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miércoles, 7 de junio de 2017

A Orillas Del Río Rogue (Zane Grey)

A Orillas Del Río Rogue
Zane Grey

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I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
notes

Zane Grey
A ORILLAS DEL RIO ROGUE
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I
De un verde hondo y oscuro a veces, claro y transparente otras, puro y helado como la nieve misma, de la cual surge a la vida, el río tiene sus fuentes al pie de la montaña, junto al lago Crater. Es ya un verdadero río en su mismo nacimiento. Rápidamente se desliza a través de los bosques del Oregón, con inusitada prisa, como si se sintiese impaciente y ansioso de empezar su considerable y enorme salto desde lo alto de los montes Siskiyous. Los abetos gigantes lo sombrean; el venado bebe de sus aguas; la trucha voraz, de lomo negruzco, salta codiciosamente en busca de las moscas que flotan en su superficie... Y, en los días de sol, cuando los bosques se incendian de luces y de colores, la lila silvestre, maravillosamente repetida en una profusión de matices que va desde el blanco al rojo subido, perfuma el aire soñoliento y cálido de sus orillas con la más dulce de las fragancias.
Luego, repentinamente, con un sordo rumor de trueno, el río ejecuta una maniobra extraña e inesperada. Se hunde en la tierra para reaparecer algo más abajo, hirviente, en un oscuro agujero que se abre en la parte anterior de una enorme garganta, y sigue desde allí su carrera alocada, deslizándose por acentuados declives, hasta terminar en una verdadera cascada de plata. Más abajo de Prospect el río se aparta de la montaña, con melodioso rumor de música, y es entonces cuando alcanza su más importante caudal, que aumenta en señorío y belleza al deslizarse por terrenos orillados de pinos, hasta llegar al valle, a través del Rancho Burnham, la Colina Dorada y los diversos rabiones y reciales.
Siempre en dirección a la costa, se le ve luego desgastarse y retorcerse al buscar su camino a través de la Puerta del Infierno, bordeando el Paso de Grant, para terminar corriendo sobre la Alameda Rocosa, junto a las Minas del Argo y alcanzar, al fin, los agrestes valles occidentales de la Cadena Costera.
Una vez allí, el río baña las arenas tantas veces lavadas por los mineros en busca del oro milagroso, y en ocasiones, impregna sus curvas y orillas con la sangre de miles y miles de buscadores alucinados... Corre y se arremolina; se vuelve perezoso junto a los prados, que refulgen como joyas en las suaves pendientes de las colinas; vuelve a encresparse a ratos, como en anticipada protesta por su inevitable y nuevo aprisionamiento en el traicionero y gran desfiladero del Estero de la Mula. Cuando emerge de sus estrechas y altas paredes negruzcas, el río parece sometido y cansado, aunque alegre de encontrarse libre y de recibir graciosamente los pequeños y grises ramales que se despeñan de los riscos llenos de musgo y de soledad, donde los negros abetos le usurpan audazmente el terreno de sus orillas, los patos silvestres anidan y juegan entre las raíces, y los mirlos construyen, bajo las rocas, sus nidos de barro. Allí se señorea el águila, y el oso y el venado trazan, día a día, sus huellas a lo largo de las arenas y de las playas... Sin embargo, todo tiene su fin, y el río, después de un postrer descenso de más de dos millas de recial, descansa de su larga acrobacia y de su salto, que alcanza las cien millas.
A partir de este momento, el río se ensancha, se refrena, se ramifica en esteros de aguas poco profundas con lecho pedregoso, que se prodiga en barras o compartimientos. Su furia está definitivamente extinguida, su humor y maneras totalmente cambiados. Se torna pintoresco y pastoral al pasar ante las granjas de los indios y las humildes cabañas de los pescadores. Semeja dirigir una sonrisa a sus orillas, que a última hora parecen abandonarle, y con calma, elegantemente, se hunde en busca de un postrero y definitivo refugio, al borde de la Costa de Oro, en las inmensidades infinitas del mar.
Junto a la boca del Rogue, acecha en su tiempo un abigarrado enjambre de salmones de cabeza acerada, cola en forma de horquilla y costados de plata. Su reunión empieza a efectuarse a principios de la primavera, y cada día que pasa después ve su número considerablemente aumentado. Un poderoso instinto natural les hace surgir de las profundidades del océano para acercarse al río en que nacieron... Y el mismo instinto maravilloso les hace mantenerse a la espera, refrenando su congénita ansiedad. Los tiburones, los machos de rapiña y las focas se mueven libremente, de un lado para otro, pero jamás logran ahuyentarlos ni hacerlos desistir de la espera anhelante, de su vigilia de hipnotizados en la boca del río. En grandes bancos oscuros, se acercan más y más a la puerta sagrada, a través de los rompientes, y escuchan con unción la misteriosa llamada. Cuando llega, imperativa, actúa como una irresistible voz de mando, que nadie osa desobedecer. Es la primera crecida del año, coincidente con las lluvias que bajan en tromba desde las montañas. El agua lleva un fresco y dulce perfume arrastrado desde los manantiales y depurado en los lechos de piedra y arena fina. La invasión comienza. Primero salta el más viejo, o el más audaz... Y luego todo el enjambre le sigue, en una larga e interminable cadena, al igual que los ciervos cuando emigran desde el Norte hacia el Sur.
Su próximo obstáculo está tendido por la mano del hombre. Es una profusa valla de redes, que los captura, los aprisiona y aniquila inexorablemente. Miles de ellos perecen entre las mallas traicioneras; pero otros muchos escapan y continúan su éxodo, río arriba. La emigración prosigue, y nada, que no sea la muerte, podrá ya atajar ese instinto poderoso de reproducción y supervivencia que impulsa al animal en celo. Durante todo el día, los peces continúan atravesando la barra para invadir el río; pero es especialmente de noche cuando la irrupción aumenta. Los astutos pescadores conocen esta costumbre y no dejan tampoco de tender sus redes en esas horas, ni de atajar los profundos canales con la seguridad de obtener una buena pesca.
Los salmones que escapan a estos primeros obstáculos prosiguen infatigablemente su marcha, según hemos dicho, río arriba. Pero aun han de enfrentarse con nuevas y extraordinarias dificultades; por un lado, los remansos de aguas poco profundas, donde apenas pueden nadar; y luego, las barras, los rabiones y los saltos de agua, que difícilmente pueden superar y vencer, a pesar de sus saltos desesperados. Entonces, buscando los hoyos y las partes más profundas, tienen que aguardar una nueva crecida y mientras su número va en aumento cada día que transcurre. Antes de que puedan reanudar el viaje, trans-curren a veces semanas enteras; pero, con frecuencia, la mayoría de los años, la Naturaleza misma se encarga de facilitar a los animales la ansiada ascensión, a través de la impetuosa corriente.
Gradualmente, su número, como no podía menos de ocurrir, disminuye. Los obstáculos van siendo cada vez de naturaleza más infranqueable. Los descensos rápidos, las cataratas, las rocas y los bajos, se encargan de diezmar el ejército.
Perecen uno a uno los más hábiles o infortunados, pero el sacrificio de sus vidas, en aras de la especie, no les arredra ni con mucho. Al fin, en los límites superiores y sobre el lecho arenoso, el salmón hace su desove y tiende su cama de incubación para la estación venidera. Cuando el sol brilla y calienta, en los días cálidos y luminosos, pueden verse las formas plateadas e inmóviles de las hembras absortas en la sagrada tarea de la procreación. Y todavía la carnada tiene que vencer un nuevo y no pequeño peligro. Por encima de ellos, acechando indeciso, como los lobos al aguardo del rebaño, remolonea a veces el caníbal de la especie, salmón macho de rapiña, que irrumpe voraz como una tromba en la camada de huevos para arrebatar un exquisito bocado, que luego marcha a disputar con sus congéneres.
Y a pesar de todo, la incubación prosigue... Los huevos son puestos, incubados, aunque sea a costa de la vida de sus progenitores. Millones y millones de pequeños salmones, tan pequeños que apenas pueden ser vistos, sobrevivirán a esta lucha descomunal, surgirán, como nuevos fénix, de los esqueletos de sus mayores. Como por arte de magia, el nuevo enjambre crece. Y cuando llega la hora, se produce para ellos la misma misteriosa llamada que impulsó a sus progenitores a remontar el río, aunque en esta ocasión procede del ancho mar.
Comienza entonces el éxodo río abajo, para terminar hundiéndose el nuevo enjambre en las profundidades inmensas del mar salado, en el que vivirá y aguardará la madurez, hasta que un día, llegada de nuevo la hora misteriosa, recomience el extraño pero indefectible retorno al lecho que le vio nacer y en el que irá a morir.
Y así es el Rogue, el majestuoso río de nuestra narración.


II
Al volver a su casa del Paso de Grant, después de dos años terribles en un campamento-hospital de reeducación, Keven Bell encontró que todas las cosas le parecían extrañas y desacostumbradas, a excepción del jubiloso río de su niñez...
el querido y errabundo Rogue.
No se dirigió en seguida a su domicilio. Primeramente, se dedicó a vagar con indolencia por la ciudad, deteniéndose, finalmente, en el puente sobre el maravilloso río. Se sentía turbado al no poderse acordar bien de las cosas. Sabía que su madre había muerto durante aquella ausencia de cuatro años, y todavía su padre, en la última carta enviada, le hablaba de nuevas desgracias y calami-dades. Mirando hacia las verdes y espejeantes aguas del río, sintió en su pecho como una especie de espasmo, que le atenazaba, al mismo tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde aquella época que su imaginación entreveía como en sueños?
Recordó momentáneamente a Rosamunda Brandeth, a quien había amado antes de partir para la guerra. Sus cartas cesaron de llegar a él mucho tiempo atrás... Tanto, que ya no recordaba exactamente el momento. Sabía lo que podía esperar y no sentía por ello ninguna amargura. En realidad, tenía la intención de liberarla de una promesa que solamente el honor podía mantener ya en vigor efectivo. El río le había llevado el recuerdo de Rosamunda.
Al fin se marchó de allí. Tuvo que preguntar a un hombre, que le miraba con extrañeza y curiosidad, dónde se hallaba la casa de su padre. Ésta parecía arruinada hasta un extremo lastimoso. Se sentó en el umbral, tratando de pensar.
Sí; reconocía los rosales, ahora con hojitas y brotes nuevos, y los altos pilares de la valla, a la entrada.
Era un domingo del mes de mayo. Había llegado desde Seattle en el tren de la mañana. Las calles aparecían desiertas. Nuevas casas y construcciones ocultaban las orillas del río... Finalmente, al oír pasos en el interior, se enderezó y llamó a la puerta. Esta se abrió.
Allí estaba su padre, grandemente cambiado, con el pelo gris y la espalda curvada por el peso de los años y los sufrimientos. En sus ojillos pequeños y azules brillaba una llamita de asombro, de verdadera sorpresa.
—¿Es que no me conoces, papá? Soy Kev.
—¡Hijo mío! —exclamó el viejo; y tendió hacia él los brazos abiertos—. No te conocí al principio... Entra, entra.
Cuando Kev entró en el salón y vio los leños que chisporroteaban en el hogar, un nuevo espasmo de angustia le sobrecogió. Junto al sillón de su padre había otro; y éste estaba vacío... Aquel hueco, aquella falta, le recordó la ausencia de un ser querido. El padre se retorció las manos, sin cesar de mirar al hijo, entre acongojado y sorprendido.
—Hijo, hijo mío, no pareces el mismo... —dijo—. Más alto..., más delgado... Tú eras antes mucho más grueso. Y, además, tu cara...
—No pude escribir —replicó Kev, pasando un brazo por la espalda de su padre—; pero supongo que te enterarías de mi accidente.
—Creo que sí; hace mucho de eso, ¿verdad? Casi lo llegué a olvidar. Y una vez llegué a creer que habías muerto. Luego supimos por el periódico, que estabas en el hospital. Eso fue antes de que tu madre se marchara... ¿Y qué te sucedió en realidad, Kev?
—Muchas cosas. Una explosión de cañón me lanzó por los aires... Parece que fui a chocar contra no sé qué. En fin, durante mucho meses no me enteré de nada.
Todos pensaban que moriría. Estuve en el hospital por espacio de dos años, y al fin conseguí salir adelante. Pero mi cabeza no quedó bien. Me daba cuenta de ello porque no era capaz de recordar. Tampoco podía ver bien con uno de los ojos... Y mira un maxilar de hierro. Y al hablar así, se sujetó con los dos dedos el labio inferior para mostrar a su padre la masa oscura que le servía de maxilar.
—¿Qué es eso? —inquirió el padre disgustadamente.
—Perdí todo el maxilar inferior. Me remendaron lo que quedaba con hierro. Y puedo mascar con ello; pero todo tiene un sabor odioso y repulsivo... Me han dicho que, si algún día puedo, debería hacerme un maxilar de platino y oro.
¡Bueno! Eso será cuando saque el oro de nuestro Rogue.
—Bien, bien... Siéntate, hijo. Entonces, ¿no llegaste a ir a Francia?
—No; tuve mala suerte. ¡Cuatro años para nada!... Mi salud arruinada, mi vista casi perdida, mi cerebro oscurecido... ¡Oh, mucho mejor habría sido morir en el frente!
—Hijo mío —exclamó el padre entristecido—: comprendo que todo eso es horroroso. Y apenas tienes ahora veintiséis años... ¡Hecho una ruina! ¿Qué es lo que han hecho por ti en ese maravilloso hospital de reeducación?
—Peor que matarme, papá —replicó Kev con amargura—. Sufro de agudos dolores durante todas las horas del día. Y durante la noche, no puedo dormir. En el Ejército, además, aprendí una serie de cosas detestables. Pero esto no les importa, no les importa nada. La carne de cañón es barata y tiene poco aprecio...
La bebida, únicamente, me proporciona algún alivio. Siento decírtelo, papá, pero tienes que saberlo todo, mejor que nadie. Vuelvo a casa hecho una ruina. Sin dinero. Sin nada más que este uniforme que llevo sobre el cuerpo. Eso es todo.
—¡Dios nos ha dejado de su mano! —replicó el viejo Bell amargamente.
—Puedo decirte que no estaba cerca de mí cuando esa mano me hizo falta...
—Querido hijo —volvió a decir el viejo, arrepentido de su momentánea confusión—; a pesar de todo, no debemos perder la fe. Si perdemos la fe, lo perderemos todo, fatal e irremediablemente. Todavía podían haber ocurrido las cosas de peor manera. Te pudieron matar... O pudiste quedar totalmente loco...
Mientras hay vida, hay esperanza. ¡Oh, querido Kev, te suplico, te ruego que no pierdas la esperanza!
—¿Esperanza en qué, papá?
—Esperanza en que aún tendrás algo que hacer en la vida fue la grave contestación del padre—. ¡Búscalo! ¡Consíguelo tú mismo!... Todo te ha fallado; tu novia, tu patria... Además, no encontrarás un amigo ahora. Eso es cierto. Pero yo digo... ¡por Dios!, mientras puedas sostenerte en pie, hijo mío, levántate por encima de todo eso. Contra lo sórdido, contra la injusto, contra las fuerzas adversas y destructoras del mundo... ¡No dejes que se apoderen de tu alma, hijo mío!
—Ya te entiendo, papá... Gracias. Ahora sé que entre nosotros habrá ya para siempre un lazo indestructible. Y eso es algo... Es suficiente... Pero háblame ahora de mi madre.
—Mira, Kev: fue bajando lentamente su cuesta —replicó el viejo Bell—. Ya sabes que no era una mujer de buena salud cuando te fuiste. Padecía una enfermedad antigua y lenta... Descansé al terminar, puedes creerlo. Antes de morir, me recomendó mucho que no dejase de traerte aquí, junto al Rogue... Decía que el río te curaría de todos los males. Ella amaba a su río... Bueno, yo, por mi parte, tuve que desatender el almacén, a causa de su enfermedad, y el negocio se vino abajo. Se perdió todo... Desde entonces, tuve que echar mano a la carpintería. Ya sabes que he sido siempre buen aficionado. Era mi distracción, pero ahora es mi sustento. ¡Nunca se puede decir nada!
—Si yo hubiese aprendido, siguiera, un oficio —suspiró Kev—. No soy tan débil.
Creo que podría trabajar... Podría hacer cualquier cosa que no requiera pensar.
Pero nunca aprendí nada, excepto a pescar. Pasé más tiempo pescando que en la escuela.
—Escucha, Kev —digo el viejo, con aire pensativo—; tú podrías volver, muy bien, al río.
—¿Cómo? ¿Quieres decir a pescar?
—Sí; eso digo. Para vivir. Los pescadores van muy bien ahora. Muchos de ellos tienen hasta casa propia. Brandeth ha conseguido la dirección de la factoría de la Costa del Oro. Paga buenos jornales. Es un hombre importante ahora, enriquecido durante la guerra.
—Brandeth. Te refieres, claro está, al padre de Rosamunda.
—Sí; nada más que John Brandeth. Desde luego, nunca fue un pobretón; pero ahora es rico. Edificó una casa magnífica. Tiene un rancho en la parte baja del río.
Y, además, se quedó con mi almacén...
—¿De buena... o de mala manera, papá?
—Los negocios son los negocios, hijo —contestó el padre evasivamente—; aunque de haberlo querido, es natural, podía haberme salvado de la ruina. Eso es; los negocios son como la guerra, papá. ¿Y qué pasó con Rosamunda?
—Se hizo una joven muy hermosa. Las buenas galas, además, son un marco apropiado para las mujeres bonitas. Tiene aspiraciones, claro es. Conduce su propio auto. Acude a los bailes y a las fiestas. Anduvo tonteando con un chico de Frisco y con alguien de por aquí... Ella nunca me dijo nada, aunque no hace tanto tiempo que iba por caramelos al almacén. Pero me figuro, Kev, que no abrigarás ya ninguna ilusión con respecto a la muchacha...
—No, claro que no, papá... Aunque ella nunca rompió nuestro compromiso. Al menos, yo nunca supe una palabra de ello... ¿Se dijo eso por la ciudad?
—No, claro que no... Pero de ti no se acuerda nadie, hijo mío; puedes estar seguro.
—Claro; ya entiendo.
—Escucha, Kev, por favor... Debemos hablar de otras cosas y olvidarnos de todo eso. Por ejemplo, de tu habitación, y del cobertizo del jardín, y de la nueva barca que he construido... El mismo modelo de siempre, pero mejor hecha. He vendido lo menos dos o tres a los pescadores. Ésta de ahora es estupenda, fina de líneas, con una proa muy marinera y compartimientos estancos. Estupenda, ya te digo; una alhaja.
Hablar a Kev de las barcas y de la pesca era como abrir un portillo en la cerrada niebla de su memoria y sus recuerdos. El río era todo para él, pues conocía el emplazamiento de cada piedra desde los Rápidos hasta el Blossom Bar, y aun más allá. Remontar una corriente, manejar una barca en los pasos difíciles, o en los reciales, oír la música de la corriente impetuosa o mansa, pescar en las aguas bajas o profundas, había visto la alegría y la ilusión de sus años juveniles. Y ahora, la vista de aquella hermosa embarcación construida por su padre, poderosa de líneas, elegante y sólida, le hacía olvidarse de todo lo pasado para retrotraer su espíritu a los años mozos.
—Tenías razón, papá... ¡Es una alhaja! Creo que es la mejor que has construido en tu vida —exclamó Kev con entusiasmo.
—La necesidad es la madre de todas las virtudes, hijo mío —replicó el viejo.
—¿Cuánto cobras por una barca de éstas, papá? Ya no me acuerdo.
—Las vendo ahora a cuarenta dólares. Naturalmente, sin remos, ni aparejos, ni cuerdas. Tal como está. —¿Tienes vendida ésta?
—No. Pero Garry Lord le tiene echado el ojo y quiere quedarse con ella. Me propuso darme diez dólares de entrada... Sin embargo, Garry no es capaz de ahorrar en su vida lo que vale la barca.
—¡Garry Lord!... Me suena ese nombre —musitó Kev pensativamente.
—Ya lo creo que sí. Garry era muy amigo tuyo. De pequeños, acostumbrabais hacer novillos en la escuela y os ibais juntos a pescar... ¡Cuántos disgustos diste a tu pobre madre! Garry no fue nunca un hombre de provecho, y ahora está peor que nunca. Creció y se hizo vicioso, vago y borracho hasta dejarlo de sobra.
—¿Vive todavía a la salida de la ciudad, en aquella choza junto al río, en los pinares?
—No. Brandeth compró aquel pinar y lo echó de allí. A él y a los otros pillos que acampaban por la orilla del río. Se fue a vivir más arriba, ya fuera de la ciudad.
—Yo daré con él... Mira, papá: aquí tienes los cuarenta dólares de la barca.
Con esto acabo de quedarme sin un céntimo.
—Pero, hijo..., ¡yo no puedo tomar tu dinero!
—¿Por qué no?... Si no lo haces, acabaría por dejarlo en cualquier taberna —arguyó Kev, metiendo el dinero, a la fuerza, en el bolsillo del viejo—. ¿Está mi dormitorio en condiciones de habitabilidad?
—No se ha vuelto a usar para nada. Tu madre lo cerró cuando te marchaste. Y perdió o escondió la llave. Jamás se ha vuelto a abrir... Pero lo descerrajaremos.
En un instante, Kev se encontró ante el umbral de aquella habitación en que había pasado los más felices años de su niñez y su juventud. Era al mismo tiempo el umbral de un pasado para él oscuro, con escenas vagas, que se levantaban, como fantasmas, en su memoria enferma y trastornada.
Por la tarde salió a dar un paseo y recorrió la ancha avenida hasta llegar a la elegante mansión de Brandeth, levantada a la sombra del pinar, en la parte alta del río. Tenía la secreta obsesión de hallar algún cometido, algún trabajo, algo que no le hiciera sentirse completamente inútil y desgraciado en la vida. Penetró en la limpia y arenada calzada, orillada de una verdadera alfombra de césped, con sus arriates floridos, sus fuentes y sus parterres llenos de dibujos simétricos formados por verdes de distintas tonalidades. Al fondo, con un aire que parecía reprocharle su insolencia, estaba la alta y presuntuosa casa de Brandeth. Todo esto le impresionó un tanto, pero fue cuestión de un momento. La doncella que salió a recibirle le informó que la señorita Brandeth estaba fuera de casa. Había salido en su coche.
Keven Bell volvió a la calle principal del pueblo y se dedicó a pasear, y observó que sus paisanos, a pesar de mirarle con curiosidad, no le reconocían.
Los automóviles tenían que atronar el aire para que se les abriese paso. Kev era un hombre que en todas partes llamaba la atención, y lo sabía. Se encaminó al parque, lleno de ociosos o de haraganes, y desde allí se marchó de nuevo a la estación del ferrocarril. Una hora por las calles del pueblo le había dado la seguridad de no ser reconocido por sus paisanos. Solamente habían pasado cuatro años, pero estaba totalmente cambiado. Terminó su recorrido a la salida de la ciudad, y desde allí cruzó un prado y se dirigió a los pinares de la orilla.
Se dejó caer un momento sobre la fresca hierba. Aquello estaba completamente solitario. La carretera, el puente y la ciudad habían quedado atrás, con su barullo y sus ruidos habituales. Repentinamente, los pensamientos tristes desaparecieron, para dejar paso a una suave y dulce calma interior. La quietud apacible del lugar operaba el milagro.
El río se deslizaba, como siempre, limpio, verde, claro y puro, entre su lecho de piedra. Desde la curva más baja, le llegaba el rumor musical de un ««rápido», como se llamaba a los descensos cortos y precipitados. La melodía se mezclaba con el rumor del viento al filtrarse por las agujas del extenso pinar.
Desde la colina le llegaba también el graznido de un cuervo. Los cangrejos, sobre las piedras llenas de musgo, enseñaban la mancha grisácea de sus caparazones, ávidos de sol.
Keven cerró los ojos y se tumbó hacia atrás, aspirando con fruición el aire templado de la tarde. Las sensaciones agradables se intensificaron para él como por arte de magia. Desde muchos años atrás, aquellos instantes eran los únicos que le hacían sentirse, en cierto modo, un hombre feliz. ¡Qué extraño le resultaba verse allí de nuevo, tumbado sobre la hierba, a la orilla de su querido río Rogue!
Hasta sus molestias físicas parecían haberle abandonado. ¿A qué se debía el milagro?
Levantándose, se encaminó hacia el río, complaciéndose en llegar hasta la misma orilla. Su corazón saltó, como sobrecogido por un súbito recuerdo. Allí, a pocos pasos, estaba aquel «rápido» de sus primeras hazañas, o más bien de la primera de todas, cuando apenas tenía... ¡Bah, qué importaba la edad! Lo esencial es que había manejado una barca, siendo muy niño, que había salvado el «rápido» en una creciente del río y llegado sin novedad hasta el remanso de más abajo. Habría sido preferible, tal vez, haberse matado en aquella ocasión... Pero una duda interrumpió el curso de sus pensamientos:
Al final de la primera hilera de pinos descubrió la arruinada cabaña de un pescador. Conocía el estilo, aunque aquélla parecía de las más pobres e ínfimas.
Estaba construida con listones, piedras y latas recortadas de bidones de gasolina.
Un largo tubo humeante sobresalía de su techo en pendiente. Por más que quería hacer memoria, el emplazamiento de aquella choza en aquel lugar no entraba dentro de sus recuerdos visuales. Keven se dedicó a hacer cálculos sobre la choza y el límite de subida de las aguas en crecida máxima, cuando distinguió a un hombre en su parte exterior, curvado sobre una red, que estaba intentando, indudablemente, reparar. Keven tuvo que mirar durante cierto tiempo con bastante atención para convencerse de que se trataba, sin duda alguna, de Garry Lord. Finalmente, una vez convencido del todo, comenzó a avanzar con precaución, en un íntimo deseo de llegar hasta el hombre y causarle una sorpresa. De esta forma se deslizó hasta la parte trasera de la choza y llegó a tiempo de observar a Garry y oírle decir:
—¡No tiene arreglo!... Está hecha polvo y no sirve ya para nada. ¡Para nada!...
Sin red, sin barca... ¡y la cárcel a la vista, esperándome!
Keven se hizo visible.
—¡Hola, Carry!
El pescador se volvió rápidamente hacia el recién llegado. Era un hombre de rostro curtido, de rasgos duros ,en los que el alcohol había dejado su inconfundible pincelada. Iba descuidado, sucio y sin afeitar, a pesar de lo cual no resultaba repulsivo ni repelente. Y esto era debido, tal vez, a la limpidez de sus ojos grandes y candorosos.
—¡Por San Miguel! —exclamó, con tono de extraordinaria sorpresa—. ¿No eres, por ventura, Keven Bell? —Sí, Garry. Soy todo lo que queda de él.
—¡Dios mío!... Oí que habías muerto.
—No; tuve peor suerte, y estoy todavía vivo.
La emoción de aquel hombre rudo y degenerado, ante el encuentro con el viejo amigo, fue evidente. Pero fue cosa de un segundo, e inmediatamente recobró su calma y su aspecto habituales.
—¡Cielos, me alegro de verte, Kev! —dijo—. ¿Has venido a buscarme, acaso? ¿O estabas dando un paseo, casualmente, por estos andurriales?
—Mi padre me dijo dónde podría encontrarte, sobre poco más o menos —replicó Kev—. He llegado hoy mismo a casa. Todo está cambiado aquí, Garry. No conozco a nadie. Mi madre murió y el viejo está agotado y en la ruina... Pero he vuelto a casa, de todos modos, y estoy satisfecho. ¿No te enteraste de mi accidente?... Escucha, Carry; yo estaba junto a unas granadas de artillería que hicieron explosión. No puedo decirte si fueron las granadas o la pieza misma; pero algo me dio en la cara, brutalmente, y me la deshizo. Quedé ciego de un ojo, tengo una mandíbula de hierro y una especie de venda o mordaza en el cerebro... ¡Un desastre! Y eso es todo, por lo que me concierne, Garry. Ahora ya lo sabes.
—Siéntate, Kev, por favor. Realmente estás muy cambiado; pero yo te hubiese reconocido entre mil... Y creo que aún puedes distinguir el color de los ojos de una muchacha, ¿no?...
—De veras, Carry; estoy hecho una ruina. —Y Kev, para convencer a su amigo, le ofreció pruebas de alguno de sus defectos físicos.
—Antes y después de que te accidentaras, Kev, oí una porción de cosas acerca de ti, pero jamás les di crédito.
Más que las palabras de Garry, eran sus modales los que retenían la curiosidad y el interés de Kev. El pescador le miraba a hurtadillas, de una manera extraña, como si recordase que antes de la guerra existía entre ellos una especie de barrera, y ahora no se hallase muy seguro de que las cosas tuviesen distinto matiz.
—Tú te acuerdas de Gus Atwell, ¿no es eso? preguntó Garry, con cierto recelo.
—Creo que sí. Aunque no puedo hacer memoria de su cara.
—Parece que llegó a comandante...
—Sí, desde luego... ¡Santo Dios, me parece que ha pasado un siglo! Luego se marchó a Francia, bastante antes de que me ocurriera el accidente.
—Un camelista, eso es lo que fue —replicó Garry, despreciativamente—. Volvió a casa... Decía que «inválido», aunque yo le llamo otra cosa. ¡Te juro, Kev, que estaba tan sano como yo!
—¿De veras? Todo eso es nuevo para mí. Me figuro que hay muchas cosas de las que todavía no sé una palabra.
—Tú lo has dicho, Kev. Y yo me pregunto... Bueno, ¿por qué no voy a decírtelo. El caso es que Atwell dijo por ahí tantas cosas de ti, que se enteró todo el que quiso. Hasta yo mismo.
—¿Cosas de mí? ¿Qué cosas? ¿Referentes a mi accidente? Me figuro que diría que estuve a dos pasos de la muerte... y del tiempo que pasé en el hospital...
—No, no fue nada de eso —volvió a decir Garry, con los ojos fijos en las reacciones del visitante—. Cosas feas. Esparció una serie de rumores feos.
Solamente recuerdo una de esas cosas, y te la diré. Era algo acerca de cinco muchachas de una misma familia. Los Carstone; ése era el nombre. Cinco muchachas entre los quince y los veintidós años, y parece que cada una de ellas tuvo un niño... ¡Cinco hermanas! Es lo más sucio que he oído en mi vida.
—¿Carstone?... ¿Cinco hermanas?... Me recuerda algo ese nombre, aunque nada de particular.
—Bien; Atwell aseguró que tú estabas mezclado en eso. Y durante unos días se armó mucho barullo aquí, en El Paso.
—Garry, eso es una mentira —replicó Keven seriamente.
—Me alegro de oírtelo decir, Kev —dijo a su vez Garry con ardor—. Y si, yo estuviera en tu lugar, le diría dos cosas bien dichas a Atwell. Le haría desdecirse de sus habladurías... Aunque los pescadores de la parte baja del río, como es natural, estarían siempre de su lado, porque no sé si estás enterado de que Atwell es el superintendente del mayor establecimiento de la costa... Todo pertenece, desde luego, a Brandeth, que se está haciendo amo del pueblo. Y su negocio se extiende hasta la Costa del Oro. Esa gente de la parte baja está contra nosotros, y estos dos últimos años hemos tenido jaleo más de una vez. No pasa un sábado sin que haya camorra a la hora de la reunión. Incluso hubo una vez dos muertos. Hay mala gente en la parte baja del río. Y están intentando librarse de nosotros...
—No te preocupes por eso, Garry —dijo Keven resueltamente.
—¿Qué podemos hacer nosotros, Kev? Solamente unos cuantos hombres de la parte alta se aventuran a ir río abajo, porque ellos, como sabrás, eliminan tranquilamente a los que consideran intrusos. Y hay que levantarse contra ese estado de cosas. Y en la Costa también tenemos que luchar con su oposición, porque Brandeth paga más que nadie y estropea los pequeños negocios... Ganan el dinero a montones, y a Atwell puedes verle en su magnífico coche, mientras los demás pasamos hambre. Coche para arriba y coche para abajo. Ahora está haciendo el amor, me parece, a la niña de Brandeth. No es mujer para él, claro está...
—¿Te refieres a Rosamunda Brandeth acaso? —preguntó Keven tranquilamente.
—Claro; es la única hija que tiene. Una muchacha muy activa y muy bonita...
¡Caramba, Kev, se me había olvidado! A ti te gustaba antes la muchacha, e incluso... Bueno; recuerdo que a veces me pedías prestada la barca para llevarla a dar un paseo por el río. Cuando erais dos críos, claro está.
—Sí, ya recuerdo, Garry. Todo eso parece tan lejano... Pero hablemos de la pesca. ¿Cuándo empieza la estación?
—Ya está abierta, pero no hemos comenzado aún. Si yo tuviera una barca y una red, intentaría algo por la Costa del Oro, a pesar de Atwell. Y eso que estoy muy escamado con ese sujeto. Estoy seguro de que, si me viesen aparecer por el Estero de la Mula o por la Barra del Tyce, no repararían en mandarme al fondo para que sirviera de alimento a los salmones pequeños. Pero, además, no tengo tampoco red. El año pasado hice algo a mano. Trabajo muy duro y mal recompensado, puedes creerme.
—¿Da lo suficiente para vivir?
—No sé qué decirte... Así, así, con tal de que hagas también algo en el invierno.
—¿Cuánto viene a costar una red?
—Alrededor de los doscientos dólares. Se podría hacer una que resultase más barata, pero lleva mucho tiempo y no tengo paciencia para eso.
—Escucha, Garry; yo puedo conseguir algún dinero. Y papá también podrá ayudarme. Acaba de construir una barca preciosa. Asóciate conmigo, Garry. Yo pondré el equipo y partiremos beneficios.
—Kev, ¿qué estás diciendo? —preguntó Garry con incredulidad.
—Lo que has oído, muchacho.
—¡Tú quieres convertirte en un negociante de pescado!
—Sí; me gustaría. No veo nada malo en ello. De todos modos, tengo que trabajar, tengo que hacer algo. Y nunca serví para nada que no fuera manejar una barca y salir con ella a pescar.
—¡Claro que podrías, por Dios santo!... Y eres muy generoso, Kev; pero tengo muy mala fama... No soy más que un borracho haragán y mi compañía te haría mucho daño. Perjudicaría tu crédito.
—¿Mi crédito? Me gustaría saber qué clase de crédito tengo yo ahora en este pueblo. Un licenciado del Ejército es cosa que suena bien, pero que para nada sirve... No, Garry; yo no creo que seas tan malo como dicen. O como la mayoría de las gentes de aquí creen. Tú conoces bien el Rogue. Eso es todo lo que yo tengo... Siempre me fue grata tu compañía, cosa que no necesitaré jurarte. Por lo tanto, vamos adelante. Seremos socios e intentaremos poner una chinita en el dorado camino de Atwell.
¡Por mi vida, Kev, que iré contigo al fin del mundo si es preciso! —gritó Garry, y extendió hacia su amigo una mano renegrida, huesuda y fuerte. En sus ojos había un claro destello de agradecimiento y lealtad—. Yo te enseñé a tripular un bote —añadió—, ¡y quién sabe si tú conseguirás, al fin, hacer de mí un hombre!
¡Chócala!


III
El río ejercía un misterioso influjo sobre la adormecida sensibilidad de Keven. Durante la noche, permanecía muchas horas desvelado y oyendo el sordo rumor dé la corriente. En la oscuridad de la habitación, sus pensamientos parecían aclararse. Sentía el vehemente e imperioso deseo de volver a las agrestes regiones que el Rogue atravesaba, con sus peligros, su emoción y sus aventuras. Y aquel deseo era el primero que conmovía su alma desde muchos años atrás. Nunca, en mucho tiempo, había suspirado por nada que no fuera la muerte. El paisaje amado se desarrollaba, en la oscuridad, ante sus ojos: la Meseta del Rifle, el Estero del Whisky y el de la Mula, las Barras, la Catarata Grande... Soledad: maravillosa y amada soledad, bálsamo y lenitivo infalible de todos aquellos que, de una manera u otra, están atormentados por las penas o los dolores.
Pero existían dificultades. El sheriff f había detenido a Garry Lord a última hora, acusándole de haber pescado fuera de la estación. Las leyes del río eran muy rigurosas. Keven tenía que buscar bastante dinero para conseguir la libertad de su amigo, en primer lugar, y para completar el equipo de la barca después. Su padre se ocupaba en buscar este dinero, y él, en consecuencia, se veía forzado a permanecer en casa en tanto que las cosas no estuviesen definitivamente resueltas. Esta especie de ociosidad dio motivo al inevitable encuentro con viejos y antiguos conocidos del pueblo.
Las muchachas que habían sido sus amigas en los años de juventud eran ya unas mujeres hechas y derechas, que le miraban con curiosidad, como si jamás le hubiesen conocido. Aquello, sin embargo, era para él un alivio. No le importaba lo más mínimo tal diferencia. Mucho más le conmovió, por ejemplo, la calurosa y cordial acogida de Minton, el negociante en aparejos y útiles de pesca, gran aficionado, también, con el que había hecho en tiempos más de una excursión por el río. Encontró en él una sinceridad y una lealtad a las que no estaba acostumbrado.
—¡Al demonio con todas esas preocupaciones, muchacho! —había exclamado Minton cuando Kev trató de justificarse de las habladurías esparcidas por el pueblo en relación con su persona—. Nadie puede creer esas patrañas, ten la absoluta seguridad. Al menos, yo no las creí jamás... Olvídate del uniforme y de la guerra, que bastantes quebraderos de cabeza nos ha dado a todos Eso acabó, afortunadamente, y no hay que pensar en ello ni en su rastro de infortunios y sinsabores. Vida nueva. Vente cuando quieras por la tienda y te enseñaré cosas que no conoces. Aparejos completamente nuevos y diferentes... Ahora, el negocio de la pesca es cosa muy importante, que deja gran cantidad de dinero...
Claro está que casi todo está acaparado por esos puercos de la Costa; y como no nos decidamos a meterlos en cintura, van a acabar con el salmón y hasta con el río...
También encontró a Clarke y a Dungan, otros antiguos compañeros de pesca, y al viejo Jim Turner, y al negro Sam Johnson. Todos ellos se alegraron, al parecer, de volverle a encontrar, y tuvieron la discreción y la elegancia de no hablarle para nada de su accidente y de los cambios físicos que había experimentado. Parecían sinceros. Y ya era bastante, después de todo, que le asociaran, en sus recuerdos, a un pasado feliz y venturoso.
En cierta ocasión, al revolver una esquina, se encontró de pronto con una muchacha alta, rubia, de rostro agradable y que le resultó completamente familiar. Se hizo, no obstante, el desentendido, intentando pasar de largo. La muchacha, sin embargo, le gritó:
—¡Eh, Kev!... No es posible que quieras pasar sin saludarme. ¿Es que ya no me conoces?
—Claro que sí... Es decir, no sé... —replicó él lleno de confusiones, pero apresurándose a estrechar la mano que se le tendía.
—¡Parece mentira! —volvió a decir ella con tono de reproche—. ¡Y eso que fuimos novios cuando íbamos a la escuela!
—¿De veras? Eres muy amable al recordarme eso —contestó Kev, sinceramente conmovido—. Tu cara me es muy conocida, pero no consigo..., no puedo caer, de momento, en quién eres..; Sufrí una gran herida en la cabeza, y perdí la memoria.
—¡Oh, estos soldados veleidosos!... Soy Emmelina Trapier —le dijo ella, en tono de reproche.
Instantáneamente, la memoria de Keven hizo la asociación de aquel nombre con la bonita cara que tenía allí delante.
—¡Ahora sí que te conozco! —contestó, apretando con calor su mano—. Y te agradezco mucho que me hayas hablado, Em, porque habrías podido pensar otra cosa de mí, cuando la realidad es que tengo la cabeza como una olla de grillos.
—¿No has visto todavía a Bill?... Claro que no, pues de lo contrario me habrías reconocido. Ya sabíamos que estabas de regreso en el pueblo, y Bill está rabiando por verte.
—¿A qué Bill te refieres?—¡Cómo! ¿Tampoco te acuerdas de Bill, tu gran amigo?
—¡Oh!... Ya sé; pero no, creo que no he visto a Bill todavía —contestó Kev sin mucha seguridad.
—Le verás de un momento a otro, porque te está buscando. Pero, vamos, Kev, acompáñame hasta casa.
—Con mucho gusto; pero no creo que te favorezca mucho el que te vean conmigo.
—No te importe eso. Nosotros no somos como otras personas de El Paso, quisquillosas y llenas de prevenciones. Mi madre se alegrará mucho de verte...
¿No sabes que a mi pobre hermano Hal lo mataron en Francia?
—¿Hal?... No, no sabía nada. Sé muy pocas cosas del pueblo todavía. Y lo siento muchísimo, Emmelina, puedes creerlo... ¡Esta guerra ha sido terrible para todos!
Siguieron calle abajo, en dirección a la casa de la muchacha.
—¿De modo que a ti te hirieron gravemente? —volvió a preguntar ella, en tono solícito.
—Sí; habría sido mejor que me hubiese quedado para siempre.
—No digas tonterías, Kev; no debes pensar de ese modo. Todavía tienes algo que hacer en el pueblo, según creo...
—Eres muy amable, Emmelina, y te lo agradezco con el alma. Me doy cuenta de que aun existen personas nobles, de corazón limpio, capaces de comprender un poco las tragedias ajenas. Pero, créeme, mi pasado en este pueblo murió definitivamente. No puedo hacerme ilusiones, me consta.
—Entonces... ¿has visto ya a Rosamunda? —le preguntó en tono mucho menos festivo y jovial.
—No he podido hablar con ella. Fui a visitarla el domingo y no estaba en casa. Volví anoche... La doncella tomó mi nombre y volvió a decirme otra vez que estaba ausente... Claro que no era verdad, porque la vi a través de la ventana.
—No debes preocuparte mucho por eso, Kev.
—Me hizo tan poca impresión, que yo mismo quedé sorprendido, puedes creerlo. Solamente pretendía verla un instante... Mira, Em, tú misma puedes hacerme un favor, cuando la veas. Puedes decirle que yo, de todo corazón, la relevo de su promesa... Bueno, todo esto es ridículo, ya lo sé. Me he quedado atrás y no pinto nada; sin embargo, no soy un asno y quiero guardar las formas.
—No creas que veo mucho a Rosamunda, Kev. Ahora vive en una esfera distinta y tenemos poco trato... Bueno; por lo que a mí respecta, quiero también que lo sepas: estoy en relaciones con Bill.
—¡Magnífico! —exclamó Kev, regocijado ante el ligero sonrojo de la muchacha— . Os felicito a los dos y os deseo toda clase de venturas, Em. Hay en la vida dos clases de personas: las que destruyen y las que edifican. Tú perteneces a este último grupo.
—Gracias, Kev —contestó ella, deteniéndose ante la puerta—. ¿No quieres entrar a saludar a mamá? Va a llorar mucho cuando te vea, pero no importa. Se alegrará al ver que estás vivo y de regreso en casa.
—Sí, entraré a verla con gusto. Y si llora, creo que me hará bien el ver sus lágrimas... Pero, aguarda un momento, Em. Quiero preguntarte una cosa. ¿Fue realmente Atwell el que propaló por el pueblo la leyenda esa de las cinco hermanas Carstone? Cinco hermanas que. . Bien, ¿tú has oído algo de eso?
—Sí, Kev; oí esa sucia historia..., pero no la creí jamás —le respondió calurosamente, con el rostro arrebatado—. Y fue Atwell el que difundió la leyenda.
Bill me la contó, pues se la había oído relatar.
—Emmelina, yo te juro por lo más sagrado que eso es una infame mentira —replicó Kev, en son de disculpa—.
No puedo negar que en el Ejército aprende uno cosas sucias e innobles...
Pero no tengo nada que ver con ese lío de las hermanas Carstone. Y si alguien cree lo contrario, me tiene sin cuidado. Ahora bien: quería que tú supieses la verdad.
—Mira, Kev: conmigo no necesitas justificarte —volvió a decir ella, con los ojos empañados de lágrimas—. Y ahora vamos adentro.
Aquella visita a casa de Emmelina fue para Keven una prueba dura, la cual no se sentía capaz de repetir. Le dejó anonadado y con una amarga sensación de impotencia y fracaso al no poder mitigar a su antojo las penas y dolores 'de los demás.
Regresando una vez más a la calle principal del pueblo, se dedicó a vagar sin rumbo, mientras su cerebro estrujaba las más encontradas ideas, sin acertar con el hallazgo de una sola que fuera edificante y esperanzadora. Pensaba en irse otra vez de casa, en irse del pueblo, en ' renunciar definitivamente a todo aquello que por estar compuesto con retazos de un pasado real resultase ineficaz para la edificación de una vida nueva. Y mientras iba sumido en estas reflexiones, sus ojos percibieron la presencia de Rosamunda Brandeth. Iba en su coche y a gran velocidad. Sin sombrero, con los brazos al aire, ella misma manejaba, con soltura al parecer, el volante. Keven se quedó momentáneamente inmóvil. El reconocimiento de la que pasaba en el coche le hizo vacilar, con una íntima e inexplicable angustia interior. Ella también le había visto. Le había reconocido...
Lo adivinó por el súbito brillo de sus ojos. Pero la muchacha no quiso darse por enterada y continuó, imperturbablemente, su carrera. A su lado vio a un joven, destocado también, que en aquel momento debía decirle algo divertido, ya que ella prorrumpió en una alegre y gozosa risa cristalina.
«Perfectamente; todo está terminado, y me alegro»—murmuró Kev para sí mismo. Pero el encuentro no había tenido nada de agradable. El amor estaba muerto. Había que mostrarse tolerante hacia todo aquel que hubiese sufrido cambios a consecuencia de la guerra. Cambios para mejorar o para empeorar.
Aunque ¿podía la guerra hacer cambiar a una persona, mejorándola? Las almas —creía no precisan de los infortunios de la guerra para ser puestas a prueba.
Rosamunda, como él mismo, estaba cambiada; pero le habría gustado que, al cambiar, se hubiese sentido capaz de mostrar hacia sus desgracias una transigente y cristiana compasión, sin dar oídos a murmuraciones, a rencores o a egoísmos.
Keven se dirigió luego a la tienda de Minton, y procuró olvidarse pronto del incidente. En pasadas épocas, Keven acostumbraba pasar muchas horas en la tienda de su amigo, mirando y remirando los aparejos, las cañas y los anzuelos.
Volvía a sumergirse en el dorado espectáculo de su luminoso pasado, en el que se enseñoreaba, como centro y nervio de todo, el río y su aventura.
Apuesto algo a que vas a quedarte aquí un buen rato viendo todas estas cosas —le dijo Minton riendo, conocedor de su afición y su curiosidad—. En estos cuatro años se han inventado cosas nuevas para la pesca: cañas más ligeras, cebos más pequeños, anzuelos de tres agujas... Escucha, Kev: ¡si vieras la cantidad de salmones que cogí el año pasado!...
—Me encanta estar otra vez aquí, entre estos tesoros —replicó Keven—. Me acuerdo de cómo me gustaba gastar mis perras, las que tenía y las que no tenía, en cachivaches de esta clase... Pero todo pasó. Me parece, me parece.., que no volveré a echar el anzuelo en mi vida.
—¡Bah, bah!...Óyeme. El que tuvo una vez la afición, la conserva para siempre. El río te llamará de nuevo. Naciste en él. Y yo también. ¿Es que te figuras que vas a poder resistir? De ningún modo. Y no me digas que estás débil, enfermo o imposibilitado para pescar... Además, es lo que necesitas. El Rogue acabará de curarte, Kev, tenlo por cierto. Olvídate de todo lo demás.
—Tú siempre fuiste un gran pescador, Mint —exclamó Kev en tono admirativo.
—Claro... Y por tu parte, pedazo de tonto, estoy viendo que andas con remilgos... Pues bien: no necesito tu dinero.
No tengo ninguno, Minton —replicó Keven—. El poco que tenía lo empleé en liberar a Garry Lord. Ahora, mi padre está tratando de comprarnos una buena red, porque quiero intentar el negocio de esa clase de pesca, —en sociedad con mi viejo amigo.
—¡Qué par de demonios!... No es una mala idea, Kev. Entre los dos podéis ir bastante lejos, porque' Garry —es el mejor pescador de salmones de todo el río.
¡Con tal de que lo mantengas lejos del vino!
—Yo mismo, Mint, necesito que me tengan alejado de los barriles —rió Keven.
—¡Cómo! ¿Tú también te dedicas a empinar el codo?
—Me temo que sí, Mint.
—En ese caso, prueba a dejarlo, muchacho. No hay nada peor que un pescador borracho... Esa costumbre de los hombres del río de salir por la mañana y volver al mediodía con la barriga llena de ron... ¡Puá! ¡Nunca pude tragar eso!
—Me aficioné a la bebida porque me aliviaba los dolores físicos... Y ahora no sé qué es peor.
—Vuelve a pescar de nuevo, Keven Bell —le dijo Minton con acento de seriedad—; es lo mejor que puedes hacer. Se vive bien con eso, y mucho más tratándose de ti... Los oficios y empleos están difíciles en el valle sobre todo para los licenciados inútiles o defectuosos... El negocio del pescado durante unos años, y luego, con los ahorros, un buen huerto de frutales..., de manzanos... —¡Ah, las manzanas del Oregón! Hay una fortuna en eso, Kev, y no te engaño. Yo ando detrás de un huerto ahora.
—¿Las manzanas?... Sí, me parece, en efecto, buen asunto, Mint. Me gustaría poder ahorrar algún dinero... Me das alientos, Mint, y te lo agradezco mucho.
—El pescador es siempre hombre optimista por naturaleza, ya lo sabes.
Siempre confía, siempre tiene esperanza... Cada curva del río, cada remanso, puede traerle la fortuna. Y la vida debe ser así. Además... ¡la alegría de pescar! La diversión, la emoción, el azar de la pesca... ¿Quién es capaz de sentirse cansado o hastiado de la inimitable música del río? ¡Especialmente del Rogue! ¡El mejor río del mundo, Kev!
—Lamento, ahora, con esas cosas que me dices, no tener para comprarte una caña...
—¡Cómo! ¿No te dije antes que no necesitaba tu dinero? —replicó vivamente Minton—. Compra lo que quieras, y ya me pagarás cuando estés en fondos Y si no me pagas nunca, no me importará... Yo también te debo algo a ti...
Keven se sintió incapaz de rechazar la tentadora ocasión, y, sin pensarlo mucho, se' puso a elegir un equipo completo para la pesca a caña. Después de escoger varias cosas, exclamó:
» —Ya está bien.
Pero Minton le animó a seguir eligiendo para él lo que le viniese en gana.
—No andes con miramientos, y escoge lo que te guste o te haga falta. Y si más tarde vuelves a necesitar alguna cosa, vuelve por ella... ¡Ah, quiero prevenirte! El año pasado, los salmones subieron con un peso extraordinario. A última hora, claro está. Fue divertidísimo. Yo pesqué alguno de doce libras corridas, ya puedes figurarte...
—¡Doce libras!... Y me has vendido una caña que apenas podría con alguno de seis onzas... —respondió Kev, volviendo a devolverlo todo para cambiar la caña que ya tenía elegida por otra de mayor consistencia.
—Esto está mejor... —convino Minton—. Y ahora, escucha un consejo de hombre experimentado. De esta conversación puede salir algo importante para tu futuro.
Fíjate bien en esto: procura localizar un buen banco en la parte baja del río. Haz una declaración minera del terreno lindante con esa parte, y no te preocupes de más... Yo te digo que, cualquier día, aquello valdrá dinero, saques o no saques oro de allí.
—¡Oro! —exclamó Kev, interesado—. ¿Qué es lo que quieres dar a entender?
—¿Es que te has olvidado ya, muchacho, de que el Roque da muchos millones a los buscadores y los mineros? —repuso Minton seriamente—. Hay oro en la parte baja del río. Oro en las arenas de las barras y en el cuarzo de las orillas. Habla, si puedes, con alguno de esos exploradores, y él te informará. Con Whitehall, por ejemplo... Ese ha hecho una declaración en el Estero de Whisky. Si vas a dedicarte al Rogue, te conviene cultivar su amistad. No te importé hacerte amigos entre los mestizos; son buena gente.
—Te agradezco mucho esos consejos, Mint; me has hecho sentirme un hombre nuevo.
—Ahora, una última advertencia, Kev-le dijo todavía el comerciante balando el tono de voz—. Hay un negrero en la parte baja del río, y cada año sube menos salmón... Intenta averiguar por qué. Ese socio tuyo, Garry Lord, es una verdadera águila para estas cosas. No hay ninguno como él en todo el río, aunque tenga el terrible vicio de estar a todas horas borracho... Bien; para no cansarte: Brandeth no se da cuenta de que en la parte alta también tenemos que vivir. Desde Galice hasta Prospect todo el mundo se queja, pero nadie es capaz de poner las cosas en su sitio... Y si no se restringe, al menos, el uso de las redes en la desembocadura, nos quedaremos sin salmones. Unos cuantos haciéndose ricos a expensas de los restantes habitantes del Oregón... ¡Una infamia!
—Me doy cuenta de todo eso, Minton, y estoy conforme contigo —reconoció Keven—. Todo es nuevo para mí, como comprenderás, y no es extraño, después de las cosas que la guerra nos ha traído... Modas... Todo anda igual... Y, dime: ¿cómo anda contigo de cuentas Gus Atwell?
—Ahora va bien —replicó Minton—. Siempre fue un tramposo, pero ahora tiene mucho dinero. Va por ahí con un Rolls-Royce. Sin embargo, me veo y me deseo para cobrarle las facturas. Como es lógico, está contra los de la parte alta.
Durante la época de la preparación de conservas, va y viene en su coche; pero casi siempre anda por allí.
—Me habló Garry de eso —replicó Kev, moviendo la cabeza—; habría que ajustarle las cuentas a ese Atwell...
—Pues, no me importa decírtelo, Kev... Pero te «vistió de limpio» cuando vino licenciado, dándoselas de «inválido» de la guerra.
—Habló de mí, ¿eh?
—Sí; me puso una tarde la cabeza loca con esa historia de las hermanas. ¡Una historia sucia! Yo estoy acostumbrado a oír extralimitaciones de los soldados, pero aquello era ya el colmo...
—El colmo, incluso para soldados —admitió Keven—. ¿No es eso?
—Desde luego. Menos mal que no todo el mundo dio crédito a la patraña.
—Vaya; ya es algo —aseguró Kev, visiblemente disgustado.
—Cuando me contó esa historia, aquí mismo, recuerdo que estaba presente Bill Hal, que le reprochó la habladuría en tono duro... Y yo también lo mandé a paseo... Desde entonces no me habla... Pero, de todos modos, creo que eso te va a perjudicar con las mujeres, Kev.
—Supongo que Atwell se pasearía por aquí con su uniforme, tratando de atolondrar a las chicas.
—Así fue. Daba ya asco de verlo presumir...
—Bueno; a mí me sería fácil levantar un cuento que le desprestigiase, pero no todos somos de la misma madera.
El resentimiento hacia Atwell se apoderó del ánimo de Kev, que ya no se sintió despejado y tranquilo, ni siquiera con la preparación de sus proyectos de pesca en unión de Garry Lord. El plan consistía en ultimar los preparativos en la noche del próximo sábado para emprender la excursión el domingo a primera hora.
Si Keven hubiese resistido la tentación de tomar una copa, es casi seguro que habría salido de la ciudad sin dar mayor importancia a los ya conocidos infundios esparcidos por Gus Atwell. Por respeto a su padre, se había privado, hasta el momento, de «echar una cana al aire», dejando la botella quieta. Pero el sábado, cuando se despidió del viejo para pasar la noche en la choza de su camarada, con el objeto de poder salir en las primeras horas del siguiente día, la tentación pudo más que su buena voluntad. Sin embargo, no estaba borracho cuando aquella misma noche se encontró con Atwell en el vestíbulo del hotel principal de la ciudad. La bebida no conseguía trastornar, ni con mucho, el juicio de Kev; pero despertaba una especie de demonio en sus entrañas.
—¡Hola, Mayor!... —le dijo—. Te he estado buscando durante mucho tiempo; tenía ganas de verte.
El aludido, un hombre alto y de buen aspecto, vestido con elegancia no exenta de una ligera afectación, exclamó, en tono glacial:
—Lamento no poder decir lo mismo con respecto a ti. Y al hablar así, volvió a Kev, olímpicamente, la espalda.
Una especie de tigre salvaje se despertó en el interior del muchacho. Con la rapidez del rayo, su mano agarró al que trataba de alejarse, y no de una manera muy suave.
—Tú, canalla embustero, me vas a oír ahora unas palabras... ¡He dicho canalla y lo repito, una y mil veces, porque eso eres! Fuiste tú el que estuvo mezclado en el escándalo de las hermanas Carstone, y no yo. Has mentido como un puerco...
¿Por qué no has contado en El Paso que los soldados te quemaron públicamente, en efigie? ¿Y por qué no les has dicho a todos que tu compañía no fue a Francia, porque eres un asqueroso cobarde?...
El rostro de Atwell estaba lívido.
—Escucha, soldado... —dijo—. Todo el mundo sabe que tu cabeza no anda buena después de aquella herida, y por eso tus palabras pueden disculparse.
Pero ándate con cuidado...
Keven le dio un puñetazo y Atwell se tambaleó y tuvo que agarrarse a la baranda de la escalera. Empezó a sangrar por la boca y la nariz.
—¡Lo que he dicho lo sostengo! —gritó Kev en una actitud de desafío—. ¡Inválido de pega!... ¡Cobarde, más que cobarde, eso es lo que eres! Pero todos los soldados de tu compañía lo saben; se puede preguntar a cualquiera de ellos... Y con respecto a esa infamia de las hermanas Carstone, escucha bien lo que te digo: si vuelves a acusarme de esa canallada... ¡te mataré como a un perro Repentinamente, Kev agarró un vaso que estaba sobre una mesa y lo arrojó con violencia contra la cabeza de Atwell. El vaso se hizo añicos y el agredido se desplomó, inerte, sobre el suelo.
Nadie hizo el menor movimiento para detener a Kev, y éste salió tranquilamente a la calle, sin volver la vista atrás.


IV
Keven se arrepintió casi inmediatamente, al recordar a su padre, de la violenta escena del hotel, y corrió a su casa, para informar al viejo de lo que había sucedido y del inminente arresto que le aguardaba a menos de que pusiera tierra por medio y saliese, sin dilación, de la ciudad. Se llevó una verdadera sorpresa al comprobar que su padre escuchaba el relato de lo ocurrido con verdadera satisfacción.
—¡Eso está perfectamente, muchacho! —le dijo—. Me alegro de que hayas partido la cabeza a ese Atwell, porque cualquier día de éstos lo hubiera hecho yo mismo... De manera que los soldados le quemaron en efigie, ¿no es eso?, porque era un cobarde y jamás informó que su compañía estaba lista y dispuesta para ir a Francia... Bien; esa historia no la conocía el pueblo. ¡Pero la va a conocer!
—Me parece muy bien, papá. Pero tengo que irme en seguida. Dame las provisiones... y ya te tendré al corriente, por correspondencia, de mis andanzas río abajo, en la Costa del Oro. ¡Adiós, viejo!
Keven tomó sus mochilas y sus aparejos y salió acto seguido. Se dirigió a la parte alta, procurando no ser visto, cruzó los prados que bordeaban el negro pinar, y abriéndose paso lo mejor que pudo, se encaminó derechamente a la choza de su amigo Garry. Dio un largo silbido, sin obtener respuesta. El pescador no estaba en casa. Llegó hasta la puerta, que se hallaba entreabierta, y comprobó que un alegre fuego estaba encendido en el hogar. Keven agregó nuevos trozos de madera y luego acercó las manos, con lo que experimentó una cálida y acogedora impresión, que le hizo latir la sangre más apresuradamente. Las alegres llamas arrancaban a los leños un alegre chisporroteo, mientras éstos al consumirse se tornaban de un alegre color rojo cereza, tirando a oscuro. Al arder, llenaban la humilde cabaña de un perfume verdaderamente dulce y penetrante.
Su próxima maniobra consistió en quitarse rápidamente el uniforme, y en ponerse a continuación la camisa de franela, el pantalón y la cazadora de lana que aquella tarde se había comprado. También se puso, encima de todo ello, un pesado impermeable. Después, con gesto violento y significativo, arrojó el uniforme al fuego. «¡Al demonio con todo eso!» exclamó, viendo que las llamas se apoderaban rápidamente de aquellas prendas. «¡Se acabaron los mitos patrioteros y las estupideces!» Y al hablar así estaba seguro de que su voz era en aquellos instantes la voz de millones de americanos. «¿Luchar?», siguió diciendo.
«Bien; cuando la patria se vea invadida. ¡Entonces y nada más!» Sentándose junto al fuego, estuvo contemplando la simbólica quema de su uniforme hasta que quedó reducido a un pequeño montón de cenizas... ¡Esto se terminó!» volvió a decir. Y con ello quiso referirse a todo lo ocurrido en los últimos años, para él lastimosos y miserables.
El ruido de unas pisadas en el exterior le sacó de sus cavilaciones. Alguien se aproximaba, por entre los pinos.
—¿Eres tú, Garry? —preguntó, enderezándose. Y una respuesta le llegó, desde lejos, confusa y entrecortada:
—¿Qué demonios sucede aquí...?
Era, sin duda alguna, la voz de Garry Lord, que poco después hizo su aparición en el umbral, rojo como una guinda madura, respirando con dificultad, y a todas luces borracho como una cuba.
—No ocurre nada de particular, Garry —replicó Keven con una tranquilizadora sonrisa—. Ya veo que vienes «alumbrado» de veras... Y ¿cómo te ha ido con la policía?
—¿La policía? —gruñó el recién llegado—. Andan todos de cacería detrás de ti, Kev.
—¿Detrás de mí ¿Por qué motivo?
—Pues... dicen que rompiste el «coco» al Mayor.
—Dicen eso, ¿eh?... Bueno, pues es cierto por esta vez. —Tenemos que largarnos...
—¿Navegar por el río de noche? —preguntó Kev alarmado.
—Naturalmente. De noche. Ahora mismo... Pero no iremos lejos; la suficiente para alejarnos de aquí y acampar al otro lado.
—¿Está la barca preparada, Garry?
—Sí; puedes echarle un vistazo.
Keven tomó el bulto de la ropa, las provisiones y todo lo demás, y se dirigió con rapidez al lugar en que estaba amarrada la embarcación. Encendió al llegar allí la linterna. La barca estaba, en efecto, preparada y a punto para partir.
Presurosamente, pero sin que se le escapara detalle, hizo una inspección que le satisfizo plenamente. Se fijó especialmente en los cuatro remos nuevos sujetos en los estribos, y en los otros dos, de repuesto, tendidos en el fondo de la embarcación. También reparó —y fue lo que más le agradó de todo —en la fuerte cuerda que estaba enrollada sobre la proa. En un abrir y cerrar de ojos, saltó a bordo, colocó las cosas que llevaba en la mano junto a la popa, y regresó otra vez a la orilla. Garry salía de la choza, con un lío de mantas y un lienzo embreado.
—Creo que no vendrá mal —dijo—, porque el río está frío y húmedo de veras.
—Ponlo allí... —le contestó Kev—; yo voy a apagar el fuego.
Extendió las brasas con el pie y luego echó arena encima de ellas. Se hizo una gran oscuridad en la choza. Casi a tientas, salió de nuevo y emprendió el camino, en la sombra, hasta que entrevió la silueta de Garry junto a la barca.
Estaba a punto de encender otra vez la linterna, cuando un largo pitido le detuvo.
—¡Ya están aquí, Garry! —exclamó en un susurro—. Es la policía que viene por mí.
—No vienen por ti, Keven; viene por... nosotros —contestó el pescador riendo.
—¿Por ti también, Garry?
—Me largué con viento fresco, muchacho, cuando quisieron detenerme otra vez... Me preguntaron por ti, y yo dije que no sabía nada; entonces quisieron echarme el guante, para que no pudiera darte aviso, pero me largué...
—¡Vamos a bordo! —dijo Kev—. Si nos buscan a los dos, mejor que mejor. Ya oigo los pasos... ¿Hacia dónde vamos?
—Tú no te preocupes por eso —contestó Garry, que se le unió sobre la marcha y tomó asiento, dando cara a la popa.
Keven, con un remo, ayudó al despegue de la barca, que lentamente se separó de la orilla. Luego se sentó frente a su amigo.
—Garry —le dijo—: supongo que no iremos a navegar de noche, río abajo. Será mejor que arrimemos otra vez, por aquí cerca.
—Nada de arrimar, amigo. ¡Adelante!
—¡Pero, tú estás borracho!
—¡Y qué!... ¿Tendríamos alguna ventaja si estuviera fresco? Es lo mismo, muchacho.
La embarcación se adentraba hacia el centro del río, y la corriente acabó por prenderla definitivamente. Las aguas refulgían a la luz de las estrellas. Garry enfiló hacia abajo, siguiendo el curso de las aguas, con un batir de remos acelerado y ruidoso. Otra larga pitada llegó de la orilla, seguida esta vez de una ruda exclamación:
—¡Aquí está la cabaña, Bell! ¡¡Vamos allá!
Keven se sintió agitado por un sentimiento de rebeldía. Durante largo tiempo, la disciplina y la autoridad habían amordazado sus iniciativas y deseos, pesando sobre él como un insoportable yugo. Ahora, se sentía libre y dueño de sus actos. Con resolución, empuñó también su par de remos, balaceándolos en el aire, para ajustar el movimiento a la maniobra de Garry. Y, de pronto, un rumor sordo y opaco de aguas despeñadas le hirió los oídos. Desde pequeño estaba acostumbrado a respetar al Rogue. Algunos camaradas de su juventud que habían osado, imprudentemente, menospreciar al río, fueron a encontrar una muerte cierta en los bajos fondos de sus remansos, después de haberse roto el cráneo contra las rocas. La barca estaba ya en el centro de la corriente, y ésta, por momentos, aumentaba el ritmo de su celeridad. El sordo rugido de un «rápido»
cercano se hacía cada vez más atronador. Garry gritó:
¡Hay que ir por el mismo centro de la corriente para salvar con seguridad este descenso!
Keven se enderezó para ver mejor. En algún punto, por delante de ellos, el fulgor del río parecía terminar. La piedra negruzca de las orillas fingía levantarse sobre sus cabezas, y encima, dando la sensación de que horadaban el cielo, se recortaban las frondosas copas de los árboles. Keven se sentó un instante para volverse a levantar en seguida, doblándose materialmente sobre los remos. Ante la proximidad del paso difícil, el dormido sentimiento de aventura despertaba otra vez en su pecho. ¿O era, tan sólo, un recuerdo? De pronto, vio brillar una larga línea de pequeños remolinos de espuma blanca. Se aproximaba la rampa, la caída rugiente y plateada. Muchas veces, antes de aquel momento, la había salvado con éxito, y la conocía bien. Sus ojos se desorbitaban, intentando traspasar límites que eran del todo infranqueables. Se inclinó en el momento supremo, para gritar:
—¡Ahora, Garry, ya estamos en el centro del rabión! ¡¡Cuidado!!
La ronca contestación del camarada, cualquiera que ésta fuese, no llegó con claridad a sus oídos, pero se sintió reconfortado, como por arte de magia, ante el tono de seguridad que demostraba. Agarró fuertemente los remos y se dispuso a ayudar a la maniobra. La barca aumentó de velocidad. Las orillas parecieron borrarse y desaparecer. En un momento, sintió que la quilla tropezaba contra el fondo rocoso y luego se alzaba en alto. Habían llegado, por fin, al borde del «rápido», como cortado a pico, y la proa avanzaba en el aire... Luego se sintió prendido por una especie de remolino hirviente que los sumió, los arrastró, pesadamente, hacia abajo. El agua le azotó el rostro, mientras con los remos intentaba trabajar a ritmo forzado, tratando de seguir los endemoniados movimientos de Garry, más práctico y entrenado en aquel menester. Los brazos del pescador, en efecto, se le antojaban los de un gigante. Sentía ganas de gritar, de preguntar si todo iba bien; ganas de oír la voz de su camarada; pero se mordió la lengua para contener la exclamación que pugnaba por escaparse de sus labios.
Un golpe de agua más fuerte que los demás, le bañó completamente, produciéndole una sensación de frío y malestar. Caían.., caían aceleradamente...
El cielo y las estrellas ya no estaban encima de su cabeza, sino que aprecian inclinados y desplazados hacia atrás. Abajo, el choque del agua contra las rocas producía un rumor de trueno que semejaba anunciar la inminencia del peligro, del paso difícil. Se dobló una vez más, poderosamente, sobre los remos. Se hacía preciso el último esfuerzo, para evitar el choque de la proa contra las rocas.
—¡Fuerte, muchacho! —oyó, por fin, gritar a Garry, en el momento supremo. Y se enderezó, para hundir materialmente los remos en el lecho pedregoso.
Entonces, ante el esfuerzo combinado de los dos remeros, la barca alzó su proa, en el instante crítico, y pasó, diagonalmente, rozando con la quilla el fondo rocoso. Un momento después, recobrada la posición normal, el bote se deslizaba plácidamente, en la oscuridad, por las aguas tranquilas y casi quietas de un bajo.
Garry alzó los remos y dirigió una sonrisa a su amigo.
—¡Como un terrón de azúcar para un niño! —le oyó decir, con absurda tranquilidad. Luego, volvió a remar, con suavidad esta vez, y la barca siguió deslizándose río abajo. Keven también levantó los remos. Su cara estaba húmeda y su pecho jadeaba ligeramente. La ardiente agitación de su sangre se aquietaba poco a poco. Mientras descansaba y se entregaba al alivio de estas sensaciones, la barca empezó a aumentar nuevamente la velocidad a consecuencia de las fuertes remadas de Garry. Contornearon una curva y, como una mole, se perfiló de pronto ante ellos una negra montaña. El río se ensanchaba en aquel lugar, y Garry le mandó enfilar hacia el lado opuesto de la carretera. La brisa fría de la noche les llevó el rumor de otro «rápido», y Keven, sin poder evitarlo, sintió que el cabello se le erizaba. ¿Querría Garry bajar de noche otro recial? No obstante, éste estaba todavía lejos... Keven volvió un momento la cabeza para mirar hacia la parte alta del río, donde quedaba la ciudad. ¿Qué era lo que dejaba allí, realmente? El hogar... Un nombre desacreditado... Un padre para quien no quería, de ningún modo, ser una carga. Y, además... Pero no; no quería pensar ni considerar aquel último punto de vista. El rumor del próximo «rápido» crecía, y Keven empezó a experimentar una sensación de malestar. Sin embargo, si Garry se decidía a bajarlo, él no diría una palabra. Pero el pescador le mandó enfilar hacia la orilla arenosa de la barra, y allí atracaron, bajo la oscura sombra negra de los árboles. Keven saltó primero, después de lo cual tiró con fuerza del cabo de proa y fue a sujetarlo sólidamente a uno de los troncos cercanos.
—Tenemos que dormir algo, Kevoyó decir a Garry, al tiempo que éste echaba mano al bulto de las mantas. Despiértame temprano, pues me estaría durmiendo un mes entero.
Rápidamente extendieron el lienzo embreado y las mantas sobre la hierba húmeda, y quitándose los zapatos y las cazadoras, se acostaron, como Garry había dispuesto. El pescador se quedó dormido casi instantáneamente, pero Keven no pudo, por el momento, conciliar el sueño. Se sentía, a pesar de todo, extraordinariamente cansado. Su cuerpo ardía, como si estuviera preso de una fiebre elevada. Aquella excitación, aquel desasosiego, eran completamente nuevos para él, y se extrañaba ahora de haber pasado a través de aquellas pruebas sin desfallecer, dado el estado de sus nervios. Quizá no estuviera tan débil y tan inútil como él mismo creía, y poco a poco una sensación de descanso y de alivio fue apoderándose de todo su ser... Empezaba a sentirse bien físicamente, a descansar, en una palabra. El corazón aquietaba sus latidos desordenados dentro del pecho... Luego, su atención se dirigió hacia el exterior; hacia la frescura de la brisa nocturna, hacia el brillo de las estrellas, que le hacían guiños por entre el follaje y las copas de los árboles. También el río, siempre el río, le mandaba sus sonidos inimitables y melancólicos: el ruido de las pequeñas ondas, que iban a morir en la orilla arenosa, el canto de la corriente, lleno de armonías y de voces extrañas, y, desde lejos, el sordo rumor del «rápido» . ..
Tendido allí, en la oscuridad, a la orilla de aquel río de sus amores, Keven sentía en su interior una especie de afinidad con la misteriosa corriente. Siempre se había sentido compenetrado con el río. Desde pequeño lo había amado, y luego, siendo hombre, se había dado cuenta de la extraña afinidad existente entre sus propios sentimientos y todo lo que el Rogue significaba, aunque sólo fuese por la agreste libertad y la soledad que tan fielmente personificaba. ¡Qué extraño resultaba que, desde aquel memento, Keven tuviese que ganar su vida y su sustento entre el peligro de sus corrientes y sus aguas! Un gran peso parecía desaparecerle del propio corazón. Había regresado al Rogue, por algún designio inescrutable, y el río no renegaría de él. ¿Qué importaban la miseria, la fatiga y las privaciones? Antes, al contrario, se gloriaba en ellas.
Al fin, con el opaco rumor de los «rápidos» en los oídos, Keven se quedó dormido. Despertó con las primeras luces del alba y tardó algunos instantes en darse cuenta de su exacta posición. El techo de entrelazados ramajes que tenía sobre la cabeza le dejó sorprendido, pero casi inmediatamente el rumor de las aguas próximas le volvió a una plácida y alegre realidad. Tuvo que zamarrear a Garry para despertarlo.
—¡Dios mío... creí que estaba todavía en la cárcel y que eras el guardián!
¡Buenos días, soldado!
—Deja ese tratamiento, Garry. Llámame lo que quieras menos eso —replicó Keven—; ahora soy tu camarada y tu socio, nada más.
—Perdona, Kev... ¡Cielos, me parece que bebí algo anoche! —exclamó el pescador, apartando de sí las mantas—. Y traje una botella para estos casos...
Vamos, echemos un trago, Kev; no podemos arriesgarnos a encender aquí fuego para cocinar un desayuno decente.
—¿Cuál es tu proyecto, Garry?
—Vamos a seguir hacia abajo, y llegaremos a la Puerta del Infierno, donde haremos un pequeño alto. La policía, esta mañana, habrá bajado en coche, por la otra orilla, para tratar de localizarnos. Naturalmente, ellos no pueden vigilar más que ciertos trechos de río, en los que puedes apostar lo que quieras a que no habremos de estar. Bien; acamparemos, como te he dicho, para comer, y mañana por la mañana estaremos en Galice. La policía, puedes estar seguro, estará aguardándonos al final de la carretera, pero el puente de Alameda no existe, porque lo arrastró el agua este invierno, y si nos echan la vista encima será para vernos desaparecer por el otro lado...
Ya era día completo cuando ambos dejaron la pequeña playa arenosa. Una espesa nube de niebla se cernía sobre el río, envolviéndolo todo, a manera de palio. A su amparo, los fugitivos pudieron atravesar sin novedad aquellas zonas de río que eran visibles desde la carretera.
Cuando alcanzaron el nuevo «rápido» —que no era, de día, en modo alguno, impresionante —Garry se volvió hacia su amigo, al tiempo que agarraba fuertemente los remos:
—Vamos allá, Kev —le dijo—. ¡A ver si se te ha olvidado!
—Estoy listo, Garry —contestó Keven, mientras se enderezaba ligeramente, tratando de examinar el borde del «rápido». Una especie de estremecimiento le recorrió la espina dorsal, pero reaccionó con el propósito de no defraudar la confianza de Garry. Se trataba de un recial poco violento, algo largo, pero no de mucha inclinación. Su curso había que superarlo a fuerza de maniobra, hacia uno y otro lado, con objeto de sortear los numerosos obstáculos rocosos. Esto era todo. Keven, una vez lanzada la barca hacia abajo, se agarró fuertemente al remo derecho, al objeto de colocar la embarcación casi diagonalmente y sacarla de la primera línea de escollos rocosos; luego, con unos cuantos tirones y ayudado por la corriente misma, una vez superado aquel obstáculo, volvió a meter la proa en el grueso de la corriente, atenta siempre la mirada a los próximos obstáculos. La misma maniobra que anteriormente, repetida hacia el lado izquierdo, le dio paso, por fin, a una parte mucho más sencilla y navegable, terminando con la dificultad del descenso.
—Veo que no te has olvidado de nada —dijo Carry, levantando sus remos—.
¡Como un pastel de manzanas! Keven hinchó el pecho con un suspiro de satisfacción. Era milagroso que estuviese otra vez fuerte... ágil... activo... ¡útil para algo! Miró a su camarada con una mirada de verdadero agradecimiento.
Seguirían juntos, fuese como fuese. Tenían muchas cosas en común, y el río, por otra parte, terminaba de unirlos fuertemente.
Continuaron su viaje, dejando a cada lado las extensiones inmensas, viendo huir en manadas, hacia el interior, los patos silvestres que se amontonaban en las pequeñas ensenadas, bajando una y otra vez «rápidos» que se presentaban, aproximadamente a cada milla de recorrido, y viendo, por fin, como la niebla se levantaba y dejaba al descubierto espacios de cielo azul y, al fondo, las manchas verdosas de las laderas. Repentinamente, el sol brilló en todo su esplendor, llenando el valle de cegadora luz. Al llegar la tarde los fugitivos arribaron a un lugar en que el río se estrechaba, entre altas murallas de piedra. La Puerta del Infierno estaba cerca. Desde allí podían oír el sordo y opaco rumor de este furioso y endemoniado «rápido». Garry enfiló hacia una sombreada playa.
Ya estamos aquí, Kev —dijo sonriendo—. Vamos a acampar y a ponernos cómodos. No pueden vernos desde ningún sitio, ni tampoco el humo... Y, ¡por todos los santos!, aunque lo vean no podrán llegar hasta nosotros, a menos que naveguen por el río. ¡A ver si se atreven esos policías piojosos a enfrentarse con el Rogue!
En aquella playa, pronto encontraron un sitio ideal para establecer el improvisado campamento. Era una especie de cueva poco profunda, al pie de las grandes elevaciones pedregosas, cubiertas de helechos y de musgo. Kev se entretuvo en instalar el campamento y encender el fuego... Cada hora que pasaba le despertaba recuerdos de emociones y alegrías vividas en aquellos mismos lugares. Pero todo aquello era el pasado; el futuro... ¿podría ya depararle algo que no fuese penas, dolores, alcohol y degeneración? Se puso a considerar todas estas cosas, y por la tarde, las horas le sorprendieron tumbado, en una actitud de pereza física, contra la cual trataba de luchar desesperadamente por temor a caer nuevamente en el desmayo. Un largo reflejo dorado le recordó que el sol llegaba a su ocaso, y poco después el cielo se hizo gris, anunciando la proximidad de la noche. Con ella llegó también el frío del río. Garry animó el fuego y Keven estuvo todavía junto a más de una hora, tratando de no pensar en nada. Por fin se tumbó otra vez y cerró los ojos, cediendo al sueño que ya le iba invadiendo. Le pareció que no había hecho más que acostarse, cuando ya se sintió fuertemente sacudido por su compañero:
—¡Cómo! ¿Es que estás muerto? —oyó gritar a Garry —¡Levántate y lávate la cara! Nos vamos. La mañana acababa, apenas, de aparecer, cuando ya la niebla colgaba su lienzo grisáceo de los altos picos pedregosos. Antes de partir, Garry dijo:
—Escucha, Kev, voy a hacer pasar la barca por la Puerta del Infierno. Tú no hagas más que vigilar. Ahora, en esta estación, la corriente llega muy encrespada y no puede confiarse en que signifique, ni mucho menos, una ayuda. Un golpe de remo dado a destiempo podría echarlo todo a rodar. Quiero que estés completamente restablecido y seguro de ti mismo antes de dejarte correr riesgos.
—Eso está bien, Garry; pero yo quiero correr esos riesgos gustosamente.
—Puede ser, muchacho —le contestó con ironía el pescador—; sin embargo, hay el inconveniente de que el Rogue está endemoniadamente frío por las mañanas a primera hora.
Garry enfiló hacia el centro del río, que se estrechaba por momentos. Keven no podía distinguir la parte superior de las alturas laterales, veladas por la oscuridad y por la niebla. Contornearon un recodo, y entonces un hondo y tétrico rumor de verdadera catarata les llegó a los oídos. Keven había pasado por allí en más de una ocasión, pero durante el verano, con aguas bajas. El río llevaba más de dos pies de diferencia con relación a los niveles de aquella estación, y la corriente, en la proximidad del paso difícil, corría con la velocidad de una saeta.
Lo que era ya canal se estrechaba hasta convertirse en embudo, cuya oscura boca se dibujaba ante los ojos de Kev. Sobrenadando la cresta de una verdadera montaña de agua, entraron decididamente en el estrecho paso, precipitándose en él con la pesadez de un trozo de plomo. El ululante infierno gris de aquel paso siniestro los sorbió, materialmente. Garry, al principio, gobernaba con golpes de remo secos y rápidos, pero pronto recogió los remos, sobre los costados de la barca, y se quedó quieto. A pocos pasos se abría, como una ventana sobre el abismo, la Puerta del Infierno. El agua silbaba furiosamente a su alrededor. Por un momento, los dos hombres se vieron levantados, elevados, y parecía que la proa de la embarcación se dirigía derechamente a estrellarse contra el saliente rocoso del lado derecho de la Puerta. Kev creyó que Garry iría a gobernar, pero éste no hizo ningún movimiento... La misma corriente enderezó el rumbo, e hizo pasar la proa por el estrecho agujero, en la catarata del descenso...
—Yendo por el centro de la corriente, el paso es fácil —dijo Garry, cuando todo había pasado—; sin embargo, hay que abstenerse de gobernar dentro del embudo.
—Entonces, ¿crees tú que un tronco de árbol o un bote vacío pasarían automáticamente por el agujero? —Se estrellarían contra los ángulos nueve veces de cada diez, puedes apostarlo. Pero, ¡manos a los remos!, muchacho; vamos a llegar al puente de Galice.
Muy pronto, como consecuencia de las enérgicas remadas, el bote llegó al citado puente, y pasó de él, contorneando otra curva y saliendo nuevamente, al dejar la garganta rocosa, a la anchura plácida del valle. Galice aparecía como un pequeño poblacho, sin que una sola columna de humo se elevara al cielo desde las chimeneas de sus hogares. Más abajo de Galice, el rumor de otra serie de «rápidos» llegó a saludar a los expedicionarios.
—Nuevos descensos a la vista —dijo Garry—. Forman una especie de triángulo rectángulo y son difíciles de pasar en otras ocasiones. Pero no ahora, en esta estación. ¡Pastel de manzanas!... Hay mucha agua y no podemos tropezar en ninguna parte.
Navegaron a partir de aquel momento por una serie de remolinos de espuma, entre barras arenosas y remansos de aguas poco profundas, para ir a desembocar, por fin, en una especie de lago agitado que se precipitaba hacia la derecha, describiendo una pronunciada curva y yendo, luego, a pasar, con un ensordecedor estruendo, bajo una alta y negra escarpadura que avanzaba, a manera de arco, sobre las aguas. El nuevo «paso» habría sido bastante para atemorizar a cualquier navegante, a no ser por la confianza que en todo momento inspiraba la maestría de Garry. Desde allí, alcanzaron pronto el Rancho Lewis, y más tarde los arrecifes rocosos, las barras y los remansos que en un tiempo habían sido los lugares de pesca preferidos por Keven. En aquellos lugares, ya podía bajar la corriente más o menos crecida o encrespada; Keven sabía cómo manejarse en tal parte del río, y en esta seguridad se dejó caer, cómodamente, sobre el banquillo lateral. Garry se puso a silbar. La niebla se levantaba del todo para dejar al descubierto los prados de la orilla y las altas montañas cubiertas de arbolado y vegetación. Después de una milla más de camino, el río volvió a estrecharse, y, en seguida... ¡la Meseta del Rifle! Aquí corrían las aguas del famoso lago de los salmones, tan visitadas por los pescadores, de cualquier índole o modalidad, desde el arponero al desacreditado pescador de caña.
¡Cuántas y cuántas horas había perdido Keven en aquellas rocas salientes y alargadas, a cuya forma especial debía su nombre todo el lugar adyacente!...
Desde allí bajaron a los «rápidos», preferidos también por Keven para la pesca de la trucha. Luego, las aguas empezaron a ganar nueva velocidad, como preparándose para otra gran caída. Un poco más de camino y estarían a la vista de Alameda, donde terminaba la carretera y el Rogue se adentraba, por decirlo así, en terrenos selváticos y casi inexplorados. Keven distinguió sobre una de las laderas el viejo molino abandonado, de ganga mineral, ahora casi en ruinas. Una curva más y se presentó a la vista el remanso que servía de umbral al • gran «rápido» o cascada de Alameda, verdadera catarata en la época de las lluvias.
Desde allí pudieron ver el derruido puente que pasaba de orilla a orilla, sobre el citado «rápido», al que faltaba más de una tercera parte, arrastrada durante el invierno, en la época de las crecidas violentas. El ojo rápido de Keven se apercibió bien pronto del automóvil y de los hombres que estaban al acecho en la orilla izquierda.
Lo que yo te dije —gritó Garry, dirigiéndose a su amigo—. Esos piojosos policías... ¡Ahí los tienes!
—¿Qué es lo que vamos a hacer ahora? —preguntó Keven con cierta alteración.
—Nada. Nos reconocerán y nos darán el alto desde la parte más avanzada del puente derruido. Nosotros nos haremos los tontos, llegaremos hasta el borde del «rápido» y... ¡al diablo con ellos!
Remaron con energía hasta llegar al remanso. Las aguas allí parecían detenerse y convergían hacia los ojos del puente. Desde abajo, llegaba el hondo y tétrico jadeo de las aguas despeñadas.
Los policías que estaban en la orilla comenzaron a hacer gestos significativos, que se hicieron más violentos al comprobar que los navegantes no demostraban la menor intención de salirse de la corriente para arrimar a la orilla... En un momento, el remolino inicial de la caída prendió la embarcación, y los agentes se dieron cuenta de que era demasiado tarde.
—¡Remad hasta aquí o disparamos! —gritaron, sacando las pistolas.
Garry se enderezó para replicar:
—¿Quién dijo miedo?... ¡Vamos allá, valientes!
El «rápido» de Alameda, sin agentes amenazadores en las orillas y sin puente roto, era ya, de por sí, una aventura fea y desapacible para el navegante.
El descenso se ejecutaba entre aristas rocosas, afiladas como cuchillos. Gobernar una embarcación en aquella terrible caída, era proeza que muy pocos hombres en todo el río serían capaces de ejecutar con éxito. Keven, al verse sorbido por aquel infernal ciclón que los precipitaba en el vacío, se olvidó de que en la orilla había unos agentes que apuntaban hacia la embarcación con pistolas automáticas.
Sus ojos estaban atentos solamente a la hábil maniobra de Garry, que pugnaba por mantener el esquife en la cresta de la gran masa de agua descendente, apuntada su proa hacia abajo, en la más rigurosa perpendicular. A pesar de todos sus esfuerzos, un grito ahogado se escapó de sus labios... Pero no había mucho tiempo para pensar, ni para preocuparse del peligro, pues cuando una de aquellas aristas comenzaba a ser riesgo mortal, tal riesgo ya había quedado atrás, en la vertiginosa caída vertical...
Y fue cuando ya la barca se deslizaba por las aguas bajas, salvado el terrible obstáculo, cuando el rostro sonriente de Garry se volvió hacia su amigo.
—¡Los «polis»! —dijo, señalando a los de la orilla. Keven volvió también la vista y pudo verlos aún, gesticulando y esgrimiendo sus armas, como verdaderos endemoniados.
—¡Vamos, vamos! —les gritó Garry con voz ronca ¡Venid por nosotros, cuadrilla de piojosos!
No había duda de que el insulto había sido oído y comprendido por los agentes. Era demasiado fuerte para ellos, y sus armas empezaron a disparar.
—¡Por vida del demonio! Debajo del puente, Kev!.. Échate a tierra! —gritó, al tiempo que se tendía, como un sapo.
Kev tuvo apenas tiempo de echarse allí mismo, junto a la borda, metiendo la cabeza en el fondo de la barca, mientras las balas silbaban sobre sus cabezas y se estrellaban en las recias tablas de la embarcación... Y así continuaron hasta que pudieron ponerse fuera del alcance de las armas.


V
Más abajo de Alameda, el río se enroscaba, describiendo una especie de espiral entre dos altos macizos montañosos. Keven lanzó una última mirada hacia el puente arruinado, hacia los gesticulantes e irritados policías y hacia el abandonado molino de ganga mineral. Todo ello, en un instante, desapareció de su campo visual, y entonces se dio cuenta de que, con aquel eclipse, era la civilización lo que quedaba atrás. En las cien millas venideras, el Rogue atravesaría terrenos vírgenes, inexplorados y sin otra ley que no fuese la del más fuerte o más audaz. Las escarpaduras se hacían más agrestes, como para ponerse en consonancia, y se convertían en fuertes y altos despeñaderos, verdaderos nidos de águila, que la planta humana no osaba profanar...
—Fíjate en eso, muchacho —le gritó Garry—. Se trata del Argo, un sitio que no es fácil de navegar. Hay que manejar los remos como el mismo diablo para no apartarse de la derecha. Tenemos que sortear un largo arrecife.
Al salir de la última vuelta de la espiral, se presentó a la vista de los navegantes una gran hendedura, tras de la cual se mostraban, emergiendo de las aguas, una serie de rocas oscuras, salpicadas de manchas de cuarzo blanco.
Hacia el centro de la corriente, las aguas parecían precipitarse en un hondo pozo; pero a los lados se ensanchaba el río, en grandes extensiones que iban a morir en playas de naturaleza arenosa. Keven, aun a costa de alargar considerablemente la ruta, siempre tenía por costumbre contornear el obstáculo principal, que muy pocos pescadores, y solamente los más temerarios, se atrevían a abordar de frente. Esta vez, sin embargo, sus labios se dilataron en una mueca de satisfacción, cuando Carry empezó a cantar «Enfila hacia la playa, pescador..., enfila hacia la playa...» Para ayudar a su amigo, Keven se apoyó en los remos con toda la fuerza de que era capaz, al objeto de lograr para el esquife la posición deseada. Muy pronto, con sus esfuerzos combinados, se vieron prendidos por lo recio de la corriente central, llegando a una altura desde la que ya no había regreso posible...Unos cien pies más abajo, el agua se precipitaba en aquella especie de pozo o agujero central, levantando en su caída verdaderas nubes de espuma blanca, fraccionada hasta el infinito. Ahora ya no podían ver los escollos ni el arrecife, que tenían forzosamente que salvar; sin embargo, conocían su posición exactamente. Empezaron a remar con remadas hondas y poderosas. Cuando se encontraban a unos seis pies de la escollera, y dos veces más distantes de la profunda depresión en que se precipitaban las aguas, Garry recogió los remos.
Todavía estaba cantando, pero Keven ya no podía oírlo. Como un enorme cisne, el esquife dio un salto y se precipitó en el rugiente torbellino...
Con velocidad de verdadero vértigo, semejando la barca un trozo de pesada materia inerte, iniciaron aquella peligrosa caída. A pesar de los cuidados y rápidas maniobras de Garry, no pudo evitarse que la quilla sufriese un fuerte encontronazo con alguno de los escollos salientes, y Keven se vio lanzado hacia delante, yendo uno de sus remos a golpear, inevitablemente, la espalda del pescador. La alta borda de la derecha les protegió del encontronazo, y cuando Keven pudo enderezarse, para colocar otra vez el remo en su correspondiente escálamo, que se había partido con la violencia del choque, ya la barca navegaba tranquilamente por el gran lago que se extendía al pie del recial.
—¿,Qué es lo que te propones, Kev —le preguntó Garry—. ¿Matarme por la espalda?
—Fue un accidente, Garry... Cuando trataste de evitar el arrecife, fui arrojado de mi sitio y se partió el escálamo.
—¡Por vida de los santos! ¿Es esto un esquife o un martillo pilón?... Es demasiado bueno el condenado. Y demasiado rápido... Tendremos que asegurarlo con lastre cuando naveguemos por el cañón de Kelsey, pues de lo contrario sabe Dios lo que ocurriría.
—Es mejor rodear los «rápidos», pescador, siempre te lo he dicho.
—Nada de rodeos. Ya no hay pasos malos hasta que lleguemos a Kelsey, y éste no es muy malo del todo.
Después de, aquello, los expedicionarios siguieron navegando el Rogue, salvando sus «rápidos» y sus arrecifes, sus bajos y sus barras arenosas, siempre por el camino más corto, aunque hubiese que arrostrar peligros. En la mayor parte del recorrido, les era imposible ver otra cosa que no fuesen las altas paredes rocosas de las orillas, pero cuando se asomaban al valle, alguna que otra vez, sus ojos se recreaban con las verdes y altas cimas cubiertas de vegetación, los abruptos despeñaderos y los agrestes riscos, que se recortaban, milagrosamente, sobre el purísimo cielo azul. Y siempre el río entonaba su canción viril y armoniosa en la inmensa soledad.
Las blancas y pequeñas nubes bajas se deslizaban por entre los elevados picos, como rebaños aéreos de fabulosos animales. Grupos considerables de venados, con la cabeza erecta y las largas orejas a la escucha, acechaban junto a las barras arenosas, para escapar, tierra adentro, en cuanto se aproximaba a ellas el esquife. Los patos silvestres levantaban también su vuelo, mientras las águilas, señores del aire, vigilaban el paso de la embarcación, sobrevolando los altos e inaccesibles acantilados. Y, a cada momento, nuevos reciales y obstáculos, prestaban al Rogue su eterno carácter, como si intentasen justificar, por así decirlo, lo acerado y real de su denominación1.
Los viajeros navegaron a través de la Cascada del Estero, y la sensibilidad de Keven se sintió nuevamente alterada por espacio de algunos minutos. El mirar hacia arriba y considerar que poco antes habían caído, como una cosa, navegando en la cresta de aquella terrorífica masa de agua que se desplomaba con infernal estrépito, era algo que ponía los nervios en tensión y no invitaba, ni mucho menos, a repetir la aventura...
Garry, poco después, enfiló el bote hacia la playa.
—A veces, aun contra mi gusto —dijo—, comprendo que hay pasos que no hay más remedio que rodear... Y ahora veremos algo de eso, desde aquí en adelante.
Tomando el cabo de popa, después de arrimarse completamente a la orilla, saltaron a tierra, dejando el esquife al garete, llevado tan sólo por el impulso de la corriente. Ganando o soltando cuerda fueron costeando, en pos de la embarcación, hasta llegar al declive, en cuyo momento trataron de sujetar, con todas sus fuerzas, el impulso de la bajada. Keven saltó sobre una roca, que halló tan fría como el mismo hielo, mientras Garry corría a la parte baja, para hacerse cargo de la embarcación. La cuerda se deslizaba por las manos de Kev, produciéndole el roce una verdadera quemadura, que estuvo a punto de arrancarle un grito de dolor; no obstante, resistió como pudo, y aun se vio precisado a apoyarse fuertemente en la roca, para no ser arrastrado, lastimándose los hombros y la cara. El dolor fue tan intenso que, por un momento, creyó estar viendo un montón de estrellas... Por fin, el esquife estuvo de nuevo en manos de Garry, que le gritó desde abajo:
—¿Qué estabas intentando, Kev? ¿Querías desplazar esa piedra de su sitio con la fuerza de tus hombros?
—No te burles de mí, viejo —le contestó Keven, ya recobrado, llevándose la mano a su maxilar artificial—. ¡Ha sido horrible!
—Eso no es nada, muchacho... ¡Ya verás cuando lleguemos a Blossom o al Estero de la Mula!... Y ahora vamos. ¿No has oído hablar de las Cataratas de Reamy? Pues creo que nos aguardan, allá, abajo...
Subieron de nuevo a la barca; pero pasó algún tiempo antes de que Keven recobrase su optimismo y su decisión aventurera. La caída de Reamy era algo de bastante consideración y no podía ser tomada a broma. Navegar a través de ella, era poco menos que imposible, e incluso el paso por las orillas era dificultoso y estaba lleno de verdaderos e infranqueables obstáculos. El esquife tuvo que ser casi descargado en una de las playas, y desde allí, de peñasco en peñasco, con verdadero riesgo de la seguridad personal y un gran agotamiento de las energías físicas, fue necesario hacer el transporte de las cosas y de la barca hasta la parte baja... Después de aquella durísima prueba, Keven se sentía verdaderamente agotado... Pero entonces el río, como para compensar a los viajeros de aquellos sufrimientos padecidos hasta el momento, se presentó ya como un lago tranquilo hasta llegar al Estero de Whisky, objetivo de los dos amigos por aquella jornada.
Ya era bastante tarde, según los cálculos de Kev, cuando el esquife atracó junto a la playa arenosa. Un horizonte de pinos se presentaba a los ojos de los recién llegados, en aquel lugar, donde el valle se ensanchaba considerablemente. Al fondo, entre ellos, una cabaña: la morada de Whitehall, el aventurero y señor de aquellas soledades.
El ladrido de unos perros les dio la bienvenida, y a poco, apareció en escena, para inquirir la naturaleza de la visita, la corpulenta y recia figura del explorador.
—¡Buenos días, Withy! —le gritó Garry, al verlo aparecer—. ¿A qué no adivinas quién viene conmigo? —¡Creo que es Keven Bell en persona, o yo estoy loco de remate! —respondió el explorador.
El encuentro causó a Keven una verdadera satisfacción. Muy a menudo, en sus pasados tiempos, había hecho estación en la cabaña de aquel enamorado de las soledades. Sin embargo... ¡qué lejos todo aquello! A Keven se le antojaba una eternidad, una vida entera lo que le separaba de su época anterior a la guerra.
—No os molestéis en establecer campamento, muchachos —prosiguió el explorador—; vamos a la cabaña. No he visto un hombre blanco desde hace un siglo.
—¿Cómo va eso del oro por este lado? —preguntó Garry.
Y el solitario contestó:
—Yo ando ahora detrás de un filón...
—Escucha, Whity: tú has estado metido en eso desde hace más de diez años, ¿no es así?
Sí; siempre he dicho que hay oro en estas montañas... Y hoy te lo puedo demostrar, al fin.
Condujo a sus huéspedes al interior de la rústica cabaña, amueblada con muebles improvisados, no exentos, sin embargo, de comodidad y de utilidad práctica. La cabaña se componía de una sola pieza, y estaba adornada con trofeos de caza, armas y utensilios propios de la vida en plena Naturaleza. Una pierna de venado ahumada colgaba de la parte alta de la chimenea, en la que brillaba un fuego tan vivo como agradable y acogedor. A la vista del suculento tasajo, la boca de Keven se llenó de agua, y no se contuvo, ni mucho menos, de manifestar su apetito.
—Comed lo que os dé la gana —les dijo el explorador—; y si queréis cazar un venado, no tenéis más que levantaros temprano... Tengo un parque destinado a ellos; no es broma...
Whitehall le enseñó luego algunas muestras de oro... En polvo, en pepitas y en vetas, formando parte de pedazos minerales de diferente constitución. Lo enseñaba con orgullo, con vanagloria, no con el interés y la codicia del que piensa enriquecerse con el hallazgo, sino con la alegría sana del descubridor, para quien la gloria de haber hallado el filón es superior a cualquier clase de riquezas.
—¡Oro auténtico, Whity! —exclamó Garry, con los ojos brillantes, examinando aquellos tesoros—. Y no los tenías la última vez que pasé por aquí.
—No, claro que no —le respondió el explorador—. ¡Lo encontré!... Y yo mismo no estaré ya aquí cuando pases otra vez.
—Por todos los santos, que me alegro... —siguió diciendo Carry—; me alegro por ti, Whity... Nosotros, en cambio, somos unos desgraciados que tenemos que estar luchando con el Rogue... Escucha, Whity: esto has debido de encontrarlo en algún lugar de la barra del Tyee, ¿verdad?
—Pues, no, muchacho, no es así... Me he pasado muchos años en el Tyee, tan sólo porque los chinos, en pasadas épocas, dicen que sacaron de allí millones y millones. Pero el oro de las barras hace tiempo que se fue en un verdadero aluvión. Encontré la veta en las montañas, a la espalda de todo esto. Sin embargo, ya hemos hablado bastante de mí. Decidme ahora qué es lo que ocurre por la parte alta del río... ¿Y qué haces tú por aquí, Kev? Me parece que es demasiado pronto para el salmón, si es que vienes a eso.
Mientras el explorador servía la cena a sus huéspedes, sus labios no estuvieron quietos ni un instante, haciendo preguntas y más preguntas, como hombre verdaderamente ansioso de comunicación con sus semejantes. Y cuando la no menor locuacidad de Garry volvió a repetir las desgracias de Keven, contando la historia de sus sinsabores y la leyenda negra difundida por el pueblo, en sus años de ausencia, la cara de Whitehall expresó una verdadera amargura, limitándose a decir, por todo comentario: —Has hecho bien, muchacho, en volver al río; pero debes olvidarte del salmón... Este Garry no tiene el suficiente talento para comprender que con la pesca no hay nada que hacer. Tú eres joven todavía... ¡Dedícate al oro!
Aquellas palabras calaron hondo en la despierta sensibilidad del muchacho.
La idea de dedicarse de lleno a la búsqueda del preciado metal no había entrado nunca en sus cálculos de una manera formal. ¡Y cómo le fascinaba en aquel momento! Al fondo de aquella aventura se dibujaban en su imaginación la granja, la liberación económica para él y para su padre, aparte de otros sentimientos y sugestiones difíciles de analizar... Pero, sobre todo, le entusiasmaba la posibilidad de una victoria máxima: el poder vivir fuera del pueblo.
Por la mañana temprano, Whitehall acompañó a los amigos hasta el río y los ayudó a despegar, deseándoles buena suerte.
—Adiós, muchachos —les dijo—; que las cosas os vayan bien... ¡Y cuidado con el Estero de la Mula!
Cuando navegaban ya en plena corriente volvió a gritar:
—Enviadme noticias vuestras, desde allá abajo, por medio de los rastreadores...
—Bien... ¡Te mandaremos una oreja de Brandeth!
El Rogue se los llevó de nuevo. Whitehall estuvo en la orilla, levantando el brazo fuerte y musculoso, hasta que desaparecieron de su vista, al volver un recodo lleno de árboles para entrar en el largo pasadizo que terminaba en la barra del Tyee.
—Escucha, Garry, ¿no sería mejor echar una ojeada a estos «rápidos» desde la orilla? —preguntó Keven cuando el opaco y conocido rumor llegó de nuevo a sus oídos.
—Seguro... Pero yo puedo pasar el Tyee con una mano amarrada —fue la respuesta.
—Sin embargo —volvió a objetar Kev—, el río cambia a cada momento de condición y de humor.
Aquello no le importaba a Garry lo más mínimo. Su pecho se hinchaba, su cuello se erguía desafiante y poderoso, la línea de sus hombros se cuadraba perfectamente con una viril arrogancia tan pronto —como el peligro se presentaba a su alrededor. A Keven le parecía que la terrible barra del Tyee se levantaba amenazante ante ellos hasta dejarle ciego y sordo... Y cuando el esquife, salido milagrosamente de sus ondas, se deslizaba de nuevo por las aguas tranquilas, un nuevo espíritu de audacia, parte, indudablemente, del que animaba a su amigo, vivificaba e inundaba todo su ser. Y así, el muchacho gritó mentalmente su libertad a las águilas, señoras del espacio, sobre los acantilados; y sonrió despreciativo a los oscuros riscos imponentes que bordeaban la Barra Rusa; y saludó con un grito estentóreo a la alegre y blanca espuma de la Barra China...
Luego, pasaron a través del Sacacorchos, las Costillas del Diablo y la Barra Negra, con sus agrestes pasos, más allá de los prados inundados de sol. Y llegaron a la Barra del Caracol, y aun más allá, hasta las estrechuras pedregosas del río, en la parte de Blossom, donde ni siquiera un pedazo de madera podría haber navegado más abajo, sin perjuicio de su integridad material. En aquel ángulo, una verdadera montaña derruida parecía haber obstruido el paso, extendiéndose el panorama en inmensas manchas de pinos y de abetos, generosamente regados por los arroyuelos que bajaban de los despeñaderos, lamiendo el musgo de los riscos, para unirse entre sí al pie de los declives, antes de entregar sus menguados caudales al Rogue. Allí tuvieron que poner otra vez a prueba sus energías para hacer pasar el esquife sobre las rocas peladas, metiéndolo luego en las hendeduras inverosímiles, y haciéndolo resbalar a fuerza de ingenio y de músculo hasta las aguas del canal que discurría, mansamente, en la parte baja.
Más tarde, los expedicionarios navegaron ante la maravillosa e inmensa soledad de las campiñas, descansaron, volvieron a remar, deslizándose por las aguas quietas o alborotadas, junto a las playas arenosas o bajo los riscos... hasta que, al fin, el retumbar hondo y sobrecogedor del paso del Estero de la Mula les hirió los oídos, haciendo que la sangre precipitara su carrera bajo la piel de ambos camaradas.
Todavía a la luz del sol, a la vista de un imponente macizo de roca oscura que se levantaba en medio de aquel valle, los viajeros enfilaron el esquife hacia la izquierda, para ir a varar sobre un lecho de guijarro menudo.
—Bien —dijo Garry, con acento de indudable repugnancia—; hay que saltar a tierra para echar un vistazo.
Unas cien yardas más abajo, el traicionero Rogue se rompía de pronto, se partía en dos, por así decirlo, a la boca de un rocoso y oscuro desfiladero, desde el que se desplomaba en el vacío con un fragor capaz de encoger el ánimo y el corazón.
Treparon por las laderas de piedra y fueron de roca en roca para examinar el río desde una posición en que aparecía como una cinta de plata mecida por el viento. Garry se alejó más de media milla, para completar a fondo su inspección, y se detuvo casi encima de la catarata.
—No es un dulce este paso en la tarde de hoy —dijo moviendo la cabeza significativamente—; pero, puesto que no podemos quedarnos aquí indefinidamente y hay que vadearlo de todos modos, cuanto antes lo hagamos será tanto mejor. ¡Vamos allá!
Con toda la rapidez posible volvieron sobre sus pasos, y todavía, antes de que Garry hiciese despegar el esquife, preguntó a su amigo:
—¿No pasaste nunca embarcado el Estero de la Mula?
—No —le respondió Keven seriamente—; recuerdo que trajimos un tren con ruedas y transportamos la embarcación por la parte de tierra.
—¡Demonios, es buena idea!... Bueno; no ocurrirá nada, puedes estar seguro, hasta que lleguemos al «Estrecho» ; y una vez allí... ya no puede pasar nada, tampoco. Si hemos llegado hasta este lugar, después de haber salvado los «rápidos»
anteriores, ello quiere decir que vamos a llegar, del mismo modo, al «Estrecho»...
Y allí sucede una cosa divertida cuando te prende el gran remolino: se echan las tripas por la boca... Pero, bueno; ¡rema con ganas, Keven!
A Keven se le antojaba que el río no tenía en semejante lugar la más mínima belleza. Más allá del oscuro ángulo, del macizo pedregoso que se adueñaba de casi todo el valle, un espectáculo terrorífico se presentó a los ojos del muchacho, dejándole materialmente paralizado sobre el banquillo. El esquife se balanceó unos instantes sobre una cresta hinchada y verdosa, entre lienzos desgarrados y colgantes de piedra negruzca, contra los cuales el agua se despedazaba, fraccionándose en millones y millones de burbujas. Garry mantenía los remos levantados. El esquife volaba como si fuera una pluma y el cielo aparecía como una mancha azulada sobre sus cabezas, al tiempo que las verdes laderas se esfumaban y desaparecían... De pronto, el rumor ensordecedor del «rápido» se apagaba también, transformándose en una especie de gemido lastimero. La corriente aumentaba su velocidad más y más, sin transición apreciable.
Desde las orillas, mil diminutos remolinos empezaban a enviar un ruido semejante a un gorgoteo seco, acompasado y siniestro. ¡Qué enojosa y mal encarada aquella masa hirviente de agua que les rodeaba!... Casi al instante, la cresta hinchada y verdosa por donde navegaban se abría en abanico, se ensanchaba, y grandes remolinos se apoderaron del esquife, impulsándolo a una danza circular.
—¡Déjalo girar! —gritó Garry a Keven.
Luego, la barca empezó a dar vueltas como una peonza, prendida por fin en el rugiente torbellino. Los remos, alzados, en más de una ocasión chocaron violentamente contra las paredes rocosas.
De pronto, un sonido extraño hirió súbitamente los oídos de Keven. El ruido venía de la propia corriente. Era algo profundo, entre amenazador y burlón, que terminaba en una especie de succión terrorífica. Al revolver un saliente rocoso, la barca se vio materialmente barrida, arrastrada. Keven percibió un saliente dentado que se cruzaba diagonalmente, hasta una distancia de unos diez pies del saliente gemelo de la orilla opuesta. Aquello era el «Estrecho». Él solamente lo había visto desde arriba. Allí abajo, en pleno cañón, ¡qué monstruosamente distinto se le aparecía!
Garry empezó a remar desesperadamente. Para ayudar a su amigo, Keven procuró aplicarse, concentrando su esfuerzo sobre los remos, hasta la última onza de su propio peso físico. De nuevo estaban prendidos por la turbulenta corriente, que los arrastraba, pulgada a pulgada, hacia el horripilante agujero, ya visible.
Por todos los medios intentaban, a fuerza de remos, frenar al desbocado esquife.
Allí estaba, por fin, el «Gran Remolino», rugiente y hambriento, con su enorme boca preparada para engullirse todo lo que tuviese la desgracia o la temeridad de aventurarse en él. Y tan grande era la agitación de aquella sima revuelta que, como por arte de magia, las aguas a su alrededor parecían aquietarse, tornándose mansas y como temerosas de la inevitable caída.
El terror de Keven se desató cuando se vio a punto de caer en semejante embudo líquido. Cerró los ojos... Y, de pronto, el «Gran Remolino» prendió al esquife, como si fuera una pluma, impulsándolo a una nueva danza, alocada y frenética esta vez, amenazando con arrojar a los viajeros de sus asientos. Keven se sintió turbado, mareado hasta un límite cercano a la inconsciencia. Aunque ha-bía recogido sus remos sobre los costados, uno de ellos rompió la amarra y salió por los aires, yendo a parar al centro del remolino, que lo sorbió, como si fuera aspirado por unos poderosos pulmones, hasta hacerlo desaparecer para siempre.
Navegaban sobre la cresta superior del remolino, girando sobre sí mismos, al tiempo que daban vueltas y más vueltas a la terrible sima. Estaban desarmados, inactivos, impotentes y completamente en brazos de las fuerzas ciegas de la Naturaleza. Aquello era demasiado, y Keven pensó por unos segundos si no habrían ido demasiado lejos en su temeridad. Pero, de pronto, después de unos segundos, que, a Keven se le antojaron siglos interminables y angustiosos, el torbellino alocado escupió por sí mismo al esquife fuera del círculo de su furor.
Estaban a salvo, milagrosamente a salvo, en virtud de un automatismo que sería difícil de explicar, porque en la evasión, esto era lo curioso, ellos no habían tenido la más mínima intervención.
Aún tuvo que luchar Garry, a fuerza de remos, con numerosos salientes y arrecifes; pero la barca, después de aquella dura prueba, se deslizaba otra vez por las aguas tranquilas del valle.
—Un incidente sin importancia en la vida de un pescador —dijo Garry, refiriéndose a la pérdida del remo. —Que todo lo malo que ocurra sea eso...
Acamparemos más abajo de Soledad.
Keven sacó del fondo del esquife uno de los remos de repuesto y lo colocó en su lugar, para reemplazar al perdido.
El panorama volvía a ser de una belleza inenarrable. El sol, que ya caminaba hacia su ocaso, doraba las rocas y las arenas de las orillas, pintándolo todo con su paleta inimitable. Al fondo se recortaban las oscuras montañas sobre el horizonte de un purísimo y perenne azul, manchado aquí y allá por grupitos de nubecillas blancas. Y el Rogue, adentrándose en el paisaje más y más, perdiéndose siempre en los recovecos y misterios de aquellas inmensas soledades...
El recorrido del esquife se efectuaba entonces a través de aguas transparentes, en cuyas orillas los indígenas de aquella región se agrupaban, para presenciar el paso de los expedicionarios, junto a sus chozas humildes. Y luego continuaron por aguas bajas y reverberantes al sol en ocaso, para alcanzar una especie de bahía o ensenada, desde donde partía el ramal afluente que habría de llevarles hasta las interminables costas de Soledad.
Keven conocía bien aquel caño, que le provocaba recuerdos de aventuras y emociones vividas en épocas ya remotas. Era aquélla la región más agreste, más romántica y más bella de todo el Oregón. La región de Soledad, el campo minero de sus años de juventud, el mejor de los mejores lagos para la pesca del salmón en toda la extensión del Rogue. Sin embargo, no era solamente la pesca lo que embargaba y seducía el ánimo de Keven; era, tal vez, la inmensa paz, la maravillosa quietud de aquella región, circunstancia a la que debía su nombre.
Allí el espíritu de aventura que el muchacho llevaba dentro se exaltaba poderosamente, y una ilusión congénita, una especie de premonición, si se quiere, le hacía preferir aquel paraje a cualquier otro en toda la extensión del río.
Cuando el esquife varó suavemente después de su accidentado recorrido, Keven apenas se apercibió de ello. Sus sentidos iban embotados, borrachos de sueños que estaban muy distantes de la vida real. La voz de Garry le hizo despertar de tales ensoñaciones.
—Ya estamos aquí _ le ovó decir—, en los dominios de Aard. Bajemos para cambiar un saludo con él. Es el mejor muchacho de todo el río.
Keven se dio cuenta entonces de que un hombre les contemplaba desde el borde de la playa arenosa. Al fondo, recortándose sobre la verdura del extenso pinar, una columna de humo se elevaba al cielo.
Carry saltó el primero, y, después de asegurar la embarcación, se dirigió a estrechar la mano de aquel hombre, alto y de color oscuro, como un auténtico indio, cuyos ojos penetrantes despertaban en la oscurecida memoria de Keven un destello de algo entrevisto en alguna ocasión anterior.
—¡Buenas tardes, Aard!... Me alegro de verte. Llego este año un poco retrasado, ¿no es así?... Bien; éste es mi camarada. Estrechaos las manos.
—Apuesto a que conozco a este muchacho —dijo el hombre sonriendo—; te diré quién es... ¡Es Keven Bell! —aseguró, extendiendo una de sus manos poderosas para golpear cariñosamente la espalda del muchacho—. Estuvo una vez con nosotros... ¿Cómo estás, amigo?... Desde luego, bastante cambiado. Oí decir que te habían liquidado en Francia.
—¿Cómo van las cosas, Aard? —replicó Keven, tratando todavía de recordar el pasado—. ¿No fuiste tú el que me inició en la pesca, aquí en Soledad?... Hace muchos años, claro está.
—No. tantos, Keven —replicó Aard, con una sonrisa que iluminó su faz oscura—.
Y no fui yo tu primer maestro aquí, en Soledad...
—¿No?... ¡Ah, esta herida de la cabeza ha destrozado mi memoria completamente! Sin embargo, creo recordar que tú... En fin, te relaciono con la pesca del salmón.
—Bueno; vamos a la cabaña y acaso podrás recordar allí más detalles.
Keven miró a su camarada y éste habló por los dos:
—Te lo agradecemos, Aard, pero queremos esta noche hacer el campamento allá abajo. Mañana, tal vez.
—¿Cómo se ha dado el salmón en estos últimos años? —preguntó Keven, interesado.
—Cada vez peor. No ha subido hasta aquí un ejemplar con un peso que valga la pena, hasta los primeros días de octubre.
—¡Un asco! —escupió Garry, con los ojos chispeantes, mientras se apretaba el cinturón—. Ya te lo dije.
—Pues estamos arreglados —repitió Keven, meneando la cabeza—. ¡Hasta octubre!
—Así es —volvió a afirmar Aard—; y ya te convencerás de ello si vais a pescar hasta la Costa del Oro.
—Sí, claro que sí —dijo Keven—; estoy asociado con Garry, ahora. Allí llevaremos la red...
—¿La red? —preguntó Aard, sorprendido—. Bien... No es que quiera descorazonaros, pero eso de la red, allá abajo, en la boca del río, no es medicina recomendable para los pescadores de la parte alta del Rogue...
—¡Vaya, vaya!... —intervino Garry—. No trates de asustar a mi camarada, hombre —dijo, y tomó otra vez el camino del esquife—. ¿Cómo se dieron las trampas el último invierno?
—Las martas y los visones bastante bien; pero las nutrias y las otras pieles han escaseado bastante.
—Escucha, Aard: yo he pensado varias veces en ese negocio tuyo —le dijo Garry, mientras se dirigían al esquife—. ¡Por todos los santos, que tengo que pasar un invierno contigo alguna vez!... Sube, que nos vamos.
—Siento que no os quedéis aquí —volvió a decir Aard mirando fijamente a Keven—. Y alguna persona más lo sentirá también...
Keven se echó a reír, mientras se doblaba sobre los remos. Las enigmáticas palabras de Aard, así como sus miradas, le habían sorprendido e intrigado. ¡Buen muchacho este Aard, con un gran espíritu hospitalario! Probablemente —pensó —se referiría a su familia, a quien Keven no recordaba en absoluto.
De nuevo el esquife empezó a surcar las tranquilas aguas del caño, y de nuevo Keven se sumió en el encanto del paisaje, mientras la mano de Aard les decía adiós desde la orilla. Garry dijo a Keven cuando ya iban a cierta distancia:
—Este Aard es un hombre misterioso... Y siempre tiene dinero. Sus chozas son las mejores a lo largo del río. A menudo manda fuera a su familia... Y no creo que las pieles que envía a la playa le puedan dar tanto dinero.
Cuando bajaron el último declive, pasando sobre un fondo pizarroso, se encontraron de pronto, al volver una curva, con el viejo molino, que estaba casi oculto bajo una capa de matorrales y de musgo. Garry se empeñó en llegar hasta la Barra del Missouri, cosa que no agradó mucho a Keven, ansioso ya de un poco de descanso; sin embargo, se mordió la lengua para no hacer ninguna objeción, y hasta allí llegaron, después de bajar el «rápido»» que les dejó, suavemente, sobre la playa arenosa en la que hicieron, al fin, el campamento.
A la mañana siguiente, de madrugada, volvieron rápidamente al brazo principal del Rogue y pasaron a través de las aldeas de Illahe y Agness, para llegar a los «rápidos» de las Dos Millas y de la Colina. En aquel momento Garry lanzó su gorra al aire, con un grito de salutación y alegría. A partir de entonces las montañas quedaban atrás, el valle se abría, se ensanchaba, y el río se mostraba dócil, con su furia gastada en la caída interminable. Comenzaron a navegar por verdaderos lagos, cubiertos de islotes arenosos y acogedores, sobre un lecho de guijarro menudo que cambiaba continuamente la refracción del sol.
En las orillas había chozas y cabañas, con chimeneas humeantes, heraldos que señalaban la nueva aparición del hombre, salvada ya la región de la soledad inmensa. La región inexplorada había quedado atrás. Desde allí, el Rogue se abría su camino, ya muy corto, hasta el mar inmenso, y los expedicionarios, sobre la pequeña embarcación, podían experimentar los vaivenes de la resaca y respirar a pleno pulmón la brisa fresca y salada del Pacífico.


VI
Hacia la parte sur y colocada sobre una ligera altura, rodeada de una inmensa cortina de verdes pinos, se hallaba la ciudad, pintoresca y acogedora, con sus casas blancas reluciendo a la luz cegadora del sol. En la otra parte, del lado norte, las poderosas edificaciones de las fábricas conserveras mostraban la mancha gris de su arquitectura, destacándose entre el verdor intenso del paisaje.
Una larga franja arenosa, de cerca de una milla de extensión, procedente de la parte alta, del lado de la ciudad, se encontraba con los aluviones del río cerca de su desembocadura. Tierra adentro, a través de la bruma, se adivinaban las altas columnas líquidas de las más poderosas cascadas.
—Todo esto parece muy callado y muy tranquilo —dijo Garry—; pero espérate a que el salmón empiece su excursión río arriba, y ya verás el cambio que se opera. Nosotros somos de los primeros, y me alegro. No se ve bote alguno por aquí.
—¿Dónde se instalan las redes? —preguntó Keven con curiosidad.
—En la parte de afuera de la bahía; puede hacerse cuando se quiera y donde se tenga por conveniente.., menos en la boca del río. La ley está contra ello. No obstante, hay algunos marrulleros que la infringen... ¡Y no son de la parte alta del Rogue, puedes asegurarlo!
Garry hizo un trato con un indio que había conocido en otra ocasión para acampar en su terreno y preparar allí un embarcadero al esquife.
—Si hacemos buena pesca —dijo a Keven—, podremos arrendar una barcaza de las que tiene Stemm. Ahora, por lo pronto, descarguemos la embarcación y hagamos nuestro campamento debajo de aquel árbol. Allí acampamos Bill Malone y yo el año pasado, y no nos fue mal del todo. Desde luego, siempre es mejor quedarse por aquí que subir a la ciudad, donde a ninguno de los dos nos conviene que nos vean por el momento... Y, escucha, Keven: ¿tú juegas bien al póquer?
—¡No! Tengo muy mala suerte en el juego.
—¡Bah! La suerte no influye para nada en la vida, como no sea en esto de la pesca... En lo demás, nada. Y, dime, muchacho, ¿qué fue lo que aprendiste en el Ejército?
—A beber y a maldecir; dos cosas buenas.
—Pues, mira, no son malas del todo para empezar en el mercado el negocio del salmón. Detrás de eso, viene la discusión y la bronca.
—Pero, Garry —preguntó Keven, alarmado—, ¿es que no hay aquí abajo ley ni orden?
—¡Claro que sí, hombre! Ésta es una de las ciudades más bonitas y tranquilas de la costa; pero, en la época del salmón, se concentra aquí una gran cantidad de traficantes; rueda mucho la pasta, se juega... Son gente brusca esos pescadores, por regla general. Y vienen de todas partes: marineros de Portland y Seattle, mestizos de las cascadas, tramperos, pescadores de Crescent... Desde mayo hasta principios de octubre la Costa del Oro nada en la abundancia.
—¿Desde mayo a octubre?... ¿Es que termina entonces la estación, y los pescadores se largan a otra parte?
—Tú lo has dicho, muchacho.
—Pero recuerdo que Aard nos dijo que era precisa-mente en octubre cuando empezaba a subir el salmón de calidad y peso... ¿No te acuerdas, Garry?
¡Claro que me acuerdo! Y veo que tu memoria funciona de nuevo; no se te escapa una...
—Entonces, ¿es que existe alguna relación importante entre la terminación de la estación redera y la llegada del salmón adulto con peso mayor?
—Así es. Y esta relación es algo endiabladamente importante para cientos y cientos de hombres que viven entre la boca del río y Prospect.
—Ya entiendo... En ese caso a nosotros nos toca averiguar el misterio de esa relación, ¿no es cierto?
—Me haces reír. Kev... —le respondió Garry con ojos brillantes—. Yo tengo mis propias ideas acerca de eso, aunque, a decir verdad, jamás me preocupé de tales cosas hasta el año pasado. Mi socio, Jeff Dunn, salió con la cabeza rota por un estacazo que le propinó uno de esos pescadores. Y desde entonces, ya no ha servido Jeff para nada.
Mientras instalaban la tienda y cocinaban la comida, continuaron el cambio de impresiones sobre todas las facetas relacionadas con la pesca. Luego desembalaron la red nueva, que se dedicaron a repasar, tratándola con el mayor cuidado. Carry aseguró a Keven que muy pocas redes en todo el río podían competir con aquélla, y, desde luego, ninguna que perteneciese a un pescador particular. Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, Garry se dirigió hacia la ciudad, mientras Keven se dedicaba a pasear por la playa, recorriendo la parte sur de la bahía y la franja de tierra arenosa que se perdía tierra adentro. Era la segunda vez que el muchacho se enfrentaba, cara a cara, con el mar abierto, y la primera ocasión —lo recordaba —había sido en Crescent, donde la costa carecía, sin embargo, de aquella fiereza y aquella soledad que en aquel momento tenía ante los ojos. El sol, al ocultarse por el horizonte, había teñido el cielo de manchas rojizas y doradas, pintando el ocaso de una belleza inimitable. Pero el rumor, el canto oscuro de la resaca era lo que atraía, principalmente, la atención de Keven, que anduvo, todavía, unos cuantos metros más y luego se detuvo para escuchar... Al fin, sus pies llegaron hasta el punto crítico en que el río se convertía en mar. No podía ir más allá. La marea estaba subiendo. Las gaviotas y los corvejones armaban una infernal algarabía, sobrevolando las aguas cercanas.
Keven se dejó caer, indolentemente, sobre la arena.
El ruido y el movimiento del agua se producían allí en una escala desconocida para él. Le recordaban, en cierto modo, al río, pero... ¡qué inmenso y qué maravilloso el mar! A pesar de todo, estaba convencido de que no podría amarlo, y, sin embargo, era la madre común de toda la riqueza pesquera, del salmón, de la trucha de todo aquello que tan vinculado estaba a su juventud. Desde pequeño había aprendido una expresión que aseguraba: «Lo fresco y lo bueno viene del mar». Aquello quería decir el pescado, el pescado en su mejor y más preciada condición, brillante como la plata o rosado como el arco iris. El agua salada daba al salmón y a la trucha las condiciones ambicionadas por los pescadores. Algunas especies, después de desovar, volvían al mar, a las misteriosas regiones marinas, pero el salmón, por regla general, perecía después de su función reproductora. ¡Qué cosa más triste el noble sacrificio en aras de la prole! Cientos de veces se había sentado Keven sobre una alta roca, en algún bajo, para vigilar desde allí la puesta de las hembras. Luego había visto a las madres, arruinadas físicamente, llenas de úlceras después de su función, arrastrarse penosamente para terminar pereciendo junto a las camadas, al objeto de servir de pasto a la insaciable prole caníbal, que devoraba ansiosamente los restos de sus progenitores, hasta dejar pelados los esqueletos que servirían para alfombrar, una vez más, el lecho del Rogue. ¡Misterio, hondo e impenetrable misterio!
Keven pensó que aquellos próximos meses de permanencia junto a la playa le servirían de provecho y le sentarían bien; sin embargo, eran los oscuros bosques de pinos y de abetos, los grandes bancos de helechos, cuajados de flores, y los arroyuelos de puras aguas cristalinas, despeñándose de los altos riscos, los que, seducían y reclamaban poderosamente su atención, llamándole con una atracción poderosa e irresistible. El Rogue estaba destinado a marcar e influir en toda su vida, cualquiera que fuese la suerte que el Destino le tuviese reservada. La soledad le atraía con una fuerza fascinadora. En aquel momento, oyendo el apagado rumor de la marea y enfrentado con la imponente inmensidad del mar, la sugestión de los «rápidos» y las cascadas cobraba para él un nuevo e insospechado vigor. El mar no ejercía sobre Keven ningún influjo especial; era demasiado grande, inquieto y monótono en exceso, y jamás podría competir con el Rogue en el terreno de sus afectos.
El sol ya había hundido su disco en el horizonte, y los colores brillantes, los carmines y los dorados dejaban paso a esa tonalidad grisácea que precede al verdadero crepúsculo. Repentinamente, Keven se vio sorprendido en sus meditaciones por un chapoteo de una naturaleza especial, pero que a él le era perfectamente conocido.
—¡Salmón! —gritó con incontenida alegría, al tiempo que sus ojos sagaces descubrían el círculo trazado por el animal sobre la superficie del agua en su salto, y alcanzaban a ver la negra cola desapareciendo bajo las ondas. Keven tenía un buen ojo para el pescado. El salto de los salmones había sido para él lo que las bolas y las cometas para los chicos. A la vista de aquel significativo aviso se puso en observación, y antes de que la oscuridad cayese del todo pudo ver el salto de muchos ejemplares, algunos de buen tamaño. Eran salmones que venían de los profundos abismos del mar, acercándose con la crecida de la marea.
Keven recordó entonces las palabras de Garry, antes de salir para la ciudad.
Había dicho: «La corriente trae un par de pulgadas de crecida. Ha debido de llover algo por la parte alta del río, pero no creo que sea lo bastante para que comience la estación.»
El Rogue era sensitivo y temperamental, cambiante como una mujer.
Acostumbraba subir o descender, sin aviso previo, de la noche a la mañana. Sus aguas podían correr durante una hora limpias y transparentes como el cristal, o enturbiarse en la hora siguiente, tomando un color ambarino y fangoso, sin que nadie fuera capaz de adivinar el motivo. Alguna de aquellas crecidas violentas y repentinas podía determinar, al pie de los «rápidos», una inundación; pero esto no era cosa frecuente, en especial durante la época de pesca.
Keven pensó que aquella noticia de la aparición de salmones en la boca del río podría ser algo interesante para Garry Lord. Ciertamente, cuando un salmón salta en un sitio determinado, en la superficie del agua, tal salto indica que otros cientos de congéneres nadan en las profundidades o en las aguas medias. Ello podría significar, por lo tanto, nada menos que la llegada de la estación de pesca.
Y estaba convencido, además, de que si ellos empezaban al día siguiente las operaciones en aquella bahía, no perderían, ni mucho menos, el tiempo.
Volvió sobre sus pasos lentamente, a lo largo de la playa. Contorneó la curva de la bahía, ya entre sombras, y se encontró al llegar al campamento con su amigo Garry inclinado sobre un alegre fuego.
—¿Dónde demonios te has metido? —le preguntó el pescador al verlo, evidentemente aliviado de una segura preocupación.
—Estuve por allá abajo, en la playa.
—No debías haberte movido del campamento —le riñó Carry—. Te podrían haber dado un estacazo en la oscuridad..., y habernos robado todo esto.
¿Qué ocurre por la ciudad? —preguntó a su vez Keven, sin dar gran importancia a la observación de su amigo.
—Hay muchas noticias... Buenas y malas —le respondió Carry—. Una nueva empresa conservera se ha establecido, en competencia con Brandeth. Será la única que le haga sombra, aunque dicen que va a empezar trabajando en pequeña escala. Además, la ciudad está llena ya de pescadores, llegados de toda la costa... Todos están esperando a que aparezcan los «lomos de cuero».
—Bien —contestó Keven con tranquilidad—; pues, los «lomos de cuero» ya están ahí.
—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?
—Ya lo has oído, Carry: los primeros salmones están en la boca del río Los he visto.
Garry meneó la cabeza con gesto de duda y luego miró con ironía a su amigo.— —Escucha muchacho —le dijo—; si me vuelves a decir eso, creeré que tu cabezota ha vuelto a empeorar. Me parece que estás equivocado.
—Mira, Carry —respondió Keven—; tengo tan buen ojo para el pescado como pueda tenerlo cualquier pescador del Rogue, incluyéndote a ti... Te digo que he visto salmones.
Y Keven, tranquilamente, dio a su amigo toda clase de detalles acerca de sus observaciones durante el paseo de aquella tarde.
—¡Cielos! —gritó Garry al oír aquella explicación después de lo cual se levantó y echó a correr, para asomarse al río, con objeto de comprobar la altura de su caudal. Volvió poco después, jadeando.
—El río trae más de medio pie de aumento —dijo—, y no tiene nada de extraño que algún banco de salmones haya «olido» el agua de las montañas y se haya presentado, de pronto, en la boca del Rogue... Creo que vas a tener razón, muchacho. ¡Y qué coincidencia!... Mientras yo me marcho a la ciudad a beber vino con esa gentuza, eres tú el que tienes que descubrir la presencia de los peces... ¡Vamos, vamos a ver!
Garry arrastró a Keven hasta el embarcadero del esquife. Allí le dijo:
—Coge una piedra gruesa y ponla a bordo, mientras yo enrollo la red...
Necesitaremos el ancla, un par de cuerdas y la boya, pero no linterna. No tenemos necesidad de que nos vea nadie desde lejos, y la luz nos delataría, poniendo a otros pescadores sobre la pista. Esto nos pasó el año pasado a mi compañero y a mí, pero no estoy dispuesto a tropezar dos veces en la misma piedra...
Unos momentos después, con todo dispuesto, el esquife se deslizaba río abajo, en dirección a la bahía. La línea de las orillas se dibujaba a ambos lados con perfecta nitidez. Al fondo, relampagueaban ya las amarillentas luces de las cabañas, y las más poderosas y fijas de la ciudad, de naturaleza eléctrica. No tardaron mucho en desembocar en la bahía, notando, al llegar a ella, la fuerte oposición que les presentaba el empuje de la marea creciente. Una brisa fresca y húmeda, salina y llena de aromas marinos, les llegaba de la parte alta de las dunas.
—Bonita noche, ¿eh? —exclamó Garry, con una profunda emoción en la voz.
El espíritu de aventura se despertaba en su amigo; Keven conoció por el temblor de aquella voz que el alma de Garry vibraba al embrujo de la noche y en la incertidumbre de la partida que comenzaba. Estaba en su momento, el gran momento del pescador, que no cambiaría por todos los tronos y riquezas de la tierra. Sobre su barca, en una noche tranquila, lleno el cuerpo de alcohol y el alma de esperanzas, un contento infinito le animaba, una ilusión de triunfo y de aventura, en la que se mezclaba la alegría de sorprender y aventajar a los demás con el señuelo de una ganancia positiva. Para Keven aquello era algo más que un deporte y un juego: era la llamada del azar, que le requería para un encuentro venturoso.
—Creo que he oído un salto... —susurró de pronto, con el oído atento.
—¡Por todos los santos, Keven...! ¿Tienes el oído tan afilado como el ojo? Voy creyendo que eres un muchacho estupendo.
—Te ha costado tiempo pensar así —le replicó Keven—; yo lo pensé de ti después de verte bajar el «rápido» de Alameda...
—¡Zás!... Un ejemplar de bastante peso saltó sobre la superficie del agua, a poca distancia del esquife.
—¡Demonios!... ¿Has oído a ese bandido? —exclamó Garry, temblando—. Debe de ser grandísimo... ¡Lo menos cincuenta libras!
—Dime, Garry: el salmón, ¿se paga al peso o a un tanto alzado por unidad?
—Al peso, muchacho, al peso, cuando se trata de una buena redada... ¡Y por todos los santos, Kev, que me parece que vamos a conseguirla esta noche!...
Escucha, y te darás cuenta.
Garry siguió remando lo más silenciosamente posible, pues en aquel lugar, a la luz brillante de las estrellas, el esquife podía ser visto sobre la superficie de las aguas. Hasta que no alcanzó la sombra proyectada por las dunas, no se consideró tranquilo. Garry enfiló hacia uno de los ángulos salientes en que la bahía se unía al brazo principal del río. Allí, en años anteriores, él y sus accidentales compañeros de pesca habían obtenido a veces espléndidas redadas. Las aguas en aquel lugar discurrían tranquilas sobre un lecho uniforme, de naturaleza arenosa, y el salmón gustaba de llegar hasta allí para embriagarse con la frescura de las aguas del río.
—Escucha, Kev: mi idea es localizar los peces —le dijo Garry—, anclar luego uno de los extremos de la red, amarrado a la boya, y colgarla del otro extremo al mismo esquife... Pero es preciso encontrar un buen sitio.
En aquel momento la embarcación se vio mecida por un impulso extraño, de naturaleza desconocida y especial.
—¡Demonios! ¿Qué es esto? —preguntó el pescador. —Hay un banco de salmones a nuestro alrededor, Garry —le contestó Keven, con los nervios también ligeramente alterados—. ¡Están saltando a nuestro alrededor!...
Pero se mueven. ¿Será esto, Garry, un traslado hacia el río?
—¡Cielos, apenas puedo creerlo, muchacho! —replicó Garry, convencido de que las palabras de Keven no eran un desatino—. Puede ser que no sea más que la vanguardia... que el banco verdadero venga después de unos días. Pero una cosa te digo: ¡aquí hay salmones, y muchos! ¡Vamos a coger más de una tonelada!
—No será en este bote —objetó Keven con la alegría de un colegial.
—¡Claro que no...! Y es lo que me preocupa; no podremos cargar en el esquife el producto de una buena redada...
—Si conseguimos una buena redada ya nos sobrará sitio para echarla, puedes estar seguro.
—¡Por todos los santos, claro, que nos sobrará sitio!... Te diré lo que voy a hacer, Keven —volvió a exclamar Garry, como poseído de una súbita inspiración—; si tenemos esa suerte, me echaré al agua, nadaré hasta la playa y correré a buscar una barcaza de las de Stemm.
Al fin, después de mucho ir y venir, Garry pareció encontrar un buen sitio para echar la red. Estaba situado a un cuarto de milla de la boca del río, justamente donde la bahía se ensanchaba y muy cerca de la playa norte. La corriente se deslizaba allí con apreciable celeridad.
—¿Por qué no irnos más hacia la boca del río?
—Porque está prohibido, ya te lo dije —replicó Garry—. Y nosotros, los pescadores de la parte alta, cumplimos la ley.
—Ya comprendo. Se lleva eso, con rigor, ¿no es así?
—Desde luego... Y ahora, prepara los remos.
Con el mayor cuidado, Garry dejó caer la gruesa piedra que había recogido Keven y que previamente había amarrado a una cuerda fina. Después, cuándo la piedra hubo tomado fondo, amarró en la parte de arriba la pequeña boya, y terminó sujetando a ella uno de los extremos de la red, que fue arrojado con cuidado al agua.
—Ahora rema hacia la playa, Kev —ordenó—; pero despacio.
—No, no... Yo no me separo de aquí, exponiéndome a que nos roben el pescado. Luego, no hay reclamación posible... No; yo sujeto el otro extremo de la red a mi esquife y me estoy allí, mientras sea necesario... Luego, cuando los peces están dentro, levanto mi ancla y remo a lo largo de mi red, recogiendo lo que haya. Los pobres no podemos permitirnos el menor lujo.
Pocos momentos después, completada la maniobra, Keven se encontró vigilando con atención a su amigo, inclinado sobre la borda del esquife, mientras sostenía con sus manos curtidas y poderosas la cuerda tensa que sujetaba el otro extremo de la red. Los ojos del muchacho, en aquellos instantes, se habían habituado ya a la oscuridad y podían ver en la sombra con bastante nitidez. Había en aquel lugar una calma y una placidez verdaderamente embriagadoras. De la parte de mar llegaba el apagado ulular de la resaca, mientras que alrededor del esquife el agua se deslizaba con un suave roce de sedas. Un chapoteo constante, a derecha e izquierda, delataba el salto constante del salmón. Luego, la barca se agitó con aquel súbito y extraño balanceo...
—¡Por los santos, Kev, esto es un verdadero banco! —exclamó Garry, con una risita apagada—. Vamos a tener filetes de salmón para el desayuno, y un buen guisado de «lomo de cuero» para el almuerzo y la cena... ¡Otro, otro salto!...
¡Vamos, vamos, amigos, que la red os espera!...
Hacia el otro extremo, del lado de la boya, un fuerte chapoteo denotó el salto de un ejemplar de peso. El golpe, seco y característico de aquellos saltos, se repitió, cada vez con más frecuencia, en los alrededores del esquife... Junto a ellos, un gran ejemplar saltó violentamente, con la necesaria energía para evitar la red y desaparecer en el remolino de aguas producido por su propio peso.
—Es posible que esto sea verdad, Kev? —preguntó Carry—. Nuestra red se hincha y empieza a ceder. Estoy seguro de que hay dentro de ella unos cuantos mozos de respeto...
—Yo creo que casi todo el banco es de peces grandes —volvió a decir Keven, con acento de convicción.
No puede decirse... No digas nada todavía, muchacho. Sea como sea, aquí estamos, y somos los primeros de toda esa legión de pescadores. Hemos llegado huidos y en la ruina... Y ya ves: ¡el salmón está llenando nuestra red!
Los minutos pasaron haciendo crecer la emoción y la esperanza de Keven.
De cuando en cuando se sucedían grandes claros, largos momentos de calma, pero no pasaba mucho tiempo sin que los chapoteos, indicadores de la entrada del salmón, se produjesen de nuevo. Los salmones caían en la red en número considerable.
—Levanta el ancla, Kev —dijo Garry finalmente—; no tengo paciencia para esperar más... Estoy seguro de que llenaremos este esquife, pero apenas puedo creer que tengamos tanta suerte.
Keven hizo lo que se ordenaba, y el esquife empezó a moverse, con la corriente, bahía arriba. Garry empezó a cobrar la red. Los primeros diez pies dejaron al descubierto dos salmones, hermosos ejemplares, de unas cuarenta libras de peso. Eran demasiado grandes para ser prendidos por las agallas en una malla de ocho pulgadas. Garry lanzó un juramento apagado al tiempo que cobraba, con dificultad, el pescado, y lo arrojaba al fondo de la embarcación. La red y el esquife se movían ahora, corriente arriba, en línea con la boya del otro extremo, que Keven podía ver, como una mancha negra, sobre las aguas. Los siguientes diez pies de red aparecieron cuajados de un buen número de salmones, de menor tamaño, coleando agitadamente en la agonía de la muerte cercana.
Mientras Garry halaba y cobraba red, no cesaba de hablar para sí mismo. Se sentía completamente feliz. Se consideraba un hombre rico. Parecía estar entre los salmones, como entre un grupo de antiguos y entrañables amigos. A uno le llamaba lomo de cuero», a otro «ojos saltones», a éste «quijada de burro» y al otro «gordinflón» o «barrita de plata»... El fondo de la embarcación se vio bien pronto lleno de salmones, hasta el punto de que Keven se vio precisado a ceder varias veces su sitio, buscando nuevo acomodo. Y aun siguieron llegando, casi todos de buen tamaño, con sus lomos oscuros y sus vientres repletos y plateados, brillantes a la luz de las estrellas.
—¡Es una gran redada! —dijo Garry—. ¡Cielos! ¡Si esto sigue así, creo que nos vamos a ir a pique!
—Nos vamos a ir a pique, tenlo por seguro, en cuanto eches en el esquife media docena más de salmones —aseguró Keven gravemente—. ¡Ya no podemos con más!
—¡Vamos, vamos, aficionado de tres al cuarto, rema y calla! Esto no es nada, nada todavía... Yo ya no cuento, porque trae mala suerte. Lo que sea ya aparecerá a su tiempo.
Tardó Garry cerca de una hora en recoger todo el contenido de la red, y entonces la embarcación se vio llena hasta las mismas bordas, hundida hasta muy escasas pulgadas de la superficie del agua.
—Ahora, hay que remar con mucha precaución —volvió a ordenar Garry—; volvamos a donde estábamos primeramente, frente a la boya y junto a la línea arenosa de la playa.
Y mientras Keven remaba, siguiendo la dirección indicada por su amigo, éste iba tendiendo de nuevo la red, hasta llegar a situarse, como anteriormente, en el extremo de la misma.
—¡Echa el ancla, Kev!... ¡De prisa!
La embarcación se balanceó peligrosamente, hacia uno de los costados en particular, pero luego recobró el equilibrio.
—O. K. — exclamó Garry—. Esto ha ido estupendamente. Ahora, coge el cabo de esta cuerda... No tienes más que estarte aquí, quietecito, viendo cómo te haces rico en pocas horas. Yo voy por la barcaza... ¡Y no te pongas nervioso, muchacho!
—¡Salta con cuidado, Garry, que vas a echar al esquife al fondo! —le gritó Keven, al ver que se encaramaba sobre la borda para lanzarse al agua.
—¡Uf! —exclamó Garry, estremeciéndose de frío, después del chapuzón!—. ¡Si esta agua no viene toda, derechita, del mismo lago Crater, sería capaz de bebérmela 1
Se apartó de la barca y empezó a nadar hacia la orilla, con la cabeza y los hombros recortados ante el brillo de las estrellas, sobre la superficie del agua. Al fin desapareció; pero Keven oyó todavía el ruido de su braceo y pudo comprobar, poco después, con un suspiro de alivio, la llegada del nadador a tierra firme. Entonces, su atención se dirigió hacia la tensa cuerda que sostenía entre las manos, y a las sugerencias e ideas que con aquella situación se relacionaban. De pronto... ¡Zas! Un salmón de peso acababa de saltar, en aquel mismo instante, contra la red. En un regular espacio, alrededor del esquife, el agua aparecía tranquila y quieta; pero Keven oía el chapotear del salmón, saltando una y otra vez, a distancia no muy lejana. —Las estrellas, desde arriba, parecían vigilar la operación, mientras el canto monótono de la marea le llevaba el lamento de las grandes olas que iban a morir sobre la arena de las playas., A cada instante, la brisa de la noche se presentaba más helada y mortificante...
¡Zas!... ¡zas!... Y aquello no era más que el comienzo, el empezar de un asalto en regla contra la red. El salmón comenzaba a batir contra la línea de corchos, a surcar relampagueante el aire, para caer, como un pedazo de plomo, sobre la superficie del agua. Si había tantos allí, a flor de agua, ¿qué no estaría ocurriendo en el fondo y en las aguas medias?
Como el esquife estaba abarrotado de salmones, Keven apenas si tenía sitio para sentarse cómodamente; y sus piernas, desde luego, tenían que estar enterradas en aquella masa de pescado, húmeda y fría. La postura y la inclemencia de la brisa empezaron a mortificarle... Pero aquello era divertido, porque era aventura, pesca abundante... ¡negocio redondo! ¡Zas! Izas! Pronto la red se hizo tan pesada y cedió en tal forma, que ya no pudo permitir la entrada de nuevos ejemplares. Keven se vio precisado a atar trabajosamente la cuerda que sostenía al escálamo de uno de los remos. Luego, sobrevino un gran rato de calma, y la imaginación le llevó una vez más a los «rápidos» y las cascadas de su Rogue querido, arrullado siempre en sus pensamientos por el silbido de las aguas en creciente, más veloces cada vez en su carrera... Un avefría cruzó el cielo, y al pasar sobre su cabeza lanzó una especie de grito des garrado. También el ladrido de los perros, desde tierra firme, recorrió en eco toda la bahía, mientras las luces eléctricas de la ciudad brillaban con mayor consistencia en la negrura cerrada, llenando con sus parpadeos los claros del pinar que los rodeaba.
De repente, se produjo una agitación en las aguas, que ocasionó en el sobrecargado esquife un peligroso balanceo. Keven pensó al principio que aquello podría ser algún nuevo impulso o golpe de la marea; pero como, a continuación sintió vibrar la tensa cuerda que sostenía la red a la embarcación y empezó a oír por todas partes el chapotear incesante del salmón, se convenció de que estaba en presencia de un nuevo ataque por parte de algún banco, tan nutrido como compacto. Su excitación fue tan grande, que estuvo a punto de gritar. Después, el esquife empezó a moverse, a pesar del ancla... La red se balanceó y comenzó a navegar también, corriente arriba. Al principio, Keven se sintió alarmado; pero tras unos instantes de meditación, se convenció de que, si él tenía cuidado, no existía peligro alguno ni era probable que perdiera algún pescado del que ya estaba prendido en la red... Y así, el bote siguió moviéndose, arrastrando siempre la red, hasta que llegó a situarse en línea con la boya del otro extremo. ¿Sería aquella pesada piedra del otro lado un lastre suficiente para sujetar la red y el esquife al mismo tiempo?... Como medida de precaución, en esta incertidumbre, Keven aflojó un tanto la cuerda que sujetaba la red al escálamo del remo, y de aquel modo consiguió disminuir un tanto el arrastre de la misma. Los chapoteos del salmón parecieron cesar por un momento, al tiempo que la red se hundía en el agua en virtud de la cuerda cedida; pero tal alivio no fue de mucha duración, al amenazar seriamente la seguridad del esquife, se hacía crítica. El problema que se le presentaba no era de fácil solución. Podía arrojar al agua, nuevamente, parte de la carga que tenía en el bote; pero aquella medida le repugnaba, y al mismo tiempo, estaba seguro de que no serviría para aclarar las cosas definitivamente. También podía abandonar la red, ante el peligro de zozo-brar, y remar hacia la playa para tratar de poner a salvo el pescado que estaba a bordo... Lanzó a su alrededor una mirada de desesperada angustia. Urgía tomar una determinación cualquiera ya que la situación se hacía por instantes insostenible. Sus ojos trataban de penetrar la oscuridad por la parte de la playa, en la esperanza de un pronto retorno de su amigo. Las sombras, sin embargo, eran muy espesas y difíciles de escudriñar. La marea seguía subiendo y Keven sentía la caricia sibilante de las aguas al rozar el casco del esquife. ¿Cuánto tiempo tardaría Garry en volver? De cualquier manera, sería bueno dar unas remadas contra la corriente, para oponerse al empuje de la misma...
Con objeto de comprobar si había o no desplazamiento del esquife, Keven orientó su posición por la referencia de una gran mata de arbustos que estaba casi al borde de la playa... Y a poco de mirar fijamente, se dio cuenta de que la embarcación seguía moviéndose. Al fin, cuando la situación se le presentaba desesperada, pues la red había aumentado de peso hasta un límite insoportable para la seguridad del bote, oyó en las proximidades algo que le hizo quedar paralizado en su repentina determinación de abandonar el cabo de la cuerda que prendía la red. Era un ruido que no provenía, desde luego, del salto del salmón...
Escuchó, con la máxima tensión, conteniendo hasta el aliento para que no se escapase la extraña onda sonora. Era un rumor confuso, destacado entre el rugir de la marea y el susurro de las aguas deslizantes; algo como un ruido de remos...
¡Sí, no cabía duda! Se aproximaba alguien, y no podía ser otro que Garry, naturalmente. Con todas sus fuerzas, se dedicó a mantener en tensión aquella cuerda que había estado a punto de abandonar, mientras sus ojos pugnaban por penetrar la oscuridad. Aun le pareció que transcurría un siglo antes de entrever una mancha oscura sobre las aguas. El ruido de los remos era ahora inconfundible, y Keven en aquel instante se vio asaltado por el temor de que no fuese Garry el que fuese a su encuentro, sino algún otro pescador que hubiese visto el esquife desde la playa. La mancha oscura seguía avanzando... Era una gran barcaza, con toda seguridad. Al fin, con un suspiro de alivio, oyó gritar a su amigo:
—¡Cielos, cómo pesa este armatoste, muchacho!
—¿Traes un ancla a bordo? —preguntó Keven con ansiedad.
—Desde luego, muchacho.¡— Échala en seguida!... Y no me abordes, no te arrimes a mí. Voy navegando con la red a pesar del ancla... ¡Está hasta los topes de salmón! ¡¡A punto de hundirme! Garry no perdió un solo segundo. Arrojó al fondo un pesado lastre y luego alargó un remo a su amigo, para que colocase suavemente el esquife al costado de la barcaza.
—¡Sujeta, sujeta bien la cuerda de la red! —le gritó—. Por más que... ¡qué pedazo de bruto estoy hecho! ¡Alija, alija el salmón del esquife dentro de la barcaza!... Con cuidado; amarra esa cuerda otra vez al tolete y vamos a trasladar esa carga a la barcaza... ¡Buen negocio hemos hecho esta noche!
—Hace dos horas que estoy al tanto de eso, Garry Lord —replicó Keven, poniendo manos a la operación.
—¡Cielos... te habrás divertido de lo lindo en estas dos horas! ¿Cómo te las ha arreglado para sostener esta red? ¡Está reventando!... Jamás, jamás he visto una cosa como ésta en toda mi vida... Una redada, Kev, una gran redada... ¡Y si conseguimos alguna cosa más esta noche, podremos considerarnos ricos!
Claro que lo conseguiremos, Garry... ¿Es que no estabas enterado de que soy un pescador de mucha suerte? —Seguro que sí... Todavía me acuerdo de que los salmones, después de la puesta, iban a morir debajo de la piedra en que estabas sentado... Y también eres un hombre de suerte con las chicas, Kev.
También me acuerdo de eso.
—Yo, en cambio, jamás me di cuenta de tal particularidad —declaró Keven sin afectación.
Cuando, al fin, el esquife fue aligerado de toda su carga, Garry saltó por la borda de la barcaza y pasó a recoger la red, mientras Keven se mantenía en los remos. La red pesaba como el plomo. Garry se hacía las mejores ilusiones al tiempo que la iba aligerando de su preciosa carga. Se sentía radiante de felicidad. Nadie hubiera podido contradecirle, en aquellos instantes de su seguridad de que él y su compañero no eran los dos pescadores de más suerte en todo el río.
Antes de que hubiera recogido veinte pies de red, ya el esquife estaba otra vez peligrosamente sobrecargado.
—¡Cielos, esto es inaudito!... Hay que remar otra vez hasta la barcaza, Kev.
Pero, despacio, no vayamos a enredar la cuerda o a partirla, que sería peor.
La nueva carga fue trasladada también a la barcaza, y entonces Garry se aventuró a sujetar directamente a la barcaza la cuerda que marcaba el extremo de la red. Aquello facilitaba grandemente las operaciones. El pesado lastre que anclaba a la gran embarcación fue izado a bordo. Y Garry dijo entonces a Keven que le iba a hacer una verdadera exhibición con respecto al arte de cobrar el pescado de la red... Como si fueran cerezas de un árbol.
—¡Así!... ¡así!... ¡Cielos, mira, Kev, mira qué ejemplar! ¡Lo menos pesa sesenta libras!
Keven no pudo menos de lanzar una exclamación de asombro al comprobar el tamaño extraordinario del animal.
—¡Déjame verlo, Garry! —exclamó—. ¡Es precioso!... Y está todavía vivo. Una futura madre de miles y miles de ejemplares. Bueno; no sé por qué lo hago, pero voy a darle la libertad...
Y al hablar así, Keven arrojó por la borda el precioso animal, que agradeció el favor y no tardó en desaparecer en un remolino de espuma.
Garry volvió a llenar el esquife cuatro veces consecutivas.
—Ahora, Kev —dijo—, tenemos que volver a nuestro primitivo emplazamiento.
¿Qué distancia aproximada habrás derivado con la red? ¿Puedes calcularlo?-Unas cien yardas, o cosa así.
—Tenderemos la red en el mismo emplazamiento, ya que nos ha ido tan bien.
Era ya pasada la medianoche cuando Garry volvió a hacer una recogida en regla. El frío y la humedad calaban a Keven hasta los mismos huesos, aunque se abstenía de lanzar la más mínima queja. Garry recobraba lentamente la red y el salmón volvía a llenar una y otra vez el pequeño esquife... Cuando se dieron cuenta, la barcaza estaba atestada, hasta las mismas bordas. Con las primeras luces de la madrugada, ya en marea baja, remaron, por fin, hacia la parte norte de la bahía, para remontar con dificultad el río y llegar hasta el arenoso embarcadero.
—Vete a la cama, muchacho —dijo Garry a su compañero—. Debes de estar rendido. Yo mismo estoy que me caigo; pero no me separaré de este salmón hasta que lo hayamos vendido.
Keven se arrastró penosamente hasta la tienda. Estaba chorreando, débil como una anguila, tan extenuado y rendido, que solamente a costa de un gran esfuerzo pudo desnudarse y meterse en la cama. Su corazón, no obstante, se sentía inundado de un sentimiento de felicidad. ¡Qué noche para un pescador!... Y algo infinitamente alegre contó en su interior cuando sus pesados párpados, sin poder resistir un segundo más, se cerraron para sumirle en un profundo sueño.


VII
Cuando Keven despertó, el día estaba ya bastante avanzado. Se deslizó fuera de las sábanas y se encontró con un cuerpo dolorido y embotado, cual si le hubiesen propinado una tremenda paliza. Trabajosamente, sacó de su pequeña maleta una camisa de franela y un jersey limpios; también echó mano a un par de calcetines, de los que se hallaba bien provisto, ciertamente, y a un par de botas de repuesto, secas y limpias. Tardó algún tiempo en asearse y vestirse, y se preguntó durante el rato que duró la operación, qué habría sido de Garry y de su cargamento de salmones. Aunque... ¿había sido aquello una realidad o tan sólo un sueño?
Cuando se encontró presentable, salió al exterior. Las ropas que había llevado la noche anterior estaban tendidas al sol, y atestiguaban, por su estado de suciedad, que la ruda tarea de la afortunada pesca no había sido un sueño, sino una realidad. A Garry no se le veía por ninguna parte. Tampoco estaba a la vista la barcaza, con su cargamento de salmones. No cabía duda de que su amigo estaba ausente y empeñado en la agradable misión de convertir la mercancía en billetes. En vista de ello, se dedicó a preparar la comida que había de servirles de desayuno y de almuerzo al mismo tiempo.
Cuando hubo encendido el fuego, se dirigió al río a buscar un cubo de agua.
El Rogue corría transparente y límpido, llevando su nivel normal. La pequeña crecida de la noche anterior había desaparecido; una crecida inesperada y fuera de tiempo, pero que había determinado la afortunada invasión de salmones, tan oportuna como lucrativa para ellos. ¡Ah, el voluble y misterioso Rogue seguía en la idea de que el río habría de llevarle, tarde o temprano, la fortuna; quizá la entera recuperación de sus fuerzas, y acaso.., la felicidad misma. Claro que todo ello no eran más que ilusiones; sin embargo, una voz interior, que parecía venir de su misma alma, se hacía suspiros en sus labios al musitar: «¡Ah, mi Rogue, mi viejo río, con qué calor y qué fe te amo!»
Consultando la altura del sol, pudo comprobar que había dormido durante las tres cuartas partes del día. En efecto, el rojo disco caminaba ya rondando su ocaso, por encima de las ligeras colinas del lado oeste. Keven se había levantado en un estado de atontamiento, como si le hubiesen golpeado con una maza; no obstante, el trajín y el movimiento le iban devolviendo la elasticidad y la lucidez.
Cuando ya tenía la comida casi a punto, apareció Garry de repente, como llovido del cielo. En su cara requemada y adusta había una plena sonrisa de triunfo, y sus ojillos maliciosos rebrillaron significativamente cuando saludó a su amigo con estas palabras:
—¡Dos toneladas y media, muchacho! —dijo—. Se lo vendí al representante de Brandeth... ¡y al peso! Tuvo que comprarlo así; no podía dejarse ir el primer cargamento de la estación... Mira aquí, muchacho —añadió—: aquí está la «pasta»...
Esto es tuyo: ¡cincuenta con cincuenta! Creo que ya tienes para comprarte una vaca, si quieres.
Con este extravagante discurso, Garry sacó del bolsillo un buen fajo de billetes verdes y lo alargó a su amigo. Después, sacó otro montón más reducido y agregó—: Y ahora quiero suplicarte que me guardes esto, de mi parte... ¡Que yo no lo vea! Si me da por celebrar el éxito de esta noche, puede correr peligro y...
en fin: ¡guárdalo para evitar la tentación!
—Claro que lo guardaré —aseguró Keven, embolsándose el dinero—. Y escucha, Garry: quiero ir a pagar a papá tan pronto como se pueda poner un giro en la oficina de Correos.
—Nada más justo; yo me había olvidado de eso y también tengo que entrar en parte —replicó Garry, sentándose al lado de su amigo—. Y ahora, si quieres escucharme, te contaré todo lo que ha pasado, pues no podría comer hasta que te deje enterado de todo. Esta mañana, la noticia de nuestra salida nocturna se propagó como el mismo fuego... Ese Stemm, un indio al fin y al cabo, vino y vio todo aquel montón de salmones... Luego se marchó y armó una polvareda. Los pescadores no querían creerlo y bajaron para comprobar por sí mismos lo ocurrido. Luego, vino Jarvis, el representante de la nueva factoría, y me hizo una buena proposición; sin embargo, yo no quise cerrar trato y le dije que ya vería, pues estaba esperando al agente de Brandeth... Tal como lo había supuesto, ocurrió: el de Brandeth vino al poco rato y me pidió precio. Yo le dije, creyendo irme por todo lo alto, que me tendría que pagar el doble del año pasado; pero, ¡figúrate!, aceptó en el acto y sin rechistar. Estoy ahora seguro de que me hubiera pagado el triple si se lo pido. En fin... Para terminar, llevé la barcaza a la factoría y alijé. Me pagaron en el acto.
—¿Se mantendrá ese precio durante toda la estación?
—Probablemente, sí. O puede que no... Lo de anoche fue un anticipo inesperado, Kev.
—Eso creo yo también.
—En realidad, es temprano... Aunque Stemm, que es un indio muy experimentado, dice que hace ya años empezaban siempre por esta época. Y ha predicho que la estación este año será temprana.., y de las buenas. De todos modos, nosotros ya hemos empezado. Y en la ciudad casi todos los corrillos hablan hoy de lo mismo.
—Ahora vamos a comer, —Garry —dijo Keven alegre mente—. No soy un buen cocinero, pero ya iré aprendiendo... De modo que hemos lanzado la primera piedra, ¿eh? Bien; yo no tengo mucha experiencia en la pesca por aquí, abajo, porque siempre me repugnó esto. ¡Echar redes en la boca del Rogue cuando el salmón empieza su traslado! Me ha parecido siempre una cosa sucia y cruel.
—Y lo es, Keven, no cabe duda. Pero la gente tiene que comer... y el coste de la vida va aumentando. Tenemos que dar gracias a Dios de que todavía haya salmones que pescar y de que su venta nos proporcione, a los pescadores, algo que comer.
—Yo miro el asunto desde un punto de vista deportivo, si se quiere. Pero creo que, de todos modos, la ley debiera proteger al salmón en la boca del río.
—Tienes mucha razón. Lo ideal sería vivir... y dejar vivir. Pero para Brandeth no hay ley que valga. Se ha hecho amo del río, y aniquila el salmón en la misma boca. Acabará con él si no se le cortan las alas. Cada temporada sube menos pescado a desovar, y llegará un momento en que no venga ninguno... Las truchas y las otras especies, ya es distinto, porque después de la cría vuelven al mar. De todos modos, si la gente de la parte alta no toma determinaciones enérgicas, acabará pasándolo mal.
—Lo hará, Garry —replicó Keven con entusiasmo.
—Yo, la verdad, tengo mis dudas... Creo que no se hará nada mientras haya dinero en juego. ¡Nada! Ahí tienes el caso de los bosques de California: están acabando con los «gigantes rojos». Igual que con nuestros cedros, únicos en el mundo. ¿Dónde están ya? Solamente queda una gran mancha que está en la parte norte, sobre la costa. Pues bien; esa mancha fue comprada por los japoneses antes de la guerra. Empezaron a cortar y siguen y seguirán cortando... Un invierno trabajé allí. ¡Los cedros blancos, Kev! Deberías verlos, muchacho, antes de que se agoten, si te gustan los árboles.
—Claro que me gustan; sobre todo los pinos y los abetos. ¿Qué puede existir que sea más hermoso que un abeto del Oregón? De ahí salen los mástiles y el arbolado de todos los navíos del mundo, sean de donde sean.
—Un abeto del Oregón es ciertamente un árbol hermoso; pero como pasamos diariamente a la vista de millones y millones de ellos, no les damos importancia.
Además, no hay que temer, por ahora, su desaparición. En cambio, los cedros blancos de aquí y los rojos de California... ¡ésos llevan el camino de los salmones!
Más tarde, cuando Keven le preguntó a Garry si pensaba echar la red aquella noche, el pescador se rascó la cabeza:
—Me parece —dijo —que no hay caso... El río ha vuelto a su nivel normal, y por otra parte, no he observado un solo salto, aunque estuve con el ojo bien abierto.
La «corrida» de anoche fue un anticipo prematuro. Creo que los salmones se han retirado.
—Yo también soy de esa opinión —replicó Keven—. Por otra parte, estoy seguro de que no podría resistir dos noches como la pasada. No hace mucho que salí del hospital, Garry, y no me siento todavía muy fuerte.
—Eso es lo que me preocupa, Kev. ¡Trabajaste mucho la noche pasada! Y me doy cuenta de que te has debilitado... Dejaremos a esa tropa de inocentes que recorran el río esta noche.., para nada.
Después de comer, Garry volvió a marcharse a la ciudad, mientras Keven reanudaba su paseo hasta las dunas, donde le gustaba sentarse y pasar las horas del atardecer junto al mar. El espectáculo era para él tan nuevo como excitante.
El mar le ayudaba a distraer la imaginación y le sugería interesantes comparaciones, en las que, siempre sobre aquel inmenso desierto de agua y espuma, triunfaba en sus afectos y preferencias la soledad de los bosques y el cordial y entrañable rumor de los «rápidos» y las cascadas...
Garry no volvió al campamento aquella noche, circunstancia que no cogió a Keven de sorpresa. Por la mañana se levantó cuando ya era bastante tarde, completamente descansado y en excelentes condiciones físicas; después de cocinar un rápido desayuno, se encaminó a la ciudad. En su camino tropezó con Stemm, y por él quedó enterado de que las «corridas» de la noche anterior habían sido infructuosas para los pescadores. Poco más allá, tuvo ocasión de pasar ante algunos grupos, y pudo comprobar el mal humor y la contrariedad que les había causado el fracaso. «Es peor que eso lo que hay que aguantar en el Ejército...», pensó. Y luego se enfadó consigo mismo por estar siempre sobre aquellos tristes pensamientos. «Lo que debía recordar siempre —volvió a decirse —era olvidado con frecuencia; en cambio, lo que quería olvidar definitivamente, se despertaba en sus recuerdos a cada instante...»
La Costa del Oro parecía ser un lugar tranquilo, limpio, con las calles anchas y un buen número de construcciones modernas, lo mismo de índole particular que comercial. No era, ciertamente, una ciudad «muerta», sobre todo en aquellos meses del año. Keven recorrió sin prisas la calle principal, y después de averiguar dónde estaba la oficina de Correos, se dirigió a ella y expidió dos giros postales para su padre. Con tal remesa quedaba la deuda casi cancelada del todo, y tal circunstancia le produjo una sensación de bienestar. Con el giro expidió también una nota en la que daba cuenta al viejo de su feliz llegada a Costa del Oro y le ponía en pormenores de la suerte que les había acompañado en la primera operación de pesca.
La empleada de Correos era una bonita muchacha. Sus ojos claros obsequiaron a Keven con disimuladas miradas de curiosidad y simpatía, cosa a la que él habría correspondido de buena gana de no haber tenido la chica el pelo cortado, hasta parecer un muchacho. Keven odiaba profundamente aquella moda, y terminada la imposición de los giros salió con ánimos de encontrar a Garry.
Sabía de antemano que la cosa no iba a resultar fácil, y así fue en efecto. No había, por lo pronto, muchos sitios en los que Garry pudiera estar a semejantes horas. Al fin, en la parte baja de la avenida principal, vio de pronto una muestra que rezaba: «Ojo de Buey». Era el nombre que los pescadores daban a cierta clase de salmones, así como a otras las conocían por distintos apelativos, a cual más típico o extravagante: «Lomo de Cuero», «Barrita de Plata», «Gordinflón», etc.
Keven, sin pensarlo dos veces, penetró en el interior del «Ojo de Buey».
Un pequeño puesto de tabacos ocupaba el vestíbulo, y desde allí, se entraba en el salón principal, lleno en aquellos instantes de hombres y de muchachos, empeñados casi todos, por grupos, en acaloradas discusiones. No costó gran trabajo a Keven darse cuenta de que casi todos eran pescadores, según se los había descrito Garry Lord. Cansado de la larga caminata, el recién llegado se sentó, con ánimo de cobrar alientos mientras estaba al tanto de los conciliábulos y comentarios de los reunidos. Nadie reparó en él, circunstancia que confirmó a Keven la idea de que el número de forasteros era allí considerable.
La preocupación de todos aquellos hombres era la misma, y sus conversaciones y disputas giraban alrededor de estos dos polos: la pesca y el juego. El muchacho dedujo de que no lejos de allí debía existir algún salón «privado»; y no era mucho suponer, por todos los indicios, que tal salón estuviese en el segundo piso del mismo edificio.
Pasado un rato, se sintió descansado y con nuevo vigor en el cuerpo. Se dispuso a salir de nuevo, pero junto al puesto de tabacos estaba un hombre que le interpeló de manera inesperada:
—¿Busca usted algo, compañero?
—Entré para ver si estaba aquí mi compañero —replicó Keven tranquilamente.
—¿De quién se trata?
—Se llama Garry Lord.
—¡Ah, ese Lord...! ¿Es usted, también, un pescador de la parte alta?
—Sí. Y por el tono que está empleando, me doy cuenta de que los de allá arriba no somos gratos por estas latitudes...
—Y está usted en lo cierto, amigo... Pero eso no reza aquí, en el «Ojo de Buey», donde todos los parroquianos son bien vistos.
—Me alegro de saberlo... ¿Es usted el dueño?
—No llego a tanto —replicó el desconocido.
—Entonces, ¿quién es?
—Pero, ¿no lo sabe?
—¡Claro que no! Nunca estuve en Costa del Oro antes de ahora.
—Bien; no tardará usted mucho en enterarse de quién es el que dirige todos los intereses de esta ciudad... incluyendo el «Ojo del Buey».
—Está bien; pero no soy hombre curioso. Todo eso es cosa que no me importa un comino. Y ahora, dígame; ¿sabe usted dónde podría encontrar a mi amigo Garry Lord?
—Sí, tal vez. Pruebe a buscarlo en la cárcel.
—¿Qué dice usted?
—Pues, creo que su amigo se emborrachó anoche y tuvo una bronca con un pescador...
—No me diga más; estoy convencido de que me dice la verdad, porque Garry, cuando se emborracha, pelea hasta con su sombra. ¿Quiere decirme dónde está la cárcel?
Después de ser encaminado en la dirección requerida, Kev en se dirigió a la prisión de la ciudad, mientras los más desagradables pensamientos bullían dentro de su cabeza. Garry era un excelente muchacho, pero aquel maldito vicio de la bebida era capaz de estropear las perspectivas más halagüeñas en relación con su compañía y sociedad. Al llegar a la prisión, Keven se encontró con un hombre de media edad, que hacía guardia en la puerta, llevando la tradicional estrella en el pecho.
—Vengo buscando a Garry Lord —explicó Keven, sin detenerse a dar muchas explicaciones.
—Por qué se le ha ocurrido venir? —le preguntó el hombre de la estrella en el pecho al tiempo que le miraba con ojos inquisitivos.
—Ya se lo he dicho —volvió a decir Keven—. Me han dicho que Garry Lord estaba en la cárcel.
—¿Quién se lo dijo?
—Un hombre que estaba en el «Ojo del Buey».
—Y usted, ¿quién es, si puede saberse?
—Mi nombre es Keven Bell. Soy el socio de Garry, y quisiera sacarle de aquí.
—¿Por qué me da usted su verdadero nombre?
—¿Por qué? —preguntó a su vez el muchacho, extrañado—. Pues, porque me llamo así...
El sheriff f parecía un hombre atento, aunque trataba de revestir su tono de cierta autoridad.
—¿Y no tiene ninguna razón para ocultar ese nombre?
—¡Desde luego que no! —replicó Keven con altanería.
—Venga a mi despacho —le dijo el otro, iniciando la retirada hacia el interior.
A través de un pequeño pasillo, el sheriff condujo a Keven hasta un limpio y pequeño recinto, en el que estaba instalada la oficina. De su carpeta sacó una hoja de papel amarillo y se la alargó al visitante. Era un despacho telegráfico, y al tomarlo, un presentimiento fatal hizo palidecer a Keven, que se apresuró a leer rápidamente el escrito. Era, efectivamente, un telegrama del Jefe de Policía de El Paso, en el que se ordenaba el arresto de un tal Keven Bell, por lesiones y resistencia a los agentes de la autoridad.
—De modo que era eso... —murmuró Keven, devolviendo al sheriff el telegrama—. Debía haberlo supuesto. Ahora, sheriff, ya le he ahorrado el trabajo de darme caza. ¡Aquí me tiene!
—Escuche, Bell —le dijo el hombre de la estrella su nombre me suena. Creo haber leído algo de usted en un periódico... Algo que le pasó en un campamento del Ejército...
—Sí; yo era el hombre.
—Tuvo un mal accidente, ¿no?... Le reventó un cañón, o algo así...
—En efecto, fue algo de ese estilo, «me hizo polvo»... Mire aquí —y Keven, dándose cuenta de que el sheriff no era un lobo feroz ni mucho menos, empezó a mostrarle las cicatrices de sus graves lesiones.
—¡Demonios! —exclamó el sheriff f al comprobar el destrozo que el muchacho tenía en el maxilar inferior—. ¿Le llevó toda esa parte de la cara?
—Estuve entre la vida y la muerte, señor... ¡Y me dejó el cerebro envuelto en brumas!
—¡Ya me lo figuro!... Y parece usted un buen muchacho, Bell. Yo tuve un chiquillo que se marchó a Francia... ¡para no volver!
—Lo siento en el alma sheriff... Cayeron muchos como él. ¡Ojalá hubiera yo caído en lugar de ese chiquillo suyo! Pero Dios elige a los mejores.
—No, no; hay que vivir, muchacho. Mientras hay vida hay esperanza.
—No para mí... —Y entonces Keven contó al sheriff f la leyenda indigna que Atwell había esparcido por el pueblo antes de su llegada, la reyerta sostenida en el Hotel, y su escapada a través del río, perseguido por los agentes de El Paso.
—Sí, sí; recuerdo también haber oído algo de esa familia Carstone... De modo que usted fue inocente, ¿no es así?
—Completamente.
—Y fue ese Atwell el que difundió la calumnia por el pueblo... ¿Por eso le pegó?
—Quiero ser completamente sincero con usted, sheriff. No, no le pegué por eso solamente. Yo había dejado una novia en el pueblo, y cuando volví, ese tipo me la había quitado... Me sentí celoso... Los nervios se apoderaron de mí, y ya no supe lo que hacía...
Con un gesto deliberado y lento, el sheriff f cogió el telegrama y empezó a romperlo en pedazos pequeñitos. Luego arrojó los pedazos al cesto.
—Bueno —dijo—; yo no conozco a ningún Keven —Bell... ¡Y en cambio conozco demasiado bien al tal Atwell! Precisamente ronda mucho por aquí.
—Entonces... ¿es que no va a detenerme? —preguntó Keven temblando de ansiedad.
—No, a causa de ese papel... Pero punto en boca con respecto a lo que hemos hablado.
—¡Oh, señor, mil gracias!... Yo... usted... —Keven, repentinamente, se sintió trastornado por la emoción. Él, que habría resistido con altanería la detención y las impertinencias de un interrogatorio en forma, se veía achicado y se sentía débil como un corderillo ante aquel exceso de generosidad.
—Me encontré con Garry la noche pasada —continuó el sheriff, sin hacer caso de la agitación interior de su colocutor—. Fue a primera hora... Garry y yo no somos malos amigos. Me dijo que tenía un nuevo compañero y me hizo grandes elogios suyos... Pero, unas horas después, se emborrachó y tuve que ir en su busca; había armado camorra con un hombre de Brandeth al cual golpeó. ¡Un austriaco! Arrastré a Garry de allí, pero en vez de encarcelarlo, lo acompañé hasta las afueras de la ciudad y le rogué que se fuese a dormir.
—El caso es que no ha ido al campamento en toda la noche...
—Garry no pierde el juicio por muy borracho que esté. Por el camino, corría el peligro de ser acometido por cualquier truhán, y con seguridad tomó sus precauciones. Es casi seguro que a estas horas su amigo esté en cualquier lugar del bosque, cómodamente instalado. No se preocupe por él, muchacho.
—¿Cuál es su nombre, sheriff? f? — preguntó Keven con humildad.
—Blackwood. Y también soy de la parte alta del río. De Ashland. Nacido a orillas del Rogue... Pero no es preciso que lo vaya pregonando por ahí —agregó el sheriff, con un guiño—. Quedamos amigos, y puede venir a verme cuando quiera, aunque no los sábados, porque es un día en que estoy muy ocupado.
Keven salió de la oficina alentado por un nuevo sentimiento de gratitud y de rectificación con respecto a las ideas amargas que desde su licenciamiento le habían obsesionado. Todo el mundo, al parecer, no estaba contra el triste y mutilado despojo que la guerra había hecho de él.
Todavía quedaban personas bien intencionadas, gentes cordiales y de corazón limpio, como aquel sheriff f de la mirada triste, capaces de comprender su gran tragedia moral y de incluirle dentro del círculo de sus estimaciones.
Aquello le amarraba en cierto modo a la sociedad y a la vida, causándole una especie de malestar. No pretendía humanizarse, y hubiese preferido permanecer aislado, proscrito, solo y entregado a sus propios recursos, en lucha contra el mundo entero.
En frente del hotel principal a cuya puerta se estacionaban varios autos y cuyos umbrales estaban repletos de un agitado enjambre de personas, que iban y venían en todas direcciones, un hombre delgado, con cara de pillo redomado, le interpeló de pronto:
—¿Es usted, acaso, el hombre que ayudó a Garry Lord en sus magníficas redadas de la otra noche?
—Sí, señor; yo soy.
—¿Y cuál es su nombre, si me hace el favor?
—Mi nombre no viene al caso... Puede ser cualquiera; por ejemplo, Jeff Davis, o Jesse James. Claro está que no es ninguno de éstos —replicó, siempre recordando lo que le había ocurrido con el sheriff. . —Ya veo que no le interesa decirme su nombre; pero no me importa. En realidad eso del nombre sirve de poco... ¿Es pariente de Garry Lord?
—Soy su socio y compañero.
—¿Y sabe usted que no está bien visto aquí? —Claro que lo sé; ni él ni ninguno de los pescadores de la parte alta.
—Justamente. Casi todos son pescadores independientes, que no hacen más que estropear el negocio por su conducta anárquica.
—¡Ah! De modo que es eso, ¿eh?... ¿Es que existe alguna unión de pescadores en Costa del Oro? —preguntó Keven con curiosidad.
—No; pero existe una especie de «círculo» interior al cual deberían unirse...
Me refiero a la venta del pescado a un comprador fijo y determinado.
—Pero es el caso que tanto Garry como yo preferimos estar libres para vender donde nos convenga mejor —replicó Keven con sequedad—. El que más pague se llevará nuestro pescado. Tengo entendido que hay ahora otra factoría, además de la de Brandeth, y...
—Hay dos más —le atajó el oficioso informador.
—Tanto mejor —respondió Keven—. Esto proporcionará mejores precios a los pescadores, a causa de la competencia.
—La cosa puede aparecer así a los ojos de un inexperto novato... Y hasta puede que al principio sea verdad y deje más dinero. Pero los que así piensan no tardarán en verse defraudados, en cuanto llegue la época de las grandes redadas...
—Esas palabras no me suenan muy cordialmente en los oídos —volvió a replicar Keven, con visible violencia de sí mismo—. Estamos en América, amigo, y parece haberlo olvidado.
—Escuche: su amigo Garry Lord nos dio el año pasado bastante qué hacer, y no estamos dispuestos a permitir que ocurran las cosas en el presente del mismo modo. Lo pasará mal si no nos vende por las buenas el pescado. Y ésa es la advertencia que pretendo hacerle.
—Muchas gracias por ella —dijo Keven—; pero no me asustan las fanfarronadas.
—No tardará mucho en convencerse de que no es fanfarronada.
—Pero, oiga, amigo... ¿Vivimos en un país libre o en una tierra de esclavos?
¿No es lógico que cada cual quiera defender el producto de su trabajo, para obtener el máximo rendimiento? —argumentó nuevamente Keven con la garganta reseca—. Me importa un comino que ustedes ganen o pierdan en su negocio particular.' ¡Yo voy al mío!
—Haga lo que quiera —dijo el otro con un evidente acento de amenaza. Su máscara de hombre persuasivo había caído definitivamente. Era ya como un fiscal seco y duro que pidiese para su acusado una fría sentencia—. Se arrepentirá algún día de no haberme escuchado...
—Pero, en resumidas cuentas: ¿a quién representa usted?
—Eso no le importa. Si usted quiere apartarse de Garry Lord y comprometerse con nosotros, entonces...
—Escuche, escuche... Usted me ha parecido desde el primer momento un bandido y está hablando como un redomado granuja... ¡Váyase al diablo!
Y sin mayores explicaciones, Keven volvió la espalda al entrometido.


VIII
Hacia el mes de junio, la estación estaba en pleno auge en Costa del Oro, y la animación, en consonancia, era extraordinaria en el «Ojo de Buey».
Los pescadores y elementos extraños a la ciudad, llegados expresamente para la pesca del salmón, constituían la principal clientela del establecimiento.
Keven Bell, que había tomado el hábito de ir con cierta frecuencia por allí, entró aquella tarde, una vez más con el doble propósito de pasar un rato, echar una ojeada y ver si le sería posible dar con Garry Lord. El juego y la bebida eran la total perdición de su camarada. Un hombre como él, capaz de los máximos esfuerzos y sacrificios a la hora de conseguir una buena redada, se hacía débil, como un niño, ante una mesa de juego o una botella de ron. Y así como no había quien le igualara en el arte de la pesca y su habilidad era notoria entre todos los hombres de la Costa del Oro, jugando o bebiendo era, en cambio, un desgraciado para quien el santo estaba casi siempre de espaldas, amigo de camorras y de disputas acaloradas, que le conducían con bastante regularidad a pasar las noches en las estrechas celdas del sheriff Blackwood.
El «Ojo de Buey» estaba aquel sábado atestado de su público habitual.
En la marea creciente de la noche anterior y también en la que la había seguido por la mañana, el salmón había hecho una de sus más arrolladoras «corridas». Se había ganado mucho dinero y los hombres, en consecuencia, buscaban el modo de devolver sus ganancias al acervo de la circulación general.
Keven compró unos cigarrillos en el pequeño puesto del vestíbulo, y Brander, el encargado del mismo, que había hecho una buena amistad con él, le susurró al oído:
—A ver si consigue llevarse a Garry fuera de aquí; está borracho y creo que Mulligan lo anda buscando...
Mulligan era un mal «elemento», popular en todo el río, pendenciero también como pocos, y con el que Garry había chocado en ocasiones anteriores.
Sin saber por qué, se había desatado contra ellos un movimiento de sorda antipatía en toda la ciudad. Con procedimientos torpes, con amenazas y manejos de mala índole, se perseguía el alejamiento de Garry, y el suyo mismo, como secuela del hecho. De no haber existido otras industrias en competencia, Brandeth ya habría decretado la prohibición de adquirir a ningún precio el salmón logrado por ambos, circunstancia que les habría puesto en un gran aprieto. Ahora, en vista de que aquello no era práctico ni hacedero, se recurría a las provocaciones y denuncias, tomando como pretexto la mala bebida de su amigo y los incidentes de las largas y catastróficas partidas de póquer.
La sala interior del establecimiento estaba llena de humo y cargada con el vaho de las respiraciones. Los hombres se apretujaban contra las mesas de billar, juego que estaba de moda y que reclutaba una buena cantidad de aficionados. El ruido seco de las bolas se mezclaba con los gritos de las disputas, y por doquiera se veían las altas y gruesas botas de caucho, los impermeables y las chaquetas engomadas, que llenaban el ambiente de un olor nauseabundo a salitre y pescado. Keven entró un momento y lanzó una ojeada, pasando entre los jugadores y las mesas. Todo el mundo le conocía como socio que era de Garry, y por tal razón se veía forzado a compartir su impopularidad.
Al tratar de pasar entre dos mesas, uno de los jugadores, hombre desaliñado y sucio, en cuyo rostro crecía una barba de varios días, apoyó intencionadamente el taco en su estómago, después de lo cual se sintió, o fingió sentirse molesto.
—Vete con cuidado, amigo, o tendré que darte con el taco en la cabeza —dijo.
—No ha sido mía la culpa —replicó Keven con tranquilidad—. La culpa es tuya, por ser tan mal jugador de billar como pescador de salmones.
—¡Estos bandidos de la parte alta!... —gruñó el aludido—. ¡Habrá que echarlos a todos! —agregó, dirigiéndose a sus compañeros de partida.
Keven estaba convencido en su fuero interno de que tanto ellos como los demás hombres de la parte alta tendrían que abandonar, tarde o temprano, el terreno. La pesca se hacía para ellos más difícil y más improductiva cada vez.
Multitud de dificultades les acosaban por todos lados. Estaba, por su parte, contento y satisfecho de haber podido pagar a su padre ampliamente, y también al cordial y simpático comerciante Minton; pero sus ilusiones de amasar allí unos ahorros suficientes para comprar un pedazo de tierra habían desaparecido bastante tiempo atrás.
Con la idea de encontrar a Garry, subió la escalera para echar un vistazo a la sala de juego. No había nadie que guardara la entrada y cualquier persona podía entrar o salir libremente. Un relativo silencio reinaba allí, en comparación con el estruendo de la parte baja, que se filtraba por las paredes y subía hasta el callado refugio de los jugadores. Éstos se agrupaban alrededor de media docena de mesas formando partidas, y en una de ellas la rápida mirada de Keven descubrió pronto a su camarada, doblado sobre las cartas. Sigilosamente se aproximé.
Por una vez, Garry parecía estar ganando un buen puñado de billetes. Con él se sentaban a la mesa otros cinco jugadores, y uno de ellos era precisamente el tal Mulligan, el corpulento y mal encarado irlandés, de pelo rojizo y mirada torva.
Era uno de los que perdían más dinero, y las miradas que lanzaba hacia el afortunado Garry no presagiaban nada bueno. Además, algunos incondicionales suyos eran también de la partida.
Keven se sintió repentinamente enojado y casi rabioso contra su camarada.
¿Qué necesidad tenía de meterse en aquellos líos? Tenía Garry la habilidad de rodearse siempre de los hombres y circunstancias más desfavorables para su propia seguridad. Se hacía necesario arrancar en el acto a aquel hombre de allí, en evitación de males mayores; pero, ¿cómo conseguirlo? No es fácil en ninguna ocasión levantar a un jugador de póquer de su partida, pero al estar ganando, como ocurría a Garry, todavía resultaba la cosa más complicada. Las reglas de la caballerosidad prohíben a un jugador que gana abandonar la mesa antes de la hora convenida o fijada por todos; no obstante, esta regla no era seguido en el «Ojo de Buey» con mucha escrupulosidad.
—Pido perdón por interrumpir —exclamó Keven, dirigiéndose a todos los jugadores en general. Luego se volvió expresamente hacia Garry—: Haz el favor de salir conmigo, Garry —dijo.
—Qué demonios de bicho te ha picado? —preguntó su camarada sorprendido; y Keven se dio cuenta de que no estaba muy borracho, como Brander le había informado.
—Tengo buenas razones para rogarte que salgas. ¡Vamos, Garry!
—Pero, ¿no te das cuenta de que estoy ganando ahora?
—Bueno; si ganas por una vez, bien puede decirse que es una casualidad.
Siempre pierdes. Y ahora mismo... ¡Hay un agente de El Paso que te anda buscando!
—¡Que se vaya al diablo! —exclamó Garry de mal talante—. Ya me las arreglaré con él, Kev; y no me molestes más.
—Lo siento; pero es más importante de lo que te imaginas... Me lo advirtió Brander, abajo, y dice que es preciso ahuecar el ala... —Mira, Kev, déjame tranquilo. No te preocupes por mí.
—Está bien; entonces, me iré yo solo —exclamó Keven con tono de reconvención—. Todo hay que decirlo delante de la gente... Para que lo sepas:
¡hay ahora mismo una enorme corrida de salmones!
Era un recurso que jamás había fallado con Garry. Y tampoco falló en tal ocasión. Al oír aquello, Garry se levantó, se embolsó las ganancias y se dispuso a abandonar el local.
Mulligan lo miró con rabia.
—¡Vete, vete, miserable gallina...! —gritó sin poderse contener—. ¡Cuando estás ganando!
—Menos insultos, amigo —replicó Garry—; si hoy gano, otras veces he perdido.
Mulligan se levantó, en actitud agresiva, y después de escupir unos insultos soeces, trató de dar a Garry un puñetazo, que falló por estar la mesa entre ambos contendientes. El socio de Keven no se amilanó, ni mucho menos, y cogiendo una silla la levantó en alto y la balanceó en dirección al irlandés. Los demás jugadores se echaron rápidamente al suelo, cosa que quiso hacer también Mulligan, para evitar el silletazo; no obstante, la silla, impulsada con gran fuerza por Garry, le dio en el pecho y lo derribó, yendo luego a estrellarse contra una ventana de cristales, que se hizo añicos. La cosa había ocurrido tan rápidamente, que los jugadores de las restantes mesas apenas tuvieron tiempo de enterarse de nada hasta que oyeron el estruendo de los cristales rotos. Y cuando quisieron reaccionar, ya Keven había cogido a su amigo de un brazo y lo arrastraba escaleras abajo. Llegaban ya al último escalón, cuando se dieron de cara con el sheriff, Blackwood.
—¡Hola, muchachos! ¿Qué ocurre para bajar las escaleras tan atropelladamente?
—Mulligan y sus compinches tienen ganas de pelea, sheriff — le dijo Keven—. Y ya sabe usted que a Garry también le gusta el jaleo...
—Pelea, ¿eh? De modo que es por eso... Yo creí que se había hundido el techo o algo así. ¡Vamos, vamos fuera de este antro!
—Será mejor que suba a arreglar cuentas con ese Mulligan definitivamente —dijo Garry, tratando de retornar a la sala de juego.
Entre el sheriff y Keven sacaron al obstinado a la calle.
—Dejarás que te encierre esta noche, Garry. Por tu propia seguridad —dijo Blackwood—. Y usted será mejor que vuelva al campamento.
—¡Oh, no me gusta eso, Black! —replicó Garry disgustado—. ¡No se puede vivir en esa cárcel!... Además, sheriff, tenemos una buena «corrida» de salmones esta noche.
—Garry, debo confesar que te engañé —confesó Keven en son de disculpa—.
Necesitaba sacarte de allí.
—¡Miren lo que sabe el zorro...! Conque esas tenemos, ¿eh? —se quejó Garry amargamente.
Al llegar a la prisión, Blackwood invitó amablemente a Garry:
—Vamos, muchacho; ya sabes que somos tus mejores amigos. Entra.
—¡Demonios, claro que lo sé! —dijo el pescador, resignándose—. Toma mis ganancias, Kev, y escóndelas—. Luego, pasó al interior, sin volver la vista atrás.
El sheriff se entretuvo un momento con Keven.
—Le dejaré salir por la mañana, Bell... Y ahora quiero decirle una cosa, en confianza: si yo me encontrara en su lugar pensaría muy seriamente en abandonar la Costa del Oro. Les quiero bien y les prevengo que no es éste buen sitio para ustedes durante la época del salmón.
El sheriff f miró a su alrededor, para cerciorarse de que estaban solos, y luego bajó la voz, hasta convertirla en un susurro —Oiga lo que le digo... Garry Lord es un hombre «marcado», y más tarde o más temprano tendrá un disgusto. Lo que ocurre, es que su amigo es el mejor pescador de todo el río, y como está en un «plan» de absoluta independencia estropea los precios y las combinaciones. De modo, que no se engañe usted, Bell... En el fondo de todo esto hay algo más que las envidias o celos de los otros pescadores. Sáquelo de aquí si puede... Y si no lo consigue, siga mi consejo:
¡váyase usted mismo!
—Muchas gracias por la advertencia, sheriff respondió Keven; y sin más se despidió de él y emprendió la retirada.
Había en la ciudad un salón de baile que era frecuentado también, de vez en cuando, por Keven. Tuvo la intención de ir allí, para pasar un rato; pero desistió bien pronto de su idea. No es que se pasara mal; los aficionados al baile encontraban allí motivos de diversión más que suficientes. Pero el mismo antagonismo que hacia su persona se respiraba en otras partes de la ciudad, podía encontrarlo, con toda seguridad, en la sala de baile, donde los parroquianos eran también pescadores, y las chicas, por regla general, forasteras en su mayoría. Por aquella noche, Keven no se sentía con ganas de nuevos altercados.
Mientras caminaba hacia el río, los más encontrados pensamientos se agolpaban en su mente. Pensó en la bebida. Hasta aquel momento se había mantenido apartado del alcohol, no tanto por virtud como por evitar el contacto y la sociedad de otros borrachos. Sin embargo, aquella serie de contrariedades le impulsaba a beber, aunque sólo fuera para mitigar el disgusto que le producía aquella situación de persecución injusta. Y no era él hombre al que se pudiera amedrentar o dominar con amenazas e injusticias... Antes bien, se crecía en la terquedad y la obstinación, cuando todo se confabulaba para perjudicarle. Sentía un gran afecto por Garry Lord y estaba dispuesto a luchar por él. Minton había expresado la verdad al decir de Garry: «Es un hombre con un corazón de oro». Sí; sentía entonces más que nunca, la imposibilidad material de abandonar a su socio y amigo.
En su campamento, junto al río, Keven se sintió ligeramente aliviado de su opresión y sus preocupaciones. Aquello era casi como estar «allá arriba>>, y la ilusión hubiera podido ser completa de haber faltado el ladrido de los perros y las luces lejanas de la ciudad. La soledad obraba sobre Keven como un poderoso sedante. Su sistema nervioso estaba deshecho por la excitación de los campamentos militares, el barullo del hospital y el desfile de rostros y personajes repelentes por su agitada vida. Agachado junto a un fuego de leños crepitantes, su imaginación se perdía en aquellas cosas tan hondas y significativas para su vida, mientras sus oídos escuchaban los monótonos ladridos lejanos y el ruido particular y opaco de la marea...
A la mañana siguiente, apareció Garry en el campamento. Llegaba alegre y arrepentido, como siempre, de sus pasados errores. Keven aprovechó la oportunidad para comunicarle los escrúpulos y temores del sheriff. —¿Qué estás diciendo? ¿Abandonar la pesca a estos canallas?... No seré yo el que lo haga.
—De acuerdo; pero, en ese caso, no nos hagamos muy visibles —sugirió Keven—. Si nos dedicamos a pescar con intensidad, no creo que nos ocurra ningún daño. Nos iremos al río, de día y de noche, haya o no «corrida» de salmones.
Hagamos una vida distinta a los demás pescadores. Ellos esperan las mareas y las «corridas»... Nosotros pescaremos en cualquier momento, y siempre podremos hacernos con algo, aunque no sea mucho. Además, nos evitaremos discusiones y otras cosas peores.
—¡Eres un muchacho estupendo, Keven, y estoy completamente de acuerdo contigo! —declaró Garry con entusiasmo—. No volveré a poner un pie en la ciudad; y que se vayan al diablo ese Mulligan y sus compinches.
Con arreglo a este programa se lanzaron a recorrer el río y estuvieron un día entero pescando con grandes anzuelos de cuchara. El salmón era escaso y resultaba bastante rara la captura de algún ejemplar. Después de una jornada entera y de un incesante ir y venir, toda la pesca se reducía a diez salmones de pequeño tamaño, los cuales, a veinticinco centavos el ejemplar, no daban una ganancia muy lucida. Garry aseguró que la mejor ganancia que aquella táctica podía proporcionarles no estribaba en la pesca capturada, sino en la oportunidad de mantener una constante vigilancia del río, para echar mano a la red tan pronto se presentase una «corrida» importante. Claro estaba que no podrían hallarse constantemente en el río, de día y de noche, pero al ojo del buen pescador no se le ocultaban con facilidad los indicios de una «corrida» más o menos próxima...
Precisamente, al tercer día de tan incesante ir y venir, el experimentado Garry notó en el fondo del río, por sus partes bajas, un fino sedimento. Luego metió la mano en el agua y se la llevó a los labios:
—¡Que el infierno me lleve, Kev, si no tenemos a las puertas una buena «corrida» de salmones! —dijo—. Volvamos al campamento para tomar un bocado y dormir unas horas; luego, volveremos con la red y las otras cosas.
Garry no se equivocó en sus predicciones. Aquella noche, teniendo el río para ellos solos, pues, a excepción de algunos esquifes indios, no había nadie por los alrededores, pescaron doscientos sesenta y tres salmones de buen tamaño, que al día siguiente vendieron a las factorías de la oposición a cincuenta centavos el &emular.
Este segundo golpe de Garry no sólo dio el toque de atención por la llegada de las grandes «corridas», sino que armó un gran revuelo entre todos los pescadores. Si las miradas de odio y los insultos hubieran podido matar a los dos amigos, ya habrían ido a parar ambos, desde mucho atrás, al fondo de la fosa.
Durante las tres noches siguientes, además, los dos compañeros hicieron recogidas muy superiores a las de los otros hombres de la bahía.
Keven tuvo la extrema satisfacción de ver cancelado el resto de todas sus deudas, y todavía pudo enviar a su padre una cantidad como bonificación.
Después de todos estos pagos, se encontró con algún dinero ahorrado, lo cual colmaba por el momento sus aspiraciones. En cuanto a Garry, como no podía menos de ocurrir, cavó de nuevo... La atracción del tapete verde era demasiado fuerte para él jugó y perdió. Luego, empezó otra vez a beber, aunque la influencia del alcohol no le privara de atender debidamente al trabajo. Sus enemigos, no obstante, llegaron a dominarle como si fuera un muñeco. Y llegó la cosa a tal extremo, que Keven se vio precisado a plantarse, diciendo:
—Escucha, Garry, mi viejo amigo; voy a hablarte con entera franqueza: si no varías de conducta y abandonas todo eso del juego y de la bebida, lo sentiré mucho, pero me iré... ¡Me separaré de ti, Garry!
El electo de tales palabras fue casi trágico para el pescador. Se puso pálido y tembloroso, a punto de llorar.
—¡Dios mío, Kev, no digas eso! —gimió—. ¡Si estoy siempre en mi juicio, y bebo mucho menos que el año pasado...!
—No sé lo que harías en tiempos pasados, Garry, ni me importa... Ya te digo que lo siento; pero he tomado mi determinación.
—No, Keven, tú no puedes abandonarme, dejarme solo como a un perro.
—Que no puedo? Tendrás que dejar las cartas y la bebida, o haré lo que te he dicho. ¡Me iré!
Garry estaba anonadado. Su humillación era lastimosa. No hizo nuevas promesas, como si se diera cuenta de que eran inútiles y de que una fría determinación resultaba para él inevitable. Hundió la cabeza en las rodillas, y Keven, al verle tan abatido, se dio cuenta de que jamás podría hacer lo que decía; o sea: abandonar a su amigo, hiciese éste lo que le viniese en gana. Una actitud de reprimenda, tan sólo, podría quizá ser un paliativo momentáneo; pero nada más.
El incidente, no obstante, pareció marcar un cambio notable en la buena suerte que hasta el momento les había acompañado. Habían tenido rachas buenas, indudablemente, y durante ellas Keven pudo ahorrar lo suficiente para pagar sus deudas y reunir algún dinero; sin embargo, Garry estaba arruinado. Y en días sucesivos, a pesar de que recorrieron infatigablemente el río en todas direcciones, la suerte continuó mostrándoles su cara esquiva y engañosa. Pero la estación estaba en sus comienzos —pensaban —y todavía podía esperarse un cambio de fortuna.
Un día, en la calle principal de la ciudad, Keven se dio de cara con Atwell. El antiguo Mayor parecía un hombre opulento y satisfecho de la vida. Al pasar junto a él, Keven se dio cuenta de que su enemigo le lanzaba miradas de profundo odio, al tiempo que susurraba algo en voz baja al hombre que le acompañaba, que no era otro que el gerente de la factoría conservera de Brandeth. Una especie de convulsión interior trastornó el sistema nervioso del muchacho, llenándole el alma de los más negros presagios. La sangre se agolpó en sus sienes, y para librarse de las torvas intenciones que le asaltaban, corrió al campamento y se lanzo a pescar, afanosamente, sin tener en cuenta para nada las adversas condiciones reinantes.
Nada de particular ocurrió, sin embargo, ni al día siguiente ni durante el que llegó a continuación; pero al tercero, con motivo de una magnífica recogida de salmones lograda por ambos camaradas, el pescado fue terminantemente rechazado en la factoría principal, y se vieron obligados a sacrificar la carga a un precio bajísimo, cediéndola a otra de las industrias, de orden secundario. La mano de Atwell estaba patente en la maniobra. Pero en lugar de sentirse descorazonados, el golpe pareció acrecer la determinación y terquedad de ambos amigos, perfectamente de acuerdo en continuar la lucha contra viento y marea.
Los días transcurrieron sin cambio ni alteración notables por ningún concepto. La estación pesquera llegó a su punto culminante, pero la suerte de Keven y Garry no mejoró con relación a los mediocres resultados de los últimos tiempos. Por si fuera poco, un nuevo factor fue a sumarse a la serie de dificultades que por todas partes ponían estrecho cerco a la labor de ambos camaradas. Al principio, creyeron que era una cosa incidental, pero no tardaron en convencerse de que el hecho estaba premeditado y obedecía a un designio. Media docena de esquifes, trabajando por parejas, dieron en la costumbre de echar las redes en una posición precisa que bloqueaba por completo el equipo de los dos amigos.
Resultaba inútil que Garry levantara la red y fuese en busca de nuevo emplazamiento; los esquifes levantaban en seguida las suyas y corrían a situarse entre nuestros amigos y el pescado, haciendo poco menos que nulo el resultado de sus redadas, aun en las «corridas» abundantes. Mulligan y los suyos estaban en el juego.
—Aquí no hay nada que hacer, Garry —dijo al fin Keven a su amigo, con acento de deseperanza.
—Aunque no haya nada que hacer —contestó Garry con un gruñido—, nos vamos a quedar.
—Ésa es tu opinión, ¿verdad?... Bien; en ese caso, te prevengo que me voy a pasar muchas horas en el río.
—¿Y para qué?
—Para averiguar ciertas cosas... Conviene tener pruebas para cuando llegue el momento. Hay que poner en claro por qué no sube el salmón de tamaño grande hasta bien entrado el mes de octubre, y quién es el que infringe la ley...— ¡Demonios, qué curioso te has vuelto!... ¿Por qué no dejas eso?
La observación de Garry tenía un tono extraño en los oídos de su compañero. Era indudable que el pescador sabía algo de todo aquello y que no mostraba, por otra parte, gran interés en remover el fondo de la cuestión. Si la conciencia de Garry no se encontraba limpia del todo, con relación a tiempos pasados, era explicable que no quisiese arrojar la primera piedra. Pero para Keven era distinto. Keven no había pescado jamás en la boca del río ni estaba al tanto de los trucos y ardides de cuantos se concentraban allí, en la estación precisa, para arruinar a las gentes de la parte alta. Su determinación de ponerse al tanto de todo lo concerniente a los grandes «secretos» de Costa del Oro era firme, y en este espíritu se sintió reconfortado y dispuesto a capear cuantos tem-porales se presentasen en lontananza.
A tal efecto, se dedicó a recorrer el río de día y de noche, a bordo del pequeño esquife, mientras Garry quedaba en la gran barcaza al cuidado de la red. Para aquella labor de espionaje, por así decirlo, la embarcación que su padre había construido en El Paso era sencillamente maravillosa. Navegaba sin ruido, era casi invisible en la oscuridad, rápida y de condiciones muy marineras.
Podía acercarse hasta la misma red de los otros pescadores sin ser apenas vista.
Algunas veces, en tales recorridos, se metía casi encima de las embarcaciones de los demás, con el objeto de comprobar el verdadero emplazamiento de las redes.
En más de una ocasión, se dio cuenta de que las redes estaban en el lugar prohibido, esto es, bloqueando completamente la misma boca del río. Una de las noches fue a dar con la propia embarcación de Mulligan.
—¿Quién es ése? —oyó decir a los de la barca, tan pronto se dieron cuenta de su presencia. Y luego, al ser reconocido su esquife, oyó gritar al propio Mulligan—: ¿Quién va ahí?... ¿Es acaso el canalla de Garry Lord... o tal vez el idiota de su amigo del alma?
—Pido perdón, señores —contestó, al mismo tiempo que se enderezaba tratando de localizar la situación de las redes tendidas entre aquellos botes—: ¿no tendrían un poco de whisky? ¡Mi compañero se ha puesto bastante malo!
—¡Puede morirse cuanto antes! —se oyó replicar a Mulligan de mal talante—. ¡Y quítate de mi vista, pedazo de imbécil, o hundiré esa mala cáscara de nuez T.
—Vuelvo a pedir perdón —contestó una vez más Keven, extremando la prudencia—. No sabía que era ésa la barca de Mulligan...
—Pues, ya estás enterado... ¡Y largo de aquí!
—Ya me voy, ya me voy —dijo aún Keven echando mano a los remos y enfilando de nuevo la dirección contraria—. Parece que la vista de los pescadores de la parte alta hace daño en determinados instantes, ¿no es así?...
Las palabras de Keven, al alejarse, fueron recogidas por Mulligan, que exclamó, dirigiéndose a uno de los suyos:
—¿Lo estáis viendo?... Este maldito es un espía de los de arriba, ya no me cabe duda. ¡Ha venido a comprobar nuestro emplazamiento!... No es en realidad un pescador, y creo que ha llegado el momento de darles la batalla definitiva.
¡Hay que echarlos de aquí, sea como sea!
—¡Calla esa boca, hombre! —le aconsejó alguien, desde el fondo de la barca—.
Al fin y al cabo, nosotros no somos los amos del río... Hay que nadar y guardar la ropa.
Keven ya no oyó nada más, pero tampoco era necesario. Resultaba evidente que la visita había molestado a Mulligan de manera extraordinaria, y que aquellas dotaciones pesqueras tenían interés en mantener secretas sus operaciones. Al volver junto a su camarada, Garry Lord, el muchacho le puso al tanto de sus experiencias.
—Debías mantenerte alejado de todo esto, Keven —le contestó su amigo—, o me veré en la necesidad de matar a algún tipo de ésos. No adelantarás nada con andar metiendo las narices.., ni conseguirás enterarte tampoco de nada positivo.
Keven aseguró que, si había «algo», él terminaría por saberlo. Ya había recorrido parte de su camino y estaba al tanto de varias cosas. Sabía, por ejemplo, que la gente de Mulligan buscaba siempre las horas más intempestivas para hacer entrega de su mercancía en la factoría de Brandeth. Generalmente acudían allí de madrugada, cuando ellos nunca consiguieron ser atendidos hasta después del desayuno, bien entrada la mañana. ¿Por qué aquella distinción y aquel misterio?
En su afán de descubrir lo que se ocultaba detrás de aquella conducta, algunas noches, después de dejar a su amigo Garry en el campamento, se dirigía hasta los muelles de las factorías, pasándose allí muchas horas, escondido y en actitud de vigilancia, para espiar las maniobras de los pescadores de Mulligan.
Vio llegar las embarcaciones y hacer la descarga del pescado, en los sitios habituales. Por el ruido de las distintas piezas, al caer sobre los tablones del embarcadero, calculó y dedujo los pesos aproximados de los ejemplares capturados. Pescado de todos los tamaños, grande y pequeño, cogido indudablemente en lugares prohibidos, a la boca del río. Pero nada más. Ninguna otra cosa sospechosa ni que diera motivo para inculpar a los pescadores con acusaciones graves... No obstante, debía de haber algo más; algo que, a pesar de ser negado por la lógica, era afirmado dentro de él por un extraño sentimiento, parecido a una intuición. Pero, sería preciso, para poder obrar, obtener pruebas tangibles de sus íntimas sospechas. Pruebas irrefutables, que hasta aquel momento no poseía en manera alguna...


IX
Keven se despertó muy tarde al día siguiente; pero, a pesar de todo, se vio obligado a despertar a Garry, tratando de aparentar una alegría y una satisfacción que estaba muy lejos de sentir. Garry, por otra parte, estaba desde algunos días atrás bastante decaído y de un pésimo humor.
El verano había hecho ya su triunfal entrada en toda la costa, y una luz ambarina y clara bajaba de las altas montañas. Chillaban con estridencia prolongada las gaviotas y las avefrías, en pelea constante por los despojos que les servían de pasto y que les proporcionaba el mar; también se veía pasar, de cuando en cuando, a muy elevada altura, algún águila de gran tamaño, volando en dirección al interior. Keven se preguntaba cómo era posible no estar contento y satisfecho de vivir en aquel tiempo maravilloso. Desde luego, en lo que a él tocaba, su salud no había sido muy buena durante los últimos meses; pero los disgustos y contratiempos habían retardado, indudablemente, una recuperación que podría haber sido total en un ambiente de mayor comprensión y tranquilidad. Lentamente, con la entrada del radiante verano, sus fuerzas se restablecían, sin embargo, llenándole de una esperanza dulce y halagadora al mismo tiempo.
—¿Dónde has estado esta madrugada, Kev? —le preguntó Garry mientras tomaba el desayuno.
—Anduve echando un vistazo por las factorías —contestó.
—¡Vaya...! ¿No te dije que no metieras las narices en esa cuestión? Debes hacerme caso y abandonar esa vigilancia, que no conduce a nada práctico. ¡Allá cada cual con su propia vida!
—Escucha, Garry —le contestó Keven en un afán de disculpar su curiosidad—: Estoy tras la pista de algo muy importante, puedes creerme... Y si consigo averiguar lo que quiero, me convertiré en un héroe arriba, en la parte alta...
—Conque eso es lo que crees, ¿eh? —replicó Garry, con amargura El único héroe allá, en El Paso, es ese tripudo que ha conseguido llenar bien la cartera. Lo ha logrado todo: la popularidad, el dinero... y la muchacha. Y eso es lo que causa náuseas; pero nada más.
—Pues, por mi parte, puede guardarse a la chica, y qué le haga buen provecho. No es un bocado exquisito, aunque puedas pensar lo contrario.
—Bueno, si tú lo dices... Pero, mira quién viene por allí.
Keven volvió rápidamente la cabeza, a tiempo para darse cuenta de la llegada de un automóvil, del que descendían dos hombres. El coche había parado al borde de la carretera. Uno de los que llegaban en él era el sheriff, Blackwood; y su acompañante era un hombre bajo y grueso, tocado con un sombrero de alas muy anchas. Hablando animadamente, se aproximaron al campamento.
—Ese que viene con Blacky es Rollin —gruñó Garry, lanzando al mismo tiempo una sorda maldición.
—¿Quién es Rollin? —inquirió Keven, palideciendo, pues su sensibilidad le anunciaba que no debía esperar nada bueno de tal visita.
—¿Rollin?... Un agente de policía de El Paso; un perfecto canalla, si es que has conocido a alguno sobre la faz de la tierra.
—¡Ah!... Entonces, ya me lo explico todo, Garry —dijo aún Keven—; vienen buscando a tu socio, y aquí es donde pueden encontrarlo, naturalmente.
Ya no volvieron a pronunciar una palabra más, pues los dos hombres estaban casi encima. Blackwood parecía serio y disgustado; en cuanto a su acompañante, tenía un aire de superioridad y de énfasis que a Keven se le hizo antipático desde el primer instante. Fue el sheriff, sin embargo, el que tomó la palabra al llegar junto a ellos.
—Lo siento mucho, Bell —dijo—, pero me veo en la necesidad de arrestarle.
—Perfectamente —replicó el aludido, levantándose de su asiento—. ¿De qué se me acusa?
—Agresión, con intento de homicidio —exclamó Rollin en voz alta y con un tono mordaz, al tiempo que sacaba del bolsillo unas esposas—. ¡Vengan esas manos!
Blackwood, con un gesto, rechazó las esposas.
—Oiga una cosa, Rollin —dijo, con cierta brusquedad—; no hacen falta esposas con este muchacho.
—¿Cree usted que no?... Sin embargo, yo no quiero exponerme a que me rompa la cabeza de un porrazo.
—Perdóneme, señor Blackwood: ¿por orden de quién se me detiene? —preguntó Keven respetuosamente.
—Por orden del Jefe de Policía de El Paso —contestó Blackwood, enseñándole el oficio.
Rollin volvió a hacer un intento para ponerle las esposas.
—¡Yo iré sin necesidad de eso! —gritó—. ¿Qué es lo que pretende de mí?
¿Exhibirme por el pueblo como un criminal?
—A mí no me conteste en forma tan airada, jovencito —replicó Rollin con una mueca de soberbia—, o le costará caro.
Rollin —intervino el sheriff —: me dispongo a detener yo mismo a este hombre.
Creo que se habrá dado cuenta.
—De acuerdo; usted lo detiene, y yo me lo voy a llevar a El Paso.
—¿A El Paso? Me parece que no, mientras no me enseñe una orden. La que me ha traído es para que yo arreste a Bell, y es lo que estoy haciendo. Y lo retendré aquí en tanto no me ordene lo contrario una autoridad competente.
Garry, que había permanecido en silencio, se levantó y se apretó la hebilla del cinturón. La rabia brillaba en sus ojos.
—Dígame, señor Rollin: ¿quién presenta denuncia contra mi amigo?
—Eso es cosa que a ti no te importa, rata de río.
—Es mi socio. Estamos juntos en el negocio, y hemos hecho grandes gastos y esfuerzos para ponernos a trabajar... Si usted lo detiene, nos arruina a los dos. Y creo que me asiste algún derecho a saber lo que pasa.
Rollin no contestó una palabra; pero Blackwood lo hizo por él.
—Se trata de Atwell, Lord. Ha insistido en llevar su denuncia hasta el fin. Este es el caso.
—¡Ah, ya...! ¡Me lo figuraba! —murmuró Garry, con una siniestra luz en la mirada. Luego, se sentó otra vez, con un ademán de desesperanza. Keven se sentía más apenado por su amigo que por sí mismo. Cuando ya se encaminaban hacia el coche, todavía Garry se dirigió a él, gritando:
—¡Hasta pronto, muchacho!... Y no te preocupes, pues' no pasará nada.
Pero, por una vez, Keven se dio cuenta de que aquella confianza que su amigo trataba de infundirle era, para el pobre Garry, cosa completamente fingida. Al llegar al coche, se sentó en el asiento delantero, al lado de Blackwood, que era el conductor. Rollin, malhumorado y con el gesto adusto, se sentó detrás.
Nadie habló una sola palabra hasta llegar a la prisión, y una vez allí, el sheriff f le hizo pasar a la oficina, y desde allí a una celda.
El ruido del cerrojo, al caer sobre la enrejada puerta, sonó como un eco funeral en el corazón de Keven. Luego, se quedó a la escucha de lo que hablaban los dos hombres en la oficina.
—Mire, Blackwood —decía el agente de El Paso—; usted podría dejar, si quisiera, que yo me llevase al detenido. Ganaríamos tiempo.
—No puedo ni quiero hacerlo; lo tendré aquí en tanto no me traiga una orden en regla. La que me ha traído hoy va dirigida a mí y en ella se me ordena el arresto de Bell. Bien; ya lo he hecho. Con eso creo haber cumplido con mi deber.
—Divertido distrito éste, ¿eh? —arguyó Rollin, con una rabia incontenida—. Ya había oído cosas interesantes acerca de toda esta gentuza; pero me doy cuenta de que se quedaron cortos los informadores.
—¿A qué gentuza se refiere?
—A estos ratas de río, naturalmente; casi todos son aventureros sin escrúpulos, de una moral bajísima. ¿Es que hay que traer un documento de extradición firmado por el gobernador del Estado para sacar de un distrito a un indeseable de éstos?
—Claro que no hace falta tanto; el documento de extradición es para llevarlo de un Estado a otro. Pero yo soy algo minucioso, y en primer lugar puedo decirle que no estamos en presencia de un «indeseable de moral bajísima», como usted dice. Además, estoy al tanto de todo el asunto... ¡Agresión con intento de homicidio! ¿Está convencido de que esa calificación es la que corresponde a los hechos? No, usted lo sabe. Bell golpeó a Atwell porque éste se dedicaba en el pueblo a enturbiar su reputación de hombre honrado. Y Atwell, lo mismo que Brandeth, podrán ser poderosos en esta región; pero el que manda en mi oficina soy yo, y no ellos.
—Me parece, amigo, que no va a mandar aquí por mucho tiempo —le dijo Rollin, en tono de amenaza.
—Seguro? Razón de más para obrar a mi antojo el tiempo que me quede.
—¿Cuál es la capital del distrito, si me hace el favor?
—Costa del Oro es la capital del distrito.
—¿Quienes son el alcalde y el jefe de Policía?
—Yo desempeño ambos cargos.
—¿De veras? —replicó Rollin sarcásticamente—. Es usted hombre de muchas ocupaciones, Blackwood.
—Todas las llevo sin ayuda de nadie.
—En resumidas cuentas, que se niega a entregar a. Keven Bell.
—Me niego. Le he arrestado porque es costumbre, para un sheriff, no desatender las indicaciones o ruegos de otras oficinas. ¡Pero la acusación es ridícula!
—Por qué habla con tanta seguridad?
—Porque Bell me lo contó todo... ¡Y porque conozco perfectamente al tal Atwell!
—De modo que ésta es la ley en su distrito: usted ha arrestado a Bell únicamente para impedir que lo arreste yo.
—Usted no habría podido arrestarlo de ninguna manera estando en mi distrito. ¡Y menos por darle un trastazo a un enemigo!
—Intento de homicidio, no se olvide...
—¡Al demonio! —la paciencia de Blackwood se había terminado—. Váyase a El Paso e informe como quiera. Y puede decir que no entregaré al detenido hasta que no reciba una orden en forma del Gobierno del Estado. ¡De ninguna manera antes!
Palabras tras las cuales Rollin salió, como un rayo, de la oficina.
Durante un día y una noche enteros, Keven se sintió tan agradecido y halagado por la cálida defensa de aquel entrañable campeón, que no se dio cuenta de lo desairado v crítico de su posición. Pero el desánimo le llegó bien pronto. Día tras día y semana tras semana, mientras aguardaba la solución del caso, su moral y su confianza se venían abajo, por más que el sheriff le trataba con toda consideración y le mantenía aislado de los demás detenidos que entraban y salían de la prisión. En cuanto a Garry Lord, no había aparecido todavía por allí para hacerle una visita, y tal circunstancia llenaba el ánimo de: Keven de siniestras y hondas preocupaciones.
Casi todos los días, preguntaba al sheriff por su compañero, siempre en espera de su visita, pero Blackwood no podía darle otra información con respecto a su camarada sino la de que, según referencias de los pescadores, andaba casi constantemente por el río, pescando con anzuelo. Keven pensó que, efectivamente, la pesca de red para un hombre solo sería una tarea poco menos que imposible...
Cuando ya llevaba encerrado cerca de tres semanas, una mañana le dijo el sheriff, alargándole un periódico:
—Eche una ojeada a esto, Bell; hay algo relativo a usted y a ese proyecto de llevarle a El Paso... Lo que yo siempre he creído. Le resulta bastante difícil a su amigo Atwell probar que usted quería matarlo...
Keven tomó el diario y vio en primera plana un gran epígrafe relativo al incidente ocurrido en El Paso. La sangre se le agolpó en las sienes cuando empezó a leer la información que relataba el «salvaje atentado contra el mayor Gustave Atwell, uno de los más eminentes ciudadanos de El Paso». Después seguía hablando el diario de su propia detención en Costa del Oro y de las complicaciones y discrepancias surgidas entre dos autoridades, poco amistosas, que amenazaban con hacer necesaria, en aquel caso, la intervención del propio Gobernador del Estado. Luego, seguía el siguiente extracto de una entrevista con el propio Atwell. Decían así las declaraciones del Mayor:
«El asunto ha adquirido una resonancia que en realidad no merece, creando un clima de enemistad y de discrepancias entre las autoridades de dos distritos que tienen muchos intereses en común. Bell no es más que un perturbador, un loco, que me hizo objeto de una agresión porque yo hice pública su participación en un hecho infame, ocurrido cerca de nuestro campo de adiestramiento, en el que el honor de cinco hermanas pertenecientes a una familia honorable se vio arruinado y escarnecido. El loco de Bell es digno de lástima más que de otra cosa, y yo retiro muy gustosamente la acusación y la denuncia presentada contra él, a condición de que no aparezca más por El Paso, ya que en caso tal me vería precisado a mirar por mi seguridad personal.»
Con un sentimiento de horror, Keven terminó de leer aquel párrafo, que luego releyó, temblándole la mano, varias veces más. La angustia le ahogaba, casi, llenándole la mente de las más siniestras ideas.
—¡Le mataré por esta infamia! —rugió, estrujando entre sus manos el periódico, preso de una rabia indecible. Luego, se dejó caer, completamente abatido, sobre el pequeño camastro. Aquello era para él el fin del mundo, el fin de todo. Blackwood abrió la celda, se aproximó y colocó una de sus manos fuertes y poderosas sobre la espalda del atormentado prisionero.
—No lo tome tan a pecho, Bell —le dijo—. Es muy desagradable, ya lo comprendo; pero yo no me hundiría así en la desesperación. Las cosas se aclararán, tarde o temprano. Además, por esa declaración de Atwell, me creo autorizado a ponerle en libertad, y lo voy a hacer. Puede irse a pescar, y cuando termine la estación, si quiere seguir mi consejo, váyase a cualquier parte que no sea El Paso.
Keven salió de la prisión sin encontrar palabras para agradecer la conducta y las consideraciones de aquel cordial amigo. Se dirigió al «Ojo de Buey» y allí bebió hasta que sintió el cerebro oscurecido, aunque no aliviado de preocupaciones y tormentos. Antes de que el vino le hiciese caer en la inconsciencia absoluta. Garry lo descubrió y se lo llevó casi a rastras al campamento. Y allí, en la oscuridad de la tienda de campaña, permaneció muchas horas, sollozando, hasta que el cansancio y el sueño le rindieron.
Se despertó completamente despejado, pero todavía lleno de un sentimiento de indecible amargura. Experimentaba una especie de temor hacia la luz del sol, y por su gusto habría permanecido escondido, refugiado en su última y más definitiva soledad; pero la luz del sol era incontenible y se filtraba por todas partes. No se podía poner vallas a la vida real, que estaba allí, radiante, en la parte exterior de aquella tienda. Cuando, al fin, se decidió a salir, Garry le lanzó una mirada de curiosidad.
—Estás pálido y muy desmejorado, muchacho —le dijo—. ¿Qué ocurre?
—Estar encerrado entre cuatro paredes no es lo mejor para la salud, Carry —contestó—. Y tú, ¿cómo te encuentras? Tampoco tienes muy buen aspecto.
—Ahora me recuperaré en poco tiempo, no te preocupes —replicó Carry—.
Siéntate y toma un bocado, Kev.— Keven miró a su alrededor y lanzó una ojeada a la bahía, donde en aquel momento varias embarcaciones estaban empeñadas en tender las redes para hacer frente a una buena «corrida» de salmones. Un sentimiento de alegría sacudió todo su cuerpo haciéndole olvidar, de pronto, las amarguras y cavilaciones de aquellos días de encierro. De nuevo podía ver, respirar, pescar...
Jamás volvería a consentir que le encerraban entre cuatro paredes. La muerte era mil veces preferible.
—¿Cómo se ha dado eso del salmón, Garry? preguntó de repente.
—Muy bien. Es la segunda «corrida» grande de la estación y ya dura varios días. El pescado ha empezado a remontar el río. No se hacen redadas muy cuantiosas, pero nunca falta salmón en la bahía.
—No deberían consentirse redes aquí más que a la llegada de los grandes bancos.
—No, claro que no —respondió Garry sin gran convencimiento.
—Y daría una de mis camisas de franela por poder pescar ahora allá, arriba...
—Es mejor que conserves esa camisa, Kev. No tenías más que tres.., y yo he tomado una prestada.
—No me importa, Garry; todo es tuyo, igual que mío. —Bueno: cómo te las has arreglado para salir de la encerrona?
—El sheriff me abrió la puerta. Mira..., lee esto —dijo, sacando de su bolsillo el trozo de periódico, casi rasgado, que conservaba en el bolsillo—. Black es un excelente muchacho.
Cuando terminó de leer aquello, Garry echó mano, sin miramientos, al peor vocabulario de toda la costa, y se dedicó a lanzar los más atroces juramentos.
Keven dio un suspiro de alivio.
—Te lo agradezco mucho, Garry... Eso me consuela mucho. Yo no he sido capaz de jurar de ese modo, y habría necesitado hacerlo.
Garry meneó la greñuda cabeza.
—Mira, Kev, eso no puede quedar así... No se puede consentir —dijo—. Si te quedas callado, la gente creerá todo lo que ahí se dice. No toda la gente, claro está, pero sí la mayoría... Los muchachos y las muchachas que han ido contigo a la escuela... ¡Fuá! Estoy pensando, Kev, que si hubiese alguna vez otra guerra, no serías tú precisamente el que se apresurase...
—j No, por Dios! —replicó rápidamente Keven—. Únicamente cuando la patria se vea invadida; en defensa de tu suelo, de tus padres, de las mujeres... De otra manera, ¡al diablo! ¡Ah, qué vida la de los campamentos militares!
—Sí, claro; al mando de mentalidades como la de ese Atwell... No, Kev; tú no puedes dejar quietas las cosas.
—No pienso dejarlas quietas —contestó Keven con una fría y extraña sonrisa.
—Perfectamente; pero ahora empiezan las complicaciones... ¿Qué es lo que podrías hacer, Keven? Estoy pensando... Sí, eso sería lo mejor: unos azotes. Yo lo azotaría, sencillamente. Creo que eso haría reflexionar a la gente. Desde luego, nada de peleas, nada de tragedias. Aunque ese cobarde sería incapaz de pelear contigo... Pero los azotes le vendrían bien. Sería lo mejor de todo.
—Sería una buena idea, Garry..., si fuera suficiente.
—¿Cómo? ¿Qué estás pensando, muchacho?... Demonios, ¿es que estás pensando matar a Atwell? —preguntó Garry alarmado.
Keven no contestó, pero la contracción violenta de sus rasgos faciales fue más significativa que las palabras.
—Comprendo que eso sería lo natural —continuó Garry, en tono frío—. Y lo justo. Pero si te quedan las más mínimas esperanzas en un futuro... no puedes hacerlo, Keven. Atwell tiene dinero y amigos. Y tiene a Brandeth detrás. Son los amos del cotarro político, los dueños del distrito. No tienes más que ver lo que pasa aquí con esto del salmón, con las tasas, con los cercos y las exclusivas...
Ellos, haciéndose ricos a costa de tantos desgraciados. Te digo que no hay nada qué hacer si se quieren mantener esperanzas en un futuro.
Garry, yo siento decirlo..., pero para mí se ha terminado todo. No espero ya nada en esta vida.
—Mira, Kev, te lo repito: tienes que abandonar esa idea de matar a Atwell —volvió a decir Garry, arrebatado por una subida de sangre—, porque si persistes en ella..., ¡entonces lo mataré yo mismo, con mis propias manos!
El corazón de Keven se quedó casi paralizado por unos instantes. Jamás había visto a Garry con aquella apariencia tan horrible ni le había oído palabras tan sombrías y amenazadoras. Destellos acerados, indicadores de la tremenda y agitada pasión que latía en su interior, iluminaban los ojos de su camarada.
Ninguna otra muestra de alteración hubo en aquellos rasgos duros y acusados de su cara, curtida por las inclemencias. Keven estaba convencido de que Garry sería capaz de matar a Atwell, o a cualquier otro, con la misma facilidad con que cobraba un salmón prendido en la red. Una impresionante lealtad parecía emanar de toda su persona.
—Está bien, Garry; abandono ese intento... si es que alguna vez me pasó por la imaginación. —Era evidente para Keven que su amigo debía ser, momentáneamente, engañado. O protegido contra sí mismo. Al fin y al cabo, no era un problema de su incumbencia, sino algo que a él solo tocaba resolver.
—No creas que me quedo muy tranquilo, muy convencido —gruñó' todavía Garry porque tú eres, Keven Bell, un hombre tan profundo y tan extraño como ese mismo mar...—. Luego, la intensidad pasional que le animaba fue cediendo poco a poco. Los airados destellos de sus ojos se apagaron. —Es necesario que adquieras el verdadero sentido de las cosas —volvió a decir—, pues mientras no lo hagas, tendré que velar por ti. Por el momento, hemos fracasado de manera lastimosa; pero eso no importa un comino... Me refiero a lo del salmón. ¡Al demonio, el salmón! Encontraremos, Keven, algo mejor y de menos trabajo. Por ejemplo: oro.
Oro en la parte alta del río. ¡Ése sí que será un asunto productivo! Me asociaré contigo para eso, si es que quieres, el invierno que viene... Ahora, Keven, lo que necesitas es reponerte del todo, dejar atrás esas lacras que te regaló el campamento militar. Luego, a trabajar, a ganar dinero, a casarte con una chica decente, que no sea de esas que se embadurnan la cara de colorete y van por ahí con menos ropa de la que en realidad necesitan. Casarte, ser feliz... y tener, acaso, un muchacho al que guste, desde bien temprano, correr tras los salmones por las orillas del Rogue...
Keven se echó a reír, completamente deslumbrado por aquel increíble sueño de su camarada.
—Me parece que tu cerebro empieza a flaquear, Garry —le dijo con amargura.
—No lo creas —contestó tranquilamente el pescador. —Me pasa a mí como a mi madre; ella tenía de vez en cuando presentimientos e intuiciones que no le fallaron jamás. Yo también oigo en mi interior esa especie de voz misteriosa que se adelanta al porvenir, y por ella sé que todo terminará para ti como te lo digo.
Aquella fe y aquel espíritu que vibraban en las palabras de Garry terminaron por avergonzar a Keven, que hundió la cabeza, sumiéndose en profundas meditaciones.
Allí, enfrente, tenía a un hombre vapuleado por la vida, a un miserable pescador perseguido por los hombres y los infortunios, el cual, a pesar de todo, mostraba un alma muy superior a la suya. Aquel espíritu indomable de su camarada debía ser también el suyo, podía ser el suyo en aquel momento, si él mismo no hubiera estado renegando de su poder y su eficacia, obcecadamente, durante los últimos meses. La pasión y el odio le habían dominado por completo, llevándole a un complejo de angustiosa inferioridad. Con resolución, Keven se prometió un día entero de soledad y recogimiento, pero no allí, en la playa y frente al mar, sino en la montaña, rodeado de pinos y de abetos, en un lugar desde donde pudiese revisar y recapitular su miserable y lastimoso estado moral.
Pero, ¡santo Dios..., las colinas y las montañas estaban tan lejos de allí, por el momento!
—¡Demonios, mira allí! —gritó Garry, señalando hacia la bahía, por la que navegaba una gran cantidad de barcazas llenas de relucientes salmones.
—¡Una buena «corrida» de salmones! —respondió Keven, para quien la vista del pescado era siempre como un poderoso estimulante.
—¡Claro que sí! Esos han estado pescando toda la noche; pero ahora salen otros botes para aprovechar la marea que viene. La «corrida» continúa. Si yo hubiera salido ayer, habría dado un golpe extraordinario, estoy seguro.
—¿Y por qué no saliste? —preguntó Keven con curiosidad—. ¡Ah, va!... Resulta muy difícil para un hombre solo echar la red y recoger luego, ¿no es así? Sin embargo, a veces lo has hecho, Garry.
Con gran asombro para él, el pescador no le dio respuesta alguna y se limitó a mirarlo de una manera extraña. Después, siempre en silencio, se aleó en dirección a las fábricas conserveras. Keven no comprendía aquella actitud ni acertaba a explicarse tan rara conducta. ¡Carry, sin echar la red, teniendo la bahía llena de salmones! ¿Sería posible que, borracho, hubiese vendido su camarada la red?... No, no; allí estaba, sobre las estacas, detrás de la tienda de campaña. Sin embargo... Keven se quedó largo rato mirando aquella red, en la cual le parecía descubrir, desde lejos, algo anormal. Desde luego no estaba húmeda, lo cual indicaba que no había sido echada al agua desde tiempo atrás.
Luego, se aproximó para comprobar lo que ocurría con ella... ¡Raída, deshecha, convertida en un montón de cenizas grises!
—¡Cielos, estamos arruinados! —murmuró con dejos de infinita amargura—.
¡Qué desastre!
Trató de echar mano a la malla y se le deshizo entre los dedos, como si el tejido tuviese miles de años de vejez. Permaneció absorto, asombrado, completamente desconcertado ante el hecho insólito. Una red nueva, de buen material, cuidada con esmero, y... ¡perdida en unas cuantas semanas de uso!
Aquello era superior a todo lo previsto. No podía estar en aquel estado por una causa natural. Keven la recorrió toda, palpándola aquí y allí, hasta que la realidad del caso se le hizo evidente. Había sido destruida con algún agente químico, probablemente con ácido sulfúrico.
Se sintió invadido de una inmensa rabia, tan fuerte, quizá, como la que le había dominado al leer las inmundas calumnias de Atwell. Tal villanía, por monstruosa, no podía haberse engendrado en el cerebro de Mulligan o de los suyos. La agresión venía de otra parte. Las manos capaces de Garry Lord habían sido anuladas con el más infame de los cálculos, con el más refinado y cruel instinto, cosa que solamente podía provenir de la mente torpe que hasta entonces había dirigido todos los ataques de que habían sido objeto.
Durante mucho tiempo, esperó la vuelta de Garry, meditando a la sombra del viejo pino que cubría la tienda.
Su rabia se mezclaba con un sentimiento de infinito pesar.
Al fin, volvió su camarada.
—Salmones de un tamaño enorme, muchacho —anunció, simplemente, mientras se sentaba y se secaba el sudor que perlaba su frente. El día era caluroso y la sombra del pino, muy agradable.
—Dime, Garry: ¿quiénes fueron los que destrozaron nuestra red? —preguntó Keven, inflamando nuevamente de ira.
—¡Ah, la red...! —contestó Garry—. Fue el ácido sulfúrico.
—Ya lo había supuesto; pero, ¿quién lo arrojó?
—Nuestros enemigos... Tenemos en contra a toda la bahía. En cuanto a la mano material que ejecutó el atentado, yo calculo que sería la de alguno de los hombres de Mulligan.
—Pero, ¿es que no lo sabes de cierto? ¿Puedes asegurarlo? ¿Tienes pruebas?
—No; no tengo pruebas. Fui a los almacenes de la ciudad y no tienen allí ácido sulfúrico. Pregunté a los conductores de los camiones, y ninguno ha traído encargo de esa clase.
—¿Preguntaste en los veleros de transporte?
—Hace tiempo que no entran aquí.
—¿Qué es lo que estuviste haciendo?
—Pescando con anzuelo. Recogí algunos salmones... Seguramente fui la irrisión de muchos pescadores; pero, ya lo comprenderás, Keven, hay que vivir.
Podremos ir tirando...
—Muy bien, nos pondremos a ello. Pero nuestro objeto primordial ha de ser el tomar revancha de esa gentuza, sea como sea. De Mulligan y de los suyos, quiero decir.
—Eso es hablar sensatamente, Kev. Y me alegro de que no se te haya ocurrido la idea de pedir dinero prestado para comprar otra red. Correría la misma suerte. La destruirían cuando estuviésemos dormidos. No, Keven: estamos por el momento vencidos, fracasados, en la ruina. ¡Salió mal el negocio; eso es todo!
—Escucha, Garry: ¿crees que es una idea descabellada relacionar a Atwell con todas estas desgracias? —preguntó Keven.
—No es una idea muy razonable, a mi entender. ¡Un hombre tan poderoso como el Mayor, dedicado a causar la ruina de dos pobres pescadores! A nadie se lo harías creer. Y, sin embargo, el sujeto en cuestión es de un fondo tan bajo como para eso y mucho más. Luego, ese zorro de Priddy rondando por aquí... Me refiero al que intentó apartarte de mi lado, al gerente de la factoría...
—Mira, Garry: tenemos que ajustar cuentas con esa cuadrilla —dijo Keven con extrema resolución.
—¡Claro que lo haremos! Pero, después... ¿qué haremos después? Lo primero que quiero averiguar es quién fue el tipo que nos destruyó la red, para secarle la mano y el corazón. Mas, con eso, ¿estarás satisfecho?
—Desde luego que no. Quiero levantar a toda la gente de la parte alta. ¡A todo el Estado si es preciso! Voy al levar toda esta podredumbre a los tribunales de Portland.
—Eso es fácil de decir, pero difícil de realizar. En Frisco pasó una cosa parecida, y yo estaba allí. Un hombre levantó el barullo; un hombre de veras, puedes creerme, Kev... Pero esto no es Frisco. Esto es una bonita y pequeña ciudad de la costa, de la que nadie se ocupa, y donde viven una serie de ciudadanos honrados a los que les importa un comino que el salmón suba antes o después y que los pescadores lo cojan más arriba o más abajo.
—Eso puede ser por lo que respecta a la gente de aquí abajo, Garry; pero para los de arriba es diferente. Aquí pescan donde quieren, pero si no dejan subir el pescado, los de arriba sufrirán grandes quebrantos. Me refiero a todos, a los pueblos, a las granjas de las orillas, a los que viven de la madera o de la caza... Todos comen salmón durante el verano y lo ahuman para conservarlo en el invierno. Sin contar con que los pescadores de allí viven de eso. Van y vienen, ya lo sabes; hacen gastos... Confían siempre en el Rogue, que es el que les da de comer. ¿Y puede consentirse que unos cuantos hombres ambiciosos destruyan frívolamente la riqueza en truchas y salmones de uno de los ríos más maravillosos y productivos del mundo?
—¡Demonios, no, si eres capaz de atajarlos!... Pero ya te he dicho lo que pasa con los cedros. Se marchan al Japón, se convierten en aeroplanos. ¿Y hay alguien que sea capaz de impedirlo? No, porque hay dinero por medio. Se va nuestra riqueza forestal, y es cosa que debía impedirse por muchas razones: por ser unos bosques únicos en el mundo, porque no tendremos jamás otros semejantes, y porque son un pedazo de América. Lo mismo ocurre con las regiones situadas al norte de Washington. Cuadrillas de quinientos hombres trabajan sin cesar, día y noche. ¡Siegan los bosques milenarios como si fuesen campos de hierba! ¿Hay derecho a tal cosa? ¿Hace algo el Gobierno por evitarlo? No, no hace nada. Los hombres del Gobierno permanecen indiferentes, cruzados de brazos. ¿Y por qué?... Porque hay dinero por medio, no lo dudes.
—Pero, Garry, a la gente se la despierta si está dormida... Se llega a donde sea, incluso a la revuelta —arguyó Keven, inflamado otra vez de rabia.
—¡Oh, muchacho, eres un compañero como para estar bien orgulloso! —replicó Garry con un tonillo de ironía.
—Te invade el sentimiento de luchar movido por un ideal. Por eso mismo has dado ya tu salud, tus fuerzas, tu vista... ¿Y para qué? Después de eso, tu reputación se vio arruinada por un politicastro gordinflón y canalla. Luego, tratas de reconstruir tu vida y emprendes este esforzado trabajo de la pesca, con objeto de desempeñarte y ahorrar algún dinero. ¿Qué consigues? Que te siga los pasos la perfidia y la traición, que anulen esos nobles esfuerzos y consigan hundirte de nuevo en la ruina y la desesperación. ¿Y todavía quieres luchar por el derecho y la justicia de los demás, movido por un ideal? ¡Oh, Keven, estoy seguro de que tarde o temprano acabarás por triunfar en la vida!... Si no fuera así, bien podría decirse que sobre la superficie de la tierra no existen la justicia, ni la esperanza, ni la equidad.


X
En la boca de la bahía, hacia el lugar en que la misma se estrechaba para encontrarse con el último ramal del río, el verde claro del agua salada, al subir con la marea creciente, se encontraba con la masa azul oscura de las aguas del Rogue.
Las gaviotas, en su incesante ir y venir, poblaban el ambiente de su infernal algarabía, mientras los corvejones luchaban entre sí, disputándose los despojos arrojados a las playas. Por todas partes se veía el salto del pequeño salmón, gozoso de iniciar su esperada ascensión, río arriba, mientras los grandes ejemplares, más pesados, sacaban apenas del agua sus grandes cabezas aceradas y sus lomos oscuros, para hundirse otra vez en las capas medias y poco profundas.
La marea continuaba creciendo, invadiendo las orillas arenosas, llenando los bajos y cubriendo poco a poco las alturas en seco, después de rodearlas con la suave y repetida caricia de las pequeñas olas, que se deshacían en remolinos de blanca espuma. Una línea perfectamente marcada y definida, aunque cambiante e irregular, señalaba el lugar en que el agua salada del mar abierto se encontraba con el caudal fresco y azulado del río. Allí contendían, por unos momentos, las dos corrientes; pero la marea era más poderosa y acababa venciendo. Lentamente, después de detener al río, como un poderoso titán, lo forzaba a retroceder, empujándolo sobre sus pasos.
Era la hora preferida por Keven para pescar. A pesar de sus preocupaciones y de sus congojas, el deporte de la pesca con anzuelo tenía siempre para él emociones inéditas. Lanzar la cuerda con los anzuelos, de buen tamaño generalmente, era una aventura de la que siempre podía esperarse una fuente de inefables satisfacciones.
Mientras Garry remaba como un autómata, él echaba por la parte de popa el anzuelo, ofreciendo a la voracidad de los salmones el señuelo de un cebo suculento. Aquella tarde, según hemos dicho, había abundancia de pescado en la bahía. Y, de cuando en cuando..., ¡zas! La cuerda se ponía tensa, dando con ello señales de que algún ejemplar había mordido el cebo. Luego, seguía una especie de lucha, empeñada entre el pescador y su víctima, hasta que al fin, de manera bastante regular, Keven terminaba alzando al salmón, hasta hacerlo pasar por encima de la borda.
—Parece que esto se da bastante bien esta tarde —exclamó Garry, por quinta o sexta vez; y sonrió con satisfacción.
—No está mal, no —replicó Keven—; ahora, Garry, voy a coger los remos; y tú puedes ocupar mi sitio. —No estoy cansado ni mucho menos. Jamás me canso, aunque reme, viéndote pescar. Tienes el oído tan fino como un conejo, y tampoco tu ojo es ciego que digamos. Además, cuando pica el anzuelo algún incauto, saltas de alegría como un niño pequeño. Me gusta verte en faena, muchacho.
Ninguna de las tardes anteriores se había dado la pesca con aquella profusión y liberalidad, a pesar de lo cual navegaban en la bahía escasísimos botes. Keven podía pescar a su entera satisfacción, pues la boca del río le pertenecía casi por completo. Y en aquellos instantes en que la marea empujaba hacia atrás a las aguas del río, ya tenía el esquife casi mediado de salmones.
—Hemos tenido suerte al aprovechar este momento —dijo Garry filosóficamente—: eso es todo. Calculo que no nos volveremos a ver en otra. Y esta tarde vamos a hacer, si Dios quiere, algunos cuartos...
—Nunca pienso en el dinero cuando estoy pescando —contestó Keven con un suspiro.
—¡Demonios, muchacho! ¿Crees que yo salgo a pescar, día tras día, tan sólo por amor al arte?
—Tú eres igual que yo, Garry: pescarías sin recompensa, por el placer de pescar..., ¡por nada!
Garry se enderezó, con el oído atento, y de pronto exclamó:
—¡Caray, Keven, creo que has pescado un tiburón!... Déjame cobrarlo.
—Espera; estoy largando cabo... ¡Y se lo lleva todo! ¡Uf, qué bicho!... Rema, Garry, rema detrás de él... ¡Me parece que he pescado al abuelo de todo el banco!
Bien pronto se dieron cuenta de que, en efecto, habían pescado un ejemplar de mucha consideración. De ordinario, un salmón de unas cuarenta libras de peso conseguía balancear ligeramente al pequeño esquife, y aun arrastrarlo durante un corto trecho; aquel ejemplar que habían pescado tiraba de la embarcación con una fuerza inusitada, y no parecía cansarse al poco tiempo, lo que daba idea de su considerable tamaño y poder.
—Si enfila hacia el mar abierto no vamos a seguirle, Kev —objeté Garry, al observar la dirección que emprendía el animal capturado.
—Lo seguiremos aunque llegue hasta Kamchatka —contestó Keven—. ¡Ah, Garry, me parece que hemos cogido un monstruo! Te apuesto lo que quieras a que pesa ochenta libras.
—No he visto en mi vida más que dos ejemplares de ese peso, y esto fue mucho más al norte... Pero, escucha; escucha el ruido de la marea.
El bronco rumor de la marea en creciente lo dominaba todo, ciertamente, en aquel lugar; el ruido de los rompientes, sobre la línea de la costa, les llegaba, hondo e incesante, sobrecogedor como una amenaza sorda. Mientras tanto, el sol había hundido su disco tras la línea del horizonte, que se mostraba a los ojos de Keven, como un arco, en la parte exterior de la bahía. Las sombras se abatían lentamente sobre las dunas, mientras en las proximidades de las playas el agua empezaba a brillar lanzando al aire reflejos plateados.
—¿Es que no vas a cobrar nunca a ese toro marino? —preguntó Garry—. Yo estoy muerto de hambre... ¡Ízalo ya, Kev!
—Conque te parece cosa fácil, ¿eh?... Debías estar aquí para convencerte de lo contrario.
—Bueno, pues estoy dispuesto a echarte una mano, si es que no puedes...
—¡Rayos y truenos! —exclamó Keven asustado—. ¡Ahora se va a meter de cabeza en esa red!
—¡Claro que sí...! Y eso es lo que estaba temiendo; hace tiempo que lo he visto. Es mejor que cortes y lo dejes en paz.
—¿Cómo? ¿Dejarlo ir? ¡No en mis días!
—Escucha, Kev; si no estoy equivocado, ésa es una de las redes de Mulligan.
No hay nadie, porque esa gente se permite el lujo de echar las redes y marcharse luego a beber o a dormir, cosa que jamás hacemos los pescadores de la parte alta... ¡Ah, y tu maldito pescado lleva prisa!
—Sí; pero lo cogeré, cueste lo que cueste.
—Es mejor que lo dejes marchar —repitió Garry, en tono de disgusto.
—Mira, amigo, ¿es que tienes miedo? —preguntó Keven con cierta sorna.
—¡Al demonio, si es que lo tomas así! —replicó Carry amoscado; y empezó a remar, siguiendo al salmón prendido, con rumbo a la pequeña boya que se veía flotar en la superficie.
Mientras tanto, Keven trataba de cobrar cada vez más el cabo, con objeto de hacerse con el animal antes de llegar a la red. A tal efecto, ordenó a Garry que remase en dirección a la pequeña boya, a la que se veía amarrada la cuerda que marcaba por aquel lado el extremo de la red. Cuando el esquife llegó hasta allí, el afortunado pescador había cobrado casi todo el cabo, y el poderoso salmón estaba en sus últimas posibilidades. Pronto pudo Keven tocar con una de las manos la cuerda de la red, atada como hemos dicho a la boya, mientras reñía con su enemigo la baza postrera. Viéndose perdido, el animal reunió todas las escasas fuerzas que le quedaban y dio un gran salto, que hizo oscilar al esquife.
Fue, sin embargo, su última oportunidad, porque al caer lo hizo ya panza arriba, exhausto, con las grandes mandíbulas entreabiertas, entregado del todo.
—¡Ayuda, Garry! —jadeó Keven, mientras trataba de izar al enorme salmón.
—Inclina el esquife y lo izarás mejor —replicó el pescador.
Entre los dos consiguieron, al fin, meter al animal dentro de la embarcación.
Keven se quedó asombrado al ver allí, a sus pies, el más hermoso ejemplar que había contemplado en su vida.
—¡Oh, y querías que lo dejara escapar!
—¡Un pez enorme! —exclamó Garry—. Sesenta y cinco... o quizá setenta libras.
Uno de los anzuelos se había quedado enredado en la red, y cuando Keven trataba de liberarlo, con alguna dificultad, Garry lanzó de pronto una sorda exclamación:
—¡Demonios, Keven, mira eso!... ¡¡Esa red!!
—¿Qué ocurre? No hay cuidado; ya he desprendido el anzuelo, sin averiar la red.
—¡Fíjate en esa malla! —volvió a decir Garry, con voz temblorosa, mientras sus ojos despedían una luz extraña.
Keven, confundido, miraba a Garry y luego a la red, uno de cuyos pliegues estaba todavía sobre su rodilla. Parecía tejida con un hilo fino y consistente.
Extrañado, la levantó, la extendió, midió con sus ojos la malla, después, con los dedos... .
—¡Malla de cuatro pulgadas! —susurró.
—Tan cierto como que ambos tenemos que morir —contestó Garry.
—Y la ley solamente permite la malla de ocho pulgadas, ¿no es eso?
—Eso es la ley. Pero, ¡bah!
—Garry, ya tenemos un arma contra ellos.
—Déjame ver... —Garry tomó en sus manos los pliegues de la red, los examinó de nuevo, y luego la fue echando otra vez al agua. En la parte de arriba, la malla era diferente... La red tenía un borde alto con malla reglamentaria—. Esta franja de arriba es un engaño —prosiguió Garry—. ¡Muy ingenioso! Lo revelaremos a todo el mundo... Esta red ancha y pesada. Apuesto a que tiene más de veinte pies por debajo. Y mira..., ¡viene un bote!
Garry echó al agua el último pliegue de la red, que desapareció, y se sentó para disimular en el banquillo, al tiempo que cogía los remos. Luego, dijo a Keven en voz baja:
—Levántate y haz como si estuvieras izando el salmón...
Keven hizo lo que se le ordenaba, mientras él, con unas remadas, procuraba alejarse con disimulo de aquel paraje. No tenían seguridad de haber sido vistos por el hombre que llegaba en el bote, ya que éste iba de espaldas, pero todo entraba en lo posible.
¡Eh, amigo!... ¿Es que no tenemos ojos para ver por dónde vamos? —gritó, cuando la proximidad del bote que se acercaba hacia el encuentro inevitable, aunque su grito de alarma era de todo punto injustificado. El que iba en la embarcación se apoyó sobre los remos y volvió la cabeza para examinar la situación. Garry prosiguió—: ¿Es que no tienes ojos para ver cuando un pescador está tratando de izar un salmón a bordo?
Keven, mientras su amigo profería aquellas palabras, fingía estar empeñado en la maniobra apuntada por sus exclamaciones.
—¡Eh, tú! —contestó a su vez el que ocupaba la barca—. ¿Habéis estado metiendo las narices en mi...? —Era evidente que había tenido en los labios las palabras. «Mi red», aunque luego terminó diciendo: «por aquí».
—No hemos metido las narices en ninguna parte —replicó Garry, en el mismo tono agrio—. Estábamos izando este monstruo, y creí que nos ibas a abordar.
Keven, para seguir el juego, dirigió una sonrisa a su amigo y señaló el enorme salmón que estaba en el fondo del esquife:
—¡Hermoso bicho! —dijo—. ¡Fíjate, amigo! Luego, sin más explicaciones, se alejaron de allí.
—Día de suerte —exclamó Keven, respirando a pleno pulmón.
—No hables con tanta seguridad —contestó Garry, mientras enfilaba el esquife a todo andar hacia el embarcadero.
—¿Por qué hablas así?
—Déjame pensar, y no me pidas ahora explicaciones.
Cuando llegaron al campamento, Keven encendió el fuego, mientras su camarada se ocupaba de la carga. Algunas veces, había hecho trato con el propio Stemm, y allá se dirigió para intentar venderle el pescado. Algún tiempo después, estaba ya de regreso y se sentaba ante la tienda, descalzándose las altas botas de caucho.
—Setenta y dos libras —anunció.
—¿Lo habéis pesado? Ya te lo dije, Garry. Es el mayor que he visto en mi vida. ¡Setenta y dos libras! —Debe de pesar algo más; la balanza de Stemm siempre está por debajo de lo debido; eso ya se sabe... Y ahora, Kev, me bebería un buen trago de ginebra. Pero como no tenemos licor, creo que una buena taza de café cargado bastará para calmar mis nervios.
Entre los dos consumieron la frugal cena, sin que mediara, ciertamente, un exceso de conversación. Keven estaba esperando, con verdadera paciencia, que Garry iniciase las explicaciones; pero esto no ocurrió hasta que la comida hubo terminado, las faenas caseras estuvieron hechas, y ambos amigos se encontraron sentados ante el fuego, a la puerta del campamento.
—Sea como sea —dijo el pescador de pronto—, ya lo hemos averiguado.
—Puedo jurarte que siempre sospeché algo de eso, Garry. No sabía lo que era, ni podía imaginarlo, porque en mi vida he visto una red de ésas antes de ahora; pero tenía el presentimiento de que existía algo anormal e irregular.
Yo tampoco tenía idea de tal cosa, Keven; puedes creerlo. Ni he visto jamás esas redes trucadas... Bueno, acaso haya visto una; una que tenía un mestizo, dedicado a coger salmones para ahumarlos y venderlos en la parte alta durante el invierno. Desde luego, sin ninguna relación con las factorías... Creo que no... O puede ser que sí...
—Pero, Garry, ¿qué es lo que estás pensando?
—¿Pensando? Muchas cosas; muchas cosas a la vez, muchacho. Ahora, ya sabemos por qué sube tan poco pescado, de cualquier tamaño, río arriba. Estoy por creer que existen muchas redes, como ésa. Y Mulligan y los suyos dirigen el cotarro, claro está. Cogen el pescado de tamaño ínfimo. ¡Qué crimen! Además, no lo pescan para venderlo en el invierno, después de ahumado, a los habitantes de la parte alta. ¡No, no! Es más sucio que todo eso, Keven; puedes estar seguro.
—Lo que te digo, Garry, es que vamos a armar un jaleo de los gordos —aseguró Keven, interrumpiendo su discurso.
—Bueno, de acuerdo. Pero no hay que meter en el lío a las factorías. No podríamos probar nada contra ellos. —No hace falta implicar a las factorías —asintió Keven—. Todo lo que necesitamos es demostrar, con pruebas evidentes, la razón por la cual el salmón, grande o chico, sube cada vez en menor proporción río arriba.
—¡Sí, eso es, Keven!... Tienes razón. Si conseguimos apoderarnos de una de esas redes, llena de pescado de tamaño medio, o más pequeño, armaremos un alboroto que tendrá resonancia en todo Oregón. Blackwood es un hombre honrado, y no creo que puedan comprarlo. Si conseguimos una de esas redes...
¡por todos los demonios, que vamos a dar un mal rato a esa cuadrilla de bandidos!
El sheriff se pondrá de nuestra parte. Y lanzará a los vientos la verdad de lo que ocurre...
—Bueno, Garry —preguntó Keven, desabrochándose el cuello de la camisa—, pero, ¿cómo nos arreglaremos? —No perderemos de vista aquella red, ni de día ni de noche —dijo Garry, con sus pequeños ojillos echando chispas—. Y la primera vez que la bahía esté despejada, la robaremos, sencillamente. Una red con una malla tan chica tiene que tener pescado en cualquier momento, incluso una hora después de la recogida. Cuando llegue la ocasión, cortaremos el ancla, recogeremos la boya y meteremos la red dentro del esquife. Todo lo que tenemos que procurar es que no nos sorprendan durante la maniobra... Te lo digo, Keven; estamos derrotados y tan pobres como ratas de iglesia. ¡Pero vamos a hacer una sonada, que deje recuerdo de nuestros nombres!
Durante los días que se sucedieron a continuación, se dio el caso de que la parte del río que interesaba especialmente a nuestros amigos no se vio ni un instante libre de pescadores. De noche, había botes por todas partes, mientras que durante el día las oportunidades eran aún menores. Las mejores horas, es decir, las que aparentemente parecían brindarles alguna oportunidad, eran las del crepúsculo, o sea, las comprendidas entre la puesta del sol y la llegada de la noche, en todo su imperio de silencio y sombras.
Empeñados en su aventurado intento, Keven y Garry permanecían casi constantemente en el río, pescando a todas horas, y con bastante suerte por cierto. Aquello significaba matar dos pájaros de un tiro, por lo que la satisfacción era doble para ellos. Pero una mañana, al retorno de su expedición a las factorías, Garry informó a su socio de que en lo sucesivo nadie se haría cargo del pescado que ellos llevasen, a menos que se decidiesen a cederlo al tal Priddy y al irrisorio precio de diez centavos por cabeza entregada.
—¿Qué te parece eso? —exclamó Garry iracundo—. ¡Una miserable perra por un buen salmón! Lo que te cuesta una hora o más de trabajo duro, recompensado con diez centavos... Y no hay otra solución, Keven. Las factorías pequeñas están en quiebra. Se quedarán nuestro pescado si se lo damos al fiado. Y he oído que ahora anda Atwell detrás de esas factorías... Lo que ofrece Priddy, naturalmente, es un insulto, una canallada inaceptable. Conque, ¿qué haremos ahora, Keven?
—¿Qué es lo que piensas tú? ¿Tienes algún proyecto?
—Sí; tengo el proyecto de prender fuego a la factoría de Brandeth, arrasarlo todo. De ese modo, Smith pasará a primer plano y podremos vivir.
—No, eso es una barbaridad y no puede hacerse —replicó Keven sin perder la serenidad—. Entregaremos nuestro pescado a Smith, nos pague o no; pero no se saldrán esos bandidos con la suya, de vernos marchar con el rabo entre piernas.
Seguiremos pescando de día y de noche, aunque no tengamos mercado para nuestros salmones.
Garry estuvo conforme, y con la amargura y el pleno conocimiento de la gran injusticia que con ellos se cometía, inflamados de un obcecado ardor combativo, volvieron a la bahía, redoblando sus esfuerzos en una tarea que de antemano sabían infructuosa. Garry se dedicó a beber sin tasa ni medida.
Siempre llevaba escondida una botella, circunstancia que Keven ignoraba por completo. Y también éste, por no ser menos, empezó a empinar el codo más de lo que realmente convenía a su salud y a sus nervios. Desde bastante tiempo atrás, Garry estaba sin blanca, y eran ya los menguados ahorros de su camarada los que estaban en trance de desaparecer a ritmo vertiginoso. Por si fuera poco, los créditos en los almacenes estaban caducados, y las provisiones, ya muy escasas, tocaban visiblemente a su fin...
—No podremos aguantar esta situación durante mucho tiempo —aseguró Garry—. Tenemos que apoderarnos de esa red sin perder un instante.
Todo este cúmulo de circunstancias adversas había repercutido lastimosamente sobre el humor y el temperamento de Keven, sumiéndole de nuevo en la más negra de las desesperaciones. Al fin, una tarde de agosto, una masa de nubes negruzcas y de feo aspecto se descolgó de las altas montañas, presagiando una tormenta. La atmósfera se hizo bochornosa, apareciendo el rojizo disco del sol rodeado de vapores y con un aspecto sospechoso.
—Vamos a tener tormenta, Keven, y creo que esa tormenta va a darnos una oportunidad —aseguró Garry—. No va a tardar en llover. ¡Vamos a bordo!
—Me parece que está muy avanzada la estación para que llueva en serio —replicó Keven.
—No lo creas; hasta ahora no ha llovido nada. Sube y empuña los remos.
Vamos a cruzar la bahía de punta a punta.
Apenas habían dado unas cuantas remadas, cuando unos relámpagos iluminaron fugazmente el cielo, por la parte de tierra. Luego, muy lejano, les llegó el fragor del trueno.
—¿No te lo dije? —exclamó Carry—. Y la marea bajando... Tú sigue remando despacio, como si fuésemos de pesca. No creo que se nos presente una ocasión mejor. El salmón se ha dado mal estos últimos días. Con marea decreciente, además, y una tormenta encima, me parece que no va a haber ningún valiente que se lance al río... Por lo pronto, no veo a ningún pescador en los alrededores.
—Sí, allá va un bote con dos hombres a bordo —objetó Keven, señalando hacia la desembocadura del río.
—Es verdad... Bueno; te digo que, sea como sea, vamos a robar esa red esta misma noche. Con pescadores o sin ellos —musitó Garry con los dientes apretados.
La paciencia se había acabado para aquel hombre curtido por las adversidades y acostumbrado a encajar con cierta resignación las injusticias. En sus ojos brillaba una fría determinación. Sacando del pecho la oculta botella de whisky, la alargó a su amigo, diciendo:
—Echa un trago por nuestro éxito, Keven... No te lo bebas todo; déjame un sorbo para brindar yo también.
El licor pareció despertar asimismo las dormidas potencias de Keven.
Luego, devolvió la botella a su amigo y lo vio, por un momento, cómo bebía ansiosamente casi todo lo que en ella quedaba, de un solo trago... Un poco más, y acabó con ella.
—¡Ah! —exclamó roncamente, limpiándose los labios con la manga de la camisa, al tiempo que arrojaba furiosamente el casco vacío al mar.
Un oscurecimiento súbito y sorprendente de toda la bahía sobrevino a continuación, cambiando el brillante y hermoso aspecto de las aguas y las cosas.
Las luces de tonos brillantes se habían borrado del paisaje, y una calma ominosa, impregnada de un impresionante silencio, se abatía como un sudario sobre toda la zona visible de la región. Tan sólo el fragor del trueno, que bajaba rodando de las altas montañas, ponía su nota aguda, junto al relumbrar fulgurante de los relámpagos.
—La oscuridad es grande allí, junto a las dunas, y aún se hará mayor —dijo Carry—; pero no podemos perder tiempo. Sigue remando en la dirección que llevas, hasta que lleguemos frente a nuestro objetivo.
Keven sentía deslizarse el esquife con una suavidad desacostumbrada. Al remar, recibía la impresión de ir enterrando los remos en aceite. Mientras vigilaba atentamente el oeste, Garry iba con los ojos fijos en los lados este y norte de la bahía.
Una especie de resplandor ultraterreno bajaba con los últimos fuegos de la tarde. Aquella luz iluminaba fantásticamente la superficie de las aguas, posándose sobre los círculos y remolinos trazados por el salto esporádico del salmón. Una brisa suave refrescaba la ardiente cabeza de Keven, perdida en las más tétricas y extravagantes elucubraciones.
—Despacio... —susurró Garry =; a la izquierda un poco... Ya veo la boya, Kev...
Y no hagas ruido; el sonido se propaga mucho en una tarde como ésta.
Keven había golpeado la borda con la parte alta del remo, pero en seguida extremó las precauciones. Siguió remando, hasta poner la boya al alcance de la mano de Carry, que se apoderó de ella rápidamente.
—¡Corta aquí, Keven, mientras yo la izo a bordo! —oyó decir a su amigo, que se había incorporado y estaba empeñado afanosamente en la tarea de liberar aquel extremo de la red. Keven no se hizo repetir la orden, y empuñando el largo cuchillo de abrir el salmón, se enderezó a su vez y corrió a prestar ayuda a su camarada. Una vez izada la boya, Garry empezó a recoger la red, a grandes pliegues, metiéndola dentro del esquife. Keven, por su parte, dejó a un lado el cuchillo para ayudar a la faena. Lentamente, siguiendo el curso de la corriente y en dirección a la playa, la red fue pasando al esquife, húmeda y llena de salmón de tamaño, pequeño, prendido entre las mallas. Hacia el final de la misma, su volumen llenaba casi todo el fondo de la pequeña embarcación, desordenado y lleno de pescado como se encontraba.
—Aquí está el final, Keven. Corta esta cuerda... ¡Demonios, ya está el trabajo hecho!
Keven volvió a coger el cuchillo y se enderezó otra vez, recortándose su silueta sobre el fondo oscuro de las dunas. Su corazón latía apresuradamente.
Repentinamente, un vívido resplandor iluminó las playas, y también las factorías que se levantaban al fondo. Fue en el instante preciso en que Keven lanzaba un suspiro de triunfo, mientras Carry recobraba el extremo que faltaba de la red objeto de tantos afanes. Coincidiendo con aquel resplandor, se produjo a espaldas del esquife un ruido de naturaleza altamente sospechosa. ¿Qué había sido aquello? ¿Un remolino de la marea? ¿Un salmón de enorme tamaño? ¿El ruido de un remo? Más parecía esto último que otra cosa. Garry le gritó:
—¡Quítate de en medio, Keven, a ver si puedo averiguar qué es lo que pasa por ahí!
Keven se agachó, tratando de escudriñar él mismo en la oscuridad; que ya era casi completa. La explicación les llegó bien pronto, bajo la forma de una exclamación ronca y violenta, que les dejó la sangre helada dentro de las venas:
—¡Ah, puercos ladrones de la parte alta! —gritó aquella voz a sus espaldas—.
¡Ladrones de redes! ¡Ya estáis cogidos!
Carry reaccionó-rapidísimamente.
—¿Conque eres tú, canalla, mestizo cobarde, desalmado Mulligan? —rugió, con la rabia y la impotencia de verse sorprendido por su enemigo en el último instante.
Un enorme golpe hizo oscilar de pronto el esquife. La otra barca, de mayor tamaño, lo había abordado de costado, y en un momento, Keven, que estaba situado en primer plano, vio algo oscuro que se abatía sobre su cabeza y cayó medio conmocionado por la contundencia del golpe. Sin embargo, no perdió del todo el sentido. Se dio cuenta perfecta de que Garry, que se había levantado a su vez para intervenir, perdía también el equilibrio y caía junto a él, quedando a merced del agresor. La voz de Mulligan, quien levantaba de nuevo la pesada maza, exclamó —¡Y tú toma esto, rata de la parte alta!
Keven había recobrado ya la sensibilidad, y en un instante estuvo en pie, esgrimiendo el poderoso cuchillo que le había servido poco antes para cortar la cuerda del ancla. Como un tigre rabioso, perdida ya toda noción de prudencia, se abalanzó contra su enemigo, entablándose una lucha sorda y mortal que terminó trágicamente para Mulligan. El cuchillo de Keven se enterró hasta más de la mitad en su cuello, impulsado por un movimiento desesperado y frenético. La sangre salpicó la mano del vengador, y el cuerpo del enemigo cayó pesadamente, al tiempo que lanzaba al aire una tremenda e impresionante maldición.
A todo esto, como consecuencia de la lucha, el esquife se había inclinado peligrosamente de uno y otro lado, embarcando gran cantidad de agua, que empapaba la red amontonada en su fondo. Keven no pudo guardar tampoco el equilibrio y cayó al agua fría de la bahía, sin tiempo para hacerse cargo de la situación que dejaba atrás. El chapuzón, lejos de intimidarle, le devolvió todas sus facultades, medio veladas aún por el tremendo golpe recibido, y en un instante se vio nadando a cierta distancia de la embarcación, que estaba casi hundida, con el agua rozando las bordas. En aquellas circunstancias, temió agarrarse al costado de la barca, pues tal maniobra podría ponerla en situación crítica, en peligro de pérdida total. Levantó cuanto pudo la cabeza, después de acercarse, y trató de inspeccionar el interior. De Mulligan no descubrió ni rastro. En cuanto a Garry, divisó uno de sus brazos colgando por la borda izquierda. Su amigo, por lo tanto, había sido golpeado también por el bandido Mulligan antes de que su cuchillo acabase con él.
Con infinitas precauciones se agarró a la popa del esquife y se dejó llevar por la corriente, nadando con el brazo que le quedaba libre. La mole negruzca de la barcaza de Mulligan se recortaba sobre el horizonte, pero de su tripulante tampoco allí se veían trazas. Debía de haberlo matado, y el mar se lo había tragado. Este pensamiento erizó los cabellos de la atormentada cabeza de Keven.
En aquella situación crítica, mil encontrados pensamientos se agolparon en su mente. ¿Qué hacer en tan desesperada situación? ¿A dónde dirigirse? ¿Debía abandonar a su amigo y nadar hasta la playa cercana? Aquello era cosa que no podía hacer, que no haría nunca, aunque el mar se lo tragase definitivamente. Por otra parte, la fuerza de la corriente aumentaba, y grandes remolinos se formaban sobre la superficie del agua, poniendo en grave peligro al esquife.
Keven pudo comprobar con satisfacción que la corriente los iba llevando hacia la playa, por la parte de la desembocadura de la bahía en el mar abierto.
Con todas sus fuerzas se agarró a la popa, cuidando de no perder contacto con la embarcación. Pocas brazas le separaban ya de la orilla arenosa, pero la fuerza de la corriente iba en aumento, hasta hacerse casi impetuosa. Unas brazas más, y sus pies tocaron el fondo arenoso. Ya estaban casi a salvo, cuando una ola impetuosa ocasionó la ruina definitiva de la embarcación y la pérdida total de sus esperanzas. Fue un golpe brusco, que le separó de su agarradero, llevándose el esquife de su lado, a pesar de cuantos esfuerzos realizó para mantenerlo. Luego todo desapareció entre las aguas...
A él mismo le costó gran trabajo llegar de nuevo a la orilla y poner pie sobre tierra firme. Después, completamente agotado y exhausto, se dejó caer sobre la arena. Estaba deshecho, aniquilado, roto. Dos lágrimas, de rabia y de impotencia al mismo tiempo, resbalaron por sus húmedas mejillas.


XI
Keven permaneció allí durante algún tiempo, inmóvil, hundido en la desesperación y en el horror de su crítica situación; pero al cabo se repuso y se sentó, tratando de recapacitar las nuevas desgracias acaecidas. Su primer pensamiento fue para el camarada desaparecido. Gimió dolorosamente:
—¡Oh, Dios mío!... ¿Garry me salvó la vida, y ahora él ha muerto... ¡Oh, Gar y, Garry!
Aun suponiendo que su compañero no estuviese más que desmayado en el momento del hundimiento del esquife su muerte era segura entre aquellas aguas agitadas por la impetuosa corriente en descenso. También Mulligan había perecido. La corriente lo arrastraría hacia el mar, pero el mar devuelve, tarde o temprano, a sus víctimas. Un día cualquiera aparecería sobre la playa el cadáver de aquel mestizo, con el largo cuchillo clavado en el cuello. Keven sería inmediatamente acusado de asesinato.
El instinto de la fuga inmediata prevaleció por encima de todo.
Tambaleándose, se irguió y lanzó una mirada temerosa a través de la bahía y en dirección a la ciudad. La tormenta no tardaría mucho en estallar. A la súbita luz de los relámpagos divisó algunas embarcaciones navegando en la bahía.
«¡Pescadores al cuidado de sus redes!», se dijo. En cualquier momento podían encontrar el bote vacío de Mulligan, y entonces...
Con toda la rapidez de que fue capaz se alejó de allí, marchando en línea recta a buscar la sombra y el amparo de los pinares. Luego dio un largo rodeo, procurando caminar siempre amparado por la arboleda, y llegó al fin hasta su campamento.
Estaba completamente decidido a emprender de nuevo el camino río arriba. Hizo al efecto un paquete con las escasas provisiones que encontró a mano: unas galletas, un trozo de carne asada y algunas frutas secas. Se quitó a continuación el chaquetón de goma embreada y se cambió rápidamente de camisa. Recogió la camisa sucia, que podía ser una pista si la dejaba atrás, y metió en la mochila su reloj, el cepillo, el peine y el pequeño espejo. Al separar una de las mantas de la cama, cayó al suelo, desde su escondite, debajo de la almohada, la pistola de Garry. Keven oyó el ruido, y luego se percaté de la naturaleza del objeto caído, que recogió, estremeciéndose al contacto del arma fría y lustrosa. Un pensamiento, por asociación de ideas, le asaltó de pronto. Quería llegar otra vez a El Paso. Pero, ¿para qué? Sí, sabía perfectamente para qué: para matar a Atwell antes de que le prendieran. Esto es lo que haría. Todo su odio y su pasión se concentraban para marcarle el camino de aquella determinación inalterable.
Cuando tuvo la manta enrollada y la mochila hecha, se echó ambas cosas a la espalda. Ya estaba listo para partir. Antes, sin embargo, lanzó todavía una ojeada y recogió sus anzuelos y sus útiles de pescar.
En la parte de afuera reinaba una oscuridad bastante propicia para sus planes. Silenciosamente, con todos los nervios en tensión y los ojos casi desorbitados a fuerza de querer penetrar la oscuridad, se puso en movimiento, dejando atrás la cabaña de Stemm y algunas otras pertenecientes a otros pescadores. Se hacía necesario cruzar el río. En el lado opuesto existía una especie de vereda o carretera de segundo orden que podría facilitarle el viaje hacia la parte alta, al menos por unas cuantas millas. Naturalmente, podría si quisiera cruzarlo allí mismo, utilizando una de las barcas pertenecientes a los indios; sin embargo, no quería llamar la atención ni dejar rastros de su fuga. Más arriba existía una barra rocosa que Keven conocía bien y que le permitiría, en todo caso, cruzar el cauce a pie, incluso con aquel nivel de aguas que llevaba el río, algo por encima de lo normal.
Los vívidos y continuados resplandores de los relámpagos le ayudaron mucho a conservar el camino, bordeando la orilla arenosa del río. Gruesas gotas de lluvia le azotaron la cara. ¡Cómo tardaba aquella tormenta en desatar su furia y su aparato! De todos modos, si tal furia y tal aparato habían de contribuir a facilitarle la huida hacia la parte alta, serían bienvenidos en cualquier momento.
Poco tiempo después llegó al lugar elegido por el cruce del río. Al saltar sobre las prominentes rocas del lecho, se dio cuenta de que el salmón hacia su corrida río arriba. Pero aquel fenómeno, que siempre le había emocionado y despertado su interés y su atención, le dejó completamente indiferente. ¿El Rogue le había arruinado, le había traicionado!
Sin grandes dificultades consiguió pasar al otro lado; pero sufrió bastante en el fango y en las malezas de la orilla antes de llegar a la carretera. Al llegar allí, el trueno retumbó, terrorífico, sobre su cabeza, a tiempo que las nubes abrían sus cataratas de agua templada, dejándolas caer sobre la tierra en forma impresionante. ¡Bien venida la torrencial lluvia! Ella borraría, sin duda alguna, sus huellas de fugitivo.
La fatiga y el cansancio habían huido de su cuerpo. Se sentía duro, poderoso, indiferente al esfuerzo. Podría echar a correr si le viniera en gana. Ni la manta ni la mochila le pesaban lo más mínimo. Llevaba en la mano la caña de pescar, mientras el carrete con el largo cabo se escondía en el bolsillo de su pantalón. Resultaba cómico para él mismo aquel afán de no dejar atrás ninguna de estas cosas; pero así era. Y caminaba bajo el aguacero erguido, despreocupado, cegados los ojos por la deslumbrante luz de los relámpagos y ensordecido el oído por el horroroso fragor del trueno. No se trataba de un chaparrón pasajero, sino de un amontonamiento de nubes que iban a soltar bastante agua. El Rogue, por lo tanto, crecería automáticamente, como por arte de magia. A media noche recogería las aguas de las torrenteras, y de madrugada, en la bahía, no habría, con toda seguridad ni un solo pescador que se aventurase a la faena.
Keven no tenía esperanzas de escapar definitivamente a las garras de la justicia humana; todo lo que quería era ganar días para poder llegar a El Paso y consumar su plan de venganza. ¡Luego ya podía venir lo que fuera! Aunque la libertad era agradable y dulce, se decía que era mejor morir mil veces que verse otra vez entre barrotes de hierro, languideciendo y desesperándose. Por otra parte, también estaba dentro de lo posible el escapar, después de matar a Atwell, refugiándose en los bosques y en las montañas tributarias del Rogue, en las cuales su captura resultaría casi imposible. Ni siquiera los perros podrían seguir sus huellas a través de tales inmensidades agrestes y desconocidas.
Con estos pensamientos continuó su camino, impertérrito, bajo la tempestad. La persistencia de la misma y su furia parecían estar en consonancia con sus propias ideas.
Podían haber pasado ya algunas horas, pero el tiempo no contaba para él, no tenía la menor significación. Hacia la madrugada, con las primeras luces del alba, llegó al lugar que parecía marcar el final de la carretera, donde se levantaban algunas cabañas. Desde allí, el camino saltaba a las altas montañas, situadas por encima del río. La luz del día empezaba a teñir el horizonte de un tinte claro y lechoso, que luchaba victoriosamente con las sombras, des-alojándolas de sus reductos poco a poco. Todavía continuaba cayendo la lluvia, persistente y tenaz, aunque su furia de las primeras horas había disminuido. El Rogue se deslizaba bajo sus pies, con su sordo rumor característico; cuando, al fin, pudo distinguirlo entre los abetos y, a través de la niebla, se le presentó como una serpiente agitada, de lomo oscuro y ondulante. Árboles desgajados, caídos sobre la corriente y bañando en ella el verdor de sus hojas perennes, hablaban elocuentemente de la violencia de la tempestad en aquellos lugares.
Hacia el mediodía cesó la lluvia y las nubes comenzaron a desaparecer.
Mucho antes de llegar a él ya había divisado Keven el pequeño caserío de Agness, al cual reconoció en seguida por el blanco puente sobre el río. Sin perder un instante, se adentró otra vez en el bosque y dio un largo rodeo, para salir otra vez al camino cuando ya había dejado atrás la aldea. Luego volvió a ocultarse, con ánimo de repasar Illhae, la segunda aldehuela a la orilla del río, deteniéndose unos momentos para descansar y tomar aliento. Ya muy avanzada la tarde desembocó en un ancho valle, donde Illhae estaba situada. La aldea se componía de unas cuantas granjas y un pequeño montón de casuchas edificadas a la orilla del río. El contornear aquella aldea le llevó mucho tiempo, pero el rodeo le evitó tener que efectuar una pronunciada subida, viniendo, al fin, a ganar nuevamente el camino. La oscuridad le sorprendió, y entonces empezó a darse cuenta de que había ido en su esfuerzo algo más allá de lo conveniente. Mientras hubo en el cielo algo de luz, continuó andando, no obstante, hasta que al fin fue a parar a un espeso pinar. Se sentía extenuado y no tenía la menor gana de comer, ni aun forzando el apetito. Había caminado más de cuarenta millas sin descansar apenas y sin tomar alimento... Cuando se envolvió en la manta y cerró los ojos, la negrura de la noche pareció adentrarse en todos sus sentidos, corporales y espirituales...
Al volver en sí, se encontró con que el bosque estaba lleno de luz dorada que enviaba, con sus radiantes resplandores, el sol. Los árboles estaban secos y habían cesado, en consecuencia, de gotear. Los pájaros cantaban en la fronda. El suave rumor del río le llegaba también, a través de la espesura del arbolado.
Keven estaba tieso como un leño, y cuando intentó moverse una dolorosa sensación se apoderó, en un espasmo, de todos sus músculos. Se sentía envarado.
Había realizado un esfuerzo terrible, para acabar de arreglar las cosas, se había acostado con las ropas completamente empapadas. Necesitó hacer un gran esfuerzo para conseguir enderezarse y poner en movimiento las articulaciones, especialmente las de los brazos y rodillas. Al lanzar una ojeada se dio cuenta de que su mochila había sido saqueada durante la noche por algún animal, que había liquidado sus menguadas provisiones. Y aquel serio contratiempo le hizo reaccionar, con verdadero pánico. Aún tardaría algunos días en llegar a El Paso, y sin comida el viaje era del todo imposible. Entonces, se acordó de que no debía de hallarse a mucha distancia de la cabaña de Aard. De ocho a diez millas, seguramente, hasta llegar a Soledad, donde residía su amigo, un hombre en el que podía siempre confiar. Enrolló, pues, la manta, sin detenerse en nuevas cavilaciones, y se alejó de allí, luego de recoger la desvalijada mochila.
Arrastrando los pies y traspasado por intensos dolores, salió al camino, que exploró en sus dos direcciones antes de pisar abiertamente.
A los pocos momentos, llegó a un soleado páramo, a través del cual corría un arroyuelo claro, deshecho aquí y allá en pequeños remolinos, junto a las rocas.
Depositando sus cosas en el suelo, se inclinó y bebió ávidamente de aquellas aguas casi heladas; luego se lavó la cara, se peinó un poco la enmarañada cabellera y, ausente de todo pensamiento racional, se sentó sobre un viejo tronco; solamente la luz, el perfume intenso de la arboleda y el rumor suave del arroyuelo, llenaban sus sentidos, llamándole imperativamente a la realidad de la vida. Al fin, se levantó y reemprendió la caminata.
El camino subía desde allí en una ligera pendiente, y al llegar a la parte alta, Keven quedó sorprendido por un extraordinario espectáculo. Se detuvo para contemplar otra vez el caudal del Rogue, acrecido por una subida tan súbita como inusitada. El agua cubría todas las rocas, aun aquellas que por su elevación permanecían en seco durante todo tiempo. Era una crecida enorme, y había sido tan rápida e inesperada que, con toda seguridad, los pescadores de la parte baja no habrían tenido tiempo para prevenirse y poner a salvo sus botes y sus redes...
Luego, al recordar el escenario que había dejado la noche anterior, el terrible pensamiento de lo ocurrido le asaltó de nuevo, y se acordó una vez más del pobre Garry, que había muerto por salvarle a él. ¡Y él había matado a un hombre! Esto último, sin embargo, no significaba gran cosa. Lo había hecho en legítima defensa, y no sentía el menor remordimiento por ello. Mil veces que ocurrieran las cosas en la forma conocida, mil veces que él obraría igual. Pero, ¿quién daría crédito a su historia? Nadie, claro estaba. Sería acusado de asesinato, juzgado y condenado a muerte... Era, por lo tanto, un perseguido de la , justicia, un fugitivo, al que todo el mundo se empeñaría en dar caza...
Después, volvió a meditar sobre su primitivo proyecto, sobre su siniestro empeño de dar muerte al que consideraba como implacable enemigo. La idea de aquella venganza le embargó de nuevo, más violenta si cabe, más inalterable y poderosa, en toda su trágica significación. Poseído por aquel ardor homicida, continué su camino, sintiendo en sus nervios y en su sangre el regusto de aquella determinación brutal. Pero el ánimo y la resolución era una cosa, y las fuerzas físicas otra muy distinta. Aún no había andado media milla, cuando se vio forzado a detenerse de nuevo para tomar alientos. Sentía ganas de echarse de nuevo y no volverse a levantar más... Y en aquella situación de agotamiento físico y moral, anduvo todavía unas cuantas millas, deteniéndose a cada momento para descansar.
El sol calentaba entonces con bastante intensidad; el camino aparecía seco y sembrado de hojas; desde las colinas llegaban la dulce fragancia del mirto y el olor punzante y esencial de los pinares. Los pájaros, con su intenso piar y su revoloteo agitado, demostraban una alegría inusitada en aquella mañana dorada y luminosa. Solamente cuando el venado se le aparecía, receloso y le miraba desde lejos, con las largas orejas levantadas, para huir velozmente a continuación, se daba cuenta de que en realidad estaba ya en los agrestes parajes de las Cascadas. De allí en adelante, se mantuvo vigilante y atento, pues no era posible caminar sin prestar atención a los salvajes bosques... Pero su andar era algo automático, y en su corazón no había emoción de ninguna especie, ni le decían nada la belleza del paisaje ni la gloria de aquella Naturaleza en floración.
De pronto, se detuvo, sobrecogido. A su espalda creyó oír un ruido acompasado, que se le antojó el trotar de un caballo. El camino se adentraba en aquel lugar por una especie de túnel de verde follaje, silencioso, sombreado y dormido en aquel caluroso mediodía. El ruido acompasado de los cascos se hizo más distinto en los oídos de Keven, alterándole los nervios y llenándole de preocupación. ¿Le perseguirían? Con la rapidez y la astucia de un indio, se apartó a un lado y se adentró en la tupida maraña de los arbustos. Allí se escondió, permaneciendo en una actitud vigilante, con la boca seca y el corazón latiendo dentro de su pecho con rapidez inusitada. Pronto se aseguró de que un caballo se aproximaba, en efecto, pero no de la parte Sur, sino del Norte, circunstancia que le produjo una sensación inmediata de alivio.
El rumor de los que se aproximaban, llegaba mezclado con risas y gritos, con silbidos y voces de conversaciones entrecortadas. No era un caballo, sino una verdadera caravana. Al fin, desde su escondrijo, vio aparecer una fila de caballerías, cargadas de mercancías, y unos cuantos jinetes que iban a su cuidado, formando la escolta. Eran comerciantes mestizos, habitantes libres e independientes de las orillas del Rogue, felices en su salvaje libertad y dominio de aquellas regiones abruptas. Cuando todos hubieron desaparecido de su vista y el rumor de sus pasos se hubo apagado lo suficiente para indicar un prudente alejamiento, Keven salió de su escondite y volvió a tomar el camino. No era probable que sus huellas fueran descubiertas. El camino estaba seco y duro, y solamente un hombre a pie y muy experto podría haber descubierto el paso de alguien en aquella dirección.
Sus descansos se hicieron cada vez más frecuentes. Se sentaba sobre las piedras, en los troncos derribados o simplemente en el suelo, a la sombra de cualquier árbol. Sabía que no podría ir muy lejos, y en su interior reñía una especie de lucha sorda entre el afán físico de abandonarse y la necesidad imperiosa y vital de seguir adelante. Hacia el mediodía, pudo dar vista, por fin, al inmenso valle en forma de «V» que marcaba la entrada a Soledad. Resistió a la tentación de descansar. Tenía prisa por atravesar todo aquello, por repasar Soledad y dejarla atrás... El camino descendía allí, cruzando una verdadera red de pequeños canales, dejados por los mineros y los buscadores, muchos años atrás, como un vestigio de sus locos sueños de ambición y riquezas. A mano izquierda, quedaba el valle, como un pañuelo de colores, mostrando por trechos el pardo oscuro de sus tierras desnudas, el grisáceo de sus estratos rocosos, o el verdor de sus altos bosques de robles, enseñoreados de las cimas. Al otro lado del río, invadiendo el terreno hasta la misma orilla, empezaban los bosques de abetos, espesos e impenetrables, que se extendían como una mancha oscura hasta los picos de las más elevadas montañas...
Pero cuando Keven estuvo a la vista de Soledad, después de contornear una gran curva, cayó, al fin, abatido por algo más que la fatiga física. La visión de aquellos parajes tuvo la virtud de derrumbar su rabiosa energía al envolverle en un sentimiento de pasadas reminiscencias, que removían en el fondo de su alma posos de inexplicables y dormidos sentimientos. Aquello significaba para él la juventud, su amor al río, su afición pesca, sus aventuras, que jamás volverían...
Allí había vivido sus mejores horas, en aquel espumoso canal de más de una milla de largo, bajo la alta escarpadura de los riscos, junto al verde prodigio de aquellos bosques, que cubrían el viejo molino abandonado. Todo eso había sido su vida, su paisaje de ensueños y de aventuras. Y ahora... ya no era nada para él.
El viento seguía enviando su música inimitable, su rumor de gloria, al filtrarse por entre las ramas de los pinos; pero sus oídos estaban sordos a la melodía. La paz, la quietud infinita de Soledad estaban allí, le envolvían, pero en vano se esforzaba en captar su belleza infinita; su encanto imperecedero. Todo había muerto para él. Y lloró. El corazón se le antojaba roto. Se rendía a una fuerza misteriosa e irresistible, de naturaleza desconocida. Sería mejor para él tirarse de cabeza al río para ir a buscar el descanso y la paz en su lecho arenoso, bajo los grandes riscos. No le faltaba valor ni resolución para hacerlo, pero un sentimiento turbio y vengador le detenía. Sería lo que los demás se habían propuesto hacer de él: un asesino. Le habían entrenado una vez para matar, y mataría... Pero ni tal estado de pasión y de odio era capaz de mitigar su inmenso dolor.
Keven recogió una vez más sus cosas y prosiguió la caminata. El camino faldeaba la playa arenosa, se metía un trecho en el bosque de pinos e iba a desembocar, en la parte alta, cerca del lugar en que Aard vivía. Al llegar allí, Keven divisó dos cabañas, una encima de otra, por así decirlo, pues estaba construida sobre una pequeña altura. Esta última era nueva y le resultaba completamente desconocida. Fijándose bien, vio que era de reciente construcción, pues sus troncos pelados estaban todavía frescos, y las piedras de la chimenea y de los arcos brillaban a los rayos del sol. La otra cabaña, la de más abajo ya era otra cosa, y su imaginación la encontraba familiar, como fondo de paisajes antiguos bien grabados en su confusa memoria. En el inmenso silencio, oyó perfectamente el ruido de un hacha; después, vio una columna de humo blanco, elevándose al cielo. Su intención era la de descansar allí algún tiempo, pedir a su amigo algunas provisiones y proseguir en seguida la marcha, sin contar nada de lo ocurrido. Fuese como fuera, tenía que dejar acabada su misión.
De pronto, se dejó oír el ladrido de un perro, que retumbó, llevado por el eco, en todo el valle. Aquello también despertaba en su dormida conciencia escenas inolvidables de cacerías y persecuciones a través de los bosques intrincados. Al bajar por el soleado sendero, en dirección a la playa, vio detrás de la cabaña alta una especie de cortadura por la que bajaba una abundante corriente de agua, que producía en su caída un murmullo parecido al de un enjambre de abejas. Luego, le llegó otra vez el intenso perfume del mirto; la fragancia de aquel olor estimulaba, más que ninguna otra cosa, sus recuerdos y sus nostalgias.
El camino, ya cerca de la playa y en el lugar en que se levantaba el gigantesco abeto centenario, como un centinela del estero, se bifurcaba en dos ramales. Tomó el de la izquierda y pronto desembocó en un terreno abierto. La cabaña baja se elevaba junto al río, y desde allí nuevos ladridos de perros, que seguramente presentían por el olfato su presencia, atronaron el espacio. Una voz se levantó, entre ellos, para reducirlos al silencio. Keven dirigió las miradas hacia allí y pudo ver, al fin, a una persona que estaba rodeada de una verdadera jauría.
Se detuvo. Tomó una vez más asiento en un viejo tronco que estaba situado a uno de los lados. Se sentía al límite de sus fuerzas, y sería bueno esperar hasta que apareciese Aard. Se quitó la mochila y la manta y lo puso todo a un lado...
De pronto, una voz cristalina, dulce y armoniosa, rompió el impresionante silencio. Keven se enderezó, lleno de sorpresa, y pudo ver a una muchacha, que corrió hacia él, rodeada de los perros.
—¡Oh Kev! ¡Oh, por Dios!... —gritaba.
Estaba mudo de asombro. Miraba fijamente a la muchacha, sin comprender una palabra. Llegaba ya hasta él, volando sobre sus diminutos pies, con su hermosa cara morena y su cabello profundamente oscuro rebrillando al sol.
—¡Oh Kev! —volvió a decir—. Creí... que nunca volverías —luego, sin darle tiempo para reaccionar, le echó los brazos al cuello y unió la cara a la suya, en una emoción incontenida—. Creí que nunca volverías, pero gracias a Dios ya estás aquí. ¡El corazón me decía que algún día habría de ser así!
Keven trataba de encontrar palabras para contestar, pero no lo conseguía.
Poco después, sintió, en aquel abrazo apretado que no se acababa de romper, unas lágrimas cálidas que le humedecieron las mejillas. Aquello le sorprendió y le alteró mucho más poderosamente que todas sus pasadas experiencias de sufrimiento y de horror. Por unos instantes más, se sintió paralizado, incapaz de reaccionar en ningún sentido... Al fin, ella aflojó la presión de los brazos y se quedó frente a él, mirándole con fijeza, sin separar las manos de sus hombros fatigados. A su vez, pudo contemplarla a placer. Era una muchacha fuerte, hermosa, de una preciosa tez morena, de tono claro, a través de la cual se pintaba su rostro de un color rosado, indicio de una admirable salud. Sus ojos eran negros y brillaban con un fulgor irresistible, humedecidos todavía por unas lágrimas que los hacían doblemente bellos e interesantes.
—¡Has estado a punto de romperme el corazón, Keven! —le dijo, sonriendo a través de las lágrimas.
El fugitivo trataba de escudriñar en el fondo de su nublada memoria.
—¿No está usted.., equivocada, señorita? Quiero decir que si no me ha tomado, a lo mejor, por otra persona, y...
—¡Oh, Keven Bell! —replicó ella en tono de reproche, y volvió a abrazarlo de nuevo con redoblado amor.
—Usted... Bueno; usted sabe mi nombre, pero...
—Pero, ¿es que no me conoces? —le interrumpió, verdaderamente decepcionada.
—No..., creo que no.
—¡Oh Kev, cómo me atormentas!
—Lo siento, de veras...
—Yo soy Beryl —le dijo, sencillamente.
—¡Beryl!... Ese nombre flota, en efecto, por encima de mis dormidos recuerdos. ¡Beryl! ¡Beryl!... Pero, ¿Beryl... y qué más?
—Aard, desde luego; me causa mucha pena eso, tanta, casi, como tu acción de mayo último, de irte de aquí sin quererme saludar.
—De verdad que lo siento, señorita...
—¡Señorita! ¿Por qué me llamas así? ¿Y por qué te quedas ahí, como un tonto, cuando estoy rabiando por que me beses? —protestó, con un gesto de duda temerosa, aunque sin poder refrenar los deseos que sentía de colgarse una vez más de su cuello.
Keven volvió a mirarla, más asombrado cada vez, aunque se daba cuenta de que ya no era cuestión de error o equivocación, puesto que su identidad era perfectamente conocida de la muchacha. Ella le conocía bien y él no podía recordarla... No obstante, por momentos, aquel hermoso rostro se le hacía extrañamente familiar.
—Bueno; yo no puedo consentir que ninguna muchacha rabie por tan poca cosa —dijo Keven, tratando de ganar tiempo—. Está visto que me conoces perfectamente, y esta maldita memoria mía...
—¡Dios mío, entonces debe de ser verdad! —se quejó ella amargamente—. ¡Es cierto que no me recuerdas!
—Crees que debía recordarte?
—Naturalmente que... debías; a menos de que te hayas convertido en un ser voluble e inconstante desde que te fuiste al Ejército.
—Puedes estar segura de que no soy de ésos. Si hubieras dicho un inválido, un enfermo inútil, habrías acertado. Fui gravemente herido por una explosión.
Estuve entre la vida y la muerte durante muchas semanas, y luego, al recobrarme, no sabía lo que había ocurrido. Mi memoria se oscureció. Después, estuve en un hospital muchos meses... Estoy casi ciego de un ojo. ¿Ves estas cicatrices de mi cuello y mi barbilla? Sufrí una horrible operación, porque tenía interesado el cerebro... Y claro, no es extraño que mi memoria falle todavía. Por eso debes perdonarme que no te recuerde, si es que, como dices, debiera recordarte.
Keven no esperaba que sus explicaciones tuvieran otro efecto que el de hacerse perdonar por aquella muchacha, en la ofensa que pudiera suponer haberla echado en olvido; pero sus palabras consiguieron mucho más El rostro de Beryl palideció, sus ojos se dilataron, dulcificándose en una expresión de indudable pesar, y sus hermosos labios temblaron ligeramente. Con sus manos recorrió, amorosamente, aquellas cicatrices de su barbilla y su cuello, para acariciar luego su frente y su pelo y terminar, en un arranque súbito, abrazándolo de nuevo y besando con redoblado amor sus ardientes mejillas. Luego se separó y dijo, con un ligero temblor en la voz:
—Me gustaría que esto te ayudara a recordar, Kev. El fugitivo se sentía completamente embarazado.
—Sí, es posible... Esa manera de acariciarme los cabellos me dice algo...
—Escucha, Kev: estoy convencida de que todo se debe a tu desdichado accidente; de otro modo me recordarías. No me has olvidado, estoy segura, porque eso no puede ser...
—¡Claro que no! —replicó Kev, agarrándose al cable que se le tendía—; y si me permitieras algunas preguntas acaso eso podría ayudarme.
—Pregunta lo que quieras, Kev... A ver si sonríes, al fin, una sola vez. ¡Soldado sin memoria, querido inválido mío!
—Entonces —empezó Keven—, ¿tú eres la hija de Aard?
—¡Claro que sí! Yo nací en aquella cabaña. Mi madre murió el invierno pasado.
—Yo me acuerdo de Soledad mejor que ningún otro lugar en todo el río —replicó Keven—. He estado aquí dos veces, pescando. La última vez, hace poco más de cuatro años... Pero ahora todo me parece extraordinariamente alejado.
Naturalmente, tú ya estabas aquí cuando yo vine, con Aard, en aquella ocasión.
—Sí, Kev; yo estaba aquí —aseguró Beryl, sonriendo. —Y me pasaba todas las horas del día a tu lado... y aun muchas horas de la noche.
—¿De veras? —preguntó Keven, casi temeroso de seguir por aquel camino desconocido, que no sabía a qué terrenos podría llevarle—. Pero, en ese tiempo, yo calculo que apenas serías... una chiquilla.
—No tanto. Tenía entonces dieciséis años y... era muy mujer para mi edad —objeté con énfasis la muchacha.
—Y... bien, hay que preguntarlo: ¿y te hice, acaso, la corte?
—Terriblemente... A ninguna muchacha, me figuro, se la ha podido hacer nunca la corte en la forma en que tú me lo hiciste a mí.
Keven sintió que el terreno se abría bajo sus pies. Ella levantó la cabeza, con orgullo, como si aquello fuera su timbre de gloria. El pobre Keven estaba anonadado. No podía dudar de las palabras de la muchacha, porque la honestidad y la sencillez brillaban en sus ojos.
—Y... ¿te besé alguna vez, Beryl?
—¿Si me besaste? Como un mendigo, como un pobre loco, como un hambriento me pediste una y otra vez el regalo de un beso. Y cuando, al fin, te lo concedí..., ¡me robaste diez mil más!
Un estremecimiento recorrió la medula de Keven.
—Parece que me porté... como un bruto —continuó, tratando de escudriñar la verdad en el fondo de los ojos de Beryl—. Al menos, creo que... no tendría el atrevimiento de ponerte una mano encima.
—¡Oh, Keven Bell, tu memoria está arruinada del todo! Eras un muchacho muy despreocupado y atrevido entonces... No fue una mano; fueron las dos. Y si hubieses tenido una tercera también la hubieses empleado en el menester.
Keven agachó la cabeza avergonzado, ante estas rotundas explicaciones. La sangre le arrebolaba las mejillas. ¿Qué es lo que habría hecho con aquella criatura, cuando era un chiquillo casi salvaje, un verdadero animal de los bosques y las montañas?
Ella volvió a acariciar sus cabellos, y luego se los alisó, poniéndolos en orden.
—No estés preocupado por aquello, Keven —le dijo ella, con dulzura—. No hay por qué avergonzarse... Yo... yo te amaba también. Y no me hiciste ningún mal.
Me hiciste quererte, nada más; adorarte de una forma tal que ya nunca te he podido borrar de la memoria y el corazón. Jamás he podido interesarme por otros muchachos. Me dejaste esperando, esperando... ¡hasta que has vuelto!
—¿Te lo prometí? —preguntó Keven, interesado—. Quiero decir, si te prometí volver.
—Sí; pero entonces los Estados Unidos tuvieron que entrar en la guerra —continuó—. Tú no esperaste a que te llamaran. Papá lo leyó todo en el periódico de Seattle, que trajo de Portland. Yo leí que habíais salido para el campo de entrenamiento; pero no sabía dónde estaba ese campo. Siempre esperé tener noticias tuyas. Creíamos que habías ido a Francia, y aquello casi me mató de dolor. Desde entonces, esto se me hizo insoportable, estuve como loca... Luego leímos lo de tu accidente; terriblemente impresionada, todavía di gracias al Señor por haberte librado de ir a Francia. Esperé y recé mucho, mucho, segura de que alguna vez habrías de volver... ¡Oh, qué largos los días, las semanas, los meses!
¡Sin una sola noticia! ¡Sin una carta! Y, a pesar de todo, nunca perdí la confianza ni la fe.
Keven estaba anonadado ante la enormidad de aquellas circunstancias imprevistas, de las que no había conservado recuerdo.
—Dices que... esto se te hizo insoportable. ¿Es que te marchaste a otro sitio?
—Sí; me fui a Roseburg, a casa de mi tía —replicó—. Allí, fui a la escuela.
Durante las vacaciones, venía a casa y me dedicaba a cazar, a recorrer los bosques..., ¡a trabajar, en una palabra! También ayudé a levantar esa cabaña.
Pero nunca pude ser feliz... Me acordaba de ti, Keven; te echaba de menos...
Después, cuando mamá murió, mi padre me trajo otra vez a casa.
—Me gustaría saber otras cosas, acerca de mi conducta cuando estuve aquí la última vez preguntó Keven, decidido a conocer todo el alcance de su comportamiento.
—Pues, podría hablarte de un millón de cosas —contestó ella, jubilosa, en contraste con su primera actitud de sorpresa y gravedad—. Acostumbrábamos hacer excursiones... Nos gustaba espiar el paso del venado entre los abetos del bosque. Una vez, recuerdo, tuvimos que correr huyendo de los jabalíes. ¡Cómo nos reímos! También cogíamos flores y hojas de helecho. Lavábamos la arena para buscar oro. Todavía conservo una bolsita llena de arena de oro, producto de nuestros trabajos... Pero el río era lo que más te encantaba. Yo misma tenía celos del río, porque me parecía que lo amabas más que a mí. El río, las truchas, los salmones, los mirlos... Desde que te fuiste, siempre que oía, por las mañanas y por las tardes, el canto del mirlo, me ponía a llorar...
—¡Ah, los mirlos marinos!... Esos bonitos pájaros del Rogue, que ponen sus nidos junto a los riscos, para arrojar la pollada, en cuanto puede valerse, a las aguas del río.
—Sí, Kev, esos mismos. Recuerdo que muchas veces intentamos llegar hasta esos extraños nidos de barro, sin conseguirlo... ¿Y no te acuerdas de la primera vez en que te llevé hasta una roca, sobre el río, desde donde pudiste ver con toda claridad la misteriosa puesta del salmón? Nadie conocía por aquí ese criadero, excepto papá y yo; pero yo te lo enseñé. ¿Y no recuerdas tampoco la mañana en que te avisé de la presencia en el río de un enorme salmón? Yo te indiqué dónde estaba, y tú echaste una y otra vez tu anzuelo, probando inútilmente con todos los cebos que conocías... Luego, yo te enserió a componer uno nuevo, según una fórmula de papá. Echaste el anzuelo y... ¡zas! Picó el monstruo. Sesenta, o acaso ochenta libras debía de pesar aquel bicho. Tú corrías por la orilla, soltando y recogiendo el cabo, metiéndote en el agua hasta la cintura, gritando... Yo, desde la orilla, seguía tus pasos y tus maniobras, viéndote luchar con el terrible enemigo, que no se quería rendir... ¿No te acuerdas de todo eso, Kev? Luego, tu derrota, casi a la entrada del «rápido»; viniste pálido, jadeando, con la caña rota, rabioso y desilusionado. Recuerdo que fue en aquel momento cuando te permití..., bueno, cuando te di el primer beso.
Una especie de oscuro y tupido velo pareció descorrerse en el cerebro de Keven. Como por arte de magia, pudo ver, con nítida fidelidad, el momento rememorado por la cálida voz de Beryl. Vio, efectivamente, el terrible pez prendido a su anzuelo, arrastrándole hacia el interior del río, luchando denodadamente por su existencia, que consiguió liberar al fin, al borde del «rápido». Y vio también a la preciosa muchacha que le animaba desde la orilla, con sus pies desnudos, sobre la arena, y sus lindos ojos negros rebrillando, como dos piedras preciosas, al sol de la mañana.
—Ahora, Beryl..., ¡ahora me acuerdo! —exclamó, con los ojos cerrados, como para no dejar escapar del cerebro el encanto de aquella visión pasada... Luego, sin mediar una palabra más, la muchacha se abrazó a él nuevamente, llorando, gimiendo de alegría y dando gracias a Dios por haber devuelto la lucidez a aquel cerebro herido y atormentado. Instintivamente, él también rodeó con sus brazos la preciosa carga... Y, cuando al fin abrió los ojos, encontró junto al suyo el pecho firme y duro de la más encantadora muchacha con que jamás pudiera soñar; y junto a su cara, una cara linda, con unos ojos profundos y enigmáticos, y unos labios rojos y prometedores de las más inefables delicias... Luego, asombrado, lanzó una mirada a su alrededor. ¿Era todo aquello una realidad, o tan sólo un sueño? Allí estaban los perros, olfateándole y correteando junto a su ama, y la cabaña, y las montañas lejanas, sirviendo de fondo al paisaje. Aquello no podía ser un delirio o una ilusión. Sus sentidos estaban despiertos, y el perfume del mirto le seguía embriagando. Por el cielo cruzaban, como en una cabalgata, las nubecillas blancas. ¿Era todo aquello una visión ilusoria? ¿Estaba, quizá, muerto o loco?
Fue ella la que de nuevo le volvió a la realidad. —Papá no está en casa; salió de viaje —le dijo—. Va algunas veces a Portland. Dijo que pasaría por Costa del Oro para verte. ¡Oh, lo que se alegrará de encontrarte aquí!
El horror de las circunstancias que pesaban sobre Keven le sobrecogió de nuevo.
—Estás pálido, cansado... Tienes una apariencia muy extraña —le dijo ella, con tono preocupado.
—Estoy deshecho, Beryl confesó—; me siento muy débil, .. Ya no soy tan fuerte como antes, y además, he caminado mucho. Me acosté también con las ropas mojadas, y eso me ha hecho mucho daño. ¡Me encuentro desfallecido, muerto de hambre!
—¡Oh querido!... Y yo he estado aquí, con mi egoísmo, haciéndote perder un tiempo precioso —exclamó, excusándose—. ¡Pero fue la alegría, la inmensa alegría de volverte a ver! ¡Mi Keven, mi héroe, que vuelve de la guerra a su casa, herido y agotado! Ven, vamos, entra en seguida. Yo haré que descanses, que comas, que te repongas, que rías... ¡hasta que vuelvas a ser el Keven de los tiempos pasados!
Amorosamente le condujo hasta la cabaña. Los perros corrieron, dándoles escolta, y seguros ya de que la visita no encerraba nada anormal o peligroso. Una columna de humo azul se elevaba de la alta chimenea. Hasta la nariz de Keven llegó el olor del ramaje quemado y del pan caliente y acabado de salir del horno.
Se sintió incapaz de resistir al milagro que todo aquello significaba para su vida, llegada a un punto de trágica desesperación, unos minutos antes tan sólo...


XII
Keven despertó a las agudas y dulces notas del canto del mirlo, que le llegaron a través de la abierta ventana de la cabaña.
Se quedó escuchando durante unos instantes, maravillado. El sordo y monótono rumor de un arroyo llegaba, desde alguna parte, como acompañamiento de la inimitable melodía. Sobre la colcha se proyectaban, haciendo pantalla a la luz del sol, las sombras de las hojas que pendían en las ramas, frente a la ventana. Con curiosidad, lanzó una ojeada a su alrededor. Se veía que aquella habitación no había servido de dormitorio últimamente. Olía a pino fresco, recién cortado. Una silla y una mesa, hechas de ramaje grueso y desbastado, eran las únicas piezas de la estancia, aparte de la cama. En la pared del fondo había una gran chimenea de piedra, sobre la cual estaba colocada la alta cornamenta de un ciervo. Adornos de junco, seco y entretejido, llenaban las paredes. Afuera, sobre el suelo del vestíbulo, que se divisaba a través de la puerta entreabierta, estaba un perro negro, profundamente dormido.
Al mismo tiempo que Keven realizaba esta ligera inspección, curioso y pensativo, se dio cuenta de que no se sentía bien. Le dolía todo el cuerpo y su frente ardía sospechosamente. El tremendo esfuerzo realizado, la humedad, la fatiga y el hambre, habían hecho su obra. Estaba enfermo.
Pero ahora, ¿qué es lo que iba a hacer? La respuesta le asustaba. Tenía que seguir su camino, tan pronto como fuese capaz de ello. Un día de reposo, tal vez bastase para devolverle las condiciones físicas necesarias. Además... ¡el problema de aquella muchacha: ¡Beryl! Lanzó un sordo gemido de dolor. La noche pasada, antes de que el sueño le abatiera, había hecho un poderoso esfuerzo para recordar todos los pormenores relativos a su anterior conocimiento de la muchacha. Desde luego, estaba seguro de no haberle hecho ningún daño.
Beryl había sido para él un sueño, una quimera loca de su juventud. Le había hecho la corte, estaba seguro de ello, en forma apasionada, aunque convencido siempre de que ella no se decidiría jamás a tomarlo en serio. Luego había vuelto a casa, para caer seducido por los hechizos de Rosamunda Brandeth. Y llegó la guerra, rompiendo todos los compromisos, todas las ilusiones, toda la vida anterior, en una palabra...
Naturalmente, él acabó por olvidar a la niña morena y dulce de Soledad. La había olvidado con la despreocupación, la volubilidad y la inconstancia de la juventud. Luego, la herida de su cabeza y la pérdida subsiguiente de la memoria... ¡Qué extraña y terrible coincidencia la de haberse encontrado frente a esta Beryl Aard! Y encontrarla hecha una mujer, fuerte, hermosa, buena, que le esperaba llorando por él a todas horas, amándole, con ese amor entrañable y sincero por el que todos los hombres del mundo suspiran, y que solamente unos pocos elegidos encuentran.
Pero él era un fugitivo. Aunque no fuese un asesino, aunque la muerte de aquel mestizo hubiese sido una cosa justa, realizada en legítima defensa, moralmente tenía las manos manchadas de sangre, puesto que había jurado matar a un hombre por el hecho de haber arruinado su fama y haberse interpuesto en el camino de sus negocios. «¡Tengo que cumplir ese juramento en seguida! », se dijo. Pero, ¿podía escapar de allí como un perro desagradecido? ¿Sería capaz de inventar una excusa aceptable para seguir su camino río arriba? Jamás se había visto confrontado con una situación tan angustiosa. ¿Y qué sacaba con ator-mentarse de aquella forma? No tenía opción. Estaba perdido. Solamente necesitaba ajustar cuentas con aquel canalla de Atwell, aplastarle el cráneo, patearle el abultado vientre de cerdo gordo, estrangularlo, simplemente, con sus propias manos. El morboso placer de esta idea le obsesionaba. Después de conseguido aquel propósito, ya no tenía ningún otro proyecto definido... ¡Su cabeza era un caos! No obstante, aquella obsesión de matar a su enemigo tenía la virtud de obrar sobre sus nervios como un bálsamo, cual si en la realización del turbio propósito pudiera encerrarse su felicidad.
Un ruido de pasos se oyó de pronto sobre el suelo del vestíbulo. Desde su cama, vio como el perro se despertaba y empezaba a menear la cola. Luego se oyó una voz.
—Keven..., ¿estás despierto? —le preguntaba Beryl, con armonioso timbre de voz, llena en aquellos momentos de ansiedad.
—Sí; puedes pasar, Beryl.
La muchacha no se hizo repetir la invitación y penetró en el dormitorio improvisado llevando en las manos una bandeja con el desayuno del huésped.
Tenía puesto un vestido blanco que realzaba la belleza morena de su piel y el negro profundo y lustroso de sus cabellos. Vestida así, en aquel tono riente y claro, parecía más alta, más delgada y más esbelta, si cabe, que la noche anterior. Calzaba en los pies unas babuchas de piel de venado, que dejaban al descubierto el tobillo y parte de la pierna, completamente desnudos. Dejó la bandeja sobre la mesa, y se aproximó al lecho... Luego, se inclinó sobre él y le examinó, con recelo, clavándole aquellos ojos negros cuya mirada se le hacía difícil sostener.
—¿No tienes apetito? La noche pasada no pudiste probar bocado.
—No; creo que estoy enfermo —dijo, casi en un débil susurro.
Ella puso una de sus manos, frescas y acariciadoras, sobre las mejillas y la frente de Keven; luego le alisó los cabellos y se sentó en el borde de la cama.
—Tienes fiebre... Prueba a comer algo —le rogó.
—Temo que no me encuentres muy presentable —contestó, señalando a la suciedad de su camisa.
—Esto es Soledad, Keven —le dijo ella, simplemente. Luego le instó para que se incorporase en la cama, le colocó una almohada en la espalda y la bandeja sobre las rodillas. Zarzamoras y nata, jamón y huevos, pan tostado y una buena taza de café, le revelaron la evidente circunstancia de que estaba hambriento.
Mientras comía, ella no cesaba de mirarle, con cierta gravedad. Sus ojos le estudiaban con esa aguda perspicacia que solamente posee la sensibilidad de la mujer. El día anterior ella había estado interesada, profundamente, en el pasado; ahora su interés estaba en el presente inmediato. Su seguridad, su belleza y su determinación asustaban a Keven. ¿Qué podría decirle u ofrecerle?
—Tenías hambre, Kev —observó Beryl—. Y me parece que tienes fiebre...
—No creo que sea nada de importancia; un resfriado, tal vez... Me levantaré dentro de un rato, y daré una vuelta, para entrar en reacción.
Cuando ella tomó de nuevo la bandeja, una de sus manos rozó ligeramente la de Keven; luego, volvió Beryl a colocar aquella mano sobre la ardorosa frente del enfermo.
—Kev, estás enfermo... y hondamente preocupado —le dijo.
Lentamente, el enfermo se hundió de nuevo entre las sábanas, recobrando su postura horizontal. Sus ojos volvieron a encontrarse con los de la muchacha, que parecían infundirle valor.
—Las dos cosas, Beryl... Quiero decirte una cosa: en el Ejército me acostumbré a beber, porque así se mitigaban mis dolores físicos. En Costa del Oro, mi socio, también era bebedor. En el río siempre estábamos calados y tiritando de frío... Volví a beber. Me daba un falso vigor la bebida. Ahora hace dos días que no lo pruebo; esta mañana me hubiese hecho falta beber algo... Pero no quiero... No beberé nunca más..., ¡nunca!
—Me gusta oírte decir eso, porque odio la bebida —replicó la muchacha—.
Antes de regresar a casa, vi muchas cosas en Roseburg. Mi tía tiene una posada en las afueras del pueblo, junto al río. Un lugar muy bonito. Los coches y camiones suelen parar allí. Yo servía a menudo bocadillos, que los hombres acompañaban con botellas de vino. Ese mayor Atwell, que tan infamemente habló de ti, venía por allí con una muchacha de El Paso llamada Brandeth. ¿No la conoces, Keven?
—¿Rosamunda Brandeth? Sí, la conozco —replicó Keven con prevención. ¿Qué es lo que iría a decirle Beryl a continuación?
—Él la emborrachó una vez —siguió diciendo la muchacha—; aquello me disgustó muchísimo... Luego, el Mayor dio en la manía de venir solo e intentó hacer lo mismo conmigo...
—¿Hizo eso? —preguntó Keven, consciente de una nueva subida de sangre a la cabeza—. Tengo entendido que Atwell fue siempre un canalla con las mujeres.
¿Qué fue lo que consiguió contigo?
Los labios rojos de la muchacha se entreabrieron y dejaron ver la doble hilera de unos dientes blanquísimos e iguales, como sarta de perlas. Se echó a reír.
—No consiguió nada de mí, en absoluto. En cuanto me di cuenta de que venía a buscarme a mí... ¡ah Kev, yo soy una muchacha insociable y estúpida, criada en el campo, casi salvaje! En cuanto comprendí sus propósitos, te digo..., ¡no me volvió a echar la vista encima! Muy poco después, me vine a casa.
—Dime, Beryl: ¿tú leíste lo que Atwell publicó en el periódico acerca de mi...
intento de homicidio? —le preguntó Keven, con acento de duda.
—Me lo contó papá. Y me avergüenzo de haber dudado de que aquello de tu locura pudiera ser cierto... Ahora bien, lo que me hizo siempre vibrar de rabia fue esa infamia de las hermanas Carstone, que quiso atribuirte hace más de dos años...
—Entonces... ¿tú no diste crédito a esa historia? —preguntó Keven, tragando saliva con notoria dificultad.
—Yo sabía de sobra que tú no eras capaz de una acción semejante —replicó, con una mirada significativa.
—¡Ah!... Me alegro de que pensaras así.
—Ahora dime, Kev: ¿es eso lo que te tenía preocupado?
—En cierto modo... Atwell me mandó detener en Costa del Oro. Estuve en la cárcel durante un mes. Quería implicarme en un sumario, pero falló en su intento.
Alguna persona de por allá debe de ser más lista y más influyente que el Mayor, puesto que éste no consiguió los papeles necesarios para mi traslado, que es lo que quería a toda costa.
—En la cárcel..., ¡un mes! —exclamó—. ¿Fue eso inmediatamente de llegar?
—Sí; y después de eso, ya no tuve suerte.
—Me pregunto por qué no me escribiste ni unas malas letras. ¡Cuántas veces me acerqué, a caballo, hasta Merrill, con la esperanza de encontrar alguna carta!
No llegó jamás.
—Garry y yo fuimos muy bien al principio —prosiguió Keven—. Acudíamos al mercado de salmones. Pero existe allí un gran antagonismo hacia los pescadores de la parte alta. Todos los pescadores nos hacían allí la guerra, de la peor manera. Acabaron destrozando nuestra red. Tuvimos que dedicarnos a pescar con anzuelo, y entonces nos hicieron un cerco y rechazaron nuestro pescado.
Tuvimos que cederlo a un precio miserable, de manera forzosa. Y escucha esto, Beryl: el director de todas estas sucias maniobras no era otro que tu buen amigo, el mayor Atwell.
—El malvado Atwell, le llamaban en Roseburg... Y no le llames «mi amigo», porque yo lo aborrezco —replicó Beryl con los ojos brillantes y la cara encendida—.
De manera que el muy canalla andaba detrás de ti... ¡Qué infame! Yo hubiera hecho algo más que partirle la cabeza, de haber sido un hombre.
Keven encontró aquella forma de pensar de Beryl extraordinariamente dulce y vivificante. Echaba de menos una elocuencia homérica para hacer partícipe a semejante campeona de sus penas, de sus inquietudes y de su secreto, que ya no podía ocultarle por más tiempo.
—Escucha, Beryl, yo estoy en una grave dificultad.. ¡Maté a un hombre! —confesó, al fin, usando el menor número posible de palabras.
Ella le lanzó una angustiosa mirada de espanto, y luego se arrodilló, lentamente, al borde de la cama.
—¡Kev!... ¿Hablas en serio? —gimió, retorciéndose las manos.
—Es la verdad... Maté a un pescador llamado Mulligan —aseguró Keven, con amargura—. Le clavé mi cuchillo en la garganta... Pero no estoy arrepentido en manera alguna.
—¡Dios mío! —se quejé ella, palideciendo intensamente—. ¿Qué es lo que has hecho, Kev?... ¡Oh, querido mío, qué cosa más terrible! —luego se echó a llorar convulsivamente, hundiendo la cara entre las ropas de la cama.
Keven le acarició los cabellos y trató de consolarla.
—Fue en legítima defensa, Beryl —le dijo, en tono suplicante y apasionado—.
No soy un asesino... Iba a matar a mi compañero, a Garry... ¡Y creo que consiguió su propósito! Levántate, Beryl, y no llores. No es la cosa tan terrible como parece.
Escucha. Déjame contarte la historia entera.
La seguridad y la vehemencia de aquellas palabras parecieron mitigar en algo su terror. Se enderezó, manteniéndose, no obstante, arrodillada, y fijó en él los ojos, húmedos todavía por el llanto reciente. Keven empezó a contarle lo sucedido, empezando por su agresión al mayor Atwell; luego siguió explicando todo lo ocurrido en Costa del Oro, el encierro en la prisión, la destrucción de la red, la guerra sorda desatada contra ellos, su penuria, los incidentes en el «Ojo del Buey» y el descubrimiento final de aquella red trucada, con malla antirreglamentaria y criminal de cuatro pulgadas... Terminó relatando la lucha sostenida en el río, la muerte inevitable de Mulligan y su huida con dirección al Sur.
—¡Oh Keven! ¡Gracias a Dios que las cosas no son como había sospechado en un principio! —murmuró—. ¡Me has asustado de veras!
—La cosa es muy desagradable de todos modos. No podré probar mi inocencia.
—La verdad siempre resplandece.
—A veces no —objetó él, amargamente.
—Debes dejar correr las cosas, sin forzar su desarrollo normal —replicó Beryl con seguridad—. Tu inocencia resplandecerá. Para eso tienes amigos que lucharán a tu lado.
—Prefiero morir antes que verme encarcelado de nuevo —exclamó Keven—.
Atwell es fuerte y poderoso en esta región. Él y Brandeth manejan todo el tinglado de las industrias conserveras. Me acosarán. Tienen dinero y mueven el cotarro político. El asunto de las mallas de cuatro pulgadas, si sale a luz, les haría mucho daño. No se detendrán ante nada. No tengo escapatoria, Beryl; me cogerán... ¡y me ahorcarán!
Ante aquellas palabras, la muchacha estuvo a punto de desfallecer. Gimió:
—No, no..., ¡no digas eso, Kev, por amor de Dios! Si tus enemigos son tan poderosos y resueltos como dices, ¿por qué querías seguir viaje a El Paso? —hecha esta pregunta, Beryl se le quedó mirando, en forma inquisitiva, y él se sintió acobardado.
—Tú no viniste aquí a esconderte —prosiguió ella—. No tenías el proyecto de escapar... Alguna otra idea había en tu cabeza, Kev. Alguna idea turbia, no lo niegues... ¡Tú intentabas matar al hombre que te ha arruinado!
Keven permaneció callado, incapaz de negar o de asentir. Ante las pruebas de amor que Beryl le había dado su posición resultaba angustiosamente incómoda. Le parecía repugnante seguir engañando a la que tanta lealtad le ha-bía demostrado; pero, por otra parte, ¿podía ser en este caso completamente sincero? ¿Podía hacer a la muchacha partícipe de aquellos planes, que no harían sino aumentar terriblemente sus sufrimientos?... Se sentía desconcertado, preso en un callejón sin salida, tan aturdido como si estuviese golpeándose la cabeza contra un muro. Luego, consciente de su incapacidad para dar solución a aquel problema, se dejó abatir por una evidente congoja. Beryl vio confirmados sus temores.
—Escucha, Keven —le dijo—; me parece que tu cabeza no razona con el juicio que sería lícito esperar de ti. Matar a ese Atwell sería un acto fatal. ¡Una estu-pidez! No sería digno de ti, y a mí me destrozaría el alma... ¡Oh, yo te lo ruego, te lo pido con todo el corazón, renuncia a ello! Piensa en tu viejo padre, en mi amor, en la fe que te tuve siempre... Quédate aquí, en Soledad. Conozco un buen lugar, una cueva escondida, allá en la montaña. Podrías vivir allí años enteros, y nadie daría con tu paradero. Yo iría a verte todos los días... Haríamos excursiones por la montaña... Podrías cazar. Las pieles valen ahora mucho dinero, y la distracción podría darte a la vez un buen provecho. También hay oro en esas montañas.
Algunas veces podrías incluso bajar al Rogue para pescar un rato... Por aquí no vienen más que los mercaderes ambulantes y el correo, y para eso, nosotros conocemos perfectamente sus horas de paso. Papá nos guardaría el secreto, y con respecto al indio que nos ayuda..., es mudo. Estarías a salvo y viviríamos juntos. Mientras tanto, Kev, se haría la luz sobre el caso y tu inocencia quedaría patente. Algo ocurrirá, estoy segura, para que puedas reintegrarte a la sociedad de los hombres... ¡Oh, ten confianza en mí, Kev, y hazlo como te digo!
Keven había cerrado los ojos, deslumbrado por aquel fuerte y poderoso espíritu de Beryl, tendido, como un arco protector, hacia él. La elocuencia de la muchacha, sus palabras encendidas, sus razonamientos y sus sugerencias, iban adentrándose en su corazón y enroscándose allí, como una hiedra protectora, capaz de desarraigar los turbios sentimientos que anidaban en él. Al fin, incapaz de resistirse por más tiempo a la dulce y embriagadora sugestión de aquella voz suplicante, gimió, en un murmullo apagado:
—Está bien, Beryl, me quedaré... Haré lo que quieras... Es cierto que tenía la idea de matarle; pero tú me has salvado de mí mismo. ¡Gracias!
Sollozando, ella dejó caer la cabeza sobre el pecho del enfermo. Casi inmediatamente, el perro negro que dormitaba en el vestíbulo enderezó las orejas, y luego, de un salto, se puso de pie y arrancó en una veloz carrera. Un verdadero coro de ladridos llegó desde la parte exterior.
—¡Es papá! —gritó Beryl con júbilo, levantándose también y dirigiéndose a la puerta de la cabaña.
—¿Estás segura? —le preguntó todavía Keven, temeroso de que algún azar imprevisto llegara a turbarle su maravillosa quietud.
—Conozco el lenguaje de los perros, Keven; los entiendo —contestó ella riendo—. ¡Es papá! Y viene solo; no tienes por qué preocuparte.
—Suponte que trajera malas noticias.
—No lo creo... ¡Mis plegarias han sido oídas, Kev! —Bueno; tráelo aquí; pero no le digas nada, excepto que yo estoy en Soledad.
Cuando la muchacha hubo salido, por fin, de la estancia, Keven en enderezó en la cama, como preparándose para recibir a Aard. El viajero podría traer noticias de Costa del Oro, y él se preguntaba de qué naturaleza podrían ser tales noticias. Temía lo peor. Los segundos se le hacían interminables, y el regreso de Beryl, que no había hecho más que salir de allí, le preocupaba ya, antojándosele que tardaba demasiado. Por fin, oyó el rumor de las voces cercanas; llegaban a la cabaña el padre y la hija, conversando animadamente. Luego, la muchacha estuvo otra vez a su lado radiante y jubilosa; detrás de ella se recortó la alta y oscura silueta de Aard, haciendo tintinear las espuelas. Keven había esperado en su amigo un rostro grave y unos ojos inquisitivos, buscando en los suyos la prueba de una culpabilidad ya extendida a los cuatro vientos. Pero se equivocó.
Por una vez, la cara de Aard era expresiva y tenía un regocijado gesto de sorpresa, cosa desusada en aquel rostro imperturbable que no dejaba jamás traslucir sus impresiones. Con los brazos extendidos, se dirigió al enfermo, diciendo:
—¡Oh, mi querido amigo Kev, el empedernido pescador de salmones, cuánto me alegra verte! —y al decir esto, tomó entre la suya una de las manos del enfermo, que apretó fuertemente—. ¿Cómo va eso?
Eran los ojos de Keven los que se fijaban, inquisitivamente, en el recién llegado.
—Hola, Aard... Ya estoy casi bien, gracias a los cuidados de Beryl.
—Pero, ¿qué ha sido eso?
—Enfriamiento, me parece. Anduve mucho, sin descansar, y luego me acosté con las ropas mojadas.
—Te encuentro mala cara, desde luego; pero no te veo tan grave como Beryl me aseguró.
Keven se incorporó todavía más en el lecho y tomó una de las manos de Beryl, que estaba a su lado, mirándole con un gesto lleno de inquietud.
—No estoy enfermo, Aard; agotado nada más —dijo.
—Ya lo veo. Y me doy cuenta de lo exagerados que son en Costa de Oro.
Agotado es lo que estás, pero va mucha diferencia entre eso y lo que decían por allí. —¿Qué decían? —preguntó Keven con curiosidad.
—Que te habías ahogado.
—¡Ahogado!
—Eso es lo que todo el mundo cree, Kev; ahogado, en unión de Garry, de Mulligan y de un par de pescadores más cuyos nombres no recuerdo. Se encontró vuestro esquife, medio hundido, ayer por la tarde. Fue achicado y llevado a la playa. Yo mismo tuve que identificarlo, aunque ya lo había hecho Stemm previamente. El sheriff, Blackwood, sin embargo, quería estar seguro... De modo que el río no quiso quedarse contigo, de una vez, ¿no es así?
—Parece que no, Aard. Mi cabeza está un poco revuelta y apenas me acuerdo de lo que ocurrió.
—Cuéntanos, papá —imploró Beryl—, cuéntanos todo lo que has oído por allí.
—No mucho —prosiguió Aard—; extrañé, antes que nada, el que Garry se dejara sorprender por las aguas del Rogue, que le eran tan conocidas. Parece que el río experimentó una súbita crecida de unos diez pies. Recuerdo una subida igual de hace unos años... Bueno; la crecida sorprendió en la boca del río a algunos pescadores que lo pasaron mal. Mulligan es seguro que se ahogó. Se encontró su bote en el mar, con su chaqueta y algún salmón; iba a la deriva.
También se ahogaron otros dos pescadores que se empeñaron en salvar las redes. Y Huell se salvó de milagro; perdió su bote y estuvo batallando con la corriente, que lo arrastraba al mar; pero pudo ganar la orilla. Me lo conté él mismo. La mayoría de las embarcaciones, sin embargo, no se han perdido, sino que han ido a varar a las playas. Y ahora, Keven, ¿qué es lo que te ocurrió a ti?
—¿A mí? —musitó el enfermo—. Nada... A mí no me ocurrió nada.
—Pero te sorprendió la crecida, ¿no es así? ¿Iba Garry contigo en el esquife?
—Sí..., ¡pobre amigo mío!
—Entiendo. En ese caso no tienes que explicarme nada; me hago cargo de tu dolor. Garry era todo un hombre. Y ahora, Kev, ¿te vas a quedar con nosotros? Es lo mejor que podrías hacer, soldado, porque las cosas no te han ido bien, y Soledad es el mejor lugar para reponerse totalmente.
—Acaso tengas razón, Aard. Beryl dice que me debía quedar. Además, yo...
no tengo hogar, no tengo casa. Aunque no quiero ser una carga; tendré que trabajar.
—Claro que sí, una vez te pongas bien —replicó Aard, amablemente—. Beryl tiene sus ocupaciones, como habrás visto, y tú podrás ayudarme este invierno a cazar con trampa. Después, ya veremos...
—Vamos, papá —intervino Beryl—; voy a ayudarte a deshacer el equipaje. ¡Y como no me hayas traído todo lo que te encargué, vamos a tener guerra!
Desde la puerta, Beryl se volvió hacia él y Keven pudo ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Tú, ahora, duerme y descansa, Keven —le dijo—. No te preocupes mucho por lo de Garry; olvídalo... olvídalo todo... ¡Soledad te curará y te compensará de todo lo que has perdido! ¡Y para siempre!
Le dejaron solo, y una vez más se escuchó el alegre ladrido de los perros, que festejaban la llegada del amo. Kev permaneció quieto, inmóvil, con los brazos extendidos a lo largo de los costados, sobre las mantas. ¿Qué milagro había ocurrido? Se veía libre, de pronto, del fantasma de la horca. ¡Era todo tan extraordinario! Poco a poco su cabeza se fue negando a pensar y rechazó las ideas que le torturaban, produciéndole aquella especie de vacío mental una sensación de alivio, Solamente le quedaba conciencia de una cosa: de la estupenda verdad de que la vida era digna de ser vivida. Siempre y en todo momento. Allí estaba él, pocas horas antes un despojo miserable, abatido por toda suerte de infortunios y desgracias. Había llegado a perder incluso la fe en el mismo Dios, y ahora... ¡Qué terrible lección! La inquebrantable fe de una sencilla muchacha había hecho el milagro.
En todo lo ocurrido veía un claro y aleccionador significado. El noble sacrificio de Garry Lord junto a la traición canallesca de Gus Atwell. Siempre la balanza, inexorablemente, en su fiel providencial. Keven se encontraba ahora, humilde y arrepentido, en los umbrales de una nueva vida. Podría ser que jamás recobrara ya su vigor físico, sacrificado en aras de un falso mito patriótico; pero una cosa era cierta: había cobrado un nuevo vigor moral, una nueva confianza y una nueva fe en algo que está por encima de los mínimos y torpes empeños de los hombres.


XIII
Era ya bastante tarde cuando despertó por segunda vez. No tenía la menor idea del tiempo que había estado durmiendo, y su despertar no se debía a la dorada luz crepuscular que se filtraba por la ventana, ni a la reverberación de la misma al quebrarse sobre la superficie de las paredes. Era un dolor íntimo, una mordedura que conocía bien, lo que le había vuelto al estado de vigilia. ¡Hambre de alcohol! Sabía cómo apaciguar aquella bestia, y en realidad lo había hecho, con liberalidad, en los tiempos pasados. Pero estaba convencido de que tal conducta era contraproducente, y que el fingido alivio momentáneo que proporcionaba el alcohol era solamente una letra a plazo fijo, que luego había que pagar con grandes intereses. Con algún trabajo se tiró de la cama, se puso los pantalones y los zapatos y salió al exterior. La gran región de Soledad pareció enviarle su saludo. Hacia el río, la gran cortadura en forma de «V» que daba paso a la suave planicie del valle estaba velada por una neblina oscura, por encima de la cual el sol doraba los altos picos de las montañas. El Rogue corría hacia abajo, teñido de rojo y de blanco, mientras del otro extremo, cerca de la curva que daba acceso al «rápido», la paleta embrujada del sol teñía las aguas de un hermoso color topacio.
Era un momento único y encantador, que parecía haber estado aguardando su aparición para embriagar a Keven con su encanto. Cuando el sol acabó de hundirse tras las montañas, el río tuvo unos segundos en que apareció de un color rojo intenso, como la sangre. Keven vio grandes bandadas de patos que volaban en dirección a la curva del río, recortando sobre el telón gris del firmamento sus siluetas oscuras. Desde el arroyuelo que corría detrás de la cabaña, a su izquierda, le llegaban las armoniosas notas del canto de un mirlo.
Lentamente dirigió los pasos hacia la masa de rocas que se levantaba en las márgenes del arroyuelo. Allí, bajo la umbría de los pinos y los abetos, el ambiente era fresco, velado, aromatizado y melodioso. El agua era tan clara, que la arena y los guijarros se distinguían nítidamente en el fondo. Él se inclinó sobre el caudal y, haciendo una especie de taza con las dos manos, tomó de aquella agua pura y fresca y bebió con ansia. En un tiempo pasado, no muy lejano ciertamente, aquella bebida era la ideal para Keven, la única que satisfacía plenamente su sed. —Ahora, no; ahora era otra cosa, pero tendría que aficionarse nuevamente al agua. «¡Al demonio con el alcohol!», se dijo. Era uno de los vicios que tenía que desarraigar a toda costa. Siguió bebiendo agua. Luego, como en una asociación de ideas, volvió a murmurar: «¡Y al demonio con las guerras!... ¡Y con las muchachas frívolas, de labios pintados y cejas depiladas!... ¡Y con el juego!...» ¡Y con todos los refinamientos del mundo egoísta y material, que tanto le habían atraído!
Clara y fría, como aquel agua, sonaba su voz al proferir con resolución estas maldiciones. Y aquello pareció ser el final. Tarde, muy tarde, había llegado el momento; pero había llegado al fin. Los afanes, las luchas de los hombres habían dejado de interesarle. El dinero, el éxito, la posición social, todas esas cosas que en otro tiempo le habían hecho suspirar, eran ya para él nada más que simples quimeras. Y cuando se incorporó de aquellas aguas cristalinas para regresar a la cabaña, le pareció haber visto allí todo un pasado.
En la puerta de la cabaña, mirándole con gesto de reproche, vio a Beryl.
—Eres un niño incorregible, Kev —le dijo—. Vamos adentro y siéntate en seguida—. Luego se dirigió a uno de los perros, que había enderezado las orejas y estaba gruñendo malhumoradamente ante la presencia del muchacho—: ¡Calla, Curry! —ordenó—. ¡Este es Keven Bell! Es un gran cazador, y pronto tendrás ocasión de convencerte de ello... ¡A callar!
—Cazador? —preguntó Keven, regocijado, mientras se dejaba caer en una de las rústicas pero cómodas mecedoras—. Siento una cosa en las piernas como para no poder dar nunca más de diez pasos seguidos. Podré cargar las escopetas, en todo caso.
—Escucha, Kev; papá me dijo que tenías cara de no haberte alimentado lo suficiente. ¿Qué comíais allí?
—Pescado, la mayoría de las veces; luego, pan y café... Empezamos muy bien. Al principio compramos verduras en conserva. Garry era un buen cocinero... Pero luego, cuando las cosas fueron mal... Bueno, no hay que hablar de eso.
—No importa; aquí será otra cosa. Escucha, Keven: tenemos por aquí frutas, manzanas, zarzamoras, melocotones —dijo, con una encantadora sonrisa—.
Tenemos leche y queso... Criamos pollos, pavos y cerdos. Cocemos nuestro pan, pan moreno, que es el que me gusta más. Yo misma lo amaso y lo cuezo, pues soy una excelente panadera, si es que quiere el «señor» enterarse. Hago mantequilla.
Preparo conservas de frutas... Ya va siendo tiempo de envasar el melocotón.
También ahúmo salmón, cuando lo pescamos... y ya sabes que lo pescamos cada vez que me decido a asomarme al río. Luego, apenas la nieve ha aparecido en los picos de las montañas, preparo el vino de las uvas silvestres. Y a veces, cuando papá sale de cacería, carne de oso o de jabalí. Y también tenemos...
—Beryl, estoy abrumado —la interrumpió, riendo—. Comeré hasta que me muera, puedes estar segura. Pero hay una cosa que quiero aclarar: has dicho «salmón siempre que me decido a asomarme al río», ¿no es eso?
—Eso es; eso dije.
—¡Beryl!
—¡Ah, el celoso pescador sale a relucir! —replicó ella, dando una alegre palmada—. Pero, Kev, no lo extrañes... ¡Yo sé dónde tengo que ir!
—Soy pescador y me parece un poco presumida tu afirmación... ¡Pescar siempre que quieras!
—Te he dicho que tengo mis cebos especiales, que nunca fallan... Y sé dónde echar el anzuelo.
Ninguna otra conversación podría Beryl haber iniciado que ofreciese mayor interés a Keven. Pero estaba a punto de continuar su argumentación, cuando la aparición de Aard dejó aplazado el tema. Iba el cazador en mangas de camisa, con la cabeza descubierta, mostrando la fuerte anatomía de sus músculos entrenados y curtidos por el ejercicio al aire libre. Había oído parte de la discusión, y terció en ella con estas palabras:
—No discutas con ella, hijo. Beryl hace en el río lo que le viene en gana. Es la pescadora de más suerte de todo el Rogue.
—No es suerte, papá. ¿No conozco también, como a los salmones, a todos los animales del bosque? Si yo te dijese dónde están todas las nutrias, los visones y las martas de Soledad, pronto nos quedaríamos sin ninguno.
—¿Fue bueno el invierno pasado, Aard? —preguntó Keven, riendo.
—No fue malo del todo. Llevé a Portland unas quinientas pieles, casi todas de visón. Las nutrias andan más escasas; pero quedan algunas...
—¡Quinientas pieles! —exclamó Keven—. ¡Se dan bien las trampas en Soledad!
—Muy bien =-convino Aard, de buen humor—. Esto está muy extraviado, y vienen poquísimos cazadores. Prácticamente me lo dejan todo a mí. Y ningún trampero, desde luego. Confío en que ahora me ayudarás tú, y te garantizo una ganancia superior a la que produce el mercado de salmones.
—Gracias, Aard —replicó Keven, sinceramente reconocido—. ¡Naturalmente que te ayudaré!
La amabilidad y la gentileza de aquellos amigos, le tenían abrumado. Con aquella promesa del cazador, sus puentes quedaban definitivamente rotos detrás de él. Hasta aquel instante su decisión de permanecer en Soledad no había sido firme; su voluntad oscilaba, vacilaba ante la seducción de aquella vida de paz, junto a Beryl, y la posibilidad de perjudicar gravemente a la muchacha si alguna vez las cosas salían a relucir. Pero ahora sus dudas habían acabado.
—A mí no me gusta eso de las trampas, Kev —aseguró Beryl—; es cosa que odio. He visto muchas veces alguna de las trampas puesta por papá, con una pata prendida en ella, rota y sangrante, que pertenecía a un pobre animalito de Dios, el cual prefirió mil veces la infame mutilación a la pérdida de libertad...
Keven palideció intensamente. Jamás había oído nada semejante, y la información de Beryl amenazaba nublar considerablemente la alegría y el afán prometidos por la nueva actividad en perspectiva.
—¡Niñerías! Todos tenemos que vivir, Beryl! —contestó Aard, con disgusto—. Y tenemos que abrigarnos y calzar nuestros pies. No eres tan sensitiva, en cambio, para sacar del agua a un salmón, vivito y coleando.
—Pero eso es distinto, papá. Un pez no tiene sentimientos... ¡No es comparación!
Keven hizo lo posible por mudar el tema de la conversación; estaba convencido de que no podría llegarse a una fórmula de asentimiento, porque Beryl tenía un temperamento especial y sus ideas respondían a la bondad extraordinaria de su corazón, cuyo amor se extendía a los animales y las cosas en una medida desusada. Aard, para acabar de contentarla, dijo:
—Naturalmente, algún día dejaré de cazar con trampa; quizá no tarde mucho.
Ya tengo diez acres plantados de manzanos. Las manzanas del Oregón alcanzan buen precio. Es un terreno que está un poco más abajo, muy soleado, casi tan bueno como los de la parte alta. Lo único que quisiera es encontrar más sitio para plantar, y eso puede conseguirse en la montaña, que tiene agua muy buena. Te digo, Keven, que deberías decidirte a adoptar estas tierras como patria chica.
Hay mucho que hacer.
—¿Puede uno tomar terreno por aquí, en el lugar que le plazca?
—Dicen que no puede hacerse, pero los mestizos lo hacen y nadie se mete con ellos. Yo vine aquí hace veinte años, cuando las cascadas no formaban parte de los terrenos oficiales del Estado. Han intentado echarme, pero no lo han conseguido. No tengo escritura de propiedad de estas tierras, pero son mías y puedo probarlo cuando quieran. Además, puedes declarar un coto minero, de unos veinte acres, y mientras estés establecido en él y lo trabajes, nadie puede decirte una palabra. De ese modo puedes hacerte también con un pedazo de terreno.
—No sabía eso, Aard —respondió Keven, interesado.
—Y lo haré..., ¡claro que lo haré!
—Escucha, Keven —intervino Beryl—. ¿No te acuerdas de ese terreno que está junto al criadero de las truchas, después de la curva? Es una tierra maravillosa...
¡Y es mía!
Y de esta forma continuaron hablando durante largo rato. Keven pudo darse cuenta de que Aard vivía espléndidamente, con toda clase de comodidades, a pesar de hallarse instalado en plena Naturaleza, a cincuenta millas aproximadamente de la primera carretera apropiada a vehículos de motor. La cabaña principal, aunque construida de troncos gruesos, era amplia y estaba perfectamente acondicionada.
Keven se empeñó en recordar todo aquello con arreglo a como estuviera cuatro años atrás, con ocasión de su última visita, y se dijo, después de algunas cavilaciones, que la prosperidad de Aard había aumentado, indudablemente, en aquellos años, por cuanto la mayoría de aquellas cosas le resultaban completamente nuevas. Y, como es lógico, dedujo que el trampero debía de haber contado con otros medios.
—Escucha, Aard: yo no tengo ni un trapo que ponerme, aparte de esos harapos que guardo en la mochila —le dijo Keven, de pronto.
—Bien, eso se arregla fácilmente —le contestó el cazador—. Monta a caballo y lárgate hasta Illahe. Allí hay un almacén, y puedes comprar todo lo que quieras.
—Es que... no tengo un céntimo —confesó Keven, con cierta vergüenza, pero decidido a poner a su amigo al tanto de la verdadera situación.
—Eso no tiene importancia —objetó Aard con indiferencia—. Beryl puede prestarte lo que necesites. Es la tesorera, la cajera, el contable... y el «mandamás»
de todo este contorno.
—Mañana —intervino Beryl, jubilosa —iremos juntos a Illahe. —Luego su cara se ensombreció y dijo—: Pero, ahora me acuerdo de que no estás fuerte todavía para hacer esa excursión.
—Si tienes un caballo noble y vamos despacio, me atrevo a ir —aseguró el huésped.
—Puedes prepararle a Keven la yegua —sugirió Aard.
—Es muy noble, pero a veces se espanta de cualquier cosa —dijo Beryl, meneando la cabeza—. Probaremos con Sam; es un mulo, pero creo irás bien.
Después, la conversación fue interrumpida para pasar al comedor. Beryl se colgó del brazo de Keven, apretándose contra él amorosamente. Estaba radiante, satisfecha, contenta a todas luces. Si él era la causa de aquella alegría y aquella satisfacción, ¡qué gran responsabilidad la suya! La idea le producía un placer melancólico, pero mil dudas le asaltaban íntimamente. ¿Sería capaz de dar satisfacción a aquellos anhelos? ¿Qué podría hacer él, enfermo y arruinado moralmente?
Keven se sentó a la mesa y pudo gozar de una suculenta y opípara comida que, a pesar de todo, no le dejó satisfecho, pues su estómago estaba completamente estragado por el alcohol. Experimentó al comprobarlo una honda y desalentadora amargura; pero no se desesperó por ello. Aquella molesta sensación, estaba seguro, iría desapareciendo poco a poco, hasta dejarle del todo.
—¿Tú no fumas, Kev? —le preguntó Aard, al tiempo que se disponía a encender la pipa.
—Sí, he fumado bastante otras veces; pero solamente «clavos de ataúd.
—¿Qué es eso? —continuó Aard, regocijado.
—Cigarrillos; así les llamábamos en el Ejército.
—No comprendo qué placer pueda proporcionar el tabaco —intervino Beryl—.
La mayoría de las muchachas que iban a casa de la tía Lucy, en Roseburg, fumaban cigarrillos. Se tragaban el humo, y luego lo echaban por la nariz.
Aquello me ponía nerviosa. ¿Cómo se puede oler en el campo la fragancia de los pinos, del mirto y de la lila si tiene uno las narices llenas de humo? Ese pensamiento es el que me hacía apreciar más intensamente los maravillosos aromas del campo—. Luego se dirigió rápidamente a Keven—: Dime, Kev: ¿te gustaría a ti una muchacha que fumase?
—Bien, quizá.., si tenía otras muchas cualidades por las que se hiciera perdonar ese mal hábito. Cualidades buenas, claro está. Lo malo del caso es que la mayoría de las muchachas que fuman, beben además, y cuando beben...
No llegó a terminar la frase. Beryl le interrumpió de nuevo.
—Esa chica de Brandeth es de las que beben —dijo, sin dar mucha importancia a sus palabras.
—El alcohol es siempre malo, incluso para un hombre —aseguró Aard.
—Y dime, Beryl, puesto que estamos hablando de todas estas modas de ahora. ¿Te gustan los coches?
—¿Qué clase de coches? ¿De caballos?
—No; automóviles, desde luego. ¿Te gustaría conducir un auto?
—Creo que no. Prefiero el hacha y que me pongan un pino por delante...
Aard se echó a reír.
—Ya te he dicho, Kev, que no hay quien la iguale con un hacha en la mano. Ha sido su juguete preferido desde pequeña.
—No es un juguete muy apropiado para una niña. ¿Cómo te aficionaste a eso, Beryl? —preguntó Keven, interesado.
—Cuando yo era pequeña éramos muy pobres —replicó la muchacha, con aquella simplicidad que tanto encantaba a Keven—. Papá estaba casi siempre en el bosque, de cacería; mamá estaba enferma... Yo tenía que ir por leña.
—¿Dónde fuiste a la escuela?
—¡Yo no fui nunca a la escuela! —contestó ella riendo—. Mi escuela fue el bosque.
—Has ido a la escuela algún tiempo, en casa de tu tía —corrigió el padre, en tono de reconvención—. Tu madre era, además, muy instruida... Y tampoco tu padre es un ignorante.
—Sí, fui a la escuela en Roseburg, durante cuatro años —explicó Beryl—. Me comí los libros crudos. No me gustaba ir con los muchachos ni las muchachas de allí. Echaba de menos Soledad, y como me aburría, me dediqué a estudiar.
—Creo que yo no podría enseñarte nada —le dijo Keven—, como no fuera a echar un anzuelo y pescar un buen salmón...
—¡Cómo! —replicó Beryl con vehemencia—. No presumas de eso, Kev, pues bien sabes que puedo pescar en círculo, a tu alrededor, sin dejarte que veas un solo pez. Hace cuatro años eras un parvulillo y yo tuve que enseñarte muchas cosas, aunque ya presumías de ser un pescador maravilloso... Te enseñé dónde estaban la trucha y el salmón, la manera de componer el cebo, la hora más propicia para echar el anzuelo y muchas otras cosas que desconocías. Aún me río al recordar aquel monstruo que dejaste escapar... ¿Crees que se me habría ido a mí, si hubiera sido yo quien sujetó el cabo?
—Es posible que no —contestó Keven, complacido por el recuerdo de aquellas escenas, que volvían a su memoria llenas de colorido y fidelidad. Luego se dirigió a Aard Creo que no podré ganarme la vida con la pesca, Aard —dijo—. Bien sabe Dios que es lo que más me gusta en el mundo, y que me pasaría la vida en el río, bajo la sabia dirección de Beryl. Pero tengo que trabajar en algo más positivo.
¿Tienes algún trabajo para mí, algo que pueda justificar mi existencia en Soledad?
Aard dio una larga chupada a su pipa y tardó algún tiempo en contestar.
Luego replicó:
—Eso es preciso verlo con calma, despacio... —Era hombre que no tenía nunca la menor prisa, con los nervios templados y una paciencia amasada en las incidencias diarias del bosque o el río—. En primer lugar, no pareces estar fuerte del todo... Aunque sea meterme donde no me llaman, ¿has bebido mucho últimamente, Keven?
—Sí, bastante; no con exageración, pero demasiado para mí —admitió el interpelado—. No es que me gustase el alcohol, que siempre he detestado, pero los dolores físicos me impulsaron a buscar en él un lenitivo. No obstante, eso se acabó para siempre, Aard. ¡Para siempre!
—Bien; precisamente te iba a decir que ese vicio, aquí en Soledad, no habría de ayudarte gran cosa. A Beryl tampoco le agradan mucho los borrachos, ¿no es eso, muchacha?
—¡Oh, papá, por Dios..., deja de mortificar a Keven! —replicó ella—. Ya sabe él que ese hábito no me agrada, y no hay que hablar más de ello. Keven ha pasado por una dura prueba, y todavía no está repuesto del todo. Continúa enfermo. Se curará entre nosotros...
—De acuerdo; estoy convencido de que su decisión de abandonar el alcohol es firme. A ti más que a nadie te incumbe el ayudarle en su proyecto de desintoxicación alcohólica, y si no lo haces..., ¡diré que no tienes sangre india!
—¿Sangre india? —preguntó Keven, asombrado—. ¿Es que Beryl tiene sangre india?
—Yo diría que es india del todo —contestó el padre, regocijado—. Pero la realidad es que lleva esa sangre en las venas. La abuela de Beryl era mestiza.
Tuvo una niña de un inglés, un buscador de oro, y por lo tanto puede decirse que Beryl tiene un octavo de sangre india; de ahí su pasión por las praderas y las montañas. Y no creas, Kev, siempre estuve orgulloso de esa gota de sangre india que tenía su madre. ¡Era una mujer completa! Si me la hubiese traído antes aquí, a Soledad, quizá viviera todavía... Pero, bueno, Kev, volviendo a nuestra conversación relativa a tu ocupación, veamos: están el jardín y el huerto. Hay que hacer cosas en ellos, trabajar, cultivarlos, reparar parte de la cerca y tender mucha más en trozos que la necesitan. Tenemos que deshacernos, asimismo, de una cierva que acostumbra entrar de madrugada y me estropea toda la labor. Yo ya la habría matado, pero Beryl no quiere porque dice que debe de tener la camada por ahí, y todas esas simplezas y sentimentalismos... Bueno; tú puedes acecharla una noche y darle un buen susto. Si, además, tenemos carne para una temporada, mejor, aunque se enfade Beryl. También tenemos que hacer leña para el invierno. De noche, junto al fuego, tú y Beryl podéis ayudarme a tejer cuerda. Sin contar con que a partir de ahora, hasta noviembre, hay que pescar truchas para ahumarlas y conservarlas durante la estación del frío. . . Claro que todo esto no son más que entretenimientos, por decirlo así. Luego llegará nuestra verdadera ocupación, la que ha de dejarnos un buen provecho: las pieles.
—Excelente exclamó Kev—; veo que no tendré ocasión de aburrirme por falta de trabajo.
—Pero toma las cosas con calma, Kev. Aquí, en Soledad, nadie tiene prisa —le dijo Aard.
—Es bueno que digas eso a Kev, papá, pues podría tomar la cosa por la tremenda y agotarse mucho más de lo que está. Además, debes decirle que desde el mes de noviembre hasta la primavera estamos, por decirlo así, blo-queados.
—¿Es muy duro el invierno aquí? —preguntó Keven.
—En el valle precisamente, no; pero arriba, en las alturas, la nieve dura algunos meses.
—Además, Keven —intervino Beryl—, algunas veces me tendrás que ayudar a poner en orden mis libros y mis cuentas... No hay que hacer pensar a Keven que todo va a ser trabajo manual —agregó, mirando a su padre.
—Yo no he dicho eso —convino Aard.
A la memoria de Keven volvieron, con un sentimiento de amargo reproche, las escenas de su vida y su conducta, allí en Soledad, unos años atrás. ¿Qué diría aquel hombre generoso, bueno y desinteresado, si supiese que él había hecho la corte a su hija, la había besado, la había deseado... para huir después y olvidarla con la más negra de las ingratitudes? Aquello era muy duro para su sensibilidad, y la vergüenza le asomaba casi al rostro arrebolado. Molesto por la desagradable sensación que le producían estos pensamientos, se levantó.
—Bueno, ahora, si me lo permitís, será mejor que me vaya a la cama...
Quisiera decir algo que tengo aquí, en la garganta, pero no podré, porque no encuentro palabras; quisiera expresar mi agradecimiento por todo esto, Aard.
Dios conoce ese sentimiento, porque puede leerlo en mi corazón. Yo era una cosa rota y deshecha, y ahora...
—Escucha, Kev: no hables más de eso... Tú te salvarás «por la piel de tus dientes» —dijo Aard, enigmáticamente—. Nada más.
Antes de acostarse, Keven se asomó a la ventana de su cuarto y lanzó una ojeada al exterior, a las verdes colinas, envueltas ya en la sombra; al río, oculto entre brumas; al firmamento, cuajado de relucientes estrellas...
—¡Oh, Dios mío!... —musitó para sí mismo—. Necesito enamorarme perdidamente, locamente, de esta muchacha... Y me enamoraré, sin duda alguna, si es que me queda un resto de virilidad en la sangre..., ¡si es que soy un hombre todavía!


XIV
No consiguió cerrar los ojos hasta pasadas muchas horas de un atormentado insomnio, y cuando al fin se quedó dormido, cerca de la madrugada, su sueño fue más bien una pesadilla, llena de fantasmas y de visiones alucinantes. Pero en Soledad los amaneceres son de una belleza sublime, con su variada gama de colores y sus armonías múltiples, a las que sirve de fondo el perenne cantar del río. Y aquello hace que los horrores de la noche se disipen pronto, aplastados por la riente claridad de la vida.
Keven, venciendo una vez más al negro demonio de sus noches sin sueño, se levantó dispuesto a hacer lo único que era posible, como réplica al ataque del mortal enemigo: moverse, respirar, oler, oír, comer..., todo aquello, en fin, que por depender únicamente de su ser físico, estaba en oposición a los retorcimientos y dolores que venían de la mente, de la especulación y del intelecto.
La terrible sed alcohólica se le presentaba aquella mañana con un imperativo verdaderamente insoportable. Tenía la boca seca, y la angustia se extendía al esófago, al estómago, a los intestinos. Todo su ser ardía, materialmente, pidiendo a gritos la refrescante y engañosa medicina. Beryl no pudo sospechar, ni con mucho su verdadero estado de ánimo cuando se presentó delante de él, vestida con traje de montar, y le dijo:
—¿Te gusto con este traje?
Keven tuvo para ella un cumplido, pero aunque reconoció íntimamente que la muchacha estaba linda, con su talle ceñido y su busto prieto, arrebolado el rostro y brillantes los ojos, se dio también cuenta de que no experimentaba ante ella esa «misteriosa llamada», que hace deseables a las mujeres, en un sentido vehemente y pasional, muy lejano de la emoción puramente estética. —Sam es un mulo bastante noble —dijo Beryl cuando Keven salió con ella a la explanada, junto al cobertizo, donde Aard terminaba de ensillar las caballerías que habrían de llevarles a Illahe—; pero se queda dormido en el camino. Cuando esto sucede, se queda parado de pronto. No tienes más que darle un pequeño tirón de las riendas, y reacciona en seguida.
Beryl montaba un caballo blanco, de bonita lámina, y al llegar al camino tomó la delantera y se colocó en cabeza, dispuesta a servir de guía. Se le antojó a Keven que la muchacha había sufrido algún cambio. Ahora iba en silencio y apenas volvía la vista atrás. Al internarse en el bosque había desaparecido la Beryl regocijada y festiva, para dejar paso a una viajera callada y circunspecta. Al caminar, la mano firme de Beryl iba acariciando con suavidad las agujas de los pinos, las hojas de los helechos, las rocas, los troncos nudosos de los árboles... No destruía nada, no arrancaba una sola brizna; se dedicaba a repartir caricias, mientras su cuerpo armonioso oscilaba suavemente con el balanceo del caballo.
En su interior, Keven le agradeció aquel silencio. Estaba pasando, en realidad, un mal rato. Sus ojos contemplaban sin entusiasmo el maravilloso paisaje.
Algunas millas más abajo, Keven hizo para sí un doble e interesante descubrimiento: primero, que se sentía terriblemente cansado, y segundo, que no le convenía lo más mínimo llegar a un sitio donde se expendiera alcohol.
Aquello último era un grave riesgo, una gran exposición. Tenía confianza en mantener su promesa, en seguir siendo un hombre..., pero era mejor evitar el peligro. Si sucumbía una vez más, estaba seguro de no volver a recuperarse en la vida. Estaba decidido a hacer lo imposible en obsequio a Beryl Aard; pero el organismo físico tenía sus imperativos, y en un momento podría, tal vez, traicionar sus mejores intenciones. En vista de ello, ideó rápidamente una pequeña treta para despistar a la muchacha. Al llegar a un pequeño claro, llamó a Beryl, con grandes voces, al tiempo que echaba pie a tierra y se dejaba caer sobre una gruesa piedra. Ella volvió grupas, alarmada, y apeándose también corrió a su lado, arrodillándose junto a él.
—¡Kev, Kev! —gritó—. ¿Qué te ocurre?
Sus ojos se encontraron con los de ella, que brillaban de temor en aquel instante.
—He pensado, Beryl, que será mejor que yo no siga.
—Pero... ¿por qué? ¿Qué te pasa? Ya sé que hace mucho que no montas a caballo... ¿Tienes algún dolor muscular? ¿Te sientes mal?
—Sí, eso es... —mintió—; me duele todo... La pierna, la cadera, los riñones...
Ella lo contempló fijamente durante unos instantes, luego dijo, con los rojos labios temblándole de temor: —¿No me estás engañando, Kev?
—¿Qué quieres decir? ¿Engañándote yo?
—Quiero decir si no habrás sentido algún mareo, algún desmayo, algo que sea peor que eso que dices... ¡No debes engañarme, Kev!
—Claro que no, Beryl: no estoy tan malo como te figuras... ¿Por qué habría de ocultártelo si fuera otra cosa? Es mi poco hábito de montar...
Súbitamente, ella acercó su oído al pecho de Kev y se empeñó en oír los latidos de su corazón. Kev pudo aspirar el penetrante perfume de su pelo, escuchar la respiración entrecortada de su pecho.
—¡Oh, si te ocurriera algo, Kev!...
—Puedes estar tranquila; yo descansaré aquí mientras tú regresas. Cuando vuelvas estaré perfectamente. ¿Te atreverías a ir sola?
—¡Claro que sí! Voy muchas veces a Illahe. Pero temo dejarte solo.
—Puedes irte tranquila.
—Bien; en ese caso, descansa; luego te recogeré... Y no pienso tardar mucho.
Keven le entregó la lista de sus necesidades, que ella repasó antes de volver a montar a caballo. Luego meneó la cabeza y dijo, con un tono de solicitud verdaderamente conmovedor:
—Escucha, Kev: aquí no has puesto ningún calzado. ¿Tienes algunas botas aparte de esa ruina que traías en la mochila?
—No, Beryl —contestó él sonriendo—; ya te dije que todo lo que poseo estaba allí. —En ese caso, necesitarás botas de monte, y zapatillas... ¿Qué número, Keven?
—El ocho.
—¿Y de sombrero?
—El siete... Como ves, tengo un pie grande y una cabeza chica; debiera ser al contrario.
Ella sonrió, sin hacer caso de la observación. Luego agregó:
—Es posible que no tengan alguna de las cosas que queremos; pero enviaremos a buscarlas a Portland. Lo mandan en paquete postal, aunque tarda dos semanas, y a veces más... También necesitas guantes. Bueno: yo compraré todo lo que crea necesario.
—Gracias, Beryl; eres muy amable —le dijo Keven, sinceramente reconocido—.
No me hagas la cuenta muy grande, en tal forma que luego no pueda pagar...
—Tú échate a dormir y no te preocupes de más —exclamó, montando de nuevo a caballo—. No tardaré.
Luego la vio cómo picaba espuelas y desaparecía en la espesura del bosque. Se sintió aliviado, aunque íntimamente resentido consigo mismo. «¡A esto he llegado, Dios mío!», murmuró. «¡Convertido en un embustero y un mendigo!» Su primer impulso fue adentrarse en el bosque y buscar un escondite; no porque temiese la aparición de persona alguna, sino para ocultarse de sí mismo. Terminó, sin embargo, por recostarse junto a una buena mata de arbusto, y allí se enfrascó de nuevo en el torbellino de sus pensamientos. La angustia de su garganta y de su estómago le subía en forma de basca, produciendo una especie de náusea desagradable, que terminaba siendo dolor agudo. Pero resistiría.
Conocía bien aquella mordedura terrible, que llegaba a su fase crítica, y luego, lentamente, disminuía su presión y su agobio. Era cuestión de esperar. Y enroscándose como un ovillo, con las manos puestas en la boca del estómago, se mantuvo quieto, muy quieto..., hasta que se quedó dormido.
Cuando abrió los ojos se sintió sacudido, mientras su visión se llenaba del verdor deslumbrante de los abetos.
—¡Kev, Kev..., despierta! —le llamaba Beryl, alegremente—. ¡Oh, qué dormido estabas!... Mira, mira todo eso: es para un tal Keven Bell.
—¡Cielos! —exclamó Keven—. ¿Has comprado la tienda entera?
—Casi todo lo que necesitaba.
El caballo de Beryl aparecía cargado de una innumerable cantidad de bultos y paquetes, que apenas le dejaban libre un pequeño trozo de montura.
—Es preciso volver a casa; yo voy a ir andando, para dar descanso al caballo.
Monta en seguida sobre Sam. El mulo, que estaba amarrado a poca distancia, fue traído junto a él por la mano diligente de Beryl; pero Keven rehusó, asimismo, la cabalgadura.
—Yo también iré andando, al menos un buen trecho.
Hacia el atardecer, hicieron su entrada en Soledad. Beryl condujo el caballo hasta la puerta de la cabaña, y allí, entre risas y bromas, empezó a desatar los paquetes, que fue depositando, ayudada por Keven, en el vestíbulo.
—Ya está, Kev —exclamó, cuando hubieron terminado la descarga de los bultos—; ahora, llévate eso a tu cuarto y desempaquétalo... Yo no quiero estar delante —agregó, con un mohín, mientras cogía las riendas de las dos cabalgaduras y se dirigía con ellas al cobertizo.
Media docena de viajes tuvo que hacer Keven, entre su habitación y el vestíbulo, para trasladar todos aquellos paquetes. ¿Qué sorpresa le reservaba todo aquello? Con verdadera curiosidad fue abriendo las cajas y desenvolviendo los papeles... Sobre la cama, que se llenó rápidamente, fue colocando los objetos, y cuando ya no era posible dejar más en ella los puso en el suelo... ¡Qué exageración! Al decir que había comprado toda la tienda, no estuvo muy lejos de la realidad. Los artículos que él había relacionado en su lista constituían una mínima parte. De haber sido Beryl la esposa o, simplemente, la cuidadora de un hombre enfermo, no habría provisto con mayor solicitud sus necesidades, allí, en la agreste y desamparada extensión de aquel paraje solitario. No faltaba un detalle, un objeto de uso personal, fuera necesario o, incluso, superfluo. Ni siquiera había olvidado esa serie de cosas que son amables para un hombre que ha de vivir su vida al aire libre, en plena Naturaleza: una linterna, n hacha, un gorro de piel, útiles de pescar, cabos y anzuelos. Luego, en el orden práctico, todo lo que una persona pudiese usar o necesitar en su propio hogar: una palangana, un espejo, jabón, toallas, útiles de afeitar, una navaja, una cartera... Y, aparte, una gran cantidad de ropa.
El arreglo de todo aquello le produjo una intima satisfacción. Se dijo:
«Cielos, ¿quién sería capaz de cuidarse de mí en una forma semejante?
Únicamente mi madre... No hay remedio: ¡la voy a querer! ¡Tengo que querer a esta muchacha!»
Keven se dedicó, luego, a la tarea de ponerse presentable. Se lavó, se afeitó y se puso ropa nueva. Eligió una de las camisas más llamativas, a cuadros negros y rojos. Las botas le estaban perfectamente, y aún le estarían mejor cuando sus pies curasen del todo de sus llagas y ampollas. Luego, se puso el cinturón de cuero, y vestido de aquella forma, salió para encontrar a Beryl, no sabiendo todavía si adoptar una actitud de alegría o de enfado por el dispendio. Pero, aunque lo intentó, no pudo hallarla. Se encontró, en cambio con Aard, que trabajaba en el huerto, y se ofreció para ayudarle en lo que sus fuerzas le permitieran.
Cuando, unas horas más tarde, Beryl les llamó para comer, Keven agradeció la invitación, pues ya se encontraba otra vez casi desfallecido. Después de la cena, pasaron al pequeño salón de Aard, y Beryl desapareció para volver, al poco rato, vestida con un precioso y sencillo traje blanco, que la cambiaba por completo a los ojos de Keven. Este se quedó contemplándola, durante unos instantes, con verdadera admiración. Ella se echó a reír, y luego se dirigió a su padre:
—Has visto lo elegante que está Kev, ¿eh, papá? —dijo, en tono festivo.
—Pues, tú..., ¡tú no estás mal tampoco! —replicó él, un tanto azorado.
Ingenuo y casi torpe, como era el cumplido, tuvo la virtud de hacer que las mejillas de Beryl se coloreasen ligeramente. Sus ojos también adquirieron un brillo particular.
—¿Lo dices por este vestido?... ¡Oh, deberías verme con otro mejor! —exclamó—. Pero eso no podrá ser hasta que papá nos lleve a Portland... ¿Cuándo nos llevarás, papá?
—Ya veremos; si las «trampas» se dan bien esta temporada... acaso podamos ir para la primavera —contestó Aard filosóficamente.
—Si todo depende de las... «Trampas» —aseguró Beryl —prefiero no ir.
—Perfectamente —volvió a decir el padre—; si lo prefieres así, puedes quedarte y cuidar de la casa... Keven y yo iremos, y estaremos más libres para divertirnos.
Beryl lanzó a su padre una mirada en la que se puso de manifiesto la belleza de aquellos ojos negros cuando estaban iluminados por un pequeño destello de enojo.
—Bueno, muchacho —prosiguió Aard, sin dar importancia a la cosa—; ¿has comprado en Illahe todo lo que necesitabas?
—No, yo no; fue Beryl, porque yo me sentí incapaz de montar. Ella se acercó y realizó la compra... ¡El cielo le valga, cuando tenga un marido..., a menos que sea un hombre rico!
Apenas había acabado de pronunciar aquellas palabras, Keven se arrepintió de haberlo hecho. En el rostro de Beryl se había pintado la mueca de un terrible disgusto, al tiempo que sus mejillas palidecían intensamente. Trató de cruzar con ella una mirada, para hacerle comprender que no era más que una broma inocente lo que había dicho, pero los ojos de ella estaban ausentes, como perdidos en una lejanía infinita e impenetrable. Decididamente, tendría que medir sus palabras, pensar mucho las cosas, antes de hablar ante Beryl.
Aard hizo unas cuantas observaciones referentes a la estación venidera, y, de pronto, Beryl se levantó y salió de la estancia sin haber pronunciado una palabra más. Keven la vio salir, arrebatada, con el pretexto de arreglar algo en la cocina. Con aquel vestido blanco la muchacha parecía más ligera, más delgada, algo distinta de la ruda mujer que semejaba con sus vestidos caseros. Sin darse cuenta, empezó a examinarla con un verdadero sentido crítico. Era de estatura media, fuerte, bien formada, de busto macizo y cintura delgada. Sus brazos morenos, aunque torneados, mostraban el hábito del trabajo muscular. Caminaba erguida, majestuosa, dando a sus caderas un balanceo especial, propio de las indias. Sus piernas eran finas y delgadas de una piel morena y curtida, como toda ella, acusando de una manera evidente su vida al aire y al sol de las praderas. Su principal belleza estaba en la negrura sedosa de su pelo y en el brillo insondable de sus ojos... Un poco antes la había comparado, mentalmente, con Rosamunda Brandeth, pero ahora estaba seguro de una cosa: de que no había comparación posible entre las dos mujeres. Y, en caso de establecerla, todas las ventajas, indudablemente, estarían del lado de Beryl...


XV
Al día siguiente, bien temprano, Keven empezó a trabajar. Estar algunas horas, con un azadón en la mano y doblado sobre un surco de tierra, era para él una tarea bastante más molesta que la de hallarse sentado sobre el banquillo de una barca, remando sin parar. Sentía, una vez más, la ansiedad que le producía la falta del estímulo alcohólico, pero la placidez del lugar, la soberbia quietud y la calma de aquellos bosques inmensos, que se extendían por doquiera, empezaban a templar sus nervios, produciéndole una lenta, pero sensible recuperación.
Aquella vida era buena para su salud, indudablemente, y él tenía que perseverar en su propósito y poner de su parte todo cuanto pudiese para comenzar a liberarse a sí mismo del fantasma siniestro del alcohol.
Beryl no estaba dispuesta, ni mucho menos, a que el interés del nuevo trabajo le hiciera olvidarse de su existencia. Disipado el ligero enfado de la noche anterior, hacía frecuentes apariciones en el huerto, con el pretexto de comprobar los progresos de Keven, que trabajaba bajo la dirección de Aard; luego, se adentraba en el bosque, cogía agua del arroyo o bajaba corriendo hasta la orilla del río... Keven la veía ir y venir, interesada en el vuelo de una mariposa, en el color de una hoja silvestre o en el aroma de una flor; la muchacha era una ferviente admiradora de la Naturaleza, pero su humor, a decir verdad, llegaba a su punto crítico en el instante en que se encontraba junto a él, observando su trabajo.
—Voy a decirte una cosa, Keven —le dijo, con cierta ironía, en una de esas rápidas pero frecuentes visitas—: es muy posible que, con el tiempo y con una experta dirección, hubieses llegado a ser un buen pescador; pero de una cosa estoy cierta: nunca serás un agricultor aceptable.
—Mi querida señorita Aard —replicó Keven, enderezándose y fijando en ella su mirada de reproche—: Yo soy un gran pescador; uno de los mejores pescadores de todo el Rogue, para que se entere su señoría... Además, los mendigos no pueden elegir trabajo. Y esto es mejor, de todos modos, que permanecer en el banquillo de un esquife de día y de noche.
—¡Oh, eres muy lento, Kev, para trabajos de campo! —volvió ella a objetar—. Te doblas como si temieras romperte algo...
—Justamente; lo has adivinado. ¡Temo por mi espina dorsal!... Por lo visto, te olvidas de que ya la tuve partida una vez, como secuencia de una explosión.
Nunca volveré a ser, por lo tanto, un trabajador como tú quisieras admirar, tal vez, sobre la tierra de este huerto...
Beryl se alejó con los ojos llenos de lágrimas. Era evidente que las últimas palabras de Keven la habían lastimado, y aquello llevaba trazas de repetirse si es que ella se obstinaba, aunque fuera inocentemente, en poner de relieve su debilidad e irremediable incapacidad física.
—Bueno, muchacho, no hagas mucho caso a Beryl —le dijo Aard, que había oído la controversia—; es una muchacha..., una mujer..., ¡un misterio, como todas!
Y en cuanto a tu condición física, creo que exageras al considerarte un hombre inferior. Pasas por un momento de debilidad pasajera, eso es todo. Estás mal nutrido y enfermo... Y a pesar de todo, trabajas bastante bien. ¡Olvídate de todo eso! Esta faena del huerto se acabará pronto, y luego vendrán la pesca y la caza, hasta que llegue la época de tender las trampas. Para ese momento, ni tú mismo te reconocerás; puedes estar seguro.
Keven continuó trabajando hasta la puesta del sol, en cuyo momento se retiró a su habitación para lavarse y cambiarse de ropa. Después se sentó, para descansar un rato, pero pronto la voz de Beryl se dejó oír, reclamando su presencia para la cena.
—Te he llamado tres veces —aseguró la muchacha, cuando hizo su presentación en el comedor.
—¿De veras? Lo siento; algunas veces me distraigo tanto, que no oigo, siquiera, lo que sucede a mi alrededor.
—Te quedas dormido, pensando en las musarañas, ¿no es así?... O acaso piensas en otra cosa; en alguna muchacha de El Paso, tal vez... Por ejemplo, en esa Rosamunda Brandeth, con su pelo teñido, sus labios pintados y sus falditas cortas, dejando ver las piernas enfundadas en medias de seda.
Cada uno puede pensar en lo que quiera, sobre todo si no tiene el dominio de sus nervios y su temperamento —contestó Keven, sin atreverse a sostener la dura mirada que ella le lanzó. ¿Sabría la muchacha algo de aquel devaneo de su juventud? Si lo sabía —pensó Keven —peor para ella.
Pero Beryl no tenía en realidad ningún motivo de reproche, y sus observaciones eran solamente hijas de los celos. Al acabarse la cena, Keven pidió permiso, casi inmediatamente, para retirarse a descansar.
—Creo que me queda alguna fuerza —dijo—; no mucha, pero sí la suficiente para llegar hasta la cama por mis propios pasos... Les ruego que me disculpen.
Considerando que el humor de la muchacha no era el más a propósito para permanecer junto a ella durante unas dos horas, en amigable charla junto al fuego, Keven prefería retirarse, esperando que ella no haría objeción alguna a su propósito y le dejaría marchar, con un formulario ««buenas noches>> No fue así, sin embargo. Beryl le cogió del brazo y salió con él al vestíbulo. Era la maravillosa hora en que la noche hacía su triunfal entrada sobre el valle, envolviendo los contornos del paisaje en su tupido velo de sombras.
—He puesto en la chimenea de tu cuarto una buena brazada de ramaje de pino, Keven, para que enciendas un buen fuego —le dijo—. Además de calentarte, te perfumará agradablemente el cuarto.
—Gracias, Beryl —contestó—. Estás en todo.
Ella se colgó de su brazo y levantó hasta él sus ojos, brillantes en la sombra.
—Estoy muy contenta al comprobar que estás aquí conmigo, en este valle maravilloso de Soledad —aseguró, en un débil susurro—. Verte trabajar a mi lado...
Saber que duermes bajo mi techo... Papá dice que te vas recobrando lentamente, y yo doy gracias al cielo por ello. Ahora, Keven, que duermas bien... ¡Buenas noches!
Le dejó después, y Keven entró en su cuarto y prendió las ramas amontonadas en la chimenea. Luego, se sentó junto al fuego, maravillado y confuso. Se avecinaban las horas de lucha, de dolor, de insomnio. Había dos maneras de vencer al enemigo: una, trabajando; la otra, durmiendo. Y en vista de ello se desnudó rápidamente y se metió en la cama...
Transcurrieron con inusitada presteza dos semanas, al cabo de las cuales pareció huir, definitivamente, el verano, y aparecieron los grises y maravillosos días del otoño.
Keven se dedicaba afanosamente a su trabajo, que si no era, ni mucho menos, agotador, tampoco le dejaba tiempo para pensar en otras cosas. En este afán no se encerraba solamente un sentimiento de deber y lealtad hacia Aard, sino una conveniencia hacia sí mismo, puesto que a cada jornada que transcurría se daba cuenta de que su salud mejoraba de manera notable, cobrando ya cuerpo la seguridad de que, en algún día no muy lejano, el terrible monstruo de su vicio, que tan cruelmente le atormentaba, sería vencido definitivamente... Y, en: efecto, una madrugada se despertó, a la hora de costumbre, pero la terrible serpiente no le atenazaba las entrañas. Respiró con fruición, estirándose entre las sábanas. ¿Sería posible aquel milagro? ¿Estaría libre del monstruo definitivamente? Más tarde, se dio cuenta también de otros significativos y alentadores indicios: su apetito aumentaba perceptiblemente; ganaba peso lentamente, pero de una manera real; volvía a él el contento, la alegría de vivir. El complejo de su inferioridad física desaparecía, y ahora le llegaba a parecer ridículo aquel sentimiento, en otro tiempo predominante, de que él era un hombre definitivamente arruinado e inútil.
—Bien, muchacho —le dijo Aard una noche, a la hora de la cena—; ya hemos terminado las faenas del huerto y tenemos leña cortada para todo el invierno.
Ahora tenemos que ocuparnos de otras cosas... Hay que preparar, al menos, una tonelada de trucha ahumada. Y creo que eso es cosa vuestra, de Beryl y tuya...
Tampoco vendría mal alguna salazón de venado.
Beryl intervino, dirigiéndose a Keven.
—Dime, Keven: ¿te has fijado en el río estos últimos días?
—Yo siempre estoy atento al río —contestó.
—¿Y no has notado nada de particular?
—Nada —volvió a responder Keven, intrigado ya por el tono misterioso de la muchacha.
—¡Está lleno de truchas! Hay una gran corrida. —¡ No es posible!
—¡Claro que lo es!
—¿Has estado pescando?
—Todavía no; no quise hacerlo sin avisarte, pues sabía que no habría de gustarte.
—Te lo agradezco, Beryl —replicó Keven—; pero yo no me habría enfadado, tanto más si es que hace falta el pescado para ahumarlo, como dice tu padre.
—De todos modos, sé que no te habría gustado. Además, otra cosa: si yo hubiese bajado sola al río, al ver el brillante resultado de mi excursión, te habría entrado gana de ir también Luego, como tú habrías vuelto, seguramente, con las manos vacías...
—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo, Beryl?
—Digo que tú volverías con las manos vacías, y...
—Escucha esto, Beryl, de una vez para siempre —exclamó Keven, algo amoscado—: yo puedo coger en el Rogue tantas truchas como el que más. Espero que no lo olvides.
—Eso será allá arriba, en la parte alta... Aquí, es diferente. Insisto en que aquí no pescarías ni una trucha, como no fuera algún pececillo insignificante. Por debajo de las cinco libras, desde luego. Yo las pesco de ahí para arriba... Aquí, en Soledad, el río tiene sus secretos, y es necesario conocerlos. Dónde están, sus costumbres, sus escapes... Yo te podría enseñar todas esas cosas.
Beryl no trataba, ni por mientes, de molestar a Keven. Al hablar de aquel modo, lo hacía porque estaba convencida de la ignorancia y la incapacidad del muchacho, en aquel menester; pero si en otra cosa cualquiera habría podido esperarse que Keven fuera razonable y transigente, en lo tocante a la pesca se tornaba hostil e irreductible. No consentía que nadie le diera lecciones a él, que se consideraba el más experto pescador de todo el río; ni siquiera aquella niña caprichosa, a la que se proponía dar una definitiva y contundente lección, que le hiciera bajar los humos. Para ello, se disponía a enseñarle algo; algo con respecto al arte de pescar truchas.
—Creo, Beryl —dijo—, que estarás hablando en broma... ¿Es que piensas, de verdad, que puedes superarme en la pesca de la trucha?
La muchacha estalló en una abierta carcajada, mientras Aard, que veía acercarse la tormenta, daba fuertes chupadas a su pipa.
—Superarte? —respondió—. Vamos, Kev; puedo pescar más que tú con la mano izquierda y sin mojarme los pies.
—Eso es imposible, por lo menos en el Rogue... Y en cuanto a tu obcecación, ¿por qué eres tan tonta y tan vanidosa?
Beryl le regaló una sonrisa irónica, y luego se dirigió a su padre:
—Ya lo has oído, papá; la guerra está declarada... ¿Querrás ser el árbitro de la contienda?
—Tendré que serlo... aunque es un oficio ingrato, puesto que os quiero a los dos igualmente.
—Pero, ¿es que estás dispuesta a desafiarme? —preguntó Keven, admirado del atrevimiento de la muchacha.
—Naturalmente; ¡te desafío! Y hago más: te dejo en libertad de señalar las condiciones. Puedes fijar el tiempo: un día, dos, tres... También te doy a elegir el lugar de la pesca.
—No, no —replicó Keven, emocionado por aquel reto, que le recordaba otras escenas semejantes vividas en épocas pasadas—; echaremos suertes. —Luego, se dirigió a Aard—: Tú, Aard, coge esas dos agujas de pino y ocúltalas en las manos.
Una es más larga que la otra. El que saque la mayor tiene la elección... ¡Y ahora, saca una, Beryl!
La muchacha no se hizo repetir la orden, y tiró de una de las verdes agujas.
Sacó la más pequeña, circunstancia que la hizo sonreír, sin disminuir, ni un ápice, su optimista seguridad.
—Me da vergüenza aceptar este reto, Aard —aseguró Keven, tirando de la aguja mayor—; es como medir las fuerzas con un niño pequeño; pero, ella lo quiere... Bien, Beryl; voy a decirte lo que haré: me voy a ir hacia arriba, un buen trecho, y bajaré pescando hasta este lugar.
—Magnífico —respondió la muchacha—; me satisface, porque deseaba que te fueras lejos, para que no pudieras copiar mis métodos... ¡Oh, Kev, cómo te compadezco!
—Dejemos eso para luego —dijo Keven, con los ojos brillantes—; ahora, si quieres, puedes poner alguna condición. La acepto de antemano.
—Está bien; pondré una —convino Beryl—: que no hablaremos acerca de cebos, cañas, etc., hasta después de la prueba.
—¡Claro que no! ¿Es que piensas que voy a preguntarte algo? Muy lejos de eso, yo voy a poner otra condición: ¡te daré alguna ventaja!
—No la acepto —contestó Beryl rápidamente—. Si lo hiciera, señor pescador de la parte alta, tu derrota sería mucho mayor.
—Muy bien. Ahora, veamos lo que va en la apuesta.
—Ya lo he pensado, ¡la mejor caña, completamente equipada, que podamos comprar!
—¿No hay ningún truco en eso, Beryl? Yo estoy hablando completamente en serio. —Yo también.
—De acuerdo. ¿Has tomado buena nota de las condiciones, Aard?
—Detallada. Solamente os falta fijar el momento de empezar la prueba.
—Después, de almorzar —dijo Beryl prontamente—; saldremos después de almorzar.
—Exacto —exclamó Keven con ironía—; ésa es la hora que elegiría una muchacha aficionada, sin la menor idea de lo que trae entre manos; pero yo, que soy un pescador de oficio, acostumbro salir de madrugada.
—¿Por qué razón? —preguntó curiosamente la muchacha.
—¿Y preguntas eso? —volvió a decir Keven, riendo—. ¡Es la hora de comenzar a pescar, ya te lo he dicho!
—Será en la parte alta del río, pescador... de oficio. Porque «da la casualidad»
que aquí abajo, en estos cañones, la trucha no salta hasta que la niebla se ha levantado del todo, o sea, hacia el medio día. Por la mañana no pescarías más que gusanos, que puede ser una clase de pesca a la que estés habituado, al fin y al cabo...
Keven se quedó algo perplejo, ante aquella observación, y por un momento pensó, para sí, que muy bien podría aquella muchacha no ser «una simple aficionada»; de todos modos, no quiso dar su brazo a torcer.
—Está bien —dijo, levantándose—; buenas noches, Beryl... Necesito repasar mi caña y mis anzuelos. Veo que no hay manera de entenderse contigo y que tendré que darte una dura lección...
—Me figuro que no me guardarás rencor por este desafío... ¡No harás lo mismo que Isaac!
—¿Isaac? ¿Quién es ese Isaac?... No conozco a nadie que se llame así.
—¿No conoces a Isaac Walton?
—Nunca me han presentado a ese caballero —exclamó Keven, desde la puerta, saludando a Aard con un movimiento del brazo y retirándose definitivamente.
Una vez en su dormitorio, se dedicó a repasar cuidadosamente el equipo de pescar a mano, comprado al bueno de Minton, en El Paso. Por fortuna, aquella magnífica caña ya estaba pagada, y con ella estaba seguro de hacer una buena jornada de pesca al día siguiente. Igualmente, echó un vistazo a los cabos, a los anzuelos y a los flotadores. Luego se puso a la tarea de seleccionar los cebos, poniendo aparte varias moscas artificiales de las empleadas con aquel objeto. Por último, se desnudó y se metió en la cama.
Al día siguiente, se levantó muy temprano y se vistió con las ropas viejas, de sus tiempos de estancia en Costa del Oro. Al salir al comedor, se encontró con que Beryl estaba también levantada, dando vueltas entre las manos a una extraña y larga caña, de apariencia endeble y de indudable construcción casera, parecida a un látigo. La muchacha vestía un ajustado chaleco de lana y una faldita azul, muy corta; calzaba botas con grandes clavos de herradura, y llevaba medias de lana.
—Yo ya he tomado mi desayuno, Kev —le dijo—. Me encontrarás cuando regreses de la parte alta... ¡Buena suerte!
—Lo mismo digo —replicó Keven—. No te caigas, no te mojes... y no te vayas a quedar sin aparejo.
—¿De dónde ha sacado ese equipo, verdaderamente antediluviano? —preguntó Keven a Aard, una vez que la muchacha había salido.
—Se lo hizo un amigo mío que vive en Umpqua. Era mío, en realidad, pero yo se lo regalé a Beryl. Esa madera de tejo me resulta a mí muy endeble.
—¿Tejo? Nunca he visto una caña hecha de... eso. El bambú es lo único apropiado para una caña de pescar.
—La caña, realmente, no tiene mucha importancia —contestó Aard—; son de mayor importancia la guía y los cebos. Te diré una cosa, Kev: usa moscas oscuras y pequeñas, o bien grises con las alas pardas.
—No tengo moscas de esa clase —replicó Keven.
—Deberías tenerlas... si quieres ganar la apuesta a esa niña. Y otra cosa: procura estar fuera del agua.
—Escucha, Aard, ¿también tú quieres enseñarme cómo se pesca en el Rogue?
—dijo, con una franca carcajada—. Bueno —agregó—; supongo que estarás por allí para cuando yo vuelva.
—No te preocupes, muchacho; no me perdería eso por nada del mundo.
Poco después, Keven tomó el camino río arriba, dispuesto a emplear bien su tiempo. Anduvo cerca de una milla, por el camino, y luego bajó directamente hasta la orilla del río. La corriente parecía bajar ligeramente crecida, pero las aguas estaban claras y transparentes. Keven rebuscó en su memoria, tratando de recordar los lugares en que había pescado con éxito otras veces; pero su ansiedad y sus ganas de comenzar eran grandes para detenerse excesivamente en busca de sitio donde echar el anzuelo.
Apenas había comenzado a lanzar, cuando ya hizo un humillante descubrimiento: la habilidad, la destreza en el lanzamiento, no eran cosas inolvidables, que una vez aprendidas quedasen para siempre. La falta de entrenamiento, la edad, la condición física, podían dar al traste con la pericia del pescador más experimentado. Y su lanzamiento, por el momento, era completamente ineficaz... En realidad, no podía, no sabía lanzar, en absoluto.
Enredaba los anzuelos en los arbustos que estaban detrás de él, en los árboles, y hasta en su misma ropa. No obstante, se empeñó en su propósito y siguió pescando, como Dios le dio a entender, río abajo... De pronto, sintió el tirón característico y cobró cabo rápidamente; había pescado una trucha de gran tamaño... Pero el animal, con un salto, se liberó inexplicablemente del anzuelo y escapó. Al cobrar el cabo Keven pudo comprobar, con la natural sorpresa, que la punta afilada de aquel anzuelo se había partido... Aquella mala suerte, al empezar la partida, le puso de mal humor, augurándole una jornada gris y de poca fortuna.
Pero había que perseverar.
Los nuevos intentos no fueron, en efecto, más lucidos. Se metió en el agua, con ánimo de lanzar hacia el centro de la corriente; pero, el caudal del río, por una parte, no le permitía moverse, casi, de la misma orilla; y además, para quedarse allí, quieto, el agua estaba demasiado fría... Lo más desagradable, después de aquellos cuatro años transcurridos desde las últimas experiencias de pesca a caña, en el río, era la dificultad de lanzar sin que el anzuelo se enredase en la maleza de los alrededores. Perdió en aquellos intentos varias moscas, y estropeó un par de las mejores guías. Intentó hacer acopio de paciencia, cosa que le resultaba verdaderamente difícil.
En un tranquilo y pequeño charco, donde vio saltar abundantemente a las truchas, dejó caer con el pie, sin querer, un enorme pedrusco, y estropeó definitivamente las posibilidades que presentaba. En otro lugar, arrojó una y otra vez su cebo favorito, hasta que tuvo la suerte de que picara un ejemplar de buen tamaño. Luchó con él brevemente, pero era muy pesado... Al fin, como ya le ha-bía ocurrido antes, el prisionero se liberó y escapó, profiriendo Keven un grito de rabia. Al recoger el cabo se encontró con que el anzuelo estaba, como el primero que echó al agua, roto por su punta afilada...
Desesperado, trató de rebuscar en el oscuro archivo de sus recuerdos, y, de pronto, creyó encontrar algo relacionado con aquel incidente, ya repetido, de sufrir la rotura del anzuelo, en el momento crítico... Era una lección, recibida cuando niño, y que trataba de explicar y evitar aquel contratiempo. Todo dependía, según sus recuerdos, de la manera de lanzar la guía, que había que tirar bien alta para evitar el enganche del anzuelo contra las rocas del fondo...
Resueltamente, puso en práctica la nueva manera de lanzar, pero solamente consiguió una cosa: perder media docena de guías y decorar las ramas de los árboles con las mejores moscas de su cajita... Hubo un momento en que se dejó, prendida de una rama, su mejor mosca contrahecha, un verdadero prodigio que en otros tiempos le había proporcionado jornadas magníficas. No podía, de ninguna manera, dar por perdida aquella alhaja... Con gran esfuerzo trepó por el rugoso tronco, hasta llegar a la rama en cuestión. Luego, avanzó por ella, con la vista fija en el precioso cebo... Pero, la mala suerte estaba de su parte, dispuesta a causarle todo el mal posible. La rama se partió, y su cuerpo, desde una altura de diez pies, cayó pesadamente a tierra, sobre un lecho de piedras, a poca distancia de la orilla...
Cuando pudo reponerse de aquel tremendo porrazo, el día estaba ya muy avanzado. Keven había perdido la paciencia, y, como vulgarmente se dice, estaba a punto de perder los estribos... Para colmo de desdichas, una trucha enganchada le hizo correr. La orilla estaba llena de rocas y Keven no tenía mucho hábito de correr, saltando por encima de las piedras... Como no podía menos de ocurrir, en uno de aquellos saltos su pie, mal asentado sobre la húmeda y resbaladiza superficie, se dobló... Trató, con todas sus fuerzas, de recuperar el equilibrio, pero al fin cayó, como una rama, dentro del agua, yendo a chocar de cabeza contra el lecho rocoso del río, mientras sus pies quedaban al aire, pataleando, como si se tratara de un chicuelo atacado de una rabieta.
Aquel segundo golpe le hizo ver las estrellas, al tiempo que sentía un agudísimo dolor en su maxilar artificial. El pedazo de hierro que sustituía al hueso se dislocó de su enganche, produciéndole un dolor de tal naturaleza, que estuvo a punto de perder el sentido... Después de un rato, se alivió ligeramente y siguió pescando, río abajo, pero ya sin esperanza, en una condición miserable, convertido en el más desgraciado, más infortunado y más triste pescador de todo el orbe...
Siguió su calvario, lanzando de vez en cuando, esperando el salto de alguna trucha, pero consciente de que llegaría, por fin, a Soledad, completamente derrotado. Llegó a un sitio en que el agua era demasiado profunda y los riscos imposibles de vadear. Tuvo que desandar una buena porción de camino, hasta encontrar un paso y poder volver a la orilla del río. Se encontró con troncos derribados, con zonas llenas de maleza y de juncos, completamente impenetrables. Se cansó y se puso furioso. Llegó a jurar, como en sus peores tiempos. Estaba deshecho, amargado, rendido, cuando se dio cuenta de que llegaba otra vez a la gran curva del valle de Soledad.
Repentinamente, se dio cuenta de la presencia de Beryl. Se había olvidado completamente de ella, y su primera sensación fue de sorpresa. Algo le detuvo en su instintivo intento de saludarla, desde lejos. Se dedicó a observarla.
—Qué demonios está haciendo esa muchacha? —se preguntó.
Beryl se hallaba sobre una pequeña piedra, al borde de un remolino, junto a un charco de aguas poco profundas. Keven la veía mover con lentitud la caña de pescar, en dirección a la playa, al tiempo que la mantenía muy baja, bastante por debajo de la cabeza... Luego, comenzó a mover la caña, haciéndola vibrar como si fuera un látigo, al tiempo que la balanceaba de derecha a izquierda... ¡Aquello no era lanzar, ni pescar truchas, ni nada! Estuvo a punto de echarse a reír. «¡Pobre infeliz!», se dijo. Estaba perdiendo el tiempo lastimosamente... Y, sin embargo, ¡qué atenta, qué absorta en aquella maniobra estúpida! De pronto, la vio inclinarse, al tiempo que de una manera delicada y suave acentuaba la vibración y el balanceo de la caña. Los ojos de Keven no se apartaban de Beryl.
Sobre la superficie del agua, el cebo parecía una cosa huidiza, alguna mosca o bichejo alado que pugnase por escapar... De pronto, se hizo en el charco un gran remolino, un círculo que se fue agrandando, y agrandando... Hasta que, dando un rápido tirón... ¡Beryl sacó al aire una hermosa trucha!
Keven, con dar crédito a lo que veía, se subió sobre un montículo para ver mejor. Beryl había echado el cabo al agua nuevamente y trataba de repetir la maniobra. ¿Sería aquello posible? Su cuidado, su precaución y sus movimientos felinos le infundían grandes sospechas. Sobre la superficie del agua estaba otra vez el cebo, moviéndose a un lado y a otro, a pequeños tirones de la muchacha...
Keven, con ojos de asombro, vio otra vez el remolino, y, de pronto, una enorme trucha saltó junto al cebo, sin tomarlo, desapareciendo otra vez bajo las aguas...
Beryl no hizo el menor movimiento; pero él no pudo contenerse...
—¡Eh, Beryl! —gritó—. ¡Es una trucha enorme! Y ya no saltará más... Estate quieta, no te muevas...
Keven saltó, corrió, sobre las rocas, hasta aproximarse a un lugar cercano a donde la muchacha se encontraba. Ésta le contemplaba, pálida, sin hacer movimiento alguno. Volviendo ligeramente la cara, gritó:
—¡Márchate! Vas a espantarme la pesca.
—¿Espantarla? Ya está espantada... No volverá a saltar una trucha; en algún tiempo, al menos. Ven aquí y te daré un cebo estupendo... ¡Es enorme esa trucha que anda rondando! ¡Yo la he visto! —gritó Keven, con excitación.
—¿Quieres irte de aquí? —le volvió a decir Beryl, con tono seco.
—¿Qué dices?
—¿Qué digo? ¿Pero es que estás sordo?... ¡Que te vayas, eso es lo que digo! —exclamó, dando una patada contra la piedra—. ¡Vete! ¡Ponte a pescar por tu cuenta donde quieras!... Vas a espantarme la pesca.
—¡Oh, infeliz! —gritó Keven, piadoso—. ¿Así es como tú pescas truchas en el Rogue? En mi vida he visto...
—¡O te marchas o te tiraré una piedra —gritó Beryl, enrojeciendo—. ¿Es que tratas de espantar mi pesca a cosa hecha?... Para que no pueda ganarte la apuesta, naturalmente...
—¿Eso es lo que crees? Bueno, tira la piedra, o dos piedras —respondió Keven, enfadado—; no trato más que de ayudarte.
—Tu ayuda no me sirve de nada —gritó Beryl; e inclinándose rápidamente cogió una piedra y la lanzó, con increíble precisión, a los pies de Keven. Éste tuvo que saltar con presteza para no ser tocado en los tobillos.
—¡Oye, oye..., pedazo de tonta! —gritó Keven, sulfurado. Sentía ganas de jurar; pero como no podía hacerlo, se limitó a obsequiar a la muchacha con unos cuantos epítetos ofensivos. Beryl cogió otra piedra.
—Te daré con ésta si me obligas a ello —dijo, y levantó el brazo amenazadoramente.
—Bueno, bueno..., angelito bondadoso: no te pongas así —contestó Keven; y empezó a retroceder, apartándose de aquel peligroso lugar. De pronto, sobre una piedra, sus ojos tropezaron con un gran número de truchas, ensartadas por una rama de sauce. Con sus costados rosáceos, sus colas rizadas, y sus grandes aletas, aquello era algo increíble, un tesoro al que los ojos atónitos de Keven se negaban a conceder evidencia.
—¡Por todos los santos del cielo! —murmuró—. ¿De dónde sale este... pescado?
—¡Es mío! —contestó Beryl, que le había oído.
—¿Tuyo?
—¡Sí, mío, naturalmente!
—¿De dónde lo has... sacado?
—Lo tenía en el cajón de la mesita de noche contestó, con una risa cristalina.
—Escucha, Beryl, en serio..., ¿quieres decir que has pescado todo esto?
—Puedes apostar lo que quieras a que sí.
—¿Con ésa..., con esos... anzuelos? ¿Y esa... caña?
—Sí, hombre, sí, pedazo de tonto. Y habría cogido el mayor pescado de todos si... te hubieras ido a paseo.
Keven se resistía a dar crédito a lo que veían sus ojos. Conté el pescado.
Nueve animales en total; tres de ellos, de un peso aproximado a las cuatro libras, y los demás mayores, rayando las seis, siete, e incluso ocho libras. En toda su historia de pescador no había visto nunca una tira de truchas como aquélla, lograda en una sola jornada de pesca. Absorto, perplejo ante lo que se le antojaba un verdadero milagro, miraba y remiraba la espléndida cosecha de Beryl, y cuando se dio cuenta de que en aquello no existía truco de ninguna clase, pues representaba, en efecto, el resultado obtenido en buena ley por la mano experimentada de la muchacha, se apartó desalentado y se dejó caer, con abatimiento profundo, sobre una piedra.
A su memoria acudieron, súbitamente, los detalles de aquella apuesta y los recuerdos de sus arrogancias y fanfarronerías. Ella había vencido, haciendo buenas todas las presunciones que él, insensatamente, había subestimado. Con amargura, volvió de nuevo los ojos hacia la triunfadora indiscutible...
Beryl estaba inclinada otra vez sobre aquella piedra, en la misma postura de siempre, empeñada en las antiguas y extrañas maniobras. En lugar de reírse, como anteriormente, ahora la veía moverse con un sentimiento de admiración, y empezaba a encontrar sus maniobras justas e inteligentes. Dueña de sí misma, segura de lo que hacía y manejando aquella caña «antediluviana» —como él la ha-bía denominado—, con una soltura de maestro, estaba nuevamente empeñada en la tarea de mover el cebo a derecha e izquierda, agitándolo con pequeños tirones suaves, en su intento de atraer, quizás, algún otro ejemplar...
De pronto, se produjo el consabido remolino sobre la superficie del agua.
Keven se puso en pie, de un salto, y corrió, excitado, a colocarse nuevamente cerca de Beryl. Llegó a tiempo de ver como una enorme trucha de vientre abultado y lomos opalinos, saltaba, prendida en el anzuelo, para hundirse otra vez, pesadamente, bajo el agua arremolinada. Después, la caña de la pescadora se dobló inverosímilmente, como un bastoncillo de junco. El carrete chirriaba y sus manos eran incapaces de soltar, a toda prisa, el cabo que iba requiriendo el prisionero. Luego, ya en plena corriente, el pez empezó a batallar denodadamente... Keven no pudo resistir más.
—¡Levanta esa caria! —gritó—. ¡Suelta más cabo!...
¡No muevas los brazos! ¡¡Arrolla!!... ¡¡Aprisa, aprisa!!... Demonios, des que no me oyes?... ¡Vas a perder una trucha enorme! ¡Haz lo que te digo, condenada, que lo vas a estropear todo! ¡¡Arrolla, arrolla!!
—¡Cierra el pico! ¡Eso es lo que tienes que hacer! —replicó Beryl con tono enojado—. ¡Lo perderé por tu culpa!
Keven no oyó aquellas palabras, o, tal vez, no quiso oírlas. Una muchacha, con aquella caña tan endeble, no podría jamás cobrar la pieza que había prendido. Tenía que correr a su lado y auxiliarla, aun contra su voluntad... Sus intenciones eran buenas y caballerescas... Pero, al saltar junto a ella, su pie dolorido resbaló una vez más. Si se hubiera abandonado al impulso de aquella caída es muy probable que no habría ocurrido nada; pero quiso recobrarse, mantener el equilibrio... En su pirueta, instintivamente, se agarró a la falda de Beryl... ¡Y ambos salieron despedidos fuera de la roca!
Cuando él consiguió ponerse de rodillas, se hallaba tan dolorido y furioso, que estuvo a punto de lanzar un gemido... Al mismo tiempo, por la parte opuesta de la roca, aparecía el rostro acongojado de Beryl, calada hasta los huesos, chorreando agua por todos los poros de su cuerpo. Con aquellas gotas de agua se mezclaban, también, las lágrimas que vertían, abundantemente, sus hermosos ojos... En sus manos, sostenía aún la célebre caña, partida en dos mitades, una de las cuales, con todo el aparejo unido a ella, flotaba sobre las aguas del pequeño lago...
—¡Me la has roto! —gimió con un profundo desconsuelo—. ¡Mi caña, mi preciosa caña!...
—Yo no fui... —contestó, retorciéndose de dolor y con una mano puesta en la barbilla, el infortunado Keven.
—Sí... ¡Tú fuiste! Me has tirado, me has empujado intencionadamente... ¡y has roto mi caña!
—¡Oh, esa caña..., no servía para nada, Beryl! —replicó Keven—. Puedes creerme.
—¿Que no servía? —gritó Beryl con los ojos encendidos y empezando a llorar de nuevo a lágrima viva—. ¡Era la mejor caña del mundo!... ¡Y me la has roto, mono ridículo!
—Escucha, Beryl; tú no sabes como se maneja una caña —replicó Keven furioso y convencido de que no se podía discutir con ella.
—¿Que no sé?... Bueno, eso es lo que tú te figuras. Yo habría cobrado esa trucha, si tú no hubieras venido a molestarme... ¡Lo menos doce libras tenía! Pero era mucho para ti verme cobrar esa pieza, con tus propios ojos. Y me rompiste la caña... ¡y el corazón!
—¡Solamente quise ayudarte!
—¡Ayudarme!... Me haces reír. Ayudarme tú a mí, y con esos célebres métodos de la parte alta... No hacías más que gritar: «¡Arrolla!... ¡¡Suelta!!...
¡¡Levanta la caria!!... ¡¡Baja la caña! ¡¡caña!!...» ¿Puede darse algo más idiota?
—¿Qué dices? ¿Idiota llamas a lo que te estaba enseñando?
—Completamente i-dio-ta.
—Escucha, distinguida señorita Aard: existe una manera de pescar de la que tú no tienes la más mínima idea.
—Afortunadamente —replicó Beryl muy convencida. —Hay mucha diferencia entre un pescador profesional y una niña aficionada.
—¡Claro que sí! Pero el aficionado, en este caso, eres tú... Aquí te morirías de hambre, amigo, si te empeñases en vivir de la pesca... ¡Pescador profesional! No eres más que un mono orgulloso, y no sirves más que para romperme la caña y estropearme la pesca. Luego hablar, y hablar, y hablar... ¿No es divertido todo esto? ¡Ja, ja, ja...!
—Mira, Beryl..., ¡no te rías de mí!
—Me río por no pegarte..., ¡pescador «profesional»! —contestó la muchacha, enfurecida.
—¿Pegarme tú a mí, niña mal criada? —replicó a su vez Keven, con voz ronca.
—Conque me insultas encima, ¿eh? —respondió Beryl, enderezándose, y con los ojos encendidos, como dos carbones. Luego, en un movimiento rapidísimo, levantó el brazo y propinó a Keven una tremenda bofetada—. ¡Pues, toma!
No fue solamente la violencia del golpe lo que hizo ver las estrellas al pobre Keven; Beryl le había dado la bofetada en el lastimado maxilar, donde ya por dos veces aquella tarde había sufrido terribles contusiones. La nueva violencia le hizo rugir de dolor y le dejó casi ciego, sin sentido. Se dobló sobre las rodillas, gimiendo y llevándose las manos a la boca. El trozo de hierro que tenía inserto en la barbilla parecía haberse desencajado definitivamente y empujaba hacia delante la piel del labio inferior... Con gesto de terrible sufrimiento, procuró llevar a su sitio aquella pieza artificial, mientras sus manos y su cuerpo todo temblaban, en un esfuerzo por evitar el colapso.
Beryl, asustada, se arrojó, de rodillas, junto a él.
—¡Kev! —gritó—. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué pasa?
—El hueso... —gimió—; este trozo de hierro maldito...
—¡Oh Dios mío!... No sabía nada... ¡Estás blanco como el papel, Kev! ¿Por qué haría yo esto, cielo santo?
Con infinito amor, acercó las manos a su cara dolorida y comenzó a acariciarlo, con la ternura de una madre. Sus ojos se encontraron un momento.
—¡Te he debido de hacer un daño terrible! —dijo, con una infinita amargura, en la que vibraba una especie de reproche hacia ella misma.
Keven intentó echar la cosa a broma.
—Me pareció que estaba haciendo otra vez explosión aquel cañón...
—¡Oh! ¿Por qué..., por qué no me avisaste, Kev? —se quejó, sinceramente arrepentida de lo que había hecho—. Jamás, jamás te habría pegado... ¡Por insultos que me hubieras dirigido!
—Me mostré orgulloso y fatuo, lo comprendo... ¡Y no sirvo para nada! ¡No soy más que una ruina!
—¡Vava, no digas eso!... ¡Me partes el alma! —En un movimiento de verdadera pasión, Beryl besó las mejillas y la barbilla de Keven, allí donde él indicaba que su dolor era más agudo—. Perdóname, Kev... —musitaba, mientras besaba con infinita ternura al enfermo—; no sabía nada... Perdóname, querido mío... ¡Te quiero tanto!...
Cuando los labios cálidos de Beryl encontraron, al fin, los suyos, Keven sintió como si algo frío y opresivo se agitase, dentro de las más escondidas fibras de su corazón... Cerró los ojos para concentrarse en aquel momento sublime, mientras su sangre, encendida de nuevo, galopaba imperativamente dentro de sus venas. Con pasión, con vehemencia, besó a su vez aquellos sabrosos labios, mientras murmuraba:
—No hay nada de que tenga que perdonarte... Beryl, mi Beryl querida... ¡Mi vida!...
La muchacha vibró como sacudida por la magia de estas palabras. Luego, se enderezó, mirándolo con ojos asombrados. Imploró:
—Kev, por lo que más quieras..., ¡repite eso otra vez! ¡Dímelo!
—¡Mi Beryl querida!... No lo sabía..., ¡no sabía que te quería de este modo!
—Tenía miedo de que no volvieras a saberlo nunca —exclamó—. ¡Oh, Kev!...
¡Demos gracias a... Soledad!
Keven abrió los brazos, y la muchacha se precipitó en ellos, sollozando de alegría. Exactamente en aquel instante, una voz ronca se dejó oír desde el camino.
—¡Eh!... ¿Qué hay?
Beryl se separó de Keven y se quedó mirando, para tratar de localizar al que gritaba. Lo divisó al fin. —¡Oh Santo Dios!... ¡Es papá!
Keven pudo ver, también, después de unos instantes, la alta figura de Aard, medio oculta entre el ramaje.
—¿Es así como lleváis a cabo las condiciones de la apuesta?
Su voz ronca, penetrante y aguda, tenía un fondo de alegre ironía, que recogieron los altos riscos de las orillas para hacerlo rodar, en un eco, por todo el valle.
—Escucha, papá —se oyó responder a Beryl, agitando al aire su caña partida—:
¡Yo gané!
—Ganaste? —preguntó la voz del padre, desde el otro lado—. ¿Qué es lo que ganaste?
Beryl estalló en una alegre risa, que se elevó al cielo, como un homenaje.
Contestó:
—¡¡Todo!!... ¡¡Lo he ganado todo, papá!!


XVI
Los días de octubre llegaron, al fin, grises y melancólicos, llenando de escarcha las hojas de los árboles, levantando las nubes de niebla, y abriéndose, quietos y solemnes, a la maravilla de un cielo azul y dorado, que servía de dosel al magnífico paisaje...
Keven y Beryl trepaban por el empinado camino del bosque, abriendo ella la marcha, con el oído atento a las arrancadas del ciervo, y llevando Keven el rifle a punto de hacer fuego. El paso del muchacho era ya firme y vigoroso, y de sus mejillas, tostadas por el sol, habían desaparecido los antiguos hoyos, producto de su desnutrición.
El camino seguía el curso de un pequeño arroyuelo, cuyas aguas bajaban, a trechos, limpias y refulgentes a la luz del sol, y otras veces oscuras, semiescondidas bajo verdaderos túneles de maleza. En su ascensión, llegaron pronto a la misma quebrada en que tenía nacimiento el manantial, impetuoso e hirviente, que se extendía, al desparramarse, por una gran extensión de terreno, dando la impresión de que iba a invadir todo el valle; pero que luego se estrechaba más y más, en su camino hacia abajo, terminando por ser aquella estrecha cinta plateada que correteaba entre los árboles. Sobre las laderas, los abetos levantados a manera de verde y maravilloso dosel. No estaban muy espesos en las pendientes, y a cada paso mostraban a los expedicionarios sus troncos renegridos por alguno de los numerosos incendios ocurridos en los bosques, todos ellos incapaces, no obstante, de devorar las copas de los gigantes.
Beryl se detuvo un instante para tomar aliento, y Keven la imitó, paseando con arrobo la mirada por el extenso y dilatado horizonte. El bosque, ante ellos, se presentaba como una enorme y maravillosa nave de catedral, con sus pilares pardos —los troncos —levantándose hasta las verdes cúpulas de las ramas, que se entrecruzaban entre sí. Desde la enorme hondonada que se extendía a sus pies, les llegaba un punzante olor, compendio y síntesis de todas las fragancias naturales del bosque.
De repente, un crujido sonó a sus espaldas y les hizo volver rápidamente la cabeza. Beryl señaló hacia un bulto oscuro, que desaparecía, a toda prisa, entre el alto matorral.
—Un gamo —dijo—; me alegro que no hayas disparado.
—Ni me acordaba siquiera de que llevaba este rifle en la mano —confesó Keven.
Siguieron subiendo, hacia parajes en que el bosque se hacía más denso, más negro, más agreste y más impenetrable. El silencio era allí tan solemne, que el más ligero ruido, el chasquido de una rama partida, por ejemplo, causaba una sensación de sobresalto. Una vez allí —se le antojó a Keven —habría sido como un sacrilegio. Ahora, no eran los abetos los que dominaban la tierra, sino los pinos, con sus troncos rígidos y enhiestos, como saetas, o curvados, con arreglo a los más extraños y variados patrones. Algunos semejaban una cruz, o un trípode invertido, o una media luna. Los había bajos y achaparrados, proliferando toda su vitalidad en la enorme copa, mientras que otros eran altos y estilizados, raquíticos y de enorme altura, pero terminados en un insignificante cogollo verde, que apenas podía ser considerado como una copa formal y verdadera.
Todavía a mayor altura, empezaba el reino de los robles, un nuevo y verdadero bosque, con algunos claros, en los que penetraba, radiante, la luz del sol. El suelo era allí ardiente y seco, como la yesca, despidiendo el calor que le transmitía el astro rey. Se daban en él la manzanita, con sus botones amarillos, y el mirto, que se arracimaba entre los huecos de las piedras.
Keven y Beryl continuaron andando, con paso cada vez más lento y cansado, hasta que, al llegar a un claro, se encontraron con un roble gigantesco, verdadero monarca del bosque, noble y viejísimo, según todas las apariencias, cuyo ancho tronco y cuyo extenso ramaje invitaban, después de la caminata, al descanso y la meditación. Haciendo honor a la muda invitación del coloso, los expedicionarios se sentaron, apoyando las espaldas contra el ancho tronco. Desde abajo, como un murmullo monótono y cansino el Rogue les enviaba la canción eterna de su impe— tuosa corriente, mientras que el extenso valle, desde tal altura, parecía no tener límites, al ocultar sus confines entre nubes de bruma.
Keven cerró los ojos, sumergiéndose en una dulce abstracción, tratando de limpiar su cerebro de ideas, antiguas o modernas en un deseo de fundirse espiritualmente con aquella Naturaleza viva que le rodeaba y le penetraba por doquier. A su lado estaba Beryl, absorta también, embelesada por la magia del paisaje, vibrando al unísono con sus mismos sentimientos, con toda seguridad. En un momento, Keven deseó hundirse en el pasado, a través de la noche inmensa de los tiempos, y se gozó en imaginar cómo sería aquel bosque y aquella Naturaleza encantada en los albores de la humanidad, en el día lejanísimo en que el hombre hizo su aparición sobre la tierra. De aquella lejanía, pensaba Keven, sabían algo el río, y el bosque, y las nubes... Y ellos le hablaban... como le hablaban el olor acre de la tierra, la suave fragancia del mirto y el punzante aroma de los pinos, llenándole de sensaciones que le penetraban hasta la misma sangre... En el instante en que se sentía ganado por este ensueño, por esta sensación inefable de verse fundido en la nada de los siglos idos, para no volver, algo inesperado le llamó a la realidad. Casi se asustó de ser un hombre de carne y hueso, un ser que podía pensar, y ver, y oler, y moverse en el espacio. Había pasado el maravilloso instante, pero su gloria, su dulzura y su quietud embriagadora perduraría para siempre, como una fe salvadora.
—Beryl, ¿en qué estás pensando? —preguntó al fin, sobrecogido por aquel ensueño extraño.
Ella se asustó, como despertando también a una realidad lejana. ¿Desde dónde la llamaba aquella voz inesperada?
—No estaba pensando en nada —contestó, como en un sueño.
—¿Qué estabas haciendo, entonces?
—Nada.
Y así era. Keven no podía esperar otra respuesta, y de recibirla se habría sentido defraudado. Ella había penetrado, indudablemente, en aquel mundo maravilloso que él acababa de entrever, y al tener su voluntad y su conciencia suspendidas y eclipsadas, como él mismo, no podía contestarle de otra manera.
—¿Te sientes feliz? —prosiguió.
—¡Oh I... ¡Inmensamente feliz I —replicó ella, en un murmullo.
—¿Te gusta esto...? Trepar a las altas montañas, mirar hacia abajo, sentarte bajo un árbol y cerrar los ojos...
—Me gusta más que nada en el mundo, excepto el río... ¡y tú 1 Pero tú eres también el río, porque por él llegaste hasta mí.
—Escucha, Beryl: tú tienes una hoja de roble en una mano, y unas agujas de pino en la otra... Las has olido repetidamente. Te he visto durante todo el camino.
También te vi acariciar, con dulzura, los abetos y los arces. ¡Y cuántas veces te detuviste para mirar y para oír! Has escuchado el rumor del arroyuelo, y has visto, en un atisbo, a muchas de las criaturas del bosque. Te has sentado a la sombra, cuando podías haberlo hecho al sol... Y tus cabellos se adornan con una hoja, lo mismo que una india haría con una pluma... Todo eso lo has hecho hoy y mil veces antes, ¿no es cierto? Y dime, Beryl, ¿hacías todas esas cosas de una manera consciente? ¿Te dabas cuenta de tus acciones?
—No, no me daba cuenta... Y tendré que preocuparme en adelante, ya que eres tan observador.
—¡Por favor, querida mía...! Te hablo con toda la seriedad posible. Quisiera que me ayudaras, Beryl amada, a descifrar algo que me preocupa...
—¿Referente a mí?
—Exacto, y a través de ti, referente a mí mismo.
—Yo soy un libro abierto para ti, Kev.
—No, no lo eres. Eres un misterio, un maravilloso misterio. Y no es que te quiera distinta a como eres, no... Beryl, óyeme: hace muy poco tiempo, ya sabes lo que yo era... Luego, me liberé de aquel terrible monstruo del alcohol, y vino el amor. Si antes estaba torturado constantemente, torturado estoy ahora. Me siento saludable, fuerte, recuperado; puedo dormir y comer; mis pesadillas han huido...
Incluso puedo ver con este ojo, que estaba casi ciego. Mira: me tapo con una mano este otro... y te veo, Beryl, te veo con perfecta nitidez. Tú, y el río, y Soledad, habéis hecho este milagro con mi espíritu y hasta con mi cuerpo. No sé explicarlo; sólo sé sentirlo. Y me siento torturado al pensar que todo esto no sea una realidad, sino un sueño, un hermoso sueño...
—No, Kev, no es un sueño... ¡Es la vida! Todo se lo debes a mi amada Soledad.
—Pero, ¿de dónde viene? ¿Dónde se encierra el misterio?
—No lo sé exactamente —replicó ella pensativa—; pero puedo decirte lo que yo experimento cuando estoy lejos de aquí: me muero por volver a aspirar el aroma de estos pinos. No quiero que vayas a creer que jamás me he divertido fuera de aquí, ni he llegado a aprender cosas interesantes. Nada de eso. Pero allí, en lo que podríamos llamar ««civilización», yo puedo ver y puedo pensar. Aquí veo, pero no soy capaz de pensar... Creo que es eso. En Roseburg y Portland lo pasé bastante bien. Me gustaba mi trabajo en Roseburg, especialmente ir a la escuela; pero veía allí tanta prisa, tanto afán, tanta locura en las gentes... ¡Y todo por dinero! ¡Por lujos! ¡Por placeres mezquinos! Allí reinaban el egoísmo, la codicia, la miseria y el dolor. El sacrificio y el desinterés de unos pocos no eran nada, entre aquel río desbordado de pasiones. Y al tropezarme con toda esa podredumbre me acordaba, sin saber por qué, de Soledad... Luego, al volver, todo aquello se desvanecía, desaparecía de mi vida y mi preocupación. ¡Lo olvidaba!
Keven sintió que Beryl había ido lejos en sus confidencias..., pero faltaba algo. Podía él intentar el descubrimiento del misterio, tal vez, puesto que el alma tímida y dulce de Beryl Aard se detenía en la impalpable frontera de una velada indecisión.
—En una palabra —dijo—: tú piensas que esta paz nace de aquí... Pero esta laxitud, este ensueño, esta gloria que acabamos de vivir, y de la que yo mismo te arranqué, hace un instante, ¿de dónde viene?
—Voy a decirte una cosa, Kev, puesto que me haces pensar en ello... Esto no es nada. Vayamos más arriba, más arriba, hasta un lugar que yo conozco. Luego, me dirás lo que piensas... Ahora, olvídate de todo.
—Sí, querida mía. Iremos; pero permíteme una última palabra, por favor.
—Bien, adelante..., ¡matador de ensueños!
—¿Crees tú, acaso, que ese embrujo, proviene de causas puramente físicas?
¿Qué es lo que a ti te emociona más?
—E1 perfume, indudablemente. El perfume de los pinos y los abetos. El olor de las hojas quemadas, del humo... La fragancia del mirto. Papá siempre me mandaba flores de ésas en las cartas. Mi corazón saltaba de gozo. Después, al volver a Soledad... ¡Oh, cómo gozaba de todos sus olores, de todas sus fragancias! ¡Hasta las mofetas, con su olor fétido, me huelen bien aquí en Soledad!
Keven se echó a reír y preguntó:
—Y ahora, Beryl, cuando miras hacia allá abajo, ¿qué es lo que sientes?
—Nada, hasta que tú me haces sentir... Veo; nada más.
Permaneció en silencio durante un buen rato, convencido de que la excepcional naturaleza de aquella criatura, y su extraordinaria fortuna al conseguir su amor, hacían inútiles nuevas palabras. Si Beryl tenía sangre india en las venas, en mayor o menor grado, ¿cómo empeñarse en vibrar al unísono de sus extrañas y ancestrales sensaciones? Ella nunca podría explicarle el por qué de su íntimo modo de ser, pues este «por qué» se escondía en la noche de los tiempos primitivos. Era una llamada de su sangre, lo que la hacía pensar y creer.
—Vamos, encanto misterioso de mi vida —dijo, enderezándose y cogiéndola de la mano—; vamos arriba, hasta donde quieras llegar... Iré contigo, ¡pero cuídate de que no llegue a quererte demasiado, más de lo que te quiero ya, cosa que me parece muy difícil!
El mediodía sorprendió a los expedicionarios en las alturas, y Keven, al llegar allí, se encontró desfallecido y cansado. Había trepado con determinación, sin volver la vista atrás, durante horas y horas, siempre atento a la belleza cambiante del panorama.
Beryl, que era la que abría marcha, le había guiado hasta la cumbre de una alta montaña, cuyas laderas, hasta un nivel considerablemente elevado, negreaban bajo una tupida mancha de abetos. Más arriba todavía, y a partir del punto que habían alcanzado, el suelo se cubría con una especie de alfombra de yerba, salpicada aquí y allá por manchas de asteres, que agitaban en el viento sus florecillas de variante colorido.
El aire era allí fino, fresco y penetrante. Keven jadeaba. Se dedicó a observar a Beryl, que no daba muestras de cansancio, y únicamente pudo ver que unas cuantas gotas de sudor, como perlitas de rocío mañanero, adornaban su frente. Hacia el final del bosque y como cortada a pico, se levantaba la imponente mole pizarrosa de un alto risco.
—Mira, Kev —dijo Beryl señalando hacia aquella masa de piedra—; «mira con mis ojos...» ¡Ése es mi trono! Yo he subido siempre hasta aquí, dos veces al año, desde que cumplí los diez.
Keven se había recobrado un poco, y miró en aquella dirección. Las últimas estribaciones montañosas se extendían hacia el Oeste, y el muchacho las contempló con arrobamiento y admiración. En la parte alta del enorme risco vio un grupo de nubecillas blancas, como madejas de algodón, que se movían casi imperceptiblemente. Jamás había visto nubes más cercanas ni más blancas. Luego, su vista se perdió en el inmenso valle...
Aquellas alturas no preparaban el ánimo ni el espíritu, ciertamente, para las rudas y materiales luchas de la vida. Keven extendió la mirada por aquel mar inmenso de verdor, y desde allí todo le pareció disminuido y mínimo, pequeño e indiferente, al tiempo que él mismo se sentía más grande, más puro y más cerca de Dios. ¿Hasta dónde se extendía aquel océano de árboles, que ahora no eran más que pequeñas e insignificantes agujas entrelazadas? Sus ojos no podían distinguir límites ni eran capaces de delimitar confines. Por todas partes, manchas. Manchas de color verde, naranja, cereza o púrpura, ponían en un lado y en otro su pincelada llamativa, proclamando la realidad abigarrada del otoño. Y más al fondo todavía, el río. ¿Qué era, visto desde allí, el misterioso e imponente Rogue? Nada. Apenas un resplandor, un brillo ligero, acentuado en los «rápidos»
y en las cascadas impetuosas, que parecían horadar las entrañas de la tierra, pero que desde allí apenas semejaban el ala inmóvil y blanca de una polilla. Por encima de aquel coloreado mosaico, la mirada de Keven se deslizó por el cerrado y denso cinturón de la cadena montañosa, que se extendía hasta los últimos confines. Era una interminable serie de alturas, que iban a confundirse con el cielo azul, allá en el horizonte. Desde todas ellas, las aguas puras de los numerosos manantiales se precipitaban hacia abajo, formando riachuelos, arroyos, corrientes, que iban a desaguar, al fin de sus accidentados recorridos, en el Rogue, el padre común.
Aun velado y lejano, como estaba, Keven sentía allí mismo la llamada monótona y eterna del misterioso río. Y nunca la había oído en aquel tono, con aquella armonía. Cerraba los ojos y creía ver sus «rápidos», sus barras, sus remansos y sus descensos hirvientes y arrolladores; pero cuando los abría, todo aquello quedaba en una estrechísima cinta, perceptible apenas en muchos lugares. Se frotó los ojos. ¿Era posible que aquello fuese, en realidad, su amado río? El milagro se debía únicamente a la altura, y Keven se dio cuenta entonces de que estaba abarcando, de una sola ojeada, un extenso valle de más de diez millas de ancho, salpicado de interminables laderas de bosques, de abruptos cañones pedregosos, de laberínticos macizos de arbustos, color de oro, y magenta, y púrpura en todos los matices, rotos a veces por las manchas grises de los riscos...
Veía todo aquello, con los ojos físicos, pero la predicción de Beryl se cumplía: su cerebro había dejado de pensar. Incluso la cabeza de su amada, reclinada sobre su hombro, le parecía solamente una fragancia, una caricia de los sentidos...
La mano de ella buscó la suya, y se quedó allí, como una paloma aterida. El pasado de un hombre se fundía con el presente, en ese lindero ideal e infranqueable del ensueño, y su vida toda, de una manera vaga y sensitiva, se asomaba a sus ojos asombrados y sus sentidos todos, embriagados por la infinita y perfumada armonía de una tierra única.


XVII
Una mañana, Keven cabalgó, acompañando a Aard, hacia Illahe, llevando ambos una reata de mulos que debían regresar cargados con mercancías y objetos preciosos en Soledad.
El sol no había podido romper la niebla hasta que los viajeros estuvieron más allá de la Barra del Missouri, y en aquel momento Aard se detuvo un instante y señaló hacia el río.
—Espera un momento, Keven dijo—; he visto, si no me equivoco, saltar algunas truchas; esto va a ser, con toda seguridad, la corrida que estaba esperando Beryl.
—¡Cielos! —exclamó Keven, que se había quedado, en efecto, a la expectativa— . Tienes razón, Aard... Hay truchas en el río.
Aard se quedó estudiando atentamente las aguas de un pequeño remanso, en las que pronto se hizo evidente la presencia de un gran número de truchas, algunas de excelente tamaño. Un poco más abajo de aquel lugar había una pronunciada cascada rocosa, cuya altura era verdaderamente difícil de superar para el pez que hacía su camino río arriba, fuera trucha, salmón u otra especie cualquiera. Después de aquella cascada, venían una serie de «rápidos» y descensos, que también ofrecían dificultades, por todo lo cual, la presencia allí de pescado abundante era un fenómeno digno de ser estudiado con interés. Los ojos de Keven se desorbitaban, mirando las removidas aguas del remanso, y de buena gana habría vuelto sobre sus pasos, para regresar con su caña y sus anzuelos; se contuvo, no obstante, de manifestar este deseo ante su amigo y patrón.
Las truchas parecían subir en proporciones considerables, y aquel remanso era como el punto de reunión y descanso, después de una jornada fatigosa. Se las veía saltar entre las piedras, surgir de los escondrijos rocosos y ganar la hoyada central, verdadero lago encantado, en aquellos instantes, para cualquier amante de la pesca. El remanso quedaba por momentos tranquilo y silencioso, pero de pronto se llenaba de círculos y de remolinos, y las truchas saltaban al aire alegremente, dejando ver sus lomos oscuros y sus anchas colas, que rizaban, al caer, la superficie del agua. Algunos ejemplares eran, como hemos dicho, de un tamaño considerable, circunstancia que hizo exclamar a Aard:
—¡Bien, muchacho! Parece que ésta es la corrida de los peces gordos.
Veamos: estamos hoy a ocho de octubre... Han tardado ocho días, y sus noches correspondientes, en llegar hasta aquí... ¿No te has fijado, Keven, en que estos peces no llegan hasta después de cerrar las factorías conserveras sus puertas, en primero de octubre?
—Sí; es curioso, ¿verdad?
—Es curioso; pero triste para los pescadores de la parte alta —replicó Aard, con sequedad—. Me figuro que jamás se ha hecho nada para evitarlo; pero es lo cierto que debería hacerse... Bueno, de todos modos, ya tienes una buena noticia para Beryl. Me figuro que este banco de truchas se quedará algún tiempo por aquí, antes de seguir a Soledad. Tanto el salmón como la trucha, suelen hacer grandes descansos en su larga carrera, y en Soledad, especialmente el pescado de tamaño mayor, permanece bastante tiempo... ¡Tendremos este año pescado ahumado en buenas proporciones, Keven!
—También yo lo creo así, Aard.
—Bien, ahora arrea aquellos mulos y sigamos adelante. No podemos quedarnos aquí todo el día, viendo saltar las truchas.
Keven hizo lo que se le ordenaba, y la pequeña reata se puso en marcha, al tiempo que las últimas nubes de niebla se disipaban definitivamente y el sol brillaba, rojo y caliente, en todo su esplendor.
Hacia mediados de la mañana, llegaron a Illahe; pero a causa de diferentes gestiones que les entretuvieron bastante tiempo, la carga de las mercancías no pudo hacerse hasta después del mediodía. Keven estaba aguardando a su patrón, entretenido en una última diligencia, cuando se dio cuenta de la llegada a la aldea de dos pescadores, vestidos con trajes color caqui, que subían del río, con aspecto cansado y las pequeñas redes completamente vacías, sin una sola trucha en ellas. Al acercarse, el muchacho lanzó una mirada de curiosidad a sus cañas y aparejos. Un pilluelo del lugar, con los pies descalzos se acercó a ellos para recogerles las cañas y los útiles de pescar. Al hacerle entrega de ellos, uno de los pescadores le dijo:
—Nada, muchacho; este Rogue vuestro no tiene una sola trucha..., no sirve para nada.
—¡Oh, sí, señor! —replicó el muchacho, sonriendo picarescamente—. Lo que ocurre, señoritos, es que ustedes no saben cogerlas...
Los pescadores se echaron a reír y se dirigieron a Keven.
—Me figuro que todas las personas de este lugar, viejas o jóvenes, piensan lo mismo de nosotros, los pescadores de la ciudad, ¿no es así? Creen que no servimos para coger una mala trucha...
Keven también se echó a reír:
—A mí me ocurre lo que a ustedes, señores; tampoco soy de aquí.
—¡Ah, perdone, entonces! ¡Le habíamos tomado por un nativo! — dijo el hombre, volviendo a mirar con atención al muchacho. Era un tipo simpático, de risa franca y rostro agradable, bronceado por el sol.
—No hay nada que perdonar; el haber nacido aquí —dijo Keven —no es una deshonra, ni mucho menos. Esta es una tierra privilegiada.
—Sin duda alguna —convino su interlocutor—. Y, dígame, aunque peque de curioso: ¿qué clase de moscas son esas que lleva prendidas en el sombrero? —preguntó luego, con súbito interés.
—Son de confección casera —explicó Keven, quitándose el sombrero para mostrarlas mejor—; un abejorrón, un cínife y una moscarda tostada.
—¿Quién las ha hecho? —preguntó el pescador con manifiesta curiosidad.
—Una muchacha amiga mía —contestó Keven, lacónicamente.
—Esos cebos, me figuro, no sirven para coger truchas, ¿eh?
Keven se echó a reír de aquella incredulidad al pensar que, en un tiempo, él había compartido la misma opinión.
—¿Que no sirven?... Mis queridos amigos: las truchas, con estos cebos, se amontonan solitas, sobre las piedras, al lado del pescador.
—¡Oh! ¿No exagera usted un poco, amigo? —exclamó el pescador, regocijado, pero atento a las palabras de Keven, que seguía con el mayor interés.
—Puedo asegurarles que no —prosiguió éste—. El lunes pasado cogí en una hora nueve truchas con esta «moscarda tostada». La mayor pesó siete libras. Es una mosca magnífica, pero mi amiga sabe fabricar otra mejor... Hace una mosca negra, con las alas blancas, ligeramente teñidas de rojo, y... ¡es «dinamita», pueden creerme!
—¿Tiene alguna de ésas, para verla?
—No, no tengo aquí ninguna; lo siento. Perdí una que tenia y no ha querido darme otra... Tuvimos una especie de desafío, una discusión acerca de todo esto de los cebos, los métodos, las cañas... Ya sabe usted lo que somos los pescadores, ¿no es así?
—Sí, desde luego; cada uno cree que sabe más que los demás... ¿Y no querría venderme alguno de esos cebos?
—No; se los regalo, si le interesan. Y también le daré algunas ideas, si es que quiere pescar en la parte baja del Rogue.
—¡Es usted amabilísimo, amigo! —respondió el pescador, haciéndose cargo de los cebos—. Y, naturalmente, que le escucharemos con el máximo interés... Mi amigo y yo somos de Portland y pescamos en este río por primera vez. Hemos pescado en el Stilliguamish y en el Umpqua, y también en otros ríos famosos; pero nunca en el Rogue... Y aquí hemos fracasado; un fracaso completo.
Hermosas corrientes, pero ni una trucha...
—A mí me ocurrió algo parecido. Yo he nacido en la parte alta de este río, y estoy pescando en él desde que era un chiquillo. Siempre me tuve por un gran pescador... hasta que llegué aquí. ¡Fui derrotado por una muchacha! —¡Con eso lo digo todo!
—¡No me lo diga! —exclamó riendo el pescador de Portland, ganado por la franqueza del muchacho—. Sería una muchacha excepcional, una gran pescadora...
—Lo es, indudablemente... Y ahora, permítame unos consejos. Pruebe con esas moscas. Localice algún remanso donde vea saltar la trucha. No se deje ver de los peces; quiero decir, que se mantenga fuera del agua. Arroje su cebo sin prodigar mucho el cabo; lo suficiente, nada más... Estése quieto, y espere los resultados; se maravillará. La trucha duerme debajo de las rocas y cerca de las orillas... A la mosca debe imprimirle un ligero movimiento de vaivén, para darle sensación de cosa viva. Si sigue estas instrucciones, hará pesca en el Rogue, sin duda alguna.
—Mil gracias; es usted muy amable, y crea que tanto mi amigo como yo se lo agradecemos mucho. Hasta ahora hemos tenido mala suerte. Pero, hablando de otra cosa, ¿cuál es su nombre?
—Bell, Keven Bell.
—Veo que ha estado en el servicio, ¿eh? —intervino el otro.
—Sí, señor; pero no llegué a ir a Francia —replicó Keven, sorprendido.
—Tuvo usted suerte... Creí que había estado —en el frente. Perdóneme, pero mi profesión es la de odontólogo, y estoy acostumbrado a ver cosas que un profano no podría apreciar...
—Sé a lo que se refiere —replicó Keven—; fui herido sin necesidad de ir al frente. —Y el muchacho hizo un somero relato de su accidente en el campo de entrenamiento, señalando luego sus consecuencias funestas.
El pescador sintió acrecida su simpatía hacia el muchacho, e inmediatamente hizo su presentación —Soy; el doctor Allan Ames, y mi amigo es el doctor Mcintire, especialista en ojos. Se ve en seguida que no —ha sido tratado en debida forma. ¿Permite que le hagamos un reconocimiento ligero?
—Desde luego asintió Keven—; lo agradeceré mucho.
El médico era un hombre alto y fuerte, de rostro agradable, también tostado por el sol.
—Estreche la mano de este muchacho, doctor —le dijo el dentista—; nos ha hecho un buen favor al regalarnos estos cebos e indicarnos el modo de hacer algo positivo en el Rogue. Debemos corresponder. Parece que una explosión le deshizo la cara, en el campo de entrenamiento. Perdió un trozo de maxilar y quedó casi ciego de un ojo... Se ve que no lo trataron en forma debida. Vamos a echarle una ojeada.
Aquellos amables caballeros cogieron a Keven, sin más explicaciones, y lo llevaron al pórtico de la posada, que estaba a dos pasos. Allí, Keven abrió la boca y mostró el trozo de hierro que formaba parte de su maxilar inferior. El médico lo reconoció, examinándolo a fondo. Luego dijo:
—¡Qué barbaridad! —y se dirigió a su compañero, el dentista, preguntando: —¿Cómo es posible que este hombre haya soportado esto?
El odontólogo lo examinó, a su vez, meneando la cabeza.
—Fractura completa —dijo —con falta de tejido óseo, sustituido por un trozo de hierro, mal unido... Hay tejidos blandos ulcerados y padece una consiguiente estomatitis. —Luego se dirigió al paciente: Escuche, Bell; esto tiene que haberle hecho sufrir de manera terrible...
—En efecto, doctor; jamás he conseguido tener la boca en regular estado, y con frecuencia me duele bastante. Además, no puedo apenas comer.
—Me complace anunciarle que todo esto puede ser corregido. Hay que tirar ese trozo de hierro... Le recetaré, de momento, unas medicinas que le irán muy bien. Luego, cuando tenga tiempo, venga por mi consulta de Portland y le dejaré perfectamente.
—Costará eso mucho dinero, doctor?preguntó Keven con ansiedad.
—Costará algún dinero, desde luego, porque hay que sustituir ese trozo de hierro por una pieza de oro y platino. Con dientes, naturalmente. Será más pesado que eso que lleva, para que quede encajado por su propio peso, hasta que los músculos se habitúen y puedan moverlo con soltura. Su caso no es de los peores...
—¿Cuánto costará eso? —volvió a preguntar Keven, interesado verdaderamente.
—Con exactitud no se lo puedo decir; pero no se preocupe por ello... Se lo haré lo más barato que sea posible... Calculo que puede costarle, como máximo, unos quinientos dólares; pero valdrá para usted más de un millón.
—Vuelvo a darles las gracias, señores. Iré a verles tan pronto pueda contar con el dinero.
—No lo deje mucho tiempo, porque no le conviene... Le daremos crédito.
Ahora vamos a ver ese ojo.
A continuación, el médico sacó una buena lente y examinó cuidadosamente el ojo lastimado de Keven Bell.
—No es una cosa grave, por lo que se puede ver en un reconocimiento superficial —dijo el doctor, animándole—. Una parálisis parcial del nervio óptico, probablemente. Necesitará unos lentes, para proteger ese ojo. Por el momento, le voy a colocar un trozo de paño oscuro, sujeto con esparadrapo, para que no lo fuerce demasiado. Siempre llevo cosas de éstas en mi maletín.
Diciendo esto, el doctor abrió su pequeña mochila y sacó de ella los preparativos necesarios para velar el ojo enfermo de Keven.
—Después de esto verá con más nitidez por el otro ojo —añadió.
—Me parece que tiene razón, doctor —exclamó el muchacho, una vez que estuvo vendado—; veo mejor... Pero, ¿tengo que llevar esta pantalla continuamente?
—Es conveniente, siempre que la luz sea muy intensa, al menos. Por la mañana temprano y a últimas horas de la tarde, puede prescindir de ella. Pero, como le aconsejó mi compañero, no debe tardar en ir a vernos. Creo que le ayudaré a poner ese ojo en perfectas condiciones...
—Vuelvo a darles las gracias, caballeros —replicó Keven, una vez más, sinceramente agradecido—; les ruego me dejen la dirección. Iré a verles a Portland tan pronto como me sea posible.
Keven se despidió de los doctores y volvió a toda prisa al almacén, donde ya le aguardaba Aard, con la última mula cargada del todo.
—¡Eh!... ¿Qué te ha ocurrido? —exclamó, al ver la extraña apariencia de Keven.
—Dime, Aard, ¿tengo muy mala pinta con esto?
—Terrible pinta; parece que alguien te ha puesto un ojo negro y te ha estropeado la barbilla.
Keven le puso en pormenores del encuentro con el médico y el odontólogo, a lo que Aard replicó:
—¡Eso es magnífico, muchacho!... No hagas caso de lo que te he dicho, que fue una broma. Beryl se va a alegrar muchísimo... Y tienes que ir a Portland cuanto antes, sin esperar a que caiga la nieve.
—Pero, necesito reunir antes el dinero, Aard. Eso me costará un año, o acaso más; aunque no me importa; me siento feliz al saber que podré curarme.
—Yo te prestaré esos dólares —le dijo Aard, sin dar importancia a la cosa.
—No lo consentiré..., ¡no, pedazo de pan, buenazo hasta dejarlo de sobra! —declaró Keven, emocionado—. Mi palabra, Aard, ¡ya has hecho por mí mucho más de lo que puedo pagarte!
—Bueno, estamos entre amigos; no digas más tonterías. ¿Es que no me estás ayudando tú en todo lo que puedes?
—¿Ayudándote? Me gustaría saber en qué.
—Has hecho feliz a mi hija; desde que tú viniste, es otra muchacha diferente.
—¿De veras crees eso, Aard? —preguntó Keven con voz trémula.
—¡Claro que sí, pedazo de infelizote! —contestó Aard, regocijado—. Y ahora vamos andando.
Durante todo el camino de regreso, Keven fue pensando en las circunstancias de aquel casual encuentro con los dos doctores, encuentro que acaso podría transformar toda su vida. El bosque, el río, el paisaje todo, se le presentaban con una belleza nueva, inédita y nunca apreciada en ocasiones anteriores. Al llegar a Soledad, Beryl salió a recibirlos, con las mejillas arreboladas y los labios entreabiertos por una encantadora sonrisa. Al ver a Keven con su ojo tapado, palideció intensamente, temiendo que le hubiera ocurrido algún grave contratiempo. El muchacho se echó a reír y gritó:
—¡Eh...! ¿Qué ocurre aquí, en Soledad?
—¡Oh, Kev...! ¿Qué te ha pasado? ¿Una riña?
—Creo que sí... —le agradaba al muchacho hacerla sufrir, gastándole pequeñas bromas, porque su carita enfurruñada se tornaba más linda.
—¿Es que... que... es que te han... pegado? —gimió Beryl, con un infinito desconsuelo, —Eso parece; y más violentamente que tú en aquella tarde famosa.
—Pero, ¿quién ha sido, Kev? —gritó, amarilla como la cera, con los ojos llameantes y la voz trémula de indignación.
—Pregúntale a tu padre...
—¿Se atrevió él... a eso? —preguntó ella con un tono vibrante de incontenida rabia.
—¡Oh, por Dios, no!... ¡No, Beryl, te lo juro! —exclamó, al ver el semblante descompuesto de la muchacha.
—Ha sido una broma; no me ha pegado nadie, y, por el contrario, vengo contentísimo...
Entonces, Keven conté a Beryl los incidentes de aquella jornada y su encuentro con los dos doctores, que le habían reconocido y dado grandes esperanzas. Concluyó:
—¡Y todo porque les regalé aquellos cebos para las truchas!
—Escucha, Kev —le dijo ella, todavía enfadada—: ¿por qué te places en mortificarme y hacerme sufrir? —El color volvía rápidamente a sus mejillas—. Me has dado un mal rato, pero ahora..., ¡ahora me siento muy feliz!
Después de la cena, una vez que Aard se hubo marchado a la cama, Beryl dejó un momento a Keven, sentado delante del fuego, y al poco rato volvió, poniendo en su regazo un puñado de billetes.
—Aquí tienes, Kev; para que vayas a Portland en seguida —dijo.
—¿También tú?... ¡Demonio con los Aard! —cogió el dinero, lo contó, y luego se lo devolvió a Beryl, con gran sorpresa por parte de ella—. ¡Quinientos dólares!
Beryl, ¿de dónde has sacado tanto dinero?
—Lo gané y lo tengo ahorrado.
—Bueno, perdóname si soy un poco curioso... Yo, Beryl, te agradezco este gesto con todo mi corazón; pero no puedo admitir el dinero.
—¿Por qué no, Kev? preguntó ella, entristecida.
—Pues... pues, porque no estoy seguro de cómo y cuándo podré devolvértelo —replicó.
—Si nuestros papeles estuvieran cambiados —objeté ella—, yo lo tomaría de tus manos... —Eso es diferente, Beryl. Tú eres una mujer y yo soy un hombre.
—¿Cuál es la diferencia?
—Me parece que un hombre siempre puede ayudar a una mujer; pero no es correcto que tome dinero de ella. —Sí, ya entiendo... —contestó Beryl; pero era evidente que no lo entendía de ninguna manera. Súbitamente, el color huyó otra vez de sus mejillas, que se tornaron lívidas, mientras sus labios temblaban ligeramente. Keven se dio cuenta del profundo trastorno que sus palabras habían ocasionado en aquella sensibilidad tan especial de la muchacha, y quiso enmendar la plana. Se levantó y se aproximó a ella, diciendo:
—Presta atención, Beryl, a lo que voy a decirte: debes guardar ese dinero, hasta que yo tenga bastante para pagar a los doctores... A ti te hará falta, porque quiero que tú vayas conmigo a Portland..., ¿entiendes?
—¿Que yo vaya contigo? —repitió ella, asombrada. —Naturalmente... digo; en el caso de que quieras ir. Vivo con esa esperanza, que es lo único que me hace feliz... —Keven sintió que sus propias palabras se le enredaban en la garganta, mientras un calor extraño le subía al rostro. La muchacha estaba, asimismo, temblando le emoción.
—¡Keven! —dijo, tratando de aparecer serena, cosa inútil porque la sangre galopaba furiosamente por sus venas, y la alegría, por más que entornara los ojos, se filtraba por aquel prodigio de sus largas y negras pestañas.
Se sentía abrumada, poseída de un infinito contento. Y luego, sin pronunciar una sola palabra más, se alejó de allí.


XVIII
La triste y oscura madrugada apareció con un soplo helado, que bajaba de las altas montañas. El mes de octubre estaba ya bastante avanzado.
Keven tomó el camino del bosque, llevando en sus manos el equipo de pescar, y se dirigió hacia el Norte, pisando con firmeza la alfombra de hojas amarillentas que cubría el suelo. Poco después, al llegar cerca del lugar en que el río se perdía, en un descenso rápido, para precipitarse al fin en las profundidades del pedregoso cañón, dejó el camino y bajó hasta la orilla arenosa. Allí pudo distinguir aún sus propias huellas, marcadas tres semanas antes. También vio huellas de venados, de nutrias y de visones; pero las suyas eran las únicas en lo que tocaba a huellas humanas.
Ningún otro signo de vida se ponía de manifiesto. El río podía estar completamente vacío de truchas y salmones, puesto que no se veía la menor señal o salto sobre la superficie de las aguas; pero también podía estar lleno de peces, que dormitasen bajo las piedras y en sus recovecos favoritos.
Keven recogió el cabo, repasó la guía y los corchos y se dedicó, sin prisa, a la tarea de seleccionar una mosca. Llevaba una buena cantidad de ellas, pero sólo unas cuantas eran las favoritas; sin embargo, no tenía prisa por empezar la jornada lanzando al agua las mejores... ¡Tenía todo el día por delante! Por lo tanto, escogió una mosca común.
A su lado y sobre la roca en que estaba sentado, tenía Keven el largo bastón que le servía para ayudarse al vadear el río. Pudo notar, a primera vista, que el nivel del agua era medio pie más bajo que la última vez que pasó, por aquel lugar, a la orilla opuesta. Esto haría la tarea más fácil y disminuiría el riesgo. Se metió en vista de ello, decididamente, en el agua, y pudo comprobar que el nivel estaba más bajo, en efecto, y que la fuerza de la corriente era bastante menor; sin embargo, estaba mucho más fría que la vez anterior, y aquello le ocasionó dolores y molestias, por la necesidad de caminar despacio. Vadear el Rogue en octubre no era nunca cosa agradable. Mientras el agua no pasaba de las rodillas, todavía se soportaba bien; pero en el centro de la corriente el pescador tenía que hundirse hasta la cintura, y entonces la sensación helada era molestísima.
Al llegar al otro lado, dejó sus útiles en el suelo y se dedicó a hacer un poco de ejercicio para entrar en reacción. Le temblaban las piernas y tenía las manos ateridas. Luego, cuando ya la sangre parecía haber recobrado su fuego característico, cogió la caña y se ' dispuso a lanzar junto a un remanso del que esperaba obtener algún provecho. Ya tenía la mano en alto, cuando su atención se vio sorprendida por un bulto enorme, con grandes astas en la cabeza, que cruzaba por el lado de la barra, un poco más abajo. Era un ciervo, un precioso ejemplar, por cierto, que pronto desapareció, ocultándose entre los arbustos.
Keven lanzó su anzuelo y el tiempo transcurrió sin agotar su paciencia...
Cuando se dio cuenta, el valle estaba ya completamente iluminado. Se maravilló de que de manera tan súbita se hubiese hecho de día. Se sentó, desalentado, y lanzó una ojeada hacia los bosques, que saludaron con sus llamaradas de verdor cambiante. Por la parte de abajo, hacia el cañón, la tonalidad grisácea del amanecer se encendió de pronto, tornándose de un púrpura subido. Y, de pronto, el canto del mirlo le anunció la inminente salida del sol.
Volvió a lanzar el cabo, después de cambiar el cebo, usando esta vez una mosca favorita que él había bautizado con el nombre de Beryl. La había compuesto él mismo, con gran regocijo de la muchacha, a su antojo y capricho.
Era una mosca horrible y fea, y su nombre no tenía nada que ver ni pretendía insinuar la menor semejanza con la muchacha; pero se había empeñado en lla-marla así, como podría haberle puesto otro nombre cualquiera.
Al primer lanzamiento con la nueva mosca, la suerte le favoreció; una trucha se quedó prendida en el anzuelo. Era un buen ejemplar, que debería de pesar, al menos, cinco libras. Aquello le llenó de alegría, tomándolo como presagio de una buena jornada.
Unos instantes después, un enorme ejemplar, con el lomo rosado y los costados color de plata, saltó junto al cebo, pero se hundió de nuevo en el agua sin decidirse a picar. Keven contuvo el aliento. Era una trucha de un tamaño excepcional, un verdadero monstruo, y su captura colmaría, ciertamente, todos sus deseos. Con una gran ilusión se puso a la tarea de capturar al pez; pero, aunque lo hizo saltar algunas veces más junto al cebo, no consiguió que quedara prendido en él. Al fin, la pieza se ahuyentó definitivamente y las aguas quedaron otra vez claras y tranquilas...
Pero todo contribuía a la diversión del pescador, incluso los fracasos. Una y otra vez volvió a lanzar su cebo... Desde su emplazamiento vio de pronto dos nutrias jugando sobre la arena. Estaba convencido de que ellas le veían a él, tan seguramente como él las estaba viendo a ellas; pero no se inmutaban por su presencia. Al fin, desaparecieron. A su alrededor, las pequeñas truchas, los cangrejos, las arañas y los mil pececillos de ínfimo tamaño, eran objeto de su arrobamiento, de su atención constante. Se quedaba largo tiempo contemplando alguno de estos animaluchos con la fijeza y abstracción de un indio...
Repentinamente, algo le sacó de su ensimismamiento, algo que estaba hecho de luces y de colores brillantes. El sol acababa de fundir la niebla, y las montañas y laderas del paisaje se mostraban claras y nítidas en toda su belleza, proclamando la gloria del otoño con sus rojos escarlata, sus verdes, sus amarillos de oro viejo. Y, sobre todo, el esplendor del río, brillante y luminoso, envolviendo, en su encanto, todo el ardor del sol y toda la fragancia de los bosques.
Como un muchacho, entretenido en su deporte favorito, el tiempo no contaba para él, puesto que del menor detalle su sensibilidad hacía un auténtico suceso. Una hoja desprendida de un árbol fue a posarse, lentamente, sobre su brazo. Era una hoja amarilla, una hoja de roble, moteada de verde y bronce en su parte central. Aquello le recordó la magnífica belleza de los bosques de la parte alta, en las cimas montañosas, donde anidan las palomas torcaces y el ciervo busca su escondite y refugio.
La corriente del río cambiaba, con la altura del sol, de colorido y aspecto, mostrándose tan pronto de un verde dorado como de un rosa encendido. Muchas veces había notado Keven aquel fenómeno. Lo que era inalterable era su música, su canto perenne, que llevaba grabado en la sangre y en el corazón, como una llamada ancestral...
Pescó de pronto una trucha, y luego, casi inmediatamente, otra más...
Llegó un instante en que se dio cuenta de que ya no podía distinguir con claridad el cebo.
—¡Cómo! —se dijo—. ¿Ya está la noche encima? ¿Es posible?
El ladrido de los perros le dio la bienvenida cuando, de regreso a Soledad, hizo su aparición con su bonita ristra de truchas.
Beryl salió al pórtico, destacándose en la negrura la mancha blanca de su delantal.
—¡Oh, Kev, qué estupendo día! —gritó—. ¿Cuántas?
—Creo que son diecinueve —replicó, tratando de no dar importancia a la cosa.
Inmediatamente, se produjo en la muchacha aquella transformación que, al hablar de pesca, la convertía en una rival despreciativa y orgullosa. Tocando con la punta del pie alguno de los ejemplares que Keven llevaba en su sarta de truchas, exclamó:
—Por debajo de cinco libras, Kev... ¡No debías haber cogido esto! Yo dejo marchar estos animalitos.
—¿Cómo? Creo que estás equivocada... ¡Pesan lo menos de seis libras para arriba!
—¡Ah querido! —volvió a decir ella, meneando la cabeza—. Tus ojos son lupas de aumento. Les pasa a todos los novatos.
—¿Novato? ¿Me llamas a mi novato... con diecinueve truchas cobradas?
—Bueno; digamos... «pescador de ciudad».
—Y, ¿qué es lo que has cogido tú esta tarde? ¿Puede saberse?
—Yo salí muy tarde, porque había muchas cosas que hacer. De todos modos, la trucha no salta hasta que se ha levantado la niebla; eso ya lo sabes. Papá bajó hasta Missouri, y yo fui con él.
—¿Cogiste algo? —inquirió, rabiando por conocer los detalles de tal excursión.
—Tuvimos una buena tarde, especialmente cuando el sol estuvo un poquito alto.
—Bueno, pero... ¿cuántas?
—Treinta y cuatro —replicó Beryl displicentemente.
—Treinta y cuatro... ¿qué?
¡Treinta y cuatro truchas, pedazo de tonto! Y eso que yo dejé marchar a las pequeñas...
—¿Y cuántas cogiste tú de esas... treinta y cuatro?
—Siento mucho haberte superado, Kev..., ¡yo cogí veintiuna!
Keven, con cara de asombro, miraba alternativamente a Beryl y su ristra de truchas. No estaba tan oscuro como para no poder distinguir perfectamente las facciones de la muchacha; aunque ella pretendía aparentar indiferencia y tranquilidad, se veía a la legua que estaba estallando de alegría. ¡Cómo le gustaba vencerle, superarle!... A no ser por aquel traje sucio y húmedo, la habría cogido, cediendo a la fuerza de su pasión, y la habría estrechado contra su corazón. Se limitó a poner cara de circunstancias y dijo:
—Hemos terminado, Beryl... ¡Ya no te quiero!
Una carcajada clara y optimista le siguió los pasos al retirarse a su habitación para cambiarse de ropa y ponerse presentable para la cena.
—No tardes mucho, que vamos a cenar —le oyó decir aún, desde lejos. Pero Keven no se dio, ciertamente, ninguna prisa, y se dedicó mientras se vestía, a recapitular las incidencias de la jornada. Había sido un día, para su gusto, verdaderamente encantador, semejante a aquellos otros, de muchos años atrás...
Se sentía rejuvenecido y experimentaba la sensación de haber vuelto a la vida, a la realidad... y al amor.
Cuando hizo su aparición en el pequeño y acogedor saloncito que servía de comedor, Beryl estaba guapísima, luciendo otra vez aquel precioso traje blanco que tenía la virtud de realzar tan prodigiosamente su belleza. Cuando ella se ponía aquel traje, Keven no podía apartar ni un momento los ojos de su figura. Era un vestido sencillo, desde luego, pero Beryl se transformaba con él de una manera casi milagrosa. Se hacía más delgada, más femenina, más dulce, si cabe.
Al perder la rudeza de sus ropas de trabajo, todo se estilizaba en ella y adquirían un encanto especial sus líneas, su piel, la negrura insondable de sus ojos y la suavidad de sus cabellos de endrina.
—Bien, hijo —le saludó Aard—; parece que este ha sido uno de los buenos días de aquí, en Oregón... Siéntate y no te quedes embobado mirando a Beryl, tan sólo porque se ha puesto un vestidito blanco. El ejercicio de la pesca me abre el apetito de una manera horrible, ¿Qué tal te ha ido a ti?
—Muy bien —contestó, tomando asiento pero sin separar los ojos de Beryl—; ha sido, como dices, un día magnífico.
Sirvieron la comida; pero Keven se dio cuenta de que la larga jornada no le había abierto las ganas de comer, lo mismo que a Aard.
—Lo que me ocurre, Beryl —explicó, tratando de justificar su inapetencia—, es que no puedo comer a gusto por no tener muelas con que masticar...
La observación llevó a primer plano un nuevo tema de conversación, al tiempo que cambiaba completamente el humor de Beryl.
—Ya te he dicho, Kev —comentó Aard—, que no deberías retrasar tu viaje a Portland.
—Es más fácil tomar consejos que dinero —replicó Keven con seriedad.
—Sí, a veces; pero tú eres ahora como un hijo para mí, y lo mío te pertenece.
Es tuyo.
—Escucha, Aard: mis sentimientos por ti... y por Beryl... no tienen nada que ver con los intereses monetarios —volvió a objetar, obcecado en su idea, pero íntimamente satisfecho de que se hubiese suscitado la cuestión.
Los ojos de Beryl estaban bajos, clavados en el plato. El arrebol había huido de sus mejillas. Keven trató de atraer hacia sí aquella atención, y lo consiguió al fin, logrando que una oleada de rubor encendiese otra vez aquella carita enfurruñada.
—A mí me parece, Kev, que te preocupas demasiado —siguió diciendo Aard—; lo principal, que era ponerte fuerte y sano, ya está conseguido. Todo lo demás vendrá a su tiempo.
—Así lo espero —murmuró el muchacho.
—Encontrarás en Soledad la paz y la felicidad, algún día, pero es preciso que cambies de humor y dejes de atormentarte tú mismo con problemas que no existen más que en tu imaginación.
Las palabras de Aard eran paternales y amables, y estaban dirigidas, evidentemente, lo mismo a Keven que a Beryl. Poco después, la cena terminó en silencio.
—Bueno, ahora vendrá muy bien una pipa —dijo Aard, mientras removía las brasas del fuego con las largas tenazas—. No sabes lo que te pierdes, Kev, por no fumar en pipa. Ya sé que Beryl dirá que eso del tabaco es una porquería, y que por nada del mundo daría un beso a un hombre que oliese a tabaco... Eso no es nada, al lado del placer que proporciona.
Keven tomó el sillón del alto respaldo y se aproximó también al fuego, mientras Beryl, ayudada por da mujer india que hacía de sirvienta, se dedicaba a quitar la mesa. Cada vez que ella volvía de la cocina, sus miradas se encontraban, en un choque que no presagiaba nada bueno. Se veía que la muchacha estaba otra vez enfadada, y Keven se propuso arreglar aquella diferencia, sin perder un instante, en cuanto el viejo Aard se fuese a la cama.
—Hay ahora en el río truchas de buen tamaño —dijo Aard—; pero no debíamos coger más en tanto no estuviese ahumado lo que hemos cogido ya.
—Es que... ¡da tanta pena dejar pasar esta crecida! —replicó Keven, poco dispuesto a perdonar la vida a los peces.
—Aun estarán algún tiempo por aquí; una semana o acaso más. El río está ahora muy bajo... ¿Has cogido hoy alguna trucha de buen tamaño?
—Estuve a punto de coger una enorme; tenía lo menos tres pies de larga, y me saltó junto al cebo ocho o diez veces. Pero se burló de mí...
—Yo tuve a la vista una buena pareja de «monstruos»; pero tampoco me acompañó la suerte. Uno de ellos me hizo correr río abajo para nada; el otro siguió su camino hacia la parte alta... ¡Cómo se reía Beryl de mi fracaso! Esta maldita niña goza infinitamente cuando a uno le ocurren estas cosas desagradables...
—¡Ya lo creo que sí! Se ríe de los demás porque ella tiene una suerte horrible con la caña...
—Y que lo digas. No sé a qué atribuirlo; pero hay cosas inverosímiles, que a mí mismo me dejan asombrado. Hoy, por ejemplo, sacó del mismo centro de la corriente, sin moverse ni un paso, una trucha que debe de pesar lo menos once libras. ¡Parece un milagro!
—¡Once libras! —exclamó Keven—. ¿Cómo puede hacer eso, Aard?
—No lo sé... pero lo hace. Nosotros, los hombres, somos más impulsivos y nos ponemos a luchar con el pez en cuanto ha picado el anzuelo... Criticamos, maldecimos, nos movemos demasiado... Con Beryl, cuando la trucha quiere darse cuenta de lo que ocurre, ya la tiene en sus manos.
—Yo no sirvo para darle cabo a un pez que ya está prendido; me entran ganas de izarlo en seguida —admitió Keven.
—A mí me pasa igual. A Beryl hay que reconocerle las dos cosas: la habilidad y la suerte. Y no puede desdeñarse esto de la suerte, ¿eh?, porque es una cosa real. Hay pescadores que tienen suerte y otros que no la tienen. Yo soy muy desafortunado.
—También yo lo soy.
—Esta tarde, por ejemplo, cada vez que yo miraba a Beryl, la veía alzando una trucha. No sé las que habría cogido si no estuviera empeñada en la manía de dar libertad a las pequeñas, y eso que le he dicho que las de tamaño chico son mejores para el ahumado. A pesar de todo, las deja escapar.
Al aparecer Beryl en el umbral de la puerta, los dos hombres guardaron silencio. Aard volvió a remover las cenizas de la chimenea, arrojando luego en el centro de las brasas un buen puñado de agujas de pino. Beryl no se decidía a entrar en el salón, y su padre la invitó a ello, diciéndole:
—¿Por qué no entras y cierras esa puerta? Entra una corriente de aire frío muy molesta. Es el anuncio de que hay ya nieve por las partes altas.
—¿Corriente de aire frío...? Creí que estaríais sofocados, más bien, en esta atmósfera —contestó la muchacha, cumpliendo, no obstante, la orden de su padre.
—Ya comprendo, hija... El ambiente, para ti, está cargado de... digamos de «electricidad», ¿no es eso? Como cuando va a estallar una tormenta. ¿Es eso lo que quieres decir?
—¿Una tormenta...? —repitió Beryl, extrañada—. No... no he querido decir eso, precisamente...
—Dime, Kev, ¿no. crees tú que hay «electricidad» en el aire? ¿Cómo encuentras tú la atmósfera?
—Yo... yo la encuentro muy plácida y agradable; a menos que... —dejó la frase sin terminar y miró significativamente a Beryl.
—Bueno, entonces, por lo que pueda tronar, será mejor que yo me vaya a la cama. Tengo un sueño terrible, y como no se desborde el Rogue, creo que no despertaré en un buen número de horas... Ahora, vosotros, podéis debatir largamente este tema de la «electricidad» atmosférica. Conque, duro, muchachos, y... ¡buenas noches!
—¡Papá! —exclamó Beryl; pero Aard no le hizo caso, y abandonó el salón seguidamente.
—Bueno, ¿tienes algo que decir, con respecto a eso de la... «electricidad»? —preguntó Keven.
—Nada; yo no tengo nada que decir —contestó Beryl.
—Ven y siéntate; es lo menos que puedes hacer... ¿Por qué estás ahí, de pie, como un fantasma?
—No estoy cansada...
—Pero tenemos que hablar, ¿quieres venir de una vez?
Beryl se aproximó y tomó asiento, al otro lado de la mesa, procurando que su rostro no quedase plenamente iluminado por la luz de la habitación.
—He oído todo lo que has hablado con papá, con respecto a mí —empezó Beryl—; que no sé pescar... que lo que tengo es suerte... Todo, porque os gano a los dos, de cien veces noventa y nueve. Nunca seréis capaces...
—¡Oh, Beryl! Te lo ruego por lo que más quieras: dejemos el tema de la pesca. Por una vez, me niego a entablar conversación sobre mi deporte favorito.
Reconozco que soy un novato, un párvulo, un aficionado... y no puedo compararme contigo, de ninguna manera. ¿Estás satisfecha?
—No, no estoy satisfecha... Si no hablamos de pesca, ¿de qué quieres hablar tú, Keven Bell, si no eres capaz de otra cosa?
—No quiero hablar; quiero pensar... —afirmó el muchacho, y enmudeció seguidamente, dedicándose a mirar, con absorta fijeza, el montón de brasas que había en la chimenea. Parecía perdido en un torbellino de ideas, pero había una, predominante sobre todas las demás, para la cual no encontraba lenguaje apropiado. Por eso necesitaba pensar. Tenía que aclarar con Beryl aquella situación equívoca que se había creado entre ambos, y se estrujaba el cerebro, tratando de hallar la fórmula apropiada...
La voz de Beryl sonó, ininteligible, y Keven tuvo que preguntar:
—Perdóname: ¿qué es lo que dices?
—Digo que si piensas estarte toda la noche pensando... ¿Te divierte mucho eso?
—¡Ah, sí...! —respondió, maquinalmente—. Me gusta pensar.
—Pero yo estoy aquí, y no me resulta divertido.
—Lo comprendo... Perdóname; he intentado pensar, pero no puedo...
—Bien; yo he pensado por ti.
—¿De veras? —preguntó Keven, interesado, pero completamente incapaz de coordinar sus propias ideas.
—Sí, y lo que pienso no te hace mucho favor... Mira, Keven: yo no te entiendo.
Parece que estás enfadado conmigo porque soy más hábil que tú con la caña de pescar en las manos...
—¡Cállate! —ordenó imperativamente Keven, con un gesto enérgico—. No me acuerdo ahora para nada de la pesca. ¡Estoy hastiado, harto de pescar! Me parece que no cogeré nunca más una caña... ¡Nunca más!
—¡Oh, Kev, tú odias... odias ya al río... a mi hermoso río...! —murmuró Beryl, con voz emocionada.
—¡Sí, lo odio! —exclamó Keven, inconscientemente, y hablando de aquel modo porque se sentía desconcertado, confuso y preso de una aguda mortificación.
Beryl estalló en sollozos y se puso en pie, convulsa y desencajada. Musitó:
—De modo que es eso... Ya sabía yo que las cosas no iban bien, Kev. Estás cansado de Soledad... Te vas a marchar... lo sé... —y las lágrimas corrieron abundantemente, por sus mejillas.
Keven reaccionó al ver aquel desconsuelo de la muchacha y se echó a reír, con una fuerte carcajada. El resultado de aquella reacción no vino a mejorar las cosas, ni mucho menos. Beryl exclamó:
—Tú... tú me insultas, además de injuriarme... ¡Buenas noches!
Keven quiso sujetarla, pero ya era tarde;, solamente pudo adelantar un pie, haciéndola perder el equilibrio. Al caer, la sujetó entre los brazos, atrayéndola fuertemente contra su pecho. Quedó tendida, en una posición difícil, fuertemente aprisionada por el abrazo de Keven, mientras sus ojos chispeaban con rabia.
—¡Cómo te atreves a esto! —musitó con voz ronca—. ¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo daño?
Keven no hizo el menor caso de sus protestas, y la retuvo entre los brazos, mientras ella luchaba, denodadamente, por librarse, con la furia y la elasticidad de una pantera. Un gigante no habría sido capaz de resistirla; pero aquel instante precioso y único había sido suficiente para Keven...
—¡Beryl, mi Beryl...! —exclamé—. ¡Te quiero tanto... que voy a perder por ti la razón y la vida!
Súbitamente, las poderosas contracciones musculares de Beryl se apagaron por completo. Su cuerpo se quedó laxo, como por arte de magia. Se entregó a su abrazo, en una entrega total y definitiva.


XIX
Quédate así quieta... Acaso pueda ahora pensar —le ordenó Kev, mientras ella, pasado el instante de turbación, trataba de librarse otra vez de su abrazo, para recobrar la posición normal.
—Déjame... respirar —replicó ella, en un susurro jadeante.
Keven aflojó un poco los brazos, pero no tanto que ella pudiese escapar, como era su intención.
—¡Te quiero tanto... que voy a perder por ti la razón y la vida! —repitió, apasionadamente.
—Eso no es razón para que... me tengas así... en esta postura... —volvió a gemir Beryl.
—Sí; sí es razón... ¿Qué me importa a mí que estés en una u otra postura? Te quiero lo mismo, aunque estés cabeza abajo...
—Está bien, Keven... —imploró, tratando, al menos de ponerse de rodillas, cosa que consiguió, al fin... La cara de Beryl quedó entonces a la altura del cuello de Keven, y allí se hundió, buscando un amoroso refugio.
—Permíteme que me levante, Kev... Esta postura es indigna, por no decir...
vergonzosa.
—Me importa poco; que sea indigna, vergonzosa... ¡lo que quieras! Yo te quiero inmensamente, Beryl, en cualquier postura...
—Pero... me haces daño —prosiguió ella, haciendo unos deliciosos pucheros, como para llorar—; no puedo resistir más... Me vas a romper algo...
—Prométeme que no te vas a marchar como un torbellino; que te vas a quedar aquí.
—Bueno, lo prometo.
Los brazos de Keven se aflojaron.
—¡Oso, pedazo de oso salvaje! —gritó Beryl enderezándose sobre las rodillas, con el pecho jadeante y las mejillas encendidas. Luego, se puso en pie, se arregló los desordenados pliegues del vestido y se sentó sobre el brazo del sillón.
Pasando el brazo derecho alrededor del cuello de Keven, murmuró: —Kev... dime eso otra vez; después obedeceré tus órdenes ciegamente, haré lo que quieras...
—¿Qué es lo que quieres que te diga?
—Eso... eso de que vas a perder la razón.., y la vida...
—¡Oh, mi Beryl querida!... Mil veces te lo diré: que te quiero tanto, que voy a perder por tu culpa la razón y la vida; ¿es que no te enteras? —exclamó, mucho más apasionado que nunca.
Un estremecimiento pareció recorrer todo el cuerpo de Beryl. Keven le sintió estrecharse contra él, cada vez más intensamente, y en un instante ya no fue una mejilla húmeda lo que se apretujó contra la suya, sino que fueron los propios labios frescos y jugosos de la muchacha, los que estamparon en su rostro ardiente el más trémulo y apasionado de los besos.
—¡No me beses, Beryl, por lo que más quieras...! —suplicó—. No me beses... o te comeré, sin remedio. ¡Necesito un millón de besos!
—Ya puedes empezar —le contestó ella, con toda la seducción de la más ardiente y coqueta enamorada.
—¡Ah!, Beryl, no digas eso..., no me engañes, no te burles de mí... ¿Quieres dar a entender, seriamente, que... me quieres también tú a mí?
—¿Que si te quiero?... ¡Te quiero y te querré siempre hasta la última gota de mi sangre..., hasta el último latido de mi corazón!
—Pero, déjame pensar, Beryl... Ahora tengo que pensar, es forzoso que vuelva a poner en juego mi razón, adormecida por este maravilloso sueño...
—Piensa lo que quieras, Kev; si tus pensamientos se refieren a mí, me sentiré feliz.
—Se refiere a ti... ¿A. quién podrían referirse?
—Entonces, adelante —susurró ella.
Beryl tenía aprisionado su cuello, en un trueque de papeles con la situación de pocos momentos antes. En aquel dulce abrazo, Keven se sentía ahogado, turbado hasta un extremo que se le antojaba peligroso. Era un sueño dulcísimo, del que había que despertar; su instinto se lo avisaba, pero la reacción no era fácil, ni mucho menos. Contra su mejilla, sentía otra vez la de ella, en una presión cariñosa... Y, de pronto, se notó humedecido por unas lágrimas cálidas y enternecedoras...
En la chimenea el gran trozo de roble que se quemaba lentamente despedía unas chispitas, que parecían diamantes. Keven tenía la vista fija en aquellas brasas deslumbradoras, buscando una inspiración que no acababa de llegar a su cerebro. Acabó confesando:
—No, Beryl..., ¡no puedo pensar! ¡No se me ocurre nada!
—No pienses, entonces; háblame... Y si tampoco puedes hablarme..., ¡quiéreme!
—Pero, debo hablar; tengo necesidad de hablar.
—Empieza a hacerlo, amor mío; vamos a ver si yo puedo ayudarte en la coordinación de tus ideas. Escucha: papá tiene razón; hay algo que te preocupa.
No debes tener reservas conmigo. Dime de qué se trata, Kev.
—Verás..., no es que te oculte nada, Beryl; hay cosas difíciles de explicar.
Esta situación mía, por ejemplo, no puede prolongarse mucho tiempo. No puedo soportarla...
—Ni yo tampoco —musitó ella, con una risita, al tiempo que volvía a juntar con la de él, en un gesto de mimo, su fresca mejilla—; pero, explícate mejor, «don Contrariedades».
—Necesito que arreglemos las cosas, que entre tú y yo quede todo bien aclarado y convenido...
—Parece que ya lo está suficientemente. Aquí estoy yo, abrazándote y besándote... ¿No está la cosa para ti bastante... clara?
—No seas mordaz, no te burles, pedazo de demonio... indio. ¡Esto es terriblemente serio!
—Escucha, Keven: para mí no hay más que una cosa seria —volvió a decir Beryl, pegando los labios a su oído.
—Entonces..., ¿me quieres? —inquirió Keven, incapaz de salirse del tema central de su obsesión.
—¡Te adoro! —respondió ella, con vehemencia.
—¿Quieres que me quede a tu lado...?
Me moriría si no fuese así.
—¡Un pobre mendigo lisiado, como yo!...
—¡Calla! —contestó Beryl; y puso una de sus manos sobre aquellos martirizados labios, para que no siguieran por aquel camino—. ¡No más conversación sobre ese tema! Ahora estás fuerte y bien. Has mejorado notable-mente, y pronto esas lesiones se curarán del todo. Eres mi príncipe encantado, el hombre de mis ensueños... ¿Cómo puedes decirme que eres un mendigo?
Sintió que su corazón aceleraba el ritmo de los latidos. Aquella encantadora muchacha de Soledad le vestía con ropajes imaginarios, pero su amor, su fe y su esperanza eran reales y ciertos. Se salvaría con ellos.
—Dime, Beryl: entonces... ¿quieres casarte conmigo? —preguntó, con miedo todavía.
—¡Sí!
—¿Cuándo? ¿Has pensado algo?
—Sí. ¡Mañana!
La contestación de la muchacha fue expresada con fría y resuelta determinación. Ella había adivinado que la cuestión económica era otra de las reservas mentales de Keven, de la cual no se atrevía a hablar... De aquella forma, la cuestión quedaba planteada, y su solución debía venir inmediatamente. Keven se dio cuenta de que era inútil seguir tratando de velar aquellas pequeñas cuestiones, por más que le resultaran mortificantes. Su alegría y su contento eran tales, que ya no había nada que pudiera frenar el normal desarrollo de aquella pasión.
—Hay otra cosa enojosa, Beryl... Pero tenemos que hablar de ella. Me repugna esa solución, ya lo sabes, aunque la aceptaré si no hay otro remedio.
¿Querrás prestarme... ese dinero, para nuestro viaje a Portland?
Ella vibró de sana y verdadera alegría. Exclamó:
—¡Claro que sí, pedazo de tonto!
—No obstante, me tienes que jurar una cosa: que me habrás de obligar a que te devuelva ese dinero, dólar a dólar.
—¡Lo juro!
La apretó, en un silencio elocuente, contra su cuerpo. Al fin y al cabo..., ¡qué sencillas había hecho ella las cosas! ¿Por qué no se había atrevido antes? Hizo un resumen breve de su plan de acción. Dijo:
—Iremos a Portland. Tendremos que hacer un cálculo bien estudiado de los gastos... Yo quiero, antes que nada, comprarte el más bonito equipo que podamos encontrar. Tienes que dar el golpe allá arriba, en El Paso. Y lo darás, Beryl Aard, i ya lo creo que sí! ¡Qué sorpresa para papá! Es casi seguro que él me supone muerto. No le he escrito, porque no sabía qué decirle... Pero ahora, en cuanto los doctores me dejen libre, iremos a casa. Allí me haré un traje nuevo; no quiero hacer el ridículo al lado de mi linda y elegante esposa. ¡Oh! , será un viaje lleno de emociones! Ver a papá, al bueno de Minton, a los amigos... Y a pasearte, con orgullo, delante de esa necia de Rosamunda Brandeth y de Gus Atwell. ¿No te parece todo eso magnífico? ¿Qué mayor venganza? Si el pobre de Garry Lord no hubiese muerto, ¡qué cara pondría al verte!...
—Sí, Kev; esa será... nuestra luna de miel —musitó, en un tono apasionado.
—Me da miedo pensarlo, Beryl...
Luego, volvieron a quedar en silencio, perdidos ambos en las dulzuras de aquel sueño venturoso... Keven rompió el encanto, para decir:
—¿Queda el trato hecho, Beryl?
—¡Oh, mi amor! —replicó Beryl, con firmeza—. No es un trato; es ¡mi salvación!
—¿No te arrepentirás nunca?
—¡Nunca jamás!
—Muy bien... ¿Quisiste dar a entender antes que... tenías ganas de que te besara?
—No lo quise dar a entender; te lo dije clara y terminantemente.
—Bésame primero —dijo Keven, temeroso—; luego, veremos.
—Yo ya te he besado, Kev —contestó ella, no menos indecisamente.
—Sí, pero fue por tu voluntad; ahora entra en juego nuestro trato.
—Ya comprendo... —y Beryl, decididamente, aproximó los labios de nuevo a la mejilla de Keven y dejó en ella un beso emocionado. Luego, sus dedos acariciaron aquella mandíbula lesionada, para decir—: ¿No te acuerdas, amor mío, cuando yo... te pegué... aquí...?
—Todavía me duele, Beryl.
—¿Y me has perdonado del todo?
—Completamente, cariño... Yo me porté como un salvaje.
—Es verdad; pero nunca debí hacer aquello... —murmuró ella.
—Escucha, amor: estás faltando a tu obligación...
—¿Faltando a mi obligación? ¿Cuál es mi obligación?
—Besarme a todas horas; por la mañana, al mediodía, por la noche... ¡Te quiero tantísimo, Beryl! Y este amor ha cambiado toda mi vida. Me siento joven otra vez. Y si llego a sanar y a convertirme en un hombre normal, mi felicidad será completa. No tengo más aspiraciones en la vida que las de estar a tu lado y trabajar...
—Yo ya he logrado mi felicidad... Ahora puedo confesarte que, un año antes de tu regreso, viví con el temor de que te hubieses olvidado, no de mí, sino del amor que en otro tiempo me habías jurado...
Keven tembló al recuerdo íntimo de los oscuros años vividos lejos de Beryl.
En realidad, solamente un azar, un azar afortunado, le había regalado el premio de aquel maravilloso amor, que él había olvidado completamente; sin embargo, era inútil amargar la ventura de aquellos instantes sacando a relucir cosas inevitables, que eran ya del dominio del pasado. Se limitó a decir:
—Yo creo que lo que nos interesa no es el pasado, sino el presente; la certeza de este amor inmenso que te tenga. Mi vida anterior y todo lo que pudo haber en ella no existen. Tú me has salvado, Beryl. Yo era un hombre roto, arruinado, sin esperanzas. Mi cerebro estaba envuelto en brumas. Y si hubiera seguido mi camino, sin detenerme aquí, habría matado a Atwell y yo mismo me habría perdido.
—Dios quiso que vinieses a Soledad para que se hiciese el milagro.
—¿Tú crees en Dios ciegamente?
—Ciegamente. Dios lo ve todo y rige todos nuestros actos —contestó ella, con sencillez.
—Tendremos mucho de que hablar cuando regresemos a casa... ¡Y casados!
¡Marido y mujer!... Beryl: llámame «esposo míos.
—¿Y cómo puedo hacerlo... ya?
—Quiero oír cómo suena en tus labios. ¡Me parece todo esto tan increíble!
—¡Para mí es una cosa real y no increíble! —respondió Beryl, que había entornado los ojos—. «Esposo mío!»... ¿Cómo te suena?
—Me suena a gloria; pero aún me sonaría mejor si no tuvieras tanto miedo al decirlo... Escucha, Beryl: yo no soy más que un pobre hombre, un insignificante mortal... Me gustaría saber qué he significado en tu vida, ahora y-antes de ahora.
—Fuiste el primer muchacho que conocí, mi primer amigo de juventud.
Luego me enamoraste, fuiste mi soldado, mi héroe, mi dueño ausente..., ¡y mi amor que volvía, al fin, después de muchas jornadas! Ahora, muy pronto, serás mi marido.
Keven se dio cuenta que no había manera humana de defraudar aquellos sueños de Beryl Aard. Era su amor, el gran amor de su vida, hecho carne palpitante y entregado a él, para su gloria y contento. En un instante, sin darse cuenta, apenas, de lo que hacía, atrajo a la muchacha hacia su corazón y la besó con amor, una y mil veces, hasta dejarla sofocada y convulsa...
—¡Oh Kev..., ya no más... por favor!... Querido mío... ¡Oh, me ahogas!... —gimió Beryl.
Pero él no desistió hasta que la vio exhausta y rendida, pálida y entregada sobre su pecho... Más que ninguna otra cosa, aquella sumisión y aquella entrega era lo que le hacía completamente feliz, puesto que significaba el triunfo de su autoridad y su virilidad, unido, en una agridulce mezcla, al sentido de la responsabilidad que tal victoria llevaba aparejada.
—Beryl, yo..., ¡yo tenía que hacer esto! —exclamó con voz trémula, al tiempo que recobraba la serenidad—; pero te prometo solemnemente que no volverá a ocurrir hasta que estemos casados... Y ahora abre esos preciosos ojos. Siéntate.
Tenemos que puntualizar las cosas. Estamos de acuerdo en todo, pero hay que amarrar los pequeños cabos.
Ella tardó algunos segundos en responder.
—¿Qué es lo que te propones ahora? ¿Alguna treta de lobo feroz para...
acabarme de devorar? —le preguntó sonriendo; y en sus ojos había una chispita maliciosa, ante la cual Keven no pudo menos de temblar.
—No me martirices, amor mío... Hablemos en serio ahora. Dejemos arreglados todos los extremos, si es que hemos de salir mañana para Portland.
—¿Qué es lo que falta por arreglar?
—Veamos: hemos quedado en ir a Portland y luego a El Paso... Hemos de comprar todo lo que se necesite, hasta donde alcance el dinero. Antes me olvidé de mencionar un nuevo equipo de pesca para ti, con objeto de que puedas pescar este invierno.
—Y hay que comprar un rifle para ti, Kev; te hará falta.
—Bueno... Ah ora vamos a ver el tiempo que nos llevará todo esto. Lo menos dos semanas, creo.
—¡Magnífico! Para cuando volvamos, estaremos ya en el «verano indio», y dice el refrán que todo aquel que pasa un «verano indio» en Oregón, ya no se pierde ninguno más en su vida.
—Todo eso está bien, pero yo pienso en otra cosa: en mi trabajo. Tendré que trabajar, porque ya soy casado —lo seré para ese tiempo—, y ese privilegio exige sacrificios. Tendremos que arreglar una cabaña para nosotros, instalarnos de manera cómoda...
—¡Claro que sí! —exclamó Beryl con entusiasmo—. Y será preciso comprar muchas cosas...
—Ahí quiero ir a parar; no podemos entramparnos, querida —objetó Keven, con tono preocupado.
—¿Entramparnos? ¿Quién ha hablado de eso? ¿Es que te crees que yo soy una esposa manirrota y derrochadora?
—No... Tú eres una mujercita adorable, ya lo sé; pero no me hagas ahora pensar en eso. Hay que empezar bien. Seremos pobres, un matrimonio de personas pobres. Y deberemos vivir de mi trabajo... ¿No me entiendes?
—Estoy intentándolo, pero no resulta fácil, pedazo de tonto.
—Bien; entonces, nada de extralimitaciones en los gastos, ¿eh? ¿Me lo prometes?
—Lo prometo —contestó ella, sin dejar de observarle con sus grandes ojos oscuros.
—El viaje y las compras nos agotarán esos quinientos dólares que vas a prestarme... Lo haremos todo económicamente... Pero quedan los doctores: yo creo que podrán concederme un crédito, para pagarles a plazos...
—Escucha, Kev: me temo mucho que no vamos a tener bastante con los quinientos dólares.
—Será preciso estirarlos; no hay más.
—Papá te podría prestar algo...
—¡No!... ¡Eso no, Beryl!
—Bueno; entonces, no creo que encuentres nada de extraño en que nos haga un regalo de bodas.
¡Ah, Beryl, siempre has de ser la misma!... No; entiéndeme... Cuando regresemos a Soledad yo trabajaré de firme. En lo que sea. Haré todo el trabajo que tu padre me señale. Primeramente, las trampas de caza...
—No, querido mío; tú jamás serás un «trampero» —le interrumpió ella con vehemencia.
—Pero, Beryl..., ¡tu padre es un «trampero»! —exclamó Keven.
—No importa; tú no lo serás.
—¿Qué es lo que tienes contra esa clase de cacería?
—Es terrible y cruel; ya hemos hablado de ello.
—Bueno, aunque sea así... También te he dicho que los mendigos como yo no pueden elegir oficio. Lo sentiré mucho, pero iré con tu padre a cazar, aunque no te guste.
—¡No, no irás!
—Escucha, escucha..., ¿quién es la que me ordena, en ese tono?
—¡Yo!... Y como veo en tus ojos que estás dispuesto a entablar disputa, será mejor que dejemos esa cuestión para resolverla a la vuelta. Ya hay bastante discusión por hoy, ¿no crees?
—Lo creo una excelente idea; pero no cantes victoria anticipadamente... Sea como sea, tengo que trabajar. Tenemos un bello porvenir, Beryl, pero yo pienso con vistas al futuro, cosa que tú no haces...
—¿Eres tú el que afirma tal cosa? Pues te equivocas.
—¿Ah, sí...? Pues dime hasta dónde van tus pensamientos; vamos a ver... —pero Beryl, que enrojeció súbitamente, dejó esta pregunta sin contestar, por lo que Keven prosiguió—: Escucha, cariño mío; vamos a vivir en Soledad y aquí habremos de edificar nuestro hogar. Ya sé que eres una muchacha de gustos sencillos, y nuestras necesidades, en consecuencia, no van a ser muchas; pero tengo aspiraciones... No quiero, tampoco, que tu porvenir se reduzca a lo que pueda ofrecerte un miserable pescador, leñador o trampero. Quiero prosperar.
Tengo la idea de plantar aquí una huerta de frutales, negocio que se da muy bien en la parte alta y que ha hecho ricos a muchos hombres de allá. ¿Por qué no habríamos de tener suerte aquí abajo, del mismo modo...? No quiero tenerte aquí, en estos bosques, toda la vida. Te llevaré de vez en cuando a Frisco, que te gustará... Y a California...
—No tengo nada que decir en contrario; pero el viajar no me vuelve loca, no vayas a creer. No me importa estar siempre aquí.
—Ten en cuenta que los inviernos son largos...
—¡Son preciosos! —exclamó Beryl, entusiasmada—. Ya lo verás...
—¿Te sentirías feliz encerrada para siempre aquí, en Soledad?
—Puedes apostar a que sí..., siempre que tú lo seas al mismo tiempo.
—No se trata de mí, Beryl, sino de ti. Mis preocupaciones van dirigidas hacia ti... Además, eres una muchacha educada; no puedes permanecer aquí como un animal salvaje...
—¿Animal salvaje? ¿Qué es lo que piensas de esto, de mi Soledad amada, de mi río y mis montañas...? ¡Oh, no me conoces bien, Kev!
—Está bien, está bien —protestó el muchacho, dispuesto a puntualizar, como había dicho, hasta los menores detalles—; tendré que poner los puntos sobre las íes. Te gustan los niños, ¿no?
Aquella pregunta cogió a Beryl de sorpresa. Se enderezó, mirándole con ojos de verdadero asombro, y él tuvo que repetir el interrogante. Ella, bajando los ojos, susurró:
—Claro..., claro que sí...
—¿Te gustan... mucho?
—¡Oh Kev, mucho..., ¡muchísimo!
—¿Para muy... pronto?
—No... no para muy pronto.
—Y... ¿cuántos niños?
—Por Dios, Kev..., ¡qué cosas me preguntas...! No debes, a una muchacha...
—Ya comprendo, querida; es un poco fuerte preguntar estas cosas, pero es necesario. El matrimonio no es una aventura cualquiera, sino una cosa para toda la vida. Es preciso no equivocarse... No te importe el tema de nuestra conversación, porque me gusta que hablemos de todo. Para mí es un alivio y una garantía, Beryl.
—Bueno, si lo crees así... adelante. Será preciso, por lo que veo, descubrirte mis más hondos secretos... Como quieras; siempre he soñado con tener una parejita, un niño y una niña, antes de cumplir los treinta años. Luego, tal vez, podría venir otro...
—¡Magnífico! Estoy completamente de acuerdo contigo en ese punto. Y ahora vas a comprender mi interés por poner en claro estos extremos: ¿qué dices de las escuelas para nuestro pequeño Kev, y nuestra pequeña Beryl... y acaso, posiblemente, para nuestro George Washington Aard Bell?
—Escucha, Kev: hay una escuela rural en Agness. Y es casi seguro que dentro de poco las haya en Illahe y en Marial.
—¿Fuiste tú a Agness?
—No; a mí me educó mi madre. Luego, como ya te dije, fui durante cuatro años a la escuela de Roseburg.
—Me parece bien; tú podrías educar, igualmente, a los pequeños... Pero cuando vayan siendo mayores, al cumplir, por ejemplo, los seis o siete años, me gustaría para ellos una escuela formal.
—Estoy conforme contigo, Keven.
—Entonces, si tenemos la suerte de que venga esa parejita..., ¿estarías dispuesta a vivir en Roseburg o en El Paso, mientras ellos van a la escuela? Eso sería, naturalmente, durante una parte del año...
—No me importaría, claro está..., siempre que tú estuvieras a nuestro lado.
—¿Y si no puedo...? Ya sé; entonces, nuestros pequeños crecerían como unos indios salvajes. ¡Ah, Beryl, querida, eres la novia más dulce y comprensiva que he tenido en mi vida!
—¿Cómo te atreves a decir eso, Kev? Tú me has jurado que nunca tuviste otra novia que no fuera yo.
—¿Te juré yo eso? ¿Cuándo, si puede saberse?
—Hace unos cinco años, aproximadamente; fue una tarde, junto a la orilla del río... Tuvimos una pequeña riña y luego, al hacer las paces...
—¿Por qué no me ahorras esos detalles, Beryl? —suplicó Keven, y ella se echó a reír alegremente—. Hablando en serio otra vez, es lo cierto que has cambiado esta noche mi vida —confesó Keven, con sinceridad—. Ya no tendré más pesadillas ni más preocupaciones. Eres tan buena, tan sensible y tan inteligente, como hermosa y dulce... Y esto ya es mucho; mucho más de cuanto yo podría esperar.
¡Dios mío, qué inmensa e inmerecida suerte he tenido...! Después de aquella terrible agonía de dos años en el hospital..., mi ruina física y moral..., mi degradación... Llegar a encontrarte de nuevo y hallar en ti una mujer por la que cualquier hombre suspiraría, y que no merezco... Una mujer que me ha salvado, que me ha detenido en el instante supremo en que me iba a perder definitivamente, para ofrecerme, al fin, la gloria de un amor maravilloso. ¡Oh Beryl querida, nunca podría pagarte todo esto, ni con mil vidas que tuviera!
La muchacha atrajo emocionada la cabeza de Keven, y la apretó dulcemente contra su pecho. Luego murmuró:
—No digas eso, Kev..., no me alabes tanto. No soy más que una pobre muchacha, sencilla y humana. Últimamente he tenido mis dudas y mis temores, pero cuando me he convencido de la sinceridad de tu amor, y de tu afición a este valle de Soledad, todo ha ido bien. No es posible ser más feliz que yo lo soy en estos instantes... Pero es muy tarde; se nos han ido las horas. Ahora salgamos un instante, para oír una vez más la música de nuestro río, y luego nos daremos las buenas noches. Recuerda que mañana tenemos que levantarnos temprano para hacer el equipaje. Comienza nuestra gran aventura... ¡Ah, parece un sueño, amor mío!


XX
Por mucho que quiso madrugar Keven, a la mañana siguiente, cuando se levantó, pudo comprobar en seguida que Beryl le había tomado la delantera.
Desde su mismo cuarto oyó el timbre de su voz, que instaba a su padre y a la sirvienta india para que se pusiesen en planta. Keven arregló sus cosas más imprescindibles, hizo un pequeño bulto con su traje mejor... y luego se rascó la cabeza pensativamente.
—¡Demonios! —exclamó, en un elocuente soliloquio.
—No tengo camisa blanca..., ni un sombrero decente..., ni corbata negra...
Aquí en Soledad, no me he preocupado por estas cosas, que no me han hecho falta; pero ahora, para ir en el tren y llegar a una población civilizada, llevando al lado una hermosa muchacha...
Todo aquello era lamentable, pero no tenía solución.
Tal vez pudiera remediar alguna de aquellas faltas en Agness o en Illahe.
Al salir de su cuarto, Beryl le saludó, con alegría, desde la puerta del suyo.
—¡Perezoso! ¿Te quedas dormido el día de tu boda?
La muchacha estaba radiante. Keven no estaba preparado para la irónica pregunta de su novia y se limitó a contestar:
—Si hubiese podido adivinar que estabas así, con esa apariencia,..., me hubiera levantado mucho antes.
—¿Con qué apariencia?
—Deliciosa... Estás más bonita que nunca, Beryl.
—Escucha, amor: dejemos eso para más tarde; aún tengo que terminar el equipaje.
—¿Se lo has dicho ya a tu padre, Beryl?
—Eso no es cosa mía; te toca a ti decírselo... —contestó, con una risita.
—¿Dónde está.., ahora?
—Va a salir de un momento a otro de su habitación... Será mejor que me vaya, para que tengas más libertad y al decir esto, Beryl se aproximó, le dio un beso fugaz y escapé con dirección a la cocina. Él la quiso detener:
—¡Oye, espera...! Creo que esto es cosa de los dos y... —pero Aard salía en aquel momento de su cuarto, a tiempo de oír las últimas palabras de Keven y ver la precipitada huida de su hija.
—¡Eh, muchachos!... ¿Qué jaleo es éste? ¿Qué preparáis tan temprano?
Keven decidió «coger al toro por los cuernos», que era tanto como ir directamente al fondo de la cuestión, ahorrando tiempo y palabras.
—Beryl y yo nos vamos a casar, Aard —exclamó, enrojeciendo.
Una vez pronunciadas aquellas palabras, un gran susto se pintó en el rostro de Keven. La figura alta, inquisitiva y autoritaria del trampero, le miraba con gesto que se le antojó sospechoso. ¿Qué iría a pasar? ¿Cómo reaccionaría su amigo, que era, después de todo, el padre de la muchacha elegida? Pasaron unos segundos, que fueron para Keven de verdadera angustia, pero al cabo la voz de Aard se dejó oír:
—¡Gracias a Dios!—. ¡Ya era hora!... Lleváis una temporada insoportable, riñendo, suspirando y adelgazando...
—Sí, Aard; la verdad es que yo..., Beryl..., bueno, acaso sea esto demasiado rápido; pero lo convinimos anoche —explicó Keven, temblando y con palabras entrecortadas—. No te he dicho nada antes porque no habíamos pensado en ello, pero..., ¡ya está dicho!
—De modo, Kev, que tú crees estar enamorado de mi pequeña..., ¿no es así?
—Desde hace tiempo lo estoy, Aard... He luchado contra este amor porque no creía ser el hombre que ella merece... Pero no he podido resistir. ¡Yo quiero a Beryl con toda mi alma, Aard!
—Bien, hijo mío; calculo que todo eso tendrá arreglo si Beryl te quiere también a ti —contestó el cazador con una sonrisa—. Beryl es como su madre: una mujer completa, que puede hacer la felicidad de un hombre. Y ahora te diré que ella te quiere a ti desde hace muchos años, cuando no eras más que un chico y venías por aquí a pescar. Ahora, como tú te has enamorado de ella, creo sinceramente que se sentirá feliz... ¡Yo también lo soy, Kev!
—Tú eres muy bueno, Aard, excesivamente bueno y generoso... —musitó Keven, emocionado—. Dios quiera que os pueda pagar, a Beryl y a ti, esta fe que ambos depositáis en mí.
—Cierra esa boca, Keven —le dijo el cazador—; cada uno pone lo suyo y esto no es cosa nuestra solamente, sino tuya también... Y ahora vamos a desayunar; estoy viendo que Beryl aparecerá, de un momento a otro, con sus prisas de siempre.
Al entrar en el comedor, efectivamente, Beryl llegó también de la cocina, ligeramente agitada y con las mejillas encendidas.
—¡Oh papaíto!... ¿Está todo conforme? —preguntó, bajando los ojos como un preso que espera su sentencia. Aard tardó en contestar, y sobre su rostro se pintó un gesto grave, de honda preocupación. Beryl, al notarlo, palideció también intensamente.
—Estoy muy disgustado, hija mía —dijo—. ¡Muy disgustado!
—¡Cómo! —exclamó Beryl, a punto de llorar—. ¿Con-migo?
—Contigo... ¿Tú quieres, de verdad, a este muchacho?
Pero..., ¡papá, por Dios, eso lo ve cualquiera! ¿Cómo puedes preguntarme tal cosa?
—¿Lo ve cualquiera?... Pues, cualquiera habría dicho lo contrario, al veros pelear constantemente. Mejor dicho, al verte, a ti, maltratándole sin compasión.
Keven es un excelente muchacho; ¿cómo voy a estar seguro de que no vas a ser una especie de tirano con él?
—¿Un tirano?
—Sí; eso he dicho... Y como tengo que dar mi consentimiento a esta boda, no lo haré sin ponerte una condición —prosiguió Aard—: que dejes de pescar y abandones el río, del que nos ocuparemos él y yo.
—¡Ah! ¿Conque es eso? —gritó Beryl, recobrando el color de sus mejillas—. Ya entiendo... Queréis apartarme de la pesca porque os da vergüenza que una muchacha os gane a los dos pescando truchas, ¿eh?... ¡Nunca, nunca!... Eso es querer ganar con malas artes, y no lo consentiré —exclamó Beryl; y se arrojó, radiante, en los brazos de su padre.
El momento fue de verdadera emoción para Keven, que se juró íntimamente no traicionar jamás, por nada del mundo, la sincera confianza de aquellos magníficos amigos.
—Bien, vamos a desayunar —dijo Aard, pasando un brazo por la cintura de su hija y acompañándola hasta su asiento en la mesa. Luego se dirigió a Keven—. Y ahora, hijo mío, ponedme al tanto de vuestros proyectos.
Y Keven le hizo una relación somera de lo que habían planeado la noche anterior.
—Bueno, todo eso puede ser mejorado —dijo Aard—. Es muy posible que esa excursión hasta Agness sea una pérdida de tiempo. El pastor no aparece por allí más que dos veces al mes. Será una casualidad si lo encontráis, y los nativos de aquella región son gente que tiene la lengua larga... Yo creo que, después de todo, no os importará que la boda se demore un día más o menos. No tenéis prisa.
—Sí, sí; la tenemos —contestó Keven rápidamente—. Al menos, yo la tengo.
—Yo también —convino Beryl—; ya comprenderás, papá, que es mejor echarle la zarpa a Keven antes de que se nos arrepienta.
Aard se echó a reír.
—Perfectamente —dijo—; tengo una idea. Supongamos que os fuerais a West Fork. Hay un camino muy bueno, que va a través de las montañas. Yo iría con vosotros, para que vuestro viaje no parezca un rapto... Luego, podéis coger allí el tren que va hacia el Sur y llegar en él hasta El Paso o Portland.
—Tenemos que ir a Portland primero —aseguró Keven.
—Yo he ido a Roseburg, varias veces, por ese camino —intervino Beryl, dirigiéndose a su novio—, y me parece una buena idea. El viaje es algo largo, pero el camino es muy bueno, como dice papá. ¿Qué distancia hay desde aquí? —preguntó luego, dirigiéndose a su padre.
—Calculo unas treinta y cinco millas. Si salimos ahora y cabalgamos bien, podremos estar allí a la puesta del sol.
—De acuerdo —respondió Keven—; iremos por ahí.
—Pero hay un inconveniente —objetó Beryl, ruborizándose ligeramente—: no nos podremos casar en West Fork... No es más que una estación. No hay pastor.
Para Keven aquello era algo más que un inconveniente; era un insuperable obstáculo.
—Creo, Beryl —dijo —que no vamos a poder casarnos hoy.
—Eso me temo, Kev —le respondió la muchacha.
—Está bien, no hay que preocuparse —intervino Aard—; no tiene importancia si os casáis hoy o mañana. Vamos a ver; dejadme a mí la dirección de este negocio.
Nos vamos a poner en camino hacia West Fork. Cogeréis el tren y llegaréis a Portland mañana, a eso de las cinco. Os casáis entonces, y asunto terminado.
—Sí... —musitó Beryl—; puede hacerse eso...
—Pero, se me ocurre una cosa, Aard —objetó Keven, no convencido del todo—; no es propio que yo vaya con Beryl en el tren, en esa forma... Suponte que nos encontramos algún conocido de El Paso que me conozca. A Gus Atwell, por ejemplo..., o a Rosamunda Brandeth... No podré presentar a Beryl como mi legítima esposa...
—Claro que sí —declaró Aard—; si te ves en un aprieto creo que puedes hacerlo.
Beryl miraba alternativamente a su novio y a su padre. Éste prosiguió:
—La gente no va a pedirte el certificado de matrimonio, creo yo...
—Sí, pero si nos tropezamos a esa Rosamunda Brandeth...
—Escucha, escucha un instante —exclamó Beryl, mirándole fijamente—: ¿qué nos importa a nosotros esa... Rosamunda Brandeth?
—Nada; nada absolutamente —confesó Keven.
—Si papá cree que no es incorrecto, yo iré contigo —añadió.
—Así lo creo, desde luego —exclamó Aard con frialdad—. No tenéis que ir, además, en coche cama. Tomáis billetes de primera clase; se puede dar también una cabezada...
—Eso será mejor —dijo Keven, mostrándose al fin conforme con el proyecto.
—Bien; entonces, voy a preparar los caballos. Terminad pronto los preparativos, y nada de perder tiempo.
Keven apenas había terminado su desayuno, cuando Beryl clavó en él sus ojos profundos y escrutadores.
—Dime, Kev: has dicho antes una cosa que no se me quita de la imaginación —exclamó.
—¿Yo?
—Sí; y quiero que me contestes con franqueza... ¿Llegaste a tener relaciones formales con esa... Rosamunda Brandeth?
—¡Oh no, querida, claro que no! —respondió el muchacho, embarazado por la inesperada pregunta.
—¿Es que te daría vergüenza que te viera ella... conmigo?
—¡Por Dios! —exclamó el muchacho—. Todo lo contrario: ¡reventaría de orgullo!
Ante aquella rotunda manifestación, el rostro de Beryl se aclaré. Keven temió que ella siguiera aferrada a aquel tema, y en su interior se arrepentía de no haberse mostrado sincero con ella, confesándole, sin remilgos, toda la verdad.
Pero el momento no era propicio a tal confesión, y además ella pareció dar por terminada la cuestión, diciendo:
—Ahora, antes de que se me olvide, voy a traerte el dinero... Sin dinero no podríamos hacer nada. Además, tengo que preparar unos bocadillos para el camino. Pero todo será cuestión de un momento.
—Dime, Beryl: ¿tendremos tiempo de cambiarnos de ropa y ponernos presentables? Para la boda, quiero decir...
—No me importa nada la ropa; de cualquier manera estaremos bien, si al fin nos echan las bendiciones —dijo; y escapé sin otra dilación hacia su dormitorio.
Después de nueve millas de camino, poco más o menos, los viajeros hicieron un alto para comer. Aard estaba festivo, y no cesaba de gastar bromas a Beryl, radiante de hermosura y de contento. Por su parte, Keven daba gracias a Dios por aquella inmensa felicidad que le embargaba.
El camino, poco después, empezó a descender... Durante bastante tiempo tuvieron que bordear, en espiral, un ancho e imponente cañón, sembrado de hojas secas. Y hacia la puesta del sol, con arreglo a los cálculos y predicciones de Aard, los viajeros estaban a la vista de West Fork.
Un almacén, una pequeña estación, una vía férrea tendida entre dos altas montañas: esto era todo lo que constituía el lugar hacia el cual habían cabalgado con tanto afán, cual si fuera una meta venturosa.
—¡Qué sitio más solitario y más tranquilo!... Hasta los rieles y los postes telegráficos parecían contribuir a la monotonía del paisaje con su similitud, su frecuencia y su interminable sucesión... Los ojos de Beryl brillaban, como pequeños soles. Aard regresó, con la información deseada, poniendo en conocimiento de los novios que el tren tardaría todavía bastante tiempo en pasar por allí, por lo cual tenían tiempo sobrado para comer y cambiarse de ropa. Los temores de Keven —aquellos temores de última hora —se desvanecían, de este modo; todo se presentaba a pedir de boca.
El tiempo pasó con extraordinaria rapidez, y antes de que Keven pudiera darse cuenta, terminada la larga espera, un largo pitido se dejó oír desde el fondo de la curva lejana...
—Ya está ahí vuestro tren —dijo Aard—;-he decidido dejaros los caballos aquí... Y no será necesario que yo venga a buscaros, ¿eh?; dentro de dos semanas, os espero en Soledad.
Beryl, que estaba colgada del brazo de Keven, se apartó para besar cariñosamente a su padre, al tiempo que la locomotora, jadeante y negra, asomaba, echando bocanadas de humo. Unos instantes después, el largo convoy se detenía en la pequeña estación.
—Bien, hijos míos —dijo Aard, dirigiéndose a Keven—; ésta es una hora que llega para todos los hombres, tarde o temprano... Que seas bueno para ella, es lo único que te pido...—. A continuación, besó otra vez a Beryl y le dijo—: Se me olvidaba, niña... Aquí tienes un regalito de boda, para los dos —al decir esto, alargó a su hija un sobre—; Soledad os estará esperando... ¡Volved pronto!
Un momento después, Keven se vio en la plataforma, saludando con el pañuelo al bueno de Aard, que se quedaba atrás, diciéndoles adiós con ambas manos, tendidas, cual si quisiera enviarles el último abrazo de despedida... Keven pensó que todo aquello era poco menos que un milagro, al verse inmediatamente sentado al lado de Beryl, que había ocupado un sitio junto a la ventanilla y trataba de ocultar los ojos, pegándolos al cristal, para que nadie percibiera que los tenía llenos de lágrimas...
La oscuridad del crepúsculo se hacía más intensa, a cada instante, y el vagón estaba ya sumido en una verdadera oscuridad; pero uno de los mozos del tren llegó en seguida dando luz a los espaciados mecheros, teniendo Keven que soltar la mano de Beryl, que llevaba entre las suyas, y enderezarse para adoptar una postura correcta. Con gran asombro suyo, se dio cuenta de que los demás viajeros del coche no reparaban en ellos ni les concedían la menor atención. Esto le llenó de contento, y trató de ganar el ánimo de Beryl, que estaba ligeramente trémula y agitada, con una amplia y alentadora sonrisa... Luego empezó a charlar de cosas intrascendentes, pensando que de aquel modo podría distraer la imaginación de la novia.
El tren seguía corriendo... Después de una hora de jadear, entre las altas montañas, el convoy salió de nuevo al llano; de vez en cuando, cruzaban por la ventanilla las luces amarillentas de las aldeas y de los poblados tendidos a ambos lados de la vía. En Roseburg, hizo una parada de varios minutos. Keven vio a Beryl espiar, con curiosidad, a los viajeros que iban y venían por el andén. A partir de allí, empezaba la larga noche, y los viajeros, sobre sus respectivos asientos, comenzaron a colocar almohadas y mantas, acomodándose lo mejor posible, mientras el mozo de tren apagaba los mecheros intermedios, dejando encendidos los de los extremos de cada vagón.
Keven no sentía el menor deseo de cerrar los ojos. Estaba demasiado excitado para ello, a pesar de que su cansancio era grande, después de la larga cabalgada. La presencia de Beryl, que se apretujaba contra su cuerpo, era una fuente de inextinguible emoción... Y, de pronto, ¡oh, maravilla de las maravillas!, ella se dispuso a dormir, abandonando entre las suyas sus manos y reclinando sobre su hombro la liviana carga de su cabecita...
Después de aquello, el tiempo pareció volar, desaparecer materialmente para la sensibilidad de Keven. Ya muy tarde, a medianoche quizá, el tren se detuvo bruscamente, con un chirriar de frenos y de hierros que despertó a Beryl.
La muchacha, asustada, preguntó a Keven en qué sitio estaban, y éste la tranquilizó besándola...
Luego, el convoy se puso nuevamente en marcha y empezó a correr a una enorme velocidad. Keven, pensó, ingenuamente, que de seguir el tren con aquella marcha, él y Beryl no tardarían mucho, ciertamente, en estar casados...
Perdió, sin saber cómo había ocurrido, la noción del espacio y del tiempo...
Y al despertar, ya de madrugada, se dio cuenta de que se habían invertido los papeles y de que era él quien estaba durmiendo sobre el hombro de Beryl.
La luz del día llegó, por fin, al tiempo que el convoy avanzaba junto a una corriente de agua que Beryl calificó de excelente lugar para la pesca de truchas.
Fueron a tomar el desayuno al coche comedor, lo cual constituyó para Beryl una experiencia totalmente nueva. Allí, las miradas de los viajeros se posaron sobre la muchacha, mientras que Keven se sentía totalmente ignorado.
La cosa no era para menos —pensaba él—, ya que con su traje de confección comprado en Illahe, su camisa de franela, y aquel trapo negro cubriéndole el ojo izquierdo, su apariencia no había de ser, ciertamente, como para que nadie se quedase embobado en su contemplación. Pero Beryl era distinto. Era demasiado linda, demasiado radiante para pasar inadvertida.
Al regreso del coche restaurante, un joven viajero logró interponerse entre él y Beryl, que iba en primer lugar. Se mostró excesivamente amable con ella, tratando de ayudarla en cada una de las plataformas y cediéndole el paso al entrar en el vagón. Keven, en el último momento, se dio cuenta de que el entrometido intentaba entablar conversación con la muchacha, pero no fue capaz de entender sus palabras, apagadas por el estruendo de la marcha. Al tomar otra vez acomodo en los respectivos asientos, Beryl dijo a Keven:
—¿Te fijaste en ese muchacho que venía detrás de mí?... ¡El muy idiota!
—¿Te dijo algo molesto?
—No; me dijo solamente: «¿No la he visto antes de ahora en otro sitio..., guapísima?»
—¡Ah!... ¿Y qué contestaste tú?
—Yo le dije: «Es posible; he visitado hace poco un manicomio.» —No lo extraño... Me he dado cuenta, Beryl, al salir de aquellos bosques:
¡todos los hombres del mundo correrían detrás de ti, si pudieran, Beryl!
—¿Detrás de mí? ¿Por qué razón? —preguntó la muchacha, con un ligero rubor sobre las mejillas.
—¡Porque eres lindísima, amor mío!... Estoy orgulloso de ti, cariño..., ¡y celoso! Creo que voy a tener más de diez peleas durante este viaje...
Con aquel tema, que íntimamente halagaba la femenina vanidad de Beryl, continuaron el viaje, viendo cómo se desarrollaba ante sus ojos el maravilloso paisaje del Oregón. Volaba el tren y volaban las horas... Y, de pronto, cuando menos lo esperaban... ¡Portland!
—¡Ya hemos llegado, cariño!
—¿Es posible?... ¡Oh, yo creí que aún faltaba mucho más!!...
A la salida de la estación, tomaron un taxi, al que dieron orden de conducirles a un hotel tranquilo y modesto. Cuando el conductor paró el vehículo delante del presuntuoso edificio, Keven vaciló:
—Pero..., le dije un hotel modesto... y tranquilo... —dijo al chófer.
—Este es el hotel más modesto de Portland, patrón.
Keven descendió y rogó a Beryl que le esperase un instante en el coche.
Entró en el hotel, depositó el equipaje, y pidió al encargado del mismo un par de direcciones que le interesaban, apuntándolas cuidadosamente en una hoja de papel. Luego, volvió al taxi y ordenó al chófer que les llevase al Palacio Municipal, del que obtuvieron, después de una corta visita, una licencia de matrimonio completamente en regla. Y antes de las seis de la tarde, sin el menor contratiempo, la muchacha lucía su anillo de oro correspondiente en el dedo anular de la mano izquierda...
A la mañana siguiente, el feliz matrimonio se lanzó desde bien temprano a la calle.
Beryl acompañó a Keven a casa del oculista, y se quedó en la sala de espera, en tanto que Keven era recibido por el doctor, que le reconoció casi en el 'acto, recordando la jornada en que ambos habían hecho conocimiento.
—Vamos a ocuparnos en seguida de ese ojo —le dijo—. ¿Qué tal le ha ido con el vendaje que le recomendé?
—Perfectamente, doctor —respondió Keven—; es lástima no haberlo llevado mucho antes.
En un instante, se vio sentado en una cámara oscura, frente a extraños aparatos, a través de los cuales el especialista examinaba con todo detenimiento su ojo enfermo, al tiempo que lanzaba sobre él la luz de una linterna eléctrica.
Después, tuvo que leer, a distintas distancias, letras de todos los tamaños, e interpretar garabatos más o menos enrevesados. Hubo luego una serie de probaturas, con cristales de gruesos distintos, que eran aplicados a su ojo enfermo por medio de una especie de montura metálica. Y llegó un momento, un feliz y maravilloso momento, en que su visión fue perfecta, nítida y diáfana, como nunca pensó volver a lograr con aquel ojo lastimado. Keven saltó de alegría, como si acabase de penetrar en un mundo nuevo, que le mostraba detalles y facetas que hasta aquel momento le habían estado veladas.
—¡Ahora veo magníficamente, doctor! —exclamó, sin poder contener su alegría.
—Es natural —le contestó el doctor—; y aún verá mejor cuando su ojo se acomode al uso constante del cristal... Bien; ya está todo listo. Le recetaré estas gafas, que tienen un cristal bifocal, pero mantienen el otro simple, por corresponder al ojo sano. Yo mismo se las prepararé, y podrá recogerlas dentro de unos días.
El oculista cobró a Keven dieciséis dólares por las gafas, pero rehusó cobrarle honorarios por la visita. El enfermo le dio las gracias, sinceramente reconocido, y salió en seguida para reunirse con Beryl.
—¡Vamos! —le dijo, cogiéndola del brazo—. Ahora al dentista a ver si tengo la misma suerte.
Encontraron al doctor Ames en el mismo edificio, y éste le saludó con extraordinaria cordialidad, diciéndole:
—¡Caramba, Keven Bell, qué sorpresa! ¿Qué tal saltan ahora esas famosas truchas del Rogue? —Al oír la pregunta, Beryl abrió los ojos, profundamente interesada.
—Pues, muy bien, doctor... Hemos cogido algunas de doce libras últimamente... Ésta es... mi esposa, doctor; mi esposa, Beryl.
—Encantado de conocerla, señora Bell —dijo el doctor, inclinándose galantemente—; no sabía que mi ocasional amigo Keven fuese casado. Aunque ya me doy cuenta de que no lo es desde hace mucho tiempo...
—No, claro está... Desde hace un día, apenas —contestó Beryl; y aquel tinte rosa que con tanta frecuencia asomaba a sus mejillas, volvió a hacer su aparición súbita.
—¡No me diga!... Eso es estupendo... Bueno, mis sinceras felicitaciones.
Ahora me doy cuenta de la razón por la cual Keven parece tan orgulloso y satisfecho... Hagan el favor de sentarse un momento, que les atiendo en seguida.
Keven había hecho acopio de valor para sentarse en el sillón del odontólogo, y ocupó ese desagradable sitio dispuesto a soportar lo que viniese.
Después de un rápido y somero reconocimiento, el dentista dijo:
—Su boca está infinitamente mejor que la última vez que la vi; han desaparecido las ulceraciones y la estomatitis ha bajado mucho. Podemos, afortunadamente, empezar a trabajar. Eso está bien. Empezaremos por tomar un molde de las encías, antes que el tejido esté irritado. Luego, tendré que hacerle un raspado del hueso y cauterizarle la herida... Eso le dolerá bastante.
—Adelante, doctor-contestó resueltamente Keven—; estoy dispuesto a todo.
—De acuerdo.
El doctor preparó en una pequeña vasija una mezcla de yeso y agua, y cuando estuvo espesa, a punto de crema, la vertió en un molde de metal, el cual introdujo seguidamente, invertido, en la boca de Keven, haciendo presión fuerte con los dedos al objeto de que el material recogiese la impresión de las encías inferiores. Aquello era soportable, al principio, pero a medida que el yeso seiba endureciendo, la sensación sobre la encía se tornaba más desagradable. El doctor le aconsejó que no hiciese movimiento alguno y que respirase exclusivamente por la nariz, con objeto de lograr la máxima perfección en el ne-gativo... Para arrancar el molde de su boca, unos minutos después, el dentista tuvo que hacer un considerable esfuerzo, y por fin pudo removerlo, partido en dos pedazos, cuando ya empezaba Keven a sentir una sensación de angustia.
—¡Cielos! —exclamó—. ¡Creí que me ahogaba!
—Esto no es nada... le dijo el doctor sonriendo—. Ya verá lo que es bueno cuando le raspe el hueso...
Diciendo esto, el dentista desapareció en su laboratorio, y al poco rato regresó llevando el molde de aquel maxilar, al que faltaba una buena sección, cosa que le daba una apariencia irregular. Con cera blanda y especial, se dedicó a rellenar el espacio vacío y defectuoso, alineándolo en altura y proporciones con el resto del molde logrado. A continuación, ordenó a Keven que volviese a morder el molde, para grabar sobre la cera del relleno los dientes de la parte superior. Y hecho esto, con la nueva impresión en su poder, exclamó:
—Esto marcha como sobre ruedas... Ahora, vamos a lo peor; pero será cosa corta.
A pesar del anestésico de cocaína, Keven creyó morir a consecuencia de aquella operación. El dentista temió que existiera una verdadera necrosis del hueso, y tuvo que hacer un raspado profundo. La sangre brotó a borbotones, y el dolor, que Keven soportó con verdadero estoicismo, fue terrible. Duró la maniobra más tiempo del calculado, pues el dentista no se dio por satisfecho hasta que todo quedó a su gusto y en orden. Después del raspado, vino la cauterización, por medio del fuego. Por último, curó y desinfectó las heridas.
—Ya es suficiente por hoy —dijo—; espero que con otra sesión tendremos bastante. Les espero mañana. Beryl se asustó un poco al verle salir, pálido y desgreñado.
—¡Oh, Kev! —exclamó—; ¿te han hecho mucho daño?
—¡Estoy muerto, Beryl! —respondió—. La explosión del cañón no fue nada comparado con esto —aseguró, tratando de sonreír.
—Ha tenido que sufrir un poco —aseguró el doctor, que le había acompañado—, y lo ha hecho con mucho valor... La operación es necesaria; pero cuando goce de sus resultados, se alegrará mil veces de ella.
Keven y Beryl regresaron seguidamente al hotel, y allí permanecieron varias horas, teniendo, el operado, que tomar unos calmantes para que se le amortiguara el dolor. Hacia el atardecer, ya más repuesto, salieron de compras.
Beryl se empeñó en que su marido se hiciese un traje completo en una de las mejores sastrerías, y a pesar de sus protestas y razonamientos en contra, tuvo éste, al fin, que tomarse medida, quedando el sastre en enviarle el encargo, al día siguiente, al mismo hotel. Luego, se invirtieron los papeles y fue Keven el que decidió comprar algún modelo a su mujer. En el mismo edificio había una sesión dedicada a confecciones femeninas, y la encargada, después de examinar con atención las medidas de la cliente ocasional, presentó diferentes creaciones, ninguna de las cuales fue del gusto de Beryl.
—Pero, querida —le instó Keven, a la vista de un precioso traje color de oro—, éste es un traje de noche, ciertamente, pero tienes que estar con él guapísima, de verdad... Causarás sensación en El Paso, estoy seguro.
—Lo que tú quieras, Kev —contestó ella—; pero yo no puedo ponerme un traje que no tiene cuello ni mangas...
—¿Y por qué no?
—Porque es indecente.
—¿Indecente?... No; en todo caso sería a mí a quien importara la cosa; y no me importa... Tú tienes los brazos y el cuello más bonitos que existen en el mundo; me moriría de orgullo, si te vieran con él... Por favor, Beryl: ¡pruébate ese traje! Aunque no sea más que para ver cómo estás con él.
—Pero, Kev..., ¡si no tiene tela bastante para tapar la mitad de mi cuerpo!
La encargada volvió con nuevos modelos. Beryl tomó, al fin, el traje color de oro que entusiasmaba a Kev, y rogó a la modista que se lo probase. La vendedora la invitó a pasar a un saloncito, y Keven quedó solo, apoyándose la mano contra la mejilla, dolorida aún a causa de la delicada intervención.
Pasó algún tiempo... Y, cuando ya comenzaba a impacientarse, una visión casi sobrenatural fue a sacarle de su ensimismamiento doloroso.
La visión era Beryl, su propia esposa... ¿Era posible aquel cambio, aquella transformación? Con ojos de asombro y de entusiasmo, la veía ir y venir, radiante y hermosa como un sol, al tiempo que le anonadaba con las más irresistibles sonrisas.
—Verdad que está preciosa, señor? —preguntó la vendedora, realmente, entusiasmada—. Este color de oro le va divinamente...
—Me he probado este traje, Kev —intervino Beryl, sonriente y complacida—, por complacerte; nada más. Pero no me quedaré con él.
—¡Pareces una reina! —exclamó él.
—Pe verdad te gusto? —inquirió con coquetería Beryl.
—¡Como el mismo cielo! —respondió su marido, al no hallar una comparación más adecuada.
—¿Y crees de verdad que debería comprarme este traje, puesto que te gusta tanto? —volvió a decir—. Cuesta ochenta y siete dólares... Con las zapatillas, las medias y todo lo demás, llegaría la cuenta a los cien...
A Keven le tenía sin cuidado lo que pudiese costar el traje. Aquélla era su maravillosa, su guapísima esposa, para la que toda gala sería siempre pequeña e indigna. Con un gesto displicente le dio a entender la poca importancia que concedía al coste del vestido.
—Está bien; lo pensaré y volveremos mañana —dijo Beryl a la vendedora—.
Ahora, es demasiado tarde para andar con nuevas pruebas.


XXI
Con excepción de los malos ratos pasados en el sillón del dentista, los días que se sucedieron fueron para Keven Bell de verdadero encanto. La íntegra y absoluta felicidad de Beryl era, por decirlo así, la fuente de sus mejores alegrías.
La llevó a todas partes, incluso a visitar una corriente de las afueras que tenía fama de ser muy preferida de las truchas... No se preocupó de los gastos, ni ella hizo tampoco por recordarle que debían poner un freno a sus frívolos dispendios; pero el precioso traje color de oro, a pesar de sus reiteraciones, se había quedado en la tienda. Y era con aquel traje con el que Keven había pensado, fundadamente, que su mujer «diese el golpe» al llegar a El Paso...
Una tarde, al fin, sus gafas estuvieron terminadas. Keven no se cansó de dar las gracias al oculista, contento como un niño pequeño con el nuevo juguete que le devolvía la claridad y la nitidez de la visión. Al salir a la sala de espera, sin tener para nada en cuenta la presencia de los otros clientes, abrazó alborozado a su mujer, mientras decía:
—¿No es maravilloso, Beryl?... ¡Mira! Aquella mancha oscura que tenía siempre delante de la vista ha desaparecido.
—¡Magnífico! —exclamó la muchacha, compartiendo su satisfacción—. ¡Y qué guapo estás con ellas, Kev!
También el dentista terminó su trabajo, y Keven, con el nuevo aparato, provisto de dientes artificiales de oro, platino y porcelana, se miró al espejo que le presentaba la asistenta del doctor, y apenas pudo dar crédito a sus ojos. Su rostro había recobrado una expresión perdida para él hacía mucho tiempo. El feo hoyo de sus mejillas, que le daba una apariencia repelente, había desaparecido.
Con verdadero deleite se pasó la mano por la mejilla, acariciando aquella línea regular, debida a la magia del nuevo aparato. E inmediatamente pensó en Beryl, que aquella tarde no le había acompañado.
—¡Esto es estupendo, doctor! —exclamó—. Ha hecho usted de mí un hombre nuevo. Nunca podré agradecerle esto como se merece... Y ahora, déme su cuenta, porque estoy ansioso de volver al hotel. Creo que su trabajo va a gustar a cierta damita que conozco...
Cuando Keven hubo abonado al doctor la minuta, apenas le quedaron en el bolsillo unos cuantos dólares; pero era tanta su alegría y su satisfacción, que no tenía tiempo para reparar en cuestiones de poca monta, como era .el dinero...
Al fin se halló frente a su esposa.
—¡Mira! —volvió a exclamar—. ¡Ya está hecho! ¿Qué me dices? —y levantó orgulloso la cara, como si Beryl necesitara de aquel gesto para verlo bien. De un salto se había puesto ella en pie, al verlo. Sus ojos relucían de contento.
—¡Oh Kev!... ¡Qué guapo estás!... Apenas te reconozco... —Luego, se precipitó en sus brazos, diciendo—: ¡Qué feliz soy!
—Yo también... —contestó él, con palabras entrecortadas—; pero déjame que te explique...
Ella, por toda respuesta, se colgó de su cuello y lo besó repetidamente en aquella mejilla atormentada; luego, sus labios, en un dulce abandono, se unieron a los de Keven en un beso largo y desmayado...
—¡Toma!..., éste lo tenía ahorrado, guardado para este momento maravilloso!
—susurró.
¡Cómo te quiero, Beryl! —contestó él, besándola también apasionadamente—.
Y qué contento estoy, porque ahora ya no me avergonzaré de que nadie te vea en mi compañía... Claro está que esto ha costado mucho dinero; mira... No me queda más que lo que estás viendo: ¡tres dólares y pico!
—¡Bah! —exclamó Beryl encogiéndose de hombros y sin dar importancia a la cosa. —Escucha, amor mío: tú eres una mujer, y las mujeres dais poca importancia al dinero. Pero yo soy hombre... y estoy preocupado. No sé cómo vamos a pagar la cuenta del hotel. Y menos mal que tenemos los billetes de vuelta en el ferrocarril... No podremos ir a El Paso; es un contratiempo. Y te tendrás que quedar sin aquel precioso vestido... ¡Oh, qué mala suerte!
—Estás disgustado por eso, Kev? —le pregunté Beryl, con mimo.
No es que esté disgustado... En medio de todo, tengo que dar gracias a Dios de que mi mujercita sea tan buena, tan comprensiva y razonable. Para mí es una suerte; pero tú te merecías otra cosa... ¡Yo quería para ti otra cosa!
Keven lanzó aquella última exclamación verdaderamente contrariado, y, al hacerlo, tuvo que volver la cara para que ella no percibiera las dos lágrimas que estaban a punto de brotar de sus ojos.
—¡Querido mío! —le dijo Beryl, emocionada—. ¿Es que, de veras, te apena tanto? —Terriblemente... Habría preferido renunciar a todo y que tú tuvieses ese vestido. El doctor podía haberme concedido un crédito...
—Bueno, tranquilízate —contestó sonriendo Beryl—; no quiero que una cosa tan nimia nos amargue la luna de miel... ¡Mira hacia la cama!
Keven, sorprendido, hizo lo que se le ordenaba. Sus ojos, al aproximarse al lecho, apenas podían dar crédito a lo que veían. Sobre la colcha, como en una exposición, aparecía un surtido completo de cintas, encajes, medias, adornos, frascos de Colonia, e incluso un bonito aderezo de bisutería fina. Y, en medio de todo aquello, llamativo y refulgente como un sol..., ¡el precioso vestido color de oro! Junto a él, había otro modelo de calle, de color azul, un pequeño sombrerito, guantes y unos zapatos nuevos. Además, una regular cantidad de ropa interior...
—¿No es estupendo? —preguntó ella.
—I Cielos! —exclamó Keven, quitándose y poniéndose las gafas, para cerciorarse de que todo aquello no era una ilusión del cristal—. Dime, Beryl... ¿es que te has «empeñado» para comprar todo esto?
—No, claro que no.
—Pero, ¿lo has comprado?
—Naturalmente.
—Y... ¿con qué?
—Con lo que se compran las cosas, Kev: con dinero.
Keven se dejó caer sobre una silla, sin comprender del todo, mientras ella parecía regocijada por la sorpresa de su marido.
—¿Cuánto...? ¿Cuánto ha costado... eso?
—Todavía no he hecho la cuenta.
—Y... ¿de dónde has sacado el dinero? ¿Es que te dio tu padre algún dinero más, aparte el regalo de boda?
—No; papá no me dio más que aquellos cien dólares, que ya se han gastado.
—Entonces, querida..., ¿has asaltado algún banco?
—¡Qué tonto!... Yo tenía ese dinero, Kev, ahorrado desde hace mucho tiempo.
Y será mejor que te entregue el resto —dijo, y sacó seguidamente de la maleta un fajo de billetes, que puso en manos de su marido—. No estés tan asustado, querido —añadió—; ese dinero es mío, me pertenece de una manera honrada, y lo que a mí me pertenece, es tuyo también.
—¡Gracias, Beryl! —replicó Keven, sin acabar de reaccionar—. Pero... ¿se trata de una herencia?
—Casi, casi —respondió ella, en un tono de misterio. —Bueno, habrá que decírtelo; trabajé en un tiempo para papá y lo fui ahorrando, poco a poco. Casi todo lo reuní durante los años en que tú estuviste ausente. Algo me daba en el corazón y me decía que llegaría un momento en que el dinero ahorrado me haría falta. Ya llegó ese momento. ¡Ahí tienes mi trousseau! Y, además, vamos a ir a El Paso.
—Sí, claro... ¿Y es éste todo el dinero que tienes?
—No; todavía me queda para comprarte un buen rifle y el mejor equipo de pesca que haya en la tienda; pero quería darte esa sorpresa.
Keven contó el dinero que tenía en las manos. Casi quinientos dólares.
—Ya comprenderás, querido —insistió Beryl—, que no se casa una todos los días. Necesitaremos muchas cosas para nuestra cabaña, y pienso comprarlas en El Paso. Desde allí pueden ir, por el río, hasta West Fork; luego las recogeremos y las transportaremos en las caballerías, hasta Soledad.
—¡Cielos, esto es una sorpresa tan inesperada!... Parece un sueño, un extraño sueño...
—¿Extraño sueño? Jamás oí que un hombre considerase como un extraño sueño el hecho de que su mujer tenga guardado algún dinero.
—En el fondo, yo soy un rústico, algo avaro... ¡Y estoy maravillado!
Lo que él estuviera, además de «maravillado», se cuidó mucho de manifestarlo. Con toda seguridad estaba también convencido, en aquel momento, de ser un hombre afortunado, un verdadero mimado de la suerte.
Sus ojos, una vez más, se volvieron hacia la exposición que había encima de la cama.
—Beryl, tienes un gusto excelente —dijo.
—Habría preferido comprar una serie de cosas necesarias, en lugar de estas tonterías... Y el traje de noche, sobre todo, lo compré por ser capricho tuyo.
¡Veremos a ver si tengo valor para ponérmelo alguna vez!
—Claro que lo tendrás... Y dime, Beryl: ¿dónde vamos a meter todas estas cosas?
—Aún no he tenido tiempo de ocuparme de nada. Creo que con un par de maletines o bolsas de mano será suficiente.
—Tienes razón; algo fuerte, que nos sirva para viajar a través de las montañas. ¿Quieres que salga a comprarlos?
—Muy bien; yo me dedicaré, entre tanto, a ir haciendo el equipaje.
—Veré de paso, el horario de los trenes. Nos iremos a El Paso esta misma noche.
—¡Magnífico! —gritó Beryl, entusiasmada, y haciendo palmas como un niño pequeño.
—Acaso no sea tan magnífico como esperas —volvió a decir Keven pensativo—.
Hay algo de lo que no creo haberte hablado. De mi arresto en Costa del Oro.
—¿Arresto?... No, no me has hablado de eso.
—De otras cosas tampoco... Hay cosas que ignoras todavía, Beryl.
—¿Por qué fuiste arrestado, Kev? —le preguntó ella.
—Intento de homicidio a Gus Atwell. Te conté que le había dado unos puñetazos, me parece; pero él me plantó una demanda por intento de homicidio.
El sheriff f de Costa del Oro resultó ser un excelente muchacho, que me cobré simpatía. No permitió que me llevaran a El Paso, para comparecer en juicio. El sumario fue archivado, o sobreseído...
—¿Y crees que puede cobrar nueva vida ese sumario si tú apareces por allí?
—Eso me temo... Claro está que iremos, de todos modos. Ahora soy un hombre distinto, Beryl, y no es Gus Atwell ni nadie quien pueda detenerme ni alejarme de mi ciudad natal. Yo soy inocente de las calumnias que me levantó el Mayor. Todo lo que hice, fue pegarle unos porrazos, y lo volvería a hacer si se presentara la ocasión.
—No me gustaría eso; pero, además, pues estar seguro, querido, de que no se presentará esa ocasión —dijo Beryl, con una dulce y enigmática sonrisa.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Lo sé; puedes considerarte a salvo siempre que yo vaya contigo a El Paso.
—Naturalmente que irás conmigo. Voy allí con el exclusivo objeto de que te vean... Sin embargo, ¿qué tiene que ver el que tú vengas con el asunto de mi probable arresto?
—Escucha una cosa, Kev: cuando el Mayor te vea conmigo... dejará de perseguirte y molestarte de una vez para siempre.
¿De veras? —preguntó Keven, con incredulidad. —Puedes estar seguro.
—¿Y por qué razón?
—Porque sé muchas cosas acerca del Mayor...
—¿Tú te refieres a... a las «atenciones» que tenía contigo, durante tu estancia en Roseburg?
—No; eso no es nada. Lo peor para él fue que una tarde me vio con Emilia Carstone... ¡Se quedó de una pieza!
—¡Emilia Carstone! ¿Quién es? —preguntó Keven, con una voz temblorosa.
—Mi mejor amiga en Roseburg.
—¿Es pariente de... de aquella familia Carstone, de Washington?
—Es prima hermana. Ella las visitaba con frecuencia, en su residencia, cerca de aquel campo de entrenamiento. Luego, ocurrió aquella terrible desgracia...
Emilia se enteró, por su padre, de todos los detalles. Me lo contó. Recuerdo que su padre amenazó a Gus Atwell con pegarle un tiro si volvía a aparecer por Roseburg. Y él sabe que yo conozco esa historia... Todo eso ocurrió el último año que yo estuve allí, antes de volverme a Soledad. Por la cuenta que le tiene, en cuanto me vea, procurará tener la fiesta en paz...
—¡Cielos, Beryl!... ¿Y por qué no me has dicho todo eso antes? Hemos hablado de Gus Atwell en otras ocasiones; si sabías todo eso, ¿por qué te lo callaste?
—Me repugnaba hablar de eso.
—Pero ¿tú no sabías, antes de venir yo nuevamente a El Paso, que Gus Atwell me difamaba tratando de echarme sus propias culpas?
—Estaba enterada de todo, Kev; pero sabía que la verdad saldría, al fin y al cabo, a la luz. Nadie puede ocultar sus crímenes ni cargarlos sobre las espaldas de otros impunemente. Atwell es un..., i ah, no encuentro una palabra bastante sucia para calificarlo! Y hará bien en quitarse de en medio... o tendrá todavía que verse las caras con el padre de Emilia Carstone, y aun con papá, si yo le dijera algo al oído.
Los ojos de Beryl despedían chispas de indignación. Keven la contemplaba en silencio, viéndola transfigurada por la indignación, pero hermosa siempre, aun en su actitud de desafío y amenaza. Luego, su atención pareció volverse otra vez a las prendas que estaban colocadas en la cama.
—Siento haber tenido que hablar de eso... —dijo—; pero quizá haya sido mejor.
Ahora, si te parece, podrías salir a comprar esos maletines. Y no tardes mucho.
Como un autómata, Keven salió a la calle para cumplir el encargo recibido de su mujer. Keven iba pensativo y asombrado, al mismo tiempo. En su vagar por la ciudad iba considerando que, a cada día que pasaba, Beryl iba haciéndose más y más acreedora a su veneración ciega e incondicional. Y otra certeza se le hacía evidente: la de que la Vida, el Amor, o tal vez el mismo Dios, le iban recompensando ampliamente de sus infortunios y desgracias anteriores; le iban sacando de aquel abismo en el que estuvo a punto de hundirse definitivamente: un abismo de horror, de fracaso..., y hasta de crimen.
En las primeras horas de la noche siguiente, Keven y Beryl llegaron, sin novedad, a El Paso. La larga excursión a través de los hermosos campos del Oregón, y la gradual proximidad a su pueblo y a su hogar paterno, habían elevado la sensibilidad y la emoción de Keven a su grado máximo. Poniendo aparte todos los escrúpulos y prejuicios, se dirigió con su esposa al mejor hotel de la ciudad, que era, por cierto, un establecimiento nuevo y desconocido, en consecuencia, para Keven. Allí hizo la inscripción en el libro de entrada, procurando que la misma fuese lo menos clara posible, y tuvo la satisfacción de ver que ni su cara ni su nombre despertaban recuerdo alguno. Pudo comprobar, eso sí, que allí, como en todas partes, las atenciones y las miradas de todos iban dirigidas a Beryl.
—¡Nadie me ha conocido, Beryl! —le dijo, con satisfacción, cuando ambos se encontraron instalados en el cómodo saloncito de estar—. A ti, en cambio, te miraba todo el mundo... Primero, el encargado; luego, los camareros, y todos los hombres que había en el vestíbulo...
—No me he dado cuenta de ello —le contestó ella sonriendo—; pero si me han de mirar en alguna parte del mundo, prefiero que sea aquí, en tu ciudad natal.
—¿Conque tú no te has dado cuenta?... Vaya, eres muy modesta; un ciego habría visto cómo te miraban todos. Naturalmente, eso no tiene nada de extraño, porque se ve a la legua que eres una recién casada, una belleza..., ¡una reina!
—¡Mil gracias por los piropos, Kev! Me gusta eso, sobre todo en mi luna de miel; aunque ya sé que exageras en los elogios que de mí haces...
—No eres orgullosa, Beryl, y deberías serlo. Yo lo soy por ti y me alegro de que te miren y te admiren los hombres. Les haré ver que me perteneces, que eres mi mujer... No creas que me voy a portar aquí, en mi pueblo, como un niño modosito. Voy a ir siempre colgado de tu brazo, mirándote, besándote, incluso en público...
—No me asustas, Keven Bell. Ya puedes empezar; me atrevo a todo.
—¿De veras? Perfectamente, señora Bell —contestó Keven en tono de cariñosa amenaza.
—No habría nada que me gustara más que verte actuar así delante de tus viejas amigas de El Paso... ¡Ya les enseñaré yo!
—Entonces, ¿trato hecho? —exclamó Keven.
—¡Trato hecho! —respondió, con un guiño, Beryl.
A la salida del sol, Keven ya estaba en pie, mirando a través de la ventana a los tejados y los campos de su querida ciudad natal. Desde allí podía ver las verdes agujas de los pinares, los prados, los terrenos de sus juegos y sus correrías de chiquillo. Incluso el río era visible desde allí, al fondo del paisaje, mostrándose en aquella temprana hora como una cinta color de rosa... Un estremecimiento le recorrió el cuerpo al contemplar todo aquello con una nueva alegría, con una seguridad y un placer completamente opuestos al pesimista y oscuro tinte que para él tuvieron las cosas, a raíz de su entrada allí después de la guerra...
Esperó un rato, y luego despertó a Beryl.
—Despiértate, ángel mío... Despierta y ponte ese precioso vestido azul.
Vamos a dar el golpe por ahí; a dejar a las gentes con la boca abierta.
—¿Qué hora es?
preguntó la dormilona, con un desperezo.
—Tarde: las ocho.
—¿Esa hora es ya?... ¡Oh, se me han pegado las sábanas!... Pero, ¡vamos!...
¡Vete de ahí si quieres que me levante, señor mosquita muerta!
—¡Es que te quiero tanto, chiquilla mía! —exclamó Keven con arrobamiento, besando a su mujer en los labios—. Me parece, a veces, que todo esto es un sueño del que voy a despertar de un momento a otro... Bueno; me voy y te espero abajo, en el vestíbulo. ¡No tardes mucho!
Antes de salir, Keven echó una última ojeada al gran espejo, para contemplar su figura y gozarse una vez más en el notable cambio que habían experimentado sus facciones después de la cura. Se sintió satisfecho; lo mismo de su semblante que de su apariencia elegante, embutido en el bien cortado traje gris, con el que se encontraba distinguido y atrayente, en una medida completamente desconocida para él en toda su vida anterior.
—¡Presumido! —oyó gritar a su mujer, cuando ya escapaba por la puerta de la habitación—. ¡Pero estás... guapísimo!
En el piso bajo, Keven se encontró con una porción de hombres, a ninguno de los cuales conocía ni siquiera de vista. Anduvo de un lado para otro, sin decidirse a tomar asiento, y, de pronto, divisó la calle, a través de una ventana. El espectáculo, archiconocido para él, le causó, sin saber por qué, una intensa excitación, hasta el punto de que se dirigió a la gran puerta de cristales y la franqueó, asomándose al exterior. El día se presentaba resplandeciente y tibio, y las casas y aceras mostraban a los ojos de Keven un brillo especial... ¡Era todo tan maravilloso!... Se habría quedado allí mucho tiempo, embobado; pero se acordó de Beryl y volvió a entrar en el vestíbulo, pues por nada del mundo quería faltar al espectáculo de su aparición...
De pronto, la divisó, en la parte alta de la escalera, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contenerse. ¡Qué cierto es que el hábito hace, en gran parte, al monje!» —se dijo—. «¡Parece una princesa!»
Beryl estaba verdaderamente seductora con aquel modelito azul que había comprado en Portland, y que vestía en aquel momento por primera vez. Era una verdadera novia, como Keven la había calificado in mente, una real princesa, ignorante de todo lo que la rodeaba y entregada a él, en cuerpo y alma.
Mientras se dirigían al comedor, le susurró al oído: —¡Pareces... un millón de dólares!
—En ese caso, tú eres el millonario.
El rato del desayuno fue para ambos delicioso, y durante él hicieron planes para el futuro y charlaron de modas. Una vez terminado el refrigerio, Keven propuso:
—¿Qué te parece que hagamos ahora?
—Lo primero que debes hacer, es ir a ver a tu padre.
—Y tú vendrás conmigo, claro está...
—No; creo que tú debes verle, primero... Recuerda que él, con toda seguridad, te cree muerto... Yo tengo una idea; me vas a enseñar dónde vive ese amigo tuyo que se llama Minton y que tiene una tienda de redes y útiles de pescar. Voy a echar una ojeada a sus artículos, sin que sepa quién soy...
—¡Magnífica idea! —exclamó Keven—. Pero me gustaría verte, Beryl...
—Será divertido. Le diré: «Quiero comprar un buen equipo para mi esposo...
¿Tiene algo, en verdad, que merezca la pena? No me interesan los artículos corrientes, sino los de marca: cañas inglesas, marca «Leonard», guías y cabos suecos, anzuelos checos... ¿Tiene algo de esto?»
—¡De acuerdo, Beryl! —convino Keven, regocijado—. Minton se desmaya ante las mujeres bonitas... Cuando lo tengas tarumba del todo, entraré yo, como una tromba, y le daré un susto morrocotudo—. «¿Cómo estás, viejo barrigudo?», gritaré; y él, creyendo ver un fantasma, contestará: «I Santo Dios, un muerto que vuelve! ¡¡Es Keven Bell!!... Todos te creíamos muerto.» Entonces, yo replicaré:
«Exageraciones, amigo Minton. Estoy perfectamente y... ¡te presento a mi esposa!»
—No sé qué decir... —objetó Beryl meneando la cabeza—. Eso que me has dicho de que «se desmaya ante las mujeres bonitas» me hace vacilar. ¿Crees que se portará en forma incorrecta?
—¿Portarse él así? ¡Oh querida, es el hombre más amable y más educado que hayas visto nunca!
—Muy bien —dijo Beryl, más confiada—; entonces vamos allá... Tú vas a ver a tu padre... Espero que lo encuentres bien. Luego, vienes a recogerme a casa de Minton; desde allí, iremos a comprar nuestros muebles.
—¡OK! — dijo Keven—; pero escucha, cariño: necesitarás algún dinero para pagar las compras que hagas en casa de Minton—. Y Keven, al hablar así, echó mano a la cartera—; no te daré mucho, sin embargo.
—Muchas gracias, amor; no me hace falta nada... Tengo todavía algún dinero para eso; ya sé que, de todos modos, si tú me lo tuvieras que dar me darías menos de lo que preciso...
—¿Tienes todavía algún dinero? —preguntó asombrado Keven.
—¡Claro...!
—¡Pero, Beryl...!
—¿Qué ocurre, Keven...? —contestó ella, tratando de imitar su tono patético—.
¡Vamos, vamos, que no se puede perder tiempo!
—Escucha, cariño... ¡Esto es demasiado! —declaró Keven, con acento de seriedad.
—¿A qué te refieres? ¿A que yo tenga algún dinero?
—No al dinero en sí; me refiero al hecho de que lo tengas... Eso me enfada, Beryl, pues pudiera alguien pensar que yo me he casado contigo por el dinero.
—¡Bah!... ¿Y todo eso es lo que se te ocurre? ¡Tonterías!... Imaginaciones tuyas por el hecho de que tu mujercita, durante cerca de nueve años, tuvo la previsión de ir guardando algunos cuartos... ¡Vamos, no hay que hablar más del asunto!
Keven tuvo que rendirse, y ambos salieron a la calle. Un poco más allá, a la vuelta de una esquina, señaló a su esposa el emplazamiento del almacén de Minton, diciéndole:
—Vendré a buscarte dentro de media hora—. Luego, se separó de ella.
Iba tan pensativo, que ni siquiera se preocupaba de observar a las personas que pasaban por su lado, para ver si alguna de tales personas le era conocida... Y poco después, cuando quiso salir de su ensimismamiento, se encontró con que estaba casi encima de la casa de su padre.
Todo, a primera vista, estaba igual. La parra que daba sombra al porche tenía ahora sus hojas amarillas y secas, debido a la estación; pero nada más.
Llamó decididamente a la puerta, y no obtuvo respuesta. Luego, dio la vuelta a la casa, para buscar la puerta falsa, pero también estaba cerrado por allí. Sin embargo, creyó oír ruido en el almacén, que estaba a poca distancia... Se dirigió a él y —se asomó a la puerta, que estaba entornada, procurando no hacer ruido. Su padre estaba trabajando en un nuevo bote.
—¡Hola, papá! —gritó, precipitándose en el interior—.
El viejo estaba de espaldas a la puerta. Se enderezó, y el martillo, antes de volverse, se le cayó de las manos. Luego gritó, sin haber visto todavía a su hijo:
—¡Kev!... —Con los ojos brillantes y la blanca cabeza erguida, corrió hacia él, con los brazos abiertos: —i Hijo mío, hijo mío...! —dijo—. ¡Nunca creí que hubieses muerto!
El momento que siguió fue para Keven mucho más doloroso de lo que había previsto y esperado. Su emoción era intensa, y el joven estuvo a punto de llorar.
—¡Qué cambiado estás, hijo de mi alma! —decía 'el padre, abrazándolo una y otra vez—. ¡Un hombre nuevo; eso pareces!... Pero, Keven, ¿quieres explicarme?
Pareces opulento... De todos modos, sea como sea, doy gracias a Dios porque te ha devuelto a casa...
—Mira, papá, mira mi boca —le dijo, separando con los dedos el labio inferior— : Oro, platino, dientes de porcelana... Estupendo ¿eh? Y mira mi ojo enfermo: apuesto lo que quieras a que ya no puedes distinguirlo del sano.
—No... no puedo... es verdad.
—Peso cuarenta y ocho libras más. ¿No lo notas?
—Claro... —murmuraba el viejo, estupefacto—. ¡Y tan bien vestido!... ¿Quieres explicarme, por amor del cielo?...
—Es una historia larga, papá; te la contaré en otra ocasión... Conténtate con saber que cuando estaba allá, abajo, arruinado, sin fe y sin esperanzas, una persona buena cambió mi vida, mi cuerpo y mi alma, al mismo tiempo. —I Una mujer! —exclamó, intuitivamente, el viejo.
—Una muchacha; la más bonita, la más noble... ¡Oh, espera a que la veas, papá! Estoy ahora completamente bien, soy feliz... ¡estoy casado y tengo trabajo!
El viejo, abatido por la emoción que aquellas palabras de su hijo le causaban, se dejó caer, sentándose sobre la embarcación que estaba construyendo.
—Y, además, papá —volvió a decir Keven—, voy a recuperar mi fama y buen nombre.
El padre de Keven se removió, intranquilo. Luego dijo:
—Escucha, hijo mío: no es preciso que recuperes nada, porque eso ya está hecho. ¡Y está hecho gracias a Garry Lord, al que Dios bendiga!
—¡Garry Lord!... ¿Qué estás diciendo, papá? Vi como se ahogaba Garry Lord; con mis propios ojos lo vi.
—Creíste eso, hijo mío. Pero no fue así: Garry está vivo.
—¡Vivo! —gritó Keven todavía incrédulo—. ¿Estás seguro de eso?... Si fuera todo un rumor, y...
—¿Un rumor?... Estuvo aquí anoche, Keven —le anunció el viejo, con absoluta firmeza.
El muchacho empezó a sudar a grandes gotas, aunque la temperatura no era tan excesiva como para ello.
—¡Bendito sea mil veces el Señor! —gritó—. ¡Mil veces bendito!... Estoy...
asombrado por la noticia. Me cuesta trabajo creerla...
—Escucha —le dijo el viejo, con un brillo especial en la penetrante mirada—; te he dicho que Garry no se ahogó... El esquife fue empujado hacia el mar, pero se mantuvo a flote. Al día siguiente, fue descubierto el bote por la hija de un pescador que iba a Crescent City, una tal María Coombs. Recogieron a Garry, que estaba sin conocimiento, pero consiguieron que al fin recobrara el sentido.
También se hicieron cargo de aquella famosa red... Al principio, Garry declaró que tú habías sucumbido, asesinado por un tal Mulligan; pero más tarde apareció él cadáver de Mulligan, con un cuchillo clavado en el cuello. Entonces, y solamente entonces, supo Garry que tú, al fin, habías acabado con el agresor...
Estando así las cosas el mayor Atwell bajó a Costa del Oro y te acusó de asesinato, pero Garry juró que no descansaría hasta dejar las cosas aclaradas y tu nombre limpio de toda mancha. No creas que fue cosa fácil... Empezó por demostrar que la red no era tuya, sino de Mulligan, y para ello tuvo que buscar a la persona que se la vendió al citado marinero. También averiguó, y demostró, dónde y cómo se había añadido a la parte alta de la red un pedazo de malla de ocho pulgadas, para disfrazar la realidad de una malla prohibida, oculta bajo el agua. Luego, siempre en el empeño, Garry hizo mucho más; volvió a Costa del Oro y robó otra de esas redes... Con una gran habilidad, consiguió tender una trampa a la cuadrilla, en combinación con el sheriff. Éste se escondió en la playa, mientras Garry, disputaba con los otros y los desafiaba... Cuando estaban en plena pelea, apareció el sheriff f y detuvo al matón de la cuadrilla, el cual, acosado a preguntas, acabó por cantar de plano, haciendo confesión de sus métodos y dando los nombres de todos los que estaban en el negocio. Con aquella información, el sheriff f vino a El Paso y presentó una denuncia en regla ante el juez Parson y el nuevo jefe de policía. Garry declaró y fue creído. Tu nombre fue absuelto de las sombras y dudas que se pretendía arrojar contra él, y, en cambio, el de vuestro enemigo... Bien; solamente te diré una cosa... Atwell ya no está asociado con Brandeth... ni tiene relaciones con Rosamunda. Y esto es todo. No sé si te he dicho que Garry, después de aquello, se casó con Mary Coombs, la muchacha que le salvó la vida.
—¡El mundo es un pañuelo, papá! —suspiró Keven—. ¡Oh, mi buen amigo Garry, qué gran hombre está hecho! Y veo la mano de Dios en todo esto, papá... Pero, dime: ¿dónde está Garry?, ¿dónde puedo encontrarlo?
—Tiene un pequeño negocio de pescado aquí; vende en El Paso tres días a la semana, y los otros tres en Crescent City. Coombs, su suegro, le manda el pescado. Y marcha estupendamente, según me han dicho. El jueves lo tendrás aquí, Dios mediante... Ahora es un hombre feliz, con su Mary, que lo tiene bien sujeto, por cierto. No le permite más que una botellita... al mes.
Keven se echó a reír abiertamente, mostrando una verdadera alegría. Y, de pronto, se acordó de Beryl.
—Papá: te voy a dejar ahora... Te veré luego, más tarde, cuando vuelva con...
ella.
Sin añadir una palabra más, salió del cobertizo que su padre dedicaba a almacén y taller, y ganó nuevamente la calle. Se dio cuenta que los transeúntes le miraban con curiosidad, porque, maquinalmente, iba hablando solo y gesticulando como un loco. Se reportó. Al llegar a la tienda de Minton, ya iba sereno, exteriormente, aunque su cabeza fuese un verdadero torbellino.
Desde la parte exterior, antes de entrar, Keven echó una ojeada al local de la tienda. Beryl estaba en el centro de ella, con una caña de pescar en las manos, haciendo pruebas para comprobar su flexibilidad y simulando el lanzamiento del cabo. Minton, con cara de asombro, observaba las maniobras y los movimientos de tan singular y bella cliente.
—Esta caña no tiene nada de buena —estaba diciendo Beryl—; es demasiado gruesa. Mi marido...
—Perdón, señora —replicaba Minton—: esta caña es magnífica... Es una caña «Leonard». ¡No la hay mejor en el mundo!
—Prefiero las «Grangers» —contestaba Beryl, al tiempo que depositaba la caña sobre el mostrador, en el que se apilaba una verdadera montaña de aparejos, cabos, anzuelos, corchos, etc—. Siento que no tenga más que esas dos; a mi marido no le durarían ni dos días...
—¿Qué clase de pescador es su esposo? ¿Un profesional?
—Él se cree un genio; pero yo le gano. Claro que yo conozco perfectamente el río.
—¿El río? ¿Qué río, señora...? ¿Puedo preguntárselo? No todos los ríos son iguales, y puede que el suyo...
—¡El mío es el Rogue!
—¡El Rogue! —repetía Minton con asombro, ante el hecho evidente de que no era él, precisamente, quien conocía a todos los pescadores de sus orillas.
—He nacido en él. Conozco hasta sus piedras, desde la Barra de Winkle hasta Illahe.
Keven pensó que ya era ocasión de entrar, y sin esperar más tiempo, se precipitó en el interior, como una tromba.
—¡Hola Minton, mi viejo amigo!... ¿Cómo te va?
El comerciante palideció intensamente. Sus ojos se agrandaron, como queriendo salirse de las órbitas. Su boca, como si fuera la de un papanatas, estaba abierta de par en par...
—¡Dios mío! —jadeó—. ¿Quién... eres?
—¡Eso está bien, no me conoce!... Me gusta. Con eso demuestra que estoy bastante transformado.
—Pero... ¡no puede ser! —volvió a decir Minton—. ¡No puede ser... Keven Bell!
—¿Y por qué no? Me gustaría saberlo.
—Porque... está muerto.
—No lo creo. ¿Parezco yo, en verdad, un muerto?-replicó sarcásticamente Keven.
—¡Oh santo Dios, qué sorpresa!exclamó al fin Minton, sinceramente conmovido—. ¡Muchacho, muchacho querido!... Puedo jurarte que jamás he experimentado una alegría semejante a la que ahora experimento, en todos los días de mi vida... ¡Ven, dame un abrazo!
—Eso está mejor —dijo Keven sonriendo, al tiempo que se precipitaba en brazos de su amigo—. Y calculo que tendré que perdonarte la falta de memoria en atención al caluroso recibimiento que me haces.
En aquel momento, el comerciante se acordó de su cliente, que estaba allí, contemplando la escena, sin despegar los labios.
—Tiene que perdonarme, señora —se disculpó—. Este caballero es un viejo y entrañable amigo, al que creía muerto... Su aparición, como caldo de las nubes, me ha trastornado, como si dijéramos... Voy a continuar atendiéndola...
—¡Eh, amigo, menos galanteos y florituras con mi mujer! —exclamó Keven, poniendo cara feroce. Minton se quedó paralizado, mirando a uno y a otro, sin dar crédito a las palabras de su amigo. La muchacha se había sonrojado, y la oyó exclamar:
—¡Oh Kev, qué cosas tienes!
A lo que el muchacho se echó a reír, a carcajada limpia, aumentada por la confusión y la sorpresa de Minton, que tuvo que apoyarse, casi, para no caer.
—Este es mi amigo Minton, Beryl, mi viejo y buen amigo Minton, del que te he hablado tantas veces... Y ésta es mi mujer, querido mío, mi legítima y linda mujercita.
—Estoy encantado de conocerla, señora... —musitó el comerciante, alargando a la muchacha su mano temblorosa—. ¡Marido y mujer!... ¡Oh, pero qué cantidad de enormes sorpresas!... Y tú, Keven, eres el ser más extraordinario y más afortunado del orbe. Te marchas de aquí, a uña de caballo, dejando detrás de ti una enorme polvareda... Llegas a Costa del Oro y te metes allí en otro lío mucho mayor... Luego, te ahogas, dejando una estela horrorosa que ensuciaba tu nombre para el resto de los días... Como un milagro del cielo, surge tu reivindicación pública, y detrás de ella... ¡tú! ¡Tú en persona, gordo, fuerte, con una apariencia envidiable y casado con una mujer que es una reina!
—Parece un cuento de hadas, ¿verdad, Mint? —replicó Keven sonriendo—. Y lo es en realidad. ¡Mira, ésta es mi hada benéfica!
—No me canso de mirarla.
Entre Keven y Minton se dedicaron a piropear a Beryl, haciéndola pasar un buen sonrojo. Luego Keven volvió a recordar sus grandes y sensacionales noticias.
—¡Oh, casi lo había olvidado, Beryl! —dijo—. Tengo estupendas noticias... Papá, en primer lugar, está perfectamente. Se quedó muy sorprendido al verme, pero me dijo que nunca me había dado por muerto. Y ahora, oye esto: ¡Garry Lord está vivo! Le salvó la vida una muchacha... y se casó por ella. Yo no me he dejado ganar esa partida, claro está... Además, papá me ha contado cómo Garry consiguió poner las cosas en claro y que mi nombre quedase libre de culpabilidad.
—¡Dios lo bendiga! —exclamó Beryl.
—Dime, Minton: ¿se ha desenvuelto bien mi padre últimamente? ¿Ha pasado necesidades?
—El viejo tiene pocas necesidades, muchacho... No; las cosas no han ido mal para él, puedes estar seguro. Y ahora le irán mejor... La ciudad ha cambiado mucho, Kev. Te esperan grandes tiempos. Y en cuanto conozcan a tu mujer, vas a despertar una envidia tremenda, tremenda... Te lo digo yo, que no me equivoco casi nunca.


XXII
Keven y Beryl pasaron casi todo el resto de aquel día entretenidos en hacer compras en los almacenes y tiendas de El Paso. Beryl era la que elegía las cosas y llevaba la dirección de las compras, limitándose Keven a asentir con la cabeza, complacido de cuanto hacía o disponía su mujer. Si ella hubiese decidido comprar la Luna, es bien seguro que él habría aceptado la decisión con un resignado silencio e incluso un íntimo placer. En consecuencia, ella compró muebles, utensilios, chismes caseros de toda índole, ropas y adornos para que la casa fuese cómoda y acogedora, haciendo también provisión de conservas y frutas en lata. Después entraron en una librería, donde Beryl eligió asimismo gran cantidad de libros. Al fin, se volvió hacia su marido, con una encantadora sonrisa, diciendo:
—Ahora, Keven, estoy casi arruinada; pero, ¿no es maravilloso todo esto? Lo tenía en la cabeza hace muchos años. Ha sido mi sueño de siempre. Pondremos una cabaña preciosa, y pasaremos un invierno feliz...
—Si no ocurre como tú dices, Beryl, puedes estar segura de que no será porque yo no trabaje para ello con todo el coraje de que soy capaz. Tú, en tanto, rezarás por los dos.
—Vamos a mandarlo todo por el río, hasta West Fork; de ese modo, estará listo para poder cargarlo en los mulos cuando lleguemos allí. Calculo que necesitaremos diez caballerías para llevarlo todo, Kev. ¡Papá se va a asustar cuando vea llegar la caravana!
—No va a ser sólo tu padre el que se va a asustar...
—Pues, estoy casi segura de que siempre olvidaremos algo... ¡Oh, claro está, tu rifle, por ejemplo!
—Y lo malo es que me hará falta; el rifle y algunos cartuchos... Luego, botas de campo, un impermeable, guantes... ¡Oh Beryl, me estás haciendo un derrochador, acostumbrándome a gastar dinero! Cuando pienso...
—No pienses ahora —le interrumpió dulcemente—. Alégrate y nada más..., ¡me encanta tu cara cuando estás alegre! Y ahora, si quieres, vuélvete al hotel. Yo voy a quedarme aquí para dar instrucciones, al objeto de que todo esto sea embalado y embarcado. Estaré de vuelta en seguida.
Keven salió a la calle y se dirigió otra vez a casa de Minton. Comenzaba a anochecer, y las aceras rebrillaban con las primeras luces artificiales. Unos cuantos automóviles pasaban rápidos, haciendo retumbar sus bocinas, por la calle principal de la ciudad. Keven se dedicó a observar a los transeúntes, con la esperanza de encontrar algún rostro conocido. No lo consiguió, aunque se dio cuenta de que su presencia despertaba curiosidad y de que la gente le miraba con interés. Cuando, al fin, llegó al almacén de Minion, dio un suspiro de consuelo, satisfecho de escapar a las miradas y las hablillas de la calle.
—Escucha, Minton: olvidé un rifle, municiones, guantes de campo y botas, una canana...
—¿Es que me quieres comprar la tienda entera? —preguntó regocijado su amigo.
—No son cosas mías, sino de Beryl... ¿No crees que tiene una imaginación excesiva?
—Sí, claro... Tiene mucha imaginación; pero conozco un caballero que no le va a la zaga.
Mientras estaban ocupados en seleccionar las últimas cosas solicitadas por Keven, sonó el teléfono, y Minton acudió a la llamada:
—¡Diga! ¿Quién habla?... Sí; está aquí, desde luego... Aguarde un momento.
Se volvió hacia su amigo con el rostro radiante.
—Es para ti, Kev —dijo—; es la décima llamada que me hacen ya, preguntándome si tú estás de verdad vivo y en la ciudad. Algunos hombres han venido aquí preguntando lo mismo. Las noticias de tu regreso se han esparcido con una rapidez increíble. Pero nadie pregunta por tu mujer, como es natural...
—¿Y quién llama ahora, preguntando por mí? —dijo Keven, al tiempo que atravesaba la tienda para ir a hacerse cargo del auricular, que se aplicó al oído, diciendo:
—¡Dígame! ¿Quién es?
—¿Hablo con el señor Keven Bell? —preguntó una voz de mujer, en un tono apagado.
—Sí; yo soy Keven Bell. ¿Quién es ahí?
—Keven..., ¿es que no conoces... mi voz? —se oyó decir al otro lado del cable, con cierta agitación.
—No; siento decirle que no... —replicó, con alguna vacilación—; sin embargo, su voz me suena a algo familiar.
—¡Ya lo supongo!... ¡Oh, soldado desmemoriado! ¿No adivinas quién soy?
—Creo que no...
—¡Rosamunda!
Keven estuvo a punto de dejar caer el auricular. Levantó la cabeza, desconcertado, y acertó a ver a Minton, que le hacía con las manos unas señas incomprensibles. Luego, murmuró:
—Rosamunda... Bien; pero... ¿qué Rosamunda?
—¡Cómo! —oyó decir—. ¿Es que conoces a muchas que se llamen así? Soy Rosamunda Brandeth, naturalmente... ¿Qué es lo que te ocurre, Kev?
—Pues... nada; no, no me pasa nada —se disculpó, sin encontrar palabras para seguir aquella embarazosa conversación. La muchacha, al ver que él se callaba, siguió diciendo:
—¡Oh Kev, estoy medio loca de alegría!... Figúrate que pasaba con mi coche, hace unos minutos, cuando te vi. Creí que era un sueño, y estuve a punto de desmayarme, porque aquí todos te daban por muerto... Ya lo sabes, ¿verdad?...
Lo que no sabes, con toda seguridad, es que yo estuve a punto de morirme de pena cuando me lo dijeron... ¡Ah, Kev, ya es hora que te lo diga; cometí una gran equivocación, pero conseguí rectificar a tiempo! No sabes lo contenta que estoy al saber que estás vivo y de vuelta... Pero no puedo explicarte todas estas cosas por teléfono. Quiero verte en seguida. ¿Puedo ir a recogerte en mi coche?
—¿Recogerme? —preguntó Keven asustado.
—Sí; ahora mismo estaré aquí. No tardaré ni dos minutos, porque tengo el coche a la puerta.
—No, no... —respondió Keven con voz entrecortada—; ahora no puede ser, porque tengo que salir... Tal vez mañana.
—No, no digas eso —insistió la voz de Rosamunda—; iré ahora mismo. No me irás a decir que tienes alguna cita con otra chica, ¿eh?... Te vi antes, Kev, con una morena. Tan mujeriego como siempre...
—No lo creas, Rosamunda...
—¡Bah, no trates de engañarme, hombre!... Y era muy bonita, no creas; yo soy celosa, pero me gusta hacer justicia.
—Gracias... —dejó escapar Keven, en un suspiro, sin saber en qué iba a terminar todo aquello. Rosamunda prosiguió:
—Te veré dentro de cinco minutos en el hotel... ¡Y no digas nada, Keven, porque no me harás desistir de mi propósito! Hasta ahora mismo.
Al otro lado del cable, colgaron el auricular, sin darle tiempo a la más pequeña réplica. Keven, con una cara de profunda consternación, colgó también y se dirigió a Minton, en busca de consejo.
—¡Rosamunda Brandeth! —dijo—. ¡Menudo lío!
—¿No le has dicho nada de tu nuevo estado?
—No... ¿Crees que debería haberlo dicho?
Milton se echó a reír.
—De golpe y porrazo, hombre; es lo primero que yo le habría largado, para evitar compromisos.
—Y ahora, ya lo has oído, se dirige al hotel...
—Yo no he oído nada.
—Pero yo sí.
—Bueno, no te preocupes. ¿Quieres que te diga lo que yo haría?... Bueno, quédate aquí y no des la cara por esta noche. Ella se cansará de esperar y se marchará. Luego, se lo cuentas todo a Beryl, le das una cita y os entrevistáis los tres. Fíjate que te digo los tres; que tu mujer esté presente. De modo que vamos a ganar tiempo, y para ello te voy a enseñar ese rifle que deseas, así como las demás cosas que me has pedido.
Minton, sin hacer nuevos comentarios, se dedicó a completar las compras que Keven había realizado, y después de elegir éste todo lo que necesitaba y proveerse de municiones para un excelente Winchester que el comerciante le había también facilitado, su espíritu se sintió ligeramente recobrado y tranquilo.
Después de una hora larga se despidió de su amigo, prometiéndole volver al día siguiente, y a buen paso se encaminó hacia el hotel. En la calle, junto a la acera, divisó un pequeño auto roadster, desconocido para él. Y al abrir la puerta de cristales que daba al vestíbulo, se dio de cara con una muchacha elegante y muy hermosa que intentaba, a su vez, ganar la calle.
Se reconocieron al instante. Keven, con el sombrero en la mano, apenas se atrevía a despegar los labios, sobrecogido por la presencia de su antigua novia, que seguía siendo, y no podía menos de reconocerlo, una mujer hermosísima. Al fin, haciendo acopio de valor, exclamó:
—¿Cómo estás Rosamunda? —y alargó la mano para estrechar la que ella le había tendido, con una sonrisa —Muy bien, Kev... ¡el soldado perdido y recuperado, al fin, después de los años! —le contestó ella. Allí, a las luces brillantes de la calle, le miró con gesto de reproche—. Entré en el hotel hace una hora, y pregunté por Keven Bell; en vez de bajar la persona que yo buscaba... ¡bajó su esposa! ¿Por qué no me dijiste que te habías casado, Kev, para evitarme ese ridículo?
—No me dejaste... —protestó él, en son de disculpa.
—¡Tonto!... No tuviste valor —exclamó Rosamunda—; pero me está bien empleado. No supe apreciarte cuando te tuve en mi mano, y ahora ya no hay remedio...
¡Es una chica preciosa, Kev, y parece muy buena! Que seáis muy felices.
Sin decir una palabra más, abrió la portezuela del coche, saltó al volante y se alejó de allí, dejando a Keven al borde de la acera, indeciso aún y con la cabeza en un mar de confusiones.
De pronto, se acordó de Beryl y entró de nuevo en el hotel, precipitándose escaleras arriba. Al entrar en la habitación, la encontró tendida en la cama, con la cara hundida entre las almohadas. Permaneció un momento callado, entre vacilante y miedoso. Luego, haciendo acopio de valor, se decidió a afrontar con serenidad aquella crisis, que él sabía que era la más grave de su vida desde muchos años atrás.
—Beryl... —llamó, sentándose en el borde de la cama—. Beryl...
Ella no estaba llorando, como en un principio había creído. Su cuerpo estaba rígido e inmóvil, y él se asustó. La cogió por la cintura y la enderezó, sentándola casi sobre la cabecera de la cama. Estaba pálida como una muerta.
Sus ojos le miraban con un brillo frío y acerado, en el que latía toda la pasión de aquella sangre india que llevaba en las venas y que él, por un momento había olvidado. Volvió a llamar:
—Beryl... Beryl...
—¡Embustero!... ¡Traidor!... —tembló la voz de la muchacha—. ¡Déjame, antes de que te mate!
Keven tragó saliva y aguantó la acometida. Aquélla era una hora decisiva, y las vacilaciones eran inútiles; había que ganar o perder, pero no estaba dispuesto a entregarse sin lucha, porque la derrota, en aquella batalla, significaría para él algo peor que la muerte. Cayó de rodillas junto a la cama y tomó 'una de las manos de su esposa.
—Beryl —preguntó—, ¿qué es lo que te dijo?
—Me preguntó cuándo y cómo te conocí —replicó Beryl en voz baja—. Yo se lo dije... Después, me puso al corriente me informó, con pelos y señales, de que tú le hiciste el amor... le pediste relaciones... ¡y te comprometiste con ella después de haber abandonado Soledad! Yo le dije que mentía, y ella se echó a reír en mi cara... ¡en mi cara!
—Querida mía... —trató de intervenir Keven.
—¿Cómo te atreves a llamarme así?
—Porque... eres mi mujer, mi mujercita querida.
—¡Dime si eso es verdad!
—¿A qué te refieres?
—No te hagas de nuevas; me refiero a lo que dijo ella... Quiero saber si te comprometiste con esa muchacha después de aquella semana a mi lado en Soledad.
—Pues, me da vergüenza decírtelo, Beryl... ¡pero es verdad!
—¡Entonces, vete! ¡Te odio!
—No... Me tienes que escuchar; tengo derecho al menos, a que me escuches.
Tengo mis excusas, y quiero que las oigas. Yo era un niño, un niño loco e inconsciente, cuando pasé aquella semana contigo, en Soledad, hace tantos años.
Pesqué contigo, fui tu amigote hice el amor... Te hice el amor de una manera alocada y vehemente, como correspondía a mi temperamento y a mi edad.
Luego, me fui de tu lado y... ¡me olvidé de todo aquello! Conocí a Rosamunda, y su belleza me impresionó. Al estallar la guerra, con la excitación de partida, le pedí relaciones y nos comprometimos; pero ella no hizo el menor caso de aquel compromiso, ni lo tomó en serio, como yo, en el fondo, había previsto. No me escribió ni una sola carta... Se olvidó de mí. Luego fui herido, y estuve entre la vida y la muerte. Pasé dos años en un hospital... Cuando salí, era un despojo humano, y Rosamunda se había comprometido con Gus Atwell. De ahí vino lo de mi agresión, y tuve que huir... Cuando pasé por Soledad, camino de Costa del Oro, ya recordarás que ni siquiera hice por verte...
—¡Oh, claro que lo recuerdo! ¡Y nunca supe por qué hiciste tal cosa! —exclamó Beryl, mirándole todavía con dureza.
—Porque no me acordaba de ti en absoluto... Después, las cosas fueron para mí de mal en peor —prosiguió Keven, excitado—. Ya sabes lo que me pasó en Costa del Oro, durante el período de mi soledad con Garry. Detrás de aquella persecución estaba Atwell... Tuve que matar a Mulligan, y escapé río arriba, con la intención de ajustar una cuenta definitiva con el Mayor. Te encontré otra vez al llegar a Soledad... me detuviste... ¡me salvaste! Pero eso ya lo conoces; sabes más que de sobra que no tenía memoria, y que la fui recobrando poco a poco.
¡También recobré el amor, Beryl! Nunca quise a Rosamunda Brandeth. Era solamente un niño. Aquello no fue nada, nada absolutamente comparado al inmenso amor que siento por ti. Comprendo que todo esto debería habértelo dicho antes, y ése es mi pecado. He estado a punto de hacerlo dos o tres veces, pero fui un cobarde... Temía enfadarte; eso es todo. A ti te lo debo todo, y no puedo dar un paso más en la vida si no es a tu lado y teniendo tu amor. Si no puedes olvidar eso... y perdonarme... ¡dímelo e iré a tirarme de cabeza al río!
—¡Claro que te perdono, amor mío! Pero, ¿por qué no me dijiste todo eso antes de ahora?
A la mañana siguiente salieron los dos en busca de Garry Lord. Previamente se habían informado bien del lugar en que éste tenía su pequeña tienda, en una calle lateral, al final de la avenida central del pueblo. Cuando llegaron allí era todavía muy temprano y la tienda estaba cerrada, pero al poco rato vieron llegar un carro con hielo, que depositó sobre la acera, en la puerta misma del establecimiento, unas cuantas barras. El carrero golpeó en seguida la puerta, y casi en el acto ésta se abrió y se presentó un hombre, en traje de faena, con unas grandes cajas, en las que fue metiendo la helada mercancía.
—¡Ahí le tienes! —exclamó Keven, conteniendo a duras penas la emoción—.
Vamos a hacer una cosa, Beryl: tú entras primero y le pides que te pese unas cuantas truchas. Le cuentas que ese pescado le gusta a tu marido, y le das conversación como te parezca... ¡Fíjate en ese letrero! «Solamente ventas al contado», dice. Bien; cuando tengas el pescado envuelto, le dices que se te ha olvidado el dinero, que te lo dé fiado. Le pondrás en un aprieto... Luego, en el momento preciso, entraré yo.
Keven se metió en un portal de la acera de enfrente, y desde allí vio a Beryl cruzar la calle y entrar decidida en la pescadería de su amigo. Era una buena actriz y muy capaz de representar bien su papel. Luego, iría él...
Dejó pasar un rato, y cuando creyó que la cosa estaría a punto, cruzó a su vez la calle y se detuvo frente a la puerta de la pequeña tienda. Garry estaba detrás del mostrador, con su tostado rostro animado en gesticulaciones, que trataban de ser amables y complacientes.
—Yo tuve una vez un compañero —estaba diciendo en aquellos instantes —muy aficionado también a las truchas, lo mismo que su esposo... Ya murió, el pobre... Y por eso del dinero no se preocupe; no hay más que verle la cara para comprender que es usted persona de fiar...
—Muchas gracias —respondía Beryl, sabedora de que el pescadero no le quitaba ojo mientras terminaba de hacer el paquete—; ya sabía yo que usted era un caballero en toda la extensión de la palabra.
—¿Lo sabía? ¿Y cómo? ¿Es que me conoce?
—No... pero su cara también lo dice. Su cara es de una gran simpatía y...
—Mire, señora... yo soy un hombre casado, pero...
En aquel preciso instante, Keven echaba mano a una pequeña trucha, de las que estaban de muestra casi en la puerta de la calle, y la arrojaba con fuerza contra la cara del pescadero. El disparo dio en el blanco, al tiempo que la voz de Keven exclamaba:
—¡Eh, pescador de la «parte alta»! ¿Qué forma es esa de hacer la corte a mi novia?
Beryl estalló en una risita sorda, poniéndose la mano en la boca, mientras que Garry, que estaba a punto de estallar por la osadía del forastero al hacerle blanco del original disparo, palidecía hasta un extremo inverosímil.
—¡Demonios! —exclamó—. ¿Quién... quién eres tú...? —musitó, temblando como estudiante en exámenes.
Keven dejó su tono festivo, pues se dio cuenta de que el color de Garry adquiría un matiz verdoso, cercano al síncope. Su sorpresa era enorme, y le tenía paralizado.
—Pero, Garry... ¿es que no me conoces?
Entonces el pescador, sin transición alguna, empezó a gritar como un monomaníaco endemoniado:
—¡Mary!... ¡Mary!... ¡Mary!... ¡Corre, que me pongo muy malo!... ¡Te dije que no era bueno quitarme así, a rajatabla, el alcohol!... ¡Mary!
En la puerta de la trastienda apareció una mujer regordeta, con las greñas revueltas, que se puso en jarras para decir:
—¿Qué te ocurre? ¿Se te ha roto algún hueso?
—Te juro que no me pasa nada, querida —replicó Garry, señalando hacia Keven con un gesto—; pero, mira... O yo estoy loco y veo visiones por haberme quitado la botella, o ahí tienes a un muerto que resucita... ¡Mira a ese muchacho, Mary! ¿Está ahí... o es que yo lo estoy soñando? Keven avanzó hacia él con los brazos abiertos.
—¡Soy Kev, Garry, tu viejo amigo! —exclamó—. ¡Hay muchas maneras de resucitar!... Y ésta es Beryl, mi esposa.
Después de lo cual las dos mujeres pudieron comprobar que, por muchos que sean los dolores y pesares que puedan sufrirse en el mundo, llega un instante, al fin, en el que se halla una recompensa.
Después de vivir en El Paso unos días inolvidables y maravillosos, Keven y Beryl emprendieron el regreso, que decidieron hacer a caballo, a través de los gloriosos bosques y las calladas y verdeantes praderas, bajo el cielo único del Oregón.
Cerca de tres jornadas duró el accidentado viaje. Hacia las once de la noche del tercer día hicieron, por fin, su entrada en Soledad, y fueron recibidos, como de ordinario, por el concierto de ladridos perrunos, en los que se adivinaba la aguda vibración de alegría que producía a los animalitos la llegada de los amos.
Al aproximarse a la cabaña, la voz de Aard, que ya les esperaba, se dejó oír:
—¡Bien venidos los hijos pródigos! —exclamó—. ¿Todos sin novedad?
—¡Todo bien, papaíto! —le contestó Beryl—. El convoy de bestias llegará, según calculamos, mañana.
Keven, con voz entrecortada, saludó también a su padre político; después, como ya era bastante tarde, el nuevo matrimonio se fue a dormir a la cabaña pequeña, que Aard se había cuidado de preparar, provisionalmente, para ellos.
A la mañana siguiente, Keven despertó el primero; pero cuando lo hizo ya estaba el sol bien alto en el horizonte. Se quedó contemplando a Beryl, cuya silueta se recortaba nítidamente sobre la blancura de la almohada, y estuvo a punto de despertarla con un beso; pero se arrepintió y la dejó dormir. De puntillas, para no hacer ruido, salió de la habitación y luego de la cabaña, encontrándose con Aard, que estaba en la huerta.
—¡l Señor sea alabado! —le dijo su suegro, a modo de saludo—. Tienes un aspecto magnífico. Se ve que las «lunas de miel» son una excelente medicina.
—Tengo tantas cosas que decirte, Aard..., pero no quiero quitar el privilegio a Beryl... La verdad es que nunca podré agradecer a Dios el milagro de haberme encaminado hacia tu hija... y hacia ti. Y ahora, vamos a lo que importa, que es el trabajo... Necesito trabajar, Aard; trabajar duro y con ahínco. Debo a mi mujer una buena suma de dinero, y no descansaré hasta que se la haya pagado. Tengo que trabajar, y no me importa en lo que sea... Pero me temo que no podrá ser en los tendidos de trampas, porque Beryl se opone a ello... ¡Y no puedo ir contra sus deseos!
—Ya me lo figuro... —contestó sonriendo Aard—. Bien; eso no tiene demasiada importancia. ¿Te corre mucha prisa eso del trabajo?
—¿Prisa? ¡Muchísima!... Ya lo he dicho. Si te parece, empezaré a trabajar aquí en el huerto, hasta que pueda elegir terreno para plantar unos frutales por mi cuenta.
—Bueno, hijo, te veo muy animado a trabajar... —le dijo Aard, con un brillo especial en la mirada—, pero tengo para ti un trabajo con el cual no has contado, seguramente. Vamos, ven conmigo.
Preguntándose en su interior qué clase de trabajo iría a darle su suegro, Keven echó a caminar detrás del trampero, que prestamente salió del huerto, bajó al sendero y tomó, decididamente, el camino del bosque. Al llegar a un claro, en el que había un gran abeto derribado, Aard tomó por un pequeño carril casi escondido entre la vegetación y los arbustos. El citado carril subía, en pronunciada pendiente, hasta una meseta, en la cual había una hendidura por la que brotaba un buen chorro de agua, que iba a buscar luego su camino hasta el río, ladera abajo. Al trasponer la pequeña meseta, se presentó a los ojos de Keven una regular quebradura, con una tierra de naturaleza rojiza, en la que se veían evidentes indicios de haber sufrido trabajos de excavación y minería. Los ojos de Keven se iluminaron, empezando a comprender.
—Escucha, hijo —dijo la voz de Aard sin la menor alteración—: aquí pueden ganarse con toda comodidad unos veinte dólares diarios en seis horas de trabajo... Yo nunca trabajo en verano, porque el camino está transitado y el barro de las arenas lavadas podría despertar la curiosidad de los que pasan por allá abajo... Pero desde noviembre a abril, no hay cuidado alguno.
Keven no tenía palabras para contestar, pero se daba cuenta de que aquello le revelaba, definitivamente, el secreto de la prosperidad de su padre político.
Éste, sin añadir una palabra más a sus explicaciones, se había dirigido a una mata de arbustos que estaba unos cuantos metros más allá y se hallaba dedicado a la tarea de apartar unas gruesas piedras amontonadas junto a su lado. Cuando hubo terminado la faena, ayudado por Keven, una especie de túnel o galería se mostró a los ojos atónitos del muchacho. Y Aard habló de nuevo:
—Éste es otro pozo incipiente, descubierto por mí... Una suerte, claro está, porque no son muy frecuentes en esta región. Yo no he excavado más que unos sesenta pies, y cada vez las arenas son más ricas... Bien; aquí, trabajando con tesón, puede doblarse el jornal: unos cuarenta dólares al día. Lo suficiente para ir tirando, sin contar con que, a lo mejor, puede presentarse un verdadero filón...
Yo no lo creo, esa es la verdad, y jamás me he hecho ilusiones en tal sentido.
A Keven se le doblaban las piernas, de maravillado que estaba, y tuvo que dejarse caer sobre una de aquellas piedras. Su pecho jadeaba por la emoción y la sangre le golpeaba las sienes.
—Dime, Aard —murmuró—: eso de las trampas es una... pantalla, ¿verdad?
—Sí, es una pantalla. Ahora es una pantalla... Pero a mí me gusta el bosque y la caza. Durante toda mi juventud las trampas fueron mi pasión, y hubo un tiempo en que viví aquí de eso, sencillamente... Pero hace muchos años hubo aquí una serie de buscadores alucinados, que llegaron, incluso, a formar compañía. Esa compañía se deshizo y sus miembros se dispersaron... Vinieron otros, que cavaron aquí y allá, pero sin resultado. Luego, se fueron definitivamente y dejaron todo esto para mí... Yo lo acepté, y empecé a trabajar con suerte. Ya he iniciado el expediente para que estos terrenos me sean adjudicados en propiedad, en atención a los años que llevo cultivándolos y habitándolos. Espero que ese expediente se resuelva favorablemente de un momento a otro, y entonces ya no tendremos nada que temer... Por el momento, sin embargo, no conviene levantar la liebre, como vulgarmente se dice; si lo hiciéramos se rompería otra vez la dulce y maravillosa paz que disfrutamos en Soledad.
—Comprendo, Aard, comprendo —contestó Keven, que escuchaba en silencio.
—Por lo tanto, hijo, éste es tu trabajo... Ahora comprenderás que no tienes que preocuparte mucho por esa deuda que tienes contraída con Beryl.
—¡Oh, Aard, no sabes lo preocupado que estaba con eso de los gastos!
Durante nuestro viaje, esa chiquilla me hizo sufrir de lo lindo al gastar dinero sin tasa ni medida... Cada vez que nos quedábamos sin blanca, ella sacaba más y más... Luego, ante mi asombro, se echaba a reír. ¡Si al menos me hubiese dicho esto! —Ella quería darte la sorpresa, Keven... Ahora eres de la familia, y debes conocer nuestras cosas, que son las tuyas. Aquí está tu trabajo... Pero voy a darte un consejo: debes trabajar con moderación e indiferencia, para no caer en la maldita «fiebre del oro». Durante el invierno hay más que suficiente allá, cuando la nieve y el frío invaden toda esta región. Nuestras necesidades no son grandes, como sabes... Además, cada año puedes coger a tu mujer y marcharte un mes de vacaciones. En fin, lo principal es que ya estás aquí, y que eres mi hijo. Me alegro de ello, Keven, por ti... ¡y por mi Beryl!
Keven se sintió sinceramente conmovido, y apenas pudo responder: —Aard, no tengo palabras... no sé qué decir... ni qué hacer...
—No tienes que decir nada, hijo mío —prosiguió el trampero—; hacer feliz a mi hija, y nada más... Tú puedes hacerlo, estoy seguro de ello, porque ella te adora.
Beryl es como su madre: tiene un alma apasionada y es un poco vehemente. Pero es buena. Quiérela y trátala bien; es lo que te pido. Por lo demás, aquí tienes para ti, para tus hijos y los hijos de tus hijos, esta región maravillosa y pródiga de Soledad...
Emprendieron el regreso pendiente abajo. El llamado «verano indio» se extendía por todo el valle, tiñéndolo con su colorido y su belleza inimitables.
Al llegar a la cabaña, Keven pudo distinguir a su mujer, que estaba esperando a la puerta de la casita provisional en que habían pasado la noche. Le hizo desde lejos un saludo y luego, invitado por Aard, entró detrás de él hasta el pequeño salón. En uno de los ángulos había un pequeño estante con libros. Aard señaló hacia él y preguntó:
—¿No notas nada de particular?
—No —contestó Keven, extrañado—: nada.
Entonces Aard, sonriendo, apartó unos cuantos libros y dejó al descubierto el paño posterior de la estantería. Metiendo allí una de sus manos, manipuló en una especie de ranura disimulada, y un nuevo hueco quedó al descubierto. En aquel hueco, Keven pudo contar hasta seis regulares bolsas de lona gris, fuertemente atadas por su boca. Aard sacó una de aquellas bolsas y la puso en manos de Keven.
—Toma... —le dijo—. ¿Sabes lo que es?
Los ojos de Keven se dilataron.
—¡Oro! —exclamó, estupefacto.
—Ni más ni menos que eso, hijo. Es oro. Como ves, estamos a cubierto de necesidades para una larga temporada... Y ahora, vete a buscar a Beryl para el desayuno.
Keven no tardó en cumplir aquella orden. Salió y cruzó a buen paso el trecho que mediaba hasta la cabaña pequeña, donde encontró a Beryl esperándole. Su mujer se había puesto un trajecito azul, sobre el cual llevaba un grueso chaquetón de cuero. En los pies calzaba unas gruesas botas con suela de caucho, y sus intenciones estaban a la vista, pues se hallaba probando una de aquellas cañas adquiridas, después de todo, en El Paso, que no había querido confiar al convoy general que avanzaba por la carretera.
—Buenos días, preciosa —la saludó, tratando de aparecer serio—. De modo que me he casado con una rica heredera, ¿no es eso?
Ella le miró también, tratando de contener la risa que pugnaba por escaparse de sus labios.
—Entonces..., ¿ya te ha dicho ese viejo hablador todo lo que hay? —preguntó.
Sí; ese viejo hablador, como tú le llamas, me lo ha contado todo. Me lo ha enseñado, si hemos de hablar con propiedad. ¿Es que no eres, por ventura, una rica heredera?
—Hay algo de eso, Kev... Lo siento, aunque no mucho. ¿Te disgusta a ti, acaso? Hay que aceptar las cosas como vienen —agregó, con un brillo de ironía en los preciosos ojos oscuros.
—No hay oro en el mundo que pueda compararse a ti, cariño mío —le dijo—.
¡Soy el hombre más feliz del orbe entero!
—¡Y yo también, Keven, también soy infinitamente dichosa! Dime: ¿no es magnífico esto de volver a Soledad siendo tu esposa ,ante Dios y los hombres, y encontrarnos con la gloria de este «verano indio» que Dios nos manda para nuestro recreo y placer? ¡Oh, yo creo que no merezco, que no he merecido nunca tanta felicidad!...
Keven quería contestar, pero la respuesta se le hacía difícil. La voz de Aard, que les llamó desde lejos, cortó sus vacilaciones.
—¡Vamos, tortolitos, que el desayuno espera!
Keven, embobado, oyó cómo su mujer contaba al viejo Aard las mil incidencias del inolvidable viaje. Y el papá, con los ojos muy abiertos, recordó, con una mezcla de alegría y tristeza, las circunstancias ya lejanas de su propio viaje de bodas...
—Acompáñame al río para probar este equipo que compramos en El Paso —le dijo ella, una vez terminado el desayuno.
Keven no se hizo rogar y la pareja se despidió del papá y tomó, alegre y feliz, el camino del Rogue. Cuando ya estaban a cierta distancia, ella se volvió para decirle:
—Siento lo que pasó con Rosamunda Brandeth... La pobre se dio cuenta demasiado tarde de que te quería...
—No la tengas lástima —opinó Keven—. Olvídalo.
—Ella no podrá hacerlo fácilmente —prosiguió—. Me doy cuenta de una cosa, Kev: si tú hiciste a Rosamunda el amor en aquella forma atrevida y vehemente que empleaste conmigo, entonces..., ¡no te podrá borrar de su corazón!
—¿Quieres callar? —exclamó él, tratando de ponerse serio—. Me voy a enfadar si sigues hablando de eso, y además... —corrió hacia ella al ver que intentaba hacer nuevas objeciones, y la levantó en vilo, como a una niña pequeña. Su mujer se abstuvo de protestar, como Keven hubiera creído, y se limitó a esconder la cara, con mimo, junto a su cuello. Luego dijo:
—Escucha, Keven: cuando estuviste aquí la primera vez, nunca te atreviste a cogerme de esta manera...
—No, claro que no...
—¿Y te habría gustado?
—¡Qué cosas dices!...
—Pues soy una carga pesada... Lo menos ciento veintiocho libras...
—¡Bah! Eres una pluma, Beryl. Me doy cuenta de que todavía no me has dado un beso esta mañana...
Con una inesperada presteza, su mujer subsanó el olvido. El beso largo y profundo de Beryl le dejó trastornado, como siempre ocurría, sumido en un sueño de inefable ventura... Empezó a murmurar ternezas, sin saber lo que decía, de una manera automática e instintiva, verdaderamente embriagado por la repetida caricia... Al fin, ella rompió el encanto y deshizo el apretado abrazo, pugnando por recobrar su posición sobre el suelo firme.
—Escucha, Kev —le dijo—; me envenenas, me emborrachas diciéndome esas cosas tan bonitas; pero conviene que sepas que no soy una diosa, ni un ángel, ni una criatura excepcional, como me llamas... No soy más que una mujer sencilla y vulgar que te quiere muchísimo... ¡Soy tu Beryl, tuya para siempre, en la vida y en la muerte!
—¡Eh, mira lo que viene por allí! —exclamó Keven, señalando hacia la parte alta del camino—. ¡El convoy!... Y estoy seguro de que esos mestizos nos han visto besarnos. ¡Tienen una vista de lince!
—¿Y qué nos importa? contestó Beryl encogiéndose de hombros—. Mira, todavía van a tardar un rato en llegar a la cabaña; creo que me darán tiempo de echar un par de veces el anzuelo... Y tú, «pescador profesional», puedes estar aquí y no quitar ojo si es que quieres aprender algo de provecho, por una vez en tu vida...
En un instante, Beryl estuvo encaramada sobre una de aquellas piedras estratégicas, lanzando sus cabos con aquella gracia que le era característica.
Keven se quedó prendido en las incidencias de las maniobras de su mujer, y ambos se olvidaron del convoy y de todo lo que les rodeaba. Dejaron de oír las campanillas de las mulas. La pesca, el Rogue, la naturaleza de aquel valle de Soledad, único en todo el Oregón, les hipnotizaba una vez más con su embrujo, su música y su perfume, que habrían de iluminar por muchos ajos, para los dos enamorados, una existencia plácida y feliz...
notes

Notas a pie de página
1. Rogue significa en inglés: Ruin, tunante, pícaro, bribón, peligroso, etc.

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