó a su fin.
Ya Gaud no tomaba casi alimentos, ni dormía. Se estaba acurrucada en casa, con las manos entro las rodillas y la cabeza apoyada en la pared. ¿Para qué el cuidado cotidiano de acostarse, ni levantarse? Cuando se sentía demasiado fatigada, se echaba en la cama, sin quitarse el traje. Sentía constantemente un frío intenso que le hacía rechinar los dientes, y aquella impresión de un círculo de hierro que le apretaba las sienes. Otras veces sentía fiebre, y de su garganta salía un gemido ronco que se repetía largo tiempo, inconscientemente. En ocasiones, empezaba a llamar a su marido por su nombre, tiernamente, como si estuviera a su lado, y le decía mil cosas tiernas de mujer enamorada.
No tenía ya la noción de los días: no quería saber cuánto tiempo había pasado desde que Juan podía estar de vuelta.
Generalmente, cuando ocurre un naufragio, se tiene algún indicio de él: un barco ha encontrado algún destrozo del buque; algún cadáver flotando sobre las aguas, algo, en fin, que indique el siniestro. Pero de la Leopoldina nadie sabía nada. Los de la María Juana, los últimos que la habían visto el 2 de Agosto, decían que había debido remontarse más hacia el Norte a continuar su pesca. Después empezaba el misterio impenetrable.
¡Esperar siempre! ¿cuándo llegaría el momento en que ya le fuera imposible esperar? Casi prefería la horrible certeza a aquella existencia de ansiedad infinita.
¡Oh, si había muerto, que tuvieran al menos la piedad de decírselo!
Quisiera ella que la Virgen, a quien tantas plegarias fervientes había elevado, le comunicase el don de la doble, vista, para poder distinguir a su Juan, vivo, maniobrando en su barco para volver a puerto, o bien su cuerpo inanimado en el fondo del mar. ¡Quería saber, quería estar segura de algo!
Algunas veces surgía en ella el sentimiento de una vela que aparecía en el fondo del horizonte: ¡la Leopoldína que estaba a la vista, navegando a todo trapo para llegar más pronto! Entonces hacía un movimiento irreflexivo para levantarse, para correr a las rocas de Pors-Even, a ver si era verdad. Pero un momento después volvía, a caer aniquilada en la silla. ¿Quién sabía dónde estaba la Leopoldina? Sin duda abajo, en aquella espantosa lejanía de la Islandia, abandonada, triturada, perdida para siempre.
Y sus soliloquios concluían siempre por aquella visión fatídica, siempre la misma: un casco de buque hecho pedazos, mecido por un mar silencioso de color gris rosa; arrullado lentamente, sin ruido, con una suavidad extrema por terrible ironía, en medio de una gran calma de aguas muertas.

XXXIX

Daban las dos de la madrugada.
Por la noche, especialmente, era cuando Gaud prestaba mayor atención al menor ruido exterior, tendiendo el oído con dolorosa ansiedad al más insignificante rumor desacostumbrado.
Aquella noche, como las otras, con las manos cruzadas sobre las rodillas y los ojos abiertos en la obscuridad, escuchaba el ruido perpetuo que el viento hacía en la landa.
Súbitamente, los pasos de un hombre que marchaba precipitadamente por el camino interrumpieron el silencio ¿Quién podía transitar por aquel sitio, a semejante hora? Gaud se irguió sobre su lecho, sintiéndose inmutada hasta el fondo del alma y suspendidos los latidos de su corazón.
Alguien se detenía delante de la puerta... subían los pequeños escalones de piedra. ¡El! ¡oh dicha del Cielo, él! Habían llamado... ¿Quién podía ser más que el tan ansiosamente esperado? Ella, tan débil desde hacía tiempo, saltó de la cama al suelo, con la agilidad de un gato. Sin duda, la Leopoldina había llegado de noche y echado el ancla enfrente, en la bahía de Pors-Even: a Juan le había faltado tiempo para echar al agua la lancha y saltar en tierra... Estas imaginaciones atravesaban su cerebro con la velocidad del relámpago, mientras sus manos se desgarraban en los clavos de la puerta, en su rabia por descorrer el cerrojo, que estaba muy premioso.
—¡Ah! —exclamó con acento de decepción indefinible.
Y luego dió unos cuantos pasos hacia atrás, lentamente, aniquilada del todo, con la cabeza caída sobre el pecho.
Horrible el despertar de aquel hermoso sueño de un instante.
El que llamaba, era Fantec, su vecino... Gaud se sintió de nuevo violentamente sumergida en el negro abismo de antes; en el fondo de la misma espantosa desesperación.
El pobre Fantec se excusaba como podía de haberse atrevido a molestar a hora tan intempestiva: su mujer estaba peor, y para colmo de males, su niño se ahogaba ahora en la cuna, atacado de un violento mal de garganta. Por eso se veía en la necesidad de solicitar el auxilio de sus vecinas, mientras él iba a Paimpol a buscar al médico.
¿Qué le importaba a ella semejante historia? La intensidad de su propio dolor la hacía insensible y dura hacia las penas de los demás. Desplomada sobre un banco, permanecía ante él con los ojos fijos, como una muerta, sin contestarle ni escucharle apenas. No le interesaban las cosas que aquel hombre le refería.
Fantec comprendió de pronto la situación adivinó por qué le habían abierto en seguida y con tal anhelo, y se sintió lleno de piedad por el mal que involuntariamente había causado. El pobre hombre balbuceaba:
—Es cierto, no he debido molestaros, señorita Gaud.
—¡A mí! —respondió Gaud vivamente, —¿y por qué no a mí, Fantec?
Aquella salida brusca era porque continuaba en su idea predominante de que no quería que los demás la tomasen por una mujer que había perdido toda esperanza. La compasión de los otros, agravando su horrendo presentimiento, le causaba un daño indecible.
Y luego, a su vez, ella se sentía invadida de piedad por el buen Fantec, que atravesaba un momento tan crítico, y se vistió para seguirle y cuidar de su mujer y de su hijo mientras él iba a buscar al médico.
Cuando volvió a su casa, cerca de las cinco de la mañana, el cansancio le procuró un momento de sueño reparador. Aquel minuto de alegría inmensa que había sentido al oír los pasos precipitados que se acercaban a su puerta, había dejado en su cabeza, una impresión tan fuerte, que, a pesar del desengaño sufrido, era persistente; así fué que, a poco de quedarse dormida, se despertó por una violenta sacudida moral, al recuerdo de alguna cosa muy grata. Algo había de nuevo, concerniente a su esposo. En medio de la confusión de sus ideas, buscaba en el caos de su imaginación qué era aquello cuya noción vaga la arrancaba al sueño. Pero no, no era lo que ella se había figurado: ¡era Fantec que había venido a pedirle su auxilio!
Y por segunda vez cayó en el fondo de aquel abismo negro que la asustaba. No; en realidad, no había variación alguna en su larga agonía sin esperanza.
Y sin embargo, haberle sentido tan cerca en espíritu, era como si algo emanado del ausente hubiese venido a flotar en torno de ella; era lo que en el país bretón se llama el signo. La pobre Gaud escuchaba todavía con más ahínco que antes los ruidos exteriores, presintiendo la llegada de alguien que iba a hablarle de él.
En efecto, cuando fué de día claro se presentó el padre de Juan. El anciano, quitándose su gorro y echando hacia atrás sus cabellos blancos, rizados como los de su hijo, tomó una silla y se sentó al lado de la cama de Margarita.
También él tenía el corazón angustiado, porque su hijo mayor era su preferido, la gloria de su existencia. Pero no desesperaba todavía, o al menos así lo aseguraba, y trató de tranquilizar a su nuera, alegando que los que habían llegado últimamente de Islandia hablaban todos de brumas densísimas, que muy bien podían ser causa del retardo de la Leopoldina. Además, creía firmemente en la posibilidad de una escala en las islas Feroë, que son unas islas lejanas, de donde las cartas tardan mucho tiempo en llegar: él mismo había tenido que hacer escala en ellas, unos cuarenta años antes, y su difunta madre había hecho decir misas por su alma, creyéndole perdido. ¡Cómo! ¡Temer por la Leopoldina, un barco tan bueno, tripulado por los mejores marinos de Pors-Even!
La pobre abuela Moan andaba alrededor de los dos interlocutores, meneando la cabeza: la aflicción en que veía a Gaud parecía haberle devuelto la fuerza física y la lucidez de las ideas, y ella sola atendía ahora a todos los quehaceres domésticos.
No; desde que el oficio de marinero le había arrebatado a su querido nieto Silvestre, la abuela Moan había dejado de creer en los marinos que vuelven a sus hogares tras de una larga ausencia. Ya no dirigía plegarias a la Virgen sino por miedo, poseída de una especie de resentimiento hacia la potencia misteriosa que no había preservado al ser querido.
Gaud escuchaba ávidamente las cosas consoladoras que le decía el señor Gaos, y sus ojos abatidos contemplaban con profunda ternura al buen anciano, en quien creía ver la imagen de su amado: sólo el verla allí a su lado parecíale una protección contra la muerte, y se sentía más tranquila, más esperanzada. Sus lágrimas corrían silenciosas y dulces, y recitaba mentalmente sus más ardientes oraciones a la Virgen, Estrella del Mar.
Una, escala en las islas Feroé, tal vez para reparar gruesas averías, no tenía, efectivamente nada de imposible. Sin duda, todo no estaba perdido, puesto que el padre de Juan conservaba esperanzas. Margarita, más serena, volvió a recobrarlas por algunos días.
—Era ya el pleno otoño, con sus lúgubres entradas de la noche, que desde bien temprano envolvía en la obscuridad la vieja cabaña y todo el país bretón.
Los días mismos no parecían ser más que crepúsculos, inmensas nubes que pasaban lentamente venían de pronto a ennegrecer la luz del mediodía. El viento bramaba incesantemente, fingiendo un ruido lejano de grandes órganos de iglesia que entonaban músicas desesperadas.
Margarita estaba espantosamente pálida, y su talle iba encorvándose como si la vejez la hubiese ya tocado con sus alas sin plumas. Su único consuelo era andar con las ropas de Juan, plegar y desplegar como una maniática los pantalones y las chaquetas, sobre todo, una camiseta de punto de lana que había guardado la forma de su cuerpo: cuando la ponía cuidadosamente sobre la mesa, la camiseta dibujaba por si misma la musculatura del pecho y de los hombros de su dueño. Por último, Gaud concluyó por colocarla aparte, en una tabla del armario, sin atreverse a tocarla más, por miedo de que perdiera aquel modelado para ella tan precioso.
La idea de aquellas islas lejanas donde la Leopoldina podía haber hecho escala forzosa, se había arraigado fuertemente en su espíritu. Todavía aguardaba.

XL

Juan no volvió jamás.
Una noche de Agosto, allá abajo, al largo de la sombría Islandia, se habían celebrado sus bodas con el mar, en medio del ruido de los elementos desencadenados.
Sí, con la mar, que había sido como su nodriza; ella era la que le había mecido cuando niño, ella la que le había hecho adolescente fuerte y robusto. Y luego le había tomado para ella sola, enamorada de su virilidad de hombre. Un profundo misterio había rodeado aquellas bodas monstruosas. Hubo un baile de velas obscuras que danzaban sobre las crestas verdosas de las olas, ocultas por cortinas móviles y atormentadas, tendidas en el cielo como para esconder la fiesta a los ojos profanos, y la novia bramaba con su voz más potente, haciendo de espantable orquesta.
Juan se acordaba en el tremendo trance, de Gand, su esposa de carne, y se defendió en una lucha de gigante contra la horrible novia. Resistió hasta el momento en que, agotadas sus fuerzas, se abandonó abriendo los brazos para recibirla, con un gran grito profundo como el bramido de un toro; llena ya la boca de agua, y con el cuerpo rígido para siempre.
Y por extraña coincidencia, asistieron a sus bodas con la mar todos sus antiguos compañeros de la María, a quienes pocos años antes había convidado a ellas. Todos, excepto el pobre Silvestre, que dormía el sueño eterno en los jardines encantados, a la sombra de árboles vistosísimos, allá muy lejos, al otro extremo de la tierra.

FIN

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