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miércoles, 7 de junio de 2017

El Fugitivo (Zane Grey)

El Fugitivo 
Zane Grey

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Para salvar a un hermano jugador y pendenciero, Bruce Lockheart se declara culpable de un crimen que no cometió y emprende la huida. Un ranger le perseguirá implacablemente y también le seguirá la mujer que lo ama con la intención de reivindicarle.
Guía del lector
Capítulo primero
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI

Zane Grey
EL FUGITIVO
(The Fugitive Trail, 1957)
Guía del lector
En un orden alfabético convencional se relacionan a continuación los principales personajes de esta novela

BARNCASTLE: Jefe de una pandilla de ladrones de ganado.
BELTON (Quade): Nombre usado también por el anterior.
BLIGH (sargento): Miembro de los «ranger» de Texas.
JIM: Vaquero, amigo de Lee Jones, seudónimo de Bruce Lockheart.
LOCKHEART (Barse): Hermano de
LOCKHEART (Bruce): Cazador de búfalos.
MAGGARD (capitán): Miembro de los «ranger» de Texas.
MELROSE: Ranchero, verdadero padre de Trinity.
MELROSE (Jack): Hijo del anterior y hermanastro de Trinity.
PEG: Vaquero, amigo de Lee Jones.
SERKS (Tex): Vaquero, amigo de Lee Jones.
SPENCER: Padre adoptivo de Trinity.
STEWART: Lugarteniente de Barncastle.
TRINITY: Novia de Bruce Lockheart.
VÁZQUEZ (Juan): Vaquero, amigo de Lee Jones.
Capítulo primero

EL pueblo estaba lleno de vaqueros y trabajadores que acababan de cobrar sus jornales, pasándose las horas ante sus vasos, llenos de rojizo licor.
En la habitación más escondida del Lafe Hennesy, seis hombres se hallaban sentados alrededor de una mesa redonda, jugando al póquer. Dos de ellos eran vaqueros que se proponían pasar la noche así. Quade Belton, un jugador profesional, moreno, de ojos muy vivos, tenía ante él el mayor de los montones de plata y oro que había encima de la mesa. Su compañero, Steve Henderson, marchaba también perfectamente. El quinto hombre era un individuo desconocido en aquellas latitudes. El sexto se esforzaba por mantenerse sereno, pero sudaba copiosamente. Se le daba mal aquello. Contaría veintitantos años de edad y, a juzgar por el aspecto de sus manos y rostro, no era ningún caballista. Por otro lado, bastaba verlo mover las cartas para apreciar que tenía poco de jugador. Se llamaba Barse Lockheart.
De repente, varios de los mirones fueron echados a un lado por un hombre joven, que se acercó en seguida a la mesa. Si se prescindía de su agrio gesto y de su acerada mirada, parecía la reproducción de Barse Lockheart. Al hablar lo hizo como si mordiera las palabras.
—¡Levántate de ahí, Barse! ¡Deja esa mesa inmediatamente!
Los seis hombres levantaron la vista, inquisitivos, cautelosos. Barse se puso muy encarnado.
—¿Qué diablos te pasa? —preguntó.
—Estás en muy mala compañía. ¡Vamos, levántate!
—Estoy perdiendo. No pienso dejar de jugar por ahora. Has hecho mal al interrumpir la partida...
Henderson abatió un puño sobre la mesa, moviéndose hacia Barse.
—Dile que se vaya al infierno, hombre.
—¡Vete al infierno, Bruce! —gritó dócilmente Barse.
Pero la vacilación de su mirada atenuó el tono de reto con que pronunciara aquellas palabras.
El forastero miró al intruso, sonriendo desdeñosamente.
—Oye: ¿eres tú acaso el guardián de tu hermano?
—Pues sí, cuando se junta con tipos como Steve Henderson y otros que cualquier vaquero con sentido común procuraría mantener a distancia.
Los seis hombres arrojaron sus cartas sobre la mesa. Oyóse el ruido de las sillas al ser arrastradas hacia atrás. Los dos vaqueros de la mesa dieron muestras de nerviosismo.
—Mira, Lockheart —gruñó Henderson—: lo mejor que puedes hacer es marcharte. Es decir, si no quieres que yo te eche.
Bruce le contestó con frialdad, sin falsa chulería:
—No cometas el error de intentarlo.
El forastero se levantó lentamente de su silla, manteniendo la mano derecha muy cerca de su revólver. Belton procedió a guardarse sus ganancias. Los dos vaqueros se unieron al grupo de mirones, alejándose de la mesa.
—Señor Lockheart —inquirió el forastero—: ¿me ha incluido en ese grupo de individuos que tanto asco inspira a los vaqueros serios?
—En efecto. Y le estaba halagando.
—¿Qué me dice? Se siente irónico, ¿eh?
Bruce replicó con una sonrisa:
—En esta ciudad, donde todo es fácil, usted puede pasar por un tipo de cuidado. En pleno campo, donde los hombres son más duros, no dejaría de ser un sujeto inofensivo.
El revólver del forastero salió de su funda en una fracción de segundo, pero Bruce había actuado con idéntica rapidez, oprimiendo el gatillo de su arma. El disparo resonó estruendosamente en la habitación y el forastero se derrumbó sobre la mesa, yendo a parar por último al suelo. Unos segundos más y Henderson empuñó su revólver. Pero no tuvo tiempo siquiera para apuntar. Bruce se le adelantó. El tercer rugido fue el del arma de Henderson. La bala salió proyectada hacia el techo al caer el hombre de espaldas.
Bruce retrocedió. Del cañón de su revólver salía una fina columna de humo. Confundióse entre los hombres que avanzaban arremolinándose en torno a Henderson, Quade Belton y Barse Lockheart se deslizaron hacia la puerta, yendo en busca de sus caballos. El primero, ya acomodado en su montura, se volvió hacia el otro.
—¿Te vienes, o prefieres esperar a que te recoja tu hermano? —preguntó.
Aquella burla hizo mella en el joven.
—¡Mi hermano puede irse al infierno! —replicó Barse, enfadado.
Puso el pie en el estribo y se lanzó detrás de Belton. La luz de la tarde era cada vez más débil.

Envuelta por la luz del crepúsculo, Trinity se sentó sobre un reseco tronco de árbol, esperando a un novio en quien poco podía confiar, que siempre llegaba tarde. En las claras aguas de la corriente de agua cercana, de cantarinos murmullos, se reflejaban los matices rosados y dorados de la puesta del sol; unos ánades menudos corrían graciosamente bajo el follaje, detrás de su madre; en las copas de los altos árboles lanzaban sus gorjeos los últimos pájaros; el aire era fresco, agradable. A la espalda de la joven se oían los ruidos característicos del rancho de Spencer, donde ella vivía. Más lejano era el rumor de la ciudad de Denison, que había ganado en intensidad ahora con la construcción del ferrocarril y la llegada de hombres y grandes manadas de animales, procedentes del Sur.
Cada vez que miraba hacia allí, Trinity se sentía como fascinada. Ella procedía del Sur y de éste procedía la vaga llamada del futuro. Un dilatado boquete en la oscura línea de los árboles daba a la vasta y salvaje tierra de Texas. Muchas veces, caminando por allí, había contemplado con los ojos de la imaginación el río Trinity, donde fuera abandonada de niña, donde la recogieran aquellos buenos Spencer. Le habían dado el nombre del río y jamás averiguaron nada sobre su procedencia, sobre su verdadera identidad. La muchacha se acordaba de unos largos desplazamientos en carromatos, evocaba dilatadas llanuras cubiertas de ondulantes hierbas, negras manadas de búfalos, campamentos y hogueras a lo largo de oscuros ríos, hombres barbudos y feroces, estrépitos de armas de fuego y los gritos de guerra de los indios, que helaban la sangre en las venas.
La soledad de aquellos parajes, desde el río hasta el desconocido Sur, se hacía más patente a la hora del crepúsculo. Nunca le impresionaba tanto la belleza de aquella tierra. Un polvo purpúreo se desplazaba silenciosamente desde el cauce, sobre el ondulado terreno, en dirección al estallido dorado de las últimas luces. Pero Trinity prefería el pacífico, salvaje y desconocido Sur, antes que el ajetreo del rancho Spencer y de la llana, despejada, población de Denison.
Los distantes ruidos de la ciudad la llevaron a pensar de nuevo en Barse. Éste había cambiado, no podía negarse. El alegre, atractivo e irreflexivo muchacho había empezado a ir con malas compañías, llevando una vida disoluta. A él le disgustaba que ella le hablara de eso y más de una vez había reaccionado violentamente ante sus palabras. No obstante, sorprendía en el joven destellos de su antigua personalidad. Como aquella vez en que insistiera en comprarle aquel maravilloso vestido... Era muy caro... La chica se había emocionado, pero al preguntarle de dónde había sacado el dinero, él se enfadó, mirándole retador. Estas cosas la preocupaban. «Me siento un poco como si fuese la madre de Barse —pensó—. Es igual que una criatura irresponsable.»
Seguidamente, sus pensamientos se centraron en Bruce. Es lo que venía sucediendo últimamente, cada vez con más frecuencia. Era muy diferente de Barse, más duro, más grave y serio que éste, gozando de justa fama de cazador de búfalos, de conductor de ganado, de hombre... fácil, a la hora de empuñar un revólver. No le había visto mucho por andar siempre muy ocupado, con sus expediciones de caza y los desplazamientos a todas partes, a la cabeza de inmensos rebaños. Con todo, en los últimos meses había visitado el rancho con más frecuencia que de costumbre, más para verla a ella (Trinity lo sabía) que para hablar con sus padres. Y a despecho de su afecto por Barse, había algo muy sólido en la persona de Bruce que a Trinity se le antojaba muy atractivo. Acordábase, con una punzada de remordimiento, que la última vez que se vieran, ella habíase dejado casi besar por el chico. Y ahora encontraba aquel recuerdo muy perturbador e inquietante. No. Él no podía ser un asesino. Pero su sitio estaba al lado de Barse. Tenía que hacer por todos los medios que cambiara de vida, que se asentase. Él la necesitaba. Si Barse le prometía portarse bien se casarían...
Comprendía que aquella noche Barse no se presentaría ya allí, por lo cual fue apartándose de la orilla del río, echando a andar por el camino familiar, inmersa ya en la oscuridad. Al cruzar el prado, los caballos que pasaban por allí levantaron sus cabezas para relinchar. Los caballos habían desempeñado un gran papel en su vida. Pocos de los jóvenes del rancho montaban mejor que ella. Después se acordó de que Barse era un tejano que no amaba a aquellos animales y esto le hizo sentirse disgustada.
Trinity fue acercándose a la casa del rancho. El croar de las ranas en el estanque venía a ser para ella una dulce y melancólica música que le parecía recordar desde siempre. Había luz en la salita de estar de la vivienda. Entró en ésta con la idea de refugiarse en la soledad de su habitación, pero resolvió dar a conocer a los Spencer su decisión.
—Has regresado muy pronto —dijo la señora Spencer, una mujer fornida, de grisáceos cabellos.
—Barse no ha venido —replicó Trinity—. ¿Dónde está papá?
—Ha salido. Han habido noticias relativas a un atraco. Denison era una población que dejaba bastante que desear ya antes de que se comenzase a construir el ferrocarril y de que aparecieran por aquí los trabajadores aventureros, los garitos de juego y esas desgraciadas salas de baile... En la actualidad, nadie obraría injustamente si le concediesen el título de la peor ciudad de Texas. Jamás viví en otra como ella.
—He decidido casarme... con Barse —tartamudeó la joven.
—¡Oh, no, Trinity! —exclamó la señora Spencer.
—También... me gusta Bruce y hasta permití que se mostrara excesivamente cariñoso conmigo. Barse es otro caso... Me necesita.
—Tú no te alteres, Trinity, al tocar esta cuestión. Sé lo que te ocurre. ¡Demasiados pretendientes, querida! No es de extrañar. Hay pocas chicas tan lindas como tú. Tampoco las hay más buenas. Mira, déjate de rodeos, hija: quédate con el muchacho que quieras más.
—Yo creo que es Barse, madre —replicó Trinity.
—Pero no estás segura...
—Desde luego, es verdad. Llevo años tratando a Barse como si fuese una criatura.
—Lo has intentado todo con él. Te has portado como una madre, has querido imponerte y reformarle porque algo marcha mal en ese muchacho. Cuidado, Trinity. Las cosas que se plantean, de la forma que tú lo has hecho, no siempre salen bien.
Sonaron los pesados pasos del señor Spencer en el porche. El hombre cruzó la cocina, entrando en el cuarto de estar. Era un típico tejano, de elevada estatura, magra faz, blancos cabellos y ojos de penetrante mirada.
—Hola, hija. Te veo un poco abatida —dijo el recién llegado con su cordialidad de siempre.
—He estado reflexionando, papá. Tengo mis preocupaciones y no sé qué hacer —contestó Trinity, quien pasó a poner a Spencer al corriente de todo.
—Bueno, hija, parece ser que has llegado ya a una conclusión. Enfréntate con lo que venga ahora y no te preocupes más.
—¿Tú apruebas mi decisión, papá?
—Yo no puedo decirte tanto, Trin. Ahora, se trata de tu vida y eres tú quien ha de decir la última palabra. No hace mucho tiempo, Barse era un muchacho. Pero ha cambiado, como ha cambiado Denison al hacerse más grande, al correr más el dinero, al haber más ganado... Le faltaba el ferrocarril y ahí está...
—Bruce dijo, sin embargo, que el ferrocarril haría a Hal rico.
—Tampoco puedo afirmar nada en tal sentido. Me imagino que cuando esos trabajos hayan llegado a su fin y sea levantado el campamento. Denison se normalizará. De momento, no obstante, la cosa se presenta bastante dura. Mira: esta misma noche, por ejemplo, a las seis, cuando el cajero de la obra se disponía a pagar a los trabajadores, fue atracado por un puñado de hombres enmascarados. ¡Huyeron llevándose un montón de miles de dólares! ¡Nadie disparó un solo tiro!
—¡Sin más! —exclamó la señora Spencer, desdeñosa—. ¿Dónde se encontraba Bruce Lockheart y alguno de esos otros bravos jóvenes tejanos?
—Mamá estoy: estoy segura de que Bruce no figuraba entre esa gente —medió Trinity.
—No. Tengo que decirte que vi a Bruce después, afortunadamente para él —replicó Spencer—. No era uno de los bandidos. Hay quien asegura, a pesar de todo, que todos los incidentes que se han producido en este lugar últimamente son obra de individuos conocidos.
—¡Papá! —exclamó Trinity, abriendo la boca, pasmada.
—Bueno, hija, no te asustes.
—¿Cómo voy a evitarlo?
—No puedes fiarte de las apariencias. No es bueno todo lo que lo parece. He visto a lo largo de mi vida cómo algunos vaqueros enfilaban caminos que no podían conducirles a ningún sitio bueno. Los motivos son siempre muy semejantes: escasez de dinero o demasiado dinero a la vista. Hobart-Smith, que presenció el atraco, jura que en el grupo de enmascarados no había más que un hombre de alguna edad. ¡Los restantes jinetes eran muy jóvenes!
Trinity pensaba que en los últimos tiempos Barse había andado (cosa rara) bien de dinero, que gastaba siempre despreocupadamente. Profundamente angustiada, se trasladó a su habitación, y sin encender la lámpara, tendióse en la cama. Consideró ciertos detalles... Un día se había encontrado a Barse en la ciudad. Había estado bebiendo y se empeñó en comprarle algo en una tienda. Al ver que ella se mostraba curiosa, el chico le respondió que era desgraciado en amores, pero afortunado en el juego. Había una impresión que consiguiera casi olvidar, pero que ahora evocaba con redoblada fuerza. Bruce, refiriéndose, amargado, al amor que ella decía sentir por Barse, le dijo en una ocasión «no sabía de la misa la mitad». En raras ocasiones hablaba él mal de alguien. Y mucho menos de Barse. En otros tiempos más complicados, ella había sido demasiado enérgica y leal para dudar. Esta vez no consiguió sobreponerse a aquello. Había algo que andaba radicalmente mal. La joven pensó en aquellas veces en que, obstinadamente, habíase empeñado en no ver. Había sido siempre con motivo de cuestiones que no favorecían en nada a Barse Lockheart.
Trinity admitía que él no tenía cabeza, pero se negaba a reconocer que pudiera ser capaz de aventurarse en algo peor que la bebida y el juego. Decidió silenciar sus temores y vacilaciones. Desde aquel momento en adelante, intentaría no ver y no oír cuanto era susceptible de producirle aquel terrible desasosiego que sentía.
Se acercaba un grupo de jinetes, a juzgar por los ruidos que oyó de pronto. Trinity se asomó a la ventana. Tratábase de Caleb Green, un ranchero vecino, a quien acompañaba Hal Spencer. El padre de la chica se unió a ellos. Green habló. Trinity pensó que algo había sucedido. Después se dio cuenta de que Hal iba destocado y que estaba muy pálido. Entraron en la casa, precediéndoles el dueño de la misma.
Trinity se trasladó apresuradamente al cuarto de estar. La señora Spencer daba muestras de hallarse sobresaltada. Miraba a Hal, quien, evidentemente acababa de decir algo. Los grisáceos ojos de Spencer parecían echar fuego.
—Hola, Trinity —dijo Green, con una sonrisa—. Cada día estás más guapa, chiquilla. ¿De dónde has sacado esas manchas rojas de las mejillas?
—Buenos días, señor Green. Gracias por el cumplido. Supongo que se deberán a que me siento muy nerviosa.
—Has tenido una corazonada, ¿eh? Seré breve, Spencer. Quiero decirte lo que ocurre.
Spencer se acercó a la puerta de la habitación, que procedió a cerrar.
—Ya puedes hablar.
—Trinity: sería mejor que nos dejaras —manifestó la señora Spencer, inquieta.
—¡Tonterías! Se enterará de todos modos de lo que sea —replicó el ranchero secamente.
—Vale más que se lo diga a Trinity, madre. Yo lo vi todo.
—¡Oh, Hal!... ¿Qué es?
Hal se enfrentó con la joven, que se había puesto intensamente pálida.
—Trin: no te alteres... Bruce Lockheart ha disparado sobre dos hombres. Mató a un forastero que intervino en la discusión... E hirió mortalmente a Steve Henderson... Mortalmente, sí, eso es lo que se dice.
—Es horrible... ¡Horrible! —exclamó Trinity, pasmada—. ¡Bruce! ¿Por qué fue? ¿Dónde?
—Bruce fue el primero en sacar su revólver. Debía de haber estado buscando camorra. En Denison ya nadie dudará de que sean verdad esas historias que circulan por la población acerca de los conductores de ganado y sus riñas. ¡Con qué rapidez se maneja el revólver!
—Bueno, hijo, explícate —dijo Spencer.
—¡Barse! ¿Estaba él... allí? —inquirió Trinity conteniendo el aliento.
—Barse fue el culpable de la riña. Ese maldito tozudo...
—¡Oh! —exclamó Trinity—. Entonces no pudo haber participado en el atraco —añadió, aliviada.
—Habla ya, Hal —ordenó el padre—. ¿Qué pasó?
Hal se sentó, limpiándose el sudor que cubría su frente.
—Lo lamento, papá. Me noto acalorado. Siéntate tú también y no te muestres tan impresionado... Todo sucedió así... Poco después de que dispararan sobre Jeff Hawkins...
—¿Hawkins? —preguntó Spencer, algo desconcertado—. ¿Cuándo fue eso?
—¡Oh, papá! No me acordaba de que tú abandonaste la población antes —contestó Hal—. Todo tuvo que ocurrir poco después del atraco. No presencié ese episodio. Hawkins recibió un balazo de un desconocido que más tarde cometió el error de enfrentarse con Bruce. ¡Diablos! ¡Eso sí que lo vi!
—Hijo: ¿quieres atenerte de una vez a los hechos? —inquirió Spencer, impacientemente.
—¡Dame tiempo, hombre!
Seguidamente, Hal refirió lo sucedido en el Lafe Hennesy’s. Continuaba estando muy excitado y ahora la historia le salió de un tirón.
—¡Maldita sea! —exclamó Spencer.
—¡Oh! ¡Es terrible! —dijo Trinity.
—Se armó el alboroto —prosiguió diciendo Hal—. Belton y Barse desaparecieron. Ya no volví a ver a Bruce. Los hombres se arremolinaron en torno a Henderson. Vivía aún... Pero lo más probable es que esto le cueste la vida. Se lo llevaron al doctor del campamento.
—¿Qué decía la gente? —le preguntó Spencer.
—No me puedo acordar de todos los comentarios, pero la excitación era general. Cuando todos se hubieron tranquilizado un poco, el muerto fue identificado como el hombre que Hawkins intentara arrestar. Todos elogiaban lo que había hecho Bruce.
—Pero, Barse... ¿Qué fue de él? —quiso saber Trinity.
—Parece ser que nadie lo sabe, que a nadie le importa eso —respondió Hal, ásperamente—. Más adelante, oí decir que había salido de la ciudad con Belton.
—Bruce estaba en lo cierto —afirmó Spencer—. Belton y sus compañeros no son gente clara.
—Bueno, papá, el grupo de matones ha perdido a dos de sus miembros —observó Hal, significativamente—. Mamá: prepara la cena cuanto antes. Voy a ir a la ciudad de nuevo.
—Yo te acompañaré, Hal... ¿En qué piensas, Trinity?
—¿Yo? ¡Oh! Apenas lo sé —dijo vacilante la chica.
De repente, a Trinity se le había ocurrido la idea de efectuar por su cuenta y riesgo unas investigaciones. De esta manera se enteraría de una vez de la naturaleza de las relaciones de Barse Lockheart con la gente de Belton. Le fascinaba aquella tarea. Pensó en sus personales facultades. Era fuerte, y ágil, y sabía montar y seguir un rastro como cualquier vaquero. Sabía también deslizarse por entre las malezas igual que un indio. No había nada, por añadidura, que le inspirara temor.
«¡Lo haré! —se dijo—. ¡Vaya si lo haré! En cuanto haya cenado, localizaré el campamento de Belton.»
Trinity se metió en su habitación, cambiándose de ropa. Habíase acercado frecuentemente a la ciudad en las primeras horas de la noche. Y cuando veía a Barse, solía regresar tarde. Podía hacerlo, sí... Cabía la posibilidad de que descubriera algo, si no aquella noche, otra, más adelante. Sintióse más excitada que nunca y se apresuró a desechar toda clase de temores.
Una hora más tarde, mientras se deslizaba junto al río, sobre su mustango, «Buckskin», se notó llena de propósitos. Poniendo su montura al galope, se dirigió al punto en que viera a Belton varios días atrás. La vegetación era cada vez mayor y con la oscuridad apenas podía ver nada. Echó pie a tierra y apartándose unos metros del caballo permaneció atenta. Trinity tenía el oído muy fino.
En un trecho de ocho kilómetros se detuvo diez veces.
Considerando que ya se había alejado bastante de su casa, Trinity se disponía a emprender el regreso cuando le pareció percibir cierto olor a humo. Siguió avanzando unos quinientos metros, lentamente. Por fin descubrió el resplandor de una hoguera. Procedió a atar a «Buckskin» a un tronco. Luego, marcó el sitio con unas ramas secas.
Trinity empezó a tomar todo género de precauciones. Estaba habituada a aquella solitaria tarea. Pero sus experiencias en ese aspecto se habían limitado a las derivadas de la caza y la pesca, y a sus expediciones para localizar en pleno campo caballos perdidos o reses extraviadas. Pero ahora andaba detrás de un hombre, de hombres —estaba convencida de ello—, de malos instintos, peligrosos.
Trinity procuró dominar su agitación. No podía hacer el menor ruido. Los oídos de aquellos forajidos eran tan finos como los suyos. La joven había clasificado ya definitivamente a Belton y sus hombres.
Era aquélla una fresca noche de primavera. Reinaba un gran silencio en torno a la joven. Trinity advirtió como algo aparte al croar de las ranas, el murmullo de una corriente de agua, los chillidos en las alturas de los gavilanes, los frotes de las ramas en la espesura. Comenzó a avanzar sigilosamente hacia la hoguera. Concentró la atención exclusivamente en su progreso. Trinity llevaba consigo un revólver, pero estaba tomando todas las precauciones necesarias para no verse obligada a hacer uso de él.
Iba de un árbol a otro, procurando no pisar las ramas y hierbas resecas de que estaba alfombrado el suelo. Poco a poco, la pequeña hoguera cobró intensidad ante sus ojos. Habíala perdido de vista algunas veces en el transcurso de su irregular desplazamiento, no tardando en volver a encontrarla, sin embargo.
De pronto, al salir de uno de sus largos rodeos, se quedó sorprendida, asustándose mucho, al ver el fuego a poco más de un centenar de pasos de distancia. Tres hombres se habían instalado alrededor de aquél. Uno de ellos era el atezado Belton. Al segundo lo veía ahora por vez primera en su vida. El tercer personaje de la escena era Barse.
Trinity experimentó una tremenda impresión y tuvo que hacer un esfuerzo para contener su ira. Los tres amigos charlaban.
Belton tenía una voz muy potente. La joven oyó claramente: «... ese sujeto quebrantó nuestros planes... Teníamos un asunto de dinero en las manos.» Los otros hablaban en unos tonos de menor exaltación. Barse movía la cabeza, denegando. Evidentemente, no se hallaba de acuerdo con Belton.
Trinity decidió acercarse a ellos más todavía. Pensaba apostarse detrás de unos troncos caídos. Las hierbas eran suficientemente altas y podría hundirse en ellas. Con todo, su corazón comenzó a latir con más fuerza al iniciar aquel avance por la zona de terreno más despejada.
Descubrió unos espesos matorrales entre ella y el fuego. Ahora sonaba con mayor claridad la voz de Belton. Tendióse en el suelo cuán larga era y aguzó el oído: «... la suerte, caprichosa, ha cambiado... Es mejor que forcemos el banco y... Mañana habrá que remontar el vuelo...» Trinity seguía escuchando atentamente. ¿Asaltar el banco? No, no. Barse, no.
La joven oyó un leve ruido muy cerca de donde se encontraba. Su corazón dio un salto y luego pareció detenerse. Se quedó inmóvil, paralizada. Finalmente, dos enguantadas manos, fuertes como el hierro, la asieron. Una habíase quedado firmemente pegada a su nuca y la otra le tapaba la boca, impidiéndole el más débil quejido.
Capítulo II

MIENTRAS Trinity hacía denodados esfuerzos por girar la cabeza en dirección a las estrellas, impulsada por el instinto de conservación, deslizó una mano hacia uno de los bolsillos de su pantalón para empuñar su revólver contra el inesperado atacante.
—¿Qué es lo que te propones, muchacho? —inquirió el recién llegado, con un furioso susurro.
Trinity reconoció la voz. Su cuerpo perdió rigidez y al echar la cabeza hacia atrás se le cayó el sombrero, quedando expuesta su faz y también los rizados cabellos. Ante aquello, el asaltante la soltó...
—¡Trinity!
—Hola, Bruce —replicó ella en el mismo tono—. Has estado a punto de desnucarme.
El joven la miró desconcertado. Luego, acordándose de la proximidad de los tres hombres, ayudóla a ponerse en pie, apartándola de allí. Ya en el bosque de nuevo, Bruce se detuvo, mirándola atentamente.
—¿Qué diablos estabas haciendo aquí, muchacha?
—Me parece que lo mismo que tú.
—¿Espiabas a Barse?
—Sí.
—Eres una necia, Trinity. Tengo que reconocer, sin embargo, que eres valiente..., si es que sabes en realidad qué clase de hombres son los que están ahí.
—Lo sé... Deseaba averiguar si Barse se encontraba con ellos. Tú pretendías hacer lo mismo.
—Te equivocas. Yo sabía que estaba ahí.
—¡Oh, Bruce! Era lo que más temía.
—Andaba necesitado de un toque. Si el de hoy no le bastó, procuraré darle otro.
El rostro de ella se oscureció.
—Hoy hiciste que corriera la sangre por su culpa.
—¿Quién te lo dijo?
—Hal presenció la escena.
—Me figuré que ése... no andaría muy lejos. Me vi obligado a proceder de ese modo, Trinity. De lo contrario, Barse lo hubiera pasado mal. Vamos. Salgamos de aquí.
Bruce preguntó a la joven dónde había dejado su montura.
—Mi caballo olió al tuyo cuando pasé por este lugar.
—Acompáñame a casa, Bruce —rogó Trinity.
—No. Tengo que vigilar a esos tres. Me da el corazón que están tramando alguna fechoría. Si me entero de qué se trata me encontraré en condiciones de estropearles la combinación.
—Sí, a juzgar por las palabras que he oído en labios de Belton...
La chica puso sobre aviso a Bruce, dándole cuenta de los retazos de conversación que había captado.
—Eso del banco no será, si puedo evitarlo... Bueno, Trin. Tú, ahora, a casa.
—Bruce... No irás a arriesgarte ahora de nuevo, ¿verdad? ¡Podrían matarte! —exclamó Trinity, embargada por una gran emoción.
Cogiéndose a sus brazos, ella fijó la mirada en su rostro.
—Seguro que pueden matarme —replicó el joven, con amargura—. Cualquiera diría que no eres de Texas, Trin. Por otro lado, ¿qué representaría eso para ti?
—¡No digas tal cosa, Bruce!
La voz de Trinity perdió intensidad mientras sus manos se deslizaban hacia los hombros de su acompañante. Paseáronse por los alrededores de su cuello y hubiera sido incapaz de detenerlas..., de no haberla rechazado él. Su energía la atraía mucho más que la debilidad de Barse.
Bruce dejó oír una breve risita.
—Así sois todas las mujeres. El daño está hecho y te remuerde la conciencia...
Trinity le interrumpió apasionadamente, muy dolida.
—No he pronunciado todavía mi última palabra con respecto a ciertas cosas, Bruce.
—¿Qué hay de Barse? —inquirió él, sin perder la calma.
—No lo sé. No sé qué pensar. Estoy sumida en un mar de confusiones.
Inesperadamente, ella se empinó sobre las puntas de sus botas de montar, besando a Bruce. Éste se quedó tan inmóvil como el árbol que tenía al lado. La muchacha echó a correr hacia su montura. Poco después salía disparada de allí.
—¡Trin!
Pero la joven no se atrevía a volver. ¿Qué era lo que había estado a punto de hacer? Temblaba. Se sentía acalorada y fría alternativamente. Acababa de ver con toda claridad que era a Bruce Lockheart a quien amaba. Lo de menos era que hubiese vivido pendiente de los movimientos de Barse, que se hubiese creído obligada a salvarlo... Los acontecimientos de los dos pasados días habían aclarado su mente. Acababa de aprender la diferencia existente entre los hermanos. Barse no llegaba a ser siquiera la sombra de Bruce. Otro resbalón por parte de aquél y todo su interés se transformaría en desprecio. Un gesto amable de Bruce y se sentiría muy afectada en su equilibrio interior.
Cuando llegó al rancho era ya muy tarde. Desensilló a su «Buckskin» y entró en la casa. Las emociones vividas se habían traducido para ella en un profundo cansancio y nada más acostarse se quedó dormida.
Al día siguiente se concentró en sus tareas de siempre al tiempo que analizaba sus sentimientos. Por mucho que hiciera, no podía desoír las insistentes llamadas de su corazón. Su lealtad, su piedad, cierto sentido de la responsabilidad misma, la inclinaban hacia Barse. Ahora bien, eso no era amor.
Spencer y Hal se habían ido a la ciudad. Trinity temía su regreso, por temor a que fuesen portadores de más noticias desagradables. Para aplazar aquel momento, se trasladó a la orilla del río, donde prosiguió sus reflexiones. Sentía la proximidad de una decisión que cambiaría por completo su existencia. Aquello era inevitable.
A primera hora de la tarde, un rumor de caballos lanzados al galope suscitó un ramalazo de curiosidad en Trinity. Mantúvose alerta desde la espesura en que se había refugiado. Vio a cuatro jinetes desde su escondite. Al frente de todos marchaba Belton. No pudo reconocer a los tres hombres que le acompañaban. La joven se fijó en que todos se tocaban con negros sombreros, vistiendo oscuras camisas y pantalones azules. Montaban caballos que Trinity veía por primera vez. Normalmente, era capaz de acordarse perfectamente del porte de un caballo, del tono de su pelaje, de su complexión, detalles que se fijaban en su memoria con más fuerza que la figura del propio jinete.
—«Es curioso —pensó, mientras el grupo desaparecía a lo lejos—. Esos individuos montan unas hermosas bestias, esbeltas, veloces. Son caballos de forajidos... ¿Qué llevará Belton entre manos? No puede ser nada bueno... Me da el corazón que...»
Consideró aquella cuestión. Si Spencer había vuelto, le daría cuenta de lo que acababa de ver. ¿Y qué podía salir de aquello? Se sentía intimidada por la relación que pudiera existir entre Barse y el grupo. Temía también que pudiese ocurrirle algo desagradable a Bruce...
«¡Oh! Si Bruce se presentara ahora... Quizá venga por aquí. Esperaré unos minutos.»
No había transcurrido una hora cuando Trinity advirtió el rítmico galopar de unos caballos herrados, los cuales avanzaban sobre el camino que conducía a la población. Se aproximaban rápidamente. Después vio a los cuatro jinetes, en fila india. ¡Iban enmascarados! Se habían cruzado unos pañuelos rojos sobre los rostros. A pesar de esto, reconoció al último: era Belton. No cesaba de mirar hacia atrás. Luego, el grupo tornó a perderse en la lejanía, en dirección opuesta a la que siguieran sus componentes anteriormente. Trinity dio por seguro que aquellos individuos acababan de cometer una fechoría.
Al rumor de los caballos lanzados al galope, cada vez más débil, siguió otro igual progresivamente más fuerte. Dos jinetes luchaban entre sí. Finalmente, uno de ellos asió la brida del otro animal, deteniéndose la pareja a unos quince metros de donde se hallaba la joven. Llevóse una mano a la boca para ahogar un grito. El jinete atacante era Bruce Lockheart, que parecía fuera de sí. Trinity identificó fácilmente a su adversario, pese al pañuelo conque se tapaba la cara: era Barse.
—¿Qué es lo que te propones al detenerme? —inquirió el último, jadeante.
—Lo sabes perfectamente. ¡Abajo! —ordenó Bruce, saltando al suelo desde su silla.
—¡No! Yo iba con Belton. ¿Es que no lo has visto?
Bruce arrancó de un manotazo el rojo pañuelo con que Barse se cubría. Éste estaba muy pálido y sudaba abundantemente. Bruce le obligó a apearse con un movimiento impregnado de violencia.
—Tú no sirves para un trabajo como éste, Barse. Belton te ha engañado... No ha vacilado en dejarte atrás. ¿Qué llevas en la bolsa? ¿El dinero del atraco?
—No. Es mi parte, solamente.
—¿No habías perdido ese sombrero negro durante el asalto al banco, Barse?
—Me lo quitaron de un balazo. Fíjate en el agujero —Barse introdujo un dedo por él—. Pero volví a cogerlo...
—Te has escapado por poco. Quisieron dejarte enfrente del banco para que todo el mundo pudiera verte bien. A Trinity le hubieras dado una alegría, claro.
—¡Oh! Cállate. Te he dicho que iba con Belton. Si me echa de menos, volverá por mí.
—Eso es lo que tú te crees. Si lo hace, desde luego, lo mataré... Barse: en Denison todo el mundo piensa que uno de los Lockheart participó en el atraco.
—¿Sí? Mayor razón para que continúe mi camino. No acierto a comprender por qué te empeñas en detenerme.
—No puedes comprenderlo, por supuesto —replicó Bruce con desprecio—. De haber podido localizarte esta mañana te habría parado los pies antes —como Barse intentara montar en su caballo, Bruce se lo impidió—. Simmons fue quien te quitó el sombrero de un balazo. El hombre jura haber visto a uno de los Lockheart, pero no sabe decir cuál de los dos éramos.
—La acusación de Simmons no tiene por qué preocuparte. Nadie pensará jamás que tú tomaste parte en el asalto.
—Yo se lo haré creer —respondió Bruce sombríamente, arrebatando a Barse el sombrero y entregándole a cambio el suyo—. Quítate esas ropas.
—Tú no puedes... —balbuceó Barse.
—Sí, sí que puedo... Vamos, muévete —con unos bruscos movimientos, Bruce ayudó a su hermano a despojarse de su indumentaria. Seguidamente, este último montó en el otro caballo—. Escúchame con atención. Llévate mi montura. Vuélvete a casa. Nuestra madre no tiene por qué enterarse de lo que hemos hecho. Luego, regresa a la población fingiendo que no sabes nada de lo que ha ocurrido. ¿Te has enterado bien?
—Sí... Sin embargo, Bruce... —dijo Barse, angustiado.
—Lo hago por Trinity. Y también por mamá —añadió Bruce—. Trin te ama... Cásate con ella. Y ve siempre por el buen camino. Esfuérzate por comportarte como un hombre. ¡Andando ahora! Trinity tampoco tiene que saber nada de lo sucedido entre nosotros.
Bruce espoleó a su caballo y unos minutos después vadeaba la corriente de agua. No volvió la cabeza hasta el momento en que empezó a ascender por la orilla opuesta. Seguidamente, se perdió entre los árboles.
Trinity salió de su estupefacción, intentando dar una voz para llamar a Bruce. No fue capaz de articular el menor sonido. Al volver la cabeza descubrió la figura de Barse, cada vez más pequeña, difuminándose en la lejanía.
El desconcierto, el pensar, un apasionamiento furioso, dominaron a Trinity sucesivamente y el último sentimiento persistió en ella incluso después de haber logrado calmarse exteriormente. Los hechos eran apreciados con toda claridad por Trin. Barse era un ladrón y un cobarde. Bruce se había sacrificado por amor a ella, actuando bajo el impulso de un erróneo sentido de la lealtad, creyendo equivocadamente que podía salvar a Barse y la felicidad de su prometida.
Formulóse un centenar de preguntas, contestándoselas casi toda. Bruce se había llevado el dinero robado porque no podía proceder de otro modo. Se convertiría en un forajido; pelearía si se veía acorralado, para salvar la vida; y luego, podía ser que llegara a utilizar aquel dinero que pertenecía al banco...
De pronto, por el cerebro de Trinity cruzó una idea. Fue una repentina inspiración. Antes de que fuese demasiado tarde localizaría a Bruce, compartiría su vida de fugitivo, influiría en él para trasladarse posteriormente a Arizona, donde iniciarían una nueva existencia. «¿Casarse con Barse ahora? —se preguntó apasionadamente—. ¡Nunca! ¡Aunque fuese el último hombre en la tierra!» Todo lo que había sentido por Bruce cobraba un giro inédito. Esta nueva luz y su resolución alteraban todos los aspectos del pasado y el presente. Sintióse exaltada. Se esfumaba su aflicción, se solucionaba su problema. Lo que pensaba era digno de Bruce. Le seducían las aventuras, las penalidades, los peligros que implicaba la búsqueda de Bruce Lockheart por las vastas tierras de Texas.
Trinity se desentendió momentáneamente de aquel sueño para ceñirse a las realidades del presente. Unos instantes de reflexión le bastaron para forjar su plan de acción y decidir la mejor manera de llevarlo a cabo. Esperaría a ver qué nuevos acontecimientos se producían en el transcurso del día siguiente. Luego, se marcharía.
Los últimos destellos del sol coloreaban la ondulante campiña cuando emprendió el regreso al rancho. La cena estuvo pronto servida, pero los hombres no habían vuelto. Tras la cena, Trinity se sentó en el porche, consumida por la ansiedad, haciendo cábalas. Los Spencer se presentaron más tarde. Su aire era taciturno y no tuvieron muchas palabras para Trinity. Ésta esperó a que salieran del comedor...
—Papá... Hal... ¿Por qué estáis tan serios? —inquirió la chica.
—Malas noticias, hija —replicó Spencer.
—Hoy asaltaron el banco cinco bandidos enmascarados, Trin —explicó Hal.
—No se trata de nada del otro mundo, después de todo —comentó la joven.
—Es que eso te afecta, querida.
—¿En qué aspecto? —preguntó ella, fingiéndose sorprendida.
—A uno de los bandidos le volaron el sombrero de un balazo, siendo entonces identificado. Era... era Bru... uno de los Lockheart —contestó Hal, tartamudeando.
—Me parece que ibas a decir Bruce, ¿no es cierto? —inquirió la chica con viveza.
—Sí...
—No puedo creerlo.
—Al principio, todos pensaron igual, pero luego...
—Barse andaba por ahí, con sus ropas de siempre, después del atraco. Los ladrones lucían prendas nuevas, azules, y se tocaban con sombreros negros.
—¿En cuanto a Bruce...? —preguntó Trinity, muy seria.
—Era el último de seis jinetes que corrían por el sendero del río. Lo vieron algunos muchachos. Y también la señora Perry. Oyó un fuerte rumor y se asomó, identificando a Bruce. Desde entonces nadie ha vuelto a verle.
Spencer movió la cabeza entristecido.
—La cosa está mal planteada.
—¿Tú viste a Barse, Hal?
—Sí. Hace cosa de una hora, después del robo. Habíase enterado de lo sucedido y se hallaba muy afectado.
—¿Qué dijo? —inquirió Trinity, curiosa, a su pesar.
—Naturalmente, se indignó. Manifestó que lo sentía por su madre, sobre todo. Pero no estaba muy extrañado. Los años pasados en compañía de los cazadores de búfalos habían arruinado a Bruce, según él.
—¿Dijo eso Barse? —saltó Trinity, que apenas pudo dominar su ira.
La señora Spencer suspiró, mediando en la conversación:
—Era fácil de ver que Bruce había cambiado. Ha llevado una vida muy dura, de lobo solitario, por los parajes más salvajes. No podía encajar en la existencia tranquila del rancho o de la ciudad. Sin embargo, tanto como llegar a convertirse en un bandido... ¡Qué lástima! Bruce era uno de los hombres clásicos de Texas. Y valía como diez perezosos Barse. ¡Oh! Este Texas, desde la guerra...
—Yo no acierto a comprender qué ha pasado —murmuró Spencer, auténticamente pesaroso.
—¿Tú qué piensas de todo esto, Trin? —quiso saber Hal.
—No sé qué decirte... todavía. Estoy verdaderamente impresionada.
—No te lo tomes muy a pecho, hija —dijo el ranchero—. Bruce era casi un desconocido para nosotros. Llevaba aquí poco tiempo. Al menos, debía haber pensado en el disgusto tan terrible que iba a darle a su madre.
—Barse ha sido siempre el predilecto —informó la señora Spencer—. Es lo que siempre ocurre con el hijo más débil.
—Pues en ese caso, mejor es que haya sido Bruce el malo.
—Pero, papá... ¡Bruce era un gran tipo! —saltó Hal, resentido—. Barse, en cambio, no sirve para nada.
—¡Hijo, hijo! Yo no diría tanto —advirtió la madre.
—¡Oh! Lo siento, Trin —añadió Hal, mirando con fijeza a Trinity—. No obstante, es la verdad...
—He de decirte, Hal, que te quiero más precisamente por lo que acabas de comentar —replicó Trinity.
Ésta se apresuró a trasladarse a su habitación, por temor a revelar más de lo que, por el momento, parecía prudente.
Trinity empezó en seguida a guardar sus ropas en una bolsa, junto con sus objetos personales y ahorros, que hacía mucho tiempo que no había contado. Sintió una gran alegría al comprobar que tenía varios centenares de dólares. Esto se le antojaba una fortuna. Había trabajado y ahorrado con tenacidad, pensando en su matrimonio.
Oyó a Hal decir:
—Trin ha encajado todo fríamente. Me extraña que...
—La chica no ha salido todavía de su asombro —replicó su madre.
—Es lo más lógico. A mí me pasó eso.
Spencer declaró con su profunda voz de bajo:
—Apuesto lo que tú quieras, hijo, a que Trin no se casa con Barse. Podría ser que ahora tuvieses tu oportunidad.
—No hay que esperar eso ya, papá.
Trinity vio en esta cuestión otro motivo que la impulsaba a alejarse de allí. Hal la conocía bien y sospechaba que tras lo del asalto al banco había algo que no sabía todo el mundo. Cuando Trinity se hubiese marchado, adivinaría la verdad. Pero a ella no le importaba tal cosa.
Apagó la luz, acostándose. No le fue fácil conciliar el sueño. Se proponía dejar Denison por la mañana, tomando la diligencia en el cruce de carreteras existente en las cercanías del rancho de los Spencer. Quería ver a Barse, pero si no se presentaba por la mañana no le esperaría.
Trinity durmió hasta tan tarde que la señora Spencer se vio obligada a despertarla.
—¡Levántate, perezosa! Barse ha llegado y quiere verte.
—Pues que espere un poco...
La joven no tardó mucho en vestirse.
Al aparecer en la cocina, la señora Spencer le dijo:
—Buenos días Trin. Tu amigo ha llegado ataviado con sus mejores ropas, como si fuese a asistir a una reunión.
—Le veré antes de desayunarme.
Se encaminó hacia el porche. Barse se había sentado allí. Efectivamente, vestía sus mejores ropas y además se había afeitado. Se hallaba predispuesta en cierto modo contra él. Recordaba las palabras que cruzara con su hermano, durante la discusión que habían sostenido.
—¿Cómo estás, Barse? Hoy has madrugado mucho.
—¿Te has enterado... de lo de Bruce? —inquirió él, algo vacilante.
—Sí. Hal me puso al corriente de lo ocurrido anoche. Mi sorpresa fue grande. Estoy muy disgustada.
—Imagínate cómo estaré yo —se apresuró a responder Barse, que sintió ahora que pisaba terreno más firme.
—¿Cómo ha encajado tu madre la noticia?
—Mi madre no sabe nada todavía.
—¡Oh! ¿Pretendes que no se entere?
—Mientras yo pueda... Trin, este asunto me ha endurecido. Bruce me ha engañado. A mí como a ti y a todo el mundo. Todo ha sido una comedia: los sermones que me echaba, su pretensión de reformarme. Y todo habría seguido igual de no haber sido identificado.
—Bruce parecía estar obrando de acuerdo con un plan trazado —contestó Trinity, mirando serenamente a Barse.
—Trin: supongo que lo que ha pasado no afectará para nada a nuestras relaciones, ¿eh?
—No, desde luego que no, Barse.
—Estupendo, Trin. Eres muy buena. Supongo también que no tenemos por qué seguir esperando más tiempo.
—¿Esperando? ¿Qué?
—Pues...
Barse tragó saliva.
—Me refería a nuestra boda...
—Claro, claro, Barse —replicó la chica, sin alterarse lo más mínimo—. Acércate esta noche por aquí y hablaremos de eso.
—¡Oh, Trin!
—Ahora tengo muchas cosas que hacer, Barse, y todavía no me he desayunado.
—Volveré esta noche, sí.
—Adiós, entonces. Hasta luego.
Trinity entró en la casa.
—¿Qué? ¿Os habéis arreglado definitivamente tú y Barse, Trin? —inquirió la señora Spencer, mordaz.
—Sí —respondió la chica, lacónicamente.
—Perdona que no pueda callármelo, pero, la verdad, es una lástima. A mí se me antoja que has venido a fijarte en el hombre que menos te conviene. Fíjate en Hal, por ejemplo. No acierto a explicarme por qué razón preferiste a Barse en lugar de a mi hijo. ¡Si Hal vale lo que una docena de Barse, querida!
—No es cuestión de valer más o menos, mamá.
—Así, pues, quieres tanto a Barse que te da lo mismo que valga más o menos...
—Nada de quererle... Lo desprecio.
—¡Hija! ¿Es que te has vuelto loca?
—Estarás pensando, que he perdido la cabeza.
—Ciertamente que no te comprendo. Por Hal y... por todos nosotros, me alegraré cuando te hayas ido.
La señora Spencer, habitualmente dulce, se había expresado ahora con extraña rudeza.
—¡No tendrás que aguardar mucho para verme salir de esta casa! —saltó la joven.
Llorando amargamente, se encaminó a su habitación. Pero se recobró rápidamente. La última declaración de la señora Spencer facilitaba su posición. Salió por fin del cuarto.
—Lo siento, Trin. Lo que he dicho no expresaba mis verdaderos sentimientos, ni mucho menos. Has sido una buena chica y aquí todos te queremos —afirmó la señora Spencer arrepentida.
—Y yo he correspondido siempre a vuestro cariño, no lo olvides, mamá —contestó Trinity.
—Hoy voy a ir a la ciudad. ¿Quieres acompañarme, Trin?
—No, no...
—Lo comprendo y no te reprocho tu actitud. Hoy todo serán habladurías por allí. La gente te mirará con impertinente curiosidad.
Entretenida con sus pensamientos y la labor cotidiana, a Trinity le parecieron aquellas horas muy cortas. Habitualmente, la diligencia salía de Denison a la una, llegando al cruce poco después. Al verse sola se tranquilizó. Le costó trabajo escribir unas líneas explicando a su madre adoptiva lo que pensaba hacer. Tras un ligero refrigerio, entró en su habitación, poniéndose su mejor vestido, tocándose con el más bonito de sus sombreros. Comprendía que se disponía a abandonar el único hogar que había conocido, pero estaba tan concentrada en las perspectivas de su aventura que entonces no sintió ningún pesar. Tenía prisa por marcharse ya. Alguien podía aparecer por allí cuando menos se lo esperara. Cogiendo su bolsa, Trinity salió de la casa. Quedó paralizada al tropezar inesperadamente con Barse Lockheart.
—¡Hola, Trin!... ¿Qué significa esto?
—Voy a estar ausente de aquí por algún tiempo, Barse —replicó ella echando a andar.
—¿Qué dices? —preguntó él, consternado—. ¿Que te vas? ¡No puede ser!
El joven le cerró el paso.
—Te he dicho que voy a hacer un pequeño viaje.
Trinity se sintió de pronto encolerizada. Aspiraba, sin embargo, a que aquello no se resolviera con una escena violenta.
—Es raro... Pretendías marcharte sin decirle nada a nadie...
—He tomado una decisión, Barse, y lo demás no tiene por qué preocuparme.
—Apostaría cualquier cosa a que tú me ocultas algo, Trin.
Barse se había puesto muy pálido y las pecas de sus mejillas se destacaban de éstas más que de costumbre. Sus ojos se hallaban entreabiertos y el gesto era amenazador.
—No pienso dejarte salir de aquí —anunció.
—¿Qué? Tú no puedes impedirme que me vaya cuando quiera —replicó ella, a punto de perder ya la paciencia.
Barse intentó arrebatarle la bolsa, pero Trinity continuó reteniéndola entre sus manos.
—No es posible que estés hablando en serio.
—Pues te equivocas.
—¿Huyes de mí?
—Sí.
—¿No habías pensado nunca en casarte conmigo?
—Eso lo pensé una vez... Ahora ya no.
—Me has estado engañando, ¿eh?
—Te he engañado, sí.
La mano de Barse se abatió sobre el rostro de la joven y ésta correspondió cumplidamente a su agresión con otro golpe no menos fuerte y ofensivo.
Él se sintió en aquellos momentos tan avergonzado como furioso.
—Barse: hablemos con franqueza... Ayer me encontraba yo en el sendero del río.
—Sí, ¿y qué?
—Me había escondido entre los árboles. Os vi a los dos: a Bruce y a ti.
—No podrías acercarte mucho a nosotros. Y supongo que dejaste volar la fantasía, imaginando cosas absurdas.
—¿Por ejemplo? —replicó Trinity, despreciativa.
—Sólo Dios puede saberlo. La verdad es que Bruce me pidió que le echara una mano, con motivo de su participación en el robo del banco.
—¿En qué forma?
—Pues... cambiando nuestros caballos... llevándose mi sombrero y la camisa...
—¿Para qué?
—Calculo que... para disfrazarse... para huir...
—¡Qué embustero eres! —exclamó Trinity, despreciativa—. Verás: Bruce se llevó tu caballo, tus ropas y el dinero que habías robado para salvarte... ¡ladrón! Tú has permitido que diese la cara por el crimen que habías cometido. ¡Eres un cobarde, Barse! ¡Tienes muy poco de hombre! Bruce se figuraba que yo estaba enamorada de ti. Pretendía salvarte. Se portó noblemente. Y yo le amo. ¡Le amo!... Pienso, por eso, salir en su busca, encontrarlo, compartir su vida... Vuelve a la ciudad y cuenta a todos los que quieran oírte lo que ha pasado. Diles la verdad. ¡Ah! Me imagino que no procederás así. Es una cosa que corre de mi cuenta, si algún día puedo probarlo. Y ahora quítate de en medio, apártate de mi camino. No quiero volverte a ver más.
Trinity vio que Barse se derrumbaba sobre uno de los sillones del porche, inclinando la cabeza. Le temblaba todo el cuerpo. Seguidamente, ella echó a andar con paso presuroso. Avanzó hacia la carretera. Con aquella explosión de sus sentimientos se había desembarazado de una pesada carga. Se sentía mejor. Barse había procedido bien yendo a verla.
Tuvo que andar casi kilómetro y medio. Al llegar al cruce se había recobrado por completo. Vio llegar la diligencia. Subir a ella supondría otra prueba, si algunos viajeros la reconocían. Miró a su alrededor, echando un último vistazo al rancho. Dejaba muchas cosas atrás.
—¡Adiós! ¡Adiós! —murmuró, al tiempo que notaba sus ojos humedecidos y el corazón comenzaba a latirle con más fuerza.
Trinity había decidido trasladarse a Doan’s Post, por si se hacía allí de noticias sobre Bruce. Para lograr su propósito tenía que pasar la noche en Ryson y tomar la diligencia del río Red por la mañana.
En el viaje hasta Ryson no se produjo ningún acontecimiento digno de mención. Instalándose en su asiento lo más cómodamente posible, la joven se entretuvo contemplando el paisaje. Sentía que a cada kilómetro que cubría,, el vehículo se apartaba más y más de Spencer y de cuanto habían significado para ella, física y moralmente. Frente a Trinity se encontraba una nueva existencia, una existencia saturada de deberes, informada por el honor y el amor. Ansiaba fervorosamente localizar a Bruce antes de que éste se hubiese convertido en un hombre endurecido, antes de que hubiese enfilado el camino del mal.
Corría la diligencia por una dilatada llanura de fértiles tierras, cruzada por muchas corrientes de agua. Por todas partes se veían grandes rebaños de ganado, destacándose entre los árboles ranchos aislados. Los hombres labraban incansablemente aquellos campos. La llanura parecía no tener fin, perdiéndose sus límites en la distancia.
Finalmente, Trinity se quedó dormida. Se despertó en el momento de detenerse el vehículo, con un fuerte traqueteo. Habían llegado a Ryson, la aldea en que terminaba aquella línea de pasajeros. En el lugar había una taberna, con el inevitable «saloon». Vagaban de un lado para otro vaqueros que miraban descaradamente a la chica. Terminada la cena, Trinity se sintió feliz al poder meterse en su habitación, cuya puerta cerró con llave, dejando caer luego la barra con que contaba para mayor seguridad.
Los ruidos y las voces extrañas, procedentes de la taberna, mantuvieron despierta mucho tiempo a Trinity. Pero, por último, consiguió conciliar el sueño, despertándose fresca, recuperada y optimista. Siempre había ansiado viajar, visitar poblaciones desconocidas, ver caras nuevas.
La diligencia de la línea principal llegó precisamente cuando Trinity finalizaba su desayuno. Tratábase de un enorme carruaje, del que tiraban cuatro caballos. Apresuróse a acomodar su bolsa, preparándose para pasar todo un día de viaje, seducida verdaderamente por aquella perspectiva. El cobrador de la diligencia, muy amable, se hizo cargo de sus efectos.
—¿Somos muchos los viajeros? —le preguntó la chica.
—Esto siempre va lleno, señorita —replicó el hombre—. Sin embargo, haré lo posible para que consiga el mejor sitio. No se preocupe por los vaqueros: son buenos muchachos.
Trinity subió a la diligencia antes que nadie. Sentíase intimidada por tantas miradas. La siguieron varios pasajeros. Evidentemente todos se habían apeado allí para desayunar. Luego, descubrió que cuatro vaqueros se jugaban a los dados el sitio inmediato al suyo. Lo hacían muy graves, con absoluta seriedad. Eran típicos vaqueros tejanos, jóvenes, altos y delgados, de oscuros rostros y ojos azules. Se tocaban con grandes sombreros y calzaban botas altas. Iban armados. A Trinity no se le escapó este detalle.
Tres de ellos se instalaron enfrente de la chica. El cuarto, favorecido por la suerte, se acomodó a su lado. Quitóse el sombrero para mostrar una faz viva, de correctos rasgos, aunque un poco duros, que ablandaban una cortés sonrisa.
—Buenos días, señorita —dijo—. Me imagino que es mejor presentarme ahora que más tarde. Tenemos que pasar aquí dentro todo el día... Me llamo Lige Tanner y soy de Nueces.
Se comportó de una manera tan natural que Trinity fue igual de amable y sencilla con él.
—¡Trinity! No es la primera vez que oigo este nombre. Es muy bonito. Estos muchachos son mis compañeros. Hemos estado yendo desde Nueces hasta Dodge, llevando hasta tres mil reses.
—¡Tres mil reses! No sé por qué me figuré que se dedicaban ustedes a eso.
—No hubiera estado bien que nos tomase por vaqueros —replicó uno de los jóvenes sentados delante de Trinity.
—Nunca he visto establecer distinciones entre ustedes y ellos —objetó la chica.
—Mire, señorita Spencer: a los que vamos con el ganado de acá para allá nos consideran graduados en el arte de la equitación, en el de beber y en el de reñir —declaró Tanner.
—¿No podrían ser buenos jinetes, por ejemplo, sin lo demás? —inquirió Trinity, parpadeando.
—Sucede que al final de esos tres meses que necesitamos para cubrir el terrible Chisum Trail echamos fuego y... necesitamos lo otro. Tenemos que olvidarnos de alguna manera del calor, del agua y de los cuatreros.
—Es una lástima. Tiene que haber hombres, sin embargo que se ocupen de trasladar el ganado al Norte. Es lo que está salvando a Texas.
—¿Habéis oído, compañeros? Aquí hay una mujer para un hombre que se dedique a lo nuestro.
—Sería demasiada suerte —respondió Tanner, pensativo—. ¿Puedo preguntarle a dónde se dirige usted, señorita Spencer?
—Mi primera etapa va a ser la de Doan’s Post —contestó Trinity, diciéndose que las posibilidades de información y ayuda se producirían de aquel modo, accidentalmente.
—¿Qué os parece, muchachos? Dos días enteros dentro de esta diligencia, en compañía de la señorita Spencer. Estamos de suerte. Pero... Perdóneme. ¿Qué ha querido decir? ¿Su primera etapa?
—Es posible que tenga que recorrer todo Texas.
—¿De veras? Es raro que una chica como usted... ¿Busca a alguien?
—En efecto —suspiró Trinity.
—¿Busca a sus padres? ¿A algún pariente, quizás?
—No. Carezco de familiares.
—¿Es usted huérfana? —inquirió el joven, con un gesto de incredulidad y más amable que nunca.
—Sí. De pequeña, me recogió un hombre apellidado Spencer... Siendo una niña, me encontraron vagando por las inmediaciones del río Trinity. Me había extraviado, seguramente. Spencer me encontró y me llamó como aquél.
—¡Ya recuerdo! He oído hablar de usted. Yo conozco su historia.
—¿Sí? Texas es muy pequeño, en fin de cuentas. ¿Quién le habló de mí?
Tanner parecía haberse olvidado por completo de sus amigos.
—Me habló de usted una gran persona. No he conocido otro hombre mejor que aquél. Me salvó la vida en el Colorado. Era de los que sabían manejar un revólver, créame. Pasé a su lado medio año cazando búfalos y luchando contra los indios. Luego, participamos en una conducción de ganado. La cosa terminó hace cosa de seis meses tan sólo. Poco antes de separarse de mí me habló de una muchacha llamada Trinity.
—¿Cazando búfalos, ha dicho usted? —preguntó Trinity, emocionada, sintiendo como si la sangre corriera con más fuerza que nunca por sus venas.
—Sí. No había ningún trabajo que le gustara más que ése... Usted debe haberlo conocido.
Trinity vaciló antes de replicar. Tenía que averiguar si había sido precedida por las noticias relativas al atraco, si el nombre de Bruce había sido relacionado con éste. Decidió aventurarse.
—¿Se llamaba su amigo... Bru... Bruce Lockheart?
—¿Y usted es Trinity? No sabe cuánto me alegro de conocerla. Muchachos: no hemos dado con una desconocida. Esta chica es amiga del hombre más entero que he conocido. ¡Bruce Lockheart!
—Muchas veces —afirmó uno de los camaradas de Tanner.
—Especialmente cuando las cosas marchaban mal y tú necesitabas pensar en alguien como ejemplo —añadió otro.
Trinity no pudo contener su primer impulso.
—Bruce es mi... mi... amigo... Reñimos... Él se fue y yo trato ahora de encontrarlo.
—¡La chica de Bruce! ¡En mi vida me ha sucedido nada parecido! —en su asombro, Tanner, sin darse cuenta de lo que hacía, asió las manos de la muchacha, a la que miró con ojos muy brillantes—. No acierto a comprender cómo Bruce pudo separarse de usted. Ahora bien, hay que advertir que era un individuo un poco raro y orgulloso. En lo tocante a su reputación personal resultaba muy escrupuloso.
—Desde luego.
—¿Cuándo desapareció?
—Hace tres días. El sábado pasado.
—Usted coincidirá con Bruce en Doan’s Post, como si viera.
—Parecía llevar mucha prisa. Supongamos que no es así...
—Sería una mala cosa. De lanzarse por los caminos reservados al ganado no podría seguirle nunca.
—¿Por qué no? Sé montar a caballo, rastrear unas huellas, encender una hoguera, cuidar de mí, en una palabra.
—No lo pongo en duda. Seguro que es usted capaz de todo eso. Pero es que al sur y al oeste de Doan’s Post no hay más que manadas de búfalos. Y eso por centenares de kilómetros. Es una zona demasiado peligrosa para una joven que viaja sola.
—Sé montar perfectamente a caballo, señor Tanner.
—Sí. Y también resulta demasiado bonita. No podría pasar jamás inadvertida.
—Ya lo veríamos, si yo me lo propusiera...
—Esperemos que no se vea obligada a disfrazarse. Sería una vergüenza. Bueno, esperemos a llegar a Doan’s. Tal vez se terminen ahí sus preocupaciones... Hábleme de Bruce. Después le contaré las aventuras que corrimos juntos.

Las siguientes horas del viaje pasaron rápidamente para Trinity, que escuchó con toda atención cuanto quiso referirle Tanner, aquel sincero admirador de Bruce. Con sus sencillas palabras, hizo de su amigo un héroe. ¡Qué poco había sabido Trinity hasta entonces sobre las andanzas y hazañas de él! Era famoso en la frontera. Se sintió angustiada al pensar con qué rapidez perdería su buen nombre... Tenía que dar con él, por muchos peligros que tuviese que correr, para acabar sacándolo de Texas.
Pasaron la noche en un rancho enclavado a ochenta kilómetros de Ryson, hacia el Sur. Al día siguiente se internaron por la zona más agreste de Texas. Trinity vio por vez primera una manada de búfalos. Era una negra nube de polvo en la lejanía, que se orientaba hacia el Norte. Aquella visión la hizo enrojecer y notó una especie de nudo en la garganta. Aquellas llanuras purpúreas e interminables fascinaban a la muchacha. Estuvo mirando en aquella dirección hasta que le dolieron los ojos.
Más tarde, aquel día, el vaquero le señaló una masa verdosa de árboles que quedaba todavía a alguna distancia.
—Por allí corre el río Red, señorita Trinity. Doan’s Post está detrás de aquellos bosques, a la izquierda. Llegaremos al oscurecer.
Se le hizo de noche por el camino. Trinity vio en Doan’s Post algunos campamentos, con sus hogueras encendidas, y muchos caballos.
A sus oídos llegaron los mugidos de las reses.
—Esto queda dentro de la ruta del Norte —le explicó Tanner—. Doan’s Post le parecerá un sitio interesante, con seguridad.
Nada más detenerse la diligencia, ésta quedó rodeada por una pequeña multitud de vaqueros e indios, como por arte de magia.
—Jim: cuida tú de la señorita Trinity mientras yo pregunto si han visto a Bruce por aquí —dijo Tanner, apeándose.
—Como verá usted, señorita, el estribo queda muy bajo y lo más probable es que se le hayan entumecido las piernas con este largo viaje —dijo Jim, ayudando a la muchacha a bajar—. Perfectamente. Eso es...
Condujo a Trinity, por entre una doble fila de atentos indios y sonrientes vaqueros, hasta el interior de un pequeño edificio. Entraron en un saloncito bien iluminado, en cuya chimenea crepitaba un buen fuego.
Había allí estantes y mostradores, todos abarrotados de mercancías. De unas perchas de madera colgaban numerosas herramientas. Los ojos de la chica buscaron ansiosamente entre los presentes un rostro atezado que deseaba y temía ver a un tiempo...
Lige Tanner no tardó mucho tiempo en abordarla de nuevo.
—Bruce salió de aquí ayer —la informó apresuradamente, en voz baja—. Y yo me alegro mucho de ello. ¿Usted me comprende, Trinity?
La mirada del vaquero era cautelosa.
—¡Oh, sí! ¡Le comprendo! —susurró ella.
Del grupo que había seguido a Tanner se destacó un hombre barbudo, fuerte, que la contempló con ojos impregnados de curiosidad, una curiosidad casi impertinente.
—Me llamo Tom Doan —dijo—. Así, pues, ¿es usted Trinity... Trinity Spencer?
—Sí, señor Doan.
—Encantado de conocerla, señorita Spencer. Conozco a su familia. Mi esposa la atenderá. Estamos a punto de servir la cena. Ahora permítame que le presente al capitán Maggard, de los «ranger» de Texas. Se ha presentado aquí en seguida, con motivo del asunto de Denison.
Trinity procuró no delatar su emoción. Tanner habíala prevenido con anterioridad. La desagradable noticia había llegado a Doan’s Post.
—Buenas noches, señorita Spencer —dijo el atezado gigante que se encontraba al lado de Doan. Tenía la faz tranquila, la expresión serena y segura de todos los «ranger» de Texas, en general. Trinity sintió el ardor en sus ojos, pero sus modales resultaban fríos, corteses, galantes—. Me habría gustado conocerla en cualquier momento de mi vida, pero juzgo éste el más oportuno. Quisiera que me pusiese al corriente acerca de esos atracos de que ha sido escenario Denison últimamente. Ya he enviado a dos de mis hombres tras las huellas de ese Bruce Lockheart. ¿Qué sabe usted de él, concretamente?
Capítulo III

TRINITY experimentó una especie de temblor interno que sólo pensando en la seguridad de Bruce logró disimular. Aquel capitán de los «ranger» de Texas era un enemigo del joven y, por tanto, de ella también.
—Capitán Maggard: he oído hablar del atraco del banco de Denison y, probablemente, sé acerca de Bruce Lockheart lo que cualquier otra persona —replicó.
—Pues aun así me considero afortunado —contestó él—. Sólo han llegado a mis oídos unas cuantas habladurías. No es mucho, en verdad, lo que he conseguido averiguar.
—Le diré lo que recuerdo —Trinity empezó a hablar escogiendo cuidadosamente las palabras—. Cinco hombres participaron en el atraco. Montaban caballos de oscuros pelajes, vestían ropas azules y se tocaban con sombreros negros. Habíanse tapado los rostros con pañuelos rojos. Cuatro de ellos salieron del banco y entregaron una bolsa al bandolero que se había quedado con los caballos. Creo que el señor Sims, cuando pusieron los pies en los estribos, comenzó a disparar. Uno de los proyectiles dejó sin sombrero a uno de los asaltantes. El pañuelo se le aflojó, dejando al descubierto su cara. El autor de los disparos afirma que se trataba de uno de los Lockheart. El bandido recuperó el sombrero y huyó, como los otros.
—¿Resultó herido ese hombre?
—Que yo sepa, no.
—Uno de los hermanos Lockheart... —murmuró el capitán Maggard—. ¿Hay sospechas de que tomaran parte en el atraco los dos hermanos?
—No —replicó Trinity, esforzándose por ajustarse al plan que se había trazado—. Se dijo que Barse Lockheart anduvo después por los alrededores del lugar que fue escenario del atraco.
—Conclusión lógica: el otro hermano era uno de los bandidos.
—Sí, eso es lo que afirma la gente. Sin embargo, yo opino que el cajero se equivocó. Conozco a Bruce Lockheart. Es... amigo mío. Me niego a creer que tomara parte en el asalto. Es como si me dijesen que Hal Spencer o... usted mismo había participado en aquél.
—Tengo que decirle, señorita, que es usted muy radical en sus afirmaciones —dijo el capitán—. Según mis informes, lo más seguro es que el individuo identificado fuese Bruce Lockheart. Estuvo aquí ayer por la tarde. Tenía mucha prisa por irse, rumoreándose que se dirigió hacia el Sur.
—Yo creo, capitán Maggard, que acabará descubriendo que eso es una patraña —manifestó Trinity, muy formal—. ¿Qué sabe usted realmente acerca de Bruce Lockheart?
—He oído contar muchas cosas sobre él. En el Sur es muy conocido como cazador de búfalos. Se ha distinguido también combatiendo contra los indios. Fue la mano derecha de Loveless, monta muy bien y maneja el revólver como pocos.
—Bruce es orgulloso... Cuando se entere de la acusación que pesa sobre él hará, quizás, algún disparate.
—¿Usted cree que sabe ya que le perseguimos?
—No. Si ustedes, los «ranger» pudieran estarse quietos hasta averiguar lo que hay de verdad en lo que algunos afirman...
—No está eso a mi alcance en un minuto, precisamente. Mis hombres se han puesto en marcha y es posible que ya no vuelva a saber de ellos hasta que capturen a Lockheart. Me habría gustado haber hablado con usted antes de su partida.
—Debo poner en su conocimiento algo, capitán. De niña, en las inmediaciones de mi casa, solía hacer uso yo de cierto escondite. Todavía voy por allí, cuando siento deseos de estar sola, de pensar... No muy lejos, hay un camino. Estas últimas semanas vi transitar por él a algunos jinetes. Uno de ellos era un individuo que había visto en Denison. Belton, se apellida.
El capitán Maggard fue a decir algo, pero, evidentemente, se arrepintió. Hizo un gesto para que la joven continuara hablando.
—Hace algún tiempo robaron el dinero que la compañía del ferrocarril tenía preparado para pagar a sus hombres. Este trabajo creo que fue cosa de Belton y sus amigos. El día del atraco al banco me encontraba cerca del río. No sabía lo que había sucedido, pero la verdad es que una hora después de aquello pasaron cuatro jinetes, procedentes de Denison. Llevaban ropas y sombreros negros y se cubrían las caras con pañuelos rojos. Estaban bastante lejos de mí, pero me parece que reconocí a Belton.
—Se rumoreó que en el asunto del banco participaron cinco hombres. ¿Cómo es que usted vio solamente cuatro?
Trinity comprendió que pisaba un terreno peligroso.
—Es posible que les siguiera el quinto... Yo me marché en seguida...
—No importa, señorita Trinity. Sus observaciones encierran bastante interés. Cabe la posibilidad de que ese Belton esté al frente de una pandilla de bandoleros y que lo de Bruce Lockheart sea un caso de falsa identificación. Ese apellido, Belton, no me es familiar. Ahora bien, Texas está lleno de bandidos habituados a cambiarse los nombres dondequiera que parezcan... ¿Eran conocidos Belton y sus amigos dentro de Denison?
—Sí. Se pasaban el tiempo jugando y ejercían una influencia perniciosa sobre algunos de los vaqueros y jóvenes del lugar. Barse Lockheart figuraba entre estos últimos. Se hizo muy amigo de esos sujetos y jugaba y bebía tanto como ellos. Bruce y yo intentamos hacerle dejar esa vida...
—Si Bruce no hubiese huido sería más fácil acabar con las sospechas que pesan sobre él. Siendo inocente, ¿por qué se fue?
—Bruce siempre anda de acá para allá. Esta vez ha habido otra razón para que se marchara, aparte de las de costumbre. Los dos hermanos Lockheart han tenido atenciones conmigo... Ni siquiera sé cuál de los dos me agrada más. De todas maneras, le diré que rechacé a Bruce y éste se fue.
—¿Cuándo vio usted a Bruce por última vez?
Trinity procuró pensar la respuesta rápidamente.
—A primera hora de aquella mañana. Reñimos... Creo que se marchó inmediatamente.
—¿Podría ser probada su salida antes de cometerse el atraco?
Aquel «ranger» ahondaba en las cosas...
—No... no lo sé —dijo ella respirando con dificultad.
—¿Me permite que le pregunte si su presencia en Doan’s Post tiene alguna relación con Bruce Lockheart?
—Desde luego que sí. Quisiera localizarlo para convencerle que tiene que volver y demostrar su inocencia.
—Es un propósito muy loable el suyo, señorita Trinity, y revela algo bueno sobre Bruce. Gracias por sus manifestaciones. Nos veremos luego de que haya usted descansado un poco.
A Trinity le mostraron su habitación. Se cambió de ropa mientras pensaba en cuanto había dicho a Maggard, preguntándose si habría estado atinada en sus declaraciones. Tenía ciertas dudas... Se dijo que tal vez hubiera procedido mejor relatando al capitán la entrevista de los dos hermanos. Bueno, el caso era que había proporcionado a Maggard temas sobrados para sus reflexiones.
Tanner susurraba poco más tarde a la joven:
—Ese Maggard es un viejo zorro. ¿Qué tal le fue con él?
—Al principio, nada más verle, me asusté —repuso Trinity—. Pero me alegro ahora de haber hablado con él.
—He de decirle que ni yo ni mis amigos creemos que Bruce tomara parte en el atraco al banco. Escúcheme ahora... La opinión general aquí es que Bruce se encaminó al Norte. Doan, en cambio, asegura que se dirigió al Sur. Personalmente, me inclino a pensar que se marchó hacia el Oeste, enfilando el camino del Llano Estacado. Me figuro que terminará escondiéndose por allí. Yo le aconsejo que siga con nosotros en dirección Sur, de momento. Es conveniente hacer algunas indagaciones más. Puede haberle visto alguno de sus muchos amigos. Ninguno de ellos lanzará a los «ranger» sobre su pista. Hay sitios a los cuales no podrá llegar sola.
—Tengo que ir sola —contestó Trinity—. No estoy en condiciones de pagar a nadie para que me acompañe. Además es que no quiero...
Después de la cena, Trinity, acompañada por los vaqueros, entró en el vestíbulo grande del puesto. El capitán Maggard, que parecía haber estado esperándola allí, la abordó inmediatamente.
—Quisiera hablar con usted muy en serio, señorita Trinity.
El hombre la condujo a un rincón, sentándose enfrente de ella.
—He estado charlando con Tom Doan... Perdone que le hable de una cuestión estrictamente personal ahora. ¿Es cierto que Spencer no es su apellido real?
—Capitán Maggard: la verdad es que no sé en realidad cuál es mi apellido auténtico. Spencer me encontró siendo yo una niña en un campamento desierto de las inmediaciones del río Trinity y me llamó así. Él y su mujer me criaron, habiendo sido siempre muy buenos conmigo.
—Bien. Entonces, es cierto... He de decirle que es usted el vivo retrato de la chica que un antiguo amigo mío, Steve Melrose, tomó por esposa hace veintitrés años. Al verla por vez primera, me chocó el parecido. Ella se llamaba Mary Hutchinson. El matrimonio vivió varios años en Shreveport, donde nació su hija. Steve se trasladó al Oeste para comprar ganado y montar un rancho. Instalado ya, llamó a su mujer. Recuerdo que me dijo que debía de haber esperado a que se formase alguna gran caravana... Pero el hombre deseaba tener cuanto antes a su lado a Mary y a la pequeña. Le dio instrucciones y quedó probado que su esposa se puso en camino en un carromato, con un conductor. Ya no volvió a tener noticias de ella... Eso fue hace más de veinte años. Pasado cierto tiempo, Steve volvió a casarse. Tiene un rancho maravilloso en la actualidad cerca del nacimiento del río Brazos. Steve es un hombre rico, pero siempre que le he visto, a lo largo de estos últimos diez años, me ha hablado de su primera mujer y de su hija, desaparecidas en circunstancias misteriosas. Señorita Trinity: por lo que más quiera, vaya a ver a Steve Melrose. Dígale que la envío yo.
—¡Oh, capitán Maggard! —exclamó Trinity, casi sin aliento—. ¿Cree usted posible que Steve Melrose sea mi padre?
—Pues sí, naturalmente. En estas tierras han ocurrido cosas más extrañas que ésa. Yo me estoy basando en el extraordinario parecido con Mary... Mary era una belleza, como usted. Y luego, está lo de su presencia por las inmediaciones del río Trinity... ¿No posee nada estrictamente personal, que pudiera servir para identificarla?
—Sí: el vestidito que llevaba cuando me encontraron los Spencer. Y un guardapelo que colgaba por un cordón de mi cuello, desgraciadamente vacío.
—¿Tiene alguna marca especial el guardapelo, señorita Trinity?
—Tiene unas flores y está bastante desgastado...
—Ya hay algo, por lo menos. Quien se lo pusiera, lo identificará. ¿Qué edad tenía usted al ser hallada por los Spencer? Aproximadamente, claro.
—Spencer me dijo que unos tres años, apenas. Yo recuerdo vagamente escenas de campamentos, con muchos caballos y carromatos y voces que daban extraños aullidos... Me he preguntado muchas veces si esto último tendrá que ver con los indios.
—Es posible. Bueno, Trinity, me inclino a pensar que todo eso puede tener consecuencias maravillosas para usted. No deje de ver a Steve Melrose. Tome la diligencia aquí y apéese en el puesto del río Brazos. Mencione mi nombre y la atenderán bien. Espere allí a que aparezca algún convoy que se dirija hacia las fuentes del Brazos. Hable con Steve Melrose... Salga lo que salga de la entrevista, se alegrará de conocerle, pues es un gran tipo, un viejo tejano de casta. La señora Melrose y sus hijos se alegrarán a su vez de conocerla también... ¿Me promete que irá?
—Desde luego, capitán. ¡Oh! Estoy emocionada. He soñado en muchas ocasiones que me ocurría una cosa así. Le doy las gracias de todo corazón por sus palabras.
—Algún día me acercaré por Brazos para ver en qué ha quedado todo eso. Esperemos que encuentre allí efectivamente, su hogar.
Al día siguiente, nada más la llamaron, Trinity se vistió a toda prisa. Tras el desayuno, la señora Doan le entregó una cesta de provisiones y su marido le regaló una manta india muy ligera, que aseguró le iría muy bien para abrigarse cuando soplara un poco de viento. Seguidamente, le dijo en voz baja:
—Todos los guías de las expediciones que pasan por aquí son amigos míos. Les voy a encargar que hagan indagaciones acerca del probable paradero de Bruce Lockheart dondequiera que se detengan. Tarde o temprano, se enterará de que usted lo busca. Espero que todo le salga a la medida de sus deseos. Adiós. Buena suerte, joven.
Poco más tarde, Trinity contemplaba una interminable llanura, cubierta de ondulantes hierbas. El cielo estaba cubierto y soplaba un airecillo fresco. Tanner dijo que el tiempo empeoraría, seguramente. La carretera era buena y las cuatro bestias que tiraban de la diligencia avanzaban a un paso alegre, rápido. Tanner y sus amigos hicieron lo indecible para que Trinity no se aburriera.
El día fue oscureciéndose y el viento comenzó a soplar con fuerza.
Hacia el mediodía, los vaqueros tomaron un bocado y la chica les obsequió con algunas golosinas. Luego, todos se quedaron amodorrados. Las nubes se tornaron amenazadoras progresivamente y rugía el viento. Trinity abrió los ojos en la siguiente parada, viendo un par de hombres blancos y varios indios. La acomodación no fue tan buena allí como en Doan’s Post, pero los viajeros pudieron saciarse, al menos. Trinity encontró sobre las ropas de la cama, ya en su habitación, una piel de búfalo. Durmió a gusto, si bien se despertó dos o tres veces, por efecto de los silbidos del viento, amedrentadores. Se preguntó preocupada, si Bruce habría conseguido resguardarse en alguna parte a lo largo de la tormentosa noche.
Al día siguiente hubo lluvia y nieve por el camino. La carretera se hallaba encharcada. No obstante, el piso era bueno y no perdieron mucho tiempo. Todos procuraron acomodarse lo mejor posible, ya que no tenían otra cosa que hacer.
El puesto en que se detuvieron llegada la noche no podía compararse al primero tampoco, pero superaba al anterior. De nuevo, Trinity observó el inevitable complemento humano de los vaqueros y los indios vagando por los alrededores de la diligencia. Tanner explicó a la joven que aquel sitio quedaba dentro de la ruta de conducción de ganado de Jesse Chisholm. Otro día más de viaje se plantarían en Robertson, sobre el río Brazos.
Llegaron allí avanzada ya la noche. Brilló el sol en las alturas al día siguiente y Trinity contempló extasiada sus reflejos de las aguas del río, que corría por entre dos orillas verdes, desbordantes de vegetación. En el desayuno, la chica probó por primera vez la carne de búfalo y confesó que le gustaba. Le dieron una habitación muy sencilla a la llegada, pero muy limpia y cuya ventana daba al río. Fue atendida amablemente por la esposa de Robertson, el dueño del puesto, que se encontraba ausente. Había allí mejicanos y tejanos, pero no indios. Poco después del desayuno, Tanner buscó a Trinity para decirle:
—Ha habido suerte. Mañana o pasado saldrán de aquí dos carromatos de víveres que pertenecen a Melrose. La gente de Melrose es buena, de manera que estará atendida. En cuanto a la tierra, señorita Trinity, tengo que advertirle que conforme vaya remontando el curso del río le irá gustando más.
—¿A qué distancia está de aquí el rancho de Melrose?
—Queda lejos —replicó Tanner, vagamente—. A más de trescientos kilómetros, quizá. Me gustaría mucho ver ese rancho... Yo la acompañaría, señorita, si usted me lo permitiese.
—Le agradezco su ofrecimiento, pero no es preciso. Voy armada y sé cuidar de mí misma.
—Como quiera... He de decirle que he seguido haciendo indagaciones desde que salimos de Doan’s Post, con el fin de averiguar el paradero de Bruce. Me enteré allí de que había comprado víveres por valor de diez dólares. Eso me hace pensar que proyectaba cruzar la llanura, en dirección a la zona montañosa. La temporada de caza del búfalo ha terminado casi y son escasos los campamentos que pueda haber por aquellos parajes. Se irá, seguramente, a Staked Plains, ocultándose en algún sitio solitario. De momento, procede usted perfectamente al dirigirse al rancho de Melrose, ya que no podrá saber de Bruce hasta que se ponga en marcha de nuevo. Se le agotarán las provisiones, se cansará de estar solo y tendrá que moverse. Entonces, volverá a tener noticias suyas. Todos nosotros nos sentimos apesadumbrados por vernos obligados a separarnos de usted, pero me da el corazón, señorita Trinity, que todo saldrá a medida de sus deseos.
El carromato de provisiones de Melrose llegó al puesto de Robertson aquella noche, anunciando sus hombres que saldrían a primera hora de la mañana, en dirección al rancho. Iban en él tres vaqueros, dos tejanos de largas piernas y un mejicano de tez tan oscura como la de un indio. El jefe de la expedición se había hecho acompañar por su esposa, una joven que se alegró mucho de que Trinity se incorporara al grupo. El otro tejano, Sam, era hombre de una edad media, que llevaba muchos años con Melrose. Tratábase de uno de esos individuos locuaces y volcado hacia los demás, que hacen amistad con todas las personas, de un carácter u otro.
Salieron a la mañana siguiente, con las primeras luces del amanecer. Trinity se sentó al lado de Sam, haciendo cordiales gestos de despedida a los vaqueros.
Cierta mañana, Sam levantó su látigo, señalando algo en la lejanía.
—Fíjese... ¿No ve usted aquella masa gris, parecida a una nube?
—Veo que está en alto, pero que no se trata de ninguna nube.
—Aquélla es la cara desnuda del Staked Plains. No hay ningún punto más alto en todo el oeste de Texas. El rancho de Melrose queda abajo. Cuando lo conozca no querrá salir ya de allí.
Trinity se sintió profundamente intrigada. La jornada siguiente sería la última de aquel viaje. Al salir el sol se encontraban ya en marcha. No tardó en ver la joven el maravilloso Llano Estacado. En aquella extraña atmósfera daba la impresión de encontrarse muy cerca, pero Sam le explicó que quedaba todavía entonces a unos treinta kilómetros de distancia.
Trinity contempló una hermosa y dilatada pradera y luego los numerosos árboles, con sus verdes copas, que se perdían en las bocas de los oscuros cañones. Sam dijo a la chica que las arboledas se extendían a lo largo de centenares de kilómetros y que en ellas hallaban excelentes refugios forajidos e indios. «Ningún vaquero, ningún “ranger” ha logrado sacar de esos escondites a un solo huido.» Tan significativas palabras impresionaron a Trinity. En aquellos instantes comprendió por qué Bruce amaba tales parajes, que por añadidura constituían el lugar más seguro para cualquier fugitivo. Por un extraño designio de la suerte, había ido a parar a la zona más salvaje de Texas.
Por la tarde, el sol parecía una bola de fuego. Llegaron a una bifurcación, siguiendo en dirección al Norte. Momentáneamente, el paisaje quedó oculto a su vista. Y luego, de pronto, terminada aquella especie de rodeo, contempló algo maravilloso, que le hizo lanzar una exclamación de asombro. Al Norte y al Sur, las últimas pendientes de la llanura, seccionadas por zonas verdes alineadas, buscaban el macizo más elevado. Divisó al fondo una serie de edificios de tejados planos, muchas vallas y un sinfín de corrales. Era aquél un espectáculo policromo, sombreado parcialmente por la gran escarpadura, estéril en algunos puntos, áspera e inescalable, en cuyo principio se descubría la negra boca de un cañón, donde, evidentemente, nacía el río Brazos.
Apenas podía contener su excitación Trinity. Pensaba ahora en la predicción del capitán Maggard. Había una probabilidad entre mil de que todo saliera de acuerdo con lo que tantas veces había soñado...
El viaje había llegado por fin a su término. Trinity era toda ojos. Varios vaqueros rodearon a los recién llegados. En el porche de una casa se encontraban unos indios. Sam abandonó látigo y riendas, lanzando una voz:
—¡Eh! ¡Ya estamos aquí!
Un hombre alto y de fuerte complexión apareció ante ellos. Iba destocado y la suave brisa agitaba sus escasos y plateados cabellos. Trinity apreció en su aspecto físico las características más sobresalientes del tejano. Aquel hombre, correctamente afeitado, tenía la faz cubierta de arrugas y atezada, por el continuo contacto con los elementos naturales. La grave expresión de su rostro se esfumó en el instante en que sus labios se distendieron en una sonrisa.
—Hola, Sam. Veo que habéis vuelto antes de tiempo.
—Así es, jefe. Hicimos lo que teníamos que hacer y emprendimos la vuelta inmediatamente. Nada se nos había perdido por ahí. Traigo compañía, ya lo habrá visto...
—En efecto —replicó el ranchero, estudiando atentamente a la joven—. Bien venida a nuestro rancho, joven. Apéese y entremos en la casa.
En el interior de la vivienda, de momento, Trinity, confusa, no acertó a distinguir nada. Se quitó el sombrero, echándose el pelo hacia atrás, al tiempo que fijaba la mirada en el rostro de Melrose. Éste estudiaba su cara con la misma expresión que si hubiese acabado de descubrir un duende.
—Usted, joven, debe... —el hombre vaciló—. ¿Quién es usted?
—Es posible que usted pueda decírmelo —replicó Trinity, a quien se le quebró la voz—. He viajado hasta aquí para averiguarlo... ¿Me conoce, señor Melrose?
—¿Que si la conozco? No, desde luego.
—¿Me parezco a alguien que... usted conoció en otro tiempo?
—Sí. Y mucho —respondió el hombre con la voz ronca.
—El capitán Maggard, de los «ranger» de Texas, me hizo venir a verle. Me aseguró que yo soy el vivo retrato de su primera esposa.
—¡Maggard! ¿La envió él? ¡Qué cosa más rara! Muchacha, tú eres como... Mary. Dime: ¿quién eres tú?
—He estado viviendo con el nombre de Trinity Spencer. Este apellido me fue dado por el hombre que me encontró de niña, cuando apenas contaba tres años de edad y andaba, perdida, por las inmediaciones del río Trinity. Me llevó a su casa y me crió.
—¡Santo Dios! ¿Eso es todo lo que sabes de tu infancia, muchacha?
Melrose se había puesto intensamente pálido.
Inclinándose luego sobre Trinity, descansó ambas manos en sus hombros, mirando fijamente el fondo de sus ojos.
—No es mucho más lo que recuerdo. Por mi memoria desfilan imágenes de campamentos, carromatos, caballos... Aún suenan en mis oídos alaridos, que he pensado muchas veces que tal fueran gritos de indios. Sólo dispongo de un objeto con el que podría ser identificada. Esto...
Las manos de Trinity temblaban en el momento de desatar el nudo del pañuelo de seda que guardaba en su chaqueta. Seguidamente, hizo entrega a Melrose del guardapelo a que aludiera ella cuando la conversación con el capitán Maggard.
Melrose se irguió al ver aquello. Trinity experimentó la impresión de que en tales instantes su corazón se paralizó, dejando de enviar sangre a lo largo de sus venas. Esto era para ella ya, casi, una certidumbre...
Melrose acarició lentamente el pequeño guardapelo, dándole vueltas y más vueltas sobre la palma de su mano. Después, suspiró, buscando de nuevo con la mirada el rostro de la chica. En sus ojos brillaban otra luz ahora, que ablandaba sus rasgos faciales extraordinariamente, prestándoles una gran belleza y dulzura.
Finalmente, sus labios se movieron para decir:
—Este guardapelo se lo entregué yo a Mary en Nueva Orleáns, el día que contrajimos matrimonio. Lo he identificado sin la menor vacilación. Estoy absolutamente seguro de que es el mismo. Se lo compré a un joyero que se había especializado en antigüedades. Dentro de su clase, esta constituye algo único, que tiene su historia, ya que fue usada por un personaje de la corte de Luis XV, en Francia... Es increíble y maravilloso. Trinity Spencer: tú eres la hija que perdí hace ya años. ¡En ti mi Mary parece volver otra vez a la vida!
Unas horas más tarde, Trinity se asomaba a la ventana de la habitación que le habían asignado en su nuevo hogar. Todas sus dudas se habían disipado. Hasta la última... Había temido no ser bien recibida en el seno de aquella familia. Pero su corazón estaba henchido de gozo ante lo que había visto, hasta el punto de que unas lágrimas emocionadas pugnaban por salir de sus ojos y correr por sus mejillas. Un sentimiento de gratitud la poseía.
¡Aquel episodio era algo increíble! ¡Y sin embargo, era cierto! Contempló las blancas estrellas, parpadeando sobre el borde del gigantesco y grisáceo muro de la elevación. Analizó el lugar, aquel momento de su existencia, las especiales circunstancias concurrentes en él...
Todo pregonaba su buena fortuna. Rezó en silencio, reconocida al Altísimo, por sus mercedes. Sus sueños, algo así como plegarias, habían sido cumplidamente satisfechos. Invocaba ahora el favor del Todopoderoso para Bruce, el fugitivo... Pensaba esperar hasta volver a tener noticias de él o hasta que, por un extraño azar más del destino, Bruce la encontrara allí.
Capítulo IV

BRUCE Lockheart se sentó junto al fuego que había encendido, en los alrededores de una de las fuentes del río Canadian. Conocía aquella región por haber pasado algún tiempo en ella, dedicado a la caza del búfalo. De acuerdo con sus cálculos, no se hallaba a más de dos días del cañón de Spiderweb, un escondite preferido por muchos fuera de la ley, en el que los «ranger» no habían penetrado jamás.
«A estas alturas, me inclino a pensar que le he dado el esquinazo a Maggard —se dijo Bruce—. Esa gente, sin embargo, ha hecho de mí un comanche.»
El verano andaba por su mitad, pero desconocía la fecha exacta en que vivía. La noche era fresca y el calorcillo que llegaba a las palmas de sus manos, bien extendidas, le producía una agradable sensación. Nada más salvaje y solitario que el lugar en que se encontraba. Los venados pastaban en compañía de su caballo; pululaban los coyotes por las cercanías; silenciosos felinos de verdes ojos le observaban desde los matorrales; los gavilanes nocturnos lanzaban agudos chillidos desde las alturas y una densa nube de insectos anunciaba el melancólico acercamiento del otoño.
«¿Qué hacer? —se preguntó ahora—. Podría dirigirme a los bosques del Brazo, o al Pecos, en Nuevo México. Hay otro sitio más seguro todavía: Arizona...»
Consideró detenidamente aquel problema. El fuego se iba apagando y procedió a alimentarlo. Disponía de un paquete de víveres que, con la carne, fácilmente conseguida, le duraría hasta el invierno.
«Ahí está lo malo: el invierno.» Odiaba el frío. No le agradaba verse acampando sobre la nieve y entre hielos. De momento, pensaba continuar allí, pescando y cazando. Pasaría las horas entregado a sus sueños, pensando en la chica que había amado y perdido para siempre. ¿Se habría lanzado ya la jauría humana sobre su pista?
«Me quedaré aquí hasta que los árboles cambien sus hojas, encaminándome luego a esos cálidos cañones de Arizona de que me hablaron», decidió aliviado.
Solucionada esta cuestión, Bruce recordó su largo e irregular viaje desde Denison. Las semanas habían estado muy apretadas de incidentes, alguno de los cuales le resultaba ingrato recordar. Había tenido que luchar con los vagabundos de las carreteras, con bandidos, con jugadores que hubieran sido capaces de provocar a un santo. Habíase visto acorralado por los «ranger», escapando de ellos sin utilizar sus armas contra aquellos representantes de la ley. Tenía las manos limpias todavía. No había gastado un solo dólar del dinero del banco de Denison, que era una carga para él a la altura de su cintura, y un peso también para su conciencia.
De momento, no corría ningún peligro de ser detenido, estaba a salvo. Si lograba llegar a Tonto Basin, en Arizona, esta situación de seguridad se prolongaría hasta el fin de sus días. El accidentado país, lleno de cañones, había sido colonizado por tejanos, muchos de los cuales se habían visto obligados a huir del Estado de la Estrella Solitaria. Ahora, llegar allí a lomos de un caballo no era tarea fácil. Él no sabía el camino. Tendría que dar, inevitablemente, con enormes rebaños, con poblaciones de mayor o menor importancia.
Los «ranger» sabían de su huida y los forajidos que merodeaban por aquellas tierras estaban enterados de que llevaba consigo una pequeña fortuna. Favorecería su situación el hecho de que no le hubiese visto el capitán Maggard ni ninguno de sus hombres. De otro lado, una apuesta cruzada entre Maggard y Luke Loveless, el más notable de los cazadores de búfalos de Texas y luego gran ganadero, había estimulado a los «ranger», hiriéndoles en su vanidad y haciendo de Bruce un hombre marcado. Los subordinados de Loveless habían sido individuos muy duros, entre los que Bruce se destacara.
El cazador, plantado ante el mostrador del bar de Tom Doan, calentado por las frecuentes libaciones de licor, había tenido palabras desdeñosas para los «ranger». Bruce habíase enterado de aquel episodio por unos hombres que presenciaran la entrevista.
—Creo que está usted perdiendo el tiempo, Maggard. Su gente sólo sabe de pobres diablos huidos. Si Bruce Lockheart se convierte en un asesino, en un forajido, de usted será la culpa. Ahora bien, Bruce es un tipo honesto y tan fino como mi propio hijo. Nunca lo cazará vivo. Y si alguna vez logra acorralarlo, cosa que pongo en duda, los «ranger» que se enfrenten con él lo pasarán mal, francamente.
—Loveless: ¿respaldaría usted sus afirmaciones con algo más que con palabras? —inquirió Maggard, irritado por sus burlas.
—Desde luego —replicó Loveless.
—Yo le digo que arrastraré a Lockheart o lo mataré en un plazo no mayor de un año.
—Y yo le apuesto lo que quiera a que no conseguirá su propósito. Va otra suma igual a que Bruce no participó jamás en el atraco al banco de Denison.
Se concertó el importe de la apuesta, una elevada suma, actuando Tom Doan como mediador y testigo. La fe que Loveless tenía en Bruce daba fuerzas a éste. Se juró que haría cuanto le fuese posible para que su antiguo jefe ganase aquella apuesta. Pero su inocencia no podría ser demostrada nunca. Tenía que conservar el dinero robado. Habíase sacrificado para salvar a su hermano, para que Trinity fuese feliz.

Bruce pasó un mes en aquel lugar olvidado. Él y su montura habían estado necesitando aquel prolongado descanso. La sensación de paz y seguridad constituía algo infinitamente bueno para su alma. Pero cuando sus víveres, con la excepción de la carne y la sal, se habían terminado casi, cuando el frío comenzó a morder las hojas de los árboles, comprendió que había llegado el momento de ponerse en marcha. No quería salir de allí, sin embargo. Tendría que redoblar la vigilancia...
Al ponerse de nuevo en camino, echó a andar hacia el Norte. Se mantuvo pegado a la prolongada escarpadura que corría paralela a las llanuras. De cuando en cuando, le cortaba el camino un cañón, en el fondo del cual, invariablemente, encontraba agua.
En tres días de viaje, Bruce alcanzó el borde superior de las elevaciones, desde cuya cumbre pudo contemplar la más septentrional de las carreteras que salían del Panhandle. Pronto avistó unas nubes de polvo. Tratábase de un convoy integrado por catorce enormes carromatos, de cubiertas de lona. Aquella expedición era muy reducida para que sus componentes se atrevieran a internarse por territorio indio.
Bruce tuvo que explorar varios kilómetros para dar con un lugar desde el cual iniciar el descenso. Logrado esto, se encaminó hacia el convoy, abordando a un joven encargado de la custodia de un puñado de caballos. Bruce le hizo una seña amistosa, a la que correspondió cumplidamente el expedicionario.
—Hola, Texas Jack —dijo Bruce—. ¿Puedo ir con vosotros?
—Desde luego —fue la réplica del otro—. ¿Cómo sabe usted mi nombre?
—Es el nombre a que recurro siempre en estos casos. Conozco a más de un centenar de Texas Jack. ¿A dónde os dirigís?
—A Las Vegas y Santa Fe.
—¿Habéis visto algunos pieles rojas?
—Tuvimos una escaramuza con una pandilla de kiowas.
—¿Habéis perdido ganado?
—Unas cuantas reses. Tuvimos suerte.
—¿Quién es vuestro jefe?
—Hank Silverman.
—¿De dónde venís?
—De Wao. Dejamos la carretera principal por debajo de Doan’s Post. El río Red venía desbordado y no nos fue posible cruzarlo.
Bruce pensó que estaba siendo lo bastante afortunado hasta aquel momento. No había tenido relación alguna con Silverman, pero sabía de él que era un auténtico tejano y experto conocedor de aquellas tierras. Cuando los expedicionarios se detuvieron para acampar, Bruce no perdió tiempo.
—¿Dónde está vuestro jefe? —preguntó al primer hombre que vio dentro del círculo formado por los carromatos.
Los ojos de aquel individuo, penetrantes como los de un gavilán, muy grises, escrutaron el rostro del joven, perdiendo en seguida dureza. Hank Silverman sólo necesitaba mirar una vez para descubrir a un buen tejano.
—Hola, muchacho —dijo contestando al saludo de Bruce—. Te vi cuando bajabas de esas alturas. ¿Te perseguían los kiowas?
—Afortunadamente, no.
—¿De dónde procedes?
—Mi nombre no va a decirle nada... Me limitaré a informarle que trabajé con Luke Loveless por espacio de tres años.
—Perfectamente. Ésta es una buena recomendación, aun en el caso de que Luke no fuese amigo. Dime... ¿Es verdad lo que he oído decir por ahí, que hizo una apuesta un tanto arriesgada con respecto a uno de sus muchachos?
—También yo he oído hablar de ella, Silverman, y creo que no se trata de ninguna fantasía —replicó Bruce.
—Pues no hay por qué preocuparse. Me parece que Luke no ha perdido una sola apuesta en toda su vida.
—¿Hay algún inconveniente, Silverman, en que me incorpore a su convoy? Estoy cansado de viajar en solitario y tengo hambre.
—Puedes quedarte con nosotros, desde luego —respondió Silverman cordialmente—. Si esos kiowas se obstinan en pegarse a nosotros, todos nos alegraremos de que formes parte de la caravana. Saunders es tu apellido, ¿no es lo que me has dicho? Bien, apéate, muchacho.
Al igual que Loveless, aquel tejano era la sal de la tierra. Bruce colocó sus cosas debajo de uno de los carromatos, después de desensillar a su montura. Seguidamente, dio una vuelta por el campamento para ofrecer a sus miembros sus servicios. La caravana no contaba con muchos carromatos, pero figuraban en ella muchos hombres, bien armados. Era aquél un grupo de pioneros que se desplazaban hacia el Oeste, guiados por Silverman. Los niños se mostraron con Bruce afectuosos, con una natural y encantadora espontaneidad. Algunas jovencitas dispensaron al recién llegado una halagadora atención.
Bruce cenó con Silverman y los hombres más destacados de la caravana, haciendo los honores a cuanto fue llegando hasta sus manos. Oyendo hablar a los que le rodeaban, el joven pensó en lo buena que era la compañía de los demás. Una hora después se sentía como si llevara varias semanas con los expedicionarios. Se dijo que estaba a salvo, de momento. Sólo habría de andar con cuidado cuando la caravana llegara a un poblado o se encontrase en el camino con otras o fuese abordada por un grupo de jinetes desconocidos.
Tras la cena, participó en la conversación general.
—Esos pieles rojas nos habrían seguido, de haber contado con refuerzos —apuntó un individuo ya entrado en años.
—No es eso lo que piensa Hank —contestó otro.
—Todavía no hemos entrado en territorio kiowa —dijo un tercero.
—Ya no tardaremos, sin embargo, en penetrar en él.
Bruce declaró:
—Los kiowas visitan en raras ocasiones la zona occidental del Canadian.
—Bien. Nosotros cruzamos el río hace unos días.
—Naturalmente, no estaremos tranquilos hasta que salgamos de esta condenada región —manifestó otro hombre.
La reunión se disolvió temprano. Unos se fueron a dormir y el resto cubrió sus puestos de vigilancia. Bruce se envolvió en su manta, bajo el carromato y apoyando la cabeza en la silla de su montura no tardó en quedarse profundamente dormido. Con todo, se despertó varias veces, con motivo de cualquier ruido. En cada una de tales ocasiones ajustó sus pensamientos al venturoso hecho de no estar sólo.

Se sucedieron, uno tras otro, varios días tranquilos. De cuando en cuando, Bruce recordaba la amarga circunstancia de su identidad real y cuanto había planeado para encubrir el delito de su hermano.
Cuando la caravana enfiló la vía principal de comunicación, el camino de Santa Fe, Bruce era considerado uno más entre los expedicionarios. Silverman y él se habían hecho muy amigos. Hubo un momento en que el hombre le dijo enigmáticamente:
—Me figuro que tuviste una buena idea, hijo, al pensar en trabajar y abrirte paso fuera de Texas.
Bruce sabía que su presencia en la caravana podía suponer algún problema para Silverman y decidió separarse de él y sus amigos en la siguiente parada.
Silverman y los suyos acamparon en las inmediaciones de Conchos. Aquélla era una etapa memorable para los miembros de la caravana. Había allí tiendas, bares y salas de juego. Bruce hizo lo posible por pasar inadvertido. Creyó reconocer a uno de los individuos del grupo que se les acercó para adquirir algunos caballos. No estaba muy seguro de la identidad de aquel hombre, pero... gracias a sus previsiones, Bruce consiguió disfrutar de la libertad deseada.
Poco antes de la cena, Silverman envió por él. Bruce no necesitó casi ver el rostro grave de su amigo para imaginarse que sucedía algo fuera de lo normal.
—No estaba seguro de que fuese Bruce Lockheart, hijo, pero ahora sé ya a qué atenerme.
—¿Sí? —inquirió Bruce, esforzándose para que su voz no delatara su desasosiego.
—Me figuro que has oído hablar de Tom Galliard.
Bruce dejó caer un puño sobre la palma de la otra mano.
—Por supuesto. Se trata del peor enemigo de Loveless.
—Loveless juró que Galliard era un ladrón de ganado.
—Sí. Sólo que no pudo probarlo. Bien. Galliard ha estado aquí, con motivo de la compra de unos caballos. Te vio y se puso a pensar en voz alta. Algunos de mis hombres le oyeron. Lo siento mucho, hijo. Tendrás que continuar sólo tu camino.
—Desde luego. ¿Qué es lo... que dijo?
—Relacionó tu persona con el asunto del atraco al banco de Denison, en la pasada primavera. Aseguró que iba a ponerse en comunicación con el capitán Maggard y que si los «ranger» te detenían reclamaría la recompensa ofrecida por tu captura.
Bruce se sintió poseído por una fría furia. Había estado viviendo en el paraíso, viéndose arrastrado hacia la cruda realidad. Miró a Silverman sin parpadear.
—¿Estuviste en el atraco al banco realmente, hijo?
—No, Silverman. Pero me acusan de eso... Y no puedo demostrar mi inocencia. Guárdeme el secreto y gracias por todo.
—Escucha —prosiguió diciendo Silverman, bajando la voz—. Muchos de los hombres que me acompañan se quedarán por el camino. Personalmente, me dirijo al Tonto Basin, en Arizona. Sólo Higgins y Davis me seguirán. Tengo dos hermanos en aquella zona. Procura localizarme allí.
—Gracias. Es usted muy amable, pero no quiero causarle molestias.
—Los «ranger» de Texas no han llegado al Tonto Basin todavía —replicó Silverman, significativamente—. ¡Buena suerte, muchacho!
Bruce se hizo cargo de su nueva montura, un bayo que el guía había conseguido a cambio de la anterior bestia.
—¡Legs! Ése va a ser tu nombre a partir de ahora. Creo que tendremos que andar un poco antes de que pueda hacerme del todo contigo.
Bruce ensilló al animal, juntando todas sus cosas, incluido el saco vacío. Luego, se sentó, esperando a que oscureciera.
Se apeó junto a una tienda del poblado. El establecimiento se hallaba poco concurrido. Compró los víveres que necesitaba y abandonó el local.
Después, Bruce permaneció pensativo unos momentos en la calle. Sentía deseos de presentar sus respetos al enemigo de Loveless, a Tom Galliard. Se le deparaba una oportunidad que no quería desechar. Tras aquel encuentro, cabía la posibilidad de que otros forajidos u hombres, simplemente, que no lo miraban con buenos ojos, midieran más sus pasos, habiendo tomado por fin una decisión, Bruce echó a andar.
Había mucho movimiento, ruido y polvo por todas partes. Evidentemente, una caravana había acampado por las inmediaciones de la población. Veíanse grupos de vaqueros, viajeros e indios.
Bruce entró en el más grande de los «saloons», un lugar bien iluminado, lleno de bebedores y jugadores. El primer hombre que vio fue Galliard, con su negra barba. Hallábase sentado a una mesa, jugando, en compañía de cinco individuos. Bruce se situó delante de Galliard y éste, instintivamente, levantó la vista. Estaba barajando en aquel momento las cartas. Ésas se le cayeron de las manos, al adquirir rigidez sus dedos. Las partes del rostro de Galliard no ocultas por su barba adquirieron un tinte lívido.
—¡Silencio! —tronó Bruce.
Cesaron los ruidos causados por los presentes en el local, ruidos de vasos, de monedas, de voces. Todo el mundo se volvió hacia el intruso.
—¡Galliard! ¡Te estaba buscando! —anunció Bruce.
—¿Sí? ¿Y quién diablos eres tú? —saltó Galliard.
—Soy el hombre de quien estuviste hablando hoy.
—Lockheart, ¿eh? ¿Y qué quieres?
—Sólo decirte una palabra.
—Bueno. Oigámosla.
—¡Cuatrero!
—Voy a devolverte el cumplido: ¡asaltador de bancos! —gritó Galliard.
—¡Defiéndete, cobarde! —siseó Bruce.
Los cinco acompañantes se lanzaron sin la menor vacilación al suelo. Galliard, con los ojos enrojecidos, se puso en pie y hubo un gran estruendo de sillas derribadas al tiempo que buscaba su revólver. Al empuñarlo, el disparo de Bruce cortó repentinamente su rápida acción. Aquél fue a parar al suelo y Galliard cayó pesadamente de bruces sobre la mesa. Bruce aguardó un momento. Una leve columna de humo ascendía desde la boca del cañón de su arma. Su mirada barrió todo el local. Después, poco a poco, fue retrocediendo hacia la puerta. El silencio anterior se convirtió inmediatamente en alboroto. Los transeúntes daban un amplio rodeo ante el porche del establecimiento, para seguir su camino. Bruce se apresuró a montar en su caballo, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Capítulo V

DESDE el episodio de Conchos, la desventura se cebó en Bruce Lockheart, a lo largo de todo un año. Dondequiera que se detuviera, rancho aislado o población apartada de las rutas más frecuentadas, acababa siendo reconocido, tarde o temprano, viéndose en consecuencia obligado a reanudar su camino.
Hasta entonces había logrado no tomar contacto con los «ranger». Pero había tenido que entendérselas con hombres que pensaban en la recompensa ofrecida por su captura. Algo había en su aspecto físico que llamaba la atención. Finalmente, irritado, dirigióse hacia los agrestes parajes de Llano Estacado.

Muy desanimado, casi sin víveres ya, cansado de tantos días de viaje, Bruce, mediada la mañana de cierto día, comenzó a acercarse a un pequeño poblado. Vio unos cuantos vaqueros que cuidaban de un puñado de reses. Los mugidos de los animales y las voces de los hombres eran casi música para los oídos de Bruce. Dirigiéndose a un joven que avanzaba llevando de la brida a un caballo desensillado, le preguntó:
—Hola, muchacho. ¿Quieres decirme qué población es ésta?
El chico le contestó en un tono muy cordial:
—Buenos días, forastero. Esta población se llama Mendle.
—¿Mendle?
—Sí. Me imagino que usted procede de Lincoln. ¿Qué tal marcha la guerra ganadera?
—Se está poniendo demasiado caliente para que uno se sienta cómodo —replicó Bruce con naturalidad—. Esas reses van a Texas, ¿eh? Esos animales parecen estar muy cansados y cubiertos de polvo... Una M en el centro de un círculo... No conozco ese hierro.
—También yo lo he visto por primera vez, forastero —contestó el joven—. El jefe de esa gente es Barncastle, un ganadero del río Canadian. ¿Lo conoce usted?
—¿Barncastle? No. Es muy raro que no me diga nada ese nombre. ¿Se dirigen al Norte?
—No. El ganado ha sido vendido a mi jefe, que compra para Chisum.
—Adiós, vaquero. He de seguir mi camino.
—Buenos días, forastero.
Bruce se internó audazmente en la población porque se veía obligado a afrontar los peligros derivados de tal paso. Muy pronto se vio en una calle en la que observó una gran actividad. Tratábase de una vía semejante a tantas otras del Oeste. Desmontó ante una tienda. Ató a Lega a la puerta y entró en el establecimiento.
—Buenos días —dijo al hombre que vio allí—. Quisiera que me prepararan un paquete de víveres rápidamente.
—Hola, joven. Usted es el segundo de los hombres de Barncastle que se acerca por estos parajes con prisas.
—Yo no soy de los de Barncastle —repuso Bruce secamente, procediendo a enumerar los víveres que deseaba adquirir.
—Usted es tejano, como si lo viera, igual que yo. Ya es bastante.
—Desde luego. Ahora bien, ¿no es ese Barncastle, asimismo, tejano?
—No —replicó el tendero, vuelto de espaldas a Bruce, comenzando a coger los géneros que éste le había pedido.
—Pasé junto a esa gente cuando me dirigía hacia este lugar. Me enteré de que acababan de llegar y que se iban en seguida... ¿De quién es ese hierro de una M dentro de un círculo?
—Pertenece a un ganadero llamado Melrose.
—¿Melrose? —repitió Bruce—. Melrose es un apellido muy conocido en Texas.
—Sí. Se trata de un ranchero establecido entre las fuentes del Brazos y Big Wichita. No hace mucho tiempo que se instaló allí. Maneja muchos intereses.
—Conozco esa parte del país —dijo Bruce, pensativamente—. Al norte de la región hay kiowas y comanches, que a menudo efectúan incursiones sobre el Panhandle. Es un territorio maravilloso para el ganado, pero aquello está todavía desierto y tardará en valer. ¿Ha venido aquí a vender Barncastle otras veces?
—Sí, en dos ocasiones, la pasada primavera.
—¿Qué paga Chisum por esas reses?
—Cinco dólares por cabeza.
—¡No es posible!
—Sí lo es. Barncastle me lo dijo, no hace todavía media hora. Mil cien cabezas, más o menos, a cinco dólares por cada una.
—¿Y nadie hace la menor pregunta? —inquirió Bruce, sarcástico.
—¡Diablos! ¡No!
—Chisum conducirá ese ganado a Dorge, donde le pagarán a razón de veinte dólares... Es raro...
—Será todo lo raro que usted quiera, pero Chisum puede hacerlo. Compra a quien se ponga a tiro.
—¡El muy zorro!
—Sí... A ver... Voy a atarle la bolsa... Abulta bastante, ¿eh? La munición para «Colt» y «Winchester»... Por lo que veo de su canana ha gastado alguna...
Bruce asintió con un gesto sombrío. Luego, abrió una de las cajas y llenó los huecos de su cinturón. El resto de los cartuchos se los echó al bolsillo.
—Tabaco y cerillas, jefe. Y ya está todo... Bueno, alguna cosa se me olvidará.
—Se acordará después, seguro. Le llevaré el paquete a la puerta. —El tendero echó a andar detrás de Bruce—. ¿Cómo me ha dicho que se llama usted?
—¿Me ha dicho usted entonces que ese Barncastle era un cuatrero? —contraatacó Bruce.
—Un momento, un momento, Texas Jack... Yo no he dicho más que usted —protestó el comerciante, apoyándose en el marco de la puerta, viendo cómo el joven acomodaba a la silla de su caballo el bulto.
—No se preocupe, de todos modos. Yo soy más bien un hombre callado.
—Apuesto lo que sea a que usted pertenece a ese grupo de «ranger» de Texas que anduvo por aquí hace diez días.
—Escuche, amigo: si alguien le pregunta si ha visto a un jinete a lomos de un bayo de largas piernas apresúrese a contestarle que no.
Bruce puso en pie en el estribo. De pronto, pensó algo y se quedó mirando fijamente al tendero.
—¿Dónde podría yo ver a ese Barncastle?
—Anda casi siempre por el Elks Hotel, principalmente por su bar... Oiga, joven: ¿qué es lo que se propone?
—Voy a pedirle trabajo... Hasta luego, amigo.
Jinetes cubiertos de polvo y crujientes carruajes pasaron por su lado cuando avanzaba por la calle. Había pocos transeúntes a aquella hora, la del mediodía, por allí. Bruce vio los grandes cuernos de un alce adornando la fachada del más pretencioso edificio de la población. Lanzó a Legs al trote. Por los alrededores de la entrada del hotel descubrió a algunos caballistas y a varios peatones en mangas de camisa. Llamóle la atención un individuo alto y corpulento que vestía negras ropas. Se encontraba vuelto de espaldas. Bruce se apeó, quedando su montura entre él y aquel hombre, que estaba hablando con un viejo de buen aspecto.
—Pero, Barncastle... Yo no puedo cerrar un trato sin ver antes...
—¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que puedes! —fue la réplica, proferida con voz ronca, con voz de bebedor.
Aquel timbre especial dejó helado a Bruce. El corazón le dio un salto. Seguidamente, haciendo un férreo esfuerzo, procuró controlar sus emociones. Bruce había reconocido la voz. Su instinto no le había engañado.
Un jinete que se encontraba junto a Barncastle dio un salto igual que si le hubieran pinchado.
—¡El vaquero! —exclamó, señalando a Bruce con una mano temblorosa. El hombre se había puesto muy pálido—. ¡Mire, jefe!
El corpachón de Barncastle giró vacilante, mostrando el rostro, que era el de Quade Belton. Parecía haber envejecido; tenía más arrugas en la cara. Sus azules ojos dieron la impresión de ir a salirse de las órbitas; quedóse con la boca abierta, tremendamente asombrado. Luego, el asombro se trocó en consternación y temor.
—¡Bruce... Lockheart!

Lanzando un juramento, el jinete echó mano a su revólver. Actuó con rapidez, pero Bruce se le adelantó. Su proyectil fue a hundirse en la gravilla de la calle. El revólver rebotó en las tablas de la acera. Belton quiso empuñar el arma, pero la del joven se lo impidió con toda oportunidad, lanzando su sombrero por el aire.
Luego, se produjo una pausa. Los escasos transeúntes se perdieron rápidamente de vista. Oyéronse unas voces y un batir de cascos de caballos.
Bruce montó en el suyo, volviéndose hacia la entrada del hotel con el brazo extendido, dispuesto a continuar disparando. Allí delante sólo estaban los dos hombres, tirados en el suelo. Belton se retorcía en lo que parecían ser las angustias precursoras de la muerte. Un leve toque de espuelas y Legs salió como una exhalación. Bruce se detuvo en la primera esquina, volviendo la cabeza. Ante el hotel se congregaban numerosas personas, gesticulando sin cesar. Todavía pudo ver a Belton agitándose como una bestia herida. Después, el joven lanzó su caballo al galope. Minutos más tarde, perdía Mendle de vista.
Seguidamente, se desató la tormenta de confusas emociones que albergaba su pecho. Acababa de vengarse, por las penalidades sufridas durante sus días de fugitivo. Pero ahora huía de nuevo. Los hombres de Belton organizarían inmediatamente una caza en regla. Paseó la mirada por la polvorienta carretera, cubierta por un amarillento polvo. Flotaban sobre ella densas nubes de tierra.
Bruce era un individuo experto ya en aquel juego. Nada de carreras. Se exponía a perder aquélla. Por las venas de Legs corría sangre india y era fuerte y rápido e incansable, pero se imponía otro proceder más cauto. Bruce se proponía abandonar la carretera en el primer punto que se le antojara adecuado, donde no dejase huella alguna de su paso. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer para ocultar un rastro.
Bruce descubrió que aquel camino y sus inmediaciones se hallaban cubiertos de huellas de innumerables pezuñas. Las reses que estaban marcadas con el hierro de la M en un círculo habían sido conducidas por allí. Minutos después vadeaba una corriente de agua, adentrándose en un bosque de cedros. Existía la posibilidad de que lo siguieran, pero jamás lograrían capturarlo. El Sudeste. Ésta era su dirección. A alguna distancia quedaba el inmenso Llano Estacado. Estudió como hubiera podido hacerlo un indio la configuración del territorio que tenía delante. Como buen vaquero, procuraba ahorrar esfuerzos a su montura, reservando sus facultades para cuando necesitara recurrir a ellas a fondo, con objeto de asegurar su huida. Al subir a la cumbre de una elevación contempló la serpenteante carretera que no mucho antes abandonara. Los promontorios se sucedían en progresión decreciente, tanto en número como en tamaño, hasta desaparecer en los comienzos de un terreno purpúreo que era la pradera.
A lo largo de la carretera, en la lejanía, aparecieron unas nubes de polvo amarillento. Indudablemente, se trataba de unos jinetes lanzados al galope.
Bruce reflexionó. Tenía que anticiparse a lo que pudiera ocurrirle... Supuso que los jinetes se dividirían al llegar a la primera bifurcación. Con una sonrisa desdeñosa vio que, en efecto, los expedicionarios terminaron por separarse, formando dos grupos, uno de los cuales se dirigió hacia el Sur.
—Se pasarán un par de días encima de sus bestias, sin conseguir nada positivo —musitó—. Se cansarán y emprenderán el regreso. ¿Y luego qué?
Tarde o temprano, el capitán Maggard y sus «ranger» se presentarían en Mendle. Se enterarían en el acto de la visita de Bruce. Alguien tenía que haber escuchado la espontánea exclamación de Barncastle delante de Elks Hotel.
Capítulo VI

VARIOS días más tarde, Bruce hizo un alto, arrebujándose en su manta. A la mañana siguiente, al despertarse, vio que el sol estaba ya muy alto, notando que calentaba bastante. Legs pastaba en las hierbas de las orillas de un arroyo, Bruce procedió a llenar de agua su cantimplora, así como su botella de lona. Refrescado por aquel descanso y espoleado por su nuevo plan de acción, reanudó su marcha.
Bruce obligaba a Legs a avanzar con paso firme, siempre al mismo ritmo. Frente a él tenía ya la impresionante llanura, de grisáceas laderas. Quedaba todavía a alguna distancia, pero la veía claramente. El panorama terminaba con una escarpadura terriblemente accidentada, el áspero frente septentrional de las famosas Staked Plains de los exploradores españoles.
Bruce, en su anterior paso desde el país del búfalo hacia el Valle del Pecos, había contemplado durante días aquella masa formidable del Llano Estacado. Habíalo considerado, sin embargo, algo muy lejano, como un fantasmal y estéril muro que solamente impregnado de una sublime belleza. Bruce se sentía realmente atraído por él. Allí, en un sitio u otro, en cualquiera de sus cañones, descubriría un solitario refugio, donde poder cazar y pescar, y aguardar, entregándose a sus sueños, pensando en un futuro mejor.
Durante todo el día observó los cambiantes tonos grises del paisaje, como si hubiese estado ascendiendo de una manera imperceptible. A la puesta del sol, se detuvo. Anduvo atento a cuanto podía moverse a su alrededor, pero no consiguió cazar más que un conejo. Encendió una hoguera y se lo preparó, guardándose la carne que le sobrara para la jornada siguiente.
Por la mañana se puso en pie antes de que el Este se tiñera de rojo. Llevaba continuamente su rifle cruzado sobre la silla. Pretendía cazar un venado o un oso. Pero estos animales brillaban allí por su ausencia. Por otro lado, los cauces de los arroyos que iba descubriendo estaban secos. Este hecho le ocasionó alguna inquietud. Antes de emprender el ascenso a las Staked Plains quería abastecerse de agua y abrevar a Legs. Sus temores, no obstante, carecían de todo fundamento, ya que en la base de la gran elevación localizó una corriente de agua abundante, con mucho pasto y caza. Aquella noche comió la carne que le apeteció, asando unos cortes con el fin de incorporarlos a sus provisiones.
Bruce pasó algunas horas junto al gran arroyo a la mañana siguiente. Legs comió y bebió todo lo que quiso. En el instante de iniciar el ascenso, Bruce sintió una grave inquietud. Había oído hablar a los tejanos del Llano Estacado en muchas ocasiones. Por el verano venía a ser una trampa mortal. Se hallaba en los principios del otoño; había llovido últimamente en las alturas; estaba convencido de que podría cruzar la gran escarpadura en sentido Sudeste, para salir hacia el norte de las fuentes del Brazos. El cielo se veía cubierto en buena parte y comenzó la subida a pie, decidido, impulsado por una inquebrantable voluntad.
Aquello se le llevó más tiempo del que había calculado. Por fin, logró su propósito... El aire era más frío y puro allí. Por el Oeste, el terreno era bastante regular, hallándose cubierto, no muy abundantemente, de malezas y cedros. El espectáculo, hacia el Sur, el camino que debía tomar, terminaba en una confusa línea del horizonte. Mirando al Norte, vio la llanura por la que había ascendido, a unos trescientos metros por debajo de él.
El cielo estaba cubierto de nubes, por entre ellas no se filtraba el menor rayo del sol; el viento arrastraba una fría neblina. Tratábase de un día ideal para viajar y Bruce sacó partido de ello. Apretando bien las piernas contra Legs, se encaminó hacia lo desconocido a veloz trote, confiadamente.
El plan de Bruce consistía en ir internándose por aquel territorio a lo largo de más de un día. Pero luego comprendió que esto iba a resultarle demasiado pesado. La vegetación era escasa a su alrededor. Vio unos árboles de espectrales brazos y no llegó a descubrir ni una sola criatura viviente.
Transcurrió aquella jornada. Bruce dejó unos noventa kilómetros a su espalda. Al finalizar el día brilló un poco el sol en las alturas y el paisaje cambió de una manera extraña de color. En una depresión rocosa, Bruce encontró un poco de agua. Legs evidenció su disgusto ante su salado sabor, pero no dejó de bebería. Los hierbajos delos alrededores no presagiaban nada bueno para la montura de Bruce.
—Esto podría ser peor todavía —consideró aquél, en voz alta, rompiendo por vez primera el silencio.
El sonido de su propia voz le impresionó. Pero aquel silencio y la absoluta soledad le venían bien. Por la noche no se vería obligado a dormir con un ojo abierto. Bruce encendió un buen fuego, preparándose una cena sustanciosa. Tenía que reservar el agua que llevaba, pero no podía descuidar sus fuerzas. Le aguardaban unos días más de viaje.
Hizo frío por la noche y se instaló para dormir cerca de las rojas brasas de su hoguera, sintiéndose confortado con su calor. Aquella soledad, para un fugitivo, era lo más adecuado. La ausencia de preocupaciones inmediatas suscitó la aparición de ciertos sentimientos, vagos aunque agobiantes. De haber cedido a ellos, sucumbiendo a la introspección, se habría sentido amargado de nuevo. Por último, logró conciliar el sueño.
Se despertó siendo todavía de noche. El frío era intenso. Levantóse antes del amanecer, empezando a ir de un lado para otro, en busca de leña. Lejos de donde había acampado, descubrió un árbol que se había secado y éste solucionó todos los problemas que se le presentaban de momento. Amaneció por fin. El cielo estaba despejado. Por la zona oriental de la llanura se extendió una masa indefinible de color rojizo. Se enfrentaba con un día soleado y esta perspectiva no era del agrado de Bruce.
Legs había estado pastando sobre la alfombra de hierbajos verdes y grisáceos, que aprovechara hasta las raíces. Aguardaba el momento de salir de allí. Relinchó y a diferencia de lo que hubieran hecho muchos caballos, consintió que su jinete lo forzara a beber. Bruce se puso en camino antes de que saliera el sol.
Legs avanzó con rapidez sobre aquel terreno, en el que apenas dejaban huellas sus cascos. El inteligente caballo deseaba dar fin cuanto antes al trabajo que se le había impuesto. Insistía casi imperceptiblemente en orientarse hacia el Este. Esto preocupaba a Bruce porque algo sabía acerca de los misteriosos instintos de los caballos.
La monótona igualdad del paisaje quebró el aire atento de Bruce. No había transcurrido todavía una hora desde la salida del sol y ya el fugitivo comenzó a calibrar su fuerza. Notaba calientes los flancos de Legs. Soplaba un poco de viento. Aquí y allí se formaban pequeños y agitados remolinos de polvo. Los árboles eran cada vez más escasos y por fin perdió de vista el último. A partir de aquel instante, se multiplicaron los matorrales y los cactos.
Bruce llegó de repente, sin advertir ningún cambio en la topografía del paisaje, a una desnuda depresión de varios kilómetros de amplitud. Contrastando sorprendente con lo de los alrededores, vio en el centro de la misma una verdosa zona. Legs descubrió por allí la existencia de agua y Bruce no tuvo ya necesidad de tocar las riendas. Al poco llegaron a un hoyo ribeteado de álcali. El caballo, al principio, se negó a abrevar. Bruce se apeó para probar el agua. Era salada, pero peor resultaba ninguna. Legs probó también brevemente, movió pesadamente la cabeza a un lado y a otro, repitió la intentona y por fin sació su sed.
El joven distinguió unas huellas por los alrededores que databan de algún tiempo. Iban del Sudeste al Oeste. Nada más detenerse había notado lo que apretaba el sol. Despojóse de su chaqueta y la colocó sobre la silla, reanudando el viaje. Legs sudaba ahora copiosamente. Seguía el rastro de un mustango. Lo más seguro era que condujese a algún secreto escondite conocido por los indios.
Mucho antes del mediodía ya, Bruce se sintió inquieto. El sol suponía un castigo riguroso para él y para su montura. De la tierra parecía salir humo. Finalmente, se vio obligado a taparse el rostro con un pañuelo. No obstante, la infatigable bestia prosiguió su avance con el mismo ritmo de siempre.
A medida que pasaban las horas, el viento soplaba con más fuerza. Otro tormento eran las nubes de tierra que envolvían continuamente al caballo y su jinete. Bruce recurrió a menudo a su cantimplora. De cuando en cuando se descubría los ojos para contemplar tanto el panorama que tenía delante como el suelo que pisaba Legs. Una fina capa de arena le impedía ver ahora el rastro, si es que éste existía. Legs había cubierto aquella jornada unos sesenta kilómetros cuando Bruce notó que el firme «tip-top» de sus cascos cambió claramente.
Habían llegado a la zona arenosa. Los fantasmales remolinos no ocultaban el impresionante mar de dunas que tapaba el horizonte. Legs se desplazaba más lentamente. Las horas se hacían interminables.
No hubo puesta de sol; sólo un oscurecimiento general y la desaparición de las ráfagas de viento dijeron a Bruce que aquel día había terminado. Las volantes arenas fueron depositándose. El joven buscó un sitio donde acampar. Su búsqueda no le reveló nada. Se sentía envuelto por una completa oscuridad. Detúvose en lo alto de una duna, en un sitio llano. No había por allí agua, ni hierba, ¡ni leña!
Procedió a desensillar a su caballo. Bruce comió un poco de carne y alguna fruta seca. En su cantimplora quedaba ya muy poca agua. Se sentía realmente sediento. El sol se había llevado mucho de él; habíale resecado. Bruce recordó haber oído contar que algunos hombres extraviados en el desierto habían llegado a perder veinte kilos y más por día.
Nunca se había sentido tan cansado. Frunciendo el ceño, agobiado por las preocupaciones, se envolvió en su manta para dormir. Pronto se olvidó de todo. Despertóse al amanecer. No vio a Legs, pero localizó en seguida sus huellas. Bruce lo encontró mordisqueando unos hierbajos.
Volviendo al sitio en que dejara su silla y el paquete de víveres, Bruce se quedó sorprendido al descubrir que había sido robado por los merodeadores coyotes. Habían desaparecido todas sus provisiones, con la excepción de una bolsita de sal y unas cuantas manzanas resecas. Se sentó, casi vencido. Necesitaba con toda urgencia agua para Legs y para él mismo. Dos días, o como máximo tres, en el plan del anterior podían acabar con el mejor de los caballos. ¿Y qué decir del hombre?
Legs seguía defendiéndose bien. Ansiaba mantenerse en marcha. Bruce sabía que su vida dependía allí en buena parte de la del caballo. Avanzaron a lo largo de diez o doce kilómetros, por un desconcertante laberinto de dunas. Al salir el sol empezó a soplar de nuevo el viento y una hora después Bruce se veía sumergido en otro infierno. Había perdido toda noción del tiempo y de la orientación. Se esforzó cuanto pudo para impedir que sus ojos sufrieran algún daño. Las ráfagas de arena quemaban como si hubiesen salido de la boca de un horno. Legs mantuvo su paso, como si hubiese estado al tanto del objetivo a alcanzar. La jornada fue una auténtica pesadilla. Finalmente, Bruce se bebió el agua que quedaba en su cantimplora. Después, se quitó el sombrero, que procedió a llenar con la que contenía la botella de lona, acercándoselo a la boca de Legs.
Éste parecía cansado, pero nada más. Persistía en seguir adelante y el joven se sintió de nuevo confiado. Bruce sabía que no debía obligarlo a descansar si no era eso lo que le apetecía. Se hizo de noche. El cielo era una vasta cúpula de un tono azul-negro, en la que brillaban incontables estrellas blancas. El espectáculo era muy bello. Quedóse dormido en la silla, para despertarse luego y volver a dormirse nuevamente. Más adelante, llegó incluso a caerse de la silla. Legs se detuvo, agachando la cabeza. Bruce durmió hasta que los rayos del sol le calentaron el rostro.
Empezó otro día feroz, cruel, de huracanados vientos. Bruce bebió un poco de agua y cedió la que le quedaba a su montura. Las feas características de la jornada anterior se repitieron ampliadas. Bruce sintió que la cabeza le ardía. Notóse mareado y que perdía conciencia de cuanto sucedía a su alrededor.
De no haber llegado entonces la noche, con la consiguiente cesación de aquellos terribles rigores, Bruce se hubiera vuelto loco, acostándose por último en la ardiente arena para esperar la llegada de la muerte liberadora. Pero el caballo seguía caminando. El joven se veía perseguido dentro de la desértica vastedad por todas las furias. Esto era lo que significaba ser un «fuera de la ley», un fugitivo. Tenía que hacer frente a todos los sufrimientos físicos y mentales. No valía la pena de ser vivida aquella existencia. Prefería cien muertes violentas a aquellos tormentos. Hubiera sido mejor no haber nacido. Tenía que salir de aquellas terribles dunas, que los españoles calificaran de lugares de desolación y muerte.
Estas alocadas reflexiones dieron paso a varias sensaciones físicas de dolor, de sed y de hambre. Su única reacción inteligente fue la de asirse a la silla de su montura con inquebrantable fuerza. Desde hacía unas horas habían dejado de existir para él conceptos de distancia y tiempo.
Pero aquella terrible noche, como todas, finalizó con el amanecer. Y muy pronto, Legs, encaminándose hacia una masa rojiza visible en el Este, rebasó el borde de la llanura.
Bruce miró en torno a él al oír los insistentes resoplidos de su montura, comprendiendo lentamente qué era lo que estaba pasando. Se frotó los fatigados ojos. Vio a sus pies un cañón de tonos verdes y dorados, alternando con otros matices como el escarlata y el amarillo. A continuación venía una alfombrada pradera. Por entre los árboles corría un serpenteante y minúsculo río, que se perdía en la grisácea distancia. Hacia el Sur, Bruce distinguió una manada de búfalos. Por el Norte, sobre otra vasta extensión de terrenos de pasto, observó miles de puntos negros, que eran otras tantas cabezas de ganado.
Capítulo VII

BRUCE y Legs dedicaron todo un día al descanso y al sueño. A última hora de la tarde, Bruce se bañó en el pequeño río, de aguas tan frías como el cristal. A punto de ponerse el sol logró cazar un conejo, que había de constituir su cena. Más adelante, junto al fuego, reflexionó sobre los pasos que se disponía a dar.
El ganado que había visto aquella mañana debía de pertenecer a Melrose. Andaba necesitado de provisiones. Había pocas posibilidades de que allí le reconociera alguien y decidió correr algunos riesgos. También podía ponerse a trabajar por algún tiempo, bajo nombre supuesto. Ansiaba hablar con otras personas, disfrutar de su compañía. Habiendo tomado una decisión, se tendió sobre su manta, no tardando mucho en quedarse dormido.
Al amanecer, echó a andar por una de las orillas de la corriente de agua, dirigiéndose hacia la zona de la pradera abierta. Un cinturón de árboles que delimitaba el cauce le ocultaba la casa del rancho, con los edificios y corrales. Estaba seguro de que nadie le había visto salir del sitio en que acampara. El camino cruzaba la corriente por un punto. Por el lado sur no vio ningún ganado. Atravesó dos arroyos que bajaban por su derecha y observó que otros afluentes procedían del Norte. En aquella serie de confluencias se iniciaba el Brazos, perfilando una corriente rápida, que rugía entre dos filas de árboles. Al alcanzar el puente desde el cual proyectaba aproximarse al rancho, divisó unos jinetes en la lejanía, por la carretera. Decidió aguardar a que lo alcanzaran. No le iría mal llegar al rancho de Melrose en compañía de algunos de sus hombres.
Bruce se paseó, saboreando unos trozos de carne y algunas galletas que llevaba consigo todavía. Luego, se sentó, pensando en la mejor manera de interpretar el papel que se había asignado.
—Puede ser que todo dure una hora... que se prolongue a lo largo de un día o de varias semanas —murmuró.
Sería el clásico vaquero tejano, como aquel Jesse Evans que en otra época fuera compañero de Billy «el Niño». Su aspecto le favorecía. ¿Y si lograba engañar al propio Maggard incluso? La cosa era difícil, especialmente si allí había alguien que presenciara su encuentro con Belton.
Los jinetes eran cuatro en total. Uno de ellos, mejicano. Contemplaban sus rostros por primera vez en su vida.
—Hola, forastero —dijo uno—. ¿Estabas esperándonos acaso?
—Desde que os vi a los cuatro.
—¿A dónde te encaminas?
—Al rancho. Prefiero llegar a éste acompañado, ya que las cosas se presentan así. Me llamo Lee Jones y soy de Uvalde.
—¿Sí? ¿Eres uno de los Big Bend Jones? —replicó el vaquero con una sonrisa—. Me alegro de conocerte. Yo me llamo Serks y para abreviar Tex. Éste es mi hermano Jim... Peg Simpson... Y Juan Vázquez.
Todos se dieron la mano. Aquel encuentro tenía mucha naturalidad, pero estaba lejos de ser casual. Bruce creyó advertir que aquellos hombres andaban tan necesitados de apoyo como él. Situóse, ya en marcha, junto al Simpson, un pequeño vaquero de cortas y arqueadas piernas, de figura ideal para una viñeta humorística.
—Oye, amigo: no se me ha escapado el detalle de esa arma cruzada sobre tu silla.
Tex Serks corroboró las palabras de su amigo Simpson.
—A mí tampoco, ¡diablos!
—Supe que por estas tierras le acechaban a uno bastantes peligros, que su gente resultaba bastante bronca. Estos chismes no sólo son útiles para cazar búfalos...
—¿Por dónde viniste? ¿Por los bosques?
—Salí de Fort Worth la pasada primavera.
—Pues entonces, a juzgar por el camino que has seguido, no sabes nada sobre la llamada de Melrose, pidiendo hombres.
—Eso es nuevo para mí.
—Entre el Brazos y los dos Wichitas hay agua, hierba y espacio suficiente para un millón de reses. Melrose está dispuesto a acoger complacido a todos los ganaderos que deseen enfrentarse con esto... Pero también ha formulado una advertencia sobre las pandillas de ladrones de ganado que últimamente han operado por estas tierras.
—Poco, pero sustancioso —comentó Bruce—. ¿Habéis sabido de alguien que haya correspondido a esa llamada de Melrose?
—Claro. Bescos se ha puesto en camino desde el río Red, al frente de una buena manada. Y si yo informo a mi tío Jed de que Melrose está haciendo cosas sensatas, también vendrá.
—Ya. Me figuro que vosotros os habéis presentado aquí pensando en esa proposición.
—Exacto. Queremos entrar, además, en relación con hombres dignos de confianza, serios. Nosotros pretendemos seguir juntos, no separarnos.
—Una idea estupenda, muchachos. Pero lo mejor que podéis hacer es apartaros de mí. Yo soy uno de esos hombres reales, auténticos..., nada bueno, sin embargo.
Los cuatro jinetes miraron a Bruce boquiabiertos, lo cual demostraba que no estaban de acuerdo con sus manifestaciones. A aquél su aspecto siempre le había favorecido a la hora de ser calibrado por los demás. Esperaba que le sucediese lo mismo al enfrentarse con Melrose y su capataz, Slaughter.
Resultó que una de las más extensas arboledas, semejante a una isla en un ondulante mar, les había impedido la contemplación de la vivienda principal del rancho y sus proximidades.
—¡Válgame Dios! —exclamó Tex Serks.
Era realmente una visión encantadora aquélla, para un hombre que soñaba con levantar su casa y triunfar en la vida.
—¿Qué son aquellos edificios bajos? —inquirió Peg, curioso.
—¡Dormitorios, ignorante!
—Se le han antojado fortines —señaló Simpson.
La observación era atinada. Tratábase de dos construcciones apartadas, que miraban oblicuamente al ancho espació existente delante de la vivienda principal. Cuando se aproximaron más, Bruce observó además que habían sido levantadas con sólidos troncos. Había una larga fila en cada uno de puertas y ventanas cuadradas, pequeñas, como portillos, y un porche alargado. Rojas chimeneas de roca apuntaban al cielo por la parte posterior. Por las inmediaciones había varios corrales y parajes.
—Seré yo quien hable, si no te importa, Lee —manifestó Tex.
—No tengo inconveniente, Tex, pero me figuro que este Melrose y su capataz nos van a hacer hablar a todos.
—Es igual. Seré yo quien abra el fuego.
Varios jinetes asomaron por la parte sur de la primera casa, en uno de cuyos extremos había una tienda, como la que todos los grandes ganaderos tenían en sus ranchos. Uno de aquellos hombres, un individuo fuerte, de faz bronceada por el sol y blancos cabellos, debía de ser Melrose. Avanzó hasta el borde del porche, saludándolos:
—Hola, muchachos. Entren.
Bruce tuvo la impresión de haber oído aquella voz antes. Le penetró como si hubiera sido una espada. Junto al ranchero apareció un hombre que había rebasado la edad media de la vida y cuyos rasgos faciales recordaban al gavilán. Hubo un silencio que duró unos segundos.
—Nos figuramos que usted es el señor Melrose —dijo Tex.
—Sí. Y éste es mi capataz, Luke Slaughter.
—Yo me llamo Tex Serks, y éste es mi hermano Jim.
—Serks... ¿Tenéis algo que ver con Jed Serks, de Wao?
—Jed es mi tío... Le presento también a Peg Simpson y a Juan Vázquez, que hace años que no se separa de nosotros... Lee viene... Éste es Lee Jones, de Uvalde.
—Muy bien, muchachos. Me alegro mucho de conoceros. Supongo que habréis venido atendiendo mi llamada...
—Desde luego, señor Melrose —replicó Tex—. Mi tío Jed la ha comentado y quizá se presente por aquí si recibe buenas noticias mías.
—Procuraremos no defraudarle. Espero que resulten ser algo más que buenas.
—Bescos, del río Red, está en camino hacia aquí, con su manada. Calculo que son unas tres mil cabezas. Esto es sólo para empezar. Me imagino que antes de poco tiempo se hallará en buena compañía.
—Magnífico, Serks —contestó Melrose, cuya casa se había iluminado.
A Bruce se le figuró que era un hombre cansado. Le había sido simpático en seguida.
—Luke: me gustaría que hablases inmediatamente con estos jóvenes a fin de llegar a un acuerdo y contratarlos.
No se le habían escapado a Bruce las inquisitivas miradas del capataz, abrigando la impresión de que el hombre había dedicado más tiempo a su persona que a los demás.
—¿Eres tú de la familia de los Big Bend Jones?
—Sí, jefe.
—¿De qué tronco: del bueno o del malo?
—Siento decirle que procedo del malo. Pero he de añadir en mi descargo que no se me dio a escoger.
—Conforme. También yo disfruto de algunos parientes con reparos. ¿Has coincidido con Serks por el camino?
—Sí.
—¿De veras? Hablaremos de eso más tarde... ¿De dónde sacaste ese bayo que montas?
—He de decirle que no lo robé —repuso Bruce con frialdad—. No es un caballo tejano, desde luego. Se lo compré a un vaquero de Nuevo Méjico, en Uvalde.
—No me proponía excederme en mi curiosidad —manifestó el capataz—. Una bestia magnífica. ¿Sabe correr?
—No podría escapársele ningún ladrón de ganado de Texas.
—¿Quieres trabajar aquí?
—Sí, señor. Quisiera formar parte del grupo de Serks.
—¿Qué sabes hacer? —inquirió Luke, dudoso.
—Sé cocinar, lavar los platos, cortar leña y otras cosas por el estilo.
—Muy diferentes, seguramente —comentó el capataz, sonriendo.
—No se fíe de mi aspecto.
—¿Estás en regla, muchacho?
Bruce sostuvo la mirada de gavilán del otro.
—Completamente en regla. Pero, bueno, no creo que sea necesario confiarle toda la larga historia de mi vida —objetó.
—Desde luego. Perdona, Jones —se apresuró a contestar Slaughter—. Me has interesado, eso es todo. No eres un vaquero corriente.
—¡Diablos! Por supuesto que no. ¿Quién dijo lo contrario?
—Bueno... Hay algo en ti que me hace ver al hombre que se enfrenta con una dura prueba. Yo sé algo acerca de los Jones. Sangre buena y sangre mala. Una familia arruinada por la guerra... No has negado eso...
—No, señor. ¿Hay alguna razón para que yo no encaje aquí?
—Creo que no —declaró Slaughter—. He de advertirte, sin embargo, Jones, que éste va a ser un trabajo duro. Nada de labores manuales. Habrá que pasar muchas horas a caballo, haciendo uso de las armas muchas veces. ¿Me has comprendido?
—La tarea me gusta. Es a lo que he venido.
—Conforme, entonces. ¿Qué quieres ganar?
—Lo corriente, siempre y cuando vaya bien alimentado y tenga unas botas y unos pantalones que ponerme.
—Tendrás las dos cosas y dinero suficiente. Pero veo que las botas las necesitas ahora mismo. ¿De dónde es ese cieno rojo de tu calzado?
—De las orillas del río, Red, supongo, jefe.
—Bueno, ¿cómo queréis instalaros, muchachos? —inquirió Slaughter.
—Si a usted no le importa, jefe, quisiéramos seguir juntos —replicó Tex Serks.
—Eso está hecho. Además, va bien con mi idea de que forméis un equipo especial.
—Lo de especial... ¿por qué es?
—Hemos formado varios grupos y no quiero que os agreguéis a ninguno de ellos. Deseo disponer de unos cuantos hombres que hoy pueden estar aquí y mañana en otro lado. Han de ser buenos jinetes y rastreadores, individuos que manejan sus revólveres con soltura.
—Entonces, nosotros tendremos poco que ver con el ganado, ¿eh?
—¿Es un buen rastreador este Vázquez?
—El mejor de Texas —fue la breve réplica.
—¿Hay alguno entre vosotros que sepa cocinar?
—Simpson se desenvuelve bien con los pucheros.
—Yo no tanto, pero puedo ayudarlo cuando me llegue el turno.
—Instalaos a vuestro gusto. Ocuparéis dos de las habitaciones de esa construcción. Sacad lo que necesitéis de la tienda, haceos la comida y estad preparados para recibir órdenes.
El capataz entró en el establecimiento. Bruce vio que en él había un despacho. Melrose había precedido a aquel hombre.
—Bueno, amigos, todo ha terminado, de momento, a excepción de los fuegos artificiales —dijo Tex, ansioso—. Desensillad y procedamos a instalarnos como Dios manda.
Las habitaciones eran espaciosas, conteniendo cuatro literas cada una, una mesa, silla, lámpara, chimenea, lavabo con varios utensilios y un espejo.
Bruce compartiría uno de los cuartos con Peg. Estaba satisfecho por el giro que habían tomado las cosas. Ahora procuraría proceder con toda cautela, manteniéndose pendiente de los hombres que le rodeaban. Con los cubos en la mano izquierda, cruzó el porche, deslizándose por delante de la tienda del rancho.
De repente, vio a Trinity en la entrada. Los cubos fueron a parar al suelo y se quedó con la boca abierta, inmóvil. Trinity volvió la cabeza al oír el estruendo y divisó a Bruce al mismo tiempo que éste se llevaba un dedo a los labios, rogándole silencio. La muchacha ahogó un grito a tiempo, consiguiendo dominar su primer impulso de echar a correr hacia el joven al acercársele éste. Esforzándose por representar un papel que no sentía, Bruce se quitó el sombrero y adoptando una actitud respetuosa, dijo en voz alta:
—Buenos días, señorita. Soy Lee Jones, de Uvalde, uno de los nuevos vaqueros del señor Melrose.
—Bruce... —susurró Trinity, luchando fieramente por contener sus lágrimas, por no demostrar su alegría—. ¿Qué haces tú aquí?
—Yo podría preguntarte lo mismo, Trinity —contestó él en voz baja—. Pero ahora no puedo hablar. Haz por verme esta noche en el cañón norte... Y recuerda que me llamo Lee Jones.
—Me alegro mucho de conocerle, Lee —dijo Trinity, levantando la voz, sonriente.
Bruce demoró un poco su regreso. Enjuagó los cubos y luego procedió a llenarlos, bebiendo largamente de aquella agua de las fuentes del Brazos. Al levantar la vista vio que Trinity había entrado en el establecimiento. Peg Simpson fue en su busca a toda prisa, como si le persiguiese alguien.
—Lee: ¿has visto esa hermosa aparición?
—¿A qué te refieres?
—A la muchacha. A la hija del jefe.
—¡Ah, sí! Vi a la chica, en efecto —replicó Bruce, debatiéndose contra su propia confusión en el momento de depositar los cubos sobre el piso.
—¿Y qué? ¿Eso es todo?
—Claro. ¿Qué quieres que te diga más?
—¡Dios mío! Desde luego, tú no eres un vaquero corriente. Sin embargo, me alegro de que no te sientas muy impresionado... Lee: esa muchacha me obsequió con la más encantadora de las sonrisas. Slaughter dijo: «Te presento a uno de mis nuevos hombres, Peg Simpson...» Lee: me di cuenta de una cosa, de que le había caído bien.
—Eres un tío con suerte, desde luego. Es la hija del jefe, ¿no? ¿Tendrá alguna hermanita?
Bruce se separó de su amigo... Experimentaba lo mismo que si la cabeza amenazara estallarle de un momento a otro. ¿Por qué se encontraba Trinity en el rancho de Melrose? ¿Y por qué se referían a ella diciendo que era la hija del jefe? Sentía unos deseos incontenibles de verla nuevamente. No podría aguardar hasta la noche.
Penetrando en la tienda, Bruce preguntó dónde podría hacerse con alguna leña. Slaughter se hallaba sentado frente a una mesa, en compañía de Melrose. El primero dijo algo a éste, echándose a reír. Melrose sonrió. Trinity, de pie a su espalda, hizo lo mismo.
—¿Qué le dije? —inquirió el capataz—. ¡Ah! Hola, Jones. ¿Qué has venido a buscar aquí? ¿Leña, eh? Aquí no tenemos de eso. Pero si abres la puerta trasera de tu habitación encontrarás mucha.
—Gracias, jefe —contestó Bruce, un tanto desconcertado.
Disponíase a dar la vuelta, cuando Melrose le hizo una seña para que esperara.
—Procedamos correctamente, Luke... Trinity: te presento a Lee Jones, uno de nuestros nuevos hombres... Jones: te presento a mi hija.
—Encantado de conocerle, señor Jones —murmuró Trinity con la más arrebatadora de sus sonrisas.
Bruce la saludó galantemente, tocando casi con su sombrero el piso.
—El gusto es mío, señorita.
Fuera ya de la construcción, dio unos pasos y se detuvo. Acababa de divisar una polvareda en la carretera, a lo lejos.
Simpson y Tex Serks se plantaron en el porche. Todos miraban hacia el Norte, pendientes de los que se acercaban.
—Son cinco jinetes... Bueno, ya todo depende de quiénes puedan ser.
—Tex: has hablado mucho ya —replicó Bruce fríamente—. Quitaros de aquí, muchachos. Tal vez no tengan nada de particular los que vienen.
—Lee: yo he sabido desde el primer momento que eres uno de esos hombres que andan en busca de alguien —manifestó Serks, muy serio.
—Yo también, Tex. Había que ver sus ojos, siempre inquietos, sus gestos de conejo, pendiente de cuanto ocurría a su alrededor —añadió Peg en el mismo tono con que hablara su amigo.
Bruce supo entrar en situación.
—Lo siento, muchachos. Vuestro instinto no os ha engañado. Pero os juro que no existe ninguna razón que impida que seamos buenos camaradas.
—A mí me basta con eso —manifestó Peg—. ¿Piensas tú igual, Tex?
—Por supuesto. Vamos para dentro, Lee. Hay que dejar en condiciones el cuarto.
Bruce obedeció, arremangándose la camisa para ayudar a Peg en su tarea. Escuchó el rumor de los vaqueros dirigiéndose a la tienda.
—Aquí hay unos jinetes, jefe —dijo Serks.
Slaughter contestó:
—¿Y qué de particular tiene eso? No parece sino que acabaseis de localizar a unos comanches escondidos. A este rancho llegan jinetes a todas horas.
—Tú no salgas, Trinity —ordenó Melrose.
Las manos de Bruce se mantenían tan activas como sus pensamientos. Aquel quinteto de jinetes podía ser de «ranger», o algunos de los hombres de Belton. Tarde o temprano, acabarían por presentarse allí. Bruce decidió que cuando llegara ese momento actuaría de acuerdo con lo que le aconsejaran las circunstancias.
Bruce abrió la puerta trasera de la construcción, encontrándose en un pequeño porche, en uno de cuyos extremos vio apilados cuidadosamente muchos leños. Procedió a encender el fuego, poniendo a calentar un poco de agua. Oyó fuera un rumor confuso de cascos de caballos, el rechinar de la gravilla bajo los mismos y algunas voces.
Minutos después examinaba a los recién llegados. Tratábase de rostros desconocidos para él y el joven se sintió aliviado. Slaughter había avanzado hasta el borde del porche para hablar con aquellos hombres. Desde donde se había apostado, Bruce no podía ver a Melrose.
—Hola, Steward —dijo el capataz—. ¿No os apeáis?
El jinete a quien se había dirigido Slaughter, alto, de faz sin afeitar, ojos penetrantes y decididos ademanes de quitó la colilla que colgaba de sus resecos labios, respondiendo:
—Hoy, no, Slaughter. ¿Hay algún inconveniente en que hable con Melrose?
—¿De parte de quién?
—De nuestro jefe, Barncastle. ¿Qué otra persona podía ser?
¡Barncastle! Así, pues, Bruce no había matado a Belton al hacer fuego sobre él. Sintióse profundamente disgustado.
—Veamos de qué se trata —manifestó Slaughter.
—Hablaré con Melrose.
Slaughter llamó al ranchero. Bruce, apostado tras unas rendijas, entre los leños de la fachada principal, distinguió la voz de Trinity. Pronto distinguió la figura de Melrose, pasando a formar parte de la escena. Vio al viejo muy frío por fuera, pero animado por un terrible ardor interior. Barncastle y Melrose se llevaban mal los golpes. ¿Por qué no habría terminado definitivamente con aquel bandido en Mendle?
—De acuerdo, Steward. Habla, pero procura ser breve y no te andes con rodeos —dijo el ranchero—. Sin embargo, ¿cómo voy a saber yo con toda seguridad que eres el portavoz de Barncastle?
—Tendrá usted que dar por bueno lo que yo diga, Melrose... Verdaderamente, soy algo más que su portavoz.
Slaughter medió, cáustico, en la conversación:
—¿Su capataz, su mano derecha o qué?
Steward miró despreciativamente a Slaughter, sin dignarse corresponderle con una réplica. Bruce, habituado a enfrentarse toda su vida con hombres malvados, vio la verdadera naturaleza de aquél como a través de un cristal. Descubría a un individuo poseedor de más fuerza que Belton. En verdad, Melrose había dado con mala gente.
—En definitiva, me importa poco o nada lo que seas para Barncastle. Di lo que tengas que decir de una vez.
—Sujete sus caballos —contestó el otro, sardónico—. Éste es su funeral, no el mío.
—Lo más seguro es que resulte ser el de Barncastle —repuso el ranchero, acalorado.
—He aquí la razón de que el jefe me confiera este trabajo: para ahorrar, quizá, muchos funerales... En primer lugar, Barncastle quiere una respuesta a su propuesta de asociación.
—No. No me asociaré con él en las condiciones que ha señalado. ¿Dónde están las cinco mil cabezas cuya compra le confié, dándole el dinero necesario para la operación?
—La gran manada está en camino y éste es muy largo.
—¿Por qué no estás tú y los tuyos con ella, a fin de conducir cuanto antes el ganado hasta aquí?
—Hemos obedecido órdenes de Barncastle. Linden, el que vendió las reses, se mostró conforme con encargarse de la entrega de ellas.
El ranchero podía contener su irritación a duras penas.
—No es que me proponga conducirme de una manera irrazonable, Stewart. Estoy dolido, simplemente, y desconfío, además. La última vez que vi a Barncastle, en Dodge, le pedí el dinero que le entregara. Me contestó que con él había pagado las reses. Insistí entonces en que se pasara por el banco, para solicitar un préstamo. Formuló muchas excusas. Seguidamente, yo también me presenté en el banco. No conocían a Barncastle. Salí de Dodge y me han seguido hasta aquí. Puedes decirle que no prestaré oídos a ninguna de sus proposiciones, mientras no me entregue las reses o el dinero.
—No me sorprendería nada, Melrose, que al final acabara usted perdiendo el dinero y el ganado —contestó Stewart, bruscamente.
—¿Qué?
El ranchero miró a su interlocutor fijamente, poniéndose muy encarnado.
—Ya oyó lo que dije.
—Desde luego. Y estoy empezando a ver que, en definitiva, voy a perder menos con lo que ha pasado.
Melrose entró en la tienda.
Stewart encendió otro cigarrillo. No se había alterado lo más mínimo. Al parecer actuaba bajo órdenes concretas. Belton se había mostrado absolutamente conforme en que Stewart actuara como mediador. Los otros cuatro jinetes permanecían silenciosos, fumando tranquilamente, pero habían contemplado la escena con vivo interés. No eran hombres jóvenes ya. Poseían la madura dureza que Bruce advirtiera en algunos miembros de la pandilla de Billy «el Niño».
—Slaughter: ¿suele enfriarse tu jefe después de sufrir un arrebato para atenerse a razones y obrar sensatamente? —inquirió Stewart.
—Pues si... Eso es lo que le sucede la mayor parte de las veces, pero en la presente ocasión tengo mis dudas...
—¿No podrías tú influir para que desplegara un poco de sentido común?
—Sí que podría, si pensara que obrar con sentido común es hacer lo que vosotros pretendéis.
—Resulta peligroso enfrentarse con Barncastle. Mi gente está a su lado, haciéndolo catorce veces más fuerte. Son hombres del territorio indio y de Missouri, que con un grupo de tejanos no tendrían ni para empezar. Melrose se encuentra solo aquí, barajando cincuenta mil cabezas de ganado. Cincuenta mil, mientras no den con ellas ciertos individuos... Ya barrieron casi a todos los suyos en Little Wichita. Bueno. En un sitio como éste podría perder todo su ganado. Necesita de Barncastle y de mi gente. Si eres un hombre inteligente, lograrás convencerle de que lo que le conviene es contar con Barncastle y mis muchachos. Que olvide sus diferencias con él. ¿He hablado claro, Slaughter?
—Desde luego. Y no ha existido nunca ningún tejano que no correspondiera cumplidamente a un reto semejante. Si conocieras bien a los tejanos, nunca te habrías atrevido a desafiarnos de esa manera. Y ahora, Stewart, pronto, ¡fuera de aquí!
Bruce dedujo de todo aquello que Stewart tramaba algo que iba a beneficiarle personalmente.
Sin pronunciar una sola palabra más, Stewart hizo una señal a sus hombres. Los cinco se alejaron por donde habían llegado. Slaughter volvió a entrar en la tienda. Tex Serks y Simpson se volvieron hacia Bruce, cuyos ojos parecían arrojar fuego.
—¿Has oído todo lo que se ha dicho ahí, Lee?—inquirió el primero.
—Claro.
—¿Qué diablos ocurre? Al presentarnos en este rancho, ¿hemos dado un paso afortunado o desgraciado?
—Afortunado para Melrose —contestó Bruce.
Desde la ventana, aquél vio que Melrose y Trinity caminaban del brazo. Le acompañaba el capataz, que no cesaba de gesticular. Entraron en el camino bordeado de árboles que conducía a la vivienda principal del rancho. Bruce se dijo que tal vez le había sido deparada otra gran oportunidad. No acertaba a desentenderse de aquella idea. ¿Cómo arriesgarse a decir lo que sabía y atentar así contra su personal seguridad? El capitán Maggard visitaría el rancho el día menos pensado. ¡Y llegaría en un buen momento! Naturalmente, era lo mejor que podía ocurrirle a Melrose. Por él, se alegraba. ¿Quién estaba precipitando las cosas? ¿Belton o el malvado Stewart? Bruce se imaginaba que este último era el instigador de la violenta situación. Belton había engañado a Melrose y él estaba siendo engañado a su vez.
—Vamos, Lee.
Bruce se unió con sus camaradas alrededor de la mesa. La comida era sustanciosa y todos tenían hambre. El joven se dijo, sin embargo, que tal circunstancia no justificaba el casi absoluto silencio imperante allí.
Al cabo de un rato, Tex le preguntó:
—Oye, Lee: ¿por qué dijiste antes que al llegar aquí dimos un paso afortunado para Melrose?
Capítulo VIII

BRUCE lió parsimoniosamente un cigarrillo, echó hacia atrás su sombrero y escrutó, uno por uno, los rostros de sus amigos.
—En mi opinión, Melrose está siendo engañado y robado en la actualidad... Yo creo que si no intervenimos nosotros en este asunto acabará perdiendo la vida en cualquier refriega si no es que le tienden una emboscada y lo asesinan, sencillamente.
Peg Simpson se quedó con la boca abierta; el vaquero emitió un silbido de asombro y Jim Serks miró a Tex, que vibró como la aguja de una brújula.
—¿Qué dices? ¿Tú podrías probar eso, Lee?
—Sí. Barncastle no es el nombre real del ganadero que Stewart mencionó como su jefe. De serlo, es que se ha dedicado a ello últimamente. Se trata de un forajido, de los peores que ha dado esta tierra. Cobarde, además. Él y la gente de Stewart han robado reses de las que llevan el hierro de la M dentro de un círculo. ¡A millares! ¿Que cómo lo sé? Eso es lo de menos ahora...
»Vamos con Stewart... Otro nombre falso, seguramente. Como el de Barncastle. Yo supongo que acabaremos descubriendo que Stewart es uno de los grandes ladrones de ganado procedentes de Nuevo Méjico o Colorado. Ya lo habéis oído hablar... Se le ve capaz de hacer cualquier cosa sucia. Él es el hombre fuerte que respalda a Barncastle. Se hace siempre lo que él dice que se haga. Con seguridad que desea una ruptura entre Barncastle y Melrose. Se procurarán manadas pequeñas de reses en el Norte y el Oeste, efectuando luego una gran incursión contra este rancho. Pienso que Stewart quiere trabajar con rapidez, que aspira a limpiar este lugar hacia la próxima primavera.
—La cosa parece estar bastante clara —comentó Serks al terminar Bruce su discurso.
—¿Os parece lógico ahora que nos aprestamos a proteger a Melrose y Slaughter? —inquirió Bruce.
Todos hicieron unos gestos de asentimiento, en el momento en que Jack, el joven hijo de Melrose, entró allí. Tendría unos dieciséis años y había manifestado una gran simpatía por el grupo de vaqueros desde el principio. Llevaba un revólver al costado. A los pocos minutos les decía:
—Mi padre está hondamente preocupado con lo de Barncastle, teme haber procedido con excesivos apresuramientos, haber sido demasiado receloso. Está espantado y quiere que Luke actúe más lentamente. El capataz pretendía enviarles a ustedes a buscar pruebas de que Barncastle no es lo que quiere hacer ver. Pero papá ha insistido en que esperara...
—Tú vas a ser una ayuda excelente en este asunto, Jack —dijo Tex pensativamente, contemplando con una significativa mirada a Bruce—. ¿Te importaría decirnos qué es lo que piensas de Barncastle?
—¿Que si me importaría...? ¡Diablos! Yo lo odio, odio a ese hombre —declaró Jack, con una energía impropia de sus pocos años.
Se había hecho de noche y Bruce ansiaba entrevistarse con Trinity. Levantóse, anunciando que iba a salir para dar un paseo.
—Yo no pienso aguardar tu regreso, Lee —dijo Peg, sonriendo.

Bruce ensilló su montura y, silenciosamente, sin que lo viese nadie, se encaminó al cañón fijado como lugar de la entrevista. Temía que Trinity faltase a la cita y también el aluvión de sus personales sentimientos. Entre las paredes del cañón, Legs relinchó y su corazón saltó de gozo al llegar a sus oídos, otro relincho a modo de respuesta. A los pocos minutos descubría a Trinity junto a un árbol, con las riendas de su caballo en las manos. Bruce se apeó antes de que Legs se hubiese detenido.
Abrazáronse en silencio. En aquellos instantes, Bruce se sintió pagado por los años de terribles pruebas, la lucha continua por el afán lógico de sobrevivir. Trinity hundió el rostro en su pecho, con las mejillas cubiertas de lágrimas. Pero se repuso en seguida de su emoción.
—Trinity... Me cuesta mucho trabajo creer que puedas ser tú, en carne y hueso. Dame alguna explicación antes de que me vuelva loco. ¿Cómo diablos he podido encontrarte aquí?
—¡Oh! Es largo de contar, Bruce. Sentémonos aquí.
—Oye, Trin: ¿te habrá seguido alguien?
—¡No! Nadie sabe que estoy aquí, no te preocupes.
Al joven seguía pareciéndole imposible tener a Trinity dentro del círculo de sus brazos.
—¿Te acuerdas, Bruce, de aquel día en que cambiaste tus ropas con Barse, llevándote su caballo... y aquel dinero?
—¡Que si me acuerdo! —replicó el joven con amargura—. ¡Quisiera haberlo olvidado!
—Yo, escondida entre los matorrales, presencié la escena, Bruce.
—¿Sabes tú la verdad, entonces, acerca de Barse?
—Sí. Él era el forajido y no tú. Barse fue uno de los acompañantes de Belton. Después de hablar, cruzaste el río...
—Veo que es cierto que estuviste allí —dijo Bruce, suspirando.
—Echaste la carga de Barse sobre tus hombros. Querías que se casara conmigo, asegurando así mi felicidad.
—Sí, eso fue lo que pensé.
—También procediste de esa manera por tu madre... Barse era el hijo predilecto.
—En efecto, Trin, no puedo negarlo.
—Me quedé tan asombrada por lo que había presenciado que quise llamarte y no pude —siguió diciendo Trinity—. Más tarde, te convertiste en un fugitivo. ¿Para qué, en fin de cuentas, Bruce?
—¿Qué estás diciendo, Trin?
—Estabas equivocado... Yo sabía que era a ti a quien amaba. Decidí ir en tu busca, adondequiera que hubieses ido. Pretendía que volvieras, que dijeses la verdad. Quería que obligaras a Barse a confesar su delito. De no haber accedido a esto, aspiraba a compartir tu vida, fuera cual fuera la que te vieses obligado a llevar.
—Una locura, Trinity.
—Locura o no, tal fue el propósito que me forjé. Obré erróneamente. Debía haber proclamado la verdad de lo sucedido allí, en Denison, antes de marchar. Hubiera debido decir a todo el mundo que eras inocente. Ahora ya es tarde. Tengo malas noticias para ti, Bruce.
—¡Oh!
—Barse se volvió a lo de siempre: bebía y jugaba. Ha muerto, Bruce. Lo mataron con motivo de una discusión, en una sala de juego.
—¡Dios mío! —susurró Bruce.
Trinity abrazó al joven con infinita ternura.
—¿Y mi madre?
Bruce había hundido la barbilla en su pecho.
—Lo de Barse era de esperar. Se trata ahora de probar tu inocencia. Esto será, en cierto aspecto, otro golpe para ella. Y te expones a que te maten antes de que haya sido alcanzado ese objetivo. Tu madre, de momento, se encuentra debidamente atendida. Nuestros amigos los Spencer se la han llevado a su rancho.
—¿Sí?
—Las cosas, en lo tocante a ti, se han ido enredando, Bruce. Ahora hay que pensar en un plan de acción.
—Antes de seguir adelante, Trinity, háblame de ti. ¿Dónde estuviste? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Por qué estás aquí?
La chica puso al corriente de las circunstancias de su encuentro con Melrose, hablándole de Liger Tanner, del capitán Maggard y de la forma en que había demostrado ser la hija del ranchero.
—Eso es algo maravilloso, Trin. Son las únicas buenas noticias que he tenido, desde mi salida de Denison.
—¿Las únicas, Bruce?
Trinity se acercó más al joven.
—¡Oh, no! Se me había olvidado... Perdóname.
Bruce la estrechó suavemente contra su pecho.
De pronto, la rechazó con un brusco movimiento.
—No podemos seguir así, Trin.
—¿Por qué?
—Soy un hombre marcado. Ha sido puesto un precio a mi cabeza. Tú eres la hija de un rico ranchero. Tienes una familia. No puedo arrastrarte a una vida terrible como la que me he visto y me veré obligado a llevar. No lo haría aunque siguieses siendo la Trinity de los Spencer.
—Si me amaras de veras no repararías en tales cosas, Bruce.
El joven contempló el rostro de ella a la pálida luz de la luna. Estaba más bella que nunca. En sus negros ojos descubrió una sombra de tristeza. Comprendió de repente que el amor que por Trinity sintiera tiempo atrás no había hecho más que cobrar una mayor intensidad a lo largo de meses y meses de privaciones y duras experiencias.
Ella pareció advertirlo, insistiendo:
—Tenemos que forjarnos planes, Bruce, no lo dudes. Hemos de pensar en la forma de arreglarlo todo. Yo me siento rebosante de propósitos e ideas.
Bruce se separó de Trinity, comenzando a pasear de un lado para otro. Ella, sentada sobre una roca, lo observaba en silencio. Bruce pensaba en Quade Belton, en Barncastle, en Melrose, el padre de Trinity. De una cosa estaba seguro... Belton no viviría mucho tiempo después de que volviera a encontrárselo en su camino. Los problemas de Melrose se desvanecerían. Éste quedaría libre de preocupaciones por algún tiempo. Luego, seguiría su camino, solo. Ahora, no podía decírselo a ella...
—Cuéntame más cosas acerca de este rancho de Brazos, Trin.
—Esta zona es la mejor de Texas. Papá la explota hasta Big Wichita.
—¿Qué hay por lo que respecta a los ladrones de ganado?
—¡Oh! Han circulado rumores referentes a algunas incursiones de esa gente. Mi padre asegura que no es nada grave. Ve estos hechos como consustanciales al crecimiento del país.
—Puede que se trate de algo más serio. ¿Qué dice de Barncastle?
—¿Tú lo conoces?
—Mucho más de lo que tú te imaginas. Y escuché la conversación que sostuvo Stewart con el viejo Slaughter.
—Iban a ser socios... Eso ya no es posible —replicó Trinity, acalorada.
—¿Por quién lo tomó Melrose?
—Barncastle dijo que era un gran ganadero, que poseía un rancho en Kansas y otro en la frontera de Nuevo Méjico.
—¿Has llegado tú a ver ese hombre?
—Nunca de cerca, Bruce. Pero, ¿a qué viene ese interés por la persona del señor Barncastle?
—¿Dónde se encuentra ahora?
—Salió de ese territorio hace un mes, con sus hombres. Días atrás llegó aquí un mensajero. Alguien disparó sobre Barncastle hallándose el hombre en Mendle. Resultó herido, pero no mortalmente. Pero... ¿por qué?..., ¿por qué?...
—¿Reveló el mensajero la identidad del agresor de Barncastle?
—Seguro que no.
—Me parece que debemos ir habituándonos a lo más sorprendente, Trin —dijo Bruce—. Fui yo quien disparó sobre Barncastle. Otra sorpresa más: Barncastle es Quade Belton.
—¡Oh, no! —exclamó ella, poniéndose en pie de un salto.
—Sí. Y la próxima vez no erraré el tiro.
Trinity se acercó al joven, dejando caer una de sus manos sobre su hombro.
—¿Tiene que haber forzosamente una próxima vez?
—Mucho me temo que sí.
—¿En qué te has convertido, Bruce? ¿En un bandido más? Es triste que te sientas apenado por no haberlo matado anteriormente. ¡Oh! Ya sé que has sido provocado... Sin embargo, pese a todo, ¿por qué no podemos salir de aquí juntos?
—No digas desatinos, Trin. Terminaríamos nuestros días en la llanura.
—Tú saliste de ella. Y yo soy tan buena jinete como cualquier vaquero. Podríamos irnos esta noche... Mañana, quizá...
—Nos perseguirían, Trin.
—Pues vete por donde viniste. Yo te proveería de lo necesario. Luego, me reuniría contigo en Nuevo Méjico. Podríamos trasladarnos posteriormente a Arizona. Nadie conseguiría ya dar con nosotros.
—Belton y Stewart tienen que dar con alguien que les pare los pies. Son tan peligrosos como unos reptiles. Tu padre necesita ayuda.
—¡Oh! Eres tan terco como siempre, Bruce —repuso Trinity, irritada.
Bruce no hizo caso de sus últimas palabras.
—Se repetiría la historia de siempre. Esa gente efectuará unas cuantas incursiones de escasa importancia, que se tornarán progresivamente más graves, y al final Melrose quedará arruinado. Belton, o Stewart, si es que engaña realmente a su compinche, se esfumarán para ensayar el mismo truco en otro sitio.
—Y tú te crees capaz de conseguir que eso se acabe...
—Tengo que intentarlo.
Trinity miró a Bruce, pensativa.
—Siento haberme dejado llevar de mi impaciencia... —dijo después—. He sido una egoísta. Pensaba solamente en ti y en mí. Tienes razón. Pero, ¿cómo te propones pararle los pies a Belton? No puedes lanzarte en su persecución. Nadie probó nunca que estuviese relacionado con el atraco de Denison. Goza de libertad para ir de un lado para otro, a donde le plazca. Tú, no.
—Todavía no sé qué es lo que voy a hacer. Trin: si yo te prometiera salir de aquí más tarde, reunirme contigo cuando las cosas se hubiesen arreglado, ¿accederías a que yo me quedase aquí para prestar ayuda a tu padre?
—¡Oh! ¡Sí, sí, sí! Tendrás que hacerme otra promesa... Permaneceremos a la expectativa. Si por aquí apareciera algún «ranger» u otra persona que te identificara..., nos iríamos. Te irías tú y yo te seguiría.
Bruce se dijo que no daría nunca con la forma de engañar a aquella indomable Trinity.
—De acuerdo.
Con un suspiro de alivio, ella se arrojó en sus brazos.
—Eres una mujer maravillosa, Trin.
—¿Y no debo obtener ninguna recompensa por ello?
—Te la mereces. Pero todo el oro de las minas de este país no me bastaría para recompensarte.
—No es oro lo que yo deseo. Yo quiero que me ames. Olvídate de que eres Bruce Lockheart un rato. Tendrás que darme muchos besos a modo de compensación por el tiempo que he pasado sin ellos.
Lo increíble había ocurrido. En esto pensaba Bruce. ¿Sería capaz de engañar a Trinity y dejarla? ¿Tendría fuerzas suficientes para proceder así?
—Tengo que marcharme ya, Bruce. Pudiera extrañar a alguien una ausencia demasiado prolongada.
Él la acompañó hasta el sitio en que Trinity dejara su caballo. La joven se enfrentó con Bruce.
—Siempre que te mire así, Bruce, ¿te acordarás de que estoy diciéndote que te amo?
—No podré olvidarlo —replicó él, gravemente.
Trinity le lanzó un beso con la punta de los dedos, perdiéndose entre unos árboles.
Capítulo IX

ESTABAN desayunándose los cinco hombres, a la mañana siguiente, cuando entró en su alojamiento Slaughter, quien pidió a Bruce que acompañara a Jack Melrose, en una expedición de caza del ciervo por los alrededores de las fuentes del Brazos.
—De paso —añadió Slaughter—, te fijarás bien en lo que ocurre o pueda ocurrir por allí. Es que andamos necesitados de un poco de carne de venado en el rancho.
Esta orden implicaba el cruce de los pastos, más allá de los corrales. Había en el rancho un par de docenas de caballos de hermoso aspecto. Apareció el joven Jack en compañía de dos mustangos de finas patos y bella estampa. En uno de ellos había puesto ya el ojo Bruce...
—Buenos días, Lee. Aquí tienes a tu montura de hoy. Es la de Trin. Quieres que haga un poco de ejercicio.
—¡Dios mío! Es una hermosa bestia... Bueno, ¿a cuento de qué vienes esta cacería, chico?
—Cosas de Trin. Ella es quien rige este rancho y tenlo bien presente en lo sucesivo. Dijo que necesitaba carne de venado y convenció a Luke para que te indicara que cuidases de mí.
—Me figuro que vamos a ver algo más que ciervos, Jack.
—¿Por qué lo dices?
—Slaughter quiere que le informemos sobre movimientos de ganado y jinetes dentro de la zona.
Ensillaron sus monturas. Jack entró en el almacén por un rifle mientras Bruce tomaba el paquete de la comida, de manos de Tex.
—Le dije al jefe que dentro de un rato podía salir a echaros un vistazo, pero me ha ordenado que me quede aquí. ¿Qué piensas tú de eso?
—Alguien tiene que permanecer en el rancho en todo momento.
—Es chocante... En fin, sigamos el juego, como si hubiese comanches por en medio.
Los dos expedicionarios se acomodaron en sus monturas. Encamináronse hacia la masa de los bosques.
Cruzaron la corriente de agua, pasando a la orilla opuesta. No estaban ni a ochocientos metros de la escarpadura, por su base. Por la ladera se veían muchos matorrales y algunos árboles aislados.
—Mira, Jack... Voy a probar suerte por aquí. Nos conviene cazar lo más cerca posible del rancho. Mantente atento a todo lo que suceda a tu alrededor y avísame con un silbido si observas algo de particular.
Se separaron. Varios conejos se deslizaron velozmente por delante del caballo de Bruce. Éste avistó pronto un ciervo y un faisán. La caza abundaba por allí y él prefirió que fuese Jack quien se ocupara de aquella parte de la excursión.
Era aquél un día de verano, cada vez más soleado y caluroso. Inmerso en aquella prodigiosa vegetación, Bruce apenas podía creer en ciertos hechos reales de su existencia. Trinity había tenido un gesto elocuente. No le importaba que su joven hermano supiese que le agradaba aquel vaquero recién llegado al rancho. Ella lo amaba. Soñaba con el futuro en su compañía. Era tan inteligente, como dulce y animosa. Había influido para que Jack, el viejo Melrose y el capataz formaran una buena opinión sobre la persona de Bruce. Él no se atrevía a hacerse ilusiones. De haberse sentido libre y a salvo, ¿cómo no pensar en una vida nueva, en aquella tierra riquísima de Texas?
Sus meditaciones fueron interrumpidas por un disparo de rifle, al que siguió un silbido. Bruce picó espuelas, no tardando en descubrir a su compañero. Habíase apeado y con el rifle entre las manos, se inclinaba sobre un ciervo caído. Se trataba de una pieza magnífica.
—Buen trabajo, muchacho.
—Le di bien. Te ha llegado el turno, Lee. Si podemos llevarnos dos, mejor.
En muy poco tiempo, desollaron al animal, colgándolo de la rama de un árbol. Seguidamente, se encaminaron al Sur, manteniéndose siempre junto a la primera fila de los árboles de aquel bosque. Bruce avistó un oso negro en la ladera de la elevación. El animal, al advertir la presencia de los cazadores, se precipitó dentro de unos altos matorrales. La vegetación se espesaba más y más en la dirección que habían enfilado. Bruce pensó que a unos veinticinco kilómetros del rancho quedaban las arboledas en otro tiempo utilizadas como escondites perfectos por los salvajes, renegados, cazadores de búfalos y, últimamente, ladrones de ganado.
A unos ciento cincuenta kilómetros, aproximadamente, Bruce había estado dedicado a la caza del búfalo. A continuación venía la zona más agreste de Texas. Había por allí agua, pastos y caza en abundancia, originando la existencia de escondrijos ideales como refugios de forajidos que jamás podrían ser arrestados.
—Ya que llevas encima ese anteojo, Jack, sube a ese cerro y echa un vistazo por los alrededores —sugirió Bruce.
Se pararon en la base de la elevación, e iniciaron al final el ascenso juntos. Tropezaron con muchos obstáculos, pero alcanzaron su objetivo. Encontráronse a una altura de ciento cincuenta metros sobre el terreno circundante.
—¡Qué paisaje, Jack!
Corrían a sus pies una serie de hilos de agua que se fundían luego hasta formar el río, convirtiéndose en una masa purpúrea inmensa. Hacia el sur del Brazos vieron muchas reses. El joven Melrose aseguró que eran de las que llevaban el hierro de la M encerrada en un círculo.
Tras una detenida inspección del panorama, Jack tendió el anteojo a Bruce.
—¿Te das cuenta? He visto dos jinetes que estaban dedicados a la tarea de conducir el ganado en pequeñas manadas hacia la zona más baja del Brazos.
—¿Hay tejanos capaces de comprar reses a bajo precio sin hacer la menor pregunta?
—Los hay, sí... algunos. ¿De dónde procederán esos humos?
—Pronto lo averiguaremos. Me da el corazón de que alguien ha acampado por ahí abajo, pero ocultándose debidamente.
—Sean quienes sean, están bien escondidos. Bajemos a comer ya, Lee, y regresemos al rancho.
Volvieron sobre sus pasos. Bruce tuvo más de una ocasión de disparar, pero estaban demasiado lejos del rancho para cargar excesivamente a sus monturas. Recogieron a media tarde el animal que desollaran y Bruce lo colocó sobre la silla de Jack. Por el camino, aquél hizo unas demostraciones de tiro al muchacho, tomando como blanco unos pavos salvajes.
—Alguien ha oído mis disparos —señaló Bruce poco después.
—¿Quién?
—Me parece que es tu hermana.
—Trin monta muy bien. Sin embargo, ésa no es su manera de correr. Algo pasa...
—Apretemos el paso un poco más.
Se encontraron con ellas a cerca de un kilómetro del lindero del bosque. Bruce escrutó el rostro de la joven, buscando confirmación a sus temores. Sus ojos la delataban. Bruce se quedó mudo mientras Jack le preguntaba:
—¿Sucede algo, Trin?
—No... Solamente quise saliros al encuentro... Pretendía hablar con Lee.
—¿Con Lee? ¿No te parece demasiado pronto para...?
—No. Lee es un antiguo amigo que conocí... tiempo atrás... en Waco, cuando visité esa población... con papá.
—¿Pero qué historia me estás contando?
—No dispongo de tiempo para explicaciones ahora, Jack. Las daré cuando estemos en casa. ¿Te importaría echaros delante?
—Claro, Trin. No te preocupes por mí. Lee y yo somos buenos amigos.
Trinity dirigió una trágica mirada a Bruce.
—¡Hoy llegaron cuatro «ranger», inquiriendo noticias acerca de Bruce Lockheart!
La impresión experimentada por el joven fue terrible, a pesar de llevar mucho tiempo esperando algo semejante. Las palmas de sus manos se cubrieron de sudor. Inmediatamente, se vio como un animal acosado, mirando a su alrededor, gobernado exclusivamente por el instinto de conservación. Había que luchar y matar. Sus bellas esperanzas se desvanecían para siempre.
Atento a su tormenta interior, apenas notó el contacto de la mano de ella, posada sobre la suya. Después, la miró. Le embargó una dulce emoción. Trinity lo amaba hondamente. Estaba terriblemente asustada. No podía hablar. Adivinó lo que pasaba por su mente.
—Ven por aquí, querido...
Se escondieron detrás de unos árboles. Jack comenzó a moverse con más lentitud, sin volver la cabeza.
—A ver... Dime... ¿De quién se trata?
—Es el sargento Blight, uno de los hombres del capitán Maggard. Conocí a Blight hace varios meses..., en Waco. No conozco a ninguno de sus tres compañeros, en cambio.
—¿Han venido por mí? —inquirió Bruce.
—Todos los hombres de Maggard andan en busca de ti —dijo Trinity con un esfuerzo—. Se dividieron en Mendle... Blight siguió un rastro al pie de las colinas, por si acaso... Maggard se acercó a Dodge con tres hombres. Los demás se quedaron en Mendle.
—¿Cómo sabes tú todo eso?
—Se lo oí explicar a mi padre. «¿Bruce Lockheart? ¿Dónde he oído yo ese nombre?» Luego, censuró la conducta de Maggard. «¿Por qué no se dedicará a perseguir a los ladrones de ganado que viven sobre las costillas de los rancheros de Texas?», comentó indignado. Bruce: es lo que habíamos pensado. Maggard vendrá aquí. Blight tiene órdenes de esperarle.
—La cosa no me parecería tan mala si se me deparara la ocasión de echarle mano a Belton.
—¿Matarle a tiros y huir luego?
—Sí. Ahora, o nunca...
—Hablemos de esos «ranger», Bruce —le interrumpió ella, reaccionando con fiereza—. Tu primera idea es la de encontrarte con ellos dentro del mismo juego: matar.
—Pues sí, Trinity. Se trata de uno de los instintos del hombre. Me han estado acosando como si fuese un perro rabioso. Estoy cansado de huir y de esconderme. Al final me derribarán... ¿Por qué no?
—Eso es lo que me aterroriza en ti, Bruce —protestó ella apasionadamente—. Lo temía... Sabía que... Pero, Bruce, ¿y tu promesa?
—No puedo mantener mi promesa.
—¡Oh, querido!
—¿Pero es que no puedes ser razonable una vez, Trinity? No puedo mantenerla. A menos que me rinda. ¿Y cómo voy a hacer tal cosa?
—Bruce: yo te amo, te quiero con toda mi alma... Es nuestro futuro lo que está en juego. Por eso deseo que pienses en ello y que deseches el odio, la pasión de matar...
—¿Me estás pidiendo que me entregue a los «ranger», Trinity?
—No. Te estoy pidiendo que no hagas nada que pueda volverse contra ti, Bruce. Poseo un sentido de las cosas, más real que el tuyo. El sargento Bligh no te conoce. Los otros tampoco. Tienes que irte de aquí, pero éste no es el momento más indicado. Te traicionarías, de desaparecer ahora. Tú vas a quedarte y si no somos capaces de engañar a esos hombres en que no merecemos la felicidad. Lo que te propongo es factible, Bruce.
—Conforme, entonces. Haré lo que tú quieras.
—¿Es que no puedes abandonar tu aire reservado y frío, Bruce? ¿No te sientes capaz de presentarte ante los demás como un sencillo vaquero, con toda naturalidad, contento de su suerte?
—¡Que Dios me ayude!
—Ayudémonos mutuamente, primero. Tal vez si me dieras un beso cambiaras algo...
—Trinity...
Luego, sobre su montura, la joven, con el rostro encendido y los cabellos un tanto en desorden, no parecía la misma.
—¿Cómo me encuentras?
—Maravillosa. Ningún «ranger» podría tomarte por la novia de un forajido.
—Vámonos. No te olvides del papel que tienes que representar. Llama siempre a papá «coronel». Hazlo por mí, Bruce.
—¿Qué piensas hacer ahora? —inquirió Bruce.
—No te preocupes por eso. Sígueme.
Trinity obligó al caballo a dar media vuelta y salió disparada.
Jack le aguardaba. Aparentemente, no pensaba en nada de particular. Bruce paseó la mirada por el rancho. Vio unos jinetes enfrente del almacén. Tex Serks andaba por allí, contemplando con interés la escena. Estaban siendo descargados dos carromatos con provisiones. Melrose y Slaughter se encontraban en el porche.
Capítulo X

—LA excursión fue estupenda, papá —declaró Jack a voz en grito—. Derribé un ciervo del primer disparo. Y me habría gustado que vieses a este vaquero haciendo fuego sobre unos pavos salvajes sobre la marcha.
Estas palabras hicieron que la atención de todos se concentraran en los recién llegados.
El rostro de Bruce revelaba bien a las claras que veía por vez primera a aquellos «ranger».
—¡Hola, sargento Blight! —fue el cordial saludo de Trinity al alargar la mano al «ranger»—. Bien venido al rancho de Brazos Head.
—Señorita Melrose: es un placer para mí. Desde luego, la hubiera conocido al verla en cualquier otra parte, pero... ¡hasta qué punto puede cambiar una muchacha en varios meses!
—Gracias, si es que debo considerar sus palabras como un cumplido... Sargento: permítame que le presente a mi prometido, Lee Jones, de Uvalde.
—¿Ah, sí? ¿Su prometido? Bien. ¿Cómo está usted, Jones? Me alegro de conocerle... Y no tengo más remedio que felicitarle muy cordialmente —replicó el «ranger», evidentemente desconcertado al alargar su mano a Bruce.
Las palabras de Trinity produjeron en Bruce un tremendo impacto, basta el punto de que estuvo muy cerca de caerse del caballo. De manera que aquél iba a ser su juego... ¿Y qué sucedería ahora? Era ya demasiado tarde para retroceder. Tenía que seguir adelante.
Melrose, que se había quedado paralizado al escuchar las frases de Trinity, contemplándola con la boca abierta, no pudo menos de saltar:
—¿Qué significa esto, Trin? ¿Tu prometido, has dicho?
El rostro de Trinity se encendió como la grana. Este rubor y su confusión eran completamente naturales, gracias a lo cual resultaban también más efectivos.
—Bueno, papá —contestó—. Haz el favor de no colocar a Lee en una situación embarazosa delante de nuestros visitantes.
—¡Diablos! ¿Tú, comprometida, hija? Con Jones. ¡Pero si él acaba de llegar aquí!
—Se trata de un breve romance, papá —replicó ella—. Lee y yo nos conocimos cuando tú me llevaste a Waco. Nos tratamos... Llegamos a comprendernos mutuamente. Después reñimos. Fue culpa mía... Posteriormente, Lee se ha presentado aquí con objeto de verme. Estamos de acuerdo... y nos sentimos muy felices.
—Me dejas pasmado, hija... No sé qué pensar... Bueno, con más tiempo, ya me ocuparé debidamente de este asunto, en sus menores detalles.
Bruce simuló sentirme muy afectado.
—Me consta que nunca podré ser lo que usted deseaba para su hija, por mis pocos merecimientos, coronel. Rogué a Trinity que me permitiera hablar con usted antes de decir nada.
—Pide al sargento Blight que cene con nosotros, papá —dijo Trinity, empuñando de nuevo las riendas—. Lee: te espero... Tengo que darme prisa ahora si no quiero que se me haga demasiado tarde.
Al apearse, Bruce no se atrevió a mirar cara a cara a Peg y Tex. No obstante, advirtió que no lo perdían de vista. Afortunadamente, acudió el joven Jack en su ayuda.
—Supongo que te gustará la carne de venado. Córtate unos pedazos, si te parece bien, y dejaré el resto para la casa.
Luego, habló el sargento Blight.
—¿Podemos probarla nosotros también? Nos hemos quedado sin provisiones, casi.
—¡No faltaba más!
Bruce había desensillado al mustango, el cual salió corriendo en dirección a las cuadras, sin más. Melrose continuó charlando con los «rangers». Toda la escena se había desarrollado sin que surgiera nada que justificase las preocupaciones de Bruce. Le costaba trabajo creerlo, sin embargo. Le parecía estar en otro mundo. Ahí era nada: cenar en la casa del rancho, ¡y en compañía de Trinity! ¿Sabría afrontar airosamente semejante prueba? Estremecióse. Estaba asombrado por el buen juicio de que había hecho gala ella y también por la determinación con que se había aplicado a la tarea de salvarle.
Estaba oscureciendo cuando penetró en su alojamiento. Al enfrentarse con sus camaradas, Bruce comprobó que su actitud hacia él había cambiado... para mejorar.
—Me estáis mirando como si fuese un bicho raro —protestó el joven.
—Es agradable esto de ver cómo se consolida nuestra posición aquí —comentó Tex Serks.
Jim hizo un gesto de asentimiento, aprobando así la elocuente consideración de su hermano. Peg le guiñó un ojo y el atezado rostro de Juan se iluminó con una sonrisa.
—La verdad es que nosotros nos alegramos de todo por ti —declaró Peg—. Y apostaría cualquier cosa a que Trinity es también una mujer afortunada.
—Gracias, Peg. Me siento más a gusto ahora... Escucha esto, Tex...
Bruce procedió a contarle lo que él y Jack habían visto desde la elevación, en las fuentes del río.
—Bien, muchachos —replicó Serks—. Esto se va espesando. Aquí tienes nuestra historia, Lee. Peg y Juan no pudieron localizar ningún campamento en Blazes y Waterhole. Después emprendieron el regreso para seguir el rastro de Stewart. Juan le localizó carretera abajo y en el puente donde nos esperaste el día de nuestra llegada. Unos kilómetros más adelante, aquél se orientaba hacia el Sudoeste. ¿Qué deduces de eso?
—Nada bueno.
—Voy a ponerlo todo en conocimiento de Slaughter. Por la mañana, Peg y Jack podían cubrir unos cincuenta o sesenta kilómetros en dirección al Norte, juntándose con los vaqueros de Melrose. Juan, tú y yo seguiremos el rastro de Stewart.
—De acuerdo.
—Es casi seguro que los humos que visteis procedieron de los acampamientos de Stewart. Tan pronto como localicemos a esa gente nos esconderemos hasta la noche y después seguiremos a pie.
—Eso significa que habremos de estar ausentes toda la noche —opuso Bruce, muy serio—. El sitio queda algo lejos, a más de treinta kilómetros.
—Aprovecha esta noche para cortejar, muchacho. Es posible que nos ausentemos por un par de días.
—Supongo que conseguiremos localizar a Stewart. ¿Qué haremos después?
—El jefe querrá que le vigilemos. Tarde o temprano averiguaremos por qué acampa a unos noventa kilómetros de los lugares en que se encuentra el ganado perteneciente a Melrose.
—No sabemos de cuántos jinetes disponen Stewart y Barncastle, Tex.
—No. Y ésa es otra cosa que hemos de averiguar.
Un rumor de pasos y unos golpes en la pared, cerca de la puerta, precedieron a la voz de Melrose:
—Vamos, Jones. Ya podemos trasladarnos a la casa.
Bruce se inclinó sobre Tex, diciéndole en un susurro que deseaba que prestara atención a las conversaciones de los «ranger» siempre que pudiese hacerlo sin que lo viesen. Seguidamente, el joven salió, viendo al ranchero, el sargento y el capataz, que le estaban esperando en el porche. Echaron a andar. Melrose reanudó su charla con Slaughter y Blight, referente a los ladrones de ganado. Bruce escuchó atentamente cuanto se decía. El «ranger» se mostraba reacio a admitir que el robo de ganado prosperara en una zona alejada de los principales centros de contratación.
Entraron al cabo de unos minutos en una hermosa sala, que contaba con una larga y maciza mesa en el centro. Había allí una gran chimenea. Y también varios cómodos sillones, una estantería con libros y varias lámparas. Bruce vio hasta ocho puertas. Una de ellas daba a una cocina de la que salía un aroma particularmente grato. Pero lo que más le llamó la atención fue una panoplia cubierta de rifles.
—Siéntense, amigos —dijo el ranchero—, mientras preparo algo de beber. La cena no tardará en ser servida, a juzgar por el olor que llega hasta aquí.
Pocos minutos después, Bruce se decía que no recordaba la última vez que se había encontrado ante una mesa tan bien surtida. Trinity, radiante, se había colocado junto a él. Buscó su mano atrevidamente por debajo de la mesa. Se la oprimió con ternura.
Habló el viejo Melrose:
—Me gustaría escuchar de sus labios un brindis, Jones.
Trinity volvió a oprimir la mano de Bruce, tras lo cual se sintió confiado, como si aquélla hubiese sido una situación normal para él.
Púsose en pie tras coger su copa:
—Coronel: nunca he sido un bebedor. He tenido siempre que esforzarme por conservar el pulso firme. Pero en esta ocasión, seguramente la más maravillosa de mi vida, me atrevo a levantar mi copa para brindar por la felicidad de los Melrose y la prosperidad de su hermoso rancho del Brazos Head.
El ranchero hizo un gesto de aprobación.
—¡Muy bien dicho! ¡Caramba con tu vaquero de Texas, Trinity!
Bruce se sentó un tanto confuso. Habíase dado cuenta de que por unos momentos había olvidado su papel de sencillo vaquero. Se sintió como una paja arrastrada por una fuerte corriente. ¿Qué pensarían de él Melrose y el «ranger»? Trinity le susurró algo al oído, pero se trataba de una frase agradable. Es lo que se figuró, pese a no haberla entendido.
Slaughter y el sargento Blight se marcharon pronto.
—Mañana por la mañana saldré con Lee, papá —anunció el joven Jack.
Melrose hizo un gesto de resignación.
—Si Jones y los chicos de Serks no dicen nada en contra, por mi parte conforme, hijo.
Bruce procedió a referir al ranchero lo que él y Jack vieran durante su excursión.
—La cosa encaja con lo que Serks notificó a Luke esta noche —señaló Melrose pensativamente—. Se avecinan días de movimiento... Si queréis que os diga la verdad, muchachos, he de confesaros que hace tiempo que esperaba esto. He tenido suerte, desde luego, al disfrutar de un largo respiro.
—¿Cuál es el papel de Barncastle en este asunto? —inquirió Bruce.
—Estoy a punto de renunciar a todo con respecto a él, Lee —declaró el ranchero con un gesto que denotaba su cansancio—. Voy a concederle unos cuantos días más de plazo y después...
—A ese hombre no tienes que hacerle ninguna concesión —le interrumpió Jack.
—No me obligues a precipitarme —replicó Melrose, impaciente—. Todo a su tiempo. No acostumbres a formular juicios apresurados sobre los hombres. Lee: yo tenía un hermano, más joven que yo, a quien la guerra dejó en la ruina. Si yo hubiese sido tolerante y comprensivo, en lugar de violento y receloso, habría podido salvarlo. Optó por seguir el mal camino... y los «ranger» lo mataron.
Bruce asintió.
—Algún día le contaré mi historia, señor Melrose. Y le diré por qué me convertí en un jinete solitario, en un individuo de carácter irascible...
Trinity medió en la conversación silenciosamente, dejando caer una de sus manos sobre el brazo de él.
Bruce pareció volver de pronto a la realidad.
—¿Quién es ese jinete solitario, de carácter irascible? —inquirió la joven dulcemente.
—Yo —respondió Bruce apasionadamente—. ¡Dios mío! Tú sabes que soy así...
Jack aprovechó la pausa que se produjo para intervenir.
—Desde luego, Lee, tienes que ser un hombre de carácter, ya que de lo contrario no habrías salido de la nada para ayudarnos en la presente situación. Papá: no hagas caso de este vaquero que gusta de hablar mal de sí mismo. Y concédele unos minutos para que esté a solas con Trinity. Esto podría hacerle olvidar muchas cosas... Buenas noches, amigo.
—Jack es como mi hermano, sólo que más firme, más inteligente. Él nunca optará por el mal camino... Lee, ¿qué le parece si habláramos, usted y yo, con entera franqueza?
—Es lo mejor que puede suceder, si realmente puedo serle útil en las presentes circunstancias.
—Trinity: déjanos solos unos minutos.
—No, papá. Lo que digas a Lee es de la máxima trascendencia para mí. ¡Es una cuestión de vida o muerte! —subrayó ella, empalideciendo visiblemente.
—Cuando te veo reaccionar así, hija, me recuerdas a tu madre. Tal vez eso sea bueno. Si me acuerdo de aquel día en que huí con ella, quizá me avenga a ser amable con Jones.
—¿Puedo quedarme entonces, papá?
—Tú sabes perfectamente que yo ladro más que muerdo... Vamos, Jones. ¿Quién diablos es usted?
—Seré en definitiva lo que usted decida.
—Mire, Jones: Yo siempre he pensado que todo el mundo es bueno y honrado al menos que se demuestre lo contrario.
—¿Quiere usted indicar que no soy lo que aparento?
—¡Diablos! No eres lo que pretendes aparentar, desde luego. El brindis de esta noche, por la prosperidad y felicidad de los Melrose, me ha dado que pensar. No te expresas ciertamente como un solitario vaquero.
—¡Soy eso, sin embargo!
—Pues entonces has sido otra cosa, tiempo atrás. Hay clase en ti. Desde ese punto de vista, nada tengo que objetar a tu acercamiento a ella. Bien. ¿Qué es lo que tienes que decirme?
—Si me da usted tiempo, Melrose —dijo Bruce, animado por el repentino y continuado tuteo—, le contaré cuanto se relaciona con mi persona.
—¿Sí? ¿He de darte un poco de tiempo? ¿Para qué?
—Si le hablara con toda sinceridad ahora, lo más seguro es que se deshiciera de mí violentamente.
—Bueno, tú me das la impresión de poder afrontar cualquier prueba por Trinity, por dura que sea.
—Y no se equivoca. Pero de deshacerse de mí no me sería posible ayudarle con la eficacia con que sé que puedo ayudarle...
—Yo confío en ti, Lee, ya que de otro modo no nos hablaríamos en estos términos. Sin embargo, no me agrada mantenerme sumergido en las sombras.
—Jefe: usted es un gran tejano —saltó Bruce—. ¡Dios mío! Por supuesto que no voy a ocultarle absolutamente nada.
Trinity abrazó a Bruce.
—No. Ya has dicho bastante. Espera. Éste no es el momento más oportuno. Si mi padre te rechazara y tú te fueses... ¡no te irías sin mí!
Melrose se rascó la barbilla, perplejo.
—Trinity: ¿qué manera de hablar es ésa? Yo no he querido nunca que abandonases el rancho.
—Comprende mi punto de vista, papá.
—Es bastante fácil de comprender. A mí me agrada este extraño vaquero tuyo. Pero si como ya has dicho, yo podría rechazarlo ahora mismo, de haber confesado, ¿por qué no he de hacer eso más adelante?
—Hay que correr un riesgo. En este momento, lo importante es que tú necesitas de Lee. Tú podrás contratar los servicios de otros vaqueros, buenos jinetes, hombres que saben manejar un revólver. Pero no darás con ninguno que, como éste, sepa ver a través de Barncastle y los suyos.
Melrose se puso en pie. De su rostro había desaparecido la expresión ceñuda.
—Lee. ¿conociste a Barncastle tiempo atrás?
—Sí, en efecto.
—¿Y no es lo que pretende ser?
—No. Ni mucho menos.
Melrose experimentó una sensación de alivio que se reflejó en su cara.
—Dejemos entonces las cosas como están. Seguirás con nosotros, con la garantía de Trinity... Bueno, olvidaos los dos de mis palabras de hace unos instantes. Charlad un rato a solas, si ése es vuestro deseo.
Melrose se fue. Mientras Bruce se rehacía de sus últimas impresiones, Trinity apagó la mayor parte de las lámparas, dejando una que proporcionaba una luz indirecta, muy suave. Acercó al fuego de la chimenea un sillón y obligó a Bruce a sentarse en él. Seguidamente, se sentó sobre sus rodillas y hundió la cabeza en su pecho. El rostro de la joven se cubrió de lágrimas...
—No llores, querida —susurró Bruce—. Te has portado maravillosamente. Lamento mucho haber fracasado casi, por mi parte...
—Bruce... Sería mejor que te llamara Lee, ¿no? Estuviste perfecto. Has caído bien a todos. En cuanto a mi padre... Nunca le he visto hablar con tanta seriedad. Le causaste una gran impresión. Lloro porque todo ha terminado bien. Fuiste aceptado... Y si logras ayudar eficazmente a mi padre, él pasará por alto todo lo que has hecho... Y podremos ser felices.
Bruce sucumbió fácilmente al encanto de aquella hora.
—Se me ocurrió una idea maravillosa, Lee —le susurró ella al oído—. ¿Quieres que te la diga? Vas a volverte loco de alegría.
—¡Imposible! Ya lo estoy.
—Verás... Voy a hacer que pongan en condiciones el sitio en que nos vimos anoche.
—¿Para qué?
—Para levantar allí en su día una casa, para nosotros. En ese lugar quedará protegida de los vientos del Norte. Y dispondremos a mano de todo lo necesario... Esa casa será una especie de monumento, un hito que me recuerde cada día lo bueno que ha sido el cielo conmigo al traerte hasta aquí, hasta nuestro rancho de Brazos Head.

La noche era fría. Aullaban los coyotes en la lejanía. Bruce salvó la distancia que le separaba de su alojamiento pensando en mil cosas a la vez. Una luz en su habitación le hizo volver a la tierra. Peg y Serks estaban levantados todavía, fumando junto a un montón de rojas brasas, lo que quedaba del fuego de la chimenea.
—Esta noche he podido oír algunas cosas interesantes —le dijo Tex en voz baja—. Melrose y el sargento Blight discutieron ahí, en el almacén... Parece ser que esos «ranger», que se encuentran a las órdenes del capitán Maggard, han venido aquí buscando a un tal Bruce Lockheart, asaltador de bancos y Dios sabe cuántas cosas más. Por lo visto, Melrose siente pocas simpatías por esa gente y alega que debieran ocuparse mejor de mantener a raya los ladrones de ganado. Luego, al quedarse solos el ranchero y Slaughter, éstos sostuvieron un largo diálogo en susurros, que entendí en parte. Melrose quiere hacerse aquí con más hombres y el capataz piensa que con nosotros pueden arreglarse bien. Es todo un cumplido, ¿no?
»Luego, expliqué a Luke lo que queríamos hacer por la mañana. Se mostró conforme; Melrose me preguntó qué proceder seguiríamos de tener que luchar con un grupo de hombres fuertes. Y Luke dijo: “Nada de luchar abiertamente contra esa gente, si podemos evitarlo.” Melrose quiere estar completamente seguro en lo tocante a la identidad de los ladrones. Lo último que dijo fue que no podía creer que Barncastle figurase entre ellos.
Capítulo XI

POR la mañana, antes de salir el sol, cuando Bruce y sus compañeros estaban desayunándose, Juan Vázquez, de repente, levantó una mano, imponiendo silencio. La puerta del alojamiento se hallaba abierta. Todos prestaron atención.
Bruce oyó un rítmico y rápido batir de cascos sobre la dura carretera.
Tex se acercó al porche, seguido de Peg y Jack. Desde dentro del cuarto, por encima del hombro de Juan, Bruce vio un jinete que se acercaba, procedente del Norte. Por sus movimientos posteriores advirtió inmediatamente que sólo podía valerse de un brazo. Al apearse dejó ver una mano cubierta de sangre y polvo.
—Quiero ver a Slaughter y a Melrose —dijo el hombre.
—No están por aquí todavía. Nosotros llevamos aquí poco tiempo. ¿Quién eres tú?
—Buster Wells, del grupo de Little Wichita.
—Estás herido, ¿eh? —inquirió Tex.
—Tú lo has dicho, vaquero.
—Vamos, entra... Juan: cuida del caballo. Peg: agua caliente y unos vendajes limpios. Lee: ¿quieres ayudarme? Vete en busca del jefe, Jim.
Tex era un hombre rápido y eficiente. La herida estaba en el antebrazo y desde éste la sangre había ido deslizándose, hasta manchar los dedos de la mano. El proyectil había atravesado limpiamente aquel miembro, sin rozar siquiera el hueso. El jinete habría cumplido los veinte años. Tex hizo que le prepararan un café bien cargado de licor, con lo cual el herido pareció reanimarse visiblemente.
Unos minutos después se presentaba en el alojamiento de Bruce y sus amigos, el capataz. Le siguió el sargento Blight y uno de sus hombres.
Buster Wells procedió a explicarles lo sucedido.
—Ayer por la mañana, a esta hora, aproximadamente, nos encaminábamos al Sur con una manada de reses, conforme a las órdenes recibidas, cuando fuimos atacados desde la orilla opuesta del río. Vimos unos jinetes... Yo alcancé con mis disparos a uno de ellos. Luego, otro hizo saltar el revólver de mi mano. No pude utilizar mi rifle, de manera que decidí emprender la huida. Tuve suerte y conseguí burlar la persecución de los ladrones de ganado. ¡Dios mío! Vi cómo derribaban a Art Semper y a Jeff Stevens, que se hundieron en las aguas del río, con sus caballos...
Slaughter estaba profundamente impresionado.
—¿A dónde se dirigían esos bandidos con las reses robadas?
—Sólo Dios lo sabe. Desgraciadamente, disponen de mercados en abundancia, de numerosos compradores deshonestos.
—Me costaba trabajo creerlo, pero así es —replicó el capataz—. Serks: procura que Buster se quede bien acomodado aquí. Hay una litera libre. Vosotros tendréis que estar preparados, esperando órdenes.
—Debiéramos concentrar nuestra atención en esos ladrones y despreocuparnos un poco de la suerte que pueda correr el ganado, ¿no le parece, jefe? —inquirió Tex, muy serio.
—Melrose es quien tendrá que tomar una decisión. Estamos perdiendo reses por manadas. Vivimos unas horas muy críticas.
—Voy a acompañarle, Slaughter —declaró el sargento Blight—. Creo estar en condiciones de poder aconsejarle.
—Bien. Al menos me respaldará —replicó el capataz fríamente.
Serks acomodó a Wells en una litera y el muchacho se quedó dormido en seguida. Poco después llegó Jack Melrose a la habitación de Bruce.
—¿Por qué no estamos ya montados en nuestros caballos? —preguntó—. Luke está discutiendo con mi padre... Echó a Trin de la casa y a mí ni siquiera me dejó entrar.
Bruce explicó lo sucedido a Jack.
—Mayor razón para que salgamos disparados de aquí, ¿no te parece, Lee?
—Si quieres pelear...
—¿Y tú qué piensas, Tex?
—Creo que allí tenemos algo que averiguar.
—Vayámonos, entonces.
—Es mejor esperar, muchacho.
—De acuerdo. Pasemos al almacén ahora. Muchachos, os invito.
—Yo voy a dar un pienso a mi montura, Jack.
Bruce estuvo acariciando al animal y cuando éste hubo terminado, le dio una afectuosa palmada en el anca. Echó a andar hacia el alojamiento, a continuación. De repente, vio una nube de polvo en la carretera que pasaba por las inmediaciones del rancho. Eran tres jinetes y un carro.
Receloso, apretó el paso en dirección a su cuarto, agachándose. Bruce se asomó cautelosamente por entre dos maderos de una valla y el corazón le dio un vuelco. Quade Belton se había apeado del vehículo, empezando a subir los peldaños de la vivienda. Bruce empuñó su revólver. Belton estaba demasiado lejos para acertarle con un disparo y además le acompañaban tres hombres armados. Tampoco podía entrar en la casa y matarlo delante de Trinity y su padre. Tendría que seguir esperando...
Transcurrieron unos minutos interminables. El joven, preparado, con el dedo índice de su mano derecha tanteando el gatillo del revólver, tenía los nervios en tensión. Los jinetes acompañantes de Belton se apearon, poniéndose a hablar junto al carro, entre continuas risas.
De pronto, la puerta de la casa se abrió bruscamente y Belton salió de ella, seguido por Melrose. Intercambiaron unas agrias frases.
«Perfectamente —se dijo Bruce—. Melrose lo ha largado.»
Belton se encaminó hacia la zona del almacén, quedando fuera de la línea de tiro del joven. Éste se guardó el revólver y salió corriendo del corral en que se había metido, avanzando por un terreno cubierto de matorrales, hasta la ladera de una elevación. Descubrió que desde este punto podía alcanzar su alojamiento sin ser visto.
Varios jinetes más acababan de llegar, apeándose algunos de ellos. Tex Serks se destacó claramente sobre los otros vaqueros y «ranger». Slaughter estaba alejando a sus hombres del porche. Logró su propósito en parte y entonces Belton quedó en el espacio abierto entre ellos y los jinetes, enfrentado con un individuo de elevada estatura, en quien Bruce reconoció inmediatamente a Stewart. Belton parecía haberse sentido irritado al verlo. A voz en grito inquirió:
—¿Qué haces tú aquí?
—Yo podría hacerte la misma pregunta —le respondió Stewart.
Incluso a aquella distancia, Bruce detectó la inflexión insolente de su voz.
—He venido a entregar a Melrose el dinero, aceptando sus condiciones, separándome de ti...
—Bueno. Creo que se ha hecho algo tarde ya.
—Tú tenías que llevar una manada de reses con el hierro de la M en un círculo al sur. Me enteré de que habías hecho ese trato con Vic Henderson.
—Y es verdad. Pero Vic disponía de diez jinetes. No nos necesitaba. En consecuencia, decidí acercarme por aquí para bloquear tu acuerdo con Melrose.
—Ya lo has hecho..., ¡ladrón de ganado!
—Bueno, Quade, me parece que no estoy negándolo —contestó Stewart, tan imperturbable como antes, si bien hablaba en un tono más amenazador.
—Me traicionaste ante Melrose.
—No. Pero me proponía hacerlo. Voy a hacerlo.
—Eres un condenado embustero. No me has dicho más que mentiras. ¡Me has engañado! Tú dijiste a Melrose que eras algo más que mi portavoz y que todo esto era su funeral, no el tuyo. Añadiste que faltaría a mi palabra y que perdería su dinero y también el ganado. ¿Serás capaz de negarlo?
—¡Diablos! No. Te he dicho que no te la había jugado, pero que me proponía hacértela... No te oculto mis intenciones. Nos hemos separado y no hay más que hablar. Y si te empeñas en seguir discurseando vas a conseguir de mí una buena rociada de balas, no de palabras precisamente.
—¡Embustero! ¡Ladrón de ganado! —balbuceó Belton.
Temblaba al pronunciar estas palabras.
—¡Atracador de bancos! —contestó Stewart.
Bruce vio que los que presenciaban la escena se habían apartado, quedándose fuera de la línea de tiro en compañía del capataz del rancho.
Hubo una pausa. Luego, Stewart dijo, arrastrando las palabras, que pronunció apretando los dientes:
—Cuidado, asesino de mujeres. Voy a señalarte como te señaló un día Bruce Lockheart...
Bruce experimentó una extraña sensación al oír su nombre en labios del forajido. Oyó luego dos disparos casi seguidos. Belton se irguió, vacilando, para derrumbarse en seguida, hecho un montón. Stewart empuñó un segundo revólver para contener a los espectadores, pese a que nadie había hecho el menor movimiento para intervenir. Uno de sus hombres registró las ropas del caído, extrayendo de ellas un puñado de billetes y una cartera. Stewart fue alejándose de todos, sin cesar de dar órdenes. Fue el último en subir a caballo. Los jinetes, con él a la zaga, todavía con los revólveres en las manos, avanzaron sobre la carretera. Stewart, por fin, picó espuelas y lanzó un grito, una señal para que todos se lanzaran a un desenfrenado galope. Unos minutos más tarde se perdían en la lejanía, envueltos en una densa nube de polvo.
Capítulo XII

SEGURAMENTE, de haber matado personalmente a Belton, Bruce no se habría sentido tan postrado por el efecto de las emociones que se apoderaran de él en el transcurso del breve y fatal duelo entre su enemigo y Stewart.
Stewart se le había adelantado en aquel trabajo. Recapacitando después, Bruce pensó que no había podido terminar mejor aquello, por lo que a él atañía. Con toda seguridad casi, Belton era allí dentro el único hombre que hubiese podido identificar a Bruce Lockheart. Esto le sirvió de consuelo. ¡Qué giro tan extraño había tomado todo! ¡Qué visión la de Trinity al retenerle!
El joven dio un rodeo para situarse detrás de los «ranger» y sus amigos en el preciso instante en que el viejo Melrose llegaba en compañía de sus hijos al lugar de la escena.
Luego, se situó entre Tex y Peg.
—¿Dónde diablos has estado metido? —inquirió el primero.
Peg manifestó:
—Un hecho memorable, Lee. Ese bandido nos ha ahorrado trabajo y nos abrió los ojos.
Belton yacía boca arriba. Tenía la cara llena de sangre y tierra. Su revólver había quedado cerca de la mano derecha.
Las miradas de Trinity y Bruce se cruzaron. Los ojos de la joven le dijeron todo lo que pensaba en aquellos instantes. Se apartó de allí, plantándose en el porche, donde la abordó el sargento Blight, muy amable. Melrose contempló pensativo el cadáver. Apareció luego su hijo.
—Supongo que ha sido una pelea en buena lid —dijo el ranchero.
—Sí —replicó Slaughter—. Barncastle fue el más lento.
—Le ganó Stewart por la mano.
—En efecto. Todo ha sido obra de ese hombre que se llamó a sí mismo Bill Stewart. Ahora bien, no es éste su nombre, ciertamente.
—He aquí un detalle que carece de importancia. Lo cierto es que mató a Barncastle, le quitó el dinero que llevaba encima y se marchó.
El capataz hizo un gesto de disgusto.
—Nuestros huéspedes «ranger», representantes de la ley, hicieron poco para que se notara su presencia.
—No hable usted así —medió el sargento Blight, secamente—. Nos dimos cuenta de lo que pasaba, demasiado tarde. Además, éramos tres hombres contra ocho.
—Me imagino que ustedes no juzgarán a mis vaqueros de mucha utilidad —declaró Slaughter con sarcasmo.
—Nosotros —dijo Tex Serks—, queríamos ver solamente qué había pasado, jefe.
—Melrose, cuando usted sepa quién es realmente este Stewart se alegrará de que evitásemos una pelea en regla —manifestó Slaughter.
—Me alegro ya sin saber eso... Pero, en fin, ¿quién diablos es Stewart?
—Nada menos que Bruce Lockheart —replicó el capataz.
—¿Qué? ¿El forajido que el capitán Maggard persigue desde hace tanto tiempo?
—¡El mismo, jefe!
Bruce se quedó como petrificado.
—¿Quién descubrió eso? —inquirió el ranchero.
—Me parece que se delató el mismo Stewart... Llamó a Barncastle por otro nombre y poco antes de hacer fuego anunció que iba a marcarle con otra se las señales de Bruce Lockheart. Por añadidura, el sargento Blight, según dice, reconoció a Stewart.
—Desde luego —informó el «ranger»—. Recordé la descripción que me facilitó un individuo en Mendle, quien vio cómo Lockheart disparaba sobre Barncastle...
—¡Bruce Lockheart! —exclamó Melrose—. Otro fuera de la ley de Texas... Esto quiere decir que el grupo que capitanea Stewart no es lo que aparenta... Esos sujetos no son vaqueros, sino una pesadilla de ladrones de ganado.
—Ha dado usted en el blanco —afirmó Slaughter—. Se trata de un duro golpe... Creo que necesito beber algo.
—Yo también. Que alguien eche una manta sobre este pobre diablo, hasta que podamos decidir lo que va a hacerse con el cadáver.
—Vamos a tener que estrenar un cementerio —dijo Jack bromeando.
—Trinity: ¿no te gustaría meterte en la casa ahora? Sabes que vuestra madre se encontraba bastante preocupada.
—Sí, sí, papá. Sólo quería estar segura...
Trinity no terminó la frase.
Melrose y Slaughter entraron en el almacén-tienda, seguidos por los «rangers», curiosos y, probablemente, sedientos.
—Jack: haz el favor de llevarte a tu hermana a casa —solicitó formalmente Bruce, perfectamente impuesto del demudado color de su cara y de cuanto le decían sus ojos.
—No hace falta —dijo la joven—. Me encuentro muy bien —manifestó ella, vacilante—. Oí los disparos y pensé que tú...
Jack siguió las indicaciones de Bruce a pesar de las débiles protestas de Trinity. Bruce se apresuró a entrar en su alojamiento. Los chicos de Serks estaban allí, Jim tan silencioso como de costumbre, Tex paseando de un lado para otro. Juan ordenaba unos leños. Peg se ocupaba de la comida y tarareaba una canción vaquera.
—¿Dónde estuviste, Lee? —inquirió Tex.
—Estuve en el prado. Vi unas nubes de polvo y luego esos jinetes. Llegué a tiempo de presenciar la riña.
—Nadie te necesitó, pero pudo haber ocurrido lo contrario. Ha sido una mala cosa. Hemos salido bien parados, pero las consecuencias serán graves.
—¿Crees tú realmente que ese Stewart es Bruce Lockheart?
Una confusa serie de sensaciones atormentaba a Bruce en aquellos momentos.
—Me figuro que no. Pero se trata de una mala persona. Esos «ranger» sólo piensan en el individuo que persiguen. Ven únicamente lo que están buscando. De momento, para no hacernos un lío, siempre que nos refiramos a él, le llamaremos Stewart.
Antes de que los cinco hombres hubiesen dado buena cuenta de la comida, gracias a su extraordinario apetito, entró en el cuarto Slaughter.
Su aire era menos sombrío ahora.
—Seguid comiendo, muchachos —ordenó, cerrando la puerta a su espalda—. Melrose no lo sabe todavía, pero esta jornada ha sido buena para nosotros. ¿Tú que opinas, Tex?
—Me dan ganas de sonreír. Ya sabemos con lo que nos enfrentamos, ¿no?
—¿Y tú, Lee, qué dices?
—Yo me siento en estos instantes más a gusto que nunca —replicó el aludido, sincerándose.
—¿Estáis de acuerdo conmigo en afirmar que ese grupo de hombres ha estado dedicándose a robar nuestras reses? —preguntó Slaughter.
—Estoy seguro de que sí... Sin embargo, ¿qué pruebas podrían aportarse en ese sentido ante un tribunal? —quiso saber Tex.
—Nuestro tribunal está formado ya aquí —declaró Peg Simpson.
—Yo sé que Barncastle se llevó reses que estaban marcadas con la M dentro del círculo y puedo probarlo —dijo Bruce.
—¿Cómo probarías tal cosa?
—¿Le valdría mi palabra por ahora? Usted no tendría más que esperar a que estuviese en condiciones de decir todo lo que sé.
—Te creo, te creo, Jones —se apresuró a replicar Luke—. No quise ofenderte. Me he mostrado curioso, simplemente. Te creo y pienso que puedes tener muchas razones para... Melrose me ha dejado en libertad. Me ha sugerido que debiéramos llamar a los muchachos de Wichita, procediendo antes de nada a limpiar el territorio de ladrones de reses. ¿Qué os parece el plan?
El silencio de los vaqueros evidenció la seriedad de la pregunta.
—Esto equivale a lo del jugador de póquer que pierde y no deja de poner dinero sobre la mesa, siempre en busca de la revancha —objetó Serks—. Digamos que Melrose perdió diez cabezas...
—Pero, Tex, lo que dices está fuera de toda razón —le interrumpió Slaughter—. Hace un par de meses, Melrose poseía cincuenta mil cabezas de ganado. Se necesitan cien bandidos de esos para conducir de un lado para otro diez mil reses y estamos casi seguros de que los de Stewart no son más de quince. Vino a decirlo así.
—Quizá me muestre algo raro... Supongamos que fueron diez mil las reses robadas. Conforme. Quedan cuarenta mil. Es un buen puñado de animales. Demasiados animales para unos tiempos tan rápidamente cambiantes como los que corren. No por eso Melrose dejará de ser rico. Ese ganado, en Dodge, podría ser vendido a razón de quince dólares por cabeza. Haga la cuenta...
—Tex: ¿sostienes que debemos conservar lo que tenemos, en lugar de arriesgarnos a perder más?
—Sí.
—Es una idea muy sensata. Pero, ¿qué diablos hacemos con ese Stewart o como se llame?
—Nos vamos a desentender de él, desde luego.
—Pero, Tex, con un grupo tan pequeño como el tuyo, ¿qué podrías hacer?
—Más cosas que con el grande que pudiera formarse más tarde. Mire, jefe, mis tres compañeros y yo, hemos luchado ya contra los ladrones de ganado en el Colorado. Limpiamos una zona infestada de ellos... Nada de montar en los caballos y de luchar en terreno despejado, abiertamente. Localizábamos a aquellos individuos y nos deslizábamos en sus campamentos por la noche, haciéndolos caer en una emboscada, llevando a cabo rápidos ataques para los cuales utilizábamos, caballos muy rápidos. Matamos a algunos de aquellos delincuentes y arrojamos al resto del país.
—¿Cuántos erais?
—Seis el primer verano, ocho el segundo.
—¿Quién se hallaba al frente del grupo?
—No teníamos ningún jefe, a menos que fuera yo... Nos limitábamos a trabajar unidos.
—¿Y accederías tú a encargarte de esta misión aquí?
—Pues, sí. Se lo he dicho antes.
—Serks: yo me inclino por confiarte este asunto, a ti, a todos vosotros, porque componéis un grupo lleno de nervio. Tengo que poner la cuestión sobre el tapete, ante Melrose. Y hay que pensar en esos condenados «rangers», que quieren asignarse la dirección de la posible campaña. Blight ha empezado ya a formular sugerencias. Se ha afirmado que Stewart era Lockheart... Los «rangers» se han tragado eso y andan trastornados. El capitán Maggard no tardará en presentarse aquí y luego se lanzarán como locos en persecución de ese hombre.
—Bueno, pero en realidad nos enfrentamos con el hecho de la ausencia del capitán, que puede tardar en venir aquí días e incluso semanas. Aprovecharemos esa circunstancia.
—Entretanto, es el sargento Blight quien aspira a llevar aquí la voz cantante. Supongo que a ninguno de vosotros os agradará recibir órdenes de él.
—Francamente, no. Ya he alternado ya con los «ranger», he de advertir. Más que vaqueros, son soldados. Admiro la organización a que pertenecen y sé muy bien lo que Texas les debe, pero... Si el capitán Maggard llega a tiempo, organizará la cosa a su modo para limpiar esta zona de ladrones de ganado. Yo abogo por la acción, una acción que empiece a lo más tardar mañana por la mañana.
—Conforme, Tex. Me gusta tu idea. Voy a ir a ver inmediatamente, a Melrose. ¿Qué es lo que necesitáis?
—Caballos rápidos. Sabemos que Melrose los tiene.
—Dispone de los más veloces de Texas. Los caballos son la afición predilecta del jefe. Nuestras bestias mejores se encuentran en el gran prado. ¿Qué más?
—Tres rifles, por lo menos.
—Los hay, «Winchester», en el almacén. Y municiones en abundancia. Ahora que pienso en ello, Tex. No vi rifles en las sillas de esa gente.
—Stewart sí que llevaba uno. La verdad, jefe: esos jinetes, con Stewart al frente, no me impresionaron mucho. ¿Qué opinas tú de ellos, Lee?
—No parece gente muy dura. Ya sabes lo que quiero decir desde el punto de vista de un vaquero —replicó Bruce—. Lo más probable es que nos resulten unos cobardes. Pudiera ser que valiesen para la pelea, pero que no sepan nada en lo tocante a correr y esconderse. Tenían el aire de los hombres acosados.
—¿Qué plan te has forjado, Tex?
—Echaré mano a mis hombres y al joven Wells. Ha descansado y su brazo se encuentra en buenas condiciones. Conoce el país. Se me ha antojado un muchacho muy vivo el tal Wells. Y no pierda usted de vista a Jack, jefe. También hay que contar con él.
—¡Diablos! Sí... De acuerdo, entonces. Veré en seguida a Melrose. Vamos, Lee.
—Iré más tarde, jefe. Queda aquí una pequeña tarea por hacer, que no quisiera perderme por todo el dinero del mundo.
—Dar cristiana sepultura a nuestro buen Barncastle. Me pregunto, Jones, si no conocía a ese individuo de antes.
—No se pregunte usted nada. Hay preguntas que no llevan a ninguna parte.

Se estaba poniendo el sol cuando Jack y Bruce, ayudados por Juan, se disponían a depositar el cadáver de Barncastle, envuelto en una lona, en la zanja que abrieran en un extremo de la pradera. ¡La tumba de Belton! Aquel hombre dispondría, por fin, de un lugar de descanso adecuado para un vaquero: la solitaria pradera, donde el coyote aullaba durante la noche y el viento azotaba las hierbas a lo largo del día... Era una tumba demasiado buena para un traidor. Los tres hombres regresaron al rancho en el carro que dejara Belton allí.
Tex Serks y sus cinco jinetes cruzaron la bifurcación sur del Brazos al final del día siguiente, acampando en la montaña Flat Top, a unos ochenta kilómetros del rancho de Melrose. Había quedado justificada la necesidad de disponer de caballos rápidos y de gran resistencia. El único incidente del día fue la breve parada en el rancho de un ganadero recientemente instalado. Tenía una manada en la bifurcación, demasiado pequeña, alegó el hombre, para que los ladrones de ganado anduviesen preocupados con ella. Confirmó las sospechas de Serks sobre el paso de un nutrido grupo de jinetes que conducían una manada grande. Habían pasado por aquel punto a primera hora de la mañana, al día anterior. El grupo de Tex se acomodó alrededor del fuego cuando acamparon, considerando lo que tenían que hacer cuando dieran con los ladrones.
—Camp Cooper está de aquí a una cabalgada de veinticuatro horas —declaró Buster Wells.
—¿Qué es Camp Cooper? —inquirió Bruce.
—Un antiguo puesto militar levantado por Mackenzie en 1871. Fue abandonado hace algunos años, pero luego se establecieron allí algunas personas, convirtiéndose en un poblado. Cuenta con tiendas y su «saloon». Cooper está atravesando por una carretera. En el verano suele haber movimiento.
—Existen varias vías de comunicación por las inmediaciones —declaró Serks—, pero yo me inclino a pensar que esa gente se ha buscado algún comprador de ganado.
Al día siguiente, tras un cuidadoso examen de las huellas que les servían de guía, Tex indicó a sus camaradas que convenía echar pie a tierra. Los ladrones de ganado experimentados eran capaces de detectar la presencia de unos perseguidores a varios kilómetros de distancia.
Aquella jornada fue interminable. Serks y los suyos llegaron a Cooper al oscurecer. Acamparon en las cercanías, en tanto que Tex y Bruce se trasladaron al otro lado de los muros de adobe, restos del antiguo fuerte, es decir al interior de la población. Vieron unos cuantos edificios y varias luces, todo lo cual significaba apenas que allí hubiese vida. Serks se detuvo delante de una construcción de muros de tablas, adornada con un tosco rótulo.
—Yo me apostaré por aquí. Tú, Lee, echa un vistazo al «saloon».
—¿Qué te parece que haga, una vez dentro? —inquirió Bruce.
—Pide algo de beber. Registra con la mirada el local. Si esa gente ha acampado por los alrededores, casi seguro que verás a alguno de ellos por allí.
Bruce entró en el local, una nave grande, de techo bajo. Frente al mostrador había media docena de hombres. Otros ocupaban las mesas, entregados al juego. En torno a la estufa vio congregados varios individuos, que calzaban botas de montar con espuelas y aparecían cubiertos de polvo. Mientras pedía una copa de licor, Bruce estudió por el rabillo del ojo a aquellos sujetos. Apoyándose en el mostrador, dio media vuelta, observándolos más detenidamente. Unos segundos después, estaba convencido de que podían formar parte de la pandilla de ladrones de ganado.
—Vic —oyó que decía uno tocando con el codo a su vecino en el momento de volverse él.
Así, pues, aquel sorprendente sujeto de descarada mirada, labios apretados y rostro sin afeitar era la mano derecha de Stewart... Es decir, Vic Henderson. Había estado hasta aquel instante vuelto de espaldas a él. Bruce reconoció a sus compinches. Seguidamente, adoptó su postura anterior, simulando que se llevaba a la boca el contenido de su copa, tras lo cual salió del «saloon». Cruzando la calle, esperó a Tex delante del hotel. Su amigo tardó unos minutos en aparecer.
—Vámonos ya. ¿Has visto a alguien?
—A Henderson con cinco de su pandilla.
—Sí. Han acampado a kilómetro y medio del río, por el Norte. ¿Cómo reconociste a ese tipo?
—Uno de ellos tocó con el codo a Henderson, señalándome a mí, al tiempo que pronunciaba su nombre.
—Yo trabé relación con el hombre del hotel... Me dijo que Henderson acababa de vender dos mil reses a cuatro pesos cada una. El comprador es Jerry Mcmillan. Alcanzaremos a Jerry a menos de quince kilómetros de aquí, en el cruce del Brazos...
La carretera era buena y brillaban unas estrellas en las alturas. Nadie pronunció una palabra hasta el momento en que divisaron la roja luz de una hoguera. Tex explicó que la negra línea de árboles marcaba el curso del Brazos. Pronto quedaron dentro del iluminado círculo de dos fuegos. Unos vaqueros cenaban en torno a una lona extendida sobre el suelo. Un cocinero negro andaba muy atareado de un lado para otro.
—Buenas noches, muchachos.
—Buenas noches. Apéense. Llegan muy a tiempo —dijo un hombre de elevada estatura, contestando al saludo de Serks.
—Gracias. Llevamos prisa... Usted, Mcmillan, tiene que acordarse todavía de mí.
El otro se aproximó a Serks, escrutando su rostro.
—Que me lleve el diablo si no eres Tex Serks —manifestó cordialmente, extendiendo una mano.
—¿Qué tal, Jerry? Me alegro de dar con alguien que me conoce, hombre. Hoy, a última hora, compró usted unas dos mil reses a Vic Henderson, ¿verdad?
—Ignoraba que fuese Vic Henderson el hombre que me las vendió.
—Esas reses, Jerry, llevan un hierro, el de la M encerrada en un círculo.
—Pues sí, muchas de ellas. Y algunas no llevan ninguno.
—¿No se figuró nada irregular?
—No puedo decir que me imaginara nada... Pero en fin, aquí está Henry, mi capataz... Lo siento, Tex. Tú ya sabes lo que es este negocio.
—Esa manada pertenecía a Melrose. Parte de nuestro equipo de Little Wichita salió malparado. Buster Wells se encuentra entre nosotros. Fue herido... El hombre a quien usted compró las reses, Vic Henderson, es la mano derecha de Bill Stewart. ¿Ha oído hablar de él?
—¡Ah, claro! —manifestó Mcmillan.
—Estamos buscándolo... Bueno, Jerry, ¿qué piensa hacer con ese ganado?
—Desde luego, me desprenderé de él. Sin embargo, he de ver a Henderson.
—¿Para qué? Llevas todas las de perder —medió un vaquero que parecía ser el capataz—. Si nos lanzamos tras Henderson, ¿qué será del resto de la manada? Es mejor seguir, Jerry. Si llegamos a Dodge no perderás ningún dinero.
—Es un buen consejo —corroboró Tex—. Hagamos un trato. Usted se lleva el ganado de Melrose con el suyo. Y... dígame: ¿a qué precio puede vender las reses en Dodge?
—A quince dólares como mínimo. Seguro que darán más.
—Conforme. Venda al precio de quince. Quédese lo que pagó a Henderson, más tres dólares por res, por la conducción. Envíe luego el resto a Melrose. ¿Procederá usted así, Jerry?
—Naturalmente —declaró Mcmillan, satisfecho—. Pero, ¿has pensado bien lo que significa que te lances en seguimiento de Stewart?
—Es nuestro trabajo —replicó Tex—. Divulgue la noticia.
—Por descontado que hablaré a todo el mundo de los jinetes del Melrose, dedicados a limpiar el país de ladrones de ganado, particularmente Henderson, Stewart y compañía.
—Eso es. Hasta la vista, Jerry.
—Un momento. He oído hablar de la zona situada más allá de las fuentes del Brazos. ¿Qué tal es realmente, Tex?
—La mejor de Texas. Hay sitio allí para un millón de cabezas. Melrose acogerá con los brazos abiertos a sus vecinos. Cuantos más seamos, más difíciles se les pondrán las cosas a los ladrones de ganado.
—Pienso ir por allí. Nuestro territorio está muy explotado, Tex. Dile a tu jefe que me trasladaré al Brazos con mi familia y mi ganado este mismo otoño, si el tiempo continúa siendo tan bueno.
—Magnífico, Jerry. Adiós. Buena suerte, muchachos.
Bruce y Tex comenzaron a avanzar por entre rocas y matorrales. Tex comentó la suerte que habían tenido, al poder concertar aquel trato en beneficio de Melrose.
Llegados a las inmediaciones de Cooper, dieron un rodeo. Cerca del campamento, oyeron la voz de Jack Melrose, quien preguntó, con el rifle entre las manos.
—¿Quién va?
—No dispares, Jack. Vas a necesitar muy pronto ese plomo —respondió Tex.
Les habían guardado su cena caliente.
Con el último bocado, Tex se enfrentó con Bruce:
—¿Qué piensas de nuestro juego, Lee? —inquirió aquél.
—Ninguna ocasión mejor que la de ahora mismo —replicó Bruce, decidido.
—Yo, pienso igual. Estamos de suerte. ¿Alguna idea sobre la forma más conveniente de proceder?
—Vosotros os dirigiréis al campamento y yo me ocuparé de Henderson y sus amigos. Estarán bebiendo y jugando, es lo más seguro. En parte posterior del «saloon» vi una puerta. Dedicaré mis atenciones a Henderson y a un par de ellos más y...
—El lobo solitario, ¿eh? Me lo figuré, Lee Jones, o quien diablos seas... No hay nada que hacer. Jim y yo te respaldaremos. Peg: llévate a Jack Melrose, Juan y Buster... Tendréis que localizar ese campamento al otro lado de la ciudad. Acercaros todo lo que podáis a él con vuestros rifles y preparad a esa gente una buena emboscada.
—Estupendo. ¿Y cómo vamos a saber que los que están allí son ladrones de ganado?
—No hay más que un campamento fuera de la ciudad, aparte del nuestro: el de Henderson. Pensad en un plan de acción antes de moveros.
—Debiéramos liquidar a esa gentuza. ¿No asesinaron ellos a sangre fría a los compañeros de Buster?
—Es verdad. Tenéis que darles la voz de rigor, sin embargo: «¡Manos arriba, ladrones!». Se lanzarán sobre sus armas y entonces les daréis su merecido... Si desperdicias esta oportunidad, Jack, no sé qué voy a hacer contigo.
—No fallaré un solo disparo. No en balde soy capaz de atravesarle las orejas a un conejo en plena carrera.
—Sí, pero no vas a enfrentarte con conejos ahora precisamente. Tendrás enfrente hombres duros, que no vacilarán en disparar sobre ti. En marcha —Tex consultó su reloj—. Son las nueve, casi. Peg: si Henderson y los suyos se encuentran en el salón, la fiesta empezará dentro de unos quince minutos. Dejad los caballos aquí y manos a la obra.
Tex marchaba entre Bruce y Jim. Bruce hacía ya tiempo que había identificado a Serks, descubriendo lo que era en realidad en el marco de un país como Texas. No abrigaba la menor duda acerca del resultado de la aventura al verse respaldado por aquellos dos hermanos.
No tardaron mucho en descubrir ante ellos las amarillentas luces del «saloon». Aproximáronse a una de las ventanas, asomándose por ella Bruce cautelosamente. Por un segundo, la luz del interior le cegó. Después, vio a Henderson y sus amigos acomodados alrededor de una mesa redonda. Tenían delante unas botellas.
Bruce empuñó sus revólveres y en un susurro dijo a Tex y Jim:
—La puerta abierta, ¿eh? Seguidme en seguida. Seré yo quien hable. Si se aprestan a defenderse, disparad. Y luego, escabullios.
Aproximáronse sigilosamente a la puerta, que Serks procedió a entreabrir. A continuación dio un fuerte empujón a la hoja.
Bruce se plantó de un salto en el umbral.
—¡Quietos todos! —aulló.
Instantáneamente, reinó un silencio absoluto. Todos se quedaron paralizados en sus asientos.
Henderson, entre los hombres, se volvió hacia Bruce y sus compañeros. Los otros tres individuos permanecían de espaldas. Sonó una tosecita nerviosa y un arrastrar de pies, que quebraron momentáneamente aquel silencio.
—Estamos quietos —gruñó Henderson—. ¿Qué hay más ahora?
La respuesta de Bruce quedó en segundo término... Oyóse una serie de disparos en la lejanía. A Henderson no le pasaron inadvertidos. Lo mismo les ocurrió a sus hombres. Abatieron sus cabezas, como unos conejos empavorecidos.
—Un atraco, ¿eh? —inquirió el jefe de los ladrones de ganado—. No os llevaréis nuestro dinero sin luchar antes, forasteros.
Bruce pensó que no se vería jamás en el trance de matar a aquellos hombres a sangre fría.
Los demás frecuentadores del establecimiento se habían esfumado como por arte de magia.
—¿Dónde para Bill Stewart?
—No se encuentra aquí. ¿Y quién diablos eres tú?
Esto, evidentemente, tenía más interés para Henderson que las armas con que le apuntaban. Su atezado rostro se tornó pálido. Había concebido una sospecha...
—¡Tú eres Lockheart! Vosotros: ¿cuántas veces dije a Stewart que no intentara nunca ocultarse tras ese nombre?
Era aquélla la amarga protesta de un hombre que no veía ninguna salida para la trampa en que acababa de caer. Se irguió como un muelle que ha sido soltado de pronto, derribando su silla y la mesa, al tiempo que alargaba la mano para empuñar el revólver. El disparo de Bruce produjo los efectos de una sólida barra que hubiera sido abatida contra aquel hombre. Dando salvajes gritos, los vaqueros presentes, comenzaron a actuar con un alocado frenesí. Bruce repitió el disparo contra Henderson. El ruido era ensordecedor. El joven disparó todas las balas del revólver que manejaba con la derecha. Un fuerte golpe le hizo dar media vuelta, cruzando la puerta. Vio entonces que Tex hacía fuego por última vez. Colocóse a su lado. Dentro del local se había formado una espesa columna de humo. Unos hombres corrían, otros se movían vacilantes, todavía en pie. Algunos yacían cadáveres, inmóviles sobre el pavimento.
Tex obligó a retroceder a Bruce.
—Ya está bien... ¿Qué tal te encuentras, Jim?
—Tocado, pero la cosa no tiene mucha importancia, creo.
—Yo me he quemado. ¿Y tú, Lee?
—Muy animado. Creo que la función debe seguir. Continuemos, pues, hasta el fin.
—Se ha terminado ya.
—No quiero marcharme todavía —protestó Bruce, volviendo a cargar su revólver.
Tex le hizo apartarse del muro, arrastrándolo hacia las sombras.
—¿Qué te propones?
—¡Oh! Estoy sangrando.
Bruce se guardó el revólver, introduciendo la mano por debajo de la camisa. Luego, oprimió con un pañuelo la cálida y húmeda herida.
—¿No oyes? —le preguntó Tex, de repente—. Caballos. En la carretera... Fuera de la población.
Bruce oyó un rápido batir rítmico de cascos, hecho que atestiguaba la huida de algunos de los ladrones de ganado.
—¿Te diste cuenta, Jim? ¿Cuántos caballos corrían?
—Seguro que tres. Cuatro,, todo lo más.
—Algunos jinetes irán marcados. Nos trasladaremos al campamento, curaremos vuestras heridas y aguardaremos la llegada del grupo de Peg. Después, ya veremos qué es lo que más conviene.
El fuego, en el campamento, humeaba. Tex lo alimentó con más leña y pronto surgieron de él unas llamas. Buscó unos vendajes. A Jim le había atravesado un muslo una bala, limpiamente. Bruce tenía un rasguño sin importancia en un hombro, el izquierdo.
—Alguien se acerca —previno Jim.
Tex cogió un rifle, enfrentándose con varias confusas formas a la luz de las estrellas. Sonó en sus oídos la voz de Jack, tranquilizándole.
—¿Ha resultado alguien herido? —inquirió Tex.
—No hemos sacado ni un rasguño. A Jack le ha atravesado su sombrero una bala. A eso han quedado reducidas nuestras heridas.
—Fijaos —Jack se quitó el sombrero, introduciendo un dedo por el orificio—. Si no llego a agacharme a tiempo, mi tirador me salta la tapa de los sesos.
—¿La tapa de qué? En tu cabeza, muchacho, hay de todo menos sesos.
Había hablado Peg, y Bruce comprendió en el acto que estaba enojado a causa, sin duda, del fallo de su salida.
Tex se mostró animoso.
—Bueno, al menos habéis vuelto sanos y salvos. No hay que preocuparse... En fin de cuentas, hemos conseguido espantar a Henderson y los suyos.
Peg salió de su silencio como la luna de detrás de una gran nube.
—Lee, herido. Y también Jim. Espero que no sea nada de cuidado.
—Yo he sacado un rasguño, que quedará en nada —replicó Bruce—. Jim tendrá que estar con la pierna estirada bastante tiempo, creo.
Peg se agachó ante el fuego, extendiendo hacia él las palmas de sus manos, no muy firmes. Tex explicó a sus amigos detalladamente lo que habían hecho. Peg tenía los ojos tan abiertos como la boca.
—¿Por qué no decir algo? Tex: vámonos a la población, a ver cuántos de esos tipos cayeron.
—Después de oír vuestro relato.
—Yo lo haré... —dijo Jack.
—Contente, muchacho —intervino Peg—. Lee: ¡qué idea la tuya de hacerles creer que eras Bruce Lockheart! Su reacción habla muy claramente en tu favor. Nada de recurrir a procedimientos correctos con esa gente. Hay que disparar sobre ellos sin piedad y matarlos sin vacilar, por la espalda si nos la dan...
—Supongamos que nos cuentas de una vez lo que os ha pasado —insistió Tex.
—¡Diablos! Han pasado muchas cosas. Jack no se portó mal.
—¡Me cargué a uno! —exclamó Jack.
—¿Qué? —preguntó Bruce.
—Maté a uno, Lee... Lo maté, sí... Aquí está su revólver y su dinero para demostrarlo.
Bruce, consternado, aunque no sabía por qué razón había de reaccionar así, miró a Peg, en demanda de confirmación.
—Es verdad, Lee. Lo vimos. Tenía más nervio que nunca en aquellos momentos, si no es que se volvió loco. No quiso hacer lo que le ordené.
—Supongamos, Peg Simpson, que te pones a contar vuestra aventura —recalcó Tex, fascinado e incrédulo o un tiempo.
—No me creeréis, quizá, pero fue así... Encontramos el campamento en una zona despejada, a sesenta metros de los matorrales más cercanos. Vimos unas matas tras las cuales apenas hubiera podido ocultarse un conejo. Había cuatro hombres alrededor de la hoguera. Uno de ellos cocinaba... Los otros tres discutían entre sí. Esperaban a alguien. Con toda seguridad a Henderson, portador de la parte que les había correspondido del botín. Nosotros perdimos un tiempo precioso. Yo había optado por hacer fuego desde aquella distancia, la que nos separaba de esos sujetos. Juan no aprobó mi idea. Buster convino conmigo que no debíamos arriesgarnos aproximándonos más. Era un suicidio. Ese muchachito que veis ahí, el hijo de Melrose, que aspira a ser Billy «el Niño» en su segunda edición, se adelantó más que nadie. Me tomé la molestia de explicarle que corría un gran peligro. No quería que lo dejasen hecho un colador. Me correspondió con una despreciativa sonrisa... Jack empezó a arrastrarse. Parecía un comanche. Nos apostamos detrás de unos matorrales, preparando nuestros rifles para intervenir en cuanto lo viesen. Era un gusano el chiquillo. Nunca comprenderé por qué razón no lo localizamos inmediatamente.
»Tuve miedo. Jack Melrose obraba imprudentemente. El chico continuó avanzando hasta el último matorral. De pronto, Jack se empinó sobre sus rodillas y ordenó con toda la fuerza de sus pulmones: “¡Manos arriba, ladrones!” ¡Debieras haberlos visto! Uno de aquellos tipos descubrió al muchacho y sacó su revólver, pero Jack se lo cargó por haber tardado el otro mucho tiempo en apuntar. Sus compinches se movieron como nerviosas hormigas, haciendo fuego con sus armas y corriendo en busca de sus caballos. Desde luego, nosotros ya estábamos disparando. Se desvanecieron en la oscuridad. Oímos vuestros disparos en la población y esperábamos que tuvieseis más suerte que nosotros. Esa gente se encaminó hacia el Oeste... Bueno. Nos dirigimos a su campamento. Jack se nos adelantó como antes, dedicándose a buscar al herido, portándose igual que hubiera podido portarse un “ranger”. A continuación nos increpó: “¿Visteis lo que hice?” De no haber tenido miedo, habríamos logrado atrapar a esos ladrones. Yo herí a uno de ellos. Debió de ser el que cayó, para levantarse luego, de echar a correr con una pierna rígida. Me figuro que no hubiera debido decir las palabras que dije a continuación a Jack. Eso es todo.
Bruce guardó silencio, con los ojos fijos en el hermano de Trinity mientras escuchaba el relato del acto temerario de aquél. Bruce no sabía qué era lo que lamentaba más, si su rebeldía o su primer derramamiento de sangre. Le inspiraba cierta admiración el valor del chico, con todo.
Los sentimientos que experimentaba Tex Serks en aquellos instantes debían de ser por el estilo. Limitóse a mover la cabeza, mirando a Jack como si hubiese preferido no hablar, no formular el menor comentario. Finalmente, dijo:
—Desplegaste mucho arrojo, Jack. Pero estabas equivocado. Peg sí tenía razón. Si tú hubieses hecho eso para salvar la vida de alguien, uno de nosotros, por ejemplo, prisionero en el campamento, te habría dado unas palmadas en la espalda, felicitándote. En las reales circunstancias del caso, la tuya me parece una decisión estúpida y si no me aseguras que en el futuro te abstendrás de intentar tales desatinos te mando a casa ahora mismo.
Jack bajó la cabeza, avergonzado.
—¿A dónde se encaminarían los tres individuos que emprendieron la huida? —inquirió Bruce.
—Irían en busca del escondrijo de Stewart, que tendremos que localizar. Pero ahora no quiero enfrentamientos con esa gente. Esperaremos a reponernos un poco. Luego veremos dónde paran y... Jack se encargará, solo, de limpiar su campamento.
—¡Oh! Ya está bien, ¿no? —chilló el muchacho, irritado.
Capítulo XIII

DOS días más tarde, los jinetes se apearon en Brazos Head. Los caballos relincharon al percibir el olor del agua. Jim se acercó cojeando, al porche. Después, se quedó inmóvil.
—¿Qué es lo que ves? —susurró Peg cuando Jim le hizo una elocuente seña con la mano.
Bruce descubrió entonces dos vehículos a la sombra de uno de los muros del almacén. Varios días antes no se encontraban en aquel sitio.
—¿De quién puede tratarse? —gruñó Peg—. Aquí siempre hay gente entrando y saliendo.
Bruce lanzó una imprecación, desplazándose hasta la puerta de su alojamiento. Entraron en el edificio. Peg encendió una lámpara.
—¡Qué bien se está en casa! Estas comodidades, muchachos acabarán por echarnos a perder. Sentaos. Unos segundos más y dispondremos de un buen fuego y de agua caliente.
—Tienes razón, Peg —contestó Bruce—. Agua caliente, un afeitado casi a diario, camisas limpias... Terminaremos por no servir para nada.
—Bueno, tú has mejorado más por esa chica. Me apuesto lo que quieras a que se presenta aquí antes de que hayas acabado de limpiar tu sucia cara.
Pero Peg se equivocaba. Bruce terminó de arreglarse y Trinity no apareció por allí. Ni Trinity ni ninguna otra persona. Sin saber por qué, Bruce estaba preocupado. Mientras Peg preparaba la cena, Bruce repasó la herida de Jim, declarando satisfecho que se curaba rápidamente, sin presentarse la menor inflamación.
Luego, oyeron un fuerte rumor de pasos en el porche, por la parte Norte. Apareció el sargento Blight en la entrada. Se mostró curioso y no muy cortés.
—¿Qué tal marcháis, muchachos? —inquirió.
—No demasiado bien —replicó Peg, en vista de que Bruce ni Jim tuvieron ganas de contestar a su pregunta.
—Bien. He aconsejado que no os deje salir a Melrose...
—¿De veras? Ya nos permitió antes que fuéramos en busca de esos ladrones de ganado. Y no cometió ningún desatino. Sabemos lo que llevamos entre manos.
El sargento se dio cuenta de que no les iba a sacar una sola palabra acerca de sus últimas andanzas y optó finalmente por marcharse.
—¿Cómo es que no ha venido Tex? —se quejó Peg—. La cena está lista casi.
—Quizá se haya quedado a cenar allí arriba —apuntó Jim.
—Es posible que haya aprovechado la ocasión, si se le ha deparado... Al ataque, muchachos. Llevamos tres días sin hacer una comida como Dios manda y ésta es de las que merecen todos los honores.
Después de la cena, Jim se acostó y Juan se puso a ayudar a Peg en sus tareas. Bruce encendió un cigarrillo, esperando. Pese a su nerviosismo, no oyó ninguna voz hasta que el vivo vaquero levantó una mano reclamando atención. Bruce echó a andar hacia la puerta. Estuvo escuchando unos segundos antes de asomarse. En la oscuridad advirtió un rumor de pasos y voces. Vio las rojas brasas de los cigarrillos. La sonora voz de Melrose tronaba sobre la de Slaughter. Oyó también la de Tex Serks. Y varias más, mezcladas con las suaves risas de Trinity.
Entró Tex. Murmuró unas palabras acerca de su retraso. Estaba bastante pálido. Luego, llegó Trinity, más bella y radiante que nunca. Venía del brazo de un hombre, adoptando un aire completamente natural.
—¡Ah! Estás aquí... Aquí tiene usted al afortunado vaquero, mi prometido, Lee Jones, de Uvalde... Lee: te presento al capitán Maggard, de los «ranger» de Texas.
—Encantado de conocerle, Lee Jones —dijo el capitán Maggard cordialmente, alargando la mano—. Le felicito... Verdaderamente, es el vaquero más afortunado de Texas.
—¿Cómo está usted, capitán? —respondió con un esfuerzo Bruce, al tiempo que advertía que se apoderaba de él un pánico casi incontenible—. Gracias, gracias... Desde luego, yo me considero un hombre auténticamente afortunado.
Por supuesto, el capitán no lo conocía. Los ojos del hombre escrutaron su rostro con naturalidad, como hubiera podido hacer con cualquier otro extraño. No leyó en ellos Bruce ninguna expresión de enemistad. El «ranger» se limitaba a indagar discretamente la razón determinante de los sentimientos de la joven...
—¿Jones, eh? Uno de los Big Bend Jones. La verdad es que no llegué a conocer a ningún miembro de la rama familiar sana. Espero que pertenezca usted a dicha rama.
—Es la misma consideración que formuló Melrose a mi llegada a este rancho.
Trinity se acercó a Bruce, oprimiendo sus hombros, consciente de que andaba necesitado de algún apoyo en aquellos instantes. Él no pudo evitar un gesto al sentir una presión sobre la herida.
—¡Lee!... ¡Estás herido!... ¡Jack me ha mentido!
—No es nada, Trinity... Un rasguño solamente.
—Vamos a ver eso en seguida, muchacho —dijo Maggard, afectuoso.
Nadie hizo caso de sus palabras. Bruce había notado un repentino desfallecimiento de la joven y el peso inesperado de su cuerpo sobre él. De pronto, comprendió que Trinity se había desvanecido.
—Tiéndala en una litera, Jones. A ver: un poco de agua —solicitó el «ranger».
Bruce se arrodilló a su lado. Peg salió corriendo. Con el pañuelo bien empapado de agua, Bruce humedeció la frente de Trinity. Le temblaban los dedos, le latía el corazón apresuradamente. Trinity volvió en sí en el preciso instante en que entraban en la casa los dos Melrose.
—¿Qué diablos ocurre aquí? —inquirió el ranchero.
—No es nada, jefe. Trin se desmayó.
—¿Que se ha desmayado? ¿Qué me dices? Yo creo que es la primera vez que le ocurre tal cosa.
Lentamente, la joven paseó una mirada por los rostros de todos los presentes. El temor había desaparecido de ellos. Se recobró en seguida, incorporándose.
—¡Lee! ¡Papá! ¿Qué me ha pasado?
—Te desmayaste, Trinity —replicó Bruce.
—¿Que me desmayé? ¿Será posible? No recuerdo nada.
La joven era una consumada actriz en estos momentos.
—¡Ah, sí! Noté un abultamiento en uno de los hombros de Lee, algo húmedo y cálido y sentí de pronto una repentina angustia...
—¡Pero si no es nada, Trin! Ya te lo dije: un rasguño. Siento muchísimo haberte asustado.
—Lee: acompáñala hasta la casa y no te retrases mucho —medió Melrose.
Unos minutos más tarde, Bruce y Trinity se encontraban en la oscuridad. Él le pasó un brazo por el talle. Avanzaron lentamente hacia las iluminadas ventanas del edificio.
—¡Querido! ¡Estás a salvo! —exclamó ella, apoyando la cabeza en su pecho.
—¡Dios mío, Trinity! ¡Fue terrible! —contestó Bruce, tembloroso todavía.
—¡Oh, ya lo sé, Bruce! Pero te portaste magníficamente.
—No me sentía en cambio tan bien como pudiste creer. Mi encuentro con Maggard, tras dos años de persecución por su parte, resultó una prueba más horrible de lo que me había figurado. De no haber estado tú presente...
—De verdad, Bruce: yo no sabía que él no te reconocería. Fue la prueba suprema. Teníamos que pasar por ella. Ahora, gracias a Dios, estamos a salvo.
—¿Que estamos a salvo? ¿Lo estaré alguna vez yo?
—Si él te hubiese reconocido...
—Trinity: si Maggard me hubiese reconocido, invitándome consecuentemente a rendirme... ¡habría disparado sobre él!
—Comprendí que procederías así, nada más mirarte. Y en ese caso no me hubiera importado mucho que procedieras de ese modo. Pero ahora comprendo que se trataba de un camino equivocado. Dios ha atendido mis plegarias.
—Trinity: no querrás creerlo, pero me agrada Maggard. Es un tejano auténtico, como lo fueran Sam Houston y Mcneely, uno de los primeros capitanes de los «ranger».
»En la presente situación, tan crítica, veo en ti, Trinity, la esperanza y la vida. Mi posición actual resulta increíble y gracias a ti he conseguido ir adelante...
La joven dirigió a Bruce una mirada impregnada de ternura.
—Maggard llegó hoy aquí, en compañía de dos de sus hombres —explicó—. Procedían de Fort Griffin. Me preguntó si había tenido noticias de Bruce Lockheart. Le contesté que no. No abriga ninguna sospecha. A mí me parece que se alegró de que no te hubiera encontrado.
—Tarde o temprano, alguien me reconocerá —manifestó Bruce—. Habré de defenderme, entonces, o bien reanudar mi existencia de fugitivo. Esta suerte no puede durar mucho.
—Cállate, Bruce, y escúchame. No tendrás que pasar por más pruebas como la que acabas de sufrir. Si alguien te señalara, acusándote, ponte furioso y engáñalo. Pero no mates a nadie, si no es en legítima defensa. Es improbable que te veas arrastrado a una acción violenta, pero debemos estar preparados para todo. Y si por desgracia sucediese lo inesperado, acércate a la ventana de mi habitación y despiértame. Me propongo esconderme contigo o ir a cualquier lado donde pudiéramos encontrarnos después. Tienes que jurarme una cosa: que no me abandonarás nunca. Buenas noches, Bruce.
Bruce emprendió el regreso lentamente, intentando controlar su emoción. Una vez en su alojamiento se encontró con que Tex y Peg Simpson habíanse enzarzado en una discusión.
—¿Qué sucede, muchachos? —inquirió.
—En menudo lío nos hemos metido —comentó Tex.
—¿Queréis explicaros de una vez?
—El capitán Maggard, un hombre duro, como buen «ranger» tejano, que sólo vive para el servicio a que pertenece, quiere que nos agreguemos a él, como ayudantes.
—¿Sí?
—Bueno. Maggard anda de nuevo tras la pista de Bruce Lockheart. Dice que no ha habido día en que no se haya acordado de él, desde hace dos años. En su opinión, Bruce Lockheart es Stewart. En consecuencia, le encanta la idea de capturar a su hombre, limpiando al mismo tiempo esta zona, de ladrones de ganado. Lo más seguro, Lee, es que Melrose nos envíe con los «ranger», tanto si nos gusta como si no nos gusta.
—Ya me lo había figurado. La idea no es mala.
—Entre los dos equipos, la tarea quedaría mejor repartida.
—Lo malo es que no me agrada que manden en mí.
Intervino Peg Simpson:
—Si Maggard se decide a concedernos alguna libertad de acción, le acompañaré.
—Yo creo que Maggard no os ordenará nunca que salgáis. Querrá que le ayudéis y tal misión os gustará, seguramente. Con franqueza: me alegro de que haya venido. Hay que pensar que en un encuentro con Stewart alguno de nosotros saldría herido. Lo mismo podría ser yo que tú, Peg, o que Lee... Piensa en Trinity, muchacho, y verás que debemos alegrarnos de no vernos obligado a exponer tanto.
—Has hablado con mucho sentido común —comentó Peg.
A Bruce le era imposible conciliar el sueño. Estaba a punto de actuar en compañía del capitán Maggard en persona. ¡Él, Bruce Lockheart! Aquello parecía un cuento fantástico, de los que se referían en los campamentos de vaqueros, alrededor del fuego. ¿Qué sería del auténtico Bruce Lockheart si el falso resultaba muerto? Y esto último era lo más seguro, ya que Stewart no era de los hombres que se rendían. Bruce no podía casarse con Trinity con el nombre de Lee Jones. Estuvo varias horas despierto.
Por tal motivo, tardó más que de costumbre en despertarse por la mañana.
—¿Estás muerto, muchacho? —inquirió Tex con voz que denotaba su impaciencia.
—Está enamorado —aclaró Peg—. A los hombres que se encuentran en su situación les pasa eso.
Bruce pensó que quizá radicase en tal hecho, su pereza. La herida apenas le molestaba. Jim y Buster, los otros heridos, se hallaban levantados e iban de un lado para otro.
—¿Qué es ese ruido de ahí fuera? —preguntó Bruce mientras se lavaba la cara.
—Una caravana. Llegó anoche.
—¿Muy grande? —siguió preguntando Bruce, quien estimaba que aquello no presagiaba nada bueno.
—Unos veinte carromatos. Conozco al jefe de la expedición. Es Seever. Trabajé para él siendo yo un chiquillo todavía.
Jack entró en el cuarto en aquel momento.
—¡Vaya unos dormilones! Hace mucho tiempo que me desayuné. Tex, Lee: mi padre quiere veros cuanto antes.
—¿Para qué, Jack? —quiso saber Bruce.
—No lo sé.
Bruce echó a andar, solo, hacia el prado. No quería acercarse demasiado a los expedicionarios. ¡Siempre ocurría lo inesperado! El vasto mundo de Texas iba haciéndose progresivamente más y más pequeño. Vio caballos que pastaban, hombres sentados alrededor de las hogueras, columnas de humo azul... El fondo de la escena estaba constituido por el follaje policromo del otoño. Desde el prado, Bruce se adentró en la arboleda.
Se aproximó al almacén desde detrás. Una docena de hombres se hallaban en el porche o sentados en los bancos. En aquel momento, el capitán Maggard emergió del edificio, liando un cigarrillo. Tex Serks se paseaba por el porche; Peg Simpson estaba liando un cigarrillo, en cuclillas, delante de la puerta de su alojamiento. Juan ordenaba unos víveres. Bruce pensó que los «ranger» se disponían a partir, antes de que el día llegara a su término.
Bruce se hallaba a unos cuantos pasos del porche cuando, siempre atento a lo que sucedía a su alrededor, descubrió a un desconocido que había adoptado una postura rara, contemplándoles atentamente.
De pronto, el hombre proclamó en voz alta:
—¡Ése! ¡Ése es el hombre!
Avanzó unos pasos, señalando a Bruce. La atención de cuantos se hallaban por los alrededores se concentró en Bruce, quien se quedó paralizado, como clavado en el suelo que pisaba.
—¿A qué hombre te refieres? —inquirió el capitán Maggard, saliendo del porche.
Tex Serks saltó por encima de la baranda de aquél y se detuvo. Apareció Melrose, seguido de Slaughter.
¡Había llegado el momento más temido! Bruce, desde luego, había comprendido inmediatamente... Aquel hombre lo conocía.
—Éste... Éste es el hombre... Lo conozco bien —manifestó el acusador—. Vi su montura baya en el prado. Cuando veo un caballo no vuelve a olvidárseme jamás... Es el que montaba cuando yo lo vi...
—Pero, bueno, ¿quién dices tú que es? —preguntó el «ranger» lentamente.
—¡Bruce Lockheart! El bandido que usted persigue. Yo vi cómo disparaba sobre Barncastle..., cómo mataba a Whistler.
—¡Tú estás borracho, hombre! —exclamó Maggard lleno de ira, despreciativo.
La impresión sufrida, sin embargo, había sido tremenda. Todas las miradas se apartaron de aquel hombre para detenerse en Bruce, que seguía inmóvil, un tanto encorvado, su mano derecha, temblorosa, muy baja... Serks se aproximó a Bruce.
—Capitán Maggard: es él, su hombre... —dijo aquel individuo, poniéndose ahora intensamente pálido, consciente de la situación peligrosa que acababa de provocar—. He venido en esa caravana... Estuve en Mendle aquel día... Era un sábado, un cinco de octubre. Me planté delante del Elk Hotel, oyendo cómo Barncastle llamaba a este hombre Bruce Lockheart... Le vi sacar su revólver y disparar...
—¡Eh, tú! Si no estás bebido tienes que estar loco —medio Melrose—. ¿No te das cuenta de que te encuentras en Texas? En menos de lo que canta un gallo podrías convertirte en un colador, muchacho.
Melrose avanzó.
—¡Quieta esa mano, Lee!
—Ya está bien, jefe... Usted, capitán, no tiene por qué intervenir. Esto es cosa mía.
—El hombre está equivocado, vaquero —protestó Melrose—. Cualquiera puede equivocarse.
—Esto es diferente.
—¿Quién es ese individuo, Seever? —preguntó Melrose, impaciente—. Viaja con usted, ¿no?
—Se llama Clark. Merece confianza... La ha merecido, hasta ahora, al menos. Pero, desde luego, no es tejano —replicó el jefe de la caravana.
Bruce intervino:
—Ya han dicho ustedes todo lo que tenían que decir. Me ha llegado el turno... Clark: retráctese o saque su revólver.
Maggard rugió:
—Yo represento aquí a la autoridad. Escuche...
—Señor Clark: si no está seguro de haber cometido un error, saque su arma.
Clark tragó saliva, comprendiendo demasiado tarde que se había excedido.
—Debo estar equivocado. Retiro lo dicho.
Bruce irguió el cuerpo, echando a andar en dirección a su alojamiento.
Tex le siguió, cerrando la puerta del cuarto.
Maggard lanzó unas imprecaciones, aludiendo al hombre causante del incidente. Melrose añadió:
—Ese joven, Clark, es Lee Jones, un vaquero tejano que trabaja conmigo. Es el prometido de mi hija Trinity, además. Vuélvase a su carromato y dé gracias a Dios porque éste es su día de suerte.
Hubo un rumor de voces, comentando el episodio. Tex pasó un brazo por los hombros de Bruce.
—Ese hombre te reconoció, amigo.
—¡Es verdad, Tex! —gimió Bruce, sentándose, abatido, con la cabeza inclinada, impresionado por las palabras de su amigo y por la lealtad que revelaban.
—No te apures. Tenemos las mejores cartas —susurró Tex—. Pienso también en Trinity... Conseguiremos, entre todos, engañar al zorro ese...
—Perdí los estribos, Tex. Se apoderó de mí el pánico —declaró Bruce.
Entró en el cuarto Jack, seguido de Peg y los otros muchachos.
—¡Qué estupidez! —exclamó el joven Melrose—. Haberte tomado por Bruce Lockheart. Debieras haberle hecho morder el polvo.
—Me ofusqué pensando en Trinity —replicó Bruce serenamente.
—Haremos lo posible para que no se entere de lo sucedido.
—Conforme. Procura que no haya filtraciones, Jack... ¿Qué es lo que se ha acordado en definitiva, Tex?
—Hay muchas cosas. Escucha ésta, que te va a hacer saltar; Seever vio una manada de reses con el hierro de la M en un círculo, que cruzaban la carretera conducidas por cuatro jinetes, a menos de quince kilómetros del puente del Brazos.
—¡No!
—Debieras haber oído los rugidos de Melrose.
Bruce se quedó pensativo.
—Cuatro individuos sumados a los otros cuatro que conocemos y luego los otros ocho bandidos de Stewart... Si no me equivoco en la cuenta, son dieciséis.
—Correcto. Disfrutaremos de una sesión movida. Slaughter pretende enviar por su equipo de Big Wichita. Maggard ha ordenado a sus hombres que se preparen para una prolongada caza...
—No lo puedo evitar, Jack, pero ese «ranger» es persona de mi agrado —declaró Bruce.
—La verdad es que a mí no me cayó muy bien al principio —dijo el joven—. Cambié algo de opinión cuando logró convencer a mi padre de que debía dejarme salir...
Capítulo XIV

AL día siguiente, a última hora de la tarde, había sido alcanzado un campamento de los «ranger», a unos quince kilómetros de la montaña Flat Top. El capitán Maggard, con el sargento Blight y otros dos hombres, se encaminaron a Scooter, en misión exploradora. Quedáronse en el campamento cuatro «ranger» y ocho vaqueros, ya que el grupo de Tex había sido aumentado por la adición de Lester, quien había llegado por la noche, procedente de Big Wichita. Había informado a Melrose que diecinueve jinetes suyos acababan de conducir las treinta y tantas mil reses que tenía allí al valle de Sycamore.
El campamento de Maggard se hallaba bien escondido con respecto a todos los puntos circundantes, excepto los altos. El capitán abrigaba la intención de retener sus fuerzas allí hasta que fuesen formulados unos planes concretos de acción. Una de las características determinantes de la eficiencia de los «ranger» era su movilidad.
Antes de la cena, Bruce sugirió la idea de subir a la cumbre de la elevación vecina, a fin de reconocer los alrededores. Tex juzgó buena su idea. Zigzaguearon por la empinada ladera, llegando a la cima ya de noche. Tras una detenida inspección del paisaje descubrieron cinco campamentos. A la vuelta, Tex no se mostró sorprendido ni alarmado por sus informes.
—Hay un gran movimiento de jinetes y ganado por la zona del Brazos —comentó—. Luke Slaughter me dijo que encontraríamos las reses con el hierro de los Melrose al sur del río y yo estoy de acuerdo con él.
—Es posible que ese Stewart sea un antiguo ladrón de ganado del Norte —especuló Peg Simpson.
—En ese caso formará con sus reses una manada lo más grande que pueda, encaminándose por el Chisum Trail a aquellos mercados, con objeto de conseguir el mejor precio y no regresar jamás a estas tierras.
Bruce estimó ésta una deducción inteligente.
—Es lo que yo haría en su lugar.
—A mí me parece —medió Jack—, que cuando nos hayamos desembarazado de Stewart podríamos dedicarnos a limpiar de ladrones de ganado, todo el territorio comprendido entre Waco y el Canadian.
—¿Estás ansioso de aventuras, eh? Te aseguro que vas a disfrutar de todas las que te apetezcan antes de que regreses a tu rancho, digno hijo del viejo Melrose.
Tras esto, la conversación fue languideciendo. Los «ranger» fueron los primeros en envolverse en sus mantas para tenderse a dormir y les siguieron los vaqueros, uno tras otro. Bruce no figuró entre los últimos, pero antes dio un vistazo a los caballos y una vuelta por el campamento.
A la mañana siguiente todos se levantaron temprano, aguardando el regreso de Maggard. Como éste no apareciera, Tex ordenó a Juan que saliera para explorar el terreno y Bruce trepó de nuevo a la cumbre de la elevación. Desde la misma divisaría al capitán y sus hombres mucho antes de que llegaran al campamento. Medio día de atenta vigilancia desde aquel puesto de observación no deparó nada. Maggard no regresó por la tarde y la situación era la misma en el momento de volver a acostarse todos. Por la mañana, después del desayuno, Tex avistó a un jinete solitario a varios kilómetros de distancia, en la pradera.
—Es el capitán Maggard —manifestó tras usar el anteojo—. No hay nadie más a la vista.
—Alguien debiera salirle al encuentro —opinó Peg.
Apresuradamente, dos de los «ranger» ensillaron sus caballos, lanzándose al galope, al encuentro de su capitán. Tex y Peg formularon algunas conjeturas sobre lo que podía haber ocurrido.
—Calculo que no tardaremos en ver a los «ranger» en acción —declaró Tex finalmente.
Maggard y sus hombres entraron en el campamento. El hombre estaba acalorado. Una espesa capa de polvo cubría sus ropas.
—¿Qué nuevas hay, Tex?
—Hemos visto cinco campamentos desde la altura. Ningún movimiento. Juan exploró el terreno. No hay rastros.
—Yo monté a caballo antes de que amaneciera. Quisiera comer algo... Llegamos a Flat Top ayer, cuando ya había oscurecido. Nos disponíamos a acampar, cuando oímos los mugidos de muchas reses. Nos desplazamos hasta un campamento en el que había varios hombres cenando. Otros custodiaban una gran manada. Era aquella de la cual nos habló Seever, que estaba siendo dirigida hacia el Sur. El ganado no estaba siendo conducido por vaqueros. Volvimos sobre nuestros pasos y nos escondimos entre la vegetación. Blight se ha quedado vigilando a esa gente, en espera de que le envíe refuerzos.
—¿Quiénes piensa usted mandarle? —inquirió Tex.
—Blight tendrá que disponer de cuatro o cinco hombres más. Uno de ellos habrá de ser un buen conocedor del país.
—Envíe a uno de sus «ranger» y...
—Sí. Horton dijo que iría él.
—Bien... Buster Wells, Lester, Jim Serks y Peg. ¿Qué te parece, Peg?
—Conforme.
—Ensilla. Prepara alguna comida y agua, muchacho. Rápidamente —fueron las órdenes de Maggard.
Peg sirvió al capitán el desayuno mientras Juan llevaba los caballos. Jack se sentó, aplicándose a la tarea de limpiar y cargar sus armas. Bruce llenó de agua una botella de lona, atándola a su silla. Luego, se procuró unos trozos de carne salada y varias galletas y manzanas.
A los pocos minutos, Horton y sus jinetes se hallaban preparados para partir.
—¿Alguna orden más, capitán? —inquirió.
—Sí. Sujeta a tu buen juicio. Dirigiros hacia el este y el sur de esa pandilla de ladrones de ganado. Empujadlos hacia las arboledas de por aquí, donde nosotros estaremos al acecho. No matéis a ningún hombre que pueda ser hecho prisionero.
Descendieron por la pendiente, manteniéndose al norte del cauce del río, donde podrían mantenerse escondidos, al amparo de la frondosa vegetación a lo largo de algunos kilómetros.
—¿Qué averiguaciones hizo usted en Cooper, capitán? —preguntó Bruce, sin poder disimular su gran curiosidad.
Tex y Jack suspendieron sus respectivas tareas para escuchar aquella conversación.
—No vi los cuerpos porque esa gente de Cooper los enterró. Hubo alguna referencia amistosa sobre ese «saloon». Pero siempre ocurre lo mismo. Los ladrones de ganado que se encuentran en condiciones de gastar algún dinero, inevitablemente, tienen influencia... El equipo Stewart-Lockheart hizo algunos amigos. Muchachos: cuando redacte mi informe no pienso hablar para nada de «vaqueros». Vosotros no tenéis idea de los muchos enemigos que tiene el servicio «ranger». La política... Supongo que no os importará.
—¡Diablos! No —replicó Tex.
—Bien sabe Dios lo mucho que me gustaría hacer de vosotros unos «ranger» para siempre. Os he de decir que habrá un millar de forajidos escondidos en los bosques del Río Grande. Cuando algún bandolero se oculta por aquí, nos vemos obligados a esperar que salga. Tienen que comer, que jugar, que beber. Entonces, les echamos mano. Pero este Bruce Lockheart... Es un hombre diferente de todos. Nunca dimos con ningún rastro suyo que nos condujese al mostrador de un bar, a una mesa de juego, al dormitorio de alguna aventurera.
—Hablando de ese Bruce Lockheart, capitán —dijo Tex—, muy formal—. Yo conozco este país mejor que usted y que cualquiera de sus subordinados. Conozco el Panhandle, y los dos Chisum Trails, así como Dodge, Abilene... Al cabo de algún tiempo, he llegado a la conclusión de que se han cargado a la cuenta de Lockheart cosas que él no hizo nunca.
Maggard se dio una palmada en un muslo, desprendiéndose de su pantalón una nube de polvo. Sus ojos de águila brillaron bajo los entreabiertos párpados.
—Puede que eso sea cierto, Serks. Ya me lo han dicho antes. Pero no he querido creerlo todavía. Me he pasado dos años intentando atrapar a ese hombre. Le he seguido desde Mercer a Santone, desde las viejas vías de conducción de ganado hasta Nuevo Méjico. La única acusación que puedo formular contra Bruce Lockheart al cabo de tanto tiempo, es que participó en el atraco a un banco. Acompañaba a un tal Belton. La pandilla se hizo con aquel robo de ciento cincuenta mil dólares. Recobramos la mayor parte del dinero. Pell, uno de mis «ranger», que fue asesinado, sabía que Lockheart tenía escondida parte de dicha suma en alguna cueva o lugar de este tipo. Sé con seguridad que Lockheart se llevó todo su dinero al abandonar Denison. Me he preguntado muchas cosas a las cuales no he sabido contestarme... Lo cierto es que nunca hizo frente a un «ranger». Es curioso. Algún día se me deparará la oportunidad de llegar al fondo de esta cuestión y yo sería el primero en celebrar que Bruce Lockheart no fuera un individuo de la catadura de Stewart... Bueno, muchachos, manos a la obra... Serks: ¿podremos remontar esta elevación?
—Seguro que sí, siempre que la escalonemos debidamente.
—Perfectamente.
Una hora más tarde, Maggard, sus tres «ranger» y los vaqueros ascendían por la ladera de la elevación. Tex marchaba al frente de los expedicionarios. Llegaron al punto visitado anteriormente por Bruce. Maggard ordenó a sus seguidores que desmontaran para proceder a inspeccionar el paraje.
Bruce y Tex consideraron significativo que escogiera la región en que habían sido vistos los fuegos y columnas de humo.
—Una zona verdaderamente abrupta ésta... —comentó uno de los «ranger» de Maggard, que había estado utilizando el anteojo.
—Sí —repuso el capitán—. Nos enfrentamos con un trabajo hecho a medida.
Jack, que estaba utilizando los grandes gemelos de su padre, fue el primero en localizar algo.
—Por ese lado de Flat Top se distingue una nube de polvo... Reses en movimiento —informó lacónicamente.
—¿Por dónde? —inquirió Maggard.
Jack le pasó los gemelos.
—¡Ah! Una gran polvareda. Como la que levantan los búfalos al paso. Pero no acierto a descubrir ningún ganado. ¡Ay! Mis ojos no son lo que fueron en otro tiempo.
Tex y el «ranger» Weatherby, explorando detenidamente la región de Flat Top con los gemelos, decidieron por último que una manada de reses se movía por la pradera, en dirección Oeste, hacia los bosques.
—Es raro —dijo Maggard, perplejo—. ¿Por qué han de alejarse los ladrones de ganado de sus mercados?
—Capitán: hace ya muchas horas que abrigo la idea de que esa gente está reuniendo una gran manada para luego encaminarse al Norte.
—Eso parece. Hemos actuado correctamente. Horton y Blight harán una buena labor... Y si no es así, nosotros andaremos por aquí, a la espera. ¿Dónde, sin embargo? Me parece estar viendo un millón de sitios muy apropiados.
—Tome usted los gemelos y siga mirando por ese llano cubierto de hierbas, el más largo y despejado... Allí. Por donde empieza a estrecharse y se encuentra con la negra masa de los bosques. Fíjese bien ahora, hasta divisar unos troncos pelados que brillan.
Maggard proclamó que había avistado el objetivo indicado por Tex, añadiendo que se le antojaba una cabaña de gran tamaño. Movió la cabeza dudoso.
—Esos troncos sólo pueden ser vistos desde aquí, en toda la zona —señaló Tex.
—Seguro que no hubiéramos dado con ellos, de otro modo.
—Es un sitio ideal como escondite —corroboró Bruce.
—Juan dará con el camino —manifestó Tex—. No hay por qué preocuparse en lo tocante a eso. Pero...
Weatherby le interrumpió para requerir su atención sobre una columna de humo que se elevaba del punto en que terminaba la pradera, comenzando el bosque. En aquel grisáceo triángulo se veían algunas esparcidas manadas de reses, el mismo ganado, indudablemente, que los vaqueros habían localizado con anterioridad. Nadie avistó nada más, hasta que Jack, que había cogido los gemelos, tras una inspección declaró:
—Caballos pastando. El techo de una vieja cabaña. Y el humo que vimos. La pandilla está ahí.
Maggard y los otros, miraron al chico con un gesto que delataba su incredulidad.
—Capitán: Yo no tengo la culpa de que estén ustedes tan ciegos como los murciélagos. Siempre he disfrutado de una vista excelente, únicamente superada por la de Trinity.
—Déjame los gemelos, muchacho —dijo Tex, tomando las palabras de Jack en serio—. Voy a echar un vistazo.
Se sentó de manera que al enfilar los gemelos pudieran mantener apoyados los codos en sus piernas, fijando así aquéllos para precisar más la visión. Ajustó cuidadosamente el foco. Finalmente, sus dedos y su cuerpo se mantuvieron inmóviles del todo.
—Bueno, Serks, si se toma tanto tiempo puede ser que ya no localice nada ahí —se lamentó Maggard.
—Ya está, Jack tiene razón. La vista del chico es buena —contestó Tex poniéndose de nuevo en pie. Sus ojos de gavilán llameaban—. He visto el tejado de esa cabaña más de una vez. Me figuré que era una roca... Seguro que allí debe de haber una buena pandilla metida.
—Jack: retiro lo dicho antes —declaró Maggard, que había formulado una exclamación ligeramente despectiva—. Usted, Serks, es quien manda hasta que lleguemos a ese sitio. ¡De prisa!
—Yo daría otro vistazo a la región de Flat Top —alegó Tex.
—El polvo se ha ido depositando. Puedo verlo sin necesidad de los prismáticos —dijo Jack, tendiendo éstos a Tex.
—También eso es cierto, Jack —anunció Tex luego—. Capitán: ese rebaño no se mueve.
—Bien. Horton ha tenido tiempo para empujar a esa gente. Si se produce una caza en regla, que es lo que yo calculo, lo mejor es que nos encontremos entre esta pandilla de aquí, de la cabaña, y los jinetes que esté persiguiendo Horton.
Bruce halló esta idea lógica y así se lo notificó a Serks.
—Disponemos del tiempo necesario para actuar —dijo—. Tú pégate a mí, Jack. Juan nos precederá. En marcha. Rápido, pero procurando que ningún caballo se haga daño.

Dos horas más tarde, Bruce calculaba que habían cubierto unos veinticinco kilómetros. La garganta que se abría bajo la empinada escarpadura era rocosa y se hallaba cubierta de vegetación y el cauce del río presentaba grandes peñascos, arrastrando la corriente numerosos troncos procedentes de los bosques. A mediodía la habían cruzado, deslizándose río arriba en todo momento, iniciando luego la lenta ascensión de la orilla sur, en dirección a la frondosa arboleda.
Dieron aquí con un suelo llano, por el que era fácil avanzar. Lo malo era que de cuando en cuando las altas hierbas ocultaban algunos troncos caídos y enormes pedruscos. Esto último, sin embargo, se aclaraba progresivamente. Había mucha caza por allí. Llegados a un rumoroso arroyo, Tex opinó que se encontraban en un sitio ideal para dejar los caballos. El capitán Maggard, hombre corpulento y pesado, nada andaría, no se sintió muy complacido ante su idea.
—¿Habrá que ir muy lejos? —inquirió.
—No lo sé, con certeza. Juan ha dicho que dos kilómetros... Menos, por lo que he visto entre los árboles.
—Conforme. Podríamos volver por aquí para acampar, de ser necesario...
El paisaje era esplendoroso a partir de la orilla meridional del arroyo. La vegetación que encontraban delataba la proximidad a la pradera.
—Esperaremos aquí unos minutos para que la caza huya sin estrépito.
—Miren arriba —dijo Jack, señalando a unas aves que describían continuos círculos en las alturas—. ¿Qué carroñas habrán descubierto esos animales?
No sugerían sus palabras precisamente ideas tranquilizadoras. El cielo azul, las blancas nubes, el cálido sol y la deslumbrante luz, con sus zonas de suaves sombras, la débil y agradable brisa, el dulce movimiento ondeante de hierbas y flores, la serenidad y la paz que todo aquello sugería, contrastaban brutalmente con la probabilidad extrema de un repentino fuego y humo, de unos feroces alaridos y una trágica muerte. En esto pensaba Bruce... Y, al parecer, no era el único grupo sumido en tan sombríos pensamientos.
Tex echó a andar y los demás le siguieron. Avanzaban en fila india. Evidentemente, se hallaban lejos todavía de su objetivo. Habrían dado un centenar de pasos cuando Serks se detuvo, escuchando...
Tex se comportaba como un indio, pensó Bruce. Caminando detrás de Maggard, el cuarto de la fila, el joven mantenía en tensión todas sus facultades. Los «ranger», calzados con pesadas botas, hacían crujir las ramas secas que alfombraban el suelo, enojando a Bruce. Tex producía en esas ocasiones un leve susurro, imponiendo absoluto silencio.
El metálico tintineo de un hacha sonó en los oídos de Bruce como el de un timbre. A un ademán de Maggard, todos se hundieron en la hierba, arrastrándose como culebras. El orden de desplazamiento no se alteró. Todos fijaron la vista en el jefe de los «ranger», en espera de órdenes, especialmente sus subordinados. Bruce condenaba la rudeza de aquellos tejanos, tanto como admiraba su devoción por la ley y el cumplimiento del deber. Aquellos guerreros eran indispensables si se quería evitar que Texas y sus habitantes honestos fuesen atropellados despiadadamente, impidiendo que gobernasen el país hombres depravados, sólo preocupados por su propio provecho.
Maggard avanzó unos metros, deteniéndose para escuchar y mirar, recuperando el aliento seguidamente. Un oído fino hubiera podido detectar su jadeo a cierta distancia. El tintineo del hacha cesó. Saltamontes y avispas huían por delante de ellos; en las alturas, el círculo descrito por los pajarracos de minutos antes se había estrechado; los caballos podían ser vistos en la zona despejada; un débil sonido de agua en movimiento llegó a los oídos de Bruce. Éste se incorporó levemente para pasear una mirada por la zona alcanzada por su vista.
Finalmente, tras un largo intervalo de tiempo, Maggard susurró a Tex que destacara a alguien...
—Quiero ser yo el que vaya —manifestó Jack en voz muy baja—. Soy el más menudo y puedo deslizarme por entre las hierbas como si fuese una serpiente. Cuando jugaba con mis amigos a los indios nadie conseguía localizarme nunca.
Tex asintió.
—Usa tu cabeza, muchacho.
A los pocos segundos, Jack se perdía de vista.
Por lo visto, entre las virtudes del capitán Maggard no figuraba la de la paciencia. Se le notaba desasosegado, inquieto. Lo hacía todo con prisa. Bruce encontraba esto injustificado, al menos entretanto Jack estuviese ausente.
La ausencia del chico comenzó a hacerse tan prolongada que Bruce se sintió preocupado. Jack se presentó inesperadamente. Estaba pálido. Sus ojos centelleaban. Jadeaba.
—Hay un centinela... abajo, en la pradera. Espera a alguien... Ocho caballos ensillados... Cinco ladrones de ganado estaban jugando. Uno se hallaba tendido en el suelo, durmiendo. Oí que el centinela contestaba a alguien: «No veo ningún jinete, pero en cambio he oído unos disparos por allá abajo. ¡Llama a Stewart!»
—Bueno, hijo, considérate uno más de mis «ranger» —dijo Maggard, sonriendo complacido. De repente, se puso serio—. Están esperando al resto de la pandilla. Tenemos que apresurarnos. Desplegaos por parejas. Rodead la cabaña. Para hacer fuego esperad a que yo dispare... Lee: me acompañará.
Bruce se pegó a Maggard, en efecto, en el mismo momento en que alguien desde el otro lado de la cabaña daba una voz llamando a Stewart. Si hubo alguna respuesta, Bruce no la oyó. Maggard avanzaba con cierta dificultad. No estaba muy ágil. Llevaba un revólver en cada mano. Bruce era portador de su rifle, utilizando la mano libre para facilitar su progreso. El joven pensó, en Jack, confiando en que Tex cuidaría del muchacho.
Permanecieron unos instantes escuchando y descansando, tras lo cual se asomaron cautelosamente por encima de la hierba. Ésta se iba haciendo más escasa y baja, en dirección a la altura. Bruce vio primero el tejado de un porche, luego unos leños cuidadosamente apilados y en uno de ellos un hacha clavada. Más adelante, avistó los ocho caballos ensillados y al centinela, sentado sobre un tronco y con la cabeza vuelta hacia la pradera. Su actitud denotaba una concentrada atención.
Maggard siguió arrastrándose, más lentamente ahora, ahogando el murmullo de su respiración. El del agua corriente se tornó más fuerte ahora. Bruce calculó que quince metros más adelante él y el capitán quedarían a la vista de los individuos de la cabaña. Su posición era ya comprometida. Cualquier hombre que mirara en aquel sentido descubriría sus espaldas. No obstante, el capitán prosiguió su avance. Tenía nervio. Sabía lo que quería. Y lo lograría a menos que se produjese algo imprevisto y adverso. Le tomó delantera a Bruce. La corriente de agua se deslizaba por la base de la elevación, por entre rocas, saltando más allá, en un punto que quedaba fuera del alcance de su vista.
Un borde de hierbas y helechos obstaculizaba la visión de Bruce. Maggard, tres metros a su derecha, avanzó una vez más, con una precipitación que Bruce no pudo emular. Susurró, invitando al «ranger» a esperar, unas palabras.
Apartando el borde de helechos, se asomó. Vio un sendero enfrente de él. Maggard se había estirado sobre él, con los brazos extendidos, en las manos sus revólveres.
De pronto, Bruce experimentó un tremendo sobresalto. Un ruido... Maggard lo oyó también, ya que se pegó inmediatamente al suelo. Bruce empezó a temblar. El aire estaba cargado de peligros. Era la misma sensación que había vivido en centenares de ocasiones semejantes. El ruido se repitió. Esta vez fue algo diferente. Alguien se aproximaba. No se atrevió a levantar la cabeza por encima de los helechos. Pegó el oído al suelo...
¡Era un rítmico batir de cascos rápidos sobre un terreno duro! Éste no era el sonido que había inmovilizado a los dos hombres. El «ranger» había apartado la vista de la elevación, mirando hacia la cabaña, y de su sombría expresión se deducía que abriría el fuego en el instante en que localizase el inminente peligro que presentía, de cuya proximidad Bruce no dudaba.
Se oyeron unas voces, fuertes ruidos de pasos, tintineos de monedas... Y luego, un silencio impresionante. Tex y los suyos, indudablemente, aguardaban la señal del capitán. Maggard estaba tendido cuan largo era, sabedor de que la muerte, procediese de un punto u otro, le acechaba.
Bruce vio por el rabillo del ojo en este momento algo que se movía por encima de él, hacia la elevación. ¡No era ninguna ave! Se trataba de una cosa oscura, que restaba luz... Entonces, levantó la cabeza.
Un segundo después divisaba la deslizante forma de un hombre de oscuro rostro y expresión maligna, con los ojos enrojecidos. ¡Estaba apuntando con un revólver! Maggard, todavía escuchando, no se había dado cuenta de aquel peligro.
Rápido como una centella, Bruce disparó hacia arriba. Esto causó en aquel sujeto un violento sobresalto en el preciso instante en que apretaba el gatillo. Bruce vio la llamarada y el humo que salió del revólver del bandido. Luego, oyó el silbido del proyectil, perdiéndose en la lejanía tras haber rebotado en una piedra. El agresor lanzó un aullido de agonía, vaciló sobre la escalerilla de leños por la que había estado caminando y cayó al agua.
Maggard llegó rodando hasta los helechos y Bruce lo perdió de vista. Unos salvajes alaridos de los vaqueros hicieron que se pusiera en pie, apostándose detrás de un árbol.
Con el rifle preparado, Bruce se asomó por un lado del tronco. De momento, no vio a nadie. Pero, evidentemente, eso no fue el caso del capitán, a juzgar por los disparos que oyó y el olor a pólvora quemada que flotaba en el aire. Otro árbol más grande le ofrecía mejor protección y a él se trasladó Bruce.
Desde aquí contempló el espectáculo: nubes de humo, llamarada tras llamarada, secos disparos, caballos que relinchaban furiosamente espantados, figuras de hombres que se precipitaban dentro de la cabaña, otras que a lomos de enloquecidos caballos la rodeaban y... Todas estas cosas distrajeron a Bruce, apartando su atención de un objetivo contra el cual hubiera podido hacer fuego.
De aquel pandemonium se destacaron tres jinetes... Bruce disparó apresuradamente dos veces. Erró los tiros. Pero uno de los vaqueros hirió a un bandolero, ya que Bruce le vio caer, quedándose uno de sus pies atrapado en el estribo. Los tres caballos llegaron al bosque.
El tiroteo perdió intensidad. Maggard ya no podía encontrar más blancos.
—¡Cuidado, Lee! —exclamó el «ranger»—. ¡La cabaña!
Alguien hacía fuego todavía desde el interior de la vivienda. Tenía que haber alguien dentro, pues.
Los disparos se hicieron aún más aislados.
El capitán Maggard gritó:
—¡Eh! ¡Los que estáis ahí dentro! ¡Rendios si queréis salvar vuestras vidas!
—¡Entra y sácanos, si puedes! —contestó una voz desde el interior.
—¡Vamos a incendiar vuestra cabaña!
—¿Vamos? ¿Quiénes sois? —fue la ronca réplica.
—¡Soy el capitán Maggard, de los «ranger» de Texas!
—¡Embustero! Hemos visto vaqueros ahí. Claro que ya no hay tantos como había al principio...
Esta declaración hizo latir con fuerza el corazón de Bruce. Podía ser que aquel individuo no mintiese. ¡Jack! ¡El chico era muy temerario! Tal vez figurase entre las víctimas.
—¡Os achicharraré vivos! —prometió el capitán en un tono de voz que no dejaba lugar a dudas.
—¡Vete al infierno con los tuyos!
—¡Rendios! Si no lo hacéis ya he dicho que pegaré fuego a la cabaña. Y si de ésa escapáis con vida, os colgaré.
Por toda respuesta, Maggard oyó unos disparos sueltos. Gruesas balas, disparadas por armas normalmente empleadas en la caza del búfalo, silbaron por encima de la cabeza de Bruce.
Éste advirtió al «ranger»:
—Es mejor callar, capitán.
—Esto tiene la marca de Maggard, compañeros —dijo una voz diferente de la anterior—. ¡Maggard, viejo sabueso! Antes que rendirnos a ti, preferimos que nos ases vivos.
—¡Os doy un minuto de tiempo para decidiros! —aventuró el capitán, cada vez más irritado.
—¡Bah! —fue la breve aunque elocuente réplica.
Bruce oyó a Maggard lanzar unas maldiciones. El «ranger» no rehuía jamás la pelea, ni mostraba reparos ante un derramamiento necesario de sangre. Simplemente: tratándose de criminales prefería capturarlos.
De súbito, todos oyeron la voz de Jack, que gritaba:
—¡Atención! ¡Tex, mira! ¡Unos jinetes se acercan!
Al parecer, Jack vivía, hallándose escondido en algún sitio de la elevación, desde donde estaba en condiciones de efectuar más observaciones que Bruce. Pero éste oyó unos débiles disparos en la pendiente de la pradera.
—¿Ha oído, Lee? —preguntó Maggard.
—Sí. Por la parte más despejada de esta zona... Fueron unos disparos.
—¿Ve a algún jinete ya?
—No. Mi posición no me lo permite.
El rifle apropiado para la caza del búfalo tronó dentro de la cabaña. El proyectil mordió un trozo de corteza del árbol que ocultaba a Maggard, perdiéndose con un silbido entre la arboleda.
—Me ha afeitado, Lee —comentó el «ranger» con cierta aprensión.
—No se asome, capitán. Ya se le acabará la cuerda a ese hombre.
Otro aullido de Jack desgarró el aire. El chico debía de haberse encaramado a la copa de un frondoso árbol, a la derecha de Bruce. Acababa de proferir el grito de guerra de los comanches, una imitación que dejaba bien poco que desear. Jack suponía una ayuda gracias a su buena vista y a su indomable espíritu. Después del alarido, que se perdió resonando en los bosques, llegó su aviso:
—¡Jinetes! ¡Cuidado!
Todo el mundo escuchó aquel aviso, dentro y fuera de la cabaña. Hubo un silencio prolongado. Bruce era incapaz de ver nada y supuso que sus compañeros se hallaban en idénticas condiciones.
—Lee —llamó Maggard desde detrás de su árbol.
—Sí, capitán, le escucho.
—Ese jovenzuelo tejano sabe lo que se lleva entre manos.
—Es lo que yo he pensado antes. A mí me ha dado muchos ánimos su valiente comportamiento.
—Calculo que ahora se trata de Horton y Blight, que vienen persiguiendo a la pandilla desde Flat Top.
—Pudieran ser otros jinetes... Ya oigo claramente disparos. Capitán: esto se va a calentar en seguida.
—Vamos a la tarea, pues.
Bruce se arriesgó a mirar por el lado derecho del tronco que lo ocultaba. Vio tres caballos sin jinete corriendo por la pradera en dirección al campamento. Una bala arañó el árbol, lanzando unos trocitos de corteza contra su frente. Oyó el estruendo del rifle pesado. Bruce sintió que su cara se llenaba de sudor. Casi simultáneamente, se produjo un disparo de un «Winchester» del 44. El proyectil se estrelló en la cabaña y no precisamente contra un leño. Advirtió un alarido de furia y de dolor. Jack Melrose se había puesto en buen lugar de nuevo.
En la pradera se oyeron unos disparos intermitentes. Cautelosamente, Bruce tornó a asomarse. Los tres caballos sin jinete, con las bridas y las crines al viento, se aproximaban al campamento. Detrás de ellos, a unos ochocientos metros de distancia, se acercaban seis jinetes desplegados, lanzados a un desenfrenado galope. Estos jinetes, volviéndose, disparaban sobre otra línea formada por media docena más, vaqueros, indudablemente.
—¿Qué ve usted, Jones? —inquirió Maggard impacientemente.
Bruce se lo explicó.
—La cosa marcha bien —comentó el capitán—. Sin embargo, esos caballos podrían precipitarse sobre algunos de nuestros hombres.
Los incesantes disparos desde dentro de la cabaña demostraban que los bandidos acorralados allí habían divisado quizás a los sitiadores escondidos entre la vegetación. Entretanto, los caballos que avanzaban solos habían penetrado en el campamento, cubiertos de sudor, moviéndose desasosegados. Luego, llegaron las dos líneas de jinetes, perseguidos y perseguidores.
Bruce colocó su sombrero en el cañón de su rifle, asomándolo por un lado del tronco en que se había parapetado, una astucia que le servía para atraer el fuego del individuo que manejaba el arma más pesada. ¡Pero no oyó ningún disparo entonces! Aquel sujeto debía de haber sido eliminado, si no se acababa de unir a sus compañeros, para abrir fuego sobre los vaqueros, ya allí en una situación muy precaria.
—Voy a avanzar por la puerta posterior.
—No se arriesgue, capitán. La escaramuza se desarrolla favorablemente para nosotros.
—Es una oportunidad demasiado buena para desperdiciarla... ¡Usted vigile!
El «ranger» echó a correr en dirección a otro árbol, escondiéndose tras él un momento. Luego, siguió hasta otro, a la izquierda, situado a unos quince metros, desde donde ganó el muro posterior de la cabaña. Llevaba un rifle en la mano izquierda y un revólver en la derecha. Bruce sabía que su acción había sido determinada por un vivo juicio, respaldado por un tremendo nervio. Al asomarse por la oscura entrada, Maggard, evidentemente, no localizó ningún bandido sobre el cual disparar.
Bruce tuvo que desentenderse del capitán, ya que la acción que se desarrollaba en el centro atraía sus miradas. A menos de un centenar de metros, los jinetes recién llegados gritaban para atraer la atención de sus camaradas. Los seis jinetes perseguidores proseguían su avance, con las armas preparadas y un aire de extraordinaria confianza en sus propias fuerzas.
Seguían haciendo fuego desde el interior de la cabaña. Tres armas disparaban casi al unísono. Maggard, pegado al marco de la puerta, por la parte de fuera, adelantaba la mano derecha y la mitad de la cabeza para hacer fuego contra los que había dentro, tras apuntar con todo cuidado.
Mientras Bruce observaba esto, una docena de armas escupieron su mortífero plomo a derecha e izquierda de los caballos lanzados al galope. Uno de los jinetes que iba delante salió despedido de su silla, cayendo al suelo de cabeza. Otro giró en redondo, cayendo por la parte en que se encontraban los vaqueros escondidos en la arboleda. Bruce alcanzó a uno de los bandidos que se volvía hacia la izquierda. Los otros dos jinetes, uno de ellos herido, quisieron evitar a los vaqueros y emprendieron veloz carrera bajo las copas de los árboles.
Luego, el tiroteo se hizo menos intenso. El rifle escondido detrás de un árbol, a la izquierda, manejado por Jack, evidentemente, vomitó plomo dos veces más. Bruce vio que los jinetes perseguidores se dividían, lanzándose dos de ellos a un lado y los otros dos al opuesto.
Un ronco grito atrajo la atención de Bruce. El individuo que acababa de proferir aquél salió vacilando de la cabaña, con los brazos en alto. Apareció entonces Maggard. Su revólver se apoyada en la espalda de aquel sujeto.
—¡A por ellos! —tronó el capitán—. ¡Serks! ¡Weatherby!... ¡Todos! ¡Montad en vuestros caballos! ¡A por ellos!
Bruce vio que Jack corría con Tex y Juan, que daba la impresión de haber terminado de salir del suelo. Todos se unieron a Weatherby, para correr por entre los árboles, en dirección al sitio en que dejaran las monturas. De la parte posterior de la cabaña salió un «ranger» herido, que se derrumbó casi, incapaz al parecer de dar un paso.
—Bates... ¿Estás herido? —gritó Maggard.
—No es grave, creo... Pero Miller se encuentra muy mal...
El bandido del rostro enrojecido, incapaz de mantenerse de pie, cayó al suelo. No estaba armado. Bruce se le acercó empuñando un arma todavía, no convencido de que la escaramuza hubiese llegado a su fin.
Todos enfundaron ahora sus revólveres, ayudando a sostenerse a Bates.
—¿Dónde te hirieron?
—Aquí, debajo del brazo.
—Tiéndete... Déjame ver... Bates: esta herida no acabará contigo... ¿Dónde tienes el pañuelo?... Jones: deme el suyo también.
Bruce fue mostrándose más confiado. Oyó unos disparos a lo lejos, sin embargo. Echó un vistazo por la pradera y la zona de los bosques. Vio algunos caballos, pero sin sus respectivos jinetes. Aquellos ladrones de ganado que se habían lanzado por entre los árboles, tendrían que ser perseguidos. Bruce calculó que si no había errado el tiro habría entre ellos tres heridos, uno de gravedad. Probablemente, otro había salido ileso de la refriega. El joven se acercó al que había quedado allí, herido, preguntándole:
—¿Dónde está Stewart?
—Bill no se encontraba aquí...
Bruce regresó junto a Maggard, ofreciéndole su ayuda. Pero entonces oyó un débil sonido procedente, al parecer, de la elevación.
—¿Qué es eso? —inquirió Maggard, alerta, quedándose sentado, sus ensangrentadas manos repentinamente quietas.
Bruce no contestó.
—¡Detrás de la cabaña! —susurró el «ranger».
Hubo una pausa.
—No era nada —declaró el capitán, volviendo de nuevo a su tarea.
Instintivamente, Bruce volvió a estar alerta.
A los pocos minutos, los secos golpes de unas pezuñas contra las piedras produjeron en él un gran sobresalto. ¡Un «ranger» o un vaquero que cruzaba la corriente de agua! Maggard se irguió. Un chapoteo, un relincho, varios rítmicos golpes...
Bruce se volvió para ver cómo un caballo y su jinete se detenían a la orilla del río. Una montura emergió del muro de verde follaje... A la derecha de Bruce surgió un hombre de poderoso y ágil corpachón...
—¡Bill! —gritó el jinete, en un tono de asustada alarma y aviso.
Capítulo XV

LA tremenda sorpresa que experimentó Bruce le dejó casi paralizado. Al reconocer a Stewart, su reacción furiosa hacia Maggard fue tan inmovilizadora como su asombro.
—¿Qué? ¿Quién...?—inquirió el «ranger».
—Stewart... ¡No te muevas! —siseó Bruce.
Finalmente, Bruce salió de su estupefacción. Pero Stewart le llevaba ventaja. De haber sacado su revólver hubiera podido matar entonces a Bruce. No se le ocurrió eso, al parecer. El desconcierto le dejó parado momentáneamente.
La mente de Bruce, rápida como su vista, captó la situación. El jinete era portador de un rifle que descansaba en su funda. Llevaba tendido sobre las piernas un ciervo. Treinta pasos separaban a Bruce del ladrón de ganado. Bruce experimentaba la suprema necesidad, en este crítico instante, de distraer a Stewart, de retardar o quebrantar su dominio de la situación.
El oscuro rostro de Stewart se tornó rojo.
—He oído unos disparos...
El bandido herido, a la izquierda de Bruce, levantó la cabeza.
—Llegas tarde, jefe... Nos han limpiado.
—¿Quiénes?
—Los «ranger», a las órdenes de Maggard... Y los vaqueros.
—¿Dónde están los otros?
—Se han dedicado a cazar al resto.
El bandido había formulado aquellas preguntas sin apartar los ojos de Bruce y Maggard.
—¡Ajá!... El clásico «a por ellos» acuñado por Maggard —dijo fríamente—. Va a ser la última cabalgada que ordenes, capitán.
Maggard seguía arrodillado, silencioso e inmóvil, aguardando de un momento a otro un balazo por la espalda.
—¡Lo mismo te va a pasar a ti, «ranger»! —susurró Stewart, señalando a Bruce.
—No soy ningún «ranger» —proclamó Bruce con firmeza.
—No eres vaquero.
—¿Quién dijo que lo era?
Stewart le dedicó una mirada especulativa.
—¿Quién eres en realidad?
—¡Aquél cuyo nombre robaste! —respondió Bruce, irritado.
—¿Cómo?
—¡Bruce Lockheart! ¡No pudiste robarme la mano, en cambio! —gritó Bruce, fuera de sí.
Una prueba suprema para Bruce... Hubo un instante de espera. Y luego... Sacó su revólver rápidamente. El arma de Stewart se levantó, como si quien la manejaba se hubiese propuesto alcanzar a su adversario en el corazón. Tuvo tiempo de lanzar un grito antes de que la segunda bala se hundiese en su cráneo, derribándole igual que si hubiera recibido un tremendo mazazo.
Maggard giró rápidamente, empuñando un revólver. Se oyó un tintineo metálico por dos veces, las correspondientes a dos cámaras vacías, y luego una explosión. El jinete de Stewart, sacando el rifle de su funda, al tiempo que espoleaba al caballo, cayó hacia atrás, con los brazos en alto, deslizándose por un costado del animal mientras el ciervo resbalaba por el opuesto. Su montura echó a correr por el agua, en tanto que la otra bestia, evidentemente la de Stewart, relinchó furiosamente, pero no se movió lo más mínimo.
—Me figuro que no volverán a dar señales de vida, pero será mejor que primero eche un vistazo —habló el capitán, jadeante.
Sin decir una palabra, Bruce obedeció aquella orden en lo tocante al jinete. El hombre yacía boca abajo, en el agua, dando un tinte rojo a su limpia transparencia. Retrocediendo unos pasos, Bruce siguió a su pesar con la mirada fija en el bandido que añadiera ciertas degradaciones al apellido Lockheart. El jefe de aquella pandilla de delincuentes había perdido toda su potencia, pero en sus rasgos faciales, fijos para siempre, se leía lo que había sido. Más allá de él, medio sumergido, estaba el cadáver del individuo que se había caído de la escalerilla de paso.
Bruce, trastornado por diversas razones, se unió de nuevo a Maggard para facilitarle un silencioso informe. El «ranger» levantó la vista. Tras la inescrutable máscara se deslizaba una idea que ningún hombre podía leer.
—Mire, hijo —manifestó—. Me han salvado la vida en muchas ocasiones, pero nunca como en las presentes circunstancias y jamás en dos ocasiones por el mismo hombre... Hubo un momento en que me sentí ya perforado por una bala... Lee: lo de fingirse Bruce Lockheart fue una treta particularmente útil y oportuna. Mediante la sorpresa, consiguió usted ganarle la partida a ese sujeto.
Bruce no daba crédito a lo que estaba oyendo. Una treta lo de declarar que era Bruce Lockheart... ¿Era eso en realidad lo que Maggard pensaba? Enfrentado con la muerte, contando también con la desaparición del mundo de los vivos del capitán, había revelado su identidad, comprendiendo instintivamente que el nombre de Bruce Lockheart constituía un dato tan decisivo y sorprendente como su propia arma. Que Maggard no hubiese apreciado la sinceridad de su declaración, creyendo que se trataba de un truco, le parecía increíble.
Procurando recuperar su serenidad, replicó:
—De no haber sido por eso, capitán, se me hubiera adelantado —manifestó lentamente—. Probé suerte y la cosa salió bien, eso es todo.
—¿Cómo supo usted, Lee, que Stewart no era realmente Bruce Lockheart? —inquirió Maggard, curioso.
—Me figuro que Tex me ayudó a formar esa conclusión —contestó Bruce, pensativo.
—¡Maldita sea! —exclamó el «ranger», furioso—. Toda una batalla para nada... Y ese Lockheart todavía corriendo por ahí. ¿Dónde diablos parará?
—No es justo, capitán, que diga usted que esta cacería de ladrones de ganado no ha servido de nada.
—Quizá tenga usted razón. Sin embargo, yo me había lanzado en busca de Lockheart. Si el servicio «ranger» ha de ocuparse exclusivamente de los ladrones de ganado, ¿qué será de Texas? Camparían aquí por sus respetos todos los criminales del Oeste.
—Así pues... usted establece distinciones entre los ladrones de ganado y los restantes forajidos, ¿eh? —inquirió Bruce con amargura.
—Sí. Ganaderos y vaqueros consideran a quienes se dedican a robar reses, el mayor mal de Texas. Pues están ustedes equivocados. ¿Qué son unos animales..., pongamos cien cabezas, por ejemplo, para un Melrose? ¡Pero si ni siquiera sabe las reses que posee! Por otro lado, piense en el asaltador de trenes, es decir en el asesino, en el que vive al margen de la ley... Ésa es la plaga de Texas.
—Ya. A usted le preocupa el que vive robando el dinero de otros, el que no tiene reparo en derramar la sangre del prójimo...
—Exactamente. Lee: coja su rifle y súbase a ese tronco. Vea qué es lo que está sucediendo a nuestro alrededor.
Bruce se alegró de que se le deparara una oportunidad para alejarse del capitán Maggard, quien, en aquel momento, le inspiraba casi un inexplicable odio, una irritación sin remedio. Pero no podía librarse de sus pensamientos, en verdad sombríos. Desde su posición, Bruce examinó las inmediaciones del campamento. Más allá de una línea de verdes matorrales divisó una zona boscosa, como un parque natural.
Vio después unos jinetes procedentes de dos direcciones. Eran el contingente «ranger», transportando un herido, y Tex con sus vaqueros, quien dio cuenta de la huida de dos de los perseguidos, uno de los cuales estaba herido.
Jack arribó con dos caballos que habían perdido a sus respectivos jinetes. Ahora que la pelea había terminado, el chico acusaba el esfuerzo llevado a cabo. No se acercó a Bruce, lo cual ya de por sí indicaba que Jack no se hallaba en condiciones normales. Finalmente, se presentó Peg Simpson con otras dos monturas perdidas por sus dueños.
Tex Serks fue en busca de Bruce, contemplando el rostro de éste muy serio. Pero había algo cálido y reverente casi en la fuerte y morena mano que oprimía la rodilla de Bruce. Peg le siguió.
—¿Dónde está Jim, Peg? —preguntó Bruce, recordando que no lo había visto.
—Resultó herido. Pero pudo volver sobre sus pasos. Él y Blight fueron los que salieron peor parados cuando saltamos sobre esos ladrones. Blight sobre todo... Le vi medio muerto al acercarme a él. Bueno. Estuvimos peleando sobre la marcha, sin detener nuestros caballos. Yo abrigaba el propósito de acosar a esos bandidos por aquí. Pretendía averiguar así dónde se encontraba su campamento... Todo salió a las mil maravillas, sonriéndonos la suerte.
—¿Sí? ¿Estuvo conmigo, me pregunto?
—Es lo que sé —replicó Tex, secamente—. Maggard es muy especial. Nada de sentimientos. En absoluto. Blight y Miller, perdidos. Colé malherido, así como Weymouth... Sacrificios grandes en honor al servicio de los «ranger». Ese hombre es orgulloso... Nos contó muy detalladamente cómo le salvaste la vida por dos veces. Maggard ensalzó tu astucia, muy oportuna, al hacerte pasar por Bruce Lockheart delante de Stewart... Ni el capitán ni nadie sospecha que en realidad eres aquél...
—Deja eso a un lado, Tex..., por ahora —le interrumpió Bruce, tragando saliva con dificultad—. Me consta que ante ti no he perdido nada.
—Yo soy el mismo de siempre. Somos de la misma raza.
Tex se separó de Bruce dejando a éste sumido en confusos sentimientos, entre los cuales predominaba el de la gratitud. Acababa de vivir una serie de fuertes emociones, siendo una de las más grandes la derivada de haberle salvado la vida a su más tremendo enemigo. ¿Qué diría Trinity? Al evocar la imagen de la joven, sus pensamientos más sombríos se disiparon un poco.
Capítulo XVI

A MEDIDA que avanzaba hacia el rancho, fue apoderándose de Bruce luego un pesimismo que adoptaba aterrorizadoras proporciones. Pensaba de nuevo en la reciente acción, en los hechos de que había sido testigo y actor y experimentaba las habituales sensaciones producidas por aquella oleada de muerte y sangre. Tenía que seguir escondiéndose bajo el nombre de Lee Jones. Poco a poco, esta realidad insoslayable se apoderó por completo de su mente.
Tal situación era trágica para él y Trinity. Bruce acabó diciéndose que sólo había una salida para aquélla: revelar su identidad y matar a Maggard.
«Me gustaría hacerlo —pensó—. Me veo obligado a ello... No por odio, sino para solucionar de una vez esta desesperada situación. Muerto Maggard, nada amenazará ya mi libertad.»
Trinity era el único obstáculo, lo que dificultaba su sombrío propósito. Bruce habíase notado inmerso por unos instantes en una deslumbrante claridad, adentrándose luego en las sombras rápidamente.
—¿Y luego, qué? —gimió, angustiado.
Al parecer, su vida tenía que ser una interminable galopada para escapar a la justicia, a los enemigos, a la prisión y la muerte. Ahora mismo daba la impresión de estar huyendo de su propia conciencia. ¡Era ésta la que lo perseguía y no Maggard ya!
Llegó al rancho poco después que Jack y los vaqueros. Bruce desensilló su caballo y lo llevó a abrevar, dejándolo en el prado, retrasando deliberadamente su vuelta.
Las ventanas del alojamiento estaban iluminadas cuando se presentó allí, cansado y abatido. Peg iba de un sitio para otro, Juan estaba encendiendo el fuego, Tex se inclinaba sobre su hermano. Esto hizo que Bruce recordara...
—¡Jim! Estás vivo y eso ya es algo. Espero que no te encuentres muy mal.
—Me siento mal, Lee..., pero por efecto del viaje.
Bruce procedió a lavarse y afeitarse. Principalmente, quería mantenerse en movimiento y evitar la conversación que, tarde o temprano, se plantearía. Después de cenar, el joven se tendió en la litera, completamente vestido, ya que sabía perfectamente que no le sería posible pegar un ojo en toda la noche. Jim dormía profundamente. Tex y Peg no paraban de fumar. Juan se apostó junto al fuego, que alimentaba parsimoniosamente, con menudas astillas de leña. Al cabo de un largo rato, Bruce oyó un rumor de apresurados pasos fuera, sobre la gravilla y luego en el porche. Alguien llamó posteriormente a la puerta.
—¿Quién es? —inquirió Tex.
—Trinity. Abra la puerta —fue la apremiante réplica.
Tex miró a Bruce, quien hizo un movimiento denegatorio de cabeza. Peg bajó la vista.
—¡Quiero entrar! —exclamó Trinity.
—Pero... Trinity: Lee está durmiendo y Jim se encuentra herido...
—¡Despiértele!
Trinity golpeó la puerta con algún objeto sólido. El mango de un látigo, quizás.
—Ya me he acostado, Trinity. Espera a mañana —medió Bruce.
—Mira, querido: pienso verte ahora mismo, aunque tenga que derribar esta puerta, aunque tenga que encaramarme a una ventana...
Bruce se levantó, abriendo la puerta del alojamiento. Trinity se había envuelto en un abrigo, del que asomaba sólo su rostro. Tenía los ojos muy brillantes.
—¡Oh! ¡Qué pronto te has vestido! —comentó Trinity, aturdida.
—No te dije que me hubiera desnudado —contestó Bruce—. Pero, bueno, Trinity...
—No hay peros que valgan. Échate encima el chaquetón. Hace un frío que pela.
Tex le llevó la prenda, diciendo a la joven, muy formal:
—Yo le daré las explicaciones que desee si es que quiere enterarse de cuanto ha ocurrido, Trinity. Así podrá dejar descansar a Lee.
—Gracias, Tex. Es que lo necesito.
Tex debía encontrarse irritado, pues insistió:
—Lee no puede estar para chicoleos a estas horas, muchacha, después de haber estado jugándose la vida y acabando con las de otros hombres...
—¡Estúpido! No pensaba en chicoleos, como tú dices —repuso Trinity, muy acalorada—. Y me tiene sin cuidado que haya eliminado a una docena de ladrones de ganado con sus revólveres... ¡Lo necesito!
Salieron los dos por fin del cuarto. La noche era oscura y no brillaba en las alturas ni una sola estrella. Un frío viento barría la pradera. Los coyotes aullaban sin cesar. El melancólico y solitario paisaje de los alrededores causó una profunda impresión en Bruce. Trinity se aferró a su brazo con ambas manos.
—Tenía que... verte..., querido.
—Sí, claro. También yo deseaba hablarte. Y ésta es una hora tan apropiada para eso, como cualquier otra.
Dejaron atrás la valla y avanzaron por entre los árboles, localizando entre las tinieblas su banco.
Estaban resguardados allí, pero el viento gemía incesantemente a su alrededor.
—Trinity: me consume esta comedia, me atemoriza pensar que en el momento menos pensado me delate alguien como el verdadero Bruce Lockheart. Y esto es lo que sucederá con seguridad antes o después. Quiero enfrentarme de una vez con Maggard.
El tono con que Bruce había pronunciado estas palabras delataba su honda preocupación.
—¡Oh, Bruce! Ya me doy cuenta de que es terrible vivir así —contestó Trinity—. Pero, ¿qué conseguirás dando ese paso? Será el fin... Querrás alejarte de aquí, de mí.
Los dos guardaron silencio unos momentos.
De pronto, ella se animó.
—Quizá no proceda así después de lo que hiciste hoy. Es posible que crea en tu inocencia. Jack me contó muchos detalles de vuestro encuentro con esos bandidos. Me dijo que le salvaste la vida a Maggard por dos veces. Lancé un grito de gozo. Yo había estado rezando para que sucediese algo que le obligase hacia ti. El cielo me ha escuchado. ¡Qué suerte! —Trinity hizo otra pausa—. ¡Pero no tenemos pruebas de nada! —esta última frase fue casi un sollozo.
—Siempre me queda el recurso de matarle, Trinity —replicó Bruce con firmeza.
—Desde luego. Y ahora, dada mi disposición de ánimo, no me importaría nada que lo hicieras. Pero si piensas en ti y en mí..., la idea no es aconsejable.
—Sí, Trinity. Es lo que me he estado diciendo mientras venía hacia este rancho...
—¿Pensaste en mí, querido? —inquirió la joven apasionadamente.
—Es lo que ha salvado a Maggard.
—Esto hace que te ame más todavía —murmuró ella.
—¿Cuánto tiempo permanecerá aquí todavía el capitán? —preguntó Bruce.
—Le oí decir a mi padre que un día o dos. Se marchará cuando los heridos se recuperen un poco. ¡Oh! Tiene mucho interés en llevarse a esos ladrones de ganado a Austin. Desea que se extienda la noticia del hecho. Quiere ganar fama por haber acabado con una peligrosa pandilla.
—Se está haciendo viejo —declaró Bruce—. Estaba convencido de que Stewart era Bruce Lockheart.
—Desea lo peor para Lockheart... Pero presenta un lado amable y vulnerable. Me ama.
Se abrazaron los dos en silencio.
—Yo no he tenido que sufrir un tormento como el tuyo, Bruce —dijo Trinity, por fin—. La solución de todo se me ha ocurrido de pronto, en estos instantes, con la mayor claridad.
—¿Qué es lo que se te ha ocurrido? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—¡Huyamos los dos!
Y como él no formulase ningún comentario, la joven añadió:
—Podríamos también arriesgarnos a instalarnos en el cañón, en una casa que levantáramos, nueva, como Lee Jones y su esposa... Es posible que nadie te reconociera nunca. Con eludir siempre el trato de la gente que no conociéramos...
—¿Qué otra salida tenemos?
—Planea nuestra marcha juntos. Escoge el momento oportuno... Ve en busca de Maggard y lánzale la verdad a la cara en unión del dinero procedente del robo del banco. Júrale que fue la única acción censurable que te llevó a la vida del forajido, que todo lo demás que se ha dicho son mentiras, que nada tienes que ver con los crímenes que se te han atribuido por el solo hecho de ser fugitivo... Dile que de no haber sido por ti él habría sido asesinado por Stewart. ¡En dos ocasiones! Dile que en esta situación, cualquier ser humano, aun tratándose de un «ranger» de Texas, sabría sobreponerse al odio y a la codicia, dejándote en libertad... Dile que yo prefiero irme contigo y que si se lanza en nuestra persecución y tú no logras darle muerte... ¡lo mataré yo!
—¿Qué camino debemos seguir, Trinity?
—Tú eres quien ha de escoger, Bruce.
Guardaron otra vez silencio y estrechamente abrazados escucharon el melancólico canto del viento por entre las ramas.
—Es tarde ya, Bruce —manifestó luego Trinity—. Llévame a casa. Tendrás que ayudarme a entrar por la ventana. Los míos creen que llevo ya largo rato acostada.
Emprendieron el regreso. Bruce no se explicó cómo pudo dar ella con la ventana de su habitación en la oscuridad. Intercambiaron un beso al despedirse...
Trinity, muy acalorada, se separó de él.
—¡Bruce! —susurró la joven, medio asfixiada, librándose de los brazos de su acompañante—. Te amo mucho, pero... necesito... seguir respirando... ¡Que Dios te ayude, querido! Decidas lo que decidas, ya sabes que estoy a tu lado. ¡Buenas noches!
Bruce echó a andar. Dejó atrás el alojamiento de él y sus amigos, saliendo a la pradera. El frío y penetrante viento, la oscuridad, la soledad, se acomodaban perfectamente a su estado de ánimo, si bien él no pensaba en esto.
Tenía que dejar a un lado los tiernos sentimientos que le inspiraba Trinity, olvidar sus caricias, su radiante belleza... Era preciso adoptar una decisión...
No quería ni pensar en toda una vida de engaños, presididos por el temor de verse descubierto. Había sido ya durante mucho tiempo, demasiado, un fugitivo, un «fuera de la ley», un individuo de tan mala fama que los bandidos auténticos de Texas ocultaban su identidad bajo su nombre. No podía seguir así indefinidamente. Pretendía vivir como Bruce Lockheart y con la cabeza bien alta.
Bruce pasó a ocuparse de la otra alternativa, que suscitó en él un alud de encontrados pensamientos. Conocía detalles de la vida del forajido que Trinity no habría sido capaz de adivinar en modo alguno. De aceptar su ofrecimiento, su nombre correría de boca en boca, siendo conceptuada por todos como una alocada damita prendada de un bandolero. ¿Cómo iba a consentir que ella sufriese todas las penalidades que entrañaba el movimiento constante de un lado para otro? A todo esto, sin alimentos, sin comodidades de ningún género, sin la posibilidad de asearse, ni de dormir o descansar tranquilos. Y el final era verse acorralado en algún sitio desierto o en la calle de cualquier población, a donde el hambre les habría empujado. Se vería entonces obligado a luchar por ella, a derramar sangre inocente, quizá... Ciertamente que Bruce no podía condenar a este calvario a la persona que más amaba.

La decisión llegó con el amanecer. El sol se elevó deslumbrante sobre un paisaje que no volvería a contener su figura. Su belleza, su aire puro y fresco, su consoladora soledad, tan gratos al corazón de un vaquero y de un ganadero en ciernes, no eran, no estaban hechos para Bruce Lockheart.
Frente a él sólo estaban los espesos bosques, la búsqueda del amargo escondrijo... ¿Qué mala semilla se había hundido en su espíritu para que sintiese tan fuerte el afán de luchar y de matar antes de ser eliminado? Aquello era odio, un odio que se había apagado momentáneamente y que ahora renacía, llameante, contra las injusticias de la vida y la brutalidad de la ley.
Una vez más, aquel día, por Trinity, Bruce Lockheart detendría su mano para evitar que atentara contra la vida de su gran enemigo. Pero esto no volvería a repetirse, nunca, nunca más, ante ningún «ranger», ni siquiera por ella.
Unas columnas de humo, los golpes de unas hachas, voces y silbidos, proclamaban que tanto los «ranger» como los vaqueros se agitaban en sus alojamientos, con el comienzo de una nueva jornada. Cuando Bruce pasaba ante la puerta del almacén-tienda del rancho, alguien le dio una voz, que él no pareció haber oído. Al entrar en su habitación, una sonrisa de saludo de Tex se borró en el rostro de éste nada más iniciarse. Peg, ocupado, como siempre, le miró, fijando rápidamente sus ojos en otro lado. Bruce no llegó a descubrir siquiera a los otros. Lió sus efectos personales en una manta, que procedió a sujetar a la correa de la parte posterior de su silla. Calzóse las espuelas con unos cuantos bruscos movimientos. Seguidamente, sacó de debajo de la litera su bolsa de viaje.
—¿Podrías prepararme algunas frutas secas, varias tiras de carne y unas galletas, Peg? Quisiera un poco de sal, también —dijo Bruce con una voz que casi no reconoció como suya.
—Desde luego —repuso Peg, muy nervioso.
—Gracias, amigo, por el último de los muchos favores que te debo.
Bruce salió al porche, echando a andar hacia el prado.
En este momento, oyó a Peg decir:
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué es lo...?
Tex le interrumpió con rudeza:
—Tu corazonada de anoche era correcta. Nosotros no podemos hacer nada.
Legs, cerca de la puerta de la valla, relinchó al verle, acercándosele, en busca de su pienso. A pesar de que controlaba férreamente sus emociones en aquellos momentos, Bruce sintió como una opresión en el pecho. Quería a aquel caballo, que le había salvado la vida más de una vez. Pero Legs pertenecía a Trinity. Uno de sus gestos de agradecimiento amoroso le había llevado a regalarle su montura.
El joven lo acarició.
—Mi querido Legs —dijo—. Aquí tienes tu pienso, por última vez de mis manos. Olvídame y piensa sólo en tu propietaria actual. Seguro que te querrá... Legs: vuelvo a ser el fugitivo de otros tiempos.
Se fijó en el mustango que había montado ya en anteriores ocasiones, el cual prefirió a otros más por su resistencia que por su rapidez.
Procedió a ensillarlo. Cuando avanzaban los dos en dirección a la construcción en que se encontraba su cuarto, el joven se mantenía pendiente de los «ranger» que pudieran aparecer.
Ató la bolsa a la silla y entró después en el dormitorio. Todos sus amigos se habían congregado allí. Todos sabían a qué atenerse. Con los ojos le estaban diciendo que se encontraban a su lado. Bruce comió un poco de jamón con pan, sirviéndose a continuación una taza de café.
—Se me antoja, Peg, que algunas de estas galletas podrán servirme de proyectiles —comentó.
—Sí. Son duras y pesadas: igual que nuestras vidas, para la mayoría de nosotros.
Nadie pronunció una palabra más en la habitación. Flotaba en ella una fuerte carga de contenidas emociones.
—Hasta la vista, amigos —dijo Bruce, saliendo al porche y montando seguidamente en su caballo.
Tex abandonó el cuarto mientras enhebillaba el cinturón del que pendía su revólver.
Bruce le obsequió con una larga mirada saturada de sombría desaprobación.
—Tú mantente fuera de esto, Tex —dijo con severidad.
—Para variar, amigo, ¿por qué no te vas de una vez al infierno? —inquirió Tex con una leve sonrisa.
—Pronto visitaré ese lugar, me guste o no.
Bruce empezó a alejarse sin volver la cabeza. Luego, se apeó, atando al caballo a un poste. Jack bajaba por el sendero, constituyendo otra prueba de cómo la suerte se empeñaba en favorecer a Bruce.
—¡Eh, muchacho! Me fuiste simpático desde el primer momento y desearía que siguiésemos siendo amigos... ¿Quieres hacerme un último favor?
—¡Claro, Lee!
—Yo soy realmente Bruce Lockheart, cosa que voy a poner en conocimiento de Maggard ahora mismo. ¿Se encuentra ahí?
—¿Tú...? —Jack, atónito, se puso intensamente pálido, pudiendo añadir finalmente—: ¿Qué...? Sí. Está ahí, con mi padre y Luke. No hay nadie más. Pero bueno, se acerca Tex. ¿Qué favor quieres que te haga?
—Procura mantener a Trinity alejada de esta casa y si te ves obligado a amarrarla a algún poste no vaciles en hacerlo con tal de conseguir ese propósito.
—Está en la parte posterior de la vivienda. Iré a verla corriendo... ¡Dios mío! ¡Es terrible!
Jack salió disparado, sin más. Bruce volvió la cabeza al subir los peldaños del porche. Tex se aproximaba dando grandes zancadas, componiendo una figura impresionante. Su gesto indicaba a Bruce que la escaramuza armada era inevitable. Tex lo exponía todo por su amigo. Cruzando el porche, abrió la puerta de la casa con brusquedad, dejándola así al entrar.
Slaughter estaba liando un cigarrillo. Melrose se encontraba junto a Maggard, con la espalda vuelta hacia la chimenea. El «ranger» miró atentamente a Bruce.
—Buenos días, Lee. Yo hubiera asegurado que...
Su sonrisa se quebró, al igual que la frase. Melrose abrió la boca, asombrado. Luke Slaughter pareció comprender de pronto...
—Le estoy apuntando con mi revólver, Maggard —declaró Bruce con voz siniestra.
—¡Ya lo veo! —replicó el «ranger» de Texas—. Usted no está borracho, de manera que tiene que haberse vuelto loco.
Medió Melrose:
—Por el amor de Dios, Lee...
—Usted no se mueva... Quieto, Luke... —ordenó Bruce, dando un par de pasos hacia delante, el revólver muy bajo, firmemente empuñado:
La serenidad de Maggard no era ya la misma. Su tórax se dilató. Apretó firmemente los labios y luego emitió un prolongado siseo, pero la pregunta dictada por su estupefacción se heló en aquéllos.
—¡Soy Bruce Lockheart! —Bruce hizo una pausa para calibrar el efecto de estas tres palabras—. Soy el hombre... el forajido que usted persigue desde hace años. Me he visto acorralado por haber tomado parte en aquel atraco a un banco... Pero ése fue mi único delito. Y he conservado el dinero. ¡Hasta el último dólar de la suma que me correspondió! Trinity tiene ese dinero. Ella lo pondrá en sus manos... Le prometí que no mataría nunca a ningún «ranger». Pero voy a quebrantar mi promesa aquí... ¡Le espero!
Bruce empezó a retroceder hacia la puerta. Tex se encontraba en ella y lo dejó pasar. Bruce saltó los peldaños del porche y echó a correr hacia su caballo. Un agudo grito le enervó... Procedía de la garganta de Trinity, en una de las habitaciones interior. Bruce saltó sobre su montura y clavó las espuelas en los costados de animal, saliendo disparado.
Ya algo lejos de la vivienda, puso al mustango al paso. No quería forzarlo, a menos que se viese precisado. No volvió ni una sola vez la cabeza. No hubiera podido distinguir nada de todos modos. Realizado su propósito, dentro de su pecho y de su cabeza se había desencadenado una terrible tormenta que le cegaba.
Su cabeza fue despejándose lentamente, su vista se aclaró, sus confusos pensamientos adoptaron un orden. Ni siquiera volvió la cabeza desde el puente sobre el Brazos en que tropezara con Tex y sus amigos. Por allí, una curva del camino escondía a su vista el rancho.
Por delante de Bruce, la pradera presentaba un suave hundido, dividido por un blanco sendero, hacia cuyo final surgía una arboleda. Contempló la montaña Flat Top. A su derecha, a unos quince kilómetros de distancia, o más, estaba la prominencia que le ayudara a concretar su exacto emplazamiento en otra ocasión. Los negros bosques no quedaban al alcance de su vista. Solamente el rígido borde de la Staked Plain marcaba la barrera en aquel sentido.
Su mustango avanzaba con pasos siempre iguales. Descendió lentamente hacia la hondonada y subió por la casi imperceptible cuesta, buscando una verdosa elevación. Desde aquí, a unos diez kilómetros de distancia, miraría hacia atrás por vez primera desde su salida del rancho... ¡para ver si era perseguido!
¿Era aquello una alucinación? ¡No! ¡Estaba viendo un jinete! Del suelo se elevaba una nube movediza de polvo.
Una amarga risa se le escapó de entre los labios. A unos diez kilómetros de distancia, o menos, por aquel lado del puente, un jinete se movía sobre el blanco camino. Sería uno de los «ranger», quizás el propio Maggard. ¡Qué nervio, qué infernal tenacidad, qué manera de esclavizarse ante el deber! En el fondo de su corazón, Bruce admiraba aquel espíritu.
—Nadie se excede, capitán, tratándose de una buena causa —manifestó Bruce en voz alta, con profundo sarcasmo.
Pero Maggard se condenaba así a muerte, ya que Bruce se había jurado matarle si se acercaba a él demasiado.
La distancia era grande todavía, pero a pesar de ello, el ojo experto de Bruce advirtió que el jinete le ganaba terreno. Empezó a volver la cabeza con más frecuencia. Esperaba que de un momento a otro, detrás del solitario jinete, apareciese todo un pelotón.
De repente, vio en la curva del puente, en las proximidades del puente, varios jinetes... Cuatro... ¡Cinco!
«Debiera habérmelo figurado», se dijo Bruce.
Picó espuelas, lanzando a su caballo al galope. Profirió unas maldiciones por no haberse dirigido a la zona de los bosques al alejarse del rancho. Por allí había más de quince kilómetros de terreno excelentemente cubierto. No obstante, se sentía confiado. Los «ranger», normalmente, manejaban caballos pesados, escogidos por su aptitud para las largas persecuciones y no las breves carreras. Nunca le alcanzarían. Y si su mustango sufría algún accidente y se quedaba cojo, por ejemplo, Bruce echaría pie a tierra y recurriría a su rifle para dar una lección definitiva a aquel tozudo capitán.
Después de unos momentos que se le antojaron muy largos, Bruce calculó la distancia que le quedaba por recorrer para llegar a la parte alta de la pradera. ¡Todavía unos cinco kilómetros! La enrarecida atmósfera de aquel paraje le había llevado a calcular mal. El caballo avanzaba con facilidad, muy suelto. Bruce sabía cómo sacarle partido a una montura cuando la cuestión que se ventilaba era de vida o muerte.
Bruce volvió la cabeza nuevamente. Se sentía desconcertado. Los progresos de aquel jinete eran evidentes. Acababa de acortar su separación en más de kilómetro y medio últimamente. Se trataba de un caballo muy rápido. En estos difíciles momentos, surgió una duda en la mente de Bruce...
Algo inconcreto siguió, una sospecha más definida, una certeza... Aquel animal era un bayo, un bayo grande, de largas patas...
—¡Dios mío! —exclamó Bruce—. ¡Es Legs! ¡Ese maldito «ranger» me está persiguiendo valiéndose de mi propio caballo!
Bruce apuró su montura hasta el límite. Estaba convencido de que más allá del borde de terreno elevado hallaría fácilmente un sitio donde esconderse. El mustango sabía correr, pero su paso, su zancada, no podía compararse con la de Legs. ¿Había suerte peor que aquélla, la de verse abatido por su caballo, verse llevado al crimen por su causa?
Bruce llegó por fin allí, al borde en alto de la pradera. Estuvo a punto de cerrar los ojos, para no ver lo que tenía delante.
¡Una extensión llena de kilómetros y kilómetros, sin ninguna espesura! Él necesitaba en aquellos instantes otro paisaje: el de las tierras cubiertas de frondosa vegetación, pobladas de grandes o pequeños bosques. Y éstas eran inalcanzables. A menos que se decidiera a eliminar a su perseguidor...
Siguió avanzando, sucumbiendo a esta decisión. Significaría el fin para él, pero... Aceptó lo inevitable. Se exponía, naturalmente. Pensó que sólo se moría una vez. Lucharía contra aquellos «ranger» hasta lo último.
Volvió la cabeza. Distinguió con toda claridad la herbosa pradera y la blanca línea del camino. Estaba a cerca de un kilómetro de la cumbre... En aquel momento, la montura baya, rápida como la luz, ante su vista. En Bruce sólo alentaba ya el instinto de conservación.
Detuvo su caballo, apeándose. Luego, sacó su rifle, volviéndose con el ceño fruncido hacia la carretera. El mustango abatió la cabeza y empezó a pastar. El joven calculó que dispondría de tiempo suficiente para quitar sus efectos personales a aquél, colocándolos en la silla de Legs antes de que los que venían detrás remontaran la elevación. Maggard podía darse por muerto ya. Sus hombres lo encontrarían tendido en el suelo, con las manos y el rostro sumergidos en el polvo.
Bruce preparó su rifle. Sus manos se aferraban al arma como si hubiesen sido de acero. Levantó la vista, esperando. Legs llevaba sobre su lomo a aquel «ranger» de pesado corpachón como si nada. Avanzaba como el viento de la pradera.
Maggard, evidentemente, no abrigaba ningún temor. No esperaba morir. Había que culpar al «ranger» de aquel encuentro.
El joven esperaba que Maggard se detuviera fuera del alcance de su rifle, pero donde pudiera oírle. Era raro que el «ranger» siguiese avanzando, acortando distancias sobre su magnífico caballo.
Legs seguía batiendo rítmicamente sus cascos contra el suelo. ¡Con qué rapidez un necio podía correr hacia lo que representaba su muerte! ¿Estaba acaso ciego el «ranger»? ¿Es que no veía que él lo esperaba allí, con el rifle preparado para abrir fuego? No. Parecía no ver nada...
Serenamente, con la fría calma de un cazador, habituado, Bruce levantó el rifle. Era fácil colocar una bala en aquel jinete, situado a su nivel avanzando como una centella. Bruce quería impedir a toda costa que el caballo resultase herido.
A unos doscientos metros de distancia, o menos, Bruce se quedó absolutamente inmóvil, apretando entonces el gatillo de su arma. Un objeto redondo, el sombrero del «ranger», salió por el aire, cayendo sobre las hierbas.
—No está mal el tiro, capitán... El blanco se encuentra sobre el lomo de un auténtico diablo, ¿no? —musitó Bruce, disponiéndose a hacer fuego, con la misma intención, por segunda vez.
En el momento de apuntar descubrió una enguantada mano que le hacía señas. ¿Es que se creía el autoritario «ranger» que con sólo el movimiento de una mano podría torcer su destino? Más sombrío que nunca, Bruce afinó la puntería...
Al ir a oprimir el gatillo de nuevo, Bruce observó que el jinete pretendía contener a su montura. Legs, sin embargo, se resistía. ¡Demasiado tarde! El caballo siguió avanzando.
Bruce divisó la oscura figura. ¡Estaba muy cerca de él! Entonces vio unos cabellos que flotaban al viento. Y luego una blanca faz. ¡La de Trinity!
—¡Dios me valga!
El rifle se le cayó de las paralizadas manos. Había estado a punto de matar a Trinity. La joven hacía todavía lo posible por dominar a Legs. Dio un grito a Bruce. El caballo se volvió hacia un lado y otro, giró en redondo, dio una pequeña carrera sin dirección y, por fin, se quedó inmóvil.
Bruce volvió en sí de su asombro. Cogiendo el rifle, echó a correr para montar en su mustango. Trinity le había alcanzado para huir con él. Le había jurado que lo haría. Había sacado alguna ventaja a los «ranger». Bruce volvió la cabeza hacia la línea de la pradera en que se iniciaba la depresión. ¡No divisó ningún jinete! Comenzaba a reaccionar. Lanzóse al galope hacia Trinity.
Las palabras primeras de Bruce fueron pronunciadas con voz débil. Eran unas frases incoherentes... La palidez de ella desapareció bajo una capa de carmín. Sus ojos eran dos oscuras y grandes hendiduras.
—Bueno, ¿qué te parece? ¿Qué tal se porta Legs montándolo yo? —inquirió Trinity, retadora, acariciando con su enguantada mano las brillantes crines del caballo.
Con mano temblorosa, Bruce señaló la carretera.
—Esos jinetes que te seguían... ¿Quiénes... eran?
En el paisaje, solitario de nuevo, no había más movimiento que el del mar de hierba, bajo la caricia del viento.
—Jack... y los muchachos —replicó ella.
—¿No era Maggard y sus «ranger»?
—No, querido —respondió Trinity, depositando su mano sobre uno de los hombros de él, como deseosa de inspirarle de una vez confianza.
Bruce se derrumbó sobre la silla, sacó los pies de los estribos y se apeó, vacilante, cayendo al suelo. Trinity desmontó rápidamente, colocándose a su lado, hablándole tiernamente, abrazándole. Pero él no la veía ni la oía, presa como era de una intensa emoción.
Tardó unos momentos en recobrarse. Trinity secó sus lágrimas y el sudor que cubría su frente. A lo lejos, Bruce vio cinco caballos detenidos...
—¿Qué ha pasado, Trinity? —susurró.
—Ya te lo he explicado, querido... Pero, Bruce... Si acabo de explicártelo todo...
—Perdóname. No podía prestarte atención.
—Iba con Jack en tu busca... —empezó a decir Trinity, apresuradamente, asiéndole por un brazo, como si hubiese necesitado en aquellos momentos apoyarse en él—. Llegaremos al vestíbulo... Oí lo que le dijiste al capitán Maggard... Le amenazaste... Me quedé paralizada... Luego, te fuiste...
»Fui corriendo a mi habitación, cogí tu dinero y se lo arrojé a Maggard Di una voz a Jack para que ensillase a Legs. No recuerdo qué palabras pronuncié dirigiéndome al capitán. Deliraba. Le llamé las más horribles cosas. Primero se puso muy pálido... Después, su rostro se encendió como la grana. Se quedó con la mirada fija en tu dinero. La expresión de su rostro, seguidamente, cambió. Me miró sonriente. A continuación se puso serio. «Bruce está en paz conmigo, Trinity —gritó—. Vete en su busca. Llévate a los chicos... ¡Síguelo!» Loca de alegría y de miedo, me puse estos pantalones, me calcé estas botas, me embutí en un chaquetón... Corrí al prado. Jack me salió al encuentro, llevando de una brida a Legs. Monté en el caballo, diciendo a Jack que se lanzara detrás de mí con los vaqueros... ¡Oh! Fue terrible, terrible... Hasta que te vi, en lo alto... Entonces, señor Bruce Lockheart, supe que ya no podías escapar, que eras mío.
—Sí... Fuiste más rápida que yo... ¡Oh, Trinity! ¡Y pensar que pude matarte!
—Te faltó poco, verdaderamente... Al ver que habías echado pie a tierra y que te disponías a hacer uso de tu rifle, comprendí que me habías tomado por Maggard. Te hice señas. Intenté detener a Legs. Este caballo tiene una mandíbula de hierro y estaba enloquecido. No podía conseguir pararlo. Bruce: el proyectil de tu rifle lanzó mi sombrero por los aires.
—Lo sé. Cuando te reconocí, mi corazón pareció dejar de latir de pronto. Había sido el instante más terrible de todos...
—Erraste el tiro, muchacho. ¡Ah! Hubiera preferido que me matases a dejarme sola aquí... Vamos, Bruce. Volvamos al rancho. No olvidemos mi sombrero, ¿eh?
Condujeron a sus caballos de las bridas hasta el sendero cercano. Trinity enseñó a Bruce el orificio producido por el proyectil en la parte alta del sombrero. Pasó uno de sus menudos dedos por aquél, echándose a reír.
—Pienso conservarlo, no creas. Representa una lección que no debe olvidársete. ¡No intentes nunca huir de Trinity! Y procura apuntar alto cuando vayas a disparar...

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