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miércoles, 7 de junio de 2017

El Forastero Del Tonto (Zane Grey)

El Forastero Del Tonto
Zane Grey

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notes


Zane Grey

EL FORASTERO DEL TONTO
Título original

STRANGER FROM THE TONTO

1965 by Zane Grey Inc.
Traducción de M. GIMÉNEZ
Cubierta de

NOIQUET

© EDITORIAL MOLINO, 1970
Apartado de Correos 25 Calabria, 166— Barcelona (15)
Depósito Legal, B. 20.477-1970
Número de Registro, 7.659-6?
Impreso en España

1

UNA MAÑANA, desde una oscura pendiente de un desolado promontorio, el viejo explorador localizó hacia el sur tres repliegues rojizos. Se excitó tremendamente y nada podía haberle retenido. Aquellas colinas coloradas le parecieron muy lejanas al joven, el cual aventuró la sugerencia de que tal vez fuese prudente, teniendo en cuenta la época del año, «buscar las regiones más frías en vez de arriesgarse al contacto terrible e insoportable de aquellas rocas calientes.
Fueron bajando por el laberinto de negros cráteres y cañones rojos y por entre los campos de cactus, llameantes en la diversa floración de sus capullos. En palo verde brillaba como oro al sol, los ocotillas escarlata y los muertos «palo christi», como suaves nubes de humo azul, se extendían por las relucientes vastedades de arena. La lujuriante vegetación del desierto engañaba los ojos, pero al final de cada extensión verdeante, se erguía la abrumadora desolación y la aridez de las rocas terrestres.
De cuando en cuando, los buscadores de oro entreveían un destello de los tres picos que empezaban a destacarse del espejismo del desierto. Aparentemente no estaban más cerca, pero sí eran más altos, convirtiéndose, como por arte de magia, en verdaderas montañas. Aquéllos destellos espoleaban a Bill Elway, y Kent Wingfield, sabiendo Que se habían extraviado, miraba indiferente el peligro y se entregaba de lleno a la aventura.
Habían tenido una suerte asombrosa al localizar los pozos de agua. Elway tenía una vista muy penetrante y una singular experiencia. Añadiendo a esto el hecho de que uno de los burros, «Jenester», podía oler el agua a increíble distancia, la suerte les favoreció. Pero una noche tuvieron que instalar un campamento seco. El día siguiente fue muy caluroso. Y tardaron toda la jornada en localizar agua. Y aquel día, las montañas desaparecieron tan por completo como si se las hubiese tragado el desierto.
El amanecer helado del desierto, de un amenazante color i rojo hacia occidente, halló a los aventureros doblemente perdidos, ya que ni siquiera tenían un mojón como referencia. Todos los puntos cardinales parecían semejantes: montes estériles, conos oscuros, promontorios escarpados y desprovistos de vegetación, cordilleras de un color azul claro en la lejanía.
Pero Elway continuó hacia el sur, cada día más encorvado y derrengado. Los burros resultaban ya difíciles de conducir. «Jenester» quería retroceder, y los otros estaban dominados por el instinto. Sin embargo, Elway era inflexible. Kent lo contemplaba, no ya con fe ciega, sino con la perturbación de quien ha visto a un hombre guiado por un sexto sentido, sin un conocimiento exacto de la operación a realizar.
Sin embargo, pronto Elway alteró el curso del viaje, y dormían de día y caminaban de noche. El alba, suave, gris y exquisita, el florido estallido del sol al aparecer, parecieron encantar al joven, como también los bellísimos atardeceres y los maravillosos crepúsculos. En cuanto a las demás horas, dormía a la sombra de unos árboles, bañado en sudor y torturado por pesadillas, o seguía pacientemente y en silencio al implacable explorador.
Apenas hablaban. Una vez, Elway preguntó cuántos días faltaban para que finalizara junio, y Kent replicó que seguramente unos quince días.
—Agosto es el mes más caluroso. Todavía podemos salir de aquí —afirmó el explorador, haciendo rodar un guijarro en su boca. Y con estas palabras, probablemente quiso dar a entender que podrían encontrar oro y escapar del homo del desierto. Pero había cesado de lavar arena en las vaguadas y tampoco recogía pedruscos.
Los días fueron multiplicándose. Pasados a la sombra no resultaban del todo insoportables o agotadores. Pero la* horas del mediodía, durante las cuales invariablemente ambos se despertaban, tenían una austeridad solemne y amenazadora. Las noches eran gratas en lo que se refiere a la atmósfera. Elway, sin embargo, no podía guiar sus burros en línea recta. «Jenester» desviaba hacia oriente, lo cual no se ponía de manifiesto hasta que clareaba.
Otro campamento seco, con la última provisión de agua en sus cantimploras, llevó a los caminantes al último extremo. Elway había seguido su criterio contra el criterio de «Jenester», y ahora se hallaban enfrentados a una catástrofe.
La oscuridad les alivió del sol, si no del terrible cansancio. La luna se asomó por detrás de las negras colinas, y el desierto se convirtió en un caos plateado, silencioso como la muerte, irreal y hechicero en su belleza.
Aquella noche, Elway puso a «Jenester» en cabeza y, con las orejas enhiestas, el animal se dirigió hacia oriente. Los otros lo siguieron ansiosamente. Anduvieron de prisa, hasta que los dos hombres se sintieron demasiado cansados para seguir el paso de las bestias. La arena parecía aferrarse a sus pies. A medianoche, Kent le echó una mano a Elway. Pero no podían casi seguir a los burros, que marchaban de acuerdo con el tintineo de la campanilla de «Jenester». La lima se hundió tras el negro horizonte. Las estrellas, con su inusitado brillo, resplandecían intensamente. Después, todo se tomó gris, y cuando llegó la aurora, el joven iba sosteniendo a medias al viejo explorador.
A su alrededor, el desierto parecía exactamente igual que los días precedentes. Las cordilleras del este se hallaban como incendiadas, y las del oeste envueltas en una bruma purpúrea. Los burros hablan ido ascendiendo. Se encontraban fuera del alcance de la voz, y tuvieron que ser rastreados.
El viejo se estaba debilitando muy de prisa. Pero la vista de unos conejos y el canto melodioso de un sinsonse lo salvó del colapso. Donde había tales criaturas, no podía quedar lejos el agua.
Elway se apoyó con menos fuerzas en el brazo de Kent. Empezaron a trepar, siguiendo los rastros a través de los pasillos abiertos entre las espesuras de cactus, rodeando los promontorios, hasta un risco de suave cuesta, en cuya cumbre, formada por tres picos redondeados, la montaña parecía vigilar incesantemente. Elway señaló algo con mano temblorosa y gritó una frase ininteligible. Su ánimo era mayor que su fuerza, y fue el poderoso brazo de Kent el que ganó la cumbre por él.
—¡Mira... viejo! —jadeó el joven.
Tres mesetas simétricas, singulares en su semejanza de tamaño y contornos, se erguían magníficas con todo el misterio y toda la gloria del reflejado sol, dominando una salvar je y majestuosa panorámica del desierto.
Pero la enorme sorpresa de este súbito e inesperado descubrimiento de los tres picos que había atraído y engañado a los exploradores, inmediatamente dio paso a una sensación infinitamente más bella: el murmullo del agua deslizándose. Un poco debajo de ellos, corría un torrente rápido, aunque poco profundo, /transparente como el cristal, y teñido del matiz sonrosado de la mañana. Los burros estaban abrevando.
Elway se tambaleó hasta alcanzar la sombra de las rocas y se dejó caer con un gruñido que no era todo de acción de gracias. Kent, con paso rápido, descendió por la suave pendiente.
El agua era fresca y dulce. Brotaba del granito o lava, no muy lejos. Kent llenó su cantimplora y regresó corriendo hacia su camarada, que yacía con los ojos cerrados y el rostro pálido y sudoroso.
—Incorpórate, Bill. El agua es excelente —le dijo Kent arrodillándose. Pero tuvo que levantarle la cabeza y sostener la cantimplora junto a sus labios.
Tras un largo sorbo, el viejo explorador sonrió desmayadamente.
—Creo... que... lo hemos hallado... demasiado tarde —murmuró con voz bastante clara—. Obro día... y estaríamos cocidos.
—Viejo, ahora toda irá bien, gracias a «Jenester» —repuso Kent roncamente—. Aunque estemos perdidos.
—No estamos perdidos, hijo. Hemos encontrado tres mojones.
—¿De veras? Bien, bueno es saberlo. Pero si mis ojos no me engañan, son demasiado grandes —comentó Kent, contemplando los tres picos.
—¿Taz el campamento aquí. Descansaremos —dijo Elway.
—Tómatelo con calma, Bill, yo desempaquetaré.
El viejo explorador asintió con el aire desganado del que no tiene otra alternativa. Luego, Kent descendió y guió los burros hada arriba. Una vez que todo estuvo desempaquetado, los animales se echaron en él suelo, y empezaron a revolverse ensuciándose de tierra.
Extendiendo una lona desde la roca horadada, en la que Elway estaba reclinado, Kent, construyó un refugio admirable. Luego desenrolló la cama de campaña de su camarada y le ayudó a acostarse. Por fin, desembaló los utensilios y unas latas de conserva, mientras silbaba. ¡Qué milagros podía hacer el agua! Formó un hogar con piedras y, con el hacha al hombro, bajó en busca de leña. Tal vez no seria fácil encontrar leña, aunque en último extremo, quemaría cactus secos. Pero, por suerte, no tardó en encontrar un árbol de hierro muerto, que produce la más maravillosa leña del desierto. Decidió que le habían aplicado justamente su nombre, ya que cuando dejó de cortarlo, tenía la cara húmeda de sudor. A pesar de lo temprano de la hora, el sol calentaba con fuerza. Kent levantó los ojos y miró los tres picos, consciente de una soledad y una amargura indefinibles. Lo que tanto había anhelado, ahora le dejaba indiferente. Pero vistos desde este lado del risco, los tres picos eran sumamente hermosos. El tono rosado de la madrugada no los tenía ya. Ahora tenían un color bronceado, punteado con rayas y manchas verdes, en los espacios donde la vegetación del desierto había logrado medrar. El manantial nacía, indudablemente, en aquellos montes, no siendo la distancia de muchos kilómetros, aunque parecían ser excesivamente escarpados.
Kent llevó una brazada de leña al campamento. Elway estaba durmiendo, completamente agotado. EL joven lo miró atenta y ansiosamente, escrutando su arrugado rostro, ahora sumido en un profundo sueño. La pasión que sentía por el oro aún seguía en ese rostro. ¿O había desaparecido ya?
¿O la había Bill poseído alguna vez? El viejo siempre había sido un misterio. Kent desenrolló su propio lecho sobre la suave arena, sombreada por la lona. Luego, quitándose su húmeda camisa, se tendió sobre las mantas, y cuando cerró los ojos, se quedó dormido.
El dorado sol iba ascendiendo cada vez más en el cielo. No había ni una sola nube. El silencio se extendía como un manto sobre el desierto, a pesar del murmullo de agua, interrumpido de cuando en cando por la campanilla de «Jenester». Algunas abejas zumbaban alrededor. Un águila negra daba vueltas en lo alto, y un buitre negro, de cuello alargado, estaba encaramado sobre un promontorio, vigilando el campamento.
Kent se despertó muy entrada la tarde y vio que su compañero estaba totalmente despierto, con la cabeza apoyada en un brazo.
—¡Diantre! Estoy molido —exclamó Ként, desperezándose y bostezando. Estaba Sudoroso y muy acalorado—. Hola, viejo cazador. ¿Tienes hambre?
—Creo que sí —replicó Elway.
—Vaya, yo también. Haré la comida en un periquete. Caramba, sí que hace calor aquí —añadió, mientras se calzaba las botas.
—Kent, me parece que el calor empieza a llegar —contestó Elway con gravedad.
—¿A llegar? Yo diría que ya lo tenemos encima desde hace varios días.
—Bueno, yo me refiero al «calor».
—Bill, eres un tipo raro. ¿Qué diferencia hay entre calor y «calor»?
—Hijo, cuando hace «calor» no es posible viajar.
Kent miró a su viejo amigo. ¿Qué quería decir? Por el momento, la idea de viajar se negaba a permanecer en la, mente del joven. Pero una sombra pasó por su semblante. Sin responder, se levantó y empezó a trabajar. Una vez miró a Elway, preguntándose si podría levantarse. Lentamente fue guisando la cena, a veces muy erguido con su bastón en la mano, y en esos momentos, contemplaba inconscientemente el desierto. Empezaba a sentirse influenciado por fuerzas desconocidas.
Cuando la cena estuvo lista, lo dejó todo sobre una lona al lado del lecho de Elway. El viejo no podía incorporarse por completo, por lo que Kent tuvo que servirle, pero demostró tener buen apetito. Esto agradó a Kent, ejerciendo en él una saludable reacción. Mientras estaban comiendo, se acercó el burro «Jenester», haciendo sonar la campará ta.
—¡Maldito sea yo! Aquí está «Jen». Está muy bien amaestrado —exclamo Kent.
—Seguro. Pero si hubieses vivido en el desierto con los burros tantos años como yo, habrías visto cosas aún más interesantes.
—Bueno, está buscando unas latas que lamer —observó Kent
Sin embargo, el encubierto significado que Elway le concedía a la acción del burro no pasó inadvertido para Kent. Mientras estuvo realizando las faenas del campamento, no sintió deseos de silbar. El sol fue tomándose rojizo y no tardó en hundirse tras los montes y fue como si acabaran de cerrar la puerta de un homo. Las sombras trajeron una.ligera brisa que cruzó el desierto. Llegó el crepúsculo. El silencio y la soledad parecieron acentuarse. Los leños de la fogata resplandecían alegremente. El arroyo cantaba en voz baja. La campanilla de «Jenester» resonaba a lo lejos, y la noche parecía como detenida por un resplandor plateado en lo alto de la cordillera.
El viejo explorador estaba incorporado y contemplaba los picos. Kent, sentado con la espalda apoyada en la roca, miraba cómo la luna iluminaba las extrañas formas del desierto.
—Bill —dijo Kent de pronto, como si hubiese traspasado un límite—, hemos tardado tres semanas en llegar a tus picos. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Hijo, hemos malgastado un tiempo precioso —replicó Elway tristemente—. Nos hemos perdido. Es una suerte que estemos vivos.
—Desde luego, y agradezco esa suerte. Pero espero que mañana puedas levantarte para echar un vistazo por ahí.
Si Elway alimentaba alguna esperanza, no lo dijo, omisión que le valió una penetrante mirada del joven. Debido a la oscuridad, no hubiera, sin embargo, podido vislumbrar j nada en el rostro del viejo.
—Amigo, supongo que tenías alguna idea en la cabeza cuando quisiste alcanzar estos malditos picos.
Si Kent esperaba que su reproche hiciese hablar a Elway, se vio defraudado, porque el viejo explorador no despegó los labios. El intento de Kent por reanudar la conversación y romper el opresivo silencio, fue un fracaso. Elway estaba meditando.
Mientras, la lima acababa de salir, como un círculo de plata suspendido de la bóveda del cielo. Ello añadía cierta irrealidad al salvajismo de cactos y rocas. Durante el día le era posible a un ser humano mantenerse en contacto con la vida y la realidad, pero resultaba imposible de noche. Kent se levantó y anduvo a la luz de la luna. Trepó a una pequeña eminencia y se acurrucó allí, con el pensamiento dispuesto a la escucha, como vasallo de sus instintos que parecían aumentar y sobreponerse a su conciencia. Desde allí no podía oír ningún sonido, salvo los latidos de su corazón. El silencio era terrible. La Naturaleza trabajaba de forma imperceptible en el desierto.
Regresó al campamento y se inclinó sobre él viejo, que yacía dormido a la luz de la luna, que de blanqueaba el rostro. La tortura del joven no tardó en hallar alivio en el sueño.
Pero amaneció otro día y con él la inquietud.
Después de desayunarse, el viejo llamó a su compañero.
—Siéntate y hablemos.
—Sí, me gustaría —contestó Kent, que advirtió un sutil cambio en el semblante del anciano.
—Hijo, piensas mucho, ¿eh? —empezó a decirle Bill mientras sonreía y se le iluminaba el arrugado rostro.
—Sí. Acabo de descubrirlo —repuso Kent lacónicamente.
—¿Estás preocupado porque nos hemos perdido?
—Sí.
—¿Y por la coqueta que te dio calabazas?
—No. No puedo decir eso. Ella parece quedar muy lejos... Aunque supongo que también me preocupa, Bill. Como si todavía estuviese aquí dentro.
—No está ya, Kent. Lo sé... Bien, y respecto a estar perdidos... no lo estamos.
—No te entiendo, amigo.
—Escucha. Sé dónde nos hallamos, aunque jamás había estado aquí. Supongo que no nos hallamos muy lejos de lo que yo andaba buscando. Hay oro. Un viejo compinche me lo contó. Un lugar donde escasea el agua. Y añadió que el agua bajaba en la estación de las inundaciones. Ese arroyo, claro está, se mete por debajo de la arena no muy lejos de aquí.
—Ajá. ¿Y qué hay con esto?
—Bien, un tipo podría ir bajando, deteniéndose de cuando en cuando para tamizar un poco de oro, y en unos cuantos días llegar al Golfo, al menos con un par de miles de dólares... Después, creo que le quedarían seis días de travesía por el Golfo, cuidando de viajar sólo de noche con la marea baja, hasta la desembocadura del Colorado. Luego, Yuma, donde podría cambiar su oro en polvo por dinero efectivo... Y si vivía en Arizona, no tardaría en llegar a su hogar en diligencia.
—Sí, esto sería maravilloso para un tipo así —repuso Kent sarcásticamente—. ¿A dónde quieres ir a parar, viejo?
—Hijo, este desierto es un lugar extraño. Yo he estado mucho en él, y hablé con muchos exploradores que habían intentado arrancarle sus secretos. Pero ninguno lo consiguió. Tal vez lo hubieran conseguido, de no ser por los yanquis y los seris. Conocí a tres que llegaron hasta aquí, pero no regresaron... Me contaron que los seris obtenían oro, en la marea baja, de las rocas que bordean al Golfo. Extraían pedazos de oro erosionados y carcomidos por el agua salada.
Se los entregaban a los papagos, y éstos, a su vez, se toa entregaban a los yumas. Y los yumas comerciaban con el oro, comprando y vendiendo. Así es como llegó a conocimiento de los blancos. Y podría contarte muchas historias de los indios respecto a obtener los servicios de un médico que le curó los ojos a un gran jefe... vendándole los ojos durante tres días, y después mostrándole un territorio lleno de manganeso negro de oro. Este lugar no debe quedar lejos, porque el médico divisó tres picos de color rojizo.
—Ajá... Muy divertido, viejo, porque ahora nosotros acampamos debajo de esos tres picos, aunque no nos importan un ardite las excavaciones que ellos señalan, ¿eh?
—No es divertido, hijo —contestó con gravedad el viejo explorador—. Pero sí es extraño. El oro suele enloquecer a los hombres. Aunque yo nunca he estado loco... ¡Si tuviésemos un poco de suerte...!
—Para mi, hemos tenido demasiada —replicó Kent con vehemencia.
—»No. De haberla tenido, habríamos llegado aquí hace varias semanas, y yo habría podido regresar. Y hubiera tenido tiempo de llenar varios sacos y largamos de aquí antes de la llegada del calor.
—Oh, a mí me parece que el calor ya ha llegado.
—Este desierto tarda mucho en caldearse. Luego, la roca y la arena se ponen tórridas y cada día hace más calor, hasta que todo se convierte en un infierno, y los hombres blancos no pueden resistirlo.
—Ya... Entonces, yo diría que no tenemos tiempo que perder —observó Kent.
—Tú no lo tienes, hijo.
—¿Yo?
—Si tú, Kent.
—No te entiendo, viejo íntimamente, hablas a base de enigmas.
—Tal vez, pero ahora estoy hablando con claridad, y algún día me estarás agradecido. Quizá, fueron mis sueños de oro los que nos han arrastrado a este agujero infernal, pero tú posees suficiente inteligencia para salir de aquí.
—¿Yo? ¿Y tú? —preguntó Kent incisivamente.
—«Para mí es demasiado tarde, Kent. «Jamás saldré de aquí.»

2

—¡CONQUE es esto, amigo!
El joven se levantó, apretó los puños y, apartando los ojos de la hoguera, los clavó en su camarada.
—¿Qué, 'hijo? —preguntó Elway.
—Lo único que te pasa es que estás fatigado y necesitas descansar. Pero no quieres que yo corra ningún peligro, y prefieres enviarme delante.
—Kent, me gustaría mentirte y decirte esto, pero no puedo.
—¿Qué quieres decir? —murmuró Kent agachándose.
—Hijo, quiero decir que no puedo seguirte.
—¿Por qué?
—Porque el descanso que haré será eterno —replicó el viejo.
—Bill, de nuevo vuelves a hablar misteriosamente —dijo riéndose Kent, pretendiendo echarlo a broma.
—No, hijo. Me he quedado sin fuerzas. Mi cuerpo no responde ya a mi espíritu. Se me ha partido el corazón... Oh, Kent, sé que voy a morir pronto.
—¡Oh, Dios mío! Bill, estás loco... —gritó Kent, retorciéndose las manos.
El viejo explorador movió su canosa cabeza. Apenas necesitaba negar la punzante suposición de Kent.
—Escucha —siguió diciendo—. Deja agua a mi lado. Luego, carga a «Jenester» y a otro burro. Cárgalos poco. Llévate ambas cantimploras. Echa a andar esta noche y sigue el cauce del riachuelo. A primera hora de la mañana, busca oro. Pero no dejes que la locura se apodere de ti. Sería posible. Ese polvo amarillento tiene un terrible poder sobre el hombre. Y recuerda cuando llegues al Golfo que tienes que viajar a la marea baja después de anochecer.
—Bill, no puedo dejarte —murmuró Kent, moviendo la cabeza.
—Debes hacerlo. Es tu única oportunidad. Yo soy un pájaro viejo y puedo vivir varios días.
—Seguro que sí. Y años también. Sólo estás fatigado, enfermo, si quieres. Pero te repondrás. Supongamos que te abandonase aquí y que no te murieras...
—Kent, un hombre que ha vivido en el desierto sabe cuando se le aproxima la muerte. Debes irte antes de que sea demasiado tarde.
—No, viejo amigo —contestó Kent con voz ronca
—Hijo, no hagas que mis últimos días estén llenos de pesar y desconsuelo. Es algo triste para un moribundo.
—Bill, no te abandonaré. Tampoco tú me abandonarías.
—Esto sería diferente. Tú tienes una vida por delante y yo no.
—No puedo... No quiero... no puedo hacerlo.
—Piensa en tu madre.
—Sería la última en querer que abandonase a un amigo.
—Tal vez juzgué mal a Nita. Te quiere realmente. Podría serte fiel. Y no puedes correr el riesgo de perderla.
—¡Cállate Bill! Sabes algo respecto a ella y mientes para que yo me marche.
—¿Qué importa un viejo carcamal como yo? Seré feliz tendido aquí y sabiendo que tú sigues tu camino. Eres un hombre intrépido que sigue una pista, Kent. Jamás te he visto vencido. No cometas una equivocación de la que tengas que arrepentirte luego. Déjame, hijo, y vete.
—No. Sería inhumano.
—Kent, si no te vas ahora, luego será demasiado tarde. Yo no duraré mucho. Y tú te verás obligado a permanecer aquí. No podrías soportar el tórrido color de los próximos meses. Te volverían loco la soledad y el calor. Pero aún en el caso de que pudieras soportarlo todo y sobrevivir, cuando llegara la estación de las lluvias te matarían los seris.
—Me quedaré —afirmó Kent mientras le resbalaban por la frente gruesas gotas de sudor. Le lanzó a su amigo una mirada llena de reproche.
—Nita te quiere, pero no esperará tanto —dijo Elway, insistiendo en su cruel engaño.
Kent esbozó un gesto de súplica.
—Nita no esperará ni siquiera el tiempo que prometió-prosiguió Elway, inexorable—. Joe Raston la ronda. Y la convencerá de que te has perdido. Y entonces, se casará con ella,
—Oh, Nita esperará —replicó Kent, tragando saliva. Algo en Bill le convenció de que Nita ya no le pertenecía.
—No por mucho tiempo. Es débil y vanidosa. Te necesita. Y... mira, hijo, Nita tiene muchos defectos, como podría demostrar... Joe Raston o cualquier otro muchacho te la quitará, si no eres listo.
—Estás mintiendo, viejo —replicó Kent enojado.
—Vi cómo Raston la besaba —dijo Elway— El mismo día antes de irnos.
—¿De veras, Bill?
—Palabra de moribundo.
Kent se apoyó en la roca y luchó con su demonio. Luego, volvió junto al viejo, con el rostro desencajado y sudoroso.
—De acuerdo. Siempre me lo temí. Pero no nos comprometimos realmente hasta aquel sábado por la noche.
—No te será fiel a menos de que estés a su lado para re— _ tenerla. Vete a casa, Kent.
—No, me quedo contigo.
—Vete, Kent... Te lo suplico.
—No.
—Por tu madre!
—¡ No!
—Entonces, por Nita. Y no conseguirás sus besos... nunca... a menos de que te largues ahora —exclamó Elway firmemente, dejándose caer sobre la almohada como exhausto por la pasión puesta en sus palabras.
—¡No! —rugió Kent, y echó a andar hacia el desierto. Al fin, llegó a una extensión poblada de árboles llama* dos palo verde, donde la sombra era densa, con un' tinte dorado. La mitad de los botones amarillos de aquel lujuriante árbol yacían en el suelo, y fue más el color de esos capullos que la sombra de los árboles, lo que le hizo detenerse. Su belleza era tan tentadora como sus peligros. Se dejó caer en el suelo, comprobando su escarnecedora soledad. Y en la agonía de aquel momento, cuando luchaba para ser fiel a su apasionada negativa formulada al viejo Elway, actuó como un hombre abrumado por la soledad y el desastre, aunque deseando quedar victoriosamente a los ojos de Dios. Y fue cosa buena que el viejo explorador, que lo había traído a este triste lugar, no pudiese verle llegando a ese extremo...¿y qué habría significado para la veleidosa muchacha, a la que estaba perdiendo en estos amargos momentos, verle ascender a las alturas?
Cuando todo hubo concluido se puso en pie un hombre que antes había sido un muchacho, y echó a andar hasta el campamento. El sol parecía atravesar su sombrero. Halló a Elway dormido, o al menos tendido con los ojos cerrados, con una nueva serenidad que transformaba su rostro. Kent tuvo la primera prueba de que era recompensado, aparte de lo que lo recompensaba su conciencia.
E2L terrible calor que Elway había pronosticado, llegó, como por venganza. Kent, al despertarse después de una siesta angustiosa, comprobó que todas sus ropas estaban húmedas. Y Kent empezó su vigilante espera. Aquel día desechó toda esperanza, si es que quedaba alguna, de que su amigo se recobrase. Elway bebió agua a menudo, pero no quiso comer. Kent encontraba un alivio en su propia hambre.
—Kent —le dijo Elway, rompiendo el silencio al anochecer—, tendrás que quedarte aquí... hasta que lleguen las lluvias.
—Así parece, viejo —contestó Kent, alegremente—. No importa, no te preocupes.
—¿«Quién sabe»? —replicó el explorador, como si pudiera penetrar el velo del futuro.
Por la noche conversaron más animadamente, ya que les costaba menos esfuerzo, pero no volvieron a mencionar el oro ni a Nita Gail. Tenían las mentes oprimidas por el calor. Elway siempre había dado muestras de su conocimiento del desierto, pero volvió a darlas. Kent debía seguir a los burros, procurando que no se extraviasen, pero era improbable que «Jenester» se perdiese, aunque se le dejase seguir su instinto. Kent debía comer poco y proteger sus víveres de los gusanos y merodeadores del desierto. Debía librarse de los rayos del sol y descansar o dormir durante el mediodía. En el Golfo los pozos se secarían y aun ser humano le sería imposible viajar hasta que las lluvias volvieran a llenarlos. Elway subrayó esto último. Si antes se había puesto a suplicar para que el joven se marchase, ahora le suplicó que tuviera cuidado. Finalmente, previno a Kent contra los solapados peligros del desierto, que pueden alterar la cordura de un hombre. Si conseguía las percepciones sensoriales propias del salvaje, podría sobrevivir. Pero pensar, meditar y encolerizarse, le resultaría fatal. Debía vigilar y escuchar. No existía nada trivial en aquella soledad. La Naturaleza estaba siempre omnipresente. En una región donde un hombre podía perder en un día la mitad de su peso o morirse de sed, y unos días después agostarse y consumirse hasta quedar reducido a cenizas que aventaría el viento, apenas era de sentido común oponerse a las leyes primitivas. Lo que el hombre necesitaba hacer en el desierto, era retroceder en la escala de la evolución y/ través de un rebrote de los instintos primitivos, vivir en el presente las viejas experiencias de la humanidad.
Transcurrieron los días, maravillosos a pesar de su terror. Y las noches eran un verdadero alivio. Kent no se apartaba del viejo explorador más que cuando era necesario. Y como Bill iba decayendo imperceptiblemente, Kent cada vez se fue separando menos de él.
Una tarde, que se despertó tarde, Kent se dio cuenta de que se había operado un cambio sutil en el cielo. Las nubes escaseaban en aquel sector durante la estación seca, y sin embargo el cielo aparecía encapotado por unas nubes amarillentas, a través de las cuales seguía brillando un sol de color magenta.
Kent se frotó los ojos y miró atentamente el firmamento, cosa que era ya habitual en él. Un viento cálido y pesado, que había soplado a primeras horas de la mañana como una bocanada procedente de un homo, se había calmado con la puesta de sol. El amarillento dosel era de polvo, y el tinte verde un reflejo del follaje del desierto.
—¿Qué te parece ese cielo, viejo? —preguntó Kent, volviendo junto a su compañero. Pero Elway, que usualmente estaba despierto a aquella hora mirando hacia el desierto, no contestó. Kent se inclinó rápidamente, como había hecho muchas veces en los últimos días, para escrutar el rostro, semejante a una máscara, del durmiente.
Al incorporarse, Kent se preocupó de llevar a cabo algunas tareas.
Pero la vista de aquel cielo, le hizo desistir de esos trabajos y fue en busca de los burros. Halló a «Jenester» muy cerca, y gracias al sonido de su campanilla, pero los otros se habían alejado. Kent los buscó, como había hecho a menudo. En realidad existía poco peligro de que abandonaran! el agua y la hierba que crecía cerca del campamento. Por fin los localizó y los condujo de vuelta hasta donde se encontraba «Jenester», que se iba abriendo paso lentamente hacia el riachuelo.
Mientras tanto, las singulares condiciones atmosféricas habían cobrado Intensidad. El sol, ya una bola dorada, se estaba poniendo tras las montañas. Y el dosel de polvo, o lo que fuese, comenzaba a levantarse, dejando una franja clara en el suelo, una atmósfera transparente parecida a la que queda después de un vivísimo relámpago.
El fenómeno era tan maravilloso y nuevo que Kent sufrió como una pausa en su indolente atención sensorial. Ese fenómeno le estremeció hondamente, como ninguno de los que había presenciado en el desierto. Debía preguntarle al viejo qué lo causaba y qué significaba. Para ello, volvió apresuradamente al campamento, sintiendo al acercarse que una gran opresión se le desplomaba encima.
Elway estaba fuera de su cama, con su delgado cuerpo tenso como una cuerda, su flaco brazo extendido. Señalaba hacia occidente con mano temblorosa.
Kent giró sobre sí mismo, lleno de consternación y preguntó alarmado:
—¿Qué pasa, viejo?
—¡Mira!
—¿Qué ves, Bill?
Kent miró el macilento rostro del anciano y después hacia el desierto y vio unas rocas extrañas y unos cactos grotescos, exquisitamente nimbados por una especie de halo luminosamente dorado.
—Bill, no es más que el resplandor del crepúsculo —gritó Kent, como queriendo convencerse a sí mismo.
—Chico, ¿no ves aquel gran cañón coloreado? ¿Ni el río rojizo que brilla a través de un agujero en el muro?
—No.
—Pues yo sí, y ello me impulsa a revelarte un secreto... Acércate.
Kent se apresuró a arrodillarse al lado de su compañero.
—Escucha, ¡hijo. Te traje hasta aquí en busca de oro, pero éste no fue mi principal motivo. Sé que Nita te es infiel! Ya lo averiguarás cuando vuelvas allá. Mi verdadero motivo fue saber si cumplías con todos los requerimientos para que yo pudiera contarte lo más maravilloso que puede acaecerle a un joven aventurero como tú.
—¿Y... los cumplo, Bill? —inquirió Kent, asombrado. Por fin iba a saber algo respecto a aquel viejo misterioso.
—¡Sí! El negarte a dejarme aquí, fue la prueba final, y ahora, voy a decirte algo maravilloso, repito. Kent... yo no soy un auténtico explorador. Sólo sé buscar oro... Pera antes me dediqué a un oficio mucho más seguro para alcanzar la riqueza que el excavar oro. Bien, soy un ladrón. Un fuera de la ley. Pertenezco a la banda de «El agujero en el muro».
—¡ Dios mío, Bill, no digas eso! —gritó el joven con incredulidad.
—Es la verdad, Kent.
—Ah... lo siento, Bill, lo siento mucho. Pero esto no significa ninguna diferencia para mí.
—Lo sabía, Kent... ¿Qué sabes del «Agujero en el Muro»?
—No más que todo el mundo. Y es muy poco. He oído hablar bastante de esa banda. Sé que poseen un cañón, que es su escondite, que roban, que asesinan... y que luego corren a esconderse durante un tiempo en su agujero. Nada más. También sé que no es posible seguirles el rastro, según se dice. Me apuesto cualquier cosa a que yo sí podría.,
—Podrías, Kent... y podrás.
—¿Yo? Oye, viejo, creo que el calor te ha reblandecido el cerebro.
—No, razono perfectamente. Ahora sé que debí contarte todo este mucho antes, pero no me gustaba tener que confesarte que yo era un ladrón, un forajido con las manos teñidas de sangre.
—Pero, Bill... ¿has dicho que yo iba a seguirle el rastro a la banda del «Agujero en el Muro»?
—Exactamente, Kent.
—Me parece emocionante —dijo Kent Wingfield riéndose—, sólo que no lo haré. Pero si lo ¡hiciera... ¿por qué lo haría?
—Para salvar a la chica más bella, más inocente y más candorosa que el sol alumbra en la tierra... —declaró Elway con solemnidad.
—¿Quién?
—Lucy Bonesteel.
—¿Y quién diablos es Lucy Bonesteel? —preguntó Kent, su curiosidad sobreponiéndose a su incredulidad.
—La hija de Avil Bonesteel —siguió diciendo el forajido—. Era una niña de cinco o seis años cuando Bonesteel comenzó a ocultarse en ese cañón. De esto hace ya más de diez años. Yo formaba parte de la banda. Le debía mi vida a Bonesteel. Era un buen amigo mío, y yo fui su mano derecha hasta que Henry Slotte empezó a ocupar mi lugar. Y me estaba volviendo viejo. Slotte era joven... y un malvado diablo, y logró ganarse las simpatías del jefe. Me calumnió alevosamente y consiguió enemistarme con Bonesteel. Me peleé con Slotte, disparé la pistola, le creí muerto y huí. De esto hace tanto tiempo... poco antes de que yo llegase a Wagonitongue. Allí oí decir que Slotte no había muerto. Pero no me arriesgué y no regresé al cañón. Cuando Bonesteel se escondió por primera vez allí, su banda estaba formada por veinte individuos. El cañón acabó por llamarse «El Agujero en el Muro». Había tres mujeres con nosotros, una de ellas, la esposa del jefe. Era de buena familia. No sabía que Bonesteel fuese el jefe de la banda más conocida del Oeste. Cuando se enteró, no vivió mucho tiempo. Bonesteel adoraba a su hija. Jamás permitió que estuviese con las otras mujeres, a menos que él se encontrara allí. Cuando se largaba para alguna de sus hazañas, la niña quedaba bien custodiada. Yo ocupé ese cargo de confianza durante mucho tiempo. Le enseñé a Lucy todo lo que sabía... lo mismo que su padre le había enseñado antes. Bonesteel era un tipo bien educado. Y la niña creció en el cañón. Jamás vio a ningún niño, a no ser que fuese indio. Los piutes y los navajos eran buenos amigos de Bonesteel. Y guardaron bien el secreto del agujero del cañón.
—Oye, viejo —exclamó Kent fascinado—, me estás contando algo... ¡Lucy Bonesteel! ¿Cuántos años tenia cuando te separaste de ella la última vez?
—Quince, a lo sumo. De esto hace dos años. Debe tener ahora diecisiete años.
—¿ Cómo era?
—'Muchacho, no encuentro palabras para describirla Tenía el cabello del color de la puesta de sol, los ojos como flores de maíz tal como yo las vi en mi juventud, los labios tan rojos como fresas maduras... Su tez era del color del oro tostado... de miembros fuertes y ágiles, tan ligera como una gacela y tan bella como un tesoro.
—Y... Bill, ¿era buena?
—Lucy no sabía lo que era mal. No sabía que Bonesteel fuese un bandido, ni que lo fuesen sus compañeros. Bonesteel era muy rígido respecto a esto. La chica no debía saber nada. Bonesteel mató a varios hombres para impedir que Lucy lo supiera. Pero en realidad, ninguno de la banda se lo hubiera contado a Lucy. Yo siempre temía el momento en que Bonesteel no regresara o resultase muerto en una de sus correrías, o en las peleas de la banda. Entonces, la joven se habría convertido en una presa fácil para aquellos hombres duros. Pero, cuando me marché de allí todo iba bien todavía. Claro que podía ocurrir cualquier cosa. La banda no puede durar eternamente. Y siempre me ha perseguido la idea de haber dejado sola a Lucy allí. Por esto, siempre he andado buscando al muchacho que pudiese salvarla.
—Al muchacho que pudieses enviar a la muerte, querrás m decir.
—Bueno, tendría una probabilidad entre cien. Pero, Kent, esta probabilidad vale la pena. Y tú, hijo, no eres un joven corriente.
—Dios mío, viejo... Yo no tengo condiciones para este trabajo —exclamó Kent, pesarosamente.
—Sí las tienes —replicó Elway—. Antes de dejarte atrapar por Nita eras un joven magnífico, si es que todo lo que me dijeron es verdad. No tenías rival a caballo. Disparabas a matar con un riñe, y eras más rápido que el diablo con el revólver. Te has batido a pistola varias veces, Kent, y ahora me dices que ese trabajo es demasiado peligroso para ti.
—Bill, si Nita es lo que tú dices... bien, entonces, cuenta conmigo —contestó Kent después de meditarlo fríamente—. Sería muy duro descubrir que Nita... Y en este caso me convendría hacer algo que fuera valiente.
—Ahora empiezas a hablar como un hombre, hijo.
—Tú le gustabas a mi madre —dijo Kent pensativamente, como sopesando las cosas—. Yo creo que eres honrado. Pero lo decente sería dejarle a Nita el beneficio de la
Y ahora, Bill ¿cómo encontraré ese Agujero en el Muro?
—Yo te lo explicaré. Escucha y recuerda estos nombres. Cruza el Desierto Pintado. No vayas a caballo. Podrían verte. Coge un par de burros y ve andando. Llévate un poco A de tabaco y unas botellas de whisky y también cuchillos para ganarte la amistad de los navajos. Baja por el Gato Salvaje hasta Beckyshibeta. Sube hacia el Segi y cruza las mesetas de Utah, para descender luego por Noki al río San Juan. La gran montaña azul de los navajos, Nothsis Ahn, será tu punto de referencia. Encontrarás piutes. Cómprales un par de caballos. Ellos crían los mejores de todo el país. Badea el San Juan a la entrada de Noki. Trepa a lo alto de las rocas y busca la hondonada de Bonesteel por la roca pelada del Agujero. La encontrarás. Tal vez un piute podría guiarte. Pero si esto te falla, sigue el San Juan hasta cruzar el Colorado. Pero no llegues a cruzarlo y desciende por su orilla. Hijo, necesitarás mucho temple. Es un lugar infernal. No podrás divisar el muro, que da vuelta, pero oirás el tronar de los rápidos. Lleva a tus caballos nadando hasta cerca del acantilado, después del recodo, hasta que llegues al Agujero en el Muro.
—¿Y entonces, qué? —preguntó, asustado ante este proyecto.
—Chico, tendrás que pensar, que planear a la altura de tu misión —replicó el viejo forajido con vehemencia—. Puedes hacerlo. Es una gran tarea. El Agujero es un buen sitio. Puedes esconderte allí con tu caballo. Tal vez la banda no esté. Lucy suele corretear por las rocas. Podrás verla y reunirte con ella. Nunca ha visto a un chico guapo como tú. Se enamorará de ti, Kent. Seguro que lo hará. Y entonces te hallarás cerca del cielo, créeme. Ella te ayudará.
—Bill, estás tan loco como un potro salvaje. Pero has conseguido interesarme. Bien, supongamos lo peor. Supongamos lo peor. Supongamos que Bonesteel me atrapa.
—Finge que te encuentras en un apuro, di que un indio te habló del Agujero, y que deseas esconderte allí. Puedes engañar a Bonesteel. Aceptarla a cualquiera en su banda. Pero, seguro como que Dios hizo pequeñas las manzanas, que tendrás que pelearte con alguno de la banda. Y si Slotte vive aún, me gustaría que lo mataras.
—¡Maldito viejo, ávido de sangre! —refunfuñó el joven—. Pero si voy allá y tú me has encomendado una tarea digna, te juro que le haré un agujero a Slotte. ¿Cómo es?
—Tendrá unos treinta años —contestó Elway—. Es más bien bajo, de fuerte complexión, de cara afilada. Tiene los ojos más fríos que he visto en mi vida. Por ellos le conocerás.
—¿De qué color tiene los ojos?
—Bien, yo diría que de un verde gris.
—¿Y cómo reconoceré a Bonesteel?
El jefe es alto. Con una cabeza de águila. Cabello que fue amarillento y se volvió blancuzco. Ojos relampagueantes. Siempre lleva un sombrero negro.
—¿Cuántos componen la banda?
—Cuando yo me marché, eran diez incluyendo al jefe.
Kent se echó hacia atrás y se pasó nerviosamente una mano por entre su cabello húmedo. Estaba intrigado.
—Viejo, me has hecho olvidar que estamos buscando oro y que éste es el lugar en el que creías encontrarlo.
—¿Oro? Hijo, lo olvidé. Hay oro en él Agujero en el Muro. Bonesteel tiene enterrados muchos lingotes de oro. No sé donde. Su equipo solía buscarlo. Y de haberlo encontrado, se lo hubieran robado. Slotte era uno de ellos». «Seda» le llamábamos, porque siempre llevaba una camisa de seda. Siempre presentí que iba detrás de Lucy. Esperad ha a que creciese... Sí, hay oro enterrado en el cañón ele Bonesteel. Lo guarda para su hija. Si tú la salvas, podrás llevarte el oro.
—Bill, creo que esto es todo por el momento —dijo interrumpiéndole Kent, aunque se sentía dominado por la intensa convicción y aparente sinceridad del viejo forajido.
—No necesito decirte nada más, hijo pero, ¿te acordarás de lo que te he dicho?
—Sí, viejo amigo.
—¿E irás en busca de Lucy? —preguntó Elway con voz ronca y susurrante. Había abusado de sus fuerzas.
—Lo prometo —contestó Kent solemnemente.
El joven se levantó y echó a andar hacia las rocas, quería pensar, analizar eso tan sorprendente que acababa de oír. Cuanto más pensaba en esa historia, más verosímil le parecía. La vida era así en ese Oeste escasamente poblado.
Kent tardó en regresar al campamento. Al volver y al llegar a cierta distancia, se dio cuenta que la inerte figura de Elway sugería algo terrible. Kent había visto demasiados hombres muertos para poder engañarse encontrándose tan cerca. Por lo tanto, se asombró pero no se sorprendió al ver que el viejo había muerto.
Cerró los párpados de Bill, que volvieron a abrirse. Kent lo intentó otra vez aunque con el mismo resultado. Horrorizado, presionó fuertemente, pero los pálidos párpados volvieron a abrirse.
—¡Diantre! —exclamó jadeando.
Kent jamás había visto a un muerto, y mucho menos a un amigo, que incluso en la muerte persistiese en afanarse a la vida. De repente, Je pareció ver extrañas sombras en aquellos ojos. Se inclinó. ¿Eran debidas al reflejo de la intensa luz solar o había en ellos una imagen? Se frotó sus propios ojos. Era como un hombre a quien la sorpresa le hubiera afectado gravemente. Había algo grabado en las pupilas del viejo Bill. ¡Tal vez la esperanza que llevaba grabada en su alma!
—Ah, es sólo mi imaginación —murmuró Kent.
Pero aquella luminosidad seguía brillando en los ojos sin vida de Elway. Y el cielo se ¡había vuelto1 a encapotar. El color dorado se ¡había desvanecido. El misterioso velo dorado ya no transformaba al desierto. Kent tapó el rostro del viejo explorador con una manta.
Por la noche, Kent Wingfield veló reverentemente el cadáver de su desaparecido amigo. El desierto parecía un sepulcro. En él había vida que apenas respiraba durante las largas horas. Kent, aquella noche, no advirtió sensaciones primitivas. El sucederse de las generaciones cayó sobre él.
Sus ideas eran como un torbellino en su mente, vuelta bruscamente a la realidad. Pero ni el silencio ni la desolación impidieron que llegara un nuevo día.
Cuando las sombras se desvanecieron, Kent se vio obligado a realizar sus tareas. Desayunó con parquedad, luego envolvió a Bill en una lona y lo ató fuertemente. Acto seguido, fue en busca de una tumba.
No quería enterrar a Bill en la arena. De todos los elementos del desierto, la arena era el más traidor. Enterrado en ella, el cuerpo de Bill no tardaría en quedar otra vez al descubierto. Necesitaba un nicho entre las rocas. Halló muchas grietas, pero unas eran demasiado grandes y otras excesivamente pequeñas. Al final, bajo un promontorio aquí había pasado por alto, descubrió una profunda fisura, muy seca, excelente como última morada para un hombre. Sería una buena tumba para el viejo explorador. Estaba protegida de la lluvia y los vientos, y miraba hacia él desierto. Rellenada debidamente y bien sellada, duraría tanto como las rocas que la formaban.
Se cargó a Bill sobre el hombro —¡qué poco pesaba ya!— y tiernamente lo dejó en el agujero. Luego, el joven intentó musitar una plegaria pero no pudo recordar ninguna. Por lo tanto, la inventó.
—Ya estás entre las rocas que tanto amabas, viejo. ¡Que Dios se apiade de tu alma!
Le costó bastante rellenar la grieta. Cogió otra lona y la dobló sobre el cuerpo, sujetándola con una piedra a cada extremo. Luego, echó encima una capa de arena. Después, empezó a transportar piedras y a colocarlas sobre la arena.
Las piedras pequeñas, como las que podía levantar, no abundaban, ya que aquélla era una región rocosa. Pero tenía que llevar la fisura de pedruscos, de lo contrario, los carniceros del desierto devorarían al pobre Bill.
Kent se alejó bastante en busca de guijarros. Por fin, consiguió llenar un saco y volvió hacia la improvisada tumba tambaleándose bajo el peso de su carga. Realizó una labor digna de Hércules. A pesar del implacable sol, prosiguió su tarea hasta el final. Y no pensó en el futuro hasta que Bill estuvo debidamente descansando en medio de la desolación del desierto.
Por fin, terminó aquella tarea. Sólo le faltaban unas cuantas piedras más, ¿pero dónde hallarlas? Había ya saqueado por completo el terreno circundante.
Mientras estaba saciando su sed en el arroyuelo, captó el reflejo de una roca que sobresalía de un hoyo bastante hondo, donde los burros solían abrevar.
Kent llegó hasta allí. Sus pies se hundieron en la arena, y como había bastante agua, se arrodilló para coger la piedra. La levantó con cierta facilidad, pero no tardó en sentir el peso en sus manos. Su trabajo a pleno sol le había dejado exhausto.
Había bastante arena en el fondo del río, y cuando el joven volvió a dejar caer el cascote, produjo un impacto sordo. Algunos granitos de arena adheridos a la roca refulgieron al sol.
Frenéticamente, Kent volvió a meterse en el agua y asió puñados de arena. Los extendió sobre su palma... mirándolos con ávidos ojos.
¡Centelleos de oro! ¡Eran pepitas! Había tantas como granos de arena.
Kent regresó a la orilla apretando entre sus puños el precioso hallazgo, olvidándose de todo menos de aquella maravillosa veta.
—¡Bill! ¡Bill! —gritó, jadeante—. ¡Mira esto! ¡Oro! ¡Un filón!
—¡Bill!
El campamento sólo le devolvió, silencio y soledad. Entonces, la mente de Kent volvió a la realidad. Un espacio vacío señalaba el sitio donde Bill había estado todos aquellos días recostado a la sombra.

3

UNA VEZ cruzado ©1 Pequeño Colorado, cara a las llanuras coloreadas del Desierto Pintado, Kent Wingfield se encontró en una región desconocida. Durante sus años de correrías en busca de oro, había recorrido toda la parte sur del río, hasta la cuenca del Tonto, rica en bosques. Y de no haber sido por su madre, Kent se habría reunido a la facción Jorth, en la guerra del Valle Agradable. ¡Todo porque a los dieciséis años había visto una vez a Ellen Jorth! Pero habría sido una elección fatal. Los Jorth, exceptuando la chica, habían sido todos exterminados. Sin embargo, Kent había llevado una existencia muy dura antes de cumplir los veinte años. Y la pelirroja Nita Gail le hizo dar un buen cambio: fue ella la que apartó a Kent de su vida salvaje y de su dudosa intimidad con la banda del Trinchante.
Pero esta región navaja era nueva para él. Le gustaba. Este desierto le hacía experimentar algo distinto a lo que sintió en los bosques. Ya hacía tiempo que estaba acostumbrado a la amenaza del hombre blanco. Su experiencia con los indios, no obstante, se había visto limitada a los que llegaban a Wagontongue.
No hacía aún muchos años que Kit Carson y sus soldados acorralaron a los navajos, con una injusticia y una rudeza que aquéllos no habían olvidado. Kent le oyó contar a los ancianos que la enemistad de los navajos databa desde la campaña de Carson. Había navajos y piutes en los cañones que no habían aún conocido la indignidad de verse apresados y enviados a las reservas, Kent sabía que encontraría a muchos indios, y que debería rehuir a los que no se mostrasen amigos.
Desde que habían abandonado los picos, hacía diez días, sólo había hallado unos cuantos pastores y divisado algunos jinetes desde las cumbres. Viajó por Moencopie, el poblado moki, y rodeó Tuba, la colonia de mormón. Desde las tierras bajas y pantanosas del oeste de Tuba, trepó a una meseta agostada, y a partir de entonces, le resultó difícil, encontrar agua. Por lo tanto, se dedicó a buscar con los ojos todos los puntos verdes de aquella inmensa esterilidad, así como los rebaños de ovejas. Pero tuvo que recorrer más de cuarenta kilómetros por la meseta antes de encontrar una grieta en el bien nivelado suelo.
Una enorme fisura parecía bostezar ante él. Y antes de que pudiese frenarles, los burros empezaron a descender, husmeando sin duda el agua que debía discurrir a través del amplio tinturan de verdor que llenaba la garganta. Kent— estaba a punto de seguirlos cuando divisó unas nubes de polvo. Entonces, espió el paso de un grupo de jinetes que llevaban unos animales de carga hacia la vaguada. La aguda mirada de Kent captó al momento que eran hombres blancos. Descendió apresuradamente detrás de sus burros, pensando; mientras tanto que aquellos jinetes montados en caballos negros eran de sumo interés para él.
—Confío en mi buena suerte —murmuró.
Los burros llevaron a Kent hasta el agua, un diminuto arroyuelo con las orillas blancas por el álcali, amarga pero que se podía beber. Condujo luego a sus burros por entre la espesa vegetación hasta que halló un claro donde los descargó. El día casi estaba terminado. Un ¡resplandor rojizo iluminaba las paredes del barranco.
Kent suspendió la preparación de la cena y se sorprendió al darse cuenta de que había estado silbando. Esto le dejó pensativo. A diez días de marcha de Wagontongue... sólo a diez días de la pelirroja que una vez pensó que podría destrozarle el corazón. Esto era algo digno de ser meditado. Cierto, aquellos pocos días le habían parecido semanas. La soledad y el viajar habían aumentado el tiempo y la distancia. Ya no sentía celos ni odios. Podía pensar en Nita Gail sin cólera y en Joe Raston sin un regusto de sangre en la boca.
—Maldita sea, si todo esto no ha terminado! —murmuró contento—. Siempre juré que así sería, si descubría que estaba jugando conmigo. Dios, debo ser tonto. Pero el viaje con el pobre Bill y nuestra búsqueda del oro me han cambiado. Y su historia... Ah, tal vez el buen viejo deliraba y todo no es más que un sueño. ¡No importa! ¿Qué puedo perder?
Reanudó su tarea de limpiar el conejo para la cena. Le había metido una bala en el cuerpo, estropeando así bastante carne. Kent recordaba la época en que podía tocar un conejo en la cabeza, a cinco metros de distancia, desde lo alto de su caballo. Durante su marcha por el desierto había practicado su habilidad con el revólver, contento de haber vuelto a recuperar su antigua velocidad y puntería.
—Suerte de haber practicado antes —murmuró, admitiendo que no podía viajar solo por el desierto sin la ayuda de armas de fuego. Y comprendió otra cosa: desde su regreso a Wagontongue, con la amarga certidumbre adquirida respecto a Nita Gail, no se preocupaba tanto por su propia seguridad. Nunca había sido muy precavido, pero ahora se I mostraba frío e indiferente ante el peligro. Era ésta la segunda buena cualidad que le debía a Nita. Si la aventura en que estaba empeñado se transformaba en viva realidad, tal vez no tendría ni una probabilidad entre cien de salir de la misma con vida.
Había terminado de cenar cuando oyó pisadas de caballos a cierta distancia. Por el sonido supo que los animales caminaban sobre un suelo duro, y que eran tres. El sendero quedaba muy cerca, y cualquier jinete podría divisar el resplandor de su fogata.
—¡Eh! —llamó una voz ronca.
—¡Eh! —contestó Kent, poniéndose en pie.
—Llego. Un solo hombre.
—Está bien. Pero ten cuidado —advirtió Kent. Arrojó una brazada de hierba sobre el fuego, y cuando saltó la llama, se apartó hacia la sombra proyectada por la alta savia.
Las pisadas de los caballos anunciaron la llegada del hombre, que adoptaba algunas precauciones. Por fin, alcanzó el círculo de luz.
—¿Dónde estás? —preguntó el recién llegado con impar ciencia^. Estoy solo y no busco pelea.
—Ya lo veo, forastero. Desmonta.
Kent divisó a un corpulento jinete, sucio, con botas altas y espuelas, armado, y cuando penetró de lleno en la luz, Kent pudo ver el rostro de un hombre de unos cuarenta años, cuyos hundidos ojos traicionaban cierta pasión,
—Perdona, amigo —exclamó—. Sal de ahí y habla conmigo. Tengo prisa.
—Supongo que puedo ofrecerte una taza de calé y un bizcocho. Pero ya no me queda nada más —replicó Kent.
—Gracias, no tengo hambre, aunque tal vez la tenga más adelante. Por lo tanto, acepto tu ofrecimiento.
El visitante se sentó, se tomó una taza de café de un solo sorbo y empezó a masticar el bizcocho, mientras sus ojos escrutaban a Kent.
—Te conozco —gruñó—. Procedes de la tierra de pastos, ¿eh?
—Sí.
—¿Y a dónde vas?
—No sé. Pero será mejor que me digas qué quieres, forastero, en vez de hacer preguntas.
—Sí, perdona. Me siento tan mal, que me vuelvo descortés. Me han limpiado hasta el último dólar. ¡Me han robado! Y los de mi propia banda. Los he dejado para siempre. Lo que necesito es vender uno de estos caballos.
—¿Ibas con el equipo que hace poco estuvo por aquí?
—Sí. Acampamos allí arriba. Y hace poco he dejado a Slotte y a...
El corazón le dio un vuelco a Kent, el cual temió que el forastero se hubiese dado cuenta. Kent esperó y luego dijo distraídamente:
—No estoy interesado en tus asuntos, forastero.
—Claro que no. ¿Y quién te pide que te intereses? Pero fíjate en esos caballos.
Kent miró hacia los animales. Eran tres, dos ensillados y el tercero con carga. No necesitó mirarlos dos veces para reconocer la casta de aquello® animales, uno de los cuales negro como el carbón y magníficamente conformado, era el mejor caballo que jamás había visto. Kent había tenido pasión por los caballos. Y ahora volvía a avivarse en él aquella antigua afición.
—Bien, ya veo que te gustan los caballos y que los conoces. Es cuanto quería saber. Amigo, no existe un jinete que no quisiera comprar este bayo si pudiera, y robar el negro si tuviera una oportunidad.
—De acuerdo —concedió Kent, a regañadientes.
—Bien, entonces, ¿cuál eliges y cuánto me das?
—Mira, amigo. ¿Cómo sé que no eres un cuatrero? —preguntó Kent con gravedad.
—Joven, soy ladrón de caballos... aparte de otras cosas. Pero he criado a «Espada» desde que era un potrito. Claro, a su madre la robé. Pero esto ya pasó. ¿Cuánto? Tengo prisa.
—¿Por qué? —preguntó Kent con suspicacia.
—Estamos malgastando en tiempo. ¿Puedes comprar este caballo?
—Sí, te daré cien dólares si...
—Hecho. Hubiese aceptado menos. Necesito dinero. Tengo que dejar esta región. Y a donde voy, el negro llamaría la atención, mientras que el bayo, no. Dame la pasta. Es el mejor caballo que puedas tener en cien años.
—Mira, eres un poco irrazonable. Si quieres cerrar el trato será mejor que me digas...
—Bien, soy lo bastante malvado como para pertenecer a la peor banda de Utah. Pero no soy un embustero. Este caballo es mío. Yo lo crié. Comprándolo, no arriesgas nada en absoluto.
—¿Pero por qué deseas con tanto empeño abandonar el país?
—Hum... tengo mis buenas razones. El jefe me matará si vuelve a echarme la vista encima.
—¿El jefe? ¿Y por qué iba a matarte?
—Creería que le he engañado al dejar su banda.
—Entonces, ¿por qué te vas?
—Ya te lo dije. La cuadrilla con la que voy la manda Slotte. ¿Has oído hablar de él? Bueno, nunca estuviste por el sur de Utah. Se quedó con mi parte... No quiso pagarme lo que me debía» De haber tenido más coraje le habría matado. Pero si un hombre conoce a Slotte no se atreve a «sacar» contra él. Por lo tanto, me largué. Y con esto sé que me estoy jugando el pellejo.
—Aquí tienes tu dinero —le dijo Kent escuetamente, dándole unos cuantos billetes verdes.
El forajido se los embolsó y sin decir nada más, montó sobre el bayo.
—Pórtate bien con ese caballo, muchacho —le aconsejó a Kent—. Está acostumbrado a unas manos más suaves que las mías.
Y el extraño forastero condujo sus dos caballos hacia la espesa vegetación, y pronto se perdió de vista, dejando a Kent de pie delante del caballo negro, escuchando y meditando. A diez días de Wagontongue, en el límite de la región de los cañones, se había tropezado con parte de la banda del Agujero en el Muro. El viejo Bill Elway le había dicho la verdad, por lo menos con respecto a la existencia de la banda.
—¿Qué ha querido decir, «Espada», con eso de que estás acostumbrado a unas manos más suaves? —murmuró en voz alta, como si el caballo pudiera entenderle—. Ah... sí, Lucy. Pero aún no puedo creer que exista.
—¡Pero Slotte, el enemigo de Bill, sí existe! —volvió a murmurar Kent, aceptando este hecho—. ¡ Y está acampado en algún rincón de esta misma vaguada! ¡Magnífico! Voy a echarle un vistazo a Slotte.
Kent volvió a mirar al caballo.
—Ah, «Espada», me pertenece, al menos por cierto I tiempo.
El caballo era brioso pero manso. Kent no tardó en ganarse su confianza. Le quitó la silla y la brida. Lo único que. M llevaba atado a la brida era un par de cuerdas suaves. El joven, seguidamente dejó que el caballo se reuniera con los burros.
La noche de mayo era fría y soplaba una fuerte brisa. Sin embargo, Kent se quitó la chaqueta y las botas, y cogiendo su «Winchester 44», se dispuso a efectuar la inspección.
En un momento, según le pareció, había recobrado sus instintos de cazador, fuertes en él desde su infancia. Míen— tras estuvo cabalgando con el equipo del Trinchante volvió a | menudo las experiencias difíciles del cazador de hombres. —
Descendiendo por la arenosa vaguada, seca excepto en algunos lugares, avanzó cautelosamente hacia el lugar por donde había venido su visitante. La luz de las estrellas le bastaba para ver a dónde iba. Cada diez o doce pasos se detenía a escuchar. AI menos tardó una hora en recorrer un kilómetro. La vaguada se ensanchó y la vegetación se aclaró. Por fin, llegó a un claro con poca hierba y escasas matas de salvia. Oyó caballos cerca y divisó un punto luminoso, 1 Era de color rojo, lo que demostraba que procedía de una hoguera.
Kent giró a la derecha, y continuó deslizándose al amparo del acantilado, procurando no hacer el menor ruido. La luz, que veía a intervalos por entre la vegetación, fue aumentando. Por fin, distinguió unas oscuras siluetas moviéndose delante de la fogata. Se arrastró. Cuando finalmente estuvo lo bastante cerca como para oír las voces, se detuvo para poder pensar. Al mirar a su alrededor, comprendió que podía acercarse al campamento sin correr riesgo alguno. Pero, por si le descubrían, pensó en él plan a seguir. Abriéndose camino como lo hacen los indios y agachándose, llegó a un lugar donde la vegetación crecía abundante junto al campamento. Se apoyó en una rodilla, y alargó el cuello buscando una abertura. De repente oyó una voz vibrante y muy peculiar.
—Goins, no me importa un comino lo que dices.
—Pues está tan claro como el agua —replicó una voz con resentimiento—. Y lo sigo diciendo. No te portaste bien con Ben.
—¿Quién diablos dice que me porté bien?
—Tú mismo. O lo diste a entender.
—¿Y qué? Le gané jugando al póquer. Le gané el dinero honradamente. Ben nunca supo jugar. Y he observado que «tú» te has guardado también lo que ganaste.
—Sí, y ahora me está quemando el bolsillo derecho. Pero no me refería al juego, sino a que no le entregaste a Ben su parte de...
—No hables tan alto. Podrían haber indios por aquí. No, no le di ni un dólar a Ben, y por esto él nos lo robó todo.
—¿Qué dirá el jefe?
—No lo sabrá, a menos de que tú o Kitsap se lo digáis. ¿Qué dices, Kit?
El tercer tipo era alto y moreno, se hallaba junto al fuego. Movió la cabeza dubitativamente.
—Ahora ya es tarde. Y no me gusta chivarme. Pero temo que esta clase de tratos, si los sigues empleando, desharán la banda.
Kitsap tenía una voz fría y sosegada, lo que le hizo pensar a Kent de que era más peligroso que el llamado Goins.
—Kit, contaba contigo —siguió diciendo la potente voz.
—Bien, no soy tan tonto como para indisponerme contigo —replicó Goins, con menos rencor—. Pero sigue sin gustarme el modo como trataste a Ben. Es un buen chico. Y a todos nos gustaba, excepto a ti. Y estoy seguro de que lo que hiciste con él lo harías con Kit y conmigo. No es extraño que nos haya robado.
—No, no...
—¿Por qué no te portarías lo mismo con nosotros?
—Ya que me lo preguntas, te diré que estaba enojado con Ben por causa de Lucy.
—¡Lucy!
—Esto dije.
—¡Por Dios santo, Slotte!
Kent sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, y cogió el rifle. ¡Slotte! Kent contempló al hombre corpulento que estaba sentado frente al fuego. Su cuerpo, como su voz, era potente. Pero su rostro quedaba a la sombra.
La respuesta de Slotte a Ja exclamación de incrédula protesta de su camarada, fue una leve risa, casi un carraspeo. No habló.
—¿Odias a Ben a causa de Lucy? ¡Lo mismo odiabas a Bill Elway!
—Ninguno de los dos me ayudó en mi causa —dijo Slotte amargamente.
—Slotte, todos nosotros, excepto el jefe, sabemos que andas detrás de la muchacha desde que era una niña. Pero ella jamás se ha fijado en ti. Lucy es demasiado inocente para darse cuenta de tus sentimientos,.pero su instinto la protege de ti. Quería al viejo Bill. Y creo que también sentía afecto por Ben.
—¡ Bah! Lucy sólo siente afecto por el caballo negro.
—Slotte, estás un poco equivocado. Lucy ha crecido. Es ya una mujer y no sabe lo que quiere. Apuesto cualquier cosa a que será ella la que acabará con la banda del Agujero en el Muro.
—¡Ojalá fuese mañana mismo!
—Bonesteel no te dará jamás a Lucy.
—Puedo obligarle.
—'¡Demonio de hombre!, creo que Bonesteel preferiría verla muerta antes que casada con uno de nosotros.
—Esto no es ningún cumplido para mí, Goins —repuso Slotte con aspereza, echando la cabeza hacia atrás. Kent; logró ver unos ojos relucientes que reflejaban malvadas pasiones.
—No me refiero al tipo ni al carácter —replicó Goins—. Tú eres joven y no mal parecido. Y sabes conquistar a las mujeres. Pero no a Lucy. Oh, Slotte, eres tan ladrón como Kit. Para cualquier mujer no eres más que un pistolero, con enemigos que quieren matarte.
—¿Y qué? Lucy Bonesteel es la hija bastarda de un ladrón mucho peor, de un asesino y un pistolero, como todos nosotros.
—Ah, «Seda»... no es así —Goins extendió las manos expresivamente—. Lucy no es esto.
—Seguro que sí. Y se lo diré a ella misma algún día. —Lucy no sabrá que es una bastarda.
—Entonces, tendré que enseñarle un montón de cosas —gruñó Slotte roncamente. Goins miró con ojos suplicantes al silencioso Kitsap, buscando que éste corroborara sus palabras.
Kent tenía el rifle levantado, deseaba implacablemente matar a Slotte y a los otros dos forajidos. Por un instante, la muerte estuvo en la balanza. La hoguera crepitó, y el frío viento movió la leña y esparció unas chispas. Kent casi cedió ante su implacable impulso de matar. Lucy Bonesteel era ya para él una vivida realidad. De repente, a Kent se le ocurrió la idea de que podría seguir a esos hombres hasta el Agujero del Muro. Esto fue lo que le salvó la vida a aquellos asesinos. Kent bajó el rifle, sabiendo que debía aguardar. Y retrocedió apresuradamente. Una ramilla crujió bajo sus pies. Por un instante, la terrible amenaza volvió a quedar suspendida sobre la cabeza de Slotte y sus hombres.
—¿Habéis oído? —preguntó Slotte bruscamente. Se puso en pie, dejando ver que era tan ancho de hombros como bajo de estatura.
—No. Pero yo soy tan sordo como un poste —respondió Kitsap.
—Crujió algo, como madera seca. Era por allí —dijo Goins señalando.
—No, fue detrás de ti.
Mientras escuchaban, Kent reanudó la marcha procurando no dar ningún otro paso en falso. Una vez volvió la cabeza. Aparentemente, los cuatreros se habían tranquilizado. Kent se enjugó el sudor de la frente, todavía temblando de miedo. Se mantuvo a un lado del sendero, fuera del polvo. Cuando no pudieron oírle, echó a correr hacia su campamento. A no ser por su fogata, ardiendo todavía, le habría costado mucho trabajo localizarlo. Por fin, se vio obligado a retroceder unos pasos. Sin embargo, su sentido de orientación le guió hasta el lugar donde se hallaban los burros. El campamento no quedaba lejos de allí. La hoguera era solamente un montón de brasas consumidas. La extinguió del todo. Luego, se puso la chaqueta y las botas y desenrolló sus mantas.
Su excitación dejó paso a la reflexión. Meditó cada detalle de su aventura. Había sucedido. Había escuchado la confirmación del relato de Bill, y ya no iba tras algo imaginario. Pero su curiosidad crecía en relación con los hechos. El Agujero del Muro albergaba una banda de criminales, que se odiaban mutuamente, los más perversos lo sacrificarían todo para alcanzar sus propios fines: la posesión del oro y una muchacha inocente.

4

UN ANCIANO navajo llevó a Kent fuera de la senda de Beckyshibeta. Era un antiguo pozo, con un alto acantilado a un lado y una pradera de salvias al otro. No parecía que tuviera ningún desagüe, pero evidentemente, el agua mar naba de un manantial, ya que el agua era diáfana y fría.
Llegó él crepúsculo oscuro y triste, debido a las nubes que presagiaban tormenta.
—¿Llover? —le preguntó al indio.
—Vendaval. Soplar arena —replicó el navajo. Parecía una muestra miserable de los pieles rojas. Tenía muy ajados sus ropas de ante. La retorcida cinta que le ataba el pelo había sido blanca, pero ahora estaba grasienta y suda. Su rostro aparecía arrugado y lleno de costurones, como apergaminado, flaco y macilento, consecuencia de los muchos años de desierto. Su caballo era un mustango que mostraba lo blanco de sus ojos. El hombre usaba una manta por silla y una" tira de cuero como brida. Estaba encaramado en su mustango y miraba a Kent con ojos sombríos y hambrientos.
—Bien, navajo, apéate y sírvete. Puedes comer y beber.
El nativo entendió y se sirvió sin que Kent.tuviese que repetírselo dos veces. El joven pensó que debía tratarse de un ladrón, o tal vez no, pero la intención de Kent era aferrarse a la política de Bill Elway respecto a los indios.
Kent cuidaba de su caballo negro con manos afectuosas. Dos días pasados en compañía de «Espada» le habían hecho cobrar un gran respeto y admiración hacia el animal. El caballo era un tesoro. Kent trataba, sin embargo, de no encariñarse demasiado con el magnífico animal porque no abrigaba la esperanza de poderse quedar con él mucho tiempo.
—«Weyno» —dijo el navajo, señalando a «Espada», con un gesto singular, lento y expresivo, que le dio a entender a Kent que el indio conocía el caballo, y sabía que procedía del norte. Además, aquel gesto significaba también que el caballo era de raza.
El indio llevó salvia muerta hasta el lugar donde construyó una fogata, deseando ser útil. Kent no tardó en tener la comida a punto, añadiendo, al cocinarla un poco más de comida para su huésped. 'Vio cómo esos alimentos desaparecían como por arte de magia.
—¿Estás hambriento? —dijo Kent riéndose.
—Indio viejo, sin mujer —fue la respuesta, en un inglés bastante aceptable.
Cuando acabaron de comer y de recogerlo todo, un crepúsculo rojizo se adueñó del desierto. Kent sacó tabaco y uno de los frascos de whisky. Al ver el whisky, el navajo sonrió por primera vez. Kent puso el frasco en la bolsa del indio.
—Para ti. Ahora fuma.
Se sentó delante del fuego, al lado del piel roja, que fumaba con deleite.
—¿Vives en Beckyshibeta? —preguntó Kent.
—Hogan —repuso el indio, con otro de sus impresionantes gestos. Kent llegó a la conclusión de que la aldea no quedaba cerca.
—Huyo. Sheriff —explicó Kent—. ¿Indio no decir?
Su compañero movió la morena cabeza.
—¿Robar caballo? —preguntó señalando a «Espada».
—No —Kent negó vehementemente con la cabeza—. Lo compré. ¿Viste cuatro hombres blancos? —y señaló hacia el norte.
El navajo levantó tres dedos.
—Eran cuatro —dijo Kent— Uno se largó. Vino hasta mi fogata. Me vendió su caballo.
—Yo ir. Escóndete como zorra —añadió el indio mientras estudiaba atentamente el rostro de Kent. Evidentemente, el joven había impresionado favorablemente al indio.
—No. Yo voy a Utah. Sheriff malo... Necesito ir lejos.
—¿Conoces, navajo, a los tres blancos que viste?
Kent no le concedió ningún crédito a la negativa del indio. Conocía a Slotte y sus compañeros.
—¿A qué distancia está Segi? —preguntó Kent.
El indio se golpeó el pecho con un dedo, luego levantó el dedo indicando con esto que Segi estaba a un día de camino. Después señaló a Kent y levantó dos dedos.
—¿Dónde está el comerciante blanco?
—Logan. Mujer india. No lejos de Segi. India muy buena;
Y él también. Quédate con él.
—Aja... Hay indios por allí. ¿Buenos?
—Unos buenos... unos malos.
—¿Piutes?
—Piutes buenos. Comercio caballos, armas, aguardiente.
—Navajo, ¿dónde está el Agujero en ©1 Muro?
—¡Uggg! —gruñó el indio, moviendo la cabeza—. Todo: es agujero en el muro.
Con un gesto indicó que todo el país estaba plagado de agujero. Esto fue todo lo que Kent consiguió sacarle al navajo. Al oírle mencionar el escondite de Bonesteel el indio se tomó reticente. Pero Kent estaba satisfecho. El indio conocía a los tres blancos y quería guardar su secreto. Poco después, el navajo montó en su mustango y se alejó por entre el melancólico resplandor del crepúsculo. Kent sacó sus mantas y se dispuso a dormir.

El día siguiente amaneció sin sol, gris y con viento. Kent montó temprano, guiando sus burros a través de la pradera de salvias, por un atajo. No tardó en llegar a lo alto de un risco. Al norte se extendía majestuosamente una meseta, y la mirada de Kent se posó en unas colinas rojas. Por oriente no estaba claro. Un viento frío, con polvo, soplaba en aquella dirección. Kent emprendió la marcha por el sendero que habían recorrido Slotte y los suyos, y siguió por el sendero durante dos días. Bajo la meseta divisó mustangos y aldeas, y algunas columnas de humo azul. Había penetrado ya en territorio indio. Aquella meseta desértica se extendía hacia el norte como una inmensa pradera de salvias, gris y desolada, hada una oscura línea de cedros. El viento comenzó a soplar con fuerza. Pronto, todas las señales e indicaciones quedaron oscurecidas por el polvo, y Kent tuvo un día muy ingrato para viajar. A veces temía perder el rastro, cuando las nubes de polvo oscurecían hasta los burros. Sin embargo, pronto dejó de sentirse angustiado. Tanto los burros como el caballo no salían nunca del sendero. El viento se calmaba a intervalos, después de los cuales soplaba con más violencia. A mediodía, la arena se mezcló con el viento, azotando el rostro del joven. Cubriéndose la parte inferior de da cara con su pañuelo, Kent inclinó la cabeza. En realidad, aquello no era nada comparado con un ventarrón de invierno.
Pero cuando los nubes de polvo se convirtieron en grandes masas de arena, pesadas, densas y asfixiantes, Kent maldijo entre dientes.
A la mañana siguiente, el cielo estaba claro y brillante, y Kent reemprendió la marcha al amanecer. El sendero le llevó a un bosque de cedros y luego a una llanura de salvias de color púrpura. Diez kilómetros al norte, dos enormes paredes acabaron por desembocar en una confusión de acantilados, picos y espirales. Estaba en el portal de la región rocosa.
Había cuadros verdes en la base de la pendiente, y Kent divisó la techumbre inclinada de una cabaña. Debían ser la casa de Logan. Las huellas de caballos que Kent había estado siguiendo, se apartaban del sendero hacia el puesto. Kent pensó que si Slotte y sus hombres estaban en casa de Logan considerarían sospechoso que él pasara por allí y no entrase. Si ya se habían marchado, tanto mejor.
A un par de kilómetros del puesto, vio que la colina boscosa de ¡la izquierda terminaba, bruscamente al oeste del puesto, separada evidentemente de la rojiza pendiente. Pronto salió de la boca del cañón, dejando atrás los verdes sauces. Por allí discurría el agua. Desvió hacia el puesto. Mientras tanto, empezó a localizar caballos, brillantes colores, pieles, secándose sobre las vallas, indios por todas partes, montados en nerviosos mustangos. Unos hombres blancos salieron a la puerta del puesto para observarle, y volvieron al interior. Kent sentía más curiosidad que aquellos tipos. Al llegar al puesto, desmontó, hizo que bebieran los burros, los trabó y echó los paquetes al suelo para levantar el campamento. «Espada» fue a beber por propio impulso. Después, Kent aflojó al revólver en su funda y, cogiendo a «Espada» de la brida, se dirigió al puesto, con la mente alerta por si se presentaba alguna contingencia.
Pero ni esta disposición de su ánimo ni su expectante excitación le impidieron apreciar el lugar más interesante del país navajo. La cabaña era cuadrada, aunque con varias construcciones adicionales, con tejados de adobe, sin ninguna pieza visible de madera aserrada. Había una enorme puerta, pero ninguna ventana. Unas mantas de colores chillones atrajeron la mirada de Kent desde lejos. Estaban colgadas sobre la barandilla del porche. Delante del puesto había varios mustangos, muchos de ellos grises y bayos. Los indios, envueltos en sus mantas, le vieron acercarse.
Cuando Kent llegó delante mismo del puesto, un hombre alto, con el rostro muy atezado, curtido por la intemperie, sobresalió por encima de las cabezas de los indios. Rápidamente, avanzó hacia el joven.
—¿Es usted Logan, el comerciante? —preguntó Kent.
—Hola —replicó el otro con un gruñido. Tenía unos ojos muy penetrantes, que examinaron a Kent de arriba abajo, y luego al caballo negro.
—¿Hay alguna objeción en que acampe aquí? —preguntó Kent.
—Ninguna, en absoluto.
—Gracias.
—¿Quién es usted?
—Kent Wingfield. Jinete de la Cuenca del Tonto. Busco; un escondite y no deseo hacer amistades.
—Perdone, Wingfield, si le he parecido poco cortés-replicó el comerciante apresuradamente, mirando por encima! del hombro hacia el puesto—. Pero tengo unos visitantes.
—Mire, Logan, seré muchas cosas, pero no soy cuatrero.
—Muchacho, ha habido mucho jaleo respecto a ese caballo desde Lund hasta Segi.
—¿Por qué?
—Es de raza mormona y el mejor de Utah. Fue robado... y ningún tipo de los que lo han poseído ha podido dormir desde entonces.
—Logan, yo suelo dormir bastante bien... ¿Puedo comprar grano y comida?
—Claro. Pero en mi mesa nadie paga. Puede ir al campamento, dar de comer a sus animales v venir a casa a cenar.
—Ajá... ¿No sería mejor que sus invitados no viesen a «Espada»?
—Seguro que sí, muchacho.
Kent montó y regresó lentamente al campamento. Una vez allí, condujo al caballo a un sitio herboso y le dejó sin silla ni riendas. Esto hecho, volvió al puesto de Logan. Los indios seguían tan inmóviles como antes. Logan estaba dentro. Kent trepó al porche y cruzó el umbral.
En el interior olía a lana, tabaco, ron, pieles... todo mezclado agradablemente. El almacén, muy espacioso, estaba repleto de balas, cajas, cajones, estanterías llenas de mercancías e innumerables objetos suspendidos en ganchos y soportes. La pared posterior mostraba una inmensa chimenea de piedra amarilla, frente a cuyo hogar se hallaba una india añadiendo leña al fuego.
Kent había esperado ver a Slotte y a sus compañeros, y tal vez otros tipos igualmente dudosos, pero ni Logan ni nadie se hallaba a la vista. Sin embargo, unas voces llegaron a sus oídos.
—Ven a comer —le dijo la india.
Guió a Kent hasta una estancia de la parte derecha de la casa, separada del almacén por una manta. Kent se encontró ante una larga mesa, con media docena de individuos a su alrededor, alumbrados por una lámpara que colgaba de una viga.
—Siéntese, Wingfield y coma con nosotros —le invitó Logan...
—Gracias, acepto —contestó Kent avanzando.
—Hola, forastero. Parece que viene de lejos —dijo el hombre que estaba sentado a su lado.
—Exactamente.
Al otro lado de la mesa había cuatro hombres, a los que Kent echó una rápida ojeada. Ninguno habló. Kent los examinó con mayor atención. Reconoció a Kitsap y a Goins. El tercero, de sudoroso rostro y ojos de buey reluciendo bajo unas cejas espesas, tenía una espesa cabellera rojiza. Kent miró ál cuarto individuo, al que reconoció antes de examinarlo. Era Slotte. La leonina cabeza y su cara agradable armonizaban con sus anchas espaldas. Sus ojos eran tan daros que parecían anormales, y eran como las ventanas de un espíritu tremendamente violento y depravado.
En ese momento entró una joven maravillosamente bonita, sosteniendo una bandeja de madera. Evidentemente, era la camarera y también la hija de Logan. Tendría unos dieciséis años.
—Ven aquí, terroncito de azúcar —le gritó el hombre sentado al extremo de la mesa. Se hallaba claramente bajo la influencia del ron. Frente al hombre había una botella negra. La chica parecía más asustada que tímida.
—No hables así, Neberyull —¡Le ordenó Slotte—. A Logan no le gusta.
—Ah, estás celoso, «Seda» —dijo burlándose Neberyull.
Y cuando la muchacha pasó por su lado para dejar una copa sobre la mesa, le pellizcó un muslo. Logan inclinó la cabeza sobre su plato y se puso rojo. La chica vació la bandeja y se alejó suavemente sobre sus pies calzados con mocasines.
—¿Es su hija, Logan? —preguntó Kent. Cuando el comerciante asintió, Kent dijo deliberadamente—. Perdóneme! Soy forastero aquí. En mi país, nadie insulta a las jóvenes en la mesa.
—¿De dónde diablos eres? —preguntó Neberyull con beligerancia.
—De Tonto, señor agente de caminos. Los hombres como? tú no arriesgan su pellejo allá abajo.
—¡Agente de caminos! —tronó el otro.
—Bueno, algo parecido. Tal vez salteador.
—Jovencito, estás jugando con la muerte.
—Ya estoy acostumbrado. Pero jamás le hallaré a manos de tipos como tú
—Pásame la botella, Seda —gruñó Neberyull—. ¿Qué debo hacer con ese mocoso?
Kitsap le pasó la botella.
—Si me lo preguntas, emborráchate antes de ponerte a buscar jaleo.
—No te lo pregunto.
Slotte miró a Kent especulativamente.
—Neb, ese forastero de Tonto tiene razón —dijo con sequedad—. Me fastidias y han enojado a Logan. Y está bien claro que Geysha no está dispuesta a escucharte.
—¿No, eh? —refunfuñó Neberyull, levantando la botella—. ¿Ni Lucy?... Seda, no dejas que nadie más que tú mire a una mujer.
—Ya te he dicho que no menciones ese nombre en público —añadió Slotte.
—¡Al diablo! Tengo la lengua suelta. Y pienso darle una lección a ese forastero de Tonto. ¡Eh, tú! —y levantó en alto la botella mientras sus ojos bovinos miraban malignamente a Kent—. Cuando hayas acabado de comer te llamaré... te llamaré...
—¡Basta! —le interrumpió Kent, sacando el revólver con la rapidez del relámpago. La detonación ahogó el ruido del vidrio al romperse. La bala de Kent rompió el cuello de la botella, que cayó sobre la mesa vaciando su contenido. Algunos fragmentos de vidrio saltaron a la cara de Neberyull, especialmente contra su boca y su mentón, que empezaron a sangrar.
Kent golpeó la mesa con su humeante revólver y miró al cuarteto como si fuera un solo hombre.
—¡Tú... tú, maldito idiota, no puedes hablarme de este modo! ¡Yo soy Kent Wingfield! ¿No te dice nada este nombre? Pues lo habrías oído, de no haber vivido como una rata escondida entre los agujeros de las rocas.
Neberyull estaba fuera de sí. La palidez empezaba ya a desaparecer de sus mejillas. Con mano temblorosa se limpió la sangre y el sudor.
—¿Qué te dije, Neb? —tronó Slotte.
—Caballeros, perdonen mi rudeza —se excusó Kent, mirando a Logan y a Slotte mientras dejaba el revólver junto a su plato—. Tengo un sheriff siguiéndome los talones y estoy malhumorado.
La tensión cedió. Logan llamó a su esposa india. Tosió nerviosamente, pero la mirada que le dirigió a Kent contenía algo más que curiosidad. La gorda esposa india de Logan trajo una bandeja con comida humeante. En la mesa cesaron todas las conversaciones. Kent fue engullendo su cena. Quería salir del comedor al mismo tiempo que los otros. Estaba jugándose sus cartas con aquellos cuatreros y deseaba grabar en sus mentes algo inolvidable y terrible, mientras esperaba trabar amistad con el comerciante. Bien, la oportunidad se había presentado por sí misma.
Slotte fue el primero en ponerse de pie. Pero Neberyull alcanzó ante que él la puerta. Los otros le siguieron, mientras Kent salía el último. Entraron en el almacén, ahora brillantemente alumbrado con quinqués y el fuego que ardía en el hogar. Kent se situó en la sombra, desde donde podía observar. Neberyull se paseaba frenéticamente por delante de la puerta abierta. Habría que contar con él. Kent, intuía el peligro y no pensaba proporcionarle a Neberyull la ocasión de dispararle por la espalda.
—Ésta es la última botella de licor que hay en el almacén —dijo Logan—. Lo cual quizá sea conveniente.
Empezó a atender a los olientes indios. Goins y Kitsap encendieron sendas pipas y se sentaron sobre unas maletas.
—Neb, ven a fumar y olvídate de tus malas ideas —dijo Kitsap—. La culpa fue tuya.
Slotte se agachó ante el hogar para coger un tizón enrojecido cuya punta aplicó a un cigarrillo. Allí agachado, su figura cobraba dimensión. Estaba poderosamente conformado. Tenía la tez muy oscura. Kent miró las culatas de dos revólveres abultando en su levita, uno a cada lado. Según pensó Kent, aquella larga levita le daba a Slotte más categoría que la que tenían los pistoleros que tanto prestigio gozaban en el Tonto. El principal oficio de Slotte no era matar.
—¿Un cigarrillo¿-le pregunto a Kent.
—No, gracias, últimamente, no fumo ni bebo.
—Bien, aunque quisiera, no podría ofrecerle un trago.; ¿Conque Kent Wingfield, de la Cuenca del Tonto, eh? Usted iba con la banda del Trinchante.
—Buen acierto —dijo riéndose Kent.
—Ya... Pero si pertenece a esa banda, opino que se encontraría más a salvo del sheriff con ellos que yendo solo por esta región.
—Seguramente, pero estoy buscando a un hombre más peligroso que el sheriff.
—Entiendo, los téjanos siempre son iguales.
—Sí, mi padre era de Tejas. Aunque yo no soy más que un producto barato de Arizona.
—Bien, no se ofenda si le doy un consejo: aléjese usted de Utah.
—Gracias. Habla usted como algunos calabacines... de Utah.
Slotte se estremeció ante estas palabras, pero consiguió dominarse. En aquel instante, Neberyull entró en el círcu4 lo de luz. Sobrio, vengativo, poseído de una gran pasión, sus ademanes le advirtieron a Kent lo que iba a ocurrir.
—¿Dónde está ese tipo? —preguntó escrutando las sombras.
—¿Wingfield? Está aquí. ¿Es que estás ciego, hombre? —dijo burlándose Slotte.
—¡Tiene a «Espada»! —gruñó Neberyull con voz ronca.
—¿Cómo? ¿Quién?
—Ese individuo que afirma ser de Tonto. Sí, el mismito. Él es quien tiene a «Espada».
—¡No!
—Seguro. Tobiki le vio montándolo por el paso... hasta llegar al puesto. Logan salió del almacén, vio al animal, le dijo algo a Wingfield, y éste se marchó con «Espada» por entre los cedros. Slotte, ese navajo conoce a «Espada» tanto como tú o como yo.
—¡Logan, ven aquí! —chilló Slotte, y el tono de su voz revelaba el irascible carácter del bandido. El comerciante se presentó un poco trastornado.
—¿Has oído a Neberyull? —le preguntó Slotte.
—No soy sordo.
—¿Es verdad? ¿Ese Wingfield vino montando a «Espada»?
—Slotte, yo no haría ninguna apuesta —replicó el comerciante atropelladamente—. Montaba un caballo negro que se parecía a «Espada», y le dije que...
—Un momento —dijo Kent surgiendo de las sombras. Cuando Slotte se enfrentó con el furioso Neberyull decidió actuar—. ¿Qué diablos les pasa?
Su intervención causó un notable efecto en los dos bandidos. La furia de Slotte dejó paso a una actitud calculadora, y Neberyull palideció, mostrando la clara intención de matar.
—Wingfield, ¿vino montando en un caballo negro?
—Sí, Slotte. Más negro que el as de espadas.
—¿Se llama «Espada», por casualidad?
—Acertó otra vez. «Espada» es su nombre.
—¿Dónde lo encontró?
—Slotte, no me gustan ni su tono ni la actitud de su compadré.
—Le guste o no le guste, Wingfield —rugió Slotte—, usted robó a «Espada»...
—Es un embustero, Slotte. ¡Tenga cuidado! No empiece a parlotear como si fuera-su amigo... Por si le interesa saberlo, compré ese animal. Hace varias noches. En una vaguada muy honda, a un día de viaje de Moencopie. Un jinete llegó a mi campamento. Traía a ese caballo negro, pero r él montaba un caballo bayo, y tenía otro animal de carga. Llevaba botas altas y un cinturón muy ancho. Era muy moreno. Su chaqueta tenía unas listas de cuero en los puños y...
—Ya basta. Era Bunge. ¿Qué le dijo? ¿Qué quería?
—Dijo muchas cosas. Pero lo que quería era venderme a «Espada». Le di cien dólares.
—¿Bunge los aceptó a cambio de «Espada»?
—Seda, ese tipo miente —tronó Neberyull—. Bunge no habría vendido a «Espada» por el doble del dinero que llevaba encima.
—Juró que se hallaba atrapado y necesitaba vender a «Espada» —replicó Kent.
—¡Ja, ja, ja! —Neberyull se echó a reír burlonamente.
—Cállate, ya entiendo lo que hizo Bunge —exclamó Slotte—. Se figuró que yo iría en busca del caballo negro olvidándome del dinero. Pero no hallamos el rastro de «Espada».
—Bunge se nos escapó en aquella hondonada rocosa.
—¿Es suyo el caballo, Slotte? —preguntó Kent.
—No. Era de una muchacha. Bunge lo robó. Y lo peor es que se marchó con diez mil dólares nuestros... Wingfiekl, nuestro compañero realizó una jugada peligrosa. Sí, le robó el caballo a una chica. Luego, me mintió afirmando que había visto a «Espacia» yendo hacia San Juan, y yo le creí. Teníamos que recuperar a «Espada», pero lo único que quería Bunge era robamos y no volver nunca más por Utah.
—Exacto. Bunge, por lo visto, quiso engañarles. ¿Cuándo descubrieron que les había robado? —preguntó Kent.
—Aquella noche, poco después de oscurecer. Se llevó-a «Espada» y al bayo a pastar por allí. Debía tener preparado ya el caballo de carga. No sospechamos nada hasta que Kitsap echó de menos su saco de billetes.
—Bien, eso es duro para ustedes —contestó Kent con sarcasmo—. Pero todos son ladrones. Y Bunge demostró ser el mejor. Tráguense la medicina.
El furor y la pasión que sentía Slotte experimentaron una pausa. Escupió como una serpiente. Luego, su enorme cuello se tensó. Y sus luminosos ojos resplandecieron como bolas de ópalo en dirección a Neberyull.
—Seda... ese tipo tal vez tenga razón —se apresuró a murmurar aquél.
Slotte se volvió hacia Kent, contraído el semblante.
—Wingfield, lo ocurrido no es culpa suya. Si nos cuenta qué le dijo Bunge, nos llevaremos a «Espada» y le dejaremos en paz.
—¿Llevarse a «Espada»? ¿Dejarme en paz? —repitió Kent burlonamente—. Usted está loco. El negro es mío. Lo compré. Si pertenece a Lucy Bonesteel y da encuentro, tendré la decencia de devolverle el caballo. Pero a ustedes no, caballeros.
—¿Qué sabe usted de. Lucy Bonesteel? —susurró Slotte, con voz apenas audible. Daba muestras de una gran perplejidad.
Kent era el dueño de la situación y ¡lo sabía. Slotte estaba dominado por una poderosa pasión que le pondría a la merced de cualquier hombre. Neberyull era solamente un rufián, no demasiado peligroso para Kent si lo tenía cara a cara. Kent intuyó que en su mente estaba ya dominado. Tan muerto como si le hubiese disparado ya. Kent miró a ambos disimulando su interés, seguro de que podría inflamar a Slotte por el furor y a Neberyull por el temor hasta que fuese fácil frustrar sus propósitos.
—Bunge habló, sí —dijo Kent lentamente apartándose de sus dos interlocutores—. Pero no me habría interesado particularmente de no haberme tropezado con ustedes. ¿Qué
son unos cuantos ladrones para un jinete de la Cuenca del Tonto? Nosotros tenemos allí bandidos y cuatreros que no se esconden. Bunge me contó que ustedes le habían querido estafar su parte. Admitió que era un bandido, pero no un embustero. Me habló de usted, Slotte. De cómo hace años entró a formar parte de la banda de Bonesteel, y de cómo echó de la banda al mejor de los cuatreros. Elway... Bill Elway, ése es su nombre. Y de cómo engañó a Elway porque a usted le gustaba da chica, esa Lucy. Me habló de Bonesteel y del Agujero en el Muro... y añadió que iba a contar todo esto en todos los campamentos que encontrase en su camino. Juró que usted quería aniquilar la banda de Bonesteel, y hasta matar al mismo Bonesteel, sólo para conseguir a la muchacha. Bunge no fue muy buen amigo suyo. Slotte. Y estaba muy satisfecho al contarme cómo a Lucy le gustaban todos los componentes de la banda de su padre, todos... menos usted. Agregó que a usted le odia...
—¡Ah! —gritó Slotte, con el rostro desencajado. Sus manos bajaron en busca de sus revólveres, pero en el mismo instante, Kent disparó. Slotte cayó, y sus armas fueron a parar al otro extremo de la sala. Neberyull estaba c sacando» cuando Kent volvió a disparar, incrustándose su bala en el pecho del bandido. Kent saltó tras un montón de sacos. Los otros corrían. Slotte se arrastraba por el suelo. Kent corrió hacia la puerta, chocando con Logan.
—Aguardaré al otro lado de la valla —le susurró.
Apartó a los asustados indios y salió, esfumándose en las tinieblas. Corrió unos cuantos metros y se detuvo jadeando. Por la cara le resbalaba un sudor frío. Casi temblaba. Su revólver estaba muy caliente todavía. Con mano temblorosa, deslizó los proyectiles en la recámara. Sintió el impulso de retroceder. Pero se dominó. Jadeó, tragó saliva y venció su repugnancia. Había estado deseando enfrentarse a Slotte, y aunque el encuentro fuese precipitado, no importaba.
Miró a su alrededor, y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió la cerca. Se acercó a ella y se apoyó, esperando mientras vigilaba el puesto. Oyó cómo Logan despedía a los indios. Éstos montaron en sus mustangos y se alejaron en la noche, resonando fuertemente sobre el camino los cascos sin herrar de sus caballos. Se produjo un tumulto de voces en el almacén, el ruido de los cascos se iba alejando, hasta que por fin cesó. La brisa nocturna azotó fríamente ©1 rostro de Kent. En el paso aullaban unos coyotes. La luz desapareció del puesto. Kent no esperaba ya ver a Logan, cuando oyó unos pasos que llegaban desde otra dirección. De pronto, divisó una alta figura avanzando a lo largo de la valla. Era un hombre, con un paquete en cada* mano.
—Aquí, Logan —susurró Kent.
El comerciante se acercó.
—Me deslicé por la parte de atrás —le explicó al joven— Aquí tiene grano... y un saco de latas de conserva.
—Siento lo que pasó en el puesto, Logan —se disculpó Kent cogiendo los sacos.
—Bien, jovencito, no necesita disculparse —replicó Logan, tristemente—. En la mesa temía abrir la boca. Pero, por Dios vivo, tiene usted un amigo en Cy Logan. Mi chica, Geysha, es mestiza, pero es buena. Y esos bandidos siempre la han tratado como si fuese una cualquiera... Wingfield;] la bala penetró en el corazón de Neberyull. Pero Slotte. escapó de milagro. La bala chocó con el revólver y le rozó una oreja. Bien, no tardó en recobrarse, aunque está corno loco.
—Tendré que volver a disparar contra él, eso es todo.
—¿Quién es usted, hijo? —preguntó el comerciante en voz baja.
—Logan, soy un jinete de la Cuenca del Tonto, pero lo demás que dije era mentira.
—¿Entonces, nadie le persigue?
—Nadie. Pero supongo que a partir de ahora tendré que esquivar las balas.
—Seguro. Mi consejo es que se largue de aquí. ¿Cuál es su juego? Hay algo extraño en su mirada.
—Es lo mismo que pienso yo —replicó Kent—. Logan, ¿conocía a Bill Elway?
—Sí. El mejor de la banda.
—Me encontré con Bill una vez... Logan, ¿dónde está el Segi?
—Unos cuantos kilómetros al norte. Al salir del cañón rojo. Por Dios santo, hijo, no vaya hacia ese cañón.
—¿Por qué no?
—Porque es un cañón terriblemente engañador. ¡Un agujero infernal! Hay más de un centenar de sujetos de mala catadura. Indios crueles y algunos blancos renegados.
—Siento curiosidad por ese Agujero en el Muro.
—Wingfield, se halla emplazado entre mías altas rocas. No sé dónde, pero está más allá de San Juan.
—Ajá... Logan, espero que Slotte no se convierta en enemigo suyo.
—Bueno, me necesita. Aunque confieso que me hallo un poco atemorizado. Le juré que no había oído nada de lo que Bunge le contó a usted, pero ningún hombre que haya oído su relato puede ya considerarse a salvo.
—Entonces, vigílele. Y guarde celosamente a su bonita Geysha. Buenas noches. Volveré por aquí cualquier día.



5

DESPUÉS DE haber apartado de su mente los recuerdos del pasado, Kent Wingfield había tenido que recurrir a la botella cuando experimentaba los remordimientos, el terror, o la náusea que inevitablemente se apoderaban de un hombre joven que ha segado una vida humana y quiere ahogar sus sentimientos con licor.
Dejó los sacos» que le entregó Logan y se inclinó sobre sus pertenencias. De repente, una idea asaltó su cerebro y Kent volvió a enderezarse como si hubiese oído una voz. La luz de las estrellas tornaba borrosos los objetos. Una débil brisa gemía entre los cedros. Oyó a «Espada» pastando en la hierba, aunque no pudo distinguirle en la oscuridad. No se oían más sonidos. Estaba tan solo como las demás noches que había acampado en el desierto. Sin embargo, le parecía que ahora todo era diferente. Kent se estremeció. Las noches siempre eran diferentes.
—Tengo que pensar —murmuró, moviendo la cabeza—. Seguro que nunca lo hice. Bien, ya es hora.
Y se sentó sobre el paquete que había intentado abrir para sacar la botella. Sus pensamientos eran vividos y agudos y los fue repitiendo en voz alta.
—¡Se acabaron los ojos inyectados en sangre! Necesito tener el cerebro despejado. El ojo seguro. La mano veloz y firme. Supongo que no lo sabía, pero me aguarda una inmensa tarea. Me gusta. Creí que estaba huyendo de mí mismo. De acuerdo. Bien, he disparado contra un par de coyotes. No tengo por qué arrepentirme. Todo entra en el trabajo del día. Y tengo mucho que hacer... Mucho y bueno. ¿Pero qué me impulsa? ¿La confianza que tenía en mí el viejo Bill? ¿Su amor hacia una joven escondida en un cañón? ¿Enfrentarme con el hombre que lo separó de ella?
Sí, todo esto. Pero esto no es todo. ¡La idea de salvar a Lucy Bonesteel! Está en mi ánimo. No es un sueño. Claro que Lucy puede no ser lo que afirmó Bill. Podría estar perdida ya. Tal vez no quiera dejar a su padre. ¿Es que... es que me estaré enamorando de ella? ¿Qué sentido tiene amar a una chica... tener fe en ella? Estoy loco al soñar que ella podría... Bien, no importa, sea como sea, iré hasta allí.
Kent se incorporó como transfigurado y tan inalterable g como el negro muro del norte, más allá del cual le atraía la irresistible aventura. De no haber estado fuera de sí, habría podido oír el susurro del viento. Lucy Bonesteel no sabía que su guardián y maestro Elway hubiese puesto en movimiento una tremenda fuerza en beneficio suyo. Pero Kent sí lo comprendió al estar solo en medio de la oscuridad. No es posible saber lo que un hombre puede llegar a realizar.
Era como si el temor y la duda nunca le hubiesen torturado.
El amanecer le sorprendió trepando por el paso, a varios kilómetros más allá del puesto de Logan, hacia la puerta rocosa que se abría al norte. La salida del sol encontró a Kent en la cima del paso con el magnífico portal del Segi más abajo. Un cañón de suelo verdoso, dividido por una vaguada profunda, situada entre altas paredes rojizas. Un sendero tortuoso cruzaba las praderas de salvias. El color anaranjado del amanecer subió de tono y coronó los pináculos y los picos que formaban los contrafuertes. Una misteriosa y silenciosa amenaza le advirtió a Kent que no entrase por la puerta que conducía a la rocosidad de las tierras salvajes.
Una mirada sobre su hombro hacia la larga ladera del paso, apartó la atención de Kent del primordial deber del momento, que era la vigilancia de Slotte y sus hombres. La belleza del valle, no obstante, asombró a Kent. La salvia gris, de suaves tonos, estaba puntuada por cedros verdes, alargándose en la distancia. El sol todavía no había disipado las sombras por completo ni el misterio de las tierras bajas. En lo alto de la meseta relucía el color dorado, mientras la pendiente opuesta se hallaba en sombra.
El puesto de Logan se divisaba como un pequeño cuadrado negro en medio del gris. La mirada de Kent buscó los rastros. En el sendero inferior descubrió una reata de caballos. Desmontando, condujo a «Espada» y los burros hacia los cedros, atándolos. Después, salió, rifle en mano, a Vigilar.
La fila de caballos desapareció y estuvo un rato fuera del radio visual del joven. Al fin, Kent contó tres jinetes y tres animales de carga. No habían cruzado el paso hacia la meseta. El sendero inferior se mantenía por la vaguada y no ascendía por el paso. Kent perdió el sendero que tenía debajo entre la maraña de vegetación y rocosidades del terreno, pero no dudó de que entraba y salía, siguiendo el terreno hasta llegar al Segi. Cuando comprobó que los tres jinetes no eran indios, se sintió satisfecho. Eran Slotte y sus dos hombres. Iban al trote, lo que significaba el deseo o la necesidad de apresurarse. Un par de kilómetros a la izquierda y por debajo de la posición de Kent, desaparecieron de su vista. El joven se sentó a esperar que reapareciesen. Al cabo de media hora, los vio en la vaguada roja, en dirección al Segi. Sus caballos iban vacilando por entre las arenas movedizas. Doblaron un recodo de la vaguada y reaparecieron; mucho más lejos, trepando por la empinada ladera. Los hombres iban a pie, arrastrando los caballos. Era una operación difícil. Un caballo resbaló, fue recuperado y volvió a ascender. Los caballos de carga estaban fatigados. Al fin llegaron arriba, junto con los tres hombres. A sus espaldas habían dejado oscuras huellas en la ladera. Montando de nuevo, los jinetes condujeron a los animales de carga por el sendero, a través de la pradera de salvias, hacia los cedros y fuera de la vista de Kent, en dirección al Segi.
La incertidumbre cesó para Kent. Encendió un cigarrillo y se acomodó confortablemente para dejar pasar el tiempo. Slotte se hallaba ya en el Segi. Tenía prisa por cubrir la distancia y llegar al lugar de cita de los bandidos. De este modo, dejaría huellas muy claras.
—Slotte, no podrás lograr que abandone el rastro —murmuró Kent, con firmeza—. Aunque lo intentases, cosa que no haces. Bien, no tardaré en llegar hasta el Agujero en el Muro.
Los ladrones estaban viajando a unos diez kilómetros por hora. Kent llegó a la conclusión de que sería prudente darles varias horas de ventaja, a fin de evitar los accidentes y los campamentos preparados desde muy temprano, a fin de no tropezar con ellos.
A su debido tiempo, Kent volvió a ponerse en marcha, con el rifle atravesado en la silla. Tuvo que avanzar y retroceder varias veces para encontrar la forma de bajar al cañón. Cuando llegó a la profunda vaguada, vio que el muro descendía unos treinta metros de manera lisa, por lo que tuvo que buscar e1 ramal que venía del oeste. También era empinado y hondo. Pero por fin encontró un lugar donde «Espada» pudo hundirse en la arena y los burros descantar cómodamente. En el terreno medio requemado de la vaguida, halló las huellas de caballos que estaba buscando. Iban hacia la vaguada principal, donde una fina línea de agua discurría por entre las arenas movedizas. Allí desaparecían las huellas de los caballos de Slotte. «Espada» continuó velozmente, guiando a los burros reacios. Kent comprendió que mientras continuase moviéndose, no había peligro de quedar atascado en el cieno. ¡ Pero con cuánta facilidad podían tenderle una emboscada desde lo alto! Tenía que corro: este nuevo peligro.
Los burros pasaron por un brusco recodo, saliendo a una bancada, desde la que las huellas recientes de los caballos de los bandidos, ascendían casi perpendicularmente. Los burros se detuvieron. Kent desmontó y tuvo que arrastrarlos. Ante su sorpresa y el placer de «Espada», acabaron por reanudar la marcha por propia voluntad. «Espada» miraba a los burros con desdén, y había fuego en su mirada. A cada hora que pasaba, Kent apreciaba más a aquel caballo negro. Le parecía volver a hallarse en el Tonto, donde su vida dependía de su montura.
El Segi era más ancho de lo que parecía desde arriba, y sus muros más empinados. Kent fue siguiendo el rastro hacia una región maravillosa. Pero a cada recodo del camino, antes de exponer los burros o a «Espada» a la atención de posibles jinetes o a unos ojos acechantes, se detenía para mirar a su alrededor y estudiar apreciativamente el terreno que se extendía al frente. Le pareció que era el cañón más solitario que había visto en su vida. No se veía en absoluto ni un solo ejemplar de conejo, coyote ni mustango. Las viejas y abandonadas chozas se levantaban entre los cedros con las puertas abiertas a occidente. El sendero hubiera sido difícil de seguir a no ser por las recientes huellas de Slotte. Los ladrones continuaban a un trote rápido. Era una marcha fácil, casi bien equilibrada.
Cada rasgo de aquella magnífica garganta era notable, hasta que Kent se sintió maravillado. No podía extraviarse porque estaba siguiendo unas huellas frescas, y sin embargo, se sentía perdido. Jamás había visto nada parecido al Segi. Era extraño, triste, bellísimo, un trecho desolado de la corteza de la tierra, con la salvia creciendo de forma lujuriante, con grupos de robles y cedros en los llanos y una línea de abetos en la base de los acantilados. Los cañones laterales se abrían a ambos lados, desembocando en el barranco principal, todos ellos profundos, con muros rojizos. En algunos sitios, secciones del muro se habían partido en fragmentos, lanzando rocas y piedras de todos los colores y todos los tamaños por la ladera. En otros lugares, los muros eran escarpados, muy rojos e inaccesibles hasta el reborde superior, a unos trescientos metros más arriba.
Al fin, Kent llegó a un lugar que le dejó estupefacto. El cañón se ensanchaba, formando un gran óvalo con cañones secundarios en forma de radios de rueda, uniéndose en el eje. Kent desmontó y buscó señales de vida. Sólo oyó una especie de silbido, que sólo podía proceder de un pájaro o de algún animal de la cima. Pasó más tiempo estudiando este valle de ruinas y escombros, que el que tardó en cruzarlo.
La tarde se hallaba ya muy avanzada cuando desembocó del óvalo a la arteria principal que salía de aquél. Entonces vio que él Segi se estrechaba considerablemente. La vaguada también disminuía entre sus empinados muros, el arroyo se convertía en una estrecha línea de agua clara y los picos y despeñaderos no eran tan elevados. Kent calculó que habría trepado durante quince kilómetros hacia la entrada del cañón. El sol se hundió muy pronto tras los contrafuertes del oeste, después de lo cual Kent empezó a buscar un lugar conveniente para acampar. Tuvo que andar una larga distancia antes de encontrar Un grupo de robles, apartados del camino. Penetró por aquel grupo de árboles hasta llegar a un claro, donde tuvo la suerte de encontrar un diminuto manantial de agua fresca.
—Me pregunto dónde estarán los indios —murmuró, mientras desensillaba a «Espada». No descuidó la vigilancia, aunque había elegido bien el lugar. Después de haber descargado a los burros, Kent cogió su rifle y salió a cazar, pero temía no encontrar nada. Sin embargo, a corta distancia divisó varios conejos y consiguió matar dos.
Al regresar, su rápida mirada captó la figura de un animal en el camino. Al principio, creyó que era un coyote que se habría deslizado por entre los cedros. Cuando él pasó, el animal se evaporó. Podía ser un lobo. No obstante, al llegar al campamento volvió a divisar al animal, y entonces comprendió que se trataba de un perro indio. Kent había visto perros, medio pastores y medio coyotes, que se parecían a éste. Y se olvidó de aquella aparición hasta que, cuando estaba ya cenando, vio al perro acercándose por entre los cedros. Estaba flaco, parecía hambriento y tenía el pelo muy largo, de un blanco sucio, tan salvaje como un lobo.
—Eh, perrito, no pienso hacerte daño —dijo llamándole.
El animal se asustó y huyó. Pero no tardó en volver y dio varias vueltas en tomo al campamento. Kent le arrojó lo® restos de los conejos que no había guisado y no tardó en comprobar lo acertado de sus sospechas. El perro estaba muerto de hambre. Kent lo llamó y silbó, pero el animal no se atrevió a acercarse.
—Oye, muchacho, no me gusta que des vueltas a mí alrededor. ¿No comprendes que me gustan los perros?
Cayó el crepúsculo y llegó la noche. Kent se echó y tapó con las mantas pero permaneció despierto y silencioso. Empezaba a familiarizarse con aquellos muros rocosos, lejos del vacío y la soledad poco acogedores del desierto. Aquellas paredes lo protegían. No podía desechar la idea de que algo grande y terrible iba a ocurrirle entre ellas.
Por la mañana vio que «Espada» y los burros no se habían alejado del campamento, aunque los había dejado sueltos. Después, volvió a divisar el perro.
—¡ Ven aquí, hijo de perra! —le gritó, diciendo una gran verdad—. Bien, espera hasta que huelas la carne.
Mientras Kent estaba friendo él segundo conejo, el perro dejó su escondite y salió de entre los matorrales. Si no hubiera sido porque estaba flaco y sucio, habría podido ser un bonito perro. Kent le arrojó carne y galletas. Más tarde, cuando Kent reanudó la marcha, no se sorprendió al ver que el perro lo seguía.
Kent no había recorrido un gran trayecto cuando divisó un mustango y un jinete doblando el recodo que tenia en frente. El indio vio a Kent y aminoró la marcha. Se encontraron en el camino y se detuvieron.
—Hola —dijo saludándole.
El indio era joven, llevaba una chaqueta de piel de gamuza, con muchas cuentas. No llevaba armas al parecer. Tenía unos ojos de águila, la tez muy morena y parecía altivo. Respondió al saludo de Kent con un gruñido. No parecía hostil, curioso ni amigo. Kent levantó tres dedos y señaló el sendero.
—¿Rostros pálidos? ¿Muy lejos?
—Kitssel —replicó el salvaje.
—Aja, toma —dijo riéndose Kent, y ofreciéndole un cigarrillo.
Kitssel era un lugar situado unos cuantos kilómetros más allá. Probablemente, el indio lo confundía con un miembro de la banda de Slotte.
—¿Viven navajos en el Segi? —preguntó Kent.
El indio entendió la pregunta, porque su gesto significaba que su pueblo habitaba cañón arriba. Ya no se mostraba tan poco amigable con Kent. Pero espoleó a su mustango con la brida. Kent se volvió en la silla. A unos cuantos metros se hallaba el perro blanco.
—¿Perro navajo?
—Piute —repuso él indio burlonamente, y se alejó.
Kent le contempló hasta que se perdió de vista.
—Caramba, pensé que los jinetes del Tonto sabíamos montar a caballo, pero ese salvaje parece haber nacido a lomos de un caballo. Vamos, «Piute».
El perro siguió a Kent, manteniéndose siempre a cierta distancia.
Aquella mañana, las nubes ocultaron el sol. Sobre el reborde rocoso, se veía un resplandor pardo. Las nubes se espesaron y oscurecieron los despeñaderos. Comenzó a llover. Poco después, el agua se convirtió en nieve que se fundía tan pronto como tocaba la salvia o la arena. Las rocas resplandecían por la humedad. Kent continuó avanzando, sin importarle la creciente molestia. Y el perro blanco siguió sus huellas.
Un grupo de mustangos, más salvajes que los ciervos, surgieron detrás de un acantilado y corrieron unos cuantos centenares de metros antes de detenerse y. relinchar. Kent aflojó el paso. Cruzó por delante de una choza de la que se escapaba una tenue columna de humo que luchaba contra los blancos copos de nieve. Unos perros ladraron. Después, Kent pasó por delante de otras chozas, diseminadas por la vaguada, apenas discernibles a través de la nieve. Agrade* ció esa tormenta, a pesar del frío de sus pies y del entumecimiento de sus manos. En su prisa por ponerse en camino se había olvidado de los guantes y de los deslizadores, indispensables para cualquier jinete del desierto. Finalmente, prosiguió cabalgando, dejando suelto a «Espada» y guiando los burros. A medida que el día se iba acabando, la nieve dejaba paso al granizo y al viento del norte que se colaba por el cañón. Kent comprendió que no podía resistir más. El primer grupo de cedros fue para él como un buen fuego cambiando y calentando aquel terrible mundo. La hierba era alta y húmeda, y «Espada» se dedicó a ella con deleite, reluciente la piel y la crin por las gotas de lluvia. Después, cesó el granizo y el viento se tomó más frío. El cañón se vio arropado por negras nubes que colgaban a muy poca altura. EH crepúsculo no estaba lejos. Ya caliente y seco, Kent se puso a trabajar.
Frente a él, apenas a dos metros, se hallaba el perro blanco, mojado y aterido.
—«Piute», ¿piensas unir tu destino al mío? —exclamó Kent.
Incluso a aquella distancia, observó que el animal tenía unos ojos vivos y penetrantes. No eran pardos o negros como los de todos los perros, sino que poseían un extraño matiz amarillento o gris, veteados de puntitos dorados. Pero ésta era su única característica. A Kent le pareció ver algo salvaje y fiero en aquellos ojos solitarios. Y como más de una vez, presintió algo fuera de lo corriente en aquel encuentro suyo con el perro.
«Piute» había pasado de mano en mano. Era un perro sin hogar. Estaba examinando al hombre blanco. Y antes de que Kent tuviera lista la cena, vio con satisfacción que el perro se le había acercado más y más hasta sentir el calor del fuego. Kent le dio de comer copiosamente, sin pronunciar palabra. El perro no conocía la voz del hombre blanco.
Aquella noche resultó excesivamente helada. Kent mantuvo encendida la hoguera, pese a lo cual apenas durmió.
Su último sopor le mantuvo adormilado hasta después de amanecer. Cuando despertó, halló al perro blanco acurrucado a sus pies. Fue una agradable sorpresa.
—Oh, «Piute», no te equivocas. No soy bueno con las mujeres, pero sí con los caballos y los perros. Y te aseguro que aunque seas un pobre perro salvaje piute, puedes fiarte de Kent Wingfield.
Las nubes se alejaron, salió el sol y cesó el frío.
El primer incidente de Kent esa mañana fue encontrar a un joven pastor con su rebaño de ovejas. Era un muchacho que iba descalzo, con el negro cabello flotando en torno a su cara. Tenía unos ojos ávidos y grandes. Su perro pastor atacó a «Piute», aunque no tardó en recibir un buen zarpazo. Pero ante la perentoria orden de Kent, el perro blanco se sosegó. Las ovejas se esparcieron por el cañón, balando tristemente. Kent le regaló un cuchillo al muchacho. Seguramente, aquel pobre niño indio no habla recibido un regalo en toda su vida.
—¿Dónde está Kitssel? —preguntó Kent.
La respuesta resultó ininteligible, pero con los ojos y las manos el muchacho le indicó a Kent que Kitssel no estaba muy lejos. Kent siguió cabalgando, mientras pensaba que «Espada» había visto o intuido aquellas ovejas mucho antes que él. Decidió, por lo tanto, fiarse del caballo y del perro. Era el tercer día que iba remontando el Segi y, aunque lo escrutaba todo atentamente, no consiguió localizar los lugares donde había acampado Slotte.
Doblando un acantilado, Kent llegó hasta una colosal caverna en la parte izquierda del lugar donde se alzaba un magnífico acantilado. Kent había visto algunas ruinas junto a Wagontongue, y pudo reconocer un maravilloso monumento de los antiguos aborígenes. No perdió tiempo deteniéndose, aunque contempló el monumento con ojos fascinados, para grabar en su memoria el fantasmal puente de casitas de piedra que cruzaba la caverna, las vacías ventanas, semejantes a cuencas sin ojos, los muros ahumados, la vasta extensión del techo de roca amarilla.
Más allá, el cañón volvía a estrecharse hasta convertirse en un simple sendero de muros bajos, con una ligera cuesta. Enormes rocas obstruían el paso. Y el sendero se veía cruzado por diversos arroyuelos. La salvia crecía abundante y excesivamente fragante. Sin embargo, las huellas de Slotte seguían siendo visibles. Al fin, los muros del cañón se juntaron y Kent tuvo que trepar por una grieta entre ellos. Ya había sospechado que «Espada» conocía el camino, pero cuando el caballo se dirigió decidido hacia las escarpaduras, estuvo seguro. Andaba casi pegado a los talones de los burros, conduciéndolos. Al llegar a lo alto, Kent se halló frente a un paisaje maravilloso, a pesar de lo cual experimentó cierto temor, ya que era un lugar ideal para una emboscada.
Por un momento, Kent se sintió aturdido. Había contemplado grandes distancias desérticas, (pero esto era diferente. Acaba de trepar hasta las tierras altas de Utah. La salvia púrpura se extendía en todas direcciones, puntuada por cedros verdes y amontonamientos de rocas rojas, que se seguían durante kilómetros y kilómetros en lo que par recia una bruma encendida. Kent no pudo seguir mirando lo que tenía delante porque algo negro se alzaba a su izquierda. Era como un monte redondeado que llegaba hasta el cielo, rodeado por salvia en su base, por cedros en el fondo, y por pinos verdes en la cumbre. Tan sorprendente como el frente del monte, era la cara norte, muy distinta, ya que aquel lado descendía bruscamente, ofreciendo un conjunto abrupto de despeñaderos de mil colores y picudos acantilados, con su parte inferior diluyéndose en un caos rojo.
Había demasiada bruma en aquella cara norte para que Kent pudiera distinguir algo más que el abismo que parecía ser el fin del mundo.
Kent tenía que mirar al norte, abarcando aquellas bellísimas mesas escalonadas, hasta donde acababan de descender para fundirse con el golfo que se extendía hasta el infinito. Si existía algún final en aquel pavoroso espacio, se hallaba perdido entre la oscuridad. Pero aquel golfo formaba parte de la corteza de la Tierra, sin tierra ni verdor, una región infinita y rodeada de rocas, más terrible y salvaje que el océano con sus huracanes.
Cuando los ojos de Kent empezaron a discernir el paisaje, comprendió que aquella extensión de más de trescientos kilómetros debía ser la región de los cañones de Utah. Las linéaselos estrechos surcos, eran los infinitos cañones. Las tres grietas más amplias que cortaban los demás cañones, eran los tres grandes cañones de que tanto había oído hablar: el Colorado, el Escalante y el San Juan. Seguramente, era éste el paisaje más maravilloso que podían contemplar unos ojos humanos. Su propia inmensidad limitaba su belleza. Pero aquello era Utah: un panorama bellísimo, con la majestad, la sublimidad de una ilimitada zona de rozas agrietadas por la lluvia, esculpidas por el viento, quemadas por el sol. Éste era el gran agujero de la Tierra, y en su interior todo era escondido, inaccesible, todo era el Agujero en el Muro.
Un chillido, incuestionablemente indio, sacó a Kent de su ensueño. «Espada» saltó como si conociera la naturaleza de ese grito. Al instante se oyeron cascos de caballos. Volviéndose en su silla, Kent vio a tres indios dirigiéndose hacia él. Salían de un grupo de cedros no muy distante.
—¡Vaya, un chillido muy salvaje! —pensó Kent.
No eran navajos, por lo que debían ser piutes. Le habían contado que los indios de Utah llevaban unos sombreros cónicos de pico alto y color negro, y por lo menos uno de ellos iba equipado de tal guisa. Cabalgaban magníficamente sobre unos mustangos flacos, como Kent no había visto jamás en el desierto. Al llegar junto a él, trena— ron bruscamente. A «Espada» no le agradó aquel encuentro, lo mismo que a Kent. El jefe empezó a parlotear. Era rechoncho, con una cara ancha y oscura, de grandes facciones y ojos negros, de los que Kent desconfió al momento. Los otros dos eran más jóvenes, más delgados y de aspecto menos impresionantes, aunque parecían tan salvajes y agresivos como su jefe.
—¿Piutes? ¿Qué queréis? —preguntó Kent, en tono no muy conciliador. No le gustaba que le chillasen ni ser arengado por un trío de salvajes. El jefe llevaba un mosquete antiguo, de los que se cargaban por la boca, atravesado en la silla, y sus compañeros iban armados con arcos y flechas.
—¡Yah... yah.,.! ¡Yip sa teda el eki! —chilló el salvaje del sombrero cónico, o al menos a Kent le sonó algo por el estilo.
—No entiendo —replicó Kent con impaciencia—. Soy del equipo Bonesteel.
—¡Nuh... nuh...! —replicó con vehemencia el piute, sacudiendo la cabeza hasta que el negro cabello bailoteó en tomo a sus orejas. Acto seguido, se expresó abundantemente en su lengua nativa. Pero su expresión y sus gestos, junto con la fiereza de sus ojos, apenas necesitaban la traducción de sus palabras. El piute «tomaba a Kent por un intruso. Además, cuando señaló con su delgada mano a «Espada» y se volvió a sus compañeros como para conseguir su aprobación a lo que estaba diciendo, Kent pasó del enojo al temor de un inminente peligro.
—¿De qué diablos estáis hablando? —preguntó, empezando a calcular sus oportunidades. Hizo retroceder a «Espada» y volvió ¡la cabeza. Mientras aquel piute no le apuntase con el viejo mosquetón y sus dos compañeros no echasen mano de los arcos y las flechas, procuraría mostrarse paciente. Pero no le gustaba esto. Había tropezado con irnos piutes crueles. Y éstos habían reconocido a «Espada». Sabían que no era propiedad de Kent y que éste no formaba parte de la banda de Bonesteel. Al menos, esto creyó entender el joven.
Aparentemente, el piute no temía a Kent. En realidad, no podía ver el revólver casi sobre la pierna de Kent. Y el rifle estaba enfundado en la silla. De repente, Kent aspiró profundamente hasta llenar sus pulmones de aire y profirió un grito que cortó el torrente de palabras piutes.
—«Mi paoarguti» —aún dijo el caudillo indio, golpeándose el pecho.
—Oye, piel roja, no me importa un comino quién seas —dijo Kent—. Si quieres whisky o tabaco, puedo darte un poco, pero...
—Indio querer caballo.
—Ajá. ¿Quieres comprar caballo?
—No comprar. Llevar.
—'¿Oh, sí? Piute, este caballo es mío. Le entregué dinero de Bunge.
—No comprar. Rostro pálido robar.
—Mientes, maldito piute. A mí no puedes llamarme ladrón de caballos.
El salvaje llevó su mustango hasta situarlo más cerca de Kent y esa acción apartó la boca del mosquete. Entonces el indio asió la brida de «Espada». Éste echó hacia atrás la cabeza.
—Apártate, indio —gritó Kent furioso. Tendría que matar a aquel estúpido piute. Y llevó su mano a su revólver.
Tal vez el indio captó el rápido movimiento, ya que apartó su mustango y su cuerpo pareció envararse. Kent leyó la muerte en los salvajes ojos del indio.
—¡Cuidado, piute! —le gritó con furor. Vio como el indio soltaba la brida del mustango y buscaba el gatillo del mosquete,
—¡Tú lo has querido, maldito idiota! —gritó Kent, disparando su revólver.
El proyectil derribó al piute de su caballo. El mosquete salió Volando por el aire. Un horrísono chillido brotó de la garganta del piute, cuando el mustango dio media vuelta y se alejó al galope.
«Espada» permanecía quieto como una roca. Ya habla oído disparos antes. Los otros dos indios habían asido sus arcos, simultáneamente con la acción de su jefe, y ambos arcos entraron en funcionamiento antes de que Kent pudiese esquivarlos. Una flecha quedó incrustada en la silla y la otra se hundió en el hombro de Kent, de modo que le hizo fallar la puntería. Sin embargo, su tercer disparo derribó al piute de su mustango. El otro se estaba alejando ya, y cuando Kent se disponía a disparar, el indio se deslizó bajo el cuello de su montura, de forma que el joven no supo a dónde apuntar. Kent dejó que el indio escapase. El primer piute estaba intentando montar de nuevo en su caballo, vacilante, evidentemente malherido. Kent se detuvo un momento, jurando, por la herida de su hombro, y luego espoleó a «Espada» detrás de los burros. Volvió a cargar su revólver y desprendió la flecha de su carne. Ésta salió sin dolerle demasiado. La afilada punta estaba enrojecida. Kent se palpó la herida. Su chaqueta de cuero le habla librado de un verdadero agujero. Deslizando la mano por debajo la chaqueta, halló un desgarrón en su camisa y cierta humedad en el hombro. Retiró los dedos manchados de sangre. Kent se ató el pañuelo sobre la herida, pensando en la mucha suerte que había tenido. El perro iba trotando junto a los burros.
—«Piute», si ésta es una muestra de lo que son tus piel— rojas, no me extraña que los hayas abandonado.
Durante la media hora siguiente, Kent miró más hacia; atrás que hacia adelante. Guió los burros al trote rápido. Divisó algunos puntitos brillantes entre la salvia que le parecieron mustangos, y también creyó ver tenues columnas de humo subiendo entre un grupo de cedros. Pronto, aquella parte de la meseta cubierta de salvia, fue quedando! atrás, y cuando miró frente a él divisó la vasta hondonadas de rocas que también iba descendiendo bajo la meseta verdegris.
Kent tenía ahora enemigos enfrente y a su espalda. Esperaba ser perseguido más que caer en una emboscada. Slotte ignoraba que le iba siguiendo. Había muchos lugares donde sus huellas habrían sido difíciles de localizar, y en cambio el rastro seguía siendo completamente visible, como las hojas de un libro abierto.
Fueron transcurriendo los minutos. Los burros mantenían su vivo trote en el descenso y el terreno empezaba a mostrar diversas grietas y escarpaduras, prueba de la cercana presencia de un camino en la meseta. Después, pasando a través de una faja de cedros, llegó a un vacío en la tierra. Los burros desaparecieron bajo un reborde. Al momento siguiente, «Espada» se detuvo donde el sendero empezaba a descender.
Primero, Kent distinguió un muro indinado de rocas rojas, un vasto talud de color de fuego. Era la pendiente opuesta de un cañón de dos kilómetros de anchura, hondo, vacío y deslumbrante. Aunque acostumbrado a los paisajes desérticos, Kent nunca había contemplado tanta desolación y aridez.
—Es el Noki —murmuró—, el cañón rojo de que me habló Bill.
Se sentía excitado, porque aquel cañón desembocaba en el San Juan, y una vez al otro lado del río y sin los lentos burros, Kent ya no debería temer la persecución de los indios. «Espada» podía distanciarse de cualquier mustango, por veloz que éste fuese.

6

KENT desmontó piara caminar y descansar a su caballo. Le esperaba un viaje fatigoso en extremo. Con el rifle en la mano, se asomó al borde y miró hacia abajo. El Noki era un cañón que parecía una fisura de roca sólida, con todos los matices del rojo. No había muros ni acantilados. Las dos laderas desde el borde hasta la vaguada, muy profunda en el centro del barranco, consistían en una terrible masa de rocas, pequeñas en lo alto y que se iban ensanchando hasta formar pedruscos tan grandes como casas. Se hallaban por todas partes, las mayores, como brotando del suelo del cañón, muda evidencia de la ruina y devastación de la corteza pétrea de la tierra, reluciendo, ardiendo en rojo bajo el calor del sol.
El único trecho verde en aquella árida extensión, brillaba intensamente y de modo extraño muy abajo en el cañón, como un pequeño óvalo de hierba y algodoneros, un oasis en el desierto de piedra.
Tras unos cuantos recodos por el sendero que descendía al Noki, el polvo y la tierra cedían sitio a unas piedras resbaladizas y traicioneras, y en otros lugares, a una especie de peldaños de roca pelada. Kent tenía que seguir adelante o corría el peligro de verse precipitado por los burros, que no cesaban de rebuznar y quejarse. Tanto Kent como «Espada», se hallaban casi pegados a los asnos. Kent se sintió aliviado cuando llegó al fondo con su caballo y sus burros sin sufrir ningún accidente.
El sendero daba vueltas y más vueltas en torno a enormes rocosidades. Kent se acercó a los burros para descargar sus paquetes. Allí abajo hacía mucho calor. El joven estaba empapado en sudor y «Espada» parecía acabar de 6alir de un baño. Kent contempló el sendero por el que acababa de bajar y el reborde situado a setecientos metros más arriba. No se movía nada. La ladera estaba muerta. Montando de nuevo a «Espada», fue bajando por el cañón, concentrándose en el salvajismo que le rodeaba.
Mucho antes de lo que esperaba, llegó al oasis. En medio de un homo de roca viva, el verde chillón de los algodoneros, la blanca arena y las brillantes flores del desierto le parecieron un pequeño paraíso. Los lagartos, las únicas criaturas vivientes del paraje, se desfiguraban por la arena. Kent halló los restos de una fogata, que después de una atenta inspección le pareció datar de la mañana anterior. Por lo tanto, se hallaba a menos de treinta horas detrás de Slotte. ¡Demasiado cerca! El oasis habría constituido un magnífico campamento de haber habido agua y de haber— tenido la certidumbre de que no le perseguían los piutes. Pero el suelo estaba tan seco como un hueso. Y al finalizar el día, tanto él como sus animales estaban sumamente sedientos.
Kent continuó cabalgando, y la configuración del cañón: fue modificándose. Desnudas pendientes de arcilla, gris, azul y amarillenta, junto con las rocas coloradas, prestaban tonos muy cambiantes al desnudo cañón. Los muros se elevaban muy a cada vez. A Kent le pareció que iba descendiendo hacia las entrañas mismas de la tierra. Pero a medida que bajaba, las grandes laderas se separaban hasta que llegó el momento en que no pudo divisar los bordes. Al frente se alzaba una barrera... las ceñudas paredes que había visto desde las tierras altas. Ahora se hallaba debajo de lo que parecía un suelo lleno de grietas y costurones de la vasta cuenca. El sendero le condujo aún más abajo, y Kent no tardó en perder de vista la formidable pared. Parecía perdido en aquella vasta y tortuosa garganta.
Cuando varias horas más tarde, a final de la tarde, salió al espacio abierto, vio que había pasado a través de la boca del Noki al cañón de San Juan. Oyó un hosco bramar de agua, pero no pudo ver el río. La formidable barrera que le había atemorizado, parecía haberse encogido hasta convertirse una loma bastante baja. Un amplio rellano cubierto de salvia llevaba a una grieta irregular en el centro de la loma. Por aquella grieta debía discurrir el río. Su estruendo molestaba a Kent. Le parecía una amenaza. El Noki poseía cierta belleza que le ayudaba a uno a soportar la soledad y el calor, pero el San Juan mostraba una terrible soledad y parecía el mismo infierno. Ningún ser viviente cruzó ante los ojos de Kent.
En los costados lisos de las grandes rocas, divisó pinturas indias de animales contorsionados y figuras burdamente dibujadas. Luego, bajo una roca saliente, contra un fondo amarillo, los penetrantes ojos de Kent descubrieron las huellas de unas manos ensangrentadas. ¡Qué significativo resultaba esto en aquella región pavorosa! A Kent le pareció que estaban allí para intimidarlo. El sendero giraba a la derecha, bajo una ladera de rocas diseminadas, por lo que el clamor del río cobró intensidad.
Doblando un recodo, Kent llegó bruscamente a un lugar arenoso, una línea de sauces y un río muy veloz de aguas rojizas y fangosas, de unos noventa metros de anchura. Una fisura en el muro opuesto mostraba escalones y repechos en el lugar donde la senda subía.
El río parecía estar crecido, imposible de vadear. Sin embargo, un estudio del cañón por encima de aquel punto y luego más abajo, le dio a Kent la seguridad de que el vado estaba allí. A ambos lados, el cañón parecía encajonado. Además, el rastro de Slotte seguía directamente hacia el río. No se había detenido ni a descansar. La alarma de Kent disminuyó, al menos en cuanto al cruce. Para bien aserrarse, puso a «Espada» en cabeza. El negro animal se melló en el agua, chapoteó, luego aplacó su sed y empezó a cruzar la corriente. Kent tuvo que hacerle retroceder.
Trabó al caballo y le entregó el resto del grano. Descargó a los burros por última vez. No le gustaba dejarlos ir, ya que habían pertenecido a Bill Elway y habían sido unas fieles bestias de carga. Pero no podía llevarlos más lejos. Bien, se diseminarían por aquella salvaje región, y se verían libres.
Kent se comió una cena fría, muy preocupado. Comió todo lo que su estómago pudo resistir. De este modo, su paquete sería más ligero. No podía dejar de escuchar el río entre las rocas. Si el San Juan resultaba tan siniestro y oscuro, ¿cómo sería el Colorado?
El crepúsculo le sorprendió eligiendo lo que debía llevarse. El resto tendría que esconderlo. Divisó un nicho en las rocas que podría utilizar como escondite. Hizo un bulto con la otra camisa, los pantalones y los calcetines sobrantes, todo lo más viejo, y metió dentro las latas de conserva. La herida del hombro mostraba una costra sanguinolenta.
Kent volvió a vendarse. Le dolía un poco, pero no le impedía ningún movimiento, Mientras elegía lo que debía llevarse —municiones, comida para unos días, el otro revólver—, se acordó del perro, «Piute».
—¡ Diantre! ¿Dónde le vi por última vez?
Recordó haberle visto por el sendero rocoso del cañón Noki. Tal vez se hubiese cansado, abandonándole. Pero esto le pareció imposible. Tenía fe en «Piute». Existía cierto cariño entre él y aquel perro indio.
Cuidadosamente, Kent sopesó el paquete que «Espada» a tenía que llevar. Lo limitó a unos veinte kilos. Luego, ocultó el resto y tapió el nidio con piedras. Se sintió satisfecho de su labor. Los coyotes no podrían llegar al escondrijo y no era fácil que los indios lo descubriesen.
De repente, Kent se sintió asombrado al ver a «Piute» subiendo por la ladera, trayendo un conejo muerto en sus mandíbulas ensangrentadas. Su dilatado estómago demostraba. que había comido en abundancia. Soltó el conejo y miró a Kent significativamente. Estaba sudoroso, sucio y maltrecho, jadeaba pesadamente. Luego se tendió y empezó a lamerse las patas.
—Hola, «Piute» —le dijo Kent con solemnidad—. No vuelvas nunca más a hacer esto. Te aprecio, ¿sabes?
Después, Kent despellejó el conejo, lo limpió, lo saló, generosamente y, envolviéndolo en un pedazo de tela, lo metió en el bolsillo de su chaqueta de piel. Acto seguido, atando el paquete detrás de la silla, montó sobre «Espada».
Kent hizo cabalgar al negro animal 'hasta el borde del río en el lugar donde el rastro de Slotte se metía en el agua. «Espada» ya habría cruzado por allí, seguramente a menudo. No necesitaba ser espoleado ni de palabra ni de obra, Vadeó el río valientemente. Kent miró hacia atrás. Ésta era la prueba crucial para «Piute».
—¡Adelante, «Piute»! —le animó.
El perro ladró, corrió dando vueltas por la arena, volvió la vista hada la siniestra boca del Noki y por fin se decidió a meterse en el agua.
Kent esperaba arenas movedizas. Pero los cascos del caballo iban pisando rocas. El agua no era profunda. La corriente, que formaba como olas, había engañado a Kent. «Espada» se dirigió a la fisura del muro opuesto. Se hallaba un poco más abajo, en la dirección de la corriente. Cuando llegó al centro del río, el agua comenzó a llegar a los flancos del caballo. «Piute» nadaba siguiendo la corriente. En torno a «Espada», el agua formaba una espuma rojiza, que le hacía resbalar, pero no llegó a perder pie. Kent levantó los pies. Por parte del caballo hubo un momento de sumo esfuerzo, pero el agua fue tomándose menos profunda, y con un desdeñoso bufido, «Espada» llegó a la orilla. «Piute» ya les aguardaba. El crepúsculo se aproximaba.
Kent eligió un lugar para acampar fuera del sendero y debajo de un acantilado, oculto de la orilla opuesta por ingentes rocas. Se atrevió a encender una pequeña hoguera y asó el conejo. Luego se lo comió. Ató a «Espada» de forma que no pudiera ser visto desde el otro lado del río.
Una vez terminadas sus tareas en el campamento, se fijó en cuanto le rodeaba, pensando que ya no podía hallarse muy lejos del Agujero en el Muro.
Extendió sus mantas en el suelo, después de cavar un hoyo en la arena para sus caderas y puso la silla de montar como almohada. Le quedó sólo una manta para cubrirse, aunque no lo necesitaría hasta la madrugada. Los cañones cercanos daban paso a unas corrientes de aire muy caliente. «Espada» pateó y relinchó cuando se vio atado. Kent descendió hacia los sauces de la margen del río, cortó una, buena brazada de ramitas y hojas, y lo dejó todo delante del caballo. Luego, se acostó y permaneció tendido, divisando las negras paredes como inclinándose bajo el cielo, las blancas estrellas titilantes, y el rumor del río murmurando en sus oídos.
Si la suerte le sonreía hasta la noche siguiente, se encontraría bajo las estrellas que iluminaban el escondite de los cuatreros de Utah. Esta idea le atemorizó un poco por el peligro que entrañaba, por su emoción, por su romanticismo. Su mente no admitía ningún falló, y pensaba ya en él momento en que se enfrentaría con Lucy Bonesteel. Su imaginación no llegaba más allá de aquel instante. En algún lugar situado detrás del reborde negro, muy hondo en un agujero entre los muros, a un nivel desconocido en relación con el río, tan misteriosamente célebre, vivía una joven inocente, tan adorable seguramente como la ingenua hermana de Kent, aguardando a su salvador, al amor, a la felicidad. Noche tras noche había soñado en esto, incapaz de frenar su imaginación, a pesar de las dudas nacidas de la negrura y la soledad.
Además, tenía que luchar con su herida, y con su temor a los indios. Si bien no se hallaban éstos en el cañón, jamás se apartaban de la mente del joven. Y sabía que no se equivocaba, que al final lograría triunfar en su misión. Toda la noche, en medio de su sueño, el río continuó atronando el espacio. Varias veces, Kent se despertó para dar media vuelta en su improvisado lecho, tratando de encontrar una postura más cómoda, y cada vez, «Piute» le oyó y gruñó. El perro indio era un misterio. ¿Poseía el instinto suficiente para saber lo que él necesitaba que hiciese? Al fin, Kent aceptó el hecho de que ni los salvajes ni los ladrones o las fieras podrían sorprenderle teniendo al perro tendido a sus pies.
Transcurrió la noche. Una sombra gris tiñó las paredes. El clamor del río no cesó. Kent se levantó de un salto. Era éste el día en que encontraría el escondite de Lucy Bonesteel, si es que no se hallaba ya en él. Ensilló a «Espada» y emprendió la marcha. Las dos primeras quebradas fueron— fáciles. A continuación venía un estrecho repecho y luego dos peldaños que ningún caballo podría remontar. «Espada» comprendió el peligro tan bien como Kent. Pero bajo la dirección del joven, el caballo fue ascendiendo con prudencia. Mientras iba subiendo, Kent sólo se fijó en los lugares peligrosos y en la forma de superarlos. Por este motivo llegó a lo alto del risco antes de haberse dado cuenta de haber llegado a él. «Espada» jadeaba. Y el mismo Kent estaba falto de aliento y sudando copiosamente. Unas desnudas laderas se iban irguiendo ante él. Y a través de las rocas rojizas continuaba el sendero. Kent no miró hacia atrás. Todo lo que quedaba en el mundo lo tenía enfrente.
Montando de nuevo, aflojó las riendas y dejó casi libre al caballo. «Piute» trotaba muy cerca. Nunca en su vida, Kent se había sentido tan lleno de curiosidad, tan obsesionado. Ahora se hallaba en una senda llana sobre las rocas del Colorado, por la que viajaban otros jinetes aparte de los cuatreros que la habían utilizado durante tantos años. Los rastros le contaron su historia a Kent Wingfield.
Una ascensión por colinas, lomas y altozanos de roca pelada, llevó a Kent a lo que parecía ser un llano nivelado de aquel incomparable e increíble mar de rocas. De no ser por las numerosas grietas, pozos y fisuras casi sin fondo, el paisaje habría parecido un mar de olas irregulares. Kent no divisó ni un solo vestigio de verdor hasta que se hubo alejado bastante del San Juan, y entonces la escasa vegetación formó un vivido contraste con las áridas rocas.
Remontando otro risco más alto aún, Kent se detuvo para pasear su mirada por cuanto le rodeaba. En cualquier dirección que mirase vela rocas solamente. Pero también podían verse señales que identificaban aquel país de cañones.
Al norte se alzaban unas montañas negras y brumosas; al este, una escarpada rojiza y magnífica limitada por una barrera negra, casi interminable, difuminándose en una neblina púrpura; al sur, las tierras altas, rojas y amarillas, que amurallaban la zona de los cañones, y al oeste, la ingente montaña de los Navajos, con su colosal rostro de grietas y riscos.
Maravilloso! —exclamó Kent sin aliento—. Seguro que no existe otro lugar como éste en la tierra... ¿Querrá abandonarlo Lucy Bonesteel?
Pero la férrea exigencia de su empresa lo excluía todo. Espoleó a «Espada». Con penetrante mirada escrutó el horizonte, y se inclinó un momento sobre el sendero. Al fin, llegó a la conclusión de que si Bonesteel tenía un ramal que salía de aquella senda principal, debía recorrerla con caballos sin herrar o con los cascos forrados. Sí, esto último era lo más probable. Kent recordaba la afirmación de Bill, según la cual había un medio para pasar por encima de las rocas que conducían al Agujero en el Muro. Kent pensó que podía confiar en su caballo. «Espada» iba hada su hogar, según le parecía al joven.
Al fin, Kent llegó a un lugar donde aquella región rocosa pareció aumentar todavía en belleza y magnitud. Los llanos desaparecieron; los largos tramos se acortaron, elevándose y descendiendo entre los cañones que estaban envueltos en sombras; los agujeros y los pozos parecían cráteres, aunque más lisos; y los repechos verdes y los bancales de roca vivificaban el mundo con arenisca roja, aunque lo más asombroso de todo eran las depresiones ovaladas, muy profundas, donde la salvia y los cedros surgían de la blanca arena.
Después, el tortuoso camino volvió a descender. Kent desmontó para estirar las piernas. Había rocas en las que resbalaba y estrechos vericuetos en tomo a elevaciones redondeadas, hasta que por fin una pendiente muy larga y pronunciada le condujo a la boca del cañón.
Era tan estrecha que Kent, montado una vez más, podía tocar las paredes de ambos lados. El embudo tenía forma de V. Kent calculó que había cubierto muchos kilómetros. Pero Bill Elway le había advertido que la distancia hasta el Colorado era tan corta como el vuelo de una mariposa.
El sol penetraba sólo a intervalos en aquel estrecho barranco por loe lugares donde existía algún cruce. El sendero continuaba bajando. Finalmente, bajo un muro comenzó a fluir una corriente de agua, y a partir de allí, la salvia, la hierba y las flores silvestres crecían en profusión. El lugar era cálido, sombreado y fragante, y el agua murmuraba mansamente bajo los muros.
Kent continuó cabalgando como atraído por un imán. Estrechó su vigilancia, aunque su atención se sentía a pesar suyo atraída por los diversos accidentes y cambios del cañón, que seguía siendo muy poco ancho.
No brillaba el sol. O bien las paredes impedían su paso; o la tarde se hallaba muy avanzada, tal vez ambas cosas. La penumbra empezó a invadir las cavernas. A veces, a Kent! le parecía que corriente de agua poco profunda tenía un eco más intenso. Pero cada vez lo achacaba a su imaginación. Pero cuando rodeó un amontonamiento rocoso, sus oídos captaron una nota más aguda. O se trataba de una cascada o de otro río que se unía al primero. Siguió cabalgando, el oído atento. Y llegó el momento en que tuvo que aceptar la: evidencia. Se trataba del río. ¡El río Colorado!
La penumbra se aclaró. Kent se estaba acercando al terreno abierto, o al menos a un espacio más ancho entre los muros del cañón. Sabía que estaba a punto de desembocar, en el Gran Cañón del Colorado. Y sin embargo, apenas podía contenerse. ¡ Qué trueno más extraño estaba oyendo! Parecía llamarle inconteniblemente.
De nuevo brilló la luz del sol sobre un muro, un rayo dorado pasó por encima de su cabeza. Las sombras se dispersaron. Kent dobló otra curva y divisó muy cerca una grieta a través de la cual centelleaba un río rojo y terrible.
—Pin del camino —murmuró Kent—. Pero Dios mío, ¿contra qué se previno Bill?
Miró, escuchó, y lo que vio le hizo comprender que no se hallaba preparado para ello. Kent no pensaba retroceder. Pero la perspectiva era pavorosa. Y lo que le salvó del pánico fue ver que «Espada» no compartía su terror. El Colorado era para el caballo lo mismo que el San Juan.
Kent se dominó. El agua ya estaba teñida por las sombras del crepúsculo. Había seguido a Slotte hasta el río. Se veían pisadas recientes en el barro de la orilla. Se metían en el agua y no salían. Tendió la vista y divisó la entrada de un cañón por ese lado, y el profundo surco de un sendero en la amarillenta orilla. Desde donde estaba pudo ver las huellas frescas de media docena de caballos. Slotte había cruzado. Aquél era el vado hacia Utah. Kent empezó a pensar intensamente. ¿Le habría dado Bill una dirección equivocada? ¿O era que el lugar resultaba muy distinto de lo que había imaginado Kent? ¡No! Lo recordaba perfectamente' Tenía que llevar su caballo río abajo y doblar un recodo. Pero por algún motivo, Slotte y sus compinches habían continuado. Kent no sabía si sentirse preocupado o aliviado. Si éste era el lugar, los forajidos volverían.
Lo malo era que el río, con su enorme corriente, su aspecto traidor, su inmenso clamor, y la enorme distancia que se abría desde el muro a la barrera, le erizó el cabello a Kent y le pegó la lengua al paladar.
«Espada» mordió el bocado y pateó con impaciencia.
—¡Oye, caballo! ¿Qué te ocurre? —exclamó Kent, aflojando los riendas. «Espada» se dirigió río abajo y se metió en el agua hasta los ijares. Estaba a punto de echarse a nadar cuando Kent lo contuvo.
El caballo sabía a dónde iba.
—Quieto, «Espada» —Kent ya no sentía miedo—. ¡Espera hasta esta noche!
Kent obligó al impaciente «Espada» a retroceder, hasta esconderse detrás de una fisura del muro. «Espada» pareció comprender su propósito y dejó de mostrarse inquieto. Empezaba a confiar en Kent.
El sol se escondió y él río dejó de centellear. Kent vio cómo las sombras iban ganando lentamente las paredes. El color dorado se detuvo en lo alto y por fin desapareció. Y el cañón cambió por arte de magia.
Kent no supo cuándo adoptó la decisión. Su inteligencia, que con tanto esfuerzo había aguzado, le dijo que toda aquella aventura era una necedad, y que su confianza en sí mismo y en el caballo era una locura. Sin embargo, rechazó a su razón y reaccionó con nervio y pasión. Si llegaba vivo al Agujero en el Muro, entonces habría llegado el momento de reflexionar.
«Piute» era tan listo como el caballo. Estaba descansando a los pies de Kent, contemplándole con ojos sombrados. Kent se aventuró por primera vez a acariciar aquella cabeza de lobo.
El crepúsculo siempre era rápido en los cañones. Apenas transcurría un momento entre la penumbra y la oscuridad. Kent se desciñó el cinto con las pistolas. Prefería llevar el rifle en la mano. Y procuraría conservar sus armas lo más secas posible. Examinó las cinchas de la silla. «Espada», comprendiendo lo que Kent hacía, volvió a impacientarse. Por fin, Kent montó y se dirigió al río.
En la oscuridad, aquel extraño río de entre las rocas, aumentaba las características que de día eran ya pavorosas. No parecía haber ningún rápido cerca, aunque las aguas gruñían espantosamente, ya más bajas, ya más altas, dando a entender que existía una contracorriente.
—Vamos, «Espada» —gritó Kent, con decisión dejando caer la brida sobre el pomo de la silla—. Ven, «Piute».
El caballo se internó en el agua como antes, pero esta vez, tras un segundo paso, se zambulló y empezó a nadar. El agua casi le cubría la cabeza y le llegaba a Kent a la cintura. Pero poco después, fue bajando hasta sus caderas. Kent comprendió, tan pronto como el caballo se internó en el agua, que éste se hallaba en su casa, y que conocía el río tanto como la tierra. Su actividad muscular parecía ser más violenta que cuando galopaba. Kent se volvió, viendo a «Piute» que nadaba con suma facilidad. El frío desaliento que 3 había sobrecogido a Kent, disminuyó. El caballo sabía a dónde iba
Cruzaron por delante del muro del cañón y llegaron a una curva corriente que arrastró a «Espada». El muro formaba una curva, por lo que el agua se hallaba formando casi un remanso cerca de la orilla. No había duda de que a la vuelta de la cita, los cuatreros guardaban sus monturas muy cerca de la corriente.
La oscura curva del muro le pareció casi inalcanzable a Kent Wingfield. Pero pronto vio que la corriente, ayudando a su caballo, no tardaría en llevarles hasta allí en pocos minutos. Kent mantenía el rifle en alto, única cosa que podía hacer, aunque estaba dispuesto a dejarse caer y permitir que «Espada» le arrastrase si el caballo se veía en dificultades. Pero «Espada» nadaba briosamente. Kent, en los momentos de fatiga, al ver hasta qué punto dependía su vida de aquel animal, concibió un amor por él como jamás había sentido hacia otro animal. «Piute» también le servía de consuelo. Su flaca cabeza se mantenía a la altura de la cabeza de Kent, a menos de un brazo de distancia.
El estruendo procedía de aquel recodo del muro. Allí, todo estaba velado por las sombras. El muro se elevaba temerosamente. Kent jadeó, asombrado. Oyó cómo la corriente chocaba contra la pared y distinguió los remolinos del tío golpeando contra la roca. Entonces, «Espada» abandonó la corriente y se dirigió hacia aguas menos profundas.

En la penumbra, Kent distinguió una abertura en el negro arrecife. ¡Cielo y estrellas! Sus ojos penetraron la intensa oscuridad. Sólo estaba seguro de que el muro terminaba unos veinte metros más abajo de donde nadaba «Espada». Una pálida cinta de playa arenosa calmó la opresión de su corazón. Distinguió el follaje de unos algodoneros contra el cielo. El caballo continuaba nadando vigorosamente, y al final sus movimientos fueron relajándose gradualmente hasta detenerse. Había tocado fondo. Una inmersión, un impulso, y no tardó en dirigirse a la playa arenosa, ahora ya bien destacada ante la mirada de Kent.



7

DE LA playa ascendía una senda tan ancha como un camino vecinal, que cortaba a través de un margen bajo hasta un grupo de algodoneros. Kent, sin embargo, se mantuvo a la expectativa. Se inclinó sobre la silla. Las huellas que había estado siguiendo durante tantos días se veían claramente grabadas a la luz de las estrellas. Un súbito y terrible miedo se apoderó del ánimo de Kent. Slotte había estado allí, continuando su viaje. Esto explicaba el rastro que Kent había divisado al otro lado del río. Nadie más había pasado por allí ni había cruzado el vado antes que él. ¿Habría habido una pelea? ¿Habría matado Slotte a Bonesteel, huyendo con Lucy? ¿O todo era producto de su imaginación exaltada?
Kent fue cabalgando por la orilla hasta la parte herbosa y se adentró en una espesa sombra. A través de los árboles, parpadeaba una fogata. ¡Allí había alguien! Instantáneamente, volvió a ser el Kent Wingfield del Tonto, multiplicado por cien, tomándose diestro, lleno de recursos, implacable.
No necesitó llamar al perro. «Piute» iba siguiéndole silenciosamente. El caballo se aquietó. Después de aquel viajar por el cálido desierto y las sendas resbaladizas, todo había pasado. «Espada» volvía a su hogar.
Kent reflexionó rápidamente. De nada le serviría dejar al caballo mientras se abría paso por entre los árboles hacia el fuego. Debía efectuar un amplio rodeo, a fin de situarse en el extremo más alejado del campamento. Para ello, miró a su izquierda, puesto que era la única dirección en que podía seguir a salvo. No quería dejar el rastro de sus botas en la arena, cerca del camino. Por lo tanto, volvió a montar y se dirigió a la izquierda, hacia el claro. Un muro rocoso se alzaba prodigiosamente sobre él, pero no supo si estaba muy cerca o muy lejos. El terreno se hallaba cubierto de hierba que ahogaba las pisadas. Kent siguió adelante, asombrado de no llegar hasta el muro. Cuando por fin se acercó, tuvo otra sorpresa al descubrir que no había ladera ni rocas carcomidas por el tiempo que ascendiesen hasta el acantilado. Una línea de robles oscuros formaban una curva hasta el río.
El Agujero en el Muro era un lugar amplio. De cuando en cuando, Kent se volvía buscando los algodoneros como punto de referencia. Cabalgó durante casi dos kilómetros a lo largo del muro antes de abandonar el terreno liso. Entonces empezó a ascender y la salvia cedió el lugar a la hierba tupida. Kent se mantuvo en el borde de la ladera
A su alrededor se erguían paredones negros, con sus rebordes picudos mirando hacia las estrellas. El clamor del río se convertía en el estruendo de una cascada no muy lejos. Un arroyo impidió el avance de Kent, por lo que tuvo que dirigirse hacia lo que parecía una escarpadura del muro.
Llegó a una zona de robles y abetos, con sectores esparcidos de acantilado roto. No podía distinguir hasta muy lejos, pero supuso que pasado el torrente encontraría una región lo bastante salvaje como para lograr su propósito. La hierba le llegaba casi a las rodillas. Aguzó el oído y oyó ruido de animales por entre la maleza. Cuando creyó que se hallaba bastante a cubierto desde el llano abierto, saltó al suelo, le quitó la silla a «Espada», guardó la brida y su paquete, y ató al caballo. El animal estaba empapado, lo mismo que él, pero sus armas y las municiones estaban secas.
Entonces, se dirigió al llano abierto. Una vez en el lindero, contempló las paredes que, por detrás, eran el punto de referencia para su regreso. Dos torreones afilados eran los centinelas. «Piute» trotaba a sus talones, silencioso, cazador, con inteligencia propia. Kent fue siguiendo el torrente hasta el punto donde lo había encontrado. Lo vadeó, viendo que el agua estaba fría y corría con rapidez, llegándole hasta las rodillas. Desde allí, se dirigió en línea recta hada el grupo de algodoneros. De pronto, se encontró en una senda herbosa.
Pasó por campos de alfalfa, por viñedos y huertas, oliendo todo a suelo feraz y a agua fresca. Oyó los balidos de las terneras. Por entre la oscuridad divisó, en lontananza, las formas de varios caballos que estaba pastando. El Agujero en el Muro de Bonesteel, no sólo era un escondite para los ladrones, sino un rancho que les proporcionaba un buen modo de vivir.
Kent llegó a los algodoneros, y esto acabó con su asombro y sus conjeturas. Los árboles eran corpulentos, muy espaciados y cubiertos de hojas. En los cañones, el verano duraba casi todo el año. «Piute» se detuvo al mismo tiempo que él, y se convirtió en un perro atento, rastreador, vigilante. La penumbra era densa bajo los algodoneros y no habla maleza. Pero la espesa hierba no dejaba rastro.
De repente, una luz irrumpió en la oscuridad. Parecía estar demasiado alta y ser demasiado amarilla para ser la de una fogata. Sin hacer ruido y gradualmente, Kent se abrió paso hacia allí. Una vez, una sombra negra le obstruyó la vista un segundo. Esto electrizó a Kent. Un hombre, o posiblemente una mujer, habían cruzado por delante de la luz. De pronto, se abrió un espacio en el grupo de árboles y, entre las sombras, Kent distinguió una construcción baja. Era una cabaña de madera. La luz brotaba de una ventana abierta.
Kent se aproximó con la cautela de un indio. Tenía que cruzar un amplio porche antes de poder atisbar por la ventana. Se fue deslizando hacia la esquina de la cabaña, la dobló y captó un rayo de luz procedente de una grieta existente en la pared.
Sin respirar, Kent aplicó el ojo a aquel resquicio. Vio una habitación amplia, brillantemente iluminada por un quinqué colocado sobre una mesa, y una joven rubia sentada cabe la luz; cerca, una chimenea con irnos tizones que ardían alegremente y un hombre fumando junto a la chimenea. El suelo y las paredes estaban cubiertos con pieles y mantas.
Kent lo observó todo con un simple vistazo, y entonces experimentó un intenso alivio.
La voz de la joven animó a Kent como si lo levantara la mano de un gigante. Silenciosamente, volvió a atisbar.
—Slotte me prometió devolverme mi caballo —decía la muchacha—. Yo no creo que Bunge robase a «Espada». Ni creo que se lo vendiese a otro jinete.
—Tampoco yo, Lucy. Y aún admitiéndolo, no soy tan necio respecto a Slotte o tu padre —replicó el hombre.
Kent no apartaba la vista de la muchacha, por lo que no vio el aspecto de su interlocutor, pero la voz de la joven le causó una impresión favorable. Kent estaba maravillado ante la Imagen de Lucy Bonesteel.
Era joven y muy bonita, como le había jurado Elway. Su cabello tenía reflejos dorados con algunos mechones más oscuros, tal como había afirmado Bill. Y poseía los ojos más grandes, negros y dulces que Kent había visto en su vida. El viejo Bill no había mentido. El momento era tan venturoso que Kent se sintió transportado de júbilo. Después, cuando captó la verdad movió la cabeza y se estremeció como una hoja.
—Jeff, eso ya lo dijiste antes —murmuró la joven, al cabo de una larga pausa—. No te entiendo.
—No debía haber dicho nada —contestó Jeff—. Muchacha, estás creciendo. Y no puedo mantener siempre engañada a una jovencita.
—¿Engañada? —exclamó ella, mirando fijamente a su acompañante.
La mirada de Kent siguió la de la joven. Jeff era un sujeto de cabellos grises y edad incierta, con un rostro macilento, suavizado por una expresión tierna.
—Eso dije, Lucy. Y no me gusta dejarte aquí sola.
—Jeff, has sido para mí tan bueno como mi querido Bill —dijo ella suavemente—. Aquí me siento feliz, excepto cuando ellos regresan. Y últimamente, no he sido dichosa en ningún momento. Slotte se llevó a «Espada». ¿Por qué?
—Supongo que necesitaba un caballo veloz. Todos querían a «Espada». Sólo que Slotte fue el que se atrevió a cogerlo.
—¿Por qué necesitaban caballos veloces?
Jeff no contestó. Lucy Bonesteel todavía no sabía que pertenecía a una banda de ladrones, pistoleros, cuatreros, que muy a menudo necesitaban caballos muy rápidos.
—Jeff, no te lo conté —murmuró Lucy—. A veces resulta difícil decir ciertas cosas. Tal vez esté creciendo... Pero la noche pasada, Slotte vino aquí y llamó a mi cuarto. Le oí gritarle a Goin en el porche. Estaba furioso porque papá les había dejado un mensaje ordenándoles que cruzasen el río en seguida. Bien, Slotte estaba verdaderamente furioso. Pero al verme, cambió. Me cogió, con fuerza, aplicó su boca a la mía y me mordió en la garganta. Después, casi me rompió la blusa. Me asusté tanto que huy de su lado, corrí a mi cuarto y atranqué la puerta. Me suplicó que saliese, pero yo me sentía asqueada. Y entonces, se marchó muy enfadado.
—Ya... Conque Seda se comportó así, ¿eh? —dijo Jeff, con amarga ironía,—. ¿Fue ésta la primera vez, Lucy?
—Sí, de este modo. Antes, siempre me besaba. Antes me gustaba. Siempre me traía cosas bonitas. Pero esto fue diferente, Jeff. No me agradó. Ya sabes que no salí a desayunarme hasta que él se marchó. ¿Por qué me trató de esta forma anoche?
—Slotte está enamorado de ti, chiquilla.
—Dos veces me lo ha dicho ya este año. Asegura que quiere casarse conmigo. Se lo dije a papá y se puso furioso. Comenzó a jurar: «¡Tendré que matar a ese renegado de Seda/», gritó. Esto me asustó. Y no quiero que papá se meta en más peleas. Pero Jeff, aunque Slotte me quiera y.desee casarse conmigo, ¿por qué me besó con tanta pasión y pretendió arrancarme la blusa?
—Lucy, ¿te acuerdas de tu madre? —preguntó Jeff con gravedad.
—Sí, un poco. Era muy bonita, excepto cuando lloraba.
—¿Eras demasiado niña o te acuerdas de todo lo que te contó?
—Sí, era muy pequeña.
—¿Y tu padre o el viejo nunca te dijeron nada?
—Jeff, me enseñaron a leer y a escribir. Es todo lo que sé.
—Oye, muchacha. Bonesteel ha matado a varios hombres por tu causa. Y jamás ha permitido que las mujeres que hay aquí de cuando en cuando se te aproximen cuando él está lejos. El viejo Bill lo sabía y era el encargado de vigilarlas. Desde que tuviste doce años hasta los quince, él fue tu guardián aquí. El motivo era porque tu padre deseaba mantenerte inocente hasta que pudiese llevarte lejos de aquí.
—¿Inocente? ¿De qué? Jamás me dijo que pensase sacarme de aquí. Yo no quiero dejar mi hogar.
—Bueno, inocente, sin conocer esta hambre de un hombre por una mujer.
—¿Hambre? ¿Esto es lo que le ocurre a Slotte? —Lucy se echó a reír perpleja—. Pues actuó como si quisiera comerme.
Jeff se retorció las manos con desesperación y dejó caer la ceniza de su pipa con expresión agraviada.
—Eres una niña por tus conocimientos —dijo amargamente—. Pero tienes un cuerpo de mujer. Has estado escondida aquí toda la vida, chiquilla... ¡toda la vida! Y eres la muchacha más bella que ilumina el sol. Deberías tener las mismas oportunidades de ser feliz que las demás.
—Soy feliz, Jeff. Bueno, lo seré si vuelve «Espada».
—Pero escúchame, chiquilla —añadió desesperado Jeff—.
¿No deseas salir nunca de este agujero entre las rocas?
—No... A veces pienso... Aquel periódico que encontré y que papá, me arrebató de las manos... Me hizo sentir curiosidad. Pero, aunque alguna vez quisiera salir de aquí, no abandonaría a papá.
—¿Y... si lo matasen? —preguntó Jeff.
—¡Oh! —gritó la muchacha, abriendo desmesuradamente los ojos—. Ya lo he pensado y me aterra.
—Bien, podría ocurrir. Ha tenido más de una pelea.
—Papá me prometió que no volvería a entrar en ningún garito para jugar o beber, y que no se Juntaría con hombres malos —dijo Lucy, con una fe que resultaba angustiosa.
—Claro, claro... era sólo una suposición —se apresuró a rectificar el forajido—. Chiquilla, prométeme que jamás le contarás a tu padre esto que hemos hablado.
—Lo intentaré, Jeff. Antes solía preguntarme de qué hablábamos. Pero ahora ya no. Pero, si alguna vez lo hiciera, tendría que contarle la verdad.
—Me mataría, Lucy. ¿No mentirías para salvarme la vida?
—Sí, por ti mentiría —contestó ella después de pensarlo—. Pero no por Slotte. No quiero volver a verle nunca más. Papá descubrirá lo ocurrido. Sé que me hará preguntas.
—Bien, tal vez Slotte no vuelva nunca más a este agujero.
—Esto me gustaría. Pero volverá. Lo presiento.
—Tal vez no. Ahora vete a la cama, chiquilla. Siento haberte preocupado. Me estoy convirtiendo en un viejo estúpido.
—¿Estúpido? No lo eres, Jeff querido —se interrumpió—. Pero te referiste a un engaño... ¿Qué engaño, Jeff?
—Nada, no era nada —contestó Jeff disimulando.
—Sí, lo dijiste. Y te pusiste muy serio. Dijiste: «No pueden engañarte siempre». Y te referías a papá, a Slotte, a Kitsap, a Goin, a Forman... a todos los jinetes de papá.
—Olvídalo, Lucy.
—Siempre olvido las cosas que no me gustan —dijo riéndose ella—. Pero tal vez algún día no lo conseguiré.
—Bien, buenas noches, chiquilla —añadió el bandido tristemente dirigiéndose a la puerta. Llevaba botas altas. Y la pistolera colgaba por debajo de su chaqueta. Cuando abrió la puerta, Lucy corrió hacia él.
—Buenas noches, Jeff, y no te entristezcas por mi.
La joven cerró la puerta tras él, se apoyó en el quicio y se quedó pensativa. Kent oyó las lentas pisadas del bandido al bajar el porche. La muchacha se apartó de da puerta, y fue despacio hacia la luz, que la iluminó por entero.
—Algo ocurre aquí —murmuró—. Con Jeff... con Slotte... con papá. Y he de averiguarlo.
Lucy pasaba un poco de la estatura media, y era delgada y fuerte. Llevaba un vestido de buena tela, y de mejor corte de lo que cabía esperar en una muchacha que vivía en las profundidades de la región de los cañones. Era hermosa, poseía un extraño encanto, aparte de su hermosura física: cabellos bellamente ondulados, cejas anchas, bien delineadas, una serena expresión, ojos relucientes como estrellas, rostro ovalado de piel atezada y rojos labios deliciosamente curvados.
Apagó la lámpara. La habitación quedó a oscuras salvo por el resplandor de la chimenea. Lucy permaneció unos momentos frente al hogar, los ojos clavados en el suelo, su perfil levemente iluminado. Luego, retrocedió hacia la sombra. Se cerró una puerta y quedó atrancada por una barra.
Kent se apartó de la pared, envarado y aturdido. De haber permanecido la joven unos instantes más ante sus ojos, habría enloquecido hasta el punto de llamarla. Alejándose con un esfuerzo de su voluntad, Kent se deslizó bajo los algodoneros con «Piute» a su lado. No había caído jamás en éxtasis, pero así se hallaba ahora. Su instinto, su habitual cautela, redoblados ahora, le guiaban a pesar de sentirse conmovido hasta lo más hondo de su alma.
Bajo los algodoneros se detuvo a escuchar, a atisbar entre las sombras, a buscar su camino hacia el claro. Y mientras tanto, su corazón zumbaba en sus oídos, la sangre corría alocadamente por sus venas y sus pensamientos se arremolinaban con el tumulto de sus emociones.
Lucy Bonesteel, cautiva en los cañones, hija del jefe de la banda del Agujero en el Muro... estaba ya a su alcance.
Y todo lo que Elway le había contado, todo lo que le había profetizado, era cierto. Se hallaba ya al final del sendero que cruzaba los campos. Divisó los ojos verdosos de los venados que pastaban en las huertas. Continuó arrastrándose como un indio, firmemente, pero ahora era un hombre distinto, ya que la gloriosa certidumbre había reemplazado a la duda, una exaltación había eliminado su temor, disipando la niebla ante el sol, una amorosa pasión le hacía sentirse fuerte ante los pálidos e insignificantes fantasmas.
Y el espectro de Nita Gail cruzó su memoria. Pobre Nita, su afán de oro, su ansia por las cosas bellas, sus ojos lujuriosos, su corazón falso... ¡era un simple fantasma comparada con Lucy Bonesteel! Con esta lastimosa visión Nita huyó para siempre del recuerdo de Kent.
Corrió más allá de los campos, hacia la salvia y cruzó el torrente, cuya frialdad apenas sintió, hasta llegar a los abetos y los robles, a las enormes rocas y a su campamento bajo los dos torreones vigilantes. Bajo un repecho, encendió una hoguera, colgó los pantalones y los calcetines para que se secasen, puso las botas cerca del fuego con la misma intención^ y se envolvió en su manta, con los pies hacia la hoguera.
La noche parecía encantada. La escondida cascada murmuraba mansamente, zumbaba y cantaba, llamándole con su profundo trueno hacia él terrible río de los cañones. Los coyotes gemían. Los melancólicos mochuelos de los cañón» lanzaban sus tristes notas, «uuti-uuti-uuti...», y bajo el resplandor de las estrellas, los monumentos, las curvas, los picos y las hondonadas, parecían desafiar al cielo. El desierto de Sonora jamás había atraído tanto a Kent como aquel solitario anfiteatro de rocas.
El agujero de Bonesteel en el cañón formaba como una barrera protectora en torno a Kent. Sentía estas sensaciones mientras su mente evocaba la imagen de Lucy. El haberla visto, la indudable prueba de su existencia, el sonido de su voz, el alborear en su interior de una conciencia, la evidencia que tuvo ante sus ojos de su rebeldía contra el ataque del primer hombre que había perturbado su inocencia... todo esto mantuvo a Kent despierto durante varias horas, hasta que su agotado cuerpo sucumbió a la fatiga y Kent se durmió profundamente.
Los pájaros burlones despertaron a Kent. Brillaba ya la luz del día. El joven continuó echado, quieto, escuchando, dejando que su asombrada mirada se pasease en tomo suyo.
En lo alto, jirones de bruma plateada formaban como un toldo sobre las salvajes rocas. El colosal muro era un sublime espectáculo de ruinas, infinitamente más bello por las formas que el viento y la lluvia habían modelado en sus piedras. Kent mantuvo su mirada inmóvil sin dirigirla a ningún otro lado. El paisaje era irreal, de otro mundo. La salvia púrpura y las doradas flores nadan a sus pies, con trechos de verdor y cedros grises, abetos que parecían observar las masas rocosas, pasillos y avenidas que conducían hacia el monte, cada vez más arriba, hasta que la mirada se detenía en una brumosa cascada, como humo, que murmuraba una dulce melodía, contrastando con las masas de verdor, que se destacaban en las laderas, por entre los monumentos: y las espirales, con sus picos sumergidos en la niebla matutina.
Éste era un aspecto solamente del panorama que rodeaba a Kent, mientras se hallaba tendido sobre la hierba. Estaba ya completamente despierto. La noche había huido. La mañana disminuía en la gloria del desierto. Allí se hallaba la barrera del Agujero en el Muro de Bonesteel.
Kent se incorporó y se vistió, maravillándose de encontrarse allí. La luz diáfana del día trajo a sus sentidos ¡la lógica y la precaución, aunque no disipó por completo su exaltación. Su primer movimiento fue esparcir y ocultar los restos de la hoguera. Luego, llamó al perro, con el rifle en la mano y el zurrón a la espalda, y regresó hacia el torrente para buscar un lugar retirado donde hubiese pocas probabilidades de ser descubierto. Ya volvería en busca del caballo.
El torrente discurría por entre las rocas, limitado por bancales de rosas silvestres, colombinas amarillas y lirios blancos con corazones purpúreos. Los gamos y los conejos, le miraban pasar; las zorras se metían en las grietas; los pájaros burlones y los arrendajos saltaban de los cedros a los abetos. Los mustangos de largas crines, mucho más salvajes que los gamos, huían ante su presencia. La hierba crecía abundante, formando una lujuriosa alfombra. Pero los cactos y otras vegetaciones propias del desierto, brillaban por su ausencia.
Se adentró en el laberinto pero sin trepar. Y cada vez la ladera de rocas, árboles y arrecifes parecían quedar más lejos. Pero los claros se iban espaciando. Por todas partes, surgían zonas de riscos rojos que habían caído de lo alto, quedando medio escondidos entre los abetos y la maleza. Su apresurada marcha le impedía estudiar da comarca con más detenimiento. Buscaba un refugio seguro, pero pocos podía elegir. Al fin, siguió un estrecho afluente del torrente por entre pedruscos y grupos de abetos hasta su manantial, que vertía un agua cristalina en la base del acantilado. Había un pequeño rellano que recibía los rayos del sol casi todo el día, un enorme cedro, un muro rocoso a un lado y otro formado
por abetos, con una alfombra de flores y hierba. A lo largo del muro divisó una abertura de rebordes herbosos.
Era el campamento que estaba buscando, el refugio más perfecto que pudo imaginarse, en una magnífica soledad, interrumpida sólo por el murmullo del agua y el rumor más distante de la cascada, fragante, suave y seco, tan apacible como el primer lugar que habitó el hombre en la tierra.
—Si puedo convencer a Lucy Bonesteel de que se reúna aquí conmigo, estoy perdido. Jamás querré marcharme —susurró Kent, dejando caer su zurrón y contemplándolo todo con ojos proféticos.
Entonces, se dio cuenta de la ausencia de «Piute». El perro debía estar cazando. Seguramente, regresaría 3ra de noche. Kent cogió el rifle y empezó a retroceder sobre sus pasos, lo cual no era fácil sobre la abundante hierba. Habla llegado mucho más lejos de lo que pensaba.
Mientras tanto, el sol disipó la niebla, brillando sobre las rocas, aunque no había llegado al rellano ni a las partes bajas del lugar. El reborde rocoso centelleaba en oro contra el azul del cielo. Kent tuvo que volver a confesarse que jamás había visto nada como el Agujero en el Muro. Si tenía que internarse por otras ramificaciones como ésta, seguramente podría afirmar que había visto él lugar más asombroso del Oeste.
Mientras seguía el torrente y se acercaba a los claros, uno de los cuales era el campamento que había dejado, le sobresaltó el relincho de un caballo. Tal vez fuese «Espada» husmeando su regreso. Sin embargo, ese relincho trastornó a Kent. Y cuando oyó el colérico ladrido de un perro, se alarmó y echó a correr.
De repente, rodeó los abetos que bordeaban la roca, y que señalaban su campamento, deteniéndose y lanzando un agudo grito, y sintió como si fuertes raíces lo sujetaran al suelo.



8

«PIUTE» parecía un lobo fiero, tenía el pelo erizado. Estaba dando vueltas alrededor de un perro pastor que Lucy Bonesteel había logrado sujetar.
—¡Aquí, «Piute»! —gritó Kent, saliendo de su estupor.
—¡Oh! —gimió la joven—. ¡Deténgale! ¡Creí que era un lobo!
Kent se interpuso entre los perros, y apartó a «Piute». El perro indio obedeció, pero de mala gana, gruñendo hoscamente y despidiendo fuego por sus ojos verdosos. Era una situación difícil para Kent, que no quería lastimar al perro.
Al momento se volvió hacia la muchacha, que ahora estaba muy erguida, profundamente sorprendida e interesada. Detrás suyo, un mustango estaba pastando en la hierba, con las riendas caídas. Era Lucy, y sin embargo, a la brillante luz del sol, con su cabeza convertida en un halo de oro, con sus grandes ojos negros, que ahora le parecieron a Kent azules y no negros, parecía infinitamente más bella que la noche anterior en la imaginación del joven. Ante tanta hermosura, sólo acertó a balbucir:
—¿Lucy... Lucy Bonesteel?
—Sí. ¿Quién es usted? —replicó Lucy, ya serena.
Los hombres no la asustaban. Una franca sorpresa era la nota dominante de su impresión en este momento. Paseó su mirada por la figura de Kent y éste no necesitó más para comprender que para la joven constituía un nuevo tipo.
—Soy... Kent Wingfield —tartamudeó, luchando por contener su agitación.
—¿Kent Wingfield? Jamás he oído ese nombre. ¿Es usted caballista de papá?
—No.
—¿Ha venido a esconderse aquí?
—No.
—¿Se extravió?
—¿Extraviarme? Sospecho... que estoy perdido... perdido mil veces —dijo Kent sonriendo aliviado. Estaba recuperando la voz. La curiosidad de la muchacha, su inconsciente evaluación del tipo del desconocido jinete, su propio rostro delgado, de singular hermosura varonil, mientras quedaba al descubierto ante ella, comenzaron a obrar cierta magia en su cerebro y en su corazón.
—Habla de un modo extraño... y qué aspecto tiene... Nunca vi a nadie como usted. ¿Descendido por el sendero con «Piute»?
—Vine por el río, a lomos de un caballo.
—'¿Halló esté rincón por casualidad? Una vez le ocurrió lo mismo a un hombre... lo mataron... Oh, espero que usted...
—A mí me dijeron cómo podía llegar hasta aquí.
—¿Entonces... conoce a mi padre?
—Nunca me ha visto ni ha oído hablar de mí.
—‘¿Entonces, no puede ser usted su enemigo?
—No puedo, gracias a Dios, aunque sus hombres, y hasta él, podrían creerlo.
—¿Por qué?
—Debido a los motivos que me impulsaron a venir aquí.
—¿Quiere decírmelos?
—Lucy Bonesteel, ¿puedo confiar en usted?
—¿Confiar en mí? Vaya pregunta rara. Acabo de encontrarle escondido entre las rocas, cerca de mi casa, es usted un forastero, un personaje distinto a cuantos hombres he visto, más joven, hablando mejor, pero sin embargo no deja de ser un intruso... y me pregunta si puede confiar en mí.
—Todo esto es verdad, Lucy. Pero si le demuestro que soy amigo suyo, ¿me promete no traicionarme?
—No le traicionaré a usted. Pero ellos le dispararán tan pronto le vean. Tiene que irse. Ahora están lejos de aquí. Sólo se ha quedado Jeff. Es quien cuida de mí, y también le mataría si usted le encuentra solo.
—¿O sea que usted no me venderá? —inquirió Kent, ávidamente, mirándola con fijeza.
La muchacha empezaba a experimentar sensaciones más profundas que una simple curiosidad.
—No, tanto si es amigo como si no lo es. He visto hombres muertos aquí... y es horrible. Pero debe irse.
—Lucy, me iré cuando venga usted conmigo.
La joven retrocedió y se sentó sobre una piedra, flojas las piernas, entreabiertos los labios y dilatados los ojos, llena de incredulidad y de alarma.
—¿Está loco? —jadeó.
—Tal vez, pero no como cree. Fui un loco al aceptar esta misión, pero ahora me alegro después de haberla visto.
Kent acababa de encontrarse a sí mismo. Su emoción le tornaba elocuente y su simpatía hacia aquella muchacha, le hacía intuir el contraste que existe entre el atrevimiento y la inocencia.
Se acercó a Lucy, sabiendo que ella se sentía algo fascinada.
—¿Loco?... ¿Una misión?... ¿Se alegra? Me... me gustan sus ojos... parece simpático —confesó la muchacha, mirándole con atención—. Pero... pero no me tenga en suspenso. ¿A qué se refiere?
Kent extrajo un cuchillo con el mango de hueso y lo sostuvo ante ella.
—¿Lo ha visto alguna vez?
—Sí —contestó Lucy intrigada—. No sé dónde... y yo nunca he salido de esta región...
—Lucy, esto sí lo recordará —continuó Kent, mirando fijamente aquellos ojos azules. Acto seguido, sacó el reloj de su viejo amigo y se lo puso a ella en la mano.
—¡El reloj de Elway! —exclamó la joven instantáneamente—. ¡De mi viejo amigo Bill! ¡Oh, hábleme de él, por favor!
—Todo a su debido tiempo, Lucy. Ya ha reconocido el reloj. ¿Cree ahora que no soy un impostor?
—Pudo matar a Elway... o robarle —repuso ella con dramatismo.
—Desde luego... pero no lo ¡hice.,
—Bill no le hubiese entregado este reloj a nadie de este mundo —dijo Lucy con solemnidad—. ¿Ha abierto usted la tapa?
—No, es automático. Resulta gracioso que nunca se me ocurriera. Déjeme ver —cogió el reloj de plata y con suma dificultad lo abrió. Dentro había un rizo de cabellos rubios. Los ojos de Kent pasaron del rizo a la cabellera de la muchacha—. ¡ Suyo!
—Sí. Yo le puse ahí. Bill se marchaba. Dijo que volvería, pero yo sabía que no era cierto. Ninguno volvía... cuando se iban. No sé por qué, pero papá perdió la fe en él.
—Por culpa de la malvada lengua de Slotte. Odiaba a Bill. Y le habló mal de él a su padre.
—¡Slotte! ¿También le conoce?
—Bien, algo por el estilo. ¿Cuándo vio por última vez a ese tipo, Lucy?
—Anteanoche.
—¿Ha recibido una herida recientemente?
—No lo sé. Pero a Jeff se lo pareció. Iba vendado por la cabeza, sobre la oreja. Y siempre tenía puesto el sombrero. Estaba tan mohíno, como cuando pierde a las cartas.
—Lucy, yo disparé contra él. Pero la bala chocó con su revólver y se desvió. Entonces, no lo supe, pero Logan, el comerciante, que está casado con una india, me lo contó después.
—¡ Oh, Dios mío! Usted dijo que no era un enemigo.
—¿Sería enemigo suyo si hubiese matado a Slotte?
—¡Kent Wingfield! Sabe usted más de lo que me dice.
—Exactamente. Y me siento muy excitado, Lucy. Soy muy feliz, estoy loco. Bien, esto no importa. Anoche, atisbé por entre una hendidura de su cabaña y oí cómo le contaba usted a Jeff que Slotte la había besado y que usted...
El rostro de Lucy se tiñó de un vivo rubor escarlata. Este rubor era algo nuevo para ella. Kent, con su juventud, su fuerza, su desdén, acababa de darle a sus vagas dudas una turbadora realidad.
—No... no pude impedirlo... —balbuceó Lucy. Entonces se encolerizó—. ¡Oh, le odio por esto!
—Claro que le odia... y yo lo mataré por lo que hizo —replicó Kent apasionadamente—. Pero la estoy trastornando. Por favor, confíe en mí. Lucy. Slotte era enemigo de Bill. Lo enemistó con su padre. Cuando venía hacia aquí, tuve la suerte de tropezar con Slotte dos veces. La segunda vez en el puesto de Logan. Neberyull, aquel miserable gusano, empedernido borracho, se propasó de palabra con Geysha, la hija mestiza de Logan. Esto me sirvió de excusa para pelearme con Slotte. Pero no en seguida. Más tarde, en el almacén, Neberyull empezó a chillar, porque un indio le había hablado de mi caballo. Esto dio lugar a una enconada discusión. Neberyull resultaba tan dañino como una serpiente de cascabel, medio borracho como estaba, y le apoyó Slotte. Querían matarme. Bien, yo me adelanté a ellos. Slotte escapó por un pelo. Cuando vuelva a encontrarme, me reconocerá, no cabe duda.
—¿Se... peleará con él?
—Lo mataré, Lucy. Se lo juro por la memoria de Bill, tal como intenté matarle antes, pero ahora quiero matarlo por usted.
—¡Oh, por favor, por favor, váyase antes de que se encuentre con Slotte! —gimió la muchacha, como presintiendo una terrible desgracia—. Papá está al lado de Slotte y usted también tendría que luchar contra papá.
—No, esto podría evitarlo. Yo no «sacaría» contra él.
—¡Es usted un hombre sanguinario! Al principio me pareció diferente... Yo... tiene que irse de aquí, Kent Wingfield. No esperamos a papá hasta mediados de verano. Pero podría venir antes.
—Lucy, no me iré —dijo Kent con firmeza—. Después de haberla visto no podría irme.
—¿No? ¿Sólo porque me ha visto? Dígame, ¿por qué vino?
Se levantó de la roca y se acercó a él con el busto erguido y los ojos llenos de preguntas.
—Mire hacia allí —le dijo Kent, excitado por la alegría que iba a darle a la muchacha. Cogiéndola de la mano, aunque ella forcejeó y protestó, la condujo al lugar donde el caballo negro estaba pastando.
—¡«Espada»! —gritó Lucy, corriendo hacia el animal. «Espada», al verla relinchó complacido y echó a trotar para reunirse con ella. Si Kent no había visto jamás un amor recíproco entre un caballo y un ser humano, lo vio entonces. Lucy asió a «Espada» dél cuello y escondió la cara en la crin del animal. Fue también aquélla la primera vez que Kent Wingfield sintió celos de un caballo. Pero sus celos cedieron ante la alegría de Lucy. Ya comprendía. Los oscuros ojos de «Espada» parecían centellear de júbilo. Restregó el morro por la cara de la joven, y si sus relinchos no eran una respuesta al grito de Lucy, Kent ya no sabía cómo calificar esos relinchos. Se alejó, con los ojos un poco húmedos. Aquella niña solitaria sólo podía poner su amor en los caballos y los animales domésticos. Desde donde estaba podía escuchar la voz de Lucy; suave y quebrada, y el pataleo del caballo. Kent dio media vuelta. Lucy le había puesto el ronzal a «Espada» y llegaba con el caballo.
Kent tembló.
Lucy tenía el rostro muy pálido y sus ojos resplandecían de emoción.
—¡Usted me lo ha devuelto!
Antes de que Kent acertara a moverse, ella le echó los brazos al cuello. Lo abrazó fuertemente y lo besó con apasionada gratitud.
—¡Oh! —exclamó, retrocediendo, pero sin soltarlo. Le temblaban los párpados, húmedos por las lágrimas—. ¡Bendito sea! Nada podía hacerme más feliz... ¡Gracias de todo corazón, Kent Wingfield!
Tal vez la respuesta muda del joven, o su actitud cohibida, o lo que fuese, la hicieron consciente de su alegre impulso, de lo que acababa de hacer. Ruborizándose intensamente como antes, se apartó de Kent, pero en su confusión e incertidumbre no había ni asomo de pesar o de vergüenza.
—Pudo decírmelo antes —dijo ella en tono de reproche.
—Bien, preferí guardarlo para el final —repuso Kent, volviendo la cara. Se sentía hechizado, como flotando en el espacio, pudiendo divisar plenamente el cielo azul, las blancas nubes, los murallones rojos y un llano de salvia verde, todo girando alrededor de la imagen de una joven dorada.
—Kent, ¿dónde encontró mi caballo? ¿Cómo lo cogió?
—Se lo compré a Bunge.
—Ah... Conque dijeron la verdad... Slotte se lo llevó cuando papá estaba fuera. Y Bunge se lo robó a Slotte.
—Sí. Pero Bunge robó algo más: diez mil dólares.
—¿Qué? —Lucy volvía a mostrarse asombrada.
Kent le habló brevemente de las circunstancias que le permitieron posesionarse de «Espada» y de lo que siguió luego del tiroteo en casa de Logan.
Cuando Kent terminó su relato, los ojos de la muchacha volvieron a velarse por las lágrimas, y su expresión dejó de ser dichosa.
—Esto me inquieta, Kent —murmuró.
—Lo siento. De no haber usado yo mi revólver, Slotte habría vuelto a apoderarse del caballo.
—Me refiero a los diez mil dólares. Los caballistas de papá suelen llevar fuertes sumas de dinero algunas veces y cuando le pregunté a papá por qué llevaban tanto dinero, siempre me contestó: Grandes negocios ganaderos, chiquilla. Yo poseo ranchos y manadas en todo el sur de Utah..
A Kent le repugnaba decirle la verdad a Lucy respecto a su padre y aunque sabía que había llegado el momento de decírsela, le resultaba extraordinariamente penoso atacar a ese padre a quien tanto amaba ella.
—Anoche, Jeff me dijo: «no puede engañarte siempre».
—Escuche, Lucy —la atajó Kent, apresuradamente—. El viejo Bill me envió con esta misión. La adoraba a usted y antes de morir me contó toda la verdad sobre el Agujero en el Muro... y usted. Me hizo prometer que la buscaría... y que me la llevaría de aquí.
—¡Oh, mi pobre Bill! i Mi querido Bill! ¡Muerto!... Lo sabía... lo sabía... ¿Dónde y cómo murió, Kent?
—En el desierto de Sonora. Nos perdimos. Al fin, hallar más oro. Bill no podía más. Me suplicó que lo dejase allí. Me juró que yo no podría viajar cuando llegase el calor del verano. Pero yo no podía abandonarle, Lucy. No podía. Y me quedé, y entonces Bill me contó su historia y murió feliz.
—¿Usted no le dejó? ¡Se quedó con él! Le hizo feliz en los últimos días... Es usted muy valiente, Kent Wingfield. Podría amarle por esto si ya no le amara por haberme devuelto mi caballo. ¿Pero por qué lo envió Bill aquí?
—Ya se lo he dicho. Para llevármela conmigo.
—Él sabía que jamás abandonaría a papá.
—Sí, pero creyó que podría convencerla. Me aseguró que era preciso sacarla a usted de aquí. Estaba tan desesperado que incluso me dijo... que Je hiciese el amor, y que si fracasaba, me la llevara contra su voluntad.
—Gracias. ¡El muy villano! ¡Hacerme el amor! Me gustaría que lo intentase, caballero... Y caso de que me raptara, lo mataría mientras durmiese.
—¡Qué hermosa disposición de ánimo! De tal padre, tal hija.
—Kent, soy hija de mi padre, pero jamás le he hecho mal a nadie, ni derramado sangre. ¿Cómo podría matarle a usted? Perdóneme... ¿Pero por qué... por qué, en nombre del cielo, le envió Bill a cumplir una misión tan horrible?
Kent contempló aquellos húmedos ojos y replicó deliberadamente:
—Su padre es el jefe de la banda del Agujero en el Muro... la peor banda de facinerosos, forajidos y cuatreros del Oeste.
—¡Oh, Dios mío! —murmuró ella, palideciendo intensamente—. No... no diga eso. ¡Por favor, desmienta sus palabras!
—Sé que es muy duro para usted, muchacha, pero es la verdad —dijo Kent con voz ronca—. Por esto me envió aquí el viejo Bill. Para sacarla de este lugar antes de que sea tarde.
Lucy se tambaleó aturdida, y habría caído al suelo si
Kent no la hubiera sostenido. Entonces, se asió a él con temblorosas manos.
—De modo... que era esto —gimió angustiada—. A esto se refería Jeff. Esto lo explica todo: las mujeres, los montones de billetes, las bolsas de oro... el juego, las peleas, las largas ausencias de casa, el regreso, a veces destrozados y sangrando, a veces sin los viejos caballistas, a veces con otros nuevos, siempre agotados, con los labios crispados. Y luego, aquellas borracheras... Oh, ahora lo comprendo todo... ¡Que Dios se apiade de mí!
—Lucy, no se angustie así —imploró Kent, sosteniéndola—. Es terrible, pero no tanto. Yo la llevaré a un sitio tranquilo. Yo procuraré que...
—No abandonaré a mi padre, lo mismo que usted no quiso abandonar al viejo Bill. No importa lo que él sea. ¿Qué haría lejos de aquí? Me moriría de tristeza entre gente extraña. Amo esto. Es el único hogar que he tenido. ¿Cómo aprendería a vivir en un poblado o en una ciudad, lejos de mi estruendoso río y de mis rocas coloradas? ¡No, no!
—Pero, muchacha, no sería tan difícil como se imagina. Usted es joven, está llena de vida. Acabaría por disfrutar...
—¡La hija de un cuatrero!
—Nadie lo sabría.
—Yo sí.
—Querida niña, no sé qué decir. Pero sí sé que está equivocada... no tiene nada que reprocharse. Ninguna... ninguna circunstancia puede... Ya sé, Lucy. No es lo que la gente pueda pensar o decir lo que la preocupa. Es la verdad. Bonesteel la ha criado en la ignorancia y la inocencia.
—¡Maldito sea! —gritó Lucy, con súbita pasión—. ¿Por qué no me dejó crecer como las demás mujeres que vienen aquí? Zorras, las llamaba el viejo Bill. Papá jamás me permitía verlas.
—Sí, todo eso está claro ahora, Lucy.
—¡Y ahora seré peor que cualquiera de ellas! —dijo sollozando la joven.
—¿Qué quieres decir?
—Seré peor... Beberé y jugaré. Me reuniré con esos cuatreros, con esos bandidos... ¡Seré una zorra! Dejaré que Slotte...
—¡Cállese! —gritó Kent apenado—. Está diciendo tonterías. Lo siento, Lucy. Siento haber sido yo quien... No, me alegro. Y ahora...
—¡Yo misma me entregaré a Slotte!
—¡No lo hará! ¿No le he dicho que pienso matar a ese individuo?
—Me lastima... por favor, no me apriete tanto... Oh, no sé lo que digo. Jamás me sentí tan desgraciada...
—Lucy, venga conmigo.
Todos aquellos días y noches que pasó pensando en ella, convertían en irreales esos momentos en que la había conocido.
—¡No, no!
—¿No puede reflexionar? Éste es el momento más crítico de su vida. Debe meditar, a pesar de su dolor. Su inocencia, su ignorancia de lo que la aguarda aquí, hacen que sea un deber sagrado para mí llevármela de aquí. Se lo prometí a —Bill. Y entonces, estaba ya agonizando. Tuvo una visión. Lucy, Bill vio ese terrible río colorado. Lo vio a usted. La vio como un corderito entre una manada de lobos.
—Oh, ahora lo sé, Kent, ahora me doy cuenta. Bill tenía razón. Me amaba y perdió su empleo, y murió por mí antes de ahora... Usted también es bueno y amable, Kent Wingfield. Es valiente. Lucharía por mí como un diablo. Y esto me desgarra el corazón. Pero no abandonaré este Agujero en el Muro... ni a papá.
—Más pronto o más tarde, matarán a Bonesteel —replicó Kent, inexorable.
—Oh... mejor pronto que tarde.
—Slotte la cogerá a usted... la convertirá en un harapo y cuando se canse, la entregará a los bandidos.
—No quiero irme —gimió ella.
Kent respiró profundamente. Era una derrota para él, pero casi esperaba esta derrota... El viejo Bill no había hecho mención al carácter de Lucy. Pero ya hacía más de dos años que Bill había abandonado el Agujero en el Muro.
—Está bien, Lucy. Entonces, yo me quedaré.
—¿Qué? —'había pasión en la voz. La muchacha dio media vuelta, mostrando su cara apenada y mirando a Kent con ojos desorbitados.
—No quiero abandonarla.
—¡Debe irse! —le gritó la muchacha—. No puede hacer nada por mí. Soy la hija de un ladrón. Debe estar loco para querer esconderse aquí. ¿Qué representaba Bill Elway para usted, qué represento yo para que usted sacrifique por mí su vida? No lo permitiré.
—¿Cómo me lo impedirá?
—No puedo obligarle a que se marche, pero puedo pedírselo con todo mi corazón, con toda mi alma, ¡Y se lo pido, oh, sí, se lo pido! Creo que fue algo maravilloso el que usted le prometiese a Bill salvarme, que luchase para traerme el caballo... Nunca le olvidaré, le querré siempre...
—Lucy, no me hable de cariño, es el mismo que sentía por el viejo Bill, el mismo que siente por Jeff. En cuanto a mí, sólo es gratitud. Y lo acepto. No me importaría marcharme si se tratara de otra chica. Pero ahora la he visto a usted, sé cuanto va a sufrir... y pienso quedarme.
—'Usted ha hecho cuanto ha podido para convencerme. Yo me niego a marcharme. Pero le suplico que se vaya.
—No, Lucy Bonesteel.
—¿Qué significo para usted, para que quiera quedarse escondido aquí, entre esas rocas, como una zorra? ¡ Se morirá de hambre! ¡Lo descubrirán algún día! ¡Lo matarán!
—¿Quién cree que soy yo? —preguntó orgullosamente Kent.
—Creo que es usted diferente a todos los hombres que he conocido. Es tal como soñé que era mi padre... y no es así.
—No me moriré de hambre. Usted puede reunirse conmigo aquí, en las rocas, puede traerme comida, y pasar horas a mi lado. Y yo le contaré todo de mí, le hablaré de la muerte de Bill y del oro que encontré, de mi madre, de mi hermana, y de la hipócrita muchacha que me traicionó. Le hablaré día tras día de todo lo que debe saber, respecto a las escuelas, los bailes, los chicos y las chicas, y los niños que usted debía haber conocido, le hablaré de esa vida que no ha vivido.
—¡Oh, es maravilloso! —gritó Lucy, con los ojos chispeantes, y asiéndole con fuerza—. ¡Estar con usted todos los días! Un amigo... un hombre joven como antes era mi padre... un compañero que me enseñase, que me dijese qué significan todos esos sueños míos... Usted no es un desconocido para mí Kent Wingfield, y yo le he conocido siempre... Pero no puede ser, no puede ser.
—Lo será, a menos de que, como aquella muchacha que me abandonó, usted me traicione.
—¿Yo?
—¿No se lo dirá a Jeff... a su padre, a Slotte?
—Jamás. Pero ellos le encontrarán.
—Bueno, que me encuentren. Mataré a Slotte cuando lo vea. Y podría llegar a un acuerdo con Bonesteel. Le diría que me persiguen, que soy un hombre acosado. Que Elway me habló de este escondite... Que la encontró a usted y tuve miedo de darme a conocer. Que podría unirme a la banda del Agujero en el Muro, y jugaría, robaría y bebería como los demás... sólo para estar a su lado, Lucy Bonesteel.
—¿Sólo para estar a mi lado?
—Sí. ¡Ya que no puedo salvarla, me quedaré con usted»;
La sorpresa que experimentó la joven fue casi tan grande como la que experimentó al enterarse de la verdad sobre su padre. Trágicamente, tristemente, le miró con aquellos ojos suyos que Elway dijo que eran como las flores del maíz que vio en su juventud. Ella lo aceptaba como algo inevitable, como ese destino que la había convertido en la chica— de los cañones.
—Kent Wingfield, está decidido a quedarse aquí conmigo, ¿verdad?
—Lo estoy, Lucy.
—¿Su madre... su hermana? ¿Ha pensado en ellas?
—Están bien. Se sienten orgullosas de mí. Y las dejé bien atendidas. Usted significa para mí más que nadie.
—Entonces, seguiré siendo inviolable —dijo ella, lentamente—. En cuanto a Slotte, y su maldad, yo no lo entendía. Lo esconderé a usted. Oh, puedo hacerlo. Ni siquiera las águilas le encontrarían. Aquí tengo libertad para ir a donde quiero. De día... y de noche. Lo ayudaré.
—Bien. Supongo que ésta es una gran perspectiva para Kent Wingfield —dijo Kent esforzándose en sonreír, resistiendo el ardiente deseo de estrecharla entre sus brazos. De repente, sintió la necesidad de estar solo, de recuperar el dominio de sus sentidos, y necesitó separarse de ella-Váyase ahora. Llévese a «Espada». Cabalgue en él y procure por todos los medios ocultarle su pena a Jeff. Mienta, Lucy, mienta por el hombre que ha venido a salvarla y ha fracasado en su empresa. Dígale a Jeff que el caballo ha vuelto por sí solo.
—Lo haré.
—'Pero no permanezca mucho tiempo lejos de mí.
—Esta noche, cuando la luna se asome sobre el muro vendré aquí. Jeff se acuesta temprano. Vendré, Kent Wingfield. ¿Tiene hambre?
—Sí, claro.
—Volveré inmediatamente.
—No. Esta noche. Debe tener cuidado. Tiene que actuar con naturalidad, evitar que aloten su prisa y su ansiedad.
—¡Al fin tengo un secreto! —exclamó ella. Kent vio en su rostro infinitos matices de gracia y de encanto.
—Váyase —insistió Kent, besándole la mano, su prime» experiencia de aquel acto de cortesía.
Los rojos labios de la joven se abrieron fascinados cuando miró su mano y luego el rostro de Kent.
—Adiós, hasta que salga la luna —murmuró Lucy.
—¡Adiós...! ¡Y no me falle!
—No le fallaré... aunque todos los bandidos de Utah vadeasen el río —repuso ella con una sonrisa dulce y triste a la vez, mientras se alejaba con la mano apoyada en la crin del caballo.
Kent se fue a su refugio bajo el muro. Tardó bastante en hallarlo, pero el tiempo no significaba nada para él. Saltó como un gamo sobre el torrente. Se deslizó a través de los robles, hasta llegar a la sombra del murallón. Era un hombre poseído.
Cuando halló su campamento, se paseó arriba y abajo como un león enjaulado. Una prodigiosa energía le ayudaba a liberarse de su emoción. Trepó a los repechos, muy arriba sobre los árboles, para admirar la belleza salvaje de la rocosidad que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Debía huir del cielo azul, de los cañones purpúreos, de los muros rojizos, del mosaico de las laderas.
Transcurrió largo tiempo antes de que pudiera tenderse a la sombra, sobre el colchón pardo y fragante del suelo, junto al caliente muro. Pasaron las horas, llegó y se fue el solemne mediodía, la tarde se desvaneció mientras el joven comprendía el glorioso significado de su vida. Esto le dejó humilde, reverente, apasionado, fija la mirada en la Estrella del Norte, con esperanza y fe en salvar a Lucy y hacerla feliz. Tenía muchos días por delante, días gloriosos e interminables, y largas horas de la noche para amarla, para que ese amor le tornara tan esquivo como un salvaje, tan veloz como un águila, tan poderoso como la fuerza de aquel terrible río, y también tan invulnerable.
Puesta de sol, crepúsculo, penumbra, y el manto de la noche con un fulgor plateado que brillaba detrás de los centinelas rocosos. No hubiera podido decir si cada uno y todos ellos eran la exquisita potencia del amor y la soledad, de la divinidad de la naturaleza, pregonada por la murmurante cascada de fuego dorado, humo y trenzas oscuras, o si su ánimo los habla investido con la esencia de los dioses.
Mucho antes de que la luna se asomase, estaba aguardando a Lucy en el lugar señalado, con el paciente «Piute» junto a él. Una cálida brisa soplaba sobre el valle, trayendo consigo el aroma del heno recién cortado y el trueno del río. ¡Qué extraño lugar, aquel agujero de sólida roca, gracias a las mareas del tiempo! El enorme muro al otro lado del río coronaba su ingente mole con un reborde de fuego plateado, momentáneamente brillante. Las estrellas palidecieron ante una luz más viva, que surgía detrás de las espirales y las cúpulas.
«Piute» levantó su hocico para husmear la cálida brisa. Gruñó bajo, aquietado por la mano de Kent. Al momento siguiente, el disco plateado de la luna se deslizó entre dos J espirales, para alumbrar las densas sombras.
Kent oyó los rápidos pasos de Lucy, el roce de su ropa contra las rocas y la salvia, momentos antes de ver su oscura silueta. Ella iba a su encuentro, al encuentro de su des— tino, de su amor, y era la joven cuya salvación él tenía que lograr. La grandeza de aquella misión le hacía saltar el corazón en el pecho. Lucy estaba muy cerca ya, palpitante, indecisa, mirando hacia todas partes, hacia la sombra donde él se hallaba sentado.
—Ah... está aquí —susurró Lucy, aliviada, y acercándosele, dejó un paquete sobre la piedra—. Carne y pollo asado... pan y mantequilla, fruta, leche, huevos y conservas, jamón y... más cosas-dijo jadeando—. ¡Oh, el perro! No le vi... ¡Qué ojos más raros... son verdes! Kent, es un perro m pastor piute, mitad perro, mitad lobo.
—Gracias por la comida. Comeré cuando usted se haya M marchado —Kent se deslizó de la roca para situarse a su I lado.
—Le aviso que no será pronto —dijo riéndose ella—. Tengo muchas cosas que contarle, que preguntarle... Engañé a Jeff, y conseguí ocultarle la verdad, aunque partiéndoseme 1 el corazón.
La luna caía de lleno sobre el rostro de la muchacha, i Kent no podía expresar sus sentimientos, ni se sentía con fuerzas para pronunciar su nombre. La joven armonizaba con aquel lugar. Había crecido allí, sin dejarse contaminar j por la maldad de su herencia, floreciendo como una flor silvestre. Le cogió las manos y la atrajo hacia sí suavemente.
—¿Bien? —preguntó ella, conteniendo la respiración. —Nada... no puedo dar crédito a mis ojos, a mis manos que la están tocando. Si al menos Dios me diese fuerzas...
—Amigo mío... Tenemos días y días noches y noches antes de que ellos vuelvan. Olvidémoslo hasta...
Su susurro terminó ahogado en el hombro del muchacho. Kent la tenía medio abrazada, con temor, en un rapto increíble, como un valioso tesoro que era su única verdad, mientras contemplaba las terrazas iluminadas por la luna y la corona plateada en lo alto de los murallones. La muchacha se acunó dócilmente en sus brazos, y hasta que él intentó dilatársele el pecho, no comprendió que ella era una mujer de carne y hueso, una muchacha para la que aquel abrazo debía ser una violación de su fe y gratitud. Pero ella no actuaba de esta forma. Kent bajó los ojos para poder ver la cabeza de Lucy descansaba en su hombro, vuelto el rostro hacia arriba, pálida bajo la luna, los ojos entornar dos bajo sus sombreados párpados.
—Lucy, me olvidé de quién soy —dijo excusándose él, y soltándola—. He pensado tanto en usted en estos últimos meses... Oh, aquellas terribles noches en el horno del desierto, con la luna roja como el fuego... estaba despierto y me preguntaba si existiría usted realmente... si llegaría a conocerla. Y hoy casi me he vuelto loco. Cuando la vi, como un fantasma... como una muchacha de la luna... apenas pude creer que fuese real. Y tuve... tuve que abrazarla para...
—'Puede abrazarme, si lo desea —le interrumpió ella—. Me ha gustado. Es todo súbitamente tan raro, Kent... Apenas nos conocemos. Y sin embargo usted... yo... Oh, es maravilloso tenerle aquí. Mi corazón está lleno de tristeza. Pero me siento contenta... contenta. Aunque a veces temo por su vida.
—Lucy, dijo que tenemos días y días antes de que vuelvan... Bien, empecemos. Usted no me conoce. Le contaré mi historia, al menos cuanto de ella recuerdo, hasta hoy.
Y entonces, me conocerá más que nadie.
—¡Oh, sí, cuénteme! —gritó Lucy, mirándole suplicante.

9

EL VERANO llegó pronto al Agujero en el Muro.
Setecientos metros más abajo del reborde, al amparo de los vientos de las tierras altas, donde los muros de piedra reflejaban la luz del sol sobre el suelo del valle y conservaban el calor por la noche, todo parecía arder. No era el calor tórrido del desierto de Sonora, pero sí el calor templado de las alturas.
El sol y el agua convertía en un paraíso del Agujero. La uva, los melocotones, los melones y el maíz, la alfalfa y la hierba jugosa y tierna, cubrían el suelo. En torno, los huertos, los campos con girasoles, parecían mares bamboleantes como trigo meciéndose a la brisa. La salvia blanca crecía a increíbles alturas, perfumando el ambiente con su fragancia; sobre los repechos arenosos, las enredaderas derramaban sus capullos y sus flores, y las hojas de los sauces se teñían de amarillo.
A mediodía, los caballos y el ganado buscaban la sombra de las paredes occidentales y se sacudían las moscas, las ovejas buscaban los lugares herbosos en las grietas de los muros y las abejas se encontraban como en el cielo.
El Colorado seguía atronando el espacio. La nieve fundida de las montañas, donde el río nacía, aumentó su caudal en julio, y mientras tanto, el Agujero en el Muro fue un coto completamente cerrado incluso para los hombres que conocían el secreto de llegar hasta allí. El río fluía amarillento, en lugar de verde como el invierno y rojo como en primavera. Su corriente arrastraba reatos a la deriva, y en el remanso del muro se hacinaban los leños, los palos y otros despojos, en la playa arenosa. De día y de noche, llenaba los cañones la amenaza de su trueno.
El lugar escondido, favorito de Lucy, superó en la meo te de Kent todos los maravillosos paisajes que recordaba haber contemplado, soñado o deseado.
Se hallaba ese lugar en la mitad de la cascada, cerca de una especie de piscina de cristal, donde el torrente se dividía formando varias cascadas, demorándose antes de dar el salto final. La subida al reborde se hacía sobre empinados escalones rocosos, entrando y saliendo por las grietas del muro, y a lo largo de los bancales, bajo los cedros y los abetos, para salir por fin sobre una roca plana, con una pequeña caverna en su base a la que jamás llegaba el sol y la brisa de verano soplaba desde la cascada, templando el calor.
Durante más de un mes, Kent pasó junto a Lucy días encantadores, a veces por la mañana, otras veces por la tarde, a menudo a la luz de la luna y de las estrellas, y también en la oscuridad de la noche.
Soñaba con aquella extraña joven de los cañones, y jugaba con ella, contándole cuanto había visto y oído, lo que conocía, escuchando la historia de su vida, que ahora conocía bien, y deseando poder llevársela lejos de aquellos bandidos y facinerosos. Desde la primera noche de luna, Lucy le amaba, dulce, salvajemente, sin comprenderlo.
Kent halló un gran placer en educarla. Su padre no le había enseñado religión. Le había enseñado a Lucy a leer y a escribir, lo primero lo hacia bien y lo segundo con dificultad, deletreando bastante mal las palabras. Cuando Kent la riñó, ella se irritó, asegurándole que sólo le faltaba práctica, con lo que el joven se mostró conforme. Tampoco él era un gran lector, ya que su bagaje literario había sido muy escaso. Lucy no había visto jamás un libro de historia ni una geografía. Utah era una tierra vaga, más allá del río; Arizona una reserva de navajos. California un campo de oro, y de los demás estados y territorios sabía muy poco. Creía que todos los hombres compraban y vendían ganado, bebían, jugaban y se peleaban. Los demás, pocos, cuidaban de los campos y las cosechas. Moralmente, el peor hombre era el ladrón de caballos que debía ser ahorcado al instante. Declaró sin piedad que ella misma habla ayudado a colgar a Ben Bunge.
Las pocas mujeres que en diferentes períodos de tiempo había estado en el Agujero con los caballista de su padre, eran sus esposas, según Elway y Jeff, pero Lucy había oído comentarios entre los hombres, que discordaban entre sí. Y desde que había cumplido los quince años, Bonesteel se había impacientado por su ávida curiosidad. En el Agujero no había nacido nadie. Lucy había visto varios niños indios, que pertenecían a las esposas que seguían a sus bravos hombres por las rocas de los cañones, y tenía unas ideas muy particulares respecto a la forma en que esos niños indios vinieron al mundo.
Lucy hablaba tan bien como las demás chicas que Kent conocía. Era sólo cuando profundizaba cuando demostraba M su falta de conocimientos.
Los días transcurrían indolentemente, pero nunca eran iguales, a medida que el verano se desvanecía y el río iba | disminuyendo de caudal.
Usualmente, se encontraban en las grietas sombrías del a cañón, siempre por la tarde, y a veces por la noche. Pasaban horas en el repecho de la cascada, con «Piute» y «Rover», el perro de Jeff, ahora grandes amigos, hablando, des— m cansando, amándose, mirándose. Casi siempre contemplaban el río. A medida que su rugido y su caudal disminuían, el terror de la marea roja aumentaba.
Cuando estaba solo, Kent recorría los páramos como un indio, escuchando las voces de las rocas. Cuando estaba con Lucy, a pesar de su excitación, se sentía tan inmerso en su adoración, tan hechizado por su encanto, que no era él. Solo, volvía a ser el jinete, con todas sus facultades, su sensibilidad.
Una tarde, a la puesta del sol, poco después de separarse de Lucy, se quedó absorto al oír unos rumores que quebraron la serenidad del cañón: gritos humanos, cascos de caballos, tronar de pistolas.
—¡Dios mío... han llegado! —exclamó, y su primera sensación fue de alivio.
Era ya demasiado oscuro para trepar al reborde. Continuó cenando como de costumbre, dándole de comer a «Piute», pero se sintió inquieto y triste. Realizó sus tareas del campamento, sin terminarlas, y, cogiendo su rifle, corrió por los senderos ya bien conocidas, al amparo de las sombras.: «Piute» abría la marcha.
Cuando llegó al borde del claro, junto al torrente, ya era de noche, y esperó a Lucy como siempre. Vendría. ¡ Con más razón esta noche que las otras noches! Divisó varias luces y un resplandor amarillento, una fogata seguramente. Desde los pastos bajo la pared occidental, le llegó el rumor de los caballos. Kent aguzó el oído para oír las voces, pero fue en vano.
«Piute» se enderezó, husmeando. Olía u oía algo muy cerca. Después, restregó el hocico contra Kent, que se agachó en la roca.
Una forma surgió de la oscuridad Era Lucy, con una capa sobre los hombros. Sabía dónde encontrarle, igual que de día, y se echó en sus brazos jadeando.
—Han... llegado.
—Los he oído, cariño —replicó él, recostándola sobre la roca—. Me siento aliviado.
—Yo estoy... estoy... trastornada.
—Habla más bajo, Lucy —dijo interrumpiéndola él, con la serenidad que desde aquella tarde tenía.
—¿Estás asustado?
—Ahora no. Lo estuve. Pero los hombres no me asustan.
—Tampoco a mí —afirmó ella, riendo quedamente, como nunca la había oído Kent reír—. Creí que temblaría, pero no es así.
—Bien, la cosa no es tan mala.
—Estábamos cenando, y Jeff oyó un disparo. Salimos al porche. Jeff fue a atisbar entre los árboles. Y gritó. Después, ya no necesité oír las detonaciones y los gritos. Oh, me sentí enferma... Tenían un bote, cosa que papá no permitió jamás. Treinta caballos de carga... Todos estaban bebidos, excitados, alegres. Papá, Forman, Rigney, Kitsap, Goin, Westfall, Harkaway, y media docena de individuos desconocidos.
—¿Slotte? —inquirió Kent.
—¡Sí, maldito sea! —gritó la joven, con frialdad—. Vino. Con una camisa nueva y un pañuelo. Cabalgó al lado del bote para mantenerlos en seco. Estaba borracho... ¡Y papá, delante de todos! Me cogió como si yo fuese un saco, me besó con sus labios y su boca que apestaban a ron... ¡Oh, límpiame los labios, Kent! ¡Límpiamelos! ¡Bésame, por favor!
—Nos veremos, caballero Slotte —musitó Kent. Luego, la besó apasionadamente.
—Ah, ya estoy limpia —dijo sonriendo ella—. Déjame que te lo cuente, Kent. No debo quedarme aquí mucho tiempo. Salí corriendo del porche, detrás de Jeff. Éste se reunió con ellos bajo los árboles. Vi venir a papá, tan negro como una tormenta. Al principio, creí que estaba bebido. Pero no. Slotte se adelantó a papá y me cogió... Le pegué y grité: «¡Maldito ladrón.» Todos se echaron a reír, excepto papá. Me pareció que iba a matar a Slotte. Pero se limitó a subir al porche. Entonces, la banda empezó a desensillar los caballos y descargar a los otros, dejando los bultos bajo los árboles, maldiciendo y riendo. Oh, estaban muy animados. Todos, menos papá. Más de una vez le he visto así. Salió al porche con Jeff. «Leche y fruta para mí», pidió, añadiendo «Que esos canallas se guisen su propia cena. Tienen toneladas de víveres». Luego, se dejó caer sobre una silla, junto a la mesa. Fui hacia él, y le abracé. «Papá, le dije, me alegro de que hayas vuelto». Me cogió la mano y se acarició con ella la mejilla. «¡Ojalá no hubiera vuelto a tu lado, chiquilla! Al menos, no con este equipo que me ha obligado a coger Slotte. Han arrastrado maderas por entre las rocas y construyeron un bote. Éste es el fin del Agujero en el Muro», Después, empezó a cenar. Pronto, Slotte Seda lanzó un chillido que has debido oír. Papá soltó una maldición y yo me levanté. Entonces, vi lo que había hecho gritar a Slotte «Espada» está suelto en el rancho, como sabes, y en aquel momento llegaba relinchando bajo los algodoneros. Luego, Slotte miró largamente a mi caballo. Y se fue hacia el porche, llamando a Jeff. «¿Cómo diablos llegó hasta aquí ese maldito caballo?» Jeff se asomó. «Seda, no es un asunto tuyo. «Espada» se escapó de quien lo tenía y se presentó aquí solito.» «¡Eres un... un embustero! ¡Eres otro Bill Elway! Bonesteel, esto me parece muy raro.» Papá no le hizo mucho caso. Se limitó a levantar la vista. Algo le había cambiado «Seda, estoy tan sorprendido como tú. Si no crees a Jeff, pregúntale a Lucy. Mi hija no sabe mentir.» Slotte lanzó una risotada: «Eso no se lo cree ni el más inocente —rugió—. Todas las mujeres son unas mentirosas». Entonces, me miró con sus ojos helados y me hizo la misma pregunta que a Jeff. Me reí en su cara. «Espada» volvió a mí, Slotte. Ya sabía que no estaría mucho tiempo en tu poder.» «¿Solo? ¿Seguro que no sabes mentir?» «Papá me cree siempre, le contesté. Y a ti no te mentiría ni para salvar mi vida.» Entonces, papá | aporreó la mesa con el puño. «Slotte, me darás cuenta de \ todo esto más tarde. Sal del porche», se volvió hacia mí y añadió: «Créeme, Lucy, yo no sabía nada de esto. Ya sabes que no permitiría que nadie montase en tu caballo favorito. Slotte robó a «Espada». Y debe pagarlo. Lucy, las últimas palabras del viejo Bill las tengo presentes en la memoria: «Jefe, Slotte es tan escurridizo como la seda que siempre viste. Y llegará el día en que lamentará haberme des los pedido por su causa.» Lucy, ese día ha llegado. Cometí una terrible equivocación. Slotte está aliado con mis enemigos.
Juro que no lo sabía. Están allí fuera: Russ Harvey, Ney Roberts, Wess Simms, y otros tres que no conozco. Se unieron a nosotros en el cruce —ya tenían listo el bote—, y el secreto de mi rancho estaba traicionado.»
—¡Por el cielo! —gritó Kent, cuando Lucy hizo una pausa para recobrar el aliento—. El viejo Bill tenía razón. Lucy, esto será la ruina, la perdición de tu padre. La banda del Agujero en el Muro quedará dividida.
—Oh, si... Ojalá... dividida y borrada del mapa... Todos, menos mi padre. Oh, Kent, papá se ha comportado de una manera muy rara. No podía mirarme. Me habló, como por casualidad, de los negocios ganaderos, que había vendido una gran manada, que cuando sus caballistas se repartían el dinero con él, se lo quitaban casi todo... ¡Oh, pobre padre mió!
Me ama y se odia a sí mismo. No teme nada, salvo que yo sepa la verdad de su vida. Kent, no dejes que me olvide de avisarte. Si papá llega a descubrir quién me contó toda la verdad, te matará. Impediremos que lo sepa a toda costa.
—No temas. Yo no se lo diré.
—Me envió a su habitación, que está detrás de la mía —prosiguió Lucy—. Me quedé allí hasta que oscureció. Todos los demás estaban fuera en tomo a una gran hoguera, comiendo, brindando y riendo. Luego me dirigí a mi cuarto y j cogí la capa. Pero antes de poder salir, unos cuantos penetraron en el salón. Mi puerta estaba sólo entornada. Los observé. Jeff encendió la lámpara y puso leña en el fuego. Eran ocho. Yo conocía a dos: Slotte y Harkaway. Los otros naturalmente, formaban el equipo que ha traído Slotte: iguales que otros tipos que ya han estado aquí. Sólo uno, un individuo muy alto y delgado, con una cara zorruna, ojos escondidos y un bigote caído, era un tipo que no había visto jamás. Slotte les dijo que el jefe, o sea papá, no entrarla. Charlaron mucho rato. En otra ocasión te contaré lo que oí, y cómo eran todos. Ahora debo marcharme. Slotte es una serpiente. Quiere echar de aquí a papá o matarle. \Y quedarse conmigo! Comprendí que Ney Roberts es un famoso ladrón tan conocido en Utah como papá es desconocido. Y era el jefe de una banda enemiga de la del Agujero en él Muro.
—Slotte estaba disimulando. Adiviné que desea engañar a Roberts lo mismo que a papá. Hablaban en voz baja. A veces, no lograba captar sus palabras. Slotte iba a menudo a la puerta a mirar... Mañana te contaré mucho más.
Kent la acompañó en silencio hasta el puente del torrente.
—Ten cuidado. Hasta mañana.
—Te olvidas de algo —murmuró ella acercando su rostro.
Él la besó sin hablar, y contempló sus ojos bravíos y profundos. Luego la vio cruzar el puente y desvanecerse en la oscuridad. Volvía a quedarse solo. Las estrellas brillaban inalterables.
Kent Wingfield había pasado en su vida muchas noches sin dormir, y algunas con amigos al borde de la tumba. Pero el miedo que pasó durante aquellas horas, no era nada comparado con el que sentía ahora. Desde el momento en que Lucy se esfumó en las tinieblas, se vio enfrentado a la necesidad de encararse con Bonesteel y Slotte en su guarida, o, cuando Lucy volviera, llevársela a rastras y salir de entre aquellas rocas.
Durante horas luchó contra la idea de llevarse a Lucy a la fuerza, si no le seguía voluntariamente. Pero había demasiadas fisuras y grietas en las rocas. Él no había efectúa—; do una verdadera inspección. Si Lucy sabía dónde empezaban el camino, no se lo había dicho. Si se dedicaba a buscarlo; durante varios días, seguramente lo encontraría. Pero sería perder un tiempo precioso. ¿Y qué le ocurriría a Lucy? ¿Qué sería de la oportunidad de matar a Slotte y hacerse amigo de Bonesteel? ¿Y qué podía pasar con los recién llegados?; Kent había oído hablar de Ney Roberts, en el Tonto, y sabía que el reinado de Bonesteel tocaba a su fin. Éste era, más pronto o más tarde, el destino de los jefes de banda. Su propio carácter precipitaba su fin. Caían, tal como vivían:; por el revólver.
Además, Lucy era una extraña mezcla de inocencia y salvajismo, y tal vez jamás le perdonase a Kent que la arrancara de los brazos de su padre. En cambio, si él lograba ayudar a Bonesteel ella le amaría durante toda una eternidad. Lo malo era que por este lado sólo tenía una probabilidad J de éxito entre cada cien. Sin embargo, Kent sabía que en su interior se aferraba a esta posibilidad. Razonó en contra, se dijo que era una locura. Pero durante aquella vigilia, una y otra vez pensó en lo mismo, mientras el perro piute vigilaba a sus pies.
El resto de la noche lo pasó reajustando su plan, previendo hasta la menor contingencia. Podían dispararle desde una ventana de la cabaña o desde detrás de un árbol. Tales accidentes son corrientes en un país aislado, lo mismo que en las colonias de ganaderos. Pero a él no Le ocurriría porque tomaría precauciones contra cualquier eventualidad.
Lucy era la única faceta desconocida. ¿Cómo reaccionar ría? No podía pensar en enfrentarse con Slotte y hacerse amigo de Bonesteel sin que lo supiese Lucy. ¿Le traicionar ría por debilidad femenina en aquella hora tan peligrosa para su enamorado? Aunque así fuese, ello no le impediría enfrentarse con Slotte, lo cual sólo podía favorecer a Bonesteel y ayudarle a él a conseguir su amistad.



10

EL DÍA ahuyentó el viento frío de la noche, calentando el ambiente. Kent decidió llegar— al escondrijo de los bandidos en el momento en que empezasen a desperezarse después del descanso de tan largo viaje. Cruzó el puente del torrente y allí despidió a «Piute». Aquel paseo por el claro era el primero que daba a la luz del día.
Se internó bajo los algodoneros hacia la irregular hilera de cabañas, unidas por las techumbres bajo los porches. Algunos sectores de las cabañas de leños eran grises y cubiertos de musgo. La última construcción era nueva y mayor que las otras, hecha con troncos de abeto. Kent espió los indolentes movimientos de los hombres en tomo a una fogata, con las mantas y demás utensilios esparcidos bajo los árboles. Algunos entonaban una canción de la región ganadera. Más allá del campamento, bajo los árboles, relucía el río Colorado a la luz del sol. Y Kent recordó entonces las cortantes palabras del viejo Bill.
Su paso aplomado le condujo a través del grupo de algodoneros antes de que le hubiesen visto.
Un tipo que bajaba del porche se paró en seco. Se indinó y le miró atentamente. Después, saltó al suelo rápido. Su baja estatura, el negro sombrero y su cara de águila, indicaban que era Bonesteel. En aquel mismo instante, la fe comenzó a debilitarse en Kent.
El jefe llevaba una camisa de seda blanca, manchada, un cinto negro con hebilla de plata, un revólver colgando muy bajo, pegando contra los pantalones negros, que se metían dentro de unas botas altas.
Uno de los que estaban junto a la fogata lanzó un grito.
—¡Jefe! ¡Éste es el tipo que montaba a «Espada» en el puesto de Logan!
Estas palabras las habla pronunciado Goin. Otros miembros de la banda suspendieron sus tareas para levantar la vista. Uno que acarreaba unos cubos de agua los dejó caer. Cuatro hombres delgados, sentados aparte bajo un árbol, se levantaron a la, vez. Los ojos de Kent no perdieron ningún detalle.
—¿Quién eres? —preguntó Bonesteel. Tenía una voz clara y profunda.
—Me llamo Wingfield.
—¿De dónde vienes?
—Del Tonto, en Arizona. Tal vez sepas dónde está.
—¿Cómo has llegado aquí?
—Cabalgando a «Espada».
—¿Dónde lo cogiste?
—Se lo compré a Bunge.
Bonesteel se aproximó al claro, echándose atrás el sombrero para ver mejor. Tenía el cabello plateado y unos 0J06 tan penetrantes como dagas.
—Bien, mi buen forastero, ¿qué deseas? —preguntó el jefe, ¡tras una pausa.
—¡Busco a Slotte!
La sorpresa que experimentó Bonesteel fue extraordinaria.
—Yo soy el jefe de este equipo. ¿Qué tienes que ver con Slotte?
—¿Eres Bonesteel?
—Sí.
—Está bien. Te contestaré más tarde. Pero antes quiero a Slotte.
—¿Tienes algo contra él?
—Sí.
—Pues entonces, también está contra mí.
—No —replicó Kent—. No te conozco. Sólo voy detrás de Slotte. Él y su compinche sostuvieron una pelea conmigo en el puesto de Logan. Y desde entonces le voy siguiendo.
—Oh... ¿mataste a Neberyull?
—Creo que le llamaban Neb.
—¿Y fuiste tú quien hirió a Slotte?
—No fue bueno para mi, Bonesteel. Por esto estoy aquí.
—¡Ja, Ja, ja! —rió el jefe. Su risa tenía una nota diabólica.
—¡Seda! —añadió Bonesteel con aguda vos.
La respuesta «urgió de detrás de una choza, en tono impaciente.
—¡Malas noticias, Seda! —gritó Goin desde la fogata.
Tres figuras se hicieron visibles, la más asombrosa de las cuales no era la que llevaba una camisa de seda, sino un individuo todavía más digno de admiración que Bonesteel. Sus rasgos de zorro, su alicaído bigote amarillento; le identificaban como Ney Roberts, el célebre rival de Bonesteel en su malvado tráfico, pero los mismos poco tenían que ver con' su singular fuerza física. El tercero era más joven, tan derecho y bajo como un indio, con un cinto qUe le cubría desde las caderas a la cintura. Llevaba dos revólveres muy bajos.
—¡Qué diablos...! —chilló Slotte, al contemplar la escena.
Roberts dio muestras de sus dotes adivinatorias al apartarse hacia la hoguera. Pero el más joven permaneció al lado de Slotte con perversa mirada.
—¡Seda, te buscan! —gritó Bonesteel.
—Me asombra que seas tan testarudo. ¿Qué quieres?
—Yo no soy quien te busca —dijo el jefe con sarcasmo.
Entonces, Slotte miró más atentamente a Kent. De pronto, se envaró.
—¡Diablo! ¡El forastero!
Su estridente grito penetró por entre los árboles y las cabañas, resonando por los muros y llegando hasta el río.
Kent oyó unos pasos suaves. Lucy acababa de salir al porche. Primero, la joven vio a su padre, luego a Slotte y, por fin, a Kent solo, inmóvil. Ahogó un grito con la mano, y sus ojos se dilataron enormemente. Slotte lo observó todo lo mismo que el joven forastero. Pero Bonesteel estaba de espaldas a su hija.
El grueso cuello de Slotte parecía querer estallar. Sus ojos eran carbones encendidos.
—¡Bonesteel... mira a la zorra de tu hija! —gritó con estridencia, señalando a Lucy.
Bonesteel no se volvió.
—Slotte, nos veremos luego, cuando se haya largado tu joven visitante, y ya me explicarás esas palabras —exclamo Bonesteel mordiéndose los labios y como azotando a Slotte con su voz. Luego añadió, cambiando de tono—. Lucy, vete adentro.
—Paro, papá... ¿van a pelear? —No lo sé. Éste no es sitio para ti. Entra en la casa.
Lucy retrocedió, pero de repente se asió a la baranda y se quedó allí. Fue la última vez que la miró Kent, y sólo con el rabillo del ojo. Luego Kent miró a Slotte, a su bajito compañero y a los otros hombres que estaban aparte.
—¡Las manos quietas, muchachos! —ordenó Bonesteel—.
Éste es asunto de Slotte.
—Será mejor que obedezcáis —afirmó el joven—. Se trata de un asunto entre Slotte y yo. Y te pido, Slotte, que avances solo.
Era un desafío, y Kent sabía cómo picar la curiosidad de aquellos forajidos, siempre ávidos de duelos. Lo que hiciesen después, no importaba. Si Kent no se equivocaba en sus apreciaciones, todos querían que Slotte contestase al reto.
—Bonesteel —exclamó Slotte—. Éste fue el individuo que robó a «Espada», mató a Neberyull y me hizo una señal para toda la vida.
—Probablemente todo esto sea verdad, salvo lo primero —objetó el jefe—. Creo que este forastero que se llama Wingfield, no es un ladrón de caballos, al menos en lo tocante a «Espada». Ya que fue él quien lo devolvió.
—¡Te digo que...!
—¡ Díselo a él! —rugió Bonesteel.
—¿Qué quieres? —preguntó Slotte de pronto, cuando él y todos los presentes podían leer claramente en la mirada de Kent. Esto actuó poderosamente en él bandido. Y comprendió qué el joven podía dominarle otra vez con la pistola, como ya había hecho antes. Slotte tal vez no hubiese sido nunca cobarde, pero en aquel momento lo fue. De haber sido del mismo calibre que su enemigo, no le habría hecho tal pregunta. En aquella crisis de su vida, debilitó su propia seguridad y fortaleció la de su adversario. Y lo comprendió.
Y vio que Kent también lo había intuido, lo mismo que todos... y rompió a sudar.
—Slotte, ya sabía que tendría que obligarte a sacar el revólver —dijo burlándose Kent—. Y no me sorprenderla que tuviese que matarte a sangre fría. Tu amigote se mostró más valiente que tú. Aunque ahora tal vez se pregunte si valía la pena.
—Muchacho, no podrás largarte de aquí —le gritó Slotte.
—No pienso irme. Me quedaré. Pero este Agujero en el Muro no es bastante amplio para los dos.
—|Loco! ¿Qué quieres?
—¿Te olvidas de nuestra disputa? ¿De que sacaste contra mí? —rugió Kent con insolencia—. Tanto tú como tu compinche, sacasteis contra mí porque yo poseía el caballo que tú habías robado. Compré el caballo negro pero no pude demostrarlo, y ésta fue vuestra excusa. Me habrías asesina" do si te hubiese dado la oportunidad de dispararme por la espalda. Ignoro si tu jefe sabe lo cobarde que eres. Y estoy seguro de que los demás no lo saben. Precisamente ahora estás engañando a Bonesteel, como has hecho durante años, y como harás con tu nuevo compinche Roberts.
El rival de Bonesteel contestó a eso con una mirada penetrante llena de suspicacia.
—¿Vas a tragarte estas acusaciones, Slotte? Esté forastero habla mucho. ¡Y sabe demasiado!
—¡ No te metas en esto! —gruñó Kent—. Y tal vez te, enteres de algo.
—Sigue, Wingfield, para mi no estás hablando demasiada! —intervino Bonesteel.
—Slotte, resulta que sé que eres un estafador y un hombre con dos caras —continuó Kent osadamente—. Yo era amigo de un viejo explorador del desierto. Se llamaba Bill Elway.
Todos los rostros expresaron sorpresa y consternación ante esta noticia. Kent hizo una pausa. Éstas eran sus mejores cartas, y cuanto más tiempo las tuviera en la mano, mejor iría la jugada.
—Continua, Wingfield —le ordeno Bonesteel.
—Cuando Elway se moría, yo estaba a su lado. Y antes de exhalar el último suspiro, me pidió que si alguna vez me tropezaba con un tal Slotte, lo acribillara a balazos. Aquella noche, acampé muy cerca de ti en el desierto. Me arrastré y escuché. Supongo que Kitsap y Goin recordarán que oyeron unos crujidos entre la salvia. Era yo. Acababa de encontrarme con Bunge, que llegó a mi campamento, jurando que había sido robado por Slotte Seda. Me vendió el caballo negro. Bien, te seguí hasta el puesto de Logan, donde pretendiste matarme, y donde sólo obtuviste esta señal en la sien. Te seguí por el Segi, por las tierras altas, a través de San Juan y por los cañones. En el vado del río me vi perdido, pero «Espada» no. Y aquí estoy, Slotte. Y esta vez voy a señalarte en el centro.
Cuando Kent terminó su arenga, Slotte empezó a bajar y levantar la cabeza como un toro la testuz a punto de embestir, extendidas las manos, muy bajas, como asiendo el aire. Era una fiera al acecho. Estaba de espaldas a la pared, y la pasión le enloquecía.
Bonesteel saltó al porche.
—¡Cuidado, Crothers! —le advirtió al compañero de Slotte—. ¿No te das cuenta de a quién apoyas?
—Hola —dijo el aludido, mirando a Kent y reconociéndole.
—Ah, sí, te conozco, Crothers —dijo Kent.
—¡Eres del Tonto, lo sé, te conozco! —exclamó el bandido, bajando las manos. Uno de sus brazos chocó contra Slotte, que iba a «sacar». El revólver de Kent ya estaba en su mano. Cuando disparó, Crothers cayó como un saco vacío. Su segundo proyectil destruyó el movimiento de Slotte. Éste giró sobre sí mismo, lanzando un chillido inhumano, soltando la pistola, con el rostro súbitamente desencajado. El tercer disparo de Kent hizo que la bala se incrustara en su carne, atravesándole y fuese a alojarse en una tabla de la cabaña. Slotte jadeó espasmódicamente, mientras caía al suelo. Su camisa de seda blanca se tiñó de rojo. Pero debido quizá a su tremenda vitalidad, se incorporó trabajosamente, tropezando y tambaleándose, yendo hacia el porche, aspirando afanosamente el aire.
—¡Acaba tu trabajo! —gritó Bonesteel horrorizado.
Pero Kent no quería desperdiciar otro proyectil en un hombre que ya estaba muerto. Sus ojos fueron de Slotte a Roberts. Éste forajido también estaba obsesionado por el trágico fin del conspirador que había traicionado a Bonesteel.
—Todo... oscuro... —jadeó Slotte, con un sonido gutural, mientras buscaba algo, probablemente la vida que se le escapaba del cuerpo—. No... veo... Ya es... de noche... —tuvo una última reacción consciente y exclamó—: ¡Ah... me muero! ¡El... jinete! ¡Lucy... maldita sea... tu alma! ¡Matadle, chicos... matadle! ¡Ney...! ¡Slim!... ¡Es el fin...! ¡Dios mío!
Había logrado subir al porche y de pronto se abalanzó sobre la barandilla, que se rompió bajo su peso y salió despedido al suelo.
Bonesteel le dedicó una última mirada al muerto y luego movió un brazo imperiosamente hacia Kent.
—¡Ven, Wingfield! —y saltó al porche de nuevo.
Fue entonces cuando el joven divisó a Lucy, asida al poste, desplomándose lentamente con el cabello rubio sobre él rostro. Su padre la cogió en brazos y la transportó al interior.
Kent retrocedió hacia el porche, bajo el revólver, amenazando & los demás. Bonesteel volvió a asomarse.
—¡Eh, Roberts, tú y tu equipó! —gritó—. Ya has visto lo que le ha ocurrido a Slotte. Yo no conocía a ese Wingfield. Sólo sé lo que ha dicho. Slotte era un cobarde. ¿De parte de quién estás?
—Oh, Bonesteel, todo ha sido tan rápido... —gruñó Ney Roberts, enseñando los dientes—. Supongamos que tú hablas primero.
—Voy a hacerlo. Este forastero me ha prestado un buen servicio. No ha necesitado a nadie que le apoyase, pero si tú te pones de parte de Slotte, yo le apoyaré.
—Bien, no pienso tomar la defensa de un muerto, fuesen cuales fuesen mis relaciones con él.
—Roberts, no sabía que Slotte iba a traerte aquí.
—Dijo que tú me necesitabas. Bien, supongo que fue una treta. Pero vine.
—Slotte era un embustero —declaró el jefe con amargura—. Y tiene lo que se merecía. Me molesta tu presencial aquí. Y estoy dispuesto a pagarte bien, a condición de que te largues y te olvides del secreto del Agujero en el Muro.
—Ajá... ¿Pagarás todas las molestias que hemos sufrido mis chicos y yo?
—Sí, si te pones en razón.
—Bien, he de discutirlo con Simms y pensarlo luego.
—Roberts, esto me hace suponer que podrías rechazar mi oferta, o no marcharte del rancho.
—Seguro, eso me parece a mí. Durante años oí hablar de este agujero y siempre tuve gran curiosidad por verlo. Bonesteel, no eres muy hospitalario.
—De acuerdo. Pero reconocerás que las circunstancias no se prestan a ello. Goin, haz que alguien te ayude a llevar esos cadáveres a la orilla y enterradlos.
—Bien, Bonesteel, si me disculpas, tengo algo que hacer —observó Roberts—. Slotte lleva encima un rollo de billetes de banco, y como me debía dinero, será mejor que le registre antes.
—Puedes quedarte con el dinero. Pero recordaré el insulto. Hallarás herramientas en el cobertizo... y las tumbas de catorce tipos en la orilla.
—¿Tantos? Eres un bandido muy sociable, viviendo con todos esos hermanos en este agujero. Seguro que es un lugar divertido. Me gustará.
—De acuerdo, por ahora dejaremos las cosas como están. —Esto es sentido común, considerando que sería una necedad provocar una pelea.
Durante todo el coloquio, Kent había estado en la puerta, escuchando y vigilando, con el revólver en la mano. Sólo una vez se asomó al interior, logrando distinguir el pálido rostro de Lucy.
La joven se llevó un dedo a los labios, elocuente gesto que no necesitaba de palabras.
Bonesteel se apartó de la rota barandilla, chispeantes los ojos, y empujó a Kent hacia el saloncito.
—¿Puedo ofrecerte un trago, Wingfield? —le preguntó con ironía, como dudando de que el joven poseyese tanto nervio.
—No, gracias.
—Siéntate donde pueda verte. Bien, debo admitir que fue una admirable sesión de puntería. ¡Slotte era un buey! ¿Era un antiguo conocido ese Crothers?
—¿Era amigo tuyo o de Roberts?
—Mío, no. Y creo que tampoco de Roberts. Slotte lo conocía. Quería que le diese trabajo. ¿Qué era Crothers en el Tonto?
—Un pequeño cuatrero.
—¿Bueno con las armas?
—Aceptable.
—«Sacaba» con la izquierda. Y chocó con Slotte. Pero de haber éste sacado solo... también habría sido demasiado lento, ¿eh, Wingfield?
—Creo que sí. Yo iba con el equipo del Trincante.
—¿Sí? Tienen mala reputación.
—Se la merecen. Pero había dos equipos del Trincante.
—Aja... Bien, no me digas que aprendiste a «sacar» cabalgando para el buen equipo. ¿Qué te contó Bill Elway?
—No mucho. Era bastante callado. Y prácticamente no me dijo nada hasta que estuvo muriéndose.
—¿Entonces... murió?
Kent le relató brevemente a Bonesteel sus vagabundeos can Elway, cómo llegaron a extraviarse y la muerte del anciano.
—Pobre Bill... ¿Te dijo algo de mí?
—¿De ti? No... —replicó Kent sorprendido.
—¿Y de Slotte?
—No mucho. Tampoco yo le prestaba atención. Se estaba muriendo. Slotte hundió a Elway. Éste me contó que Slotte frecuentaba los garitos y los puestos indios de los poblados de Arizona. Que jugaba y que bebía. ¡Que era un diablo con las chicas! Tuve suerte de tropezar con Bunge. Entonces me vendió el caballo y me dijo que Slotte estaba acampado muy cerca de donde yo acampaba. Por esto fui arrastrando^ me hasta allí.
—¿Dónde estaba el campamento? ¿Más abajo del Segi?
—Sí, cerca del Lago Rojo.
—¿Viste a Logan?
—Sí. Cené allí. Y en el almacén tuvimos la disputa, Antes, Neberyull se había propasado de palabra con Geysha, m la hija mestiza de Logan...
—La conozco. Una chica decente. Logan es amigo mío. Wingfield, no esperarás que crea que viniste del norte de Arizona para comprar caballos y hacerte amigo de las muchachas indias...
—No lo dije.
—¿Qué hacías, entonces?
—Buscaba las rocas.
—¿Qué rocas?
—La región de los cañones.
—Ajá... ¿Perseguido?
—Exacto.
—Perdona mi interrogatorio. Esto es sólo una charla. ¿Qué vas a hacer?
—Bonesteel, esto no es asunto tuyo. Créeme, no te habría contado tantas cosas de no haberme visto aquí atrapado.
—¿Cuánto tiempo llevas por estos andurriales?
—No llevo la cuenta. Semanas. Pero me he alimentado con carne fresca, verduras y frutas.
—¿Viste a Jeff?
—Vi a un tipo en los huertos.
—¿Viste a mi hija?
—Vi a una muchacha de cabellos rubios cabalgando por los campos de salvia.
—¿Por qué bajaste tan bajo?
—Rastreé a Slotte hasta aquí. Quería verle antes de tropezar con nadie. Pero no conseguí llegar hasta aquí hasta asta mañana.
—Habla bajo —le advirtió el jefe en un susurro, señalando el cuarto contiguo—. Mi hija ha vivido aquí desde que a era una niña muy pequeña y no sabe nada. ¿Cuál te imaginas que es tu situación aquí, Wingfield?
—Muy sencilla. Hace años que oigo hablar del Agujero en el Muro. Y de la banda que se esconde aquí. Tú eres el Jefe, Bonesteel, Slotte intentaba ocupar tu lugar, apoderarse de tu ganado, de tu dinero... y de tu hija. Yo he tenido la suerte de suprimirle a la mañana siguiente de haber venido él con su propia banda. No te fíes, Bonesteel. Este Roberts es un hueso duro de roer. En Arizona es muy conocido, un pistolero de primera clase, ladrón de caballos y un malvado rufián de las cordilleras de Utah.
—Exacto —murmuró Bonesteel—. Ya has oído lo que le dije.
—Sí, pero no fue bastante duro, Bonesteel.
—No estoy seguro de mis hombres —confesó el jefe—. Slotte les convenció seguramente, de la misma manera que me engañó a mí. Pondría las manos en el fuego por Kitsap y Rigney, y creo que Harkaway también es leal. Pero no estoy seguro. Forman está en medio y Goin no me aprecia.
—Gracias por tus confidencias. El asunto se presenta mal, Bonesteel. He llegado a tiempo. ¡Mi buena suerte!
—Dirás la mía. ¿Acierto, Wingfield? ¿Quieres unirte a mí?
—Pues... sí.
—Es una tontería en un joven que podría andar derecho.
—Bonesteel, te respaldaré hasta que me quede completamente sin pelo.
—¿Por qué? ¿Por cuánto?
—¡Al diablo tu dinero! —replicó Kent—. Slotte me ha arrastrado hasta aquí. Y la vista de Roberts me asquea Además, vi a tu hija. Confía en mí. Ella no sabrá la verdad, ni lo que es tu gente y este Agujero al que llamáis rancho. Creo que deseo ayudar a su padre para ayudarla a ella.
—Ésta es mi mano —dijo Bonesteel, dándole a Kent un férreo apretón de manos—. Me gusta tu modo de hablar, forastero del Tonto. Entre ambos conseguiremos dominar a Ney Roberts.
—Opino que Roberts no hará nada de momento —observó Kent—. Pero si tienes dinero escondido aquí, y Slotte lo sabía, tendremos que pelear.
—Slotte sólo lo sospechaba. Ahora lo comprendo. Esperaba el momento propicio para robarme.
—Me extraña que aguardase tanto tiempo, Bonesteel.
—Tuvo que hacerlo. Aquí estaba Lucy. Sospecho que la deseaba. Lo vi la última noche que la besó delante de mí. De buena gana lo habría matado. Pero él y el equipo de Roberts me preocupaban. Lucy lo rechazó como una gatita salvaje, esto es verdad...
Un tablero en la puerta interrumpió la frase del jefe.
—Papá —llamó Lucy.
—¿Qué pasa, chiquilla?
—¿Puedo entrar? Usos desconocidos están andando junto a mi ventana.
Bonesteel maldijo en voz alta y vaciló un momento antes de contestar:
—Sí, pasa.
La puerta se abrió crujiendo sobre sus goznes. Apareció. Lucy, muy pálida,, con los labios entreabiertos. Kent temió lo que podría decir.
—Lucy, éste es el joven que te devolvió a «Espada» —dijo Bonesteel—. Debes darle las gracias. Wingfield, ésta es mi bija.
—Encantado de conocerla, señorita —y Kent se indinó ante Lucy.
La joven contestó con voz inaudible, con sus ojos dilatados fijos en Kent. Seguramente, aquel aspecto suyo que no conocía, el del pistolero, le convertía en un extraño a sus ojos.
—Muchacha, me desobedeciste. Te ordené que entraras.
—No podía, papá.
—¿Lo viste todo?
—Sí.
—Lo siento. Pero pudo ser peor. Slotte me estafaba, Lucy. Estaba enredado con ese Roberts, un cuatrero. No sé hasta i qué punto.
—¿Roberts? Le he visto mirándome por la ventana. Parecían arderle los ojos.
—Tiene una mirada perversa, tengo que reconocerlo. Pero estos hombres no deben verte —exclamó Bonesteel con vehemencia.
—Papá, nada bueno ocurrirá, si esos desconocidos se quedan aquí
—No se quedarán con mi «permiso —rezongó el jefe, levantándose—. Iré a ver qué hacen... Lucy, puedes conversar con Wingfield hasta que vuelva. Pero antes ve a la cocina. Todavía no nos hemos desayunado.
Bonesteel salió, firme el paso. Kent se puso a escuchar con inquietud, y se habría asomado a la puerta de no ser por Lucy. La joven se le acercó, con ojos llenos de reproches.

11

LA PROXIMIDAD de Lucy, la mano que llegaba hasta él, elocuente en su llamada, le hizo volver a sí mismo. Y se dispuso a contestar.,
—¿Por qué no permaneciste escondido? —le preguntó ella suplicante—. Yo hubiese ido a reunirme contigo en cuanto hubiese podido.
—Lucy, reflexioné toda la noche. Sólo habla un camino.
—es el que he seguido. No seas tonta. Con Slotte vivo, ¿qué K hubiera sucedido? Compréndelo, chiquilla. Tú eres la hija de Bonesteel.
. —Kent, te portaste horriblemente. No sabia que tú... Creo que hiciste lo que debías por mi padre y por mí. Pero tuve miedo por ti. ¡Oh, jamás había sentido lo mismo! Era como si fuese a morirme, y no podía.
—Me dijiste que habías presenciado varias peleas. Que habías visto morir a varios hombres.
—¡Sí... pero no los quería. Oh, Kent, oí todo lo que hablasteis tú y papá. Le has mentido. Sí, has sido muy listo.
Le dejaste creer que te perseguían... que habías hecho alguna cosa mala. Se lo dejaste suponer... y, naturalmente, ahora cree que eres un pistolero.
—Querida, nunca te lo dije, pero creo que en el fondo lo soy-replicó él bajando la cabeza.
—Kent, un pistolero, no siempre es un ladrón, ni un cuatrero ni un asesino.
—No siempre, Lucy. Yo no lo fui. Te lo juro, Lucy.
—¡Oh, cariño! No tienes que jurármelo. Escucha, no me importa lo que hayas sido... ni las peleas que sostuviste. Comprendo que tú nos has salvado a papá y a mí de Dios sabe qué. Pero si papá recupera su libertad de acción, querrá que le acompañes en sus... en sus viajes. Y estarás en sus manos, i Serías un aliado de mi padre, del jefe de una banda de ladrones! ¡Kent, no permitiré que hagas nada deshonroso! Ni para salvar la vida de papá... ni para proteger! esa inocencia mía que tú me has hecho comprender.
—Lucy, ¿qué otra cosa puedo hacer? —murmuró Kent roncamente.
—No lo sé.
—Lucy, si llevo adelante mi juego tal como lo veo... si llegó al límite con Bonesteel, siempre por una cosa, para i conseguirte al final, esto mataría tu amor por mí?
—No, Kent. Soy tuya. Pero impediré que papá té convierta en un bandido.
—Por el cielo, chiquilla... Prefiero ser un bandido que perderte. Yo...
—Calla, viene papá.
Bonesteel no hacía ruido al andar pero su sombra se había dibujado en la puerta vidriera.
—Vamos a comer —exclamó, y les condujo al porche, donde Jeff había sacado la mesa de la cocina. Se sentaron en bancos de madera.
—Lucy, todavía estás muy pálida. Y tú, Wingfield, tampoco pareces tan animado. ¿De qué estuvisteis hablando?
—Creo que me hizo avergonzarme de mis actos.
—En absoluto, chico. Soy egoísta reservado. Pero, si soy así... ¿cuál dijiste que era tu nombre de pila?
—No se lo dije, Kent.
—Esto está mejor. No me gustan los nombres largos. ¿-J Bien, el equipo de Roberts ha desnudado a Slotte y a Crothers hasta los calcetines. Dejaron, sin embargo, que mis;; hombres los enterrasen. Ahora están comiendo juntos, lo cual no está tan mal. Creo que no habrá ninguna pelea, a menos; de que yo la promueva. Este lugar le gusta a Roberts... ¿Qué tenías en tu escondite, Kent?
—No mucho. Una silla, una brida, un rifle, unos cartuchos, una sábana y un perro.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el Segi. Un perro piute, medio lobo.
—Bien, podrías ir a buscar tus cosas e instalarte en el salón.
—Papá, quiero que se pongan barrotes en mi ventana trasera. Roberts se asoma y me hace muecas.
—Se lo diré a Jeff. Y, Lucy —contestó Bonesteel—, mientras tengamos aquí a tan honorables invitados, te quedarás dentro de casa o, a lo sumo, en el porche. Aguardaremos los acontecimientos. Kent, mantén los ojos y los oídos bien abiertos, de día y de noche, mientras esos bribones estén aquí
—«Piute» nos prestará un buen servido —dijo Kent—. Es un perro muy listo. Siempre parece saber lo que estoy pensando. Ni una ardilla podría acercárseme mientras duermo, si «Piute» está a mi lado.
«Piute» esperaba a Kent al otro lado del puente. La vista del perro causó un efecto agradable en el joven.
—Hola amiguito —le dijo saludándolo—. Anda, vamos.
Kent trepó al repecho diciéndose que lo subía por última vez. Desde allí contempló el valle, descubriendo que, en unas cuantas horas, sus sentimientos habían cambiado. Todo le parecía mucho más hermoso.
Poco después se hallaba de vuelta en el rancho, con todas sus pertenencias, seguido por «Piute». Se dirigió a la cabaña, y a la estancia que le habían destinado sin que nadie le viera. Ni Lucy, ni Jeff ni Bonesteel estaban tampoco allí.
El primer trabajo de Kent, después de haberlo dejado todo, fue cerrar la puerta y ver si podía hallar el resquicio en la pared norte de la casa, por el que la primera noche había estado espiando a Jeff y a Lucy. Al fin lo halló, entre dos tablas muy próximas.
Tuvo suerte, ya que así podría ver cuanto ocurría al otro lado de la cabaña. En el campamento de los recién llegados, no se había producido ningún cambio. Kent reconoció a Kitsap y a Roberts. Goin no estaba presente. Calculó que de los ocho, cinco pertenecían al equipo de Roberts, y los otros tres debían ser de la banda de Bonesteel. Sabia que traía que vigilarlos a todos de cuando en cuando. En esta clase de trabajos era muy listo, habiendo hecho su aprendizaje en la banda del Trinchante. Podía leer en la mente de los bandidos a través de sus acciones.
Sin hacer ruido, arrastró un sillón hasta allí para poder vigilar cómodamente. Ocasionalmente, captaba una palabra, y pensó que en el silencio de la noche conseguiría oír una conversación.
A mediodía, uno de los hombres, un individuo de mala catadura, el de peor aspecto, le echó leña a la hoguera, trajo dos cubos de agua del arroyo, y en seguida se puso a amasar harina en una enorme cazuela. Los otros fumaban y charlaban.
Al cabo de varias horas de atenta vigilancia, Kent llegó a la convicción de que no existía bastante intensidad ni cautela en lo que decían los bandidos como para ¡poder conjeturar que estuviesen planeando algo inmediato. Roberts, siempre tan frío, podía engañar a Kent respecto al modo de funcionar su cerebro, pero todos en conjunto no podían. Los hombres de carácter excepcional reaccionan con naturalidad ante las intrigas y planes siniestros, y un espía atento, con tiempo para vigilar, inevitablemente llega a estar al corriente de esas intenciones. Aquella banda estaba compuesta por individuos agotados, que descansaban después de un asalto provechoso, se reían indolentemente ante alguna broma, o hablaban con aire sombrío de la tragedia de aquella mañana. Aunque tal estado de cosas, naturalmente, no duraría mucho.
Por lo tanto, Kent llegó a la conclusión de que podía dejarse ver fuera. La puerta de la cabaña era alta y ancha $ giraba con facilidad, y cuando la abrió, una oleada de luz le saltó a los ojos. Kent salió con el perro pegado a sus talones.
Jeff estaba reparando la barandilla que Slotte había roto en su caída, aunque evidentemente, no era buen carpintero.
—Oye, jovencito —gruñó a Kent al verle—, la próxima vez que te sientas tan destructor, procura no causar daños que yo tenga que reparar.
—Oh, Jeff, espero no tener que volver a emplear la fuerza. ¿Crees que me gusta?
—Sí, diablo. Y este agujero es el lugar donde más se pelea en Utah.
—Bien, permíteme que te ayude. Soy bastante bueno con las herramientas —dijo ofreciéndose Kent.
—Vaya, eres un chico decente.
Kent, acto seguido, tomó a su cargo la labor del viejo Jeff, charlando de cuando en cuando mientras trabajaba. Necesitaba mostrarse simpático, sin dejar entrever su curiosidad. No era difícil conquistar el afecto de Jeff. Una vez hubieron reparado la barandilla, procedieron a hacer lo mismo con el suelo, perjudicado también por la caída de Slotte.
—Caramba, esto le gustará al jefe —comentó Jeff sonriendo con satisfacción—. Y te apuesto dos peniques a que nos ordenará hacer algo más.
—No me importará, Jeff. Creo que mis nervios necesitan relajarse de cuando en cuando.
—¿Pero tienes nervios? —preguntó asombrado el viejo.
—Claro. Y me pondría más nervioso sí no tuviese nada que hacer.
—Ya. Me gusta tu modo de hablar, joven, y opino que no te faltará trabajo.
—Perfecto, Jeff. También tú me gustas, aunque tu mirada me hace dudar a veces.
—Lucy dice que soy un hombre engañoso.
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Kent distraídamente.
—En su cuarto. Nos ha mirado un par de veces. No parece sentirse feliz, Wingfield.
—Supongo que esto era de esperar. ¿Es que ha sido feliz aquí alguna vez?
—Tan feliz como un girasol... cuando se encontraba sola aquí. ¡Vaya, es una vergüenza!
—¿Qué te pasa, Jeff?
—Wingfield, nuestro buen Roberts viene hacia nosotros —susurró Jeff apesadumbradamente.
—Ya lo veo.
—Ajá... No lleva pistola y parece venir en plan amistoso. Pero, hijo, tómalo con un grano de sal. Roberts es tan listo como malvado.
—Gracias por la advertencia, Jeff.
Mientras el cocinero recogía sus herramientas y la lata de clavos, Kent prestó atención al jefe de los bandidos. Era un hombre joven aún, alto, delgado pero con poderosos hombros, rubio y con un rostro afilado.
—¿Te molestaría charlar un rato conmigo, Wingfield?
—preguntó al llegar al porche.
—Pues no. Éste es un país libre —repuso Kent lentamente, tratando de no mostrar su curiosidad.
Roberts apoyó su alta figura contra el poste, mientras encendía plácidamente un cigarrillo.
—Quería decirte que ese Slotte no era camarada mío.
—¿No? Pues me dio esa impresión.
—Bueno, las cosas no siempre son lo que parecen. Slotte me trajo aquí e ¡hicimos un trato, pero no me engañó. Y no me importa añadir que no estoy enojado contigo por haberle liquidado.
Kent sopesó cuidadosamente esta declaración. Desde cerca, Ney Roberts poseía cierto insidioso atractivo, tan notable como su aspecto. Kent creía en sus palabras, pero no en que éstas fueran una prueba de honradez del bandido. Éste era más retorcido y tenía un motivo.
Vaya, esto me quita un peso de encima, Roberts —repuso Kent, con franqueza—. ¿Y ese otro individuo... Crothers?
—No lo conocía. No lo vi hasta que Slotte lo trajo a mi campamento. Wess tropezó con él en no sé dónde. Un ladronzuelo de ganado de poca monta, procedente de Arizona, y no lo echaremos de menos.
—Ajá. O sea que, en lo que respecta a esos dos hombres no estoy en malas relaciones contigo.
—Exactamente. Se lo dije asimismo esta mañana a Bonesteel. Y me contestó que esto no alteraba el hecho de que yo sí estuviese a malas con él. O él conmigo.
—Oh, Roberts, ¿no comprendes su punto de vista? Después de haber mantenido escondido este maravilloso lugar durante todos estos años, ver ahora que unos desconocidos; irrumpen en él...
—Por supuesto, resulta duro. Pero yo vine de buena fe. Bonesteel y yo hemos sido enemigos naturales sin habernos visto jamás ni habernos jugado ninguna mala pasada. Slotte juró que podríamos beneficiamos mutuamente. Pero ahora sospecho que lo único que quería era que yo le ayudase a quitar a Bonesteel de en medio.
—Claro. Y Bonesteel también lo sospechaba. ¿Cuál fue el trato que hizo Slotte contigo?
—Me hizo creer que Bonesteel nos aceptaría a mí y a mi equipo. No era una mala idea. Las cosas se estaban poniendo al rojo vivo para mí, en el Sevier.
—¿Se lo dijiste a Bonesteel?
—Esta mañana. Pero no le ha satisfecho mucho. ¿Cuál es tu opinión, Wingfield? Nosotros sabemos bien quién ha estado azotando a Utah todos estos años, quién dirige la banda del Agujero en el Muro y dónde se esconde.
—Ante esto —contestó Kent ponderadamente—, diré que no te conozco lo suficiente a ti, ni a Bonesteel, para pronunciarme.
—Bueno, ya debes haber oído hablar de mí —replicó el forajido lanzando una carcajada.
—Sí, y nada halagadoramente.
—Ningún juicio podría hacerle justicia a mi equipo... ni a mí. Pero Bonesteel es algo diferente.
—Supongo que sí.
—Wingfield, aunque joven por tu edad —añadió Roberts—, debes tener experiencia en esta clase de tratos.
—Tal vez —repuso Kent, evasivamente.
—No necesitas confesármelo. Jamás siento curiosidad por los hombres de tu temple. Bien, Bonesteel me contó que te perseguían y que buscaste refugio aquí.
—Eso es lo que le dije, Roberts.
—Por el momento, es suficiente para mí. Si nos juntásemos Bonesteel y yo, tú necesitarías asociarte con nosotros. De nada te serviría querer independizarte de las dos bandas. Recuerdo que Crothers habló de algunos pistoleros del Tonto, afirmando que todos llevan sangre tejana en las venas, y que son el mismo demonio «sacando». Tal vez seas uno de ellos, y en tal caso, te convendría asociarte con nosotros, y a nosotros también. Por otra parte, quizás seas sólo un tipo salvaje del Tonto, una pistola sola, esto lo has demostrado, pero no un cuatrero ni un ladrón. Podrías haber venido a este agujero atraído sólo por las faldas de la chica de Bonesteel... ¿Hablo claro, Wingfield?
—Bastante —asintió Kent con frialdad.
—No hay ofensa en ello. Y ahora, te diré algo sobre Bonesteel. Puedes repetirle mis palabras, según tu buen juicio. Pero Bonesteel es un hombre' doble. Jamás había oído hablar de él como Avil Bonesteel, hasta que Slotte me lo nombró. Y este nombre, no hay duda, es el suyo verdadero. El otro, ya lo averiguarás por ti mismo. Bajo éste, opera en Utah, desde Panguitch hasta la tierra de los cañones. Cría ganado, compra, vende y entra en toda clase de transacciones. Tiene familia al otro lado del río. Slotte no me dijo dónde, salvo que existía otra esposa. Slotte afirmó que esa chica rubia como el oro no sabía realmente quién es Bonesteel. Slotte sospechaba que la muchacha es una bastarda, y él iba a contárselo. Supuse que Slotte se guardaba este triunfo en la manga para conquistar a la chica. Si ésta es inocente, como parece, hubiese sido una mala acción por parte de Slotte. Y ahora, Wingfield, supongo que ya sabes que Bonesteel no pasa ni la mitad de su tiempo en este agujero. Monta algunos robos al otro lado del río, pero muy espaciadamente, y luego se esconde aquí hasta que ha pasado el peligro.
—Exacto. Sí, éste es su juego. ¿Pero qué hace con el ganado?
—Wingfield, te hablaré con claridad, porque siempre soy claro. Slotte no me lo contó. Ni tampoco conocía a los socios de Bonesteel. Pero sí me dijo que éste vende parte del ganado «a sí mismo», marcándolos y vendiéndolos más adelante en los mercados del norte. Una gran idea, de ser cierta.
—Pero Slotte debía saberlo.
—Seguro. Y no quiso decirlo. No era leal ni con Bonesteel ni conmigo. Esto ya lo supuse desde un principio.
—Sí, jugaba con los dos y se quedaba en medio. Bien, Roberts, supongo que no me estarás contando todo esto por el mero afán de murmurar.
—Si eres tan listo como me imagino, comprenderás que es así. Bonesteel y yo vamos a unirnos... seguramente. En tal caso, tendrás que decidirte, mi buen caballista del Tonto. Si no... bien, tal vez te decidas sólo por él. Y esto no animará nada al equipo de Ney Roberts. únicamente por esto he puesto mis cartas sobre la mesa. Podrías ayudarnos a convencer a Bonesteel. Seguramente te darás cuenta de que es preferible para todos que nos unamos que no que luchemos. Y nada más, Wingfield. Tómate el tiempo que quieras para pensarlo... antes de hablar con Bonesteel.
—Ajá... Me gustaría meditarlo durante un año —dijo riéndose Kent.
—No sería razonable —contestó Roberts, con sequedad—. Si eres lo que afirmas ser, tendrás que demostrarlo pronto.
Roberts se alejó, aspirando por última vez su cigarrillo, antes de arrojarlo al suelo. Aparentemente, sus hombres no habían prestado particular atención a su charla con Kent.
Éste salió a pasear por entre los algodoneros. Roberts podía ser, y probablemente lo fuese, todo lo que había dicho. Pero también parecía claro que pretendía ser el ejemplo de lo que en la frontera se llamaba el honor entre ladrones. Kent creía todo lo que el forajido le había dicho.
Y admitía asimismo que Roberts poseía un gran atractivo personal. Le gustaba el hombre. Y de haberse visto perseguido verdaderamente, como le había hecho creer a Bonesteel, tal vez habría acabado por ingresar en la banda de Roberts. ¿Era el bandido bastante sagaz para darse cuenta de esto?
Al fin, Kent se dirigió hacia el extremo occidental de la larga serie de cabañas. Aquella parte era muy antigua, e indudablemente había sido construida antes de que Bonesteel llegase al Agujero. Más allá se elevaban varios cobertizos y almacenes, y una estructura de techo amplio y sin paredes, donde almacenaban la alfalfa, los barriles y las alambradas. Kent pensó que ciertamente le habría gustado poseer un rancho semejante cerca de Wagontongue.
A la vuelta pasó por delante del porche, frente a cuatro cabañas unidas todas por el mismo tejado, pero con un espacio de separación entre ellas, antes de llegar a la cocina. Desde allí, parecía haber sólo una cabaña con divisiones. La puerta del aposento de Bonesteel estaba cerrada y también la de Lucy.
Kent se encerró en su habitación, se sentía inquieto e inseguro.
Llamó a la puerta del cuarto de Lucy.
—¿Estás ahí, Lucy?
Oyó los pasos suaves de la joven acercándose a la puerta.
—Sí, Kent.
—¿Estás bien?
—No. ¿Cómo podría estarlo después de tu... tu espectáculo?
—¿Puedo entrar?
—Papá me ordenó que mantuviera cerrada la puerta. ¿Debo obedecerle?
—Oreo que será mejor. ¿Dónde está?
—En su dormitorio. Ha dormido muchas horas... pero ahora le oigo paseando arriba y abajo. Está preocupado, Kent.
—También yo. Lucy, coge a «Espada» y otro caballo y nos arriesgaremos por entre las rocas.
—Oh, querido —susurró ella en tono de reproche—, no insistas más en esto.
—Lo siento. ¿Se opondría tu padre a que charlásemos a través de la puerta?
—No lo creo. Y si se opusiera... o si temiésemos que pudiera oírnos, podríamos escribir y deslizar el papel a través de una grieta entre dos tablas.
—¡Como en mis tiempos de estudiante! Estupendo, Lucy. Pero tengo que verte o me volveré loco.
—Te veré fuera esta noche, cuando tenga una oportunidad. Después de oscurecer.
—¿A qué hora cenamos, Lucy?
—Jeff prepara la cena para papá y para mí a las cuatro. Los hombres comen después. ¿Qué hora es?
Kent consultó su reloj y vio que eran más de las cuatro.
—Jeff llamará pronto. Acabo de oír salir a papá.
Kent se acercó a su observatorio de la pared y miró hacia el campamento. Ninguno de los bandidos estaba a la vista, pero oyó el ruido de un hacha. Kent se quedó observando hasta que Lucy le llamó. Estaba fuera, con el rostro menos contraído y su sonrisa era cautivadora. Bonesteel era estaba en la mesa.
—Hola, Wingfield. ¿Dónde estuviste desde esta mañana? pasado varias horas con el ojo aplicado a un agujero que hay entre las tablas.
—¿Roberts?
—Los vigilo a todos. Después, ayudé a Jeff a reparar la barandilla del porche. Más tarde, Roberts vino a verme y charlamos casi una hora.
—¿De veras? ¿Qué quería?
—Me pareció que deseaba mostrarse amistoso contigo y conmigo.
Bonesteel sacudid la cabeza con gravedad.
—Bien, me lo contarás todo después de cenar. No debemos inquietar a Lucy con esta charla
—Ya estoy preocupada, papá —intervino la muchacha-
Sé que pasa algo. No soy ciega ni sorda.
Bonesteel miró a su hija con ojos entristecidos. Comprendía que no era ya una niña, y que él podía provocar en ella muchos sentimientos dispares. No contestó, pero terminó pronto con su cena, invitó a Kent a ir a su habitación y se levantó de la mesa.
Kent le imitó. La muchacha le miró lealmente. El joven sabía qué Jeff les contemplaba, a todos con amistosa especulación. A Kent no le daba miedo aquel viejo bandido. Le era demasiado fiel a Lucy para ser peligroso, por muchas i» cosas que averiguase. Y podía ser un buen aliado.
—Jeff, ¿eras amigo de Bill Elway? —preguntó Kent, impulsivamente.
—Camaradas —gruñó Jeff.
—Entonces, mi pequeño espectáculo de esta, mañana no te ha sobresaltado mucho, ¿eh?
—Seguro que no, jovencito.
—Aquí estoy jugando una partida en solitario, ¿entiendes?
—Puedes confesármelo todo, Wingfield —le dijo el bandido. Se inclinó sobre la mesa, con sus gruesas y arrugadas manos extendidas y miró a Lucy— Y también puedes hablar con la muchacha, ¿verdad, Lucy?
—Sí —susurró ella.
Kent atravesó el umbral del cuarto de Bonesteel, cuya puerta había quedado abierta. El lugar estaba lujosamente amueblado, por tratarse de un rancho tan apartado. Mantas, alfombras, butacas, mesa, lámpara, sofá, una chimenea monumental, estanterías con libros y con armas, todo lo cual formaba un marcado contraste con la primitiva tosquedad de la cabaña en su parte exterior. Bonesteel le indicó una silla al joven, y le ofreció un cigarro, preguntándole acto seguido qué le había dicho Roberts.
Kent le contó detalladamente la entrevista, aunque callando lo relativo a la doble vida que llevaba Bonesteel. Éste iba midiendo el suelo a grandes zancadas, gacha la cabeza y las manos cruzadas en la espalda.
—¿Qué tal te pareció Roberts? —preguntó al fin, deteniéndose delante de Kent y mirándole fijamente.
—Amistoso.
—¿Crees que lleva un doble juego?
—No lo sé, Bonesteel. Si es así, no me lo pareció.
—¿Te fiarías de él?
—No. Pero esto, maldita sea, es por culpa de mi carácter desconfiado.
—Roberts se mostró muy curioso respecto a ti —le explicó Bonesteel—. Le oí hablar con Simms antes de hacerlo yo con él. Y cuando fui a hablarle, naturalmente, procuré sonsacarle. Para él, eres un pistolero de Tonto, tan duro como el pedernal. Esto se lo contó Simms. Le pregunté si necesitaba alguna recomendación sobre tu forma de «sacar». «¡Cielos, no!, exclamó. ¡Ya le he visto!». Nadie de su banda se atreverá jamás a provocarte. Ni siquiera Roberts, y además, lo que te dijo demuestra que no está convencido de que te halles fuera de la ley. Y no estará seguro hasta que hagas un trato con él.
—Sí, ya lo comprendí.
—Wingfield, yo acepté tu palabra. ¿Me dijiste entonces la verdad?
—Sí —replicó Kent fríamente, sabiendo que estaba deslizándose sobre una fina capa de hielo.
—¿Eres un bandido?
—Sí.
—¿Te persiguen?
—No me gustaría decirle a nadie de tu banda el precio que piden por mi cabeza.
—Bien... Esto lo zanja todo. Y por Dios que lo siento.
Kent se mostró verdaderamente sorprendido. Pero el jefe de la banda no le dio ninguna explicación. Estaba de un humor violento. Posiblemente, toda la maldad de su vida, acababa de aparecérsele y ahora no le gustaba ver a otro joven siguiendo su equivocada senda. Reanudó su paseo por el cuarto, delante de la chimenea. Kent continuó sentado, sin acordarse de su cigarro, y tratando de colocarse en el lugar del padre de Lucy.
—¿Te dijo Elway que yo guardaba oro escondido aquí? —preguntó súbitamente Bonesteel.
—Elway sólo me azuzó para que matase a Slotte. Nada más.
—Aquella noche te arrastraste hasta el campamento de Slotte. ¿Oíste algo referente al Agujero en el Muro... y al oro?
—No. Sólo hablaron del dinero que no se repartieron con Bunge.
Elway creía que yo tenía oro enterrado aquí, y también lo creía Slotte. Y Roberts sigue convencido de ello. Bien, no es verdad —pero esta declaración del jefe no convenció a Kent.
—Ésta podría ser la razón de la traición de Slotte, así como del afán de Roberts en quedarse aquí —se aventuró a decir el joven.
—Sí. Esto es lo que tienen en su ambiciosa mente, y nada les hará cambiar de opinión.
—Hum... Al menos, Slotte no cambiará ya.
Bonesteel siguió paseándose en silencio. Cuando habló, | lo hizo con firmeza.
—Wingfield, es una píldora muy amarga de tragar. Tendré que aceptar a Roberts en mi banda.
Kent ya había supuesto que Bonesteel se vería obligado a tomar esta decisión. Esto evitaría una pelea. Y lo que Kent necesitaba desesperadamente era tiempo.
—Sí, tal vez sea mejor —contestó lentamente—. Pero yo no me precipitaría. Que insista Roberts.
Bonesteel lanzó una maldición.
—No queda tiempo —dijo como para sí mismo. Y sin añadir nada más, se marchó.
Kent no se movió durante unos instantes, intentando con— : vencerse de que las cosas no podían estar ya peor. Cuando salió, se había puesto el sol. Bajo los algodoneros, las sombras empezaban ya a espesarse. Los bandidos se hallaban, en tomo a la fogata, esperando la cena. En cuanto Kent entró en su cabaña, Lucy tableteó a la puerta.
—Sí, Lucy, estoy aquí —Kent corrió hacia el muro de separación.
—Salgamos ahora. Papá se ha ido. Y todos están fuera.
—Aguarda unos minutos a que anochezca del todo. ¿Dónde te espero?
—En la última cabaña, al lado del río.
—Estaré allí dentro de cinco minutos. Ve con cuidado.

12

AQUELLOS CINCO minutos Kent los pasó en su observatorio. Los bandidos tenían dos hogueras, una para guisar y la otra para adumbrarse. A su resplandor, el joven divisó a una docena de individuos sentados o de pie en el círculo luminoso, destacando entre todos Bonesteel. El humor de los forajidos parecía menos lúgubre. Estaban platicando entre sí casi amistosamente. Roberts estaba en mangas de camisa, y ni siquiera llevaba cinto con pistoleras.
Kent vio, en un relámpago, a aquellos bandidos en su verdadera perspectiva. Por lo qué conjeturó, con excepción de Bonesteel, no pensaban para nada en la chica. El jefe, seguramente, se hallaba impulsado sólo por su interés, lo mismo que Roberts. Pero para Kent, el hecho capital era que Lucy constituía su primordial objetivo, aparte de su instinto de conservación.
Salió para encontrarse con ella, dividido una vez más entre el miedo de lo que pudiera sucederle a la muchacha y la apasionada voluntad de superar aquella situación. Cruzó el porche y anduvo por la suave hierba, en dirección a las cabañas. Se había olvidado de «Piute», hasta que el perro se restregó contra sus piernas.
Nunca había estado por aquel lado de las cabañas. Una vez dejadas atrás, el estruendo del río resonó fuertemente en la cálida atmósfera. El muro colosal, que se oponía al río, era como una mole inclinada, amenazadora, a lo largo del cual la corriente se aplastaba. Kent escrutó las tinieblas, atento a los pasos alevosos que tan a menudo oyera. De pronto, oyó un roce en el follaje. Luego, salió de la pared de sauces y maleza que crecía entre él y el río. Las cabañas le ocultaban por completo el campamento.
Avanzó cautelosamente, hasta llegar a la altura de una figura borrosa que se destocaba de los árboles. Al instante Lucy le abrazaba y lo besaba como si no sintiera ningún M miedo. Y sus apasionadas palabras, apenas susurradas, fueron una protesta contra las forzosas horas de separación y una expresión de inexpresable júbilo por volver a hallarse'» entre sus brazos. El roce de aquellos cálidos brazos, el fuego* de aquellos dulces labios, la sensación de poseer de nuevo a la joven, era todo Jo que Kent necesitaba para convertirle en un superhombre.
—Ven. Quiero hacer algo antes de que hablemos —murmuró ella y, cogiéndole de la mano, le condujo a través de las tinieblas. Kent recordó que Lucy podía ver en la oscuridad como un mochuelo. La joven no hacía, apenas ruido alguno sobre la hierba o entre los sauces. Se mostraba tan tensa, tan impulsiva, que Kent no se atrevió a hacerle preguntas, limitándose a caminar con rapidez y a escuchar con la máxima atención. Lucy le llevaba hacia el río, en la misma dirección que él había seguido cuando «Espada» le condujo hacia el muro. Por fin, llegaron al lindero de Ja hierba, donde empezaba el reborde rocoso. Ella calzaba mocasines, pero Kent tuvo que andar Con mucho tiento para no hacer M ruido con sus botas. Al fin, Ja muchacha hizo alto en el recodo y atisbo atentamente.
Estaban muy cerca de las márgenes del río, casi encima del mismo, como no tardó en comprobar Kent por el chapoteo del agua a sus pies. La pálida luz de las estrellas se reflejaba tristemente sobre la comente.
—Está allí... ¿lo ves? —dijo jadeando Lucy.
Entonces, Kent divisó Ja masa del bote, cuadrado a cada f extremo.
—Sí, pero por amor del cielo, chiquilla, nosotros no podemos...
—Voy a... soltarlo —murmuró Lucy—. Esta mañana... cuando papá entró en su cuarto, le oí maldecir por este bote. Nunca quiso tener ninguno. Por lo tanto, voy a deshacerme de él.
—No es mala idea —añadió Kent, que comprendió que el bote fortalecía la posición de Roberts en el Agujero—. Pero espera un momento. Tal vez nos descubran.
—¿Por qué? Nadie podrá rastrearnos en la hierba y en las rocas.
—De acuerdo. Sí, eres una chiquilla valiente —dijo Kent conmovido—. Quédate aquí. Y mantén los ojos y los oídos bien abiertos. Yo lo soltaré.
Kent miró hacia la arena, por donde habían venido. Por entre los algodoneros se filtraba un tenue resplandor. Se hallaban ya muy lejos de las cabañas. Entonces, se dedicó a la tarea. Con muy pocas zancadas alcanzó el bote, cuya popa descansaba en una roca. Buscó una cuerda y, al encontrarla, pasó las manos hasta hallar el nudo hecho en torno a una arista rocosa. Retrocedió y tiró de la cuerda, tras soltar el nudo. Entonces se dio cuenta de un bulto o saco que había en el bote. Suavemente, fue apartando la embarcación de la roca, y reuniendo todas sus fuerzas, empujó con todas sus energías.
Casi en silencio, el bote se deslizó hacia el centro del río. Kent saltó en dirección hacia Lucy.
—Allá va —le susurró con alegría.
La joven se asió a él con ambas manos. A la pálida luz de las estrellas, sus ojos eran extraordinariamente grandes y oscuros. Mirando hacia el río, divisó al bote derivando lentamente. De pronto, pareció como si una mano gigante e invisible hubiese levantado la barca. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, en medio de un remolino, se hizo borrosa, casi invisible y por fin se desvaneció en la penumbra. Había desaparecido. Y el estruendo del río se tragó todos los demás rumores en la distancia.
—Regresemos por el muro. Conozco un buen sitio —susurró Lucy, volviendo a guiarle.
Esta vez, había una rocosidad llana junto al muro, bastante alta, pero no muy lejos del río. «Piute» iba saltando, como había hecho en otras ocasiones, mientras Kent buscaba un lugar donde sentarse. Luego extendió las manos para levantar a Lucy hasta sentarla a su lado, pero la muchacha se echó en sus brazos.
—¿Me quieres? —preguntó ella, volviendo el rostro.
—Lucy... he cambiado terriblemente. Todo el día he estado temblando. Y esta noche me siento alegre, lleno de fuerza gracias a ti.
—Yo también he cambiado. Parece haber transcurrido una eternidad desde anoche. ¿Qué sucederá mañana?
—No pensemos en esto ahora. El día de hoy ya ha sido bastante duro.
—Kent, te noto extraño, como si...
—No pienses, querida —murmuró él—. No debemos permanecer mucho tiempo aquí. Pero sí un poco, un instante, para darme cuenta de que tú eres real, que eres mía con todo tu corazón. Lo que siento, es que ellos se interpondrán entre nosotros.
—No podrán. Ni ellos ni nadie. Ni siquiera papá. Y muy pronto se lo diré.
—No debes hacerlo.
—Jeff sospecha de nosotros.
—¿De qué?
—No lo sé. Aunque no dirá nada. Pero se dará cuenta de que te quiero. Y papá también, o cualquiera que me mire con atención. No puedo apartar mis ojos de ti.
—Lucy, no es fácil que en esta fase del juego, tú padre o quien sea, se interese por nosotros, a menos que nos sorprendan. Y esto no puede ocurrir. Están apostando muy fuerte, Roberts para apoderarse de este refugio, y tu padre para conservarlo.
—Si no se pelean tendrán que llegar a un trato.
—Esto es lo que pienso. Y no creo que se peleen.
—Casi me gustaría. Papá intentará convertirte en un bandido. Pero no podrá. Yo no se lo permitiré.
—Lucy, no sé cómo podrás impedirlo. Yo no me marcharé de aquí sin ti. Y haré lo que sea para quedarme.
—Oh, debes quererme mucho más que yo a ti —exclamó la joven lastimeramente, abrazándose a Kent—. Me hallo dividida entre papá y tú. Él es parte de mí ser, y en cambio, sé que me moriría si te perdiera.
«Piute» irguió la cabeza y gruñó sordamente. Kent le hizo callar con la mano.
—Husmea a alguien —murmuró el joven, deslizándose abajo de la roca—. Escucha.
Al cabo de unos instantes, Lucy dijo:
—Sí, oigo a unos hombres que van hacia la playa.
Kent no los oía, pero no tardó en divisar lo que podía ser la punta de un cigarrillo encendido. Apartó á Lucy de la roca. El perro se quedó pegado a ellos, con la cabeza levantada. Kent hizo alto. Las voces se hicieron distintas, junto con el tintineo de espuelas y botas sobre las rocas.
—Wess, no podemos ir más lejos. El muro empieza aquí.
—Sí, y precisamente es en este lugar donde amarramos] el bote... Pero ha desaparecido.
—A la deriva.
Y ¡A la deriva, y un rábano! Lo até con la cuerda bien amarrado. ¿Has visto nunca que se desate un nudo mío?
—No en una cuerda. ¿Pero qué me cuentan da esa mujer, esa Chandler...?
—Sin bromas.
—¡Ja, ja, ja!
—Harvey, te patearé las entrañas.
—Wess, esto no es gracioso. Roberts pondrá el grito en el cielo. Le da miedo este río, lo cual no es extraño. Y no sabe nadar. Por otra parte, cruzarlo a caballo no es fácil.
—¿Quién vio por última vez el bote?
—Yo. Y por esto afirmo que no se ha desatado. ¿Quién diablos puede haberlo hecho?.
—Tal vez Bonesteel. Cuando vio el bote, sus ojos relampaguearon. Creo que de buena gana hubiese liquidado a Slotte.
—Bien, éste es un asunto muy feo. Bajaremos por la piar ya, para ver si se ha ido a la deriva.
Los tres bandidos se desvanecieron en la oscuridad mientras sus voces se extinguían gradualmente.
—¿Para qué querían el bote? —inquirió Wingfield, tanto para sí como para Lucy.
—No lo han dicho. Tal vez por el paquete.
—Será mejor que regresemos por otro camino. Lucy, tu pequeño truco puede traer mucho lío.
—Es mejor que haya antagonismo entre papá y Roberts.
Esta respuesta obligó a reflexionar al joven. La muchacha se estaba creciendo en los momentos de crisis. Se mantuvieron pegados al muro durante cierta distancia, luego cruzaron desde la salvia hacia el sendero, siguiéndolo hasta los algodoneros, donde Kent se detuvo para mirar. Bajo los árboles había un gran resplandor. La hoguera de las bandidos arrojaba una intensa luz amarillenta.
—Tienes mejor vista que yo —murmuró Kent—. Ve delante. Mantente a la izquierda. Y no Corras.
Se deslizaron de árbol en árbol. Al fin, la hoguera desapareció tras la masa negra de las cabañas. Habían avanzado hacia el extremo oriental. Debajo de un algodonero, Kent le ordenó a Lucy que se dirigiese a su cabaña. Silenciosamente, ella le besó, le abrazó y se separaron. Kent esperó hasta oír un débil crujido, y comprendió que ella acababa de cerrar la puerta. Entonces, se abrió paso hasta el porche y llegó a su dormitorio. Una vez dentro, con la barra encajada tras la puerta, respiró más libremente. Quitándose las botas, corrió a su observatorio.
Un brillante fuego dejaba ver claramente a los forajidos tal como Kent los había visto antes. Pero en aquel momento, una exclamación les hizo volver a todos los cabeza.
—Es Simms. Ya vuelven —dijo uno.
Entonces, tres figuras penetraron en el círculo de luz.
—El bote ha desaparecido —anunció en el acto el que iba delante.
—¿Qué? —rugió Roberts, levantándose como impulsado! por un resorte.
El sobresalto de Bonesteel fue también enorme.
—¿Desaparecido?
—Wess, esto es que no has sabido dar con él.
—¡ Narices! Yo amarré el bote y lo hubiese encontrado a ciegas.
—Yo lo vi antes de anochecer.
—Bien, pueden ocurrir muchas cosas después de anochecer. Harvey supuso que se habría ido a la deriva Pero yo i no lo creo. Fuimos bajando por la playa hasta donde vuelven a empezar las rocas y no ha servido de nada.
—¿Qué sospechas, Wess?
—Que alguien desató el bote y lo lanzó al agua-decía Simms, profiriendo un juramento.
—Vaya, es una buena cosa, amigos, que no pueda acusaros a ninguno —observó Roberts.
—¿Qué había en el paquete, jefe?
—Whisky. Lo dejé en el bote porque no quería que bebierais demasiado.
—¡Todo nuestro whisky!
—Por supuesto, excepto el frasco que tenía yo.
Un coro de maldiciones surgió del grupo y Bonesteel inclinó la cabeza, como examinando el fuego. Finalmente, Roberts volvió a sentarse.
—¿Qué opinas, Bonesteel? —preguntó con sarcasmo.
—Que ha sido una cosa providencial, salvo la pérdida del whisky —replicó el jefe suavemente, mirando a su rival.
—Seguro. ¿Pero tienes alguna idea de cómo se ha perdido el bote?
—No. De haberlo empujado yo, ciertamente te lo diría...
—Supongo que sí —dijo Roberts pensativamente—. Y además, de la casualidad de que tú y los tuyos habéis estado por aquí desde que yo volví del bote una hora, antes, aproximadamente.
—Todos... excepto Wingfield —subrayó alguien del grupo.
—Exacto —apoyó otro.
—Estaba pensando lo mismo —añadió Roberts secamente—. Bonesteel, tal vez puedas decirnos algo de este pistolero.
—Wingfield se dirigió a su cabaña inmediatamente después de cenar. Y no le he visto volver a salir.
—Llámale, Russ —ordenó Roberts, y cuando el aludido se separó del grupo arrastrando los pies, Roberts añadió con cierto humor cáustico—: Creo que será mejor que te muestres cortés con él cuando llames a su puerta, y que te eches inmediatamente a un lado.
Algunos bandidos se echaron a reír. Kent vio cómo Harvey pasaba entre su observatorio y la hoguera, y se encaminaba con pesados pasos hacia el porche. Poco después, sonó un golpe en la madera de la puerta, acompañado de una voz:
—Señor Wingfield.
Kent dio un salto, aterrizando sobre sus pies descalzos, haciendo retemblar la cabaña.
—Eh, ¿quién es? ¿Eres tú, Bonesteel?
—No, no soy el jefe —contestó Harvey—. Se trata de saber si está usted ahí dentro.
—Pues ya me oyes. Y será mejor que tengas mucho cuidado antes de volver a despertarme, imbécil —gruñó Kent.
Harvey regresó al porche, dentro del radio visual del joven. Roberts le aguardaba, sardónico y curioso.
—Jefe, estaba durmiendo —anunció Harvey—. Le he oído saltar al suelo, descalzo. Y se ha puesto como una furia.
—Ajá... Tal vez sí, tal vez no —dijo Roberts.
—Jefe, esto hace sospechar de la chica de Bonesteel. Ella podría haberlo hecho.
Bonesteel hubiese podido matar al rufián, si es que Kent sabía juzgar a un hombre. El jefe de los bandidos se puso en pie, erguido en toda su baja estatura.
—Roberts, no creo que Lucy haya hecho ir tu barca a la deriva. ¿Por qué hubiera hecho esto?
—Desde luego, sería raro. Bien, Russ, mira si ella esta en su cabaña.
—Yo iré contigo, Harvey —dijo Bonesteel con frialdad.
Kent atravesó su estancia de puntillas y llamó a la muchacha por la abertura. Lucy tenía la lámpara encendida y le oyó.
—¿Qué pasa, Kent?
—Apaga la luz y finge que estás en la cama —susurró el joven.
Luego vio cómo la claridad se extinguía al otro lado de la rendija. Se apartó de la pared en el momento en que sonaban los pasos del padre y de Harvey.
Se oyó llamar a una puerta y la voz de Bonesteel.
—¿Estás ahí, hija mía?
Nadie contestó, Bonesteel volvió a golpear la madera y repitió la pregunta en tono más alto, con cierta alarma en la voz.
—Papá... ¿eres tú? —preguntó Lucy, como si se despertase asustada.
—Si.
—Estoy en la cama. ¿Qué quieres?
—¿Has salido de tu cuarto después de cenar?
—No. ¿Por qué?
—No importa, chiquilla, siento haberte molestado. El bote que trajo Roberts ha desaparecido y él pensó que tú podías haberlo hecho ir a la deriva.
—¡El muy bandido!-gritó Lucy con falsa indignación.
—¿Cómo? —exclamó su padre sorprendido como lo estaba Kent. Luego, Bonesteel bajó del porche, seguido por Harvey.
Kent volvió a su observatorio, contento por su amada* pero sintiendo curiosidad por saber cómo aceptaría Roberts» todo lo sucedido.
—Bien, tus sospechas eran infundadas, Roberts. Y yo las mantengo contra ti —declaró Bonesteel.
—Jefe, la chica estaba en la cama, completamente dormida —añadió Harvey, con cierta satisfacción—. Bonesteel la despertó y le dijo que tu creías que ella había desamarran! do el bote.
—¡Eh, yo no dije nada de eso! —exclamó protestando Roberts.
—Bonesteel se lo dijo así, y ella te llamó bandido.
Roberts tragó saliva y su semblante se tomó purpúreo, bajo la luz de la hoguera. Se sentó bruscamente entre las exclamaciones de sus bandidos. De pronto, con un gesto violento, Roberts acalló a su equipo y se enfrentó con su rival.
—Bonesteel, supongo que tu chica no sabe lo que tú eres»
—¡No, Dios mío! —exclamó Bonesteel, lleno de alarma. Su rostro cambió de modo tan marcado como el de Roberts, pero tomándose pálido.
Siguió un prolongado silencio, durante el cual los dos rivales y enemigos se estudiaron mutuamente. Sus hombres, comprendieron la gravedad trágica del momento, estaban a la expectativa. Luego, la tensión se rompió inesperadamente.
—Jefe —gritó Simms, inclinándose hacia delante—. Oigo algo.
—¿Qué? —en un cerrar de ojos cambió el humor de los bandidos. Por muchos instintos primitivos que albergasen sus corazones, el principal era el temor.
—O estoy loco o he oído el bote —añadió Simms, con voz ronca.
—Estás bebido. Y el alcohol se te ha subido a la cabeza.
—No... escuchad. Si no oís también los remos es que efectivamente me he emborrachado.
Los bandidos prestaron atención. Kent también, separándose del agujero.
—¿Oís? —susurró Simms.
—Sí, yo oigo algo.
—Jefe, es la barca.
—Seguro.
—¿Qué diablos...?
Finalmente, Kent oyó un leve chapoteo en el río, que muy bien podía deberse al roce de unos remos. Dio media vuelta para volver a atisbar y llegó a tiempo para ver cómo Roberts pasaba revista a sus hombres.
Bonesteel también había oído ese rumor y vivía como fascinado este momento. Su mirada iba recorriendo los atezados semblantes.
—Jeff... Goin... Kitsap... Forman... todos estáis aquí.
—¡ Así Dios me salve! —musitó Roberts, saltando de pronto con el revólver en la mano.
—Es nuestro bote, Ney. Recuerdo muy bien el crujido de sus remos.
—Jefe, si es la barca, alguien la impulsa.
—Bonesteel, ¿ha podido caer el bote en poder de los piutes?
—No. No podrían remar.
—Entonces, es otro bote.
—¿Descendiendo por el río?
—Así parece.
—Muchachos, ese bote va río arriba. Y se acerca a la playa. Los remos trabajan con más facilidad.
—Bonesteel, una cosa es segura. Alguien aparte de nosotros, conoce tu secreto del Agujero en el Muro.
El jefe saltó junto a la fogata y sacó su revólver, volviéndose de cara a la senda que ascendía desde el río.
Nadie habló. En el silencio expectante, Bonesteel y Roberts, asociados en una causa común, aguardaron a los intrusos con las armas a punto. Kent pegó el ojo al agujero. Fuese Quien fuese el que llegase en ese bote, el hecho sólo podía favorecer su causa. Sin embargo, su corazón latía oprimido por el «suspense».
El rumor de los remos cesó. Acto seguido, se oyó un chapoteo y los pasos de alguien en la arena. Los invasores se mostraban al parecer muy atrevidos o bien ignoraban la naturaleza del peligro que acechaba entre aquellos sólidos muros de roca. Transcurrieron varios segundos y alguien, se dijo que Kent, tenía la muerte muy cerca. El joven también se dijo que jamás olvidaría la imagen de esos hombres salvajes, en ese lugar salvaje, de pie o arrodillados junto al fu ego, como panteras a punto de saltar.
—¿Quién viene? —tronó la voz de Bonesteel, su cabeza de águila inclinada.
—Es mejor disparar primero —le advirtió Roberts a Bonesteel.
—¡Soy yo, jefe! —gritó una voz estridente.
—¡Bunge! —exclamó admirado Bonesteel.
—¿Le conoces? —preguntó Roberts con desconfianza.
—Es uno de mis hombres. Está solo, si no no habría venido.
—Caramba, si no es Ben, me como mis botas —gritó Goin, estupefacto.
Kent Wingfield recibió la mayor sorpresa de su vida, acompañada de una creciente alarma. Pero cuando vio al bandido penetrar en el círculo luminoso, experimentó un choque que le hizo temblar.
—Bonesteel... soy yo, Bunge. Espera... antes de utilizar el revólver —jadeó el recién llegado, mirándoles a todos.
—¿Seguro que eres tú, Ben? —preguntó el jefe, bajando el brazo.
—Al menos, lo que queda de mí. ¿Quién diablos son esos forasteros?
—Un equipo que nos visita, Ben.
—Ah... esto explica lo del bote. ¿Amigos, jefe?
—Apenas... todavía. ¿Dónde encontraste la barca?
—Venía a la deriva hacia mí... cuando estaba a punto de ahogarme. Traté de llegar hasta las rocas, porque perdí mi caballo. Y lo pasé muy mal luchando contra la corriente. No lograba encontrar el Agujero. Fui arrastrado hasta mucho más bajo por la corriente. Supongo que debió ser debido a los esfuerzos que hice por acercarme a la playa. Bien, allí me habría quedado toda la noche llamando para que alguien me oyera. Y ya me estaba ahogando cuando el bote chocó conmigo.
—Pues supongo que esto se lo debes a alguien, Bunge —replicó Roberts—. El bote es mío. Y su pérdida me tenía muy preocupado.
—¿Quién eres tú?
—Me llamo Ney Roberts.
La consternación y el silencio de Bunge demostraron que ese nombre no le era desconocido.
Bonesteel atajó con voz colérica.
—¡Idiota! ¿Por qué has venido por las rocas? Yo soy el único hombre blanco que puede entrar o salir por ahí.
—Ajá... Ya lo sabía —dijo Bunge, dispuesto a no contrariar a su jefe—. Pero tuve que hacerlo. Jefe, tengo que contarle toda una historia. Pero estoy muerto de hambre.
Y la bebida que hallé en el bote no era la suficiente.
—¿Por qué viniste por las rocas? —preguntó el jefe.
—Porque los piutes me persiguieron como demonios.
—¡Los piutes! Son amigos nuestras.
—Como la peste. ¡Lo eran!
—¿Por. qué han cambiado?
—Por culpa de un pistolero de la cuenca del Tonto. Montaba a «Espada», jefe, ¡a «Espada»! ¿Qué te parece? Y se tropezó con Matokie y algunos de sus valientes. El piute reconoció al animal y supuso que lo habrían robado, y no se equivocaba. Empezaron a discutir debido a «Espada». Matokie quería quedarse con el caballo para traértelo. Pero el pistolero lo agujereó a él y a otro indio.
—Bunge, si los piutes te persiguieron con malas intenciones, ¿cómo te enteraste de lo de Matokie?
—Logan me lo contó. Y lo sabe toda la comarca. Yo me encontré con un navajo en el Segi. Y él me lo contó también. Y cuando me tropecé con los piutes, quisieron saber quién era yo. Me persiguieron hasta el otro lado del San Juan, donde conseguí darles esquinazo por entre las rocas.
—¿Qué hiciste del dinero que llevabas en el Lago Rojo y del caballo que montabas?
—¿No te lo dijo Slotte? —preguntó el bandido, tragando saliva.
—No. Slotte no ha permanecido mucho tiempo aquí porque se vio afligido por una dolencia muy peculiar, que a veces es contagiosa.
—¿Y dónde está?
—Lo enterramos esta mañana.
—¡Diantre! ¿Y Goin y Kit?... Ah, están allí —exclamó; aliviado él forajido, satisfecho por la historia que acababa— de inventar—. Amigos, seguro que le habréis contado al jefe cómo me enfadé cuando Slotte no quiso darme mi parte ¿eh? ¿Y cómo me marché, quitándole a «Espada»? Porque quería devolverle el dinero que cogí y el caballo al jefe,;
—De acuerdo, Ben, salvo que no le hemos dicho nada al jefe sobre tu llegada porque la ignorábamos —gruñó Kitsap, sonriendo aviesamente.
—Bunge... ¿dónde está el dinero... y el caballo?
—Jefe, aquel pistolero de Tonto me lo robó todo.
—¿Dónde?
—En el camino al sur del Lago Rojo. Luego, tropecé con un pelotón que le estaba persiguiendo. Me preguntaron él J le había visto y me dijeron quién era... Bueno, vaya tipo. Sólo Dios Todopoderoso sabe por qué no me asesinó ese individuo cuando me atracó. ¡Es mucho peor que Billy «el Niño»



13

KENT Wingfield, junto al muro de la cabaña, con los ojos pegados al agujero, experimentó diversas encontradas sensaciones, entre las cuales la principal era una enorme cólera contra aquel monumental embustero.
Por alguna razón imposible de adivinar, Bunge habla vuelto con sus camaradas del Agujero en el Muro. Y era lo bastante listo como para saber que su regreso despertaría las sospechas del jefe. La muerte de Slotte había sido una suerte para el bandido. Tanto Goin como Kitsap eran amigos suyos, y esto le ayudaría. Por lo demás, fue capaz de inventar una sarta de brillantes mentiras.
—¿Conque el tipo que te atracó deja pequeño a Billy «el Niño», eh? —preguntó Bonesteel, tremendamente impresionado, probablemente y en gran parte, debido al hecho de estar albergando en su campamento a un caballista de tanta reputación como el forastero del Tonto. Roberts y los suyos escuchaban a Bunge con profundo interés. Los amigos de Bunge se sentían absortos, estupefactos, ante el hecho fascinante de aquel pistolero que ya tenían grabado en sus mentes.
—Exacto —contestó Bunge, respirando aliviado, como el hombre que se ¡ha librado del nudo corredizo. Se enjugó la sudorosa frente e hizo un movimiento como para sacudirse el agua de la chaqueta de cuero, pero de pronto desistió—. El pelotón lo buscaba por haber matado al sheriff de Payson. Es un formidable pistolero ese chico. Por poco si mata a Slinger Dunn en el Drift Fence War. Y eso que Slinger tiene en jaque a todos los pistoleros de la región. En Wagontongue, donde el pelotón tropezó conmigo, después
de haber perdido su rastro, oí muchas más cosas. Le llaman «Wing Field»[1] porque es muy rápido manejando las armas, tanto como el ala de un pájaro. Estuvo con el equipo del Trinchante durante tres años, cuando ese equipo era tan duro. Y tomó parte en la guerra de Yellow Jacket. Y antes de cumplir los veinte años, su puntería ya era mortal. Se dice tanto bueno de él como malo. Porque ha matado a algunos bandidos, indios y tipos de los que la comarca quería deshacerse. Su reputación se apoya en un trabajito que realizó en Verdi. Se hallaba con algunos individuos que perseguían a unos cuatreros. La banda de Ole Jim Stevens. Ya conocías a Stevens, jefe. Bien, ese chico Field se separó de su equipo y se enfrentó con Stevens y tres de su banda. Cosa que fue muy mala para ellos. Mientras «sacaba», el joven Wing los hizo saltar del caballo con su revólver. Yo, cuando le vi no me asusté, pero de haberle conocido, habría sudado sangre. La pelea contra Stevens es tal como te la conté, jefe. Y yo puedo jurar que es verdad lo demás que pasó. Ya sabes cómo se comenta en la región. La última anécdota sobre él dice que estuvo en Sonora con un viejo explorador, que regresó solo a Wagontongue, con gran cantidad de oro. También dicen que asesinó al viejo explorador. Y éste; es el tipo que me robó a «Espada» y ese dinero que te pertenecía.
—Bunge, desde luego se comprende que no sacaras tu revólver —replicó Bonesteel—. No Je conocías, claro, pero tuviste suerte. No conviene apretar el gatillo cuando se tiene delante a un pistolero. Bien, otra cosa. ¿Le contaste al pelotón o a alguien lo del dinero que te robó ese pistolero?
—Jefe, preferí guardarme esto ¡g-repuso Bunge modestamente.
Bonesteel volvió su rostro sarcástico hacia Roberts.
—¿Qué te parece?
—Te lo diré si haces lo que yo diga —contestó Roberts. —Ciertamente, esto es razonable.
—Haz que Bunge, ese gran narrador de historias, se acerque a aquella cabaña, empuje la puerta y grite.
—¿Cómo?
—Considerando que los bandidos no solemos hablar cortésmente, yo haría que chillase: «¡Eh, Wingfield, tu devolviste el caballo, pero yo quiero mi dinero!»
—¿Has oído, Ben? —tronó el jefe.

—Claro, he oído.
—Entonces, ve y grita eso.
—Pero, jefe... ¿Con qué idea? ¿Quién hay allí? Quizá... atrape la misma enfermedad que Slotte... —dijo asustado el bandido.
—La atraparás, si no obedeces —le amenazó el jefe, levantando el arma que no había enfundado aún.
Bunge conocía a Bonesteel. Sin discutir más, salió del círculo y se dirigió al porche.
Kent le oyó jadear y detenerse delante de su puerta. El joven sacó su pistola, contento de poder darle un susto al bandido.
—Creo que es una broma de mal gusto —murmuró Bunge. Luego aporreó la puerta—. ¡Eh!
—¿Quién es? —gruñó Kent.
—¡Carape! —se extrañó Bunge—. ¿Quién está ahí dentro? Yo conozco esa voz, seguro.
Una orden del jefe le recordó a Bunge que a sus espaldas existía tanto peligro o más que el que en aquel momento tenía enfrente.
—¡Eh, Wing! —gritó, como si le estrangulasen—. ¡Tú devolviste el caballo, pero yo quiero mi dinero!
—¿Quién eres tú? —preguntó Kent, a pleno pulmón.
—Ben Bunge.
Kent cargó el «Colt» con tanta rapidez, disparando acto seguido, que las balas surgieron como una serie continua. Todas se incrustaron en la puerta. Lucy gritó.
Maldiciendo, Kent fue a arrodillarse delante de la rendija del tabique de separación.
—No pasa nada, Lucy. Era Ben Bunge.
Volvió a cargar el revólver y oyó los apresurados pasos de Bunge y las carcajadas de los demás bandidos. Cuando se callaron, Kent se encontraba ya en su observatorio.
—Roberts, creo que sería prudente no volver a molestar a Wingfield esta noche —dijo Bonesteel.
—Sí —contestó Roberts fríamente.
—Y será mejor también que todos vayáis a acostaros —añadió el jefe, separándose del grupo. Luego, subió los peldaños del porche y se detuvo ante la puerta de Kent.
—¿Estás despierto, Wingfield?
—¡Despierto! ¿Están todos bebidos, Bonesteel? —repuso el joven, airadamente—. Si alguien vuelve a despertarme, armaré jaleo.
—Sólo han querido divertirse un poco. Ha vuelto "Ben
Bunge, uno de mis hombres. Y nos ha contado que se tropezó contigo. A propósito, Wingfield... ¿qué hiciste con el dinero?
—¿Oh, eso? ¡Ja, ja, ja! Buenas noches, jefe.
Bonesteel le devolvió las buenas noches y se acercó a la puerta de Lucy, y llamó.
—Lucy, ¿has oído el alboroto?
—Estoy... muy asustada —replicó Lucy, con voz tembló» rosa, seguramente sin fingir.
—Le hemos gastado una broma a «Wingfield».
—¿Wingfield? —repitió la muchacha.
—Sí. El caballero que intenta descansar en la cabaña contigua a la tuya. Sólo una diversión inocente. Pero la broma ha sido idea de Roberts. Buenas noches, pequeña.
Era ya tarde y a Kent le fatigaba tener el ojo pegado al agujero. Su vigilancia requería que aplastase la cara contra la pared, en una postura sumamente incómoda, que llegó a hacerse dolorosa. Miró por última vez a los forajidos agrupados en tomo a la hoguera. Su número había disminuido. Algunos estaban ya tapados con las mantas. Bunge se dirigía con Goin y Kitsap a las cabañas. Roberts y Simms; se hallaban junto al fuego, juntas las cabezas, conversando; en voz baja.
Kent tenía en su habitación una cama con una manta judía.
Ahí podría descansar tranquilamente. La noche antes no había dormido y el día había sido muy agitado. La vuelta de Bunge había marcado el límite de los acontecimientos del día. El grandísimo embustero había convencido por completo a Bonesteel de que él era el pistolero más temido de todo el Oeste y el malhechor más peligroso de la región. Bonesteel había perdonado a Bunge, por un motivo obvio. Roberts había reaccionado sutilmente, pero por otras razones. Roberts era un cuatrero, no un pistolero rival de Kent. Al revelar Bunge Ja verdadera personalidad de Wingfield, toda la situación tomaba un cariz diferente. Roberts procuraría reconciliarse con Bonesteel y éste se mostraría más asequible.
Estos pensamientos cruzaban raudos por Ja mente de Kent, mientras el sueño empezaba a imponerse, y el último, esfuerzo que hizo Kent por enfrentarse con tan extraordinaria situación, fracasó.
Los golpes secos de un hacha sacaron a Kent de su profundo sueño. La luz del sol se filtraba ya por la ventana y los resquicios entre las tablas. Uno de los bandidos estaba
trabajando. Kent escuchó atentamente por si se ola algo en la cabaña contigua, pero no oyó nada. No podía ser muy temprano, ya que el sol estaba alto. Con el cuerpo descansado y la mente clara, Kent se puso a pensar sobre cuáles serian los acontecimientos del día.
Bonesteel le aceptaría y saludaría como a un joven sumamente peligroso, sobre todo al «sacar». Por una parte, esto le convenía a Kent, que podría jugar sus mejores cartas. Roberts le odiaría, le temería y no seria extraño que emboscase a uno de sus hombres para liquidarle. Nadie se atrevería a enfrentarse con él abiertamente. Esta probabilidad tenía su lado bueno y su lado malo.
Lucy sería el peso que equilibraría o desequilibraría la balanza. Si habla escuchado la conversación de la noche anterior entre él y Bunge, y entre éste y los demás bandidos, cosa que no podía dudar, y sabía que aquéllos le tomaban por un temible pistolero, por cuya cabeza pagaban un precio, Lucy podía llegar a odiarle.
Kent tenía que enfrentarse con Bunge. Podría matarle fácilmente, pero esto no serviría de nada. En caso de una pelea entre Roberts y Bonesteel, la mentira de Bunge podría ser la señal. Todos querrían apoderarse de los diez mil dólares que Kent le había quitado a Bunge —según el embuste de éste—, si no por medios lícitos, mediante algún truco.
Por lo demás, Kent decidió vivir de acuerdo con su reputación. Si le quedaba alguna oportunidad de salvarse, esa oportunidad estaba en aceptar su situación.
Se levantó y atisbó por el agujero. El cocinero, un individuo de rostro rubicundo de cara, silbaba mientras trabajaba. No parecía que nadie se hallara despierto más que él o, al menos, nadie se movía. Kent se ciñó el cinturón con las pistolas y se calzó las botas. Después, se dijo que necesitaba un buen afeitado.
Abriendo la puerta, salió al porche. Al pasar por delante de la cabaña de Lucy se sorprendió al verla abierta, vio, de una ojeada, que su interior era todavía más elegante y chillón que el de la cabaña de su padre. Pero no vio a Lucy. Jeff andaba ajetreado con marmitas y potes por la cocina, Kent se apoyó en el marco de la puerta.
—Hola, Jeff.
—¿Qué... qué quieres? —preguntó Jeff sobresaltado.
—Una palangana con agua caliente, maldito bribón —repuso Kent, con afectuosa aspereza.
Kent obtuvo lo que pedía en menos que canta un gallo.
Luego regresó a su cabaña y puso sobre el lecho el paquete de sus pertenencias personales. Acto seguido, procedió a un suave afeitado. Cuando casi habría terminado, sonaron los pasos de Lucy en el exterior.
—Buenos días, ojos grandes —le dijo Kent alegremente—. ¿Existe algo en este campamento parecido a una toalla? La mía está manchada de sangre.
Lucy no entró en seguida, pero entró, y cuando él la vio, le pareció hallarse en el cielo. Pero Lucy estaba pálida, con los ojos hundidos y temblorosa. Murmuró algo mientras le entregaba una toalla.
—¿Qué te ocurre, querida? —le preguntó Kent en un susurro.
—¿Qué te parece?
—Te despertaron, supongo.
—He estado despierta toda la noche... temblando.
—¡No! ¿Por qué no me llamaste?
La muchacha suspiró y miró a Kent como si fuese otro del que ella se había ideado.
—Kent... si ése es tu nombre. Oí... oí todo lo que contó Bunge anoche.
—¿De veras? ¡Qué lástima! Lo siento, particularmente eso de que soy tan buen pistolero. Lo cierto es que me olvidé de ti.
—Oh, Kent... ¿me mentiste?
—¿Qué? ¡Dios mío! ¿Ves? Has hecho que me cortase.
—Lo siento. Yo... no fue mi intención.
—No te muevas, Lucy, ¡hasta que acabe —le ordenó Kent, y con unas rápidas pasadas de la navaja completó el afeitado, luego se lavó y se secó el rostro. Después, deliberadamente se asomó y miró arriba y abajo del porche.
—¿Dónde está tu padre?
—Salió temprano.
—¿Y Jeff?
—Aún en la cocina.
—Vamos detrás de la cabaña —Kent abrió la marcha hacia el final de la serie de cabañas, lejos de la cocina y del campamento de Roberts, invisible desde allí. Luego, la miró con toda la ternura de que eran capaces sus ojos, apenado por el miedo y la tristeza que parecía sentir Lucy. En su corazón, no podía censurarla. ¿Qué sabía de él? Bajo su mirada, Lucy enrojeció como una amapola. Su hermosura y su dulzura eran tales que Kent se sintió inundado de amor. Alargó una mano para asirla por la cintura y la atrajo hacia si. La abrazó con fuerza, zarandándola, hasta que su cabello se deslizó por el rostro.
—Lucy Bonesteel, ¿crees que te mentir
—Yo... no, Kent, pero...
—Escucha, pobrecita y medrosa criatura —bruscamente, Kent se expresó con mayor ternura—. Duda de tu padre, de todos, pero nunca de mí. Yo soy Kent Wingfield. Y cuanto te conté de mí es verdad. Pero Ben Bunge es el más redomado embustero del mundo. Todo lo inventó. Trataba de disimular sus faltas. Lucy, de una, vez para siempre, te quiero con locura. Soy sincero y puedes confiar en mí. Moriría por ti, te lo juro, cosa que posiblemente ocurra.
—Perdóname —dijo ella sollozando y echándose en sus brazos nuevamente—. Me volví loca. Pero anoche... Oh, era horrible pensar que me habías mentido. Y ahora no pareces tan raro, tan salvaje... Por favor, no me digas que vas a pelearte...
—Calla, cariño —susurró él, inclinándose para besarle ambas mejillas. La culpa es mía. No debí permitir que te asustasen anoche. Bien, nuestro caso está algo mejor esta mañana. Estoy seguro de que tu padre y todos los demás creen que soy el pistolero más peligroso de esta zona. Es gracioso, Lucy, pero esto nos ayuda, Y ahora, vete y no vuelvas a perder la serenidad.
A la hora del desayuno, Jeff se mostró respetuoso y no amistoso y locuaz como las otras veces. Lucy daba muestras» de no haber dormido, pero estaba animada, y si bien no se atrevió a hablar delante de Jeff por temor a traicionarse, estuvo constantemente pisándole el pie a Kent.
—Jeff necesita ayuda hoy —exclamó Lucy al fin, una vez terminado el desayuno.
—¿En qué?
—En la huerta. Hay mucho trabajo.
—¿Con este sol? No mucho.
—Realmente, no es difícil arrancar melocotones y judías —dijo la muchacha sorprendida. Kent no podía decepcionarla de aquel modo.
—No quiero ni pensar en ello —gruñó Kent para que \e oyera Jeff.
—¿Y qué vas a hacer?
—Me reuniré con los otros.
—¿Para beber, jugar y pelearte?
—No seré el primero.
—¿No prefieres ayudar a Jeff?
—Oh, esto es diferente, pero tu padre se enfadaría si me viese contigo y con Jeff en el huerto.
—Jamás me ha visto con ningún individuo peligroso, Kent. Probemos y veremos qué hace papá.
—'Muy bien. Que Jeff me llame cuando tú estés lista. Kent sacó otro revólver de su equipo, un «Colt» de modelo anticuado, y se lo metió en el bolsillo del costado. Luego, se dirigió al campamento. No se mostraba fanfarrón, pero andaba con la indolencia propia de un joven malhechor, para quien el miedo, Ja vida y la muerte no son nada. La mayoría de forajidos se hallaban agrupados en el suelo en tono a una lona. Bonesteel también, desayunando con los demás.
—Estoy harto de buey. ¿No podríamos conseguir venado? —estaba diciendo Roberts.
—Hola, muchachos —exclamó Kent—. Nunca os había visto a todos juntos, pero supongo que Bonesteel me presentará.
—No es necesario —replicó Roberts, con seca cordialidad—. Todos sabemos quién eres.
Si existía cierta tensión, al momento se disipó.
—Siéntate y come —añadió Roberts, tras una pausa.
—Gracias, acabo de desayunar. Pero aceptaré un cigarro, si me das uño.
—Tal vez podrías acompañarnos, entonces...
—¿Póker? —preguntó Kent con indiferencia.
—Sí, cuando hayamos charlado un poco —contestó Roberts con intención.
—Supongo que todos queréis saber cosas de mí —dijo |Kent sonriendo.
—Bien, según Bunge, eres alguien aceptable.
—¿Bunge? Ese canalla... Bonesteel, ¿por qué le enviaste a despertarme?
—Sería mejor que te lo dijese el propio Bunge —repuso el jefe.
—¿Dónde estás, Bunge?
Por fin, Kent localizó al bandido al otro extremo de la lona, y no necesitó mirarlo dos veces para ver que el pobre se hallaba entre el diablo y el tempestuoso mar.
—Oye, maldito pelirrojo... ¿por qué me despertaste anoche?
—Wing —dijo interviniendo Roberts—, creo que podrías matar a Bunge aunque estuvieras muerto. Te llamó para reclamarte el dinero.
—¿Qué dinero, Bunge?
—'¡El mío! —afirmó el forajido.
—Oh, ya entiendo. ¿El tuyo? Bunge, ¿estás seguro de que lo necesitarás en el sitio a donde irás muy pronto?
—¿A dónde... iré pronto? —jadeó Bunge, perplejo y desesperado.
—Sí.
—¿Cuál es ese sitio?
—Un lugar en donde no necesitarás la chaqueta de piel que llevas —replicó Kent con lentitud. La importancia que el bandido le había dado a aquella prenda la noche anterior cuando estuvo a punto de sacudirla para quitarle el agua, no haciéndolo luego, fue una inspiración para Kent. Se llevó una mano al revólver. Al instante, apuntaba con él a Bunge—. ¡Quítate la chaqueta!
—¿La chaqueta...? ¡Oh, no dispares!
—¡Quítate la chaqueta ahora mismo o te haré un lindo agujero en la frente!
Con el rostro lívido, el pelirrojo se quitó la chaqueta y se Ja arrojó por encima de los otros a Kent, que la cogió al vuelo.
—Pesa bastante, Bonesteel —dijo Kent, sopesando la prenda. La sacudió y se oyó el tintineo de las monedas de oro—. ¡Ábrela! —ordenó Kent, echando la chaqueta a los pies de Bonesteel
Como hipnotizado, el jefe extendió la grasienta chaqueta sobre la hierba. Roberts alargó el cuello como un grajo. Todos parecían aves de presa. Olían el oro. Bonesteel halló vacíos los bolsillos. Respiró hondo y sacó una navaja con la que rasgó el forro. Del interior de la chaqueta surgieron fajos de billetes ante los ávidos ojos de los bandidos. Y más adentro, encontró una bolsa llena de monedas de oro.
—Jefe, este dinero es mío —protestó Bunge—. Iba a devolverte el resto... pero lo guardé con ánimo de gastarte una broma.
—¡Mátale, Wing! —rugió Bonesteel.
—Ah, no... Bunge está loco solamente.
—¿No quieres matarle?
—Hum... No a sangre fría. Si Bunge, en cambio, quiere «sacar» contra mí, ya es diferente.
—Mátale —repitió Bonesteel iracundo. La deslealtad hacia él, más que las mentiras respecto a Wingfield, hacia chispear peligrosamente sus pupilas. Pero Roberts se adelantó.
—Un momento... ¿De qué servirá su muerte? Si Wing no quiere liquidarle, no hay necesidad de que lo hagamos nosotros. No digo que no lo hiciera yo mismo gustosamente, pero... Bien, deja que se vaya, Bonesteel.
—¡Largo de aquí! —gruñó el jefe, enfundando el revólver que había sacado.
—Y, oye» Bunge —añadió Kent, con amabilidad—. Si alguna vez vuelves a decir alguna mentira sobre mí, me volveré loco y entonces...
—¡Ja, ja, ja! —se rió Roberts, secundado por los de su banda.
—Caballeros, no veo en dónde está la gracia —observó Bonesteel de mal humor—. He matado a hombres por mucho menos. Kitsap, cuenta y reparte el dinero. Guárdate tu parte y dale a Goin la suya. Wing, ¿quieres la parte de Slotte?
—No —repuso Kent con frialdad—, aunque tampoco me gusta sentarme a una mesa de juego con poca pasta... si bien debo añadir que todas las monedas vendrán hacia mí.
Roberts se levantó, con un dinamismo que hacía prever que había tomado una decisión.
—Bonesteel, y todos vosotros, escuchadme. Wingfield me ha convencido. De no estar al lado de Bonesteel, ya le habría agregado a mi equipo. Para el trabajo que he planeado... el mayor robo de Utah de todos los tiempos, necesitamos un demonio como Wing. Por lo tanto, Bonesteel, tenemos que juntarnos todos. Yo vine aquí sin saber a lo que venía. Fue culpa de Slotte, no mía. Pero aquí estoy. No pretendí nunca que dos equipos conociesen el secreto del Agujero en el Muro. Sólo una banda debe ocultarse aquí y aprovecharse de este refugio. Si trabajamos separados, nos molestaremos mutuamente. ¡No! Tenemos que hacer frente a los hechos. Bonesteel no puede estar en contra de mí. Y yo jamás traicionaré su secreto. Esto significa un pacto. Nada más. No necesitamos votar. ¿Sí o no, Bonesteel?
—Roberts, ¿cuentas con mis hombres para este pacto? —preguntó el jefe.
—Seguro, con todos menos con Wing.
—Ninguna banda puede servir a dos jefes.
—Prefiero que todos te aceptemos como jefe.
—Está bien. De acuerdo. Mi única condición es que no se utilice el bote.
—Jefe, hay que emplearlo sólo una vez... cuando crucemos. Después, podemos enviarlo a la deriva.
—De acuerdo también.
—Y ahora otra cosa antes de que choquemos las manos
—añadió Roberts con voz sonora—. Se refiere a nuestro nuevo recluta, Wingfield, de Tonto... Wing, ¿por quién estás?
—Por Bonesteel.
—Perfecto. Y ahora, te aseguro que mi plan depende de ti. ES lo más grande que jamás he planeado. Y muy duro para ti.
—Bueno, a mí no me importa.


14

BONESTEEL cambió sutilmente durante aquel día. Cuando empezó a anochecer, Bonesteel perdió su aire pensativo. A Kent le pareció que esquivaba a Lucy, cosa que ésta no advirtió. La mente de la muchacha estaba llena de su entrevista con Kent. Pero éste comprendió el significado de los rápidos pasos de Bonesteel, de su intensa mirada, de su pensativa frente, de sus apretados labios. Si Roberts no habla revelado por completo el plan que había imaginado, al menos abrumó al jefe con pruebas de acendrado entusiasmo. En la oscuridad, el cerebro del cuatrero había desarrollado un proyecto demasiado grande para él solo, por lo que necesitaba la ayuda de Bonesteel.
Una ojeada de Kent al campamento antes de anochecer, le trajo el desusado espectáculo de Bonesteel y Roberts andando juntos, juntas las cabezas.
—Vaya, el fuego ya se ha propagado —murmuró Kent—. No tardaré en verme mezclado en algo muy sucio... ¡Pero antes intentaré una vez más convencer a Lucy!
Esta vez pensaba imponerse, mostrarse implacable.
Los pájaros nocturnos cantaban ya en las ramas. Los mochuelos del cañón dejaban oír sus tristes lamentos; el río atronaba el espacio por entre sus murallas. Muy lejos, resonaba el trueno. El crepúsculo le trajo aromas cálidos, suaves, perfumados y llenos del encanto que parecía poseer aquel solitario cañón. ¡Cuántos crepúsculos habrían visto aquellas paredes rocosas! Era un lugar donde el modelado del tiempo se manifestaba en toda su grandeza, donde los monumentos habían conservado su belleza a través de las edades.
Las sombras de los espectros del pasado acosaron a Kent Wingfield cuando salió para reunirse con la hija del bandido. Ese cañón debió presenciar otro amor como el de él y Lucy, pero seguramente, pensó Kent, no tuvo que luchar como el de ellos. Indios valientes y vírgenes doncellas debieron entonar sus cánticos de amor junto a aquellos viejos muros, contando las leyendas de sus antepasados. Y los primitivos indios, debieron luchar y morir allí. Y los aborígenes que vivieron en esas cavernas, advirtieron ya al misticismo del melancólico, crepúsculo, y se habían sentido valientes bajo aquel maravilloso cielo.
Esto entristecía a Kent. Estas cosas eran eternas, al menos en cuanto a la edad del hombre. No contaban, comparándolas con la vida, más corta y más cruel. La actual situación se le hacía casi insoportable a Kent.
Halló la cerca de estacas y oyó el silbido de Lucy antes de divisarla en lo alto del camino. Kent echó a correr.
—¡ Kent! —murmuró ella, y, emocionado, él la estrechó ardorosamente entre sus brazos y apoyó la cabeza en su regazo. Casi era demasiado... encontrarla en el crepúsculo, saber con certeza que era una entre un millón, que le amaba... y que él no tenía la menor idea de cómo podría salvarse y menos aún salvarla a ella.
—¿Sabes que corro peligro? —le preguntó Kent.
—Sí, Jeff me lo dijo. Y aunque no dijo por qué corres peligro, yo lo sé.
—Jeff es una buena persona. Y tu padre es duro como el pedernal. Roberts es un auténtico bandido... Lucy, se han asociado.
—¿Papá ha aceptado a Roberts en su equipo?
—Y se han estrechado las manos. Y esto significa nuevos robos y más muertes.
—Oh, Kent, no... Papá es incapaz de matar a nadie. Robar, tal vez, pero matar...
—Te juro que así es —dijo Kent—. Tu padre ha matado ya a varios hombres. Y además, lleva una doble vida, y esto lleva a dudar de su honestidad.
—¡No puedo creerte... no puede ser verdad! —gimió ella.
—¿Qué harías si fuese cierto?
—Oh, le odiaría... ¡le... le mataría!
—Pues si no me crees, procura convencerte.
—¿Y cómo?
—Espiándole. De noche, en lugar de irte a dormir. De día, por todas partes. Roberts está planeando un robo importante y yo soy su baza principal.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Lucy entrecortadamente.
—Roberts me preguntó si quería participar en el asunto.
Y tuve que consentir.
—Pero no participarás.
—Temo que sí, Lucy. Tú no quieres dejar esto, y para poder seguir a tu lado, tendré que aceptar el juego.
—¡No lo permitiré!
—Las mujeres jamás se ¡imponen a los hombres.
Se abrió una pausa.
—Oh, Kent... ¿robarías por mí? —preguntó ella.
—Haría cualquier cosa por ti.
—Entonces, yo haré lo mismo por ti. Sé que podría matar a Roberts mientras duerme... y robar a papá.
—¡Vente conmigo! —exclamó él apasionadamente.
—No... no me atrevo...
—Nos iremos de aquí mañana, caminaremos por encima de las rocas.
—¡No, no, no!
—Sí, de lo contrario...
—Oh, Kent... ¿me abandonarías?
—Te abandonaría —pero el joven al momento se arrepintió de sus palabras—. Oh, no, Lucy, no podría abandonarte jamás.
La muchacha le echó los brazos al cuello.
—Amor mío... —murmuró—, casi me destrozaste el corazón. No puedes..., no debes abandonarme nunca.

Aquella mañana del tercer día, Bonesteel se llevó a Kent, para hablar con él confidencialmente, más allá de las cabañas. Eligió un cobertizo donde se secaba la alfalfa. Podían verles los bandidos, pero no oírles.
Poco después, se presentaron Roberts y algunos de sus hombres.
—Roberts —empezó a decir Bonesteel, cuando Roberts se hubo sentado sobre un montón de alfalfa—, dijiste que tú te quedarías aquí solo, mientras los demás irían conmigo y Wingfield a realizar el robo. Bien, esto no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque tal vez Wingfield tarde bastante en ejecutar su tarea, y esto haría que tú estuvieses demasiado tiempo
aquí solo. Además, yo puedo tardar también mucho en di* poner del ganado.
—¿Y qué? —quiso saber el rufián—. Cuanto más tiempo, mejor. Hasta el otoño, cuando la nieve cubre toda la
—No quiero dejarte aquí solo.
—¿Solo? Tendría a algunos de los míos y también de tuyos... No beberemos ni nos pelearemos.
—Ya sé que no eres pendenciero —contestó Bonesteel—, pero no quiero que te quedes aquí... con mi hija.
—Entiendo.
—He visto tu interés por Lucy, ¿o me equivoco?
—No te equivocas y quiero casarme con ella —replicó el bandido sinceramente.
—Sin duda. Otros antes que tú lo han pretendido también. Pero esto es imposible.
—Tu hija tiene que casarse con alguien.
—Ya me preocupo yo de mi hija —refunfuñó el jefe—.
Y ahora, discutamos el plan.
—Un momento —objetó Roberts, ¡levantándose—. ¿Cuánto tiempo crees que tardará tu chica en enterarse de toda la verdad, y de que tienes otra mujer aquí mismo, en Utah?
Kent vio dos cosas: la mirada asesina en los ojos de Bonesteel y la cuenta que se daba su rival del peligro que corría.
—¿Qué sabes de esto? —inquirió el jefe con frialdad.
—Lo que se comenta en toda la región, y lo que yo he adivinado sumando dos y dos. Supongo, que la última cosa que deseas, es que tu hija se entere de tu engaño. No sé exactamente quién eres, aparte de que eres un ladrón y un asesino.
—Sí, tienes razón, no quiero que ella se entere... —confesó Bonesteel.
—Además, algún día alguien descubrirá tu escondrijo —continuó Roberts—. Y esto será el fin para ti, Bonesteel.
—Ya está bien. ¿Cuál es tu gran plan?
—Ahí va. Como dije —prosiguió Roberts, después de una pausa—, hay un ganadero que tiene grandes extensiones y muchas manadas. Se llama Casell. Es tan avaro que jamás conserva sus caballistas durante mucho tiempo. Además, para abarcar tanta extensión de terreno, tiene muy poca gente. Por esto contrata al primer jinete que se le presenta. Bien, Wingfield puede presentarse allí solicitando empleo, y una vez en el rancho, dedicarse a eliminar fríamente a los vaqueros. Como aquello es grande, las muertes no se descubrirán hasta pasado cierto tiempo, durante el cual, nosotros habremos podido largamos con más de diez mil cabezas de ganado. Cuando se dé la alarma, ya estaremos muy lejos. Claro que no es tarea para hombres sin experiencia. Por eso dije que necesitábamos la ayuda de Wingfield. Luego, llevaríamos el ganado al lugar donde tú, Bonesteel, tienes tu mercado. Seguramente, ese individuo tan rico, que posee mucho ganado y grandes ranchos, ese Cheney, podría comprar casi todo lo robado.
—¿Cheney? —preguntó Bonesteel—. Bueno, yo soy Cheney.
—¿Tú... eres Luce Cheney... y también Bonesteel? ¡Que me quemen vivo si...!
—Exactamente, Roberts. Y exijo de ti el más completo silencio. Bien, Roberts, no es malo tu plan. ¿Qué te parece, Wingfield?
—Que no existe ningún punto débil —contestó Kent.
—Perfecto, pistolero —exclamó Roberts con admiración.
—Entonces... trato hecho —dijo Bonesteel, estrechando la mano de Roberts.
Pero en aquel momento ocurrió algo sorprendente.
—¡Papá, no lo hagas! —gritó la voz de Lucy bajo el techo metálico del cobertizo. Había estado escondida detrás de un montón de alfalfa—. Además, yo también puedo opinar en esto.
—¡Dios mío! —murmuró Bonesteel, retrocediendo, mortalmente pálido. Kent casi sintió lástima de él.
—Lo... he oído todo —jadeó Lucy. Hizo una pausa en medio del silencio general y continuó—: Lo sé todo, tu secreto, tu vida, tu doble vida, tus engaños, tus robos, tus crueldades... ¡todo! Sí, ahora sé que mi padre es un ladrón, un asesino, un embustero... Sé que mi padre es Luce Cheney... ¿Quién y qué soy yo? Tú me escondiste aquí. Me criaste aquí. Quisiste librarme del contacto de hombres malvados. ¿Y por qué? Sólo por esto. Porque llegaría el momento, en que «lo entendería todo, lo sabría todo. ¡Oh, papá! Yo te adoraba... y ahora... ¡ahora te odio! ¡Te desprecio!
Bonesteel parecía a punto de caer al suelo.
—Escucha, Lucy, hija mía. Sí... soy lo que has dicho... pero te quiero, ¿entiendes? Bien, ayer eras una niña, y hoy eres una mujer... y yo no he sabido darme cuenta.
—¡Y ese robo! Lo he oído todo... todos los abominables detalles... Lo que tiene que realizar Kent Wingfield... ¡Matar a sangre fría! Ah, no, padre, Kent no es ningún ladrón,
ningún pistolero. No le persigue ningún pelotón. Te ha engañado. Fue Bill Elway quien lo envió para salvarme.
—¡¡Infiernos desatados! —rugió Bonesteel—. Wingfield, ¿se ha vuelto loca mi hija?
—No, jefe, dice la verdad, y bien sabe Dios que me siento aliviado al poder confesarlo.
—Te mataré —gritó Bonesteel, pero Lucy fue más rápida que él y de un salto se colocó delante del joven.
—¡Mátame a mí! Que tu bala atraviese mi corazón... Yo amo a Kent. Le vi el primer día que llegó aquí, con «Espada». Y le llevé comida, y le oculté en el cañón. Y estuvimos juntos día tras día... hasta que llegasteis vosotros. Padre, yo tengo pruebas de la honradez de Kent. Yo era una niña en cuanto a inteligencia y una mujer en cuanto a cuerpo. Yo le amaba apasionadamente... pero nada sabía del amor ni de la vida. Quería casarme con él. Pero él no se hubiese casado conmigo de este modo. Cuando vosotros llegasteis, todo cambió. Tuvo que fingir que lo perseguían, que era un hombre acosado. Y constantemente me suplicaba que huyese con él... Pero yo no quería, no podía dejarte. Y jamás, jamás, habría creído lo que eres de no haberlo oído por mí misma.
Bonesteel volvió a enfundar el revólver.
—Kent, ¿está loca? —preguntó.
—Sí, loca de pena. Loca de amor. Pero lo que ha dicho de mí es verdad —afirmó Kent con trágica gravedad—, Bonesteel, soy un hombre honrado. Fue Bill Elway quien me habló de Lucy. Su historia me conmovió... y vine hacia aquí.
Y me enamoré de ella.
—¡Así Dios me ayude! —murmuró Bonesteel, como si su mente se iluminara de pronto—. Hija mía, me has salvado el alma, si no la vida. Déjame a solas con Kent. Marchaos todos.
La joven vaciló entre el temor y la esperanza.
—¡Vete! —le ordenó su padre, con autoridad no exenta de emoción. Luego agregó—: Quédate en tu cabaña hasta que vaya Kent. Hija, es la última vez que me obedeces. La última vez...
Lucy salió, con el corazón oprimido por una angustiosa esperanza.

15

—CUANTO ANTES mejor —exclamó Bonesteel, con la respiración silbándole por entre sus apretados labios y golpeando un montón de alfalfa. La mayor decisión de su vida se encerraba en aquel gesto. Luego añadió.-Vamos, Kent, hablaremos mientras paseamos.
Kent intuía la tremenda intensidad de los sentimientos de ese hombre. Fueron hacia los corrales, los cobertizos, y llegaron a la cerca de los pastos, hasta alcanzar los algodoneros. Con las cabañas a la vista, Bonesteel andaba lentamente, hasta que se detuvo por fin junto al porche que unía la cabaña de Jeff con la primera, que estaba vacía.
—Kent —dijo Bonesteel de pronto—, ¿planeabas llevarte a Lucy, tal como ella me confesó?
No era una pregunta sino un hecho establecido.
—S... sí —tartamudeó el joven.
—¿Conoces el lugar donde la cascada salta del acantilado formando una balsa?
—Sí. Lucy y yo hemos pasado por allí muchos días.
—Pasa por debajo de la cascada, pero sin cruzarla —prosiguió Bonesteel, marcándosele todas las venas en la frente, y con los ojos como bolas de oro—. Una vez debajo, verás una claridad. Allí hay un agujero, formado por la corriente desde hace siglos. Conduce a un cañón lateral, separado del Agujero por los aludes de rocas. Mi secreto empieza allí. El cañón desemboca en las rocas, por las que entra y sale, baja y sube. No llega hasta el sendero piute que desciende hasta el vado del Colorado, y tú tampoco debes adentrarte en él, hasta que llegues al San Juan. Luego, sale por debajo... un mal sitio para el descenso. Pero «Espada» lo logrará. Y mi otro caballo, «Pata de Palo», también. Síguele, vaya por donde vaya. Te sacará de allí. Tú no podrías encontrar la salida. Realmente, no hay sendero. ¿No olvidarás nada, verdad?
—Nada, Bonesteel. Sigue.
—«Espada» y «Pata de Palo» estarán allí esta noche, más pronto o más tarde. Esto no importa porque tendréis que aguardar hasta que amanezca. Pero no debes salir de tu cabaña hasta el crepúsculo. Tal vez un bandido podría verte y adivinar tus intenciones. Hallarás los caballos en la cascada. «Pata de Palo» llevará una bolsa con alimentos, una manta y un impermeable. «Espada» también llevará un pesado paquete atado a la silla. En ese paquete habrá oro y un cinto lleno de billetes de banco.
—¡Oro! |Dinero! —exclamó Kent rebelándose.
—Una fortuna. Sí, parte de la misma es dinero manchado de sangre... el fruto de una vida de robos, pero la mayoría lo gané honradamente y lo escondí aquí. No queda tiempo, por lo que no puedo decirte cuál es dinero honrar do y cuál no lo es. Reparte la mitad y entrégaselo a los pobres; si te repugna, no importa. Bien, nada más. Tienes que empezar con un capital... para hacer feliz a Lucy... para darle todo lo que jamás ha tenido. ¿Lo recordarás todo?
—Con frases grabadas al rojo vivo, Bonesteel.
—¿Y aceptas irte con ella?
—Sí.
—La amas, lo sé, gracias a Dios, a quien le he fallado.
—Sí, la amo... Bonesteel, estoy dispuesto a dar mi vida por ella, o vivir como tú por su amor.
—No hay necesidad. Es muy joven. Olvidará todo esto. Será una mujer maravillosa.
—Bonesteel, lleva tu sangre. Tal vez no quiera venir por su propia voluntad. Durante semanas he intentado convencerla. Podría...
—Debes lograr que te acompañe. Pero no temas. Yo estaré, muerto en realidad... o al menos para ella. Porque tú le contarás que me han matado en la lucha que pronto iniciaré.
—Entiendo —contestó sombríamente Kent. Aquel hombre era grande hasta el final.
—Busquemos a Jeff. Puedo confiar en él. Le alegrará ayudar a Lucy.
—Un momento. ¿Pretendes luchar contra Roberts? ¿Solo contra toda la banda? No lograrás nada. En cambio, si le despidieses... Dile que no quieres tomar parte en el robo a Casell, y luego vente con Lucy y conmigo.
—Lo mataré —repuso Bonesteel implacable—. Sólo tengo una oportunidad, pero ninguna si él, Simms o Harvey siguen con vida.
La mente del bandido estaba dividida entre su doble personalidad, la del respetable Cheney con la otra mujer que se había introducido en su existencia, y la de Bonesteel, que deseaba iniciar la lucha.
—¿Y yo qué he de hacer? —inquirió Kent.
—Busca la ocasión para sacar tus efectos de la cabaña. En una chaqueta. O en un bulto de ropa para lavar. Entrégaselo todo a Jeff. Luego, quédate en tu cabaña... y que Lucy se encierre en la suya hasta después de que oscurezca. Nada más.
—Un buen trato para mí. Tú me entregas una fortuna, y Lucy, que vale un millón de veces más, un tesoro mucho mayor que todo el oro del mundo. Y esperas que te deje enfrentarte solo con la banda.
—Solo no. Rigney, Kitsap, Forman, Harkaway y posiblemente Goin lucharán a mi lado.
—Goin, no. Y tal vez tampoco Harkaway..
—Veremos... Kent, tu deber es apartarte de mí. ¡Por Lucy! Todo depende de ti.
—Lo entiendo. Sin embargo, es un trato maldito. No me gusta. Puedo cuidar de Lucy y ayudarte. Yo sabría lo que Roberts y su equipo de rufianes pudieran adivinar a tiempo. ¡Y ésta es toda la diferencia del mundo, Bonesteel!
—Sí, pero podrían matarte... y probablemente herirte.
—¡ Ni pensarlo! La respuesta es no —el edicto de Bonesteel era definitivo—. Vamos, busquemos a Jeff.
Encontraron al viejo en la cocina, por una vez ganduleando, su arrugado rostro ensombrecido.
—Habla bajo —le susurró Bonesteel inclinándose sobre la mesa—. Jeff, aquí tengo un saco de oro escondido para ti.
—Jefe, lo haré por nada. Y ahórrate el aliento respecto a lo que va a pasar. ¿Qué he de hacer?
—Empaqueta pan, carne cocida, fruta seca, una cantimplora con leche, sal... Bien, ya sabes. Una manta y un impermeable. Busca la ocasión para llevar el paquete al granero. Mientras tanto, yo haré otro paquete, muy pesado. Lo pondré todo en una bolsa. Parecerá una bolsa de maíz o centeno. Pero procura que no te vean. Cuando empiece la pelea, ensilla a «Espada» y «Pata de Palo». Pon el paquete pesado sobre «Espada» y el otro sobre «Pata de Palo». Sácalos del corral y llévalos a la cascada. Átalos. Y luego puedes volver aquí para ayudarme,
—Cuidado, jefe, y ten por seguro que te ayudaré. Creo que éste es el trabajo más agradable de cuantos me has ordenado. En cuanto a ti, jovencito, de no haberte salvado mucho antes, al no denunciarte, estarías ahora más muerto que un clavo.
—Ya basta; Ahora, a actuar.
Kent intentó protestar de nuevo por la inactividad a que se veía forzado, pero el jefe de los bandidos, obsesionado con su desesperada idea, empujó a Kent, luego entró en su cabaña y cerró la puerta. Kent no tuvo más remedio que dirigirse a su cabaña.
Rápidamente, se dedicó a vigilar a los bandidos. Todos estaban allí, echados sobre la hierba o dando vueltas sobre sus lechos improvisados, fumando o charlando. Varios estaban sentados como los indios, jugando a cartas. La ausencia en casi todos de la tensión que Kent leía claramente en Roberts y sus dos tenientes, proclamaba que todavía no sospechaban el proyecto de Bonesteel. Había algo más en la mente de Roberts. Y la situación de Kent comprendió que sé trataba de Lucy Bonesteel.
Extendiendo su chaqueta sobre la cama, Kent llenó los bolsillos con diversos objetos personales. Eligió, unos, rechazó varios, y los fue reemplazando hasta quedar satisfecho de todos los que había elegido.
Éstos fueron sus preparativos de fuga. Fue a la puerta, prestó atención a las pisadas de Bonesteel y volvió a espiar al grupo del campamento. Los momentos parecían interminables, pero sabía que transcurrían. Bonesteel echaría a correr, pero con precaución. Ya no tardaría mucho. Kent tragó saliva para aliviar la contracción de su garganta, disponiéndose a escuchar de un momento a otro el estrépito que alteraría la paz de la mañana. ¿Debía decirle algo a Lucy, prepararla acaso? No. Necesitaba estar en posesión de sus nervios, de su ingenio, de su rapidez, para decidir. Se paseó por la cabaña hasta que empezó a sudar. Bonesteel debía apresurarse, ya que el tiempo era inapreciable. Por fin, Kent descorrió el cerrojo y se asomó por la puerta entornada. Lo hizo a tiempo de divisar a Jeff, llevando un pesado bulto, desapareciendo tras la última cabaña. Y en el mismo instante, Bonesteel apareció en el umbral de la suya, dejando adivinar el revólver de la cadera. ¡Un revólver extra!
Kent abrió la puerta por completo, y cogiendo su rifle/ que estaba apoyado en la pared, salió, encontrándose bajo la penetrante mirada del jefe. Sólo sus ojos traicionaban la pasión que le embargaba. Parecía confiado y tranquilo. Tenía un cigarrillo en la boca.
—¡Maldito seas, Wingfield! ¡Adentro! —rugió con voz contenida.
—Hum... Voy a aplastar algunos de esos bribones —repuso Kent.
El jefe reconoció la poca importancia que tenía el querer cambiar los designios de su joven aliado, y además el tiempo era precioso.
—Cuando abra fuego, corre a esconderte —le aconsejo con pasión reconcentrada. Luego, descendió del porche y tranquilamente miró hacia atrás, mientras aspiraba con fuerza su cigarrillo. Kent se reunió con él, levantando el rifle hacia el hombro izquierdo, según hacen los cazadores.
—A propósito, chico, el verdadero apellido de Lucy es Bonesteel. Pero este apellido terminará cuando adopte el tuyo.
¡Qué magnífico actor era Bonesteel en aquel momento trascendente! Kent procuró estar a su altura, si era posible. El jefe parecía sereno, casi alegre, mientras ambos andaban, hacia los bandidos. Conversaban, pero Kent no logró recordar jamás el tema de su charla.
No hubo ningún accidente hasta que Kent se detuvo al lado del gran algodonero.
—Subo mi apuesta a dos dólares —estaba diciendo Bunge.
—Te sigo —contestó Goin.
—¿A dónde vais con ese rifle? —inquirió Roberts. En el último minuto de su vida, su ingenio le engañaba.
—A ejercitarme un poco en el tiro —repuso Kent.
El destino se inclinaba a favor del jefe. Sus hombres, exceptuando a Goin, estaban sentados a la derecha, Roberts se hallaba a la izquierda, con Simms y Harvey algo separados, y muy juntos. Westfall estaba de rodillas, hurgando en un paquete, y los otros dos forajidos se hallaban más lejos, uno dormido y el otro fumando plácidamente.
—Roberts, ¿Je has contado nuestro pacto a tus hombres? —preguntó Bonesteel,, con una nota helada en su voz.
—No, te lo dejo a ti. Supongo que lo celebraremos como una fiesta.
—Has leído en mi mente. Pero antes he de formular una pregunta. ¡Goin!
El bandido casi saltó al oír su nombre, y los demás se quedaron inmóviles.
—¿Qué pasa, jefe? —preguntó estúpidamente Goin, parpadeando mientras se levantaba lentamente, dejando caer las cartas de su mano.
—Si Roberts y yo nos separásemos... ¿de qué lado estar rías?
—¿Si se separan? —repitió el bandido. Su instinto intuía la catástrofe, pero su ingenio trabajaba aceleradamente.
—Ya lo sé, Goin, pero quería ver si tenías bastante valor para declararlo.
—Pues si lo sabes, no insistas —dijo el bandido lentamente.
El revólver de Bonesteel saltó a su mano y restalló. La bala atravesó el corazón del forajido. Goin exhaló un silbido ronco y cayó, retorciéndose sobre la hierba. La sorpresa reemplazó a la inmovilidad. Bonesteel contaba con ello.
—¡Lo has matado! —gritó Roberts, levantándose.
—Sí.
—Pero, hombre... ¿Por qué, si no tenemos que separarnos?
—Sí ¡tenemos que separamos, Roberts —chilló Bonesteel, con una pasión que traicionaba su odio.
La reacción de Roberts fue instantánea. Lanzó un grito y su mano bajó rápidamente hacia su revólver. No estaba allí. Debido al calor, se había despojado de su cinto, trasladando su arma al bolsillo de la cadera. Mientras corregía su error y trataba de «sacar», Bonesteel disparó, y Roberts cayó hacia atrás, sobre Simms, que lanzó una maldición y soltó el revólver.
Kent mató a Simms y acto seguido volvió el revólver hacia Harvey, que estaba disparando desde la cadera. Se agazapó tras un algodonero, y al girarse vio a Bonesteel cayendo cuan largo era, alcanzado por una bala. Entonces, el ambiente se llenó de detonaciones. Bunge dejó caer las cartas en la lona. Bonesteel saltó, con un revólver en cada mano, y corrió a esconderse tras el algodonero. El humo oscurecía la visión de Kent. Por entre la bruma, apuntó a Westfall, que en aquel instante sacaba su pistola, el cual cayó.
Las detonaciones cesaron tan súbitamente como habían empezado. Los gritos fueron extinguiéndose también.
—¡Allí van, Kit... hacia la orilla! —le gritó un hombre a Kent.
—¡Cortadles la retirada!
—Van en busca del bote.
—¡Cuidado... Harvey se incorpora!
¡Bang! Los revólveres de Bonesteel volvieron a restar llar. Kent miró por el otro lado del árbol, viendo cómo Harvey era alcanzado por un proyectil y volvía a desplomarse.
—¡Alto, jefe! —le gritó Kent.
—Dame... el rifle-le pidió Bonesteel roncamente, acercándose a Kent con mirada llena de odio.
—Desde luego, pero espera —le contestó el joven sujetándolo con mano de hierro.
—Algunos... van hacia el bote.
—Lo sé. Pero podrían acribillarte desde detrás de los árboles. No corras, Bonesteel.
—No deben... volver nunca más.
—No podrán. Allí va Kitsap.
En la orilla se oyeron varias detonaciones y las balas silbaron por entre los sauces.
—¡Eh, jefe! —gritó Kitsap—. Van en busca del bote. Trae el rifle.
Bonesteel arrancó el rifle de las manos de Kent y se internó bajo los árboles, manteniéndose apartado de ¡los sauces de la orilla. Entonces, Kent escudriñó el terreno de enfrente. Roberts yacía en el suelo. El cuerpo de Harvey tenía una postura grotesca, envarado por la muerte. Westfall había caído hacia delante y no hacía atrás, la boca contra el suelo, con una pistola en cada mano. El cálculo de Kent había sido correcto. Bunge yacía al lado de Goin. Forman también había muerto. El único hombre vivo era Reigney, que intentaba incorporarse. Kent corrió a su lado.
—¿Estás malherido, chico?
—Bastante, Wing, pero no... estoy acabado —dijo ahogándose Rigney.
—¿Dónde te dieron?
—En el muslo.
—¿En ningún otro sitio?
—Creo que no... Pero esta herida me duele... tanto... que no noto nada más. ¿Está muerto el jefe?
—No. Echó a correr con Kitsap para liquidar a los otros.
—¡Ha sido corto y magnífico! Palmea al jefe... en la espalda. ¿No estaba loco? Westfall mató a Forman y a Bunge, y maldito sea si no estuvo a punto de taladrarme del todo. Si Simms hubiera podido disparar, todos habríamos sido eliminados... excepto tal vez tú. Wing, tú le mataste, y también a Harvey. Esto salvó al jefe. Supongo que él ya con-
taba con tu ayuda... o no se habría atrevido a provocar a la banda de Roberts... ¿Qué es esto?
—Más disparos. Oigo el rumor de los remos. Están en el bote.
—Ve hacia allá, Wing. Pero escóndete.
Kent corrió hacia la derecha, yendo de árbol en árbol, y cruzó el camino, descendiendo a la orilla, manteniéndose detrás de los sauces hasta que se oyeron unos gritos salvajes, que le dijeron por dónde podía echar a correr de nuevo. Salió a la playa arenosa bajo la cual terminaba el reborde rocoso. Kitsap estaba arrodillado en la arena, para recargar su pistola con una mano ensangrentada. Bonesteel estaba sobre uña roca con el rifle apuntando. En aquel momento, un revólver tronó y una bala se hundió en el agua, muy cerca de la playa.
Después, Kent divisó el bote en el río. En el mismo iban dos bandidos, uno de los cuales se hallaba arrodillado a popa con el revólver en la mano. El otro remaba frenéticamente. Se hallaban a bastantes metros de distancia. El rifle volvió a tronar. Y el hombre de popa se tambaleó y cayó dentro de la embarcación.
—Era Arkaway, jefe —dijo con alegría Kitsap—. Mata al otro... Tómate tiempo y apunta bien.
Bonesteel no hizo caso del aviso. Disparó y volvió a bajar el «Winchester». Disparó sucesivamente. La tercera bala le arrancó un alarido al bandido, cuyo brazo derecho quedó paralizado y soltó el remo. El palo fue derivando con la corriente. El herido asió con más fuerza el otro remo, consiguiendo sólo girar el bote. Luego, dejó de luchar y gritó pidiendo socorro. Pero no podía esperar ninguno, aunque el jefe se hubiese sentido clemente. El bote se hallaba ya en el centro del río, a merced de la corriente.
—De nada sirve chillar —rezongó Kitsap—. El viejo río se lo tragará.
Vieron cómo la embarcación se internaba en la corriente, y los gritos del forajido no tardaron en morir ál alejarse la barca, hasta que ésta desapareció por el recodo.
Bonesteel se alejó, sin experimentar remordimientos, magnífico en su triunfo. Su camisa estaba enrojecida por la sangre.
—¡Bonesteel, estás herido! —le gritó Kent—. Déjame ver qué tienes...
—No estoy... herido —jadeó el jefe, tambaleándose, pero manteniéndose en pie. Hizo un esfuerzo para seguir hablan
do—: No es nada... un arañazo... ¡No es del revólver de Roberts! Hijo... ¿te han herido?
—No, me agaché a tiempo.
—¿Y Simms, Harvey y Westfall?
—Muertos.
—¿Y los míos?
—Rigney está malherido, pero se recobrará. Los demás han muerto, Bonesteel... ¡todo acabó!
—¿Jeff?
—No ha tenido tiempo de regresar aún. Todo se ha desarrollado con demasiada rapidez.
—Ah... todo ha concluido... mejor de lo que esperaba... Kent, vuelve a tu cabaña. Haz lo que puedas por Rigney..., hasta que llegue Jeff. Yo me quedaré aquí con Kit... Dile a Lucy que he muerto... ¡Llévatela! Y ojalá... seas tan feliz... con ella... como lo soy yo... en este momento...



16

LAS TINIEBLAS iban escalando la muralla. Los centinelas en espiral seguían alzándose en toda su majestad por encima de la salvia y la maleza.
Kent conducía a Lucy hacia el lugar donde debían encontrar los caballos dispuestos por Jeff.
De repente, en el puente que cruzaba el torrente, oyeron un aullido, y apareció una figura lobuna.
—¡«Piute»! —exclamó Kent, alegremente, dándose cuenta de que llevaba varios días sin ver al perro. ¿O era que las horas se le habían hecho días?
Siguieron avanzando trabajosamente.
—¡«Espada»! —gritó la muchacha de repente, rompiendo el hechizo de la noche. Los caballos se hallaban trabados y debidamente equipados en un claro.
—Claro, «Espada» —dijo Kent—. Descansa, Lucy. Ésta es la última vez que estamos aquí.
Kent encontró las sillas y los paquetes a punto.
—Lucy, nos quedaremos aquí hasta que amanezca. ¿Quieres comer algo?
—No podría probar bocado.
Kent no insistió. Eran demasiadas emociones para la joven, finalizando con la noticia de la muerte de su padre.
Poco después, la muchacha dormitaba apoyada en el hombro de Kent. Éste dormitó también a intervalos, hasta el amanecer. Los coyotes le sobresaltaban de cuando en cuando. Anunciaban el día, y con él llegarían los auténticos peligros de la arriesgada travesía, del cruce de un desierto, de las inundaciones por las lluvias, de una banda de piutes, a uno de cuyos jefes él había asesinado.
Kent hizo una fogata, preparó el desayuno y vertió leche en dos tazones. Después, llamó a Lucy.
La joven abrió los ojos.
—Oh, Kent, estaba soñando con «Espada»... ¿Está aquí, realmente?
—Sí, querida. Junto con «Pata de Palo».
Poco después iban siguiendo el camino indicado por Bonesteel, Lucy cabalgando en «Espada» y Kent montado en «Pata de Palo». «Piute» correteaba a su alrededor.
El sendero parecía remontar en espiral hacia las alturas rocosas, hasta penetrar en un túnel. En la oscuridad no era visible el sendero, pero el instinto de «Espada» y de «Pata de Palo» no les permitió vacilar en su camino.
Por fin, salieron a un valle que se abría en forma de V.
—¿Conoces este lugar? —preguntó Kent contemplando el bellísimo paisaje que se extendía hasta el horizonte.
—Sí, Jeff me habló de él. Aunque yo jamás vine por aquí.
Prosiguieron la marcha. «Pata de Palo» no hacía honor a su nombre. Si tenía una cojera, apenas era discernible, y no le afectaba ni en el paso ni en el trote. El sendero, iba ascendiendo gradualmente, por entre arena y rocas, hasta un lugar donde la quebrada bifurcaba hacia la derecha. Lucy iba al frente, soñando, hundida en sus recuerdos y tal vez temiendo el futuro.
A mediodía, los jinetes llegaron a la ondulante meseta de piedra de las alturas. La incomparable sublimidad del panorama dejó a Kent en suspenso.
—¡Mira, Lucy, y jamás lo olvidarás!
Los oscuros ojos de la joven se abrillantaron, refulgiendo como carbúnculos.
—Sí, es muy bello... pero es tan ancho... que me asusta.
—Toda tu vida has estado encerrada entre murallas. Y ahora estás en lo alto, libre, en el espacio abierto. Aquí tienes las tierras altas, las montañas negras... Y a tu izquierda, se levantan los contrafuertes colorados y escarpados que conducen al país de los cañones.
—Sigamos adelante —dijo ella.
Una hora después, Kent empezó a temer que se verían envueltos por la tormenta que presagiaban nubes en el horizonte, antes de haber vadeado el San Juan. Apareció el arco iris, adornando el firmamento, prestándole irrealidad al paisaje. Kent contó nueve arco iris, unos lejos y otros cerca, unos tenues y otros relucientes.
Por fin, el peligro del aguacero desapareció y los jinetes llegaron a orillas del San Juan, que corría debajo de la meseta.
«Pata de Palo» se detuvo, como esperando que Kent le aliviara de su peso. El joven desmontó.
—El San Juan, Lucy. Una vez lo hayamos vadeado, habrá pasado lo peor.
—Parece muy peligroso. Pero «Pata de Palo» no está asustado. Y «Espada» sabe también a dónde vamos.
El descenso de doscientos metros fue una pesadilla para Kent. Pero consiguieron realizarlo sin más que unos cuantos resbalones. El camino terminaba bajo la base del muro, uniéndose al sendero principal por donde viniera Kent uno6 meses antes. En la arena todavía se veían sus huellas.
—«Espada» y yo solíamos divertimos cuando el torrente bajaba crecido —exclamó Lucy—. Puede vadear en el agua clara hundido hasta el cuello... pero cuando pierde pie... entonces, suele nadar, aunque se asusta.
—Sí, el río está, un poco más crecido que cuando lo crucé la otra vez —afirmó Kent—. Sigamos la orilla.
Poco después, hallaron un paso más vadeable, y Lucy no tuvo necesidad de espolear al negro, que, dando un bufido, se sumergió en la corriente. «Pata de Palo» lo siguió. Por unos momentos ambos caballos se mantuvieron trabajosamente de pie en el lecho del río. Pero el torrente fangoso los obligaba a derivar. «Pata de Palo» se vio rechazado por la fuerza del agua, mientras «Piute» era llevado velozmente por la corriente. Lucy miró por encima del hombro, excitada por el peligro, queriendo alentar a Kent con su voz. No tenía miedo a los peligros físicos. Ambos caballos, por fin, consiguieron llegar a la orilla opuesta, fatigados y resoplando. «Piute» ya estaba en la playa, esperándoles.
—Vaya suerte —exclamó Kent—. Hemos cruzado el San Juan. Lucy, desde que pensé en ti por primera vez un ángel me protege.
La joven sonrió, pero no contestó. Kent recordaba su escondite de latas de conservas y allí encaminó sus pasos. Lo encontró todo intacto, disimulado en el nicho rocoso.
Lucy, por su parte, mostró interés por los monumentos de los primitivos habitantes del desierto.
—¿Qué significan esos dibujos? —preguntó.
Mucho más tarde, estaban descendiendo por el cañón Noki y otro nuevo para Kent, que conducía al sudeste, a través de una brecha en un muro, evidentemente tributario del Noki.
Una súbita reacción de «Piute» frenó a Kent. El perro tenía el hocico apuntado hacia el murallón más cercano, un arrecife que formaba como un contrafuerte del desierto.
—Mira —dijo Lucy tranquilamente.
La mirada de Kent localizó al instante los indios en el reborde rocoso. A primera vista, era magnífico el efecto de los mustangos, con sus delgados jinetes inmóviles. Pero desde aquella distancia, observó los sombreros picudos de los pieles rojas.
—¡Piutes! —gritó.
_Nos están vigilando, Kent.
—Sí, eso supongo —replicó Kent con amargura. Su mirada estaba ya escrutando el paisaje en busca de una huida.
Y recordó que aquella barrera del cañón cobrizo era inexpugnable.
—Me gustaría poseer aquel mustango pinto de la crin colorada —dijo Lucy.
—¿No estás asustada?
—Contigo al lado, no.
—Lucy, estoy seguro de que el Segi corta a través de esta meseta por el oeste y el sur. Algunos piutes no sienten gran amistad por mí. Y esta banda podría darnos alcance en pocas horas. Vaya, «Piute», querido amigo, creo que nos has avisado a tiempo.
—Si son hostiles, probablemente sí —contestó Lucy.
Acto seguido, ambos emprendieron un trote sostenido, seguidos por «Piute».
Kent se asombró al comprobar que los piutes echaban a galopar hacia el norte, no tardando en desaparecer. Aquella dirección le causaba a Kent menos aprensión. Aunque, naturalmente los indios podían efectuar sólo un hábil rodeo para sorprenderlos.
Bruscamente, Lucy tiró de las riendas de su montura.
—«Piute» no nos sigue —observó—. Y se comporta de una manera muy rara.
Kent llamó al perro. El resultado fue que «Piute» volvió a seguirles. Poco después, Kent se volvió. «Piute» había vuelto a detenerse. Sin embargo, volvió a echar a correr, pero en dirección opuesta esta vez. El sendero se curvaba, y no tardaron en perderlo de vista.
—¡Mira! —gritó Lucy de pronto.
«Piute» se destacaba sobre una elevación del terreno, blanco contra el cielo, como lo haría un lobo en un paraje agreste.
—No volverá —afirmó la joven—. Nosotros tuvimos perros lobos y nunca vuelven.
En aquel instante, «Piute» levantó la cola, aulló plañideramente y echó a correr. Pronto desapareció definitivamente.
—Maldito sea... se ha ido —se lamentó Kent—. Siempre se portó de un modo extraño. Lo siento. Me gustaba «Piute».
—Kent, no quieras nunca quedarte con lo que no quiera estar a tu lado.
—¿De cuatro patas o de dos?
—Ni siquiera un ciempiés —replicó Lucy.
—Bien, reanudemos la marcha, siempre hacia adelante.
Al día siguiente llegaron al territorio navajo.
—Me gustaría quedarme aquí —musitó Lucy.
—Sí, es buena tierra. Pero todavía nos queda mucho camino por recorrer.
—Yo podría vivir siempre aquí. ¿No podríamos establecer un rancho, para que yo pudiera cabalgar... cabalgar siempre?
—Este valle no alimentaría al ganado... ni a las personas. Incluso resulta muy duro para los indios.
En un claro rodeado de altos riscos, Kent hizo alto para pasar la noche.
—¿Estamos muy lejos? —preguntó Lucy, cuando él la ayudó a saltar al suelo.
—A unos cien kilómetros. Pero con «Pata de Palo» cojeando visiblemente y ambos animales tan cargados... será un trayecto muy largo. Oh, pero tú eres la mejor amazona que he conocido.
Alegremente, Kent se dedicó a realizar las tareas del campamento. El trueno comenzó a resonar en los cañones. De pronto, brilló un rayo en las alturas del oeste, iluminando el paisaje intensamente.
Kent ayudó, a Lucy a instalarse sobre una manta en el suelo, y ambos cenaron plácidamente. La noche del desierto obraba sobre ellos, manteniéndoles en silencio.
—Mañana llegaremos al puesto de Logan —dijo de pronto Kent—. Ya conozco este paraje. Dentro de cuatro o cinco días habremos llegado a Wagontongue.
—Oh, Kent... —exclamó Lucy—. Es todo tan maravilloso... No sé si...
Su voz se ahogó en un sollozo y apoyó la cabeza en el hombro de él. Aquel estallido cristalizó una vaga idea que había atormentado a Kent durante todo el día, y que entonces llegó a su culminación. Kent abrazó a Lucy.
—Lucy, te mentí.
—¿Tú a mí?
—Sí, pero por culpa de Bonesteel —añadió Kent rápidamente, comprendiendo la bondad de su inspiración—. Tu padre no murió. Vive... aunque quedó ¡herido en la pelea, pero vive. Ni siquiera es grave su herida.
—¿Vive? ¡ Oh, padre mío! Me engañaste para que le abandonase.
—No digas esto. Escúchame. ¿Recuerdas aquella vez que tu padre movió la cabeza y exclamó de forma tan extraña: «Lucy, tú me has salvado el alma, si no la vida?». Fue entonces cuando se le ocurrió la idea. Oh, ahora lo veo todo con claridad, querida. Su cerebro es para mí un libro abierto. Puesto que yo me porté bien con él, y tú me amabas... él podía dejarte ir conmigo. Mataría a Roberts y a sus compinches, en parte por odio, ya que Roberts te pretendía, y no como pensé al principio, para conservar el secreto del Agujero en el Muro. En el momento mismo que tú le acusaste, afeándole su conducta, concluyó su carrera de ladrón. Aquella mañana te envió a tu cabaña y me ordenó que le siguiese. Jeff cogería caballos, comida y dinero y lo llevaría todo a la cascada, donde empieza el sendero. Cuando llegó la noche yo fui a buscarte, para decirte que tu padre había muerto, y para llevarte conmigo, aunque fuese a la fuerza, si era necesario. Esto fue lo que me pidió tu padre y yo accedí. También le ofrecí ayudarle en su riña con Roberts. Pero no quiso. Sin embargo, cuando llegó el momento estuve a su lado. Era ya demasiado tarde para que rehusase mi ayuda y aceptó. Estaba más frío y sereno que nunca. Sólo advertí su mortal ansiedad. Mientras nos dirigíamos al campamento de los bandidos, me dijo: «A propósito, el apellido de Lucy es Bonesteel. Pero este apellido terminará cuando adopte el tuyo». Seguimos adelante y provocó la pendencia, con la misma facilidad que si hubiese dejado caer una chispa en un polvorín. Me siento orgulloso al poder asegurarte que Je ayudé un poco. Simms, Harvey y especialmente Westfall, eran auténticos malhechores. Bien, todos murieron. Goin, Forman y Bunge también. Kitsap salió con bien y Rigney quedó herido. Ambos le eran leales a tu padre. Bonesteel recibió un proyectil en el hombro, pero sin consecuencias. Jeff no estaba allí... Y ésta es la historia Lucy. No tendría paz si no te contara toda la verdad.
—¡Qué extraño! ¡Qué terrible! ¡Oh, esto lo cambia todo!
—Pretendes decirme... que vas a dejarme y a volver allí? —preguntó angustiado Kent.
—No, no podría irme y dejarte. Y mi padre no desea tenerme con él. Y tú, sí. No tengo a nadie más en el mundo. Pero contigo seré feliz. Oh, se me ha quitado un gran peso del corazón. Kent... ¿por qué quiso papá que lo creyera muerto?
—Por la amargura que le causaba la idea de estar de gradado ante su hija. Oh, ¡te amaba mucho, Lucy. Pero después de afearle tú su comportamiento, no pudo volver a enfrentarse contigo. Además, de este modo terminaba Bonesteel. Si le mataban, santo y bueno. Si no, enterraría su nombre en el Agujero en el Muro y adoptaría otra identidad, la de Cheney, el ranchero respetable y honrado. A veces, no es demasiado tarde para que un hombre enderece su vida.
—¿Y hay otra mujer? —susurró Lucy.
—Sí, una buena mujer. Lucy, digamos que tu padre fue magnífico en su maldad. Sólo Dios sabe qué le impulsó a ello. Y será más grande aún en su nueva vida. Perdónale su crueldad, como yo le perdono por lo que me torturó.
Y creo que el espíritu del viejo Bill Elway lo intuyó, por amor hacia ti, cuando me empujó á salvarte y a darle a tu padre su última oportunidad.
La noche estaba iluminada por las estrellas. Los coyotes aullaban, los caballos mordisqueaban la salvia. Kent contempló a Lucy, mientras la joven dormía con el rostro vuelto hacia arriba. El joven sólo dormitó a ratos, deseando no perder ni por un momento esa bendita realidad que le deparaba su destino.

FIN



notes

Notas a pie de página

[1] En inglés, Wing significa «ala» y Field, «campo». (N. del T)

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